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RELACION ENTRE SAN MARTIN Y LOS INDIOS

El parlamento con los pehuenches

Hacia 1826, el general José de San Martín residía en Bruselas, dedicado a cuidar la educación de su hija. Hacía una vida sobria y retirada, se veía con muy poca gente y sólo escribía las cartas indispensables. Un día recibe un mensaje de su antiguo subordinado, el general Guillermo Miller. El militar inglés le formula varias preguntas pues está escribiendo un libro sobre la campaña de San Martín en el Perú. El Libertador nunca fue hombre de pluma; empieza a contestar con desgano la misiva de Miller. Pero a medida que evacua las preguntas formuladas, su prosa se hace ágil, los recuerdos fluyen solos y a poco su respuesta se convierte en una vívida y palpitante relación de hechos. El fragmento que se transcribe revela a San Martín como un escritor evocativo de auténtica fibra periodística.

El parlamento con los indios pehuenches se verificó en setiembre de 1816 en el fuerte de San Carlos distante 30 leguas al sur de Mendoza; este parlamento fue convocado para pedir licencia a los caciques a fin de que permitiesen el paso de su territorio al ejército de los Andes que debía atacar a Chile, y aunque jamás entró en el plan del general San Martín verificar su ataque por el sur, su objeto no fue otro que de hacer creer al enemigo cual era el punto que se amenazaba; a fin de que cargase sobre él la masa de sus fuerzas, y desguarneciese el del verdadero ataque, lo que se consiguió.

Los indios pehuenches, hombres de una talla elevada, de una musculación vigorosa, y de una fisonomía viva y expresiva, ocupan un territorio al pie de la cordillera de los Andes de 100 a 120 leguas al sur del río Diamante, límite de la provincia de Mendoza; pasan por los más valientes de este territorio, no conocen ningún género de agricultura, y viven de frutas silvestres, y de la carne de caballo; su vida es errante y mudan sus habitaciones (que se componen de tiendas de pieles) a proporción que encuentran pastos suficientes para alimentar sus crecidas caballadas. Son excelentes jinetes, y viajan con una rapidez extraordinaria, llevando cada uno diez o doce caballos por delante para mudar en proporción que se cansan, pero tan dóciles y bien enseñados, que en medio del campo los llaman por su nombre, y sin el auxilio del lazo los toman con la mano para cambiar. Se darán algunos detalles sobre este parlamento.

Alimentos, bebidas y regalos

Con anticipación de un día el general San Martín se había transportado al fuerte de San Carlos precedido de 120 barriles de aguardiente, 300 de vino, gran número de frenos, espuelas, vestidos antiguos bordados y galoneados que había hecho recoger en toda la provincia, sombreros y pañuelos ordinarios, cuentas de vidrio, frutas secas, etc., preparativos indispensables en toda reunión de indios. El día señalado para el parlamento a las 8 de la mañana empezaron a entrar en la explanada que está en frente del fuerte cada cacique por separado con sus hombres de guerra, y las mujeres y niños a retaguardia; los primeros con el pelo suelto, desnudos de medio cuerpo arriba, y pintados hombres y caballos de diferentes colores, es decir, en el estado en que se ponen para pelear con sus enemigos. Cada cacique y sus tropas debían ser precedidos (y ésta es una prerrogativa que no perdonan jamás porque creen que es un honor que debe hacérseles) por una partida de caballería de cristianos, tirando tiros en su obsequio. Al llegar a la explanada las mujeres y niños se separan a un lado, y empiezan a escaramucear al gran galope; y otros a hacer bailar sus caballos de un modo sorprendente. En este intermedio el fuerte tiraba cada 6 minutos un tiro de cañón, lo que celebraban golpeándose la boca y dando espantosos gritos; un cuarto de hora duraba esta especie de torneo, y retirándose donde se hallaban sus mujeres, se mantenían formados volviéndose a comenzar la misma maniobra que la anterior por otra tribu. Al mediodía concluyó esta larga operación, en cuyo intermedio una compañía de granaderos a caballo y 200 milicianos que habían acompañado al general se mantuvieron formados. En seguida comenzó el parlamento; a este efecto había preparado el comandante de la frontera en la pequeña plaza de armas una mesa cuyo tapete (por no haber otra cosa) era un paño de púlpito de la capilla, y diferentes bancos para los caciques y capitanes de guerra, únicos que entran en la conferencia, quedando todo el resto de los demás indios formados y armados hasta saber el resultado del parlamento. Convocados para comenzar, tomaron sus asientos por el orden de ancianidad, primero los caciques y en seguida los capitanes; el general en jefe, el comandante general de frontera y el intérprete, que lo era el padre Inalican, fraile franciscano y de nación araucana, ocupaban el testero de la mesa.

