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CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE JORGE ABELARDO RAMOS

 

 
 
* Entre Cámpora y Perón * Cien años del nacimiento de J. A. Ramos    

CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE JORGE ABELARDO RAMOS

Fue el líder de la llamada izquierda nacional, fundador del FIP, militante desde muy joven y, con el tiempo, uno de los intelectuales más polémicos de la política y la cultura argentina. Desde su libro Crisis y resurrección de la literatura argentina Jorge Abelardo Ramos empezó a esbozar una visión compleja de la relación entre el carácter que consideraba semicolonial de la Argentina y la elite. Su obra más notable, a la vez lectura y escritura de la historia del país, fueron los cinco tomos de Revolución y contrarrevolución en la Argentina, que comienza con el deslumbrante volumen Las masas y las lanzas y concluye con una despedida a Perón, el notable texto "Adiós al Coronel". A cien años de su nacimiento, el 23 de enero de 1921, Radar recuerda la trayectoria del Colorado Ramos, el gran polemista, el combatiente, el escritor. 

“Una larga fila de simios y gorilas marcha al trote hacia los comicios del 30 de octubre. Los bendice la oligarquía, pero los vamos a derrotar. El FIP y el justicialismo, sin duda alguna”. La generación de la apertura democrática empezó a tener idea de quién era y había sido ese hombre a partir de los spots de campaña del 83. Duro, tajante y combativo, el rostro austero, elegante, inteligente hasta la médula al primer vistazo. Colorado. Pelirrojo. El Colorado Ramos. Quizás, poseedor de esa lucidez que, si no mata, hiere. La generación anterior lo recordaría seguramente porque su marca de fábrica, el Frente de Izquierda Popular, había obtenido en las elecciones de septiembre de 1973 casi un millón de votos con la fórmula Perón- Perón por fuera del Frejuli. Para algunos, una picardía extraordinaria; para otros, el premio al partido que siempre había podido (y querido) comprender mejor el fenómeno del peronismo desde la izquierda argentina. En todo caso, debates y chicanas que hoy suenan casi risueñas y que ya no tienen mayor sentido, pero siguen alimentando el fuego de la polémica en el que se bautizó una y mil veces Jorge Abelardo Ramos. Había nacido en el barrio de Flores el 23 de enero de 1921. Murió en octubre de 1994. Cien años de una figura que como intelectual y escritor no deja de crecer.

OBREROS Y ESTUDIANTES

La creación del FIP en 1971 fue la culminación de toda una trayectoria militante que arrancó casi en la adolescencia de Jorge, en el Colegio Nacional de Buenos Aires, con las lecturas de Rafael Barrett y León Trotsky y el acercamiento a Liborio Justo (hijo marxista y rebelde del presidente Agustín P. Justo) y la formación del GOR, Grupo Obrero Revolucionario. Otro hito anterior al FIP fue el Partido Socialista de la Izquierda Nacional, fundado junto a Jorge Eneas Spilimbergo, Blas Alberti, y otras figuras incorporadas posteriormente como Ernesto Laclau y Adriana Puigross. De una librería a una imprenta, entre partido y partido, reunión y reunión, asamblea y asamblea, Ramos fue periodista, librero (su librería Mar Dulce fue un centro aglutinante y punto de referencia de lo que terminaría cuajando bajo el rótulo de “izquierda nacional”), dirigente político y militante, embajador en México en los 90 y autor de una importante cantidad de libros. El juvenil tomo Crisis y resurrección de la literatura argentina lo consagró como un temible polemista que no lograba disimular la avidez y heterogeneidad de sus lecturas (su antiimperialismo no le impidió declarar su admiración por autores como Walter Scott, Robert Cunninghame Graham o John Galsworthy), pero solía ser impiadoso con aquellos a quienes consideraba miembros o “personeros” de la elite oligárquica de la semicolonia. Con Borges y Victoria Ocampo, por ejemplo. O, mejor dicho: la admiración hacia lo que podían escribir no lo confundía, en sus propios términos, respecto del rol o “función” ideológica cumplidas por esos autores en el entramado cultural. A pesar de no haber pasado por las filas de Contorno, pronto comprendió que la bestia negra era la revista Sur. Quien osara pertenecer, aunque sea fugazmente, a sus filas, tarde o temprano terminaría fulminado por el rayo colorado de Jorge Abelardo Ramos.

EL COMBATE EN LA TRAGEDIA

Indudablemente fueron los cinco tomos de Revolución y contrarrevolución en la Argentina, aparecidos a partir de 1957, los que lo situaron en el plano de máximo interés en el cruce siempre candente de literatura, Historia y política. Ahí, el poder de capturar un siglo en una metáfora o toda una perspectiva histórica en una frase brillante (“La Argentina es un país donde las estatuas despiertan sospechas antes que respeto”) alcanzó algo parecido a una culminación.

