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LA PÁGINA DE OSVALDO BAYER

 
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LAS FLORES DEL ALGARROBO

(Recordando a Monseñor Angelelli)

 
 
* Simón Radowitzky * El anarquista de las rosas rojas * Los ajeros, la "Galle" y los pañuelos blancos * De eso no se habla
* La Larga Marcha * El obispo apedreado por los dueños de la tierra * Agnósticos y creyentes, proletarios y bacanes * América Scarfó: la novia de Severino Di Giovanni
* Carta a Rodolfo Walsh * Las flores del algarrobo (recordando a Monseñor Angelelli    
 

LAS FLORES DEL ALGARROBO
La verdad histórica siempre triunfa, finalmente. Tarda, a veces, pero triunfa. Lo acabamos de ver con la figura de monseñor Angelelli, el obispo mártir de La Rioja.

El crimen monstruoso cometido contra él primero se trató de cubrir con la mentira. Los medios que conocemos, al principio, insinuaron que se trató de un "accidente". Luego, el silencio. Como es habitual, los popes católicos miraron para otro lado o, como se hace siempre, oficiaron por ahí una misa. Pero no, a más de treinta años de su muerte alevosa, en Buenos Aires se acaba de inaugurar, en Barracas, la plaza Monseñor Angelelli. Lo triste y vergonzoso del acto es que no concurrió ningún obispo católico, sólo un padre franciscano. Monseñor Angelelli, desde su paraíso, se debe haber alegrado, porque sí había muchos niños y, lo que es más importante, la plaza tiene juegos para ellos, así que desde ahora Angelelli se lo pasará escuchando risas y voces infantiles.

Me tocó hablar en el acto en el cual también se descubrió una hermosa placa con su nombre. Aproveché para contar su último sermón cuando en la catedral de La Rioja, delante de los comandantes militares y de aeronáutica, de esa región, sacudió a los presentes diciendo: "Acabo de recorrer los caminos de La Rioja. En uno de ellos me encontré con una columna de leñadores que llevaban a un muerto en una angarilla, sobre sus hombros. Me detuve y les pregunté qué hacían: ‘Llevamos a enterrar a un compañero muerto’. ‘¿Cómo, así, sin ataúd?’, les pregunté. ‘Sí, monseñor’, me respondió un humilde trabajador: no nos alcanzó el dinero que teníamos para comprar un cajón’". Y entonces la voz del obispo Angelelli tronó en el templo al proseguir el relato: "Yo me pregunto, ¿en qué país injusto y deshonesto vivimos que ni siquiera los trabajadores de la madera pueden poner sus muertos en ataúdes para sepultarlos? ¡Qué país inmensamente pecador!", finalizó. De inmediato, los jefes militares, con sus esposas, se retiraron del templo porque tomaron esas palabras del púlpito como una crítica a la dictadura de Videla. Pocos días después, los dos mejores sacerdotes de Angelelli eran muertos a balazos y él mismo perdía la vida en un escenificado "accidente" y su cuerpo quedaría en un camino de La Rioja, mirando el cielo y con los brazos abiertos, como aquel Jesús en la cruz.

Y ahora sí tenemos una plaza para niños en Barracas con su nombre. El mejor homenaje.

La Historia finalmente impone la verdad aunque existen los amigos de la muerte, que tratan de detener su camino. Se acaba de anunciar con grandes carteles la reinauguración de la Plaza Coronel Ramón L. Falcón, en el barrio de Floresta, en esta capital. Todos sabemos quién fue ese Falcón. Un verdadero asesino del pueblo. Y no exageramos. Fue autor de la represión contra el acto que hicieron las organizaciones obreras el 1º de mayo de 1909. Ese día se reunieron nada menos que setenta mil obreros, con sus banderas y su consigna sagrada: la lucha por las ocho horas de trabajo. Cuando estaba hablando el primer orador y el acto se realizaba con total tranquilidad, el coronel Falcón ordenó a los fusileros de la policía atacar las columnas obreras y, luego del fuego de fusilería, a la montada a agredir con sus sables a los hombres, mujeres y niños que ocupaban los espacios verdes. Se produjo una masacre que conmovió al país durante meses enteros. Nunca se sabrá el número de víctimas. Al día siguiente, los periodistas preguntaron al fatuo coronel policía por qué ordenó el ataque si hasta el momento no se había producido ningún disturbio. Y el coronel de la Nación respondió: "Porque los obreros en vez de llevar la bandera azul y blanca llevaban la bandera roja". El señor coronel se hizo el que no sabía o se confundió a propósito, porque en 1909 la bandera roja era el símbolo del gremialismo y no de un partido político determinado (aunque esto último no hubiera significado ninguna razón para el alevoso ataque uniformado).

No sólo esa cobardía despreciable mostró el señor coronel, sino que su biografía señala que siempre estuvo con la violencia de los que se sienten importantes porque tienen mando y visten uniforme: fue el mejor oficial del general Roca en el genocidio de los pueblos originarios, y por eso ascendió rápidamente. Además, el señor coronel estuvo en la represión de la famosa huelga de conventillos, en 1905, donde principalmente las mujeres proletarias dijeron basta a la explotación de la indignidad. Y ahí estuvo el coronel Falcón, siempre contra los humildes. Finalmente, un joven ruso, Simón Radowirtzky, tomará como suyo el "derecho de matar al tirano" y el de "cuando no hay justicia el pueblo tiene derecho a hacerse justicia" y dará muerte al cruel militar.

Los poderosos impusieron el nombre de coronel Falcón a la segunda calle más larga de la Capital y nada menos que a la escuela de cadetes de la Policía. Vaya ejemplo: se les ponía a los jóvenes que debían "guardar el orden" el nombre de un represor cruel que no se atenía a los principios de la instituciones sino que ordenaba matar. Aquí sobran las palabras para señalar cómo fue la herencia de este ejecutor. Pero todo esto continuará en estos días. El barrio de Floresta se cansó de que este nombre fuese el más honrado de todos sus esquinas: porque no sólo estaba la calle, sino también una plaza con el nombre de este personaje de la Muerte. Y hace cinco años una numerosísima asamblea de vecinos decidió, con todo derecho democrático, llamar a un plebiscito para que se cambiara el nombre del represor por otro que eligiera el barrio. Un sábado y un domingo se efectuaron concurridas votaciones en urnas en el parque y finalmente triunfó el nombre de "Che Guevara". Se quitaron los carteles con el nombre del asesino de obreros y se puso el del luchador latinoamericano. Hasta hace dos días, en que carteles oficiales señalaron que la plaza se seguía llamando Coronel Ramón Falcón y añadieron una biografía del uniformado, en la cual se enorgullecen de este represor. Textual, el cartel: "Ramón Falcón (1855-1909) Militar. Combate contra el aborigen de las fronteras del sur de Córdoba y Buenos Aires; participa en 1879 en la expedición del desierto". Y sigue el cartel adicionando galones al héroe de remington.

Pero ayer los vecinos de Floresta no aceptaron que esa hermosa plaza lleve tal nombre. Y en un comunicado dicen: "Seguiremos luchando para quitar ese nombre manchado con sangre indígena y trabajadora". Y se produjo lo racional: ayer, la repartición oficial autora del desaguisado retiró los carteles propagandísticos del Falcón Represor. Bien por la autocrítica. Aplausos para la asamblea absolutamente democrática. Es un paso contra la violencia. Represores, no.

El sí a la Justicia, que significa Paz en el caso de Angelelli; el no al Represor, en el caso del coronel Falcón. Pero claro, no se trata sólo de nombres de calles y plazas, sino también de la posesión de la Tierra. Por eso, otro paso positivo se me permitió vivir en el Congreso de la Nación esta semana. Se me ofreció defender, ante la comisión legislativa respectiva, el proyecto del diputado Carlos Tinnirello de expropiación de una corta extensión de tierras a la gigantesca estancia de los Benetton, para devolverla a sus verdaderos propietarios, la familia mapuche de Curiñanco-Nahuelquir. Lo importante de este proyecto es que, de ser aprobado, mostraría que las relaciones humanas no tienen que ser manejadas por el poder del dinero sino por la Etica. Los que primero tienen derecho son los antiguos habitantes. Los que han vivido desde hace 12.000 años en esas tierras, y no quien tiene dólares o euros y que, sin saber dónde queda, le dice a su comisionista: "Cómpreme una estancia en la Patagonia, que ahora está de moda". Esto es altamente inmoral. Más todavía cuando los pueblos originarios han demostrado siempre su cuidado por la naturaleza mientras que los "inversores" van dejando los rasgos de su egoísmo. Lo dijo Suna Rocha –la profunda artista– en esa misma sesión: "En Catamarca vi algo que nunca antes había visto: algarrobos secos". Algarrobos secos son el símbolo del "progreso" de los que tienen el dinero. Cuando se debate este tema profundo, queda en claro la sabiduría escondida de los pueblos originarios frente a la avidez de los que "traen el progreso" para su bolsillo.

En la comisión del Congreso Nacional, el único que se opuso al proyecto fue el macrista Tonelli. Sus argumentos fueron típicamente burocráticos. Esperemos que el Congreso se meta en el problema y defienda el camino de la Etica y no el de los dólares. Pensemos en las flores del algarrobo. (Osvaldo Bayer,
Página/12, marzo 2007)


CARTA A RODOLFO WALSH

Pese a que nací el mismo año que Rodolfo Walsh, siempre lo consideré un maestro. Pese a su asesinato por los sicarios de Massera, Rodolfo sigue hoy más vivo que nunca a través de sus escritos y su ejemplo. Por eso, en el aniversario de su muerte le escribí una carta sabiendo de antemano que me va a responder desde sus libros, cada vez que yo los vuelva a releer. Esta fue mi carta:

"Querido Rodolfo:

Tu carta a la Junta Militar lo previó todo, denunció todo, dijo todo. La escribiste aquí, en tierra y de frente. Basta comparar tus límpidas, escuetas verdades, con el último decreto de los militares que decretó la autoamnistía de los generales en huida, el firmado por aquel Bignone, el único oficial de la historia que entregó a sus propios soldados para que los asesinaran. Vos, con la palabra allí, de frente, sin moverte. Los generales con sus picanas, sus pentonavales, sus capuchas, que ya pensaban en la fuga. Desde el momento en que cerraste el sobre con tu misiva ya comenzaba la derrota del plomo. Tu palabra y tu ética, Rodolfo. Por eso tu nombre ya está en una esquina porteña. Tan pronto, contigo, la Historia hizo su selección. Vos el 'terrorista', listo a la discusión otra vez. Los occidentales y cristianos Videla, Massera y toda su cohorte de amanuenses ya en el techo de la basura de la historia, por los siglos de los siglos. Vos, sin títulos, sin premios. Es que marcaste a fuego, sin proponértelo, al resto de los intelectuales argentinos. Los hubo quienes se sentaron a la diestra del dictador a la mesa servida del triunfo de la picana y hubo otros que no oyeron ni vieron ni hablaron cuando los balazos te fueron llevando la vida. Habrás sonreído cuando leíste la nómina de intelectuales que ahora adhieren a tu recuerdo. Los que te negaron al tercer canto del gallo hoy se apresuran a aplaudirte. ¿Y que dirán aquellos científicos de las letras, faraones y mandarines de cátedras e institutos que te calificaron esteta de la muerte? Hoy se apresuran a poner tus libros en las vitrinas oficiales. Pero nunca le diste importancia a esas cosas. Con tu máquina de escribir te metiste en los intestinos del pueblo, en el dolor y la humillación de la pobrería, de los azuzados. Mientras otros se dedicaban a cuchilleros o hacían romanticismo con antiguos generales fusiladores, vos -decepcionando a los críticos literarios consagrados- te metías en la actualidad: ¡oh pecado!, y todas sus mafias. Algo imperdonable para el olimpo y los repartidores de prebendas. Pero ni reparabas en esto. Trascendías a todas las sectas de café y de cátedra. Estabas en la calle con los perros y los piojos, los jóvenes y los ilusos, eras el Agustín Tosco de las redacciones. Agustín Tosco ¿te acuerdas de ese muchachón en overol que hablaba de cosas como justicia e igualdad, dignidad y deber? Palabras que no figuran más: hoy todos nos empujamos por aparecer en tapa. Te tomaste en serio la palabra. Exageraste en eso de la verdad. Además siempre creíste que había llegado el momento de descifrar ya los jeroglíficos y las claves. Dedicabas tu tiempo a eso mientras los otros trepaban, trepaban. En una sociedad maestra del trepar soñabas con implantar normas que permitieran un país donde todos tuvieran una canilla con agua y maceta con malvones. ¿Por qué tu insistencia si ya se había demostrado que todos esos intentos terminaban como le fue a Rosa Luxemburgo, con un balazo en la nuca y con el rostro en un charco de lodo? Cometiste otro gran error que tampoco los mandarines de las letras podían perdonarte: hiciste la mejor literatura con un estilo directo, claro, preciso, como el de un maestro primario rural. Te entendían y te entienden todos.

