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Libertad Demitropulos

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LIBERTAD DEMITRÓPULOS – (1922 / 1998)
OTRA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

Hija de Santos S. Demitrópulos y Fabiola Adorlisa Soria, nace en la localidad de Ledesma, suerte de dependencia del ingenio azucarero del mismo nombre, en la provincia de Jujuy, el 21 de agosto de 1922.

Su vocación literaria, surgida tempranamente, se había nutrido de un doble origen. Su abuela materna, a la que vivió muy apegada los primeros años, la inició en la tradición de la narrativa popular. “Con infinita gracia y emoción ella desgranaba cuentos de Pedro Urdimán, Juan Soldao, Blancaflor, Juan El Zorro, La flor del Ilolay”. Esas narraciones marcaron para siempre la imaginación de la futura escritora. A esa influencia, netamente criolla, hay que sumar en parecida proporción el influjo de la cultura griega paterna, “en donde también había mitos, héroes, dramas familiares, venganzas, premios, castigos, búsqueda del vellocino de oro, etc.” Precisamente su padre, escritor frustrado, alentó en ella la inclinación por las letras, fomentando sus lecturas y auspiciando un duradero vínculo con la literatura. No ocurrió lo mismo en el internado religioso de Salta, al que debió trasladarse para estudiar el magisterio. “En el colegio –recuerda- me prohibían las lecturas y me confiscaban los libros que yo ingenuamente llevaba en mis valijas al regreso de las vacaciones”.

A los doce años había empezado a publicar sus poemas en el periódico local “La nueva palabra”. Ya adolescente lo hizo en “El Pregón”, de Jujuy, y en “El Intransigente”, de Salta. Por entonces comenzó a frecuentar el ambiente literario de la capital salteña, colaborando en la revista “Ángulo” y alternando con poetas como Raúl Galán, Manuel J. Castilla y Raúl Aráoz Anzoátegui.

A principios de la década de 1940, completado el ciclo secundario, decide viajar a Buenos Aires a cursar la carrera de Letras. “Mi pueblo era un damero de nueve manzanas en total y ¿quién con vocación literaria puede sobrevivir en semejante lugar?”. Por otra parte, la omnipresencia del ingenio, “símbolo del poder total”, era otro factor que tornaba irrespirable la atmósfera. “Los gobernadores y senadores se elegían en reuniones de escritorio que se realizaban en el ingenio. La policía estaba al servicio del ingenio. Y aunque mi familia jamás trabajó para el ingenio, mi padre, que tenía una ferretería, vendía herramientas, pintura, etc. a los empleados del poderoso patrón. Así que, indirectamente, también estábamos sometidos a las directivas que los potenciales clientes recibían. La importancia que el ingenio tenía en nuestra vida cotidiana era enorme. No se podía mirar para otro lado”.

Una vez en Buenos Aires, Libertad ingresa a la Universidad y muy pronto empieza a interesarse por el fenómeno político que un coronel de apellido Perón comienza a originar en su torno. “Si bien mi padre fue un empedernido radical (tanto que cuando cayó Yrigoyen él fue llevado preso a Jujuy) no influyó sobre mí con sus ideas políticas, antes que la política le interesaba transmitirme la moral y el amor por el arte. Yo me hice peronista por visión directa de la injusticia y el dolor que sufrían los obreros y los indios peladores de caña que trabajan para el ingenio azucarero (…) Perón llegó y su primera medida fue sacar el Estatuto del Peón. La cosa cambió en parte, aunque costó mucho hacer cumplir esa ley, costó agremiarse, huelgas con obreros muertos, detenciones, despidos, etc. Al lado de Perón empezó a aparecer Evita, una fuerza de la tierra que venía decidida a la lucha política, a ayudar –a su manera- a paliar el dolor y la pobreza. Siempre me ha conmovido la presencia de la pobreza. ¿Cómo no iba a hacerme peronista?”.

En 1948, cuando aún era estudiante de Letras, recibirá el espaldarazo de Juan Ramón Jiménez, quien lee algunos de sus poemas en la Sociedad Argentina de Escritores. Al mismo tiempo, gracias a ese auspicio, publica en el suplemento literario de “La Nación” “Oda de agosto al Río San Francisco”: “Río San Francisco, sobre Ledesma / las arenas de los indios muertos en la tembleta / y oscuro de tambores, duerme desamparado, / desamparado y solo / río cristiano y padre”. En 1949 colabora en la revista de poesía “Nombre”, dirigida por Fermín Chávez, Marcelo López Astrada y Ramiro Tamayo y dos años más tarde, la Agrupación Cultural Renacimiento publica en San Salvador de Jujuy su primer libro, el poemario “Muerte, animal y perfume”, edición a cargo del poeta Mario Busignani.

“Milagrería de pájaros e imágenes”, llamó Arturo Cambours Ocampo la poesía de esta jujeña que en dicho libro hacía del amor, la muerte y el hondo paisaje de su terruño los motivos centrales de su quehacer literario.

Sin embargo, a Libertad Demitrópulos le gustaba más contar que rimar. Luego de un largo silencio de más de una década, en 1967 publica su primera novela, “Los comensales”, ambientada en un pueblo de Jujuy a principios del siglo pasado. Ya en ella asoman la solidez dramática y poética, características de su narrativa. Además del paisaje de su tierra y sus hombres anónimos. “Me parece injusto encarnar solamente en el héroe la construcción de la historia” –dijo alguna vez-. Y agregó: “Mi literatura está hecha con marginales. Estos son para mí los verdaderos hacedores de la historia, los verdaderos protagonistas, cuyos nombres nunca recogió la historiografía”. Entre esos protagonistas, permanentemente excluidos, ubica al género femenino. “¿Qué puede llamar la atención si aun en nuestro siglo un gran poeta como Pablo Neruda dice a la mujer amada: ‘Me gustas cuando callas / porque estás como ausente’? Este poeta no quiere una mujer haciendo uso de la palabra, sino en silencio. No le gusta que hable ni que ría”.

“Los comensales” logra escaso eco en la crítica, la que –dicho sea al pasar- tan sólo descubrirá sus dotes literarias en los últimos años. Durante 1972, Demitrópulos publica un ensayo sobre “Poesía tradicional argentina” y dos años más tarde obtiene el premio de novela organizado por la Municipalidad de la Matanza con su obra “Ángeles violentos y ángeles de visillo”. Esta novela contrapuntística, en la que como bien dice José Luis Vittori “el presente transcurre y el pasado gravita”, es la novela de la resistencia peronista. Por esa razón debió esperar una década (el transcurso de toda la pesadilla procesista) para ser editada, en Rosario, con un nuevo título: “Sabotaje en el álbum familiar”. Dos de sus principales protagonistas, Pulakis (“pájaro”, en griego) y Waldina, son la nítida traslación a la trama ficcional, respectivamente, del dirigente obrero Domingo Blajakis y de la propia abuela de la autora, la que le enseñó a contar. Antes de la publicación de esta novela, Libertad había dado a conocer, en 1978, “La flor de hierro”. Esta otra narración transcurre también en un doble tiempo cronológico aunque en el mismo espacio geográfico, el pueblo tucumano de Medinas. En ella se cuenta la epopeya del conquistador Gaspar de Medina –plena de pasiones y violencia- y su contracara, el presente de miseria y frustración de un pueblo en agonía. De 1981es su novela más famosa, “Río de las congojas”, por la que obtuvo (dieciséis años más tarde) el premio Boris Vian. Obra de transparente belleza se abre con una cita de Yannis Ritzos: “Conviene que recordemos a nuestros muertos y su fuerza”.

Allí narra la historia de Blas de Acuña y María Muratore (transposición literaria de Evita), enmarcándola en el mundo en ruinas de Santa Fe, La Vieja, “un mundo fatalizado desde sus orígenes, descuadernado por foráneo, estrechado por la soledad, borrado del Atlas de la Historia”. La autora se pregunta: “¿No es este mundo parecido al de la estragada verdad de los pueblos de Hispanoamérica?”. Publicada en los días de la presidencia de Viola. “Río de las congojas” buscó “articular desde la narrativa un discurso que permitiera enfrentar el silencio monofónico de la dictadura” (Silvia Tieffemberg). Fue traducida al inglés y editada en Estados Unidos como “River of sorrows”.

Tres años después de “Río de las congojas”, el Centro Editor de América Latina le publica su único trabajo de biografía histórica: “Eva Perón”. Armada a base de testimonios orales y bibliografía poco frecuentada, esta historia de Evita traduce la admiración de Libertad por su personaje y cuenta con aciertos como destacar su militancia gremial anterior al encuentro con Perón y el de encuadrar su figura como un emergente más, aunque irreemplazable, de la corriente de migración interna que se volcó sobre las grandes urbes desde mediados de los años ’30. Para quienes conocen a Demitrópulos solamente a través de su literatura de ficción –especialmente cierta crítica aséptica, empeñada en soslayar o banalizar el notorio eje político sobre el que gira toda su obra-, resulta edificante leer párrafos como éste: “El peronismo vino a representar a todos los marginales del interior del país que habían llegado a la Capital como mano de obra y a requerimiento de la industrialización. Eran los ‘cabecitas negras’, así llamados porque alteraron la fisonomía urbana predominantemente gringa, hija o nieta de inmigrantes que algunas décadas anteriores bajaron de la tercera clase de los barcos llegados de Europa. De ellos provino el apelativo como también el llamarlos ‘aluvión zoológico’, dándose la paradoja de que los criollos y argentinos eran una especie de invasores para los que aún no se habían asimilado con la tierra (…). Parecía que las tonadas provincianas eran desagradables y ordinarias como el cabello hirsuto  y la piel mestiza. La historia, como en el siglo pasado, volvía a actualizar la dicotomía ‘civilización o barbarie’ que el cipayismo había empleado para su provecho. La ‘civilización o barbarie’ se transformó en ‘liberación o dependencia’ merced a la intervención de otra fuerza extranjera que pretendió dirigir los destinos del país”. (Op. cit., p. 60 y 61).

“Un piano en Bahía Desolación”, ambientada en la región austral, fue su última novela, publicada en 1994 y reeditada en España siete años más tarde.

Libertad Demitrópulos, que estaba casada con el poeta Joaquín Gianuzzi –también inmerecidamente silenciado-, falleció el 19 de julio de 1998. Su contribución a las letras nacionales aún está por justipreciarse. (J. C. JARA, LOS MALDITOS, T IV, PÁG. 175, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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HÉCTOR ROBERTO CHAVERO, ATAHUALPA YUPANQUI (1908 – 1992)

OTRO MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Héctor Roberto Chavero –verdadero nombre de Atahualpa Yupanqui- nace en Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 31 de enero de 1908. Su infancia en la pampa le permite conocer la cultura criolla, transmitida en los fogones  por esos peones, estibadores o domadores, que son para él “sus tíos”, decidores de sentencias, contadores de anécdotas. Luego, cuando se traslada con su familia a Tucumán, se pone en contacto con la cultura hispanoamericana del noroeste, de aquel “camino del indio” que también lo deslumbra y le permite sumergirse en esas fuentes originarias.

Amante de la guitarra desde niño, con ella va a recorrer la patria, palmo a palmo, escudriñando en los últimos rincones para conocerla en profundidad. “A mi hijo lo agarraron los caminos”, dice su madre y efectivamente, este tenaz andariego ausculta las diversas regiones con el afán de “cantarte, tierra querida”.

Este mirar “hacia adentro”, en busca de las raíces latinoamericanas de la Argentina, significa andar a contra corriente respecto a la cultura oficial, asentada en el puerto de Buenos Aires, de espaldas al país y obsesionada solamente por las novedades europeas o norteamericanas. Por esta razón, para la maquinaria del prestigio y la fama, él será simplemente “un guitarrero” o “un folklorista”, interesado en “las tradiciones de los tiempos idos”. Él les corregirá: “Soy un cantor de artes olvidadas”. Y en verdad, es mucho más: un exponente auténtico de la cultura nacional, en su música, en sus canciones y en sus libros, un conocedor profundo de la música clásica y de la literatura universal que, sin embargo, prefirió expresar el canto propio, de su tierra y de su época. “Porque, sabe m’hijo –decía- la calandria es un pájaro habilidoso, capaz de imitar a los otros pájaros, pero, ¡qué desgracia!, no tiene canto propio y así pasa con muchos intelectuales de la Argentina, remedan, copian, pero no crean”.

La vocación popular le viene, en lo político, de su padre, fervoroso radical yrigoyenistas y en lo cultural, de su experiencia de vida: en la zona pampeana, entre 1908 y 1918 y en Tucumán, entre 1918 y 1923.

A los quince años, ya ha conocido varios oficios, ya guitarrea y enciende sus primero versos y ya abandona el “Chavero”, para Atahualpa (venir de lejos, de la tierra) Yupanqui (para decir, para contar y hacer cosas). Tres años más tarde (1926), compone “Camino del indio”.
Sin embargo, cuando, en 1928, intenta “conquistar” a Buenos Aires con sus canciones, la ciudad cosmopolita lo rechaza:

Buenos Aires, ciudad gringa
me tuvo muy apretao
todos se me hacían a un lado
como cu…erpo a la jeringa.

El fracaso golpea duramente al joven:

Vendí mis lindas alforjas
mi guitarra, la vendí.
En mi pobreza, ay de mí
me hubiera gustao guardarla
tanto me ha costao comprarla,
pero, en fin… todo perdí…

Vihuela, ¿dónde andarás?
¿Qué manos te están tocando?
Noches eternas pensando
siquiera como consuelo
que sea un canto de este suelo
lo que te estén arrancando.

Pero, en 1932, aparece por el litoral, ahora conspirando con los hermanos Kennedy, para derrocar al gobierno fraudulento de Justo, fusil en mano por los alrededores de La Paz. La insurrección es sofocada y el joven poeta se exilia en el Uruguay. Ya es “un payador perseguido”, como lo relata años después.
Dictada una amnistía general, en 1934, regresa al país y reside, por un tiempo, en Rosario, para marcharse luego a Tucumán:

Malhaya con mi destino
caminar y caminar
Siempre ‘andoi’ por todas partes
Siempre vuelvo a Tucumán.

Compone, en esa época, “Luna tucumana” y “Tierra querida”, sus primero éxitos, alcanzando reconocimiento, poco después con “El alazán” y “El arriero”. Con esta última composición, ingresan al recuerdo colectivo –para quedarse- estos versos testimoniales:

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda
Las penas son de nosotros
Las vaquitas son ajenas.

Por entonces, ha publicado ya su primer libro “Piedra Sola” (1941), al cual le sigue “Cerro Bayo” (1946) y más tarde “Aires indios” (1947).
En esa época, milita en el Partido Comunista. Su viejo radicalismo se ha izquierdizado en la década del treinta y la influencia de la guerra civil española –vivida como propia, al igual que muchos argentinos- lo ha llevado a adherir al Partido Comunista, colaborando en su prensa. De ahí su militancia antiperonista, que le provoca cárcel e incluso tortura.

En 1950, pasa al Uruguay y luego decide tentar suerte en Europa. En París, Edith Piaff se entusiasma con sus canciones y lo presenta en el Teatro Ateneo, el 6 de junio de ese año, ingresando así al mundo del arte europeo. En 1952, viaja a Hungría, donde encuentra rasgos autoritarios en el sistema social imperante, debilitando su confianza en el stalinismo. A su regreso a la Argentina, su relación con el Partido Comunista entra en una crisis que culmina con su alejamiento.

En 1954, publica un nuevo libro de poemas: “Guitarra” y continúa componiendo canciones de fuerte contenido nacional y social: “¿Cuál es la misión del artista? Ensanchar la geografía espiritual de un pueblo”.

Hacia fines de la década, transcurre largas temporadas en Cerro Colorado (Córdoba) y de vez en cuando baja a la capital para algún recital. Ha alcanzado ya una obra importante, pero su consecuencia creando cultura nacional no favorece sus presentaciones dada la óptica extranjerizante que predomina en los medios de difusión. El poeta se repliega, entonces. Se ensimisma, a veces en sus obras, fundiéndose cada vez más acentuadamente con el paisaje y con sus paisanos, caminando siempre por nuevos senderos de la patria. Así nace, en 1965, uno de sus mejores libros: “El Canto del viento”, donde no sólo vuelca sus recuerdos de infancia sino que se acerca con afecto entrañable a los criollos con quienes compartió momentos importantes, esos que como decía Federico García Lorca, son gente “que no está informada, pero que lleva la cultura en la sangre”. En ese libro teoriza, además, sobre la cultura nacional y el compromiso del poeta en páginas memorables como “El destino del Canto”. También por entonces publica sus “Coplas del payador perseguido”, retomando el estilo del “Martín Fierro”, versos en gran medida autobiográficos que condensan emociones y sabidurías conquistadas con la experiencia.

Entre 1966 y 1967, su nueva visita a Europa constituye el comienzo de su exilio. En la patria natal no encuentra suficiente apoyo para su labor artística: sectores de la izquierda se hallan enconados por su alejamiento del Partido Comunista. Asimismo, los sindicatos peronistas lo consideran un hombre que actuó en la oposición entre los ’40 y los ’50. Además las compañías discográficas dan prioridad a la música extranjera. En cambio, Europa lo valora después de aquel éxito promovido por Edith Piaff y le permite actuar periódicamente, ganando lo suficiente para sobrevivir. Realiza giras por varios países y cuando no ofrece recitales, se solaza escuchando música clásica en los grandes teatros de París o Berlín.

Autor de varios libros de poemas y de relatos, ha producido más de mil composiciones, con la colaboración de su esposa Nenette, en lo musical, pero su obra es demasiado nacional y demasiado social para la cultura que predomina en su patria. Por eso, regresa todos los años pero permanece sólo uno o dos meses, da dos o tres recitales y “carga las pilas”, como él dice, en Cerro Colorado, para luego retornar a Europa. Sólo así logra mantener su consecuencia, esa que lo lleva a componer “Tuve un amigo querido”, cuando se entera del asesinato del Che en Bolivia o cantarle a las Islas Malvinas (“La hermanita perdida”), crear “Las preguntitas de Dios” o dar recitales en Chile declarándose a favor del gobierno presidido por el socialista Salvador Allende, en 1972.

En sus últimos años, don Ata acentúa su interés, ahora en el plano de la teoría cultural, por la identidad nacional de los argentinos: “Argentina siempre quiso ser universal… Así como un francés es analfabeto del mundo y erudito en Francia, nosotros somos eruditos en cosas del mundo y analfabetos en las del país”; “en China hay chinos que piensan y hablan en chino. Los húngaros son húngaros y los franceses, franceses. De esa unidad parten hacia la cultura, hacia el prisma, ¿qué pasa con nuestra condición? ¿Cuándo aprenderemos a ser nacionalmente argentinos?”.

En 1984, publica “Confesiones de un payador” y poco después recibe una condecoración del gobierno francés como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. En 1989, crea una cantata en homenaje al bicentenario de la Revolución Francesa, a pedido del gobierno. Sus poemas son incorporados a los libros de texto para los niños franceses. En 1992, lanza otra obra: “La capataza”.

Ha cumplido ya 84 años cuando concurre, todavía, con su guitarra a dar conciertos, ahora en una localidad del sur de Francia, pero esta vez “al corazón cansado, se le duerme su compás”. Es el 23 de mayo de 1992. Había expresado un deseo: “Cuando muere un poeta, no deberían ponerle una cruz encima sino un árbol. Así lo pienso yo, por cuanto, con el tiempo, ese árbol tendrá ramas y un nido y en él nacerán pájaros. De ese modo, el silencio del poeta, se volverá golondrina”. (N. Galasso, Los Malditos, vol. I, pág. 383, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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CARLOS DE LA PÚA - (1893 - 1950)

OTRO MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

"Se llamaba en realidad Carlos Raúl Muñoz y en repetidas oportunidades afirmó haberse “descolgado al mundo” en el barrio de Once, al que dedicara uno de sus mejores poemas. Sin embargo, el investigador platense Juan Pedro Cendoya ha demostrado con pruebas documentales que nació en Melchor Romero, partido de La Plata, el 14 de enero de 1898.

En la “Exposición de la Actual Poesía Argentina” de Vignale y Tiempo (Minerva, 1927), declaraba a Muñoz: “no he publicado ningún libro, pero este año pecaré con dos: ‘La crencha aceitada’ (Misal Reo) en caló porteño e ‘Itinerario de un vago porteño’ en colaboración con Enrique González Tuñón”. A la postre, sólo publicó uno, con el título definitivo de “La crencha engrasada” (1928), que le bastó para erigirse en el poeta más admirado de la suburria ciudadana. Como diría Cadícamo: “En la metufilanfia de tu verba terraja / hay perfumes sensuales a cercos con ligustros. / Tu poesía ruflera hace más de dos lustros / que en el mate de todos los puntos nos trabaja”.

Por las escasas páginas de su libro impar desfilan carreros, prostitutas, portones de arrabal, barras trasnochadoras, bulines, tangos, encordadas. En el poema “Fidelidad”, que abre el volumen se encierra el arte poético de de la Púa: “Ciudad, / te digo la frase guaranga del caló / para hacerte más mía, para hacerte más íntima… / Para que no perciban su porteño sabor / los que llevan la mugre del espíritu gringo”.

La mayor parte de sus poemas –sobre todo los de la sección “Los laburos”, dedicada a Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges, “mis rivales en el cariño a Buenos Aires”- resultan ininteligibles si no se tiene a mano un diccionario de voces lunfardas. Un breve ejemplo: “No hay soca que digan los minos: ‘No tengo’. / Él sabe en seguida dónde la marrocan: / la casimba cargan de rofo sombrero / o rofo de tarros, o rofo de ropa”. Sin embargo en otros (“Barrio Once”, “Los bueyes”, “Lucio el anarquista”) el lenguaje popular de su época resplandece y se hace íntimo y comunicativo.
Parodiando a Rubén Darío escribió “Hermano chorro”, poema digno de figurar en la mejor antología de poesía nacional:

“Hermano chorro, yo también / sé del escruche y de la lanza…/ La vida es dura, amarga y cansa / sin tovén. // Yo también tengo un laburo / de ganzúa y panqueta. / El amor es un balurdo / en puerta. // Con tal que no sea al pobre / robá, hermano, sin medida…/ Yo sé que tu vida de orre / es muy jodida. // Tomá caña, pitá fuerte. / Jugá tu casimba al truco / y emborráchate, el mañana / es un grupo. // ¡Trascartón está la muerte!”.

Notable periodista en la “Crítica” de Botana, director y libretista de cine, exitoso empresario en su madurez, de la Púa escribió las letras de varios tangos: “Farfala volatriche”, “Pebeta golkìper”, “Luces de París”, “Coraje” y “Fuego”, las dos últimas grabadas por su amigo Julio de Caro.

Carlos de la Púa, también conocido como “El Malevo Muñoz”, falleció en Buenos Aires el 9 de mayo de 1950. Poco antes de morir, su amigo Helvio Botana le acercó un sacerdote. De la Púa, ateo convencido pero porteño amante del escolazo y sobrador hasta el final, respondió: “Dale. Nunca está de más tirarse un lance”." (Juan Carlos Jara en Los Malditos, vol IV, pág 174, ed Madres de Plaza de Mayo)

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SAÚL ALEJANDRO TABORDA – (1885-1944)
BIOGRAFÍAS INDISPENSABLES DE LOS MALDITOS EXCLUIDOS DE LA HISTORIA OFICIAL
(para conocer la otra historia que no nos cuentan en las escuelas)

Nace en la provincia de Córdoba, en el oeste del departamento de San Justo, el 2 de noviembre de 1885. Cursa estudios en la Facultad de Derecho, de La Plata, recibiéndose de abogado en 1910. Ya para entonces, ha publicado su primer libro de poesía y prosa titulado “Verbo profano”, de filiación modernista. Incursiona, luego, en el teatro, con un drama “El mendrugo” y dos comedias: “El dilema” y “La obra de Dios” en 1916, y luego, en 1917, con “La sombra de Satán”.

En esa época, participa de la reacción antipositivista que se manifiesta en Europa y en la Argentina, interesándose por las ideas de Ortega y Gasset, Alejandro Korn y otros pensadores neo-idealistas, así como por el colegio “Novecentista”, creado poco después. En 1918, publica “Julián Vargas”, calificada como “una gran novela antioligárquica”, por su biógrafo, Roberto Ferrero. Con este libro –el más importante, hasta ese momento- concluye su etapa literaria.

Luego, se sumerge en las luchas universitarias de la reforma, donde participa activamente, aunque ya no es estudiante. Para vigorizar al movimiento estudiantil, publica, en esos días, “Reflexiones sobre el ideal político de América”.

El pensamiento de Taborda se halla en plena reelaboración, en esa época, todavía pleno de contradicciones: no ha roto con la historia liberal, muestra perfiles anarquistas, pero asume ya posiciones antiimperialistas y lo más importante, se define neutralista frente a la Guerra Mundial, no obstante la fuerte presión reinante a favor de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

En 1921, es designado rector del Colegio Nacional de La Plata, pero se mantiene en el cargo muy poco tiempo pues, dado su trato amistoso y poco formal con los estudiantes, se lo califica de “anarquizador” y se lo obliga a renunciar. En 1923, viaja a Europa, donde permanece un tiempo, interesado especialmente en profundizar sus conocimientos de la filosofía alemana, como asimismo, investigar cuestiones pedagógicas. Por entonces, también lee ávidamente diversos materiales marxistas.

Sobre el tema educativo, trabaja a su regreso a la Argentina y en 1932, publica “Investigaciones pedagógicas”, donde vuelca sus reflexiones nacidas de la convicción acerca de la necesidad de reformar nuestro sistema educacional. Ferrero señala que las tesis de este libro son erróneas y que si bien por momentos la propuesta toma en cuenta “lo nacional”, la preocupación fundamental consiste en fundar una ciencia pedagógica universal, la cual “nos desarmaría ideológicamente frente al nacionalismo cultural de las potencias metropolitanas para las cuales la Cultura es una arma más de penetración y dominación”. Taborda no lo comprende aún y más allá de la correcta modernización que propone, peca por alejarse de la realidad argentina. “Korn –insiste Ferrero- acertaba cuando le advertía la carencia, en su obra, de todo anclaje nacional”.

Sin embargo, poco tiempo después, Taborda redefine esa tesis y en la conferencia dada a mediados de 1933 –“La crisis espiritual y el ideario argentino”- inicia un replanteo profundo de su pensamiento.

La nueva óptica se manifiesta ya en 1934 cuando pasa a colaborar en “La Gazeta del Sur”, dirigida por los nacionalistas Pedro Juan Vignale y Lizardo Zía, órgano periodístico donde se publican los primeros artículos de Scalabrini Ortiz, denunciando al imperialismo inglés y su dominación sobre la Argentina.