Comienzan las deliberaciones

El fraile comenzó su arenga haciéndoles presente la estrecha amistad que unía a los indios pehuenches al general, que éste confiado en ella los había reunido en parlamento general para obsequiarlos abundantemente con bebidas y regalos, y al mismo tiempo suplicarles permitiesen el paso del ejército patriota por su territorio, a fin de ir a atacar a los españoles de Chile, extranjeros a la tierra, y cuyas miras eran de echarlos de su país, y robarles sus caballadas, mujeres e hijos, etcétera, etcétera. Concluido el razonamiento del fraile un profundo silencio de cerca de un cuarto de hora reinó en toda la asamblea. A la verdad era bien original el cuadro que presentaba la reunión de estos salvajes con sus cuerpos pintados y entregados a una meditación la más profunda. El inspiraba un interés enteramente nuevo por su especie.

Se me había olvidado prevenir que a tiempo de comenzar el parlamento general había ofrecido de beber a los caciques y capitanes, pero todos ellos se negaron diciéndole que no podían tomar ningún licor porque sus cabezas no estarían firmes para tratar los asuntos que se iban a discutir; al fin el cacique más anciano rompió el silencio y dirigiendo la palabra a los demás indios les propuso si eran o no aceptables las proposiciones que los cristianos les acababan de hacer. Esta discusión fue muy interesante; todos hablaron por su turno, pero sin interrumpirse, y sin que se manifestase en ninguno de ellos la menor impaciencia; exponiendo su opinión con una admirable concisión y tranquilidad; puestos de acuerdo sobre la contestación que debían dar se dirigió al general el cacique más anciano, y le dijo: todos los pehuenches a excepción de tres caciques que nosotros sabremos contener, aceptamos tus propuestas; entonces cada uno de ellos a fe de su promesa abrazó al general a la excepción de los tres caciques que no habían convenido; sin pérdida se puso aviso por uno de ellos al resto de los indios comunicándoles que el parlamento había sido aceptado; a esa noticia desensillaron y entregaron sus caballos a los milicianos para llevarlos al pastoreo; siguió el depósito de todas sus armas en una pieza del fuerte, las que no se les devuelve hasta que no han concluido las fiestas del parlamento. Es a la verdad inconcebible en medio del carácter de los indios la confianza que depositan quedando desarmados y entregados por decirlo así a la merced de sus naturales enemigos. No es menos interesante la solicitud que emplean sus mujeres para que sus maridos y parientes no oculten arma alguna, pues la época de sus venganzas es cuando se entregan a la embriaguez.