Algunos señalan que el primer tomo de la serie, Las masas y las lanzas, está entre las obras ensayísticas más notables de la Argentina. Y uno está tentado de agregar: de las más deslumbrantes, sin duda. Si se le puede atribuir a escritores intelectuales como Rodolfo Ortega Peña, Rodolfo Puigróss, José Pablo Feinmann o inclusive en un plano de ficción histórica, Andrés Rivera, una integral lectura de la historia, en el caso de Ramos se le puede atribuir una lectura más una escritura de la historia: una visión mordaz y desenfadada que, si bien a veces puede atentar contra la ductilidad de esa lectura, no deja de envolverla y potenciarla desde el pasado hacia el presente y proyectada al futuro. Mirada política y estilo combatiente (“mordacidad y tragedia, ambos componentes del estilo de Ramos, dos estilos que se entrelazan y vivifican a lo largo de toda la historia del marxismo, de donde los toma”, señaló Horacio González) son inseparables en la prosa y la praxis de Jorge Abelardo Ramos.

En Revolución y contrarrevolución en la Argentina se condensan, además, las ideas fuerza que Ramos fue desenvolviendo a lo largo de su vida intelectual, a modo de convicciones que aunque no lo parezca a primera vista, lo alejaban de una visión dogmática. Sería un error, acaso, catalogarlo únicamente como un “historiador revisionista”. En sus ideas fuerza late siempre una visión, una perspectiva que lo terminaron por convencer –convicción que está casi en el punto de partida- de que la Argentina es un país a medio hacer, una tarea inconclusa, como un derrotero en el tiempo que nacido de un error, de una indeterminación, nos arroja a los brazos del futuro quiérase o no, no nos condena a la gloria pero tampoco a la derrota. Nos condena eso sí, al porvenir. No nos congela en el deleite de un pasado glorioso al que habría que volver, no nos ancla en un mero pragmatismo del presente. Una verdad suave, alejadísima de cualquier ortodoxia, destino manifiesto o ficción reparadora: “Somos un país porque no pudimos integrar una Nación. Y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”, puede leerse en los primeros tramos de Revolución y contrarrevolución en la Argentina.

De esas ideas-fuerza, categorías y principios que rápidamente ponía a funcionar en un escrito o en una polémica, queremos destacar aquí dos en particular. La primera es aquello de la Argentina y en general de los países de América Latina como “semicolonia”. Detrás de esta idea-fuerza no hay una negación de la soberanía formal de los países y menos que menos un insulto despectivo; detrás de la caracterización de Argentina como semicolonia anida precisamente el carácter inconcluso que recién señalamos, un ser semi, un ni-ni. En palabras de Ramos, se lo podría enunciar como una hipótesis de trabajo: “La pasión que tiñe nuestras polémicas históricas se deriva del carácter inconcluso de nuestra revolución democrática y del predominio ideológico que ejerce aún la vieja ologarquía”.

La segunda idea-fuerza lleva el nombre de “la colonización pedagógica”. Y es notable que se refiere a una situación más compleja todavía de lo que sucede en una colonia pura y dura. En una colonia, la rotunda presencia y dominación de la potencia extranjera no pone obstáculos al desarrollo de una conciencia nacional, casi se diría, la propicia. En cambio, en las semicolonias, los velos y artificios de las ideologías y la cultura entran a jugar un juego aparte.

“En los países tributarios los problemas de la cultura revisten una importancia especial”, dejó escrito en Crisis y resurrección de la literatura argentina. “Si en la colonia de Kenya la policía reemplaza a Eliot, en la tradicional semicolonia de la Argentina, Eliot suplanta a la policía colonial. ¿Se trata de un plan elaborado? No. El imperialismo no es un edificio, un comando en jefe o una sección de planificación. Es una relación entre cosas. El influjo del imperium nace de su propio poder mundial y de la educación del gusto por lo ajeno (que es lo prestigioso semisagrado) de los grupos privilegiados en las colonias y de ciertas clases medias sometidas a la hipnosis del patrón cultural hegemónico. Pero en las semicolonias, que gozan de un status político independiente decorado por la ficción jurídica aquella colonización pedagógica se revela esencial”.

El entramado de estas hipótesis desplegadas a partir de convicciones de las que ya no se apartaría, permite orientarnos en la lectura de todos los libros y artículos de Jorge Abelardo Ramos. A quien considere que estas ideas- fuerza solo generan la polarización típica del revisionismo, es decir, un camino de antinomia que finalmente se revela estéril por poner a B donde antes estaba A, podría recordársele que los estudios culturalistas y orientalistas, en particular los enfoques de Edward Said, no distan mucho de lo que citamos respecto de imperium y cultura. Said lo ha expuesto con un lenguaje menos áspero, menos elocuente.

En el fondo nada era tan blanco y negro en el Colorado Ramos, más allá de que desde muy joven lo obsesionara el fantasma de la neutralidad o el gris, algo que quizás la figura de Perón, con quien llegó a desarrollar una relación y un nivel de diálogo más que aceptable, lo haya impulsado a indagar en la posibilidad de una síntesis a tantas fatigas y combates humanos. Lo cierto es que su retórica y su discursividad, la “mordacidad combatiente”, no lo llevaban a buscar naturalmente la síntesis o el punto de encuentro. Pero no se trataba de una búsqueda dogmática de la verdad sino de ese trasfondo de tragedia compartida por quienes vivimos bajo un mismo suelo, en una misma tierra signada por la indeterminación y la no conclusión. Siempre el país de barro, a medio hacer.

De todas las polémicas en las que participó, hay una en la que muestra un sentido de humanidad que expuso en una elección crucial: entre el intelectual que tiene la posición justa y el militante equivocado pero valiente, elegirá a este último.