En febrero de 1935, al lanzar su periódico “Facundo”, Taborda ya pisa fuerte en la nueva senda donde confluyen su formación marxista con su posición nacional.

Desde “Facundo”, a través de los artículos “Meditación de Barranca Yaco” y “Esquema de nuestro comunalismo”, formula “su reivindicación de los caudillos y del espíritu nacional”, así como desarrolla “un paralelo desnudamiento de los mitos culturales y las falsedades históricas del liberalismo”. “Su nacionalismo es medularmente democrático” –señala Ferrero- insistiendo en que Taborda “jamás dejó de ser un hombre de ‘izquierda’ en su mejor acepción”. Pero, a su vez, “su concepción facúndica lo ligaba al genio popular, no a las minorías aristocráticas ni a la reacción fascista internacional”. Por el contrario, avanzaba hacia la síntesis entre “socialismo” y “nacionalismo democrático”.

En este tránsito, encuentra muchos detractores. Como ocurre habitualmente, la izquierda abstracta lo acusa de “fascista”, de haberse pasado “al nacionalismo de derecha”. Su posición, sin embargo, es muy clara: “Cualquiera sea la forma destinada a sustituir la estructura en falencia, necesitará pedir a lo facúndico su secreto y su clave. El propio marxismo, si ha de traernos las nuevas formas políticas de que está grávida la historia contemporánea y que su doctrina anuncia a todos los que esperan justicia, no escapará a esta ley. Será por ella o no será. Cuajará en figuraciones auténticamente nuestras, ayudará a partear instituciones originales, en la medida en que guarde fidelidad a la fuente nutricia de la idiosincrasia nativa”.

Se convierte así en precursor de la Izquierda Nacional, desde donde, Jorge Abelardo Ramos, en su mejor momento, señalará que “Facundo sin Marx es incomprensible, pero Marx, sin Facundo, no sirve para nada”.

Por otra parte, la absoluta desvinculación de Taborda con toda forma de fascismo se expresa tanto en su adhesión a la URSS, como en la firma de declaraciones y manifiestos antifascistas, en esos años de mediados de la década del treinta.

La concepción “facúndica” desarrollada por Taborda significa no sólo la reivindicación histórica de los caudillos federales del interior, sino colocar la cuestión nacional en el centro de nuestras reflexiones. Así, denuncia: “Es falsificada nuestra esencia, que prefiere al rigor de la disciplina filosófica, la técnica mera y simple puesta al servicio de la ganancia profesional… Falsificados son nuestro arte y nuestro pensamiento, que no se nutren de la continuidad espiritual impresa en el idioma, sino que se concretan a ser sombras chinescas de otros pueblos que labran con amoroso tesón las canteras de sus viejas culturas; falsificados nuestros hábitos y nuestras costumbres… estragados hoy por un falso refinamiento que multiplica las necesidades en procura del consumo por la ganancia que supone… la civilización europea puebla la inmensa superficie de la república. ¿Puebla acaso el baldío de nuestra alma? Nuestra cultura, ¿no está acaso más obsedida y desesperada por el enorme hueco de la pampa, que un siglo atrás, cuando la bala homicida fabricada por la industria importada, puso una oblea de sangre sobre el pecho del héroe? ¿Es ésta la realidad que se propuso labrar la voluntad de Mayo? ¿Fue la voluntad de Mayo la que dispuso y ejecutó la represión del caudillismo, reclamada por la cultura urbana, bajo la sugestión de las corrientes civilizatorias de Europa?... Fueron los caudillos –sí, los caudillos, esos magníficos ejemplares humanos retoñados en raigón castellano en tierra americano- los portadores auténticos de la voluntad de Mayo… La historia escrita que nos han legado es la más patente negación de nuestra historia… Los caudillos encarnaron la voluntad de autodeterminación nacional, aplastada por la absorción centralista de Buenos Aires… La provincia de Facundo era, en 1810, una de las más prósperas y ricas. Comerciaba con Chile, tenía ganados y el oro de sus minas. Sus hombres y riquezas aportaron un concurso sobresaliente a los ejércitos de la emancipación. ¿Por qué La Rioja cayó en la miseria? ¿No fue acaso porque el centralismo económico y político cegó sus fuentes de producción y cerró para siempre los caminos de su comercio y se empeñó en entregar a los especuladores extranjeros el tesoro del subsuelo con la anuencia cómplice de Rivadavia?”. También sostiene, tomando distancia del revisionismo rosista, que Rosas expresaba “un centralismo unitario disfrazado de Santa Federación” y era, como señala Ferrero, la contracara de Facundo.

En esa época, se acerca a la Intransigencia Nacional del radicalismo liderada por Amadeo Sabattini y asimismo, reelabora sus “investigaciones pedagógicas”. ¿Cómo hacer argentinos con instituciones calculadas para desargentinizarnos a nosotros mismos?, se pregunta. Y propone crear una universidad americana que estudie, como cuestión central, “la tradición espiritual común a los pueblos hispanoamericanos, la influencia de las doctrinas políticas europeas en el proceso histórico posterior a la independencia” y entre otras cosas, sostiene audazmente la posibilidad de un régimen aduanero común para América Latina.

Esta reivindicación de lo nacional-latinoamericano se une, en Taborda, a su propuesta “comunalista”, la cual ofrece algunos flancos débiles –pues debilitaría el poder central, imprescindible para oponerse a la presión imperial- pero también supone avances en lo democrático (voto directo y revocatoria de mandatos) así como que “el suelo y subsuelo no son susceptibles de control privado”.

El desarrollo de estas ideas, en abierta pugna con el pensamiento dominante, provocan su marginación. Recluido en su casa de Unquillo, continúa en la búsqueda apasionada que inició en su juventud.

Allí, recibe un día la visita de Arturo Jauretche, quien aprecia debidamente su aporte. Después, don Arturo dirá: “La mayoría de los dirigentes estudiantiles tenía esa característica de la inteligencia argentina: nutridos de literatura de importación no comprendían a los movimientos populares. Eran históricamente unitarios y además, y esto es fundamental, los instrumentos que hacían el prestigio estaban en manos de los liberales. Así, los reformistas universitarios se afiliaban a los partidos antirradicales y hacían los mismos chistes que “La Mañana” o “La Fronda”. En esta materia sólo conocí a un hombre de izquierda que era discreto y reservado, posiblemente el intelecto más auténtico que tuvo la Reforma Universitaria, oscurecido por no tener prensa: Saúl Taborda”.

Fallece el 2 de junio de 1944, en Córdoba. Ferrero señala acertadamente: “Saúl Alejandro Taborda es un desconocido para las nuevas generaciones de argentinos. Su voz fue apagada por las grandes fuerzas antinacionales que operaban durante la Década Infame… Sin embargo, Taborda ejerció un magisterio patriótico como el de Scalabrini Ortiz, Ugarte o Jauretche”. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, página 355, Madres de Plaza de Mayo)

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CELEDONIO ESTEBAN FLORES – (1893 - 1947)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Pese al crecido número de notables autores que nutre la poesía del tango, pocos han alcanzado la talla y la perdurabilidad del Negro Flores. Talla y perdurabilidad –aclaremos- que sólo se ponen de manifiesto en el mundo del tango, ya que fuera de él han sido muy pocos (Eduardo Romano, Osvaldo Pelletieri) los que han sabido reconocer, sin reticencias prejuiciosas, los méritos literarios del autor de “Corrientes y Esmeralda”.

Celedonio Esteban Flores nació en pleno centro de Buenos Aires: Talcahuano entre Bartolomé Mitre y Cangallo (hoy Perón) el 3 de agosto de 1896. Se inició en la poesía (y en su otra vocación: el boxeo) apenas salido de la niñez. A los pocos años se mudó a Villa Crespo, haciendo el camino inverso del tango: del centro al barrio. En sus comienzos se adscribió a la retórica modernista, principalmente a través de la línea de su admirado Rubén Darío. Sin embargo, fue uno de los primeros en reaccionar contra ella, volviendo, como Carriego, sus ojos adolescentes a la realidad inédita del mundo suburbano: “¡Qué sabemos de marquesas, de blasones y litera / si las pocas que hemos visto han sido de carnaval! / ¡Que nos pidan un cuadrito de la vida arrabalera / y acusamos las cuarenta y las diez para el final!”. Flores conservó, sin embargo, de su adolescencia modernista el gusto por la rima inusual y por los versos de arte mayor, especialmente el de 16 sílabas, empleado con maestría en tangos como “Mala entraña”, “Mano a mano”, “Canchero” o “Cuando me entrés a fallar”.

Como muchos hombres de su generación –desde Cátulo Castillo hasta Raúl Scalabrini Ortiz-, Flores practicó boxeo y, al parecer, fue un pugilista de los buenos. Con el apelativo de Kid Cele, llegó a disputar en 1923 el título nacional de los plumas, que resignó a manos de Mario Reilly.

En sus estudios llegó hasta el tercer año del comercial. Luego abandonó la escuela y se empleó en un comercio donde en sus ratos libres copiaba en un cuaderno de contabilidad poemas de Nervo, Darío, Fernández Moreno, Almafuerte. Eran los poetas más renombrados de la época y el joven Celedonio anhelaba escribir como ellos. “Te voy a contar –comentó alguna vez-, a esa edad en que se hacen versos, ensayé los míos. Quise hacerlos delicados, sutiles, finos… pero había grandes contras en el camino… ¿Cómo te ibas a tirar contra Amado Nervo o Rubén Darío? El naipe no daba pa’ tanto, hermano. Entonces, un día que estaba bien seco, uno de esos días en que uno sueña con la lotería sin tener el billete, me abrí de esa parada elegante y escribí Margot…”

“Margot” (conocida al principio como “Por la pinta”) fue su primera letra de tango, premiada en un concurso del vespertino “Última Hora” y musicalizada después por José Ricardo, guitarrista de Gardel, a instancias de éste. En “Margot” ya están fijadas las principales características de la personalidad poética de Celedonio: apego sensible a los temas de la calle y al habla coloquial de los porteños, dramatismo bien dosificado, sensibilidad popular y esa entonación entre canchera y sentimental que marca la diferencia con otros autores de su época. Con “Margot”, además, Celedonio iniciará su serie de apóstrofes a las chicas del suburbio que no dudan en prostituirse con tal de huir de las garras de la miseria, a la que las tiene destinadas el injusto sistema social con el que el poeta tampoco se aviene. ¿Por qué entonces el reproche y no la justificación? Nicolás Olivari –contemporáneo de Flores-, en su parodia de “La costurerita que dio aquel mal paso”, de Carriego, había dicho con cínico realismo: “¡Pobre la costurerita que el paso malvado! / Pobre si no lo daba… que aún estaría, / si no tísica del todo, poco le faltaría”. Flores en cambio, se encara con ese mismo personaje, tan habitual en la farra nochera de la Argentina alvearista, y le enrostra: “Son mentiras no fue un guapo haragán y prepotente / ni un cafishio veterano el que al vicio te largó. / Vos rodaste por tu culpa y no fue inocentemente, / berretines de bacana que tenías en la mente, / desde el día en que un jaileife de yuguiyo te afiló”. Esa actitud condenatoria de Flores, en aparente sintonía con la óptica de los sectores dominantes –más carente de “valores morales” que de cruda hipocresía- tiene sin embargo una raíz diferente. La dicta un sentimiento de fidelidad al barrio, al humilde hogar proletario –normalmente una pieza de conventillo-, regido por la figura materna, sufrida y trabajadora, y al que, desde el punto de vista del poeta, ha traicionado la “pelandruna abacanada” que nacida Margarita ahora se hace llamar Margot: “Ahora vas con los otarios a tirarte de bacana / a un lujoso reservado del “Petit” o del “Julièn”. / Y tu vieja, pobre vieja, lava toda la semana / pa’ poder parar la olla con pobreza franciscana / en el triste conventillo alumbrado a kerosén”. Pocas veces como en esta estrofa de Flores se retrata con más claridad el contraste entre dos mundos: el de los desaprensivos “bacanes” –oligarcas y patoteros- y el de la abnegada madre, representación de toda una clase sojuzgada por aquéllos, a los que, sin embargo, el poeta no deja de considerar meros “otarios”.

En otros tangos que vendrán después (“Audacia”, “Sos vos, qué cambiada estás”, “Mediodía”, “Gorriones”, “Nunca es tarde”, “Milonga fina”) Flores sigue dando sobradas muestras de esa fidelidad al barrio y a los ambientes propios de la gente pobre y marginada. Fidelidad que se da en la temática pero también, y antes que nada, en el lenguaje. Un lenguaje tan alejado del alambicamiento propio de los desdeñosos y afrancesados literatos de su tiempo como de sus hermético colegas lunfardescos, desde Felipe Fernández “Yacaré” hasta Carlos de la Púa. Celedonio fue un poeta de raigambre lunfarda pero que en todo momento rehuyó el hermetismo de la jerga delincuencial y buscó la más plena comunicación con sus destinatarios. Éstos eran, según su propia percepción: “los hombres modestos, los que tienen las manos fuertes, rugosas y encallecidas, los que llevan las mangas del saco lustrosas por las carpetas de las timbas, las maderas de los escritorios y los estaños de los boliches”.

Ciertos sectores de la cultura argentina –particularmente influyentes a partir de la revolución de 1930- propiciaron durante una larga etapa, que cubrió esa década y parte de la siguiente, la censura radiofónica sobre los tangos de lenguaje lunfardo o simplemente coloquial. Esos prejuiciosos herederos de aquellos “cultiparlantes” a los que fustigara Quevedo en su época, se ensañaron muy especialmente con los tangos de Celedonio, quien para poder sobrevivir debió “engominar” sus versos (como él mismo decía), esto es adaptarlos a lo que requerían no el público sino las autoridades culturales de su tiempo. Aminorada, ya que no desaparecida esa actitud censora en la segunda mitad de los años ’40, los tangos de Celedonio volvieron a resurgir en voces como la de Edmundo Rivero, uno de sus intérpretes más perfectos.

Celedonio Esteban Flores falleció en Buenos Aires el 28 de julio de 1947 y aunque en sus últimos años escribió algún tango de éxito (“Vieja luna”, por ejemplo), su producción más relevante quedó anclada al apogeo del tango gardeliano, caído con el propio cantor una aciaga tarde de 1935 en Medellín.

Flores publicó dos libros de poesía: “Chapaleando barro” (1921) y “Cuando pasa el organito” (1926) y la obra teatral en verso “La musa mistonga de los arrabales”. Recién en 1974 accede a una antología de poesía nacional al ser incluido por Juan Carlos Martini Real en “Los mejores poemas de la poesía argentina”. Pero fue sólo una excepción. Cuando tiempo después, Horacio Armani publica su propio florilegio (“Antología esencia de poesía argentina”, Aguilar, 1981) hablará por él el “establishment” cultural argentino en pleno: “aquí no se hallará ni a Celedonio Flores, ni a Discépolo, ni a Manzi, ni a Atahualpa Yupanqui ni a Carlos de la Púa, nombres que merecen todo el respeto a que se hicieron acreedores con su obra pero que en una antología de poesía argentina auténtica aparecerían como intrusos en sitios que no les corresponden”. Flores, con una sonrisa socarrona, le hubiera replicado: “No tengo el berretín de ser un bardo / chamuyador letrao ni de spamento; / yo escribo humildemente lo que siento / y pa escribir mejor lo hago en lunfardo.// Yo no le canto al perfumado nardo / ni al constelao azul del firmamento; / yo busco en el suburbio sentimiento. / ¡Pa cantarle a una flor, le canto al cardo!// Y porque embroco la emoción que emana / del suburbio tristón, de la bacana, / del tango candombero y cadencioso// surge a torrentes mi mistonga musa: / ¡es que yo tengo un alma rantifusa / bajo esta pinta de bacán lustroso!”. (J. C. JARA, LOS MALDITOS, TOMO IV, PÁGINA 180, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO  -  (1901 – 1951)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 27 de marzo de 1901. Ha cumplido tan solo 9 años, cuando se encuentra huérfano de padre y madre. Armando Discépolo, catorce años mayor que él, lo toma a su cargo. En la escuela primaria revela ya su vocación de intérprete, como asimismo, en las rabonas, manifiesta su interés por el teatro y la literatura, proveyéndose de obras diversas en una librería cercana. Transcurre su juventud tironeado por diversas inquietudes, que cultiva en reuniones que se realizan en la casa del artista Facio Hebecquer a dónde concurren pintores, grabadores y músicos. En esa época, devora a los escritores rusos y manifiesta simpatías anarquistas. Por entonces, escribe su primera obra de teatro.

Años después, en la década del ’20, irrumpe en el cancionero popular con algunas composiciones musicales que innovan en la temática del tango, al mismo tiempo que también incursiona en el teatro, como autor y como intérprete, manteniendo su compromiso con lo social.
Pero, diversas circunstancias se conjugan para que Discépolo haya quedado por mucho tiempo limitado al campo del tango y que inclusive para algunos, no haya pasado de “un letrista cargado de escepticismo” o para otros, de “un filósofo del tango con ribetes existencialistas”. Hoy, sin embargo, se puede avanzar con mayor profundidad en la calificación de su vida y de su obra. Para ello, es necesario recordar que en los años veinte, el mundo literario de la Argentina muestra dos grupos en pugna: por un lado, los escritores de Florida, nucleados en la revista “Martín Fierro”, exquisitos y vanguardistas, preocupados por la revolución, pero “en las imágenes”, visiblemente influenciados por los literatos franceses y enfrente, los de Boedo, escritores sociales, reunidos en torno a la revista “Claridad”, fervorosos seguidores de Dostoievski, Gorki y en general, de la literatura rusa. A pesar de que algunos han intentado diluir este enfrentamiento, basta revisar lo producido por uno y otro grupo, para captar las diferencias de escuelas y enfoques. Algunos críticos han señalado con acierto que mientras, para los “martinfierristas”, la literatura es un juego de metáforas y asombros, “los boedenses” buscan expresar al trabajador, al mundo de la fábrica y el arrabal, tal como aparece en Castelnuovo y otros. Sin embargo, el excesivo apego a la literatura rusa impide que Boedo florezca realmente como cultura nacional, expresiva no sólo del drama social sino del acontecer propio de estas tierras, con personajes que se manifiesten como hombres y mujeres de aquí y de esa época. Resulta entonces que en el teatro, en la misma época, el género llamado “grotesco criollo” logra expresar ese fenómeno, registrando la frustración del inmigrante tal cual la vivieron tantos y tantos que pretendían hacer “La América” en la Argentina: es el caso de las obras “Mateo”, “Stéfano”, “Mascaritas” y “El organito”.

La participación de Enrique Santos Discépolo en las mismas ha sido ignorada hasta hace unos años, adjudicándosele a su hermano Armando Discépolo la paternidad del “grotesco criollo”, pero últimamente se han aportado datos que permiten afirmar que “Mateo” es de Enrique y que en “Stefano”, Enrique tuvo una participación decisiva. Si a ello se agrega que “Mascaritas” lleva solamente la firma de Enrique y que “El organito” aparece firmado por ambos hermanos, debe reconocérselo a Enrique como el “creador del grotesco criollo”.
Si se correlacionan estas obras con los versos de las canciones que Enrique produce por entonces, se comprende que provienen de una misma mano. Asimismo, si se analizan las obras firmadas por Armando Discépolo, hasta que Enrique empieza a escribir y la curiosa circunstancia de que Armando deja de escribir teatro desde 1934, cuando se aleja de su hermano, hasta su muerte –en 1971- se reafirma la tesis.

Por tanto, hoy puede señalarse, con alto grado de seriedad, que el grotesco de los años veinte –que muestra la frustración del inmigrante- se integra a la literatura boedense, superándolo, y resulta el antecedente de la impresionante radiografía social de los años treinta, realizada por el mismo Enrique Santos Discépolo, a través de varios tangos (“Yira Yira”, “¿Qué sapa señor?”, “Tres Esperanzas”, “Quien más quien menos” y “Cambalache”).

Tanto en la década del ’20 como en la del ’30, mientras la mayoría de los escritores consagrados no registran, en sus poemas, cuentos y novelas, la dramática situación social de la Argentina, “Discepolín”, primero, desde el teatro, y luego, desde sus tangos, deja un testimonio implacable, expresando, como nadie en la Argentina, el sufrimiento y la desesperanza popular.

Con insólita sensibilidad social, el mismo autor que ha llevado al arte esos momentos de miseria y angustia, abandona tanto las obras teatrales grotescas, como el tango, cuando las mayorías populares emprenden un camino de ascenso a partir del 17 de octubre de 1945. Más aún, se compromete con esa caravana popular a través de un programa radial que se transmite en el invierno de 1951 –“Pienso y digo lo que pienso”- en el cual desarrolla una treintena de charlas tituladas “¿A mí me la vas a contar?”.

Hasta no hace mucho, la figura de Enrique S. Discépolo aparecía quebrada, fragmentada, incomprensible. El teatro, el tango y el compromiso político aparecían desencajados, sin articulación unos con otros. Ahora, es posible comprender su gran coherencia a través de los años y de las vicisitudes de la Argentina. Ahora, Discépolo es uno y mucho más importante que antes, porque palpita al unísono con las tristezas (en los ’20 y los ’30) y con las alegrías (en el ’50), de ese pueblo, con el cual simpatizaba el adolescente anarquista de Parque de los Patricios en 1919.

Entonces, se revelan las razones del odio de clase que se descarga sobre él, en la última época, acosándolo, acorralándolo. Un círculo de rencor, proveniente del más exacerbado antiperonismo, lo obliga a replegarse en su domicilio y lo conduce a una depresión aniquiladora. Robado como autor de teatro, reducido a “filósofo pesimista” como autor de tangos y calificado de “vendido” por su leal y generosa adhesión al peronismo, Enrique se va muriendo en su departamento de la Callao 765.

Fallece el 23 de diciembre de 1951. Ese día, “las chicas” del centro porteño –por él retratadas en “Esta noche me emborracho”- deciden no trabajar en homenaje al gran artista a quien como dijo Manzi, “le dolía como propia la cicatriz ajena”. (N. Galasso, Los Malditos, vol I, pág 265, Ed Madres de Plaza de Mayo)

VER NOTA "LOS HERMANOS DISCÉPOLO: LUCES Y SOMBRAS" . . .

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GABINO EZEIZA – (1858-1916)
UN MALDITO “OLVIDADO” POR LA HISTORIA OFICIAL

Nace en febrero (se discute el 3 o el 19) de 1858 en una familia pobre, en la calle Chacabuco Nº 42 del barrio de San Telmo. Uno de sus abuelos fue trompa en los ejércitos de Rosas. El padre murió en la guerra del Paraguay.

Poeta, negro, radical, con antecedentes federales, no le habrá sido fácil integrarse a la Argentina de 1880.

Alguien, conmovido ante la devoción de aquel chico por el canto y la música, le regaló una guitarra. De quince años apenas, ya anda cantando por los almacenes del barrio Sud.

Es probable que haya alternado su condición de cantor con la de periodista, entre 1875 y 1879, en una publicación de supervivencia accidentada, donde hacía las veces de redactor, productor de avisos, y publicaba sus versos. Allí aparece un cuento suyo titulado “El ramo de flores”, que firmó con el seudónimo de “Liberato”. A mediados de 1878, da a conocer  “Juicio Crítico de Literatura”, donde advertía a quienes pretenden dedicarse a las letras, la necesidad de estudiar, señalando la importancia de ser discípulo y maestro a la vez.

Por entonces, surge como payador. En 1882 lo mencionan actuando en un lugar nocturno de Córdoba y Cerrito llamado “Los locos alegres”.

A mediados de 1884 y siendo su nombre reconocido como el autor de “El remate extraordinario” y “La muerte de Agapito”, viaja a Montevideo, donde se mide con el célebre Arturo de Nava, con quien realizaría varios encuentros, uno de ellos en el teatro Artigas, donde improvisa su célebre “Saludo a Paysandú”, en 1888. Estos versos alcanzan notable difusión y se transmiten, vía oral, de generación en generación, reivindicando la gesta heroica de ese pueblo sitiado por las fuerzas del ejército oriental dirigido por el liberal Venancio Flores y bombardeado desde el río, con enorme mortandad, por la escuadra al mando del brasileño Tamandaré. El recuerdo del sitio de Paysandú y su defensa a cargo de Leandro Gómez, verdadero anticipo del genocidio de la Triple Alianza, recorre pulperías y hogares, a pesar del desinterés de los intelectuales y en general, de la enseñanza por mostrar su verdadera índole oligárquica, merced a los versos de Gabino Ezeiza. Eta reivindicación de la lucha de “los blancos orientales” entronca perfectamente con los antecedentes federales y la posición irigoyenista del payador.

Recorre, después, la capital, la provincia de Buenos Aires y Uruguay y enfrenta a los principales payadores de la época: Florencio Constantino, Pablo Vázquez, José Betinoti y Félix Vega. Desde la cárcel se cartea en décimas de contrapunto con otro cantor radical, Félix Hidalgo y luego con Nemesio Trejo. “Trejo y Gabino impusieron la décima en las payadas de contrapunto que antes se cantaban por cifra”.

Gabino es el precursor de los payadores urbanos, y la nueva modalidad se evidencia en su manera de cantar e incluso de vestir. En fotografía, jamás aparece sino con ropa ciudadana, cuello duro, corbata y hasta bastón. Es como si quisiera marcar las diferencias, de las cuales sin duda era consciente, con los viejos payadores de la campaña.

También lleva el canto de porfía al circo y más adelante, al teatro. Los Podestá lo cuentan como elemento significativo en su elenco.

Su raigambre popular se ratifica en la definición política. Es radical, y no pasivamente. Interviene en tres revoluciones. La política no le trae más que inconvenientes, pero adhiere fervorosamente al partido heredero de los principios del viejo federalismo.

En 1893, Alem lo envía desde San Nicolás en misión secreta, hacia la provincia de Santa Fe. Es portador del santo y seña que desencadena la revolución de 1893. Un diario santafesino hace este comentario: “Gabino Ezeiza había trocado su guitarra por el fusil radical. Ya no es un misterio que entre los cachivaches de su circo vinieran armas para los revolucionarios de Santa Fe y que los anuncios de su llegada fueron una contraseña revolucionaria”.

Fracasada la gesta revolucionaria, queda en prisión. Mientras permanece preso en Santa Fe, los adversarios políticos le queman su circo. “El pabellón Argentino”, único patrimonio del que gozaría en su vida. Cuando lo liberan, contraer matrimonio con una dama oriunda de San Nicolás, Petrona Peñaloza, bisnieta del Chacho, como si también en el plano sentimental quisiera enraizar con la tradición popular.

