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JORGE VERNAZZA - (1925 - 1995)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires el 1 de septiembre de 1925. Estudia en el Seminario Metropolitano licenciándose en Teología. Su ordenación sacerdotal se realiza en 1951.
Pasa un tiempo en la diócesis de Reconquista regresando a su ciudad natal para asumir un cargo en el Seminario Mayor. Hasta aquí nada que resulte llamativo para ser considerado un “maldito”, silenciado de nuestra historia.

Pero el padre Vernazza no elige la cómoda carrera eclesiástica que se le presenta como natural, sino que opta por involucrarse y comprometerse con la injusta realidad social que atraviesa el país y las luchas por la liberación que comienzan a gestarse.

En el contexto de radicalización de algunos sectores de la iglesia católica, trabaja junto a los más pobres de la Ciudad de Buenos Aires desde su lugar de párroco de San Francisco Solano, en el barrio de Mataderos.

“El Padre Jorge Vernazza llegó a la villa en 1968, vivía en una casilla, tenía una carpintería y daba misas y cursos y en 1971 empezó a funcionar la guardería”. Recuerda Rodolfo Ricciardelli, otro sacerdote del tercer mundo. Junto a Ricciardelli y Héctor Botán forma parte del Secretariado General del “Movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo” (MSTM) desde su fundación en 1968.

En el primer encuentro de MSTM realizado en Córdoba se analiza la situación de las distintas regiones del país y de las villas de emergencia de Buenos Aires. Estos tres sacerdotes, denuncian atropellos policiales y el plan de erradicación de Villas Miseria llevado adelante por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 1972 integra, junto a Carlos Mugica, la comisión que acompaña a Juan Domingo Perón en su regreso a la Argentina. Ambos sacerdotes habían sido compañeros en el seminario de Villa Devoto.

En los años ’73 y ’74, en la parroquia San Francisco Solano, Mugica desempeñaba sus tareas pastorales como vicario. Carlos es asesinado el 11 de mayo de 1974 en la puerta de esta parroquia mientras Vernazza estaba en la sacristía: al escuchar los disparos se acerca al sacerdote acribillado y lo acompaña al hospital donde finalmente muere.

Bajo el terrorismo de estado en 1978 se inicia un nuevo Plan de Erradicación de las Villas miseria, donde las topadoras enviadas por el Intendente Cacciatore disminuyen el número de viviendas de 5600 a 30. Los relatos de los habitantes son desgarradores: con total impunidad se destruía las viviendas con las pocas pertenencias que las familias tenían. Eran trasladados a la fuerza dispersando a las comunidades a diferentes sitios de la provincia de Buenos Aires, con la promesa de otorgarles viviendas definitivas.

En respuesta a este avasallamiento de los derechos de los villeros a fines de este mismo año –junto al Equipo de Pastoral para Villas de Emergencia de la Arquidiócesis de Buenos Aires- publica un documento denunciando el accionar represivo llamado “Informe sobre la situación en las villas de emergencia”.

Continuando con la denuncia a los responsables de tales actos de avasallamiento de los derechos humanos, realiza junto a otros sacerdotes (Miguel Ángel Valle y Héctor Botán de Villa Lugano, Daniel de la Sierra de Barracas, Rodolfo Ricciardelli de Bajo Flores, Jorge Meisegeier de Retiro y Pedro Lephille de Mataderos) un informe llamado “La verdad sobre la erradicación de las villas de emergencia del ámbito de la Capital Federal”. El mismo se publica en octubre de 1980. Hacía tiempo que la pastoral villera venía intentando la intervención en el conflicto del arzobispado, pero solo obtenía recomendaciones de prudencia.

En esta coyuntura, ayuda a los vecinos de la Villa 1-11-14 (Barrio Rivadavia) en la presentación de un recurso de amparo de 87 familias que fueron intimadas a abandonar su vivienda por el Plan de Erradicación antes nombrado.

Por otra parte, junto a Ricciardelli, convoca a los laicos católicos a conformar una comunidad de apoyo “Madre del Pueblo”, reuniendo a economistas, arquitectos, ingenieros, entre otros. Formaron una Cooperativa destinada a la construcción de viviendas populares en los mismos lugares donde vivían las familias. La Cooperativa logra ser amparada por el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales).

Se inicia entonces, la búsqueda de terrenos para las construcciones. Encuentran un predio en San Justo (Partido de La Matanza) que pertenecía a una congregación de religiosas. Por ese entonces el obispo Carlos Carreras los desanima diciendo: “Tengo entendido que las cooperativas son un invento comunista. Además ¿cómo van a traer gente pobre y villeros a un terreno lindero con un convento de monjas contemplativas, rodeado de hogares de gente de bien?” (testimonio citado en Iglesia y Dictadura, de E. Mignone).

Los terrenos en cuestión son finalmente adquiridos en febrero de 1979 con los aportes de los socios. Las construcciones comienzan en septiembre de ese mismo año dando origen al Barrio Luján, terminado en 1981.

La cooperativa se pone en marcha financiada por una fundación holandesa. El Ingeniero Osvaldo Oriolo coordina estas primeras obras construidas bajo el sistema de autogestión. En la actualidad a pwsar de haber surgido en condiciones tan precarias aún continúa funcionando y lleva más de 1500 viviendas levantadas.

“Trabajábamos los fines de semana y los días feriados, sin descanso –recuerda Martín Alberna, poblador del barrio Madre del Pueblo de Merlo- todos teníamos el sueño de la casita de material. El que más trabajaba, tenía derecho a elegir primero”.

En el ’83 consiguieron el terreno para hacer el barrio San José Obrero en la Matanza, pero como debían construir más de 500 viviendas cambiaron la metodología de la autoconstrucción por un plan de lotes con servicios, por el cual se realizaba el trazado y la instalación de los servicios (agua y luz), luego la familia se ocupaba de la construcción cumpliendo plazos convenidos con antelación.

Se levantan los barrios Nuestra Señora de Luján, en San Justo; Madre del Pueblo, en Merlo; San José Obrero, en Laferrere; San Cayetano 1 y San Cayetano 2, en Rafael Castillo y se inicia con los trabajos en Virrey del Pino.

Jorge Vernazza siempre le otorgó gran importancia a la reflexión de la historia de las luchas de la Iglesia junto al pueblo. Por esto realiza una compilación de textos sobre la vida del sacerdote Carlos Mugica, (Padre Mugica, una vida para el pueblo, publicado en 1984). También publica en 1989 “Para comprender una vida con los pobres: los curas villeros”.

En el final de su vida se desempeña como párroco en Parque Patricios, en Nuestra Señora de Caacupé (Barracas, Villa 21-24).
Muere el 21 de agosto de 1995. (M. Espasande, Los Malditos, vol. IV, pág. 370, ed. Madres de Plaza de Mayo)

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RODOLFO ALFREDO RICCIARDELLI - (1939 – 2008)

Nace en Buenos Aires el 29 de mayo de 1939. En 1957 ingresa al Seminario Metropolitano, ordenándose sacerdote en 1962. En concordancia con la Encíclica Populorum Progressio y las conclusiones del Concilio Vaticano II y Medellín, Ricciardelli se compromete con la lucha por la liberación de nuestro pueblo, defendiendo y denunciando los atropellos hacia los más vulnerables de la sociedad porteña: los vecinos de las Villas de Emergencia. Impulsado también la pastoral popular y el diálogo entre cristianos y marxistas.

En 1967 recibe el documento de los obispos del Tercer Mundo (1967) de su amigo el sacerdote Miguel Ramondetti. Con fuerte convicción, junto a Miguel y el francés Andrés Lanzón, se convierte en uno de los difusores del mismo. Consiguen así doscientas setenta firmas de adhesión para una carta en apoyo que envían al Obispo Helder Cámara de Brasil. En 1968 es uno de los veintiún sacerdotes que funda el “Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo” (MSTM), siendo parte del Secretariado General. Denuncian así, la situación de opresión e injusticia que vivía el país, con la mayoría política peronista proscripta y con un gobierno de facto en el poder. Junto a los sacerdotes Héctor Botan y Jorge Vernazza denunciaron los atropellos policiales y el terrible plan de erradicación llevado adelante por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires durante el Gobierno de Onganía.

Durante el mes de diciembre de 1968 participa de la llamada Navidad Rebelde, en la cual los sacerdotes villeros se presentan en la Casa Rosada para entregar una carta al Presidente de la Nación denunciando la dramática situación de los habitantes de las Villas Miseria frente al Plan de Erradicación, denunciando “no puede constituir solución alguna porque pretende combatir ciertos efectos, sin atacar las causas.”

A partir de 1969 queda formalmente autorizado el funcionamiento de un equipo de sacerdotes para la atención pastoral de las villas miseria. Este documento autoriza la dedicación de tiempo para el trabajo manual. Fue una victoria alcanzada por los curas luego de una larga disputa con el arzobispo Juan Carlos Aramburu.

Participa junto a otros sacerdotes tercermundistas de la vuelta definitiva de Juan Domingo Perón del exilio, considerando que el retorno a la democracia y el fin de la proscripción del peronismo ayudarían a mejorar las condiciones de todos los habitantes de la Villa.

