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MASACRE DE TRELEW: "UN DOLOR CLAVADO EN LA MEMORIA"
ÚLTIMA PUBLICACIÓN

 

LAS CINCO DE TRELEW

 

 
 
* "La demanda de la memoria" * "Una segunda oportunidad para la justicia" * "El silencio de la Marina" * El recuerdo de A. Tosco desde la cárcel después de los fusilamientos
* Rawson y Trelew * "La patria fusilada" - Entrevista realizada por Francisco Paco Urondo * El asesino de Trelew - Capitán de Corbeta Luis Emilio Sosa * Como fue la fuga de Rawson
* El periodismo al servicio del Estado terrorista * La Masacre del 22 de agosto de 1972 en Trelew * Habla el padre de Mariano Pujadas * Quedó firme la condena a Carlos Amado Marandino, uno de los asesinos de Trelew
* Las cinco de Trelew      
 

LAS CINCO DE TRELEW
Militantes revolucionarias con amplia formación y experiencia, María Antonia Berger, María Angélica Sabelli, Susana Lesgart, Ana María Villarreal y Clarisa Lea Place fueron parte del grupo de 25 presos que se fugaron del penal de Rawson el 15 de agosto de 1972.
Berger fue la única que sobrevivió a los fusilamientos, y junto con otros dos compañeros pudo dar testimonio.

“Qué suerte: esta noche vamos a poder dormir”, pensó María Antonia Berger. Desde que los habían trasladado a la base Almirante Zar, los marinos se las ingeniaban para no dejarlos descansar. O hacían sonar un silbato o los hacían estar de pie o, peor aún, los llevaban a interrogar durante largas horas. Pero la madrugada del 22 de agosto de 1972 pintaba mejor. Incluso se entusiasmaba pensando que quizás en dos o tres días los podrían mandar de vuelta al penal de Rawson, de donde se habían fugado una semana antes. Era cuestión de tiempo. Estaba ahí el juez Jorge Quiroga, por quien no sentía demasiada simpatía porque integraba la Cámara Federal en lo Penal –o el “Camarón”, como se conocía entre la militancia al fuero “antisubversivo”–, pero podría ser una señal de que las cosas iban a encauzarse.

Cuando la noche ya estaba entrada, un ruido metálico la sorprendió. Era uno de los guardias que sacaba los candados.

–¿Qué hora es?

–Las tres y media –respondió.

Les ordenaron a los catorce presos y a las cinco presas que estaban ahí que salieran de las celdas y formaran una hilera. Cabezas gachas y mentón pegado al pecho. Primero pareció un verdugueo más al que los tenían acostumbrados, particularmente cuando estaba el teniente Roberto Bravo, pero después empezaron las ráfagas de ametralladoras PAM. Cuando la ráfaga se extinguía, se escuchaban los gritos y los gemidos de los compañeros.

En un primer momento, María Antonia no sintió dolor. Solo algo que la quemaba. Pensó que les habían apuntado a las piernas. Estaba aturdida, pero rápidamente se dio cuenta de que no era así: los tiros habían sido mortales. La vio tendida muerta a Ana María Villarreal de Santucho, la “Sayo”, como la llamaban los militantes. Sintió que María Angélica Sabelli, la “Petisa”, la agarraba del brazo y le decía que creía que estaba herida. Más tiros, más gemidos. La Petisa respiraba con mayor dificultad, casi roncaba, hasta que ya no la oyó más.

Empezó a escuchar tiros aislados. Tiros de gracia. Un guardiacárcel entró a su celda. Con gesto meticuloso, le apuntó a la cabeza. Sintió un estallido espantoso, como si fuera una bomba. Una bala le destruyó el maxilar, pero no la mató. Ni siquiera la dejó inconsciente. Afuera, los marinos murmuraban: “Bueno, ya saben. Nos intentó sacar el arma”.

Ella escuchaba y se dirimía entre querer morir de una vez y vivir. Un enfermero se le acercó y le tomó el pulso. “Está viva, pero se está desangrando”, gritó. María Antonia cerró más los ojos. El teniente Bravo se paró frente a ella. “Pero esta hija de puta no se muere, cuánto tarda en desangrarse”, se lamentaba el oficial rubión que rondaba los treinta años, como ella.

Un pensamiento la atravesó. Si ya estaba muerta, por lo menos iba a escribir los nombres de los asesinos. Pensó en el capitán Luis Sosa –el que los había conducido a la base aeronaval– y en Bravo –el verdugo que estaba a cargo de su “cuidado” en ese lugar–. Con las fuerzas que le quedaban, mojó el dedo en su propia sangre y escribió en la pared. LOMJE. Papá. Mamá.

Los marinos advirtieron que estaba escribiendo. Fueron con un tarrito con agua y lo borraron. Ella insistió. LOMJE. Libres o muertos, jamás esclavos.

PRESAS POLÍTICAS

Después de marzo de 1971 –cuando tuvieron lugar las protestas del Viborazo en Córdoba– empezaron a llegar las primeras presas políticas al Instituto de Seguridad y Resocialización Unidad 6 de Rawson. Era un penal enorme, ubicado a más de 1.300 kilómetros de Buenos Aires. Para febrero de 1972, la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse decidió trasladar a todos los presos políticos a dos cárceles de máxima seguridad: Rawson y Chaco.
La cárcel de Rawson tenía ocho pabellones. Seis estaban destinados a presos políticos. En el pabellón 5 estaban ubicados los principales cuadros de las organizaciones armadas. En los pabellones 7 y 8 estaban las presas políticas.

LA PETISA. María Angélica Sabelli fue una de las que poblaron las celdas de Rawson desde febrero de 1972, cuando cayó presa. Tenía 23 años, era estudiante de Ciencias Exactas y ya había comprobado la ferocidad del régimen al ser sometida a interminables torturas. Ella venía de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). En el Colegio Nacional de Buenos Aires, de donde había egresado en 1967, había conocido a Carlos Olmedo, fundador del grupo. A Olmedo lo mataron el 3 de noviembre de 1971 en Córdoba, en un operativo en el que también las fuerzas de seguridad asesinaron al compañero de María Antonia, Agustín Villagra.

La Petisa había participado en el copamiento de Garín. Era un personaje querido en la cárcel de Rawson, donde compartía con sus compañeras las charlas sobre política, tejido y anécdotas familiares. Cada vez que le llegaba una carta de su mamá, María Angélica Lema, o de su papá, Manfredo Sabelli, la leía en voz alta. Desde Rawson, ella les escribía a sus padres y a su abuela. Les contaba cuando nevaba o les avisaba que estaban autorizadas las visitas de novios.

El 10 de julio de 1972, María Angélica no pudo disimular su emoción cuando se comunicó con su familia: el día anterior había ido Héctor Cámpora a visitarlas y les había transmitido el apoyo del general Juan Domingo Perón. Afuera del penal hubo un acto en el que sonó fuerte la marcha peronista. Algo similar le pasó cuando les escribió el 4 de agosto de 1972: estaba esperando una publicación sobre el acto que el 28 de julio se había hecho en el estadio de Nueva Chicago. Estaba eufórica porque no solo habían estado los militantes sino también los laburantes de base.

Si algo les pedía era que fueran a verla, que ese fuera el único gasto que tuvieran que hacer por ella. También le reclamaba consejos a su mamá sobre qué hacer con dos agujas mientras pensaba en cómo terminar un echarpe en el que buscó descargar los nervios por lo que vendría.
Había que fugarse. Esa era la principal consigna que rondaba en la cabeza de quienes estaban presos en Rawson. Había que recuperar a esos hombres y mujeres para dar la lucha.

LA GORDA. Susana Lesgart había estado ocupada en los preparativos del escape. Mientras otras compañeras tejían pulóveres negros de cuello alto, como usaban los penitenciarios, o cosían las boinas con apliques blancos, ella había estado dedicada a acondicionar el uniforme del Ejército que iba a usar su compañero, Fernando Vaca Narvaja, para simular que era un teniente.

Como ella, Fernando era de Córdoba, y los dos militaban en Montoneros. Susana, o la “Gorda”, como la llamaban en el penal, tenía 22 años y era maestra. Venía de una familia de clase media del barrio General Paz, en la capital provincial. El padre tenía un negocio que se dedicaba a la venta de insumos médicos. En la casa de los Lesgart había tiempo para la música. A Susana, a diferencia de sus hermanas y de su hermano, le gustaba tocar el arpa. Cuando llegó el tiempo de ir a la facultad, optó por cursar primero Arquitectura y luego Historia en la Universidad Nacional de Córdoba. Allí se integró a la Asociación de Estudios Sociales.

En poco tiempo, los estudios fueron perdiendo relevancia en su vida. La militancia empezó a ocuparlo todo. Estuvo dos veces en La Calera: primero, en el asalto al banco de 1969, y después, en la toma del año siguiente. Tras ese episodio, hay quienes la recuerdan dando vueltas por las calles de Córdoba para evitar que algún compañero cayera detenido. Por ese compromiso, la organización decidió enviarla a Tucumán.

En diciembre de 1971, cayó detenida y la mandaron a la cárcel de Devoto. De ahí, pasó a Rawson. Ese 15 de agosto de 1972, ella tenía un rol importante: debía colgar un pañuelo o un trapo en la ventana como señal de que la fuga estaba en marcha, pero algo salió mal. Un compañero que estaba con los vehículos que debían trasladarlos hasta el aeropuerto de Trelew malinterpretó la señal.

LA FUGA IMPERFECTA

–Bajate –le ordenó Susana a uno de los remiseros que habían llegado hasta la entrada del penal después de los llamados desesperados de Mariano Pujadas, al ver que los vehículos que debían sacarlos de ahí no estaban. Como pudieron, se acomodaron 19 presos políticos en los dos coches y se fueron. Cuando llegaron al aeropuerto, el avión ya estaba despegando.

Por tierra no podían escapar. Era suicida –como habría sido suicida escaparse a pie del penal de Rawson–. Eso estaba descartado. Tenían que atrincherarse en el edificio central del aeropuerto, pedir la presencia de un juez, de un médico y de los medios de comunicación. Se iban a entregar pero querían condiciones.
María Antonia fue elegida vocera por las FAR; Pujadas por Montoneros, y Rubén Pedro Bonet por el ERP. Ellos debían hablar con el juez Alejandro Godoy, con los periodistas y también con Sosa, que los trataba como si fueran soldados.

–Calma, calma, que acá no hay ninguna necesidad de gritar –lo atajó Pujadas a Sosa, mientras vociferaba y trataba con desdén a María Antonia.
Los militantes pedían volver a Rawson, incluso se ofrecían como mediadores si el penal todavía estaba tomado. El juez estaba de acuerdo. Los medios llegaron y se improvisó una conferencia de prensa en la que no faltaron curiosos.

–Nosotros no hemos elegido la violencia por la violencia misma, pero vemos que es el único camino que nos queda. En ese sentido, somos pacifistas, pero como decían los compañeros, en la medida en que no nos dejan elegir el camino, debemos optar por la violencia –explicó María Antonia, envuelta en su gamulán.

Los combatientes depusieron las armas. Fueron saliendo del aeropuerto y se formaron antes de subir a un micro. A Susana el viento le agitaba el pelo castaño pero ni aun la posibilidad de volver a la cárcel le sacaba la sonrisa. Sonreía y miraba desafiante a los marinos.
En ese momento, Sosa les notificó que la dictadura de Lanusse había decretado la emergencia en la zona. El juez Godoy se disculpó diciendo que toda la situación se le escapaba de las manos y que el control ahora lo tenía el V Cuerpo de Ejército, con asiento en Bahía Blanca. Sosa se salía con la suya: los militantes no volvían a Rawson, sino que iban a la base aeronaval Almirante Zar de Trelew.

LA BASE FINAL

Por radio escucharon que el avión había aterrizado en Puerto Montt. La felicidad les invadió el cuerpo mientras se acercaban hasta la base, adonde llegaron en la madrugada del 16 de agosto de 1972.

El trato de la Marina fue especialmente vejatorio con las cinco mujeres que fueron alojadas en la dependencia militar. Les revisaron cada pliegue de la piel, como si María Antonia, la Petisa, la Sayo, la Gorda o Clarisa Lea Place pudieran esconder armas dentro de su propia fisonomía.
A las mujeres las sometieron a tres interrogatorios. En algunos participaron hombres de civil, a quienes los militantes identificaban como parte de los servicios o integrantes de Coordinación Federal.

LA SAYO. “¿Cómo es que su marido se fue y usted no? ¿Qué pasa: su marido la ha dejado?”, interrogaban a una mujer menuda de 36 años que estaba detenida.
La prisionera era Ana Villarreal, conocida en la militancia como “Sayo”, por sus rasgos orientales. Era una mujer tímida, de pocas palabras y apariencia sencilla. Era la esposa de Mario Roberto Santucho y la madre de sus tres hijas, pero era también un cuadro duro del PRT-ERP. La Sayo era de Salta, pero había estudiado Arte en la Universidad de Tucumán. Ahí conoció a “Robi” y se casaron por civil en 1961.

No era la primera vez que la Sayo estaba detenida: había caído presa en una entrega de alimentos en una barriada pobre. En ese operativo, la balearon en una rodilla y la mandaron a la cárcel del Buen Pastor, de donde logró escaparse. Después, volvieron a detenerla en un ómnibus en Tucumán y, antes de llegar a Rawson, estuvo en el buque Granaderos y en la cárcel de Devoto. En el sur volvió a encontrarse con su marido.

Sus hijas la vieron por última vez en julio de 1972 en Rawson. El clima se notaba distendido en el penal. Las chicas pudieron hacer manualidades con la madre y caminar por los pasillos de la cárcel. Marcela, la hija del medio, tenía solo nueve años entonces. “Mis padres eran de dar el abrigo, de quedarse sin abrigo, de decirnos que compartiéramos los juguetes y que estudiáramos. Ellos militaban pero también nos querían criar como el Hombre Nuevo”, recuerda Marcela.

CLARISA. Más allá de los interrogatorios, lo peor para los presos era convivir con Bravo, el verdadero verdugo. Un día, pescó charlando a la Petisa y a Clarisa, uno de los principales cuadros femeninos del PRT y fundadora del ERP.

Clarisa era tucumana. Tenía 23 años y un carácter duro. Había estudiado Derecho en Tucumán y vivido en una pensión con Nélida “Pola” Augier. No tenían mucho, y lo poco que tenían lo usaban para comprar fibrones para hacer carteles o pintadas. A las cuatro de la mañana, las dos muchachas se levantaban para estudiar marxismo. Como parte de su formación militante, vieron juntas La batalla de Argel. Las acompañaba el mismísimo Robi Santucho, con quien Clarisa mantuvo una relación sentimental por algún tiempo.

Era menuda y le costaba llevar mucho peso, pero, a fuerza de voluntad, se las ingeniaba para moverse en el monte tucumano. Había intentado fugarse de la cárcel del Buen Pastor tiempo antes, pero el escape fracasó. Clarisa terminó herida en el brazo con una bala que se le escapó a uno de los compañeros que había ido a liberarla. Después la trasladaron a Rawson y, tras la fuga del 15 de agosto, estaba en la base Almirante Zar.

Ahí, Bravo les ordenó a las militantes que se pusieran cuerpo a tierra. Como no accedieron, llamó a un suboficial para que se los ordenara a punta de ametralladora. A los cinco minutos volvió y ordenó que se dieran vuelta. Tampoco hicieron caso. El suboficial tomó bruscamente a Clarisa por la cintura y ella hizo un gesto de resistirse. Entonces, Bravo martilló la pistola y la apoyó sobre la cabeza.

–Vas a morir, hija de puta –le espetó el teniente.

–No me mates –le pidió la muchacha.

La Sayo, la Gorda, la Petisa y Clarisa fueron asesinadas en la madrugada del 22 de agosto de 1972. Las noticias del fusilamiento de los 19 presos políticos en Trelew causó conmoción en Rawson. Las presas, que seguían aisladas después del plan de fuga, le escribieron a la mamá de la Petisa una carta que ella atesoró hasta su muerte. “Sabemos el dolor terrible que debe experimentar, nosotros hemos perdido una compañera, una amiga de la cual hemos aprendido muchas cosas, sobre todo que antes que uno mismo está la patria y la lucha por la justicia”, la consolaron.

SOBREVIVIENTES Y TESTIGOS

“Vos también acá, flaca”, la saludó Alberto Camps cuando vio que la entraban en una camilla a la enfermería. María Antonia estaba casi asfixiada con la sangre que brotaba de su boca destruida.

–Agua –le pidió a un enfermero, que se apiadó y con un algodón le mojó los labios.
Con el pulóver ensangrentado, esperó a que llegaran los médicos desde la Base Naval de Puerto Belgrano para operarla. Se despertó recién en el avión que la llevaba hacia Bahía Blanca, donde ya estaban sus compañeros Ricardo “Turco” Haidar y Camps.
Haidar fue el último en ser intervenido. Era el que estaba en mejores condiciones. Cuando Camps se despertó, él fue el encargado de contarle la magnitud de la masacre.

–¿Cuántos se salvaron? –preguntó el militante de las FAR.

–Nosotros tres –respondió su compañero de Montoneros.

–¿Quién es el tercero?

–¿Quién es el tercero?

–María Antonia.

En la noche del 24 de mayo de 1973, todo era algarabía en el penal de Villa Devoto. Faltaban pocas horas para que asumiera el Tío Cámpora. Las elecciones –ese sueño lejano– se habían concretado y lo que se escribía en las paredes se estaba volviendo verdad: Cámpora al gobierno, Perón al poder.
En una celda de la cárcel, donde solo entraban dos cuchetas, se acomodaron los tres sobrevivientes de la masacre y el periodista Francisco “Paco” Urondo. Cerca de las nueve de la noche, Paco prendió el grabador y ellos hablaron. Hablaron hasta pasadas las cuatro de la madrugada. La entrevista se publicó en agosto de ese año bajo el título de La patria fusilada.

–A veces alguien se me acerca y dice: “¿Me podés contar, si a vos no te molesta?”. Para nosotros, relatar lo de Trelew es una obligación. Para con nuestro pueblo, por todos los compañeros que murieron allí –le dijo Camps a Urondo.

–Si algo tenemos que hacer, si para algo sobrevivimos nosotros, es para transmitir todo eso que los otros, por haber muerto, no pueden –completó Haidar.

REPRESALIAS

Si para la militancia la masacre de Trelew fue un impulso para redoblar el compromiso, para las fuerzas represivas fue un punto de partida de lo que sería el exterminio. Las familias de las mujeres asesinadas en Trelew fueron un blanco de la represión.

Seis meses después del asesinato de la Sayo, las tres niñas Santucho fueron enviadas a Cuba. Robi pensaba que iban a estar más tranquilas para estudiar, pero ellas pidieron volver tiempo después. En 1975, en un afán de usarlas como rehenes, fueron secuestradas y llevadas a distintos campos de concentración. Finalmente, pudieron volver a Cuba. Entre otros, perdieron a su tía Manuela Santucho, que era como una segunda madre para las chicas, y a su padre, en julio de 1976.

Para el segundo aniversario de la matanza, el padre de María Antonia denunció que sufrió unos operativos inusitados en su casa y en la de su madre en Turdera, en el sur del Gran Buenos Aires. En marzo de 1977, la Brigada de Investigaciones de Lanús condujo un operativo brutal en la vivienda donde residía el médico de 66 años. Lo asesinaron y lo enterraron como NN en el cementerio de Lomas de Zamora.

Al padre de Clarisa, Arturo Lea Place, lo mataron en diciembre de 1975. Los tres hermanos de la Gorda están desaparecidos: María Amelia, Adriana y Rogelio Lesgart.
Los padres de la Petisa Sabelli iniciaron una demanda civil contra el Estado por el asesinato de su hija. Tuvieron que exiliarse. Se radicaron en Italia. María Angélica, la madre, se suicidó en 1977. El padre, Manfredo, enfermó y murió al año siguiente.

MARÍA ANTONIA

Meses antes del golpe de Estado de 1976, María Antonia Berger era responsable de la zona oeste de Montoneros. Cristina Pflüger –militante y trabajadora del hospital Posadas– todavía recuerda con emoción cuando la vio en una actividad que estaban organizando con la Juventud Peronista en Morón en julio de 1975. Cristina estaba embarazada de Ernesto, su primer hijo, y la panza le impedía movilizarse con facilidad. Por eso, María Antonia las subió a ella y a otra compañera embarazada al auto y las alcanzó. En esos meses, María Antonia solía manejar el Fiat 600 que el padre le había regalado a Silvia Tolchinsky, otra militante de la zona.

La salida del país de María Antonia fue difícil, cuentan sus compañeros de Montoneros. Algunos creen recordar que cruzó en un bote, escapando de los grupos de tareas. En el exilio, integró el Consejo Superior Montonero como secretaria adjunta de la rama femenina. Era frecuente verla con Adriana Lesgart, la hermana de la Gorda, hablando con partidos políticos o con organizaciones de derechos humanos.

En 1978, estuvo en París cuando se discutía el boicot al Mundial de fútbol en la Argentina. En enero de 1979, estuvo en México cuando se hizo la Tercera Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla. Hacia allí habían viajado referentes de los organismos de derechos humanos. Angela “Lita” Paolín de Boitano, madre de dos detenidos-desaparecidos e integrante de Familiares, la conoció en ese momento. María Antonia estuvo entre quienes le dijeron a Lita que no iba a poder volver a la Argentina porque estaba marcada: había viajado con un joven militante que, en realidad, estaba secuestrado por la Marina.

María Antonia estaba preocupada por la situación de Familiares. Cuando volvieron al país como parte de la Contraofensiva, le pidió a otra compañera, Diana Schatz, que fuera a avisarles que habían estado infiltrados y que se cuidaran. Graciela Lois se vio varias veces con Diana, a quien conocía como “Anita”. La última vez que la cruzó fue en la fila en Avenida de Mayo para denunciar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Después de eso, la secuestraron y la asesinaron.

El 16 de octubre de 1979, se llevaron a María Antonia de la zona de Tapiales, La Matanza. Por dichos de sus captores, Tolchinsky supo que su antigua responsable estuvo cautiva en Campo de Mayo. Según pudo reconstruir, María Antonia habría compartido la casa con su hermano, Daniel Tolchinsky, y con su cuñada, Ana Wiesen–que, en 1972, había sido parte del apoyo externo a la fuga de Trelew y partió en el avión que María Antonia no llegó a abordar–. A los dos los secuestraron entre el 19 y el 20 de octubre de 1979.

Poco se sabe del destino final de María Antonia –uno de los bronces de la militancia montonera–. Probablemente haya estado al tanto de que Camps había caído en 1977 en una casita de Lomas de Zamora, que compartía con su compañera y con sus dos hijitos. El Turco Haidar logró esquivar a sus verdugos hasta diciembre de 1982, cuando fue secuestrado, llevado a la ESMA y desaparecido. La dictadura terminó, así, con el reguero de muerte que iniciaron los fusiladores de Trelew. (Luciana Bertoia, Caras y Caretas)

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QUEDÓ FIRME LA CONDENA A CARLOS AMADO MARANDINO, UNO DE LOS RESPONSABLES DE LOS CRÍMENES A PRESOS POLÍTICOS EN LA BASE ALMIRANTE ZAR

El tribunal oral de Comodoro Rivadavia lo condenó a prisión perpetua el 15 de octubre de 2012 junto a otros dos marinos, Luis Emilio Sosa y Emilio Jorge del Real. El CELS informó que como su defensa  no volvió a recurrir en queja a la Corte, su sentencia finalmente quedó firme.

A días de cumplirse 49 años de la Masacre de Trelewquedó firme por primera vez la condena a uno de los responsables de los homicidios de presos políticos perpetrados por la Armada Argentina en la base aeronaval Almirante Zar el 22 de agosto de 1972. Se trata del ex cabo primero Carlos Amado Marandino, uno de los tres marinos condenados hace casi nueve años por el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia. Si bien aquella sentencia fue confirmada parcialmente en 2014, la Corte Suprema de Justicia demoró seis años en resolver los planteos de la defensa, informó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), querellante en la causa.

El organismo recordó que sigue pendiente la extradición desde Estados Unidos el teniente de navío retirado Roberto Guillermo Bravo, identificado por los tres sobrevivientes del fusilamiento como quien recorrió los calabozos para dar los tiros de gracia. Ciudadano norteamericano desde 1987, localizado por PáginaI12 en Miami en 2008 como próspero empresario, Bravo estuvo fugazmente detenido en 2019 a partir del segundo pedido de extradición del gobierno argentino pero recuperó su libertad luego de pagar una garantía de 5 millones de dólares y otro millón de dólares de fianza.

El tribunal oral de Comodoro Rivadavia condenó a Marandino a prisión perpetua el 15 de octubre de 2012 junto con otros dos marinos, Luis Emilio Sosa y Emilio Jorge del Real. Dos años después la Cámara Federal de Casación Penal confirmó esas condenas, pero además revocó la absolución de Rubén Norberto Paccagnini, que era el jefe de la base Almirante Zar, y de Jorge Bautista, uno de los encubridores de la masacre. Los últimos cuatro murieron. Aquella decisión fue recurrida, la Corte demoró seis años en resolver el planteo y finalmente devolvió el expediente a la Sala III de la Casación, que en mayo último rechazó un recurso extraordinario. Como la defensa de Marandino no volvió a recurrir en queja a la Corte, su condena finalmente quedó firme, informó el CELS.

El sexto imputado de la causa y a su vez el gran ausente en el juicio oral es Roberto Guillermo Bravo, a quien la Armada envió como agregado militar a Washington poco después de la masacre. El comportamiento del Ñato Bravo antes, durante y después de la masacre está documentado a partir del testimonio de los tres sobrevivientes, María Antonia Berger, Alberto Camps y René Haidar, a quienes el poeta y militante montonero Francisco Paco Urondo entrevistó en la cárcel de Villa Devoto el 24 de mayo de 1973; se caracterizó por el cinismo y el verdugueo constante desde que los militantes de las FAR, el ERP y Montoneros que se habían fugado del penal de Rawson fueron encerrados en la base Zar, pasando por las advertencias antes de los fusilamientos (“ya van a ver lo que es meterse con la Marina, van a ver lo que es el terror antiguerrillero”), hasta los tiros de gracia junto con Sosa.

Próspero empresario radicado en North Miami, Florida; Bravo continúa impune en el país que le dio refugio y del que adoptó la nacionalidad. El Estado argentino, a pedido del Poder Judicial, reclamó su extradición sin éxito en dos oportunidades. Mientras se sigue exigiendo su envío al país para juzgarlo, cuatro familiares de las víctimas de la masacre presentaron en octubre pasado una demanda civil en una Corte del Distrito Sur de Florida, patrocinados por el Centro por la Justicia y Rendición de Cuentas (CJA por sus siglas en inglés), los estudios de abogados Keker, Van Nest & Peters y Markus / Moss PLLP, en colaboración con el CELS. (Página 12, 12/8/2021)

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La familia Pujadas

HABLA EL PADRE DE MARIANO PUJADAS

Mariano nació el 14 de junio de 1948 en Barcelona, catalán por los cuatro costados y a fines de 1953 emigró a la Argentina con toda la familia.

Al año siguiente empezó a ir a la escuela nacional Nro. 55 de Guiñazú, ingresando a 3er grado, pues a pesar de tener seis años solamente se hallaba en ese nivel por haber asistido a la escuela en Barcelona. Durante sus años de escuela y después en el colegio nacional de Monserrat fue acusando una faceta característica de su personalidad: su genio alegre, su "ángel" como diría un gitano, que le ganaba amigos por doquier. Excelente alumno en matemáticas y ciencias físico-naturales, con innata facilidad para los idiomas Fue becado por el intercambio estudiantil del Rotary, graduándose en el colegio de agricultura de la Universidad de Nebraska. Su año de permanencia en Curtis, viviendo con varias familias, sirvió de mucho para afinar su escala de valores y madurar su juicio. Como siempre dejo un estela de simpatía y afecto: a los pocos días de su fusilamiento casi ochos años después de su estadía en Curtis, recibíamos sentidas cartas de condiscípulos y profesores suyos, y entre ellas la del juez Floy Hecht en cuya casa vivió varios meses, en la que decía que conociendo a mariano estaba seguro de que había muerto defendiendo una causa de justicia y libertad.

Paso del Monserrat a la Universidad Católica, en la facultad de agronomía, y sin que ello le impidiera ser un excelente alumno siempre encontraba tiempo no solo para ayudar en la actividad de la familia, sino también de preocuparse de los problemas estudiantiles. Sus numerosos viajes hacia el norte de la provincia especialmente practicando estudio y análisis de suelos le pusieron en contacto con las zonas más pobres, despertando en él una afán de justicia y la amarga certeza de que no se podría hacer nada de provecho para remediar los males que tenía ocasión de palpar, sin un cambio fundamental de estructuras, en lo económico y en lo social.

Así se fue plasmando la personalidad de Mariano, el idealista que no vacilaba en darse por entero con alegría e inmensa cordialidad frente a sus semejantes y también el muchacho transformándose en hombre con un juicio sereno y ecuánime, con una voluntad férrea para seguir en una lucha dura y riesgosa buscando alcanzar mejor bienestar y mayor justicia para un pueblo con el que se había integrado y sentido absolutamente suyo.

Del Cordobazo a la fría madrugada del 22 de agosto en Trelew con los años de militancia tan intensamente vividos, se concreta la transformación de nuestro Mariano en el "Gaita", como cariñosamente lo llamaban sus compañeros. Prófugo desde la Calera, es detenido en junio del 71 en Córdoba y tras pocos meses de estar en Encausados, forma parte del primer grupo de presos políticos llevados a Rawson: de allí habría de volver a su casa en la noche de un 23 de agosto en un ataúd gentilmente proporcionado por la Armada.

Fue entonces cuando empezamos a comprender la exacta dimensión alcanzada por Mariano y no a causa de su papel protagónico en el aeropuerto de Trelew, sino al ver la cantidad de gente para nosotros desconocida, pueblo, "pueblo", de alpargata rotosa y pollera deshilachada que sin intimidarse por la presencia de carros de asalto en las inmediaciones de la casa, entraban silenciosos con ojos húmedos a dar el último adiós al muchacho guerrillero que por ellos había ofrendado su vida mirando su rostro exangüe pero sereno y sonriente, y tocando la bandera de su patria de adopción que cubría el féretro, cruzada con una leyenda que él llevaba grabada a balazos en el pecho: MONTONEROS. Esa misma palabra que un hermano, con un clavo, grabo en el revoque fresco que tapa el nicho, hasta donde lo llevaron a pulso sus compañeros en un mediodía soleado de agosto.

Hermosos son todos los recuerdos que conservamos de Mariano, y creo que todos los que lo conocieron, por siempre tendrán presente el maravilloso don de esa sonrisa que siempre se dibujaba en sus labios, su entereza, su serenidad y su espíritu de conciliación y justicia.

Para muchos de nosotros es más que un ejemplo un recuerdo: antes Mariano estaba con nosotros, ahora está en nosotros, pues lo llevamos en nuestra mente, en nuestra sangre, en nuestro corazón.

El papá de Mariano autor de esta nota se llamaba José María conjuntamente con su esposa Josefa y dos de sus hijos: Madre y hermanos de Mariano respectivamente, fueron asesinados por fuerzas parapoliciales y paramilitares el 14 de agosto de 1975 en Córdoba. Los sacaron a todos de la misma casa mientras dormían, los arrojaron a un pozo de ocho metros de profundidad, los ametrallaron y luego sobre sus cuerpos exánimes arrojaron explosivos. [Del libro "CAMPANA DE PALO" de Roberto Baschetti]

Para reproducir citar la fuente pensamiento discepoleano

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LA MASACRE DEL 22 DE AGOSTO DE 1972 EN TRELEW

Día infausto para la historia de la militancia revolucionaria en la Argentina. La dictadura militar, que había tomado el poder en 1966 derrocando al gobierno constitucional del Dr. Illia, estaba jaqueada desde el “Cordobazo” de 1969 y el “Vivorazo” de 1971, y arrinconada por el auge de masas contra su política económica de hambre y entrega al poder financiero internacional y por su insostenible actitud de mantener proscripto al peronismo. En este contexto, sus esbirros, deciden asesinar impunemente a dieciséis de los diecinueve presos políticos de las organizaciones FAR, ERP y Montoneros.

La tragedia se inicia con la fuga de 25 guerrilleros del penal de Rawson, producida en la mañana del 15 de agosto de 1972. Los jefes del operativo son: Santucho, Domingo Menna y Gorriarán Merlo (ERP), Quieto y Osatinsky (FAR) y Vaca Narvaja (Montoneros). Controlado el penal, falla sin embargo, la apoyatura externa: en vez de un automóvil, dos camiones y una camioneta, sólo el automóvil espera a los fugados para trasladarlos al aeropuerto de Trelew, donde debe aterrizar un avión –copado por varios guerrilleros que viajan en él- que los conduciría a Chile. Ante la imprevista y dramática situación, sólo seis (los jefes del operativo) salen hacia el aeropuerto, acompañando al chofer, Carlos Goldemberg (FAR). Llegan al aeropuerto cuando está por despegar el avión de la compañía Austral pero los compañeros que viajan en el avión –Ana Wiesen, Alejandro Ferreyra Beltrán y Víctor Fernández- lo controlan, permitiendo el ascenso de los seis fugados, tomando vuelo inmediatamente hacia Chile.

Los 19 compañeros restantes, llegan tardíamente al aeropuerto –debido a la camioneta y camiones faltantes- y si bien lo copan, se encuentran rápidamente cercados por la infantería de Marina. Allí negocian la garantía de sus vidas y finalmente se entregan, siendo trasladados por razones de seguridad a la base Almirante Zar. Allí quedan bajo el control del capitán Luis Sosa y son sometidos a interrogatorios por el teniente Roberto Bravo.

No obstante el público compromiso de respetar las vidas de los detenidos, el día 22 de agosto, a las tres y media de la mañana, los jefes de la base simulan una fuga o insurrección. Hacen salir a los prisioneros de las celdas y los ametrallan. Dieciséis de ellos mueren y otros tres quedan malheridos, pero con vida, pasando inadvertidamente esta situación para los represores. Entre los muertos, hay once guerrilleros del ERP, tres de las FAR y dos de Montoneros. Ante la protesta que crece en todo el país, el almirante Hermes Quijada viaja a la base e informa falsamente acerca de un intento insurreccional por parte de los detenidos (El 30 de abril de 1973 es ajusticiado por Fernández Palmeiro, militante del ERP 22 de agosto)

Los marinos de la Base Almirante Zar, acaudillados por el fusilador capitán de Corbeta Luis Emilio Sosa, curioso militar argentino entrenado en la lucha antiguerrillera en Fort Gulick, Panamá, asesinaron con saña a los compañeros. Sosa incumplió los compromisos asumidos ante un juez y testigos de trasladarlos nuevamente al penal de Rawson mostrándose “ofendidísimo”, por los planteos negativos que hacían los presos políticos frente a un posible traslado a la base Almirante Zar. El país recibió la noticia del baño de sangre y se produjeron enormes muestras de repudio por el accionar represivo, ya que cada uno de los velorios de los jóvenes fue acompañado por muestras de dolor del pueblo recibiendo, como contrapartida, acciones represivas del régimen.

LOS FUSILADOS DE TRELEW

  • Astudillo, Carlos Heriberto – 1944/1972
  • Bonet, Pedro – 1942/1972
  • Capello, Eduardo Adolfo – 1948/1972
  • Delfino, Mario Emilio – 1942/1972
  • Del Rey, Alberto Carlos – 1949/1972
  • Kohon, Alfredo Elías – 1945/1972
  • Lea Place, Clarisa Rosa – 1948/1972
  • Lesgart, Susana Graciela – 1949/1972
  • Menna, José Ricardo – 1951/1972
  • Polti, Miguel Ángel – 1951/1972
  • Pujadas, Mariano – 1948/1972
  • Sabelli, María Angélica – 1949/1972
  • Suárez, Humberto Segundo – 1947/1972
  • Toschi, Humberto Adrián – 1947/1972
  • Ulla, Jorge Alejandro – 1944/1972
  • Villarreal de Santucho, Ana María – 1935/1972

LOS SOBREVIVIENTES DEL FUSILAMIENTO

Berger, María Antonia (Herida por la ráfaga de metralla, logró introducirse en su celda, donde, además, recibió un tiro de pistola: la bala entró por su mentón, le destrozó el maxilar inferior derecho y quedó alojada debajo del oído. Fue la última en ser trasladada a la enfermería. El proyectil que recibió en la cara recién le fue extraído en el hospital de la cárcel de Devoto)

Camps, Alberto Miguel (Eludió la metralla arrojándose dentro de su propia celda. Allí entró el oficial Roberto Guillermo Bravo, lo obligó a ponerse de pie y a colocar sus manos detrás de la nuca, en ese momento y en esa posición, le disparó un tiro en el estómago con una pistola 45 a menos de un metro de distancia)

Haidar, Ricardo René (Evadió las ráfagas de ametralladora introduciéndose en su celda. Allí fue herido. Le apuntaron a la cara, pero instintivamente, giró su cuerpo hacia la izquierda y recibió el impacto debajo de la clavícula)
M. A. Molocznik, Los Malditos, vol. II, pág. 451, ed. Madres de Plaza de Mayo

Para reproducir citar la fuente pensamiento discepoleano

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TRELEW Y EL PERIODISMO AL SERVICIO DEL ESTADO TERRORISTA

La cobertura de los diarios tradicionales sobre la masacre de Trelew fue un anticipo de lo que vendría después, con la dictadura de Videla & compañía. Fue, en palabras de Blaustein, “el préstamo de un gran megáfono privado para la repetición monocorde de una única versión oficial, castrense, perversa, banal, brutal”.

* * * * * * * *

Para quienes, como supone uno sobre los lectores de Infojus Noticias, están lo suficientemente ejercitados en la lectura crítica de los medios, y que conocen algo sobre el nivel de aberración en el comportamiento de nuestra (¿?) prensa durante la dictadura, no debería sorprender que la cobertura de los diarios tradicionales sobre la masacre de Trelew fuera apenas el préstamo de un gran megáfono privado para la repetición monocorde de una única versión oficial, castrense, perversa, banal, brutal. O quizá sí podría sorprender. Porque aquellos tiempos medios del lanussismo eran de retroceso militar, de ascenso popular, de libertades ganadas a las piñas, de movilizaciones y alegría en las calles, aun a contramano de la represión de la época. Sólo el horror extremo de la dictadura nos enseñó que efectivamente a los años de Lanusse se los podría calificar como dictablanda.

Y sin embargo Trelew. Y sin embargo, esto es lo central, porque “no era necesario” ni se respiraba tanto horror en la Argentina de 1972, se necesitó una vez más que un sistema de medios tradicional, conservador, privado, pusiera el así llamado periodismo al servicio de las necesidades de un Estado terrorista. O que se mintiera tan aviesamente sobre lo que pudiera pasar con un puñado de guerrilleros, a los que seguramente los directivos y lectores paradigmáticos de esos diarios temían por una doble vía: la del infantilismo y la del fanatismo. Ese odio y ese terror sordo, un poco tonto, de los sectores conservadores a la guerrilla, el peronismo combativo o no, o las izquierdas, explica no sólo una cobertura periodística particular, la de los hechos de Trelew, sino el conjunto de operaciones mediáticas y políticas previas al golpe del 76 y todo el nutrido acumulado de ilustre mierda (con perdón) que vino después de parte de diarios que en democracia se llenarían la boca con ya sabemos qué: democracia, república, autoritarismo, totalitarismo, libertad de prensa.

