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SUSANA MARGARITA PETRONA CHERTUDI – (1925-1977)

UNA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

 

Hija de padre vasco y madre alemana, resultó una decidida defensora de la recuperación de nuestro acerbo folklórico. Después de recibirse de maestra, ingresó en el Conservatorio Nacional de Música y en la Escuela Nacional de Danzas, de donde pasó a la Secretaría del Instituto Nacional de la Tradición, impulsado por Juan Alfonso Carrizo.

Bien pronto desarrolló su capacidad de investigación, caracterizándose por su profundidad y rigurosidad. En 1958 publicó, con otros colegas, el libro “Renca. Folklore puntano”. Dos años después, realizó la introducción, clasificación y notas para “Cuentos folklóricos de la Argentina”.

En 1964, ya había publicado otras obras, entre ella “Juan Soldado. Cuentos folklóricos de la Argentina” y en 1967 incursionó en la narrativa popular y tradicional con “El cuento folklórico”, publicado por el Centro Editor de América Latina. También llevó a cabo estudios sobre la difunta Correa y “La leyenda de Martina Chapanay”.

Los cantares infantiles, las músicas y danzas tradicionales, los pasatiempos, devociones y juegos de esos seres anónimos que sueñan y sufren en nuestras provincias interiores provocaron siempre el mayor interés para esta investigadora. En Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología publicó trabajos referidos a tejeduría criolla y aborigen, en colaboración, que se publicó como “Santiago del Estero. Tareas previas e instrumental y tejidos araucanos en la Argentina”.

Después de largos años de aporte a la cultura nacional, Chertudi fue apresada por una enfermedad que la condujo a la muerte el 10 de octubre de 1977. (Norberto Galasso, Los Malditos, Tomo III, pág. 436)

Publicado en: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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OSCAR VARSAVSKY – (1920 – 1976)
OTRO MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 18 de enero de 1920. Concluido el ciclo de estudios secundarios en el “Mariano Acosta”, cursa Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en la Universidad de Buenos Aires. En la época de la Segunda guerra Mundial, se capacita en Estados Unidos de Norteamérica y a su regreso al país, se desempeña en la empresa Phillips, por poco tiempo.

Su gran vocación científica lo impulsa a estudiar y reflexionar sobre los temas de su especialidad, manifestando siempre una propensión a enfoques originales y creativos. En los años cincuenta, es docente en la Facultad de Ciencias Exactas y trabaja en el Instituto de Matemáticas de la Universidad de Cuyo. En 1958, impulsa el proyecto de la creación del Instituto de Cálculo e integra la comisión nacional de Energía Atómica. Para capacitarse y adquirir experiencia, reside un tiempo en Venezuela. A su regreso, a partir de 1963, integra el consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. En esa época, el Instituto de Cálculo le publica el “Modelo de Utopía” o “Modelo matemático de la utopía de Tomás Moro”, elaborado con Carlos Domingo. Por entonces, lanza su libro sobre “Álgebra para escuelas secundarias”. También, en colaboración con J. Aráoz Durand, publica “Estudio del aprovechamiento hidráulico de los ríos andinos por el método de modelos numéricos”.

En 1967, ya avanza decididamente en su proyecto de aplicar modelos matemáticos a las ciencias sociales, así como en su concepción de que la ciencia debe estar al servicio de los intereses nacionales y debe ser analizada desde esa perspectiva. Publica “Colonialismo Científico en las ciencias ‘duras’” y “La Matemática en las ciencias sociales”. Dos años después, escribe “Ciencia, política y cientificismo”, libro que lo conduce a duras polémicas con los defensores de una ciencia universal y abstracta, al margen del nivel de desarrollo de cada sociedad y de las necesidades de los pueblos. Allí hace un llamamiento a todos los científicos politizados para “que se liberen del culto a una ciencia adaptada a las necesidades de este sistema social y dediquen su talento a preparar científicamente su reemplazo por un sistema nuevo, con una ciencia nueva (…) La llamada ‘ciencia universal’ de hoy está tan adaptada a este sistema social como cualquier otra de sus característica culturales”. Agrega que “esta posición está emparentada con el constante llamamiento a ocuparse de los ‘problemas nacionales’ y a hacer ciencia aplicada o funcional, que muchos venimos haciendo –y a veces practicando- en la Universidad”.

Asimismo sostiene que la mayoría de los científicos argentinos –aún los que se dicen de izquierda- creían fervorosamente en una imagen de la ciencia, sus valores, y su misión que podemos llamar ‘cientificismo’”. Son ellos, argumenta, quienes se desinteresan de los problemas nacionales, sin comprender que “en pocos campos, nuestra dependencia cultural es más notable que en éste y menos percibida”. “No advierten –agrega- que entre tantos éxitos logrados por ‘la ciencia’ no figura la supresión de la injusticia, la irracionalidad y demás lacras de este sistema social. En particular, no ha suprimido sino aumentado el peligro de suicidio de la especie por guerra total, explosión demográfica o, en el mejor de los casos, cristalización en un ‘mundo feliz’ tipo Huxley. Esta observación autoriza a cualquier a intentar la crítica global de nuestra ciencia.

Algo debe andar mal en ella. La clásica respuesta es que esos no son problemas científicos: la ciencia daría instrumentos neutros y son las fuerzas políticas quienes deben usarlos justicieramente. Si no lo hacen, no es culpa de la ciencia. Esta respuesta es falsa: la ciencia actual no crea toda clase de instrumentos, sino solo aquellos que el sistema le estimula a crear… La distribución del esfuerzo científico está determinada por las necesidades del sistema. La sociedad actual dirigida por el hemisferio norte, tiene un estilo propio que hoy se está llamando ‘consumismo’”. En contraposición, propone: “La misión del científico rebelde es estudiar con toda seriedad y usando todas las armas de la ciencia, los problemas del cambio de sistema social, en todas sus etapas y en todos sus aspectos, teóricos y prácticos. Esto es, hacer ‘ciencia politizada’”. Lo cual significa, en definitiva, hacer ciencia verdadera, pues la que pasa por ‘universalista y apolítica, como bien sostiene Varsavsky, es aquella que sirve a las necesidades del capitalismo.

Hacia 1970/71, estrecha vínculos con estudiosos de la CEPAL y consolida su concepción acerca de la posibilidad de proyectos nacionales.

En 1972, publica “Hacia una política científica nacional”. Allí sostiene que “la ciencia actual mundial es ideológica y que, en general, cada tipo de sociedad requiere un estilo de ciencia propio, diferente por su contenido, sus problemas prioritarios, sus métodos de investigación y sus criterios prácticos de verdad. La autonomía científica resulta una consecuencia y un requisito, de proponerse cumplir un proyecto nacional propio, no copiado de ningún modelo en boga”. Eso es –recalca- “una independencia cultural, no provincialismo, ni aislacionismo”. Agrega que “la enorme mayoría de las investigaciones científicas y de los desarrollos tecnológicos de los últimos 15 a 20 años son inútiles e inclusive contraproducentes para los primeros 15 o 20 años de construcción de un socialismo nacional creativo, en un país como la Argentina”.