Durante la última dictadura militar el cura resistió junto a un grupo de vecinos los violentos desalojos, evitando que levantaran el barrio entero. Cinco catequistas que trabajan en la parroquia fueron desaparecidos. Entre ellos, Mónica Mignone, hija del fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales, Emilio Mignone. Participa junto a otros curas villeros de la elaboración del informe “La verdad sobre la erradicación de las villas de emergencia del ámbito de la Capital Federal”, en octubre de 1980. Allí denuncian los atropellos vividos en consecuencia del accionar del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en manos de Cacciatore. En esta nueva etapa de su vida, emprende con el sacerdote Vernazza un ambicioso proyecto: crear una cooperativa de viviendas, basada en la autoconstrucción. Para esto, conforma una comunidad de apoyo “Madre del Pueblo” reuniendo a economistas, arquitectos, ingenieros, entre otros. Desde 1986 es párroco de Santa María Madre, en el Bajo Flores. Desde 1989 es miembro del Equipo de pastoral en las villas de emergencia. Continuando su lucha y compromiso en julio del 2007 presenta –junto a otros sacerdotes del Equipo de Pastoral villera- un documento donde reclama la integración urbana y advierte sobre insinuaciones de desalojo en los barrios porteños de Barracas, La Boca y Villa 21. Los planteos de este documento sintetizan la lucha de la vida del Padre Ricciardelli, muestran una mirada respetuosa hacia los sectores que viven en la Villa, considerando la necesidad de buscar soluciones conjuntas que tiendan a una integración social de estos grupos.

En esta línea el comunicado sostiene: “El planteo de urbanización debe ser respetuoso de una auténtica cultura como es la villera y no querer barnizarla, o lo que es más grave aún borrarla de un plumazo (…) si la ciudad no quiere colonizar la villa, deberá tener un corazón humilde capaz de escuchar la palabra de inmensas barriadas que tienen mucho para decir. Vivir en la villa hace que los sacerdotes del equipo para villas de emergencia tengamos una mirada particular de esta realidad, que difiere la mayoría de las veces de la observación que pueda tener alguien que viene de afuera de la villa, ya sea un profesional o alguien vinculado a la actividad política. Vivir en la villa nos hace comprender, entender y valorar la vida en ella de manera distinta a lo que se escucha habitualmente en el periodismo amarillo, que parece sugerir que las villas son las causantes de la mayoría de los problemas de nuestra querida Buenos Aires. No ignoramos los delicados problemas que los vecinos vivimos en la villa: la violencia familiar, los abusos, el consumo de drogas, sólo para nombrar algunos, aunque estos y otros están también presentes en el resto de la ciudad de forma menos expuesta, o más maquillada.

Como sacerdotes intentamos humildemente mirar de frente los problemas, verlos con el corazón y comprometernos con las manos en su resolución. Pensamos que la palabra urbanizar es unilateral, se da desde el poder –no necesariamente con mala intención- y muestra una desvalorización de la cultura de la villa. Creemos que la ciudad piensa que debe eliminar la villa y que desconoce su cultura popular multifacética. El planteo de urbanización debe ser respetuoso de una auténtica cultura como es la villera y no querer barnizarla, o lo que es más grave aún borrarla de un plumazo. No creemos en esta urbanización, más bien creemos en un encuentro de culturas que conviven, aprenden, comparten. ¿Acaso no sería bueno que el resto de los barrios porteños conozcan y valoren las vivencias y creencias de los villeros? Si la ciudad no quiere colonizar la villa deberá tener un corazón humilde capaz de escuchar la palabra de inmensas barriadas que tienen mucho que decir. ¿Acaso urbanizar no sería más bien crear situaciones positivas donde se den las mismas posibilidades a los que viven en la villa que a los que viven en Belgrano o cualquier otro lugar de la ciudad? ¿No será urbanizar garantizar el acceso escolar para todos los niños y jóvenes de la villa, o que cuando se inauguren las salitas de salud cuenten con el mínimo indispensable como son las cloacas? ¿No será urbanizar el día que los médicos, sacerdotes, abogados, profesores o capataces surjan de las villas para que imbuidos de la solidaridad de la cultura villera pongan su vida al servicio de su barrio, de la ciudad, del país? Más que urbanizar nos gusta hablar de integración urbana, esto es, respetar la idiosincrasia de los pueblos, sus costumbres, su modo de construir, su ingenio para aprovechar tiempo y espacio, respetar su lugar, que tiene su propia historia.” Dedicó su vida entera a la causa de los pobres y la lucha por la liberación nacional, creyendo que otro modelo de Iglesia era posible, cerca del pueblo y de sus sufrimientos. Poco antes de morir, publica una Carta Abierta dirigida al Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri: “Estas 350.000 personas son vecinos de la ciudad de Buenos Aires. Por eso, nos parece que no se puede decidir por ellos. Para nosotros los más pobres son sujetos de su propio destino, de su promoción humana integral”. Fallece a causa de leucemia en Buenos Aires el 13 de julio de 2008. (Mara Daniela Espasande, Los Malditos, vol. IV, pág. 361, ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JERÓNIMO JOSÉ PODESTÁ - (1920 - 2000)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació el 8 de agosto de 1920 en Ramos Mejía, Provincia de Buenos Aires, en una familia acomodada y antiperonista. Luego de cursar tres años de medicina ingresó al seminario en 1940, ordenándose como sacerdote en 1946. Por su excelente desempeño como estudiante fue enviado a Europa, a especializarse en Derecho Canónico. De regreso en Buenos Aires en 1950, se desempeñó como profesor de teología en el seminario de La Plata hasta 1962.

Durante esa época celebraba misa en Berisso, un barrio popular donde tuvo un intenso contacto con militantes peronistas. En 1960, fue nombrado canciller y luego vicario general de la Arquidiócesis de La Plata. En 1962, fue designado Segundo Obispo de Avellaneda y al año siguiente obispo. Emprendió una experiencia con sacerdotes que trabajaban en fábricas, entre ellos, varios sacerdotes obreros franceses. Sorprendió a todos por la sencillez con la que ejercía su rol. Junto a los más pobres de este lugar aprendió a reflexionar sobre la enorme distancia que existía entre el pueblo y la jerarquía.

Participó en el Concilio Vaticano II, con una exposición denunciando el antisemitismo que la Iglesia mantenía desde la Edad Media. En 1965, impulsó un pequeño Concilio en Quilmes donde congregó a más de ochenta sacerdotes que tenían como consigna la opción por los pobres. Esto motivó la formación de lo que luego sería el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Todas estas búsquedas, hicieron que se acercara al peronismo, por considerar que “creó en el alma del pueblo argentina una aspiración profunda de justicia y liberación, un sentido de dignidad del trabajador y un ansia de participación popular…” (Conferencia 1971 “Operación Sínodo” en Roma). Desde este momento adhiere a la naciente Teología de la Liberación. En 1967 renuncia oficialmente a la diócesis de Avellaneda y asume como obispo titular de Orrea de Aninico, sin cargo oficial en la Iglesia.

En este momento, anuncia su amistad profunda con Clelia Luro, quien había sido su secretaria, pero no quiere dejar de ser obispo y reducirse al estado laico. Por esta opción fue condenado por el episcopado y por su propia familia. Este tema fue utilizado para acallar a la voz disidente que denunciaba constantemente las injusticias sociales del país. En 1972, el Papa lo suspende en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Junto a Clelia formó el Movimiento de Sacerdotes Casados, el cual se extendió por 27 países originándose luego una federación latinoamericana. Luego de innumerables amenazas de la Triple A, en 1974, debe abandonar el país. Residió en Roma, París, México y Perú, regresando a la Argentina en 1982. En 1983, rechaza el ofrecimiento de Oscar Alende del Partido Intransigente de acompañarlo como vicepresidente en las elecciones de 1983. Murió el 23 de junio de 2000, de un ataque cardíaco.

Durante toda su vida adhirió a los principios establecidos en Pacem in Terris, Populurum Progressio y Documentos de Medellín. Fue amigo del obispo brasileño Helder Cámara y de los obispos Jaime De Nevares, Enrique Angelelli, Alberto Devoto y Miguel Hesayne. Entendía el Evangelio como una búsqueda constante de justicia, ubicando a Dios en el centro de la historia. Luchó por una profunda transformación de la Iglesia con institución, para que pueda ser verdadero testimonio de liberación para el hombre. Creía que los cristianos debían aportar a la revolución un sentido dinámico con búsqueda de amor, justicia, libertad y dignidad. Incansable luchador por la justicia social, se opuso a la imagen del Evangelio que proponía obediencia, paciencia y prudencia frente a las estructuras de dominación y de poder opresoras. Sus ideas se ven reflejadas en numerosos artículos, conferencias y homilías.

Entre sus obras más importantes se encuentran: “La violencia del amor” (1968), “La revolución del hombre nuevo” (1969), “Hombre, Iglesia y Liberación” (1971). Escribió también junto a Arturo Jauretche “El pensamiento nacional y la encíclica Populorum Progressio” (1967); y con Clelia Luro “Caminos de libertad” (1985) y “El Vaticano dice que no. Sacerdocio y matrimonio” (1992). (MARA ESPASANDE – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 415, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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JAIME DE NEVARES (1915 – 1995)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
"Don Jaime Francisco De Nevares nació en Capital Federal el 29 de abril de 1915. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el colegio Champagnat del barrio de Almagro. Se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires, profesión que ejerció durante cuatro años en el estudio jurídico de su padre.