Mintieron a lo pavo, por supuesto, los grandes diarios argentinos tras Trelew, haciendo lo que desde el 24 de marzo de 1976 (y bastante antes, en el gobierno de Isabel Perón también) sería sistemático, mecánico, masivo: hacer de magáfono entre idiota y sibilino. Limitarse a amplificar un parte de guerra oficial o aun peor, amparar la ominosa mentira en esas figuras retóricas sinuosas del periodismo viejo y el presente como “fuentes habitualmente bien informadas”. El título de La Nación anticipa un muy triste clásico de los años de la dictadura siguiente, el uso de un verbo muy particular, –abatir- en este formato: “En Trelew abatióse a quince extremistas”.

Escribí en Decíamos ayer. La prensa bajo el Proceso sobre esas modalidades verbales: “Designóse, nombróse, detúvose, abatióse”. Transcribí en esas páginas este comunicado entre miles: “Un delincuente subversivo, miembro de la banda marxista autodenominada 'montoneros', fue abatido por las fuerzas legales”. Añadí: “No hay que tener un master en semiótica para detectar que las palabras cargadas de connotaciones negativas derrotan 6 a 1 a la expresión positiva "fuerzas legales" y que entre las seis y la una media la presunta neutralidad del verbo abatir, también usado para aludir a la muerte de búfalos u otras bestias, para referir al derribo de cazabombarderos o al paso calamitoso de un temporal”.

Otra cosa que recuerdo haber sentido fuertemente cuando investigaba los archivos de los diarios, particularmente las portadas siniestras del viejo vespertino sábana La Razón informando de muertes, muertes y muertes inexplicadas: en Argentina amanecían cadáveres en las calles, las barriadas, casi con naturalidad, como si amaneciera con escarcha.

El lenguaje de la época era la dictadura misma, era parte de un gigantesco y ominoso sistema cultural. Desde Trelew, pero desde mucho antes, a lo largo de décadas de violencia política y simbólica, en Argentina venía siendo así. Uno escucha el primer discurso de Pincohet justificando el golpe en Chile y puede ser nuestro y de 50 años atrás. Va de nuevo: no se trata de sólo de apoyos de los diarios, de complicidades, e intereses, Papel Prensa, de los sectores “del privilegio” pidiendo protección mafiosa a las Fuerzas Armadas. El dictador es el lenguaje y se trata de todo un sistema cultural, hoy a su modo vigente con sus cambios y sus sofisticaciones.

La pregunta es qué pasó en los poquísimos años que separan el horror de Trelew de la primavera camporista y de allí al horror de la dictadura. Escribí “horror”. ¿Pero hubo efectivamente tal horror por Trelew en la dudosamente llamada opinión pública o solo en minorías? ¿Qué dirían los resultados que aportara una brigada de encuestadores de Julio Aurelio o Poliarquía si los enviáramos al 72, al 75, al 76? ¿Cómo fue que de manera vertiginosa el aura de los guerrilleros buenos pasó a la categoría crítica y distante, muy popular, de los “tirabombas” y luego “la subversión”. ¿Qué hicieron tan mal los tirabombas para merecer su aislamiento y su desprestigio?

Si es por la negación del horror, ya sea en 1972 o 1976, se me ocurre una respuesta posible entre muchas, apenas angular, basada en un recuerdo personal. Yo era una auténtico estúpido imberbe de 14 años cuando Trelew. En esos años tomaba clases particulares de matemáticas para enfrentar un examen en el nacional Buenos Aires. Hijo de padres zurditos, hermanos ídem, ambiente igual, no me creía, como tantos, la versión oficial. Cuando comentamos la noticia de lo sucedido en Trelew con la vieja profe de matemáticas, una buena persona que, caramba, se llamaba Pía, le dije con la obvia soberbia de mis 14 años que la versión oficial era un verso, que los guerrilleros habían sido masacrados.

La respuesta de aquella profe viejita es una clave cultural de lo que las sociedades prefieren no ver: “Ay, no. No me digas eso”. No querer saber, no querer escuchar ni enterarse. En el y75, 76, fue que prevaleciera largamente la demanda de orden a la demanda de libertad. Si hay que hacer un trabajo sucio que lo hagan otros y a esconder la cabeza. Y si se trata de los medios conservadores, a esconder la suciedad de ese trabajo triste pero necesario, ya no bajo la alfombra, sino hasta lo más profundo de la tierra, junto a la cantidad de cadáveres que sean. (Por Eduardo Blaustein, Infojus Noticias, El Ortiba)

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MARCOS OSATINSKY Y ROBERTO QUIETO, DESPUÉS DE LA FUGA, CON LOS ABOGADOS EDUARDO LUIS DUHALDE Y GUSTAVO ROCA  -  (Chile, 1973)

COMO FUERON LOS HECHOS
Al enterarse de su traslado a Rawson, Santucho conversó con Agustín Tosco la posibilidad de la fuga de Rawson. "Che gringo, ¿cuántos kilómetros hay del penal de Rawson al aeropuerto más próximo?", dijo Santucho. "Ni se te ocurra, Negro, es imposible fugarse de allí, ni con un submarino ruso", respondió Tosco.

A principios de junio de 1972, Santucho ya había aceitado suficientemente los contactos con el exterior como para poner en marcha el operativo de la fuga. Las noticias que le llegaban sobre la coyuntura política lo convencían de que no habría elecciones limpias: Lanusse había congelado los fondos sindicales y suspendido la personería gremial de la CGT por el respaldo de ésta a Perón; además, había establecido el 25 de agosto como fecha tope para que los candidatos de la futuras elecciones fijaran residencia en el país. La intención obvia era dejar fuera de carrera a Perón. Santucho también descartaba la posibilidad de un golpe de Estado que frenara el proceso electoral. En cuanto a la necesidad de que la guerrilla abandonara las armas decía que "al no darse posibilidad alguna de una elección verdaderamente limpia y al no encabezar a las masas en este terreno ninguna corriente antiimperialista (el Partido Justicialista, el radicalismo y la burocracia sindical no lo son el desarrollo del proceso electoral no obliga a la tregua, y hace posible y necesario el entrelazamiento de la lucha armada con la lucha democrática ( ... )". Sin embargo, insistía en la idea de preparar una fórmula con candidatos obreros en caso de participar en las elecciones.") Ello era, en realidad, una respuesta a Montoneros, quienes ya habían anticipado su posición favorable a una tregua ante el inminente retorno de Perón.

Santucho seguía creyendo que una organización que se denominaba revolucionaria no debía someterse a "una dirección burguesa". Jamás dejaría de presionar a Montoneros para que se radicalizara hacia la izquierda. Ese momento llegará, pero por la combinación de tres circunstancias: las propias concepciones de Montoneros; la presencia del ERP, disputándole el terreno político de la izquierda armada; y la futura relación traumática con Perón.

El hecho de que Lanusse estuviera realizando los últimos movimientos en el tablero para condicionar la salida electoral y la arremetida contra las organizaciones sindicales
- también había sido intervenida la CGT de Córdoba y apresados u obligados a la clandestinidad sus dirigentes, proporcionaba a Santucho el principal argumento para insistir en la fuga y no confiar, como Montoneros, en que el nuevo gobierno, si lo había, dejaría en libertad a los presos políticos, y mucho menos si éstos eran guerrilleros. Las FAR coincidían con Montoneros en la necesidad de una tregua pero pensaban que había que asegurar la libertad de los presos, sin apostar todas las cartas a la bondad de un gobierno peronista. Por eso cuando el ERP decidió la fuga del penal, sólo contó con el apoyo decidido de las FAR y cierta complicidad de Montoneros.'

La idea de Santucho parecía, al principio, descabellada. Pretendía organizar la evasión de cerca de ciento diez militantes políticos de las tres fuerzas guerrilleras más importantes del país, romper una inexpugnable fortaleza del régimen ubicada en una zona semidesértica, y enfrentarse con éxito a un contingente de 70 soldados, 1000 infantes de marina, 200 gendarmes y unos cien policías, que eran la custodia del lugar.

Lo que sucedió después fue documentado en numerosas entrevistas y libros, pero hubo una historia íntima de la fuga y de los hechos de Trelew que es posible narrar tres décadas después de acuerdo a los testimonios de varios de sus protagonistas.

LA FUGA

El ERP había estado discutiendo varios planes de fuga. Uno, que Santucho consideró como alocado, incluía un rescate en un avión alquilado que aterrizara en el campo de la cárcel. Había sido diseñado por el comité militar de Buenos Aires. El otro, que finalmente se llevó a cabo, fue diseñado por Santucho, Gorriarán Merlo y Osatinsky, pero había sido resistido por el comité militar bonaerense del ERP, lo que Santucho considerará como una de las causas de las dificultades posteriores a la fuga.
La evasión debía comenzar con una señal enviada por los contingentes guerrilleros desde afuera del penal. Recibida la señal, Santucho que ya era sin duda el jefe indiscutido de todos los grupos armados dijo: "Ahora, y se quitó su pullover, como contraseña. Mientras, Marcos Osatinsky se dirigía hacia la puerta enfundado en un gabán de bolsillos anchos y grandes, cargado con una pistola con silenciador entrada pacientemente por las visitas en latas de dulce de batata. La sospecha de que el abogado radical Mario Amaya había colaborado en ello le costará la vida en 1976. Los guerrilleros tenían pocas armas, algunas púas, cuchillos y palos. A su vez, Roberto Quieto marchaba hacia una cita con el director del penal.
Eran, exactamente, las 18 del martes 15 de agosto de 1972.

Cuando comenzó la fuga, Osatinsky disparó sobre el guardiacárcel Juan Gregorio Valenzuela, que intentó impedir el escape, matándolo. Los guerrilleros lograron copar el penal. Los sindicalistas presos habían decidido no participar en la fuga. Los primeros en alcanzar la puerta fueron Santucho, Menna, Osatinsky, Vaca Narvaja, Gorriarán Merlo y Quieto. Los guerrilleros estaban numerados para el orden de fuga del 1 al 110. Cuando ya estaban afuera de la cárcel, Santucho y los demás no encontraron los camiones que debían estar esperándolos para llevarlos al aeropuerto de Trelew; los tiros adentro de la cárcel los habían dispersado. El primer contingente de los seis máximos jefes guerrilleros tomó el único coche que había permanecido, con el estudiante de Agronomía y Veterinaria Carlos Goldenberg (FAR) al volante. Los 19 guerrilleros restantes, que habían logrado salir, llamaron desde la guardia del penal a taxis y remises. Llegarían al aeropuerto de Trelew con un retardo fatal.

Santucho y el primer grupo entraron al aeropuerto cuando el avión de Austral -un BAC 111 con 96 personas a bordo- estaba carreteando. Santucho cruzó la pista corriendo junto a Vaca Narvaja que, disfrazado de mayor del Ejército, hizo señas al avión para que parara. De la torre de control no entendían lo que estaba sucediendo. El avión se detuvo en ese momento porque los guerrilleros que habían subido antes en Trelew -el estudiante de Medicina Alejandro Ferreyra Beltrán (ERP); la maestra Ana Wiesen (FAR) y Víctor José Fernández Palmeiro (ERP)-- ocuparon la cabina y amenazaron al comandante de a bordo. Los primeros seis guerrilleros subieron, y ordenaron esperar unos minutos. Desde la torre de control del aeropuerto ya se había avisado a un avión de Aerolíneas Argentinas próximo a llegar, que no aterrizara. El piloto del BAC 111 intentó resistirse. Dijo: "No hay combustiblepara llegar a Puerto Montt". Encañonándolo, Santucho respondió: "Pues habrá que llegar igual".

* A las once y cuarto de la noche, el 15 de agosto de 1972, los diecinueve combatientes que no habían podido evadirse de Trelew entregaron las armas en la rotonda del aeropuerto y fueron llevados en ómnibus a la base Almirante Zar. El capitán de corbeta Luis Emilio Sosa, jefe de las tropas de represión, les explicó que la medida era provisional y se tomaba porque la zona había sido declarada en estado de emergencia.

* Una hora antes había aterrizado en el aeropuerto de Pudahuel, Santiago, el avión de Austral capturado en Trelew. Las carreteras de acceso a la capital chilena estaban cerradas por los carabineros y los periodistas eran mantenidos a distancia, para evitar todo contacto con los guerrilleros fugitivos. Caía una lluvia intensa. A las once y media (hora de Buenos Aires), Santucho, Osatinsky y dos jefes policiales comenzaron a parlamentar en un salón central del aeropuerto de Santiago. La conversación duró seis horas y cinco minutos.

* En Trelew, el ómnibus militar llegó a la base poco antes de medianoche. El juez Alejandro Godoy, el director del diario Jornada, el subdirector del diario El Chubut y el abogado Mario Abel Amaya no pudieron franquear el portón de entrada y fueron invitados a marcharse.

* A las dos de la madrugada, el 16 de agosto, el comandante de la brigada de infantería, general Eduardo Ignacio Betti, llegó a Rawson desde Comodoro Rivadavia y tomó el mando de la zona de emergencia. A las cinco se reunió con el comandante del V cuerpo de ejército, general Manuel Angel Ceretti, quien acababa de viajar desde Bahía Blanca. Se movilizaron dos millares de efectivos para rastrillar el área. Se reforzó la vigilancia en la frontera entre las provincias de Chubut y Río Negro. Fueron alertados todos los puestos policiales para evitar que los guerrilleros -en cuyo poder estaba el penal todavía- y sus eventuales auxiliares externos ensayaran otra fuga. Ambos generales decidieron la suspensión de todas las ceremonias de homenaje a José de San Martín que se preparaban para el día siguiente en la zona de emergencia, por falta de garantías". Al amanecer, el alerta militar se extendió desde la cordillera a la costa en las provincias de Chubut, Neuquén y Río Negro, norte de Santa Cruz y sur de Buenos Aires.

* A las 5.20, hora de Buenos Aires, Santucho y Osatinsky informaron a sus compañeros -aún refugiados en el avión de Austral- sobre las negociaciones en el aeropuerto, parlamentaron otra vez con los jefes policiales y regresaron al BAC III. A las 5.45, los seis fugitivos del penal y sus cuatro ayudantes -Wiessen, Goldenberg, Ferreyra, Fernández Palmeiro- bajaron a tierra. Siete minutos más tarde, los pasajeros varones retenidos a bordo se reunieron en el vestíbulo con sus esposas e hijos, liberados cinco horas antes. El avión emprendió el regreso y llegó al aeroparque de Buenos Aires a las 7.32 de la mañana, bajo una lluvia implacable.

* Las autoridades militares detuvieron a siete de los pasajeros, acusándolos de conversar con los combatientes sin ocultar su simpatía.

* A las 8.08, los detenidos que mantenían bajo control el penal de Rawson se rindieron incondicionalmente a las tropas del general Betti. La prohibición de acercarse al penal era absoluta. A las 11, el periodista Horacio Augusto Finoli, de la agencia Associated Press, fue herido por un soldado cuando intentaba tomar fotografías.

* Hacia el mediodía, los abogados González Garland, Matarollo, Ortega Peña, Duhalde y Galín, defensores de algunos de los guerrilleros, trataron de llegar a Trelew en automóviles de remise. Tropezaron con un cerco militar que les impidió acercarse a la ciudad. A la misma hora, los abogados Amaya e Hipólito Solari Yrigoyen, quienes no se habían movido de Rawson, trataron de visitar a los presos. Las autoridades militares les informaron que "ese día no era posible, y que ya no lo sería nunca".

*.A las 18, el grupo completo de abogados entrevistó a Jorge V Quiroga, juez de la cámara federal especial, quien estaba a cargo del sumario que se inició después de la fuga.' Quiroga declaró que él no había decidido incomunicar a los reclusos del penal, "de modo que los abogados pueden visitar a sus  defendidos normalmente

* Esa cámara, conocida como "carnarón" en la jerga de la época, fue uno de los tribunales especiales creados por el gobierno militar violando la Constitución.

* Pero la prohibición siguió en pie sin que nadie diera explicaciones. A las 20, Amaya fue detenido y puesto a disposición del Poder Ejecutivo. No saldría de la cárcel sino después de cien días.

* A las 22, el mismo 16 de agosto, los abogados Ortega Peña, Duhalde y González Garland procuraron arrancar al juez Quiroga una orden que permitiera la asistencia de médicos y defensores cuando los diecinueve detenidos en la base aeronaval fueran interrogados. Quiroga desestimó la petición.

* En la mañana del 17 de agosto, el partido Justicialista envió un telegrama al ministro del interior, Arturo Mor Roig: "Reclamamos respeto derechos humanos presos políticos unidad carcelaria Rawson responsabilizándolo por su integridad física amenazada por medidas de represión".

* El ministro, que siempre había negado la existencia de presos políticos en la Argentina y que descreía de las torturas a pesar de las evidencias, envió esta respuesta: "Requiero se sirvan precisar a qué medidas concretas de represión se hace referencia y cuáles son las amenazas a la integridad física y derechos humanos con relación a los responsables de los sucesos de la víspera en Rawson y Trelew. El poder ejecutivo nacional no acepta que mediante acción psicológica se pretenda presentar a los protagonistas del luctuoso suceso como víctimas. Firmado: Arturo Mor Roig, ministro del Interior".

* El gobierno militar de Alejandro Agustín Lanusse reclamó en Chile la detención preventiva de los diez combatientes que habían pedido asilo, antes de que se iniciara el proceso de extradición. El canciller chileno Clodomiro Almeyda manifestó que su país consideraría el caso de acuerdo con sus leyes nacionales y con los tratados en común con la Argentina. Las agrupaciones chilenas de izquierda se movilizaron en Santiago para que Salvador Allende concediera un salvoconducto -a falta de asilo político- para que los fugitivos salieran rumbo a Cuba.

* El lunes 21, ciento cuarenta soldados de gendarmería llegaron a Rawson para reforzar la vigilancia del penal. La mitad de ellos tomó posición en los extremos de los pabellones, con armas largas; la otra mitad patrullaba el patio exterior y las salidas. Según un oficial del Ejército, "hay versiones de que se trama un nuevo intento de evasión". Uno de los guardiacárceles explicó que los refuerzos llegaron para "prevenir posibles alteraciones del orden en el penal".

* A las seis de la tarde de ese lunes, el comandante de la zona de emergencia, general Eduardo Ignacio Betti, difundió el bando militar N' 1. Su texto: "El que incurra en actitudes que perturben la normal convivencia, el orden y la tranquilidad públicos, será reprimido con la sanción de arresto, salvo que el hecho constituya una infracción más grave, en cuyo caso será juzgado según corresponda. La sanción de arresto será aplicada por orden irrecurrible, y se cumplirá en el lugar que se determine, conforme con las disposiciones del caso para esta zona de emergencia. El presente bando regirá desde las 14 del día de la fecha, 21 de agosto".

* En la edición N° 499 del semanario Primera Plana que comenzó a distribuirse la noche de ese lunes, se publicó una declaración del teniente coronel Muñoz, jefe de operaciones de las tropas regulares que actuaban en Chubut: "Estoy desilusionado -dijo en el aeropuerto de Trelew, luego de la rendición de los fugitivos-. Veníamos a liquidarlos a todos y están vivos. Si se hubieran animado a disparar un tiro, no dejábamos ni a uno. Pero se rindieron, los muy cobardes". Otro oficial, que comandaba a un grupo de quinientos efectivos entrenados para la lucha antiguerrilla, dijo (según la versión de Primera Plana): "Esperábamos una resistencia feroz, pero son unos patoteros. No pelean, son cagones".

* El mismo lunes 2 1, desde las 11. 10 de la mañana, la junta de comandantes que gobernaba la Argentina se reunió en la Casa Rosada. Asistieron Alejandro Agustín_Lanusse, presidente de la nación y jefe del ejército; Carlos Alberto Rey, comandante en jefe de la fuerza aérea; Guído Natal Coda, comandante en jefe de la armada; Ezequiel Martínez, secretario de la junta; Rafael Panullo, secretario general de la presidencia, y -Arturo Mor Roig, ministro de Interior,poco después del mediodía, el lenguaje de la reunión asumió una rigidez militar. Se incorporaron entonces José Rafael Herrera, jefe del estado mayor general del ejército,y Hermes Quijada, jefe del estado mayor conjunto. Antes de la una de la tarde, el canciller Eduardo McLoughlin -un brigadier- conferenció en otro salón con el general chileno Sepúlveda y con el embajador Ramón Huidobro sobre los diez fugitivos que habían pedido asilo en Santiago; allí se enteró de que el gobierno socialista, cediendo a las movilizaciones internas, les entregaría salvoconductos para viajar a La Habana o a Argel.

El domingo 27 de agosto, el diario La Nación contaría que, durante el diálogo, "McLoughlin rechazó, en nombre de Lanuse, el pedido del el presidente chileno Salvador Allende de que se lo dejara actuar en función de la situación interna de su país. McLough1in adelantó al embajador Huidobro que causaría un profundo desagrado al gobierno argentino cualquier decisión chilena que se apartara de las normas jurídicas en vigor, advirtiéndole que también el gobierno argentino tenía razones de política interna para insistir en la posición en la cual se había situado".

Los informes periodísticos sobre la reunión militar del mediodía y el parte oficial coinciden en los nombres, en los objetivos de la conversación, en los horarios: Quijada llegó a las 13.40 para "dar cuenta de los recientes sucesos en Rawson y Trelew"; McLoughlin entró una hora más tarde y refirió los pormenores de su entrevista con Huidobro.
Según conjeturó el matutino Crónica en su edición de agosto 22, la primera parte de la asamblea fue destinada a analizar la ley de enmiendas a la Constitución, que unificaría los mandatos e impondría la elección directa de presidente y vice. El resto del tiempo se habló de la represión.

* Poco antes de la medianoche, en la sala de periodistas de la casa de gobierno, los corresponsales analizaron las decisiones que quizás había tomado la junta de comandantes en jefe. Enumeraron las confidencias que habían recogido después de las reuniones militares de la última semana (el 16 en el despacho de Lanusse, el jueves en Olivos y el 18 en la llamada Sala de Situación), evaluaron el escarmiento que jefes de las tres armas querían imponer a los guerrilleros y los diversos castigos de los que se habría hablado. Al terminar la ronda de especulaciones, un corresponsal inglés dijo en voz alta: "Esta noche los matan a todos".

* Como contarían más tarde los sobrevivientes de la matanza, el trato que recibieron en la base fue "en parte razonable y en parte irrazonable". Los despertaban a gritos, varias veces durante la noche, y les ordenaban quedarse cuerpo a tierra, desnudos o vestidos, en un patiecito que daba a las oficinas. Dos grados tres décimas fue la mínima del 16 de agosto; uno bajo cero hubo el 22, a las tres de la madrugada.

Comían de a uno por turno, o de a dos, apuntados por una doble hilera de soldados que tenían orden de disparar al menor movimiento inusual. "¡Si seremos boludos! -admitió durante uno de los almuerzos el teniente de corbeta Roberto Guillermo Bravo-. En lugar de matarlos estamos engordándolos."
Iban al baño de a uno, con las manos en la nuca, atravesando también la doble hilera y con un centinela detrás que les apuntaba a la cabeza. 'la próxima vez no va a haber negociación -los desafiaba el capitán Sosa. Los vamos a cagar a tiros, sin tantos miramientos".

Pero esas humillaciones -dirá después Gustavo Peralta- eran poca cosa para un grupo de guerrilleros que no había flaqueado ante la picana eléctrica, los cadenazos, los simulacros de fusilamiento, la sed y las asfixias en agua del inodoro.

Forzados al silencio, oirían al viento ir y venir por la meseta yerma, reptando entre los molles y los calafates espinosos, o el chillido de algún ratón de campo aplastado por las camionetas que pasaban. Sabían que toda fuga era imposible, que no podrían siquiera pensar en ella hasta que no los sacaran de esa guarnición con novecientos hombres en estado de alerta y dos kilómetros de campo por cubrir hasta la carretera Madryn-Trelew. Ni soñar, compañero.

Toda la historia de la semana final cabe en unos pocos planos: el de las comidas, el de los interrogatorios, el de la matanza. Se supone que los mudaron algunas veces de calabozo, que Pujadas estuvo junto a Ulla una tarde y la mitad de una noche, en la primera celda de la derecha; que María Angélica Sabelli y Susana la Gorda Lesgart compartieron durante un par de días la última celda de la izquierda. Pero esos detalles ya no importan. Sólo sirven para reconstruir la parte más opaca de la historia, los movimientos sin sentido que tan a menudo son en la vida de los seres humanos el preludio de la muerte.

El 22 de agosto a las 3.30 de la madrugada los 19 prisioneros de la base Almirante Zar fueron acribillados, por una patrulla a cargo del capitán de corbeta Luis Emilio Sosa, y del teniente Roberto Bravo. Entre los muertos estaban la mujer de Santucho y Clarisa Lea Place. El gobierno explicó que se había tratado de un intento de fuga. Los tres sobrevivientes de la masacre lo desmintieron. El presidente Lanusse asumió, como comandante en jefe, la responsabilidad de lo actuado por la Marina. La versión oficial la difundió el jefe del Estado Mayor Conjunto, contralmirante Hermes.
La noche del 22, el gobierno sancionó la ley 19797 que prohibía la difusión de informaciones sobre o de organizaciones guerrilleras. En los días sucesivos, hubo manifestaciones en las principales ciudades de la Argentina. Y más de 60 bombas fueron colocadas en protesta por la matanza.

Peronistas, radicales, intransigentes, socialistas, comunistas, trotskistas y democristianos, condenaron al gobierno. Perón calificó a las muertes de "asesinatos". La opinión pública descreyó de la versión oficial. El 25 de agosto la CGT declaró un paro activo de 14 horas. Se prohibieron los velatorios públicos de los guerrilleros ejecutados. El comisario de la Policía Federal Alberto Villar desocupó con tanquetas la sede del Partido Justicialista en la Capital Federal, donde se velaba a algunos de los "combatientes", como los llamaban sus compañeros de lucha, que fueron enterrados luego clandestinamente. Ana Villareal fue sepultada en el cementerio de Boulogne.

Lanusse envió emisarios a Chile para solicitar la extradición de los guerrilleros prófugos. Intentaba juzgarlos como delincuentes comunes. Allende tenía dos opciones: poner a los evadidos a disposición de lajusticia chilena por el delito de piratería aérea, en cuyo caso la Corte Suprema debía ocuparse del pedido de extradición del gobierno argentino, o concederles el asilo y un salvoconducto para viajar a Cuba como solicitaban los guerrilleros. Allende, en principio, no descartaba la primera alternativa porque estaba convencido de que la Corte de ninguna manera podía considerarlos delincuentes comunes. De todos modos, encomendó al asesor jurídico de la presidencia, Juan Bustos, que les comunicara que él nunca los devolvería a las autoridades argentinas. En las principales ciudades de Chile se realizaron manifestaciones populares convocadas por el Partido Socialista y el MIR para exigir al gobierno de Allende que se les otorgara a los prisioneros el salvoconducto a Cuba.04)

El abogado Duhalde y su colega Gustavo Roca fueron testigos privilegiados de lo sucedido en Chile y de la decisión final de Allende de permitir la salida de los guerrilleros hacia Cuba. En l990, Duhalde revelará detalles inéditos del episodio:

"El mismo día 15 de agosto, al enterarnos de la fuga, dieciséis abogados viajamos a Rawson. Fuimos, entre otros, Raúl Radizani Goñi, Rodolfo Mattarollo, Carlos González Garland, Rodolfo Ortega Peña y Pedro Galín. No pudimos tomar el avión porque los pasajes estaban reservados para el gobierno. Alquilamos dos remises para que nos llevaran. Nos pararon en todos los puestos policiales desde Bahía Blanca. Cuando llegamos la muerte se respiraba en el ambiente, estaba muy pesado. En seguida nos hospedamos en el mismo hotel que el juez Jorge Quiroga, quien intervenía en los hechos e integraba la Cámara Federal conocida como el Camarón, algunos de cuyos jueces tenían denuncias entre otros, de presenciar las torturas a los detenidos y tomarles declaración en esas condiciones. Pero él se negó a vernos. Esa misma madrugada presentamos un habeas corpus tirándoselo por debajo de la puerta de su habitación. El 16 de agosto Rawson era como un territorio ocupado. Tampoco pudimos entrar a la base naval Almirante Zar. Se nos unieron Mario Amaya e Hipólito Solar¡ Yrigoyen, radicales y abogados del lugar. No pudimos trabajar. Tuve el presentimiento de que la muerte rondaba sobre los prisioneros. Mario Amaya es detenido; intentamos realizar u na conferencia de prensa en su estudio de Trelew pero media hora antes de la hora convenida lo volaron de un bombazo.

"Regresamos a Buenos Aires Con la certeza de que debíamos denunciar lo que después, trágicamente, sucedería. La situación de los presos en Chile, además, era muy difícil, así que nos dividimos las tareas. Ortega Peña permaneció en Buenos Aires para ocuparse de las defensas; Jorge Yampar, que años después será asesor del ministro del Interior Julio Mera Figueroa durante la presidencia de Carlos Menem, le envía un telegrama al ministro del Interior de Lanusse, Arturo Mor Roig, diciéndole que ante el peligro que corrían las vidas de los prisioneros en la base de la Marina, lo responsabilizaba de lo que pudiera pasarles. Un telegrama histórico, porque no es que la muerte fue casual sino que se advirtió que se mataría a los prisioneros. Vuela de otro bombazo, en Buenos Aires, la gremial de abogados donde Ortega Peña debía dar una conferencia de prensa.

"En la mañana del 22 de agosto partimos hacia Chile Mario Amaya, Gustavo Roca y yo. El que nunca supo por qué venía y después se arrepintió toda su vidafue Andrés López Acoto, del Partido Socialista. Los abogados del Partido Comunista argentino se negaron a ir. En Ezeiza nos enteramos, pero muy confusamente, de lo que estaba pasando en Trelew. Recién en Chile, mientras íbamos en un taxi al Palacio de La Moneda, supimos de la masacre de los prisioneros, y los nombres de los muertos. Nosotros llegábamos para ir a ver a unos prisioneros y, en cambio, más que en defensores nos convertimos en portadores de la noticia del asesinato de la mujer de Santucho y de la compañera de Vaca Narvaja. Al resto de losfugados debíamos comunicarles el asesinato de sus mejores amigos.

"Antes de verlos, marchamos a dejar nuestros equipajes en un hotel, hondamente preocupados por la situación y por tener que darles noticias tan tremendas. Cuando bajamos al hall del hotel nos estaba esperando un personaje singular, que en esos años estaba por la Argentina: Raymond Molinier, conocido en la IV Internacional como 'Marcos', hijo de un banquero francés que un buen día se había llevado los dineros de su padre y se había incorporado al trotskismo. Molinier llegó a ser secretario de Trotsky y estaba casado con la alemana Elizabeth Kesselman, con quien vivía en Monte Grande. Ella fue asesinada por las FFAA en 1976. El viejo, que toda su vida fue un gran conspirador, acercándose con disimulo nos dice: 'ustedes están sentados sobre un polvorín, es algo muy peligroso lo que hacen. Por eso me alojé en una habitación al lado de la de ustedes.
Cualquier cosa me llaman. Pero necesito urgentemente una entrevista con Robi. Partimos para la cárcel, Gustavo Roca y yo. Encontramos a los Presos hechos casi una jauría. Aparte de que les resultaba difícil entender que los tuvieran presos dado el régimen socialista, estaban exasperados porque les habían sacado la radio y porque alguien les había dicho algo de lo que había sucedido.

"Estaban en un gran salón del primer piso, con rejas en las ventanas y una larga mesa. Algunos estaban parados. Me acuerdo de que Robi estaba sentado a la cabecera de esa mesa. Yo les digo que había habido una masacre de presos y termino diciendo los nombres de los muertos. Ahí cada uno reaccionó de manera diferente. Los más impulsivos, como Fernández Palmeiro o Gorriarán, gritaban, maldecían. Robi puso sus brazos cruzados sobre la mesa, apoyó la cara y quedó así por más de dos horas. No pronunció una sola palabra. Quedó como petrificado mientras a su alrededor los gritos llenaban el cuarto. Fue una escena desgarradora y aún hoy no sé qué fue más conmovedor: si el llanto y los gritos, o el silencio petrificado de Santucho.

"A partir de ese momento iniciamos una delicada gestión en dos direcciones: por un lado los cubanos, y por otro el gobierno de Allende. Luego de dos días, en la mañana del 25 de agosto, la secretaria de Allende nos llamó a Roca y a mí para invitarnos a almorzar. Cuando llegamos a La Moneda nos sorprendimos porque el almuerzo era con todo el gabinete. Era una mesa larga y solemne, como todas en esas ocasiones. Allende presidía la reunión. Nos dice que quiere que asistamos porque cada uno de sus ministros expondrá sobre la tesis de extradición o de encarcelamiento en Chile. La ronda la comenzó Clodomiro Almeyda explicando las dificultades serias que planteaba la situación para las relaciones bilaterales con Argentina, y aun con el resto de los gobiernos vecinos como Bolivia y Brasil. A suposición se sumaron todos los ministros, unos veinte, con una tibia diferenciación de Tomic y una decidida defensa en favor de la libertad de los guerrilleros, la única, del secretario del Tesoro, Antonio Novoa Montreal.

"La comida ya había terminado y pensamos que las cartas estaban echadas. Tomó la palabra Allende, y dijo: "Chile no es un portaviones para que se lo use como base de operaciones. Chile es un país capitalista con un gobierno socialista y nuestra situación es realmente dificil Repitió, haciéndolos propios, todos los argumentos de sus ministros. Nosotros nos hundíamos cada vez más en las sillas. De pronto, Allende dijo: 'La disyuntiva es entre devolverlos o dejarlos presos...'. Hubo un segundo de silencio que Allende rompió con un puñetazo sobre la mesa: 'Pero éste es un gobierno socialista, mierda, así que esta noche se van para La Habana'. No podíamos creer lo que escuchábamos; corrimos a realizar las gestiones con Cuba para que volaran esa misma noche. Una vez tomada la decisión, Allende nos solicitó tres cosas: que consiguiéramos una declaración de Perón condenando la masacre de Trelew y a favor de la liberación; también una declaración de condena a la masacre de los partidos políticos argentinos y de la CGT. La tercera, que nos costó bastante conseguir, era que Vaca Narvaja se quitara el uniforme del Ejército argentino que aún tenía puesto. Cumplimos con todo. Ellos viajaron esa noche a Cuba, dejaron las armas y el uniforme que llevaba Vaca Narvaja para que fueran devueltos al gobierno argentino. Lo único que se llevaron fue una enorme llave, del penal de Rawson, que luego le regalaron a Fidel Castro. Esa fue la historia íntima de Trelew. Santucho nunca creyó que el gobierno peronista podía liberar a los presos. Decía: Nosotros somos enemigos estratégicos, nosotros cuestionamos el sistema, el poder. No nos van a largar'. Era como una obstinada cuestión de principios que no le dejaba ver los matices. Sentía que si los dejaban en libertad les rebajaban la categoría de enemigos fatales."

Antes de partir para La Habana, Santucho recibió la visita de Beatriz Allende, hija mayor del presidente chileno, quien se había iniciado en las lides políticas en la Juventud Socialista y se sentía orgullosa de haber sido una de las primeras integrantes de las redes de apoyo al Che en Chile, entre 1966 y 1967.

-Mi padre te envía su pistola, pa' que te defendai. Lamenta mucho lo de tu compañera. Dice que no comparte el camino que elegiste para Chile, pero que jamás te olvides de ser fiel a tus ideas. Y que te abraza. Beatriz

-Gracias. Dile a tu padre que lo respeto por su honestidad, su valentía. Y que deseo que el pueblo chileno pueda derrotar a los momios y al imperialismo. Defenderemos a Chile donde quiera que estemos -contestó Santucho.

La misma noche del 25, dos horas antes de embarcarse en el avión de línea de Cubana que lo llevaría en vuelo directo a La Habana, Santucho habló con sus tres hijas, sus padres y su hermano Julio, que esperaban la llamada en un departamento de la calle Cangallo al 4000 en Buenos Aires. Quería explicarles personalmente a cada una de sus hijas la muerte de su madre. Estaba desesperado por la pérdida, pero con la tozudez del dolor volcada sobre la obsesión de continuar la lucha. La matanza, interpretaba, era la mayor muestra de agonía de la dictadura. Había que apretar el acelerador para terminar de voltearla.

Los diez guerrilleros aterrizaron en el aeropuerto José Martí en la madrugada del 26 de agosto. Los esperaban honores protocolares del Partido Comunista de Cuba y manifestaciones populares en su homenaje.

"La comida ya había terminado y pensamos que las cartas estaban echadas. Tomó la palabra Allende, y dijo: "Chile no es un portaviones para que se lo use como base de operaciones. Chile es un país capitalista con un gobierno socialista y nuestra situación es realmente dificil Repitió, haciéndolos propios, todos los argumentos de sus ministros. Nosotros nos hundíamos cada vez más en las sillas. De pronto, Allende dijo: 'La disyuntiva es entre devolverlos o dejarlos presos...'. Hubo un segundo de silencio que Allende rompió con un puñetazo sobre la mesa: 'Pero éste es un gobierno socialista, mierda, así que esta noche se van para La Habana'. No podíamos creer lo que escuchábamos; corrimos a realizar las gestiones con Cuba para que volaran esa misma noche. Una vez tomada la decisión, Allende nos solicitó tres cosas: que consiguiéramos una declaración de Perón condenando la masacre de Trelew y a favor de la liberación; también una declaración de condena a la masacre de los partidos políticos argentinos y de la CGT. La tercera, que nos costó bastante conseguir, era que Vaca Narvaja se quitara el uniforme del Ejército argentino que aún tenía puesto. Cumplimos con todo. Ellos viajaron esa noche a Cuba, dejaron las armas y el uniforme que llevaba Vaca Narvaja para que fueran devueltos al gobierno argentino. Lo único que se llevaron fue una enorme llave, del penal de Rawson, que luego le regalaron a Fidel Castro. Esa fue la historia íntima de Trelew. Santucho nunca creyó que el gobierno peronista podía liberar a los presos. Decía: Nosotros somos enemigos estratégicos, nosotros cuestionamos el sistema, el poder. No nos van a largar'. Era como una obstinada cuestión de principios que no le dejaba ver los matices. Sentía que si los dejaban en libertad les rebajaban la categoría de enemigos fatales."

Antes de partir para La Habana, Santucho recibió la visita de Beatriz Allende, hija mayor del presidente chileno, quien se había iniciado en las lides políticas en la Juventud Socialista y se sentía orgullosa de haber sido una de las primeras integrantes de las redes de apoyo al Che en Chile, entre 1966 y 1967.

-Mi padre te envía su pistola, pa' que te defendai. Lamenta mucho lo de tu compañera. Dice que no comparte el camino que elegiste para Chile, pero que jamás te olvides de ser fiel a tus ideas. Y que te abraza. Beatriz

-Gracias. Dile a tu padre que lo respeto por su honestidad, su valentía. Y que deseo que el pueblo chileno pueda derrotar a los momios y al imperialismo. Defenderemos a Chile donde quiera que estemos -contestó Santucho.