De este tiempo es su encuentro lírico de dos días con Antonio Vázquez, en Pergamino. Tal interés suscitaban estos encuentros, que el diario “La Prensa” cubría el suceso enviando como cronista especial a Joaquín V. González. Luego, continúa su periplo en los pueblos de Rauch, Dolores y Tres Arroyos.

En 1915, acompaña a Yrigoyen durante la campaña que realizó en Córdoba. Pero su salud pronto se quebranta. Unas semanas antes de morir, el 30 de setiembre de 1916, se levantó de la cama para cumplir con una presentación en el teatro La Perla, de la localidad de Piñeyro, partido de Avellaneda, acompañado por su discípulo Juan Damilano. Al terminar la actuación, cayó al suelo. Le dijo a su acompañante, “Mala seña, compañero, cuando un hombre se cae solo”. El 12 de octubre de 1916, el mismo día en que el pueblo llega al gobierno en la persona de don Hipólito Yrigoyen, Gabino Ezeiza muere a las 4:25 de la tarde en su domicilio de Azul 92, del barrio de Flores.

“La Razón” del día siguiente, comenta: “Ayer, antes de morir, despreciando los consejos del facultativo, Gabino abandonó el lecho penosamente, y se aprestó a concurrir a la Plaza de Mayo para presenciar la asunción al poder del jefe de su partido. Su esposa e hijos lo disuadieron, y una hora después expiraba”. (R.A.Lopa – Los Malditos – T. I – pág. 276, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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EMILIO BECHER – (1882-1921)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Revisando infolios y periódicos antiguos nos tropezamos a menudo con personalidades de renombre en su época, a las que el transcurso de los años ha ido sumiendo en el olvido más completo. Algunas justicieramente, otras en forma inmerecida. Entre estas últimas, más numerosas de lo que se cree, el silencio que las cubre suele estar regimentado por una historia oficial que, como decía Ernesto Palacio, “sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros”. Y sobre todo de Pavón, añadiríamos nosotros.

Un caso singular, ya que durante buena parte de su corta vida se desempeñó como redactor de “La Nación” y muy pocas veces firmó con su nombre y apellido, es el del escritor y periodista Emilio Becher.

Nacido en Buenos Aires el 7 de mayo de 1882, cursó el colegio secundario en Rosario y de vuelta a la capital comenzó estudios de derecho hacia 1899. Le faltaban pocas materias para recibirse de abogado cuando abandonó la carrera. Paralelamente había empezado a publicar artículos en el periódico de Cosme Mariño “Constancia”. En 1901, bajo el seudónimo Javier Sandoz publica un cuento de tono antimilitarista, “Amor patrio”, en la revista “Preludios”. Pasó después por muchas redacciones ocupando todas las categorías periodísticas. Trabajó en el “Buenos Aires Herald”, “El Heraldo”, “Diario Nuevo”, “Libre Palabra” y el diario de Pellegrini “El País”. En años posteriores abjuraría del trabajo de cronista: “Es ignominioso y triste este oficio de trapero periodístico, buscador de noticias. Todos los días tengo que ir a revolver el cajón de basura de la Municipalidad”.

Por esos días es un ferviente socialista. Él mismo se considerará, retrospectivamente, “el más atrabiliario de los antiburgueses”, categoría que en realidad no perdió en toda su vida.

Amigo de Emilio Ortiz Grognet (otro paradigma de la bohemia porteña) participó en 1903 del núcleo fundador de la revista “Ideas”. Ese mismo año condena la segregación de Panamá “desde un punto de vista nuestro y continental”, y lamenta que los panameños ostenten la dudosa gloria “de ser los primeros en abrir la puerta a los enemigos”.

Dos años más tarde, desilusionado del partido socialista argentino le escribe a Manuel Ugarte: “El socialismo es en su esencia burgués y este carácter se acentúa a medida de que deja de ser filosófico y teórico para devenir político y práctico”. La política contubernista del juanbjustismo está prefigurada en estos conceptos de Becher, quien afirma luego en la misma carta: “nuestro partido socialista es demasiado poco argentino” (marzo 1905).

En 1906 ingresó al diario de los Mitre, donde escribió memorables artículos bajo el nombre de pluma de “Stylo”. “Lo condenaban a pensar en seudónimo”, dirá después Juan José de Soiza Reilly. Conocía a fondo la Biblia, el Quijote y la literatura francesa en su conjunto, empezando por su admirado Anatole France.

Dice Vicente O. Cutolo que comulgó con el socialismo “sin adoptar esa doctrina”. Para Ricardo Rojas, que lo conoció íntimamente, era “un anarquista místico”. En realidad fue, como muchos de los hombres de su generación (Gálvez, Ugarte, el propio Rojas) un crítico profundo de las ideas cosmopolitas de sus antecesores. Como dicen sus biógrafos Payá y Cárdenas, Becher “reaccionó contra un dogma inserto en el credo de la generación de sus padres; la admiración irrestricta por la cultura y la técnica extranjeras, y la convicción de que todo progreso y toda mejora vendría a los argentinos de una apertura incondicionada al mundo exterior y en particular a Europa”. Su drama, como el de toda la generación del 900, fue enarbolar ideas nacionales en una factoría ya férreamente subordinada al dominio imperial británico.

Promediando la primera década del siglo, Becher había comenzado a descreer de la ciencia y del progreso, pilares del ideario positivista del ’80. Su desacuerdo con “la moral chata y mediocre del sentido común”, representada en la figura de Benjamín Franklyn, lo lleva a la añoranza de “las efusiones de la santidad y el ímpetu del heroísmo”, es decir a las hagiografías de la Edad Media. Ese regresismo casi pueril de su pensamiento, lo mismo que su desconfianza hacia la democracia y, por ende, hacia las masas yrigoyenistas que por entonces luchaban por desmantelar la “máquina” electoral del régimen oligárquico, no logra empañar sin embargo algunos aspectos positivos y originales de las ideas de Becher. En principio su sentido de lo nacional. Pese a su exquisita cultura francesa supo reconocer “el fondo hispánico de nuestro carácter” y, varios años antes que Lugones y Rojas, caracterizó al “Martín Fierro” como una “obra maestra”. También anticipándose al pensamiento de Scalabrini y Jauretche, dirá en 1906 que “el movimiento de las inmigraciones que desde hace cincuenta años reforma el aspecto de las ciudades y multiplica en las llanuras desiertas un pueblo agrícola, industrioso y heterogéneo, ha variado quizá menos de lo que se cree el fondo de nuestro carácter nacional”. Sin embargo advierte: “Hay que guardarse de creer que la solidaridad con los pueblos de nuestro mismo idioma nos impone la imitación de las formas peninsulares y el regreso a la dependencia virreinal”. El objetivo es una cultura nacional, propia: “Nuestra pasión no es ya brutal y celosa. No nos impide admirar las obras diferentes en que se manifiesta el genio particular y distintivo de las razas y educar nuestro pensamiento, según el espíritu de las naciones extrañas, cuyas actividades se conciertan hacia un fin oscuro y común. Pero debemos apropiarnos tantos elementos distintos, no con una voracidad grosera e ininteligente, sino para alimentar nuestro vigor y acrecer nuestra individualidad”. Becher afirma que “es indiscutible que la literatura debe ser ‘nacional’”, pero no cree como algunos de sus contemporáneos que ésta va a hallarse únicamente en el temario gauchesco. “Lo cierto es que junto a la civilización rural –sostiene- se ha desarrollado entre nosotros, como en todos los países, una civilización urbana tan característica como la otra. Nada sería tan insensato como negar carácter nacional a nuestras ciudades, a las del interior sobre todo, donde el viejo espíritu patrio se conserva casi puro de influencias extrañas. La misma ciudad de Buenos Aires presenta en el desorden de su población cosmopolita fenómenos profundamente nacionales. Las formas nuevas que el alma argentina asume al contacto de las inmigraciones, ofrecen un espectáculo interesante para el estudio del sociólogo. Que hay allí el asunto de una novela cíclica y de pequeños cuadros de realismo pintoresco y humorístico, pueden certificarlo las obras del señor Sicardi y ciertos dramas del señor Sánchez, como algunas instantáneas de Fray Mocho” (“Problemas literarios”, 1906).

El escéptico y “espiritualista” Becher tampoco será ajeno al revisionismo de la historia que por entonces ensayan en forma incipiente autores como Adolfo Saldías y David Peña. Comentando el libro de éste sobre Facundo, Becher evidencia la sagacidad de su pensamiento: “El señor Peña es federal –dice-, como el señor Saldías, aunque de distinto modo. Si me atreviera a establecer una diferencia tan sutil, diría que éste es un federal porteño, autonomista y enemigo de Lavalle, y aquél un federal de las provincias, celoso de sus derechos y pronto para combatir contra la hegemonía bonaerense.” Con la misma perspicacia dirá que Sarmiento con su Facundo “creó la leyenda del caudillaje” mientras que Peña con su libro viene a restituir la verdad histórica. “Nos conviene aprender en esas páginas –afirma más adelante- que Quiroga no ha sido el bandolero ignorante y feroz de los polemistas unitarios, como es bueno saber que el emperador Carlomagno no peleó con la giganta Amiota, ni hizo el ‘santo viaje de Jerusalén’, aunque los poetas lo hayan dicho” (“Una defensa de Quiroga”, 1906).

A Becher –ha escrito Manuel Gálvez- le irritaban la injusticia, la maldad, la estupidez y aun la mala literatura”. Ahogado por la soledad y el ambiente, del que no pudo huir como su amigo Ugarte, recurrió al alcohol.

De 1909 es el “Diálogo de las sombras”, uno de sus últimos trabajos, en el que dialogan los personajes de Anatole France.

En 1914, a diferencia de Ugarte, neutralista, se declaró partidario de los aliados. Pero ya su derrumbe físico y moral era irreversible. Carente del empuje de Lugones y de la ubicuidad de Rojas o Payró, renunció a la gloria literaria, a la que estaba  llamado por su talento y erudición, y se entregó de lleno al alcohol, abandonando la literatura. Pidió ser trasladado a la sección archivo del diario en que había escrito sus admirables artículos. Su claudicación era definitiva.

Murió (“ya del todo”, como diría el tango) el 23 de febrero de 1921. En esa ocasión escribió Juan José de Soiza Reilly: “¡Pobre Stylo! ¡Qué magnífico talento tenías! ¡Cuántos se vistieron de orgullo con tus plumas! ¡Moriste!... Y, después de muerto tus propios verdugos -¡Oh, ironía! –te tejieron coronas de laurel. Publicaron tus viejos artículos poniéndoles tu firma. Te hicieron aplaudir públicamente cuando solo podías disfrutar el olvido…”

Ese olvido que lo sigue acompañando hasta el día de hoy. (J C Jara, Los Malditos, Tomo IV, página 160, Ed Madres de Plaza de Mayo)

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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JULIO HUASI – (1935-1987)
UN ESCRITOR MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Julio Ciesler, quien decidió apellidarse Huasi (“casa” en lengua quechua), fue un poeta inmerso en la problemática de su generación, aquélla que, desde el vamos, comprendió el drama de Latinoamérica y se comprometió a superarlo desde la literatura pero también desde la acción. A la vuelta de los años, “remando en un mar de sangre patriota”, llegaba al convencimiento de que los argentinos “no tenemos patria sino matria”, porque “muchos –muchísimos hombres públicos- no pasaban la estatura al ras del tacón más quebrado de la más dolorosa y hambrienta de las mujeres públicas”.

Julio Huasi había nacido en Buenos Aires el 20 de marzo de 1935, en el seno de una familia humilde. En uno de sus poemas dirá, con ironía, acerca de su infancia: “en los conventillos, lady, se come recién / después de impredecibles entreveros, recuerdo que / comía sólo quien despertara primero, / por ello quizá éramos tan madrugadores”. Después, desde muy joven, su vocación poética (y política) lo llevó a andar –o a “tragibundear” como él decía-, los caminos de Nuestra América. Vivió varios años en Chile. “Yo era adolescente –evoca- y estaba enamorado de Chile, de mari-rosa, de la poesía, el mundo, el vino, la libertad, las rojas banderas, los mares, lo misterioso y volcaba mi nuevo turbulento lirismo bailando hechizado la incendiada exaltación de mis dieciséis años y modelaba y luego lanzaba cálidas palomas junto a los muchachos del comité de la paz de la provincia de Santiago que me mostraban la magia de santa lucía, me llamaban el che y me querían” (“Recuerdo de Valparaíso”).

Tenía 24 años cuando publicó su primer libro: “Sonata popular en Buenos Aires”. Muchacho “de mirada buena y sonrisa algo tristona”, como lo ve un periodista de “Clarín” por esos años, lejos de encerrarse en la torre de marfil, le gustaba salir a la calle y recitar sus poemas al aire libre. “El único juglar de verdad que he encontrado en mi camino”, dijo por entonces de él Nicolás Guillén. Y agregó: “Ya tiene bien ganado un hermoso futuro en el esplendente pero difícil rumbo que él mismo ha buscado: el de su pueblo. Allí no existe el mezquino maquiavelismo ni la malsana adulonería y snobismo de los pisaverdes que rondan el arte y la cultura”.

Esa proximidad con la gente, buscada con afán por el joven Huasi se traduce en 1959 en la letra del tango “San Pedro y San Pablo”, musicalizado por el bandoneonista Ismael Spitalnik y llevado al disco por Aníbal Troilo con la voz de Roberto Goyeneche:

“Los purretes trajeron la madera,
tablones, sillas rotas, un catre y un cajón.
La montaña se hará pronto una hoguera,
las viejas tendrán brasas, no gastarán carbón.
Y las casas serán rojos fantoches,
millares de fogatas habrá por la ciudad,
surgirá la maña en plena noche,
paloma y papa asada los pibes comerán.

Fantasmas de aserrín,
y a aquel viejo violín
las cuerdas le sacaron
el alma en el Yin-Yin.
Cantando el “Capuchín”
pebetas de carmín,
un viejo distraído
chamusca su botín.
Se cortará el piolín,
la noche tendrá fin,
y el viento hará milongas
de cenizas y de hollín”.

Muchos años después, en 1981, Huasi retoma el tema de aquel tango y escribe en su libro “Asesinaciones”, publicado en Madrid:
“Para San Pedro y San Pablo incendiábamos la noche / con enormes fogatas que chamuscaban los pies de Dios en / el alto cielo frío, hechas de maderas miserables como uno / y hasta un viejo violín ya sin su yinyín pero siempre esbelto, / dábamos largos saltos de tigre sobre las llamas, los cachorros / asábamos palomas, papas y la enredadera austral de las estrellas, / quemábamos el muñeco de toda la angustia…”

Y termina invocando:
“Que resuciten las fogatas en este invierno hace tanto sin octubre, / que ardan locamente por las cuencas del muñeco monstruoso, / hagan humo las tristezas, soledades, todas las cadenas (…) / Soplemos su primerabrasa en el huevo de estas manos quemadas / parapetos trémulos contra el vendaval asesino, soplemos / hasta que eleve su bosque de milagros en la noche turra / y baile milongas carmines en la mañana azul de niños sobre / los fantasmas del hastiado aserrín de nuestros huesos”.

Después de “Sonata popular en Buenos Aires”, Julio publica “Yanquería” (1960), una selección de poemas escritos entre 1955 y 1959. En ellos, aunque todavía con timidez, inicia su gradual erosión de la lengua, su trasgresión (ésa que admiraba Cortázar) a las reglas académicas y anquilosadas del idioma. Vallejiano en eso, pero también heredero de Discépolo, Tuñón, Maiacovsky aquel José Portogalo de “Tumulto”, dirá en “Poema maldito”: “Los locutores mal pronuncian nuestro nombre, con desgano, / nos echan del escenario como a los viejos cómicos, / las pescadoras de maridos nos desprecian, / la piedra nos golpea en el ombligo, / nos vomitan rauda cena y / se van contentos, / la polilla nos come la tricota, / en la calle Libertad ni pueden vernos / y de día nos corren con cascotes / y nos echan ratones en el vino / y cuando todo termina, / arrojados en la última vereda, / roto el violín, la lengua afuera, en cuatro patas, / oímos que alguien dice, / qué bella es la poesía, / dichoso usted que es el dueño de las musas.” (De “Poetería”, 1958-1959).

Esa maldición del poeta del pueblo en un sistema ferozmente egoísta y competitivo, lo acompañó a Huasi durante toda su existencia. En 1965 publica su tercer libro: “Los increíbles”, dedicado a sus grandes amores: Gardel, el tango, la revolución. Ya en este libro su instrumento expresivo se ha afinado notablemente. Sin embargo deberá esperar veinte años para publicar otra vez un libro de poemas en su patria. Su “tragibundeo”, no siempre voluntario, lo obligará a emigrar. Redactor de la revista uruguaya “Brecha” y de la agencia cubana de noticias “Prensa Latina” y “Bandolor”, libros reunidos en un volumen publicado en La Habana por la Casa de las Américas.

En 1976, perseguido y amenazado por el nuevo orden videlista –el “putosaurio militar”, como él lo llama- parte al exilio de Madrid. Allí sigue trabajando como periodista y la editorial “Puerta del sol” de la capital española le publica en 1981 uno de sus libros más intensos: “Asesinaciones”. Lulio Cortázar –amigo y tocayo- le escribe desde París en carta fechada el 1º de noviembre de ese año: “Te imaginás lo que siento al leer ‘Asesinaciones’, lo que puede sentir un argentino ante cada uno de esos poemas. Y digo cada uno porque es así, porque no hay ni uno solo que salga de esa línea espantosamente lúcida”. Tiempo después en una carta datada en Managua vuelve sobre el tema y reafirma que ese libro es para él “el más importante libro de poesía argentina de todos estos últimos años”. Uno de los poemas de ese volumen, dedicado “a Alicia Eguren, mi maestrita adolescente”, se titula “las madres de plaza de mayo sitiaron el palacio”. Admirador de estas valientes mujeres, “huérfanas de su propia cría”, que “al sur del grandísimo osario” conciertan su “muda procesión de cirios”, mientras “el trío / virreinal en uniforme de casacuna observa / con prismático de oro la desangración / en maniobras conjuntas de niño arrasado”, a su regreso en 1983 se unió devotamente a ellas, sin faltar un jueves a cada marcha en reclamo de justicia y aparición con vida.

En sus últimos años Huasi se desempeñó como redactor del periódico de las Madres, trabajó en el semanario “El Porteño” y publicó una nueva colección de poemas, que como sucedía en su caso, era en realidad una colección de libros. Se trata del que publicó en 1985, con magníficas ilustraciones de Carpani, reuniendo sus tres poemarios finales: “Comparancias”, “Asesinaciones” y “Matria mía azul”, este último el más denso y estremecedor de toda su producción. Se trata en rigor de un largo poema dividido en once secciones. De la última de ellas, “islas de los féretros”, extraemos el final: “guitarra, guitarra mía (…) venga a nos tu milonga en celo, matria mía azul, / salve tus besares, tus volveres, tus vagires y / venga a nos tu pueblo, tu dulce amorescencia, / llévanos contigo al país del lapacho entrinado / y niños que pronuncian el primor de su a con las gaviotas, / el ave azul sin amarras de tu cielura encendida / y venga a nos y vénguenos tu canto libre y libertador, / la libertad del mar bajo la cruz del sur sin cruz, / vidalitá”.

Profundamente deprimido por la situación del país en tiempos de Alfonsín (a quien llama “el Gran Pagador de la usura imperial”) Julio Huasi se quita la vida en su pieza de pensión el 10 de marzo de 1987. Semanas antes había escrito: “Quiero patria, una Argentina definitivamente libre. Soy solo uno de sus hijos. Y quisiera decir, fuerte, con todos mis hermanos, queremos patria”.
La biblioteca de las Madres de Plaza de Mayo hoy lleva su nombre.
(J C Jara, Los Malditos, Tomo III, página 181, Ed Madres de Plaza de Mayo)

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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ALEJO PEYRET – (1826-1902)
UN MALDITO ESCRITOR EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Alexis Pierre Louis Edouard Peyret nació el 11 de diciembre de 1826 en Serres-Castet, departamento de los Bajos Pirineos, en el sudoeste de Francia. Su padre, Alexis Agustín, oficial de la Armada napoleónica y volteriano, llegó a ser alcalde de Serres-Castet. Su madre, Cècile Angèlique Vignancour, pertenecía a una familia de impresores propietaria del periódico “El Memorial” de los Pirineos.

En el Colegio Real de Pau, Alexis obtuvo su título de Bachiller en Ciencias y Letras a los dieciocho años. Luego se dirigió a París, donde estudió Derecho en el Colegio de Francia. Entre sus profesores se contaban el filósofo Edgar Quinet y el historiador Jules Michelet. Por entonces el fantasma de la revolución recorría Europa y el joven Alexis no fue ajeno a ese clima de turbulencia política. Se incorporó de lleno a los trabajos revolucionarios y participó de las insurrecciones de 1848-49 en París. Tras la represión oficial, es llevado a prisión, procesado y finalmente absuelto. Por esos días escribe dos tomos en “patois”: “Countes Biarnés” y “Petites pouèsies”. Pero la pasión por la lucha política, por las ideas republicanas, no lo abandonará en toda su vida. En 1851 –tenía apenas 25 años- presenta su candidatura a diputado por el departamento de Bajos Pirineos para las elecciones del año siguiente. Sin embargo la caída de la Segunda República y la entronización como emperador de Luis Napoleón Bonaparte, echan por tierra con esa diputación y lo obligan a emigrar.

Así, huyendo de la persecución de “Napoleón, el Pequeño”, el joven poeta y periodista revolucionario recala en playas rioplatenses en noviembre de 1852. A principios de ese año ha sido derrocado Rosas –uno de los pocos nombres de la política americana que Peyret ha escuchado alguna vez- y, pocos días antes de su llegada, en Buenos Aires ha estallado el golpe del 11 de setiembre, por el que la arrogante provincia-metrópoli rechaza el acuerdo con sus hermanas del Interior y se desmembra de la Confederación Argentina. Apenas radicado en Montevideo, Peyret no puede con su genio y se involucra en las querellas políticas rioplatenses, defendiendo la causa del federalismo provinciano desde el periódico “El Comercio del Plata”, de José María Cantilo. En 1855 llega a Concepción del Uruguay, Entre Ríos, en cuyo célebre Colegio Nacional, dirigido por su compatriota Alberto Larroque, se desempeñará como profesor de francés y geografía. Allí, al decir de Alfredo Terzaga, Peyret difundirá entre el alumnado las ideas de su admirado Alberdi. ¿Y qué otra cosa que una exposición de las ideas alberdianas son estos párrafos escritos tiempo después?: “Buenos Aires ha querido desde el primer momento imponer su autocracia a las provincias hermanas. Sea con los unitarios, sea con los federales, trató de absorberse las rentas y el comercio de la República. Esta pretensión de la nueva metrópoli que quería sustituirse a la antigua de ultramar, originó estas largas luchas que pueden resumirse en dos palabras, provincianos contra porteños y no civilización contra barbarie, como lo afirma tan equivocadamente el señor Sarmiento”. En 1857, Urquiza lo nombra administrador y director de la Colonia San José, fundada en tierras de propiedad del por entonces presidente de la Confederación, donde el joven bearnés cumplirá durante más de quince años una labor múltiple y llena de pujanza creadora. Además de administrador y organizador, se desempeñó como juez de paz, comisario y fue designado presidente de la Municipalidad de San José. Fundó, además, la ciudad de Colón, puerto de embarque de los productos de la colonia, y fue creador y oficial de su registro civil, el primero existente en la República. Al mismo tiempo, colaboró en el diario “El Uruguay”, de Concepción del Uruguay, y publicó trabajos sobre colonización: “La colonia San José” (1861), “Inmigración y colonización” (1863) y, en lo puramente literario, sus primigenios “Cuentos bearneses” (1870).

No obstante, pese a la probidad y empeño puestos en su gestión, en 1873 se ve obligado a abandonar la administración de la colonia a raíz de la repercusión de sus polémicas “Cartas sobre la intervención a la provincia de Entre Ríos”. En ellas, firmadas con el seudónimo “Un extranjero”, rechaza la intervención armada de Buenos Aires sobre Entre Ríos, luego de la muerte de Urquiza y hace una incisiva crítica de la fórmula sarmientina “civilización y barbarie”: “Unos dicen que la teoría del Sr. Sarmiento es un anacronismo; yo pretendo que nunca pudo considerarse como la expresión de la realidad histórica y social; es un verdadero sofisma que debe relegarse al arsenal de las armas enmohecidas, al almacén de lo que los franceses llaman el bric-à-brac, y que vale poco más que nada”. Al mismo tiempo, en el mejor estilo alberdiano, Peyret identifica políticamente a la disyuntiva de Sarmiento con la lucha histórica entre unitarios y federales: “Los revolucionarios de Buenos Aires pretendieron continuar la tradición de los virreyes por una parte, y por otra se lanzaron en una imitación inconsciente de la revolución francesa (…) Rivadavia y sus discípulos fueron monarquistas sin saberlo. Los bárbaros provincianos que protestaron siempre contra aquella teoría absorbente, fueron, al contrario, los verdaderos republicanos, y la lógica de los sucesos concluyó por dar la supremacía a sus aspiraciones”. Sin justificar el crimen de San José, al que califica de “acto contrario a la moral”, Peyret reconoce que los victimarios de Don Justo “no habían muerto más que a un hombre, el jefe absoluto que durante treinta años había despotizado a la provincia de Entre Ríos”. En cambio, “los interventores nacionales venían a cometer un crimen mayor todavía porque venían a matar la autonomía, la soberanía provincial, es decir, el fundamento primordial de la República; venían a destruir el derecho federativo en su germen”. Cabe recordar que la intervención referida había sido ordenada por el presidente Sarmiento y hacia él y hacia el partido mitrista irán dirigidas las principales andanadas del francés emigrado. Su enumeración es lapidaria: “Viejas ideas unitarias, viejos sistemas intervencionistas, viejos odres, viejos trapos: Sarmiento, Mitre, La Prensa, la Tribuna y tutti quanti, cerebros empedernidos, corazones osificados, sepulcros blanqueados, ojos dirigidos hacia el pasado, inteligencias retrospectivas, sonámbulos del retroceso, moneda chica del despotismo, reliquias vivientes de la época monárquica y tiránica”. Enfrentado a semejantes enemigos, no era extraño –sigue Peyret- que “la gran mayoría del pueblo entrerriano” depositara su esperanza en el general López Jordán: “él personifica, por más que se diga, las aspiraciones de un pueblo despotizado por más de treinta años”, pero sobre todo porque, más allá de sus errores, “él es la expresión de la autonomía provincial”.