Como cualquier joven de familia cristiana, de buena posición, Jaime se alistó en el denominado grupo de “Acción Católica”. Participó en las conferencias Vicentinas y en la Obra de los Canillitas. En 1944 ingresó a la congregación Salesiana de la Patagonia. Luego de cursar sus estudios de la Trinidad y filosofía en Patagones y los de teología en Córdoba fue ordenado sacerdote el 25 de noviembre de 1951. Ejerció la docencia y la dirección espiritual del Colegio “Don Bosco” de Bahía Blanca. Su elevación al episcopado sucede cuando dirigía la Escuela Normal Salesiana de Viedma.

En 1961, cuando el Papa Juan XXIII creó la diócesis de Neuquén, Don Jaime De Nevares con 46 años fue designado Obispo y trasladado a la capital provincial. Al llegar, la catedral está en construcción, por lo que el gobernador de aquel entonces Alfredo Asmar le facilitó una vivienda en Elordi al 400, lugar que se convertiría en su primer despacho curial.

Si bien siempre abrió la iglesia a la comunidad, atendió los problemas de los más débiles y se preocupó por las comunidades originarias, habría un hecho que lo marcaría de por vida: el Choconazo. En 1969 los obreros del Chocón le pidieron colaboración para acabar con la situación de injusticia y opresión a la que eran sometidos por parte de las empresas constructoras. Con Don Jaime de testigo lograron un primer acuerdo que no fue respetado. Esta situación dio paso a la histórica huelga de 1970. Hasta el triunfo de los trabajadores en el conflicto, el Obispo se negó a bendecir la capilla del Chocón y a subir a los palcos en los actos públicos.

Poco después de asumir por la fuerza la dictadura militar en 1976, fundó con dirigentes nacionales y autoridades de iglesias hermanas la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Una vez en democracia en 1984 integró la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (CONADEP).

El 10 de abril de 1994 fue elegido convencional constituyente por el partido Frente Grande con casi un 60% de los votos. Sería la primera gran derrota del Movimiento Popular Neuquino. Dignamente renunció a su banca junto a Edith Galarza ante la imposibilidad de estudiarse plenamente el nuevo texto de la constitución. La Asamblea Constituyente decidió acatar el Pacto de Olivos y aprobar la reforma a ojos cerrados, hecho que posibilitó la re elección de Carlos Menem.

Sus últimos meses de vida los pasó en una clínica soportando una prolongada enfermedad. Su buen humor siguió siendo una cualidad sobresaliente hasta el final. “Estoy pidiendo pista”, decía desde su lecho de agonía. En la madrugada del 19 de mayo de 1995 fallece. En los días siguientes una multitudinaria procesión despidió sus restos. Miles de personas llegaron desde los pueblitos del interior que Don Jaime supo visitar. Aún hoy se recuerda como el día en que el interior estuvo en la capital. (...)

Para tener una idea clara de lo que este sacerdote fue en vida pueden tomarse las palabras de Pérez Esquivel: “… algo importante que tenía Don Jaime era la coherencia entre el decir y el hacer, podemos decir hermosos discursos y si no somos coherentes entre lo que decimos y hacemos por favor no nos crean porque les estamos mintiendo y eso es lo que pasa con los gobernantes que dicen una cosa y hacen lo contrario, prometen muchas cosas y después no las cumplen y de esto ya estamos cansados… Don Jaime es un hermano, un compañero, yo siempre lo tengo en mi oficina en una marcha que realizamos durante la época más dura en la dictadura militar…” “… era un hombre de profundas convicciones en la resistencia desde la fe, desde el compromiso social, desde la defensa de los Derechos Humanos y creo que todo su testimonio está presente en ustedes que lo conocieron, que vivieron, que viven aquí. Pero también su ejemplo, su lucha, su testimonio de vida. Podemos recordar muchas cosas, cuando llevamos la imagen de la Virgen de la Paz, que era algo que quería entregar, fue algo muy emotivo, muy lindo, cuando se le pone el pañuelo de las Madres, que después fue ametrallada la capilla en el barrio San Lorenzo…”

“… sí tendría que decir algo, siempre mantenía un sentido del humor muy profundo, recuerdo muchas veces cuando se le hablaba de la constituyente, -¿por qué se retiró, qué pasó?- le preguntaba y me decía con ese humor que lo caracterizaba –no podía seguir porque eso era fumar un cigarrillo encendido por las dos puntas…” (C. Piantanida en Los Malditos, V. III, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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HERNÁN BENÍTEZ – (1907-1996)
El confesor de Eva Perón

OTRO "MALDITO" EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

El 12 de febrero de 1907 nace en Tulumba, pequeña villa del norte de Córdoba. Poco después, la familia emigra a la ciudad de Córdoba. Al cumplir siete años, fallece el padre asumiendo la madre la jefatura familiar, pero como ella viaja por razones de trabajo,  a los nueve años se incorpora a un colegio religioso de Córdoba. Después de un tiempo, regresa a la casa, escapando a los doce años para ingresar en la Compañía de Jesús, a pesar de la oposición materna.

En el Seminario cursa Teología, Filosofía y Ciencias Sociales. Se doctora en estas disciplinas a los veintidós años, en diciembre de 1929. “Apenas doctorado lo nombraron profesor en esas materias en la Universidad Pontificia de Buenos Aires”. Fue un profundo conocedor de Antropología, materia que dictó en la Universidad de Buenos Aires y en los colegios de la Orden.

Hacia 1940, predica cuaresma en la Catedral y da cursos dominicales en la Iglesia del Salvador, que se transmitían por radiofonía. Es el más importante orador sagrado de la época. Las damas aristocráticas lo invitan con frecuencia a los repartos de víveres y ropas en sus instituciones de beneficencia. A veces, por Radio Belgrano, expone reflexiones sobre pasajes de la Biblia o sobre música sacra. A los treinta y tantos años es el ‘niño mimado’ de las familias de doble apellido, el favorito de la oligarquía. Comentando sobre el tema, manifestó: “… ¡un día le hice un corte de manga de proporciones! Y nunca más, nunca más. Para ellos, cuando yo me fui con el pueblo, es decir cuando yo me fui con Cristo, los traicioné. Y nunca me lo perdonaron. ¡Jamás!”

“Desde el ’43 nos unió –a mí y a Perón- una misma pasión social. A ambos nos dolía por igual, dentro del alma, el dolor de los pobres. Nos mordía adentro el misterio de la injusticia social”. Por esta razón, pasa a colaborar con el coronel y conoce a Eva Perón, de la cual se convierte en confesor.

En 1947, toma a su cargo diversas tareas vinculadas con el viaje de Evita a Europa. Luego, la acompaña, asesorándola e inclusive le escribe algunos de sus discursos. Esta participación provoca la reacción severa de la orden de los jesuitas. El sacerdote no deberá aparecer en público y tampoco regresar a la Argentina, debiendo permanecer en Europa. Es una época de duro sufrimiento para él, que cae enfermo, afectado de una polineuritis que lo condenará, años después, a la silla de ruedas.

Tiempo después, cuando puede regresar a la Argentina, Eva se halla ya en la preparación de la Fundación, empresa en la cual el sacerdote colabora activamente. Asimismo, asesora a Perón en algunas cuestiones y se desempeña en la oficina de Publicaciones de la Universidad de Buenos Aires.

La acción social desplegada por Evita significa para el sacerdote la puesta en práctica de los principios fundamentales del cristianismo y en esa tarea vuelva toda sus energías. En los años cincuenta, señala, aún no estaba claro que el “verdadero cristianismo” está saliendo de los templos para estar con el pobre y el miserable. “Le dije mil veces a Eva Perón la frase de Cristo: ‘Lo que diste a los pobres, a mi me lo diste’, para fabricarle ese estado de ánimo. Yo distinguía muy bien lo que era la religión del cuerpo eucarístico de Jesucristo y la religión del cuerpo bioquímico de Jesucristo, el pobre. El que esté allí va a estar en el Evangelio, el otro estará en una religión puramente eclesial, aniquilada por la misma Iglesia que se ha hecho poder”.

Cuando Evita cae enferma, el sacerdote se convierte en uno de sus principales puntos de apoyo. Perón, cuando comprende que ya nada tiene remedio, le pide que la prepare para la muerte. Y él la acompaña en ese trance duro en que la enfermedad la va aniquilando día a día. Hasta el último respiro de Eva, ese fatídico 26 de julio de 1952, Hernán Benítez se encuentra a su lado.

En 1953, Benítez publica “La aristocracia contra la revolución”, un ensayo político donde ataca duramente a los opositores del peronismo. Publica, asimismo, algunos ensayos en la revista de la Universidad, que está a su cargo, que se convierten luego en libro, como aquel donde reflexiona acerca de la angustia existencial de Miguel de Unamuno.

El sacerdote mantiene –hacia 1953-1955- el apoyo al gobierno de Perón, pero considera necesario alertar al líder sobre el peligro de la creciente burocratización que se observa en las altas esferas del poder. Por eso, ante la publicidad excesivamente personalizada, le dice al General: “Cuando todo suena a Perón, es porque va a sonar Perón”. Pero su advertencia no produce efecto. Las columnas de sostén del peronismo se agrietan en esos años y en 1955, se crean las condiciones para la caída.

Producido el golpe del 16 de setiembre, el sacerdote sabe que su lugar está en “la resistencia” y colabora con ella, enfrentando a los usurpadores del poder. Con la colaboración de un marxista –Rodolfo Puiggrós- lanza el periódico “Rebeldía” enfilando su artillería contra el gobierno de Aramburu.