De esta manera, asumiendo la bandera del “socialismo nacional” –que se agita en esas calles de 1972- insiste: “Nuestra ciencia es subdesarrollada, sí, pero no porque no haya alcanzado el nivel norteamericano, sino porque es insuficiente para ayudarnos a construir la sociedad que deseamos”, porque “no cualquier estilo científico será compatible con un estilo de sociedad determinada”. Porque –insiste- “lo que interesa no es la cantidad de ciencia, sino su valor social”. Plantea así “la posibilidad y necesidad de una ciencia nacional, parte de un cultura nacional”, oponiéndose a la tesis  de la universalidad de la ciencia. Insiste en que “la ciencia actual es universal sólo porque responde a un tipo de sociedad que domina casi todo el mundo: la sociedad de consumo, individualista, competitiva, burocratizada”. “La ciencia médica –sostiene- se dedica, por ejemplo, mucho menos al sanitarismo y a las medidas sociales de prevención –peligrosas políticamente porque implican ocuparse de la nutrición, vivienda y condiciones para un desarrollo mental adecuado- y mucho más a las ramas caras y sofisticadas de la gerontología, cirugía estética, psicoanálisis, órganos artificiales, para quienes pueden pagar”. Señala que del mismo modo, “para l educación se proponen satélites, circuitos cerrados de TV, computadoras, evaluaciones por ‘múltiple choice’ pero sus inmensos problemas de contenido y cubrimiento ni se tocan. Para la salud nos ofrecen píldoras, inyecciones, marcapasos, corazones de plástico, pero todos olvidan cuidadosamente que un rico vive en promedio de 20 a 30 años más que un pobre. Así, el peligro de guerra se encara inventando más armas o defensas”. Argumenta asimismo acerca de “las fabulosas inversiones” dedicadas a las investigaciones espaciales, a la publicidad, a los estudios de marketing, al armamentismo, a la competitividad, donde el ingenio y el conocimiento y la labor creativa del hombre tienen como fin último garantizar el funcionamiento de un sistema donde la mayor parte de la sociedad está marginada, desnutrida, ajena a los beneficios que debería reportarle el progreso científico y tecnológico. Si la educación se convierte en negocio privado y el alumno, en cliente, organizándose sólo para el sector opulento de la sociedad, todos los avances y renovaciones en métodos de enseñanza, aparataje tecnológico, etc. sólo sirven para abrir aún más la brecha entre los sectores dominantes y los trabajadores. Si la ciencia médica crea especializaciones cada vez más fragmentadas, dirigidas a curar las enfermedades pues su negocio es que haya enfermos, ciertamente la medicina preventiva pasa a un lugar subalterno y no se adoptan las medidas para actuar sobre las causas de las enfermedades. La investigación científica en los países capitalistas desarrollados se coloca así al servicio de los intereses particulares, en una sociedad desigual, con fuerte competencia, donde se invierten altas sumas en diseños, campañas publicitarias, etc. de medicamentos diversos producidos con una misma droga”.

En ese mismo libros, sostiene que en países como el nuestro, existen tres caminos frente a esta cuestión: el sistema neocolonial (que toma como modelo a Estados Unidos, de dependencia cultural y económica, estímulo al individualismo, escasa participación popular, modernización refleja); el sistema desarrollista nacional (que propone una modernización activa, rápida, pero también refleja y con cierta tendencia al predominio del capital industrial nacional, con eje en la tasa de crecimiento, pero también tomando como modelo el del capitalismo norteamericano, con dependencia cultural total, proyecto al cual considera probablemente inviable) y en tercer lugar, el del Socialismo Nacional creativo (sociedad solidaria, con alta participación popular, igualitaria en la distribución de los bienes, sin consumo opulento, con economía planificada y socializada, con cultura nacional).

En sus últimos tres años de vida, Varsavsky publica: “Estilos tecnológicos”, “Marco histórico constructivo” e “Ideas básicas para una filosofía constructiva”.

Fallece el 17 de diciembre de 1976. Si bien deja discípulos y sus libros alcanzan difusión, los poderosos intereses se ocupan de urdir alrededor suyo una trama de silencio, lo mismo que respecto a sus ideas, molestas por demás, condenándolo así a la condición de “maldito”.  (N. Galasso, Los Malditos, Tomo II, pág. 435 – Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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MIGUEL  LILLO – (1862-1931)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace el 27 de julio de 1862, en San Miguel de Tucumán. Desde muy joven manifiesta interés por estudiar la fitogeografía del norte argentino. A ello dedica su vida, trabajando en silencio y modestamente. Consigue formar un herbario que supera los 200.000 ejemplares, con 6000 especies distintas y una biblioteca de más de 13.000 volúmenes referidos a estudios sobre botánica, viajes de naturalistas famosos, etc. No sólo se ocupa de la flora norteña sino también de la fauna, logrando formar una importante colección de aves. Dedicado plenamente a la enseñanza y a la investigación, forma una corriente de profesores e investigadores dedicados a estos temas.

En 1910, publica “Contribución al conocimiento de los árboles de la Argentina”, una de sus obras más importantes. Además, publica más de veinte trabajos científicos, entre los que pueden mencionarse: “Flora de la provincia de Tucumán: gramíneas”, “Descripción de plantas nuevas pertenecientes a la flora argentina”, “Segunda contribución al conocimiento de los árboles de la Argentina”, “Estudio preliminar de una colección de plantas procedentes de Tartagal” y uno póstumo: “Catálogo de las acantáceas argentinas”.

Su tarea no es reconocida, ni se le otorga importancia alguna por parte de los gobiernos. ¿A quién le importa, en una semicolonia cuyo único destino es remedar a Europa o a Estados Unidos, el conocimiento de su flora y su fauna? Basta con saber que la pampa húmeda produce carne a costos bajísimos, lo cual permite traer todo importado del exterior, hasta las ideas y las costumbres.

Él se indigna ante la falta de apoyo oficial y sostiene que se necesitarían muchas escobas “para barrer a todos los sinvergüenzas que forman nuestro congreso y legislatura provinciales”. Pero igualmente continúa trabajando, más allá de la incomprensión y del desinterés de los compatriotas que se dicen “salvadores de la patria”.

Más de cuatro décadas lleva investigando, en plena soledad, cuando enferma gravemente y fallece el 4 de mayo de 1931. Eduardo Calamaro recuerda estas palabras con que lo despidió Alberto Rougés: “Conocer la naturaleza fue todo el sentir de su vida, vivió para conocerla, vivió conociéndola. El saber popular de nuestra fauna y nuestra flora, saber social, obra de muchas generaciones, ese saber impreciso y fragmentario e inseguro, ascendió merced a la obra de Lillo a la categoría de lo preciso y de lo necesario, volviéndose así ciencia… Y nuestra fauna y nuestra flora se han vuelto así, por el esfuerzo heroico de un solo hombre, patrimonio definitivo de toda la humanidad… Sea este nuestro homenaje a este santo del conocimiento”. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo II, pág. 431 – Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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LIVIO DANTE PORTA – (1922 - 2003)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació en Rosario, provincia de Santa Fe, el 21 de marzo de 1922.
En esa ciudad y en el año 1950, cuando los ferrocarriles ya eran parte del patrimonio nacional, construyó la primera locomotora a vapor diseñada por él, de nombre “Argentina”, también denominada por algunos “La Vaporera”. Luego le sucedieron otras.

Porta fue un defensor e impulsor del desarrollo tecnológico nacional en nuestro país y fue combatido por intereses antagónicos, no nacionales, aunque como siempre contaban con aliados vernáculos.

Insistía Porta en que el carbón nacional era útil y conveniente como combustible en la generación de vapor para la tracción ferroviaria y otros usos. Trabajó a lo largo de su existencia en el mejoramiento de la tecnología necesaria para ese fin.

Realizó desarrollos que fue aplicando en forma práctica a lo largo de su trayectoria.

En particular y lo hizo cuando fue gerente del ramal Ferro-Industrial de Río Turbio (Río Gallegos a Río Turbio) entre 1958 y 1961 y allí demostró la posibilidad del uso del carbón patagónico en locomotoras a vapor, frente a quienes, influenciados por intereses no nacionales, insistían en que eso no era posible. Vale recordar que en esos años se utilizaban divisas para poder importar cantidades del orden de 6.000.000 de toneladas de carbón anuales.