En la polémica que sostuvo con Ernesto Sabato en sucesivas entregas de la revista Política en 1961, en el momento de la réplica final, antes de desplegar sus nuevos y últimos mandobles, Ramos hace una increíble puntualización dirigida a aquellos que le achacaban “una debilidad” por Sabato, quien no merecería tanta dedicación por parte de los revolucionarios puros ya que se trataba de un simple escriba de la oligarquía, uno más.

Ramos contesta con vehemencia y, de paso, revela una pequeña joya de su biografía.

“Hace veinte años, en noviembre de 1941, participé con Sabato en una reunión en Punta Lara cerca de La Plata. Éramos unos veinte o treinta estudiantes y obreros. Se trataba de organizar un partido revolucionario, ese partido ideal, intransigente e inquebrantable que templó las aspiraciones de nuestra adolescencia y que hoy todavía constituye el objetivo central de nuestra lucha. Al fundarse el pequeño partido, el eje de su acción pública fue su oposición a la guerra imperialista y a la participación argentina en ella. Sabato estuvo presente, era uno de aquellos veinte o treinta hombres jóvenes que bajo la bandera marxista se levantaron en medio de la indiferencia general. Cuando todos los intelectuales de ‘izquierda’ socialistas, comunistas y hasta extrotskistas estaban a favor de los Tres Grandes, ese núcleo aguerrido salvó el honor del pensamiento revolucionario en la Argentina. Y ahora yo quisiera saber dónde estaban muchos de los críticos más mordaces de Sabato, cuando Sabato estaba contra la guerra. Yo quisiera saberlo. Esa es una de las razones de ‘mi debilidad’ por Sabato”.

Cincuenta, sesenta, cien años después, cualquiera está en todo su derecho de pensar que tanto fuego y hasta sus cenizas han caducado. Creemos que no, que vale la pena seguir ejercitando una cierta actitud revisionista sin perder ni el espíritu crítico ni el sentido del humor –dos banderas que Ramos nos legó-, pero si aún esto fuera en vano, si ni fuego ni cenizas quedan, nadie podrá quitarle a Jorge Abelardo Ramos el hecho de haber inventado un estilo de hombre político, de intelectual público y de escritor únicos, en una semicolonia que alguna vez se llamó Argentina. Y que todavía se debate entre la mordacidad y la tragedia.     (Claudio Zeiger, Página 12, 23/1/2021)

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1973 - JORGE ABELARDO RAMOS, ENTRE CÁMPORA Y PERÓN
Publicado en “Izquierda Nacional”

—Redactora: Las preguntas se acumulan. Pero empecemos por algún lugar. ¿Qué opina del gabinete del doctor Cámpora?
Algunos sectores peronistas dicen que es un gabinete de derecha.
Otros, las microsectas, que es un gabinete burgués.

—El peronismo nació hace cerca de treinta años. Pero todavía hay gente que no ha comprendido su significación. El gabinete del doctor Cámpora es un gabinete nacional, esto es, un ministerio que no se propone implantar el socialismo (cualesquiera sea el significado que muchos le atribuyen a esta palabra) sino defender los intereses argentinos y ampliar los derechos democráticos de las grandes masas populares. A las microsectas de la izquierda cipaya estas dos últimas tareas pueden serles indiferentes. A nosotros, no. En cuanto a los sectores del peronismo que juzgan este gabinete como de «derecha», sólo podría comentar que en todo caso se trata de tendencias que quizás han exagerado sus esperanzas en cuanto al contenido social y político del peronismo. Hay gentes que rechazan al peronismo porque lo juzgan fascista y otros que lo apoyan porque lo creen socialista. Ambos grupos se equivocan.

—Redactora: Pero hay cambios evidentes en el peronismo.
Parece que sectores de la pequeña burguesía de izquierda se han hecho peronistas. ¿Qué significado especial le atribuye Ud. a este hecho?

—Esa es una pregunta interesante. Ud. hace algunos años que milita en nuestro partido. Recordará que, en 1964–65, nosotros planteamos en nuestras discusiones, y en especial en nuestros análisis de la situación en la Universidad, ciertas tendencias manifiestas en la pequeña burguesía estudiantil a «nacionalizarse». Era la cresta del gran «iceberg» de las clases medias que tendían a inteligir la cuestión nacional. Pues bien, la dictadura militar oligárquica de siete años le asestó un golpe mortal a las clases medias. Esa dictadura las empujó literalmente, no diría a convertirse al peronismo, sino a votar por el FREJULI.

—Redactora: ¿Existe una base económica para esa evolución o sólo se trata del efecto causado en las clases medias por las medidas políticas de la dictadura oligárquica?

