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ÚLTIMA BIOGRAFÍA PUBLICADA

ALVAREZ, JUAN

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BIOGRAFÍAS PUBLICADAS

 

 

SUÁREZ, JOSÉ LEÓN

GARCÍA MELLID, ATILIO

ALVAREZ, JUAN

 

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MAESO, JUSTO

PÉREZ AMUCHASTEGUI,

 

JUAN ALVAREZ - (1878 - 1954)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en 1878, en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, aunque buena parte de su actividad la desarrollará luego en la provincia de Santa Fe.

Recibido de abogado, realiza una importante carrera en la judicatura, desempeñándose en Rosario y luego, a partir de 1935, en Buenos Aires, donde es nombrado Procurador General de la Nación. Asimismo, ejerce la cátedra universitaria.

Con fuerte vocación por los estudios históricos publica, en 1912, un ensayo muy importante titulado “Las guerras civiles argentinas”.

En su libro “Los que escribieron la historia”, Miguel A. Scenna sostiene que es “el primer historiador que descorre el velo de los problemas económicos y su incidencia en el dislocamiento de las guerras del siglo XIX en la Argentina, no como mero accesorio, sino como factor determinante”. “Era un liberal puro y conservador neto –agrega Scenna- pero un estudioso serio al que se le hacía inaceptable la versión porteña de “civilización y barbarie” para explicar los violentos choques entre las provincias y el puerto de Buenos Aires”. Álvarez explica allí la importancia de la aduana porteña, en manos de la burguesía comercial de Buenos Aires y de qué modo el librecambio, que era beneficioso para esos comerciantes, produjo la desintegración de las economías del interior, constituyéndose en causa fundamental de las guerras civiles.

Esta interpretación vino a oponerse frontalmente a la concepción sarmientina que reducía el conflicto a la lucha entre los “civilizados” del puerto y la “barbarie” del interior, expresada en la montonera.

El libro y el autor pasaron a la condición de “malditos” para la clase dominante. Scenna señala que “el libro no halló repercusión, ni eco alguno, en su momento. Fue ignorado o displicentemente desconsiderado”. Dada la importancia del planteo y la solidez de los fundamentos, la obra es valorada en círculos reducidos, pero Álvarez decide no volver a incursionar en temas de esa índole. Publica una “Historia de Rosario”, un “Estudio sobre la paz mundial” y otros trabajos, en base a los cuales se incorpora en 1936, a la Academia Nacional de la Historia. Pero no reedita “Las guerras civiles en la Argentina”, ni enriquece esa investigación.

Scenna señala: “No insistió en el tema, ni profundizó sus propios lineamientos y al igual que Ricardo Rojas, se negó a seguir por una senda inédita, pero incierta. El grueso de sus obras fue, en adelante, de carácter jurídico”.

En los días tensos de octubre de 1945, se le encarga constituir gabinete, pero concluye su tarea tardíamente, el 17 de octubre, cuando los trabajadores, en la plaza de Mayo, deciden un camino distinto, para el cual ese gabinete carece de sentido.

En su condición de Procurador General de la Nación es sometido a juicio político, junto con los integrantes de la Corte Suprema, en 1947.

Poco después, fallece, en Rosario, el 8 de abril de 1954. (N. Galasso, Los Malditos, vol. II, pág. 25, Ed. Madres Plaza de Mayo)

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josé león suárez (1872 - 1929)

No se trata, tal vez, de uno de los malditos más típicos. En vida gozó de prestigio y honores y, póstumamente, la consideración toponímica no fue mezquina con su recuerdo: una calle de la ciudad y una populosa localidad bonaerense llevan su nombre. Sin embargo, merece ser recordado en este lugar por el olvido profundo en que yace uno de sus estudios históricos más singulares, aquél en el que ofrece una visión heterodoxa, es decir no mitrista, del verdadero carácter de la revolución hispanoamericana de 1810.