Rompiste el mito sagrado que un intelectual debe ser un travesti de las palabras y no un sembrador de quimeras y rebeldías. Tu más grande pecado fue hacer arte literario puro con sólo los siete colores primarios.

Te arrojaron vivo al mar, te enterraron como NN, te quemaron en una pira. Y aquí estás, en medio de Buenos Aires. Tan rápido la historia puso las cosas en su lugar. Pero éste es el primer paso. Porque ahora queremos saber el nombre y apellido de tus asesinos. En sí, ya los sabemos pero exigimos que lo digan los jueces y el gobierno. Porque no vayamos a creer que todo se arregla con una plazoleta. Porque seria cínico si no pusiéramos aquí también, en una placa, el nombre de tus asesinos. No aceptaríamos que los jueces nos digan que ya no es posible por las leyes de punto final y obediencia debida. Porque en ese caso tendríamos que poner el nombre de los que te asesinaron por segunda vez: los legisladores que votaron esas leyes, el espurio salvoconducto del crimen. Pero no nos mintamos. Si hoy estuvieras vivo te calificarían con los remoquetes que acostumbra el 'peronista' que está en la Casa Rosada: 'ultraizquierdista' o 'infiltrado al servicio de los intereses extranjeros'. Pero vos seguirías imperturbable. ¡Las cosas que tendrías que decir! Vos que estuviste en aquella CGT de los Argentinos tendrías tanto que hablar del señor Cassia y de la flexibilización, y de la venta de armas para matar a otros latinoamericanos, y de los bastones largos contra los pañuelos blancos de las Madres, y de los ministros de la dictadura que te asesinó y que hoy son ministros de la democracia... y de los pibes en las calles que jamás tendrán un canilla con agua y una maceta con malvones. Por algo quisieron silenciarte. Pero no lo lograron. Tus libros están de nuevo en bibliotecas y colegios. Con ellos se formarán nuevos curiosos de la verdad. Porque la ética es como una cadena sin fin que viene desde el comienzo de la Historia. Y gracias a esa ética y gracias a los Rodolfo Walsh que se fueron dando la mano, hoy todavía hay vida en este mundo. Gracias Rodolfo. Qué alegría nos ha dado el verte de nuevo entre nosotros, para siempre". (Página/12 del primero de abril de 1995)

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AMÉRICA SCARFÓ - (1913-2006)

La novia de Severino Di Giovanni

América Scarfó nos dejó para siempre. Murió el sábado pasado (se refiere al sábado 26 de agosto). Tenía 93 años. Recibí la noticia con la tristeza de saber que era la última de una época de lucha libertaria. Mi sentimiento no era otra cosa que una melancolía mezcla de enorme cariño y admiración. Fue la compañera de Severino Di Giovanni. El anarquista fusilado por el dictador golpista de uniforme: Uriburu. El 1º de febrero de 1931. Un día después era también fusilado el hermano más querido por América: Paulino Orlando Scarfó. En 48 horas le habían arrancado a la adolescente de 17 años sus dos más grandes cariños. Quedó sola, en un mundo absolutamente enemigo.

Los poetas le cantaron a América Scarfó. A finales de los ’30, el querido Raúl González Tuñón escribirá: "América Scarfó te llevará flores y cuando estemos todos muertos, América nos llevará flores". Es que había quedado en todos el rostro de América el día en que mataron a su amado Severino: no lloraba, estaba sumamente triste, pero firme. Lo iba a seguir amando toda su vida, como me dijo cuando la fui a entrevistar, allá a comienzos de los setenta. Yo había logrado descubrir dónde estaban las cartas de amor que le había escrito Severino y que en el allanamiento de la quinta de Burzaco se había llevado la policía. Las cartas de amor más bellas que he leído en mi vida. No sólo los uniformes fusilaron a Severino sino que también hicieron "desaparecer" sus cartas de amor. Pero así como los desaparecidos de los setenta reaparecieron en sus Madres, así las cartas reaparecieron ante la búsqueda sin fin del historiador. En sus líneas de despedida, antes de recibir las balas militares, Severino le escribe a América: "Carissima: más que con la pluma, el testamento ideal me ha brotado del corazón hoy, cuando conversaba contigo: mis cosas, mis ideales. Besa a mi hijo, a mis hijas. Sé feliz. Adiós, única dulzura de mi pobre vida. Te beso mucho. Piensa siempre en mí. Tu Severino". Antes de esas últimas líneas, se le había concedido a Severino despedirse de América, que también estaba detenida.

América le dio el último abrazo, él la besó. Le pidió a ella que cuidara de los hijos de él y de Teresina, su esposa. América le dijo: "voy a seguir con tu recuerdo hasta mi muerte". El la miró con mucha tristeza y le respondió: "¡Oh, Fina, tu sei tan giovane!". Se besaron de nuevo. América salió mirándolo a Severino. Por ello tropezó con una rejilla y Severino le gritó: "¡ten cuidado!".

Los más destacados periodistas de Buenos Aires estuvieron en el fusilamiento. La mejor crónica fue la de Roberto Arlt, que no puso ningún comentario propio sino sólo la descripción de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las ideas.

"La descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes", serán las últimas palabras de la crónica del periodista del Buenos Aires Herald.

Al día siguiente, caerá también Paulino Scarfó ante el pelotón de fusilamiento. Tanto a Severino como a Paulino, antes de fusilarlos, la policía de Uriburu los había torturado bárbaramente. Pero ellos no delataron a ningún compañero. El último encuentro entre América y Paulino será muy breve. Ella no pudo disimular su dolor al ver el rostro hinchado de él. El la contuvo diciéndole: "no llores". Y luego agregó con mucho cariño: "pobre pibita" y le dio un beso en la mejilla. América lo besó muy fuerte y le preguntó: "¿no querés ver a mamá?" El le respondió: "no, ¿no ves cómo estoy?". "Es que se le notaban las torturas. Y agregó: "sigue estudiando. Estoy deseando que esto termine de una vez". La besó. América volvió a abrazarlo y se miraron a los ojos. Ella no lloró. El policía Florio urgió para que terminaran. América se fue con paso firme. Los periodistas notaron una lágrima en su rostro. Severino y Paulino gritaron antes de la orden de "fuego" las palabras que definían su ideología: "Viva la anarquía". Fue en la penitenciaría. Las descargas se escucharon en los jardines de Palermo.

Severino fue un antifascista, y estaba convencido de que la única manera de responder a la violencia de arriba era con la violencia de abajo. Sus atentados fueron siempre contra entidades fascistas o norteamericanas cuando se supo la condena a muerte de los dos héroes proletarios Sacco y Vanzetti. Sus escritos hablan de su pasión por su ideología del socialismo en libertad. La policía lo sorprendió cuando salía de una imprenta. Su huida por las calles de Buenos Aires quedó como algo legendario. En el tiroteo cayó una niña, y por supuesto le adjudicaron a él esa muerte cuando fue notorio que recibió balas policiales.

En el escritorio del luchador anarquista, la policía encontró debajo del vidrio esta frase: "Estimo a aquel que aprueba la conjuración y no conjura; pero no siento nada más que desprecio por esos que no sólo no quieren hacer nada sino que se complacen en criticar y maldecir a aquellos que hacen".

En 1928, en una carta, Severino le escribirá a América: "El amor, el amor libre, exige aquello que otras formas de amor no pueden comprender. Y nosotros dos, rebeldes divinos (jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos derecho a desagotar el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso jardín donde mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y de amor". Fue un amor pleno que duró poco porque todo terminó en tragedia. Cuando América se va a vivir con Severino en la quinta, muy arbolada, de Burzaco, ya él era el perseguido número uno de la sociedad argentina. Ella sentirá miedo todas las noches y duerme abrazada a él. Una noche ella siente ruidos como de gente que entra a la quinta y trata de despertarlo. Le dice en voz baja pero insistente: "Severino, Severino, la policía". El se despierta apenas, la acaricia y le responde: "América, no, son los pájaros... duerme... duerme". De eso ella nunca se olvidará, me lo contará en uno de nuestros tantos encuentros, mientras elaboraba una nueva edición de mi libro.

Caídos sus dos seres más queridos, la joven América será protegida por sus compañeros de ideas. En ese período escribirá artículos para diarios anarquistas europeos en defensa de los derechos de la mujer. Y continuará con sus estudios, los cuales nunca dejó ni cuando era ya octogenaria. Por ejemplo, se recibió de profesora de italiano y rindió todas las pruebas en forma brillante.

Muchos años después de la tragedia, América encontrará un compañero de ideas con el cual fundará la librería y editorial Américalee. El nombre lo dice todo. Durante muchos años, fue la librería libertaria más completa de la ciudad y la editorial se dedicó a publicar todos los pensadores del socialismo libertario.

Hace pocos años, estábamos todavía en el menemismo, América volvió a aparecer en los diarios. Es que un día que la fui a visitar, me expresó que ya estaba cerca de la muerte y que antes de irse para siempre quería estrechar en su corazón las cartas de amor de Severino. Que como yo sabía dónde estaban me pedía que hiciera todo lo posible para lograr su devolución. Le dije que iba a poner todo mi empeño. Lo fui a ver a Unamuno, el director del Archivo General de la Nación. Siempre dispuesto a la ayuda me preguntó donde había visto esas cartas la última vez. Le dije: "en el Museo Policial, en un archivo aislado". Me respondió: "Bueno, quien puede darte permiso, por ser policial, es el ministro del Interior, Corach". ("La última anécdota que me faltaba", pensé.) Pedí la entrevista junto con América. Nos recibió a los dos días. Le expresé el deseo de América. Me dijo que iba a hacer las averiguaciones pertinentes para cumplir con los deseos de ella y agregó: "No se olvide, Bayer, que yo me llamo Carlos W. Corach. Carlos, por Carlos Marx, y W. Por Wladimiro Lenin". Me sorprendí y no pude menos que decirle sonriente: "No lo parece".

A los dos días nos llama el jefe de la Policía Federal que me esperaba en su despacho. Fui con América. Nos recibieron el jefe y el subjefe. El jefe me escuchó con forzada benevolencia. (El subjefe tenía una sonrisa cachadora como diciendo: "cómo se vino éste acá"). Le expliqué, pero el jefe me respondió grandilocuente: "usted me pide algo que pertenece a la Policía Federal. Mire (y tomó un cenicero): esto aquí tiene la palabra ‘Policía Federal’, si usted me lo pide le tengo que decir que no, porque no me pertenece a mí ni a nadie sino sólo a la Policía Federal". Le insistí: "pero no se trata de un cenicero, son cartas de amor". Me volvió a mostrar el cenicero, con gesto triunfal: "sí, pero las dos cosas pertenecen a la Policía Federal". Entonces tomó la palabra América que con voz suave pero firme le expresó: "señor, son cartas de amor que me escribieron a mí, me pertenecen a mí. No es un documento policial o que sirva como prueba de algún delito. Las cartas me pertenecen sólo a mí". El seguro policía se sintió molesto y sentenció: "pongan un abogado, se resolverá".

Pusimos el abogado y pronto llegó la respuesta. Carlos Wladimiro nos citó en la Casa de Gobierno para devolver las cartas de Severino Di Giovanni a su amada América Scarfó.

Cómo habrá acariciado las cartas esa bella anciana de ojos muy negros y cabellos blancos como la nieve.

Ella no está más. Sus cenizas fueron enterradas en el pequeño jardín de la Federación Libertaria, la casa que no se rinde. Ahí iremos una vez por mes a leerle a ella una carta de amor del luchador caído.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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AGNÓSTICOS Y CREYENTES, PROLETARIOS Y BACANES

Por Osvaldo Bayer en El Ortiba

En las dos primeras décadas del siglo, en apenas una generación, el fútbol se había acriollado definitivamente, igual que los hijos de los inmigrantes europeos. En cada barrio nacían uno o dos clubes. Se los llamaba ahora Club Social y Deportivo, que en buen porteño significaba "milonga y fútbol".

Los anarquistas y socialistas estaban alarmados. En vez de ir a las asambleas o a los pic-nics ideológicos, los trabajadores concurrían a ver fútbol los domingos a la tarde y a bailar tango los sábados a la noche.