—La base económica de esta evolución tiene contornos históricos que esbocé en mi Informe al Comité Nacional del PSIN, en mayo de 1971, después de la caída del General Levingston. Allí sostenía que la sustitución de la influencia del Imperio británico por el imperio norteamericano en el Plata a partir de la Segunda Guerra Mundial fue destruyendo la alianza tradicional entre la oligarquía y la pequeña burguesía del Litoral. Los sectores ilustrados o semi–ilustrados de la clase media argentina se habían formado,
a semejanza del resto de América Latina, como resultado de la penetración imperialista. Habían resultado ser aliados naturales de esa penetración. Mientras gran parte de la sociedad semicolonial padecía las consecuencias de ese hecho, otros grupos pequeños burgueses o de la aristocracia obrera, en cambio, obtenían ciertos beneficios. Fuese el régimen de jubilaciones, un empleo estatal, el ejercicio de una profesión liberal o la intermediación de los productos importados, resultaba evidente que un comerciante de
La Paz o de Buenos Aires no elaboraba frente a las instituciones semi–modernas de la factoría la misma opinión que un campesino quechua o un peón de Jujuy. La «democracia» o el «marxismo» asumían un diferente carácter para dichos grupos más o menos privilegiados, que recogían las migajas del festín colonial. Por esa razón un estudiante de «ideas avanzadas» hablaba con desprecio autosuficiente de Yrigoyen o de Perón. Sus padres eran demócratas y ellos «revolucionarios»; pero cuando llegaban los momentos decisivos, toda la familia se encontraba en la Plaza de Mayo el 6 de septiembre de 1930, o el 16 de septiembre de 1955, para aplaudir juntos la caída de los caudillos populares.

—Redactora: ¿Cree Ud. que esa situación se ha modificado?

—Exactamente. La oligarquía ha visto disiparse, como en un sueño, y desde Otawa, su articulación con Inglaterra. Del mismo modo, ha perdido interés en el apoyo de la pequeña burguesía. Sólo la dictadura militar podía sostener el privilegio del liberalismo oligárquico. De ahí que la oligarquía abandonara a su suerte a los estudiantes. Había pasado para siempre la época en que la oligarquía restaurada otorgaba a los hijos de la clase media, como premio, la «democracia universitaria». La pequeña burguesía, después de 1955, advirtió que la Argentina había llegado a ser un país industrial. Su nivel de vida ya no dependía de una buena cosecha sino del nacionalismo económico que ella misma había contribuido a derrotar. El proceso de decadencia duró 18 años. Al cabo de los mismos, la nueva generación pequeño burguesa, abrumada de izquierdismo cipayo y harta de su dependencia cultural del imperialismo, disimulado por un democratismo abstracto y un marxismo no menos invertebrado, se desplazó hacia las posiciones nacionales votando al FREJULI. Si se tiene en cuenta que todavía el proletariado no ha asumido la ideología socialista que históricamente le corresponde, podríamos decir que en esta transformación de las clases medias del puerto se ha operado un viraje: ha pasado del imperialismo a la burguesía nacional; o, si se prefiere, del democratismo más o menos izquierdista, al peronismo. Tal desplazamiento, a mi juicio, es muy positivo. Pone de relieve, por lo demás, la ausencia de política propia que es inherente a la pequeña burguesía en la sociedad moderna, tanto en los países imperialistas como en los semi–coloniales.

—Redactora: A partir del 25 de mayo la intervención a las Universidades parece indicar una renovación profunda en ellas. ¿Qué opinión le merece este aspecto del nuevo gobierno?

—El foco magnético de la influencia cultural del imperialismo en la Argentina era la Universidad. En esta venerable institución se aprendía a respetar a Gran Bretaña, o a conocer los detalles más íntimos del pensamiento de Althusser, Kelsen, Keynes o Max
Weber, cuando no de Mao Tse–Tung, Stalin o Trotsky. Sólo faltaba lo esencial: la enseñanza para independizar a la Patria de la tutela extranjera y el aprendizaje para que los argentinos pensaran con su propia cabeza. En esa Universidad se enseñaba a admirar la trilogía de Francia, la libertad, la igualdad y la fraternidad, o el Parlamento inglés; pero no se enseñaba a conocer el camino para que el parlamento argentino produjese leyes que sirviesen a los argentinos, o que la libertad, la igualdad y la fraternidad tuviesen entre nosotros modos de aplicación. Los mejores productos de la inteligencia occidental eran admirados a la distancia. Su aplicación a nuestra realidad era resistida por los que dirigían el país y la Universidad, hasta mediante el empleo de la violencia. La universidad oligárquica era el lugar más adecuado para que los estudiantes advirtiesen al salir del aula el patético antagonismo entre la enseñanza y la vida. Hasta la versión del marxismo era impropia: pues en todas las universidades de Latinoamérica, oficial o extraoficialmente, se difundió entre los estudiantes el pensamiento liberador de Marx bajo la forma invertida de una nueva dependencia intelectual. Así, introducían con «jerga marxista» los términos de la lucha social, tal como se plantea en los países adelantados, en sustitución de la lucha nacional, propia de los países atrasados, para los cuales Marx ha resultado el resorte liberador decisivo, tal como lo demuestran las victoriosas revoluciones en los teatros históricamente más rezagados: Rusia, China, Vietnam, Cuba.

—Redactora: En consecuencia, ¿le parecen acertadas las primeras medidas de la intervención Puiggrós y de los demás interventores en el resto del país?

—Es bastante significativo que el General Aramburu premiase a la pequeña burguesía universitaria de 1955, designando interventor de la Universidad de Buenos Aires a José Luis Romero, socialista de Juan B. Justo, y Secretario a Ismael Viñas. Ahora, el nombramiento de Rodolfo Puiggrós y la intervención de los estudiantes en el reordenamiento estructural de la nueva Universidad señala, sin lugar a dudas, la profundidad de la victoria popular del 11 de marzo.

—Redactora: De todo lo dicho podría inferirse que la clase media se ha «peronizado» ¿O es que sólo se ha «nacionalizado», si se acepta esta expresión?