Ante la convocatoria electoral para el 23 de febrero de 1958, el sacerdote disiente con la política de Perón de acordar un pacto con Arturo Frondizi, manteniéndose en posición voto-blanquista. A pesar de definirse por el voto en blanco, ‘Rebeldía’ exaltó el triunfo del Frente Nacional y Popular en esas elecciones y exigió la entrega del gobierno. El 28 de febrero de 1958 sostuvo: “El pueblo aplastó a la tiranía…” e inmediatamente el 5 de marzo denunció lo que luego habría de ocurrir: “Los gorilas ponen condiciones leoninas a Frondizi para entregarle el gobierno”. ‘Rebeldía’ llegó hasta el Nº 47, aparecido el 18 de junio de 1958.

En 1960, Benítez tiene oportunidad para manifestar su pensamiento extensamente en un reportaje de la revista “Che”. Allí sostiene: “La adhesión al FMI es, en esencia, la entrega a un consorcio internacional, de la conducción de nuestra economía nacional… Debe nacionalizarse toda industria cuando ello beneficie al bien común y sea indispensable para la defensa de la soberanía y economía de la nación. Debe el Estado intervenir en toda empresa que sea instrumento de explotación del obrero… Casi todas las naciones que no se resignan a ser colonias, han estatizado las flotas, los puertos, los bancos, los teléfonos y las industrias de primera necesidad, así como la explotación del petróleo y el carbón, y también los transportes, etc.”. Allí también se define a favor de la Revolución y reitera su admiración por el Che y por el sacerdote guerrillero Camilo Torres. Poco tiempo después, el padre Benítez habla del Papa Juan XXIII con profunda admiración: “… revoluciona la Iglesia Católica, en 1961, con la encíclica Mater et Magistra… se movía en el plano de las doctrinas sociales, políticas y económicas. Con la pacem in terris ascendió al plano superior de la moral que regula las relaciones entre los pueblos. Es la carta magna del derecho internacional y del pacifismo mundial. Juan XXIII ha arrancado a la Iglesia de las garras del capitalismo y la ha puesto a resguardo de las represalias del comunismo. ¡Empresa colosal!... Lo que más me emociona es la altura en que se coloca el Pontífice. Él está por encima de los conflictos entre Oriente y Occidente. No como árbitro odioso, juzgando y condenando, sino como profeta iluminado, señalando el único camino que le queda a la humanidad para escapar al fuego atómico, el de vivir en verdad, en justicia, en auténtica confraternidad y auténtica libertad”.

El padre Benítez fue uno de los primeros en la Argentina (y quizás en el mundo) en intentar salvar ese abismo entre católicos y marxistas. Así lo manifestaba el sacerdote: “Sin jactancias, puedo asegurar que desde 1957 vengo luchando por la concreción del diálogo entre creyentes y ateos, entre cristianos y no cristianos, entre orientales y occidentales. He luchado y he sufrido en procura de un orden social de mayor justicia y de más igualdad entre los hombres. En un mundo como el nuestro, donde cerca de cien millones de personas mueren de hambre cada año, donde los dos tercios de la humanidad padece desnutrición, donde un quince por ciento posee más bienes que el ochenta y cinco por ciento restante, es realmente absurdo que combatan entre sí católicos y marxistas. Digo que es absurdo. Y la razón es patente. Porque unos y otros abrazan como objetivo primordial de su doctrina, la defensa de los desposeídos, la construcción de un mundo mejor, la procura del clima y el aire que ha de respirar el hombre nuevo, cuando cese en el mundo la explotación del hombre por el hombre”.

El 15 de febrero de 1966 es muerto en la sierra colombiana el sacerdote Camilo Torres, a los treinta y siete años. En un artículo aparecido en el desaparecido diario “El Mundo, el padre Benítez vertió su opinión: “No había tenido nada más que no hacer nada y llegaba a arzobispo de Bogotá y a cardenal. Pero, eligió hacer algo. Algo que no lleva a mitras, ni honores, ni riquezas. Eligió el camino que le parecía, en su conciencia, el único evangélico. Y siguiendo una tradición que fue gloriosa para la Iglesia en los días de la independencia de los pueblos de Latinoamérica, dejó de lado al sacerdote, al sociólogo, al orador, al escritor y se convirtió en guerrillero”.

Al año siguiente, en los primeros días de octubre asesinan al Che Guevara en Bolivia. En la revista ‘Cristianismo y revolución’ el padre Benítez expuso su opinión: “… No me corresponde decir a mí, sacerdote, si la gesta del Che tuvo justificativos sociales o políticos. Esto lo dirán otros. Y el tiempo dará su última palabra. Pero ¿los tuvo teológicos? Es decir: ¿fue justa la causa por la que el Che inmoló su vida? En los tiempos del Syllabus de Pío IX y de la encíclica Quod apostolici muneris, de León XIII, se lo habría condenado sin reservas… Pero los tiempos han cambiado. La encíclica Populorum Progressio, en términos precisos, justifica la rebelión armada, ‘cuando la tiranía es evidente y prolongada y atenta contra los derechos fundamentales de la persona, dañando el bien común del país’. La misma encíclica condena los negocios leoninos -¡los de siempre!- del imperialismo con los pueblos subdesarrollados, regulados por la economía individualista liberal… Los dos tercios de la humanidad oprimida se han estremecido con su muerte. El otro tercio, en lo secreto de su alma, no ignora que la historia del futuro, si caminamos hacia un mundo mejor le pertenece al Che, por entero”.

En una carta que le envía a Eduardo Astesano donde lo felicita por su libro “El sentido social del Martín Fierro”, el padre Benítez expresa: “El ‘Martín Fierro’ es el breviario del pueblo. Es el arma de lucha contra el antipueblo. Es libro nuestro, de desponchados y descamisados. No de nuestros enemigos… los Martínez Estrada, los Borges y los otros odiadores del pueblo, por muchas milongas que escriban, pues se hallan insanablemente viciados por su medular oligarquismo para entender y gustar el ‘Martín Fierro’ en su carozo, en su tuétano vivo, en su esencia política-social.”

El padre Benítez no trató a Borges, pero si refutó, en una recopilación que efectuó Aida Iurisci, declaraciones reaccionarias del mismo en 1971: “… Pise usted, Borges, en la tierra. No convierta la historia en uno de sus cuentos de laberintos, funambulescos y psicodélicos… Borges: es usted un artífice del idioma. Gran nombre. Gran pluma. Millonario de imaginación y vuelo poético. Trabajador incansable. Es auténtica gloria nacional. Pero, dolorosamente, su obra literaria no respira trascendencia. Su corazón pasa insensible frente a los grandes problemas humanos. Aún cuando vuelve usted sus ojos a Dios, a la muerte, a la angustia vital, a las grandes categorías existenciales es para bordar camafeos literarios. Es para dar pábulo narcisista a su yoísmo. El artista devora al hombre…”.

Con el retorno del peronismo en 1973, el padre Benítez vuelve a la cátedra en el Instituto del Tercer Mundo creado por Rodolfo Puiggrós. Sin embargo mantenía independencia de criterio al manifestar “… El Perón que andaba con Evita era una cosa. El Perón que andaba con López Rega era otra”. Por ese entonces la Universidad Nacional y Popular le otorgó el título de Profesor Emérito.

Durante la dictadura militar iniciada en marzo de 1976, el Padre Benítez se autoexilió en su casa, con sus libros, sus gatos y los amigos que lo visitaban. Hasta que en el otoño de 1982 se decidió a ver la luz al ser invitado a bendecir las instalaciones y pronunciar unas pocas palabras, en la planta que estaba cerca de la esquina renombrada de Pompeya ubicada en Centenera y Tabaré, ante el lanzamiento del periódico “La Voz”, de la Intransigencia y Movilización de la izquierda peronista. El sacerdote político no pudo con su genio: tornó a levantar la voz y a condenar a los opresores de adentro y de afuera, a denunciar la entrega del país y la necesidad de nuclear a las fuerzas populares para la gran transformación.

El 26 de julio del mismo año pronunció un nuevo discurso, esta vez en la CGT en el 30 aniversario de la muerte de Evita. Después de la recordación de Evita, advirtió a los dirigentes peronistas acerca de la grave crisis en que se hallaba sumido el peronismo: “… Yo no comprendo cómo los artífices del descalabro, no digamos del justicialismo, sino del lopezrreguismo, entronizado en el gobierno del 73, pueden tener la osadía de presentarse nuevamente y de postularse a altos cargos directivos…”

En los años noventa, el padre Benítez siempre puso énfasis en resaltar el antagonismo entre aquel peronismo del ’45 donde fulguraba Eva Perón y el menemismo: “el justicialismo de hoy, que bajo el santo y seña de Perón y Eva Perón, proclama la fidelidad a nuestras banderas, pero ha entronizado al antipueblo como el dogma fundamental de la recuperación nacional. Padecen desazón y angustia no pocos de los peronistas de la primera hora, aquellos del ’45, aquellos que gestamos la gloria de diez años de gobierno auténticamente democráticos… También padecen angustia y decepción aquellos que se incorporaron luego, durante el largo período de proscripción y jugaron su vida en acciones revolucionarias, gestas de mártires antes que emboscadas de subversivos. Los de una y otra generación, a pesar de sus deferencias, tenían un mismo sentimiento que los unía: les dolía el dolor de los pobres, como a Eva Perón. Como asimismo les dolía y les duele el dolor de la Argentina, el dolor de verla rendida a los préstamos y disposiciones de la Banca Internacional, el dolor de verla doblegándose a las imposiciones del imperialismo. Dolor de verla marionetizada por la fuerza foránea destructora de nuestros valores morales. Debe condenarse sin atenuantes al gobierno que blasonando de ser justicialista, institucionaliza la injusticia social”.