La misma noche del 25, dos horas antes de embarcarse en el avión de línea de Cubana que lo llevaría en vuelo directo a La Habana, Santucho habló con sus tres hijas, sus padres y su hermano Julio, que esperaban la llamada en un departamento de la calle Cangallo al 4000 en Buenos Aires. Quería explicarles personalmente a cada una de sus hijas la muerte de su madre. Estaba desesperado por la pérdida, pero con la tozudez del dolor volcada sobre la obsesión de continuar la lucha. La matanza, interpretaba, era la mayor muestra de agonía de la dictadura. Había que apretar el acelerador para terminar de voltearla.
Los diez guerrilleros aterrizaron en el aeropuerto José Martí en la madrugada del 26 de agosto. Los esperaban honores protocolares del Partido Comunista de Cuba y manifestaciones populares en su homenaje.

En una improvisada conferencia de prensa, Santucho, Osatinsky y Vaca Narvaja dieron, por primera vez desde la fuga, su opinión sobre la masacre de Trelew. La consideraban una "salvaje y desesperada respuesta de la dictadura" a los reclamos populares. Reafirmaban, con la consigna "la sangre derramada no será negociada" que seguirían en la lucha "hasta la victoria final" y que "la unidad de los revolucionarios, sellada con sangre en Trelew" sería el legado a conservar por las organizaciones armadas. Santucho agregó: "El ERP, las FAR y Montoneros han demostrado que los muros de ninguna prisión, ni ningún asesinato salvaje del régimen,pueden detener el deseo de los revolucionarios de reunirse nuevamente con su pueblo, de volver a la lucha contra la dictadura y el imperialismo por una patria libre y socialista-.

El grupo permaneció en Cuba hasta la primera semana de noviembre de 1972, partió de allí escalonadamente hacia distintos destinos en Europa y retornó después a la Argentina. En el curso de los dos meses, según las crónicas públicas de la prensa cubana, los guerrilleros visitaron la isla y participaron en las brigadas de trabajos voluntarios habituales en la Cuba revolucionaria. Durante el verano de 1991 en La Habana, el periodista de Radio Reloj, Amable Amador, SO, barbero antes de la revolución socialista, periodista de la revista Juventud Rebelde y dirigente sindical, recordaría así al contingente guerrillero:

"Yo estaba al firente de la microbrigada de trabajo voluntario de la revista Juventud Rebelde, en Alamar, un barrio de La Habana donde estábamos construyendo un edificio para los trabajadores de la revista. De repente llegó una guagüita con un contingente de argentinos. Me habían avisado de que era un grupo muy especial. Si mal no recuerdo, se habían fugado recientemente de una cárcel y no podíamos hacerles preguntas impertinentes ni permitir a los periodistas que les tomaran fotos, porque ellos pensaban continuar la lucha en su país. Esos días, principios de setiembre de 1972, había estado Silvio Rodríguez trabajando con nosotros y cantándonos, y recuerdo que Santucho y Osatinsky se habían aprendido de memoria esa canción de Silvio que se llama 'Si tengo un hermano"

"Santucho tenía un humor estupendo, y no me equivoco cuando digo que se distinguía de los otros argentinos. A pesar de que yo quería darle trabajos suaves, él insistía en cargar bloques de cemento, o ser el primero en descargar camiones con materiales de construcción. Ibamos al comedor y no quería ser el primero: le cedía el puesto a otro.

En el grupo era como un imán. La atracción se centraba en él, era sin duda el principal dirigente, aunque también Marcos Osatinsky se le parecía. Trabajábamos de siete de la mañana a siete de la tarde. En las siestas, que desde que ellos estaban no dormíamos, Santucho parloteaba con nosotros. Era un devoto del Che, y sentía cierto orgullo infantil de que hubiera sido argentino. Era un americanista convencido, y soñaba mucho con una latinoamérica como Cuba, y nos ilustraba mucho sobre la situación de la Argentina, que nosotros conocíamos poco entonces. Tenía, también, una curiosidad desmesurada por todo. Quería aprovechar su estadía con nosotros, que no duró más de veinte días, para aprender lo que pudiera del oficio de albañil y de electricista. Su complexión era robusta y estaba sano, a diferencia de Fernando Vaca Narvaja que tenía una pierna fracturada -si mal no recuerdo- y lo teníamos enderezando clavos. Han pasado dieciocho años y se han borrado muchos detalles, pero sí recuerdo que era tan discreto que se hablaba de su mujer, asesinada en Trelew, y se sumía en un silencio doloroso. Su muerte nos conmovió. Era el hombre noble del grupo. Y aunque en su vida de revolucionario haya hecho cosas dolorosas -cuántos de nosotros hemos tenido que tomar el fusil en nuestra vida nos parecía injusto que un ser tan generoso tuviera que morir."

Por el secreto que rodeó la permanencia del grupo en la isla --quedan apenas algunas fotos y reportajes que fueron reproducidos por la revista Bohemia- sólo se sabe que Santucho se entrevistó esa vez -la única con Fidel Castro. Que escuchó una vastísima exposición sobre la historia de la revolución cubana, y que habló en escasas oportunidades, como era su costumbre, para explicar su estrategia y tácticas políticas. Ya entonces Castro no simpatizaba con el cerrado antiperonismo del PRT, aunque respetaba las convicciones de Santucho y, sobre todo, su indomable visión guevarista. Esta tesitura de Fidel---que signará la historia de las relaciones con Santucho- pudo tener varias explicaciones: una, que los cubanos imaginaban semejanzas entre el Movimiento 26 de Julio y el movimiento peronista; otra, que Cuba y Argentina no mantenían relaciones diplomáticas desde el derrocamiento de Frondizi, cuando el gobierno argentino se había sumado al bloqueo dispuesto por la OEA a petición de EEUU, y Castro tenía la promesa de Perón de que, en caso de volver al poder, se normalizarían las relaciones bilaterales. (Para la elaboración de este resumen se utilizó material de los libros " Todo o Nada" de la periodista María Seone y de la recopilación hecha por el Cro. Daniel De Santis "A vencer o morir" Tomo 1 y 2. "La Fogata")

Para reproducir citar la fuente pensamiento discepoleano

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EL ASESINO DE TRELEW, CAPITÁN DE CORBETA LUIS EMILIO SOSA

Luis Emilio Sosa, el fusilador

Sosa, el capitán de corbeta. Sosa, el que se comprometió -en presencia de un juez y frente a testigos- a trasladar a los evadidos nuevamente al penal de Rawson, Sosa, el que les garantizó que no los recluiría en la Base Aeronaval Almirante Zar. Sosa, el que se mostró ofendidísimo cuando los presos políticos le manifestaron que su negativa a quedar detenidos en una base de la Marina obedecía a experiencias personales de torturas y vejámenes por parte de personal de esa fuerza. Sosa, el mismo que se asombró porque alguien pudiera temerle. Sosa, el mismo que traicionó su palabra de ¿honor? y apenas los diecinueve jóvenes se entregaron, después de deponer sus armas, los subió a un colectivo para hacer exactamente lo opuesto a aquello que había pactado. Sosa, el que se sintió dueño y señor de hacer su voluntad y que los depositó, seguramente con regocijo, en la Base Aeronaval donde consumaría su masacre.

El asesino de Trelew

¿Quién es este Sosa? ¿Dónde está Sosa? ¿Dónde lo escondieron? El capitán de corbeta Luis Emilio Sosa recibió adiestramiento en Fort Gulick, Panamá.
¿Lo adiestraron para qué? Para ser un idóneo en la "lucha antiguerrillera".
Aprendió bien.
Cuando mata, mata.

Ahora, para mentir hace falta un poquito de inteligencia, y de eso no pudieron inyectarle en Fort Gulick.

En la revista Marcha, del 8 de setiembre de 1972, en la nota titulada Trelew.. la obra de los marines, Martín Virasoro refiere, con bronca contenida pero explícita, la insólita versión suministrada por el capitán de corbeta de que los evadidos habían muerto en un intento de fuga en un relato totalmente inverosímil, al que Virasoro describe como "cuento infantil el relato del militar que asevera que "el guerrillero Pujadas, mediante un golpe de karate lo arrojó al suelo (a Sosa) y le quitó el arma, no obstante lo cual él, Sosa, logró zafarse y dio la orden de reprimir suena raro definitivamente". Y continúa: "Diecinueve a cero es una cifra concluyente para estimar que Sosa es una especie de Batman, si no fuese porque corresponde simplemente denominarlo con el nombre correcto: criminal, asesino, psicópata. Pujadas y el resto del grupo, incluida la mujer de Santucho, grávida de ocho meses, sabían perfectamente que no tenía sentido alguno pretender huir, como lo asevera la versión oficial. Ni estando completamente locos podrían tener la esperanza de que, dada la voz de alarma, pudiesen hacer nada, aun con una metralleta, contra los dos mil hombres de la guarnición, contra los tanques, los carriers, las tanquetas. Y menos todavía en la inhóspita zona a la que debían ingresar, supuesto de que hubiesen logrado salir de la Base. Por eso soportaron todas las provocaciones, escupitajos incluidos del capitán Sosa El cronista de Marcha saca la conclusión más coherente: "Sosa la pensó bien, No debía haber soldados conscriptos. Sólo oficiales y suboficiales de los más fieles, los más gorilas. Por eso eligió la hora que eligió. Nada de testigos que, al volver a ser civiles al terminar la conscripción, no puedan con su conciencia y refieran la verdad. De todos modos la imaginación gorila es corta para todo lo que no sea represión y violencia.

De ahí que, alrededor de las 4 de esa madrugada, cuando Lanusse fue despertado telefónicamente por el general Betti, quien le refirió la primera versión (la de Sosa), estalló en los más gruesos improperios del repertorio de la caballería y los coronó con preguntas tales como: ¿Ni siquiera cinco heridos, general?; ¿cómo, tampoco uno solo entre los nuestros con heridas ¿Qué le vamos a decir al país ahora?-.

Aunque a las Fuerzas Armadas nunca les importó dar explicaciones creíbles, la de Sosa era tan pueril que hasta a los más recalcitrantes representantes de la dictadura los dejaba sin respuestas. Cuando el contralmirante Hermes Quijada concluyó de brindarle a la prensa otra versión oficial (parecida, pero diferente), un periodista le preguntó si Sosa estaba herido. La respuesta de Quijada -que como se recordará tuvo su bautismo como aviador naval ametrallando a los civiles en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955- sonó tan absurda como la versión: "No puedo contestar. Es secreto de sumario". La nota de Virasoro concluye con una gráfica sentencia: "El capitán de corbeta Sosa no es un torturador, no le gusta eso. Prefirió el nombre de asesino".

Y a Sosa, el fusilador, no se lo volvió a ver por los alrededores de Trelew. Ni por ningunos otros alrededores. Se tejieron muchas versiones: que la Marina lo guardaba" para protegerlo era una de ellas. Otra decía que lo "guardaba" para utilizarlo en situaciones similares, que era un "duro" entrenado para "misiones especiales" (léase asesinar a víctimas indefensas). Lo cierto es que no se supo nada de él.

Pero el Boletín Oficial de la República Argentina, que registra a diario los textos de decretos, leyes y resoluciones del Gobierno, publicó en junio del 73 el último decreto firmado por Lanusse a sólo veinticinco días de entregar el poder: el 30 de abril de 1973 la dictadura lanussista parió el decreto 3.495 cuyo el texto completo dice: VISTO, lo informado por el señor comandante en jefe de la Armada y lo propuesto por el Ministerio de Defensa y CONSIDERANDO: que es muy conveniente para la Armada Argentina que un oficial jefe realice el curso de infantería para Infantería de Marina, en los Estados Unidos de América; que por la naturaleza de la comisión, la misma no puede ser cumplida por integrantes de nuestra representación diplomática, debiendo estar integrada por personal seleccionado, teniendo en cuenta la necesidad de una continuidad de la experiencia que se obtenga y su futura actividad dentro del servicio; que la fecha de iniciación de la presente comisión está prevista a partir del 15 de mayo de 1973, con una duración de trescientos sesenta y seis (366) días, incluyendo los tiempos de traslados."que tal providencia se halla incluida en el programa de viajes al exterior - Armada Argentina- año 1973, a elevarse oportunamente al Poder Ejecutivo; Por ello, el Presidente de la Nación Argentina decreta:

Artículo 1º - Nómbrase para prestar servicios en la Agregaduría Naval a la Embajada de la República Argentina en los Estados Unidos de América y Canadá en "misión transitoria" y por el término de trescientos sesenta y seis (366) días, al señor capitán de corbeta de Infantería de Marina don Luis Emilio Sosa, a fin de que realice el curso de infantería para Infantería de Marina.

Artículo 2º - El citado oficial jefe, percibirá en compensación de todo gasto, hasta un máximo diario de cuarenta dólares estadounidenses (u$s 40).

Artículo 3° - Los gastos que demanda la presente comisión deberán ser imputados a la partida del ejercicio 1973 que se indica: 2. 10; 52; 0.379; 1; 1233; 228; 01; 2.10; 52; 01; 0.379-1 1; 12; 1223; 2371, 13.

Artículo 4° - En las oportunidades que lo solicite el Comando en Jefe de la Armada, se procederá a girar los importes correspondientes a los haberes mensuales respectivos

Artículo 5º - Por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, se extenderá el pasaporte correspondiente.

Artículo 6º - Comuníquese, publíquese dése a la Dirección Nacional de Registro Oficial, al Tribunal de Cuentas de la Nació y a la Contaduría General de la Nación. anótese ,, archívese en el Ministerio de Defensa. Comando en Jefe de la Armada.

Dirección General del Personal Naval. Agustín LANUSSE, Carlos G.N. CODA, Eduardo E, AGUIRRE OBARRIO, Eduardo F. MCLOUGLILIN.

La revista Marcha, que en su edición del 30 de junio del 73 lo publicó íntegro, con el título de El último decreto de Lanusse hizo los siguientes comentarios: "Lanusse era Comandante en Jefe del Ejército; Coda, su colega en la Armada nacional; Agarre Obarrio, ministro de Defensa nacional; y McLouglilin, ministro de Relaciones Exteriores y Culto. El capitán Sosa era segundo jefe de la base aeronaval Almirante Zar, de Trelew, Chubut, la madrugada del 22 de agosto de 1972, cuando fueron fusilados a mansalva, sin juicio previo y sin aviso, dieciséis presos políticos, salvándose milagrosamente otros tres aunque con graves heridas. El valiente y pundonoroso marino, que ya había recibido instrucción "antiguerrillera" en bases de Estados Unidos con antelación a su hazaña del 22 de agosto, fue el oficial jefe que dirijio la matanza. Cumplido su patriótico deber, descansará de sus fatigas occidentales y cristianas en otra base yanqui, lejos de las miradas acusadoras de sus compatriotas y camaradas de oficio. El reposo del guerrero".

La pregunta que cabe es sobre qué antecedentes se lo consideró a Sosa "personal seleccionado" y, en todo caso, seleccionado para qué. Lo que es obvio, a la luz de los años de plomo que se vivirían en la Argentina, es para qué las Fuerzas Armadas sentían como imprescindible la necesidad de una continuidad (de la experiencia que se obtenga y su futura actividad dentro del servicio. En particular de los Sosa que repetirían una y otra vez, treinta mil veces, su accionar de machos bravíos.

Como para ratificar que Sosa aún continuaba en su período de reinstrucción antiguerrillera en una base yanqui, un escrito presentado en 1974 por el doctor Jorge Carlos Ibarborde -en respuesta a uno de los juicios entablados contra la Armada por la masacre de Trelew - daba cuenta de que el fusilador y sus cómplices "no podrian concurrir a declarar en las audiencias señaladas, por cuanto ,se encuentran en el extranjero" y, genti1mente, indicaba los domicilios de los homicidas para que, la parte que los propuso adopte las medidas que considere Capitán de Corbeta D. Luis Emilio Sosa. Agregaduría Naval Argentina S 1, 6 Corcoran St. N W. Washington D.C. - EE.UU.", el mismo domicilio consignaba para su brazo derecho y coejecutor en la Masacre de Trelew el Teniente de Fragata D. Roberto Guillermo Bravo".

Luego durante años, su paradero fue uno de los secretos guardados con más por la Armada. Según la revista Hechos y Noticias, del 19 de agosto de 1984 "durante la guerra de las Malvinas se sostenía que el fusilador estaba anclado en Puerto Belgrano. Un año más tarde, aparecía como agregado militar en la Embajada argentina en Honduras. Y ¡oh sorpresa!, con el advenimiento del gobierno democrático una foto de la agencia oficial Télam (de] 21 de junio último - 1984-) revela que el capitán de navío Luis Emilio Sosa está aquí, No usa más distintivo de Infantería de Marina ni de paracaidista militar; utiliza el del Crucero General Belgrano Sin embargo, esté donde esté, Sosa puede sentirse orgulloso. Ni la masacre de 23 de enero de 1989 contra los miembros del Movimiento Todos por la Patria (MTP) ejecutada en La Tablada por nuestras Fuerzas Armadas contra jóvenes que depusieron sus armas, ni la del 22 de abril de este año realizada por los centuriones de Fujimori contra los integrantes del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), en Perú, superan su hazaña.

Las lamentables excusas que "en nombre de la democracia y las instituciones" esgrimen los justificadores de estas trágicas muertes sustentan el pobre argumento de que los subversivos estaban armados. Los muertos de Sosa eran detenidos políticos y estaban indefenso ni siquiera sospechaban que él tenía una guerra personal contra ellos, contra su juventud y sus utopías- los masacrados de Trelew, inermes, no sabían de su sed de sangre, no conocían su vampirismo. Si aún ronda por este mundo, el asesino Sosa puede sentirse seguro de que nadie batió su récord, aunque sus fusilamientos no hayan sido transmitidos por televisión.

Con la amnistía del 25 de mayo de 1973, Camps, Berger y Haidar salieron en libertad. Ese mismo día y cuando aún no habían abandonado la prisión, el poeta Francisco Urondo les hizo una larga entrevista donde relataron los fusilamientos con el título de La Patria Fusilada (el texto completo de este reportaje se encuentra a continuación de esta nota). Dos de ellos fueron desaparecidos durante la dictadura de Videla, y Camps murió en un enfrentamiento. (Fuente: La Fogata)

El fusilador de Trelew, el capitán de corbeta de la infantería de marina, el asesino luis emilio sosa murió en julio de 2006 de un cáncer y nunca estuvo en una cárcel común.

Para reproducir citar la fuente pensamiento discepoleano

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LA PATRIA FUSILADA

“La Patria Fusilada” es el título de una entrevista realizada por el escritor, periodista y militante montonero Francisco "Paco" Urondo, en la cárcel de Villa Devoto, ciudad de Buenos Aires, pocas horas antes de ser liberados en los sucesos de mayo de 1973.

Los entrevistados -presos políticos, como el entrevistador- fueron los únicos sobrevivientes de la Masacre de Trelew, ocurrida el 22 de Agosto de 1972. Al salir en libertad volvieron a la militancia activa en sus organizaciones, y fueron desaparecidos por la dictadura militar años más tarde.

Esta entrevista fue realizada el 24 de mayo de 1973, la noche anterior a la salida de la cárcel de Villa Devoto de todos los presos políticos. Esa noche se decidió tomar las cinco plantas donde estaban alojados, lo cual permitió la intercomunicación entre los pisos, poder verse, cosa que antes no ocurría. De esta manera Urondo se pudo reunir con los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew: Camps, Haidar y Berger. Se metieron en una celda y se pusieron a conversar sobre lo ocurrido.

LA ENTREVISTA

FRANCISCO URONDO: En principio, sería interesante saber para ustedes cómo se llega al actual momento político y cómo se encuadra la fuga del penal de Rawson.

ALBERTO MIGUEL CAMPS: Las organizaciones armadas fueron uno de los elementos, junto con las movilizaciones populares y la conducción del general Perón, las que posibilitaron que hubiera elecciones en condiciones que ellos no pretendían: de alguna manera estos elementos hacen naufragar el proyecto de la camarilla militar. Por eso mismo, pienso que la fuga de Rawson fue una operación de características especiales, perfectamente encuadrada dentro del momento político que se estaba viviendo.

MARIA ANTONIA BERGER: Claro, porque hay dos problemas, uno es determinar la incorrección o no de la operación y otro es la evaluación que se hace en ese momento de la situación política y de las repercusiones que podía tener esa fuga. Por un lado creo que es cierto lo que decía el turco recién, antes de empezar a grabar que no se veía en ese momento la posibilidad de llegar a elecciones. Estaba la cláusula proscriptiva que afectaba la candidatura de Perón, incluso el accionar de las organizaciones armadas estaba bastante frenado; o, mejor dicho, era una época en que había muy pocas operaciones. En cuanto a la posibilidad de llegar a elecciones, creo que incluso en el comunicado no se la ve, porque en el comunicado de Rawson no se llega a eso.

A.M.C.: Indudablemente, en aquel momento la evaluación concreta que hacíamos era que no se llegaba a eso, la cláusula del 25 nos mostraba otra vez un proceso eleccionario proscriptivo para el Peronismo. En eso estoy de acuerdo con vos: viéndola ahora, esa apreciación que hacíamos nosotros era incorrecta. Pero justamente la fuga de Rawson, esa operación militar fue una de las tantas operaciones militares que, junto con el accionar del pueblo y de Perón, posibilita que no se den las elecciones, la batalla, en el terreno que elige el enemigo, aunque aceptando muchas de las imposiciones que en un primer momento estaban concretamente incluidas en el GAN.

F.U.: ¿Se puede hablar de una evaluación incorrecta teniendo en cuenta los elementos de juicio que había en ese momento?

A.M.C.: No, no. ¿Evaluación incorrecta al determinar que no se llegaba a las elecciones?

F.U.: Al determinar la operación de Rawson, la fuga.

A.M.C.: No, pienso que al realizar la fuga con la evaluación que se hacía, que no se llegaba a las elecciones, era correcta. Bueno, creo que pensarlo de otra manera era imposible. Yo apuntaba un poco a lo que decía Mana Antonia, si hoy, habiendo llegado a elecciones, consideramos a esa operación militar como incorrecta o no. Pienso que no, porque está dentro de las operaciones militares que estuvieron golpeando constantemente a la camarilla militar; por lo tanto fue correcta. Sumado a eso la evaluación que hacíamos antes.

F.U.: ¿Turco, estás de acuerdo con esto?

RICARDO RENE HAIDAR: Si, yo estoy de acuerdo. La decisión de realizar la operación en ese momento es muy correcta y aún en este momento, mirándola retrospectivamente, es correcta. Donde tal vez quepa alguna autocrítica es en el sentido de qué posibilidades teníamos nosotros, en ese entonces, de conducir el proceso al triunfo; bueno, no conducido precisamente, sino de participar en el proceso y de que este proceso desencadenara lo que fue, un triunfo popular. En aquel momento nosotros evaluábamos como escasas las posibilidades de que hubiera elecciones; eran muy remotas. Incluso podíamos llegar a pensar que, de llegar a las elecciones, podría ser una derrota para nosotros en la medida que diera el triunfo del GAN, tal cual venía levantándolo Lanusse. De lograrse el GAN en esos términos era una derrota para nosotros. Esta visto que las elecciones se dieron pero con una derrota para el GAN.

F.U.: Porque se había revertido el sentido del GAN

R.R.H.: Claro, el acuerdo fue para el pueblo, pero no para la clase dominante. Esa es la perspectiva que, tal vez en aquel momento y en aquellas circunstancias nosotros velamos como muy remotas. Eso, en el contexto político-histórico de aquel momento, era imposible de evaluar.

F.U.: ¿Te parece que era posible en ese momento haber previsto esa reversión del proceso?

R.R.H.: No se si la reversión, pero pienso que hubiera sido posible, evaluar las condiciones o la evolución del proceso en otra forma. Esto, de haber tenido conocimiento más a fondo de las contradicciones internas del enemigo, de la conducción que estaba en condiciones de realizar el general Perón, incluso de la capacidad de conducción, del rol que jugaba el general Perón.

F.U.: ¿Así que el error estaría fijado básicamente en el desconocimiento del grado de deterioro que había sufrido el enemigo en todo su campo interno y en la justa estimación del rol que jugaba Perón?

R.R.H.: Exactamente.

F.U.: eso seria lo que pudo haber detectado en el momento de la operación

M.A.B.: Yo creo que en aquel momento nosotros sobrestimábamos el poder de los militares; pensábamos que el GAN era una maniobra del poder militar y que nosotros lo que teníamos que hacer era desnudarlo, pero no se veta la posibilidad de revestido. Incluso con lo que se planteaba con el programa de los cinco puntos (perón presidente): eran condiciones imposibles de aceptar.

F.U.: ¿Los diez puntos de Lanusse?

M.A.B.: No, el programa de los cinco puntos de los “montos”. Se lo veía impracticable realmente.

F.U.: ¿Entonces, con esta óptica, con esa limitación de detección, en ese marco se decide la operación fuga de Rawson?

M.A.B.: Si, pero antes de seguir adelante quería señalar otra cosa: lo que significaba la posibilidad de recuperar compañeros. Eso creo que también es un elemento a señalar. Hay elementos políticos que hacen a la caracterización del momento en que se hace la operación, pero también hay otras cosas: si nosotros pensamos que la guerra va a ser larga, no tenemos que esperar el triunfo para recuperar a todos los compañeros. Sea de una manera o sea de otra, siempre tenemos que tratar de que los compañeros sirvan en el mejor lugar posible. En ese sentido, una fuga creo que es una operación válida, en términos generales; y más en aquel momento, porque daba la posibilidad de recuperar gran cantidad de compañeros para actuar justamente contra el GAN Y dentro de la lucha político-militar. Eso hay que señalarlo porque quedaría si no como si entonces fuera claro ver que se podían dar las elecciones y lo que se está dando ahora, que es nuestra libertad. Pero fijate que de todas maneras, aunque hubiese sido así, ya existía, en aquel momento, la posibilidad de que participara toda una cantidad de compañeros dentro del proceso de las luchas populares. Siempre es un aporte que no sólo no hay que desdeñar, sino que hay que impulsar al máximo.

R.R.H.: El punto de partida para ese análisis es el hecho de que los proyectos de las organizaciones armadas revolucionarias, es un proyecto de guerra popular y prolongada. Tiene un carácter estratégico, es decir, metodológicamente nosotros queremos utilizar la guerra popular para alcanzar la toma del poder. Desde ese punto de vista, nosotros, todos los que estábamos en ese momento ahí, estábamos en manos del enemigo; un enemigo poderoso, que lo era entonces y lo sigue siendo ahora, con la diferencia que de que en este momento están en retroceso político, fundamentalmente político. Pero en aquellas circunstancias nuestra perspectiva de salir en libertad era totalmente remota. Nuestro compromiso es un compromiso con el pueblo y con la lucha que teníamos que llevar adelante. La obligación era cumplir con ese compromiso, y la única forma de cumplir con ese compromiso de lucha era completando la fuga.

F.U.: Además está el otro elemento que ustedes tocaron cuando empezamos a hablar. Decían que la fuga fue una operación más que golpeada (y en este caso por la magnitud de la operación) muy duramente al enemigo. Creo que ustedes lo dijeron pero un poco al pasar. Aparte de los argumentos políticos, la falta de detención del grado de deterioro del enemigo, del rol de Perón, de la validez de recuperar compañeros para la lucha así falten 15 días para el fin de esa lucha, está el elemento político-militar en si. Los efectos que produce esta operación, como cualquier otra, y especialmente esta, en la medida que fue una operación muy grande.

M.A.B.: La operación se planificaba como una operación más; así era como estaba planteada. Se veía que era una operación de gran envergadura, incluso nos planteábamos si eso no iba a traer una especie de catástrofe dentro del poder militar; porque como operación era una operación de mucha envergadura, que golpeaba al enemigo en un lugar donde ellos se creían muy fuertes.

F.U.: La gente apreciaba que podía producir un cambio de guardia (como se decía en esa época) en el elenco ejecutivo del gobierno. Incluso había gente de afuera que sabía de la operación y que pensaba que la llegada a Chile de toda la patota podía producir la caída de Allende. Me parece exagerada la operación, es cierto que al Chico, era previsible, le iba a traer serias dificultades, como por otra parte le trajo, era evidente. En suma, Rawson era una operación de una magnitud como creo que no ha conocido la guerrilla en esta parte del mundo, por el Contexto político en que se iba a producir; por la resonancia que tendría. Incluso por lo que suponía fugarse de una zona geográfica como esa donde estaba ubicada la cárcel.

M.A.B.: Es que nos habían puesto justamente en una zona tan alejada para que no pudiéramos irnos.

F.U.: Precisamente, como medida de seguridad no es casual que la cárcel de Rawson esté rodeada por un desierto.

R.R.H.: Después, cuando veamos las condiciones, cómo veíamos las posibilidades de escape, podemos hablar del aspecto geográfico. Ahora quería decir que para nosotros era objetivo, por supuesto, no era lograr un cambio de guardia, el objetivo era sacar esa cantidad de compañeros que estaba ahí, para seguir la lucha.

F.U.: y golpear al enemigo.

R.R.H.: Claro. Si se llegaba a dar un cambio de guardia, valorábamos eso como un paso más, un retroceso más de ellos. No como un paso hacia adelante del enemigo en contra del pueblo, sino todo lo contrario. Un cambio de guardia para ellos, en esas condiciones, significaba un retroceso. Como objetivamente lo ha venido siendo todos los cambios que hicieron desde el inicio de la “revolución argentina”.

F.U.: Bueno, ¿por qué no me empiezan a contar un poco como fue la planificación? ¿La idea surgió concretamente, cuántos meses llevó la preparación?

A.M.C.: Yo pienso que para la mayoría de los presos el fugarse es la tarea principal. Por lo tanto, apenas se llegó al penal, de alguna manera se estuvo funcionando en el conocimiento del terreno como fundamentalmente, para ir viendo las posibilidades que existían. A lo largo de meses se fueron viendo varias posibilidades y descartando otras. A veces por irrealizables y a veces porque se iban consiguiendo elementos, conociendo cosas que permitían pensar en la idea de ampliar la cantidad de compañeros a fugarse. Al principio se pensaba en contingentes limitados. En un primero momento el aislamiento, ese elemento de seguridad que es la zona donde estábamos, una zona totalmente aislada, nos impedía pensar en una fuga como la que finalmente se planteó, en una fuga masiva.

F.U.: ¿Cuándo llegaron ustedes al penal de Rawson?

A.M.C.: Bueno, el primer grupo de presos políticos eran compañeras, estaban en ese penal desde el tiempo del Viborazo.

F.U.: ¿Compañeras?

A.M.C.: Sé que había compañeras. Cuando nosotros llegamos, el grupo que había, es decir, el primero contingente de compañeros, es el 8 de septiembre; dos días después de la fuga de Villa Urquiza. Ahí entran compañeros de Tucumán y de Córdoba. Pero cuando llegamos ya había compañeras.

R.R.H.: Desde el principio, digamos, marzo del 71, había gente en Rawson. Estaban los compañeros esos de Santa Fe que después se fueron al Perú, los que habían caído en febrero del 71.

A.M.C.: De compañeros, no se. Se positivamente que había un pabellón con compañeras, hasta que llegó el grupo más numeroso; después vinieron los otros grupos en marzo y abril del 72.

M.A.B.: Son los traslados masivos de Devoto a Rawson.

R.R.H.: En los días previos a la ejecución de Sallustro fue que trasladaron un contingente a Rawson, allá estaba Robi Santucho, Pedro Cases, y una cantidad de compañeros. Después, el 23 de abril traen al grupo más numeroso. Estaba yo, concretamente, ¿estabas vos, María Antonia? Estaba la gorda Susana, y, en fin, cincuenta y pico de compañeros. Era un avión Hércules de la Fuerza Aérea.

F.U.: Es decir: la población del penal de Rawson se completa después del ajusticiamiento de Sánchez.

R.R.H.: Si.

F.U.: ¿Es entonces cuando comienzan a trabajar decisivamente sobre el plan?

A.M.C.: Se habían abierto varias posibilidades y se empezó a plantear una fuga masiva.

F.U.: ¿Cuántos hombres había en el penal en ese momento, ustedes lo recuerdan?

A.M.C.: Eran seis pabellones casi completos, tienen cuarenta celdas cada uno.

F.U.: Es decir, alrededor de 250.

A.M.C.: 200 y pico de compañeros. A partir de entonces se visualiza la posibilidad de tomar el penal y de solucionar el problema de salir de la zona. Ese era nuestro problema, porque eran dos operaciones: en una, tomar el penal por un lado y asegurar la retirada de 100 compañeros dentro de un marco de seguridad.

F.U.: ¿Desde el principio se planteó la salida de 100?

A.M.C.: Siempre estuvo en la mente de todos hacer una fuga lo más masiva posible.

F.U.: ¿Y se llegó a la suma de 100?

A.M.C.: Se llegó a la suma de 100. Eso se definió un poco después, cuando se vio cómo iba a ser la retirada. De varios planes que había se eligió el de copar el aeropuerto y tomar un avión comercial. El límite de la gente a salir estaba fijado concretamente por las plazas del avión. Ese fue uno de los detalles que se resolvió último.

F.U.: ¿Poco antes de la fuga?

A.M.C.: Sí el copamiento del penal fue uno de los aspectos en que más se trabajó porque estábamos nosotros adentro prácticamente todo el día. Se pensó en varias posibilidades para la retirada: aviones particulares, hasta el copamiento de un avión comercial, o ambos combinados. Finalmente sé optó por copar el aeropuerto y tomar un avión comercial. Con respecto a lo que fue el trabajo interno, se contaba adentro con muchos cuadros político-mi1itares, con lo cual se descentralizó bastante el trabajo, que tenía múltiples aspectos. Abarcaba observaciones, conocimiento a fondo del terreno, conocimiento del personal.

F.U.: ¿Del personal de vigilancia, querés decir?

A.M.C.: Del personal de vigilancia.

R.R.H.: Finalmente se vislumbró la posibilidad de este plan porque, como dijo Alberto, hubo varios planes que se fueron pensando y desechando a medida que se veía la imposibilidad o su concreción a muy largo plazo. Cuando se acentuó la posibilidad de una fuga en base a este plan, se concretó una coordinación entre las distintas organizaciones político-militares que estaban en este momento en el penal de Rawson. Es necesario destacar la unidad de acción que hubo desde un principio en las tres organizaciones que participaron de la fuga: FAR, Montoneros y el ERP. Con miembros de cada una de estas organizaciones se construyó un cuerpo de conducción del plan de fuga. A partir de ahí se formó una estructura organizativa que fue previendo con precisión los detalles más ínfimos.

F.U.: ¿Tenían compartimentadas estas tareas?

R.R.H.: A partir de este equipo de conducción había equipos que estaban estructurados en forma compartimentada, en cuanto a la visión que tenía cada uno. Las limitaciones de vivir en un lugar cerrado, de escasas dimensiones hacían que se vean los movimientos, las reuniones; no se podía ocultar algo que estaba pasando. Pero el objetivo que tenía cada grupo organizado era solamente conocido por ese equipo de conducción, que tenia una visión global del plan.

F.U.: ¿El número de gente se fue ampliando a medida que progresaba el plan?

M.A.B.: Sí se iban incorporando compañeros y conocían el proyecto en la medida que era necesario. Desde ya que no todos estaban enterados.

R.R.H.: Para hacer una división en etapas: primero vimos la posibilidad, decíamos: “tenemos esta situación, ¿es posible que lleguemos a realizar la toma del penal? Bueno, es posible. Entones, ¿qué tenemos que conseguir para lograr esto? ¿Qué es lo que tenemos que lograr? Esto, esto y esto. Hasta aquí también sigue siendo posible”. Es decir, fue un periodo de más o menos un mes, durante el cual estuvimos constantemente evaluando las posibilidades, la factibilidad del plan. A partir de entonces vino la segunda etapa, en la que se recogieron elementos, observaciones, que necesitábamos para perfeccionado. Una tercera etapa fue el montaje de toda esa estructura organizativa, y la preparación para llevar el plan a su ejecución previo simulacro, y el entrenamiento de todos los grupos operativos.

F.U.: Entiendo que hubo preparación física especial en los últimos tiempos.

R.R.H.: Exactamente, se daba una gimnasia especial, con vistas a resolver los problemas que se presentaran en la misma operación. Karate, caminata...

M.A.B.: Sí, una gimnasia especial, que es la preparación física que tiene que tener todo combatiente, por eso en ese momento se trataba de que todos los compañeros estuvieran en las mejores condiciones. No es que para una fuga se necesite una gimnasia especial. Lo fundamental era que todos estuviéramos en las mejores condiciones posibles para que esa fuga fuera exitosa. Yo diría que ese era uno de los puntos que más se cuidaron.

A.M.C.: La preparación física es parte de la militancia en la cárcel, lo que pasa en este caso es que se especializó en algunos aspectos. La preparación física en general fue constante.

F.U.: ¿Cómo se determinó quiénes iban a ser los ciento diez compañeros que salían? ¿Cómo fueron seleccionados?

M.A.B.: Por cada organización. Se determinaron los cupos que tenía cada una, y a partir de eso cada organización fijó criterios internos para la inclusión de los compañeros. Se procuró que estuvieran todos los compañeros, incluso de otras tendencias políticas.

R.R.H.: Hay dos fundamentalmente: la FAR y el ERP.

M.A.B.: Si bien el esfuerzo había sido hecho en su mayor parte por las organizaciones ya mencionadas, se trató de que todas las organizaciones armadas tuvieran también una participación, que no fuera una cuestión limitada solamente a las que pusieran el esfuerzo, aunque, por supuesto, iban a tener una mayor ingerencia. Pero que estuvieran todas las organizaciones en la medida que se las consideraba participantes de la guerra. Es decir, se cuidó ese derecho que todos tenían; y se cuidó en todo aspecto, no sólo en la incorporación dentro del plan, sino también en los roles a cumplir dentro de la operación. Para ver quienes eran los que participaban y el grado de responsabilidad que se adjudicaría, se tuvo en cuenta la capacitación previa, si el compañero había tenido algún tipo de experiencia político militar. También se trataba de que hubiera equipos en que estuvieran todas las tendencias.

R.R.H.: Se hizo una evaluación en casi todas las organizaciones (algunas ya las tenían hechas) de cada compañero, contemplando los aspectos humanos y políticos que hacen a la formación integral del militante; iba incluida su formación política, su experiencia política y militar.

M.A.B.: Y también su extracción, es decir, de qué clase provenían.

R.R.H.: Sí en realidad eso hace a la formación, al encuadramiento de un militante, independientemente de su extracción de clase. Lo fundamental era su formación como militante. Ese fue el criterio que nosotros utilizamos.

A.M.C.: Otro criterio era que el compañero pudiera ser reencuadrado afuera rápidamente para su aporte más inmediato al proceso revolucionario. Desde ya que los criterios eran esencialmente políticos.

R.R.H.: Cada organización hacía un orden único.

M.A.B.: Después las organizaciones discutían en conjunto las plazas que le correspondían a cada una.

R.R.H.: Se hacia primero una lista por cada organización y luego una lista conjunta. En base a eso no había ningún inconveniente que después si el plan comprendía cincuenta, cien, o veinte, o diez, automáticamente quedara establecido, en base a esas listas quienes éramos los que estábamos.

F.U.: ¿Cuándo se determinó el número de personas, es decir, los ciento diez compañeros que iban a participar de la fuga, en qué momento se abre a todos estos compañeros la operación; es decir, con cuántos días de anticipación la dan a conocer?