El diario anarquista La Protesta escribía en 1917 contra la "perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo". Comparaban, por sus efectos, al fútbol con la religión, sintetizando su crítica en el lema: "misa y pelota: la peor droga para los pueblos".

Pero pronto debieron actualizarse y ya en la fundación de clubes de barriadas populares aparecieron socialistas y anarquistas. Por ejemplo, el Club "Mártires de Chicago", en La Paternal, llamado así en homenaje a los obreros ahorcados en Estados Unidos por luchar en pos de la jornada de ocho horas de trabajo. Fue el núcleo que años después pasó a ser el club Argentino Juniors, un nombre menos comprometedor. También en el club "El Porvenir", como el nombre lo muestra, estuvo la mano de los utopistas. Y el mismo Chacarita Juniors nació en una biblioteca libertaria precisamente un primero de mayo, la fiesta de los trabajadores, en 1906.

Por último, los viejos luchadores -ante el entusiasmo de sus propios adherentes ideológicos frente al nuevo juego- resolvieron cambiar de actitud y llegar a una nueva conciencia: practicar el fútbol, sí, porque es un juego comunitario donde se ejercita la comunicación y el esfuerzo común; pero no el fútbol como espectáculo, que fanatiza irracionalmente a las masas.

El fútbol siguió creciendo. Los tablones de las tribunas se iban superponiendo para dar cabida a más espectadores. Pero así como los argentinos jugaban cada vez mejor en el verde, así comenzaba a complicarse la organización fuera de la cancha. Los dirigentes juegan sus propios partidos y empiezan los cismas, las sospechas de árbitros comprados; los intereses creados van ocupando el lugar de lo que poco antes había nacido como deporte por el deporte mismo. El fútbol se capitaliza. A los jugadores -amateurs hasta ese momento- se los retiene en los clubes por dinero, y los clubes que tienen dinero atraen a los mejores de los clubes pobres. Aparecen ya, a comienzo de los veinte, las categorías de clubes grandes y clubes chicos.

Pero, mezquindades aparte, el fútbol gana fronteras; primero hacia el interior, con los rosarinos, quienes quieren hacer en Rosario la capital del fútbol y juegan partidazos con los porteños. Luego, cruza el Río de la Plata y el duelo argentinos-uruguayos da origen a una rivalidad donde ya se habla de virilidad y debilidades, de "padres" e "hijos". Pero pese al antagonismo hay un término que los hermana y los hace inconfundibles: "fútbol rioplatense". Es la palabra mágica que evita la enemistad. Fútbol rioplatense: una manera distinta de jugar que va a dar que hablar al mundo.

En 1919 llega Boca. Primer puesto y una hinchada de oro que ya empieza a ser el jugador número 12. Nacía un mito y una realidad que tuvo su origen en un banco de la plaza Solís, del barrio genovés, cuatro años después que River. Sus modestos fundadores anduvieron de baldío en baldío, hasta lograr una canchita detrás de las carboneras Wilson, en la isla Demarchi. Desalojados de allí fueron a refugiarse a Wilde. Por último, luego de deambular de nuevo por la Boca fueron a parar, en 1923, a Brandsen y Del Crucero, el anticipo de la "bombonera". Azul y oro, la camiseta, y con los jugadores cuyos nombres pasan a ser historia: Tesorieri, Calomino, Canaveri y Garassino, quien jugó en los once puestos. 1920 une a los que serán eternos rivales. Campeones Boca y River, River y Boca. Uno de la Asociación; el otro de la Amateur. Los espectadores van a ver, más que a sus equipos, a sus ídolos.

Uno de ellos es Pedro Calomino, a quien los hinchas boquenses le gritan en dialecto xeneixe: "¡dáguele Calumín, dáguele!". Pero Calomino no se deja influenciar: se planta en la cancha, indiferente a las tribunas ansiosas de sus fantasías. Y cuando le pasan la redonda arranca por la punta, parece que frenara pero sigue dejando rivales que corren engañados para otro lado, cuando se caen. Y si un defensor se le pega, le hace "la bicicleta".

El otro ídolo es Américo Tesorieri: "Mérico", para la hinchada. Lo quieren ver saltar. Y Mérico les da el gusto: fino, flexible, plástico, es un elegante felino que complementa las curvas de la pelota con movimientos de ballet. Es un clásico, un arquero con música de Mozart.

Pero los riverplatenses también pueden presentar a su crack. Arquero, además. Es Carlos Isola, apodado "el hombre de goma" por su extraordinaria agilidad. Con increíble golpe de vista no ataja los goles, los adivina. Es más bien un artista de circo, trapecista y malabarista a la vez.

¿Quién de los dos, Tesorieri o Isola iban a representar a la Argentina en el Campeonato Sudamericano de 1921, en Buenos Aires?. Tesorieri, el de Boca, es el preferido. Y lo demuestra: el arco, invicto en todo el torneo. El final no podía ser de otro modo: Argentina y Uruguay. Y el gol de oro del uno a cero lo conseguirá Julio Libonatti, el rosarino. Un gol que enloquece a los 25.000 espectadores. Sí, 25.000 espectadores que consagran al fútbol como al espectáculo del pueblo.

Como no hay alambradas, el público invade la cancha en la pitada final, carga a sus hombros al héroe de Rosario y grita: "¡al Colón, al Colón!". Así es llevado el héroe desde el estadio de Sportivo Barracas hacia el centro. Pero a mitad de camino hay algunos a quienes el Colón les parece insuficiente y gritan: "¡A la Rosada, a Plaza de Mayo!". Y allá va la muchedumbre con el gladiador triunfante en hombros, a quien quieren consagrar César.

Pero Julio Libonatti no actuará ni de tenor ni en el escenario del Colón ni jamás traspasará el umbral de la Rosada. Lo comprarían los italianos para que juegue en el Torino. Así se iniciaba el éxodo de los mejores, un desangre colonial que todavía hoy -y más que nunca- sufre el fútbol criollo.

Huracán se llama el equipo que viene de un barrio proletario, Nueva Pompeya. La insignia es un globito, el globo de Jorge Newbery, el gentleman del aire que nunca volvió de su último viaje. El nuevo club se fundó en la vereda, y se escribía Huracán sin H. Poco conocimiento de la gramática pero mucho de la gambeta. En 1921 y 1922 se coronaron campeones de la Asociación Argentina. Tenían un crack indiscutible: Guillermo Stábile. Lo llamaban "el filtrador" porque venía desde atrás, en el ataque, y estaba adelante siempre para definir cuando la pelota llegaba al área. Más tarde, Stábile sería uno de los primeros que ejercería una nueva profesión: la de entrenador de fútbol.

En esa delantera de Huracán campeón también se hallaba otro artillero: Cesáreo Onzari, el del famoso gol olímpico. Será en 1924. Los uruguayos habían consagrado al fútbol rioplatense como "el mejor del mundo" al salir campeones de las Olimpíadas de París. Cuando regresaron, los argentinos los desafiaron y vencieron a los campeones mundiales por 2 a 1, con gol desde el córner de Onzari. Pocos días antes, en Inglaterra, se habían aceptado los goles por tiro de esquina directo. Uno de los goles más hermosos: habría que cobrarlos dobles por la belleza de la curva que hace el balón.

En 1922 otro nombre se consagra. Viene de Avellaneda. Se llama con orgullo Independiente. El nombre libertario contiene mucha protesta. Lo eligieron los cadetes y empleados argentinos de una gran tienda inglesa que no les permitía integrar el equipo de la casa. El nombre que adoptan y el rojo de la camiseta los hace peligroso para algunos. El club nació de una mesa de café del centro, en Hipólito Yrigoyen y Perú. Pero un terreno barato los llevó a Avellaneda, muy cerca de Racing. Y empezó la rivalidad y la identificación con la barriada proletaria. En 1926, el equipo rojo hace realidad el sueño de todos los futbolistas y de los hinchas. ¡Campeones invictos!. ¡No perdieron ningún partido!. Vengaban así el recuerdo del primer match oficial de 1907, cuando perdieron 21 a 1 contra Atlanta.

En el cuadro invicto estaban figuras que fueron directamente al paraíso: aquellos cinco mosqueteros de la delantera: Canaveri, Lalín, Ravaschino, Seoane y Orsi. Nacen los diablos rojos. Sus diabluras en el área levantan las tribunas populares, que los sabe de su misma extracción barrial. El "negro" Seoane los deja parados a todos los adversarios, y "Mumo" Orsi es quien rompe los piolines de las vallas adversarias.

Hasta hay payadores criollos que le cantan al campeón:

Ha de gritar el que pueda
siguiendo nuestra corriente
hurras al Independiente
del pueblo de Avellaneda.

Pero los rojos no hacen olvidar al Boca de 1925, proclamado campeón de honor por la Asociación. Ese año ha jugado en Europa; la gira inolvidable. Los europeos querían ver el fútbol rioplatense que habían puesto de moda los uruguayos. Y Boca no defraudó: 19 partidos jugados, 15 ganados y sólo tres perdidos.

Aunque lo mejor del fútbol argentino anda de viaje por Europa, los hinchas no tienen de qué quejarse, principalmente los de la Academia, que poseen una pareja derecha que no sólo se engolosina con sus malabarismos sino que también mete goles: Natalio Perinetti y Pedro Ochoa. Aquel cantor del Abasto, que ha llegado al centro, le dedica al lucido gambeteador Ochoa un tangazo: "Ochoíta, el crack de la afición".

1927 será el año de la unión del dividido fútbol y el triunfo del seleccionado argentino en el Sudamericano de Lima en toda la línea: 7 goles a Bolivia, 5 a Perú y tres nada menos que a Uruguay. Las puertas estaban así abiertas para ganar el Campeonato Olímpico de Amsterdam en 1928. Los argentinos se sentían fuertes y habían borrado sus complejos con los uruguayos. El seleccionado vuelve desde Lima en tren y el pueblo se concentra en Retiro. La alegría no tiene límites y el presidente Alvear olvida un poco los ademanes aristocráticos y se abraza con los Bidoglio, Recanatini, Carricaberry y Zumelzú, autores de la hazaña.

Pero ya los santos vienen marchando. Llevaban camiseta azul-grana y eran de Almagro. Campeones absolutos en la Asociación, unificada, donde ahora juegan todos contra todos. Nacieron como los "Forzosos de Almagro", atrás de la capilla de San Antonio, y pasaron a llamarse San Lorenzo, en homenaje al cura Lorenzo Massa, incansable alentador de los muchachos. Actualmente algunos hinchas menos devotos sostienen que el nombre del club se debe al combate de San Lorenzo.

De cualquier manera, agnósticos y creyentes olvidaban sus diferencias cuando los azulgranas meten un gol. Y todos están contestes en llamarlos "los santos", aunque los incorregibles enemigos de barrio cambien el calificativo por el de "los cuervos".

De "los santos" pasaron a ser "los gauchos de Boedo" y también "el ciclón" por aquella delantera que los llevó a la cumbre en el 27: Carricaberry, Acosta, Maglio, Sarrasqueta y Foresto.

Su rival de siempre, Huracán, le quitó el campeonato de 1928, pero al año siguiente el campeón vino de La Plata, de ahí "El expreso". Gimnasia y Esgrima. Origen de alcurnia. Caballeros de la alta sociedad platense que querían ejercitase en deportes viriles. Entre ellos encontramos a Olazábal, Perdriel, Alconada, Huergo, Uzal, Uriburu y un nombre para no olvidar; Ramón L. Falcón, el posterior jefe de policía, autor de la masacre de obreros de Plaza Lorea, el 1º de mayo de 1909.

Los señores juegan al fútbol con los marinos ingleses en el puerto próximo. Pero los años pasan y los apellidos ilustres son reemplazados por más populares y ya en las tribunas se mezclan los estudiantes platenses con los hombres emigrados de las pampas cercanas. El campeón alista a dos figuras que cumplirán una brillante trayectoria: el back Delovo y el delantero Francisco Varallo.

El fútbol y el cine se han convertido en las diversiones preferidas del porteño. Los cines se van abriendo en los barrios, y los clubes han salido definitivamente del potrero. Los tablones ya van siendo mal mirados por los clubes más ricos que van siendo tentados por el cemento. Independiente inaugura su estadio con capacidad para cien mil espectadores.