José León Suárez había nacido el 20 de abril de 1872 en Chivilcoy, de acuerdo a algunos autores; en Buenos Aires, según otros. Mientras era estudiante se produce la revolución del ’90 en la que participa al lado de los insurrectos. Siete años más tarde se recibe de abogado. Por instancia suya, en 1898, se funda el ministerio de Agricultura y Ganadería, del que es primer director. En 1905 obtiene la cátedra de Derecho Internacional Público y cinco años más tarde la de Derecho Diplomático. Es uno de los fundadores de la Facultad de Ciencias Económicas, de la que fue decano entre 1921 y 1924. Junto a su colega Carlos Malagarriga funda el Ateneo Hispano Americano, transformado luego en Ateneo Ibero Americano, del que fue presidente a partir de 1918. También dirigió la “Revista Argentina de Derecho Internacional” y cumplió funciones en la Liga de las Naciones, desde la que trató de fomentar la vinculación espiritual de los países americanos. Fue asimismo un precursor del movimiento ambientalista al crear la Comisión Ballenera Internacional con el objeto de regular la caza de ese cetáceo. Bregó por las buenas relaciones de nuestro país con el Brasil y dio innumerables conferencias en pro del iberoamericanismo. Dejó una ingente bibliografía sobre derecho internacional y varios trabajos relacionados con la historia patria. Entre estos se destaca claramente “Carácter de la revolución americana”, publicado en 1917.

La tesis de Suárez, ya esbozada anteriormente por Manuel Ugarte (“El porvenir de la América Española”, 1910) y Enrique Del Valle Iberlucea (“Las Cortes de Cádiz”, 1912), consiste en poner en primer plano la conexión y mutua incidencia entre la revolución liberal española y la desarrollada en el nuevo mundo. Pese a su admiración por Mitre, a quien llama “el más autorizado de nuestros historiadores”, Suárez disiente tácitamente con el autor de la “Historia de Belgrano”, quien distinguía en la génesis de la revolución la supuesta puja entre una “raza” criolla y otra española. Suárez habla de españoles de América y españoles peninsulares, ambos luchando –aquí y allá- por quitarse de encima el yugo del absolutismo monárquico. “Los liberales españoles –afirma- confraternizan en ideales con los revolucionarios americanos; consideran que la lucha no es contra España, sino contra el absolutismo del rey, enemigo común de los derechos y libertades que unos y otros anhelan”.

Nótese que Suárez no habla en ningún momento de revolución argentina o rioplatense sino americana, ya que para él los hechos del 25 de mayo de 1810 no pueden aislarse del incendio que recorrió todo el continente a partir de la irrupción napoleónica en territorio español. Y pese a su hispanismo, destaca el rol jugado por las ideas de la revolución francesa en el estallido continental. “Nuestra revolución –sostiene- no fue guerra de odios, de raza, de religión o de esclavitud, ni tuvo el pequeño objeto de sustituir con un despotismo criollo el despotismo de los reyes; fue el debate universal iniciado por Inglaterra, continuado por los Estados Unidos y propagado por Francia en 1789, entre las aspiraciones de los pueblos y el absolutismo de los gobiernos, que en nuestro caso oprimían por igual a españoles peninsulares y americanos”.

Por otra parte, Suárez razona contra lo que él llama “el prejuicio de los que creen que la revolución americana era des el principio lo que fue años más tarde”. La independencia no se encontraba entre los objetivos de la revolución. Recién después de 1814 con la restitución del absolutismo en la península, “los americanos convencidos de la dificultad en que se encontraba España para enviar refuerzos y de la inutilidad de esperar del monarca libertades constitucionales, que no toleraba en la metrópoli, emprenden franca y decididamente el camino de la independencia, que hasta entonces habían seguido subsidiaria o encubiertamente”.