Su acción permanente en ese sentido –el desarrollo tecnológico nacional y el uso de carbón de la misma procedencia- lo llevó a enfrentar intereses poderosos y por ello fue silenciado. No obstante, siguió en su tesitura en la línea del uso del vapor y sus conocimientos y técnicas fueron utilizados en Sud África, Paraguay, Brasil, India, en EEUU –durante la crisis energética de los inicios de los ’70-, en Cuba utilizando la biomasa (el bagazo, subproducto de la explotación de la caña de azúcar) y siempre con tecnología competitiva –rendimiento térmico, gran potencia y no contaminante del medio ambiente- frente a la locomotora diesel. Pero la era del petróleo y sus derivados, de la industria mecánica que utiliza petróleo y de los enormes intereses que allí operan, trataron de desautorizarlo.

Uno de sus desarrollos más importantes –la denominada “Combustión Gasógena” o “GPCS” –Gas Producer Combustión System- se continúa utilizando actualmente.

Por ello, perteneció al grupo de los silenciados hasta su muerte, acaecida el 10 de junio de 2003 en la Ciudad de buenos Aires cuando aún sus servicios eran requeridos por gobiernos de otros países, como el caso de Cuba por ejemplo. Fue reconocido en todo el mundo y hoy varios de sus discípulos siguen trabajando en su línea en distintos países.

Ha escrito, presentado en congresos nacionales e internacionales y publicado cerca de 200 obras en varios idiomas (español, francés, inglés, alemán).

No escapó al sufrimiento, como muchos padres, cuando a fines de la década de los años ’70 la dictadura militar secuestró a una de sus hijas que hoy aún sigue desaparecida. (D. A. Merlino, Los Malditos, Tomo II, pág. 433 – Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ELVIRA RAWSON - (¿1865 ó 1867?-1954)

Elvira Rawson, la segunda mujer que se recibió de médica después de Cecilia Grierson,  y una de las primeras mujeres que luchó por los derechos de la mujer, nació en Junín el 19 de abril en una familia tradicional: su madre Elizarda Guiñazú Funes, era familiar del deán Gregorio Funes que integró la Primera Junta, y su padre, el Coronel Juan de Dios Rawson, fue combatiente en la Batalla de Cepeda y en la Batalla de Pavón.

Cursó sus estudios en la Escuela Normal de Mendoza recibiéndose en 1884 como maestra normal.

En 1885 comenzó los estudios de medicina en la Universidad de Buenos Aires donde se diplomó en 1892.

Estaba cursando su carrera cuando se produjo la Revolución del Parque en 1890; Elvira, sin dudarlo, se dedicó a atender a los heridos de ambos bandos desobedeciendo las órdenes y recomendaciones de sus superiores, demostrando un auténtico temple personal y profesional. Esta conducta le valió el reconocimiento público del Dr. Leandro N. Alem.

Más tarde, estos hechos, la llevaron a afiliarse a la Unión Cívica Radical, partido que en esos años mejor representaban sus ideas progresistas con respecto a la situación y el rol de la mujer.

Desde su profesión se orientó a las enfermedades de mujeres, docente en higiene y puericultura.

Rápidamente se transformó en defensora de los derechos de la mujer y en 1905 fue de las fundadoras del Primer Centro Feminista.

Se destacó en el Primer Congreso Femenino Internacional, en 1910 en Bs. As. Desde su pensamiento liberal y laicista propuso cambios revolucionarios para la época como eran el divorcio, el voto femenino, la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, tanto en lo social, profesional y familiar, igualación de la patria potestad, la libre administración de los bienes por parte de la mujer como también el mantenimiento de todos los derechos individuales (igualados, en gran medida, a los del hombre) aún después del matrimonio.

En este mismo año del Centenario, se casó con Manuel Dellepiane con quien tuvo 8 hijos; Roberto, Manuel, Julio, Juan Carlos, Raquel, Elvira, Haydée, y Franklin.

En 1916 fundó y dirigió la primera institución dedicada al cuidado de niños débiles en Uspallata (Mendoza)

En 1919 fundó la Asociación Pro-derechos de la Mujer, acompañada por feministas como Alfonsina Storni y Adelina Di Carlo y Emma Day, entre otras, llegando a reunir a once mil afiliadas.

“…puede tal vez reclamar para sí la condición de la primera argentina que se expresó en un acto callejero, junto con la señorita Eufrasia Cabral, arengando a la Unión Cívica en las jornadas del Parque” (María del Carmen Feijoó: Las Feministas, fascículo de la colección La vida de nuestro pueblo, CEAL, 1982, Buenos Aires.)

El diario La Prensa al informar sobre el III Congreso Feminista Internacional de 1920, publica las siguientes palabras de Elvira sobre la composición ideológica del movimiento de mujeres en 1910 que las dividió entre reformistas y tradicionalistas: “No sin miedo emprendimos la tarea pues las cadenas ancestrales nos ataban y la resistencia del medio ambiente a toda manifestación feminista, cuya esencia Y fuerza no conocían, era formidables. Por otra parte, la hostilidad ejercida por algunas asociaciones de damas de las que se asustan sin saber por qué; la orfandad en la que nos dejaron los poderes públicos; la tenaz y violenta lucha por conceptos y derechos que en ese momento conmovían todos los espíritus y entre cuyas fluctuaciones fatalmente nos veíamos envueltas, hacíamos temblar pero no anularon nuestra voluntad y valor, y con el sólo y único caudal de nuestra conciencia, de nuestro anhelos de hacer obra buena, abrimos la liza sin estar seguras si en cada delegada tendríamos una aliada o una enemiga”

(…)

“Si las guerras por predominio económico o territorial -rapiñas encubiertas bajo el nombre de misiones civilizadoras- pueden aún asolar a la humanidad; si la maternidad en ciertas condiciones es todavía un crimen social y hay millones de inocentes que no disfrutan del cariño y protección de los genitores y sufren cual criminales el desprecio social, es porque la mujer es cobarde o es insensible o es ignorante de su propia fuerza y deber. Basta ya de guerras que siegan la vida de las vidas que nosotras damos con peligro de la vida nuestra,…” (Dora Barrancos: Inclusión/exclusión, Historia con mujeres, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2002)

Para mediados de la década del ’20, tenía ya una bien ganada reputación como promotora de la educación y la cultura, y había recibido varios homenajes públicos.

Pudo ver realizado su sueño del voto femenino recién en 1951.
Retirada de la mayor parte de sus actividades luego de 1940, falleció en Buenos Aires el 4 junio de 1954. (JRO, Pensamiento Discepoleano)

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SALVADOR MAZZA – (1886-1946)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació en la ciudad de Rauch, provincia de Buenos Aires, en junio de 1886 y cursó sus primeros estudios en el Colegio Nacional de buenos Aires. En 1910 se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires. Durante su formación, no sólo se dedicó a la bacteriología, la química analítica y la patología, sino que se desempeñó también como Inspector Sanitario y participó de las campañas de vacunación en la provincia de Buenos Aires. Se doctoró en la misma universidad y fue nombrado bacteriólogo del entonces Departamento Nacional de Higiene. Estuvo a cargo de la organización del lazareto de la Isla Martín García (lugar donde los inmigrantes hacían cuarentena antes de entrar al país), un laboratorio cuya función era la detección de portadores sanos de gérmenes de cólera.

A partir de 1916, Mazza realizó varios viajes a Europa y África: visitó los más conocidos centros científicos de Londres, París, Berlín y Hamburgo; trabajó durante algunos meses en el Instituto Pasteur de Argelia, y, en Túnez, conoció e inició una gran amistad con el Premio Nobel de Medicina Charles Nicolle, entomólogo y bacteriólogo que cobró notoriedad por sus investigaciones sobre el Tifus Exantemático a quien definió como “el padre espiritual de todos mis trabajos”.