Pero no sólo al cine y al fútbol van los argentinos. En 1927, al igual que en todas las ciudades del mundo, el pueblo se vuelca a las calles para protestar por el asesinato de dos obreros; Sacco y Vanzetti, que son condenados a la silla eléctrica por la justicia norteamericana.
[Texto del libro Fútbol Argentino, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1990]

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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OSVALDO BAYER: “EL FÚTBOL ES EL JUEGO SOCIALISTA. TODOS JUNTOS PARA LLEGAR AL TRIUNFO”

(decían los anarcos)

“No tardamos en darnos cuenta que cambiar el fútbol es más difícil que hacer la revolución”

A Bayer lo mandaron al arco pero disfrutó igual. Conocido sobre todo como investigador de las luchas sociales, el escritor Osvaldo Bayer ha escrito también sobre la historia del fútbol argentino. En este reportaje pasa revista –desde la memoria y el anecdotario personal– a los poco conocidos vínculos entre los grupos anarquistas y socialistas y la pasión futbolera, y analiza el desnaturalizado panorama del superprofesionalismo actual.

Reportaje por Facundo Martínez

Hay quienes creen que el fútbol y el anarquismo no tienen nada que ver. Y aunque a primera vista esa afirmación parezca cierta, no lo es. Pasado el primer envión que le dieron en Sudamérica sus fundadores ingleses, la práctica del fútbol ganó terreno en los hábitos de la cultura obrera argentina –lo mismo sucedió en Brasil y en Uruguay– hasta volverse realmente un deporte popular, abandonando su condición de actividad exclusiva de los colegios de señoritos. Aceptado por unos y rechazado por otros, el fútbol fue tema polémico en el interior de las corrientes políticas que a principios del Siglo XX impulsaron el crecimiento del movimiento obrero: el anarquismo y el socialismo. Interrogando esa ruta, el historiador y escritor Osvaldo Bayer dialogó con Página/12.

–¿Qué tiene que ver el fútbol con el anarquismo?
–En el anarquismo y en el socialismo hubo grandes discusiones. Al principio, lo rechazaron porque en lugar de ir al sindicato o a los centros de cultura que ellos tenían, la gente joven se iba a jugar al fútbol el único día libre que tenían los obreros, porque hasta 1910 el sábado se trabajaba todo el día... Por eso La Protesta hace esa definición terrible: “La perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo...”.

–En 1933, en “El Populacho”, los anarcos brasileños hablan de tres formas de dominación burguesa: el Deporte, la Iglesia y la Política...
–Bueno, acá los anarquistas tenían un lema que sintetizaba su crítica: “Misa y pelota: la peor droga para los pueblos”.

–¿En qué momento se interesó por el tema y por qué?
–Para mis trabajos históricos, revisé mucho la prensa anarquista y socialista y siempre había una polémica sobre deportes, sobre fútbol. Entonces me fui enterando, aunque no era mi motivo principal. Me causaban mucha gracia las polémicas, que siguieron hasta bien entrados los años ‘30 cuando entró a pesar el dinero y la venta de jugadores. Todo eso fue muy criticado porque, ante todo, el fútbol tenía que ser amateur y de ninguna manera profesional. Los socialistas se oponían con la misma fuerza a las revistas deportivas.

–Pero hubo un grupo de anarquistas que sí se interesaba, ¿no?
–Como los curas empezaron a hacer jugar a los pibes en los atrios de las iglesias –acá en la iglesia de Belgrano, La Inmaculada Concepción, se jugaban unos partidos bárbaros–, los anarquistas se tomaron al fútbol como una desviación. “Los entretienen con el juego y se olvidan de lo fundamental, de politizarse”, decían. Y, por supuesto, con los curas primero estaba el catecismo y después el fútbol.

–Pero también había otros lugares para jugar al fútbol... ¿Los anarquistas no veían el lado cooperativo del juego?
–Sí. Los anarquistas que defendían al fútbol tenían una definición muy bien hecha: “El fútbol es el juego socialista. Todos jugando en conjunto para al final llegar al gol, que es el triunfo, que es la revolución”. No es una cosa individualista, se consigue colectivamente, ¿no?. “En el fútbol se aprende a ser solidario”, decían. “No se puede jugar solo; cuando el otro está en mejor posición, hay que pasarle la pelota”. La cosa de formar equipo: nadie sobresalir sino sentirse todos iguales.

–¿Alguna vez discutió con otras personas esto del cooperativismo en el fútbol?
–Lo discutimos mucho en la Federación Libertaria, también en la FORA. Siempre se discutió cómo amateurizar el fútbol y los deportes, en general. La idea es que el dinero que entra se reparte entre todos, se deja una parte para la educación de niños, para las escuelas de fútbol, y también para tareas benéficas. Los planteos eran bellísimos.

–¿Algo así como los utopistas del fútbol?
–Utopistas totales. Pero después viene un Macri y dice: “¿Cómo? ¿Qué? Pero, por favor...”. Bueno, no tardamos en darnos cuenta que cambiar el fútbol era más difícil que hacer la revolución.

–Los anarquistas fundaron varios clubes en la Argentina...
–Promovieron el que se llamó Los Mártires de Chicago –en honor a los trabajadores ahorcados por impulsar las ocho horas de trabajo–, pero después perdieron las elecciones, asumieron otras fuerzas, los comerciantes y –qué sé yo– para terminar con el pasado anarquista le pusieron Argentinos Juniors: ¡Somos Argentinos, no anarquistas! También está El Porvenir, que es otro nombre muy anarquista...

–En Santos, Brasil, existió a principios del Siglo XX un club que se llamaba Libertarios Fútbol Club...
–También está Independiente, que eran socialistas. Fue hecho por los trabajadores de una gran fábrica, creo que era metalúrgica, que se reunieron en un café del centro, en la calles Perú e Yrigoyen. Por eso le pusieron Independiente, porque eran independientes de la fábrica. Muchos eran del barrio sur y después consiguieron un terreno en Avellaneda. ¡Y el color rojo de la camiseta! Hay mucha gente que ahora lo desmiente, porque quieren escribir otra historia; pero no, es así. También está Chacarita, que tuvo su origen en una biblioteca libertaria y se fundó un 1º de Mayo.

–¿Hasta qué momento se puede hablar de presencia anarquista en el fútbol?
–Hasta el ‘30, cuando se empieza a comprar y vender jugadores y el juego pasa a ser un negocio. Entonces los anarquistas salieron de ahí y pasaron a jugar en los baldíos y en las canchitas de barrio. En Platense, que estaba en Crámer y Manuela Pedraza, iban a jugar mucho socialistas contra anarcos. Yo viví todo eso por un jugador, Eduardo Ricagni, que estuvo en Platense, Boca, la Selección y terminó en Huracán. Pero yo le tuve muchísima bronca siempre, porque era muy compadrito.

–¿Usted jugaba también?
–Yo quería jugar al fútbol porque me interesaba mucho. Pero había una diferencia. Mi barrio, Belgrano C, era un barrio de alemanes y los criollos no querían saber nada con los alemanes. Y no me daban pelota. Yo tenía unas ganas de agarrarme a trompadas... Para hacerme el simpático me aprendía los equipos de memoria, buscaba un recurso intelectual para que me dieran cabida. Les decía: “¿Saben cómo forma tal equipo?” Y los pibes decían: “Uy, de nuevo este tipo acá”. Un fracaso total...

–¿Nunca pudo jugar, entonces?
–Como siempre ocurre, de pronto faltó un jugador. Era un partido importante contra los de Manuela Pedraza, que eran todos de Platense. Era como cuando en las películas falta el actor y ponen un extra; yo sentía que podía ser una gran oportunidad. El equipo de la calle Arcos, con diez hombres. Ricagni estaba preocupado porque iba a empezar el partido y entonces me llamó para que fuera al arco. ¡Hay que tener mala suerte! En la primera jugada el wing contrario se mete y se mete en el área, queda adelante mío, saca un taco impresionante, me pega en las manos, me las dobla, me pega en la cabeza y yo caigo: gol. ¡Hay que tener mala suerte! Me levanto y veo que Ricagni se me viene encima a darme la biaba. Ahí cometí el más grande error de mi vida: salí corriendo. Me corrieron mis propios compañeros –yo tenía once años–, y corrí mucho más. Entonces me doy vuelta y ahí oigo que Ricagni me grita: “¡Alemán culo de pan!”. Y yo todo avergonzado, por supuesto, nunca más volví.

–¿Se quedó sin una segunda oportunidad?
–Siempre hay un momento para cobrárselas. Pasaron muchísimos años y en el ‘87, yo estaba en Berlín, recibí un llamado de Lita Stantic, la productora de María Luisa Bemberg –feministas, ambas–; me convocaban para realizar el guión de una película sobre fútbol. A mí se me escapó: “¿Ustedes, una película sobre fútbol?” Y Lita hizo como un minuto de silencio y me contestó: “Sí, ¿por qué no?”. Entonces les dije que lo podía hacer, pero les advertí que si hablaba sobre fútbol le iba a meter temasde política y sociología. Me dijeron que eso era lo que querían. Les pedí un día para contestarles y esa noche no pude dormir. Yo no tenía ganas, pero pensé en Ricagni y dije: lo voy a hacer, pero el castigo va a ser no nombrarlo e invitarlo al estreno.

–Y se hizo la película...
–¡Y no lo nombré! Aunque tampoco lo invité al estreno. Después me dio pena y cuando Editorial Sudamericana me pidió el guión para hacer el libro “Fútbol Argentino”, le agregué un texto al final (lee): “No hemos podido nombrar a todos... más de un hincha murmurará: “pero ni siquiera lo nombraron a Eduardo Ricagni, el goleador de Platense y Boca”. Ahí lo nombré a Eduardo. Y eso fue toda mi actuación en el fútbol.

–¿Quedó conforme con “Fútbol Argentino”?
–Estas mujeres tenían un material colosal. Todos los noticieros de todas las épocas. Y yo vi mucho material, un material precioso. Y los domingos iba a ver la cosa, a la cancha. La película fue difícil.

–¿Por qué motivos?
–Discutí mucho con el director. El me decía que no le fuera con política ni con sociología; él quería “hacer un ballet”, decía. Entonces, hablé con Lita, que nos reunió a los dos y nos pidió que nos pusiéramos de acuerdo. Me hubiera gustado que tuviera más emoción, más recuerdos, más poesía. El libro se acerca más a esto. A Osvaldo Soriano le gustó mucho y por eso hizo el prólogo. Soriano sabía mucho de fútbol.

–¿Qué aprendió con ese trabajo de investigación sobre fútbol?
–Aprendí a conocer más la sociedad y a lamentar más el sistema, el capitalismo. Eso de hacer que los clubes sean gobernados por empresarios, cuando debieran ser cooperativas y los dirigentes jugadores retirados, ya viejos, para que uno los pudiera ver siempre; una cosa absolutamente voluntaria y sin ningún interés comercial. Con el profesionalismo salvaje el fútbol se perjudicó totalmente, en todos los países del mundo. En Alemania, el Bayer Leverkusen está pagado por la empresa Bayer, de aspirinas. Ahora está por descender. ¡Ojalá!, aunque lleve mi nombre.

–¿Qué piensa de la violencia en el deporte?
–Es un espanto, un espanto. Mirá lo que pasó el otro día (en referencia a los dos hinchas de Newell’s asesinados en un enfrentamiento con hinchas de River), la gente que reacciona así es porque realmente no sabe cómo reaccionar de otra manera frente a las injusticias de la sociedad. Nadie de abajo inventa la violencia sino que es una reacción contra la violencia de la sociedad. Y da una tristeza enorme que se maten por una camiseta.

–¿Qué aspectos no le gustan del fútbol actual?
–Realmente, me da mucha bronca toda la comercialización. Los grandes equipos están formados por futbolistas comprados en cualquier parte. Quiere decir que a los países del tercer mundo les sacan a sus mejores jugadores. La gente ya no puede verlos como nosotros veíamos a José Manuel Moreno, al Torito Aguirre, a Pedernera; se los hubieran llevado a todos. Y después esto de las propagandas en la camiseta y los negociados, las peleas que hay entre los dirigentes y la televisión. En Alemania, por ejemplo, hay un affaire terrible entre la televisión y el Bayern Munich, porque al Bayern le pagaron coimas.

–Entonces, ¿hoy ya no le interesa el fútbol?
–No me interesa más. Veo los Mundiales, pero por curiosidad más que por cualquier otra cosa. El juego en sí es de una gran belleza. Pero no me interesa por todo lo demás que estropea la cosa.

–¿Y en los Mundiales por quién hincha?
–Por Argentina.