Nuevamente proscrito, ahora de su querida Entre Ríos, Peyret se traslada a Buenos Aires, en cuya Universidad es designado profesor de francés, a propuesta del rector Vicente Fidel López, en julio de 1874. Dos años antes, un compañero de exilios y militancias, José Hernández, ha publicado el “Martín Fierro” –summa de la tragedia nacional- del que, según recuerda Fermín Chávez, Peyret será “un entusiasta lector”. Por esos días de forzado destierro, le escribe a Benjamín Victorica: “… hubiera valido mucho mejor no ocuparme de política. No sé cómo me olvidé de los consejos de D. Pedro de Angelis. Cedí a un momento de irritación y de impaciencia, viendo que se nos precipitaba en una nueva guerra que iba a durar todavía un año. Estoy siempre a sus órdenes y creo que me apreciará siempre a pesar de mis locuras”.

En 1876 ya ha regresado a Concepción del Uruguay en cuyo histórico Colegio dicta ahora la cátedra de Historia Universal, a la que se sumará desde 1879 la de Historia de las Instituciones Libres.

En 1881 la Oficina de Tierras y Colonias lo comisiona a tierras misioneras con el objeto de estudiar sus posibilidades de colonización, y desde allí envía treinta cartas al diario “La Tribuna Nacional”, recopiladas y publicadas ese año bajo el nombre de “Cartas sobre Misiones”. El país por esos días ha vivido uno de los hechos sustanciales de su historia, la federalización de Buenos Aires. Como escribiera Fray Mocho: “se había extinguido la última chispa de aquel incendio que, comenzando en la Plaza de la Victoria, se propagó por toda la República y auras de paz y de progreso corrían desde Jujuy hasta el Estrecho y desde los Andes al Atlántico”. Peyret decide entonces trasladarse a la flamante capital, donde el presidente Roca lo designa profesor de Historia de las instituciones libres en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En 1886 publica “Historia de las religiones” y “El pensador americano” y en 1887 una “Historia contemporánea”, dedicada “a la juventud americana”. Ejerce su cargo docente hasta este último año, en que es nombrado por el presidente Juárez Celman Inspector de Colonias. Fruto de esa gestión son los dos tomos de “Una visita a las colonias de la República Argentina” (1889), presentado por el gobierno en la Exposición Universal de París, y también editado en francés. Enviado en misión oficial a ese evento, publica a su regreso “Las máquinas agrícolas en la Exposición Universal de París”. Ese viaje a París, luego de 37 años de extrañamiento de su patria, marca otro momento importante en la vida de Peyret. Entre el 14 y el 19 de julio de 1889 se reúne en la capital francesa el Congreso Socialista Internacional del que surgirá, por inspiración de Federico Engels, la Segunda Internacional. Peyret participa del mismo como delegado de la República Argentina.

En 1893 fue elegido por unanimidad primer presidente de la Alianza Francesa de Buenos Aires y el 13 de diciembre de 1895 adquiere la ciudadanía argentina. Cinco años más tarde, aquejado de una miocarditis crónica, pide la baja de su cargo de Inspector General de Colonias y se acoge al beneficio jubilatorio. Aunque pasó el último año de su vida postrado –ha dicho un cronista-, “no hacía otra cosa que leer, estudiar y escribir”. Su último trabajo es el artículo “Colonia San José. Cómo se fundó” fechado en octubre de 1901 y publicado en la revista “Urquiza”.

Alejo Peyret falleció en Buenos Aires el 27 de agosto de 1902. Acompañaron sus restos al cementerio del Oeste el presidente Roca, su edecán, y una nutrida concurrencia. Luego el silencio.

Pasados los años, Fermín Chávez será el primero en rescatar en diversas publicaciones de los ’50 y ’60 la figura del gran beanés y, recién a fines del siglo XX, se interesarán en él historiadores como Alberto Sarramone, Manuel E. Macchi, Horacio Tarcus y Emilio Corbiere. Ninguno de ellos, sin embargo –exceptuando al precursor Chávez- destacan que el largo silencio que envolvió la personalidad de Peyret luego de su muerte, fue consecuencia exclusiva de su toma de posición en las luchas civiles argentinas del siglo XIX. Situarse en la vereda opuesta al mitrismo, falsificador de la historia, fue una de sus “locuras”, como él mismo hubiera dicho irónicamente. No siguió los consejos de Pedro de Angelis ni los que, de haberlo conocido, le hubiera propinado Borges, quien se jactaba de que su abuelo, Isidoro Acevedo, había nacido “del buen lado del Arroyo del Medio”.  (J.C. Jara, Los Malditos, T IV, pág 199, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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HÉCTOR FRANCISCO GAGLIARDI (1909 - 1984)

BIOGRAFÍA:
Héctor Gagliardi, “El Triste”, nació en Buenos Aires, barrio de Constitución, el 29 de noviembre de 1909 y murió en Mar del Plata, el 19 de enero de 1984, víctima de un infarto agudo de miocardio, tenía 74 años.
Su origen fue muy humilde. Poeta, recitador, letrista de tango, gran conocedor de la cotidianeidad social, de sus personajes, de sus vicisitudes, de sus sentimientos, dolores y alegrías.
Alcanzó la mayor venta de libros en la historia argentina logrado por un poeta, llegando a vender un millón y medio de ejemplares, superado solamente por José Hernández con el Martín Fierro.
Íntimo amigo del poeta Celedonio Flores, fue quien lo impulsó a recitar sus versos en público. Lo hizo por primera vez en un bar de la cortada Carabelas, centro nocturno muy frecuentado por los amantes del tango. Su popularidad tiene una fecha precisa; 5 de enero de 1941, cuando en radio Belgrano, en un programa de Jabón Federal dedicado al tango, recitó “Reyes Magos” donde hablaba de la guerra, de los chicos y los juguetes que muchos no recibirían, el vecino cuyo padre no tiene trabajo, los chicos europeos envueltos en la guerra:
“…
Esta noche por los cielos llegarán los Reyes Magos;
 vendrán trayendo regalos a los chicos que son buenos,
 pero hay otros pibes buenos en otro lado de la tierra,
que por culpa de una guerra… ¡no han de pasar los camellos!

¿Por qué tienen que pagar esos pibes inocentes,
 de que en el mundo haya gente que sólo piensa en matar?
…”
"El programa iba los domingos al mediodía, todo el mundo tenía parientes en Europa que estaba en guerra, les amargué los tallarines a unos cuantos", recordaría, tiempo después.
Desde aquel día fue “El poeta triste”, o simplemente “El Triste”. En el interior, fue sensación. Sus escritos “Cinco guitas”, “La bolita” y “La maestra” terminaban con lágrimas y aplausos.
“La vida nos separó, / bolita blanca de "ojito": …
Ya no me queda más nada / del "sin vista y sin corona" / me ha ido "como la mona" / por las calles asfaltadas... / Y si la Muerte, emperrada, / me la midiera con luz, / yo me juego hasta la cruz... / ¡Total... ya no hay más salvada!

Escribió varios tangos, entre ellos “Claro de Luna” con música de Aníbal Troilo, y “Yo recuerdo el tranvía”, al que Leopoldo Federico le puso la música.
Le escribió numerosos poemas al club que lo tuvo como hincha: el Racing Club.
Sus primeros versos los comenzó a escribir a los veinte años. Primero fue “Media noche”, siguió “Claro de luna”, luego “Vencido y Matrimonio”.
Publicó su primer libro Puñado de emociones, y más adelante: Versos de mi ciudad, Por las calles del recuerdo, Esquina de barrio, y El sentir de Buenos Aires.

“Nací en pleno barrio de Constitución: Lima al 900. Que es algo así como haber nacido en el corazón de Buenos Aires. Mi nombre completo es Héctor Francisco Gagliardi. En ese barrio viví toda mi infancia. La zona sur es un poco mía, allí se atesoran casi todos mis recuerdos: los amigos, la primera novia, la esquina con el farolito, el tranvía, en fin, todo o casi todo lo que expreso a través de mis versos».
«A los veinte años, inspirado en ese ambiente, comencé a escribir mis versos. El primero que hice fue ‘Medianoche’ que después musicalizó el ‘Gordo’ Pichuco. De esa época data mi amistad con Aníbal Troilo. Seguí escribiendo, hice los tangos ‘Claro de Luna’ y ‘Vencido’. También conocí por esos días al ‘Negro’ Esteban Celedonio Flores. Me llevaba casi veinte años. Nos hicimos grandes amigos”

Le cantó a Buenos Aires y le cantó a su gente, pero su canto no quedó encerrado dentro de la Avenida General Paz, la atravesó y se lo escuchó en todo el país. Escribió con el lenguaje de los poetas, con la sensibilidad, con la energía de la pasión y la calidez de quien vivió esa época de cuando se cantaban serenatas bajo algún balcón y cuando los patios se perfumaban con malvones. Sus versos los escribió con el mismo amor y entrega tanto a su vieja, a la maestra, el café o el almacén, las carreras de caballos y a sus amigos por igual. El tango también fue su fuente de inspiración y le dedicó varias letras que conmovieron hasta los más famosos de nuestra música que manifestaban su amistad y admiración. Nos dejó, en su voz inconfundible, cadenciosa, cientos de poemas que hoy seguimos disfrutando como el primer día que las oímos.

Fue considerado, por quienes se arrogan el título de críticos expertos en literatura (tal vez los mismos que dijeron que Arlt no sabía escribir), un poeta menor sensiblero, melodramático y anecdótico.
Pero resultó ser que ese público que lo admiró y admira, ese público que lloró y llora conmovido por sus palabras, no lo analizó, simplemente lo sintió, sintió como entraban en ellos esas palabras rebosantes de vida cotidiana que eran sensibles no sensibleras, que eran dramáticas no melodramáticas, que hablaban de vidas y no eran simples anécdotas porque eran sus vidas, sus experiencias. La vida de los anónimos, de los invisibilizados que Gagliardi rescataba en cada poema.
No había misterio en sus escritos donde se habla de las emociones comunes y sencillas. Los personajes del barrio, sus ilusiones, fantasías y tristezas están retratados con trazos emotivos, donde los hombres y mujeres suelen reconocerse “cómplices” en lo vivido.

Escribió en uno de sus poemas en homenaje a Buenos Aires:
“Sos la pitada final del cigarro que se fuma, sos un barbijo de luna en un patio de arrabal, sos tango sentimental que me llena de tristeza y sos la media cabeza del Gran Premio Nacional”.
Este poeta “menor”, muestra su capacidad de observación, su indudable talento para distinguir las experiencias y lugares en “Me llamo tango”, donde dice:
“Soy columna mercurial de la emoción ciudadana, soy avenida Quintana y baldío de arrabal, nock aut en el Luna Park, penal en el travesaño, soy la París y el estaño, soy bandoneón y organito, soy dibujo del Otito, gorrión de plaza y canario. Soy tribuna popular que ante el empate se agranda y soy lujo a cuatro bandas sobre el paño de billar, soy grito de ¡no va más! que en la rula nos conmueve y soy ese anclar de nueve que hasta los secos palpitan y soy Legui y Artiguitas peleando un bandera verde”.

“Sé que dicen que mis versos no están a la altura de los grandes poetas, pero no me preocupa. Simplemente soy un creador sincero que le canta a las cosas que conoce y quiere. En mis versos no hay trampas ni mentiras, son realidades que yo conocí de una ciudad llena de encantos, que ahora también los tiene, pero antes era más familiar, nos conocíamos más, éramos compinches, por la calle Corrientes nos saludábamos de vereda a vereda. A mi poesía no la sabría definir con exactitud, pero puedo asegurar que el pueblo la entiende bien.”

Y tiene razón, no importa lo que digan. El despreciado saber popular lo reconoce.
Merece nuestro agradecimiento y recuerdo. Merece, sin dudas, que no dejemos que caiga en el olvido, merece ser rescatado, aunque más no sea, por haber él rescatado a tantos y tantas a quienes otros ni siquiera prestaron atención.
Porque para estos otros, en los humildes, en los sin voz, nunca encontraron un motivo poético ni nada valioso para dedicarles unos sencillos y sinceros versos, como sí lo hizo don Héctor Gagliardi, “el alma del arrabal”, como también supieron llamarlo. (J.R.Orosco para Pensamiento Discepoleano)

VER POEMAS DE GAGLIARDI . . .

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GUSTAVO RICCIO – (1901-1927)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació en Buenos Aires, en 1901, en una familia de modestos recursos. Desde la adolescencia manifestó gran sensibilidad por la cuestión social y en general, por todo aquello que nacía del pueblo. Por ello, su vocación poética se expresó alrededor de los temas cotidianos del barrio, siguiendo las huellas de Carriego. A los veinticinco años publicó “Un poeta en la ciudad”, libro de poemas donde recreaba con ternura y lirismo el mundo del barrio: desde la historia de un buzón hasta el accidente de una pantalonera. De su modo de encarar la poesía resultan testimonio estos versos: “La vida / es una sucesión de pequeñeces; / aquilatar el precio de lo ínfimo / eso es cosa del Arte. / En este libro / se han detenido los instantes / y las cosas minúsculas / y se han hecho poemas / como por esos mundos / se han detenido los guijarros / y se han formado las montañas”.

El anarquismo y el grupo literario de Boedo ocuparon sus horas juveniles, junto a la poesía. Realizó un viaje al Paraguay y regresó entusiasmado con el país hermano, con su naturaleza y con su gente. Borroneó entonces varios poemas a los que puso por título: “Gringo Purajhei” (cantos de gringo, en guaraní). Escribía mucho y con pasión. Así fueron naciendo poemas que agrupó como “Gorrión”, “Vaso de agua”, “Cien Elogios” y “Padre sol”. Pero el destino le hizo una mala jugada y sólo pudo ver editado “Un poeta en la ciudad”, pues falleció poco después de la aparición de ese su primer libro. Por iniciativa de sus amigos de “Boedo” –y especialmente bajo el impulso de Álvaro Yunque- se publicaron los poemas que él había agrupado como “Gorrión”, “Vaso de Agua” y “Gringo Purajhei”, en un solo libro al que se dio como título el que correspondía a los versos dedicados al Paraguay.

En general, las antologías lo ignoran y la ciudad de Buenos Aires lo recuerda en un pasaje de cien metros, en el barrio de Flores. Álvaro Yunque señaló con acierto: “Era un poeta de la calle, y en la calle encontraba el motivo de sus versos, pero ellos no son tumultuosos ni sonoros, sino tiernos y recogidos. Y cuando salía a mirar por esas calles repletas de ruidos, de monstruos mecánicos y de gentes convulsionadas, lo hacía llevando en la mano la flor de su intimidad lírica”. Él se definía a sí mismo de este modo: “La gente dice que soy un buen muchacho y sin embargo, en la policía, se me tiene por un peligroso agitador y es porque un día supe que los ricos viven del trabajo de los pobres y que la vida, aunque mala, puede mejorarse”.

Gustavo Riccio murió el 7 de enero de 1927, cuando no había cumplido veintiséis años.  (N. Galasso, Los Malditos, T. IV, pág. 205, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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LEOPOLDO MARECHAL  -  (1900 – 1970)
OTRO "MALDITO OLVIDADO" POR LA HISTORIA OFICIAL

Leopoldo Marechal nació, en la ciudad de Buenos Aires, 11 de junio de 1900, en el barrio porteño de Almagro (Humahuaca 464). Hijo mayor de Alberto Marechal y de Lorenza Beloqui, a partir de los diez años viajó a Maipú (provincia de Buenos Aires) invitado por sus tíos maternos. Allí aprendió a amar las tareas del campo, la vida sencilla y las gentes del lugar, muchas de las cuales están retratadas en sus poemas. Los chicos de la zona lo llamaban “Buenos Aires”, por ser de la capital. Ese recuerdo lo llevó a darle el apellido Buenosayres al personaje Adán, de uno de sus libros.

A partir de 1918, con la muerte de su padre y poco después de su tío Francisco Mujica, se produjo un giro muy importante en su vida. Estudió magisterio y al recibirse comenzó su tarea docente.

En la década del veinte, integró el grupo “Martín Fierro”, destacándose como poeta.

Varios libros publicados por entonces lo consagraron como uno de los jóvenes poetas más importantes de esa época: “Los aguiluchos” (1922), “Días como flechas” (1926), “Odas para el hombre y la mujer” (1929). Por entonces, cultivó la amistad de Macedonio Fernández, Raúl Scalabrini Ortiz y Jorge Luis Borges. Participó en diversas revistas literarias y en la década del treinta publicó otros libros de poemas: “Laberinto de amor” (1936) y “Cinco poemas australes” (1937). Luego dio a conocer: “Sonetos a Sophia” (1940) y “El centauro” (1941). Este último provocó una entusiasta carta de felicitación enviada por Roberto Arlt: “Poéticamente sos lo más grande que tenemos en habla castellana. Desde los tiempos de Rubén Darío no se escuchó algo semejante… He recortado tu poema y lo leeré cada vez que mi deseo de producir en prosa algo como lo tuyo se me debilite. Te envidio tu alegría y tu emoción”.

También publicó, en prosa: “Historia de la calle Corrientes” (1937) y “Descenso y ascenso del alma por la belleza” (1939).

Sus inquietudes políticas juveniles –había sido partidario del socialismo- reverdecen ante la oleada popular del ’45 y adhiere al peronismo. Es el afiliado Nº 46 de la “Comisión procandidatura del general Perón”. Esta actitud le produce enojos y distanciamientos con la mayor parte de sus compañeros del mundo literario.

En esos años, ocupa cargos públicos: empleado de la Biblioteca Popular Alberdi, de Villa Crespo, presidente del Consejo General de Educación y la Dirección General de Escuelas de Santa Fe. Posteriormente es designado director general de Cultura de la Nación y director de Enseñanza Superior y Artística.

En esos años del peronismo, escribe su obra más importante “Adán Buenosayres”, una novela-ensayo donde parodia las hipocresías, egoísmos y snobismos de buena parte de sus compatriotas. A pesar de su brillante prosa y su fina ironía, el libro no alcanza éxito, al lanzarse, en 1948, pues su marginación del mundo cultural oligárquico le provoca un hondo vacío. No hay reportajes ni comentarios para Leopoldo Marechal, mientras el peronismo gobernante no se preocupa tampoco por reivindicar su obra. En cambio, le adjudican el teatro Cervantes para estrenar su obra “Antígona Vélez”, bajo la dirección de Enrique Santos Discépolo.

Desde 1955, al producirse la caída de Perón, pasó a una etapa de soledad y de olvido. Primero llegó la descalificación y la calumnia infame, que pretendía ser graciosa:
¿Por qué se incorpora
y llora
don Leopoldo Marechal
cuando tocan a maitines?
Por succionador de calcetines.

Después, el aislamiento, el boicot. Su nombre y sus obras quedan al margen de la literatura argentina, de los comentarios bibliográficos, de las conferencias, inclusive de las librerías, hasta 1965, año en que el escritor reeditó su novela “Adán Buenosayres”.

Durante la proscripción del peronismo y el exilio de su jefe, Leopoldo mantuvo siempre correspondencia con el general Perón. En un reportaje, manifestó: “Yo nunca fui un político, soy un adherente y un combatiente, fui, soy y seré peronista. El gobierno de facto autodenominado ‘Revolución Libertadora’ encabezado por Isaac Rojas, Aramburu y sus secuaces, no sólo llevaron a cabo persecuciones y muerte sobre el pueblo argentino, sino que condujeron al silenciamiento y al ostracismo más atroz a gran número de militantes, políticos e intelectuales…”.

Su posición resistente, bajo el gobierno de Aramburu, así como su amistad con el general Valle, dan pábulo a una versión que corrió insistentemente en aquellos tiempos: Leopoldo habría escrito la proclama de los insurrectos del 9 de junio de 1956.

Recién en 1965, vuelve a publicar. En ese año, se edita “El banquete de Severo Arcángelo” y el ensayo “La autopsia de Creso”. En 1966, publica “Heptameón” y “Cuaderno de navegación”. Ernesto Sábato, a quien deben reconocérsele los esfuerzos para recuperar a Marechal, sacándolo del silenciamiento, sostuvo: “Pasará a la historia como insigne hito de la poética y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo, no se le pueden arrojar bombas de alquitrán y ha de ser invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el silencio”.

A fines del año 1966, Marechal viajó a Cuba para integrar el jurado del Concurso Literario de Casa de las Américas. La revista “Primera Plana” le encargó entonces un reportaje sobre la vida en la isla. A su regreso, el poeta entregó un artículo titulado “La isla de Fidel” donde defendía y exaltaba a la revolución, como expresión de auténtico cristianismo. El texto de Marechal irritó a los militares gobernantes y fue levantado de la revista cuando ésta ya se había empezado a imprimir.
Esta posición respecto a la Cuba revolucionaria ha quedado también silenciada.

Tampoco se ha reparado debidamente en un ensayo suyo sobre el Martín Fierro. A comienzos del año 1955, y por radio del Estado, Marechal pronunció una conferencia que tituló “Simbolismos del Martín Fierro”. En ella, exaltaba la figura de Hernández como un extraordinario escritor y sobre su obra maestra señalaba: “… Nuevas lecturas del Martín Fierro últimamente realizadas a la luz de una conciencia histórica que se nos viene aclarando a los argentinos desde hace varios lustros, hicieron que yo considerase al poema, no ya en tanto obra de arte, sino en aquellos valores que trascienden los límites del arte puro y hacen que una obra literaria o artística se constituya en el paradigma de una raza o de un pueblo, en la manifestación de sus potencias íntimas, en la imagen de su destino histórico…”. En otro pasaje aseguró: “… Por fortuna, la obra de José Hernández tiene hoy, un lugar de privilegio en los programas oficiales de literatura, y una bibliografía cuyo volumen, riqueza y minuciosidad parecerían constituir un desagravio al menosprecio y al olvido en que la crítica erudita mantuvo el poema durante muchos años…”. El 21 de junio de 1972, el diario “La Opinión” publicó la citada conferencia, y el 9 de julio del mismo año (en dicho diario) Arturo Jauretche escribió: “… Quedé deslumbrado. Fue como si se derrumbara todo lo que he leído antes sobre Hernández y desde luego, lo que yo he escrito…”.

Tampoco se ha difundido demasiado su profecía –en su último libro: “Megafón o la guerra”, redactado en los primeros meses de 1970- acerca del secuestro y juicio a Pedro Eugenio Aramburu, producido el 29 de mayo de 1970.

Marechal falleció, en su departamento de Buenos Aires, el 26 de junio de 1970.
Los titiriteros de la superestructura cultural se ensañaron con él condenándolo a largos años de anonimato y ninguneo intelectual. Marechal es uno de los paradigmas más claros de la categoría “malditos” en nuestro país, y claro está, eso se debe a que fue un escritor multifacético y prolífico que puso su enorme talento a disposición de las causas populares, despreocupado de títulos y glorias. (M.C. Ardanaz, E. Zabala y J.C. Navarro - Los Malditos – Vol. I – pág. 316 - Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSE PORTOGALO – (1904-1975)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Su verdadero nombre es José Ananía. El apellido Portogalo es el de su padrastro, que él toma para su obra literaria. Nace en Saeli, un pueblo de provincia de Catanzaro, en Calabria, en 1904. A los 4 años, llega a Buenos Aires y allí se aporteña hasta convertirse en un profundo conocedor de todos los resquicios de la ciudad.

La pobreza lo acompaña desde pibe y lo obliga a los más diversos oficios, dándole apenas respiro para cursar los primeros años de la educación primaria. Como señala César Tiempo, “Pepe hizo el escalafón de la calle: vendedor de diarios, lustrador de calzado, albañil, portero de escuela”. Después, vendedor ambulante de fruta pero, por sobre todo, albañil, que fue el oficio con el que pudo capear los temporales de las escaseces financieras”.

Su gran vocación por la literatura le permitió superar las dificultades propias de su condición de autodidacta y trabajador. En notable evolución, supo conquistar a la poesía, en su forma clásica tradicional, pero también elevarse a las nuevas formas de la vanguardia. Sus temas provienen de su compromiso social –que permitiría encasillarlo en el último resplandor del grupo Boedo, ya en disolución cuando él da sus primeros pasos- como así también de su consustanciación con el barrio y sus habitantes.

Su solidaridad social –que sólo excepcionalmente cae en el verso panfletario- lo conduce a los temas humildes de la vida del trabajo, iluminándolos con esa “luz liberada” que era su propósito artístico. González Tuñón señala: “Portogalo cantó a las usinas, a las fábricas sórdidas, a los suburbios grises, a todos esos lugares donde la luz está encerrada, como los inquilinatos o las viejas casas que los pobres tienen en el arrabal. En sus libros, a esa luz que tanto ama, la saca de su encierro, de sus múltiples encierros y la pone en sus poemas, cuyas palabras definitorias son madrugada, sol rocío, crepúsculo, atardecer, amanecer. Él liberó una luz recóndita, escondida en todos esos lugares pobres, feos y chatos, aparentemente nada poéticos y a esos aspectos sombríos los llenó de una luminosidad que, por otra parte, está en su interior, en su espíritu, en su manera de ser”.

A los 31 años (1935), publica su primer libro –“Tregua”- y poco después, el segundo titulado “Tumulto”. En este último, sus versos se yerguen condenatorios respecto a la injusticia social y allí comienza su marginación.

Presentado al concurso literario de la Municipalidad, el libro va a manos del jurado integrado por César Tiempo, el concejal socialista Juan Unamuno, el concejal conservador Lizardo Molina Carranza, José Oría y el poeta Enrique Banchs. César Tiempo recuerda que Banchs quería premiar a Jorge Obligado, hermano del conocido Carlos Obligado, de una familia estanciera del litoral, a los cual se oponía Tiempo pues consideraba que el premio –mil pesos- debía otorgarse a los poetas pobres como aliciente para que siguieran escribiendo, y ayudándolos a superar sus urgencias económicas. Tiempo señala que convenció a los concejales y logró la mayoría del jurado, por lo cual se le otorgó el premio a Portogalo. “Al día siguiente, la noticia se publica en “La Nación”. El intendente De Vedia y Mitre compra el libro y luego lo llama enseguida a Molina Carranza, concejal de su partido y le dice: “Le voy a leer una poesía, a ver qué le parece. –Y lee-“:

“TUMULTO”
Me trepan los insultos –mareas numerosas-
como trepan los hijos al cariño del hombre.
Tengo las ansias llenas de ganarme en un grito.
Grito: ¡La vida es nuestra! y abro los horizontes.

Puertas de bronce viejo, de hierro remachado
caerán cuando se agrupen las voces en un puño
Hombres desvencijados, de espaldas a la vida
Así dancen las balas, no seréis de este mundo.

A los calvos de ideas con sangre de pantano
A los viejos que ensucian las palabras más altas
les hago una advertencia: conmigo están los brazos
de aquellos que arrancaron de sus ojos las lágrimas.