En 1925, cuando Nicolle llegó a la Argentina con el fin de estudiar las patologías regionales y al tanto de la deficiencias del sanitarismo nacional decidió apoyar a Mazza en su proyecto para la creación de un instituto que se ocupara del diagnóstico y tratamiento de las enfermedades endémicas del país, especialmente las del noroeste, como por ejemplo el Mal de Chagas. Así nación la Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina (MEPRA), la institución más importante ocupada de las endemias en el país que alguna vez hubo.

Precisamente, la página principal del accionar científico de Mazza se ligará con la MEPRA y el Mal de Chagas. Esta enfermedad, que actualmente afecta a 24 millones de personas en Latinoamérica y provoca 45 mil muertes cada año, es causada por un parásito denominado Tripanosoma cruzi. El parásito llega al ser humano a través de la “vinchuca” (Triatoma infestans), un insecto que encuentra especiales condiciones para desarrollarse y multiplicarse en las deficientes estructuras habitacionales de vastas regiones de América.

El Tripanosoma cruzi efectúa parte de su ciclo biológico en el tubo digestivo de la vinchuca y su período final de evolución se realiza en la parte terminal del intestino del insecto. En el momento en que la vinchuca pica y succiona sangre en el ser humano, expulsa el parásito sobre la piel; la picazón y rascado posterior facilitan su penetración e ingreso al torrente sanguíneo.

La enfermedad que transmiten las deyecciones del parásito es simultánea a la picadura, que no produce dolor. Se vincula a un cuadro agudo más o menos inmediato y a otro crónico, alejado en el tiempo y de más gravedad. El primero puede no notarse en una gran mayoría de casos, y responde bien a las drogas, que logran una curación completa. De esta fase, que presenta manifestaciones mínimas y puede pasar desapercibida, se pasa lenta y silenciosamente a la más seria que es la fase crónica: entonces se producirán lesiones en el corazón, en el aparato digestivo y en el sistema nervioso central que caracterizarán con diversas manifestaciones a lo que conocemos como enfermedad o mal de Chagas.

El Mal de Chagas fue descubierto en 1909. El brasileño Carlos Ribeiro Justiniano das Chagas era entonces un joven científico comisionado por el Ministerio de Salud Pública de Brasil para estudiar la presencia de focos de paludismo en el nordeste de su país. Haciendo este trabajo Chagas detectó enfermos que en la sangre presentaban un parásito, tripanosoma, al cual denominó cruzi en honor al investigador brasileño Oswaldo Cruz. Chagas consiguió infectar y reproducir en monos la enfermedad que él observaba en humanos mediante la inoculación de tripanosomas extraídos de la sangre de sus pacientes. Cumplió así los postulados clásicos necesarios para caracterizar a una enfermedad infecciosa: el aislamiento del germen, su asociación con manifestaciones y lesiones que se reiteran y finalmente la reproducción de la enfermedad mediante la inoculación del germen a un animal.

Se ha considerado con justicia a la enfermedad de Chagas como una enfermedad socioeconómica típica, siempre vinculada a la pobreza y el subdesarrollo, ya que existe una relación directa entre la proliferación de los insectos y las viviendas precarias donde pueden establecerse, alimentarse y multiplicarse.

En 1912 Chagas presentó la enfermedad por él descubierta y el resultado de sus estudios realizados en Brasil en los ambientes científicos de Buenos Aires. Pero inmediatamente, cuando se comprobó que su descripción de la sintomatología de la enfermedad era parcialmente errónea, el científico cayó en el descrédito y la comunidad científica argentina supuso que la presencia de este parásito en la sangre era un hallazgo casual y no representaba necesariamente una enfermedad, hasta que el médico Salvador Mazza la redescubrió y la dio a conocer a nivel mundial.

Mazza no se había mantenido indiferente a los estudios de Chagas y a su transitorio fracaso en Buenos Aires. Quizá los datos aislados y contradictorios que había recibido sobre la nueva enfermedad se sumaron a sus propias investigaciones en animales y lo llevaron a sugerir la creación en nuestro país de un instituto que se dedicara a estudiar las enfermedades propias de la región. Así en 1928, con el apoyo de Nicolle, organizó la primera Sociedad Científica de Jujuy, entidad dedicada al estudio de las enfermedades propias de la región y que pronto tendría filiales en la mayorái de las provincias del norte, oeste y este argentino.

Luego de este importante paso inicial, en 1928 se creó oficialmente la MEPRA, organismo dependiente del Instituto de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Bajo la dirección de Mazza, la MEPRA contaba con un equipo multidisciplinario que se ocupó de todas las patologías regionales humanas y animales, realizando variadas actividades terapéuticas, de investigación y docencia. Entre sus múltiples funciones realizaba estudios de laboratorio para los casos clínicos, impulsaba y secundaba reuniones con los médicos de la zona en verdaderas jornadas de extensión universitaria, efectuaba medicina y cirugía experimental en animales, no descuidaba la docencia y atendía sus propias publicaciones.

Jamás, hasta la creación de la MEPRA, se había encarado en la Argentina un relevamiento e investigación biológicos de esta magnitud en el campo de las patologías regionales y con un equipo profesional multidisciplinario, coherente y de tal calidad. Los logros de la Misión trascendieron las fronteras argentinas y se difundieron a países limítrofes, además de ser reconocidos por numerosos científicos de todo el mundo.

Como síntesis de la acción de la MEPRA puede decirse que esta entidad no sólo ratificó la enfermedad de Chagas cuando ésta era negada tanto en el orden nacional como internacional, sino que logró grandes adelantos en el estudio de los síntomas y lesiones causados por la enfermedad.

Además de conducir la MEPRA, Mazza logró que le construyeran un vagón de ferrocarril y que le otorgaran un pase libre para transitar con él por todo el país. Con este vagón equipado con un laboratorio y un consultorio completos que él mismo diseñó, recorrió innumerables regiones argentinas. En su extenso itinerario investigó y asesoró a muchos médicos que requerían su ayuda.

Mazza recorrió el país desde el Lago Argentino hasta el cerro Zapaleri, desde Caleta Olivia hasta Puerto Irigoyen, explorando, enseñando, estudiando sin descanso y sin tregua, haciendo todo de a centenares: extracciones de sangre, cultivos, exámenes serológicos inoculaciones, biopsias. Todo lo realizó sin preocuparse por la precariedad de los medios o por lo difícil de las situaciones: desde una punción lumbar en una carpa de un campamento de obreros ferroviarios, hasta una autopsia realizada en el suelo, al aire libre, en una toldería indígena. Se lo podía ver también en villorios, dando clases o haciendo demostraciones prácticas para uno o dos médicos a fin de interesarlos en el estudio de las endemias rurales.

En el año 1942 Mazza se contactó con Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, con el objeto de obtener un cultivo de penicilio original para intentar la producción experimental del nuevo antibiótico en Argentina. Después de varios fracasos y sorteando muchas dificultades, en 1943 la MEPRA logró producir penicilina. Inmediatamente la institución envió muestras al extranjero y así se comprobó que el medicamente obtenido en Argentina estaba a la altura del producido en otras partes del mundo. Sin embargo, el gobierno argentino mostró una total indiferencia ante este logro; lo que resulta asombroso en un momento donde no había en el país ni una ampolla del antibiótico y toda la producción extranjera era requisada para atender las necesidades de las tropas de la guerra europea.