No se puede negar la trascendencia de estas afirmaciones –profusamente documentadas por Suárez en su libro-, pues echan por tierra la común aceptación de los historiadores de su época del sentido antihispánico y probritánico de la revolución de mayo. Varias décadas más tarde los revisionistas de la “izquierda nacional” retomarán esos planteos inscribiéndolos en una visión más sólida y coherente de la historia argentina en su conjunto.
José León Suárez falleció en Buenos Aires, el 7 de junio de 1929(Juan Carlos Jara, Los Malditos, Tomo IV, página 244, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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ATILIO EUGENIO GARCÍA MELLID – (1901-1972)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació en buenos Aires, el 4 de agosto de 1901. Como la mayor parte de los hombres de su generación, se formó ideológicamente en la concepción liberal predominante. Desde muy joven manifestó inquietudes literarias que concretó en 1924 con su primer libro “El templo de cristal” (poemas). Luego, en 1925 publicó “Los poemas del mar y la estrella” y “La torre del paisaje” (en 1931), también dentro del género poético. Su preocupación por lo social comenzó a manifestarse en su libro “Firpo y la grandeza nacional”. Probablemente, el golpe militar del treinta acentuó su inquietud política y prevaleciendo su espíritu crítico sobre las enseñanzas liberales recibidas en el colegio, comprendió el fenómeno irigoyenista y se sumó entonces al radicalismo. Más tarde, a mediados de la década del treinta, fue uno de los integrantes más entusiastas de FORJA y tuvo a su cargo la responsabilidad de la difusión de los cuadernos de la agrupación. En esa lucha forjista, algunos resabios de la vieja enseñanza lo colocaron en colisión con Scalabrini Ortiz quien más de una vez lo juzgó “demasiado liberal” y hasta “probritánico”.

En esa época, García Mellid comienza a incursionar en el revisionismo histórico, aprendiendo en FORJA, y publica “Montoneras y caudillos en la historia argentina”.

Producido el 17 de octubre del 45, se vuelca al peronismo. En esos años, se consolida como ensayista e historiador: “Dimensión espiritual de la revolución argentina” (1948), y poco después “La crisis política contemporánea”. Ya decididamente en el campo del revisionismo histórico se desplaza hacia posiciones fuertemente antiliberales que lo acercan a una concepción nacionalista católica: “La constitución cristiana de los Estados” y “Explicación del comunismo”. Después del años 1955, en plena resistencia peronista, lanza su libro “Proceso al liberalismo argentino” (1957), ensayo que constituye una fuerte crítica al liberalismo oligárquico pero en el cual se observan ya algunos ribetes nacionalistas de derecha.

En ese período de su vida, viaja a diversos países dando conferencias sobre temas historiográficos, tanto en Europa como en América Latina. En uno de ellos, después de una disertación en Asunción del Paraguay, le proponen un ensayo sobre la historia de ese país. A partir de allí, García Mellid visita archivos y bibliotecas y durante largos meses trabaja en la obra que aparecerá en 1964 bajo el título “Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay”. En dicho libro, la labor progresista realizada por los gobiernos paraguayos hasta que la Guerra de la Triple Alianza destruye a aquel Paraguay que era el país más adelantado de América Latina hacia 1865. Este ensayo se constituye en un aporte valiosísimo a la comprensión de esa tragedia, verdadero genocidio que hundió al Paraguay en el atraso y la sumisión semicolonial y resulta la obra más importante de García Mellid, que al igual que todos los reivindicadores del Paraguay de los López –desde Alberdi a León Pomer- son silenciados por la prensa y las Academias.

En sus últimos años, García Mellid se desplaza hacia posiciones de derecha, como si su crítica al liberalismo la condujese al error simétrico: el nacionalismo católico que hace eje en el anticomunismo y culmina haciendo el juego al imperialismo. Pero más allá de esta grave defección, ha dejado valiosos ensayos y por ellos ha sido condenado al silenciamiento.

Falleció el 11 de enero de 1972. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo IV, página 238. Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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