M.A.B.: La gran mayoría se entera el mismo día de la operación.

A.M.C.: Hay que diferenciar, había los compañeros que operaban y los que no operaban; pero realmente a la gran mayoría se les avisó el último día.

F.U.: ¿Cuántos eran los que operaban?

A.M.C.: La descentralización a veces no permitía conocer todos los aspectos de la operación ni la cantidad de compañeros que participaban.

M.A.B.: Pero eran muchos.

F.U.: Bueno, ¿por qué no cuentan cómo fue el día de la fuga y las vísperas?

R.R.H.: Hubo en los períodos previos una sucesión de reuniones entre las tres organizaciones. Pero no hemos dicho todavía cuál fue el criterio que se utilizó para que se unieran esas tres organizaciones. Fundamentalmente porque eran las que tenían mayor fuerza, mayor capacidad externa, y el esfuerzo externo era determinante para la fuga. Tal vez fue la única operación que se concibió unitariamente entre las tres organizaciones; incluso en este momento se puede seguir diciendo que es el único tipo de operación en la cual siempre vamos a estar unidos, juntos, en la planificación, en la ejecución y en los resultados. Porque es una operación que tiene un neto contenido estratégico, que es el de aportar combatientes a la guerra. El resultado de todo ese proceso es la gran convivencia, el gran acercamiento que se dio; no solo por la operación en si, sino por todo el trabajo paralelo que se fue dando: cursos de formación política, cursos de capacitación militar, discusión política entre las tres organizaciones. Se hizo una discusión profunda, se lograron determinados acuerdos. Acuerdos limitados, pero que posibilitaban ese accionar conjunto en esta fuga. Una de las grandes conquistas, uno de los resultados más importante en esa operación, fue el acercamiento que se dio. Esa convivencia fue realmente muy, muy positiva. Nos permitió conocemos a fondo, reconocer los valores de cada uno, de todos los compañeros. En esas condiciones se llega a unas largas, larguísimas horas-hombre de reunión hasta el momento de operar. Si no me equivoco, la primera fecha fue el 6 de julio, ¿no? Porque la fecha se fue postergando varias veces.

M.A.B.: Sí casi ya ni me acuerdo.

R.R.H.: Yo me acuerdo que tenía un seis. No se había elegido un día especial: podía ser un día cualquiera. Se tenían en cuenta una serie de factores que lo determinaban, pero que eran fundamentalmente externos. Por supuesto, había condiciones internas también, por ejemplo, que el día domingo había menos personal en el penal era un elemento que teníamos en cuenta, aunque no fuera un elemento definitorio. Fundamentalmente lo que tenía que darse eran las condiciones internas que facilitaran la fuga. Y la primera fecha creo que fue el 6 de julio. Se puede decir que teníamos todo listo. Por supuesto, fue pasando el tiempo y como se postergaba fuimos perfeccionando el plan. Del 6 de julio al 15 de agosto hay un mes y días, en los cuales juntamos nervios, pero también hicimos ensayos, preparamos los materiales, simulacros de operaciones que realizábamos en los pabellones.

F.U.: Me contaron que un “yuga” se quejaba amargamente después de la fuga: cuándo los compañeros le decían “hasta mañana”, recordaba: “Sí, el doctor Quieto la última noche también me dijo hasta mañana”.

R.R.H.: Otro “yuga” se iba después de la hora del recuento, a las nueve de la noche, y nosotros éramos siempre medio morosos para metemos en la celda. Entonces venía y decía: “Bueno, vamos, que nos vamos”, es decir, que no fuéramos adentro, que él se tenía que ir. Y nosotros pensábamos que cuando llegara el momento nosotros íbamos a decir: “Vamos, que nos vamos”. Se hizo famoso: “Vamos, que nos vamos”.

F.U.: ¿Cómo fue el clima de trabajo en las horas anteriores a que se largara la operación?

R.R.H.: Bueno, ahí se hicieron las más diversas tareas, desde mecánico, afilador, en grado de oficial, hasta costurero.

M.A.B.: Hasta costurera y costurerita.

F.U.: Me contaron que había uno que era muy nervioso y que no participaba. No sé si era un común o algo por el estilo. Al tipo le gusta cantar boleros y esa noche uno tenía la misión de embalarlo para que se pusiera a cantar boleros y con el canto no escuchara ni viera los movimientos raros, lo que estaba pasando a su alrededor. Lo tuvieron toda la noche cantando boleros hasta mucho después, cuándo la gente ya se habla ido Y el penal ya estaba rodeado.

R.R.H.: Los “yugas” en cambio miraban con atención lo que hacíamos, a veces porque les llamaba la atención. Especialmente los días previos, aunque no creo que se imaginaban de qué se trataba.

F.U.: ¿Y qué cara ponían cuando les hicieron la primera apretada?

A.M.C.: En general, era de miedo, mucho miedo. Bueno, pero ya estamos en la apretada.

F.U.: Sí, sí, no saltemos etapas.

R.R.H.: Antes se hicieron otras actividades.

M.A.B.: Sabés, ya lo señalamos, pero esa actividad de conjunto era realmente como un ejército que se estaba preparando, antes de la operación y durante la operación, todo ese ensamble era realmente...

R.R.H.: Eran doce o trece grupos operativos.

M.A.B.: No sólo eso, sino toda la disciplina que tenían los compañeros. Independientemente de las organizaciones a que pertenecían (porque eran equipos mixtos), se evidenciaba un trabajo político muy homogeneizador, un clima político muy bueno, pese a que participaban organizaciones con diferencias políticas. Eso, que pudo ser un elemento que nos podía haber retrasado, de ninguna manera fue un elemento cortante, porque en todo momento se funcionó como un solo ejército.

R.R.H.: Incluso motivó la discusión de temas muy importantes, como era la confluencia entre Montoneros y FAR, y la relación con organizaciones no Peronistas.

F.U.: Simultáneamente se fue elaborando el documento “opiniones sobre los problemas centrales de la guerra revolucionaria en esta etapa”, lo que se llamó “el balido de Rawson”.

R.R.H.: Esa fue una tarea de FAR y Montoneros. Ese documento y la preparación de la fuga nos llevaba todo el tiempo.

M.A.B.: Y también las discusiones que teníamos con el ERP. Porque eso es una cosa también cierta, que cuando uno está con la perspectiva de una fuga bien concreta, o incluso como estamos ahora, con posibilidades de una salida inmediata, uno parece que se toma las cosas más en serio. Se trabaja a un ritmo muy intenso.

R.R.H.: Pensá vos que en general éramos todos fanáticos por el fútbol y habíamos dejado de jugar al fútbol como 15 o 20 días para poder discutir.

M.A.B.: Doce horas por día, discutíamos. Había un grado de elaboración muy grande, ante la perspectiva de que íbamos a salir. Y queríamos salir homogeneizados entre nosotros y con una posición clara hacia las otras organizaciones, las Peronistas o no Peronistas. Era lo que yo decía del trabajo político que se venía haciendo: creo que posibilitó la fuga, porque sin ese trabajo político no hubiera sido posible, independientemente de que no hayamos salido todos. Si la fuga era y fue posible, fue también posible por eso. No solamente por las condiciones que hacen al conocimiento del terreno, a todas las condiciones militares que hacen a la planificación de una operación. Sino, y sobretodo, yo diría, a las condiciones políticas.

F.U.: Es decir, fue un hecho político militar

M.A.B.: Si, es una demostración de que en un hecho político mi1itar no está desvinculado lo uno de lo otro.

R.R.H.: Se llegó a un grado tal de integración, aun siendo compañeros de distintas organizaciones, con prácticas totalmente diferentes. Pues ahí nadie conocía ni la cantidad ni el tipo de operaciones que había hecho el otro. No había convivido afuera con esos compañeros. Sin embargo, aun con ese desconocimiento, aun en esas condiciones, el trabajo que se hizo permitió que todos realmente viviéramos en un clima de confianza. Había un compañero del ERP o una compañera de la R, o un compañero de la M, que tenían a su mando compañeros de otras organizaciones. Y era una cosa que funcionaba, se respetaba y acataba. Fue una práctica en la cual funcionó la disciplina, la organización y los principios de conducción militar. En ese sentido fue una identificación muy, muy grande; se puede decir que ahí las diferencias políticas eran las únicas que subsistían. Después de la masacre, que se da posteriormente a la fuga, ninguno de nosotros podía hacer una distinción entre un compañero del ERP, de la M, de la R que hubiera caído ahí, el 22 de agosto. Lo que no significa olvidar las diferencias políticas, pero si reconocer el valor que tiene la convivencia y la confianza entre revolucionarios. Y esto también está muy vinculado a un tema que se dio mucho en Rawson: el de la unidad de las organizaciones armadas. En ese momento nosotros, M y R, veníamos realizando un trabajo de confluencia que no se daba afuera en ese momento. Al contrario, en la primera mitad del año 1972, las prácticas eran bastante distintas y había un distanciamiento entre ambas organizaciones. En cambio, adentro el proceso era inverso, era un proceso de convergencia, en el cual había una gran identificación, y donde se discutió críticamente toda la etapa de los OAP. Se discutió la valoración del movimiento peronista, se caracterizó el rol del general Perón como conductor del movimiento, la tarea para la próxima etapa, la conducción político militar de esa etapa y hasta adonde llegaba, la coyuntura que vivíamos y que se venía dando desde el mes de junio. El endurecimiento por parte de Lanusse, que presionaba de distintas maneras, a través de emisarios y negociadores, tratando incluso de comprarlo al general Perón. También en ese momento, a fines de junio, con el discurso, el 7 de julio concretamente, comenzó un hostigamiento directo: es cuando larga la cláusula del 25 de agosto, según la cual no podía ser candidato a presidente quien no estuviera en la Argentina antes de esa fecha. Bueno, toda esa discusión se hizo en conjunto entre la FAR y Montoneros: de resultas de eso salió el documento al que luego se le dio el nombre de “El Balido de Rawson”. Lo de “El Balido” es por el asunto de que en Rawson comíamos todos los días carne de cordero, de ahí viene el nombre de “El Balido”. Con los compañeros de las organizaciones no Peronistas, y fundamentalmente con el ERP, se dio una discusión también en base a los proyectos estratégicos y valoraciones coyunturales de cada una de las organizaciones armadas. Nosotros veíamos que la consigna que levantaba el ERP por la unidad de las organizaciones armadas no era una consigna que fuera factible. La veíamos un poco utópica en ese momento.

M.A.B.: Lo que si veíamos, y seguimos viendo que es prioritario, era hacer la fusión entre la M y la R. Justamente “El Balido” tenía ese sentido, era un aporte concreto que hacían los presos antes de salir, a ese problema de la fusión. Todo el trabajo converge justamente sobre eso. Es cierto que en aquella coyuntura las diferencias con el ERP no eran visibles como ahora. Creo que en estos últimos meses hemos profundizado mucho en la caracterización del Movimiento, en el rol del general Perón. Además, en parte, las organizaciones armadas, de ser grupos armados, creo que hemos llegado a ser, o somos ya, los embriones de la vanguardia. Y eso va mostrando un cambio cualitativo en cuanto a nuestro papel. En aquel momento estaba bastante lejos aunque no haya pasado un año todavía.

F.U.: Perfecto. Entonces, ahora volviendo: la fuga.

R.R.H.: Creo que hay que señalar una cosa más respecto de la unión de las organizaciones armadas. Después de la masacre se generó una tendencia a sobrevalorar ese hecho como catalizador de la unidad de las organizaciones armadas. No ha faltado gente (que no era de la organización) que concretamente se dijo: “este es un error político tremendo de la dictadura militar, porque ha impulsado con este hecho la unidad de las organizaciones armadas”. Eso yo, al menos, siempre lo vi como una cosa errónea, como una sobrevaloración. La fuga de Rawson fue ciertamente un hito en el proceso de unificación, tiene carácter estratégico: la unidad de las organizaciones armadas Peronistas y no Peronistas. Pero de ninguna manera la fuga podía significar la unidad de las organizaciones armadas.

F.U.: Si, claro, porque hay diferencias políticas que son de mayor profundidad.

R.R.H.: También se dijo que significaba una unidad, un acercamiento tremendo con el pueblo. Que eso definía una situación.

M.A.B.: Yo creo que uno de los máximos aportes que hace la fuga en cuanto a la unidad de las organizaciones armadas es que esa unidad se hace por hechos reales, y que además de que el hecho de tener diferencias políticas no significa que no haya que discutidas, porque justamente una de las cosas que se veía en aquel momento, y que se ve también en el comunicado, es que en el campo del pueblo existen también contradicciones y que es obligación nuestra tratar de solucionar esas contradicciones y asumir un compromiso para superarlas. Creo que en ese sentido lo teníamos bastante presente y así se lo expresa en el comunicado de la fuga. El hecho de decir bueno, si, a la unidad de las organizaciones armadas, y estas son las diferencias, y son diferencias que en este momento nos separan.

A.M.C.: El comunicado trataba de no crear imágenes ficticias de unidad. De alguna manera se pretendía que existan diferencias, pero estábamos dispuestos a discutirlas.

F.U.: Ustedes querían soslayar la creencia de que un hecho tan importante produjera el milagro de zanjar diferencias políticas, diferencias que son muy profundas, que hacen a todo un proceso de desarrollo político-histórico. No solamente de un grupo de personas sino de todo un pueblo. Sin que esto le quite validez a todo lo que vos decías antes en el sentido de la importancia que tuvo el acercamiento entre organizaciones, vislumbrar la posibilidad de un trabajo en común y toda una cantidad de cosas, en todo el proceso de trabajo previo a la fuga Son dos cosas distintas que, si bien no producen milagros, pueden actuar como catalizador. Además, es un elemento catalizador que permite profundizar los acercamientos, visualizar las diferencias, la posibilidad de discutirlas, etc.

R.R.H.: Para mi no es un elemento catalizador, es decir, que acelera, sino que define, que marca a sangre y fuego.

M.A.B.: y define también un método de relación entre las organizaciones que hasta aquel momento nunca habían aparecido, mostrar públicamente las diferencias. Nunca se habían tratado de mostrar públicamente los acuerdos y las diferencias entre las organizaciones. Yo creo que la conferencia de prensa en el aeropuerto es un testimonio de todo esto, porque ahí se expresan cuales son las diferencias.

F.U.: Bueno, yo creo que queda claro esto. Volvamos a Rawson otra vez.

R.R.H.: A tomar sol.

M.A.B.: El sueño nuestro era irnos a la playa.

F.U.: ¿Por qué?

M.A.B.: Porque ya estábamos soñando con irnos a la playa, estábamos soñando con unas vacacioncitas cortitas.

F.U.: ¿A qué playa pensabas ir, María Antonia?

M.A.B.: No, pero eso era hasta que volviéramos.

F.U.: ¿Pero, a qué playa pensabas ir?

M.A.B.: En Chile seguro que nos quedábamos.

F.U.: ¿En playas del Caribe?

M.A.B.: Claro, era un poquito más lejos que Chile.

F.U.: ¿Por qué no me cuentan como fueron las vísperas?

M.A.B.: El día X era conocido por muy pocos compañeros. Si bien había muchos compañeros que estaban al tanto de la fuga. Sólo muy pocos conocían el día determinado. Producida la información de cuando es el día, se decide establecer un comando unificado, y el día de la fuga cesaban todos los vínculos orgánicos y se respondía a ese comando unificado.

R.R.H.: Eso se había establecido con bastante anterioridad, el comando unificado de la operación. Primero fue la coordinadora esa de que hablábamos. Luego de eso fue la última etapa, cuando ya se entraron a manejar los planes: ya estaban constituidos los grupos operativos y se formó el comando unificado. Había un responsable de la operación, un segundo y demás. Habrá sido más o menos a mediados de junio cuando se formó ese comando unificado. Si, el 6 de julio era la primera fecha; creo que es por ahí más o menos. El día de la operación dejaron de funcionar todos los grupos organizadores y se funcionó de acuerdo a la estructura operativa. En la cual no había diferencias de organizadores de la M o de la R o del ERP. Había sólo un gran conjunto de compañeros que funcionaban orgánicamente en virtud de un objetivo. En ese sentido no había ningún tipo de diferencias. Frente al enemigo tenían que estar unidos.

A.M.C.: Se venia dando antes que los grupos operativos que trabajaban eran mixtos, pero también se organizaban tareas por separado, como la discusión política entre FAR Y Montos que dio como producto “El Balido”. Pero a medida que se acercaba la fecha indudablemente, todos los aspectos que se relacionaban con la operación iban cubriendo la mayor parte del tiempo. A partir del mismo día de la operación cesó todo otro tipo de actividad y solamente funcionaban los grupos operativos afinando los últimos detalles. Bueno, ya prácticamente estamos por salir.

R.R.H.: Resulta que cuando ya se iba acercando la hora, había un montón de recomendaciones, como llevar calzoncillos largos porque hacía frío.

A.M.C.: Por si uno se perdía por ahí.

R.R.H.: Ir bien calzados, bien bañaditos, limpios, no ir con el estómago lleno. A mediodía, para colmo, llegó un asado de carne de vaca como nunca habíamos comido.

M.A.B.: Ese día llegó la carne de vaca que nunca habíamos comido.

F.U.: ¿Y no la comieron?

R.R.H.: Sí comer comimos. Comimos poco, la misma perspectiva de entrar en la operación a las pocas horas hacía que se limitara una de las condiciones del hombre, el apetito. Había una gran tensión en los momentos previos, como en cualquier operación, sumado a todo un mes de expectativa.

M.A.B.: Había un grupo que eran los felices sin preocupaciones, y otro los felices con preocupaciones, que eran los que estaban enterados.

R.R.H.: Era una tensión bastante grande.

M.A.B.: Aparte que era una responsabilidad muy grande porque fallaba un detallecito y podía saltar la operación.

F.U.: ¿Cómo era el asunto de los calzoncillos largos?

R.R.H.: En esa época hacía mucho frío.

F.U.: ¿Qué temperatura hacía?

R.R.H.: De noche 3 o 4 grados bajo cero. Días antes había nevado como hacía años que no nevaba en Rawson. Me acuerdo que todos en esa época le escribían a las familias: “Nevó en Rawson”, era el lugar común de todas las cartas. El acontecimiento era la nevada en Rawson.

M.A.B.: Y... pasaban pocas cosas, salvo las gaviotas.

R.R.H.: En el momento previo a la operación cada cual estaba caracterizado, o se preparaba según las funciones que tenía que cumplir. Me acuerdo que el gallego, Mariano Pujadas, tenía unos bigotazos enormes, y en un momento lo veo aparecer en la celda sin los bigotes, era una figura totalmente desconocida.

M.A.B.: No lo reconocíamos.

R.R.H.: Vos que lo veías a través del agujero no lo reconocías.

M.A.B.: Vos sabés que vino y le dijimos: “¿vos quién sos?” Y “soy Mariano”. “¡No!”

R.R.H.: Después a hacer corbatas. Las corbatas que utilizamos las hizo el costurero oficial del equipo; dentro de las tareas que se hicieron, esa fue una. Hermosas corbatas hechas por nosotros mismos. Los sacos. Vos me prestaste una camisa a mí.

M.A.B.: Nosotros tejiendo pulóveres.

R.R.H.: Las compañeras tejieron pulóveres negros de cuellos alto que eran parte del uniforme que utilizaba el personal del penal.

A.M.C.: Y boinas también.

R.R.H.: Sí, boinas también. Se hicieron los escudos blancos que llevan las gorras de penales, se hicieron repujados. Se arreglaron trajes. Trajes de oficiales del ejército se los arregló a medida del compañero que lo tenía que usar. Cintos y cartucheras.

A.M.C.: Se arreglaban muchos detalles. No vale la pena nombrados a todos. La operación tenía previstos dos anuncios. Dos señales que continuaban que estaba todo listo dentro y fuera del penal. Una era a las 16 horas, la primera, a las 18, la segunda.

R.R.H.: Sí esa hora, en alguna medida, estaba determinada por el momento de partida del avión desde Comodoro. ¿De Comodoro o Buenos Aires?

A.M.C.: De Comodoro.

M.A.B.: No, desde Buenos Aires, porque de Buenos Aires, de Comodoro son 20 minutos.

R.R.H.: Sí desde Comodoro fue el otro que vino después, de Aerolíneas. Así que ese era el indicador para dar la primera señal. Que fue a las 16:20 horas.

F.U.: ¿Y el otro a las 18?

M.A.B.: Que llegó a las 18:22. Me acuerdo que el horario era a las 18:20. No, llegó 18:24. En el último segundo ya se estaba por levantar la operación porque el lapso de tiempo que duraba la operación tenía que ser calculado en relación a la hora de salida del avión como hacer la operación adentro del penal demoraba su tiempo y el traslado del penal hasta el aeropuerto y la toma del aeropuerto era otro tiempo, no podía pasar de un determinado margen, sino, nos quedábamos sin el avión. Empezó a último momento, casi se levanta.

A.M.C.: Sí, fueron los momentos de más tensión.

R.R.H.: Yo creo que la tensión no era accidental., por lo que dijimos antes, pero también nosotros éramos conscientes del riesgo que se corría en esa operación. Nosotros valorábamos que de encontramos en un lugar desguarnecido en que tuviéramos que enfrentar a las fuerzas de represión, sin tener una cubierta, aún cuando estuviéramos armados, con las armas que sacamos del penal, pero sin tener alguna forma de protección o de comunicación, o forma de hacer trascender esta situación, sí nos encontrábamos a campo traviesa con las fuerzas militares, por el hecho de que había superioridad numérica en términos absolutos, considerábamos que era segura una ejecución, una masacre, allí en el campo. Desde ese punto de vista cada compañero que estaba comprendido en la lista para salir, y que ese compañero estuviera consciente de que, aun cuando no participaba en la acción en si misma, en la operación propiamente dicha de toma del penal., el riesgo que tenía era de muerte, de ser ejecutado a mansalva.

F.U.: ¿Cuántos efectivos tenía el asentamiento represivo?

R.R.H.: Sumando las tropas de Trelew y las que estaban asentadas en Rawson, eran alrededor de mil. Infantería de Marina y 200 hombres de gendarmería.

F.U.: ¿El Ejército tenía efectivos ahí?

R.R.H.: No.

A.M.C.: Había un pelotón de vigilancia en Rawson.

R.R.H.: Era Gendarmeria.

A.M.C.: No, era Ejército. Era un pelotón de 60 hombres que tenía asiento en Gendarmería.

M.A.B.: Estaban a dos cuadras del penal.

F.U.: ¿Ese era el asentamiento más cercano?

A.M.C.: Sí.

F.U.: ¿La base, también estaba cerca de Trelew?

R.R.H.: De Trelew estaría a 6 kilómetros, o tal vez menos, a 4.

A.M.C.: ¿La base de Trelew con respecto a Rawson preguntás vos?

F.U.: No. La Base Naval desde el aeropuerto.

R.R.H.: No, desde el aeropuerto serían dos o tres kilómetros. Lo que pasa es que el aeropuerto de Trelew estaba a dos o tres kilómetros aproximadamente.

F.U.: Entonces habría más o menos cuatro kilómetros. Bueno, seguí Estabas hablando de la tensión que había.

R.R.H.: Como te decía, teniendo en cuenta ese riesgo y la cantidad de compañeros que entraban en la operación y todo lo que se estaba jugando, hizo que esos momentos previos a la iniciación de la operación fueran muy largos. Comenzaron desde las 18:05 hasta las 18:10, el tiempo en que tenía que llegar la señal de iniciación. Llegaron las 18:10 y no pasaba nada, hasta las 18:15 y tampoco pasaba nada, hasta las y dieciocho y hasta las y veinte y hasta las y veintidós.

M.A.B.: A las y veinte ya se levantaba, entonces se dijo: “bueno, cinco minutos más”, y en esos cinco minutos llegó la señal.

R.R.H.: Realmente se largo sobre la hora. Ya estábamos al límite de la flexibilidad del tiempo de la iniciación. Por supuesto, toda esa tensión fue in crescendo.

M.A.B.: Yo creo que en si la ejecución de la operación fue impecable.

F.U.: ¿Cuánto tiempo duró la operación adentro?

M.A.B.: Creo que en total no pasaron de diez a quince minutos, porque cuando se van son más o menos las y treinta y cinco.

R.R.H.: Primero hubo cinco minutos que perdimos en la iniciación porque se había extraviado una llave. Se perdieron ahí minutos muy importantes. Desde las seis y media hasta las siete que se fueron los compañeros de la vanguardia media hora, o veinticinco minutos. A las siete menos cinco se habrán ido.

A.M.C.: Si, ya estaba realizado totalmente el copamiento.

R.R.H.: Yo digo hasta el momento final, incluyendo al grupo que tomaba la parte de talleres, incluyendo la toma de eso.

A.M.C.: Pienso que el copamiento debe haber durado entre diez y quince minutos. Después hubo minutos de espera. Por el problema que no entraban los camiones. Pero el penal ya estaba copado.

M.A.B.: ¿Se podrá decir qué es lo que se copó? Yo no se si salió en los diarios qué es lo que se copó.

F.U.: Creo que no.

M.A.B.: No se. Es para dar una idea de la envergadura de la operación.

F.U.: Eso lo saben los servicios, así que aunque no se haya dicho se puede decir, no hay ningún problema, ¿qué cosas se coparon?

R.R.H.: La distribución del penal, como la de todos los penales, desde la entrada, el acceso a los pabellones, es a través de un largo pasillo. Nosotros, el grupo que iniciaba la operación, partió del último de los pabellones. A partir de ahí fue una sucesión de toma de puestos. Se tomaron concretamente cuatro puestos, cuatro centros que controlan respectivamente dos pabellones cada uno. A medida que se iba tomando esos puestos se iba reemplazando a los controles de personal del penal por compañeros nuestros que se quedaban ahí y controlaban el tráfico y los movimientos, ordenaban toda circulación de los compañeros. De ahí en adelante se fue copando la sala de biblioteca y un aula, que quedaban a la izquierda del pasillo.

M.A.B.: Fue un copamiento por zonas, a medida que se avanzaba se iban controlando las zonas. Es decir, se tomaba un centro y todo lo que dependía directamente de él. Como ser, cocina, enfermería, biblioteca, y una puerta que daba hacía los pasillos al fondo, para llegar después al centro neurálgico, que era todo el pasillo de dirección donde estaban todas las oficinas y sobre todo la sala de armas.

R.R.H.: La parte fundamental de toda la cuestión era la toma del pasillo de la parte de adelante, donde estaba toda la administración, donde estaban los oficiales, donde podía estar el director. En ese momento no estuvo. Posteriormente, el paso siguiente fue la toma de la sala de armas, que era el punto neurálgico.

M.A.B.: Porque hasta ese momento era todo personal desarmado. La cosa se ponía más pesada cuando se tomaba la parte donde había armas. Ahí se hacía una toma simultánea de la sala de armas, la conserjería y creo que los dos puestos.

R.R.H.: No. Primero se tomaba la sala de armas. Previamente coparon la parte de pasillo los compañeros de vanguardia; después quedaban grupos que asentaban ese copamiento, reduciendo oficinas secundarias. La vanguardia pasó a copar la sala de armas, en la cual había alrededor de 20 guardias que estaban armados. El copamiento se hizo con la participación de un compañero que estaba vestido con un uniforme de capitán del ejército. Previamente, al subir a la sala de armas, que estaba en un primer piso, se copó una pequeña salita de guardia que hay junto al hall de entrada del penal, en el que había dos guardias también armados. De esa salita de guardia, por una escalera, hasta la sala de armas. Ahí se irrumpió.

M.A.B.: El factor sorpresa.

R.R.H.: Se quedaron todos inmovilizados por la cantidad de compañeros que subieron, por el armamento de que disponían y por la sorpresa. Simultáneamente que se subía a la sala de armas, estaba el grupo que iba a la conserjería.

M.A.B.: Claro, era lo que yo decía, que se hacia simultáneamente, la sala de armas, y la conserjería. Sería bueno aclarar todo el asunto de conserjería porque es el único lugar donde se arma el enfrentamiento armado.

A.M.C.: Sí tiene todas las características de un enfrentamiento armado. Por lo menos en esta etapa. Cuando se le da la voz de alto a cualquiera de los integrantes de las fuerzas represivas, y es acatada, no pasa nada. Es decir, cuando hay resistencia por parte de ellos no queda otra posibilidad que hacer fuego, considerando que es personal armado. Podría nombrar otros detalles, como el trayecto que tenían que recorrer esos compañeros, que había mucha más luz que la que se esperaba, pero pienso que estos detalles no son determinantes. Pero si fue un enfrentamiento armado. Los guardias que estando armados recibieron la orden de rendición, la exigencia de su rendición, se resistieron haciendo fuego. Que es el caso de los numerosos enfrentamientos que se dan. Era importante, eso si, el copamiento de la conserjería. Era determinante de las posibilidades de salida, porque era una casilla un poco alejada del grupo de edificios. Eso aumenta la responsabilidad de los compañeros que fueron a coparla: asegurar ese copamiento. Después si se daba, no simultáneamente; fue la única parte de simultaneidad que hubo. Después había los grupos de taller y copamiento de los puestos de vigilancia, se ocuparon únicamente dos puestos, los que daban hacia el frente. El resto de los puestos no quedaban con el personal del penal. De ahí se les sacaba porque era de donde tenían visión directa sobre la entrada a los camiones, que era lo que más podía llamarles la atención. Aparte, ellos tenían órdenes más o menos precisas de no moverse de esos puestos y si comunicarse por teléfono ante cualquier novedad.

M.A.B.: Salió todo como se esperaba, salvo la parte de los vehículos, de la retirada, donde nos faltaron los vehículos, eso determinó la cantidad de compañeros que se fueron en un primer momento.

R.R.H.: Para completar el copamiento, lo que nos faltaba decir era que, inmediatamente que se toma la sala de armas, se realiza el copamiento de los puestos uno y once de la pasarela, y de los que se llamó talleres, que eran salones de dos cuadras donde estaba asentado el personal de retén y que era una cantidad de doce a quince guardias armados que estaban en condiciones de entrar en acción en caso de que no se los dominara.

F.U.: ¿Cuánto personal fue reducido en total?

R.R.H.: Haciendo una estimación muy gruesa serán 60, 70 personas.

A.M.C.: Puede ser, porque las previsiones en muchos casos fueron superadas, donde se pensaba encontrar 5 personas había diez o quince.

F.U.: ¿Y en el momento que salían se encuentran que no tienen los vehículos suficientes para irse? ¿parten los compañeros de vanguardia?

A.M.C.: Claro, inmediatamente copado el penal se hace una señal y debían ingresar varios vehículos, cuatro. Una camioneta, dos camiones y un auto. El único vehículo que ingresa es el auto, que informa que los vehículos están, que vienen hacia el penal. Se llaman taxiflets de todas maneras, taxis de la zona, y se los espera un tiempo determinado por la afirmación que hacían los compañeros de que los vehículos estaban y que venían para el penal. Cuando se ve que se empieza a hacer demasiado tarde, se decide que parta el grupo de vanguardia hacia el aeropuerto para asegurar el copamiento del mismo.

M.A.B.: Sí. El grupo de vanguardia sale para allí y también para ver sí ve los camiones.

A.M.C.: Para buscar los camiones.

M.A.B.: Eso queda en la mente de los compañeros, ver también qué pasa con los camiones que no llegan.

A.M.C.: Si lo hacen, salen a buscar los camiones, no los encuentran. Y en cambio se encuentran un par de veces con un patrullero que les da orden de alto, a lo cual el teniente responde con la venia y sigue.

M.A.B.: Era un auto en que iban siete compañeros.

A.M.C.: Iban bastante amontonaditos, por supuesto. Deciden ir hacia el aeropuerto. El resto de la gente que queda sigue esperando a los camiones, estos no aparecen. En el ínterin llegan los taxis de la zona, se les hace ingresar, se reduce a los conductores. Siempre esperando a los camiones, pero como no llegan se decide iniciar la retirada, aparte porque ya había habido problemas en conserjería. Se combino una contraseña: gritar desde conserjería podría significar alerta.

M.A.B.: Estábamos a dos cuadras del ejército y además estábamos rodeados por todo un barrio de oficiales del penal, que podían darse cuenta. Supuestamente, podían estar con una mentalidad más avispara para darse cuenta de que algo raro sucedía. No se podía esperar mucho tiempo. Es decir, no era el mejor terreno.

A.M.C.: Además, a las 19:30 se realizaba el cambio de guardia, o sea, que empezaban a llegar los celadores en reemplazo de los que estaban adentro. Esto también comprometía el tiempo de espera. Entonces se decide empezar la retirada en los tres vehículos. Para ello se respetó la lista de que hablábamos antes, la lista de prioridades. Y sube un total de 19 compañeros. Ya, por supuesto, a esa altura, con los diecinueve compañeros que se iban, se daba por fracasado el intento de una fuga masiva, que era el plan máximo de la operación.

M.A.B.: Eso siempre se había hablado. En toda operación pueden producirse imprevistos yeso se había discutido mucho y daba esa posibilidad, el criterio era que fueran siempre el mayor número de compañeros posible pero siempre, aunque se fueran sólo algunos, eso era también importante.

A.M.C.: Otro criterio que se manejaba era que salían del penal aquellos compañeros que se podían asegurar la retirada, que no saliera nadie que no tuviera un plan de retirada concreto.

M.A.B.: Y que se encontrara, por ejemplo, a campo traviesa.

A.M.C.: Por las fuerzas represivas. Incluso después el problema de la entrega era criterio discutido. En el caso de que alguno tuviera que entregarse, que lo hiciera con las garantías como las que se solicitaron después de Trelew. En presencia del juez público, televisión, reporteros, periodistas.

R.R.H.: Había todo un plan que contemplaba las distintas posibilidades que se podían dar.

A.M.C.: Por la alerta que viene de conserjería, aparentemente también se había alertado al enemigo. Además, los camiones no habían llegado y se da la orden de marchar hacia el aeropuerto. Salen en caravana los tres autos, un Valiant y dos Falcon, creo, que los manejaban los propios dueños porque ninguno de nosotros conocía la ruta como para hacerse cargo del volante. Un poco pesaba en el ánimo de todos la idea que seguramente había habido algún tipo de enfrentamiento por la ausencia de los camiones. Un auto iba mucho más rápido que los otros dos, y tuvo que parar en la ruta a esperar a los que venían atrás e incluso disminuir la velocidad. Siempre considerando la posibilidad de que tuviéramos un enfrentamiento y que era necesario tener las fuerzas agrupadas. Ese fue otro de los elementos que nos fue retrasando la llegada al aeropuerto. El horario de salida, creo que fue alrededor de las 19:20, y la llegada fue 19:45. Nosotros no nos ponemos de acuerdo en eso.

M.A.B.: Unos dicen y cuarenta.

A.M.C.: Lo cierto es que llegamos y, me acuerdo, escuchamos el despegue del avión.

M.A.B.: No solo eso, sino que se lo vio, y yo por lo menos lo vi también.

A.M.C.: No, yo no lo vi porque estaba fijándome qué había. Todavía no sabíamos bien con qué nos íbamos a encontrar. Eso suscitó cargadas después en la base. Cuando estábamos en la base, antes de la masacre, decíamos: “¿aviones? ¡aviones hay muchos!”, un poco copiando una propaganda de un tipo que pierde un avión, pero por otros motivos.

R.R.H.: Yo estaba diciendo algo hoy respecto de los planes. Nosotros teníamos previstas distintas posibilidades en el caso de que no pudiéramos irnos; había un plan de resistencia dentro del penal, que implicaba una distribución de la gente y de las armas en posiciones adecuadas para efectuar una resistencia. Nuestra intención era entregamos en las mejores condiciones que garantizaran nuestras vidas; de no tener esa garantía nosotros nos resistiríamos. Para eso, teníamos preparado adentro del penal un plan de resistencia. Un plan de difusión que consistía en llamar a los diarios, a las radios, a un juez, para que vengan al penal. Líneas generales de negociación con las fuerzas represivas, incluso cuando nosotros nos vamos en taxi, queda un grupo de compañeros a cargo del penal, que seguía tomado, por supuesto, yesos compañeros son los encargados de llevarlo adelante todo. Se monta todo, pero sin llegar a la resistencia, porque se da la negociación, y a través de ella se logra garantizar la vida de quienes estaban allí adentro, rindiéndose. Y, concretamente, los compañeros que estaban adentro del penal fueron los que avisaron a la policía de que el penal estaba tomado. Por ejemplo, como dato anecdótico de la forma en que nosotros controlábamos la situación: la jefatura llamaba al penal periódicamente, preguntando a una determinada hora como estaba la situación; era un llamado de rutina. En el momento se le respondió que la situación estaba bien y si estaba saliendo. Después se los llamó por teléfono y se les informó. Contestaron: “¿cómo, si recién llamamos y nos dijeron que todo estaba bien?” “si, recién Sí pero ahora está tomada”. Y lo mismo para el aeropuerto: si nosotros en el trayecto teníamos algún problema, algún enfrentamiento, teníamos que tratar de llegar a algún lugar donde nos pudiéramos atrincherar. Cuando llegamos al aeropuerto vimos que el avión partía, ya había despegado, la gente se había retirado, había confusión entre la gente. No sabían a ciencia cierta qué era lo que estaba pasando. El personal del aeropuerto estaba utilizando radios, mucha gente salió. Cuando nosotros llegamos al aeropuerto había autos que se retiraban y que ya estaban en conocimiento del copamiento del avión que había hecho la vanguardia. Porque los compañeros hicieron detener el avión diciendo que habían colocado un artefacto explosivo, lograron detenerlo y subieron. Era una situación anormal, porque después resultó que no había artefacto y los compañeros después se subieron al avión y se fueron. Era una situación anormal que aun cuando no hubiera sido aclarada por la radio, era una situación que de hecho no encajaba en ningún esquema. Así es que nosotros partimos y al llegar ahí, al aeropuerto, en esas condiciones, habiéndose retirado gente, ya estaba alertado. Se podía producir la alerta de las fuerzas represivas. Un poco esa fue la razón de que no se haya hecho regresar al avión, porque los compañeros estaban dispuestos a regresar, como ellos mismos nos dijeron.

M.A.B.: Yo comparto la evaluación que se hizo en aquel momento. Lo que se dijo fue no avisar a los compañeros que iban en el avión, justamente porque se pensaba que si regresaban no se iba a poder garantizar que volvieran a despegar. Y en ese sentido era mucho mejor que ellos se fueran a que fallara eso. Eso fue lo que nos determinó enseguida a pedir la presencia del juez. Al poco rato nos empezaron a rodear, pero también aquí surgió .la posibilidad del otro avión, que no estaba de ninguna manera en nuestros planes.

R.R.H.: Cuando llegamos al aeropuerto descartamos la posibilidad de hacemos pesar e irnos en ese avión. También descartamos toda otra vía de escape porque no la había, no entraba dentro de las condiciones de seguridad que mínimamente se requerían. El hecho de que, por ejemplo, nos largáramos en un vehículo (cualquiera de los que había en abundancia en el aeropuerto), al tratar de lograr un escape por tierra, lo consideramos una cosa suicida; teníamos muchos kilómetros antes de llegar a una zona segura. Consideramos que ellos nos iban a alcanzar antes de que nosotros pudiéramos realmente tener un mínimo de seguridad. Y en el momento en que nos agarraran era una masacre, entonces descartábamos esa posibilidad y nos quedamos ahí, aplicamos el criterio que ya habíamos analizado, y que también se utilizó en el penal: atrincheramos, negociar, hacer trascender la noticia. y negociar las mejores condiciones con el objeto de garantizar nuestras vidas.