El médico argentino contó con más reconocimientos en el extranjero que en su propio país: en 1944 ya se había publicado en Bélgica una biografía de Mazza, quien al conocer su contenido comentó: “Se dice allí que soy un sabio, pero no existen más sabios. (…) Hubiera preferido que se dijera que soy un hombre tesoneramente dedicado a una disciplina circunscripta y en la cual hago lo posible para no dar pasos hacia atrás…”

De carácter áspero y pasional, al parecer no tenía la habilidad de ganar la simpatía y la protección de los poderes públicos. Estaba muy lejos de lo que se suele llamar “un cortesano del poder”.

Salvador Mazza murió en 1946 mientras asistía a unas jornadas de actualización sobre la Enfermedad de Chagas en México. A partir de su muerte, la institución por él fundada sufrió una serie de avatares político-institucionales que concluyeron con su cierre definitivo en 1958. La mayoría del cuantioso material documental de la MEPRA, fruto de más de veinte años de trabajo de Mazza y sus colaboradores, se perdió o fue destruido. (Cristina Piantanida, Los Malditos, Tomo III, pág. 444, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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RAMÓN CARRILLO - (1906 – 1956)

Nace el 7 de marzo de 1906, en la ciudad de Santiago del Estero. Es hijo del profesor Ramón Carrillo, periodista, docente y tres veces diputado provincial y de María Salomé Gómez.

Cursa estudios primarios en la Escuela Normal Manuel Belgrano y luego de rendir como “libre” quinto y sexto grado, ingresa al Colegio Nacional de Santiago del Estero. En 1923, a los dieciséis años, egresa como bachiller con medalla de oro. En 1924, deja Santiago y se dirige a Buenos Aires y ese mismo año ingresa a la Facultad de ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Tres años más tarde, es designado por concurso practicante del Hospital Nacional de Clínicas. Se recibe de médico, en 1929, con medalla de oro, siendo su especialidad el campo de la cirugía del sistema nervioso.

Alterna, por esos años, su formación científica con su sólida formación humanista, cultural y política. Entabla una entrañable amistad con Homero Manzi. Políticamente abreva en el nacionalismo de la década del 30: advierte que somos un país cultural, mental y económicamente colonial.

En 1930, obtiene la Beca Universitaria de Buenos Aires, para perfeccionar sus estudios en París, Ámsterdam y Berlín, regresando a Buenos Aires, en 1933, en plena “década infame”, tomando conciencia del grado de dependencia cultural y tecnológica que soporta la Argentina.

A partir de 1939, se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. En el año 1942, queda vacante la cátedra de profesor titular de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas porteña. Se llama a concurso y lo gana Carrillo. Tenía tan solo 36 años.

El 4 de junio de 1943 se produce la revolución militar que derroca el régimen conservador que presidía Castillo. En 1944, Carrillo conoce al coronel Juan Perón y acepta la oferta de este para colaborar con el gobierno militar en la planificación y organización de la política sanitaria. Allí empieza una asociación que durará diez años, entre Perón y Carrillo.

Carrillo era un profesional y hasta se podría decir un científico que entra en la política. ¿Cómo se maneja? Él, que nunca había hecho política en el sentido partidario, tenía un intuitivo don político que utilizó para llevar adelante sus planes.

El 23 de mayo de 1946, en acuerdo general de ministros, se crea la Secretaría de Salud Pública de la Nación, con rango de ministerio, en reemplazo del viejo y obsoleto Departamento Nacional de Higiene. El 29 de mayo, es designado secretario el doctor Carrillo, y es confirmado el 4 de junio, al asumir la presidencia constitucional de la Nación el coronel Juan Domingo Perón. Posteriormente, la Secretaría se transforma en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación: su nueva denominación implicaba que, junto a funciones de atención médica y sanitaria, se incorporaban otras de asistencia y ayuda comunitaria.

Hasta ese momento, la medicina era considerada tradicionalmente como una profesión y actividad privada, destinada al enfermo individual. El país presentaba un estado sanitario deplorable. La mortalidad infantil alcanzaba índices similares a los que se registraban en los países europeos en guerra. La tuberculosis, el paludismo, la fiebre amarilla y la enfermedad de Chagas, extendidos en amplias regiones y sectores de la población, eran enfermedades endémicas no afrontadas social y sistemáticamente. Cinco leprosarios aislaban sólo a la décima parte de los afectados. Los enfermos mentales sobrevivían recluidos y hacinados en establecimientos anacrónicos.
Al hacerse cargo de la Secretaría, decidió revertir esta situación. Trabajó en ello, incansablemente, durante ocho años coronando con éxito su propósito. Sus ideas y principios acerca de la salud pública se insertaban en la doctrina social y humanista del justicialismo, de inspiración cristina. “… Los médicos debemos pensar socialmente…”

Ya en el Ministerio define inicialmente las tres grandes áreas de la actividad ministerial: “La medicina asistencial tiende a resolver el problema individual cuando se ha planteado, es pasiva; la sanitaria es meramente defensiva, pues trata de proteger; la social es activa, dinámica, y debe ser necesariamente preventiva”.

Carrillo aborda, como tarea prioritaria, la necesidad de dotar a la Secretaría de bases organizativas, y con la ayuda de sus colaboradores, elabora el “Plan Analítico de Salud Pública”, un estudio, de cuatro mil páginas, que contempla e incluye los objetivos, principios y acciones de su ministerio.
Pero los logros más significativos y espectaculares de su gestión estuvieron vinculados con las campañas masivas de carácter nacional para erradicar enfermedades endémicas. El ejemplo mayor lo constituyó el paludismo, que diezmaba a la población del noreste del país. Esta enfermedad y su extinción era la obsesión de Carrillo y la de su compañero de equipo el Dr. Carlos Alberto Alvarado.

En tal sentido obtuvieron, en setiembre de 1948, la sanción de la ley 13.266, que otorgaba amplias facultades a Salud Pública para combatir las endemias. Luego echaron mano del DDT, un producto químico nuevo, inventado durante la guerra, que era un agente destructivo de mosquitos, de extraordinaria eficacia. Durante tres años, los agentes de Salud Pública trabajaron casa por casa, pulverizando, desinfectando, pintando paredes con una solución de DDT en la amplia zona afectada del país. El éxito fue fulminante; hasta 1946 se presumían aproximadamente 122.000 casos nuevos de paludismo por año; en 1955 solo se registraron 240. La enfermedad fue derrotada, en una acción que tuvo repercusión internacional.

Otro éxito notable fue el drástico descenso del índice de mortalidad infantil, que bajó del 90 por mil en 1940, al 56 por mil en 1955. Se debió no sólo a la acción sanitaria directa, instrumentada a través de la creación de miles de centros de protección materno-infantil, sino también (como lo destacaba el propio Carrillo), a una política social general que había elevado los índices de nutrición, higiene, bienestar y condiciones de vida, en un país que en 1946 tenía un tercio de su población subalimentada.

Junto a las campañas sanitarias masivas y urgentes, encaró un plan orgánico de construcciones y creación de servicios hospitalarios y de asistencia a la salud. En su “Teoría del Hospital” clasifica y describe las características de los establecimientos de salud, según su finalidad y especialización: los hospitales generales; los institutos especializados y una concepción novedosa fue la de la ciudad-hospital que consistía en un grupo de pabellones o unidades hospitalarias especializadas y técnicamente independientes, pero centralizados administrativamente, para optimizar eficiencia y reducir costos. Se comenzaron a construir siete unidades de este tipo que, después de 1955, fueron destinadas a otros fines.

No es fácil resumir el balance de la fecunda gestión de Carrillo, en Salud Pública, durante ocho años, pero como lo resumía Juan Perón al calificar la gestión de su funcionario. “Podrán morir argentinos por miseria fisiológica, pero ya no mueren más por miserias sociales…”

Renunciante al ministerio, el 15 de octubre de 1954 viaja a Estados Unidos, en busca de descanso y recuperación para su salud. Desde 1951 padece una enfermedad grave y progresiva: una hipertensión arterial maligna que lo obliga frecuentemente al reposo, debido a pertinaces e intensísimas cefaleas.