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EL OBISPO APEDREADO POR LOS DUEÑOS DE LA TIERRA
HOMENAJE AL OBISPO ANGELELLI

Mi contacto con la figura de Angelelli principalmente se debió a que hicimos para la televisión alemana un film documental sobre Angelelli, de manera que me tuve que meter profundamente con la figura de él, con testigos de la época, con amigos y también con enemigos. El primer viaje que hicimos con la TV alemana fue a pedir una entrevista con Monseñor Primatesta, Obispo de Córdoba, para preguntarle qué opinaba de su Obispo Auxiliar, que había sido Monseñor Angelelli, y él nos contestó, a través de un secretario, que no tenía absolutamente nada que decir. También he leído las cartas del archivo del obispado de La Rioja, a las cuales llegamos a través del Obispo White, que fue el nombrado para reemplazar a Angelelli, que nos dio libertad de ver los documentos, pero nada más; no quiso abrir tampoco ninguna opinión sobre el mártir de La Rioja.

La primera escena que nos hace entender profundamente quién era Angelelli la da esto, que nuestro querido compañero cordobés delineó, y que son «las tierras de Asalini», el lugar llamado Aminga. Es ahí donde Angelelli ayuda a la cooperativa de viñateros que querían aprovechar esas tierras, pero más que tierras las aguas; es decir, lo más valioso en La Rioja son las aguas y no la tierra; y ahí estaban las mejores aguas, en ese territorio abandonado del predio de Asalini. Los herederos de Asalini se habían ido a vivir a Roma y no les interesaba nada de eso, se había abandonado todo ese hermoso lugar para los viñedos. Esa gente entonces, los auténticos trabajadores de la tierra, del agua y del vino, quisieron hacer una auténtica cooperativa «Coodetral»; y realmente la crearon desde la base con la ayuda y el consejo del Obispo Angelelli. Por supuesto, y esto lo hace tan actual a la figura de Angelelli y a todos estos episodios, ¿de dónde vino la reacción? De un lugar que se ha hecho célebre en La Rioja, de Anillaco. De Anillaco vino la reacción. Nosotros, y esto está grabado y filmado, fuimos a la bodega Menem y fuimos atendidos por Amado Menem, que es el administrador de la bodega. Y es interesante ver a Amado Menem describir a este Obispo y señala con todo desparpajo frente a las cámaras de la TV alemana: «Él se la buscó. Era un comunista» Tal cual. No he agregado una sola palabra a las declaraciones de él. Y entonces nos describe, como un acto realmente democrático y heroico por parte de los bodegueros, de los dueños de todas esas zonas, cómo lo corrieron a pedradas al Obispo. Ustedes saben de aquel episodio, muchos de ustedes lo habrán leído, Angelelli con un cura que lo acompaña llegan a Anillaco y allí lo está esperando la barra brava de los viñateros. Yo acá tengo una solicitada del diario El Sol que lo llamaba «Satanelli» a Angelelli, donde está el Centro de la Juventud Amingueña que es el Centro que se opuso a que los hombres de la tierra tuvieran su cooperativa y explotaran esas tierras abandonadas. Este Centro saca una solicitada donde acusa al Obispo de subversión, de tratar de terminar con la verdadera religión católica. Uno de los firmantes de apellido Menem muy preocupado por que dice que Angelelli estaba falseando la fe católica al llevar el comunismo a los trabajadores de la tierra.

Fue uno de los que comandó ese especie de comando que recibe a pedradas a Angelelli, quien tiene que buscar refugio en la parroquia de Anillaco con el otro cura y puede abandonar recién ese recinto después de varias horas de estar adentro y se le grita de todo: «Comunista, marxista, etc.» Esto el propio Amado Menem lo contaba como un gran hecho: «Era la población auténtica de Anillaco» No, era la gente pagada por los bodegueros que apedreó al Obispo. ¡Fíjense qué figura evangélica! El obispo apedreado por los dueños de la tierra.

Y aquí viene la cosa de tipo política. En un Tiguanaco, la fiesta popular donde concurrieron todos los trabajadores de Aminga presididos por el Obispo, él pide la audiencia con el gobernador, nuestro actual presidente. Y, ¿qué le dice Carlos Menem? «Por supuesto, señor Obispo. "Piden la expropiación de la tierra, que la provincia expropie las tierras y se la dé a los trabajadores. Y Carlos Menem le promete que sí. Después lo tiene que aprobar la legislatura. Y ocurre una cosa por primera vez en la legislatura riojana. El bloque peronista al votar esta ley de expropiación se divide. Todos respondían a Menem pero justamente al votar esta ley se dividen, y desgraciadamente el bloque radical, y esto es una vergüenza para el radicalismo, en La Rioja se junta con los disidentes del peronismo y rechazan la ley de expropiación de la tierra. Esta fue una maniobra de Carlos Menem gobernador para no legalizar la entrega de tierras a los trabajadores.

Paso ahora a otra escena de las que a mí me emocionaron hondamente que es un viaje que hace el Obispo en su viejo auto y llega a la parte de los bosques riojanos donde están los leñadores, los trabajadores de la madera y en el camino encuentra un cortejo de trabajadores y sus familiares y llevan en angarillas un cadáver de un trabajador muy joven muerto por el Mal de Chagas que lo llevan en angarillas para sepultarlo en el cementerio de la zona. Entonces el Obispo detiene el auto, todos se detienen y él les pregunta: «¿a dónde lo llevan?». «Lo llevamos a enterrar al cementerio» Y el Obispo pregunta: «Y cómo, ¿no tienen ataúd?» La gente baja la mirada al suelo y avergonzados dicen: «No tenemos dinero, señor Obispo». Y el Obispo los acompaña, bendice al muerto, de acuerdo al rito católico, es enterrado, y vuelve a la capital de La Rioja y ese domingo en la misa de diez dice un sermón que le costará la vida. Él cuenta este episodio del encuentro con los leñadores que volteaban árboles, las mejores maderas de La Rioja que se exportan para hacer muebles y se exportan hacia Europa, y señala y dice: «¡Qué pecadores que somos que ni siquiera en nuestra tierra los trabajadores de la madera, de la leña, de los árboles, pueden tener un ataúd para los hombres de trabajo, para sus compañeros de trabajo». Y estaban en primera fila el brigadier Aguirre, el coronel Pérez Bataglia con sus familias. El brigadier Aguirre se levanta y dice: «Señor Obispo hemos venido a escuchar la santa misa y no a escuchar discursos políticos» Y es entonces cuando Angelelli indignado toma la actitud bíblica y lo expulsa del templo, expulsa a los mercaderes del templo y le dice: « Usted deje el templo que usted no pertenece a nuestra religión» Esto lo dice justo delante de la familia de los militares, y que se retiran todos.

El jueves siguiente son asesinados estas hermosas figuras que son estos curas de Angelelli, Gabriel Longeville, francés, Juan de Dios Murias, son buscados, sacados, secuestrados y aparecen asesinados junto a las vías, y también Wenceslao Pedernera, un criollo, hombre que ayudaba a los curas, hombre de profunda fe cristiana que también es asesinado con ellos. Es realmente conmovedor ver las tumbas de estos tres mártires asesinados antes que el Obispo.

Y es ahí donde el Obispo comienza la averiguación de los hechos. Va a Chamical, el lugar donde estos curas tenían su capilla junto a las monjas que los ayudaban. El Obispo va a visitar a las monjas. Ellas me han descrito esa última mañana. Pasa la noche recogiendo datos, los pone todos en una carpeta con todas las declaraciones que ha ido juntando sobre el asesinato de sus dos curas y de Wenceslao Pedernera. Pone la carpeta en el asiento de atrás del auto cubierta por una manta. Me contaron las dos monjas que no quiso almorzar, sólo comió higos frescos, y partió con ese joven cura, un cura nuevo, el cura Pinto que lo acompañará. Al llegar a Punta de los Llanos ocurre lo que ya han relatado los compañeros acá: es asesinado el Obispo.

Yo he descrito, porque nosotros queríamos hacer un film, a la usanza de la Patogonia Rebelde, con la figura de Angelelli, y lo íbamos a hacer con Olivera en el año 1988, después, desgraciadamente no se consiguió el dinero para hacerlo, pero creo que es un gran film que nos espera acá en Argentina, hacer esta figura. Yo he descrito también con el testimonio del Padre Pintos cómo fue este último momento, que ya describió muy bien este riojano que está aquí al lado mío (De Leonardis) y digo (justamente esa es la escena final): «La ruta está vacía, es la hora de la siesta y no se ve ni un alma, ni siquiera algún chango a orillas del camino. El llano aparece amenazante en su total soledad. La camioneta va a mediana velocidad. El Padre Pintos desde el asiento de acompañante mira hacia atrás. No hay nadie. La ruta infinita. Nada. Reverberos de luz. Y de pronto el Obispo desde el volante le susurra al Padre Pintos: ‘¿Y qué quiere éste?’ El cura Pintos mira con un hilo de terror en la espalda que repentinamente tienen al lado a un auto que marcha a su misma altura y dirección que ellos. Alcanza a ver a un chofer desdibujado que se les mete delante como empujándolos para el costado, cerrándoles el paso. El Obispo previendo el choque intenta una frenada y desvía la camioneta que comienza a dar tumbos en la banquina. Luego, sólo el ruido del viento suave al pasar por entre los pastos y el polvo reflejado por el sol. Se oyen pasos, un abrir de puertas y el arrastrar de un cuerpo. Sólo sonidos en el polvo. No hay imagen de lo que ocurre. Segundos después, unos golpes contra algo óseo. La imagen desde arriba muestra la ruta y en el medio de ella un hombre con sotana con los brazos abiertos en cruz sobre el medio de la calzada. Un hilo de sangre se ha ido vertiendo hasta la banquina. Un hombre crucificado en la ruta. Es el Padre Obispo.

La imagen se eleva una vez más y muestra toda la inmensa soledad de ese hombre en medio del paisaje árido y desolado de los llanos riojanos. El alma del Padre Obispo quedará para siempre impreso en el paisaje. Aparecerá sin espacio en una carreta de bueyes en los caminos altos de los cerros (hay una hermosa fotografía del Obispo al lado de una riojana en una carreta con bueyes); o por sobre las cumbres apoyándose con un bastón hecho de una rama (como también está fotografiado); o por un sendero andando en burro; o de pronto en una punta de los llanos con su sotana azotada por el viento; se lo verá irse por la espalda o aparecer de frente. El Padre Obispo no morirá para los riojanos humildes. Estará permanentemente presente para los lugareños y se aparecerá a los viajeros, igual que aquel Chacho Peñaloza del siglo pasado que se reveló con sus montoneros contra los poderosos. La silueta del Padre Obispo aparecerá en los amaneceres lechosos de niebla, o a la luminoso hora de la siesta, o al atardecer, cuando los hacheros y mineros regresan a sus ranchos.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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SIMÓN RADOWITZKY - (1891 – 1956)
(un mito anarquista)

Autor O. Bayer en El Historiador, de F. Pigna

"Mil y mil veces maldita, tierra aborrecida del crimen, del sufrimiento y del sicario. Bajo el azote helado de tus huracanes gime el hombre; la angustia roe las almas de las víctimas; los abnegados, los Radowitzky, agonizan, mártires de la chusma del máuser, y, sobre el hórrido concierto de sollozos se oye siniestra la carcajada del verdugo."

Así comenzaba un volante del diario anarquista La Protesta, para el 1º de Mayo de 1918, el Día de los Trabajadores. Estoy en Ushuaia, en el edificio del antiguo penal, y hablo sobre Simón Radowitzky (o Szymon Radowicki, ya que era de ascendencia polaca) ante una concurrencia formada principalmente por gente joven. Nunca hubiera soñado antes que iba a tener esa posibilidad. En los años setenta publiqué un libro que se titulaba Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?, que fue a parar a la hoguera de la dictadura de los Videla y Massera. ¿Quién era ese Simón Radowitzky que había sido una figura legendaria del movimiento obrero en las tres primeras décadas de este siglo y que había pasado veintiún años de su vida en la cárcel, la mayoría de ellos en el penal de Ushuaia, una de las páginas más negras de la historia penal del género humano de la cual tendríamos que avergonzarnos los argentinos? Y que se mantuvo no sólo durante el gobierno de los conservadores liberales sino también durante los tres gobiernos primeros del radicalismo. Los que más cantaron a Simón Radowitzky, llamado el "mártir de Ushuaia" fueron los payadores criollos en los mitines y asambleas obreras.

"Traigo aquí para Simón
este manojo de flores,
del jardín de los dolores
del alma y del corazón:
traigo para aquel varón
valiente y decidido,
este manojo que ha sido
hecho con fibras del alma,
en un momento sin calma
de rebelde convencido."