A.M.C.: Irse en otros vehículos no garantizaba nada. En el momento que se copa el aeropuerto, se ve que en la pista aterriza un avión. O sea, que la idea de encontrar un medio más o menos seguro existía, porque hubo compañeros que se acercaron a ver el tipo de avión que era. Si había en los angares, si había pilotos. Por supuesto, todos estos elementos ya eran cosas espontáneas que surgían pero no se pudo organizar. Incluso había una avioneta que recién terminaba de aterrizar, pero que no era apta para vuelos nocturnos. Entonces ese grupo se retiró al edificio central, que fue lo único que se copó en realidad, ya que el aeropuerto tiene otras instalaciones; se copó únicamente el edificio central donde está la torre de control y otras dependencias. En realidad fue en el comedor donde se concentró a toda la gente.

F.U.: ¿Cuántos tipos había?

R.R.H.: Calculo que eran 100 más o menos.

A.M.C.: Después, en la torre de control se intentó tomar comunicación con los compañeros, no con la idea de hacerlos regresar, como decía el turco, porque creíamos que no se podía asegurar, no sabíamos la velocidad de respuesta del enemigo. Pero se les envió un saludo revolucionario.

F.U.: ¿Llegaron a comunicarse con ellos?

A.M.C.: No, se intentó, pero la torre de control aseguraba que ya no daba el alcance de los aparatos. Pero de todas maneras se les transmitió un “chau”. Y posteriormente como decía Maria Antonia, apareció ese avión que no figuraba, totalmente inesperado, al que se intenta hacer aterrizar.

M.A.B.: Sí pero a esa altura ya estaba la marina rodeándonos, al mando del capitán Sosa.

A.M.C.: Sí de todas maneras se intenta hacerlo aterrizar. Lo que pasa es que se establece un verdadero duelo entre la radio de la base y la del aeropuerto, dándole instrucciones al piloto.

F.U.: ¿Quién transmitía por la radio, alguien tenía que conocer técnicamente?

A.M.C.: Había un compañero con conocimientos suficientes para evitar que se cometiera algún error.

R.R.H.: Nosotros, los 19, estábamos armados con pistolas y fusiles FAL, municiones y cargadores en cantidad. Estábamos pertrechados con todo el armamento que habíamos recuperado del penal. En esas condiciones estábamos atrincherados en el aeropuerto. Incluso la gente que se quedó ahí se quedó por su propio deseo, no se ejerció ninguna presión para que se quedara. Posteriormente si se exigió que se quedara un grupo, pero se fue evacuando a niños, a mujeres, a la gente de edad.

F.U.: ¿Cómo reaccionaba la gente? ¿Estaban muy asustados?

M.A.B.: Bueno, estaban desde los sorprendidos, los asustados, hasta los curiosos.

R.R.H.: Cuando estábamos adentro había unas chicas, y ya estaban que se iban y les digo: “pero ¿por qué se van?, no les va a pasar nada”, y me dicen: “no, lo que pasa es que estoy con los ruleros”. Una relación muy buena con los compañeros que fueron a cubrir la confitería se dio con la gente que estaba ahí.

M.A.B.: Hubo una señorita que le dio un ataque de nervios y se le permitió que se fuera.

F.U.: ¿Cuánto tiempo estuvieron en el aeropuerto?

A.M.C.: Como cuatro horas.

M.A.B.: Si, como a las doce de la noche salimos.

F.U.: ¿Y el avión que llega de sorpresa, finalmente no aterriza?

R.R.H.: El avión había llegado atrasado, por eso apareció en ese momento. En realidad, no correspondía.

M.A.B.: En ese momento se están haciendo simultáneamente varias cosas: por un lado se está intentando que ese avión aterrice, por otro lado ya están el juez y las fuerzas de seguridad que nos rodean. Hay un doble juego donde nosotros intentamos ganar tiempo esperando a que aterrice el avión (lo del avión como última posibilidad), y por otro lado ir haciendo las negociaciones de la entrega. Ya estaba el juez, un oficial de la policía de Trelew, y estábamos por tropas de la marina, las veíamos, estaban a una distancia bien cortita. Lo que le pedimos al juez era que nos aseguren nuestra integridad física, se llama a un médico para que nos revise y que nos devuelva al penal de Rawson. Por otro lado, lo que también se pide es que dejen entrar a los periodistas de la televisión, de la radio, que ya también para esa altura estaban allí. Vinieron muchos periodistas, la televisión la radio, que colaboraron y tomaron nota de todo. A esa altura habíamos elegido un representante por cada organización; éramos un poco los que llevábamos las tratativas: Mariano Pujadas, y Pedro Bonet, y yo, que estuvimos discutiendo tanto con el juez como con el capitán Sosa.

F.U.: ¿Cómo eran esos diálogos?

M.A.B.: Con el juez eran buenos, ya lo conocíamos del penal, habíamos hecho una vez un recurso de amparo por una ley que era un preanuncio de la que después fue la de máxima peligrosidad. Por eso había estado en el penal. Con el que era muy difícil discutir era con Sosa, no sabía como tomarlo. Por un lado nos quería tratar como a soldados, dándonos órdenes, y como nosotros todos estábamos muy tranquilos y poníamos las cosas en su lugar y lo tratábamos de igual a igual, estaba descolocado. No sabía, se le escapaba así un poco de las manos la charla, porque nosotros íbamos con proposiciones firmes y el no tenía muchos argumentos para decirnos que no, porque su objetivo y la orden que había recibido era llevamos a la base. Y nosotros no queríamos irnos a la base Comandante Zar, porque ya sabíamos que íbamos a estar muchos mas seguros con la gente del penal que con la marina., cosa que no era nada errada. Sosa sabía, incluso, que tenía que pasar por encima de la autoridad del juez, una actitud bien milica. En un principio me acuerdo que nos gritaba y Mariano le dice: “Calma, calma, que acá no hay ninguna necesidad de gritar, hablemos normalmente”, porque el 'no hablaba, sino que gritaba. Mariano se lo tomo con mucha tranquilidad. Y yo, que era mujer, me miraba medio así, porque para colmo una mujer que lucha" para los esquemas de los milicos, es todavía más. Por ejemplo, no se dirigían a mí, siempre la hablaban a Mariano, y a mí me miraban medio con sorna, por supuesto que yo no le daba bolilla. Bueno, muchos argumentos para llevamos a base no tenía y así que tiene que aceptar eso de no llevamos. Además, el juez le pregunta qué inconvenientes hay en que volviéramos al penal, y más o menos queda en que nos llevan a Rawson.

F.U.: ¿Él acepta entonces las condiciones?

M.A.B.: Sí, en principio acepta. Porque está el juez y no le queda otra alternativa. Es la autoridad de él o la autoridad del juez. Lo que pasa es que pocos momentos después se dicta la ley del Estado de Emergencia" con lo cual queda todo bajo el mando unificado del ejército, del V Cuerpo de ejército. Es entonces cuando se produce nuestra entrega.

F.U.: ¿Justo en ese momento?

M.A.B.: Además, se ofreció también para ser rehén, decía que dejáramos salir a toda la gente y que se ofrecía él como rehén. Él Y otros se ofrecieron también para ser rehenes.

F.U.: ¿Y vos, Alberto, qué estabas haciendo?

A.M.C.: Yo estaba en la torre de control en ese momento. Después bajé: mientras yo estaba en la torre ya habían sido ocupados todos los puestos, muchos de los compañeros habían almorzado muy livianamente, entonces buscábamos cosas para comer, tropecé con un Perlinger y conseguí rebaja en las compras, porque me habían sorprendido los precios de las cosas. Después ocupé un puesto de guardia: también estaba Perlinger por ahí, buscaba fichar nuestra filiación política, nuestra manera de pensar. Esto también se repetía con los periodistas que circulaban por ahí.

M.A.B.: En la conferencia de prensa que hicimos también hubo gente del público que hizo preguntas, demostraban un interés grande por conocemos.

R.R.H.: ¿Vos te acordás algún detalle de la conferencia? Porque yo no estuve.

M.A.B.: El tema de la conferencia fue un poco la difusión del comunicado. Fue muy linda. Empezó hablando el Indio Bonet, y dijo que esta operación continuaba y retomaba la lucha que se ha dado en la Patagonia, hizo referencia a todos los fusilamientos que se habían hecho allí. Realmente tenía una memoria fabulosa" porque se largó como diez o quince nombres de los fusilados de la Patagonia, en el año veintipico. Les rindió un homenaje, hizo una caracterización del GAN y de todo ese momento político. Eso es más o menos de lo que yo me acuerdo de lo que dijo el Indio. Después habló Mariano Pujadas y dijo que esa operación había sido encarada por las tres organizaciones, entre las cuales había diferencias, y habló un poco de lo que significaban esas diferencias y qué significaba la unidad de las organizaciones armadas, y hablar de las diferencias hizo la explicitación de cuál era nuestra posición política. Es decir, habló de las condiciones que nosotros le poníamos al GAN: “Perón, presidente”. Señaló que ésa era justamente la diferencia que teníamos con el ERP. Ya habían dicho casi todo, así que a mí me tocó contestar las preguntas que hacía la gente, que era sobre todo: “Qué es la violencia”. Me preguntaban desde distintos ángulos.

F.U.: ¿Entonces, después de todo esto, se llegó a las condiciones de rendición entregaron las armas?

M.A.B.: Cuando subimos a los ómnibus, uno por ahí dijo un “viva Perón” haciendo la V.

R.R.H.: Al subir al ómnibus había un clima de fiesta, porque aun cuando había fracasado la operación en parte…

M.A.B.: Lo que nos subió el ánimo, fue cuando escuchamos por la radio que los compañeros habían llegado a Puerto Mont. Ahí ya estábamos felices, porque esa era realmente la palabra. Pensábamos que con eso el objetivo de la operación estaba ya cumplido: por lo menos algunos compañeros habían logrado irse. Y, justamente, por la calidad de esos compañeros. Además, sabíamos que podía darse la contingencia de que fueran pocos los que se pudieran ir, que otra vez sería. Que ya iba a haber una próxima vez: teníamos una gran fe en eso. Y cuando supimos que los compañeros ya habían llegado, pensamos que la operación había sido un éxito.

R.R.H.: Sin embargo, las perspectivas nuestras ahí no estaban del todo claras, porque cuando subimos al ómnibus se nos informó que nos llevaban al penal. Pero subimos al ómnibus y estuvimos ahí como cuarenta y cinco minutos viendo cómo se hacían las conversaciones...

M.A.B.: Ya antes se había informado que estábamos bajo el operativo del ejército. El ómnibus ese, un ómnibus de la marina, subió el juez y el abogado Amaya, que se encontraba en el aeropuerto. Estaban sentados ahí adelante, y tuvimos que esperar que se reagruparan los efectivos de la marina, que realmente, como decía el Turco antes, eran numerosísimos. El despliegue que habían hecho era fabuloso. Incluso hubo un problema, se encontró en el auto, donde se habían ido los compañeros que se fugaron, explosivos. Se nos pidió la colaboración para desarmarlos, porque pensaban que eran trampas cazabobos. Para hacerlo descendieron del ómnibus Mariano y el Indio. O sea, que estuvimos un tiempo bastante largo sobre el ómnibus. Poco antes de salir para la base, sube Sosa y nos informa, en general, que ha sido declarada zona de emergencia. El juez nos explica entonces que él no puede hacer valer su responsabilidad y que quedamos en manos de las decisiones que tome el V cuerpo. Por supuesto, la decisión había sido trasladamos a la base. Hacen descender al juez y al abogado, y ellos se comprometen a acompañamos basta la base, cosa que hacen, no en el micra, pero sí en un auto, no sé si un patrullero o un jeep de la marina.

R.R.H.: Pareciera que hubieran estado haciendo un tiempo ex profeso para que saliera el estado de emergencia. Si no, no se explica que habiendo resuelto todos los problemas ahí, se nos entretuviera arriba del ómnibus totalmente al cuete. Porque no teníamos nada que hacer ahí.

F.U.: ¿Sosa estaba contento?

M.A.B.: Sí estaba ordenado.

R.R.H.: Arriba del ómnibus conversábamos, intercambiábamos opiniones sobre cómo se había desarrollado la cosa. Aunque en cuanto al objetivo planteado la operación había fracasado, desde el momento que nosotros planteábamos rescatar a ciento diez compañeros y solamente rescatamos a seis, aun así nosotros considerábamos que la operación había sido un éxito. Por eso había un clima de fiesta. Pero estaba la sombra de cuál iba a ser nuestro destino. Concretamente, nosotros valorábamos que la perspectiva inmediata era la prisión, la tortura. Ellos tenían razones para torturamos a nosotros, ya sea para sacamos información o para practicar un verdugueo al que ellos no son ajenos.

A.M.C.: Sí, ya es una práctica sistemática del enemigo de torturar al militante. Y no sólo al militante sino a cualquier detenido. En los militantes se dan los casos más agudos, porque, por supuesto, buscan quebrar moralmente y obtener información. Uno es consecuencia de lo otro. La quiebra de la moral significa información para el enemigo. Aparte, había sido previsto en la planificación que la actitud iba a ser como siempre, no declarar, ni ante la tortura ni ante el juez, hasta que no estuvieran presentes los abogados. Porque los jueces, sobre todo los de la Federal, son cómplices de las torturas y de las declaraciones obtenidas por ese método. Con la Cámara Federal seguramente no cabe otra cosa que no declarar. Pero aun así el tránsito a la base se vivía una victoria. Yo pienso que política y militarmente se habían obtenido grandes triunfos: ocupar el penal, copar el aeropuerto, y tomar el avión. Lo que no se alcanzó fue el objetivo máximo que se había fijado para la operación, que era la fuga de ciento diez compañeros. Pero todos los otros objetivos se habían alcanzado. Incluso como golpear muy fuertemente al enemigo, en el sentido de demostrar la capacidad militar de las organizaciones armadas. Por eso era el clima de fiesta, incluso se daban los primeros comentarios un poco en privado. “Qué bien, qué suerte, qué bárbaro que se fueron los cumpas” todos los comentarios eran de ese tipo.

M.A.B.: Y estábamos contentos.

A.M.C.: Yo iba sentado con María Angélica Sabelli y Alfredo Kohon, los tres en un asiento, y atrás teníamos un grupo de seis o siete soldados de infantería de marina, que iban como custodios: nos pusimos a charlar con ellos, preguntaban de dónde éramos, qué hacíamos. Hasta ese momento no nos impidieron que conversáramos. Bueno, cuando llegamos a la base seguía el gran despliegue: a medida que iba avanzando el micro, salían soldados de la infantería de marina con las ramitas en la cabeza. Como se había comprometido, el juez prácticamente nos acompañó.

F.U.: ¿Quién era el juez?

R.R.H.: Godoy. El juez federal de Rawson.

A.M.C.: Nos acompañó hasta la entrada, hasta el pasillo de los calabozos. Ahí se despidió de nosotros.

M.A.B.: Ahora me acuerdo que uno de los argumentos por los cuales no nos querían llevar al penal era porque estaba tomado. Y lo que decíamos era que si íbamos nosotros podíamos mediar en la entrega del penal. Nos ofrecimos en todo momento a actuar como mediadores cuando hablábamos con Sosa y con el juez, cosa que no fue aceptada hasta último momento. Cuando ya estábamos en la base le repetimos al juez que nos ofrecíamos alguno de nosotros para ir a mediar.

R.R.H.: El juez nos quería tranquilizar, nos decía: “Ahora van a ser trasladados a la base, pero nosotros con el doctor Amaya los vamos a acompañar hasta allí”. Después nos mandaron a los calabozos. Había un pasillo largo y angosto, de más o menos uno ochenta, con cuatro calabozos de un lado y seis del otro, pero en total se usaban ocho. Necesariamente teníamos que estar de a tres o cuatro por calabozo. No era regular esto había compañeros que estaban de a cuatro y otros que estaban de a dos. Se nos dejó un tiempo ahí hasta que empezó una requisa, una revisación minuciosa, en la cual nos llevaban a una habitación que estaba en el fondo del pasillo, y nos hacían desnudar. A medida que nos desnudábamos, un oficial de la marina nos revisaba la ropa, otro oficial que estaba frente a una máquina nos preguntaba datos personales. Estaban los médicos de la base, que una vez desnudos nos sometían a una revisación superficial, visual, digamos. Nos sacaron los cigarrillos, la plata que teníamos, nos dejaron la ropa nomás, y nos volvieron a la celda.

F.U.: ¿Los trataban mal?.

R.R.H.: No. El trato era severo, pero hasta ese momento no había habido insultos, ni golpes, ni nada.

M.A.B.: Ni verdugueo.

R.R.H.: Eran severos con el trato a los prisioneros, pero no se excedían.

M.A.B.: Si bien la revisación de ustedes fue superficial, la de nosotros no. Los médicos se encargaron de revisamos bien, muy en profundidad. Medio vejatorio fue. Eso nos dio mucha bronca.

F.U.: ¿Quiénes eran los dos médicos, te acordás vos?

M.A.B.: Son los dos médicos de la base, porque después cuando estábamos heridos, también andaban circulando por allí.

R.R.H.: A mí me atendieron cuando estuve con una descompostura, me atendió uno de los médicos que también estaba después, cuando fuimos heridos a la enfermería.

M.A.B.: Sí, los dos médicos que no nos revisaron estaban después en la enfermería.

A.M.C.: Las características que tenían las celdas nos permitían vernos, hablamos por señas, cosa que pusimos en práctica creo que inmediatamente.

A.M.C.: El clima seguía siendo de fiesta. La revisación la hacían de a uno, o sea, que cuando éramos diecinueve tardaron bastante. Calculo que a las cuatro o cinco de la mañana.

R.R.H.: A medida que iban requisando iban entregando mantas y colchonetas para apoliyar. Como era por orden, los últimos terminaron como a las cuatro de la mañana. Nos requisaron todos los elementos: relojes, anillos, cartas, fotos y todos llevamos parte porque pensábamos irnos. Y todo eso quedó en mano de ellos.

A.M.C.: Ahí ya empezó la represión. Nos prohibieron hablar entre celdas, y lo que es más, hablar entre nosotros, que éramos varios en cada una. Para esto habían llenado el pasillo con, más o menos, un soldado por puerta. Como eran conscriptos podíamos charlar con ellos sin demasiados problemas. Lo que fundamentalmente queríamos saber nosotros era qué noticias habla de afuera, sí se había entregado o no el penal, en fin, todo lo referido a la suerte del resto de los compañeros.

M.A.B.: Eso de los colimbas delante de cada celda era realmente risible, porque todos estaban con Fal y había uno que estaba con Fap. Así que en un pasillo chiquito había como diez o doce colimbas, todos con armas largas. Desde un punto de vista militar era absurdo porque no sé cómo iban a hacer para tirar y para que no se mataran entre ellos.

R.R.H.: Es decir, para que quede bien clarito: nosotros nos entregamos en el aeropuerto de Trelew después de entregar como quince Fal y veinte pistolas, además de púas, cargadores y otras yerbas. Nos rendimos. Se nos trasladó a la base, donde entramos en un ala del edificio de la guardia de la base, es decir, que ya estábamos dentro del recinto de la base. Una base que está a seis kilómetros de Trelew, rodeada de un desierto de piedra. Somos metidos en calabozos con rejas, con puertas, candados y cerrojos, etcétera, aparte de eso teníamos un soldado frente a cada puerta. Viendo cómo entramos en relaciones con nuestros guardias que nos daban cigarrillos, al segundo día retiraron toda esa guardia. Sacaron a todos los soldados del pasillo, dejaron el pasillo libre y pusieron dos o tres armas pesadas en el extremo abierto del pasillo, donde había un hall. Allí establecen una guardia permanente. Esa guardia, que era nuestra custodia, estaba constituida por un oficial y tres suboficiales, El oficial con pistola y un puñal, el suboficial con puñal y pistola ametralladora Pam con doble cargador. Además de eso dos fusiles Fap en posición de tiro sobre el pasillo, elevados sobre una mesa. En esas condiciones pasamos todo el resto de la semana. A partir del segundo día se dio de esa forma la situación.

M.A.B.: Y por los pasillos por donde íbamos hacia el baño también había suboficiales armados con Pam, que nos controlaban. Además, uno con Fal en el baño.

R.R.H.: Era un corrillo de soldados armados al efecto de nuestra custodia.

F.U.: ¿Y después vino la verdugueada, los sacaban y los jorobaban?

M.A.B.: Yo lo que me acuerdo que el primer día a las chicas nos llevaban a declarar ante oficiales de la marina. No sé si a ustedes los llevaron,

A.M.C.: A mi por lo menos, no.

R.R.H.: A ustedes los llevaron primero.

M.A.B.: Fue cuando nos separaron a Clarisa y a mí.

R.R.H.: A mí me llevaron el último. El primer día directamente se hicieron algunos reconocimientos. Vino la gente que había estado en el penal, en la toma, Y se hicieron algunos reconocimientos. Parece que la intención de ellos era reconocer quienes habían sido los que habían efectuado los disparos en la conserjería, donde muere uno de los guardias y queda otro herido. Es decir, fue un reconocimiento hecho por cuenta y riesgo de la autoridad militar nada más, no había juez. Después de eso se hicieron visitas por parte del personal superior de la marina. En la noche del segundo o tercer día comenzaron los interrogatorios, en los cuales había gente de los distintos servicios.

M.A.B.: No, pero a nosotros nos hicieron un interrogatorio en la mañana del primer día, eran tres de la marina, no eran de los servicios. Vos te referías al segundo interrogatorio, donde también estuvimos nosotras. Porque nosotras tuvimos tres interrogatorios.

R.R.H.: Yo tuve dos.

M.A.B.: Claro, esta bien.

R.R.H.: El segundo interrogatorio empieza el tercer día por la noche.

M.A.B.: El primero para nosotros fue de día, bien caballeresco. Capitanes de la marina estaban ahí, cuando yo voy les digo para qué, en carácter de qué es este interrogatorio y dicen: “Solamente queremos saber quiénes son ustedes, porque son nuestros prisioneros”. Lo que se intentaba decir era que nosotros no íbamos a declarar nada con respecto a la fuga ni a la entrega, que en ese sentido no esperaran una declaración nuestra. Ellos querían sacamos información respecto de la fuga, pero era evidente que no teman mucha experiencia en materia de interrogatorios. Lo que yo les decía era que, si querían, podíamos hablar acerca del papel de la marina. Entonces lo que ellos me preguntan era por qué no habíamos querido venir a la base de la marina. Entonces les aclaré cuál era el papel de las fuerzas represivas y sobre todo cuál era el papel que había tenido el ejército, cuál el de la policía y un poco el papel que suponíamos podía tener la marina. Entonces me saltaron con que la marina siempre se había caracterizado por ser bien caballera, era el ejemplo. Yo le digo: “Mire eso, no es cierto” y a mí, por ejemplo, me tenían parada. Les digo: “Por lo menos ofrézcanme una silla”. Se quedaron medios cortados, pero no me ofrecieron la silla, por supuesto. Entonces les hablé del trato vejatorio al que nos habían sometido, que nos habían revisado desnudas. Que nosotros nos ubicábamos como prisioneros pero que ellos no nos respetaban en tal sentido, que podíamos esperar cualquier cosa de ellos. Y ellos no tenían muchos argumentos, tanto es así que yo les digo: “Mire, en cuanto a la represión de los guerrilleros en estos últimos tiempos, la marina no ha intervenido directamente”, que esa era la primera vez que la marina asume directamente la represión y que íbamos a ver, que iban a demostrar realmente cómo eran ellos. Y me decían: “Usted puede esperar cualquier garantía de nosotros, vamos a portarnos bien”. Entonces yo les dije: “Los antecedentes que tiene la marina no son muy buenos”. Dicen: “¿Por qué, por lo del 55?” “Sí, esa es una de las cosas por las cuales se les suele atacar”. “No, pero lo del 55 fue una operación militar, la marina no tuvo la culpa de los civiles que murieron, era solamente una cosa en contra de Perón, eso está dentro de reglas militares”.

F.U.: ¿Se referían al 16 de junio del 55?

M.A.B.: Sí.

F.U.: Y no a toda la represión posterior, durante la Revolución Libertadora

M.A.B.: Uno de ellos se me acerca y me dice: “Pero mire, lo que ustedes hicieron en San Isidro con el busto de Evita”. ¿Te acordás, esa operación que hicieron los Montos? “Ustedes también tienen el terror, matar civiles, pobres policías”. A esa altura el diálogo se cortó. Otra cosa que les extrañaba era porqué nosotras como mujeres estábamos allí y sobre todo de la Sayo, de la mujer de Santucho, y le decían: “¿pero cómo es que su marido se fue y usted no? ¿Qué pasa, su marido la ha dejado?” No comprendían. Ese fue más o menos el diálogo que tuve con los tipos de los servicios.

R.R.H.: En los otros interrogatorios, en lo que a mi respecta., tuve dos con gente distintas. No sé a qué servicios pertenecían, pero por lo menos en el primer grupo había positivamente gente de la marina, porque los vi esa noche vestidos de civil y después los vi en otras ocasiones vestidos de uniforme. Las preguntas eran, como decía María Antonia, faltas de profundidad, con un cierto desinterés por averiguar cosas realmente. Parecía que éramos bichos raros, como si quisieran vernos la cara y nada más que eso, y escuchamos la voz y cosas por el estilo. No entrar en cosas que podían ser de interés para ellos, como la información sobre la operación. Por supuesto, siempre destacando su grado de fanatismo por todo lo que tenga olor a pueblo, la falta de comprensión de los valores de los compañeros. Decían tonteras. Pero no hubo torturas.

M.A.B.: Ni siquiera presión moral.

R.R.H.: Sí, en algunos casos hubo amenaza de tortura, a Alfredo Kohon lo amenazaron. Incluso llegaron a decir entre ellos: “Vio, oficial, aquí sin torturas no se consigue nada”. Pero en los hechos no pasaron a nada de eso.

M.A.B.: El último interrogatorio fue el mismo día del reconocimiento, el 21 de agosto. Ahí creo que había gente del ejército y de DIPA, porque creo que hubo un compañero que reconoció a uno que era de DIPA Esos ya venían con datos concretos de nuestros currículum. Por ejemplo, tenían datos del ERP.

A.M.C.: Hubo dos, claramente diferenciables, uno que le hicieron a Mano Delfino, que estaba en mi celda. Lo caracterizamos como grupo de los servicios. Había presente oficiales de la marina y gente vestida de civil. Cuando me interrogaron a mí, llegué y me dijeron: “Ah, usted es Alberto Camps”, Y tomaron una carpeta que empezó a hojear un vestido de civil. En el interrogatorio, cómo decían los compañeros, no hubo violencia física. Lo único que hacían era ponerlo a uno contra la pared con una lámpara enfocada a la cara, pienso que más que nada para que uno no pudiera verles la cara a ellos, cosa que igual no lograban, porque la lámpara era de poca intensidad, así que uno los podía ver perfectamente. Ese era un grupo que a mí me hizo el interrogatorio de noche. Otro grupo que habló, con Mario Delfino, fue él justamente que los reconoció, eran de DIPA o Superintendencia de Seguridad.

M.A.B.: ¡Una cara de torturadores tenían!

A.M.C.: Justamente, Maño caracterizó uno de ellos como torturador, y había otro, un tipo bastante hábil en los interrogatorios. Ese dato y lo que pasó en interrogatorio con la gente de DIPA nos llamó la atención porque sabiendo que había una persona con experiencia, con cierta habilidad, cómo no la utilizaban. Porque los interrogatorios eran zonzos, estúpidos, esa es verdaderamente la palabra. Preguntas tontas cómo “¿Y porqué no subió usted al avión?” Más tonta que esa, imposible. Y cosas por el estilo. Los servicios se manejaban con bastante información en algunos casos. Y los de Superintendencia de Seguridad se manejaban con datos bastante organizados sobre lo que había sido la operación. Incluso daban la característica de los vehículos, que coincidían con los que nosotros sabíamos que tenían que entrar al penal. Preguntaban estupideces como: “¿Qué pasó con los vehículos?” Buscaban contradicciones entre las organizaciones Peronistas y las no Peronistas. Por ejemplo: “Vos sos de la FAR, de los que consiguieron todos los vehículos, y los del ERP se duermen y no los llevan”, y cosas así muy estúpidas. Creo que es importante remarcarlo porque fue la política que siguieron después, sobre todo en Rawson.

F.U.: ¿El trato admiro había cambiado en esos días? ¿Es decir, había verdugueadas?

A.M.C.: Había cuatro turnos de guardia, pero había uno que se empezó a destacar claramente como verdugo. Nosotros, que teníamos experiencia carcelaria, sabíamos que todas las guardias no son idénticas, que hay guardias con características especiales. y en este caso la que se empezó a destacar como guardia verduga era la de Bravo justamente.

F.U.: ¿Es teniente de navío?

R.R.H.: Teniente de fragata, creo.

A.M.C.: Sé que es teniente por las dos barras y el círculo que llevaba en la gorra. No sé si de fragata o de navío. Lo que sí sé, es que fue promovido en el último ascenso de la marina. Bueno, las otras tres guardias se caracterizaban por el trato frío dejamos hablar, no dejamos comunicar por señas entre las celdas, pero no siempre la advertencia venía seguida por una sanción. A veces encontraban a uno hablando y le decían: “No se puede hablar, no hable”, pero no nos verdugueaban. En el caso de Bravo era todo lo contrario, es más, buscaban excusas a veces. La sanción, por llamarla así era hacernos desnudar y hacemos hacer cuerpo a tierra de boca hacia abajo o de espalda en el suelo, o paramos lejos de la pared y después hacemos apoyar con la punta de los dedos en la pared: eso en un tiempo prolongado entumece los dedos.

M.A.B.: Y no nos dejaban dormir.

A.M.C.: Ese era otra de las exquisiteces. Los interrogatorios eran de noche, a partir de las dos de la mañana. Podían hacer dos cosas respecto a la entrega de los colchones: entregarlos después de la cena o mantenemos despiertos hasta después de los interrogatorios. Generalmente dormíamos poco, y cuando esto sucedía, Bravo recorría las celdas, y apenas encontraba a alguno que estuviera cabeceando, lo pateaba, o nos hacía estar parados. Yo creo que se diferenció inmediatamente Bravo, verdugueándonos. Como te decía, buscaba excusas. Una vez apareció en la celda y dijo: “¿Quién se asomó por la ventana?” Estaba Alfredo Kohon también en mi celda. Por supuesto, le dijimos que nadie. “Pero si me dijeron de afuera que alguien se había asomado”. Le volvimos a asegurar que nadie y que no buscara excusas para sancionar, para verduguear. Así y todo nos aplicó la sanción, y nos tuvo desnudos media hora o cuarenta y cinco minutos haciendo cuerpo a tierra.

M.A.B.: Y era invierno.

A.M.C.: Bueno, el desnudarse simplemente era jodido, porque hacía bastante frío. Los radiadores de calefacción que había en los calabozos no funcionaban. Eso, y el cuerpo a tierra sobre la baldosa era mucho peor todavía. Uno tiritaba directamente.

F.U.: Los dejaba en calzoncillos el tipo.

A.M.C.: No, desnudos totalmente. Nos retiraba la ropa, nos la hacía tirar por la ventanilla.

F.U.: ¿A los hombres solamente?

M.A.B.: Sí. Pero igual a nosotras nos hacía tirar cuerpo a tierra. En un primer momento no, en los primeros días. Pero después me acuerdo que un día estaba charlando la Petisa y Clarisa (estábamos las cinco ese día), las pesca charlando y les dice: “Cuerpo a tierra”, y no se tiraron, “Cuerpo a tierra”, y no se tiraron cuerpo a tierra. Entonces lo llama al suboficial, al gordito ese famoso, y le dice: “Póngales cuerpo a tierra”. Entonces el suboficial: “Cuerpo a tierra”, apuntándonos con la metra. No se pusieron cuerpo a tierra y Bravo: “Póngales cuerpo a tierra”, y le sacó la metra y las puso cuerpo a tierra.

F.U: ¿Las violentó con eso?

M.A.B.: A los cinco minutos les dice: “Bueno, dense vuelta”, y no se dieron vuelta; entonces entró Marchal.

F.U.: ¿Quién es ese tipo?

M.A.B.: Un suboficial que también va a estar después. Entonces a Clanga la agarra mal de la cintura, y ella hace un gesto como de resistencia para que no la den vuelta. Entonces Bravo saca la pistola, la martilla y se la pone en la cabeza: “Vas a morir, hija de puta”. Clarisa dice: “No me mates”; él levanta la pistola. A partir de aquél día, cuando nos dicen cuerpo a tierra les hacemos caso, porque charlamos entre nosotras y vimos que no tenía sentido esa resistencia. Y hacíamos cuerpo a tierra boca arriba y boca abajo. Después, salvo desnudarnos, fue el mismo trato que el que les dieron a los muchachos.

F.U.: ¿Cómo se llama ese suboficial que las intima a las chicas?

M.A.B.: De uno no sabemos el apellido y el otro se llamaba Marchal.

A.M.C.: Marchal o Marechal. Desde los primeros días el trato fue cambiando, incluso, como te contábamos, las formas de vigilancia fueron modificándose. Al principio nos sacaban a comer por celda, eso el primer día solamente. Después nos fueron sacando de a uno. Nos hacían comer en una mesa chiquitita, una mesa como de bar, con el tiempo controlado: nos daban cinco minutos para comer. Siempre el que iniciaba esas prácticas era Bravo.

M.A.B.: En cinco minutos, si no se terminaba la comida había que dejarla ahí.

A.M.C.: Además, mientras estábamos comiendo hacía comentarios como: “A estos en vez de alimentados tendríamos que matarlos”. Una vez Toschi, cuando fue a comer, encontró la pistola sobre la mesa, al lado de la comida.

R.R.H.: No, al Indio fue, que estaba sentado y se le acercó Bravo y le puso la pistola en la mesa.

A.M.C.: Comíamos apuntados por tres o cuatro lados con Pam y Fal. Por supuesto, Bravo nos recordaba constantemente que era con balas en la recámara y sin seguro. Cosa que cumplía porque la Pam se nota cuando está sin seguro. Como ves: Bravo se destacaba, incluso su "actitud era totalmente despectiva. Un día apareció con una revistita que se llamaba El Desengaño: era la historia de un estudiante que, cansado de luchar en formas no violentas, decide incorporarse a un grupo guerrillero. Por supuesto, a ese grupo la revista la pintaba con todas las lacras imaginables.

M.A.B.: Con anteojos negros y campera, en casas todas ruinosas, cometiendo hechos donde morían ancianos y bebes, no importándoles nada, sólo la causa.

A.M.C.: y nos ofrecía la revista para que la leyéramos. Por supuesto, con el aburrimiento que teníamos aceptábamos leer cualquier cosa. Después buscó discusión política, pero cuando empezamos a argumentar que la historia de la revista no encajaba en ninguna realidad, que era todo una falsedad, se iba rapidito con su revista. Supongo que son revistas que se reparten gratuitamente entre la tropa. Incluso buscamos el pie de imprenta para ver dónde había sido impreso y no lo tenía. Por las características del dibujo era una revista tipo mexicana, en colores.

M.A.B.: Era muy similar a esa en la que se ridiculiza a los cubanos. De amplia circulación.

F.U.: A lo mejor lo hace la CIA.

M.A.B.: Sí quizá la CIA, pero una cosa muy, muy burda.

R.R.H.: Cabía tanto para Argentina, como para Centroamérica o Brasil, o para Chile. Para cualquiera.

F.U.: Continental, digamos.

R.R.H.: Propaganda antisubversiva.

M.A.B.: Y Bravo nos pregunta: “¿Y, se convencieron?”

F.U.: ¿Pero qué, él lo pregunta en serio?

M.A.B.: Sí, en serio lo preguntaba.

F.U.: ¿El pretendía adoctrinarlos?

R.R.H.: El no pretendía adoctrinarnos a nosotros; sino lo que quería era medimos un poco. Por ejemplo, hacia comentarios de este tipo: “Y pensar que ustedes son capaces de matamos”, mientras nosotros comíamos. “Ustedes son un mal necesario para la sociedad”, y cosas por el estilo. Siempre mirándonos como si fuéramos piezas de museo, asesinos.

M.A.B.: Gente extraordinaria.

R.R.H.: Gente fuera de lo común, delincuentes, enfermos mentales, cosas así.

F.U.: Al baño los sacaban, ¿no?

A.M.C.: El procedimiento era más o menos igual para todas las salidas, ya sea para ir al baño o para comer. Venia uno de los suboficiales, abría el candado, corría el cerrojo, se retiraba al extremo del pasillo y desde ahí nos gritaba la orden, nos nombraba, por ejemplo: “Haidar, desaloje”, entonces uno salía al pasillo, “Alto”, nos daba la orden de poner las manos en la nuca, “Avancen”, y cuando llegábamos a la altura de la mesa nos decía: “Alto”, “Siéntense”. Esto cuando íbamos a comer, o cuando llegábamos al extremo del pasillo, “Alto” de nuevo y se ubicaba detrás nuestro un suboficial, y con la Pam montada y sin seguro nos llevaba hasta el baño. En la puerta del baño había otro marino armado.

F.U.: ¿Eran todos suboficiales los de las guardias a esa altura, no había soldados?

R.R.H.: Había dos soldados, los que tenían los fusiles Pam. Los suboficiales estaban con las pistolas ametralladoras y eran los que se encargaban del movimiento nuestro, de la vigilancia, de que no habláramos. Los soldados estaban a los costados con la Pam y no se movían de esos puestos.

A.M.C.: O sea, que el trato con nosotros lo tenían fundamentalmente los oficiales y suboficiales, ningún soldado. Otra de las cosas que pasó con Bravo (habría que ir acumulando todos los hechos que produce porque lo pintan como un verdadero psicópata), fue que un día trajo la cometa del batallón para enseñamos lo que era diana y lo que era silencio, y nos decía: “Ustedes, tienen que conocer esto, desde ahora se les va a despertar así y se les va a dar el silencio de esta manera”. Siempre provocando.

F.U.: ¿Los tuteaba?

A.M.C.: No.

F.U.: ¿Cómo se refería a ustedes, por el apellido?

A.M.C.: Sí. Una vez volviendo de un interrogatorio (yo había ido, pero Delfino todavía no), cuando me tenía que encerrar en la celda, trajo a un suboficial, y le hizo apoyar el caño de la ametralladora en la puerta y le dio la orden de que si hablábamos tirara.

R.R.H.: Era un personaje siniestro.

M.A.B.: ¿Te acordás cuando una vez le hizo barrer el pasillo a Mariano desnudo?

R.R.H.: Y después de haber estado verdugueándolo, venía y le hacia un chiste. Decirle, por ejemplo: “¿Qué, hace frío?”, y el otro estaba tiritando en el suelo desnudo, por ejemplo. Bien cínico.

F.U.: Bien hijo de puta.