La humildad –ese viejo mascarón- no hará suya
nuestra carne que es nudo de un clamor que echa ramas
y en sus climas oscuros, como a un árbol, raíces
nutren de savia pura los cuencos de su entraña.

Y guay del que esté contra nosotros, los pobres
esos ríos de sangre, silenciosos y lentos,
que bajan hasta el pozo más hondo de la tierra
que suben hasta el límite más alto de los cielos.
La vida es de nosotros, los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu y de fuerza
Y que jamás –o nunca- tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.

… Nos vejan, nos explotan, nos reducen a cero
Si agitamos un grito de protesta nos castran,
nos orinan la baba de un exiguo salario
y nos cuadran en leyes, como a bestias de carga

Y hablan de la Piedad, de la Bondad y el Arte
sacerdotes, artistas, profesores, poetas,
los que en nombre del pueblo se erigen en vigías
¡esos hijos de puta, con almuerzo y con cena!

Ah, señor Jesucristo: no queremos tus frases
-panes sin levadura- magníficas, humanas,
que no son más que frases pero que nos inhiben
y destapan, astutas, nuestros poros de lágrimas

No queremos tus frases. Yo que vengo de abajo
y que anduve entre obreros con hambre y manos sucias,
que sé lo que es el mundo, este mundo de mierda
te lo digo derecho: ¡tus palabras son putas!

¡Al carajo con todas las parábolas bellas!
¡Al carajo con todos los escrúpulos sordos!
Presentemos las armas proletarias del mundo
Y a tiro limpio, firmes, vaciémosles los ojos.

La vida es de nosotros, los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu y de fuerza
y que jamás –o nunca- tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.

Después de un silencio, el intendente le dice al concejal: “Este poema pertenece al señor José Portogalo y es del libro premiado en el concurso municipal.”

Según César Tiempo, Molina Carranza tartamudeó: ¡Caramba! ¡Esto es un horror!

-No sólo es un error- le responde De Vedia –sino que usted lo ha votado para un premio municipal-. ¿Cómo es eso, concejal?
-¡Retiro la firma! ¡Retiro la firma!”, grita Molina Carranza.

Lo ocurrido más tarde da origen a varias versiones. Según una, la misma municipalidad secuestra el libro. Tiempo no recuerda este hecho, pero sostiene que José Capezze, redactor de “La Prensa” inició un juicio contra los jurados, por malversación de caudales públicos y que de parte de la policía –o de la municipalidad- también se sustanció judicialmente una denuncia por ultraje al pudor. Tiempo asegura, asimismo que a Portogalo le quitaron la carta de ciudadanía y se tuvo que ir a Montevideo.

Años después, cuando regresa al país, reside en Rosario y luego, en Córdoba. Entre 1937 y 1942 publica tres libros: “Centinela de la sangre” (1937, dedicado a la memoria de Federico García Lorca), “Canción para el día sin miedo” (1939) y “Destino del canto” (1942). En 1947, lanza “Luz liberada”, considerado, por Raúl González Tuñón, como uno de sus mejores libros. Poco después, publica “Mundo del acordeón” (1949) y en 1952, “Perduración de la fábula”, “una de sus obras más ambiciosas –señala Pedro Orgambide- que confirma sus valores como poeta”. En 1955, aparece “Poemas con habitantes”, donde recrea personajes del pueblo, con imágenes entrañables y también a poetas, compañeros de los caminos literarios y políticos, como Antonio Machado, Raúl González Tuñón, José Pedroni y José Sebastián Tallón.

En 1957, lanza “Letra para Juan Tango”, un conjunto de breves poemas, cargados de ternura y de consustanciación con el mundo popular:

Juan Tango, ¡qué hermosura
la palabra vereda
lagartija, organito
macanudo, pebeta!...

Juan Tango, un lagrimón
de gringo en la cantina
Juan Tango, la habanera
Juan Tango, la milonga
chiquilín retobado
de rodillas peladas
y una lágrima rota

Juan Tango, analfabeto
y una mala palabra
en el rocío… No te mientas,
Juan Tango, no te mientas
Eres de abajo,
grita conmigo: Soy de abajo.

En todos estos libros perdura el afecto hacia el ciudadano anónimo de Villa Ortúzar, donde el poeta reside muchos años y ese gusto por lo popular que lo hace sentirse bien en las canchas de fútbol, a las cuales concurre, domingo a domingo, como si necesitase estar entre la multitud, uno más inmerso en la presencia caudalosa, hermanado por una misma esperanza. Mantiene, asimismo, inalterable su convicción en un mundo mejor, solidario, libre de sordidez y competitividad. “Portogalo –afirma Ulises Petit de Murat- mantuvo su valor, su coraje, su decoro. Y ello le ha costado mucho, una gran pobreza”.

Desde Mendoza, lanza, en 1961, una antología de sus poemas, con un ensayo del crítico Luis Emilio Soto, donde se revalida su obra. César Tiempo sostiene entonces que “sus libros lo instalan entre los primeros poetas del continente, un poeta fiel a su destino de hombre del pueblo cuya poesía, acto solidario y ardiente, permanece ajena a la cláusula gnómica y fácil en la que resuenan antiguas voces mostrencas. Su materia es toda traslúcida y musical y humana y el rigor de la palabra, absoluto. Porque quien canta es un hombre cuya mirada descubre a cada instante zonas inéditas de pasión y de energía”. Juan Marinello ha escrito, asimismo, que ante un libro como “Luz Liberada”, “hay que echar las campanas al vuelo por más de una razón… La luz liberadora de un poeta verdadero comienza su obra definitiva. Nuestra América debe saberlo”.

Sin embargo, no lo sabe suficientemente. Las irrespetuosidades de Portogalo fueron muchas y se pagan caro. No sólo con la pobreza, como afirma Petit de Murat. También con el silenciamiento, con la marginación, con “el olvido” premeditado de quienes se olvidan porque tienen demasiada memoria. Y continúan considerándolo un escritor peligroso.
Fallece en Buenos Aires, en setiembre de 1973.
(N.Galasso, Los Malditos, Tomo I, página 336, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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CARLOS GUIDO Y SPANO (1827 – 1918)

OTRO MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Los textos escolares son responsables de que Carlos Guido y Spano sea recordado como un señor viejito, de luengas barbas, que era visitado por los chicos de los colegios y que había escrito dos coplitas que daban gusto:

Qué me importan los desaires
con que me trate la suerte
Argentino hasta la muerte
he nacido en Buenos Aires.

y

Llora, llora, urutaú
en las ramas del yatay:
ya no existe el Paraguay
donde nací como tú.

De los primeros versos queda la imagen de un poeta porteño, que finca su carácter de argentino, en la circunstancia de haber nacido en Buenos Aires. De los segundos, peor aún, una sencilla coplita inocente, fácil de recordar, que habría sido destruida por el general Mansilla: “El urutaú no llora, el yatay carece de ramas y el Paraguay continúa existiendo…”. Por su parte, “La Nación”, lo recuerda así: “Murió a los 91 años. Sus prosas, en las que abunda la ironía, abarcan más de 800 páginas, en las que narra desde los recuerdos de infancia hasta la polémica política. Fue gran crítico de teatro y fervoroso músico. A sus ensayos históricos y polémicos, se une una copiosa correspondencia con los notables de la época… Tradujo autores clásicos y poetas franceses”.

El otro Guido y Spano, el verdadero, aparece apenas se indaga seriamente en su vida. Nace en Buenos Aires, el 19 de enero de 1827. Acompaña a su padre, el general Tomás Guido, en sus funciones diplomáticas en Río de Janeiro cuando se produce el conflicto de la Confederación con Francia, por lo cual regresa, a Buenos Aires, a los trece años, para incorporarse al ejército de Rosas ante la amenaza extranjera.

En 1848, se encuentra en París cuando estalla la revuelta popular, con perfiles socialistas y él se juega la vida, en las barricadas, junto a los obreros insurrectos. Así, el muchachito de 21 años aparece vinculado a una de las primeras revoluciones proletarias. Años más tarde, en 1851, empuña las armas nuevamente, junto a los trabajadores, al estallar en París un nuevo alzamiento.

Producida la ruptura de Buenos Aires con la Confederación (11/09/1852), tanto él como su padre toman partido por la Confederación urquicista frente a la burguesía comercial porteña. Allí nace el antimitrismo que habrá de sostener, en los años próximos, de manera consecuente y enérgica. Aún no ha publicado ningún libro, pero ya cultiva la poesía.

Pocos años después, producido el sitio de Paysandú –prolegómeno de la guerra de la Triple Alianza- se solidariza con el partido blanco oriental y junto a Rafael Hernández y otros patriotas se suma a los defensores de la ciudad, liderados heroicamente por Leandro Gómez. Iniciada la trágica guerra, publica varios artículos en el periódico “La América”, que luego, en 1866, convierte en el libro titulado “El gobierno y la Alianza”.

Allí denuncia la represión realizada por el gobierno de Mitre sobre las provincias interiores: “Al tumulto de la guerra civil, sucedió el silencio de la muerte en las provincias asoladas. Toda resistencia estaba anonadada. Todos los opositores guerreros tendidos en los campos… El bravo General Peñaloza, patriarca armado de los llanos, que así guerreó contra la tiranía de Rosas, como combatió más tarde las dragonadas de Mitre, caía en brazos de su heroica esposa a los golpes del puñal asesino. Los bramidos de los leones del desierto no vendrían ya a perturbar las saturnales de la demagogia triunfante. La tierra estaba libre…”

Explica luego que aún quedaban, sin embargo, dos escollos: el gobierno oriental, en manos del Partido Blanco y el enhiesto y desarrollado Paraguay de los López: “Paysandú combate, Paysandú sucumbe. El gobierno de Mitre que engañando al país y a las naciones, se ha declarado neutral, suministra a escondidas, los proyectiles destinados a derribar el más fuerte baluarte de la independencia oriental… ¿Vamos, como se dice a libertar al Paraguay? ¿Y quién nos ha dado el derecho de intervenir en su régimen interno, de imponerle a balazos una civilización de que el hecho mismo sería su contradicción más flagrante?... La razón y la equidad condenan el pérfido sofisma al uso de los usurpadores antiguos y modernos”.
Pero su voz es acallada, lo mismo que la de Hernández y Andrade. Incluso es detenido por unos días.

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Esa tragedia de la “Triple Infamia” dura varios años, en los cuales el pueblo guaraní se juega entero en defensa de la patria, inclusive chicos de diez a doce años que empuñan fusiles y se lanzan a la lucha. Al concluir el genocidio, la población paraguaya queda reducida de 1.300.000 habitantes a sólo 350.000, en su mayoría muy viejos o muy niños. Ya no existe el Paraguay… y el poeta eleva en su recuerdo su “Nenia”, es decir “canción fúnebre”, el lamento de la mujer paraguaya a quien “la civilización” le ha matado al padre, la madre, los hermanos y el novio:

En el dulce Lambaré
feliz era en mi cabaña
vino la guerra y su saña
no ha dejado nada en pie
en el dulce Lambaré…

Padre, madre, hermanos, ay
todo en el mundo he perdido
en mi corazón, partido
sólo amargas penas hay
Padre, madre, hermanos, ¡ay!...

De un verde ubirapitá
mi novio que combatió
como un héroe en el Timbó
al pie sepultado está
de un verde ubirapitá…

Lo mataron los cambá
no pudiéndolo rendir
El fue el último en salir
de Curuzú y Humaitá
Lo mataron los cambá…

Llora, llora, urutaú
en las ramas del yatay
Ya no existe el Paraguay
donde nací como tú
Llora, llora, urutaú.

La lectura completa del poema permite dimensionar la frivolidad y estupidez del comentario de Mansilla.
En 1871, colabora activamente en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla.
Pocos años más tarde, en 1874, Guido y Spano se alista en la Guardia Nacional para enfrentar la insurrección liderada por Mitre que intenta evitar la asunción del presidente Avellaneda.

Dura ha sido la lucha contra la oligarquía porteña, en esa Buenos Aires donde son pocos los compañeros que enarbolan las banderas nacionales y populares. Por eso, se explica entonces que poco a poco se vaya replegando hacia el mundo de su poesía. Publica entonces, “Hojas al viento” (1871), “Misceláneas literarias” (1874) y “Ráfagas” (1879). Con el gobierno de Roca pasa a desempeñarse como vocal en el Consejo Nacional de Educación, tarea que realiza durante más de veinte años. En 1885, cuando Elisa Lynch, la viuda de Solano López, arriba al puerto de Buenos Aires y unos enfervorizados enemigos del Paraguay la abuchean e insultan, un se abre paso a bastonazos para protegerla: es Guido y Spano.

En 1899, publica otro libro de poemas titulado “Ecos lejanos”. Ya setentón, sufre un accidente callejero, que se complica después, con un reumatismo que dificulta su desplazamiento y lo obliga a recluirse en su casa, donde transcurres sus últimos años, convertido en un poeta ilustre, miembro de la Real Academia de la Lengua Española, y académico de la Facultad de Filosofía y Letras. Este último período, circunscripto a la literatura, convertido en venerable figura de la vieja época –pues ya tiene 90 años- y sometido al reposo en cama por su padecimiento reumático, logra hacer olvidar sus arrestos anteriores: el muchachito que peleaba junto a los obreros en las barricadas parisinas, el partidario de las montoneras federales, el denunciante de la guerra contra el Paraguay, el enemigo de la oligarquía porteña.

El 25 de julio de 1918 entra en agonía. Se le acerca entonces un sacerdote. Él se limita a sonreírle y menear la cabeza: -Otro día, padre…- E ingresa al silencio, estereotipada su figura como el viejito bonachón y lírico, una reliquia de otros tiempos a quien visitan los chicos de los colegios. (N. Galasso – Los Malditos – vol I – pág 305 - Ed Madres de Plaza de Mayo)

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LUIS MARÍA ALBAMONTE (AMÉRICO BARRIOS) – (1911-1982)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Ausente hasta de las antologías menos exigentes y de las historias literarias más pródigas en nombres irrelevantes, Luis María Albamonte, que para sus trabajos de corte periodístico utilizó el seudónimo de Américo Barrios, fue uno de los escritores que con mayor talento y originalidad cultivó el cuento fantástico entre nosotros. Su pecado capital fue adherir a un movimiento político popular y estar muy cerca de su jefe máximo durante varios años.

Nacido en Chabás, departamento Caseros, Santa Fe, el 10 de marzo de 1911, su vocación de escritor se vincula estrechamente a la figura de su padre, un médico de campaña, interesado por muchas otras actividades, algunas tan alejadas de su profesión como la mecánica y la fotografía. “Un día –recordaba Albamonte-, inesperadamente, vi una fotografía en la que mi padre estaba rodeando una mesa. ¿Cómo un solo hombre puede ‘rodear’ una mesa? Él lo había logrado. Era el mismo en varias poses: serio, hablando, riendo, en tanto aparecía de pie haciéndole indicaciones a alguien que era él mismo y estaba sentado”. El truco fotográfico resultaba inexplicable para aquel niño de tres años en cuya tierna imaginación quedó plasmada la imagen, real y mágica al mismo tiempo, de su padre desdoblándose en infinitos personajes. Esa fotografía le había abierto las puertas de un mundo fantástico, maravilloso que –según propia confesión- influyó decisivamente en su obra literaria. “No fue ningún escritor quien me inspiró. No fue nada ni nadie más que mi padre, su vida y sus obras”.

Su primer trabajo literario lo publicó, a los 17 años, en la revista “El Hogar”, “heraldo fifí del barrio norte”, según calificación posterior del propio autor. Poco después verán la luz otros cuentos suyos en la revista multicolor de los sábados del diario Crítica, entre ellos uno titulado “El tríptico”, que su autor califica de “brulote feroz a la explotación del hombre por el hombre”. “Por aquella época y como consecuencia de estas publicaciones, no hubo entidad izquierdista que no me invitara a sus cenáculos”, ironizó alguna vez.

Su primer libro data de 1934. Es la novela “Yuba. Hombres perdidos en el amanecer” –historia de dos adolescentes marginados por la sociedad-, que fue recibida con grandes elogios por la crítica. Folco Testena, por ejemplo, en el “Giornale d’Italia”, titulará: “Ha escrito su primera novela y le ha resultado una obra maestra”. No menos laudatorio es el comentario de Crítica: “¡Ha ocurrido algo en la literatura argentina! Porque ¿en qué literatura existen páginas como éstas?”.
En 1937 y 1938, respectivamente, la editorial Ercilla de Chile le publica “El milagrero” y “Fusilado al amanecer”, novelas de amplia repercusión en Latinoamérica, en tanto en Buenos Aires da a conocer su primer volumen de cuentos: “El pájaro y el fantasma” (1937), en el que se incluye “La araña”, una de sus narraciones más estremecedoras.
En 1939 logra el principal galardón en el concurso literario del diario “La Prensa” con su cuento “La extraña fuga de Iván Gober” (publicado en la edición del 9 de julio de ese año), triunfando sobre más de cuatro mil obras participantes. Años más tarde cuando el diario de los Paz ataque sistemáticamente al gobierno peronista, va a solidarizarse con éste devolviendo la medalla de oro obtenida como premio en aquella ocasión.

También de 1939 son los cuentos de “La paloma de la puñalada”, uno de sus libros clásicos, con el que logra el primer premio municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires.

Para entonces la crítica en general se ocupa de él encomiásticamente, distinguiéndolo como uno de los escritores más promisorios de su generación. Juan Pinto, por ejemplo, afirmaba en 1941 que la de Albamonte “es una personalidad que va definiéndose sin desvíos”, y en relación a sus cuentos opina que “se desarrollan en un mundo de alucinación y ensueño, sin perder su raíz humana. Sus personajes, con angustias latentes que socavan sus energías, buscan caminos imposibles de liberación. (…) Se tiene la impresión de que el autor se fuga de su propia realidad, al lanzar bajo todas las albas, esos espíritus alucinados, que se aferran a una sombra, que jamás adquiere realidad.” Años más tarde, Hernández Arregui criticará esa actitud presuntamente evasiva de su literatura. Albamonte, sin embargo, siempre se preocupó por destacar que el basamento de sus fantasías, o por lo menos de muchas de ellas, era la realidad social del país. Por eso se molestaba si lo vinculaban a escritores como Borges “en una creación literaria de torre de marfil, de evasión y deshumanización”.

En 1942 reincide en el género novelístico con “Puerto América”, “epopeya del inmigrante en la Argentina”, obra elegida en una selección de novelas en castellano, editada por el Club Amigos del Libro Americano. De esta novela, en la que se equilibran sabiamente la escritura poética con la más cruda realidad humana, se vendieron, a poco de aparecer, más de 20.000 ejemplares.

Al advertir el fenómeno peronista, nuestro escritor adhiere a él de inmediato. “Había llegado la doctrina nacional tan ansiada en todos mis libros”, afirmará después. Por eso abandona por varios años la literatura de ficción y con el seudónimo de Américo Barrios dedica todos sus afanes a la tarea periodística. “El periodista –dirá posteriormente- ocupaba el lugar del escritor, porque podía ser más útil que éste a la causa del pueblo, en razón de los medios de difusión y de la resonancia directa de su trabajo”.
Durante la primera época peronista dirigió los diarios “El Laborista” y “Democracia”. En éste, que en su mejor época llegó a tirar 500.000 ejemplares, publicaban a diario sus artículos el presidente Perón (con el seudónimo de “Descartes”) y el por entonces intelectual trotskysta Jorge Abelardo Ramos (bajo el nombre de pluma de “Víctor Almagro”).

En setiembre de 1951 se desempeñó como secretario general del Primer Congreso Nacional de Periodistas. También publicó sus notas en la revista “Continente”, dirigida por Oscar Lomuto, y se desempeñó como rector de la Escuela Argentina de Periodismo. Asimismo se reveló en esos años como un exitoso comentarista radial, aquél que terminaba sus charlas con el latiguillo: “Así está el mundo, mis amigos. ¡Claro que no en la Argentina!... ¿No le parece?”.
En 1953 retoma su labor literaria publicando los cuentos de “El viajero hechizado”, por el que obtiene el primer premio nacional de Literatura. Este libro está dedicado así: “Al General Juan Perón, Libertador de mi Patria”. Y en un breve prólogo sentencia el autor: “Los cuentos de ‘El viajero hechizado’ corresponden a dos épocas de mi vida, que son dos épocas en mi país. La de la buenaventura –actual-, y la otra. El lector los descubrirá inmediatamente. En unos están la angustia de vivir, la desolación de no tener ni siquiera esperanzas, la búsqueda de la muerte, el escarnecido itinerario de la ternura y de la solidaridad, y en otros el júbilo y la felicidad. Y en todos ellos, y aun como islas, una serena o angustiosa incursión por caminos misteriosos, que dejarán de serlo algún día”. Entre los cuentos de este volumen que él rescataba como representativos del momento que se vivía, se hallan “El incendio”, “El almanaque” y “Támber tiene un ángel”, “elogio a la política agraria, a la política obrerista y de la Fundación Eva Perón”.

Al mismo tiempo, en su carácter de periodista militante, publica dos folletos hoy inhallables “La prensa amarilla” y “La verdad periodística” “andanadas contra el infame aparato periodístico norteamericano”.

Producido el golpe reaccionario de 1955, se exilia en Paraguay, donde forma parte de uno de los comandos de la resistencia y en setiembre de 1957 viaja a Caracas, donde se encuentra radicado Perón. Allí, en largos diálogos con el expatriado líder, va a ir recopilando los materiales de su libro “Con Perón en el exilio”, que publicará en Buenos Aires recién en 1964. Cuando en enero de 1958, estalla un golpe contra el presidente venezolano Pérez Jiménez, Perón y sus amigos –entre los que se halla Albamonte, a la sazón secretario del General-, se refugian en la embajada de República Dominicana. “La sede de la embajada dominicana –describe Albamonte-Barrios- era como una leve cáscara de nuez en el mar tempestuoso, como una minúscula casilla de cenizas expuesta a la furia que vagaba, imponente, por la ciudad”. Tal vez en esa situación tan crítica, germine en el narrador desterrado la idea del cuento “El revolucionario” (“El último hombre de la Tierra”, 1979), donde una multitud enardecida ultima a su propio líder (y a su lugarteniente), a los que confunden con el enemigo. Finalmente, el grupo de argentinos salva el mal trance, y son trasladados a Ciudad Trujillo, donde permanecen dos años.

En enero de 1960 Perón y sus colaboradores consiguen asilo político en España. Se instalan primero en Torremolinos y finalmente en Madrid. Al cabo de un año, y con motivo de las elecciones programadas en la Argentina para marzo de 1962, Perón decide enviar a Albamonte como su delegado personal a Montevideo. Allí cumple una serie de misiones encomendadas por el líder y luego se traslada a Buenos Aires donde, a fines de octubre de 1961, funda el periódico “Recuperación”, el que contará con colaboraciones de “Descartes”, es decir del propio Perón. Las elecciones que en la provincia de Buenos Aires darán el triunfo a la fórmula peronista Framini-Anglada, terminarán con la caída del gobierno constitucional de Frondizi y la instauración de un nuevo régimen cívico-militar.

Albamonte continúa entonces su carrera periodística y en 1964 comienza a colaborar en el diario “Crónica” dando testimonio de sus años de exilio. Héctor Ricardo García le ofrece la dirección del matutino y publica su serie “Mi vida con Perón”. En la empresa de García permanecerá hasta 1978. Allí dirige, además de “Crónica”, el vespertino “Última hora” y la revista “Flash” y se desempeña como columnista en el noticiero de “Teleonce”, también en manos de García. Por esta última actividad recibe, en 1972, el “Martín Fierro” al “mejor periodista de la televisión argentina”. Un año antes, en una entrevista que le realiza la revista de Bernardo Neustadt “Extra”, afirma: “soy peronista y lo continuaré siendo hasta que me ofrezcan algo mejor. Si mi ‘adversario político’, sea quien fuere –aunque se trate del mismo diablo-, hace lo que el peronismo propugna, lo ayudaré con todas mis fuerzas. Queda en claro una cosa: soy hombre del pueblo y del país más que de un Movimiento”.

En 1967, luego de 14 años de silencio había retornado al ejercicio de las letras con su libro de cuentos “Los invasores”, editado por Peña Lillo. El tiempo no ha pasado en vano ni, sobre todo, su vinculación con Perón. Ahora el eco periodístico resulta poco menos que glacial y quienes se dignan comentar la obra es para filiar presuntos parentescos con el autor de “Crónicas marcianas”. Indignado, Albamonte responde a uno de esos críticos anónimos: “El lamentable ignorante no sabía que cuando yo publicaba esos cuentos, Ray Bradbury todavía no sabía leer ni escribir”.

Pese a las críticas aviesas y los silencios cómplices, sigue produciendo y entre 1978 y 1979 va a publicar otros dos libros de cuentos, a la postre los últimos. En “Diez enigmas con una rosa” su escritura se adensa casi hasta el hermetismo. Son verdaderos cuentos de amor, locura y muerte. La fecha de su publicación (1978) podría ser una explicación a ello. El último cuento, “La línea invisible”, termina así: “El sapo se detiene ante nosotros. Y no es un sapo. Es el gerente de mi oficina. Me arrebata la rosa. Se la coloca en la solapa y con toda su fuerza poderosa nos atraviesa con su vieja espada, cortadora de cabezas… ¿Quién ríe, interminablemente, en el oscuro horizonte?”. Elías Castelnuovo le escribe a raíz de este libro: “No sólo en su proceder personal hubo una línea de conducta, también en su literatura se repitió idéntico fenómeno”.

Al año siguiente se despide de la literatura con “El último hombre de la tierra”, cuentos futuristas que trascienden el marco de la ciencia ficción convencional y lo ubican entre los mejores creadores nacionales dentro de este género.
Murió en Buenos Aires el 4 de febrero de 1982. (J.C. Jara, Los malditos, Tomo IV, página 155. Ed Madres de Plaza de Mayo)

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OLIVERIO GIRONDO  -  (1891 - 1967)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 17 de agosto de 1891, en una familia de estancieros, emparentada con los Uriburu y los Anchorena, entre otra gente de la clase dominante. A falta de un biógrafo capaz de analizar, en profundidad, su vida y su obra, algunos periodistas han simplificado su  caracterización. Para algunos es: “El príncipe de los poetas”, notable por “sus epítetos, su vasta cultura, su refinamiento y también su desparpajo”, que fumaba cigarrillos “que llevaban sus iniciales en una punta”, atraído “por el misterio, el absurdo, universos donde el poeta puede residir con más derechos y obligaciones que en la Tierra”. Para otros, “un millonario que no trabajó nunca, hijo de estancieros, sobrino de Uriburu y miembro nato de una clase que se complacía en ejercer lo sublime, aunque él le había declarado la guerra a la levita”. También lo consideran capaz, en su libro “La masmédula”, de “una orgía de combinaciones verbales, un esplendor idiomático jamás conseguido en la literatura española”. Otros reseñan: “Un dandy, incansable viajero, gran bromista y gran poeta”, o “Los muros de la lengua cedieron a la imaginación libertaria de este inventor de códigos impensables”, “un humor feroz, una poesía revolucionaria que no tiene parangón en las letras argentinas”.