Reside en un barrio humilde de Nueva York, mientras intenta un tratamiento para su enfermedad. El año 1955 lo encuentra con dificultades económicas, a pesar de una serie de conferencias que dicta en la Universidad de Harvard para amenguar su afligente situación. Cuando le resulta imposible sostenerse en Nueva York, acepta un puesto de médico en la empresa minera norteamericana “Hanna Mineralization and Company”, que tenía una explotación a 150 kilómetros de la ciudad brasileña de Belem do Pará, cerca de la desembocadura del río Amazonas. Poco después, la empresa levanta campamento y él se ofrece entonces a trabajar en el hospital local. Le dicen que no hacen designaciones ni tienen partida para un médico más, por lo cual comienza a trabajar honorariamente. Al poco tiempo, los médicos del hospital se sorprenden del nivel científico del desconocido y piden informes a Río de Janeiro, acerca de este médico desconocido, sobresaliente profesional. Al conocerse su foja de servicios, su situación mejora en cuanto al reconocimiento profesional, aunque no en el aspecto económico.

Mientras tanto, en Buenos Aires, su gestión y su conducta son sometidas a las comisiones investigadoras creadas por el movimiento de 1955, fraguándose una acusación por ¡comercio ilegal de naftas! Se entera de que le han sido confiscadas sus dos propiedades, sus cuadros y sus libros. Sus hermanas Carmen y Antonia asumen su defensa, demuestran la legitimidad de su pequeño patrimonio. Sin embargo, sus bienes permanecerán interdictos durante diez años, como los de su esposa a pesar de ser bienes propios. Estos hechos lo derrumban moralmente.

El 6 de setiembre de 1956, le escribe a un amigo: “No sé cuánto tiempo más voy a vivir,… pero quiero nombrarte albacea de mi buen nombre y honor. Quiero que no dudes de mi honradez, pues puedes poner las manos en el fuego por mí. He vivido galgueando y si examinas mi declaración de bienes y mi presentación a la comisión, encontrarás la clave de muchas cosas. Vos mismo intuiste con certeza lo que pasaba en mí y me ofreciste unos pesos. Por pudor siempre oculté mis angustias económicas, pero nunca recurrí a ningún procedimiento ilícito, que estaba a mi alcance y no lo hice por congénita configuración moral y mental. Eran cosas que mi espíritu no podía superar. Ahora vivo en la mayor pobreza, mayor de la que nadie puede imaginar y sobrevivo gracias a la caridad de un amigo. Por orgullo no puedo exhibir mi miseria a nadie, ni a mi familia, pero sí a un hermano como vos, que conociéndome puedas comprenderme. No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida. Esa obra debe ser reconocida y yo no puedo pasar a la historia como malversador y ladrón de nafta; a mí, poco a poco se me han cerrado todas las puertas y no pasa un día en que no reciba un golpe… He aceptado todo con la resignación que me es característica… Te pido que, llegado el caso, te hagas cargo de mi defensa y mi reivindicación moral, si yo no pudiera hacerlo por mí mismo”.
El 28 de noviembre de 1956 sufre una hemorragia cerebro-vascular, falleciendo el 20 de diciembre de 1956.

En el caso de Carrillo, el odio con que procede la clase dominante resulta insólito. No sólo silencia la obra realizada, no sólo ignora sus libros sino que decreta el exilio de su cadáver. Ante la intención de sus familiares de retornar sus restos al país, el gobierno de Aramburu lo prohíbe y recién lo autorizan, en 1972, bajo el gobierno de Lanusse.

“La cultura y la ciencia de los argentinos –sostiene Fermín Chávez- están en déficit con la vida y obra de Ramón Carrillo”. (Ricardo Alberto Lopa, Los Malditos, Vol. II, pág. 425, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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CARLOS COSSIO – (1903-1987)

OTRO MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Dice Javier Azzali (Los Malditos, Vol. III, Ed. Madres de Plaza de Mayo)
Nació en la ciudad de San Miguel de Tucumán el 3 de febrero de 1903, y falleció en Buenos Aires el 24 de agosto de 1987. Fue abogado –muy joven, a los 21 años-, doctor en jurisprudencia y docente; en el ámbito académico se dedicó a la filosofía del derecho. Fue profesor de esa especialidad en las Universidades Nacionales de La Plata (1934-1948) y de Buenos Aires (1948-1956 y 1974-1975). Cossio fue creador de una filosofía jurídica original y poderosa, que arremetió por igual contra el iluminismo positivista formalista y el iusnaturalismo tomista, ambos de corte conservador. Su crítica aun hoy no ha sido superada y contiene las bases teóricas para cualquier elaboración presente y futura acerca de una visión progresista del derecho. Fue el filósofo del derecho argentino de mayor trayectoria y reconocimiento, y tal vez, indirectamente, el que más huellas en las generaciones posteriores dejó. Pero la mayor parte de su vida se vio privado de la cátedra y la carrera docente, consecuencia directa de la hegemonía que los sectores conservadores y liberales ejercieron durante décadas sobre el país.

Su compromiso con lo social, pese al ámbito conservador de la ciudad en la que hizo sus primeras armas, le vino por inspiración de la Reforma Universitaria del ’18. Ya en el ámbito universitario Cossio elabora, hacia 1944, su primer gran aporte: “La teoría egológica del derecho”. Por entonces, la facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires era dominada por intelectuales que representaban a los sectores más reaccionarios de la sociedad. No obstante, concursa un cargo docente con la aprobación del jurado formado por Emilio Ravignani, Alfredo Palacio y Carlos Vico. Es el mismo año de las conocidas conferencias para magistrados y juristas. Desde ahí se abrió la etapa de mayor esplendor de la escuela egológica, hasta el derrocamiento de Juan Perón. Tanto es así que en 1949, el año de la Asamblea Constituyente y de la nueva Constitución, se produce un hecho trascendental para el ambiente intelectual; la llegada al país de Hans Kelsen, uno de los más grandes iusfilósofos de la historia. Kelsen y Cossio polemizan de igual a igual y tal debate es uno de los puntos más altos de la filosofía del derecho argentino. Pero en 1956, Cossio se vio obligado a abandonar la universidad. Por resoluciones de la intervención de la Universidad y la Facultad de Derecho, firmada la primera por José Luis Romero, y a partir de impugnaciones de agrupaciones políticas adictas a la revolución libertadora, fue impedido de presentarse a nuevos concursos. El motivo alegado fue que Cossio había dado respuesta a una encuesta oficial acerca de aquella reforma constitucional. De ahí en más, sus prestigiosas y elaboradas teorías fueron postergadas. Su lugar lo ocupó Ambrosio Gioja, un ex discípulo suyo quien unos años antes se había separado como protesta frente a la actitud “fascista” del peronismo en la universidad. Éste lo haría hasta su fallecimiento en 1971.

Pese a ello, Cossio continuó su estudio, dio lugar a una segunda edición ampliada de su principal obra en 1964 así como profundizó su visión filosófica. Obtuvo un generalizado reconocimiento en el extranjero al punto que llegó a ser codirector de la Revue Internationale de la Theorie du Droit. Sus libros fueron traducidos a diversos idiomas, entre ellos, al francés, inglés, polaco, sueco y portugués.

Su marginación sólo sería reivindicada en 1973, cuando se le permitió el regreso a las aulas, aunque más no sea en cursos de doctorado. Sin embargo, nuevamente se vería excluido, ahora sí para siempre, por la intervención lopezrregista.