R.R.H.: Si. Una premeditación en todas sus preguntas, en todos sus pensamientos. Nos tenía a nosotros encasillados dentro de un esquema en el cual estaba muy bien adoctrinado. Y no salía de ese molde. Distinto de otros oficiales, había otros oficiales que cubrían esa guardia y que teman una actitud muy distinta. Mostraban un poco más de lucidez que Bravo, porque no tenían esa actitud de verdugueo constante, sino, por el contrario, trataban de aliviar un poco la situación en que nos encontrábamos, de distintas maneras. Sosa apareció en el penal al día siguiente, después que ellos ya habían retornado el control de la situación; apareció al mediodía del miércoles 16, y dijo: “La próxima vez no va a haber negociación, la próxima los vamos a cagar a tiros”. Ya para ese entonces había cambiado totalmente de actitud, se había visto descolocado en el papel que tuvo que desempeñar durante la negociación en el aeropuerto. Se vio como jugando un papel flojo, sintiendo que nosotros habíamos impuesto las condiciones, que habíamos logrado el objetivo de difundir lo que ocurría. En realidad había jugado un papel bastante secundario, lo único que había logrado era llevamos a la base. Pero no había podido evitar la conferencia de prensa, toda la difusión que se le dio a la torna del aeropuerto. Vino con mucha bronca.

M.A.B.: Y aparte, todas las negociaciones se hicieron delante de su tropa, y los colimbas medio se reían de él; se daba bien cuenta del papel que estaba haciendo y de las condiciones en que se estaban desarrollando las negociaciones. El no las sabía manejar muy bien y eso delante de la tropa lo desprestigiaba, como milico. Dentro de su machismo y con el criterio de autoridad con que se manejaban, ver que no pueden imponerla adelante de su tropa es una cosa que lo rebaja, hace que la tropa le pierda el respeto.

R.R.H.: Sí, dentro de su esquema. Yo iba a señalar que hubo un cambio en Sosa: después de la forma en que se condujo durante la negociación, al día siguiente aparece un poco transformado, parece que se hubiera reubicado. Se había hecho una composición del lugar y se dio cuenta de que había quedado pagando en esa relación con nosotros. Como consecuencia es que toma una actitud muy dura, un poco acompañando el ritmo que llevaba Bravo.

M.A.B.: El avala lo que hacía Bravo. En realidad toda la base lo hacía, o conocía la actitud de verdugueada de Bravo y su custodia, y nadie dijo una palabra, nunca se cambió de actitud pese a que permanentemente venían oficiales que nos veían tirados en el suelo o contra la pared. Nunca después de esas visitas cambió la situación. Así que era una cosa bien orquestada que ellos asumían.

R.R.H.: Otro hecho intimidatorio eran los disparos de armas “accidentales” entre comillas, desde los primeros días.

F.U.: ¿Disparos dónde, adentro?

R.R.H.: Sí, adentro de los pasillos que eran chiquitos.

F.U.: ¿Tiraban adentro?

R.R.H.: Ráfagas de tiros.

F.U.: ¿No tenían miedo al rebote?

R.R.H.: Nosotros estábamos adentro de las celdas y no sé en qué dirección harían los disparos.

M.A.B.: Donde se abría el pasillo, vimos tres o cuatro impactos después de esos días. A un oficial se le escapó un tiro de una cuarenta y cinco.

R.R.H.: En la celda estábamos con Mario Ulla, Quique Bonet y Toschi. Nos pusimos a hacer un juego de ajedrez, con miga de pan las piezas blancas, y las negras con polvo de ladrillo y agua. Y con las boletas esas, juntamos dos boletas e hicimos el tablero, pintando los cuadros negros con polvo de ladrillo y agua. Ya lo teníamos listo y llegó el tipo y arreó con todo; y fue la primera sanción que nos dio, nos llevó adelante, nos requisó de nuevo, nos devolvió a la celda y nos tuvo ahí desnudos, parados, en posición inclinada, con las manos apoyadas contra la pared.

F.U.: ¿Es bravo eso?

A.M.C.: Sí, es bravo.

M.A.B.: Nosotros también habíamos hecho bolitas con miga de pan. Vino la requisa y nos hizo juntar las veinte o treinta bolitas que teníamos, y tirarlas. Es una cosa absurda. O un regalito que nos había mandado el Cacho Delfino, un pollito chiquitito hecho con miga de pan el cuerpo y las patitas con paja de escoba, lindo. Vino la requisa y me armó un gran escándalo y me lo sacó.

A.M.C.: Después de eso no nos dejaban tener miga de pan en la celda después de comer nos hacían barrer.

F.U.: Así hasta el 22.

A.M.C.: Otra cosa que indudablemente estaba dentro del plan de la masacre en la base de Trelew, era que los cuatro turnos de guardia que había dividían el día en pedazos de seis horas, pero el capitán Bravo se las arreglaba para estar siempre de noche. La mayor parte de las guardias las cubría él con su equipo, las nocturnas y las diurnas. Prácticamente yo diría que dormía un turno, seis horas, y después estaba todo el día.

F.U.: ¿Vos creés que tenían ya la orden de fusilamiento?

A.M.C.: Pienso que la fueron madurando ahí mismo.

F.U.: ¿No les parece que fue determinación de afuera?

A.M.C.: Sí, porque la Junta de Comandantes se reúne en la víspera.

R.R.H.: Ahí yo creo que hay varios elementos, aquí, en el marco general de los hechos. Por un lado, la masacre es un acto premeditado, pero no es inmediato a la fuga, sino que es algo que ellos elaboran después de analizar una serie de cosas entre las cuales se cuenta la actitud del gobierno de Chile, si daba o no asilo a los compañeros. Y por otro lado, y fundamental, las relaciones con el general Perón. En ese momento se estaba un poco definiendo el límite del plazo dentro del cual el general Perón, para ser candidato, tenía que regresar. Realmente ellos creían que la jugada de la cláusula del 25 de agosto era una jugada muy importante, un poco una clave dentro del proceso electoral, para limitar de hecho y legalmente, para ellos legalmente, la candidatura de Perón en un acto eleccionario. Así, mediante una masacre de ese estilo, o mediante un acto como el que luego hicieron, pueden haber pensado varias cosas: que si el general Perón tenía intenciones de regresar, con ese hecho podían intimidarlo; que eran capaces de asesinar para mantenerse en el poder y que tenían poder para asesinar, para hacer una cosa de ese estilo impunemente. Por supuesto, ya el general Perón había dejado en claro que él iba a volver cuando se le diera la gana y cuando estuvieran dadas las condiciones. Pero seguía especulándose, es decir, la perspectiva de que el general Perón volviera no había desaparecido; hasta el último día ellos no tenían la certeza de nada.

M.A.B.: Yo lo completaría con algunos otros elementos. No los doy en orden, pero los voy a ir señalando. Sabían quienes eran, la calidad de los compañeros que estaban fugados, y que eran realmente un grupo de rehenes que lo podían jugar muy bien. Eso, por un lado.

F.U.: ¿Los que estaban adentro?

M.A.B.: Sí. Habían tenido tiempo de estudiar quienes eran los que estaban en su poder. Por otro lado, siguiendo con tu análisis, te voy a dar otro elemento: creo que uno de los objetivos del GAN consiste también en aislar a Perón de la guerrilla, y a la guerrilla del pueblo. Un poco cuando hablamos de ese trípode que lo constituye Perón, el pueblo y las organizaciones armadas, con un golpe así a la guerrilla y unido a eso, creo que el poder militar quería mostrar lo que evaluaba como incapacidad de respuesta en ese momento, tanto de las organizaciones como del pueblo. Pensaban que esa acción punitoria contra la guerrilla iba a alejar a la guerrilla del pueblo, un poco porque la guerrilla, digo, no estaba en condiciones de responder inmediatamente. Eso se demostró en los hechos, nos golpearon y no pudimos en ese momento mostrar una capacidad de respuesta inmediata. También estaba la incapacidad que se tenía en ese momento de generar movilizaciones para denunciar un hecho así. Pienso que era una de las cosas que el poder militar evaluó con la guerrilla. Es cierto que se estaba en un momento bastante crucial, que no se sabía lo del 25 de agosto: un momento de desconcierto.

F.U.: Vos lo que decís es que ellos evaluaron que las posibilidades de reacción inmediata eran prácticamente imposibles, que en alguna medida era cierto, pero creyeron que la no reacción inmediata suponía una neutralización.

M.A.B.: Claro, y el hecho de que nos podían golpear así iba a ser un desprestigio que lo podían superar rápidamente. Y sobre todo, pienso que era separamos a nosotros de Perón y del pueblo.

F.U.: Considerando la posibilidad de miedo por parte del pueblo y la posibilidad de romper el proceso electoral

M.A.B.: Aparte que lo obligaban a Perón a definirse de alguna manera. Pienso que son todos elementos que se juegan a nivel de decisión y que lo deben haber estudiado.

F.U.: Con el aporte de las ideas que se iban madurando en la base seguramente. Digo, como conjetura. Un análisis político por un lado, y por otro lado el aporte de estos señores que tenían la relación con ustedes.

M.A.B.: Yo creo que esto lo vinieron madurando desde bastante antes.

A.M.C.: Conversando con compañeros que habían sido detenidos en Trelew después de la masacre, y que estuvieron acá en Villa Devoto, se rumoreaba que la orden que ellos habían recibido, que había partido de la Junta, era arrasar con el aeropuerto, que un poco fue uno de los elementos que hizo que la entrega fuera inmediata. Se evaluaba que era necesario hacer una entrega antes de que llegaran las órdenes de la Junta. Un poco el hecho de que ese grupo de la marina, a la mañana ya estuviera avanzando sobre el aeropuerto, o sea, que la idea de exterminio estaba jugando antes de la masacre. Aparte, es lógico por toda una serie de hechos anteriores: se ve que dentro del GAN una de las piezas importantes es, si bien no terminar con la guerrilla, darle golpes lo más demoledores posibles. Por eso muchos compañeros, al ser arrestados e identificados, eran asesinados. Directamente, o rematados.

F.U.: La aplicación de la pena de muerte, el remate de compañeros heridos en operaciones.

R.R.H.: Desde mucho antes, esto viene pasando.

A.M.C.: Pienso que es parte de una política que alcanza en Trelew su más alto grado. O sea, que esos elementos jugaban indudablemente., no es un hecho totalmente aislado, una represión específica a la guerrilla.

M.A.B.: Yo diría, no solamente una represión específica a la guerrilla, sino a todo un sector del pueblo, o que surge del pueblo, tratando de expresar su descontento, porque no solamente es contra la guerrilla sino también contra las movilizaciones.

F.U.: Como cae Jáuregui, por ejemplo, o como caen los compañeros anónimos, todos los días, en las villa miseria. Es decir, que todo interés defendido por alguien que pertenezca a una clase popular recibe ese tratamiento. Digamos que la masacre que se va a producir está encuadrada dentro de una política de exterminio concreto y de intimidación a través del asesinato, que produce el régimen tranquilamente, desde muchos años atrás.

M.A.B.: Es toda la violencia en su forma más descarada.

R.R.H.: Forma parte de una política, Al saber ellos la gente que tienen en la base, piensan: “le damos un fuerte golpe a la guerrilla”. Una política de desarmar a los grupos embriones de vanguardia. Porque sabían el peligro que implican. Yo creo que eso constituye un ejemplo claro de lo que fue el GAN. El GAN no fue lo que declaró últimamente Lanusse, en los meses de abril y mayo, después del triunfo del pueblo. El GAN fue una serie de maniobras maquiavélicas, montadas con todo cinismo y con el claro fin de engañar nuevamente al pueblo; de la mejor manera posible, eso si. De la forma más sabía, tratando de lograr así el desplazamiento de Perón y la integración del Peronismo al sistema. Eso está clarito, porque ahí se conjugan dos cosas: la represión violentísima, el asesinato impune, por un lado, en la represión a la guerrilla, y la represión al pueblo, porque la guerrilla no es sino la expresión política del pueblo en condiciones de represión y opresión extremas. Por otro lado, la maniobra política, el tan mentado “juego limpio”, en el cual se proscribe al general Perón de una manera “legal”.

F.U.: La proscripción aparece como elemento que reemplaza a la posibilidad de complicidad de Perón con la traición al pueblo. No te olvides que la política del GAN se desencadena con el primer viaje de Paladino a Madrid, donde la misión que tienen, según se dice, es pedirle a Perón la desautorización de las formaciones especiales, cosa que Paladino no trae.

M.A.B.: Yo creo que todos los elementos que acá estamos señalando muestran la faz represiva del GAN: aparte de ser una instancia que corresponde a un poder que representa a determinados intereses, yo creo que con respecto a lo que fue Trelew, es una maniobra muy vinculada a una política.

F.U.: No es un acto de histeria, digamos.

M.A.R.: Pienso que ahí si corresponde eso de que nosotros no evaluábamos bien de que manera esa medida del GAN era la medida de un enemigo ya en retirada en aquel momento, como lo vemos ahora con mucha más claridad. Trató así de separamos de Perón impidiendo toda posibilidad de encuentro, que es lo que se dio en los meses posteriores: la unidad entre un pueblo, las organizaciones armadas y Perón. Creo que tienden directamente a eso.

F.U.: Ahora, también hay ahí un problema que es el tiempo récord en que las formas de lucha, el grado de violencia como el que expresa la guerrilla, son aceptados popularmente. Creo que los militares nunca supusieron que el pueblo lo iba a aceptar, porque ellos creían que esto no era producto de un proceso que el mismo pueblo venía haciendo, sino algo que venía de afuera. Por el hecho de que la extracción de clase de la mayor parte de los componentes de la guerrilla no pertenecía al pueblo, pensaron que el pueblo iba a rechazarlos, porque parecería que hay ignorancia en el problema ese de la diferencia que hay entre extracción de clase y pertenencia de clase. Entonces creyeron que era algo de afuera y que el pueblo no lo iba a aceptar. Y en tiempo récord lo aceptó. ¿Por qué? No porque la guerrilla sea fabulosa, porque el pueblo sea fabuloso. No, sino porque el pueblo mismo tenía una experiencia de violencia y de lucha que venía haciendo por sí solo.

A.M.C.: Eso estaba fuera de los cálculos de estos señores.

M.A.B.: Eso creo que fue el gran error de ellos, o uno de los errores, y también pensar que Perón se vendía por una presidencia, una cosa así, que lo estimaban muy cortamente a Perón y a todo lo que significa el movimiento Peronista. Ese creo que es uno de los errores, no ver qué tipo de contendiente tienen en Perón.

F.U.: Precisamente, siempre en sus análisis, en sus proyectos políticos, aún en los más sagaces como fue el GAN, subestimaron la envergadura política de Perón y la presencia del pueblo con toda su experiencia. Esto es bastante claro.

M.A.B.: Si, creo que subestimaron claramente el grado de incidencia que tenía la guerrilla en el pueblo. Creo que lo demuestra la reacción, que fue unánime, de repudio a la masacre.

F.U.: Además, en la campaña es una de las consignas principales de la lucha electoral que reúne a seis millones de votantes, es decir, a más del cincuenta por ciento de los electores argentinos: “ya van a ver, ya van a ver, cuando venguemos a los muertos de Trelew”, es una de las constantes de una campaña que se caracteriza no por sus discursos, sino por las consignas, y esa fue una de las principales. Bueno, volvamos a esos días. Creo que queda claro el sentido político; creo que está completa la explicación política de la masacre.

M.A.B.: Creo que lo tendríamos que ver con un poco más de profundidad porque nunca lo hemos analizado así a fondo, yo creo que es la primera vez.

R.R.H.: Se ha dicho que la masacre de Trelew fue una decisión de la marina, que Lanusse tuvo que asumirlo o tragárselo en contra de su voluntad o sus deseos de hacerla. A mi me parece que, en ese sentido no es cierto; la decisión fue una decisión conjunta, con total acuerdo. No fue un acto de delirio de Mayorga, ni de ningún descolgado de la marina, sino que fue un hecho de conjunto.

F.U.: Es decir, que adoptaron una política, como decían ustedes recién.

M.A.B.: Ahora, lo que sí les costó mucho instrumentarlo. Yo lo que no se es si ya lo tenían pensado desde un principio o no.

F.U.: Creo que es un poco anecdótico conjeturar si lo tenían pensado desde un principio o no. A lo mejor se les ocurrió de entrada o no; lo que sí fueron consecuentes con su política.

A.M.C.: Supongo que uno de los elementos que es necesario rescatar -indica la mala evaluación que hacían de esta guerrilla-, es la reacción popular frente a la masacre; y que yo pienso que ya empieza a marcar esa retirada. Porque, a partir de entonces, se empiezan a dar una serie de hechos que articulan las movilizaciones y el accionar de la guerrilla, la táctica de Perón, que culmina con el 11 de marzo. Habría que empezar a analizar toda otra etapa, la que ahí comienza.

F.U.: Algunos compararon Trelew con Moncada. El Moncada nuestro.

A.M.C.: Indudablemente, el régimen comete un error basado en caracterizaciones incorrectas.

R.R.H.: Es decir, es una síntesis. Más que valoraciones incorrectas, pasa que ellos no están en condiciones de producir otra cosa. Recurren a los elementos que tienen como clase. Tienen una visión totalmente errónea de lo que es el pueblo. Recurren a la utilización de la fuerza, de una violencia indiscriminada, que es su forma de mantenerse en el poder; no tienen una práctica de convicción, de persuasión, sino todo lo contrario; su experiencia de poder es una experiencia de fuerza, no es obvia. En el otro aspecto tienen necesariamente que fracasar, en el aspecto del análisis, del conocimiento del pueblo, el conocimiento del mismo Perón, es imposible que lleguen a comprender cuál es el manejo del general Perón. Es totalmente imposible. En ese sentido están totalmente en desventaja ¡Qué diablos van a comprender ellos!

F.U.: Si entendieron algo, producirían otro tipo de política y dejarían de responder a un interés de clase automáticamente.

M.A.B.: Pero vos fijate que nosotros, en un principio, cuando analizamos el GAN, decíamos qué inteligente, sobrestimábamos su capacidad. Creo que así como los sobrestimábamos a ellos, subestimábamos al Movimiento. Porque nosotros teníamos también un desconocimiento de lo que era el Movimiento y del grado de desarrollo de su conciencia.

F.U.: Más que subestimación entonces, sería un desconocimiento.

M.A.B.: Sí, pero ese desconocimiento te lleva implícitamente a un acto de subestimación.

R.R.H.: Yo pienso que en el análisis que hacíamos nosotros del GAN, decíamos, como habías dicho vos, qué inteligente o qué sutil la maniobra, porque aparecía montada y había elementos dentro del Peronismo incluso, que estaban, en fin, que se prestaban para esa política. Y nosotros sabíamos que debíamos combatir a esos elementos; y en el enfrentamiento se fueron derrotando. Fuimos derrotando a la represión, pero quiero dar a entender que se le fue saliendo al paso al plan del enemigo, y así corno en aquel entonces nosotros no visualizábamos las elecciones, o mejor dicho, las visualizábamos corno tramposas -porque había sido la salida que eligió el enemigo, con las características que el enemigo quería darle-, era lógico nuestro alerta sobre el problema y estábamos dispuestos a darle batalla. Pero pienso que si bien el enemigo hizo evaluaciones incorrectas, por ejemplo la caracterización de Perón (ellos pensaron que se iba a vender por el uso del uniforme y los sueldos atrasados), había otro elemento, corno sectores traidores del movimiento dispuestos a servir de base a esa política, a los que había que combatir, ¿no?, y habrá que seguir combatiendo mientras existan. Incluso nuestra visualización del GAN en aquel momento respondía a que ese juego de cosas todavía no se había puesto en movimiento totalmente. Insisto, a partir de agosto, por utilizar corno mojón la masacre, se dan una serie de hechos que tienen una importancia terrible para esa batalla, como es, por ejemplo, el 17 de noviembre.

F.U.: Sí, la gratificación de eso es que ustedes, a menos de un año, a nueve meses de la masacre, de sobrevivientes casi accidentales de la masacre, hoy en Villa Devoto, en las vísperas de que asuma el gobierno popular, están esperando que venga todo el pueblo, concretamente, a sacarlos.

M.A.B.: Cosa que no concebíamos ni en los cálculos más optimistas.

R.R.H.: La vez pasada, leyendo los titulares de un diario, había uno que decía “El juego pendular de Lanusse”. Yo pensaba, cómo son Perón y Lanusse, las dos contrapartes: si uno jugaba en una forma pendular en lo político, el otro tenía que hacer lo mismo, necesariamente. Lo que pasa es que el general Perón tiene mucha más antigüedad que Lanusse en el juego pendular.

M.A.B.: Lo que pasa es que el juego pendular de Lanusse es una cosita...

F.U.: Este no es un problema de simetría, sino un problema de dialéctica.

R.R.H.: Me inclino a pensar que el que llevaba la manija era el general Perón.

M.A.B.: ¡No tenemos líder, eh!

F.U.: Volvamos a Trelew.

A.M.C.: Durante esos días, aparte de la figura del teniente Bravo, que se destaca, como te decía, inmediatamente, hay algunos hechos que de alguna manera preanuncian, que pueden servir de elementos para juzgar que el plan estaba diseñado ya un par de días antes. Era lo que vos me contabas los otros días, el día en que apagaban las luces del pasillo.

M.A.B.: Es una noche en que nos sacan los colchones a la una de la mañana, apagan las luces del pasillo y se oyen movimientos raros de armas, risas. Decían: “Bueno, vamos ahora”. “No, no”, y cosas así. Era una situación no común, aparte de que había gente extraña que circulaba. Antes, cuando había habido luz, habíamos visto tipos, caras nuevas.

F.U.: ¿Uniformados?

M.A.B.: No, no. Es decir, van a ser los que nos interrogan, porque esto culmina con un interrogatorio, que para ellos es el primer interrogatorio y para nosotras el segundo. Nosotras le preguntamos a un suboficial qué pasaba, Y él nos hacía la seña con el dedo como que van a tirar, como que la cosa viene pesada. Entonces nosotras lo que supusimos era que iba a haber un simulacro de fusilamiento, lo que charlábamos entre nosotras, yo estaba con la Sayo Santucho y con la Susana Lesgart y ya dijimos: “Bueno, ahora en cualquier momento estamos pensando que van a tirar tiros”, incluso decíamos: “Cualquier cosa nos ponemos cuerpo a tierra y no nos asustemos”. Estábamos un poco, no digo que asustadas, pero sí bastante tensas con la situación. Y en un momento vos sabés que incluso sacan los candados, hacen un movimiento con los candados. Lo que yo evalúo es que nos abrieron los candados, pensando que por ahí nosotros intentábamos salir, porque hicieron mucho juego con los candados. Y vuelve a pasar ese mismo suboficial y le volvemos a preguntar: “¿Que pasa?” y nos sigue haciendo esa seña, y se oye que cargan y descargan las armas, y después no pasa nada. Después nos interrogan. Y pienso, que, en aquel momento, ya se les ocurría eso, pudo haber sido un intento de que nos rebeláramos, porque aquella noche no sé si se acuerdan, nos verduguearon como locos, nos tuvieron toda la noche apoyados contra la pared y sin dejarnos dormir.

F.U.: ¿Afuera, en los pasillos?

M.A.B.: No, no, adentro. Nos provocaron mucho, mucho. Me acuerdo que se ponían en el pasillo con un pito y nos ordenaban que nos pusiéramos contra la pared, que nos paráramos, nos sentáramos, nos paráramos, nos sentáramos, así toda la noche.

R.R.H.: Y vos decís que ellos ya tenían alguna decisión sobre...

M.A.B.: Mira, yo creo que nos estaban provocando.

R.R.H.: ¿A qué hora fue eso?

M.A.B.: Eso fue cuando el primer interrogatorio, unos dos o tres días antes. Después, a eso de las cuatro de la mañana, nos empiezan a sacar y a interrogar de a uno.

F.U.: ¿Vos no estabas allí?

R.R.H.: Sí.

A.M.C.: Lo que pasa es que Haidar y yo estábamos en las últimas celdas. Realmente había diferencias entre la visión que vos tenías de los marinos que nos custodiaban; generalmente, al fondo llegaba poco de todo esto. Yo, por ejemplo, esa noche, me acuerdo que pensaba: “Puta, el jueguito que se inventó este Bravo para jodernos”, porque nos poníamos a cabecear con Delfino cuando hacían silencio, y de pronto apareció el suboficial tocando pito adentro de la celda, a través de la ventana. Es decir, cosa de joderte, dejarte entrar en sueño y despertarte.

M.A.B.: Nosotras lo que pensábamos es que era un simulacro, lo que nos había dicho el suboficial.

F.U.: ¿Eso fue dos días antes?

M.A.B.: Sí.

F. U.: Y la noche esa de la masacre, ¿cómo empezó la cosa?

M.A.B.: Nos despertaron de golpe a eso de las tres y media; le pregunté a un suboficial qué hora es y dijo que las tres y media.

R.R.H.: Primero habría que decir que estuvo el juez.

M.A.B.: Ah, sí, el día anterior estuvo un juez.

R.R.H.: El lunes, al mediodía, se hace un reconocimiento general. No se había levantado la incomunicación ni nada, pero aparece el juez y hace un reconocimiento ahí, en el hall central del edificio de la guardia. Hacen tres ruedas de detenidos, introduciendo soldados vestidos de civil para cumplimentar las normas legales sobre la rueda de detenidos; y desde posiciones bien ubicadas, los testigos hacían el reconocimiento. Por ahí anduvo el juez Quiroga con su equipo de asesores.

M.A.B.: Y estaba el fiscal.

R.R.H.: Sí toda la camarilla de la cámara. El juez Quiroga estuvo viendo como estábamos nosotros, en qué condiciones nos encontrábamos. Pero no hay mayor alternativa allí, en ese reconocimiento.

M.A.B.: Quiroga tuvo una actitud, no se cómo habrá sido con ustedes, pero con nosotras, cuando nos llevan, nos acercamos y le pregunto a Quiroga quién era él y me dijo: “Yo soy el juez Quiroga”, y yo: “¿De la Cámara Federal?” “Sí de la Cámara Federal”. Entonces yo le digo: “¿Puedo charlar con usted?” “Sí como no”. Y le digo: “Quiero charlar con usted a solas”, porque estaban todos los milicos alrededor. Entonces él les dice: “Bueno, retírense”, y ninguno se mueve, y yo le digo: “Bueno, charlamos así”, y él dice: “Pero, ¿por qué no se van?” Estaba en una situación de lo más incómoda, y no se fueron. Después a mi me retaron mucho, me dice Bravo: “¿Y por qué quería charlar usted a solas con el juez?” Una cosa, un papel totalmente ridículo el del juez.

R.R.H.: Ridículo y comprometido.

M.A.B.: Y comprometido aparte, porque si un juez, dentro de la legalidad burguesa, no es capaz de imponer su autoridad...

R.R.H.: Es decir, esa era toda la representación.

M.A.B.: Si, pero ni siquiera responde a la representación que se espera de él. Y ve perfectamente como nos apuntan, tanto es así que estábamos ahí, en el pasillo y a nosotros nos tenían con las manos en el cuello y yo le digo: “¿Por qué no les ordena que nos dejen de estar con las manos así?”; y él les dice, pero no le dan ni cinco de bolilla.

R.R.H.: Claro, él cumplía con la forma sabiendo que no le iban a llevar el apunte, pero tratando de guardar la imagen.

M.A.B.: Pero, sabés qué pasa, que te muestra toda la imagen comprometida de la justicia con el régimen.

R.R.H.: Particularmente la Cámara Federal, que fue creada por ellos para servirlos.

F.U.: Paralelamente a eso, ¿se dio ahí el último interrogatorio?

M.A.B.: Sí, eso era lo más cómico, no se si les pasó a ustedes.

A.M.C.: Sí.

M.A.B.: Nosotras estábamos en el reconocimiento y allí, a cinco o seis metros del juez estaban haciendo los interrogatorios los tipos de los servicios. Nos decían: “Pónganse en los puestos que quieran” o: “Si quieren cámbiense los peinados” y al lado nos estaban interrogando.

R.R.H.: Todo era una parodia

A.M.C.: En la fila en que estaba yo, por lo menos, porque nos dividían en grupos, nos mezclaron con colimbas vestidos de civil, y pudimos charlar entre nosotros. Bravo estuvo presente en todos los reconocimientos.

M.A.B.: Bravo y Sosa.

A.M.C.: Bueno, yo me acuerdo de Bravo, a Sosa no lo vi. Entonces aprovechamos para identificarlo bien claramente a Bravo, porque habíamos escuchado varias veces el nombre, pero para no tener ninguna duda, preguntamos a uno de los colimbas quién era ese. Debía tener su famita, porque lo primero que decían es: “un hijo de puta”. Bueno, ahí también charlamos entre nosotros, como era el sexto día, qué actitud íbamos a tomar los próximos días. Charlamos con Mariano, con Bonet, y decidimos esperar dos o tres días más hasta que más o menos estuviera cumplido el plazo de incomunicación, para empezar a tomar medidas, tales como no respetar las órdenes, hasta conseguir comunicarnos con los abogados. Después del interrogatorio, a la noche, como hecho a destacar, hay un suboficial, Marchal, y otro de uno setenta de estatura, más o menos, rubio, gordito, de Rosario. Estuvieron charlando por las celdas, un poco como si no estuviera la vigilancia de los oficiales, incluso el que charlaba con Mario Delfino, este que te digo era de Rosario. A partir de esa charla, supimos que había estudiado en el Otto Krausse. Me acuerdo que nos entregaron los colchones más o menos temprano.

M.A.B.: Sí y que dijimos: “¡qué suerte, esta noche vamos a poder dormir!” Me acuerdo que Alfredo decía: “Por fin vamos a poder dormir esta noche”.

A.M.C.: Yo me acuerdo que le comentaba a Mario Delfino (que nos turnábamos: una vez dormía él con el colchón en el suelo, porque en la celda había una losa nomás donde entraba un colchón), que para que fuera la felicidad completa: “lo único que falta es que no vengan a hinchar los de los servicios y podamos dormir toda la noche”. Lo que más se sentía era el frío.

R.R.H.: Así se fueron dando una serie de cambios durante la semana en la celda, en la ubicación de cada uno en las celdas. Así, por ejemplo, Carlitos Astudillo, Capello y Ulla, que estaban en el fondo después del interrogatorio, pasaron a la primera y segunda celda. Alfredo, que estaba en la última, pasó conmigo, y yo que estaba en la de enfrente, en la cinco, pasé a la nueve, en la posición en que estaba antes. Los compañeros que estaban allí quedaron heridos en la primera ráfaga. Lo cual confirma aquello que charlábamos en el sentido de que las primeras ráfagas fueron cruzadas, ese detalle se me había olvidado.

F.U.: ¿Tiraron dos de cada ángulo del pasillo?

R.R.H.: No, comenzó tirando uno. Porque sino, si hubiera sido fuego cruzado, hubiéramos sido alcanzados de los dos lados; sin embargo, fue toda un ala que fue herida en primera instancia, desde la primera hasta la última celda; Polti, que estaba en la última, quedó herido en la primera ráfaga.

F.U.: ¿Polti?

R.R.H.: Uno de los changos compañeros que murió, Fricho, le decían Fricho. Son tres hermanos, creo, los que murieron.

F.U.: ¿A qué hora los sacaron ese día?

M.A.B.: A las tres y media. La situación ya se había relajado un poco, porque nosotros esperábamos que, al día siguiente, el juez nos tomara declaración y nos levantara la incomunicación. Ya estábamos calculando que en dos o tres días nos volvíamos a Rawson, al penal. Nos sacan a las tres y media y a nosotros nos hacen poner los colchones allá donde se abrían los pasillos. Siempre, cuando nos despertaban nos sacaban las frazadas y los colchones de tal manera que no pudiéramos dormir durante el día. Y esa noche, cosa rara, nos hacen salir a todos juntos.

A.M.C.: Permitime, el procedimiento para despertamos era siempre más o menos el mismo, pasaban pateando las puertas, pegando gritos o tocando el pito, o todo a la vez. Esa noche también lo hacen. Como elemento nuevo, digamos, era que había insultos en voz alta como: “ya van a ver lo que es meterse con la marina”. Yo lo veo a Sosa que pasa despertando, por lo menos hasta mi celda llegó Sosa; después pasó Bravo diciendo: “Ahora van a ver lo que es el terror antiguerrillero”, que era un poco la “teoría”, entre comillas, que manejaba Bravo: “al terror se le combate con el terror”. El aseguraba que nosotros éramos terroristas. De esa manera nos despertaron y, como siempre, abrían la celda, y por celda iba haciendo dejar los colchones. En el ala donde estaba María Antonia, que era el ala opuesta a la nuestra, todos dejaron los colchones; ahora, mi celda, que era la última del pasillo, no. Vos, turco, tampoco, ¿no?

R.R.H.: No.

A.M.C.: y después de esto...

F.U.: ¿Les hicieron sacar de a uno los colchones?

M.A.B.: No, nosotros salimos todos juntos. Nos hicieron formar inmediatamente en el pasillo, y cuando sacamos los colchones, una cosa que nunca nos habían hecho, nos hicieron mirar al piso.

A.M.C.: Ah, sí, esa era otra de las órdenes que nunca nos habían dado.

M.A.B.: Y lo provocaban a Mariano, le hicieron decir: “yo no soy un guerrillero, yo amo a las fuerzas armadas de mi país”, un montón de veces. Con Mariano se tiraron mucho.

F.U.: ¿Era uno de los blancos?

M.A.B.: Era uno de los blancos. Y ese día se conoce que lo buscaban a él para que se rebelara algo, para que les diera un motivo.

F.U.: ¿De ahí los hacían salir...?

M.A.B: Sí y nos hacen formar en el pasillo, siempre mirando al suelo.

F.U.: ¿De frente a la pared?

M.A.B.: No, uno detrás de otro.

A.M.C.: La orden fue confusa., fue: “Salgan a formar al pasillo”. Seguramente, ellos formaron mirando hacía la salida, pero veo que otros no, el turco formó mirando a la celda de enfrente.

R.R.H.: A la celda mía Sosa llegó y, es decir... Empezaron abriendo por la celda dos del ala de María Antonia y fueron dando toda la vuelta hasta que llegaron primero a la celda de Alberto, y luego a la mía, en ese orden, y cuando llegaron a mi celda abrieron y entró Sosa directamente. Yo no alcancé a sacar, ni Alfredo tampoco que estaba conmigo, alcanzamos a sacar los colchones y las frazadas. Ahí nomás nos dijo que nos paráramos contra la pared y que miráramos al piso; un poco como ya dijo María Antonia nosotros ya veníamos pensando que era el momento de frenar el verdugueo tomando una actitud más rígida ante ellos, pensando que ya había estado el juez y en alguna medida había posibilidades de que hubiera tomado cartas el juez, de que se nos levantara la incomunicación y se nos sacara de ahí. La cuestión es que, entonces, yo acato la orden del tipo de mirar al piso y apoyar la barbilla contra el pecho, pero lo hago displicentemente y sin cumplir a fondo la medida. El oficial Sosa, que estaba con la pistola lo mismo que Bravo, la sacó y, amartillándola, me apunta la cabeza y me dice: “Si no apoyas la barbilla contra el pecho, te pego un tiro”; yo lo cumplí y él se retiro. Terminó de salir de la celda mía y mandó a formar al pasillo: “Todo el mundo a formar al pasillo”, y ahí fue que salimos, siempre mirando al piso. Como estábamos en esa posición, es decir, nosotros estábamos en la última celda, y como no habíamos salido a llevar la colchoneta., ni la frazada, teníamos una visión muy limitada. Yo no puedo decir, por ejemplo, en qué posición estaban los otros, pero creo que yo y Alberto formamos así, un poco mirando al frente.

A.M.C.: Sí cuando yo salgo, y como mi celda era una de las últimas que formó, soy el último de la fila mirando hacia la salida, el último de la fila de la izquierda, que era, a la vez, la fila donde había menos compañeros, porque estaban en orden Susana Lesgart, Clarisa Lea Place, Alfredo Kohon, Haidar, Mario Delfino y yo. Levanto los ojos y miro a todos los compañeros formados, mirando hacia el frente la mayoría. Todavía recuerdo que veía el pullover blanco de Gaita, o sea que esa es toda la visión que tengo yo.

R.R.H.: De Pujadas.

A.M.C.: Sí de Pujadas, le decíamos el Gaita. Inmediatamente empiezan las ráfagas. Indudablemente nos agarraron totalmente de sorpresa, no esperábamos una cosa así.

F.U.: ¿Estaban formados en el pasillo cuando empiezan las ráfagas?

A.M.C.: Sí, y la primera reacción fue mirar hacia el costado, y ahí vi como recibía varios tiros Polti e inmediatamente se zambullía cuerpo a tierra adentro de la celda, cosa que hice yo también enseguida y seguían las ráfagas. Ya estaba adentro Mario Delfino, y ninguno de los dos teníamos tiros en ese momento. Siguieron las ráfagas, no eran ráfagas cortas, eran largas, por lo menos dos armas. Los otros días, charlando con María Antonia, vimos incluso que por la cantidad de compañeros que había sobre el ala derecha, concentraron el fuego sobre esa ala, y eso explica un poco que los cuatro últimos de la fila de la izquierda no tengamos tiro de ametralladora, no tengamos heridas cuando hacemos cuerpo a tierra dentro de la celda. Bueno, mi visión de lo que sucedió afuera termina ahí. Cuando hacemos cuerpo a tierra, Mario Delfino me pregunta qué hacemos, pensábamos los dos que eso era una masacre. Yo le digo: “Bueno, quedémonos cuerpo a tierra”, son las únicas palabras que nos decimos. Siguen las ráfagas, y, a partir de un momento, paran. Cuando paran se escuchan entonces quejidos, estertores de compañeros, incluso puteadas. Y empiezan a sonar disparos aislados. Me doy cuenta que están rematando, incluso alguien dice: “Este todavía vive”, e inmediatamente se escucha un tiro. Bueno, pocos momentos después, en tiempo no sé cuanto, uno o dos minutos después que terminaron las ráfagas, llega Bravo a la celda y nos hace parar, a Delfino y a mí, con las manos en la nuca, en la mitad de la celda. El estaba parado en la puerta, más o menos a un metro y medio de distancia. Nos pregunta si vamos a contestar el interrogatorio, le decimos que no, y ahí me tira, a mí primero, y cuando estoy cayendo escucho otro tiro y veo que cae Mario Delfino. Yo lo toco y no se mueve, tampoco lo escucho quejarse. Calculo que el tiro lo mató de entrada, o lo shockeó de entrada, y perdió el conocimiento. Yo, el conocimiento no lo pierdo.

F.U.: ¿Dónde tenés el tiro vos?

A.M.C.: En el abdomen, sobre la izquierda, unos cuatro dedos por debajo de las costillas. Bravo tiró desde la cintura, con pistola. Yo no pierdo el conocimiento; enseguida empiezo a vomitar sangre, la verdad, no sentía mucho dolor con el tiro. Pienso en no moverme, en hacerme el muerto, escucho que sigue habiendo tiros, en fin, no sé cuantos minutos más y, en un momento, pasos apresurados. Ah, no, antes escucho que alguien le dice a otra persona: “Bueno, ustedes ya saben lo que pasó, ¿no?”, como recordándole algo que ya se había acordado de antemano. Después escucho una serie de pasos, como de tres o cuatro personas, que llegan apuradas, y una que dice: “¿Qué mierda pasó aquí?” A partir de ese momento no se escuchan más tiros y al ratito llega el enfermero. Escucho que están revisando a los compañeros, diciendo: “Bueno, este tiene buen pulso, este está muerto, este respira”. Entran en la celda, me revisan, yo mantengo los ojos cerrados, haciéndome el desmayado en esos momentos, y después de cinco o diez minutos vienen y me sacan en una camilla para la enfermería de la base. Y esa es la visión que yo tengo de esos momentos. Te digo, porque no fueron exactamente iguales para todos.