Momento de celebraciones

Finalizado el depósito se dirigieron al corral donde se les tenían preparadas las yeguas necesarias para su alimento. El espectáculo que presenta la matanza de estos animales es lo más disgustante. Tendido el animal y atado de pies y manos le hacen una pequeña incisión cerca del gaznate, cuya sangre chupan con preferencia las mujeres y los niños, aplicando la boca a la herida; descuartizado el animal lo ponen a asar, cuya operación se le reduce a muy pocos minutos. Las pieles frescas y enteras de las yeguas las conservan para echar el vino y aguardiente todo mezclado indistintamente, lo que se verifica del modo siguiente. Hacen una excavación en la tierra de dos pies de profundidad y de cuatro a cinco de circunferencia, meten la piel fresca en el agujero abierto en la tierra, y aseguran los extremos de ella con estacas pequeñas; en este pozo revestido de la piel se deposita el licor y sentados alrededor empiezan a beber sólo los hombres. Estos pozos se multiplican según el número que se necesitan pues para cada pozo se sientan 16 ó 18 personas alrededor. Las mujeres por separadas dan principio a beber después de puesto el sol, pero quedan cuatro o cinco de ellas en cada tribu que absolutamente se abstienen de toda bebida a fin de cuidar a los demás. Aquí empieza una escena enteramente nueva. Que se representen dos mil personas (éste era poco más o menos el número de indios, indias y muchachos que concurrieron al parlamento) exaltados con el licor, hablando y gritando al mismo tiempo, muchos de ellos peleándose, y a falta de armas, mordiéndose y tirándose de los cabellos; los lamentos de las mujeres, y los llantos de los chiquillos, y se tendrá una idea aproximativa del espectáculo singular que presentaba este cuadro.

Los milicianos se hallaban en continua ocupación a fin de separar a los contendientes, a cuyo efecto se habían nombrado fuertes partidas con este objeto, y el evitar en cuanto se pudiese las desgracias que podían ocurrir. A la medianoche la escena había cambiado, indios e indias se hallaban tendidos por tierra, y como si estuviesen poseídos de un profundo letargo, a excepción de alguno que otro que arrastrándose por el suelo hacía tal o cual movimiento. A este disgustante espectáculo la imaginación no podía prescindir de hacer algunas reflexiones, considerando lo degradado que es el hombre en el estado de la simple naturaleza.

Al fin, este desagradable cuadro duró tres días consecutivos, es decir, hasta que se les dijo haberse concluido todas las bebidas; él terminó lo más felizmente posible, sin más desgracias que la de dos indios y una india muertos, pérdida bien pequeña si se consideran a los excesos a que se habían entregado, y sin que puedan evitarse estos males, pues si no se les da de beber con una grande abundancia se resentirán tomándolo como un terrible insulto. El cuarto día fue destinado a los regalos; cada cacique presentó al general un poncho obra de sus mujeres, que alguno de ellos no carecían de méritos, sobre todo por la viveza y permanencia de sus colores. Por parte del general les fueron entregados los efectos anteriormente referidos, los que apreciaron con particularidad los vestidos y sombreros, de que en el momento hicieron uso. (Fuente: La Gazeta Federal)

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PROCLAMA. CUARTEL GENERAL EN VALPARAÍSO, 22 DE JULIO DE 1820

A los habitantes de las Provincias del Río de la Plata
Compatriotas: se acerca el momento en que debo seguir el destino que me llama; voy a emprender la grande obra de dar la libertad al Perú.
Mas antes de mi partida, quiero deciros algunas verdades, que sentiría las acabéis de conocer por experiencia. También os manifestaré las quejas que tengo, no de los hombres imparciales y bien intencionados, cuya opinión me ha consolado siempre, sino de algunos que conocen poco sus propios intereses y los de su país, porque al fin la calumnia, como todos los crímenes, no es sino obra de la ignorancia y del discernimiento pervertido

Vuestra situación no admite disimulo. Diez años de constantes sacrificios sirven hoy de trofeo a la anarquía; la gloria de haberlos hecho es mi pesar actual, cuando se considera su poco fruto. Habéis trabajado un precipicio con vuestras propias manos y, acostumbrados a su vista, ninguna sensación de horror es capaz de deteneros.

El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación: esta palabra está llena de muertes, y no significa sino ruina y devastación. Yo apelo sobre esto a vuestra propia experiencia y os ruego que escuchéis con franqueza de ánimo la opinión de un general que os ama, y que nada espera de vosotros. Yo tengo motivos para conocer vuestra situación, porque en los dos ejércitos que he mandado me ha sido preciso averiguar el estado político de las provincias que dependían de mí.