Así cantaba el payador Manlio por la década del veinte.

Es que Simón había corporizado la violencia de abajo al matar de un preciso bombazo al jefe de policía coronel Ramón L. Falcón después que éste reprimió brutalmente la manifestación obrera del 1º de Mayo de 1909. Ese día ocurrirá la más grande tragedia obrera hasta ese momento de nuestra historia social. La policía montada al mando del comisario Jolly Medrano, después de que sonara el clarinazo de ataque ordenado por el propio coronel Falcón, se lanza sobre las columnas obreras en la Plaza Lorea. Parece una estampa de la Rusia imperial cuando los cosacos atacaban concentraciones de famélicos proletarios en San Petersburgo o en Moscú. En la historia de las represiones obreras, la del coronel Falcón quedó como una de las más cobardes y alevosas. En un primer momento se cuentan treinta y seis charcos de sangre. Para explicar el drama, el militar traerá el argumento que todavía hoy se emplea en la Argentina: le echa la culpa a los "agitadores". Seguirán días de paro general proclamado por la FORA que tendrá un desarrollo muy violento. Esos días continuará la brutal represión y se seguirán sumando los muertos. Los obreros no se rinden porque:

"Los tiempos ya terminaron
en que hubo feudales bravos
que agarraban a los esclavos
y fiero los azotaron
¡Hoy no! Ya se rebelaron,
Y ese hombre hoy, febril y ardiente
cuando ve que un prepotente
burgués quiere maltratarlo:
cara a cara ha de mirarlo,
cuerpo a cuerpo y frente a frente!"

Así fue. Ese joven judío de apenas 18 años, obrero metalúrgico, esperará al coronel Falcón y pondrá fin a la vida del orgulloso militar que era todo un símbolo para los hombres de uniforme: Falcón había sido el cadete número uno recibido en el Colegio Militar creado por Sarmiento. Simón trata de suicidarse pero es capturado, condenado a muerte y luego, como es menor de edad, a prisión perpetua a cumplir en el penal de Ushuaia, con el agravante de que cada año, en oportunidad de cumplirse cada aniversario de su atentado contra Falcón "deberá ser llevado a reclusión solitaria a pan y agua durante veinte días", como dirá la sentencia.

En la prisión, sólo comparable con la de la Isla del Diablo, Radowitzky se convertirá en el "mártir de la anarquía". Será un místico de la resistencia y del altruismo con los demás presos. Protagonizará una huida legendaria a través de los canales fueguinos hasta que es capturado por un buque de guerra chileno y entregado a los carceleros argentinos. Todos los castigos inimaginables serán entonces para él. Aunque enfermo de tuberculosis, el clima del extremo sur y el aislamiento no lo amedrentan y sigue siendo el defensor de los demás presos para quienes Simón es una personalidad mística y al que admiran casi con respeto religioso.

Sus compañeros de ideas de todo el país no lo abandonaron en ningún momento. Miles de mitines y su nombre siempre en la primera página de sus publicaciones. Hasta que en 1930, Yrigoyen firmará el indulto. Pero el gobierno radical no se aguanta al carismático atentador en territorio argentino y lo expulsa al Uruguay. Allí será detenido y poco después soportará presidio en la isla de Flores. Hasta que en 1936, ya en libertad, marchará a la Guerra Civil Española a luchar contra el fascismo de Franco. Morirá en México en 1956 mientras trabajaba de obrero en una fábrica de juguetes, el mejor oficio que puede tener un ser humano.

Me paseo por las celdas del presidio de Ushuaia, cuarenta años después de la muerte del "santo de la anarquía". Los muros del oprobio. Oprobio que años después se iba a trasladar a los dominios de otros carceleros con uniforme militar: los campos de concentración de los Bussi, los Menéndez, los Camps. Pienso en estos verdugos cuando atravieso el portón de salida del ex presidio austral. Y me consuela un pensamiento que me asalta en ese momento. Esos tres, jamás tuvieron juglares criollos que les cantaran. De Radowitzky quedan los recuerdos de esas coplas del auténtico pueblo:

"Simón, la fe no desmaya
y el pueblo sí que resiste
te ha de sacar, Radowitzky,
de las mazmorras de Ushuaia."

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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EL ANARQUISTA DE LAS ROSAS ROJAS

Severino Di Giovanni (1901-1931) fue fusilado el 1º de febrero de 1931 por la dictadura de Uriburu. Tenía 29 años.

Considerado el "hombre más maligno que pisó tierra argentina", se ocultó lo esencial de su personalidad: ser un representante de la violencia de abajo. De esos que la sociedad no tolera ni perdona. Creía en el derecho a matar al opresor aunque cayeran inocentes, y tenía un fundamento ideológico para sus actos. Llevó a cabo atentados con bombas y grandes asaltos en su raid revolucionario. Su foto ocupó la primera plana de los diarios y un comisario lo llamó un "Robin Hood moderno".

Pero también era un hombre de ideas, un estudioso autodidacta, un escritor y periodista excepcional, un compañero solidario y un militante apasionado. Creía en el amor a rajatabla, en una sociedad más justa, en el respeto al individuo como tal. Y vivió un amor prohibido para la época.

El exilio americano

Nació en Chieti, Italia, el 17 de marzo de 1901. Estudió para maestro y, aunque no se recibió, ejerció hasta que el fascismo lo obligó al exilio. Mientras aprendía el oficio de tipógrafo y leía a Proudhon, Bakunin, Reclus, Kropotkin, Malatesta, Nietzsche y Stirner. En Italia, Mussolini imponía con sangre su autoridad. Miles de opositores eran muertos, encarcelados y expulsados. Muchos anarquistas recalaron en Argentina, entre ellos, Di Giovanni. Llegó a Buenos Aires en 1923 con su esposa Teresina y su hija Laura. Dos años más tarde nacieron sus otros hijos, Aurora e Ilvo.

Al principio, cultivaba y vendía flores. Más tarde consiguió trabajo como tipógrafo y se conectó con grupos antifascistas. Aprendió rápido el castellano y las crónicas de la época lo describían como un hombre de "rasgos bien conformados, rubio, tez ligeramente rosada, ojos color azul mar, de una luz intensa, casi febril...".

En 1925, lo más selecto de la colectividad italiana en la Argentina, los "camisas negras" y las autoridades nacionales participaban de un evento en el Teatro Colón. Los anarquistas, al grito de asesinos, repudiaron a los representantes de Mussolini. Di Giovanni fue detenido por primera vez y el prontuario policial lo calificó de "terrible agitador anarquista".

Fuerza movilizadora

El poder de los anarquistas movilizaba a miles de obreros, editaban periódicos que se vendían como pan caliente, tenían foros de debate y luchaban por los derechos laborales. Existían diversas corrientes. Por un lado, los que hacían el diario La Protesta, a cargo de López Arango y Abad de Santillán y la Fora (Federación Obrera Regional Argentina), que eran considerados el anarquismo oficial. Proponían la educación y la propaganda como medio de lucha. Por el otro, se encontraban los del periódico La Antorcha y los gremios autónomos de izquierda que, en cierta medida, avalaban el uso de la violencia política.

Además existían los "expropiadores". Se dedicaban al robo y falsificación de dinero, porque consideraban que recuperaban parte del botín que la burguesía –elegantemente– le robaba a los obreros.

Y surgió Di Giovanni con su periódico Culmine, que propiciaba el anarquismo individual y la lucha "cara a cara" con el enemigo fascista. A través de Culmine, polemizó con los otros sectores, publicó sus poemas, se ocupó del tema de la emancipación femenina y de los compañeros caídos en la lucha o que estaban en prisión. Severino financiaba la revista con su trabajo, organizaba tertulias culturales y recibía el aporte de compañeros. Su lema era: "De la propaganda a los hechos". Creía en las posibilidades del individuo para cambiar con su acción a la sociedad. Y lo puso en práctica. El mundo estaba conmocionado con la condena a muerte de Sacco y Vanzetti en Estados Unidos. Severino se sumó a la campaña por la liberación de los anarquistas.

El 16 de mayo de 1926, una bomba estalló frente a la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Fue el primer atentado de varios que realizó contra objetivos norteamericanos. El gobierno radical de Alvear inició una feroz represión y detuvo a cientos de anarquistas italianos. Los datos los proporcionaba la embajada de Mussolini a la policía argentina, ya que tenían una fluida relación.

En ese tiempo conoció a Paulino y Alejandro Scarfó, a través de quienes entraría a la vida de Severino una adolescente que lo haría estremecer de amor con su ojos negros: América Scarfó.

En el marco de la lucha por Sacco y Vanzetti, el anarquismo protagonizó su última gran movilización de 100 mil personas, en agosto de 1927. Ese año Severino comenzó vestirse de negro. Usaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo al cuello. No fumaba, no bebía, trabajaba incansablemente y comía cuando se acordaba. En la Navidad de ese año hubo por primera vez víctimas inocentes en un atentado perpetrado por él. La violencia lo encerró en una trampa de la que no podría escapar.

Las bombas anarquistas eran artefactos hechos de hierro, dinamita y gelignita. Se preparaban dentro de grandes valijas y se colocaban acostadas para su detonación. Carecían de precisión y eran muy poderosas.

El 23 de mayo de 1928 una explosión destruyó el nuevo edificio del consulado italiano en Buenos Aires. Los objetivos eran el embajador y el cónsul Capanni, pero cayeron más inocentes. Este hecho dividió al anarquismo vernáculo para siempre. Los sectores revolucionarios y extranjeros apoyaron a Severino. Pero los anarquistas de La Protesta lo acusaron de espía fascista y agente policial. Polemizó con Abad de Santillán y López Arango durante meses, y los ataques fueron cada vez más feroces y personalizados. En octubre de 1929, Severino les exigió una retractación. En una discusión con López Arango, lo mató.

Cuando pensaba marcharse a París con su amada y su familia, la detención de Alejandro Scarfó, en diciembre del ‘28, lo hizo posponer sus planes. Para conseguir dinero se conectó con el grupo de expropiadores de Miguel Ángel Roscigna, y cometieron varios asaltos. En ese tiempo escribió: "Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente".

Terminó la década del ‘20 siendo el hombre más buscado en el país. Con una vida y un amor clandestino, ejecutaba a los traidores, ponía bombas, escribía análisis políticos para revistas locales y medios extranjeros, leía, se preocupaba por su familia y se escabullía de la policía.

Severino inició 1930 con un plan de trabajo diseñado que denota un cambio en su actitud. En su nueva revista, Anarchia, todos los sectores anarquistas exponían sus ideas. Buscaba un acercamiento.

Hasta el golpe de estado sólo utilizó la violencia en la expropiación y liberación de presos. A partir del 6 de setiembre de 1930, reinició los atentados con bombas. Por fin tenía al enemigo fascista "cara a cara", pero la sociedad aplaudió a los uniformados.

En enero de 1931 estallaron tres artefactos dinamiteros. La dictadura se sintió desafiada y afiló sus garras. En esos días, detuvieron a Mario Cortucci, hombre de Severino, quien sucumbió al nuevo invento de Leopoldo Lugones (h), la "picana". Resistió 10 días la tortura y dio la dirección de Burzaco creyendo que sus compañeros se habían mudado.

Un juicio teatral

El jueves 29 de enero de 1931 Severino fue detenido al salir de una imprenta. Intentó escapar y lo persiguieron por las calles y techos de Buenos Aires. La policía disparó más de 100 veces. Severino, cinco.

En el tiroteo cayó muerta una niña y hubo heridos. Atrapado en un garaje, se disparó en el pecho. La herida era leve y lo atraparon con vida.

La sociedad se regocijó. Por fin había caído ese insolente revolucionario. La noticia salió en las primeras planas de todo el país. Uriburu ordenó un juicio rápido y al paredón. El teniente primero Franco fue su defensor.

Cuando reo y abogado se encontraron, Severino le aclaró que no iba a mentir. "Jugué y perdí. Como buen perdedor, pago con la vida", le dijo. Impresionado, Franco dio pelea. En su alegato, planteó la incompetencia del tribunal militar para juzgar al detenido, apeló al principio humano contra la pena de muerte, estableció que Di Giovanni recurrió a la defensa propia, y que la bala que mató a la niña no era del reo. El tribunal enrojeció de furia con la defensa y Franco fue castigado. Tiempo después murió envenenado en una cena de camaradería.

Severino y Paulino Scarfó fueron salvajemente torturados antes de ser fusilados. Con tenazas de maderas les aplastaron la lengua, les retorcieron los testículos y los quemaron con cigarrillos, entre otros vejámenes.

Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar las descargas. Otros tantos reclamaban su derecho a presenciar la ejecución. Algunos periodistas y encumbrados ciudadanos lo lograron. Como si fuera una función teatral, todos querían ver morir a Di Giovanni. Ocho descargas le perforaron el pecho. Cayó al suelo y le dieron el tiro de gracia.

Un aullido desgarró la madrugada. Eran los presos despidiendo al compañero. En estricto secreto el cuerpo fue trasladado al cementerio de la Chacarita. Sin embargo, al día siguiente la tumba de Severino amaneció cubierta de flores rojas.

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LOS AJEROS, LA "GALLE" Y LOS PAÑUELOS BLANCOS
Por Osvaldo Bayer

Nos desbordaron los medios la última semana con informaciones de dueños de la tierra bien trajeados con rostros enojados o hasta amenazantes, con discusiones sobre la palabra argentina más actual (retenciones), o sobre las hinchadas de River que se despedazan por disputar el "poder" en las canchas, y siempre estamos informados al minuto cuando cacarea Maradona. Pero nadie nos informó que había muerto el delegado de los más humildes trabajadores del país: los recolectores de ajos de Mendoza. ¿Cómo? ¿Existen? Hace dos semanas escribí en este espacio sobre ellos. Sí, existen. Son los más ignorados de estas tierras, e informé cómo se rebelaron porque la gigantesca empresa rural Campo Grande, de Adrián Sánchez, no depositó los descuentos jubilatorios durante doce años. Esas mujeres y hombres de manos como raigambres y ajadas hasta el extremo decidieron la protesta, formaron una columna frente a la enorme propiedad rural.

Allí fueron desalojados por orden de la fiscal de turno Liliana Giner, en algo habitual en la historia mundial de los desposeídos: no se detuvo a los patrones estafadores del bolsillo humilde sino que se apaleó a los eternamente estafados. Los palos uniformados de la Justicia argentina fueron dados con todo gusto. Hubo rostros ensangrentados de obreras embarazadas y cabezas y espaldas apaleadas como bolsas. Esto fue en noviembre pasado. Ahora se informó que acaba de morir uno de los que levantaron la voz de protesta. El delegado Juan Carlos Erazo, en el hospital donde estaba internado por los golpes recibidos hace más de cuatro meses, perdió la batalla para siempre. Juan Carlos Erazo. Por algo será. Por protestar; el arma eterna de los proletarios. Sí, era pobre, y eso hay que tenerlo en cuenta cuando se sale a la calle. Pobre que protesta, pobre que la paga caro. La empresa no reincorporó a los delegados despedidos. No cumple la orden de blanquear la empresa con toda la peonada en negro.

La pregunta es: ¿no hay forma de hacer cumplir las leyes? ¿Por qué la Corte Suprema de la Nación actuó en forma tan burocrática y rauda a favor del asesino Patti, pero no hay justicia contra los que trasgreden todas las leyes y los principios de la ética pero están amurallados en el poder del dinero? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que se haga justicia con los ajeros? El caso del recolector Juan Carlos Erazo me hace recordar los versos de nuestro poeta Raúl González Tuñón, que les cantó así a cuatro trabajadores recolectores de tabaco salteños muertos por la gendarmería nacional en 1948.

Aquí yacen Silvestre, Rueda, Allende

y Flores

Cuatro nombres con olor a madera

Y a cañaveral, a tabaco, a petróleo y luna

Ojalá que algún poeta mendocino nos describa alguna vez en versos las manos generosas del ajero Juan Carlos Erazo, manos que recogieron los productos de la tierra para la Vida, y que cayó para siempre ante los defensores de la codicia

Y sigamos con la Justicia. Otro caso que se mantiene en silencio. Nos referimos a la presa política argentina Karina Germano López, conocida por sus amigos cariñosamente como la "Galle". Es la hija del desaparecido Rodolfo Germano. Tanto Karina, como su madre, Hilda López, vivieron en el exilio, en Suecia y España. Pero antes pasó por la ESMA, donde fue interrogada por Alfredo Astiz. Karina volvió a la Argentina en 1998 y se integró a la organización H.I.J.O.S. En febrero de 2002, Karina fue detenida en San Pablo junto con otros cinco latinoamericanos y se los acusó de participar en el secuestro del multimillonario Washington Olivetto. Todos los detenidos fueron condenados por la justicia brasileña –muy criticada permanentemente por su proceder– a 16 años de prisión que luego fueron convertidos en treinta años por el Tribunal Superior de San Pablo. A pesar de que Karina demostró que estaba por casualidad en el lugar donde fue detenida y el secuestrado Olivetto declaró que nunca la había visto en el lugar. Luego de cinco años de detención en San Pablo, ella pudo ser trasladada a una cárcel argentina, Ezeiza, de acuerdo con el Tratado Argentino-Brasileño de Presos. Aquí, Karina, en la cárcel, estudia sociología y fue impulsora del Centro Universitario de la prisión

Al cumplir una sexta parte de la pena, le corresponden a la detenida salidas transitorias y al cumplir el tercio, la libertad condicional. Es lo que ha solicitado Karina. Pero el juez Sergio Delgado le niega este derecho por la pequeñez burocrática de que "el traslado de Karina Germano se produjo 49 días antes del tiempo estipulado para dicho beneficio". Todo esto es de una burocratismo vergonzante, más si se piensa que el fiscal de la causa es nada menos que Oscar Hermelo, quien, como se sabe, fue miembro del grupo de tareas de la Escuela de Mecánica durante la dictadura militar y como paradoja absoluta ese grupo de tareas fue responsable de la desaparición de Rodolfo Germano, padre de Karina. Por lo increíble no podría ni ser redactada una novela con este tema. Realidades argentinas. Realidades de nuestra democracia. Más pensando en todos los generales, almirantes y brigadieres desaparecedores que murieron en sus camas en sus lujosos departamentos en los últimos treinta años de esta democracia. Karina nos ha dicho ante tanta mordaz injusticia: "No me siento vencida. Me enfrento una vez más al gran circo jurídico que sigue vacilando ante los culpables, que continúa encarcelando a la parte vulnerable de nuestro pueblo, o sea a la pobreza, la marginalidad, la exclusión social".

El juez Sergio Delgado, el fiscal Oscar Hermelo, con todos los poderes frente a Karina Germano López, llamada con cariño la "Galle". Esa mujer. Estaremos siempre de su lado.

Y si seguimos con las fantasías morbosas de nuestra realidad argentina damos con otro hecho tan increíble como los dos casos anteriores. A la plaza en Núñez que desde hace once años lleva el bello nombre de Plaza de los Madres del Pañuelo Blanco ahora un colaborador acérrimo de la dictadura de la desaparición de personas, el macrista Santiago de Estrada, le quiere cambiar el nombre por el de Presbítero Fernando Carballo. Pícaro el macrista. Propone un cura contra las Madres así recibe el apoyo de Bergoglio y sus fratres. Se basa el colaborador de la dictadura en que ése es el deseo de la Comisión Obras Virgen de Luján. Llama la atención que esta organización católica se oponga al nombre actual de Madres del Pañuelo Blanco. O no. ¿Está también de acuerdo con esto la Iglesia? Más sabiendo que desde 1996 esa plaza fue llamada Madres del Pañuelo Blanco en un acto verdaderamente pleno de emoción con asistencia de los barrios vecinos. Recuerdo que me tocó hablar en él y lo dije pleno de nostalgias y emociones: que conocía desde niño ese lugar y me llenaba de agradecimiento que fuera el vecindario que se había decidido por ese poético nombre en recuerdo de las mujeres que salieron a la calle desafiando al poder de la muerte.

Desde aquella inauguración, allí el verde revivió, se pusieron juegos para los niños y bancos para lectores y contemplativos. Un magnífico mural cubrió los largos tapiales que rodean un lado de la plaza; los nombres de los desaparecidos de los barrios de Saavedra, Núñez, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón y Coghlan sembraron los senderos entre los canteros. Por supuesto que cobardes ataques nocturnos de los pandilleros trataron de destruir lo levantado con esfuerzo y alegría. Pero la Verdad logró mantenerse.

Después de doce años, ahora el golpe de furca de Santiago de Estrada. De inmediato, la concejal Gabriela Alegre avanzó con otro proyecto donde se reafirma el nombre dado por la asamblea barrial. Veremos si triunfa la mano abierta o la cuchillada por la espalda. Hace unos días se hizo un concierto popular con bandas de música y murgas de apoyo al nombre Madres del Pañuelo Blanco. El pueblo, contra la burocracia de las bancas oficiales. Veremos quién triunfa. Aunque sabemos muy bien que vencerán finalmente las Madres del Pañuelo Blanco para que sigan encontrándose allí con sus queridos hijos desaparecidos en ese verde bajo las estrellas para abrazarlos, para encontrarse bajo el color de la luna con sus hijitos robados, el reencuentro por los siglos de los siglos.

Tres estampas de nuestro presente para tener en cuenta: los recolectores de ajos nos miran; la "Galle" no se rinde, la dictadura quiere volver a poseer una plaza llena de vida y de memoria. (Osvaldo Bayer en Página/12, abril 2008)

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DE ESO NO SE HABLA
(Nota en P12 del 23 de abril de 2005, sobre el Día de los Trabajadores)

Ya quedan pocos días para otro 1º de mayo. La antigua gran fecha de los trabajadores. “Nuestro sagrado día”, titulaba La Protesta al comienzo del siglo pasado. Es increíble pero el sistema económico y político que domina el mundo logró terminar con algo que unía todos los años a los obreros de todo el mundo. Hoy, el “Día del Trabajo” y no el Día de los Trabajadores como era antes es apenas un feriado, tal vez con pequeños actos de los incorregibles. Pero cuando uno lee que en 1904 se reunían setenta mil obreros en La Boca detrás de las banderas rojas, en condiciones represivas máximas, a bala limpia y a garrotazos, le parece increíble. Y con menos desocupados que ahora.

Los comienzos del movimiento obrero en nuestro país fueron, sin ninguna duda, épicos. Ese primer acto del 1º de mayo de 1890, convocado por los trabajadores alemanes del Vorwärts al cual concurrieron representantes obreros de todas las corrientes inmigratorias y los oradores hablaron cada uno en su propio idioma, fue pura emoción y coraje. Y la policía observaba todo para “intervenir” cuando la palabra exacta es “reprimir”. Pero llenaron el Prado Español esa gente recién llegada al país que desde un principio luchó por las ocho horas de trabajo. Tenían como modelo a los Mártires de Chicago. Los cuatro alemanes y el inglés, anarquistas que fueron ahorcados por la Justicia norteamericana por organizar el movimiento que luego iba a triunfar en todo el mundo: las ocho horas de jornada de labor.

Y triunfaron en nuestro país, pese a la funesta Ley de Residencia, pese a la bestial represión del general Roca y sus “liberales positivistas” que posteriormente iban a llamarse conservadores.

En esa crónica de las luchas en las calles por las ocho horas encontramos a oradores extraordinarios ante un increíble número de manifestantes. En la tesis de Federico Figueroa, de 1906, titulada “Las huelgas en la República Argentina, el modo de combatirlas”, refrendada por los profesores J. César y Guillermo Reyna, se leen cosas como éstas: que los dependientes de almacén habían iniciado un paro por tiempo indefinido para luchar por condiciones más benignas de trabajo ya que las jornadas eran de 18 horas diarias. Nada menos que dieciocho horas, con todas las letras. Es increíble la lista interminable de huelgas en los años 1902 y 1904, durante la presidencia de Roca, donde la explotación de los trabajadores llegó a términos exasperantes. Pero lo que al lector lo llena de emoción y admiración es que la lista de huelgas se expande también a pequeñas ciudades y a pueblitos del interior argentino. ¿Cómo hacían esos anarquistas de aquel tiempo? Lo primero que hacían era reunirse y fundar la Sociedad de Oficios Varios. Con biblioteca, conjunto filodramático y cursos de aprender a leer y escribir para analfabetos.

Y una asamblea semanal. No había dirigentes sino apenas un secretario de actas para anotar lo que resolvía la asamblea soberana. No había dirigentes “gordos”. Ni llegaban a sus sindicatos en una cuatro por cuatro. En esa época, ninguno de los “agitadores” –ya que no les gustaba la palabra “dirigentes”– recibía pago por su labor sindical.