Como advierte Manuel Atienza, “es interesante comprobar cómo la actitud de los iusfilósofos argentinos frente a la egología guarda ciertos paralelismos con la de los intelectuales políticos argentinos frente al peronismo.” Véase que en un principio la egología fue duramente criticada por Sebastián Soler quien, en 1947 y desde el liberalismo conservador, le reprocharía su subjetivismo axiológico y el reconocimiento del carácter creativo de derecho por parte de los jueces en sus sentencias, para concluir que ello estaba al servicio de intereses totalitarios. Un ejemplo de las resonancias “filosóficas” de las posiciones políticas asumidas. El devenir histórico del movimiento nacional y la vida y obra de Cossio se entrelazan. El encuentro fecundo no es únicamente entre Cossio con Kant, Husserl, Kelsen y Marx, sino en especial su contemporaneidad con el peronismo. Esa interesada y maliciosa asociación entre el filósofo y la constitución de 1949 no es casual, sino más bien causal. Son las diferentes formas de conciencia históricas que se expresan en el cauce abierto por el movimiento nacional en el camino y búsqueda de su liberación. La teoría egológica pretendía ser la síntesis y superación dialéctica de las doctrinas jurídicas alemanas, inglesas y francesas, predominantes en el mundo del derecho bajo la forma de racionalismo dogmático, historicismo casuístico y empirismo exegético, respectivamente. De su crítica arriba a una conclusión que es de muy difícil aceptación por la filosofía jurídica liberal conservadora de nuestro país: “transportar un método de un dominio óntico a otro sin atender a la naturaleza del objeto, traduce un prejuzgamiento, es más un acto de voluntad que un acto de conocimiento y trueca en molde lo que hubo de haber sido un modelo.” No es difícil advertir que su consecuencia directa es una metodología del pensamiento nacional. “Justo lo contrario es lo que ocurre en la historia de las ciencias jurídicas en el siglo XIX: los juristas consumieron métodos de importación”. Y si bien Cossio no avanza demasiado en el análisis de la cuestión nacional, y más bien la referencia directa era respecto de la relación entre las distintas ciencias, los cierto es que la vinculación entre las naciones, los métodos científicos y las circunstancias y necesidades históricas, es verificable. “La ciencia del derecho cuenta con un nuevo amo. Preludiando el papel rector que el siglo XX reservaba a los Estados Unidos, Oliver Holmes inaugura el sociologismo ecléctico de la jurisprudencia de 1880, que llegaría a ser, con el tiempo, la actitud nacional de los juristas de este país. Pero en forma paralela y casi simultánea, el mismo viraje se produce en Alemania… Francia… Inglaterra”.

Esta pretensión de síntesis superadora Cossio la realiza al mismo tiempo que Juan Perón como presidente y Arturo Sampay en la Asamblea Constituyente del ’49, referían a la superación de la democracia liberal por la democracia social. Pero en este punto es necesario advertir que, no obstante lo dicho, Cossio no sólo no era un militante político, sino que además no parece haber alcanzado una comprensión del fenómeno del peronismo en el período ‘43/’55, en tanto movimiento social de liberación nacional. Esta incomprensión, que tal vez le impidió avanzar más a fondo con el compromiso de un proyecto nacional, no fue obstáculo para el establishment que, de todos modos, supo tornarlo objeto de marginación y silenciamientos.

Habrá sido también su conciencia antiimperialista que dejaba huellas en sus textos. Detrás del derecho positivo y de la jurisprudencia asoman “las ideologías jurídicas operantes, los intereses económicos enmascarados con ellas en el campo intelectual y el juego del capitalismo como clase dominante, imponiéndose mediante esta utilización del Estado en beneficio propio”. Así Cossio describe que en el periodo 1930-1960 sucumbe la hegemonía de Inglaterra, porque hasta entonces “la Argentina vivió articulada al sistema colonial inglés como suministradora de materias primas… (y en América Latina, en la etapa imperialista del capitalismo) el capitalismo norteamericano lucha, como interés propio, para asegurarse su zona imperial de dominio.” “Frente a un movimiento sindical creciente cuya actuación acentuaba cada vez más su conciencia proletaria, el capitalismo colonial dominante en la Argentina, al sucumbir la hegemonía inglesa que le daba sustentación, hubo de entrar en transacciones con los Estados Unidos y la Iglesia.” “De todo esto, las valoraciones normativas de nuestros legisladores, gobernantes y jueces, que otorgan fisonomía jurídica a la época, dan un testimonio directo en sus leyes, decretos y sentencias como resultado”. No existe la pretendida neutralidad en el derecho, detrás asoma el poder de las clases sociales dueñas de las tierras y el comercio, asociadas al imperialismo. El juego del capital imperialista se esconde bajo las formas jurídicas, que proclaman en abstracto y en el vacío la igualdad.

De ahí que, pese a la calidad y volumen de su obra, y al hecho de su gran prestigio internacional –en el que cabe contabilizar el reconocimiento de Norberto Bobbio y el nombrado Hans Kelsen, entre otros-, la mayoría de los estudiantes, aún hoy en día, se reciben sin saber siquiera su nombre o bien haber estudiado algún aspecto de sus teorías o leído algún artículo o libro suyo. Incluso cuando no hay tema sobre el que Cossio no haya tenido opinión autorizada y fundada, en especial cuando en los tiempos actuales en los que la teoría del derecho se debate sobre su condición de ciencia y los aportes de otras disciplinas como la sociología, las ciencias políticas, la lingüística y la antropología, todas cuestiones sobre las que Cossio ha realizado aportes esenciales.

En los años sesenta, fuera de la Universidad, publicó “El revolucionario” en el periódico dirigido por Leónidas Barletta (“Propósitos”, 1969), cuyo título hacía referencia al “Che Guevara” en consonancia con aquellos que comprometían su existencia con la lucha política transformadora. A la vez publicó en las revistas socialistas “Cuadernos de la juventud” y, durante la última dictadura militar, participó en la fundación Juan B. Justo repudiando los crímenes cometidos.

Una de las principales tareas que se impuso como intelectual fue la de establecer e investigar el contenido ideológico del derecho en las sociedades capitalistas, y sus relaciones y usos por parte de los poderes capitalistas y mundiales en desmedro del resto de las clases sociales. Al referirse al tan aludido reclamo de seguridad jurídica, propio de las clases propietarias de los medios de producción, sostenía que “la estabilidad así entendida, es sólo un eufemismo ideológico para ocultar que los centros del poder son ajenos a la jerarquía escalonada de las normas a los funcionarios titulares de ellas de acuerdo al orden constitucional”. Al opinar acerca de la formación del Ejército Interamericano, impulsada por los Estados Unidos, Cossio decía que “no se trata de una unificación sobre la base civil que la literatura jurídica liga a los nombres de Bolívar y Alberdi, sino una unificación de base militar, parcelaria y con el edificio colocado cabeza abajo”. En cuanto a la Alianza para el Progreso, Cossio decía que “la gente con responsabilidad intelectual nunca creyó en la Alianza para el Progreso. Ni había motivos para creer en ella mientras no se la planteara en forma de modificar la estructura económica del sistema continental”.

Al decir de Corbiere, “el de Cossio, tucumano como Alberdi, fue un largo camino de reflexión y actividad intelectual, fundamentalmente como creador… junto a Alejandro Korn y Carlos Astrada fueron los únicos filósofos que produjo la Argentina en el siglo XX”.

En la experiencia de la filosofía del derecho que suele aparecer como enclaustrada, ajena a la gente, es función y deber de los juristas descorrer el velo del idealismo y dar cuenta de la realidad social y las luchas y sufrimientos de los pueblos. En esa instancia, la obra de Cossio invita a recorrer un camino que, en definitiva, era lo que más preocupaba, y todavía lo hace, a sus silenciadores.