Pensar en establecer el gobierno federativo en un país casi desierto, lleno de celos y de antipatías locales, escaso de saber y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto de rentas para hacer frente a los gastos del Gobierno General, fuera de los que demanda la lista civil de cada Estado: es un plan cuyos peligros no permiten infatuarse, ni aun con el placer efímero que causan siempre las ilusiones de la novedad.

Compatriotas, yo os hablo con la franqueza de un soldado. Si dóciles a la experiencia de diez años de conflictos no dais a vuestros deseos una dirección más prudente, temo que, cansados de la anarquía, suspiréis al fin por la opresión y recibáis el yugo del primer aventurero feliz que se presente, quien, lejos de fijar vuestros destinos, no hará más que prolongar vuestra incertidumbre.

Voy ahora a manifestar las quejas que tengo, no porque el silencio sea una prueba difícil para mis sentimientos, sino porque yo no debo dejar en perplejidad a los hombres de bien, ni puedo abandonar eternamente a la posteridad el juicio de mi conducta, calumniada por hombres en quienes la gratitud algún día recobrará sus derechos.

Yo servía en el ejército español en 1811. Veinte años de honrados servicios me habían traído alguna consideración, sin embargo de ser americano; supe la revolución de mi país y, al abandonar mi fortuna y mis esperanzas, sólo sentía no tener más que sacrificar al deseo de contribuir a la libertad de mi patria. Llegué a Buenos Aires a principios de 1812 y desde entonces me consagré a la causa de América: sus enemigos podrán decir si mis servicios han sido útiles.

En 1814 me hallaba de gobernador en Mendoza; la pérdida de este país dejaba en peligro la provincia de mi mando. Yo la puse luego en estado de defensa, hasta que llegase el tiempo de tomar la ofensiva. Mis recursos eran escasos y apenas tenía un embrión de ejército, pero conocía la buena voluntad de los cuyanos y emprendí formarlo bajo un plan que hiciese ver hasta qué grado puede apurarse la economía para llevar al cabo las grandes empresas.

En 1817, el Ejército de los Andes está ya organizado. Abrí la campaña de Chile y el 12 de febrero mis soldados recibieron el premio de su constancia. Yo conocí que desde este momento excitaría celos mi fortuna y me esforcé, aunque sin fruto, a calmarlos con moderación y desinterés.

Todos saben que, después de la batalla de Chacabuco, me hallé dueño de cuanto puede dar el entusiasmo a un vencedor. El pueblo chileno quiso acreditarme su generosidad ofreciéndome todo lo que es capaz de lisonjear al hombre; el mismo es testigo del aprecio con que recibí sus ofertas y de la firma con que rehusé admitirlas.

Sin embargo de esto, la calumnia trabajaba contra mí, con una perfecta actividad, pero buscaba las tinieblas porque no podía existir delante de la luz. Hasta el mes de enero próximo pasado, el general San Martín merecía el concepto público en las provincias que formaban la Unión y, sólo después de haber formado la anarquía, ha entrado en el cálculo de mis enemigos el calumniarme sin disfraz y recurrir sobre mi nombre los improperios más exagerados.

Pero yo tengo derecho a preguntarles: ¿qué misterio de iniquidad ha habido en esperar la época del desorden para denigrar mi opinión? ¿Cómo son conciliables las suposiciones de aquéllos con la conducta del Gobierno de Chile y la del Ejército de los Andes? El primero, de acuerdo con el Senado y voto del pueblo, me ha nombrado jefe de las fuerzas expedicionarias, y el segundo me reeligió por su general en el mes de marzo, cuando, trastornada en las Provincias Unidas la autoridad central, renuncié el mando que había recibido de ellas, para que el ejército, acantonado entonces en Rancagua, nombrase al jefe a quien quisiera voluntariamente obedecer.