Algunos datos de su vida y su obra parecieran ratificar buena parte de estos juicios. Estudiante en el colegio Epson, de Londres y en el liceo Albert le Grand (París), se recibe de abogado, aunque nunca ejerce. En cambio, prefiere vivir de rentas de los campos de sus mayores y viajar:

A veces rotundo
a veces muy hondo
se va por el mundo
girando, Girondo.

En esos viajes, se deslumbra con las vanguardias europeas. En 1922, publica “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía”, libro que alcanza importante repercusión por su renovación estética. En 1925, aparece la segunda edición y además, lanza “Calcomanías”. Poco después se convierte en uno de los principales animadores del grupo literario “Florida”, expresado en la revista “Martín Fierro”. Redacta el manifiesto de los “martínfierristas” donde prevalece la reivindicación del vanguardismo, así como cierto aristocratismo respecto al público y rasgos de rebeldía cuestionadora, usando la ironía como el ariete contra la rutina, tabúes y mitos instalados en la sociedad porteña de la época.

En 1932, lanza su libro “Espantapájaros” haciendo pasear, por la ciudad, una carroza fúnebre tirada por seis caballos llevando un espantapájaros y logra vender 5000 ejemplares en un mes. A mediados de la década del ’30, continúa en la dura indagación del lenguaje recibiendo, además, influencias surrealistas. En 1937, publica “Interlunio” y en 1942, “Persuasión de los días”. En 1943, se casa con la escritora Norah Lange. Modifica su estilo, en 1946, con “Campo nuestro” y a partir de 1950, comienza a pintar dentro de una orientación surrealista. En 1937, publica “Interlunio” y en 1942, “Persuasión de los días”. En 1943, se casa con la escritora Norah Lange. Modifica su estilo, en 1946, con “Campo nuestro” y a partir de 1950, comienza a pintar dentro de una orientación surrealista. En 1954, publica “En la masmédula”, donde se torna más hermético, recurriendo a símbolos o expresiones propias del dadaísmo, que sin embargo, no alcanzan a disimular cierto hastío y una creciente confrontación con su medio social. Realiza nuevos viajes, publica varias reediciones y en 1964 es atropellado por un automóvil, accidente del cual no logra reponerse plenamente. Fallece, en Buenos Aires, el 24 de enero de 1967.

Con solamente estos elementos de juicio, más los provenientes de una lectura atenta de su poesía, podría concluirse que era un hombre de la clase alta, con algunas rebeldías para escandalizar en los clubes, ajeno totalmente a toda inquietud por la suerte de sus conciudadanos.

Pero ocurre que la casi totalidad de los críticos han olvidado algunos detalles de la vida de Girondo, que han sido recordados excepcionalmente. Por ejemplo, Francisco Urondo señala que Girondo “fue irigoyenista en sus tiempos –no alvearista- y que tuvo una desinteresada y efímera esperanza en Frondizi, años después, que luego revirtió en desprecio y arrepentimiento: ‘Cómo me pudo engañar ese mentiroso’, decía”. También Urondo hace referencia a que Girondo es autor de un libro titulado “Diario de un salvaje americano” que, según sugiere Ramón Gómez de la Serna, provendría de un giro del poeta hacia lo latinoamericano, pero que habría permanecido inédito y no integra sus obras completas. Por otra parte, Alberto Perrone alude “a la preocupación por el hombre, lo que él ocultaba bajo la broma mordaz, como si la diversión profunda no fuera sino un modo de acceder a lo humano”.

Jauretche por su parte, sostenía que el poeta nada tenía que ver con el resto del mundillo literario oficial, que era profundamente nacional y se interesaba mucho por la obra realizada por FORJA, de la cual era cotizante. Como advierte el lector, estos datos cambian el perfil de don Oliverio.
Pero existe aún otra cuestión que la mayor parte de críticos y comentadores han omitido y que sólo Jorge B. Rivera tuvo la valentía de hacer pública en “La Opinión”, del 15/07/1973. Se trata de un breve pero importantísimo ensayo político publicado en 1940, que lo revela en una faz desconocida: su posición antiimperialista. El lector seguramente se sorprende: el dandy, el aristócrata, el esteticista, el millonario ¿podía acaso preocuparse por el imperialismo?

Ese folleto se titula “Nuestra actitud ante el desastre” y en sus parte fundamentales sostiene:

“No basta denunciar la existencia de la organización nazi entre nosotros, ni delatar los peligros que ella entraña… Hay que comprender, sobre todo, que no existe otra manera de combatirla, ni de aunar la opinión pública del país, que indicarle que ha llegado el momento de liberarnos, de una vez por todas, de la opresión económica, casi secular, que nos asfixia. Antes de adquirir una cabal conciencia de nuestros intereses vitales y de plantear esos problemas con un espíritu argentino, no será posible la aparición de un movimiento nacional, no decimos nacionalista, sino nacional. Mientras la economía del país se encuentre, en su mayor parte, en manos extranjeras y todos los servicios públicos no nos pertenezcan, resultará ilusorio defendernos del atropello exterior o erguirnos ante cualquier amenaza externa… Nuestro anhelo de emancipación no responde a un bajo instinto de codicia, sino a la necesidad impostergable de expresar nuestra personalidad, ya que es inconcebible la existencia de un espíritu propio en un organismo que no nos pertenece… Envanecidos por el hecho de figurar entre los grandes países exportadores, hemos permitido que Europa falsee, por medio del halago y del soborno, el ritmo de nuestro desarrollo, hasta llegar a preocuparnos de sus necesidades muchísimo más que de las nuestras. De ahí que la riqueza minera del país se halle todavía inexplotada y que nuestras primitivas industrias locales hayan desaparecido. De ahí que un centralismo absorbente justifique los anacrónicos resentimientos regionales y lo que es mucho más grave e indignante, que en vez de aumentar nuestra capacidad de consumo, se permita que en el interior la gente se desnutra y degenere… Mientras, aquí y allá surgen grupos inconexos que pueden disentir en las teorías pero que, en realidad, sólo esperan al hombre capaz de convencerlos de que ha llegado el momento de olvidar toda preocupación extranjera para ocuparnos de nuestros problemas y ser, de una vez por todas, nada más que argentinos. La autenticidad de ese clamor alcanzaría una repercusión tan honda en el país, que no sólo permitiría diagnosticar la causa de toda sordera; fortalecería la autoridad de quienes tendrán que solucionar esos problemas, al concederles la libertad de acción que necesitan y que sólo les otorgaría un movimiento esencialmente nacional… Mientras el continente no recupere la cohesión que poseyera durante la colonia y que ha ido perdiendo, un poco por desidia y mucho más por influencias extrañas, nos hallaremos en pésimas condiciones para tratar con Europa y careceremos de la autoridad que reclaman nuestras negociaciones con los Estados Unidos, de los cuales tendremos que proveernos de cuanto necesitan nuestras industrias y nuestra defensa, a pesar de que el espíritu y los métodos expansionistas de su política justifiquen todas las precauciones y todos los recelos… Es una patraña que el capital extranjero merece una gratitud eterna por su generoso desinterés… No contento con esquilmarnos ha trabado, en cierta forma, nuestro desenvolvimiento y ha pervertido la conciencia pública del país… Hay que exigir nuestra independencia económica… La única posibilidad que nos queda es defendernos desde nuestro propio suelo y desde América… Existe una casta que con escasas excepciones, se ha preocupado principalmente de entregarlo todo al extranjero… Acostumbrados a vivir bajo la fascinación de lo europeo, la mayoría es incapaz de comprender las posibilidades que esta reacción implica… Viven tan absorbidos por todo lo que sucede del otro lado del Atlántico… Pero de nada vale saber lo que sucede en Europa y percibir que su decrepitud le ha impedido adaptarse a las exigencias del mundo moderno. De nada vale comprender que su derrumbe se debe, más que nada, a que el capitalismo ha corrompido su conciencia y sus instituciones”.

Quizás este folleto haga luz sobre un comentario, al pasar, de un periodista de “Primera Plana”: “Se le paró el corazón. La Argentina perdía al Príncipe de sus poetas. En verdad, lo venía perdiendo desde la década del ’40, cuando los escritores consagrados por la crítica y la crítica consagrada por los escritores, se alejaron de él, de miedo a contagiarse de su perpetua inquietud”. Precisamente, esa “inquietud nacional” ha sido cuidadosamente silenciada para ofrecernos una imagen parcial de Girondo, mientras el verdadero y completo Oliverio Girondo ingresaba a la galería de “los malditos”. (N.Galasso, Los Malditos, V I, Pag. 300, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ LUIS BETINOTI  -  (1878 - 1915)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nacido el 25 de julio de 1878, en el pueblo bonaerense de 25 de Mayo.
Desde temprana hora, sucesivas adversidades oscurecieron su vida. Debió reemplazar al padre muerto en el cuidado de su familia (En “Recuerdo de dolor” evocó la pérdida paterna y el desamparo de su mundo familiar).

Todo oficio era bueno para ganarse el sustento, fue de hojalatero a torneador de taco Luis XV. “¿Tus manos? Tus fatigadas manos de hijo de inmigrante, se tajearon con la trincheta de acero cortando hojas de charol sobre el mármol de un taller de zapatería…” (Homero Manzi, Poemas, Prosa y Cuentos cortos de Homero Manzi. Corregidor. 1998. “José Betinoti”).

Habiendo contraído matrimonio con María Cacciamatta en 1897 en la Iglesia San Carlos, ubicada en las actuales calles, Hipólito Yrigoyen y Quintino Bocayuba, de la Ciudad de buenos Aires, debió aceptar que su mujer continuara trabajando de cigarrera, único ingreso seguro del hogar que fundó antes de cumplir veinte años. Se despidió de la ilusión de un hijo al morir éste, José Juan, a los siete meses.

Afincado en el barrio de Almagro, en casa de inquilinato de México al 3500, se muda luego a San Telmo. Ambos barrios tradicionales le facilitarían el vínculo con el suburbio.

Por esos días el payador no había nacido todavía. Ocasionalmente, entre un vals y una polca, despuntaba el vicio. Durante largo tiempo Betinoti tuvo que resignarse a ser un postergado. La élite payoril no le daba cabida.

En una crónica periodística (Clarín, setiembre 4 de 1949) contó Ismael Moyá: “Betinoti había cumplido veintitrés años y padecía del petulante menosprecio de los consagrados”.

La amistad con el payador Luis García, su maestro (que compartía el mismo inquilinato de la calle México) le permitió abrirse paso, revertir en aplausos los desprecios. García, ya famoso, lo empapó de su propia experiencia, le enseñó a domesticar mejor sus versos. Pero hizo algo más. Lo introdujo en el circo que funcionaba en la esquina de Venezuela y Maza (Segunda Belgrano se llamaba entonces) y donde era estrella.

Entre 1899 y 1901 estuvo al lado de García. En años posteriores cantó con otro payador de envergadura, Gabino Ezeiza.

Uno de los maestros visibles de Betinoti fue Pedro B. Palacios (Almafuerte), como lo delatan algunos de sus sonetos, empezando por “Los payadores”, cuyo epígrafe reconoce explícitamente esa influencia.

Su popularidad naciente le hace publicar folletos de versos y colaborar en la revista “La Pampa Argentina”.

Por su énfasis sentimental, por sus dolidas invocaciones al amor materno, por su crepuscular acento, fueron esas letras las que conquistaron repercusión epidémica.

Lograba sobresalir cuando avanzaba hacia lo estrictamente autobiográfico: las lamentaciones por la madre, los desengaños personales, las melancólicas vigilias amorosas. No es por azar que la pequeña inmortalidad de Betinoti haya encontrado tierra firme en páginas como “Tu diagnóstico”, “Pobre mi madre querida”, o “Como quiere la madre a sus hijos”.

Cantados y vueltos a cantar por sucesivos intérpretes (Carlos Gardel, Hugo del Carril, Alberto Castillo, entre otros), la perduración de títulos semejantes se explica por su misma bifurcación en otras voces. En una letra como “Remembranzas”, registraba parte de su vida, y las tempranas desilusiones de su autor.

El Betinoti más perdurable pertenecía al suburbio, a su mitología sentimental, a su habla. En “Del arrabal” (dedicado a Enrique Muiño) el payador rimó las jactancias de un compadrito que corteja a una nueva candidata. En “El cabrero”, otro malevo protesta a su dama por los desaires económicos que le inflige.

Pero, su militancia política y social es poco conocida, quizás por no compartir las ideologías del grupo liberal que gobernaba el país en el contexto que al payador le tocó participar. Claro ejemplo es su “Alem”: “Al ilustre ciudadano/ de preclaro patriotismo,/ que consagrado al civismo/ supo luchar por el bien,/ que sí dejo vinculado/ su nombre en honrosa historia,/ es digno de la memoria/ el doctor Leandro N. Alem”.

Próximo a los festejos del Centenario, en pleno auge del liberalismo de la Generación del ’80, de puro corajudo participó en la provincia de Santa Fe en una celebración partidaria del Radicalismo y cantó una composición suya, “Unión Cívica Radical”, que anatematizaba contra “caciques y mandones”.
Claro que con actuaciones como estas se silenciaba políticamente y, desde entonces, fue el enfoque maternal el que lo acompañó en su labor artística.
La alabanza del Radicalismo que transmite esa página y la glorificación de Leandro Alem en otra no parecen haberle impedido, también su adhesión al Socialismo. Su canto “El obrero” quizá certifique, aunque difusamente, tal pretensión.

Es de aclarar que, aunque habitualmente se escribe el nombre Betinoti con “doble te” (al principio o al final, según el capricho de cada uno), mantenemos la grafía de su apellido de acuerdo con su firma personal.
Una anécdota bastante difundida sostiene que mientras agonizaba, una cuerda de su guitarra, la prima, se quebró con estallido similar a la queja. Si no es cierto, merece serlo.

Era un 21 de abril de 1915 y Manzi, en la letra de su milonga, lo recuerda así:
“En el fondo de la noche/ la barriada se entristece/ cuando en la sombra se mece/ el rumor de una canción/ Paisaje de barrio turbio/ chapaleado por las chatas/ que al son de cien serenatas/ perfumó su corazón… Y la noche de los barrios/ prolongó un canto de amor/ animando tu recuerdo,/ ¡Betinoti, el Payador!” (R.A. Lopa, Los Malditos, vol. IV, pág. 165, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ GONZÁLEZ CASTILLO – (1885-1937)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Rosario, provincia de Santa Fe, el 26 de enero de 1885.

Huérfano de padre y madre antes de cumplir los diez años, vive una infancia errante que lo lleva a recalar en Orán, Salta, donde es amparado en su iglesia por el párroco del lugar. Primero oficia de monaguillo, luego de sacristán y finalmente ingresa en el seminario conciliar de la provincia. Se distingue como un alumno muy aplicado pero, carente de vocación sacerdotal, termina desertando del seminario, lo mismo que de un regimiento tucumano al que se incorporó poco tiempo después. Trabaja como peón de estancia, resero, y dependiente de pulpería. No tiene 20 años cuando regresa a Rosario. Se desempeña en otro sinnúmero de oficios, hasta que ingresa como periodista en el diario “La Capital”. Allí conoce a Lisandro de la Torre y anuda una fraternal amistad con Florencio Sánchez.

Hacia 1905 se radica en Buenos Aires. “Con Florencio, desarrapado y rebelde como Castillo –dice Federico Mertens-, frecuentan sociedades secretas y proletarias y conocen algunas veces los calabozos”. En el café de Los Inmortales conoce al escritor libertario Alberto Ghiraldo quien lo hace ingresar a “La Protesta”, diario anarquista. De esa época es su primera obra teatral: “Los rebeldes”. El cuadro filodramático que la estrenó, el público asistente y el mismo González Castillo terminaron la velada entre rejas. Así –dice César Tiempo- nuestro autor se empezaba a hacer un nombre en el teatro y en los archivos policiales. Pero el pichón de dramaturgo siguió adelante sin arredrarse. A “Los Rebeldes” sucedió “Del fango”, sainete estrenado por Pepe Podestá en 1907 y dos deliciosos cuadros orilleros en verso: “Entre Bueyes no hay cornadas” (1906) y “El retrato del pibe” (1908). Le siguen “Luigi” (1909), su primer gran éxito, y “La telaraña” (1910), donde denuncia la deshumanización del sistema policial y jurídico, retomando la metáfora del “Martín Fierro”, así glosada por el protagonista: “Francamente, amigo, bien dijo aquél que dijo que la justicia era una tela de araña; enredada y elástica como ella, solo atrapa a los bichos débiles”.

Hacia la fecha del primer centenario debe emigrar con su familia a Valparaíso, Chile, donde se gana la vida correteando vinos y –para despuntar el vicio- dirige el periódico de combate “Bric a Brac”. Su actividad periodística le depara aquí también problemas con las autoridades por lo que decide regresar a Buenos Aires. Se afinca ya definitivamente en el barrio de Boedo, al que legará memorables proyectos culturales como la Universidad Popular (fundada en 1928) y la peña cultural Pacha Camac (1932) que comenzó funcionando en los altos del café Biarritz y lo sobrevivió casi dos décadas. También dejó una larga serie de discípulos (desde Betinoti hasta Homero Manzi) que entendieron lo que éste llamó su “estético criolla”, en la que lo popular no se confunde con la chabacanería ni con la “jerarquización” elitista, a las que son tan proclives algunos artistas de ayer y de hoy.

En los años que van de 1914 a 1918 se consolida como dramaturgo a través de títulos como “Los invertidos” (1914), “El hijo de Agar” (1915), “La mujer de Ulises” (1918), “Los dientes del perro” (1918). En esta última pieza estrena su primer tango “¿Qué has hecho de mi cariño?”, al que siguen “Sobre el pucho” (1922), “Organito de la tarde” (1924), “Griseta” (1924), “Silbando” (1925), “El aguacero” (1930) y muchos otros, escritos en su mayoría sobre música de su hijo Cátulo.

Decidido partidario de los nuevos medios masivos, participa de los primeros balbuceos de nuestro cine con los guiones de “El fusilamiento de Dorrego” (Mario Gallo, 1909) y “Juan Moreira” (1910). En 1913 escribe el guión de la historieta cómica “Viruta” y en 1915 redacta las leyendas de “Nobleza gaucha”, el primer gran éxito del cine nacional.

También, después del ’20, escribe para la radiofonía y cultiva, con ingenio, el nuevo género de la revista porteña. Pero su labor no se agota allí. En 1909 crea la revista especializada “Teatro criollo”, y al año siguiente se encuentra entre los fundadores de la “Sociedad Argentina de Autores Dramáticos y Líricos”, embrión de instituciones actuales como “Argentores” y “SADAIC”. Con certeza ha dicho José Antonio Saldías: “La vida de este escritor intensísima en episodios y en actividad mental e intelectiva, tiene la singularidad de una dedicación permanente a los problemas, conflictos y aspiraciones de la colectividad”.

Falleció repentinamente, mientras dormía, el 27 de octubre de 1937. Su obra aún está por justipreciarse. (Juan Carlos Jara, Los Malditos, T. IV, pág. 185, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JORGE B. RIVERA – (1936-2004)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Este intelectual peronista, hombre de vastísimas lecturas, capaz de asombrar al mismo Borges por su conocimiento del antiguo lenguaje anglosajón, y al mismo tiempo insólito perito en materias literarias comúnmente menospreciadas por la crítica “culta”, nació en Buenos Aires en 1935 y se inició como poeta, participando en 1956 de la “Antología de poesía Madi” y en el movimiento de este nombre fundado por el artista plástico Gyula Kosice.

Había cursado la escuela secundaria en Montevideo y en 1957 preparó su ingreso a Filosofía y Letras, pero finalmente desistió, al decir de Eduardo Romano, “porque era un autodidacta convencido y el estudio sistemático, pero impuesto desde afuera, debía resultarle inadecuado”

Poco después, junto a Romano, Susana Thenon, Alejandro Vignatti y Juan Carlos Martelli, editan los cuatro números de la revista “Aguaviva”, “resonancia local de la beat generation”. Por esos años publica toda su obra poética: “Poemas vecinos” (1957), “La explosión del sueño” (1960) y “Beneficio de inventario” (1963). Sin embargo, su adhesión a la poesía de vanguardia no le impide ahondar en los orígenes de nuestra literatura popular. Así, en 1968, la editorial Jorge Álvarez le publica su primera obra importante: “La primitiva literatura gauchesca”, erudito trabajo de investigación que había iniciado cuatro años antes. En la introducción afirma “que la creación más original del siglo XIX rioplatense fue la literaria ‘gauchesca’ y que ella –aun aceptando probables conexiones con fenómenos no literarios o no propiamente vernáculos- resume todas las notas de singularidad histórica y cultural que permite catalogar y descubrir el íntimo sentido diferencial de una literatura”.      Siempre con su amigo Romano –al que luego se sumará Aníbal Ford- profundiza, en esa década del ’60, sus análisis de las denominadas “literaturas marginales”: la novela por entregas, el radioteatro, la canción popular, la historieta. A esta área, desestimada prolijamente por la crítica oficial, Rivera y sus amigos acceden por sus lecturas de los “Cuadernos” de Gramsci, pero también y fundamentalmente, por su adscripción a un movimiento de identidad nacional y popular como el peronismo. Fruto de esa tarea y de ese compromiso cultural-militante son los trabajos de Rivero “Eduardo Gutiérrez” (1967), “El folletín y la novela popular” (1968), “Los bohemios” (1971), “Asesinos de papel” (1977) y “El cuento popular” (1977), casi todos publicados, en colecciones de extensa tirada, por el Centro Editor de América Latina.

Entre 1973 y 1976, durante el rectorado de Rodolfo Puiggrós, dicta “Literatura Argentina” y “Proyectos político-culturales en la Argentina”, en la facultad de Filosofía y letras de la UBA y publica en “Cuadernos de Crisis” dos estimables trabajos: “Discepolín” (Nº 3) y “El general Juan Facundo Quiroga” (Nº 8), ambos de 1974.

En la década que siguió –la nefasta noche del Proceso- continuó trabajando en colaboración con sus amigos Ford y Romano “con un método muy sencillo –comenta este último-: nos dividíamos el campo que abarcaría cada uno y al cabo nos reuníamos para ensamblar las dos partes, que solían acoplarse con una facilidad sorprendente”. De esa labor grupal surge otro libro valioso: “Medios de comunicación y cultura popular” (Legasa, 1985), al que Rivera contribuye con estudios sobre Discépolo, Borges, el humor gráfico, el radio y teleteatro y los medios masivos de comunicación de la Argentina.

Por esos días ocupa también la cátedra de “Historia general de los medios” en la carrera de Ciencias de la Comunicación, de la que terminará siendo director, y con los materiales reunidos para esa asignatura publica en 1986 “La investigación en comunicación social en la Argentina”. En adelante, el tema comunicacional, el periodismo y los avances en informática serán materia preferente de su análisis precursor. Así surgen en 1994 “Postales electrónicas. Ensayos sobre medios, cultura y sociedad” y al año siguiente “El periodismo cultural”, uno de sus trabajos más difundidos.

La producción de rivera –a nuestro juicio- suele resentirse por el uso inmoderado de una erudición y una cierta aridez estilística de neto cuño académico que, sin embargo, se justifica con amplitud si tenemos en cuenta que desarrolló buena parte de su quehacer en ámbitos universitarios, fuertemente reacios a esquemas y concepciones como los que él y sus amigos pretendían rescatar. Este fragmento, tomado de un artículo periodístico es representativo de su estilo y al mismo tiempo del carácter revulsivo de su pensamiento: “La epistemología y la pedagogía del colonizado, del subdesarrollado, del “negro”, del marginado, del periférico, tiene características indudablemente peculiares. El suyo es muchas veces (o casi siempre) un “saber” y un “hacer” de bricolaje, de asociaciones sorprendentes, de maridajes insólitos, como lo es el Barroco de Indias y el arte hispano-criollo, para el cual el higo que se coma a un burro o la famosa combinación lautreamontiana del paraguas, la máquina de coser y la mesa de disecciones (Cantos, VI, 3) es mucho menos fortuita e insólita de lo que se suele suponer (acaso porque Ducasse, en definitiva, era montevideano y se había criado entre los degüellos y las alucinaciones del Sitio Grande)”. (“Celestina y la pedagogía de la historia”, “Crear” Nº 10, septiembre-octubre 1982).

Asesor de la editorial “Punto Sur” durante los ’80 y director del suplemento cultural de “Clarín” y de la revista universitaria “Zigurat”, ese lector voraz que fue Rivera escribió también incesantemente. La fracción de su bibliografía mencionada hasta aquí es sólo una menguada nómina de las muchas páginas, generalmente dispersas en diarios y periódicos de diversa índole (“La Opinión”, “Crisis”, “Crear”, “El despertador”, “Cuadernos Hispanoamericanos”, “El País”, de Montevideo, “Superhumor”), que de reunirse constituirían un repaso exhaustivo e iluminador sobre buena parte de la historia cultural y política del país.

Jorge Bernardo Rivera era su nombre completo y falleció en el sanatorio Güemes, de Buenos Aires, víctima de una insuficiencia renal, el 27 de agosto de 2004. “Insolvente para el ejercicio autorreferencial –ha dicho Osvaldo Gallone-, sin vocación de cortesano y de bajo perfil mediático carece, previsiblemente, del reconocimiento que su obra mereciera”. (Juan Carlos Jara, Los Malditos, Tomo IV, página 206, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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ANDRÉS LIZARRAGA – (1919-1982)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en La Plata, provincia de Buenos Aires. Su temprana vocación por el teatro, recién empieza a concretarse en 1958, cuando estrena “Desde el 80”, obra escrita en colaboración con otra figura importantísima del teatro nacional: Osvaldo Dragún. En ese mismo año, también estrena “Los Linares”, recreación crítica de una familia de la clase dominante y “El carro eternidad”. También escribe libretos televisivos, como “Historia de jóvenes”. Asimismo, incursiona en la cinematografía, con “Castigo al traidor”, dirigida por Manuel Antín.