—Creo que, esencialmente, la pequeña burguesía ha perdido sus ideas arcaicas, teñidas de un lívido y gastado «progresismo». Ha entrado en la historia, se ha confundido al fin con el pueblo, no teme ya a las multitudes de carne y hueso. Al fin y al cabo, la sustitución del violín por el bombo en muchos estudiantes universitarios es una forma saludable de catarsis. A la inmovilidad sepulcral del Partido Comunista, con su rutinarismo, sus viajes a ultramar, su valetudinaria dirección que escribe desde hace cuarenta años el mismo manifiesto, se oponen ahora las consignas triunfales del nacionalismo popular. Pienso que a la pequeña burguesía le vendrá bien esta liberación —diría personal— que, por otra parte, se hace en condiciones diferentes a las que presenció la clase obrera en 1945. Está en alza la marea de la revolución mundial. El imperialismo ha sufrido graves derrotas militares y políticas en todo el mundo, si es que pensamos en Vietnam. Los datos de este cuadro mueven a suponer que el vuelco pequeño burgués al FREJULI, el 11 de marzo, tenía varios significados simultáneos; un sector de la juventud se ha hecho peronista. Diría que son los hijos del 16 de septiembre. Los hijos de clase media gorila que repudian las ilusiones y extravíos de sus padres. Otro sector ha votado al FREJULI para desmontar el mismo día 11 a los oficiales de Caballería sin esperar una segunda vuelta. Son pequeño burgueses «nacionales», que asimilaron toda una experiencia histórica, reflexionaron sobre el liberalismo oligárquico moribundo, y resolvieron sostener al triunfador potencial para estar seguros de la victoria. Pero que no se han convertido al peronismo.

—Redactora: ¿Por qué supone Ud. que no se han hecho peronistas, a pesar de votar al FREJULI?

—Un sector muy importante de la clase media que ha roto o tiende a romper sus antiguos lazos con la superestructura cultural de la democracia liberal no puede aceptar al peronismo precisamente por: 1) la idea del Jefe único y providencial; 2) la coexistencia de núcleos pro fascistas o derechistas que realimentan los días de junio del 43 con divisas tan envejecidas como las hitlerianas o totalitarias; 3) la vaguedad de los puntos políticos de la doctrina peronista; 4) el reino de la arbitrariedad interna. El peronismo, por las peculiaridades de su nacimiento y la formación militar de su jefe, diríamos que no ha pasado por la Revolución Francesa, no adquirió jamás una contextura interna democrática, a pesar de su inmensa popularidad y por razones que hemos explicado ya muchas veces. Todo esto vuelve inaceptable para grandes sectores realmente nacionales de la clase media su identificación con el peronismo. Finalmente, entre los votantes del Frejuli hay otro sector de la pequeña burguesía que si ha sostenido la candidatura de Cámpora, lo ha hecho de modo coyuntural, pero que en realidad ha evolucionado de modo legítimo del viejo «izquierdismo portuario» a una perspectiva socialista, imbuida de una comprensión muy nacional y latinoamericana del socialismo. Este sector está muy próximo al FIP.

—Redactora: Antes de seguir, ¿hay alguna relación entre la actitud de tales sectores de la clase media que votó al FREJULI sin hacerse peronista, con el resultado desconcertante de las elecciones en la segunda vuelta en la Capital Federal el 15 de abril?

—Creo que hay una relación. La derrota de Sánchez Sorondo frente a De la Rúa es un ejemplo. Desde el punto de vista intelectual no hay comparación posible entre ambos candidatos. Marcelo Sánchez Sorondo sin duda es un hombre brillante y un político ilustrado. ¡Cosas inusuales! Pero no ha logrado desprenderse en cierta manera de algunas de sus opiniones del pasado. Esas opiniones eran características hace treinta años del núcleo nacionalista oligárquico que apareció posteriormente al 6 de septiembre, y que se modeló bajo la influencia literaria de Maurras, de Burke y de José Antonio Primo de Rivera. Ud. me preguntará acerca del misterioso vínculo entre el pensamiento de Burke y los manes de Julián Sancerni Giménez, el caudillo de Palermo que maneja los votos radicales de la Capital. Bien, creo que el vínculo existe. De la Rúa ha obtenido los votos de la clase media democrática (en el buen sentido de la expresión) de la Capital, que repudió las ideas antiguas de Sánchez Sorondo, en tanto ellas de alguna manera constituyen la contrarrevolución francesa y evocan las burlas habituales de Ignacio Anzoátegui contra la estupidez de la mayoría (publicadas durante años en «Azul y Blanco»). Sánchez Sorondo, por su parte, en las vísperas de las elecciones del 15 de abril, reiteró por televisión parte de sus viejas ideas, en las que hasta cierto punto ya no cree. Pienso que esta ratificación fue un factor importante en el triunfo del radicalismo, que había sido vencido en todas partes.

—Redactora: ¿Cómo explica Ud. esa contradicción? Al fin y al cabo conviene aclarar las características del nacionalismo en la Argentina. Muchas veces hemos hablado también del «nacionalismo agrario» de Yrigoyen.