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ESTEBAN LAUREANO MARADONA - (1895 - 1995)

Otro maldito excluido de la historia oficial

Nace el 4 de julio de 1895, en la localidad de Esperanza, provincia de Santa Fe. En 1926, se recibe de médico en la Universidad de Buenos Aires, con diploma de honor.

Enfoca el ejercicio de su profesión dándole un fuerte contenido social. Durante cinco años (1930-35), en Formosa. Allí se especializa en sanitarismo e higiene rural, convirtiendo el ejercicio profesional en sacerdocio, tal la voluntad y generosidad con que se preocupa de sus enfermos, en especial, de los más carenciados, manifestando extrema dedicación a las comunidades indígenas de la zona.

Durante el resto de su vida permanece en esa región, reclamando apoyo a las autoridades para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. También, con el mismo fin, investiga la flora formoseña para hallar formas de medicina alternativa que permitan la curación de quienes, por sus bajos ingresos, tienen dificultades para acceder a los medicamentos de circulación comercial.

En razón de su permanente dedicación, se lo conoce como “El médico de la selva” y llega a ser postulado para el Premio Nobel de la Paz.
Publica varios libros, entre ellos, “El problema de la lepra” (1935) y “A través de la selva” (1936). Deja asimismo un testimonio de su lucha en “Recuerdos campesinos”.

Inserto con afecto en la memoria colectiva de los formoseños, es desconocido por la mayor parte de los argentinos.
Falleció el 14 de enero de 1995 a los 99 años en Rosario. (N. Galasso, Los Malditos, vol. II, pág. 432, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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fotobiasotti

ALFREDO BENITO BIASOTTI – (1903-1991)
UN MALDITO CIENTÍFICO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Médico  e investigador, nacido en Buenos Aires, el 23 de febrero de 1903.

 

Cursó estudios en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, destacándose por su nivel científico. Por ello fue becado para trabajar 7 meses en el Pabellón de Enfermedades Metabólicas del Instituto Russel Sage de Patología del Hospital Bellevue de Nueva York, donde se destacó por sus investigaciones. A su regreso en Buenos Aires, el Dr. Bernardo Houssay lo incorporó al Instituto de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires que se hallaba a su cargo. Una de las investigaciones más importantes que se realizaba en ese instituto se relacionaba con estudios sobre diabetes. Se estudiaba la reacción, en perros vivos, producida por la extirpación del páncreas que provocaba glicosuria (mayor azúcar en la orina). “Había un tema muy importante que estaba en el tapete de la investigación científica en ese momento. Era lo que se llama la acción específico-dinámica de las proteínas –recordaba Biasotti- Había dos tendencias, dos escuelas, una que decía que era de origen nervioso hipotalámico y otra que era hipofisaria. Entonces, el objeto era estudiar, con esa técnica que yo tenía, en animales con hipófisis, sin hipófisis y con lesiones en el hipotálamo…”
Biasotti se abocó a esa investigación, pero en una oportunidad, encontrándose que carecía de perros, solicitó a la institución que se los proveía (llamada vulgarmente “La perrera”), para que le proporcionasen animales. Desde allí le comunicaron que los únicos perros que le quedaban carecían de hipófisis. Biasotti admitió el envío de esos perros y continuó la investigación con ellos. Pero el 8 de mayo de 1929, al extirparle el páncreas a uno de esos perros, para convertirlo en diabético, tuvo la sorpresa de que el perro operado –que carecía de hipófisis- tenía menos azúcar en sangre que la prevista… “Eso me llamó la atención… Hago el análisis y no hay azúcar, no hay glucosa. Entonces, voy corriendo al escritorio del Dr. Houssay y le digo: Imagínese que le he sacado el páncreas a un animal hace dos días y resulta que no tiene hiperglucemia ni glicosuria” insiste Biasotti en sus recuerdos. “B. Houssay me hizo así no más: Haga de nuevo los análisis, ha usado reactivos viejos o está mal”.

Biasotti hizo de nuevo los análisis con varios animales y se los muestra a Houssay, quien finalmente reconoce: -No hay lugar a dudas que sea así. Usted es un chico de suerte. Esto es muy importante. “Ahí quedó, agrega Biasotti, después la suerte… la explotó Houssay”. Pero entonces Biasotti le propone a Houssay enviar una nota a la revista Science notificando el descubrimiento. “No, me dijo Houssay, no se apure. Hay que andar con mucho cuidado.” A lo cual agrega Biasotti: “Es decir, no quería que yo dejara constancia de eso, del descubrimiento”. Sin embargo, se aceptó inicialmente que el descubrimiento podría llamarse Houssay-Biasotti y así se divulgó en una literatura especializada. Asimismo, designó a Biasotti como Ayudante de Investigaciones en Nutrición, cargo desde el cual Biasotti formó investigadores, entre ellos, a Luis Federico Leloir, futuro Premio Nobel.

Pero cuando llegaron los años cuarenta y “sucesos políticos y universitarios provocaron el distanciamiento de Biasotti y Houssay”, este último, convertido en el científico más prominente entre los enemigos a rajatabla del naciente peronismo, fue dejando a un lado toda generosidad y comenzó a admitir que el descubrimiento era propio. Cuando Houssay se apropió con exclusividad del descubrimiento, comenzaron a operar fenómenos políticos. Así, en 1947, la Real Academia de Ciencia y Medicina de Suecia otorgó a Houssay, junto con los esposos Carl y Gerty Cori, por trabajos propios, el Premio Nobel de Fisiología por este descubrimiento de la relación entre el lóbulo anterior de la hipófisis con el metabolismo de los hidratos de carbono. En el discurso de recepción del Premio Nobel, Houssay no dejó de mencionar a su joven colaborador, como uno de los que contribuyeron al descubrimiento. Pero en ese Premio Nobel que debió ser para “Houssay-Biasotti, Carl y G. Cori”, El Dr. Biasotti, no apareció quedando injustamente olvidado.

Por supuesto, estos hechos se comentaron en los corrillos de la Facultad de Ciencias Médicas donde se conocían los pormenores de la investigación. Tanto fue así que el Dr. José Arce, prominente figura de ese mundo académico, en un discurso titulado “Los Premios Nobel”, reproducido en “La Razón” del 11 de agosto de 1966, se refirió al Premio Nobel obtenido por Houssay “por el supuesto descubrimiento de la acción de la hormona hipofisaria sobre el metabolismo del azúcar, motivo que determinó la decisión de que compartiese el premio con los esposos Cori” (“Los Profetas del odio y la yapa”, Arturo Jauretche, p.255 y 156).
De este modo, mientras Houssay era catapultado a la fama mundial en su doble condición de investigador y ardoroso antiperonista, Biasotti quedó sepultado en el olvido. Sin embargo, Jauretche mostró la verdad en 1966 y poco después, recibió esta carta contundente:
“Buenos Aires, marzo 20 de 1967.

Sr. Arturo Jauretche: He leído los originales de su libro “Los profetas del odio” y con referencia al relato que hace del descubrimiento en la acción de hipófisis sobre el metabolismo del azúcar, reproduciendo dichos del Dr. José Arce, le ratifico que se ajusta a la más pura verdad en cuanto a la comunicación del Dr. Bernardo Houssay del resultado de los trabajos de investigación que me pertenecen y en función de los cuales obtuvo el Premio Nobel en 1947. Saludo a usted con consideración, Alfredo Biasotti” (Los profetas del odio y la yapa, p. 260) (N. Galasso y M. Roselli, Los Malditos, Tomo III, pág. 433)

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