Pero sus creaciones más importantes se refieren al teatro histórico, donde recupera figuras silenciadas o deformadas por la historia oficial: el comandante Lira, en “Alto Perú”, Juana Azurduy, en “Santa Juana de América” y Juan José Castelli, en “Tres jueces para un largo silencio”. Con estas obras, donde se aúnan valor artístico con verdad histórica, señala un camino que lamentablemente ha sido poco transitado por los autores teatrales de la Argentina.

También escribe “Proceso a Juana Azurduy”, “Un color de soledad”, “¿Quiere usted comprar un pueblo?” y otras obras menores. Participa, en 1981, en Teatro Abierto. Su condición de hombre de izquierda, pero además con inquietud nacional, le vale el marginamiento y el olvido.
Reside algunos años en el exterior, falleciendo en Venezuela, en 1982. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, pág. 315, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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HORACIO REGA MOLINA – (1899-1957)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Horacio Rega Molina, uno de los poetas mejor dotados para el verso que haya dado nuestro país, nació, el 10 de julio de 1899, frente al Paraná, en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos, a la que cantó en numerosos poemas y especialmente en la magnífica “Oda Provincial”, de 1940.

A los 20 años, ya radicado en Buenos Aires, publicó su primer poemario: “La hora encantada”, al que seguirán otros de parecida tonalidad intimista y romántica: “El poema de la lluvia” (1922), “El árbol fragante” (1923) y “La víspera del buen amor” (1925), elogiado este último por Lugones como “una de las más completas realizaciones de la moderna poesía castellana”.

A partir de allí puede afirmarse que el joven escritor alcanza la madurez de su poética, “cuya emotividad, -al decir de Alberto Zum Felde-, está hecha de añoranza lejana y de frustrados secretos”. Cultor de un realismo descriptivo cuyo lenguaje “sirvió con igual fidelidad a la coloración melancólica del mundo inmediato, al énfasis de la pasión nacionalista, y a las sinuosidades de la angustia existencial” (Adolfo Prieto), sus mejores libros son tal vez aquellos en los que hace de la ciudad y su habitante núcleo temático fundamental: “Domingos dibujados desde una ventana” (1928), “Azul de mapa” (1931) y los maduros y perfectos “Sonetos de mi sangre”, de 1953.

Rega estrenó también algunas obras teatrales: “La posada del león” (1936), “La vida está lejos” (1942) y “Polifemo o las peras del olmo” (1945) y, durante años, estuvo vinculado estrechamente al periodismo en los diarios “Crítica” y “El Mundo”. Allí cultivó la amistad de Roberto Arlt, cuyos restos le tocó despedir en la Chacarita con aquellos antológicos versos: “¡Si yo supiera todo lo que sabes, / lo que desde tu muerte has aprendido…!”.

En su labor periodística, Rega Molina templó con pareja sabiduría todas las cuerdas de la escritura, desde el humor a la crítica literaria, pasando por la crónica costumbrista y la creativa traducción-recreación de historietas (“El gato Félix”, “Spaghetti”, como él bautizó al popular “Popeye”, etc.). Pero antes que nada y por sobre todo, su pasión dominante fue la poesía y en ese campo se destacó como uno de los principales arquitectos del verso en lengua castellana.

Su prestigio entre público y colegas llegó a ser indiscutido. Por eso, se asombra el crítico Daniel Chirom, en un trabajo reciente sobre nuestro autor: “Es curioso: casi todos los poetas argentinos de las generaciones del treinta, cuarenta y cincuenta recitan casi de memoria los versos de Rega Molina. En cambio, las nuevas generaciones lo desconocen”.

La explicación, para nada sorprendente, la había sugerido el propio Chirom algunas líneas antes: “Un día, aún en vida, caería sobre él un pesado manto de olvido”. Ese día fue el 16 de septiembre de 1955 y el total ostracismo a que era condenado el poeta tenía como única causa su militancia en el movimiento político que acababa de caer.

Sin embargo, Rega Molina no había sido un peronista de la primera hora. Recién “en la década de 1950 –apunta Fermín Chávez- trasbordo al movimiento de Juan Perón y colaboró con Raúl A. Apold, su ex colega en el diario ‘El Mundo’”. Se le atribuyó, falsamente, haber escrito “La razón de mi vida”, libro que presentó al público en 1951. Al año siguiente escribió un breve ensayo: “En la Nueva Argentina la cultura es un fruto al alcance de todas las manos” y entre 1953 y 1955 publicó varios poemas en el suplemento cultural del diario “La Prensa”, cuando éste era propiedad de la Confederación General del Trabajo. Esos poemas iban a formar parte de “Odas de vivac y de a caballo” y “Conservación del fuero”, dos libros que, lamentablemente, permanecen inéditos hasta el día de hoy.

Rega Molina murió, a los 58 años –el 24 de octubre de 1957- en plena “Revolución Libertadora”. Años después, un periodista recordará: “Murió en Buenos Aires, solo de toda soledad por las pasiones políticas de la época”. Sigue siendo -¡qué duda cabe!- uno de los auténticos “malditos” de la cultura argentina. (J.C. Jara, Los Malditos, Tomo I, pág. 343, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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OLEGARIO VICTOR ANDRADE – (1839 – 1882)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Olegario V. Andrade nació en Brasil. En 1835, sus padres, debido a la situación política de Entre Ríos, convulsionada por la lucha interna entre unitarios y federales, se vieron obligados a dejar Gualeguaychú. Pasaron primero a Paysandú, pero luego migraron a Brasil (a la ciudad de Alegrete, en Río Grande del Sur). Allí nació Olegario, el 6 de marzo de 1839.

Su niñez transcurrió en entre Ríos, y cuando, en 1857 entró en vigor la ley que permitía optar por la nacionalidad de sus padres a los hijos de argentinos nacidos en el extranjero, se acogió de inmediato a sus beneficios.

Completados los estudios elementales, ingresó en 1851 en el Colegio de Concepción del Uruguay. En 1857, recién casado con Eloísa, se trasladó a Santa Fe, donde dirigió “El Patriota”. Colaboró luego en “El Mercantil”, de Gualeguaychú, y poco después, fundó “El Federalista” y “La Fraternidad” en la provincia de Santa Fe. Ese periodismo de combate será su principal arma de lucha política, aunque la imagen que se ha difundido de Andrade es exclusivamente la de poeta.

En 1860, se desempeñó como secretario privado del presidente Derqui, hasta su caída, al producirse la batalla de Pavón. En 1861, el 15 de mayo, apareció en Paraná el primer número de “El Paraná”, periódico que redactaban Olegario Andrade y Andrés González del Solar. Sus artículos punzantes motivaron la aparición de “presiones”, que no amedrentaron el espíritu combativo de sus redactores.

El 30 de enero de 1862 se editó en Gualeguaychú, el primer número de “El Pueblo Entrerriano”, que contaba con Olegario Andrade, Eugenio Gómez, Francisco F. Fernández, Marcos Emilio Funes y Ezequiel Crespo como principales redactores. En 1863, en este periódico, Olegario Andrade publicó el “Canto al Chacho”, don Ángel Vicente Peñaloza, caudillo riojano degollado por los mitristas, el 12/11/1863:

¡Mártir del Pueblo! Tu gigante talla
Más grande y majestuosa se levanta
Qué entre el solemne horror de la batalla,
Cuando de fierro la sangrienta valla
Servía de pedestal para tu planta.

¡Mártir del Pueblo! Víctima expiatoria
Inmolada en el ara de una idea,
Te has dormido en los brazos de la Historia
Con la inmortal diadema de la gloria
Que del genio un relámpago clarea.

Este poema, valiéndose de que en los versos no se menciona a Peñaloza, fue publicado como homenaje a Lavalle. Así, los dos versos que Andrade dirige a Mitre;

¿qué importa que se melle en las gargantas
el cuchillo del déspota porteño?

resultaron aplicados a Rosas. Recién en 1943, una edición de la Academia Argentina de Letras, puso fin a esta tergiversación.

Los años 1863-1864 fueron años sumamente difíciles para el federalismo entrerriano, del que seguía siendo, cabeza visible, el General Urquiza. El problema capital comenzó cuando empezó a darse la “deserción”, pues el vencedor de Pavón apoyaba a José María Domínguez, exigido desde Buenos Aires, en la elección para su sucesión. En la Legislatura Provincial, la división del Partido Federal se reflejó en 1864 cuando un buen número de diputados apoyó la candidatura de López Jordán, sobrino de Francisco Ramírez. En este último grupo esta Olegario Andrade, actitud que le costó al periodista, teniendo que abandonar la redacción de “El Pueblo Entrerriano”.

A fines de 1864 ocurrió un hecho en el litoral uruguayo, que puso a prueba la lealtad de Urquiza a la antigua línea del federalismo: el sitio de Paysandú por el jefe liberal Venancio Flores y el bombardeo de dicha plaza por la escuadra brasileña. El sitio duró todo el mes de diciembre de 1864. Los defensores rechazaron toda intimación de rendición, en forma más que heroica, pero el 2 de enero de 1865 cayó Paysandú, produciéndose una feroz matanza, mientras Urquiza permanecía impasible, del otro lado del río, sin recurrir en ayuda de sus aliados naturales. Desde “El Porvenir”, dedicó un extenso “Poema a Paysandú” el cual conmovió entrañablemente a la provincia:

¡Sombra de Paysandú! Sombra gigante
que velas los cuerpos de la gloria,
una de las reliquias del martirio,
espectro vengador:
¡Sombra de Paysandú! Lecho de muerte,
Donde la libertad cayó violada,
Altar de los supremos sacrificios,
¡Santuario del valor!...

Con motivo de la preparación del Tratado de la Triple Alianza, “El Porvenir” comenzó a atacar al gobierno mitrista, y a quienes lo apoyaban en la provincia. El General Urquiza se sintió tocado y lo hizo saber a los redactores del diario: Ante la presión, Andrade intervino personalmente, y una promesa suya de no atacar a su gobierno, realizada a Urquiza, evitó la clausura. Pero los condicionamientos no cesaron, y finalmente, su inclinación antimitrista, sellaría la muerte de “El porvenir”, el cual llegó a vivir dos años y medio.

Esa prosa política de Andrade merece recordarse. Así, describe la política de Mitre, entre 1863 y 1865: “Entre la humareda de Pavón, un hombre recogió del suelo la victoria… El enano pudo levantar la maza del gigante y calzarse sus botas… se empinó en medio del incendio… Y entonces escribió su programa con la sangre de “Cañada de Gómez”. “Allí cayeron 400 argentinos mártires de la libertad… El vencedor de Pavón lanzó luego a las provincias sus legiones mercenarias… Entonces, las provincias se convirtieron en un inmenso campamento. En los ‘Molinos de Álvarez’, fue conquistada Córdoba, al precio de la sangre de sus hijos. En ‘El Gigante’ fue quebrada la resistencia de San Luis… Sobre las ruinas de Mendoza, amontonó Rivas, ruinas de hombres. En ‘Las Piedras Blancas’ sucumbe la libertad de Catamarca. En las costas del río Colorado, cae Tucumán a los pies de los conquistadores. En ‘Caucete’ y ‘Valle Fértil’, Sarmiento realiza sus venganzas de demencia y de barbarie. En ‘La Punta del Agua’, en ‘Lomas Blancas’, en ‘Bajo Hondo’, en ‘Pozo de Valdez’, en cien lugares de sangrienta recordación, Sandes, el bárbaro Sandes, ese gaucho salvaje que parecía haber mamado en los pechos de una tigra, pasa a cuchillo a centenares de argentinos y se goza en su suplicio y en su muerte. ¡En dos años, más de 50 combates! ¡En dos años, más de 5000 víctimas!... Tal es la historia de la dominación del partido que hoy gobierna la República. ¡Ni un solo día de paz! Motines y asonadas en todas las provincias… La República Argentina no ha tenido un gobierno más funesto, que le haya costado más lágrimas, ni haya vertido más sangre para saciar su fiebre satánica de dominación”.

En 1866, en “El Mercantil”, periódico fundado por Isidoro De María en 1857, Olegario Andrade incursiona en el ensayo con “Las dos políticas”, que por mucho tiempo fue erróneamente atribuido a José Hernández. Este alegato del federalismo del litoral, escrito en circunstancias en que Buenos Aires se había separado de la Confederación, procuró explicar nuestros conflictos civiles por motivos económicos. Aunque su punto de vista pueda considerarse parcial, observó con acierto que el puerto y la aduana de Buenos Aires monopolizaban el comercio de todo el litoral, y señaló que la pretensión de Rosas de cerrar el Paraná y el Uruguay al tráfico marítimo precipitó su caída, y fue una de las principales razones que movieron a Urquiza a combatirlo.

En 1867, de nuevo marca a fuego al mitrismo: “¡Triste destino el que pesa sobre el pueblo argentino!... Extranjeras van siendo las propiedades rurales, extranjero el comercio, hasta extranjero el idioma que despertará un día al eco de nuestras ruinas, como los acentos severos del dominador. La raza argentina sucumbe. La raza de los Pelasgos, fundadores de un mundo, va a enterrarse bajo los escombros de la Illión de la libertad. Una banda de exterminadores se ha diseminado por todos los ámbitos de la República. Su obra de destrucción no tiene término… La República del Paraguay ha perdido millares y millares de sus bizarros hijos. La República Argentina va quedando desierta… ¿Habrá llegado la hora de la desaparición de la raza que asombró al mundo con el estrépito de sus hazañas?”

Para 1868, Andrade se trasladó a Buenos Aires para sostener la candidatura de Urquiza, opuesta a la de Elizalde y Alsina. En esta oportunidad, apareció en la redacción del diario “La América”.

El asesinato de Urquiza en San José, el 11 de abril de 1870, volvió a alterar la frágil paz que existía: López Jordán se apoderó del poder, Sarmiento decretó la intervención de la provincia, y en procura de una tregua, ofreció a Andrade el cargo de administrador de la Aduana de Concordia. Nuevas intrigas, sin embargo, determinaron en 1872 su definitiva exoneración, pues había sido acusado de malversar dineros públicos. Pudo probar su inocencia, aunque su estado de ánimo se deterioró y su situación se tornó afligente. De ella lo sacó el presidente Avellaneda, que tras su visita a Concordia, en 1875, lo llevó consigo a Buenos Aires.

Después de casi dos décadas de dura lucha política, Andrade encuentra ahora, en Buenos Aires, en los últimos cinco años de su vida, la posibilidad de desarrollarse en plenitud como poeta. Si bien continúa interviniendo en política –su antimitrismo lo lleva al Partido Autonomista Nacional, siendo diputado entre 1878 y 1882- puede volverse a sí mismo, poner los ojos en su ayer heroico y hasta predecir los gloriosos destinos de la patria, convirtiéndose en un poeta, ya no tan político, aunque siempre comprometido y filosófico.
“El nido de Cóndores”, “El arpa perdida” y “Prometeo”, de 1877; el “Canto a San Martín”, en 1878; “La Libertad y la América” y “La noche de Mendoza”, en 1880, y el “Canto a Victor Hugo” y “Atlántida”, en 1881, fueron sus más grandes obras.

Su estética osciló entre la grandilocuencia de los ideales clásicos de la Revolución de Mayo, y el sentimiento de Mármol o Echeverría. Quienes lo atacaron denunciaron este rasgo como un “anacronismo ecléctico”. Quienes lo defendieron disculparon su inconstancia en la aplicación del metro y la rima, por considerarla parte de su “vuelo lírico”.

Meditaba su futuro libro cuando, la muerte lo sorprendió el 30 de octubre de 1882.

En 1884 su éxito como poeta nacional fue legitimado a través de una ley que disponía, como reconocimiento, la edición póstuma de sus obras, ya que la mayoría de ellas habían sido leídas en actos, homenajes o conferencias públicas y oficiales, pero no editadas.

En cambio, sus artículos políticos fueron “olvidados”. En una sola oportunidad, fueron editados, bajo el título “Artículos histórico-políticos (1863-1868)”, edit. J. Lajouane y Cía. Ello ocurrió en 1919 –casi un siglo atrás- y a pesar de que en reiteradas oportunidades una editorial anunció una segunda edición, ésta nunca se concretó. El Andrade poeta, a pesar del poema a “El Chacho” y los dos poemas a Paysandú, puede ser aceptado a regañadientes, olvidando esos versos y enseñándole a los alumnos: “Todo está como era entonces/ la casa, la calle, el río/ todo está, nada ha cambiado/ el horizonte es el mismo/ Lo que dicen esas brisas/ ya otras veces me lo han dicho”.

Pero el Andrade político permanece sometido al mayor de los silenciamientos, todavía convertido en “maldito”. (C. Piantanida, Los Malditos, Vol. I, Pág. 209, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ARTURO CANCELA – (1892-1957)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 25 de febrero de 1892. Después de cumplir la instrucción primaria y secundaria, inicia estudios de medicina, que luego abandona, para incorporarse al Instituto Nacional del Profesorado Secundario, donde luego se desempeña como profesor de Filosofía Moderna. En 1927 es nombrado inspector de enseñanza secundaria, normal y especial. Al mismo tiempo, desarrolla su vocación literaria y ejerce el periodismo.

A los 20 años -1912- ingresa al diario “La Nación”. En 1915, con Gustavo Landívar, se inicia como autor teatral con la comedia “El día de la flor”. Después, en colaboración con Pilar de Lusarreta, escribe otras obras de teatro, entre ellas, “Cristina o la gracia de Dios”, “Alondra” y “El amor a los setenta”.

En 1922, publica su primer libro –“Tres relatos porteños”- que provoca la atención de la crítica por su humorismo, pues ridiculiza solemnidades y denuncia, con fina ironía, entre otras cosas, nuestros males burocráticos. “El humor de Cancela –señala Luis Alberto Ballester- surge del enfrentamiento dialéctico del hombre y la sociedad que lo contiene, con sus argucias metodizadas, su incorporación de la violencia, sus mitos políticos y la fatuidad de ciertos núcleos sociales”.

En 1925, publica “El burro de Maruf”, “La filosofía del hombre que camina y tropieza” y otros ensayos. También da a conocer “Film porteño, del diario de Nasute Pedernera”.

En 1943, lanza “La historia funambulesca del profesor Landormy” y luego “Los tres cuentos de la ciudad”. En estos libros vuelve a campear la ironía, haciendo blanco en vicios sociales que muestran la decadencia del país, frente a la cual se marchita la esperanza del escritor.

Sin embargo, el curso que toman los sucesos políticos en 1945 –con la estrella de Perón en pleno ascenso- reavivan la fe del ensayista respecto a las posibilidades de nuestro pueblo. El humorista, a veces criticado por escéptico o por frívolo, respecto a los acontecimientos sociales y políticos, se conmueve ante el nuevo acontecer argentino y se incorpora al movimiento nacional en marcha.

“Él había sido –recuerda su amigo E. M. S. Danero- lo mejor que tuvo ‘La Nación’ en una época brillante del diario de los Mitre”. Como se señaló, desde 1912, lleva 33 años en el famoso matutino y como recuerda Danero, durante cierto tiempo, “había dirigido el suplemento literario de ese matutino con una calidad que jamás volvió a lograr bajo otras tutelas de todas maneras notables”. Pero Cancela comete, en ese año ’45, el gran pecado que “la tribuna de doctrina” no perdona.
El mismo Danero recuerda que “con él, una tarde de turbulencias electorales, cuando la primera elección de Perón estaba en juego, decidimos enviarle un telegrama –hoy histórico- al nefasto Míster Braden, embajador de Estados Unidos en la Argentina, enrostrándole ‘su intolerable intromisión en la política interna argentina’… Con Cancela fuimos unos diez los que tomamos la iniciativa. Luego, llegaron muchas más adhesiones a su refugio de la calle Urquiza”.

La escasa información que existe actualmente sobre Cancela no se detiene a analizar lo sucedido, pero Diego Abad de Santillán señala, sin comentario, que su vida, como redactor de “La Nación”, iniciada en 1912, concluye en 1945. Danero señala que a causa de su compromiso, “perdió amistades”. Ballester, en “La Opinión Cultural”, refiere que “a menuda, una serie de hechos casuales sume en el olvido a un escritor o consigue, en todo caso, que sus obras no se difundan lo suficiente… (pero que) fue ‘injustamente olvidado’”.

El mundo de la cultura lo margina, pues, en tanto se ha definido por el bando de “la barbarie” expresado por “los cabecitas negras”, ha perdido sus valores intelectuales. La marginación abate su ánimo. Sólo en 1947, estrena “Alondra”, en el Teatro Nacional Cervantes.

Al producirse el golpe de setiembre de 1955, el aislamiento y el desprecio se convierten en persecución. “Padeció las intrigas –señala Danero- de un coronelito…”. Y agrega: “Poco antes de fallecer, me lo encontré, con su boina y su pipa indefectibles, en Plaza del Once: - ¿Qué hace usted, Cancela? ¿En qué se ocupa? Me replicó con un gesto displicente: - Ya lo ve… Me dedico a la jardinería de altura… Cultivo plantitas en la azotea de mi casa”.
Fallece en 1957, y un espeso manto de silencio cae sobre él y su obra. “Muchos jóvenes no han tenido ningún contacto con sus libros –comenta Ballester- que están agotados hace mucho tiempo”.

Como se ha visto al tratar el caso de Adolfo Saldías, Mitre sostiene la necesidad de mantener vigentes “los viejos y nobles odios” y este consejo no sólo es puesto en práctica por el diario “La Nación” sino también por la mayor parte del periodismo y de la intelectualidad: Esos “nobles odios” lo sepultan a Arturo Cancela y a sus libros en el mayor de los olvidos. (N.Galasso, Los Malditos, T I, pág. 235, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ARMANDO CASCELLA – (1900-1971)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Rosario, el 29 de junio de 1900. Desde muy joven evidencia vocación por las letras. Apenas cumplidos los veinte años, publica su primer libro: “Estética cotidiana”. En 1926, lanza un libro de cuentos bajo el título “La tierra de los papagayos”, que provoca el elogio del exigente Horacio Quiroga. Allí figura el cuento “Tercera clase”, que integrará, años más tarde, una antología editada en Moscú.

Por entonces, colabora en varios diarios y revistas, entre ellos, “La Nación”, “La Prensa”, “El Hogar” y “Caras y Caretas”, donde vuelca sus experiencias vividas en contacto con los inmigrantes italianos radicados en el sur de Santa Fe.

En 1927, “Caras y Caretas” le publica un cuento titulado “Pacificación y conquista en la isla codiciada”. Se trata de la historia de un inglés que desembarca en una isla para civilizar a los monos nativos imponiéndoles sus costumbres, por la acción combinada de la persuasión y la fuerza, obteniendo, para ello, la colaboración de algunos viejos monos que se prestan a esclavizar a sus congéneres en beneficio del Gran Rey Blanco. Pocos días después de la publicación, el director de la revista –Juan Carlos Alonso- recibe una fuerte crítica de un avisador británico porque entiende que se satiriza allí la relación de Argentina con el Imperio y poco más tarde, se produce un reclamo de la embajada británica en el mismo sentido. Cascella pierde el puesto, ante esas reclamaciones y aprende, a partir de allí, el enorme poder del imperialismo inglés sobre su patria esclavizada. Allí nace su simpatía por el nacionalismo, a veces en su versión democrática y en algunos momentos, en su expresión derechista.

En esa época, regresa a su Rosario natal, desde donde lanza la revista “La gaceta del Sur”, para dar expresión a los jóvenes cuentistas y poetas. Al año siguiente, prestigiado por el éxito de dicha revista, vuelve a Buenos Aires y pasa a colaborar como periodista en “El Mundo” y “El diario” de Láinez, donde alcanza a desempeñarse como secretario de redacción. También colabora en “La Capital” de Rosario. Al mismo tiempo, comienza su militancia gremial dirigida a consolidar la Sociedad Argentina de Escritores, apoyando en esa tarea a Leopoldo Lugones y Arturo Capdevila.

Recién en 1934, Cascella colabora en periódicos partidarios, con perfil nacionalista, como “La Gaceta de Buenos Aires”, dirigida por Pedro Juan Vignale y Lisardo Zía, donde aparecen los primeros artículos de Raúl Scalabrini Ortiz sobre los ferrocarriles británicos y su función colonial condenándonos al “primitivismo agrario”. En ese año, publica “La Cuadrilla volante” –cuentos- premiado por la municipalidad de Buenos Aires. El éxito de este libro, así como su importante función en “El Diario” y su participación en la SADE lo convierten en importante figura de la época. Tan es así que cuando se suicida Leopoldo Lugones, en 1938, la prensa solicita opiniones a Alfredo Palacios, Manuel Ugarte, Jorge Luis Borges, José María Monner Sans y Armando Cascella.

Su colaboración en “El Mundo” –perteneciente a Editorial Haynes, de los ferrocarriles ingleses- parecería indicar que los pecados de juventud de Cascella han sido olvidados y su protagonismo, en las declaraciones mencionadas junto a importantes figuras literarias y políticas, indicaría que se abren para él importantes perspectivas de fama y prestigio.

Pero, en 1939, comete otra osadía que molesta a los grandes poderes de la Argentina semicolonial: se desempeña como secretario de redacción de “Reconquista”, periódico lanzado por Raúl Scalabrini Ortiz para sostener una posición antiimperialista y neutralista ante la Guerra Mundial. La experiencia de “Reconquista” es muy breve y Cascella, a través de Lisardo Zía, pasa a trabajar en “El Pampero”, diario solventado por la embajada alemana y en “Nuevo Orden”, también pronazi, aunque más atemperado. Sin embargo, su tarea es más bien profesional y difícilmente pueda sostenerse que adscribe a la ideología de ambos periódicos. En 1942, se desempeña como corresponsal en la Conferencia de Cancilleres de Río de Janeiro, donde Estados Unidos presiona infructuosamente para el ingreso de la Argentina a la guerra mundial.

A partir de 1945, producido el 17 de octubre, adhiere al peronismo. Por entonces, trabaja en “Política”, un periódico dirigido por Ernesto Palacio, de apertura hacia el emergente movimiento nacional. Luego, se desempeña como director de “El Argentino”, de La Plata y más tarde, pasa a actuar como alto funcionario del Instituto Nacional de Previsión social. Por entonces, se compromete en la lucha de los escritores y ayuda a la creación del Sindicato de Escritores Argentinos (SEA), como alternativa a la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) liberal, que ha tomado posiciones abiertamente contrarias al peronismo.

En los primeros años del primer gobierno de Perón, codirige con Alicia Eguren una revista literaria: “Sexto Continente”. Asimismo, funda y dirige una colección denominada “Argentina en marcha”, en la cual publica dos folletos: “Hacia una cultura social justicialista” y “Trascendencia de la Tercera posición”, consustanciados con la política desarrollada por el gobierno.