El padre Hernán Benítez fallece el 22 de abril de 1996, olvidado por la cúpula eclesiástica, a la cual enrostró complicidad con la dictadura militar, ignorado también por gran parte de la dirigencia del justicialismo, a la cual imputó traición a las banderas del ’45. De aquí su condición de “maldito”. (Ricardo A. Lopa, en Los Malditos, tomo II – página 402, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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CARLOS CAJADE - (1950 - 2005)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Sacerdote. Nació en Ensenada, provincia de Buenos Aires, en una familia de escasos recursos. Aún no había cumplido los 15 años cuando ingresó al frigorífico Swift, donde conoció la injusticia, el mal trato y el trabajo insalubre. Poco después, se incorporó a la Juventud Peronista, pero al mismo tiempo se definió su vocación por el sacerdocio.

Fue a partir de entonces “el curita” de los chicos de la calle, preocupado siempre por esa infancia desprotegida y marginada. Esto lo llevó a fundar el “Hogar de la Madre Tres Veces Admirable”, en La Plata, como asimismo a militar en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), como secretario general del “Movimiento de Chicos del Pueblo”. En esa militancia, fundó la revista “La Pulseada”, convertida en tribuna contra la marginalidad y la pobreza.

El padre Carlos se jugó entero una y otra vez en defensa de la justicia, especialmente en la defensa de los pibes, realizada no sólo con reclamos y discursos sino poniendo el cuerpo a la represión. Así, en 1999, cuando la empresa Mc Donald echó a cuatro chicos que pedían sobras de comida, “el curita” les hizo un escandaloso escrache que trascendió a los medios de comunicación. En esta lucha sin cuartel, recibió amenazas y llegaron hasta a incendiarle un galponcito de El Hogar, mientras desde la cúpula eclesiástica presionaban para que hiciese concesiones y se tornase amable ante la injusticia.

Cuando se enfermó, se movilizó toda la zona con pancartas: “Fuerza Carlos Cajade”, como si se tratase de una campaña electoral, pero era una lucha a brazo partido contra la muerte. La enfermedad lo derrotó finalmente el 22 de octubre de 2005, dejando una profunda congoja y un recuerdo imborrable en el corazón y la memoria popular. (N. Galasso, Los Malditos, V III, PAG. 415, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JORGE GALLI – (1930-1995)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Tres Algarrobos (provincia de Buenos Aires) el 23 de abril de 1930, quinto de once hijos que tuvieron Floro y Cipriana María Moyano.

El pequeño Jorge verá a su padre albañil deambular en busca de trabajo en las distintas localidades de la zona, hasta que finalmente la familia se radica en el barrio de Mataderos (Capital Federal), donde transcurrirá su niñez y adolescencia.

Durante los duros años de la Década Infame, Jorge se irá templando en las palabras sobre la fe católica que le transmite su madre Cipriana y en las duras tareas de albañil que aprende junto a su padre Floro y algunos de sus hermanos.

Pronto brota en su espíritu el odio hacia la injusticia y los sufrimientos que padecen los pobres, los desocupados y esas enormes masas de trabajadores indefensos y explotados que se identifican rápidamente con las nuevas políticas que un joven coronel edifica desde la Secretaría de Trabajo y Previsión de la Revolución triunfante en junio de 1943.

Ahí está el joven Jorge, con 15 años de edad, marchando por las calles de Buenos Aires en el día-bisagra de la Argentina moderna, aquel 17 de octubre de 1945, arrojando baldosas al frente del diario La Prensa y refrescando sus curtidos pies de niño-obrero en las aguas de las fuentes de Plaza de Mayo, mientras la multitud aguarda ansiosa y exigente la llegada de Perón; “este hombre que viene a hacer lo que nosotros pensamos, lo que nosotros queremos” como le ha escuchado decir a su madre convirtiéndose en una huella que lo seguirá el resto de su vida.

Mientras trabaja en la construcción, se entusiasma con lecturas doctrinarias del surgente justicialismo, sumando su pertenencia y compromiso en el nuevo Movimiento político de masas que crecía aceleradamente al calor de las transformaciones socioeconómicas plasmadas por el Estado Nacional.

Pero su militancia se incrementará, como la de tantos otros, tras el golpe militar de septiembre de 1955. Participa de las luchas de la Resistencia Peronista, donde se entremezcla junto a una gran cantidad de militantes como Felipe Vallese, Jorge Di Pascuale, Gustavo Rearte y su gran amigo Tuli Ferrari “en esas largas noches de empanadas, de pucheros, de guisos carreros, de asados, de planes revolucionarios para hacer posible la vuelta de Perón, que era la consigna revolucionaria, porque era la más clara identificación de clase…” como grafica Rafael Restaino.

En el año 1958 un antiguo anhelo de su madre se verá cumplido: Jorge ingresa al seminario, uno de sus hijos será sacerdote. No obstante, Galli está decidido a seguir siendo un obrero, un hombre del pueblo, lo que le acarreará a lo largo de toda su vida religiosa numerosos problemas con una jerarquía eclesial históricamente más ligada a los poderes de facto que a las necesidades impostergables de los más humildes.

Organiza grupos político-religiosos, se nuclea con los curas-obreros, sigue participando en las acciones de la Resistencia y predicando la Doctrina Peronista o visitando las villas miserias de Colegiales y Villa Jardín, vive envuelto en un conjunto de tareas militantes de una vida que se piensa y se ofrece como herramienta de transformación de una realidad social injusta.

Rechazado en Buenos Aires por Monseñor Caggiano debido a su identidad peronista y sus posicionamientos teóricos respecto del derecho a la violencia de la clase trabajadora, Galli parte hacia San Nicolás donde existía la posibilidad que el obispo Carlos Horacio Ponce de León lo ordenara sacerdote.

Instalado en un rancho de la Villa Pulmón, trabaja de albañil para SOMISA, mientras comienza su tarea pastoral como diácono en la parroquia San Cayetano a cargo de su amigo el padre José Karaman.

Jorge Galli camina la villa, toma mate con los vecinos, charla de política, ayuda a levantar paredes, organiza a las familias, tramita todo tipo de pedidos ante la Municipalidad, aconseja, discute, explica y pregunta, rápidamente logra pasar a ser uno más entre los villeros, sus hermanos.

En octubre de 1968 monseñor Ponce de León lo ordena sacerdote. Son años agitados y Galli ya se encuentra inmerso en esos vientos de cambios y sueños revolucionarios que también agitan a la iglesia argentina.

Uno de los sectores que se dedica a formar y organizar es a los jóvenes. Carlos Vega, quien lo conociera a partir de su participación en grupos cristianos juveniles primero, y como miembro de la Juventud Peronista de Ramallo, posteriormente, lo recuerda de esta forma: “Galli era un tipo muy carismático, te llegaba al corazón enseguida, tenía un rostro delgado, los pómulos bien marcados, no parecía un cura, enseguida te atrapaba con palabras que te llegaban al corazón. El “Viejo”, como le decíamos, era de un hablar muy pausado, muy tranquilo pero muy firme en sus convicciones. No levantaba la voz, tenía un desapego total por lo material, siempre le regalaban ropa y él se la regalaba a otro… Era un tipo que a lo mejor no te dabas cuenta que era cura porque estaba muy insertado en los problemas de la gente, era más un militante de barrio que un cura”.

Sumergido en las discusiones sobre la violencia política, siempre aferrado al peronismo y al sueño del retorno del líder exiliado, el Viejo Galli continúa ligándose con distintos grupos pertenecientes a la Tendencia Revolucionaria Peronista, engarzando en su trabajo cotidiano permanentemente, en un ir y venir constante, militancia política con amor al prójimo, como dos caras de una práctica que no era otra cosa que su manera de caminar por la vida.

Aquellos años de comienzos de la década del ’70, cuando la sensación de la posibilidad de un cambio social profundo se respiraba en todas las esquinas, Galli percibe que se acerca uno de sus más viejos anhelos: el retorno de Perón a la Argentina. Se lo ve recorriendo la zona norte de la Regional I (provincia de Buenos Aires) de Juventud Peronista: San Nicolás, Pergamino, Ramallo, Baradero, San Pedro, en todos lados busca aportar su semilla, generar el debate, instar a los jóvenes a formarse políticamente y a movilizarse.

Periódicamente va a cada una de esas localidades, en las que busca organizar nuevos agrupamientos de superficie, según los grupos de militantes que se nuclean en cada una de ellas: jóvenes de JP con trabajo barrial, trabajadores del sector metalúrgico, estudiantes secundarios, agrupaciones cristianas, etc. Así, comienza a desarrollar su militancia política dentro del ámbito de la Organización Montoneros, muchos de cuyos miembros lo han visitado en su rancho nicoleño, debatiendo y cruzando posiciones sobre las formas de dar la lucha política.

Los años por venir, pese a la promesa que brotara en 1973, fueron difíciles y amargos tanto para el cura Galli como para el país: la enorme movilización a Ezeiza vestida en sangre, los grupos de tareas que comienzan a operar bajo el ala de López Rega, la provocación del asesinato de Rucci, el enigma de un futuro negro que instala la rápida muerte de Perón. El Viejo Galli siente el impacto de un nuevo sueño que se derrumba, sus críticas a la línea política de Montoneros se hace incontenible, su angustia por el peligro que corre el trabajo político que se ha venido construyendo en los barrios se acrecienta. Su dolor se intensifica al tener que dejar la Villa Pulmón y ser trasladado a la capilla Santa Teresita de Pergamino.