Vamos a reproducir apenas un trozo de una lista de las huelgas de 1904, donde es interesante ver la clase de oficios que había y las poblaciones del interior que ya tenían vida obrera: “La huelga de los estivadores (sic) de Rosario, reclamando disminución de las horas de trabajo y aumentos de jornal; la de los carreros de la misma ciudad protestando contra el descuento de sueldos que se les hacía los domingos y días de lluvia; la de los zapateros de Córdoba, la de los verduleros de Buenos Aires, la de los empleados de los tranways, la de los toneleros, cartoneros, albañiles, pintores, alpargateros, mozos y cocineros de hotel, zapateros y mensajeros. En 1904, las convulsiones obreras se extienden por el interior: Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba. En 1905: estivadores (sic), foguistas y maquinistas de Buenos Aires, Rosario, San Nicolás y Villa Constitución; ferroviarios en Junín, que protestaron por el aumento de dos horas de labor; obreros del aserradero de La Banda (Santiago del Estero); curtidores de Casimiro Gómez (Bs. As.), panaderos de Lobería, que exigían un peso más de salario para la comida; obreros del adoquinado, hornerías, cortadores de ladrillos y panaderos de Bahía Blanca, albañiles de Azul, carteros de Junín, talleristas de la Mihanovich, pintores, empleados de la limpieza pública, vidrieros, botelleros que pidieron veinte por ciento de aumento y la jornada de ocho horas; empleados de galletitas Bagley, los obreros de varios ingenios azucareros de Tucumán, constructores de carruajes y carros de Mendoza, peones de Bajada Grande, Paraná, la de cocheros de Buenos Aires, porque se les exigió el uso de sombreros duros, los cocheros de remises porque se les prohibía usar bigote, los peluqueros, los sastres, los repartidores de pan que pedían un solo reparto los domingos, los fosforeros, los carpinteros, los empajadores de damajuanas. En Azul, los albañiles; en Tandil, los panaderos; en San Pedro, los herreros; en Villa Mercedes (San Luis) los sastres”.

Es decir, todos. Ninguno se sometía, y luchaban contra la explotación y la represión. Por eso la cruel Ley de Residencia de Roca. Cuando se aprobó, el ministro del Interior pidió su sanción diciendo que con esa ley se “iba a sofocar el movimiento huelguista que lo atribuía a la intervención de un par de docenas de elementos extraños, agitadores de profesión, y que bastaba eliminar a éstos para volver a la sociedad la tranquilidad merecida”.

En la presidencia de Roca se van a producir los dos mártires del movimiento obrero argentino por pedir la jornada de ocho horas de trabajo, legítimo reclamo sin lugar a dudas: cayeron el marinero Juan Ocampo, de 18 años, y en Rosario, en la huelga de panaderos, es muerto a balazos el obrero panadero Jesús Pereira, de 19 años. En su entierro, la policía mata, al día siguiente, a los anarquistas Luis Carre, Jacobo Giacomelli, y al niño Alfredo Seren, de diez años. El general Roca no perdona. Es presidente de todos los argentinos, menos de algunos. A los caídos en su lucha por la dignidad jamás se les levantó alguna piedra recordatoria con su nombre, y ninguna calle los recuerda. Pero a Roca, los argentinos lo premiamos con el monumento más grande de Buenos Aires.

Tampoco jamás se enseñó en los institutos de enseñanza que en aquellos tiempos de luchas obreras por sus legítimos derechos llegaron a nuestro país dos pensadores humanistas: Enrico Malatesta y Pietro Gori. Sus conferencias trataron sobre el derecho a la ética y a la felicidad que tienen los pueblos, sobre que los principios de toda organización obrera y de la sociedad misma deben ser la solidaridad, la generosidad y la reciprocidad y sus armas para defender esos derechos, la desobediencia, la desconfianza a la autoridad y la rebelión. El viaje de los dos socialistas libertarios tuvo una influencia muy grande en las filas de las organizaciones obreras de esa época. Pero el poder político y económico no entendió ningún mensaje de los luchadores de abajo y siguió con represiones de una crueldad increíble. Allá quedaron en nuestra historia las represiones a las grandes huelgas, el ataque cobarde de la policía a las órdenes del coronel Falcón el 1º de mayo de 1909, a las columnas obreras en el acto de Plaza del Congreso, que manchó de sangre para siempre ese lugar. Según el citado señor coronel, él mismo ordenó la represión porque las columnas obreras “llevaban la bandera roja en vez de la bandera nacional”. Los anarquistas aplicaron entonces el principio de “matar al tirano” y un joven llamado Simón Radowitzki lo mandó al infierno.

La historia del movimiento obrero en sus comienzos está a la altura de las luchas del proletariado europeo. Pero se la ha silenciado. Aparece sólo en libros de investigación. No se la recuerda. Cuando propusimos un conjunto de personas que se llamara “Víctimas de la Semana Trágica” a la plaza donde estaban los establecimientos Vasena, donde había comenzado la cobarde represión de enero de 1919, de inmediato el metalúrgico Vandor solicitó que se llamara “Martín Fierro”. Y así fue llamada. Del pasado no se habla. El movimiento obrero empezó en 1945.

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LA LARGA MARCHA

Hace ochenta años, por las inmensidades patagónicas se escuchaba el eco de balazos. Se estaba fusilando a gente humilde. Los fusiladores eran soldados de Buenos Aires. Eran tiempos de Yrigoyen. A las peonadas se las fusilaba por huelguistas. Querían hacer cumplir un convenio firmado meses antes por el propio militar que ahora las fusilaba.

Los huelguistas eran trabajadores de la lana. Exigían cien pesos por mes, que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, que se les diera un paquete de velas por mes para iluminarse de noche, y otras pequeñeces. El año anterior, el teniente coronel Varela había venido y firmado el primer convenio rural de la Patagonia, aceptando el petitorio de la gente de la tierra. Pero el convenio no fue cumplido en nada por los patrones. Y las peonadas volvieron a dejar el trabajo y a formar emblemáticas columnas exigiendo justicia; columnas que recorrían el interminable horizonte de las tierras frías pobladas de animales de blanca lana. Es aquí donde se produce el derrumbamiento de toda moral, de toda racionalidad, del más mínimo principio de ética. Varela vuelve con su 10 de Caballería y en vez de castigar a los estancieros que no habían cumplido, fusila concienzudamente a las peonadas, por huelguistas. No hay escapatoria, todo huelguista sea gaucho, chilote o anarquista europeo es castigado duramente y luego fusilado. Sin juicio ni acta. Por orden del comandante. Santa Cruz quedará para siempre con montículos llenos de muertos. Las llamadas tumbas masivas. Ahí permanecerán para siempre, en el silencio del desierto y de las cobardías humanas. Nadie hablará. Sólo en voz baja. Ni los salesianos las marcarán con una cruz de palo ni nunca una mano de mujer colocará una flor. Los gauchos vuelven al corazón de la tierra. Esta es tierra de obediencias debidas. De fusilamiento y desaparición. Las ovejas son para los ingleses y para los señores de las sociedades rurales. Y nada más. Ese es el orden establecido. A los cuales jamás una jeta de negro vendrá a imponerles algo. La comunidad británica de Santa Cruz despedirá al comandante con un emocionado "porque eres un buen camarada". Hay lágrimas en esos hombres gordos y colorados. El comandante ha cumplido con las órdenes de la Casa Rosada. ¿O no?

Porque ahora vendrá la cosa. El balurdo es demasiado grande. En Buenos Aires se ha seguido fusilamiento por fusilamiento. La oposición pregunta con voz tonante: ¿quién ordenó matar? Los sindicatos ocupan las calles en protesta.
Fusilar en la lejanía había sido cosa fácil. Pero ahora, a esta opinión pública informada, ¿qué se le dice? ¿Cómo es esto que en la Argentina no hay pena de muerte, pero para con los peones huelguistas sí, y sin juicio previo?

Se va sabiendo que cuando se declaró la segunda huelga, el presidente Yrigoyen estaba en una situación difícil. El gobierno británico le había enviado un conceptuoso mensaje que si no defendía las propiedades de los súbditos de S.M., Londres enviaría dos buques de guerra que estaban en Malvinas al territorio de Santa Cruz para guardar el orden. Y todos saben que Gran Bretaña no deja solos a sus súbditos en ninguna parte del mundo.

También Yrigoyen pasaba un mal momento con el partido dividido, con problemas en Mendoza, con huelgas rurales en la pampa bonaerense, etc. Y se estaba a corto plazo de las próximas elecciones presidenciales.

El hilo se cortó por lo más delgado. La orden presidencial al comandante Varela fue terminar con las huelgas patagónicas, y para siempre. El comandante cumplió con toda ferocidad el deber encomendado. Total, los muertos habían quedado lejos, y eran nada más que pobres ovejeros, gente de campo, y algunos anarquistas que proclamaban un paraíso futuro sobre la base de la libertad y el antiautoritarismo. La tragedia oculta llegó al Congreso Nacional. Y ahí quedó todo en claro. Los fusilamientos masivos. La actitud criminal de Varela y sus oficiales Anaya, Viñas Ibarra, Campos, Schweitzer.

La oposición pidió el esclarecimiento de todo. Una comisión investigadora que concurriera ya a las latitudes sureñas para hacer un relevamiento del crimen. Pero la bancada radical votará en contra. No quiere saber la verdad.
Ejerce el poder de su número para tapar el crimen.
La primera víctima ha sido la democracia.

El comandante Varela justificará su conducta ante sus superiores en el ejército elevando un escrito en el que señala: "El Excelentísimo Señor Presidente de la Nación me ha manifestado su conformidad con el procedimiento empleado por las tropas a mi mando en el movimiento sedicioso de la Patagonia, no permitiendo que se efectuara investigación alguna sobre el proceder de las tropas".

Obediencia debida y Punto Final. Y no se habló más. La Justicia se calló la boca pese a lo público del caso. Miró para otro lado.

Los únicos que no se conformaron fueron los anarquistas. Habían esperado que se hiciera justicia. Como todos se lavaron las manos, decidieron que la justicia la iba a hacer el pueblo. El anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens hizo uso del "sagrado derecho de matar al tirano". Lo esperó a Varela en la calle, le arrojó una bomba -que expresaba la explosión de la ira del pueblo- y le fue perforando el cuerpo con cinco balazos. Wilckens fue asesinado en la cárcel y será el momento en que el pueblo salga a la calle a enfrentar a la policía y a declarar el paro general. Fueron días de lucha a brazo partido. Las publicaciones proletarias llorarán la muerte del vengador. Poco después los anarquistas pondrán punto final a la trágica sucesión de muertos y matarán al carcelero que había asesinado a Wilckens.

El radicalismo siempre guardó silencio ante la tragedia de las peonadas rurales. El autor de estas líneas se dirigió por escrito a todos los presidentes del Comité Nacional de ese partido. Les pedía una autocrítica y, el 7 de diciembre, fecha de los fusilamientos en la estancia "La Anita", ir personalmente a depositar una flor allí. Jamás me contestó ningún titular del máximo cuerpo del radicalismo. Les recordé el gesto de Willi Brandt, el primer ministro alemán quien -en su primera acción de gobierno- se puso de rodillas ante el monumento al Holocausto y pidió perdón en nombre del pueblo alemán. Tampoco la CGT jamás hizo un acto recordativo porque temía enemistarse con el ejército.

Pero, desde abajo, se ha ido rompiendo el silencio. Después de décadas, hoy, muchos lugares recuerdan a los héroes obreros. La tumba de la estancia "La Anita" ha sido marcada con un templete; una calle de Río Gallegos se llama Antonio Soto; la escuela secundaria de Gobernador Gregores lleva el nombre de José Font ("Facón Grande") por el voto de los docentes, de los alumnos y de los padres de los alumnos. En Galicia, la tierra natal de Antonio Soto, hay una calle con su nombre en El Ferrol, y una placa recuerda su nacimiento en esa ciudad.

Y en Jaramillo se levanta la estatua al gaucho entrerriano José Font, fusilado por Varela en ese lugar, un hermoso monumento en medio del desierto patrocinado por UATRE, la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores. Y, en este ochenta aniversario, la organización rural pondrá el nombre de José Font al hotel para sus afiliados que se encuentra en Buenos Aires.

El silencio ha sido roto. La falta de coraje civil ha sido vencida. Las peonadas fusiladas por el miedo y la crueldad, se han levantado de sus tumbas y han comenzado a recorrer sus queridas tierras santacruceñas. Allí donde alguna vez soñaron vivir con dignidad y gozar de sus horizontes interminables. (Osvaldo Bayer, Página/12, 18 de noviembre de 2001)

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