—En un reportaje por televisión al que respondí pocos días después de las elecciones de la segunda vuelta, expliqué que para un marxista era perfectamente clara la diferencia entre el nacionalismo de un país imperialista como Alemania y el nacionalismo de un país atrasado como la India, por ejemplo. El primero es reaccionario, el segundo, revolucionario. Trotsky acostumbraba a iluminar el problema cuando decía que el primer ministro socialista de Gran Bretaña, Mac Donald, se daba aires de internacionalista frente a la «estrechez nacionalista» de Gandhi. Sin embargo, la causa del progreso histórico estaba de parte de Gandhi, y la causa de la reacción, el atraso y la pobreza tenían su defensor en el socialista ilustrado del Imperio. Dije en la TV, ante una pregunta acerca de
Sánchez Sorondo, que su error había consistido, en una época, en identificarse con el nacionalismo de un país opresor, lo que despojaba a su propio nacionalismo de su progresividad interna. Sostuve asimismo que si un demócrata en la Argentina elogia a la democracia inglesa, la francesa o la norteamericana, pierde asimismo el derecho a llamarse demócrata al adherir a regímenes cuyas democracias metropolitanas encuentran su base material en el saqueo de los pueblos coloniales. Concluí diciendo que un verdadero nacionalista, a su vez, en la Argentina, debía ser demócrata, así como un auténtico demócrata no podía ser sino nacionalista.

Redactora: Hablemos ahora algo de la violencia. Ud. se refirió algunas veces a Sorel, a Bakunin, a los téoricos del terror. ¿Qué significado político tiene el problema para la Argentina de nuestros días?

—El terror ha sido siempre la respuesta desesperada y nihilista a la supresión de los derechos políticos de las mayorías. A veces, ha sido también el método a que han recurrido las minorías oligárquicas o plutocráticas para resistir la política de las mayorías.
En este último caso se encuentran algunos hechos recientes de la realidad chilena. En nuestro país, el terror «rojo» se ha desarrollado en pugna con el terror «blanco», generado por la dictadura militar oligárquica y sus organismos más o menos secretos.

—Redactora: ¿Qué importancia le asigna Ud. a los grupos armados en la desaparición del régimen de Lanusse?

—Tales grupos constituyeron un síntoma de la sociedad oligárquica en crisis. Se nutren de sectores de la pequeña burguesía que pretenden una solución tajante e inmediata de esa crisis. Pero no existen fórmulas instantáneas para remediar los males de una sociedad. De otro modo, hace muchos siglos, aún antes que Spartacus, los oprimidos habrían encontrado su liberación. La decisión heroica y la voluntad de una entrega total a la revolución son indispensables para su causa. Es el fundamento moral de toda actividad revolucionaria. Pero es insuficiente. Para que tales valores personales se truequen en utilidad social hacen falta dos cosas: 1) una política; 2) las masas. De otro modo el terrorismo termina volviendo el revólver contra sí mismo, se autoelimina en el agotamiento, o es destruido por la represión, que no se funda en la conciencia moral de la policía o el Ejército sino en un régimen social inmodificable por tales métodos. Así como la supresión de un general no supone la supresión del Ejército, ni el secuestro o eliminación del presidente de una gran empresa imperialista equivale a la nacionalización del capital extranjero, tampoco distribuir leche o carne en una villa miseria implica la nacionalización de las grandes estancias. Lenin y Trotsky lucharon durante largos años contra la práctica del terror en Rusia y polemizaron contra aquéllos que pretendían hacer del terrorismo el camino más expeditivo hacia la revolución.

—Redactora: A propósito de Trotsky, algunos grupos, entre ellos el ERP, afirman ser «trotskystas». ¿Qué juicio le merece esa denominación?

—Es un error de forma y de fondo. Originariamente el ERP derivó de un grupo trotskysta que, como todos ellos, no comprenden la realidad nacional ni por supuesto al peronismo. Tampoco comprenden y, por lo demás, rechazan, los escritos e ideas de Trotsky sobre América Latina. No obstante se llaman «trotskystas». El ERP consagró toda su actividad en los últimos años al terror político. Ahora bien, ningún marxista puede apoyar la práctica del terror, que sustituye la acción de las masas por un puñado de militantes solitarios, ni mucho menos un terrorista puede invocar el nombre de Marx o de Trotsky para realizar una acción que los grandes maestros del socialismo han condenado repetidamente.

—Redactora: Sin embargo, la IV Internacional fundada por Trotsky reconoce al ERP como su sección oficial en la Argentina.

—Ese hecho no «imprime carácter» al marxismo del ERP, sino que mide el abandono del pensamiento marxista por la IV Internacional,

—Redactora: La actualidad del asunto me sugiere preguntarle nuevamente: ¿qué razones exponían los grandes maestros para condenar tan categóricamente al terrorismo?