Pero su espíritu no conoce de derrumbes totales, y este hombre de pueblo, de trabajo, de fe católica, de militancia política, insiste con la organización popular, en todos los frentes que su cuerpo y las horas del día le marcan como límite. Pronto arma los diferentes grupos en la nueva capilla.

Políticamente rompe con Montoneros y es uno de los organizadores de un nuevo intento de Juventud Peronista que define su línea política en respaldo del gobierno de Perón y de su liderazgo dentro del Movimiento Nacional, la J.P. Lealtad.

Intenta organizar la resistencia política al golpe de estado del 24 de marzo de 1976, pero es secuestrado en abril de ese año por nueve días y luego puesto en libertad a disposición del poder ejecutivo.
Entonces el barrio vuelve a ser el territorio que lo cobija, las “tolderías de Martín Fierro” según su propia definición, allí se abroquela y cava las trincheras de amistad, solidaridad y peronismo; allí enseña a rezarle y a imitar a Cristo que enfrentó las injusticias de los poderosos.

Despuntaba la década de ’80 y su parroquia será uno de los lugares donde se reorganiza el peronismo pergaminense. Al golpe que le ocasiona la derrota electoral del ’83, sobrevendrá su participación en la Renovación Peronista, aunque sus anhelos de formar parte de un peronismo transformador y revolucionario se irán extinguiendo con el paso del tiempo y la llegada del menemismo al poder.

Para intentar sobreponerse de la frustración generada por la traición de Carlos Menem a los intereses populares que lo llevaron a la presidencia de la nación, Galli funda junto a un conjunto de sacerdotes el Grupo Angelelli comenzando la resistencia al modelo neoliberal que se va profundizando día a día en el país. Participa activamente en la campaña contra los indultos presidenciales a los genocidas de la dictadura y, en 1993, se encuentra entre los fundadores del Frente Grande, al que busca nutrir de la identidad peronista. Pero su entusiasmo será trocado por una nueva decepción al reconocer que los dirigentes nacionales de esa experiencia política apostaban a limitar la construcción de poder social al escueto ámbito de un nuevo intento partidario.

Allí está volviendo al barrio, siempre con la gente, buscando aglutinarla, juntarla, convocarla a organizarse; allí está poniendo un ladrillo en una pared que no será suya pero que en realidad será como suya ya que es para un hermano; allí está charlando con los chicos al borde de la canchita enseñándoles a jugar juntos, a ser un equipo, a tirar para el mismo lado; allí está aferrándose a su Dios, aquel 15 de mayo de 1995, cuando falleciera producto de un aneurisma.

Jorge Galli, el Obrero, el Cura, el Viejo, el que enseñaba a cantar la marcha peronista, el fanático de Boca, el enemigo del odio y las injusticias sociales, el amante del ser humano y en especial de los más necesitados, el que se rió cuando quisieron reconocerle su coherencia de vivir como un pobre: “Qué voy a ser pobre yo, si hago lo que quiero…” (E LANGHI, LOS MALDITOS,  T IV, PÁG 356, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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JORGE NOVAK – (1928-2001)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

En un pueblo de la provincia de Buenos Aires, San Miguel de Arcángel (Partido de Adolfo Alsina – Carhué) el 4 de marzo de 1928 nace Jorge Novak. Hijo de un peón de estancia pasa sus primeros años en esta colonia de alemanes del Volga, siendo el mayor de ocho hermanos: cinco mujeres y tres varones. Una familia dedicada a la actividad agrícola-ganadera que vivía un profundo sentido religioso. Recuerda sobre su padre: “avezado en todas las labores y artesanías camperas nos dejó el más eximio ejemplo de austeridad, laboriosidad, honradez”. Y sobre su madre: “representó una escuela de virtudes cristianas acrisoladas por la oración, la dedicación a la educación de cada uno de nosotros, la pobreza, la enfermedad”.

Comienza el camino hacia el sacerdocio con apenas 11 años, en la Congregación del Verbo Divino. Se ordena el 10 de enero de 1954 luego de una formación en Rafael Calzada (Buenos Aires) y Esperanza (Santa Fe).

Hasta el año 1958 estudia “Historia de la Iglesia” en la Universidad Gregoriana de roma. Comienza entonces, el ejercicio de la docencia en diferentes casas de formación: Facultad de Teología de Villa Devoto, Seminario Mayor de La Plata e Instituto de Cultura Religiosa Superior de buenos Aires. Llega a ser Superior Provincial de la congregación donde se había ordenado y Presidente de la Conferencia Argentina de Religiosos.

Recién creada la Diócesis de Quilmes el Papa Pablo VI lo nombra Obispo el 7 de agosto de 1976. El terrorismo de estado signaba el contexto nacional de violencia. El sacerdote comienza a comprometerse con causas que hasta el momento le habían sido ajenas. Así recuerda, “mi visión de la realidad humana hubo de cambiar forzosa y rápidamente. Hasta entonces tenía mi propia opinión sobre los hechos, pero basada en información insuficiente y deteriorada. Cada grupo familiar que trasponía los umbrales de mi oficina me comunicaba, su carga de dolor y de angustia, reclamando comprensión, solidaridad, acción consecuente”.

Los familiares de desaparecidos, desesperados, comienzan a golpear su puerta careciendo de ámbitos donde acudir. Jorge Novak encara la defensa de estas personas, su pedido de justicia. Reclama esclarecimiento de estos casos, en consecuencia, recibe anónimos expresando disconformidad  “lo único que consigue rezando estas misas por un sector, es separar a los fieles…”, “acaso se olvidan que por su culpa murieron el general Aramburu, el Almirante Berisso…”.

A pesar de numerosas intimaciones Novak continúa con fuerte compromiso por la causa de los Derechos Humanos en la Argentina. Acompaña a familiares mediante innumerables cartas, misas y peticiones ante el Poder Ejecutivo Nacional (PEN), mediando por los presos políticos a disposición del mismo.

En octubre de 1976 asume la presidencia del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). Además de la denuncia pública, organiza en los barrios redes de contención y asistencia a las familias de los desaparecidos ya que muchos de ellos habían perdido el sustento económico.

En 1977 frente a la Comisión Episcopal Argentina denuncia la situación en un memorándum, resaltando el “miedo generalizado, la represión indiscriminada, la falta de respaldo constitucional, la justificación de la represión invocando a Dios, las torturas y las condiciones inhumanas de los detenidos, el largo tiempo sin proceso, los abusos a las mujeres y las criaturas nacidas en la cárcel, el hermetismo de todos los organismos de seguridad frente a la pregunta por los desaparecidos, las madres sin salas de reunión y sin pastoral, y las familias en miseria económica”. Con este breve pero contundente relato, Jorge Novak caracteriza tempranamente la terrible herencia de la última dictadura militar.

Acompaña además a las Madres de Plaza de Mayo en la entrega de un petitorio a las autoridades nacionales en octubre de 1981. Se evidencia la discordancia con la complicidad de la cúpula católica. En agradecimiento las Madres le escriben “su manifestación pública –expresada con su sola presencia- de cómo siente su ministerio y de cómo se proyecta su fe ante el angustiante problema de los desaparecidos, confirman una actitud que nos llena de ternura el corazón. No todos los pastores sienten así”.

El plan económico de la dictadura, entretanto, comenzaba a mostrar sus duras consecuencias: en Quilmes el cierre de Peugeot y de una importante fábrica textil dejó un saldo de 8500 desempleados. Novak organiza, entonces, desde 1981 amplias redes de comedores populares. Auxilia también, a cientos de familias que perdieron sus viviendas resultado del “Plan de Erradicación de Villas Miserias” llevado adelante por el intendente Cacciatore. En 1982 realiza el “Operativo Solidaridad” detectando 35000 personas con necesidad de recibir apoyo alimenticio.

Viaja a Costa Rica, en 1985, invitado a un “Simposio Interamericano de Derechos Humanos”. Allí contrae la enfermedad de Guillen Barret que lo deja sumido en una parálisis. Atraviesa un año de rehabilitación y logra componerse. Desde entonces se dedica con especial atención a los enfermos y propicia la lucha por el derecho a la salud.

Durante el gobierno de Alfonsín, se pronuncia en contra de la “Ley de pacificación nacional” por considerarla inmoral desde el valor evangélico de la verdad, la justicia y del amor.

En la década del ’90 las críticas del Presidente Menem a algunos obispos provocaron el enfrentamiento público de Novak. Denuncia las interferencias que sufrieron las radios FM Vida y FM Libertador: “en nuestra programación tratamos temas sociales, como el desempleo, la falta de educación (…) Cuando se toca el tema social, la interferencia aumenta al punto de anular nuestra programación habitual”.

Jorge Novak integró diferentes comisiones episcopales, tales como Educación Católica (1982-1985), Pastoral Social (1985-1986), Misiones (1988-1993), Para la vida Consagrada (1993-1996 y 1997-2000), Pastoral para la Salud (1993-2000). Siempre prefirió que lo llamaran “Padre Obispo” antes que Monseñor a pesar de sus cargos.

En 1993 es declarado “Ciudadano Ilustre del Partido de Quilmes” por iniciativa de la Comisión de Cultura y también en 1996 “Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Quilmes”.