Si tal ha sido la conducta de los que han observado de cerca mis acciones, no es posible explicar la de aquellos que me calumnian desde lejos sino corriendo el velo que oculta sus sentimientos y sus miras. Protesto que me aflige el pensar en ellas, no por lo que me toca a mi persona, sino por los males que amenazan a los pueblos que se hallan bajo su influencia.

Compatriotas, yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la perspectiva de vuestras desgracias. Vosotros me habéis recriminado aun de no haber contribuido a aumentarlas, porque éste habría sido el resultado si yo hubiese tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas. Mi ejército era el único que conservaba su moral, y lo exponía a perderla abriendo una campaña en que el ejemplo de la licencia armase mis tropas contra el orden. En tal caso, era preciso renunciar la empresa de libertar el Perú y, suponiendo que la suerte de las armas me hubiese sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos. No, el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Sud América.

En fin, a nombre de vuestros propios intereses, os ruego que aprendáis a distinguir los que trabajan por vuestra salud de los que meditan vuestra ruina: no os expongáis a que los hombres de bien os abandonen al consejo de los ambiciosos. La firmeza de las almas virtuosas no llega hacia el extremo de sufrir que los malvados sean puestos a nivel con ellas y ¡desgraciado el pueblo donde se forma impunemente tan escandaloso paralelo!

¡Provincias del Río de la Plata! El día más célebre de nuestra revolución está próximo a amanecer. Voy a dar la última respuesta a mis calumniadores: yo no puedo hacer más que comprometer mi existencia y mi honor por la causa de mi país. Y sea cual fuere mi suerte en la campaña del Perú, probaré que, desde que volví a mi patria, su independencia ha sido el único pensamiento que me ha ocupado, y que no he tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos.
José de San Martín

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LA RELACIÓN ENTRE SAN MARTÍN Y RIVADAVIA:
DOS MORALES, DOS PROYECTOS DE PAÍS, UNO LIBERTADOR DE MEDIA AMÉRICA, EL OTRO QUERÍA ASESINARLO

Es escandaloso para nuestra patria que exista en la Capital Federal y buena parte de la provincia de Buenos Aires que la calle más importante y más extensa se llame Rivadavia, nombre que es de un infame traidor a la patria presentado como un prócer por la falsedad de la historia oficial.
En el siguiente texto queda en evidencia lo que fue este nefasto primer presidente argentino con conductas delincuenciales:

“Rivadavia temeroso de que se designara jefe supremo a San Martín, boicoteó por todos los medios a San Martin y a la reunión de un Congreso Constituyente en Córdoba.

Ocupado en dotar de ochavas a la ciudad de Bs. As. negó todo recurso a San Martín, que libraba la Guerra de Independencia.

Finalmente San Martín no tuvo más remedio que ceder su lugar a Bolívar para que concluyera la gesta libertadora.

Mientras San Martín permaneció en Mendoza, retirado en su chacra, Rivadavia y el gobierno de Buenos Aires lo hostilizó de todas formas. Primero le puso un mucamo como espía de sus movimientos y luego hasta le violaba su correspondencia privada. El propio San Martín se lo confiesa a O´Higgins en carta del 2º de octubre de 1827:

“...Mi separación voluntaria del Perú parecía me ponía al cubierto de toda sospecha de ambicionar nada sobre las desunidas Provincias del Plata. Confinado en mi hacienda de Mendoza, y sin más relaciones que algunos vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías; mi correspondencia era abierta con grosería...” (Altamira, Luis Roberto: “San Martín. Sus relaciones con don Bernardino Rivadavia”. Impresiones Pellegrini 1950. Museo Histórico Nacional. Su Correspondencia)

El 16 de agosto de 1828 el mismo O´Higgins lo conformaba en carta a San Martin:

“...ejerzan enhorabuena su rabia inquisitorial en nuestras comunicaciones privadas que ellos no encontrarán otra materia más que la misma firmeza y honradez que no han podido contradecir de nuestra vida pública. Hasta la evidencia se podría asegurar que las ocho o diez cartas que veo por su apreciable del 29 de septiembre del año pasado se han escamoteado como las que he escrito a Ud. paran en poder del hombre más criminal que ha producido el pueblo argentino. Un enemigo tan feroz de los patriotas como Don Bernardino Rivadavia estaba preparado por arcanos más oscuros que el carbón para humillarlos y para degradación que su desastrosa administración ha dejado a un pueblo generoso, que fue la admiración y baliza de las repúblicas de América Sudeste. Hombre despreciable que no solo ha ejercido su envidia y encono contra Ud. no queda satisfecha su rabia, y acudiendo a la guerra de zapa, quiso minarme en el retiro de este desierto, donde por huir de ingratos busco mi subsistencia y la de mi familia con el sudor de mi frente...”(Altamira, Luis Roberto. Ibidem) (JS.p.36)

También a Martiniano Chilavert le refiere San Martín sobre los ataques y calumnias que recibía por parte de la prensa rivadaviana. En carta del 1° de enero de 1825 le decía:
“...A mi regreso de Perú establecí mi cuartel general en mi chacra de Mendoza, y para hacer más inexpugnable mi posición, corté toda comunicación (excepto con mi familia), y me proponía en mi atrincheramiento dedicarme a los encantos de una vida agricultora y a la educación de mi hija, pero ¡vanas esperanzas! En medio de esos planes lisonjeros, he aquí que el espantoso “Centinela” (periódico rivadaviano) principia a hostilizarme; sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro. Entonces fue cuando se me manifestó una verdad que no había previsto a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que se me dejara vivir tranquilamente” (Comisión Nacional del Centenario. Documentación del archivo San Martín. Tomo I)

San Martín decide trasladarse a Buenos Aires a darle el último adiós a su esposa que agonizante reclamaba su asistencia. Pero San Martín debe postergar su viaje ante la certeza de un complot para interceptar su viaje para prenderlo o asesinarlo, y en carta a Guido del 27 de abril de 1828 da cuenta de ello:

“¿Ignora Ud. por ventura que en el 23, cuando por ceder a las instancias de mi mujer de venir a Buenos Aires a darle el último adiós, resolví en mayo venir a Buenos Aires, se apostaron en el camino para prenderme como a un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración”. (Altamira, Luis Roberto: “San Martín. Sus relaciones con don Bernardino Rivadavia”. Impresiones Pellegrini 1950. Museo Histórico Nacional. Su Correspondencia)

El 12 de agosto falleció la mujer de San Martín en ausencia de su esposo.

Así agradecían los “civilizados” al libertador de medio continente, mientras los “bárbaros”, según la definición sarmientina, le ofrecían su ayuda y gratitud; el gobernador “bárbaro” Don Estanislao López le remite la siguiente correspondencia:

“Se de una manera positiva por mis agentes en Buenos Aires que a la llegada de V.E. a aquella capital será mandado juzgar por el gobierno en un consejo de guerra de oficiales generales por haber desobedecido sus órdenes en 1817 y 1820, realizando en cambio las gloriosas campañas de Chile y Perú. Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V.E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V.E. que a su solo aviso estaré en la provincia en masa a esperar a V.E. en El Desmochado para llevarlo en triunfo hasta la plaza de la Victoria”. (Altamira, Luis Roberto. Ibidem)

En esta agradecida y emotiva carta, Estanislao López se refería a la desobediencia de San Martín a Rivadavia, que pretendía que regresara para aplastar a las provincias del interior. San Martín en cambio prefirió libertar medio continente, dejando las manos libres a López y Ramírez para que destrozaran a Rondeau en Cepeda.

San Martín en esta oportunidad, tal vez debió aceptar el ofrecimiento de López, y aplastar a “Rivadavia y sus satélites” que tanto mal le harían a la América toda. Decide en cambo su regreso solo, vestido de poncho, en una diligencia que por precaución desvía su camino, entrando en silencio en Buenos Aires el 4 de diciembre de 1823, sin desfile triunfal ni saludo de una Buenos Aires ingrata y desagradecida. Es el camino al exilio, con su hija en brazos.