R.R.H.: Bueno, en la misma posición que estaba él, cuando empieza a sonar la ametralladora que tiraba barriendo el ala frente a la mía, pero comprendiéndola a Clarisa Lea Place y a Susana Lesgart, que estaban primeras en la fila donde estaba yo. Entonces, cuando levanto la vista, la veo caer a Clarisa y a la gorda, a Susana, que estaba dando la espalda al sentido de los disparos, es decir, en una actitud así, de encogimiento y de protegerse, en una actitud así, indefensa. Bueno, vi eso y salté a la celda junto con Alfredo, los dos lo hicimos instintivamente. Nos encontramos los dos en el umbral de la puerta, del lado de adentro, uno junto al otro, protegidos de los disparos. Nos miramos y nos hicimos el comentario: “Estos están locos”, alcanzó a decir. Miro a la celda de enfrente y lo veo a Bonet que está tendido en el suelo, apoyado sobre un brazo, con la cabeza levantada. Estaba vivo. Incluso nos parecía que estaba herido en las extremidades. Humberto Toschi también estaba adentro, no recuerdo bien, pero si me acuerdo que el Indio estaba tirado y con las piernas sobre el umbral de la puerta. Pero estaban alcanzados, estaban heridos. Ya para entonces estaban sonando dos ametralladoras, porque primero empezó una, después otra, y no sé si tres, pero dos seguro. Desde esa posición pienso y miro instintivamente para ver qué se podía hacer. No se podía hacer nada. Las ventanas que había al fondo de la celda estaban enrejadas; el único lugar que me podía mover mientras tanto era ahí, en la celda. Tenía las colchonetas y se me ocurre ponerlas, pienso de inmediato que con las colchonetas no paro nada, pienso en meterme abajo de la loza que estaba empotrada en la pared y que hacía las veces de cama y me meto abajo de la loza esa, Alfredo hace otro tanto y también se mete aliado mío, del lado de afuera. Y ahí estuve unos minutos. Alfredo me había tomado el brazo. Pensé muchas cosas, y muy poco es lo que me acuerdo que pensé en ese momento. Pero pensé en general en mi familia; no puedo precisar si fue mucho lo que pensé, porque también recuerdo bien los disparos, ya para entonces los disparos de remate, y como uno de los compañeros que estaba tendido gritaba: “hijo de puta”, y enseguida un disparo de remate en respuesta a eso. Inmediatamente después del primer tiroteo, eso fue un coro de quejidos. Tal vez fue la parte más fea, cuando todos estaban heridos, nadie estaba muerto, sino que estaban todos heridos y se quejaban. Y así permanecí junto a Alfredo hasta que apareció Bravo en la puerta de mi celda, y nos ordenó que nos paráramos en el medio de la celda y, cuando estuvimos parados, desde la puerta el nos preguntó si íbamos a declarar como correspondía. Nosotros le respondimos que sí, por decirle algo, porque era una pregunta totalmente fuera de lugar, después de un ametrallamiento, de una masacre como la que se está haciendo, ¡viene a preguntar eso! Bravo estaba en ese momento con el brazo extendido, caído y suelto, y con la pistola en la mano, pero él no tiró sino que se fue y enseguidita llegó otro oficial, que ya lo habíamos visto, que siempre vestía de azul, en dos o tres ocasiones anteriores. Fue el tipo que ni bien apareció en la puerta, levantó la mano, con el brazo extendido me apuntó a mí y me tiró. El tiro me lo da aquí, en el pecho, abajo de la clavícula, en la parte izquierda. No siento en ese momento ningún dolor, sino el golpe cuando el tiro me dio en una costilla, o sea, el impacto, lo que más sentí. Bueno, por efecto del disparo caí sobre la loza esa, caí así, digamos, de bruces, y en esa posición quedé inmóvil y aparentemente lo conseguí, porque el tipo me hizo un solo disparo y enseguidita le tiró a Alfredo Kohon, que estaba parado al lado mío. A mí me tiró uno solo, pero a Alfredo le tiró varios, no sé cuantos. En el primer momento Alfredo se quejó, se quejaba de dolor, pero después ya no se quejó más, se ve que perdió el conocimiento. Hecho eso, el tipo se fue. Yo empecé a sangrar abundantemente.

F.U.: ¿La bala salió?

R.R.H.: Sí, sí, salió. Pegó en la costilla y salió así, para arriba, digamos. Pero salió y me había perforado el pulmón en varios lugares. Como resultado de eso, cuando yo respiraba, me salía el aire por el agujero de atrás, y mucha sangre, toda la sangre de los pulmones. Pero me hice así una composición del lugar: pensaba en la herida que tenía. Había una posibilidad concreta, si era el pulmón no tenía mucha importancia. El asunto era que no hubiera interesado alguna arteria o cosa por el estilo. Eso no lo sabía sino por la cantidad que podía ir largando, y que fue mucha, pero no tanto, se ve. No agarró ninguna arteria importante de las que hay en la zona, pero me salía sangre por la boca. Ahora, el tiempo transcurrido desde que se hacen los disparos hasta que yo siento que llegan pasos apresurados al lugar de los hechos, y gente haciendo preguntas. Aparentemente desconocían lo que había sucedido e interrogan a Bravo, entonces Bravo les responde: “Aquí Pujadas le quiso quitar la pistola al capitán, se quisieron fugar”, argumentando así el sentido de por qué se había dado todo eso. Creo que fue a los quince minutos, una cosa así de los hechos, y al rato -también estimo yo- llegaron los enfermeros. Es decir, también calculo unos treinta minutos desde que empiezan los disparos hasta que llegan los enfermeros y nos retiran a cada uno. Esa fue la primera impresión que me quedó, pero después, por la cantidad de sangre perdida y por la forma en que estaba, tal vez haya transcurrido más tiempo, pero no puedo asegurarlo. Primero, los oficiales esos que llegaron estuvieron dando vueltas por ahí, y mirando uno por uno; a mi me levantaron el brazo, me tomaron el pulso y dijeron: “Este está bien”. También le tomaron el pulso a Alfredo y dijeron: “Este está vivo”, y así anduvieron por cada uno de los que estaban tendidos mirando a cada uno de los compañeros. Esos eran oficiales, tipos vestidos de azul, yo los vi de reojo. Bueno; esa gente se retiró y, al tiempo, llegaron los enfermeros, hasta entonces yo había contenido la respiración, para tratar de aparentar así lo mejor posible, que estaba muerto. Cuando llegaron los enfermeros me empecé a quejar para que me llevaran. Y bueno, cuando me sacaron yo no había perdido el conocimiento hasta entonces, incluso salí medio apoyándome sobre las piernas, los primeros pasos los hice, antes de salir de la celda me caí. Me tuvieron que levantar para ponerme en la camilla. En una ambulancia me llevaron a la enfermería de la base; yo pensaba que me iban a llevar al sanatorio o algo por el estilo, porque sabía que ahí la base no tenía sala de operaciones ni nada. Pensaba que nos iban a llevar a un sanatorio a la ciudad, para atender a los heridos. Pero por el tiempo que había durado el recorrido me di cuenta de que estábamos en la misma base, no podíamos haber ido en tan poco tiempo hasta la ciudad. Y nos llevaron a un recinto de la enfermería donde nos pusieron a todos en camillas, a todos los heridos. Era oscuro todavía, a mi me limpiaban la herida, me taparon los dos agujeros, el de entrada y el de salida, me pusieron un calmante y me dejaron ahí. Así estuvimos, pasó bastante tiempo. Me acuerdo de María Antonia, que por la herida que tenía le sacaban la saliva con una bomba, me acuerdo de Polti, que cuando estaba agonizando lo sacaron del lugar en que estaba y lo llevaron al medio, porque estábamos todos así, a la par. Polti empezó a tener signos de agonía, ya era de día, lo llevaron al medio del recinto ese, para nada, porque lo dejaron morir. De tanto en tanto, yo le preguntaba al médico, porque vi al médico que me había atendido por una descompostura que yo había tenido unos días antes, le pregunté al médico ese qué es lo que hacían que no atendían al resto de los compañeros, a los que estaban más jodidos, los que estaban graves, por qué no los atendían. Yo, dentro de todo me sentía bien. Me daba cuenta de que solamente si estaba días así, sin atención, me podía morir a ese paso. La cuestión que la atención no se dio. Lo único que se hizo por cada uno fue aplicarle primeros auxilios. Pero ni por asomo se dio una atención acorde con la gravedad de los casos.

A.M.C.: Ni siquiera transfusiones o suero.

M.A.B.: Ni siquiera tomar el grupo sanguíneo, nada.

A.M.C.: Estaban presentes los dos médicos.

R.R.H.: Estaban los dos médicos de la base.

F.U.: ¿Así que los dejaron morir?

R.R.H.: Los dejaron morir. Los heridos eran Astudillo, Alfredo Kohon, Polti...

A.M.C.: Eramos seis.

R.R.H.: Esos tres y nosotros tres. Hay una diferencia, porque María Antonia sostiene que lo vio al Indio.

M.A.B.: No, yo no lo vi, escuché que decían, “Bonet se murió, sáquenlo”.

R.R.H.: Porque yo me podía incorporar y veía las camillas de todos. Porque estábamos todos a la par y vos estabas en diagonal.

M.A.B.: Sí, y mirando para el otro lado.

F.U.: ¿Y vos habías perdido el sentido, Alberto?

A.M.C.: Bueno, yo llego a la enfermería...

F.U.: ¿Dónde tenés el balazo vos, te entra por acá pero te toca algo?

A.M.C.: En el abdomen, me atraviesa el estómago y me sale atrás, a una altura muy cerquita de la columna. A la enfermería llego cuando tenía vómitos constantes de sangre, entonces, para vomitar, como por reflejo, tendía a incorporarme en la camilla. Los médicos no se acercaban; se acercaron los enfermeros, que eran jóvenes, yo calculo que podían ser colimbas.

M.A.B.: El que me atendía a mi era uno más viejo.

R.R.H.: Sí había varios que eran colimbas.

A.M.C.: Y lo que decían era: “tranquilícese”, y me pusieron un parche en el orificio de entrada y un parche en el orificio de salida, y fueron a buscar una jeringa y me dieron una inyección. Cuando llegué, lo vi a Polti, que estaba al lado mío, seguían Alfredo y Haidar. Después, más allá no veía; fui el anteúltimo en llegar, bah, que llevaron por lo menos. Y la última fue María Antonia. Nosotros estábamos alineados uno al lado del otro, pero a ella la pusieron atravesada adelante. Vi cuando sacan a Polti de esa fila en que estábamos y le vendan la mandíbula. Entonces lo veo a Alfredo, lo llamo, quiero estirarme para tocarlo, y veo que tiene vendada la cabeza. Se conoce que tenía un tiro en la cabeza. Yo seguía con la idea de llamarlo para ver cómo estaba. En ese momento pierdo el conocimiento. Lo vuelvo a recuperar por el movimiento de la camilla, al ser levantada cuando ya nos llevan hacia el aeropuerto para ser trasladados a Bahía.

F.U.: ¿No tenés idea de cuánto tiempo pasa hasta que los trasladan?

A.M.C.: Mirá, por el horario en que fue la operación, yo creo que el traslado empezó al mediodía del 22.

M.A.B.: ¿A vos te vieron los médicos de Bahía?

A.M.C.: No.

M.A.B.: Porque los médicos de Bahía llegaron a las doce treinta más o menos.

R.R.H.: Cuando nosotros salimos de Trelew para Bahía Blanca, los médicos salen de Bahía Blanca para Trelew. Entonces ellos hicieron una lista de la gravedad de los casos y yo me acuerdo que dijeron: “Haidar es el que está mejor”, y me pusieron primero. A nosotros dos nos trasladan en avión a Bahía Blanca, éramos los que estábamos mejor. Como resultado de eso, ninguno de los heridos es atendido, concretamente, hasta el mediodía, hasta la una más o menos, desde las tres treinta en que se dieron los hechos.

F.U.: ¿Diez horas más?

R.R.H.: Y sin ninguna, ninguna atención.

A.M.C.: Ni siquiera la reposición de la sangre que estábamos perdiendo. Creo que falta la visión de María Antonia.

M.A.B.: Cuando empiezan a disparar, yo veo al gordo ese, que nos había estado cuidando, el suboficial, el de Rosario. Veo que está disparando, y, simultáneamente me siento herida, no me doy cuenta dónde, siento como una quemazón, pero ni dolor ni nada. Mi primera reacción es meterme dentro de la celda, y en ese momento la veo a la Sayo, ahí delante de la puerta, aparentemente muerta, ahí me doy cuenta de que realmente es seria la cosa. Porque por un momento, al principio, pensé que nos tiraban a las piernas, es decir, no me daba cuenta de la situación, me costaba creerlo. Apenas entro yo, entra la petisa agarrándome el brazo y diciendo: “Estos hijos de puta me dieron”. Entonces le digo: “Tirate al piso”, y yo hice lo mismo. Trato de ver qué es lo que me pasa a mi, y veo que tengo un agujero acá, en el estómago, me acuerdo que tenía un pantalón oscuro y un pullover rojo, era más serio de lo que yo creía porque no sentía ningún dolor, ni me sangraba, ni nada. No como vos, que vomitabas. Y simultáneamente comienzo a oír como un estertor de la petisa: empieza a roncar muy fuerte y a dar quejidos al mismo tiempo, esa es la parte más fiera, unos ayes de dolor horribles, como vos decías. Y simultáneamente empiezo a escuchar tiros aislados que empiezan de adelante hacia atrás. Me doy cuenta de que están dando los tiros de gracia. Ahí me pongo a pensar: “Bueno, aquí me llegó la última hora”, y me pongo a pensar en mi familia. En ese momento se piensan muchísimas cosas: me acuerdo que pensé en mi familia, en mi compañero, pensé en mi compañero. En hechos lindos, en mi vida, pero no se, yo quería pensar mucho en un corto tiempo, pero los terminé de pensar enseguida y los tiros no llegaban, es decir, no me llegaban a mi. Ahí me entró un poco de impaciencia. Estaba esperando que me mataran de una vez por todas. Porque uno piensa: “Bueno, ya que me matan, que me maten de una vez por todas”. Ahí es cuando escucho que uno, pienso que era el petiso Ulla, por el lugar de la voz, decía: “hijo de puta”; y otro que decía -creo que era uno de los tucumanos-, que decía; “ay, mamita querida”. Después veo que llega a la puerta uno vestido de azul yo también me hacía la muerta. Ahora, a esta altura, era lo único que se me ocurría. No me acuerdo si alcanzó a tirar antes un tiro a la petisa, lo que si me acuerdo es que levanta la mano y me apunta con bastante cuidado; yo lo miro entre ojos, yo estoy tirada así sobre el hombro, y con cuidado me tira. Siento como un estallido espantoso en la cabeza, como si tuviera una bomba, pero para gran sorpresa no fui muerta. Me cuesta creer que estoy viva. Siento acá un gran hematoma y que estoy sangrando mucho, pero no pierdo el conocimiento. Sigo escuchando balazos basta que, en un determinado momento terminan; a esa altura yo pienso que ya me queda poco. El tiempo que pasa no lo puedo controlar mucho. Después escucho que hacen toda una orquestación diciendo: “Bueno, vos tenías una metra y Pujadas intentó quitártela”, haciendo como un armado de la cosa, eso escucho por un lado. Al rato viene un enfermero, viene y entra a la celda y me da vuelta, me mira la cabeza, me toma el pulso y dice: “No, está viva, sólo le interesó la mandíbula, pero se está desangrando”, y se va. Viene dos veces más Bravo a la puerta, con un jadeo totalmente nervioso, y muy preocupado por que no me moría, porque decía: “Pero esta hija de puta no se muere, cuánto tarda en desangrarse”. Y yo, cada vez que aparecía alguno en la puerta, juntaba sangre en la boca y la escupía para hacer parecer que me estaba desangrando, pese a que ya se me había parado mucho la hemorragia.

A.M.C.: Después del tiro tengo la sensación de que ese tiro me mata, no sé por qué; y me pongo a esperar el remate. En esos momentos, no sé si minutos, pasan una sucesión de pensamientos. Me acordaba lógicamente de Raquel y también de los otros compañeros; me decía: “Bueno, me llegó la hora, me toca a mí ahora”. Supongo que algo de miedo tenía, pero en todo caso era un miedo con tranquilidad. Supongo que esto es consecuencia de que uno, en la militancia... porque en la militancia se vive con la posibilidad de la tortura y, por supuesto, de la muerte. Esa situación me sirvió para comprobar eso. Los pensamientos se pasan muy rápido: las cosas agradables de la vida, recuerdos.

R.R.H.: En ese orden, pero antes de que me pegaran el tiro, mi pensamiento pasaba por lo que estaba sucediendo afuera de la celda, por la situación en la que me encontraba en ese momento. En principio la disyuntiva fue un poco la desesperación como alternativa, actuar desesperadamente, salir corriendo o cosas por el estilo; o quedarte en el molde. Es decir, cuál de las dos situaciones brindaba mejores posibilidades de salir airoso de la cuestión. La tensión era máxima, sentía los latidos del corazón a todo trapo. A partir de ahí la resignación, pensar: “Bueno, lo único que yo puedo hacer, es esto”. Y así me resigno a ser muerto en cualquier momento. Ese tiempo transcurre rápido. Después que me pegan el tiro, ya un poco la cosa estaba definida; pero también siguió la expectativa, porque seguía vivo y consciente de que no estaba grave, sobre todo después de pasados unos minutos. Mis esperanzas estaban cifradas en la posibilidad de pasar desapercibido, pero tenía una resignación, gran tensión.

M.A.B.: Yo me asombraba a mi misma de que estuviera tranquila. Con una bronca muy, muy grande, por la imposibilidad de poder tener aunque sea una mínima reacción. Veía que cualquier reacción no cabía, estaba totalmente en poder de ellos, que estaban matándonos. Eso era lo que más sentía. Pero miedo hacía... es decir, creo que uno siente que se va a morir, pero no es eso, ese temor que uno espera de que se terminó, no, estaba tranquila también por esa sensación... Yo pensaba una cosa que me preocupaba un poco, de que otros compañeros que habían muerto, que habían sido rematados, y que habían estado muy cerca de mi Yo siempre pensaba: “Qué es lo que habrán sentido”. Me acordé de ellos y dije: “Bueno, si han sentido lo mismo que yo, no es tan grave”. No era tan triste. Yo tenía una sospecha de que aunque muriera, todo seguiría. Tenía la certeza absoluta de que alguien iba a pagar por eso, una confianza total en que los compañeros..., de que algo iba a pasar después de eso. A mí por lo menos esto me ayudó mucho.

R.R.H.: Te acordás de lo que contabas el otro día. De que escribías...

M.A.B.: Ah, eso. Después, cuando lo vi al enfermero, me dí cuenta que por muerta ya no pasaba. No sabía qué hacer. Veía que tenía una herida en el estómago y me dije: “Bueno, acá si no me operan enseguida, con la cuestión de la peritonitis y todo eso de las perforaciones, tengo algunas horas”. Me daba cuenta de que el agujero que tenía en la mandíbula no era mortal y que con el que tenía en el estómago el peligro era ese de la perforación y las hemorragias internas; hay que operar enseguida. Creo que más bien no me dan el tiro, ya se ven las ganas de vivir y de hacer un esfuerzo para tratar de sobrevivir sea como sea. Siempre te queda una esperanza y luchás con ese margen. Me acuerdo que después yo decía: “Pero si me muero, quisiera escribir aunque sea en la pared los nombres que sean. Poner: Sosa, Bravo”. Pero entonces agarro, y con el dedo y con la sangre (me acuerdo que mojo el dedo) empiezo a escribir cosas en las paredes. En seguida se apiolan y viene uno con un tarrito y borra enseguida.

F.U.: ¿Qué habías escrito?

M.A.B.: L.O.M.J.E.

F.U.: ¿Lomje?

M.A.B.: L.OM.J.E., libres o muertos, jamás esclavos. Y había escrito: “Papá, mamá”, y no sé qué más. Lo borraron y después volví a escribir de nuevo. Pero mientras estaba escribiendo ya me vieron y lo volvieron a borrar.

F.U.: ¿Y qué escribiste esta vez?

M.A.B.: Escribí lo mismo. Cabeza dura...

R.R.H.: ¿Así que vos estuviste más tiempo entonces?

M.A.B.: Después de eso vino Bravo dos veces, y después siento que viene uno que dice que es el juez o algo así, que es al que le explican también. Otra vez explican la cosa. Entonces dice: “Pero, ¿no han llamado a la ambulancia?” Y otro, que no sé quién era, dice: “Pero claro, pero cómo es eso, no han llamado a las ambulancias” haciéndose el horrorizado; y ordena que llamen inmediatamente a la ambulancia. Escucho que llaman por teléfono: “Manden urgente a la ambulancia”. Me digo: “Bueno, nos van a llevar al Hospital de Trelew”; entonces empiezo a tomar más ánimo. Después, finalmente siento una ambulancia que viene y que para justo detrás de la ventana de la celda en que estaba yo. Oigo que siempre da una vuelta y se los va llevando de a uno. Yo, cada vez que los oía venir, empezaba a quejarme para que se apiolaran de que estaba viva, no fuera que me dejaran. Me acuerdo que en un momento me agarra la desesperación, porque ya habían llevado a unos cuantos y no se oía absolutamente nada.

R.R.H.: Claro, vos fuiste la última.

M.A.B.: Escuchaba que la ambulancia se iba y al rato volvía. Eran minutos medio interminables. Yo calculaba que tardaban como diez minutos entre ir y volver, no sé si ésos eran cálculos reales o irreales.

F.U.: ¿Cuántos minutos?

M.A.B.: Entre cinco y diez minutos para ir y volver.

A.M.C.: Yo calculo que el trayecto era más o menos de cinco minutos. De hecho vos estuviste más tiempo.

M.A.B.: Yo soy la última que llevan. Me acuerdo que al quedar última yo pensaba: “La pucha a ver si me dejan”, porque ya empezaban a mover los cuerpos.

R.R.H.: El asunto de escribir había sido antes de que llegara la ambulancia.

M.A.B.: Sí. Ya escucho que empiezan a arrastrar cuerpos; y al final vienen y me llevan al hospital. Cuando llego a la enfermería... me acuerdo que era de noche. Cuando me llevan hay un puesto donde nos paramos, y abren la puerta, y yo me digo: “Bueno, acá me la dan ahora y me llevan”. Era una doble sensación: por un lado tenía grandes expectativas de seguir viviendo, y por otro, estaba esperando que en cualquier momento me la dieran de nuevo. Por eso yo trataba de estar atenta, de que no me agarraran desprevenida. Pero esperaba que me dieran un tiro o algo por el estilo. Me acuerdo que cuando paran, abren la puerta de atrás y miran, y yo me digo: “Bueno, acá me la dan”. Pero se conoce que era un control y me llevan a la enfermería. Cuando llego ahí, Alberto me dice: “Hola, Flaca, vos también acá”. Yo te vi medio encaramado y me decías: “Hola, Flaca”. Como estaba apoyada así, quedo de espaldas. Me acuerdo que viene un enfermo, yo casi no podía hablar por lo que tenía en la boca, y le pido agua y me moja los labios con un algodón. Después no sé si me desmayo un rato, no me acuerdo. No me dan ninguna inyección ni me limpian la herida porque estoy tal cual venía cuando me llevan a la operación. Lo único que recuerdo es que en un momento le digo al enfermo que se me acerque para que me dé agua y él que era uno más viejo, me dice que tiene órdenes de no acercarse. Cuando llego a la enfermería, lo que me parece ver es que son las seis y media de la mañana. Me acuerdo que de tanta sangre que tengo en la boca me estaba ahogando. Estaba totalmente ahogada por la sangre, y como tenía todo hinchado no podía respirar bien. Después, a eso de las doce y media (porque tenía un reloj justo enfrente) llegan los médicos de Bahía Blanca, llegan con unos pasos grandotes, con instrumental; me miran y dicen que hay que operar inmediatamente. Escucho simultáneamente que comentan que Bonnet se acaba de morir. Los médicos de Bahía Blanca sostienen que me tienen que hacer inmediatamente transfusiones, “que averiguen el grupo sanguíneo”. Lo llamo al médico y le escribo en la mano el grupo y piden dadores voluntarios de la base, a los colimbas para que den sangre. A mí me dieron sangre los colimbas. Me acuerdo que me cortan el pullover con una tijera grandota. Me sacan la ropa y me llevan con la camilla. Me llevan a una sala de operaciones donde me dan una purga; me quedo desmayada, y cuando me despierto ya estoy arriba del avión. Uno de los médicos que habían llegado de Bahía Blanca, me dice que me habían operado y que no me moviera, que estaba con tres tubos.

F.U.: ¿Eso era arriba del avión?

MA.B.: Sí.

F.U.: ¿Entonces te habían operado en Trelew?

M.A.B.: En Trelew me habían operado. Me acuerdo que cuando llego a Bahía Blanca estoy un día atrasada, pienso que es un día antes: pierdo totalmente la noción del tiempo.

F.U.: ¿Cómo un día atrasado?

M.A.B.: Claro, pienso que tengo un día en blanco.

A.M.C.: Esa es una duda que medio nos quedó a todos.

M.A.B.: Incluso por lo que me comenta mi viejo, que llega a Bahía Blanca al día siguiente y le dicen que recién acaban de llevarme allí.

A.M.C.: Me acuerdo una cosa que le comentaba al Turco. Llego al hospital de Bahía, enseguida me llevan a una sala, cortan la ropa, averiguan el grupo sanguíneo y me dicen que me tienen que operar de inmediato. Por supuesto, yo ya sabía donde tenía el tiro, y sabía que tenía una gran hemorragia. Cuando me dicen que me van a operar, de alguna manera eso me tranquiliza. Es la primera atención seria. Voy inmediatamente a la sala de operaciones.

F.U.: ¿En Trelew?

A.M.C.: No, en Bahía. Soy trasladado en avión con el Turco. Y, ya en Bahía, inmediatamente a la sala de operaciones. Me acuerdo que me dicen: “Te vas a dormir enseguida”. Veo que me ponen una especie de mascarilla y ahí pierdo el conocimiento o me quedo dormido por efecto del gas, no sé. Cuando despierto lo veo al turco enfrente mío, y veo que es noche por la ventana. Al rato largo, porque era a la mañana, me cambian de lugar y te veo a vos.

M.A.B.: Yo te escucho.

A.M.C.: Te veo a vos, es decir, veo una cama y uno de los enfermeros me dice... que es cuando vos me hablás y ahí es cuando charlamos.

F.U.:¿Ya están los tres operados?

R.R.H.: Sí. A mí me operan último. Incluso al principio pensaban no operarme, pero después vieron que tenía tres agujeros y tuvieron que operarme para coserlos. Ahora, vos, Maria Antonia, me parece que te llevan de la base a Bahía al día siguiente.

M.A.B.: Como te decía, yo perdí el conocimiento, y cuando me despierto estoy arriba del avión; así que el lapso que hay entre la operación y el viaje a Bahía no lo sé. Pero por lo que comenta mi familia (mi viejo, que va a Trelew y después va a Bahía) es un día, y yo me acuerdo que cuando llego les pregunto a ustedes o a la enfermera qué día es y me dicen que es jueves, y yo que no, que es miércoles.

F.U.: ¿Ustedes de la muerte de los tres compañeros dónde se enteran, en Bahía?

M.A.B.: Te acordás que cuando hablamos ya dijimos: “Somos los tres que quedamos, nada más”.

A.M.C.: Sí, yo cuando despierto y lo veo al Turco le pregunto: “¿Cuántos se salvaron?”, y me dice: “Nosotros tres”. Yo no la había vista a María Antonia todavía. “¿Quién es el otro?”, le pregunto, y me dice: “María Antonia”.

F.U.: ¿Vos sos el que estaba más consciente de todos, por lo visto?

R.R.H.: Sí. A mí me operaron a la noche, a las once, en Bahía.

M.A.B.: Ah, entonces yo llego al día siguiente, seguro.

R.R.H.: Vos me parece que llegás a la tarde del día siguiente, cuando nosotros ya estábamos en el interrogatorio. Te acordás que llegó un juez militar, capitán de navío Bautista, que nos hace los interrogatorios. A mi me parece que, cuando nos sacaron de la sala grande y volvemos del interrogatorio, yo la encuentro a ella.

F.U.: ¿Te interrogaron cuarenta y ocho horas después?

R.R.H.: Sí.

M.A.B.: Y a mí me interrogan también uno o dos días después. Es una barbaridad.

R.R.H.: Son unos hijos de mil putas.

F.U.: ¿Y qué les preguntan?

M.A.B.: A mi la primera pregunta que me hacen, viene un tipo y me dice: “Soy un juez de la marina”, y le digo: “¿En carácter de qué me pregunta?”; le digo: “¿De qué se me acusa?”, y me dice: “No, no se la acusa de nada, quédese tranquila”. “Y bueno”, le digo, “qué raro”.

F.U.: ¿Y podés hablar bien?

M.A.B.: No, si estaba con la traqueotomía. Casi no podía hablar. Entonces me dice: “Vengo a hacerle unas preguntas”, y yo le digo: “No estoy muy en condiciones, pero lo que pueda contestar lo voy a hacer”; quería ver qué era lo que quería. Me dijo: “No, usted va como testigo”. Me toma las impresiones digitales. Entonces me dice: “Lo que tenemos que hacer es una investigación a fondo de todos los hechos” y yo: “Ah, qué bien”. Me dice: “¿Dónde estaba usted cuando Mariano Pujadas intentó quitarle la ametralladora al personal de marina?” Yo prácticamente no contesté al interrogatorio. Es un nuevo interrogatorio al que contesto: “Sí, no, sí, no”.

R.R.H.: Yo creo que deberíamos destacar la atención que nos dieron los médicos de Bahía Blanca. Fue muy buena. Se preocuparon, y mucho, por el estado en que nos encontrábamos nosotros. Los marigonetes se ocupaban de hacer publicidad con nosotros. Llevaron ahí a equipos de TV.

M.A.B.: No, pero eso de los equipos de TV fue por una exigencia de los familiares y los abogados.

A.M.C.: Se armó un despelote de la gran puta.

M.A.B.: No, eso fue por los marinos, porque estaba mi viejo y me contó que ellos querían entrar a la base para ver, porque todo el mundo pensó que nos iban a matar en el hospital. Entonces los abogados de Bahía, vino mucha gente de Bahía. También estaba tu viejo; empezaron a hinchar y lo que consiguieron fue que hicieran un recurso de habeas corpus por nuestras vidas. También consiguieron que dejaran entrar a la prensa; a los familiares no los dejaron entrar. Consiguieron que entrara la prensa y un médico civil, que es el mismo al que después le ponen una bomba. Un médico de Punta Alta. Pero eso no fue una cosa que ellos quisieron, sino una exigencia.

R.R.H.: El juez militar que estuvo a cargo del sumario, capitán de navío Ortíz, bien jodido el tipo. Su intención era tratar de aprovechar las condiciones en que nosotros nos encontrábamos, de gran tensión, inseguridad e incertidumbre. Yo creo que ninguno de nosotros se consideraba a salvo por el hecho de estar ahí, estábamos bajo coacción física en la declaración y trataba de sacar para la declaración el mejor partido de esa situación. Pero creo que se llevó un fiasco con nosotros. Las declaraciones que le hicimos fueron lapidarias para él. Además, el tipo secuestró todas las pruebas. Por ejemplo, las ropas. Cuando yo me apiolé de que nos podían esconder las ropas (nos desnudaron y nos dejaron con un camisón) y que la ropa podía dar muestras de las distancias a que se hicieron los disparos, ya era tarde. Todo lo que pudiera ser objeto de pericia fue secuestrado por ese tipo: concretamente, yo reclamé la ropa y el tipo me la negó, diciendo que estaba en poder de la justicia militar. Y yo le preguntaba: “¿Qué es lo que me va a hacer la justicia militar?” “Nosotros”, nos dice, “nos vamos a encargar de toda la responsabilidad en lo que atañe a la parte militar, y el juez Quiroga se va a hacer cargo de todo lo que hace a la responsabilidad en la parte civil”. Hasta dos o tres meses después de ese hecho, el juez Quiroga no mostró la jeta por ahí, ni por acá, ni por ningún lado. Se lavó olímpicamente las manos. Sabía que no tenía nada que hacer ni que decir con nosotros.

M.A.B.: El juez militar se aprovechó de nuestra situación, yo no estaba en la más mínima condición; me acuerdo que termino (me tiene como dos horas, ya no daba más) con una especie de crisis nerviosa, totalmente agotada. Me acuerdo que me tienen que dar como dos o tres calmantes porque estaba temblando en la cama.

F.U.: ¿A vos cuántas veces te fue a ver?

R.R.H.: Que se yo, como cinco veces. Hasta que al final le dije al viejito ese: “No quiero verlo más”.

A.M.C.: Sí, a García.

R.R.H.: No me acuerdo del nombre. Ese interrogatorio era, pura joda. “No lo quiero ver más, díganle que se vaya, que no lo quiero ver”. Yo ya estaba bien, pero me tenía inflado, me venía con una pistola. “¿Qué pistola es esta?”, me decía: “No tengo lentes, que se yo que pistola es esa”. Después me trajo los lentes para que me dijera de qué calibre era la pistola que me estaba mostrando; porque yo le había dicho que la pistola con la cual me habían tirado era calibre cuarenta y cinco; entonces el tipo me trajo una pistola para que la viera y le dijera de qué calibre era.

A.M.C.: Sí. Era increíble. Cuando me sacan de la sala, cuando estaba en el posoperatorio, me explica que es el juez que va a investigar el suceso desde el punto de vista de la responsabilidad de la marina, y me pregunta si voy a declarar. A mi me pareció que era necesario relatar a cualquier persona cómo habían sido los hechos. Que eso se pudiera sacar de nosotros, me parecía muy importante. Entonces le digo que sí, que voy a declarar, y me escucha todo el relato, y van escribiendo prácticamente sin interrupción.

M.A.B.: Ah, a vos te hicieron así. A mí me hacían preguntas.

A.M.C.: Sí, prácticamente sin interrupción, una que otra pregunta.

M.A.B.: A mí me hicieron preguntas.

A.M.C.: No, la primera vez fue sólo un relato mío. Las otras veces que vino a verme, que fueron en total como cinco, siempre era de noche y hacía preguntas relacionadas con la declaración y, por ejemplo, también un reconocimiento de armas. Yo también le había dicho que me habían tirado con una pistola cuarenta y cinco, y un día llega, pone la mesa, pone la máquina, estábamos en una piecita, y saca una pistola y me apunta. A la vez que me apunta me dice: “¿Qué arma es esta?” Le digo que es una cuarenta y cinco, entonces me la acerca para que compruebe, y me dice: “Fíjese”. Mientras tanto, el escribiente ese escribía todo esto en la declaración. Así, estaba hablando conmigo, y de pronto se daba vuelta, sacaba un cargador del bolsillo y me apuntaba: “¿Qué cargador es este?” Al otro día de lo que hace con la cuarenta y cinco, sacó una Browning. Me apunta y me dice: “¿Qué arma es esta?” Le digo: “Browning”. Me la entrega para que confirme, para que la revise. Toda una actitud para intimidarme, pienso que quería demostrar que todavía estábamos en sus manos. Después era con la ropa también. Traía la ropa y me preguntaba si era mía. Toda la que trajo era mía. Y me preguntaba dónde la había “comprado”. “Bueno, fíjese en la etiqueta, no tengo la menor idea. Me la mandó mi madre desde Buenos Aires”. Y la secuestró, como decía Ricardo, toda la ropa. Incluso la remera de nylon que me quedaba bastante bien, la traje de Córdoba. Después vinieron los camarógrafos del canal de televisión y yo me di cuenta, porque uno me dijo: “Bueno, hacé algún movimiento, porque esto es para televisar y mostrar que ustedes están bien”. Entonces me arreglé el tubito que me salía. Estábamos llenos de tubos a esa altura. A los cinco días tengo la primera visita.

M.A.B.: Antes nos dieron los diarios. Nos daban La Prensa.

A.M.C.: Ah, sí, pero no nos dejaban leer revistas, no nos daban los diarios todos los días y tengo cuatro visitas. La primera es de un abogado. Le cuento lo que pasó, siempre con la idea de contar cómo había sido la masacre, por si nos llegaba a pasar algo, para que eso se conociera afuera; además, era el reaseguro: nuestra seguridad dependía un poco de eso. Indudablemente que la masacre fue planificada para que no quedara nadie. Ahí intervinieron esos elementos que ellos no evaluaron bien, fundamentalmente supongo que la resistencia física nuestra. Al principio, la falta de atención médica, todo buscaba que no hubiera sobrevivientes. Pero pienso que no salieron las cosas para que eso fuera así como esperaban. Hubo fallas en su plan. Por eso las versiones eran importantes. Las visitas se hacían con una reja con tela de alambre. Me acuerdo que cuando me avisaron que va a venir mi padre, le pido permiso al oficial de servicio de inteligencia naval, que me deje darle un beso. Me niega el permiso. Entonces tengo que ver a mis padres a una distancia de dos metros, más o menos.

F.U.: ¿Te llevaban en una camilla?

A.M.C.: No, ya estaba en la cama.

M.A.B.: Ponían una especie de caballete con una malla de alambre. Y además un tipo con Fal en la puerta.

A.M.C.: Y el tipo de los servicios navales ahí presente. Después tuve la visita de un abogado que también me preguntó cómo estaba y le dije que bien. Que había sido una masacre, y le relaté con todos los detalles posibles cómo había sido el hecho. Ahí ya me quedé bastante más tranquilo. Para mí haber contado la versión era muy importante, que se conociera eso afuera. En realidad, desde poco después de la operación yo me sentía seguro.

M.A.B.: Aparte que la actitud de los médicos era muy tranquilizadora.

A.M.C.: Sí, realmente. Excedían la frialdad profesional por lejos, era de una afectividad increíble. Cada dos horas nos visitaba una junta de médicos.

M.A.B.: Y la actitud de los enfermeros, sí, que combinan esa actitud con una delicadeza, con cuidado asombroso.

A.M.C.: Nos afectaban, nos traían revistas, nos preguntaban si queríamos algo. La atención creo que se excedía. Estuvimos siete días en total. Incluso con algunos médicos hubo charlas políticas. Ninguno nos condenaba, un poco cuestionaban nuestro método, no siempre. Algunos directamente esquivaban la discusión. A todos, por supuesto, yo les conté que había sido una masacre, a los médicos y a los enfermeros. Ninguno retrucaba. Hubo un médico que dijo; “Eso no puede ser”, que un poco negó; pero el resto aceptó. Por lo menos ni lo discutió ni argumentó nada en contra. De alguna manera reconocían que nuestra lucha era justa, porque uno de ellos había hecho investigaciones en el Norte y hablamos sobre la mortalidad infantil, qué era nuestra violencia, qué era la violencia del régimen. Y, justamente, yo nombré el índice de mortalidad y de allí surgió la charla de que uno de ellos había hecho un trabajo en el Norte. Incluso yo le comentaba que el servicio y la atención que había en ese hospital naval no se encontraba en ningún otro hospital: la característica de privilegiados que tienen las fuerzas armadas.