El 9 de julio de 2001 en la ciudad de Quilmes, fallece a los 73 años, víctima de un cáncer de estómago. En su despedida estuvieron presentes los pobres de su diócesis, pastores y obispos de otras iglesias (muestra de su ecumenismo), las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y otras organizaciones de derechos humanos. Esta concurrencia sintetiza lo que representó su vida, el compromiso permanente con los olvidados de la sociedad. (M.D.Espasande, Los Malditos, Vol. III, Pág. 420, Editorial Madres de Plaza de Mayo)

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FRAY LUIS BELTRÁN - (1784 - 1827)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Hubo un tiempo en que se discutió la cuna de su nacimiento, alegando que Beltrán era sanjuanino, pero probado está que él nació en la ciudad de Mendoza, el día 8 de septiembre de 1784, siendo sus padres el francés Luis Beltrán y la dama sanjuanina Micaela Bustos.

Pasó sus primeros años en el viejo convento de San Francisco, de la capital de Cuyo, hasta que el visitador de esa Orden lo llevó al Convento de Chile, para terminar sus estudios y ordenarse de sacerdote.

A principios del siglo XIX, Fray Luis Beltrán rumbo a Santiago de Chile por el camino Real –actual ruta internacional 7- . En sus manos llevaba una carta en donde se lo designaba como cura Vicario del convento franciscano en Santiago. Tras sortear una travesía de varios días en mula llegó al convento y ocupó ese caro hasta finales de 1810.

Fue allí donde el fraile comenzó a profundizar sus conocimientos técnicos, realizó algunos curiosos inventos y ensayó el arte de fundición de metales. Esto le ayudó para aplicarlo en la campaña de los Andes.

La noticia desde Buenos Aires de la creación de una Junta de gobierno el 25 de mayo de 1810, causó en Chile una conmoción entre los ciudadanos. Desde el Cabildo de Santiago, la Audiencia destituyó al gobernador García Carrasco y nombró a Mateo de Toro y Zambrano, Conde de la Conquista. Este llamó a un Cabildo Abierto donde es propuesta la creación de una Junta a instancias de José Miguel Infante, procurador del Cabildo a favor de Fernando VII. Un grupo de reformistas piden el apoyo militar a un joven oficial, José Miguel Carrera, el cual se erige como caudillo y declara la independencia.

Por su parte Fray Luis Beltrán apoyó abiertamente la causa patriota. Los fracasos bélicos de Carrera, frente a los realistas, motivaron su reemplazo por Bernardo O’Higgins.

Es aquí donde el fraile ingresó a las filas chilenas y en 1813 fue nombrado con el grado de teniente en la artillería.

Con la pérdida del territorio chileno emigró con los patriotas a Mendoza.

Al llegar a Mendoza, en 1814, San Martín se enteró de sus conocimientos técnicos en mecánica, química y matemáticas e inmediatamente lo designó jefe de la artillería del Ejército de los Andes.

San Martín, planeó la marcha de la expedición para 1817. El tiempo jugó en contra de aquel fraile, quien trabajó arduamente en la fabricación de cañones, fusiles, municiones y uniformes. También inventó aparejos que hicieron posible llevar los cañones a través de las montañas. Desde aquella gloriosa campaña libertadora, se lo consideró a Fray Luis Beltrán uno de los artífices de la gesta sanmartiniana. El fraile desarrolló todo su ingenio: inventó herramientas improvisando como un verdadero matemático, físico, químico, artillero, pirotécnico, carpintero, relojero, herrero y por momentos hasta médico.  Fundió cañones, balas, granadas, utilizando el metal de las campanas que descolgó de las torres, por medio de aparatos que diseño él mismo. A partir de entonces, las victorias se asentaron en esas fundiciones de Beltrán, que optó por las armas para asegurar la independencia.

La correspondencia entre San Martín y Pueyrredón evidencia las dificultades que se estaban atravesando; en una oportunidad el Director Supremo dijo al Libertador, “van hoy por correo, en un cajoncito, los dos únicos clarines que se han encontrado, no hay monturas, no hay más herramientas, no hay más sogas”. Pero ahí están los trescientos artesanos guiados por el capellán Beltrán, vertebrando andamios de escalamiento y generando ingeniosas poleas para bajar las campanas, cuyos badajos se convertirán en metrallas. “Todos los metales pasan por las fraguas de Beltrán para convertirse en cañones, balas, cureñas y sables, mientras en los cuernos de los yunques madrugadores comienzan a redondearse las 36000 herraduras que necesita el jefe del ejército…”

Su aporte a la causa americana siguió en Perú, a las órdenes de Simón Bolívar; a partir de aquí los episodios son muy confusos, y las discrepancias del fraile con Bolívar lo traen de vuelta a Buenos Aires el 17 de junio de 1825. De regreso a su país, pidió su retiro para volver al Convento.

Después de más de diez años de servicios en las filas patriotas, falleció en 1827, injustamente pobre y olvidado. (C.Piantanida, Los Malditos, Vol. III, Pág. 410, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ GABRIEL DEL ROSARIO BROCHERO - (El cura gaucho)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació el 16 de marzo de 1840 en Carreta Quemada, localidad cercana a Santa Rosa de Río Primero, en el norte cordobés. José Gabriel del Rosario Brochero, ese su nombre completo, era originario de una familia de condición rural y fuertes convicciones cristianas, y se ordenó sacerdote y presbítero en 1866. Desarrolló sus primeras tareas pastorales en la catedral de la ciudad de Córdoba, en especial durante una devastadora epidemia de cólera. Obtuvo el título de maestro en filosofía por la Universidad de esa ciudad. A fines de 1869 asume el curato de San Alberto, que comprendía más de cuatro mil kilómetros cuadrados, con 10.000 habitantes que vivían en lugares distantes y perdidos en una geografía de sierras y montañas, sin caminos ni escuelas, marcados por la pobreza, el desamparo y el olvido.

Su vida sacerdotal se caracterizó por una constante preocupación para la realización de un proyecto de comunidad que incluyera tanto la vida espiritual cristina como el desarrollo económico. Y por la denuncia de las condiciones de vida pobre de su pueblo. En 1875 comenzó la construcción de la Casa de Ejercicios de la Villa del Tránsito (hoy, es el pueblo que lleva su nombre), la casa para las religiosas, el colegio de niñas y la residencia para los sacerdotes. Junto a ello, condujo y motivó la construcción de más de 200 kilómetros de caminos, así como iglesias y pueblos. Predicador incansable del Evangelio, pero también promotor sin fatiga del desarrollo regional y de una educación para todos. Sus actividades religiosas y de promoción de la obra pública se combinan sin cesar. En 1876, 1883 y 1890 fue designado miembro de la Comisión Censal de escuelas del Departamento San Alberto, en la provincia de Córdoba. Miembro de otras comisiones como las de la Escuela Fiscal de Villa del Tránsito, de estudio de un camino de herradura en las Sierras Grandes, y de la construcción del camino carretero entre San Pedro y Altautina. También impulsó y participó la construcción de los caminos de villa Viso a Posta de los Domínguez, de la cuesta de Altautina entre San Pedro y Ciénaga de los Allende, y el de Panaolma a Tránsito.

Anda, entre muchos otros pueblos, por Tanti, Ballesteros, Soconcho y Mina Clavero, Etruria, Santa Rosa de Río Primero y Arroyito. Viaja a Santa Rosa y Tucumán, donde predica en los Ingenios Santa Ana y Trinidad. Bienestar espiritual y económico para quienes están “abandonados de todos pero no por Dios”, como le gustaba decir. Tal vez la obra más importante que impulsó y promovió fue la realización a solicitud suya de las oficinas de mensajerías, correo y telegrafía. También el camino carretero a Córdoba –finalmente construido en 1904-, que iba hasta El Trapiche, pasando por San Roque y Tanti, con una vía al norte a San Carlos, y otra al sur hasta Villa Dolores y San Pedro, pasando por, entre otros, Nono. Y, por supuesto, su anhelo más deseado, la proyección del ramal ferroviario que, atravesando el difícil valle de Traslasierra, buscaba unir Villa Dolores y Soto. Este proyecto, pese a su esforzada lucha no se concretaría. Llegó, por él, a entrevistarse con hombres de la alta política –como Juárez Celman y Figueroa Alcorta-, y, en 1912, con Hipólito Yrigoyen.

En 1898 fue nombrado canónigo de la iglesia catedral de Córdoba, a la que renunció para volver a la serranía. “Este apero no es para mi lomo, ni esta mula para este corral”, habría dicho al entregar la muceta que suelen lucir los eclesiásticos, prelados y hasta a veces ciertos académicos, como señal de su dignidad. Es que era como él decía nomás, “Dios es como los piojos, está en todas partes; pero más cerca de los pobres que de los ricos”. En el museo a él dedicado, en su pueblo se lee: “Yo soy la corteza de un tronco viejo que sólo sirve para el paso de las hormigas”. A poco de morir, en un diario de su provincia se leyó: “Es sabido que el Cura Brochero contrajo la enfermedad que lo ha llevado a la tumba, porque visitaba largo y hasta abrazaba a un leproso abandonado por ahí”. Había dejado el curato forzado por su ya quebrada salud. Murió en su casa de Villa del Tránsito, leproso y ciego el 26 de enero de 1914.