A raíz de la reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, el 10 de diciembre de 1825, Brasil le declara la guerra. Desde el exilio, San Martín le escribía a Guido:

“...cuando se declaró la guerra no me pareció regular ofrecer mis servicios por temor de exponerme a un nuevo insulto...por otra parte, yo estoy seguro que si diese este paso se creería sospechoso, tanto más, cuanto el empeño que se ha puesto en hacer creer que el General San Martín no ha tenido otro objeto en su viaje a Europa que el de intrigar a fin de establecer monarquías en América. Los miserables que han hecho circular tan indignas imposturas (Rivadavia y su grupo), no conocen que los sentimientos que francamente he manifestado sobre el particular, nada tienen que ver con los respetos que se deben a la mayoría de la nación por la cual me sacrificaría gustoso...”

Argentina derrota a Brasil en Ituzaingó, pero Inglaterra no permitiría que una sola nación dominase ambas márgenes del Río de la Plata. Rivadavia, empleado a sueldo inglés, hace la paz “a cualquier precio” según manifiesta textualmente el negociador Manuel José García, que acepta, aun habiendo triunfado en la guerra, acepta el dominio brasilero sobre la banda Oriental, con el nombre de Provincia Cisplatina.

En carta a Guido, el 13 de febrero de 1827, le manifiesta:

“Veo por la de Ud. se habían hecho por ese gobierno de Buenos Aires proposiciones de paz bajo la base de la independencia de la Banda Oriental... no nos hagamos ilusiones, la independencia de la Banda Oriental, es en mi opinión quimérica, sin más razón, que por que carece de bases para serlo: su aproximación al Brasil, y porque sus mismos desórdenes le harán buscar un apoyo, y que está en el orden, sea en el más fuerte, y en este caso se presentarán dificultades inmensas para la organización de esa República Argentina, ya débil por las ricas y pobladas provincias que se le han separado, como por la ubicación que la condena a ver obstruido el día menos pensado el único canal de su propiedad, por el bloque del río.” (Piccinali, Héctor Juan. “San Martín y Rosas”. Edit. Colección Estrella Federal. Bs.As. 1988) (JS.p.40)

Fue tan escandaloso el tratado de paz, que Rivadavia se vio obligado a renunciar.

Enterado San Martín, le escribe a O´Higgins el 20 de octubre de 1827:

“Me dice Ud. no haber recibido más carta mías; se han extraviado, o mejor dicho se han escamoteado ocho o diez cartas mías que le tengo escritas desde mi salida de América; esto no me sorprende, pues me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial la más completa. Yo he mirado esta conducta con el desprecio que merecen sus autores....ya habrá sabido la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y solo ha contribuido a dividir los ánimos. Yo he rechazado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona. Con un hombre como este al frente de la administración no creí necesario ofrecer mis servicios en la actual guerra con el Brasil por el convencimiento en que estaba, de que hubieran sido despreciados” (Altamira Roberto. Op.cit. Museo Histórico Nacional. Piccinali.Op.cit. cap. XII) (JS.p.41)

El 25 de agosto de 1844 le escribe al chileno Don Pedro Plenzueos:

“Si yo viese a su afortunada patria dar oídos a los visionarios y precipitar sus reformas, confieso a Ud. me alarmaría por su futura suerte; tenga Ud. presente la que se siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia que empleó sólo la madera para hacer andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral, 60 mil duros, que se gastaron ingentes sumas para contratar ingenieros en Francia y comprar útiles para la construcción de un pozo artesiano al lado de un río y en medio de un cementerio público, y todo ello se hacía cuando no había un muelle para embarcar y por el contrario se deshizo y destruyó el que había de piedra y que había costado 600 fuertes el tiempo de los españoles, que el ejército estaba sin paga y en tal miseria que pedían limosna los soldados públicamente. El fin que estableció el papel moneda que ha sido la ruina del crédito de aquella República Argentina. Sería de no acabar si se enumeraran las locura de aquel visionario y la administración de un gran número de mis compatriotas, creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaba lo que se llama el Archivo Oficial. Yo espero que Chile seguirá la marcha sólida que ha emprendido y que sus reformas las hará con pasos de tortuga”