F.U.: ¿El hospital ese está en la base?

R.R.H.: No, está fuera del perímetro de la base, pero está al lado. Los jardines del hospital son lindantes con el terreno de la base.

F.U.: ¿Los médicos son oficiales?

A.M.C.: Claro, son enganchados, digamos.

M.A.B.: Sí pero hacen la carrera de oficiales en la marina.

A.M.C.: Se reciben de médicos y después se enganchan. Lo que noté es que de alguna manera los molestábamos nosotros, nuestra presencia. Porque había en el piso un despliegue de tropas de la infantería de marina (por los comentarios que escuche) con la bayoneta calada. Yo veía pasar al médico, los pasillos son angostos, y cada vez que pasaba al lado del soldado tenía que correrle el fusil, porque sino se ensartaba en la bayoneta. Entraba medio a las puteadas.

M.A.B.: Aparte, la posibilidad de escaparnos en el estado en que estábamos era un absurdo.

A.M.C.: Después sucedió una cosa: había entrado un enfermero a cambiarme las gasas, y me acuerdo que me doy vuelta y me inclino sobre la cama de al lado para agarrar el papagayo; y el tipo del Fal se vino al humo diciendo: “Cuidado, doctor”, como si yo fuese a atacar al enfermero. Se nota que la función que tenía era no quitarnos el ojo de encima. Me acuerdo que estaba el tipo parado ahí y lo veía todo el tiempo. No cerraba la puerta de la habitación.

R.R.H.: Había un oficial. Yo charlé con uno de ellos, charlé largo y el tipo se mostró comprensivo, incluso interesado en lo que estábamos nosotros, en lo que hacíamos.

F.U.: ¿Y así termina la historia?

M.A.B.: Y venimos a caer acá con el régimen de máxima peligrosidad.

A.M.C.: A veces alguien se acerca y dice: “Me podés contar, si a vos no te molesta”. Para nosotros relatar lo de Trelew es una obligación. Para con nuestro pueblo, por todos los compañeros que murieron allí, que aportaron con su muerte, con su lucha, a todo ese proceso. A mí me alegraba que todas las personas que fui tratando después, cuando me trajeron acá, no ponían en duda que había sido una masacre. Simplemente querían conocer bien cómo habían sido los hechos. Tanto los presos (los compañeros ninguno, por supuesto), los presos comunes; incluso los celadores, los médicos, ninguno dudaba de que había sido una masacre. Simplemente querían conocer el relato de los hechos.

R.R.H.: Quería decir que nosotros cuando hablamos estamos un poco contando la experiencia de todos, de los que murieron y de los que vivieron. Es una cosa totalmente impersonal. Si algo tenemos que hacer, si para algo sobrevivimos nosotros, es para transmitir todo eso que los otros, por haber muerto, no pueden hacerlo. (Fundación Wikimedia)

Para reproducir citar la fuente pensamiento discepoleano

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RAWSON Y TRELEW

En la cárcel de Rawson el PRT ERP le propuso a las FAR una fuga conjunta, que éstas aceptaron. También fue invitado Montoneros como organización, pero la dirección externa no estuvo de acuerdo y dejó la resolución final librada a sus propios presos. La participación de la "eme" quedó limitada a la decisión de los montoneros presos.

En verdad, tampoco la dirección externa del PRT ni de las FAR estaban del todo convencidas de las posibilidades de éxito. Esa falta de confianza acarrearía graves consecuencias.

Tomó cuerpo, pues, el intento de fuga de más de un centenar de presos políticos de diferentes organizaciones armadas.

Desecharon cavar un túnel por la dureza del terreno (aunque en los años 80 la requisa descubrió un principio de excavación disimulada bajo las baldosas de una celda).
El plan contempló escapar en camiones hasta el aeropuerto de Trelew, distante unos 20 kilómetros, y de ahí en avión hasta Santiago de Chile.

Facio, un guardiacárcel amigo de Mena, aceptó entrar algunas armas a cambio de dinero. Más tarde la represión lo descubrió y asesinó.

A último momento se invitó a Tosco, quien declinó por su carácter de dirigente de masas. Pero aclaró que estaba a disposición en todo lo que pudiera colaborar. Y en efecto, ayudó a controlar el penal mientras los guerrilleros intentaban fugar.

Constituyó todo un acuerdo no sólo militar sino político, de unidad entre las principales organizaciones guerrilleras.

Es conocido que el copamiento interno del penal fue cumplido perfectamente. En la última guardia se produjo un ligero tiroteo, durante el cual Osatinsky abatió al guardiacárcel Valenzuela.

Estos disparos llevaron a que José Luis Marcos del PRT y Jorge Omar Lewinger de las FAR, que estaban a cargo de los camiones, pensaran que la fuga había sido descubierta y fracasado. Por tanto, precipitadamente, ordenaron retirarse con los camiones.

En cambio, otro joven compañero de las FAR, Carlos Goldemberg, desobedeció la orden de retirada. Valientemente, se aproximó con su coche al portón del penal. En ese vehículo pudieron trasladarse los 6 compañeros de la vanguardia.

Un avión de Austral procedente de Río Gallegos había sido copado por otros compañeros: Ana Weissen de las FAR y Fernández Palmeiro y Ferreira Beltrán del PRT-ERP.

Al salir del penal el segundo contingente de 19 compañeros, no encontró los móviles para la retirada. Aunque apelaron a taxis de la zona, perdieron minutos preciosos. Cuando llegaron al aeropuerto vieron que el avión, que los había esperado más de lo previsto, ya despegaba.

Santucho, Mena, Gorriarán del ERP, Osatinsky y Quieto de las FAR, Vaca Narvaja de Montoneros, más los 4 compañeros de apoyo (Ana Weissen, Carlos Goldemberg, Ferreira Beltrán, Fernández Palmeiro) aterrizaron en Chile. Quedaron demorados. El MIR, la izquierda del Partido Socialista y de la Democracia Cristiana, ganaron las calles exigiendo su libertad.

A la semana, en Trelew fueron asesinados fríamente 16 de los 19 capturados.
Entre ellos 4 compañeras. Fue el primer crimen múltiple de compañeras. La primera guerrillera muerta en combate había sido Liliana Gelín, de las FAR.

Los 3 baleados que sobrevivieron, Antonia Berger, Alberto Camps y René Haidar, caerían años después en la nueva Resistencia a la barbarie fascista.

Finalmente Allende, que 5 años antes había ayudado a la evacuación de Pombo y otros guerrilleros sobrevivientes de la columna del Che, extendió un salvoconducto y los prófugos arribaron a Cuba. Allí Roby pudo entrevistarse con Fidel. (Por Rubén Batallés)

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EL RECUERDO DE AGUSTÍN TOSCO DESDE LA CÁRCEL DESPUÉS DE LOS FUSILAMIENTOS
Entrevista a Agustín Tosco, Diario El Mundo, viernes 24 de agosto de 1973

- ¿Puede usted relatarnos sintéticamente qué pasó el 22 de agosto de 1972 en el Penal de Rawson?

- Desde el 15 de agosto, día de la evasión, vivíamos en un clima de gran ansiedad. Habíamos sido reagrupados en pabellones distintos a los que ocupábamos en aquella fecha, y aislados rigurosamente en cada una de las celdas individuales. La puerta de la celda era maciza, con algunos agujeros de un centímetro de diámetro, que hacían de mirilla para los celadores que nos observaban y controlaban constantemente. Una especie de pequeña ventana, con barrotes cruzados, semejante a una claraboya sin vidrios, colocada sobre la puerta, nos permitía mirar directamente a algunos compañeros, a los ubicados en las cinco o seis celdas de enfrente; para ello debíamos subirnos a la cabecera de la cama y estar en posición muy incómoda. Pero lo hacíamos con entusiasmo, pues eso nos permitía contactarnos de alguna manera, plantearnos los interrogantes que la situación de incomunicación nos obligaba, e ir trasmitiendo las opiniones con el lenguaje mudo de la mano, en lo que ya éramos expertos. Dados los cuarenta y cinco metros de longitud del pabellón y las dos series de veintiún celdas a cada costado del mismo, la retrasmisión se iba haciendo en forma de zigzag hasta completar la totalidad.

Nuestra preocupación mayor era la suerte corrida por los compañeros que se habían fugado. Muchos de los prisioneros pertenecían a organizaciones armadas y otros no; es decir, los que nos encontrábamos en el pabellón. Más a todos nos embargaba una serie inquietud pues la noche del 15 de agosto, habíamos escuchado por radio que todavía en ese entonces se nos permitía tener, que habían sido apresados en el Aeropuerto de Trelew; que se les había dado garantías de reintegrarlos al Penal; que estaban en marcha hacia el mismo, en una columna que encabezaban Pujadas, el juez Godoy, el Dr. Amaya y miembros de las fuerzas de represión. La noche del 15 de agosto, en la que permaneció tomado interiormente el Penal, escuchamos las emisoras de Chile, donde se daba cuenta del secuestro del avión, y que en él viajaban Santucho, Osatinsky, Vaca Narvaja, Gorriarán, Quieto y Mena. Pero el 16 de agosto a la mañana, que se nos incomunicó, no sabíamos casi nada de los diecinueve restantes.

Teníamos la posibilidad de informarnos muy precariamente por dos vías: en la guardia los celadores solían escuchar los informativos y todos hacíamos un profundo silencio para tratar de pescar algo; el contacto con algunos celadores más "flexibles". Cuando nos abrían la puerta para ir al baño o cuando nos traían la comida, también podía damos una "pista".

Antes del mediodía del 22 de agosto, algunos compañeros comenzaron a transmitir con el lenguaje mudo que parecía que tres prisioneros que estaban en la Base Naval de Trelew habían sido asesinados. Una gran angustia experimentó todo el pabellón. Por la mañana habían requisado en forma muy dura -ellos ya sabían lo acontecido en la madrugada- y propinaron golpes de puño a varios, además de hacernos correr desnudos desde el baño a cada una de las celdas. Habíamos gritado y protestado con toda nuestra fuerza.

A medida que lográbamos noticias, precarias todas, iba aumentando el número de muertos. Decían que Pujadas había intentado apoderarse de la ametralladora de un guardia, que se había generalizado un tiroteo y que habían , caído todos. A las 17 horas estaba prácticamente confirmado que habían sido muerto los diecinueve compañeros en la Base Aeronaval.

Fueron horas de intenso dramatismo. Todos estábamos encaramados y tomados de los barrotes cruzados de la ventana de la celda hacia el interior del Pabellón. Había rostros enmudecidos. Otros lloraban con profundo dolor y rabia. Algunos gritaban y daban vivas a cada uno de los caídos y a las organizaciones guerrilleras, a la clase obrera, a la revolución y a la Patria.

A la noche se preparó un homenaje simultáneo en los seis pabellones ocupados por los presos políticos y sociales. Espontáneamente cada uno relataba aspectos de la vida, las convicciones, la personalidad de los caídos, hasta completarlos a todos. Posteriormente hablaron varios enjuiciando y condenando el alevoso crimen y fijando la responsabilidad en la Dictadura y el sistema. Luego a voz de cuello se gritó el nombre de cada uno y cada vez se respondía en forma vibrante y unánime: ¡Presente! ¡Hasta la victoria siempre!

Se entonaron colectivamente las distintas marchas partidarias. Todo quedó en silencio. Los guardias ordenaron acostarse. Esa noche nadie durmió. El recuerdo de los mártires caídos, la imágen de cada uno, el heroico ejemplo de cada uno, llenaba la imaginación, hacía estremecer los sentimientos y daba una pauta más del duro y glorioso camino revolucionario que recorren la Clase Obrera y el Pueblo hasta su total y definitiva liberación.

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EL SILENCIO DE LA MARINA
La base Almirante Zar de la Marina, donde se asesinó a los 16 guerrilleros

Cuesta pensarlo, cuesta finalmente entenderlo. Y no se entiende. La ferocidad, la brutalidad, la vocación del crimen. ¿Qué calificativo cabe para sus autores? En una Argentina católica, apostólica, romana. Donde todos los miembros de nuestras fuerzas armadas, sin excepción, han tomado la primera comunión y por supuesto se han casado por la iglesia, y se confiesan regularmente. Lo de Trelew es sólo imaginable en Siberia, en un relato de Dostoiewski. Diecinueve prisioneros –mujeres y hombres, todos jóvenes; Ana María Santucho, encinta de ocho meses– son mantenidos en calabozos, molestados, desnudados, maltratados, para luego fusilarlos impunemente. Los fusiladores son oficiales y suboficiales de la Marina de Guerra. Mientras se asesina a los presos, se los insulta. ¿Qué educación recibieron esos marinos? ¿Qué conducta llevaban y llevan esos marinos en sus hogares?
Después del bárbaro asesinato, la mentira. Se inventa una subversión, se aplica la ley de fugas. Los comunicados de los altos jefes de la Marina, aceptados y elogiados por el propio presidente de la Nación, general Lanusse, hombre probo y religioso, según sus biógrafos.

Pero, ¿y después? ¿Qué se hizo después cuando retornó la democracia?: ¿se juzgó a los asesinos? ¿Se esclareció el hecho hasta sus últimas consecuencias? No, nada de eso, todo siguió su camino habitual. Los muertos, muertos están. Al contrario, se protegió a los dos asesinos máximos del hecho: el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa y el teniente de fragata Roberto Guillermo Bravo fueron enviados a la embajada argentina en Washington a "hacer cursos". Hoy los asesinos estarán paseando sus nietos por los parques de la Recoleta con una buena pensión en el bolsillo. De los 16 jóvenes asesinados en forma tan vil, queda esa última foto. En el aeropuerto de Trelew. Están todos expectantes. Entre la vida y la muerte. Tienen un rasgo de nobleza que los marinos de guerra pagarán con falsa moneda. Los revolucionarios no toman rehenes para después negociarlos por su libertad. No. Prefieren entregarse y no crear más problemas. Ya se ha llegado al pacto: ellos se entregan y el capitán de corbeta Sosa los devolverá al penal de Rawson. Pero el marino de guerra argentino los traiciona como lo pudiera sólo hacer un villano de la peor especie... El transporte se dirigirá directamente a la base naval del lugar. Allí los asesinarán.

No hubo ningún oficial de la Marina de Guerra que protestara o pidiera la baja ante tal ignominia realizada por jefes de esa arma. Todos se callan la boca. Y tal vez aplaudan la ignominia. Después serán proclamados "héroes de Malvinas" por Hadad en Radio Diez. El ministro del Interior de ese gobierno de Lanusse es nada menos que el radical Mor Roig, íntimo de Ricardo Balbín. Mira hacer y se calla la boca. Igual que el tuerto Gómez, ministro de Yrigoyen cuando el Ejército Argentino fusiló a centenares de gauchos, peones rurales, en la Patagonia. Los dos ministros radicales no oyeron, no vieron, no comentaron. Tradición democrática. Traición a la República.

Pero la valentía armada de esa tragedia tendrá su fin operístico de máxima cobardía. Serán atacados con tanques los velatorios de los fusilados. Además nuestra valiente policía al mando del comisario general Villar les sacudirá una paliza indecible a las madres y hermanas de los fusilados, que defienden a sus muertos. Esa orden la dio el general Sánchez de Bustamante, que ganó esa única batalla de su vida contra los deudos de los asesinados y las velas de luto. Ah, general, con ese apellido, usted ha pasado para siempre a la historia del ejército sanmartiniano.

Las heroicas avanzadas de la Patria se llevaron hasta los ataúdes. Siempre en perfecto orden y con gesto altruista. No será éste hoy un análisis ni histórico ni sociológico. Expresará toda nuestra sorpresa ante el proceder sanguinario y traidor de la Marina de Guerra argentina. Y la profunda torpeza y oportunismo que atestiguan el hecho de que el último decreto de Lanusse como presidente de facto será otorgarle un sobresueldo especial al capitán de corbeta Sosa y al teniente Bravo para que la pasen bien en Estados Unidos. Así terminó su mandato Lanusse, mandato que había robado a la democracia argentina. Un final muy digno del señor general.

Hemos querido hacer un análisis ético, en esta Argentina de hoy sin ética. Si todavía se tiene dignidad habría que obligar al comandante de la Marina, a hacer un juicio de la verdad acerca del crimen de Trelew. Es la propia Marina la que tiene que dejar en claro quiénes fueron los responsables y los culpables directos. Alejar para siempre de ese cuerpo uniformado a los asesinos calificándolos de indignos traidores a la Patria. Y en la base naval almirante Zar de Trelew levantar una escultura que recuerde la tragedia del cobarde fusilamiento de prisioneros. Y que en esa escultura se haga alusión precisamente a que entre los asesinados figuraba una criatura a quien le faltaba apenas un mes para nacer del vientre de la joven Ana Villarroel de Santucho.

Luis Emilio Sosa, el fusilador

Sosa, el capitán de corbeta. Sosa, el que se comprometió -en presencia de un juez y frente a testigos- a trasladar a los evadidos nuevamente al penal de Rawson, Sosa, el que les garantizó que no los recluiría en la Base Aeronaval Almirante Zar. Sosa, el que se mostró ofendidísimo cuando los presos políticos le manifestaron que su negativa a quedar detenidos en una base de la Marina obedecía a experiencias personales de torturas y vejámenes por parte de personal de esa fuerza. Sosa, el mismo que se asombró porque alguien pudiera temerle. Sosa, el mismo que traicionó su palabra de ¿honor? y apenas los diecinueve jóvenes se entregaron, después de deponer sus armas, los subió a un colectivo para hacer exactamente lo opuesto a aquello que había pactado. Sosa, el que se sintió dueño y señor de hacer su voluntad y que los depositó, seguramente con regocijo, en la Base Aeronaval donde consumaría su masacre.

El asesino de Trelew, Capitán de Corbeta Luis Emilio Sosa

¿Quién es este Sosa ¿Dónde está? Sosa? ¿Dónde lo escondieron? El capitán de corbeta Luis Emilio Sosa recibió adiestramiento en Fort Gulick, Panamá.
¿Lo adiestraron para qué? Para ser un idóneo en la "lucha antiguerrillera".
Aprendió bien.
Cuando mata, mata.

Ahora, para mentir hace falta un poquito de inteligencia, y de eso no pudieron inyectarle en Fort Gulick.
En la revista Marcha, del 8 de setiembre de 1972, en la nota titulada Trelew.. la obra de los marines, Martín Virasoro refiere, con bronca contenida pero explícita, la insólita versión suministrada por el capitán de corbeta de que los evadidos habían muerto en un intento de fuga en un relato totalmente inverosímil, al que Virasoro describe como "cuento infantil el relato del militar que asevera que "el guerrillero Pujadas, mediante un golpe de karate lo arrojó al suelo (a Sosa) y le quitó el arma, no obstante lo cual él, Sosa, logró zafarse y dio la orden de reprimir suena raro definitivamente". Y continúa: "Diecinueve a cero es una cifra concluyente para estimar que Sosa es una especie de Batman, si no fuese porque corresponde simplemente denominarlo con el nombre correcto: criminal, asesino, psicópata. Pujadas y el resto del grupo, incluida la mujer de Santucho, grávida de ocho meses, sabían perfectamente que no tenía sentido alguno pretender huir, como lo asevera la versión oficial. Ni estando completamente locos podrían tener la esperanza de que, dada la voz de alarma, pudiesen hacer nada, aun con una metralleta, contra los dos mil hombres de la guarnición, contra los tanques, los carriers, las tanquetas. Y menos todavía en la inhóspita zona a la que debían ingresar, supuesto de que hubiesen logrado salir de la Base. Por eso soportaron todas las provocaciones, escupitajos incluidos del capitán Sosa El cronista de Marcha saca la conclusión más coherente: "Sosa la pensó bien, No debía haber soldados conscriptos. Sólo oficiales y suboficiales de los más fieles, los más gorilas. Por eso eligió la hora que eligió. Nada de testigos que, al volver a ser civiles al terminar la conscripción, no puedan con su conciencia y refieran la verdad. De todos modos la imaginación gorila es corta para todo lo que no sea represión y violencia.

De ahí que, alrededor de las 4 de esa madrugada, cuando Lanusse fue despertado telefónicamente por el general Betti, quien le refirió la primera versión (la de Sosa), estalló en los más gruesos improperios del repertorio de la caballería y los coronó con preguntas tales como: ¿Ni siquiera cinco heridos, general?; ¿cómo, tampoco uno solo entre los nuestros con heridas ¿Qué le vamos a decir al país ahora?-.

Aunque a las Fuerzas Armadas nunca les importó dar explicaciones creíbles, la de Sosa era tan pueril que hasta a los más recalcitrantes representantes de la dictadura los dejaba sin respuestas. Cuando el contralmirante Hermes Quijada concluyó de brindarle a la prensa otra versión oficial (parecida, pero diferente), un periodista le preguntó si Sosa estaba herido. La respuesta de Quijada -que como se recordará tuvo su bautismo como aviador naval ametrallando a los civiles en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955- sonó tan absurda como la versión: "No puedo contestar. Es secreto de sumario". La nota de Virasoro concluye con una gráfica sentencia: "El capitán de corbeta Sosa no es un torturador, no le gusta eso. Prefirió el nombre de asesino".

Y a Sosa, el fusilador, no se lo volvió a ver por los alrededores de Trelew. Ni por ningunos otros alrededores. Se tejieron muchas versiones: que la Marina lo guardaba" para protegerlo era una de ellas. Otra decía que lo "guardaba" para utilizarlo en situaciones similares, que era un "duro" entrenado para "misiones especiales" (léase asesinar a víctimas indefensas). Lo cierto es que no se supo nada de él.

Pero el Boletín Oficial de la República Argentina, que registra a diario los textos de decretos, leyes y resoluciones del Gobierno, publicó en junio del 73 el último decreto firmado por Lanusse a sólo veinticinco días de entregar el poder: el 30 de abril de 1973 la dictadura lanussista parió el decreto 3.495 cuyo el texto completo dice: VISTO, lo informado por el señor comandante en jefe de la Armada y lo propuesto por el Ministerio de Defensa y CONSIDERANDO: que es muy conveniente para la Armada Argentina que un oficial jefe realice el curso de infantería para Infantería de Marina, en los Estados Unidos de América; que por la naturaleza de la comisión, la misma no puede ser cumplida por integrantes de nuestra representación diplomática, debiendo estar integrada por personal seleccionado, teniendo en cuenta la necesidad de una continuidad de la experiencia que se obtenga y su futura actividad dentro del servicio; que la fecha de iniciación de la presente comisión está prevista a partir del 15 de mayo de 1973, con una duración de trescientos sesenta y seis (366) días, incluyendo los tiempos de traslados."que tal providencia se halla incluida en el programa de viajes al exterior - Armada Argentina- año 1973, a elevarse oportunamente al Poder Ejecutivo; Por ello, el Presidente de la Nación Argentina decreta:

Artículo 1º - Nómbrase para prestar servicios en la Agregaduría Naval a la Embajada de la República Argentina en los Estados Unidos de América y Canadá en "misión transitoria" y por el término de trescientos sesenta y seis (366) días, al señor capitán de corbeta de Infantería de Marina don Luis Emilio Sosa, a fin de que realice el curso de infantería para Infantería de Marina.

Artículo 2º - El citado oficial jefe, percibirá en compensación de todo gasto, hasta un máximo diario de cuarenta dólares estadounidenses (u$s 40).

Artículo Y - Los gastos que demanda la presente comisión deberán ser imputados a la partida del ejercicio 1973 que se indica: 2. 10; 52; 0.379; 1; 1233; 228; 01; 2.10; 52; 01; 0.379-1 1; 12; 1223; 2371, 13.
Artículo 40 - En las oportunidades que lo solicite el Comando en Jefe de la Armada, se procederá a girar los importes correspondientes a los haberes mensuales respectivos Artículo 5º - Por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, se extenderá el pasaporte correspondiente.

Artículo 6º - Comuníquese, publíquese dése a la Dirección Nacional de Registro Oficial, al Tribunal de Cuentas de la Nació y a la Contaduría General de la Nación. anótese ,, archívese en el Ministerio de Defensa. Comando en Jefe de la Armada.

Dirección General del Personal Naval. Agustín LANUSSE, Carlos G.N. CODA, Eduardo E, AGUIRRE OBARRIO, Eduardo F. MCLOUGLILIN.
La revista Marcha, que en su edición del 30 de junio del 73 lo publicó íntegro, con el título de El último decreto de Lanusse hizo los siguientes comentarios: "Lanusse era Comandante en Jefe del Ejército; Coda, su colega en la Armada nacional; Agarre Obarrio, ministro de Defensa nacional; y McLouglilin, ministro de Relaciones Exteriores y Culto. El capitán Sosa era segundo jefe de la base aeronaval Almirante Zar, de Trelew, Chubut, la madrugada del 22 de agosto de 1972, cuando fueron fusilados a mansalva, sin juicio previo y sin aviso, dieciséis presos políticos, salvándose milagrosamente otros tres aunque con graves heridas. El valiente y pundonoroso marino, que ya había recibido instrucción "antiguerrillera" en bases de Estados Unidos con antelación a su hazaña del 22 de agosto, fue el oficial jefe que dirijio la matanza. Cumplido su patriótico deber, descansará de sus fatigas occidentales y cristianas en otra base yanqui, lejos de las miradas acusadoras de sus compatriotas y camaradas de oficio. El reposo del guerrero".

La pregunta que cabe es sobre qué antecedentes se lo consideró a Sosa "personal seleccionado" y, en todo caso, seleccionado para qué. Lo que es obvio, a la luz de los años de plomo que se vivirían en la Argentina, es para qué las Fuerzas Armadas sentían como imprescindible la necesidad de una continuidad (de la experiencia que se obtenga y su futura actividad dentro del servicio. En particular de los Sosa que repetirían una y otra vez, treinta mil veces, su accionar de machos bravíos.

Como para ratificar que Sosa aún continuaba en su período de reinstrucción antiguerrillera en una base yanqui, un escrito presentado en 1974 por el doctor Jorge Carlos Ibarborde -en respuesta a uno de los juicios entablados contra la Armada por la masacre de Trelew - daba cuenta de que el fusilador y sus cómplices "no podrian concurrir a declarar en las audiencias señaladas, por cuanto ,se encuentran en el extranjero" y, genti1mente, indicaba los domicilios de los homicidas para que, la parte que los propuso adopte las medidas que considere Capitán de Corbeta D. Luis Emilio Sosa. Agregaduría Naval Argentina S 1, 6 Corcoran St. N W. Washington D.C. - EE.UU.", el mismo domicilio consignaba para su brazo derecho y coejecutor en la Masacre de Trelew el Teniente de Fragata D. Roberto Guillermo Bravo".

Luego durante años, su paradero fue uno de los secretos guardados con más por la Armada. Según la revista Hechos y Noticias, del 19 de agosto de 1984 "durante la guerra de las Malvinas se sostenía que el fusilador estaba anclado en Puerto Belgrano. Un año más tarde, aparecía como agregado militar en la Embajada argentina en Honduras. Y ¡oh sorpresa!, con el advenimiento del gobierno democrático una foto de la agencia oficial Télam (de] 21 de junio último - 1984-) revela que el capitán de navío Luis Emilio Sosa está aquí, No usa más distintivo de Infantería de Marina ni de paracaidista militar; utiliza el del Crucero General Belgrano Sin embargo, esté donde esté, Sosa puede sentirse orgulloso. Ni la masacre de 23 de enero de 1989 contra los miembros del Movimiento Todos por la Patria (MTP) ejecutada en La Tablada por nuestras Fuerzas Armadas contra jóvenes que depusieron sus armas, ni la del 22 de abril de este año realizada por los centuriones de Fujimori contra los integrantes del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), en Perú, superan su hazaña.

Las lamentables excusas que "en nombre de la democracia y las instituciones" esgrimen los los justificadores de estas trágicas muertes sustentan el pobre argumento de que los subversivos estaban armados. Los muertos de Sosa eran detenidos políticos y estaban indefenso ni siquiera sospechaban que él tenía una guerra personal contra ellos, contra su juventud y sus utopías- los masacrados de Trelew, inermes, no sabían de su sed sangre, no conocían su vampirismo. Si aún ronda por este mundo, el asesino Sosa puede sentirse seguro de que nadie batió su récord, aunque sus fusilamientos no hayan sido transmitidos por televisión.

Con la amnistía del 25 de mayo de 1973, Camps, Berger y Haidar salieron en libertad. Ese mismo día y cuando aún no habían abandonado la prisión, el poeta Francisco Urondo les hizo una larga entrevista donde relataron los fusilamientos. Dos de ellos fueron desaparecidos durante la dictadura de Videla, y Camps murió en un enfrentamiento. (Osvaldo Bayer, La Fogata)

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UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA LA JUSTICIA

"Una semana por mes veníamos con mi marido a verlo desde Buenos Aires. Teníamos un Citröen 3 CV y siempre llegábamos con los vidrios rotos por los ripios del camino. Nos emponchábamos con todo. Pensaba en el frío y le tejía pullóveres y medias. El los repartía para todos... Acá lo mataron, fue al primero que le llegó la ráfaga de ametralladora." A los 84 años, la mirada cristalina de Soledad Capello, la madre de Eduardo, se nubla un instante al señalar el salón de la Base Naval Almirante Zar de Trelew, donde la Armada trató de borrar las huellas de las celdas en las que el capitán de corbeta Sosa y el teniente Bravo asesinaron a dieciséis presos políticos y dejaron mal heridos a tres en la madrugada del 22 de agosto de 1972. En ese lugar el Ministerio de Defensa y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación colocaron ayer una placa con el lema "Nunca Más, terrorismo de Estado" con los nombres de los fusilados y un compromiso "Por siempre respeto a la Constitución nacional, por la Verdad y la Justicia".

Todo el entorno es hostil. La estepa, el viento, la nada que rodea ese lugar todavía treinta y cuatro años después de la masacre le da otra dimensión a la fuga del penal de Rawson. El 15 de agosto, los líderes de las conducciones guerrilleras del ERP Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Mena; Fernando Vaca Narvaja (Montoneros) y Marcos Osatinsky y Roberto Quieto de las FAR habían logrado llegar al aeropuerto de Trelew para huir rumbo a Chile en un avión secuestrado. Los diecinueve cuadros políticos que salieron en segundo término llegaron tarde y tuvieron que rendirse. Violando el compromiso asumido por el capitán Sosa, no los devolvieron al penal sino que los recluyeron en la Base Almirante Zar. Una semana después los ejecutaron a mansalva. La investigación judicial recién se abrió el año pasado y pasó a Rawson en febrero. Está a cargo del juez Hugo Sastre.

Eduardo Luis Duhalde era en aquella época abogado de varios de los fugados y detenidos en Chubut. Junto a Rodolfo Ortega Peña, Carlos González Garland y Rodolfo Mattarolo fueron los primeros abogados en llegar a Trelew. Sumaron a su periplo a Hipólito Solari Yrigoyen y Mario Abel Amaya, pero ningún recurso legal era considerado. "Es muy raro que la historia te dé una segunda oportunidad para tratar de que se haga justicia", dice el ahora secretario de Derechos Humanos que se presentó como querellante en la causa. "La forma en la que se protegió a los autores materiales es la mejor prueba de que este episodio criminal no lo hizo la guardia, ni siquiera los mandos de la Marina. Fue una decisión de la Junta de Comandantes en Jefe. En ese momento (Alejandro Agustín) Lanusse estaba negociando con Perón ‘si le daba el cuero’ o no para volver. La fuga fue un golpe durísimo al poder de las Fuerzas Armadas. Los psicoanalistas dirían que fue una tremenda herida narcisista", dijo a Página/12.

El paradero de los ejecutores del fusilamiento, Sosa y Bravo, que pidieron el retiro de la Armada durante la última dictadura, es uno de esos secretos que nadie explica. El secretario de Asuntos Militares, José María Vásquez Ocampo, sugirió ante este diario que se podría haber cambiado la identidad y señaló que "es un tema de la Justicia". Duhalde recordó que uno de los jefes de la ESMA, Jorge "El Tigre" Acosta, invitó a Sosa a ese centro clandestino y lo paseó ante los prisioneros como reconocimiento a su "trabajo" precursor en la aplicación del terrorismo de Estado.

Las secuelas de la masacre en la que murieron Clarisa Lea Place, Susana Lesgart, María Angélica Sabelli, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Astudillo, Pedro Bonnet, Eduardo Capello, Alberto Del Rey, Mario Emilio Delfino, Alfredo Khon, José Ricardo Mena, Mariano Pujadas, Humberto Suárez, Miguel Angel Polti, Humberto Toschi y Alejandro Ulloa y fueron heridos María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y René Haidar siguieron generando más muertes. Fueron asesinados el almirante Hermes Quijano, quien desde el gabinete de Lanusse puso la cara para justificar los fusilamientos en un supuesto intento de fuga, y el juez federal del "Camarón" Jorge Quiroga, que se trasladó a Trelew para conjurar todo intento de justicia. Los represores se ensañaron con las familias de las víctimas: asesinaron a los padres, dos hermanos y una cuñada de Pujadas; a la familia de Vaca Narvaja la diezmaron; hicieron desaparecer al hermano de Capello y su esposa.

El hostigamiento alcanzó también a los posibles testigos del horror. Recién el año pasado, Miguel Marilco, empleado de la funeraria de Trelew que había tenido que poner los cuerpos en los cajones, se atrevió a dar su testimonio. "No hablés porque vamos a reventar a tu hijo", le habían dicho y durante treinta y tres años el temor clausuró su memoria.

Alicia Sanguinetti era una de las presas políticas de Rawson. "Era una de los que íbamos a salir en los camiones que no llegaron", recuerda y explica "estábamos frustrados pero contentos por los que salieron. Teníamos una disciplina militante. Lo importante era la dirigencia, después los cuadros políticos y después los militantes". El traslado a celdas individuales, el verdugueo constante, los interrogatorios arreciaron en el penal y "gracias a la solidaridad de afuera no fue una masacre adentro", dice esta mujer que tiene a su compañero Alberto Funarris, a tres primos y a un cuñado desaparecidos.

Los fantasmas de aquel pasado invadieron ayer la recorrida de funcionarios, familiares y sobrevivientes de aquella tragedia. En la puerta de la Base Almirante Zar, uno de los pocos marinos que apareció se acercó a saludar a Nora Cortiñas, madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Una tensa mano extendida frenó al uniformado.

– ¿Nos va a seguir espiando? Le cuento que llegamos ayer, hoy estamos acá y más tarde vamos a hacer un acto con Hijos...

El marino optó por el silencio. La historia y la crónica reciente no deja margen para la inocencia. En marzo pasado en esa misma base, un suboficial denunció las tareas de espionaje interno a las que lo obligaban sus jefes. La causa avanza a tientas en la Justicia, pero provocó el relevo de parte de la cúpula de la Armada y la reformulación de la Inteligencia Interior. (Nora Veiras desde Trelew, Página/12, 23/08/06)

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LA DEMANDA DE LA MEMORIA

Un puñado de versos atravesó el tiempo y ancló la memoria en el viejo Aeropuerto de Trelew. Conmovedora y entrañable, la voz de Tati Almeida desgranó la poesía de su hijo Alejandro, detenido y desaparecido en la década del setenta. La mujer, un emblema de las Madres de Plaza de Mayo, ofrendó el legado que dejó aquel adolescente cuando escribió hace más de tres décadas un poema sobre el asesinato de los militantes en la Base Zar y que títuló "Trelew". Ayer, esa palabra resonó como un trueno, pese a que Tati Almeida la pronunció con serenidad, sin dramatismo.

Ese hilo de plata que enhebró aquel retazo trágico y deslumbrante de nuestra historia con la búsqueda actual de verdad y justicia, sintetizó el espíritu del acto que inauguró el Centro Cultural de la Memoria en la terminal aérea y que abre un espacio de recuerdo y reflexión sobre la Masacre de Trelew, sin dudas el hito inicial del sangriento camino que desembocó, más tarde, en el mayor genocidio de la historia argentina.

Fue un acto que reivindicó conceptualmente la memoria, planteada como un desafío que compromete con la verdad y la Justicia. No fue un acto político, ni siquiera institucional; las mujeres y los hombres -muchos de ellos víctimas de los más terribles tormentos- desplegaron sus banderas, saludaron con sus puños en alto y sus dedos en "v", en el marco del más terrible ensordecedor de los silencios.
Fue una convocatoria a evitar el olvido, pero al mismo tiempo una renovación del compromiso con la democracia a partir de la política como condición inherente al hombre.

Quienes ayer fueron reivindicados y cuyo martirologio aún demanda una respuesta de la Justicia, enfrentaron a una dictadura que había monopolizado la política condenando al ostracismo político al conjunto del pueblo.

Sin política la existencia del hombre resulta inconcebible, y por consiguiente la eliminación de la política es imposible, a menos que se la reduzca exclusivamente al ajetreo de los comités en vísperas electorales. La experiencia de la historia contemporánea de nuestro país muestra que cada vez que las dictaduras lo intentaron, en verdad lo que pretendían era convertir al pueblo en una masa de consentimiento, para una política que otros procuraban hacer en su nombre, para acentuar el privilegio económico de las minorías poseedoras de la riqueza, o para desintegrar el patrimonio económico y moral de la nación. Contra eso lucharon los militantes que ayer fueron recordados en el Aeropuerto Viejo de Trelew.

Hubo discursos, pero el acto fue esencialmente una imagen cargada con hechos de nuestro pasado reciente, aún no debidamente debatidos en los planos ideológico y político, y mucho menos resueltos en el ámbito de la Justicia. Ese recorte de la historia plantado con indudable coraje político en el centro de la escena donde comenzó a labrarse la masacre, fue en si mismo una convocatoria a la memoria y la reflexión para pensar en el futuro. Ese es el punto.

Alguien dijo que Trelew no debería ser asociada a la muerte, sino a la memoria. Otros, después de escuchar a Tati Almeida, pensaron que había que asociarla a la vida. Y no se equivocaron: ¿Que otra sensación puede despertar la actitud de una madre que convoca a la esperanza desde la poesía que escribió aquel hijo adolescente que busca sin resignación desde hace más de tres décadas? La poesía, como se dijo, se llama "Trelew" y fue un canto a la vida. (Pablo Dratman, 22/08/07, Diario de Madryn)

"Esta poesia es una de las 24 poesías que están en el libro de Ale. Cuando se inauguró el museo, en el viejo aeropuerto, en Trelew, el entonces secretario de DD.HH. E. Luis Dhualde, me pidió que la leyese, antes de inaugurarlo. ¡Así lo hice, se imaginan la emoción! Adentro, sobre una pared, está la foto de Ale y la poesía ampliada. Tenía 17 años cuado la escribió, sería un homenaje no sólo a las víctimas sino también a Ale". Taty Almeida (Agencia Paco Urondo, 23.08.2016)

TRELEW
No has sido aplastado
si no mirà al pueblo
como se està armando
estos gritos que sientes
no son de llantos,
son gritos de guerra,
son ruidos de fusiles
que te estàn vengando.
Estas bocas que gritan
seguiran gritando,
estos fusiles que suenan
seguiran sonando
hasta que salpique
en el mundo de los "sordos"
la sangre guerrera
de los revolucionarios.
Trelew, compañero,
no has sido olvidado,
Trelew,
"¡Hasta la victoria siempre!"
el pueblo està gritando.

Alejandro Martìn Almeida, militaba en el ERP y fue desaparecido en 1975.

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