En plena época de consolidación del estado nacional, su actitud sobresale por su lucha a favor de pueblos y parajes doblemente postergados, ya sea por su situación geográfica –alejados de la ciudad capital- y por la incipiente oligarquía provinciana, como por un modelo de sociedad de tipo pastoril, ajeno al crecimiento del mercado interno, al servicio de los intereses del capital extranjero, con eje en el puerto de Buenos Aires y de cara a Europa y Gran Bretaña. También, testimonio de su opción por los pobres y los pueblos del interior, hay que destacar su amistad con el caudillo federal José Santos Guayama, quien fue perseguido hasta ser fatalmente emboscado. Mucho tiempo después, el Vaticano lo declararía venerable como reconocimiento a su obra y vida heroica en Traslasierra. Pero la gente más recuerda al cura gaucho, como le dicen, por sus “milagros” en vida, su lucha incesante por unir la actitud religiosa con la búsqueda del bienestar de su pueblo. (J.Azzali, Los Malditos, Vol. III, Pag. 412, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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MANUEL MAXIMILIANO ALBERTI - (1763 - 1811)

Nació en Buenos Aires el jueves 28 de mayo de 1763. En esta misma ciudad estudió, en el Real Colegio de San Carlos, y se ordenó sacerdote en el año 1783. Siguió cursando sus estudios en la Universidad de Córdoba graduándose, el 16 de julio de 1785, como doctor en Teología. Sus padres fueron Antonio Alberti y Juana Agustina Marín.

Nuevamente en Buenos aires, ejerce desde 1786, y por tres años, como teniente cura de la Concepción. En 1790 es destinado como cura interino al partido de Magdalena.

Luego dirige la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, hasta que en 1802 es designado al frente del curato de San Fernando de Maldonado.

Cuatro años después, cuando los invasores británicos toman la ciudad, Alberti es apresado por trabajar en forma clandestina contra la ocupación, y luego de ser liberado se refugia en Montevideo. Tras la recuperación de la ciudad regresa a su curato hasta que en 1808 es designado al frente del recientemente creado curato de San Benito de Palermo, en su ciudad natal.

La Revolución de Mayo lo encuentra ejerciendo este cargo. Junto a hombres como Belgrano y Castelli, luchará ardientemente por la causa revolucionaria. En la sesión del Cabildo Abierto del 22 de Mayo votó a favor de la moción que exigía la cesación del Virrey y la asunción de la autoridad por parte del Cabildo hasta la creación de la nueva autoridad, una Junta Gubernativa Provisoria, por parte de éste.

Al formarse tres días más tarde la Junta provisoria en un nuevo Cabildo Abierto, fue elegido como uno de sus miembros en calidad de vocal, en representación del ala revolucionaria del clero porteño sobre el que ejercía una importante influencia. Como vocal de la Junta Revolucionaria avaló todo lo actuado por ella salvo el fusilamiento de Liniers y de los demás opositores al movimiento revolucionario en Córdoba. No quiso, siquiera, tomar parte en los debates. Apoyó a Moreno en toda sus decisiones políticas, a excepción de lo concerniente a la incorporación de los diputados del interior, medida que aceptó por considerarla políticamente conveniente, pero que consideraba negativa a futuro. Colaboraba con la tarea revolucionaria, además escribiendo en la Gazeta de Buenos Aires, de la cual era el ‘crítico receptor de todo lo que se presente en ella’ y redactor de notables artículos sobre la defensa de la libertad y los derechos de los ciudadanos.

Falleció en forma repentina el 31 de enero de 1811. Tras el alejamiento de Moreno solía tener importantes cruces de ideas con el Deán Funes, y tras una de esas discusiones en el Fuerte un síncope le provocó la muerte en forma súbita. (F.Arcardini, Los Malditos, Vol. IV, Pág. 355, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ IGNACIO GRELA, “el Padre Granizo” (1764 – 1834)

OTRO MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires. Se ordena sacerdote en 1792, ingresando al convento de los dominicos. En la segunda invasión inglesa, toma personalmente prisionero al coronel Pack, jefe del famoso regimiento 71.

En los días de mayo de 1810, participa junto a French y Beruti, en el grupo de “los chisperos” que arenga y activa al pueblo. Es uno de los patriotas más fervientes.

En un documento, atribuido a un realista, se lo describe en estos términos: “Patriota turbulento, audaz, revolucionario e insultante en sus discursos, con los que disientan de sus opiniones.

Deja con facilidad el convento para abandonarse a convicciones políticas y otros fines de revolución interna y externa”. Luis Domínguez sostiene que “las celdas de los frailes dominicos Grela y Perdriel eran centros de agitación revolucionaria, donde los hombres públicos iban a discutir los intereses de la patria”.

Otro autor lo define así: “De temperamento fogoso y audaz, era un hombre que fraternizaba con el bajo pueblo, gozando de indiscutible ascendiente sobre sus núcleos más temibles y turbulentos”. Mitre lo ha llamado “orador de púlpito y de barricada, agitador bullicioso de la plebe”.

Ejerce el periodismo y por su prosa incisiva y atrabiliaria se lo moteja “el Padre Granizo”. Su tendencia política era republicana, federal y adversario de la monarquía. En 1812, integra la Logia Lautaro.

En 1816, es comisionado por el Director Balcarce para llevar documentación al Congreso de Tucumán, pero luego, al producirse cambios políticos, lo desautorizan.

En 1823, enfrentado a la política de reforma eclesiástica de Rivadavia, “ante la alternativa de tener que expatriarse, opta por la secularización”.

En 1827, es electo diputado de la Legislatura porteña y desde ella apoya la política del gobernador Manuel Dorrego, cesando en su banca al producirse el golpe militar del General Lavalle.

Bajo el gobierno de Viamonte, se desempeña como Director de la Biblioteca Pública.

Fallece en Buenos Aires, el 4 de junio de 1834.

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ELISEO MORALES
(1933-2001)

Hijo de una brasileña y de un uruguayo, Eliseo sostuvo, desde joven, su vocación cristiana, interpretada en lo profundo como amor al prójimo y preocupación por la cuestión social.

Incorporado al sacerdocio, se caracterizó siempre por la mayor humildad, por el desapego a todo formulismo y su compenetración con los problemas de la zona y del barrio donde ejercía su labor pastoral.

Esta concepción lo condujo a ser uno de los propiciadores del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Asimismo, ese compromiso lo llevó a la cárcel, en 1972, en el Chaco, donde salió en libertad con la amnistía del 25 de mayo de 1973.

Luego se radicó en Villa Gonet, un barrio ubicado en una punta de Wilde, de casas bajas y gente trabajadora. Allí se ocupó de crear comedores para los pibes pobres –“Hogares La Paz”- donde volcó todos sus esfuerzos. Vivía muy austeramente, en una casita pegada a la iglesia y nada más lejano para él que el mínimo lujo, ni siquiera confort, que afrentaba a su espíritu cristiano. El prestigio ganado auténticamente a fuerza de trabajo y preocupación por los demás generó una propuesta para ser candidato a diputado por el Frente Grande, en su zona, a lo cual Eliseo aceptó en principio, entendiendo que no debía esquivar el compromiso si ello constituía una forma de beneficiar a su gente. Pero las presiones de la cúpula eclesiástica fueron tales que finalmente su candidatura se frustró. Siguió trabajando entonces siempre en lo suyo hasta el día en que lo sorprendió la muerte: “Pobre de solemnidad –sostuvo Hernán Bravo, desde el periódico Nuevos Aires- Eliseo Morales se empeñó en recoger chicos de la calle y los llevó a vivir, junto con él, en los Hogares de la Paz, como un padre en medio de sus hijos. Allí, en las noches en que el invierno no perdona, se repartieron, en común, el ancestral milagro de la sopa. Eliseo soñaba con cincelar otro paisaje, lúcido y plural, donde los hombres se reconocieran como hermanos y nadie fuera lobo de su prójimo. Así partió, un 3 de diciembre (de 2001), que aún nos duele, jugándose siempre por dar testimonio cotidiano de su compromiso inclaudicable con el Evangelio. Más aún, con los crucificados de este tiempo”.

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NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – TOMO III – PÁGINA 419
Ediciones Madres de Plaza de Mayo

 

JUAN MANUEL APARICIO - (1770-1843)
Un cura revolucionario abucheado por patriota

Nace en Buenos Aires. Se ordena sacerdote. En 1807, al producirse las invasiones inglesas, es designado capellán del Escuadrón de Húsares.
En mayo de 1810, adhiere a la Revolución y participa del Cabildo Abierto del día 22, votando por la cesación del virrey. Es un patriota ardiente y exaltado.
En el informe que elevó Manuel de Goicolea al Consejo de Regencia, dicho ayudante militar de Cisneros consigna que, en la noche del 24 de mayo, vio “al reverendo Fray Aparicio predicando en los corredores del Cabildo, en los tiempos más críticos de la insurrección, la libertad e independencia y recorrer los cuarteles a caballo, con pistolas al cinto, animando y sublevando las tropas”.
Por su parte, Juan Manuel Beruti, en sus “Memorias curiosas”, relata que en la época del Primer Triunvirato y cuando los alzaguistas conspiraban, el padre Aparicio fue abucheado, dos domingos seguidos, en la parroquia de San Nicolás, por los contrarrevolucionarios pues le imputaban que se metía en política en vez de leer el Evangelio. Aparicio había sostenido durante la misa, la necesidad de defender a la Patria y que “España se veía en términos peligrosos, siendo, su pérdida y dominación por los franceses, ya irrevocable”.
En 1822, pasa a desempeñar el sacerdocio en el pueblo de Pergamino. Muere en 1843. ( NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – TOMO II – PÁGINA 401
Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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