—En realidad deberíamos dividir la respuesta en dos partes. Una, de carácter teórico general, evaluando el significado global del terrorismo en la lucha revolucionaria. La segunda, su acción en la Argentina en los últimos tiempos. La dinastía de los Romanoff reinó durante varios siglos, con el látigo en la mano, el célebre «Knut». Rusia era llamada en Europa la «cárcel de pueblos». Al leer las novelas satíricas de Gogol, Puschkin exclamaba: «¡Qué triste es Rusia, Dios mío!». En una oportunidad, ya iniciado el presente siglo XX, una joven estudiante fue sorprendida leyendo en un liceo un libro de Darwin. Detenida, le cortaron sus hermosas trenzas y la enviaron a Siberia. El hermano de Lenin, que había atentado contra el zar, fue ahorcado. Miles de revolucionarios acabaron sus días después de un encierro de 20, 30 ó 40 años, en las estepas siberianas. Los empleados públicos y los estudiantes vestían uniforme. El zar era la cabeza vacía del poder absoluto, el jefe de la policía secreta, cuyos informes leía diariamente, y el guía de la Iglesia Ortodoxa. En tal país, donde toda la clase dirigente hablaba entre sí en francés, y en el cual millones de campesinos no sabían leer ni escribir en ruso, nació el terrorismo. A pesar de todo, los marxistas lucharon tenazmente contra él. El terrorismo ruso, en alguna medida, reproducía en la acción revolucionaria la exclusión del pueblo que en el otro polo social simbolizaba el zarismo. Los marxistas, por el contrario, fundaban toda su perspectiva en la organización de las masas, en las huelgas, los sindicatos (aún los controlados por la policía), en la acción parlamentaria (aún en aquella controlada por el Zar, o sea la Duma), y sólo tomaban las armas cuando el pueblo lo hacía: en 1905, en febrero de 1917 y en octubre de 1917.

—Redactora: ¿De esto puede deducirse que los grupos armados, terroristas o guerrilleros, deben ser excluidos de la perspectiva marxista de lucha?

—El marxismo no transforma un instrumento en un método, ni se niega teóricamente a emprender ninguna acción que conduzca a la revolución un paso hacia adelante. Pero la relación entre los medios y los fines es interdependiente. Hay medios que pueden falsear los fines, o transformarse ellos mismos en fines. Es lo que ha ocurrido con frecuencia con los terroristas. A la mayoría de ellos se le vuelve imposible volver a la lucha política y regresar a la «sociedad normal». La «sociedad normal» es la monstruosa sociedad burguesa en cuyo seno actúan los revolucionarios, puesto que no pueden elegir otra, como la platónica de los poetas, o sumergirse perpetuamente en la clandestinidad cuando hay posibilidades legales para la lucha. Esto último distorsiona toda la perspectiva de los terroristas, deforma su sentido de realidad y los margina de la clase obrera y del pueblo. En ciertas circunstancias, es cierto, la guerrilla, el golpe de mano, los ataques por sorpresa, constituyen el complemento indispensable de la guerra revolucionaria: tal es el caso de San Martín con Güemes, de la marcha de Mao con el 8° Ejército de Ruta, o de la combinación empleada por Trotsky como Comisario de Guerra soviético entre la batalla en regla, la guerra de guerrillas con Chapaiev y la acción de grupos «comandos». Sin embargo, tanto en San Martín, como en Mao o Trotsky, tales actos «físicos» del empleo de la fuerza eran la expresión armada de una política general dictada por el conjunto de los intereses populares que todos ellos interpretaban. Era la política la que orientaba el fusil, y no al revés. Detrás de las armas estaban los gobiernos, los partidos y las clases en guerra. Y para no olvidar lo principal: la política se trocaba en guerra general, porque la sociedad había llegado a su fractura más crítica.

—Redactora: Para concluir con el tema. ¿A qué atribuye Ud. la simpatía que en cierto momento despertó la acción de los grupos armados en núcleos de la opinión pública, aún en militares retirados, sectores burgueses y naturalmente, entre la pequeña burguesía?

—Era un fenómeno muy natural. Si dejamos a un lado la aversión universal que suscitaban los gobiernos de la dictadura militar oligárquica y su represión, queda por verse la actitud de la burguesía nacional ante el terrorismo pequeño burgués. Recuerdo una conversación sostenida hace algunos años, en Montevideo, con Darcy Ribeiro. El antropólogo brasileño, un hombre muy inteligente, vivía emigrado en el Uruguay. Como Ud. sabe, Ribeiro fundó la Universidad de Brasilia y se había desempeñado como
Ministro de Cultura de Goulart. Darcy, como el Presidente, formaba parte de un gobierno sobre cuya naturaleza de clase caben pocas dudas. Al comentar con Darcy las características de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, que se desarrollaba en un medio rural a pesar de que en ese país ya no existían latifundistas ni «pongos» desde 20 años antes por la reforma agraria, la conversación giró sobre la acción armada en el Brasil. Ante mi sorpresa, Darcy elogió dicha acción con un argumento notable:

—Naturalmente, no podrá triunfar. Pero puede ayudar a
obtener de la dictadura militar una «solución intermedia».

—Darcy, le respondí, ¡acabas de resumir la ideología burguesa en forma pura!En efecto, los terroristas debían contribuir con su sangrepara que la burguesía nacional lograse algunas concesiones de ladictadura imperialista. Lo mismo había ocurrido con la burguesíaliberal rusa antes de la revolución. Paz Estenssoro, desde Lima,aplaudía la guerrilla del Che, pues pensaba que de alguna maneralos intereses políticos por él representados verían facilitados susnegociaciones con un poder militar hostilizado por la guerrilla.Pero le voy a recordar un texto de Trotsky que publicamosen nuestra revista en junio de 1971: «El terrorismo no puede hacersino el juego de los liberales, en la medida en que él significa ladesorganización y la desmoralización en los círculos del poder…al precio de la desorganización y la desmoralización de los revolucionarios.»