‘Rivadavia era incapaz de lealtad, honestidad o siquiera buenas maneras en sus relaciones con los hombres que lo rodeaban con quienes estaba obligado a llevar los negocios de la comunidad. Odiaba a los hombres que eran más notables o tenían más éxito que él. No encontraba nada demasiado maligno que decir sobre San Martín y Bolívar.’” 
(Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. H.S.Ferns. p.178) (Fuente: La Gazeta Federal)

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CARTA DE SAN MARTÍN A BOLÍVAR

Lima, 29 de agosto de 1821.

Excmo. Señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar.

Querido general:
Dije a usted en mi última del 23 del corriente que habiendo reasumido el mando Supremo de esta república, con el fin de separar de él al débil e inepto Torre-Tagle las atenciones que me rodeaban en el momento no me permitían escribirle con la atención que deseaba; ahora al verificarlo no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter sino con la que exigen los altos intereses de la América.

Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa.

Las razones que usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda estoy muy persuadido la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con la cooperación de usted y la del ejército de su mando y que el honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.

No se haga usted ilusiones, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas: ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses.

El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y de éstos una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que usted envía será necesaria para mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima.

Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llaman en la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males.

En fin, general; mi partida está irrevocablemente tomada. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando.

Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse.

No dudando que después de mi salida del Perú el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento.

El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimiento, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración.

Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia.
Permítame, general, que le diga que creí no era a nosotros a quienes correspondía decidir este importante asunto. Concluida la guerra los gobiernos respectivos lo hubieran transado sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América.

He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que expresa esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia.

Con el comandante Delgado, dador de ésta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas juntamente con el caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores.

Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor.

JOSÉ DE SAN MARTÍN

Cuadernos de la Memoria, El Ortiba.org

Publicado en Pensamiento Discepoleano

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SOBRE LA LIBERTAD Y LA ESCLAVITUD

“Es cierto que tenemos que sufrir escasez de dinero, paralización del comercio y agricultura, arrostrar trabajos y ser superiores a todo género de fatigas y privaciones; pero todo es menos que volver a uncir el yugo pesado e ignominioso de la esclavitud.”

Mendoza, 31 de marzo de 1815

 

SENTIR REVOLUCIONARIO

“Es cierto que tenemos que sufrir escasez de dinero, paralización del comercio y agricultura, arrostrar trabajos y ser superiores a todo género de fatigas y privaciones; pero todo es menos que volver a uncir el yugo pesado e ignominioso de la esclavitud.”

Mendoza, 31 de marzo de 1815

 

CARTA DE SAN MARTÍN A GUIDO DESPUÉS DE ENTERARSE LO SUCEDIDO EN LA VUELTA DE OBLIGADO

"Grand Bourg, 10 de mayo de 1846

Mi querido amigo:

Sarratea me entregó a mi llegada a ésta su muy apreciable del 12 de Enero; a su recibo ya sabía la acción de Obligado. ¡Qué iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto por este “hechantillón” que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca: a un tal proceder, no nos queda otro partido que el de no mirar el porvenir y cumplir con el deber de hombres libres, sea cual fuere la suerte que nos depare el destino; que por mi íntima convicción, no sería un momento dudosa en nuestro favor, si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra patria, si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España. Convencido de esta verdad, crea usted mi buen amigo, que jamás me ha sido tan sensible, no tanto mi avanzada edad, como el estado precario de mi salud, que me priva en estas circunstancias ofrecer a la patria mis servicios, no por lo que ellos puedan valer, sino para demostrar a nuestros compatriotas, que aquella tenía aun un viejo servidor cuando se trata de resistir a la agresión la más injusta y la más inicua de que haya habido ejemplo...”

José de San Martín

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