—Redactora: ¿Qué significado atribuye Ud. en este caso, a la palabra «desmoralización»?

—El significado de despojar al pueblo y a la clase obrera de la idea rectora de que una larga lucha es necesaria para que la revolución triunfe. Bastaría el gesto heroico de un hombre o de un grupo de hombres que asumen la representación de las masas. Tales grupos afirman que de ese modo «crean conciencia». En efecto «crean la conciencia» de que las masas nada tienen que ver en la solución de los grandes problemas de la Nación, ya que éstos podrán ser resueltos por un escaso número de hombres armados, verdaderos héroes. Se comprende, las masas no se componen de «héroes»; sólo es heroica en su totalidad y únicamente en ciertos momentos de la historia, exactamente cuando estallan las revoluciones. La sobrevalorización de las virtudes individuales define al terrorismo pequeño burgués. En aquel texto que citaba antes, Trotsky definía la cuestión en estos términos: «Si basta un poco de plomo para atravesar la cabeza del enemigo, ¿para qué sirve la organización de clase? Si los grandes dignatarios pueden ser intimidados por el ruido de una explosión, ¿para qué sirve el partido? ¿Para qué las reuniones, para qué la agitación, para qué las elecciones, si puede tan fácilmente tomarse por blanco, en las tribunas del parlamento, el sillón de los ministros? El terrorismo individual es precisamente inadmisible a nuestros ojos porque rebaja a las masas ante sí mismas, las reconcilia con su impotencia y orienta sus perspectivas y esperanzas hacia el gran vengador, el liberador que vendrá un día y cumplirá su obra».

—Redactora: Los graves incidentes ocurridos al regresar el General Perón el 20 de junio de algún modo se vinculan a nuestro tema. ¿Cuál es su opinión al respecto?

—Las masacres del 20 de junio obedecen a la sobrevivencia de la dictadura sindical en el cuadro de la democracia política. Los individuos armados hasta los dientes que protegen a los burócratas pueden fácilmente ser desarmados si se interviene la CGT y se convoca a elecciones libres en los principales sindicatos, bajo el control de las comisiones de fábrica. En cuanto a los otros sectores armados, que lucharon contra la dictadura militar oligárquica, deberán integrarse inmediatamente a la lucha política pública, pues ya han desaparecido las causas que pudieron justificar, desde su punto de vista, el camino que emprendieron. De otro modo, sólo el imperialismo aprovechará estos enfrentamientos.

—Redactora: Para terminar, ¿cómo define Ud. la línea económica adoptada por el equipo ministerial de Gelbard bajo la forma del «pacto social» y de los proyectos de leyes enviados al Congreso?

—Creo que Gelbard ha demostrado que tiene una clara conciencia de clase; en cambio, Rucci no. Es una política en primer lugar nacional y protege enseguida a los intereses de la burguesía argentina. No contempla el interés inmediato del pueblo. Esto no quiere decir que estamos contra los préstamos a la pequeña y mediana industria de capital nacional. Todo lo contrario. Pero creo que las limitaciones de clase de esa política han dejado a un lado a los trabajadores, a los empleados y a los técnicos. Esa política de salarios no puede prosperar y no prosperará. Tal actitud explica la razón por la cual la burguesía no ha tenido nunca un partido propio en la Argentina, y sólo movimientos nacionales amplios, como el yrigoyenismo y el peronismo, debieron recoger y defender parte de sus aspiraciones. La burguesía nacional tiene una visión liliputiense del mundo.
El equipo económico no comprende la necesidad de emitir papel moneda hasta los límites que establece la necesidad del crecimiento. Se ha comprobado que la relación entre el producto bruto nacional y el papel moneda circulante es inferior en la actualidad a la que existía en 1935. A esto es preciso añadir que la velocidad de rotación del dinero ha aumentado en nuestros días. Esto indica claramente que, a diferencia de la estructura abrumadoramente agraria de hace cuarenta años, la nueva estructura industrial del país exige una masa de circulante que no ha logrado alcanzar su adecuado nivel en virtud de la política oligárquica que estrangula la emisión en las últimas dos décadas. En otros términos, la política del equipo Gelbard podría ser suscripta por el General Levingston y su ministro Aldo Ferrer. Definirla como «nacionalista–liberal–moderada» es decir lo más próximo a la verdad económica. El pueblo no votó el 11 de marzo para esa política. En resumen: es insuficiente. En cuanto al anunciado proyecto de impuesto a la renta potencial del suelo, si es una ley revolucionaria, equivaldrá a la expropiación. Si no lo es, constituirá un ingreso más para el fisco.

—Redactora: En definitiva, ¿cómo definiría la actitud de nuestro movimiento ante el regreso de Perón y el gobierno que acaba de instalarse?

—Se ha abierto un proceso nacional y democrático. Es una victoria del pueblo argentino y vamos a defenderla con todas nuestras fuerzas. Que los viejos recuerden el 6 de septiembre. Que los hombres maduros recuerden el año 1955 y sus consecuencias. Y que los jóvenes conserven en su memoria los siete años de dictadura militar oligárquica. Por esas y otras lecciones de la historia sostenemos al gobierno de Cámpora. Conservamos nuestra plena independencia y afirmamos que si el imperialismo, la oligarquía y el atraso serán vencidos, esa triple victoria está asociada en nuestro país al triunfo del socialismo.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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