Hacia 1953, un alto funcionario peronista le acerca las memorias que ha publicado recientemente el ex embajador inglés en la Argentina, Sir David Kelly, tituladas “The ruling few”, es decir “Los pocos que gobiernan”. Kelly rememora allí la abierta intervención de Spruille Braden, embajador norteamericano en la Argentina, en la política interna de nuestro país, así como también los estrechos vínculos de los diarios “La Prensa” y “La Nación” con la embajada inglesa, confesando que él le suministraba informaciones para sus editoriales contrarias al gobierno. En base a este libro, le proponen a Cascella la preparación de un ensayo sobre ese período histórico, denunciando la intromisión extranjera, con las propias palabras del diplomático británico. Así, escribe: “La traición de la oligarquía en las memorias del ex embajador Sir David Kelly”, donde reconstruye esos años difíciles de nuestra historia y reproduce las declaraciones más comprometidas vertidas por el embajador en sus memorias.

Por este libro, después del derrocamiento de Perón, en 1955, lo condenan a Cascella al más absoluto silenciamiento. No sólo gran cantidad de ejemplares son quemados, sino que se le cierran al autor todas las puertas de los periódicos. Armando Cascella ha concluido su vida literaria y periodística en esa Argentina que ha vuelto a ser gobernada por los amigos del capital extranjero y en la cual los grandes matutinos imponen su voluntad.

En 1957, se edita en la URSS su cuento “Tercera clase”, pero ese éxito no recibe ningún comentario en nuestro país. Además, el odio oligárquico protagoniza un hecho insólito, cuando el 22 de febrero de 1958 fallece Álvaro Barros, cuñado de Cascella.
Con ese motivo, la casa funeraria pasa el aviso necrológico de rutina, mencionando los deudos más cercanos que dan la penosa noticia. “La Razón” publica el anuncio y menciona entre los familiares, al referirse a los cuñados, a Armando Cascella. “La Prensa”, en cambio, publica el aviso con los nombres de todos los familiares, pero omite el de Cascella. La censura del diario de Gainza Paz no sólo alcanza a las páginas literarias y políticas sino que incluso cierra la página necrológica al intelectual que ha osado denunciar sus vínculos con los intereses extranjeros.

Para “La Prensa”, Armando Cascella ha muerto desde el momento que se ha atrevido a atacarla y por tanto, si está muerto, no puede acompañar el velatorio de su cuñado Barros. Cascella escribe al respecto: “Claro. El autor de ‘La traición de la oligarquía’, en la que hay un capítulo especial dedicado al papel que le correspondió a Gainza Paz en dicha traición, está, desde luego, en la ‘lista negra’ de ese diario. Pero nadie imagina que la influencia eliminatoria de esa ‘lista’ alcance hasta a los avisos fúnebres”.

Desde la revista “Qué”, Arturo Jauretche denuncia la actitud del periódico y comenta: “¿Tiene el señor Gainza Paz derecho a elegirle los cuñados a un difunto? ¿Puede haber una dictadura más siniestra, más minúscula, más pequeña que esta jactancia de poder? ¿Es concebible siquiera que se lleve a este extremo la soberbia, la prepotencia? ¿Y qué puede esperar el país sobre verdad de información, cuando están en juego los grandes intereses, si esta dictadura se ejerce hasta el límite tan ínfimo, que hasta los deudos de los fallecidos son sometidos al rigor expoliativo de estos campeones de la libertad?”.

Entre 1957 y 1958, a través de Jauretche, Cascella logra publicar algunos artículos en la revista “Qué” y en el periódico “El Nacional”, pero ya la clase dominante lo ha convertido en “maldito”. En 1962, interviene con un guión en un concurso del Instituto de Cinematografía y extraoficialmente, uno de los jurados le informa cuál ha sido el trabajo premiado –que resulta el suyo- pero cuando abren los sobres y aparece su nombre, el concurso se declara desierto. Por entonces, amigos de la Editorial Sudestada le publican la segunda edición de “La traición de la oligarquía” y poco después, la Editorial Peña Lillo le edita una obra literaria titulada “Pueblo y antipueblo”.

Él continúa escribiendo y llena los estantes de un armario con “proyectos de libros” que nunca saldrán a luz. Beneficiario –si así puede decirse- de una jubilación misérrima, transcurre esos años leyendo y escribiendo en la más absoluta soledad, en un departamento de un piso alto, en el barrio de monobloques “Simón Bolívar”.

Está condenado y ya nadie podrá sacarlo del silencio. En 1970, aparece un “Diccionario de la literatura argentina” en el cual, por supuesto, no figura. En diciembre de 1971, se traslada a Rosario, donde fallece en los últimos días del año. Un solo comentario –proveniente de la pluma independiente de Luis Soler Cañas- lo recuerda y le hace justicia en una pequeña gacetilla. Por supuesto, “La Prensa” no registra ese fallecimiento; para ese periódico Armando Cascella ya ha muerto años atrás.

Al autor de estas líneas, Cascella le dijo, pocos meses antes de su muerte: “Mire, ve ese armario, está repleto de trabajos inéditos, cuentos, novelas… El Parkinson provoca desgano y debilita mucho… pero siempre he escrito… Aún cuando sabía que estaba en la lista negra, siempre he escrito porque algún día, ya va a ver… algún día, las cosas van a cambiar”. (Norberto Galasso, Los Malditos, Tomo I, página 241, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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MARÍA LUISA CARNELLI – (1898-1987)

UNA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

Verdadera George Sand porteña, o mejor dicho platense (había nacido en 47 entre 1 y 2, en la capital provincial, el 31 de enero de 1898), María Luisa Carnelli, que firmó sus letras de tango con travestidos seudónimos: Luis Mario y Mario Castro, no fue solo una de las primeras letristas del género, cronológicamente hablando, sino también una de las renovadoras de la canción ciudadana durante la década de 1920.

En efecto, junto a Discépolo (a quien, sin embargo, solía criticar su pesimismo existencial), incorporó a la poesía tanguera una visión diferente, más profunda y de algún modo cercana a la literatura transgresora y desacartonada que por entonces escribía Nicolás Olivari.

Ironía, cinismo, mordacidad son algunas de las actitudes características, poco frecuentadas por el tango hasta ese momento, que incorpora Carnelli en obras como “Se va la vida” (su primer tango, de 1927, según O del Grecco), “Primer agua” (“Se rechifló, / y eso está bien, / estufo de pasarla sin tovén”), “Quiero papita”, “Seguí, no te parés”, etc.

Ella, al igual que Héctor Pedro Blomberg, el citado Olivari o más en nuestros días Héctor Negro, advino a la canción luego de publicar varios libros de poesía. El primero fue “Versos de mujer”. de 1922, al que siguieron “Rama frágil” (1924), “Poemas para la ventana del pobre” (1928) y “Mariposas venidas del horizonte” (1930). Pero, “como la mayoría de los argentinos –confesó alguna vez-, yo tenía el tango en la sangre. Desde muy niña sentí su sugestión. Mis hermanos mayores, tangueros de ley, amontonaban discos y más discos que hacían girar en aquellos ya históricos fonógrafos de corneta: ‘El irresistible’, ‘La catrera’, ‘Independencia’, ‘El cachafaz’, ‘Armenonville’, ‘Entrada prohibida’… Algunos no tenían letra; otros, sí. Las aprendí casi en secreto, pues mis padres no aceptaban justificadamente cierto tipo de letrillas desvergonzadas, la de ‘Entrada prohibida’ por ejemplo, o aquella de ‘El Choclo’, la primera, la original, que comenzaba así: ‘Cómo se manya que esa mina que es del yiro…’”.

Su vinculación amorosa con el notable narrador Enrique González Tuñón (uno de los pocos defensores de la música popular en el ambiente intelectual de aquellos años), le permitió frecuentar el mundo del tango y a algunos famosos compositores, desde los hermanos Julio y Francisco De Caro hasta Juan de Dios Filiberto, pasando por el mítico violinista de la Guardia Vieja Ernesto Ponzio, compositor de tangos célebres como “Don Juan” o “Ataniche”, quien solía jactarse de que todas sus entradas policiales eran… por homicidio. Para él escribió la letra de “Viejo taura”, perfecta demostración de su vena poética popular:

Era de los tiempos viejos
y lo llamaban El Taura.
Guapo de funghi ladeao
y de melena aceitada,
caminaba haciendo cortes
por el barrio de las latas,
bien levantados los hombros
y bien visible la faca.

Las minusas nunca
le batieron cana,
porque sin cashotes
las apaciguaba;
tenía el empaque
de los chomas tauras
que amansan las donas
con solo mirarlas.

Era de los tiempos viejos
conocido por El Taura;
tenía duro el pellejo
y siempre alerta la faca.
No cafiolaba a las minas,
vivía de la baraja,
solo fayando la timba
actuaba de furca o lanza.

Se trenzó una vuelta
por una macana
dicen que por naipes,
baten que por faldas,
la cuestión que al coso
le ensartó la daga
y once años de yuta
se comió en Ushuaia.

Su diestro manejo del lenguaje lunfardo asombraba a Gardel, quien le grabó dos de sus mejores tangos: “Cuando llora la milonga” (1928) y “Pal cambalache” (1929).

A lo largo de casi medio siglo de ejercer el periodismo y de recorrer más de veinte países de América y Europa como corresponsal de los más prestigiosos diarios y revistas del país, María Luisa Carnelli obtuvo con sus tangos la popularidad (y las regalías) que no le brindaron los ocho libros que publicó. Su ideología revolucionaria, testimoniada en sus colaboraciones para la revista “Ahora” durante los años de la guerra civil española, que vivió de cerca como partidaria del bando republicano, más el hecho de ser mujer y talentosa en un mundo eminentemente machista, impidieron que su nombre trascendiera más allá del ámbito de la canción popular (y ocultándolo convenientemente detrás de sus masculinizados nombres de pluma). Sus inquietudes sociales y políticas, empero, siguieron vivas en ella hasta el final. Gran amiga de Elías Castelnuovo, en sus últimos años solían juntarse los viejos luchadores para revivir los años del ’20 e intercambiar impresiones, para nada complacientes, acerca del gobierno de turno.

En 1980, una revista especializada le hizo una entrevista, luego de varias décadas de silencio. Su clara visión de los problemas de nuestra cultura se reflejan en esta respuesta:

“El tango de ahora no me gusta. Hay muchas orquestaciones, mucha técnica, pero le han quitado su carácter de porteño. El tango me gusta hasta 1940 por la fuerza exultante que trae del mismo país. Además, no estaba comercializado. Había una emulación legítima no la que fue impuesta después. Si un músico creaba algo, otro intentaba superarlo sanamente. El tango canción alcanzó su punto máximo con Filiberto. Después de la guerra viene la decadencia, pierde mercados, decae en el exterior, se tolera una invasión de jazz. Por eso me quedo con la Guardia Vieja, sin dejar de reconocer el que va de 1925 a 1940. Al tango no se le ha hecho una propaganda adecuada. Ha habido una penetración imperialista de fabulosos capitales que ha permitido que el tango vegete, mientras los demás ritmos lo han ido ahogando”.

Falleció el 4 de mayo de 1987. (J.C. Jara, Los Malditos, T. I, pág. 237, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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CÉSAR TIEMPO – (1906-1980)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Ucrania, en la localidad de Ekaterinoslav (después, Dniepropetrovsk), el 3 de marzo de 1906. Su verdadero nombre es Israel Zeitlin, que “él traduce, luego: zeit es tiempo, en ydish o en alemán y “lin” es del verbo “cesar”, armando así su seudónimo. Al cumplir un año, ya vive en la Argentina. Cursa la escuela primaria en Buenos Aires y parcialmente, la escuela secundaria. Desde joven manifiesta un fuerte interés por la literatura y a ella consagrará su vida.

Desde los 18 años, se introduce en reuniones literarias, lee ávidamente y escribe sus primeros poemas. Desde los veinte años, publica temas sobre cuestiones judías en “La Nación”. Por entonces, edita la revista “Sancho Panza”. Al principio, colabora tanto con los escritores de “Boedo” como con los de “Florida”, pero finalmente queda alineado con los primeros porque “‘Boedo’ significó amor al pueblo, y ‘Florida’, amor a sí mismo. ‘Boedo’, el contenido; ‘Florida’, el continente”.

Por entonces, trabaja de empñeado, en la librería de Gleizer, donde aprovecha para leer y siempre leer. Después, se emplea en una compañía de seguros, mientras ya borronea no sólo poemas sino obras de teatro y hace sus primeras armas en el periodismo.

En 1926, publica su primer libro de poemas, la historia de una prostituta que cuenta sus desdichas, escudándose en el seudónimo Clara Beter.
Así, incorpora a la literatura ese mundo que todos conocen pero del cual no se habla, provocando un gran escándalo y asimismo, una incógnita acerca de su autoría, que solo da un supuesto domicilio en Rosario. En las tertulias de la revista “Claridad”, expresión del grupo “Boedo”, el tema provoca largas discusiones hasta que el autor se da a conocer. Con esos versos –profundos y descarnados- el joven escritor se suma a la literatura social que enarbolan los boedenses:
Me entrego a todos, más no soy de nadie;
para ganarme el pan, vendo mi cuerpo
¿Qué he de vender para guardar intactos
mi corazón, mis penas y mis sueños?... A veces
hasta me da vergüenza de llorar
pensando en lo pequeña que es mi pena
ante la enorme pena universal.

Poco después, en colaboración con Pedro Juan Vignale, publica “Exposición de la actual poesía argentina (1922-1927)”. A partir de esa época, sus iniciativas en el campo de la cultura son innumerables, como así también es fervoroso su apoyo a las nuevas promociones de poetas y cuentistas, sin un mínimo de celos o competencia, como es tan habitual en esos ambientes.

En 1930, con “Libro para la pausa del sábado”, editado por Gleizer, conquista el primer premio municipal. En 1931, dirige la revista “Columna”. Luego publica “Sabatión argentino” (1933) y “Sabadomingo” (1938), completados luego, en 1955, con “Sábado pleno”, siempre con el propósito de entroncar a la inmigración judía con la vida nacional. “Sabadomingo, señala un autor, resulta la unión del descanso sabatino del judía y del descanso dominical de los argentinos).

En esos años, se prodiga en la lectura y en la escritura, avanzando en ambas sobre dos caminos: la tradición judía que recibe por su familia y el creciente fundirse en Buenos Aires, con sus compañeros de grupo. Asimismo, también camina una doble vía en su formación: la literatura más excelsa que ha dado la humanidad y el lenguaje lunfardo del arrabal. Así se gesta una personalidad literaria muy singular. “En los textos de César Tiempo –señala acertadamente Carlos Marcelo Thiery- se mezclan, con magistral belleza, expresiones arcaicas y modernas, científicas y atorrantas, términos cultos y palabras rústicas, vulgaridades que adquieren majestad y sutiles expresiones de lenguas muertas posibles de ser comprendidas ‘en cualquier vereda’, tal cual él lo desea… Tiempo jamás abdicó de su cultura hebrea, pero esa raíz no le impidió ser uno de los hombres insignes de Buenos Aires”. Al mismo tiempo –recalca Thiery- “así como lo fascinaban la universalidad de Heine, Plutarco, Emerson o Descartes, así inscribía su devoción por la obra que codificaron en lunfardo Dante A. Linyera, Álvaro Yunque, ‘el malevo’ Muñoz o Nydia Cuniberti. Sus vínculos de bodegón con Cadícamo, Discépolo, el noqueador Luis Ángel Firpo, Gardel y el Onasis poligriyo que vendía cigarros en la Avenida Leandro Alem, eran tan naturales como el intelecto profundo que lo unió a André Malraux, a Greta Garbo como analista de libros cinematográficos a Federico García Lorca y a Tatiana Pavlova… En Salta, lo deslumbró Juan Carlos Dávalos diciéndole que ‘el tiro al blanco’ debería ser cambiado por el ‘tiro al tinto’. En Nonogasta y Chilecito, halló la simiente de Joaquín V. González… En Toulouse exploró la casa natal de Gardel; en París, los aposentos de Balzac; en Bruselas, el solar que habitó San Martín en su destierro y en Nápoles alcanzó a Curzio Malaparte, traído por aquello que escribió en ‘La piel’: ‘Toda muestra de optimismo es un signo de ingenuidad’. Y en un tren que lo llevaba de Basilea a Milán llegó hasta Charles Chaplin, con quien terminó en la Scala, viendo ‘La Boheme’. Pocos –o casi ninguno- como él, entre los escritores de su época, con un conocimiento tan profundo, al mismo tiempo, de la literatura universal y de la literatura nacional. Asimismo, sus artículos y críticas literarias resultan verdaderos ensayos, con profundidad y un singular manejo del idioma”.

En la década del ’30, incursiona en el teatro alcanzando un éxito importante con “Pan Criollo”, “El teatro soy yo” y “Amorina”, al tiempo que prepara guiones cinematográficos.

Cubre así todas las condiciones para ser reconocido y homenajeado por la sociedad, como maestro indiscutido. Pero la sensibilidad social que llevaba al jovencito a alinearse con los de “Boedo”, en la década del veinte, lo conduce, en la década del cuarenta, a manifestarse a favor del peronismo.

Peor aún, no se trata de una simple adhesión sino que va más allá: cuando el antiperonismo brama de cólera por la expropiación del diario “La Prensa”, que pasa de las manos oligárquicas de Gainza Paz a poder de la Confederación General del Trabajo, él acepta dirigir el suplemento literario de los domingos.

La gente llamada “culta” no se lo perdona jamás. Juzgan que en la actitud de Tiempo hay interés personal, de prestigio o de dinero, cuando es obvio que se trata solamente de la continuación de su vocación popular expresada en las simpatías por el socialismo o el anarquismo en los años veinte.

Allí comienza la repulsa por parte de los autores consagrados y los periodistas del sistema, que se convierte en represalia al producirse la caída del peronismo en 1955.

Los poetas exquisitos se solazan, entonces, bajo el gobierno de Aramburu, atacando con epitafios supuestamente inteligentes a los escritores que ahora ingresan al index por haber colaborado con “el tirano prófugo” y él es uno de ellos:
Desvirtuando su apellido
pues el tiempo es inmutable
César Tiempo miserable
yace aquí medio podrido.
Sobre su tumba: Paz, la gente piensa
pero Paz de verdad: el de ‘La Prensa’.

Ahora llega el más absoluto silenciamiento. Como a Leopoldo Marechal y a tantos otros, se le cierran las columnas periodísticas y las editoriales, así como los trabajos para el cine o el teatro. El frenesí “gorila” que dura algunos años, lo coloca a él –que según dijera alguien “era la cultura caminando”- al margen del mundo de “la cultura”.

“Me aguanté el resentimiento y el odio de todas las fuerzas liberales”, dice Tiempo, amargamente. Se recluye y lee, recibe a algunos jóvenes escritores a quienes estimula para perseverar en los grandes temas y en la técnica del lenguaje. Son años de silencio en los cuales resiste escribiendo, leyendo, arrinconado junto a sus amados libros.

“César Tiempo es mucho en la cultura argentina –escribe Orestes Katorosz, en 1972- Ha publicado 26 libros, 15 obras de teatro y más de 80 guiones de películas”. “Periodista autodidacto, dueño de una enorme erudición, prosista de idioma vivo, suculento, sabroso, un dotado para las lenguas y un hombre bendecido por una gracia terrena y angélica –lo define Eliahu Toker-. Era inmenso, con esa sencillez y naturalidad que tienen las inmensidades”.

Sin embargo, recién por los setenta, consigue reflotar desde la penumbra. El diario “Clarín” le abre las columnas de su suplemento “Cultura y Nación”. Desde allí, adhiere, en junio de 1973, al fenómeno político que se despliega con el retorno de Perón y el triunfo del 11 de marzo: “Contra la voluntad de dominio de los dos gigantes que pretenden parcelar al hombre, imponer una sola visión del mundo y la misma horrorosa voluntad de nivelación, se alza nuestra tierra como el último baluarte de la libertad de conciencia, de respeto a la individualidad creadora, de rechazo incontrastable a las codicias del imperialismo”.

Publica, asimismo, varios libros. En 1974, “Clara Beter y otros fatamorganas” (Peña Lillo Editor) donde recuerda el episodio de “Clara Beter y reproduce lo que él llama “microbiografías de chaleco”, producto de sus reportajes y andanzas por el mundo. En 1978, lanza “Capturas recomendadas”, donde traza semblanzas cálidas y profundas de escritores que, en su mayor parte, han sido compañeros de aventuras e ilusiones.

Transcurre sus últimos años preocupado por su problema cardíaco y una progresiva pérdida de visión, que lo obliga a usar unos anteojos de gruesos cristales. Al mismo tiempo, prepara “Manos de obra”, valiosa reconstrucción del mundo literario de su época, libro que aparece, como póstumo, poco tiempo después de su muerte.

En 1980, el fallecimiento de su esposa lo golpea duramente. A veces, sin embargo logra superar la depresión y toma en solfa el cuidado de los médicos: “Los médicos están empeñados en que muera sano… No comprenden que yo soy un moribundo vitalicio y que no sé si tendré fuerzas para asistir a mi sepelio”.

Fallece el 24 de octubre de 1980. “Ni una calle, ni una plaza porteña llevan todavía su nombre”, sostiene con razón, Eliahu Toker. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, pág 360, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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ELÍAS CASTELNUOVO  -  (1893 – 1982)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Elías Castelnuovo se lo recuerda (cuando alguna antología se digna mencionarlo) por sus ficciones de los años 20 y 30, a las que los generalmente desdeñosos críticos literarios adosan indefectibles adjetivos como “tremendistas”, “pietistas”, “truculentas”, etc.

También se suele citar con insistencia su desacertado rechazo, cuando era responsable de la Editorial Claridad, de los originales de “El juguete rabioso” de Arlt o la ingenuidad (compartida con muchos) de creer en la travesura de César Tiempo, quien le hace prologar los “Versos de una…” de la supuesta prostituta ucraniana Clara Beter. Tiempo era el verdadero autor del libro y Castelnuovo solo previó la impostura a último momento, atinando a firmar el prólogo con el seudónimo Ronald Chávez.

Aparte de eso, nada, o muy poco más se dice de él. Tal vez, que fue uno de los creadores y principal animador del grupo de Boedo o que en 1933 fundó la Unión de Escritores Proletario junto a Roberto Arlt.

Es por eso que muy pocos saben (los estudiantes de letras menos que ninguno) que Elías Castelnuovo vivió hasta 1982 y que nunca dejó de luchar, de escribir ni mucho menos de expresar, en los géneros literarios más diversos, su pensamiento político permanentemente jugado del lado de las masas populares.

Nacido en el barrio Palermo de Montevideo –el 6 de agosto de 1893- desde su niñez trabajó en distintos oficios. Fue pintor, albañil, tipógrafo (el texto de su primer libro, “Tinieblas”, en 1923, fue compuesto en la linotipo por él mismo), periodista, asistente del notable cirujano Lelio Zeno, peón de frigorífico, maestro de escuela, ebanista. En un reportaje de 1968 se jactaba: “En mi casa no entra electricista, ni carpintero, ni pintor, ni cerrajero, ni albañil, ni plomero, ni lustrador de muebles, debido a que a todos ellos los reemplazo yo”. (…) “Los escritores –agregaba-, en líneas generales, fuera de escribir no saben hacer más nada. Y a veces ni eso”.

Su justa valoración del mundo del trabajo, al que fue fiel toda la vida, le hacía exclamar: “Todo lo que huele a literatura a mí sinceramente me apesta”. Esta actitud, lo convertía en una rara avis dentro del mundo esclerosado de la literatura argentina de su tiempo. No poco del aislamiento en que vivió la mayor parte de su vida tiene que ver con eso. Pero, también, con la particular evolución de su pensamiento político, que lo llevó desde un anarquismo incendiario en su juventud (fue redactor del diario ácrata “La Protesta” en los tiempos de la Semana Trágica) hasta la adhesión, en sus años de madures, a las posiciones ideológicas de la Izquierda Nacional.

Afiliado comunista en los años de Boedo (su libro de 1931 “Lo que yo vi en Rusia”, es uno de los mejores y más sinceros testimonios de la revolución bolchevique vista por ojos sudamericanos), tuvo el coraje suficiente (que no era poco), para romper con el partido comunista luego de los acontecimientos del 17 de octubre de 1945, fundando su actitud en un pensamiento de Lenin: “Prefiero estar equivocado con las masas, que estar solo con la verdad, en contra de las masas”.

Colaboró, en esos años, en la revista “Mundo argentino” y, en 1952, publicó su novela “Calvario”, autobiográfica como buena parte de su obra, y perfecta demostración, en lo técnico, de que Castelnuovo era –como dijo certeramente César Tiempo- “el hombre que mejor conversaba por escrito en el Río de la Plata”.

Después del ’55, participó con Eduardo Astesano y otros pensadores del campo nacional en la revista “Nacionalismo Marxista”. Allí abogó, con la llaneza y combatividad de siempre, por la nacionalización de nuestra cultura dependiente: “En nombre de ‘lo universal’ –firma en el Nº 2, de julio de 1957- se introducen en el mercado del espíritu nacional (…) los mismos contrabando que en nombre de ‘la técnica’ se introducían y se siguen introduciendo en el mercado de la economía, como lo eran los ferrocarriles ingleses, los teléfonos norteamericanos y otros ‘adelantos’ de la misma naturaleza. Pero sucede que ‘lo universal’, en contraposición a lo nacional, ya no engaña más a nadie, a causa de que siempre viene con el sello de alguna nación, y cada libro que aquí se edita bajo ese rubro o cada obra teatral que se representa, trae invariablemente la firma de un francés o de un ruso, de un alemán o de un yanqui”.

Con la misma meridiana claridad, la emprende, en una entrevista de los años ’60, contra la línea histórica mitrista, a la que califica de “mortífera”, al tiempo que rescata a “Boedo” y a FORJA como los grupos más importantes existentes en su época. Ambos, dice, tuvieron como eslabón de enlace a Raúl Scalabrini Ortiz, “el gran olvidado”. Y para no dejar dudas acerca de su ubicación político cultural subraya más adelante: “Existe ahora en el país una intelectualidad esclarecida, pujante, valiente, que procura reencontrarse con la Argentina, que busca a través de la nacionalidad la emancipación de la nación y a través de la nación, la unión de todos los pueblos de Latinoamérica”. Entre esos autores que buscan “rescatar y transformar nuestra historia”, Castelnuovo destaca a Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche, David Viñas, Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Liborio Justo, Luis Alberto Murray y José María Rosa.

Precisamente, cuando en 1973 uno de ellos, Rodolfo Puiggrós, asume la intervención de la Universidad de Buenos Aires, se le otorga al viejo luchador el título de profesor emérito de esa casa de altos estudios. Al ser notificado de la distinción, con fecha 11 de setiembre de ese año, Castelnuovo le escribe a Puiggrós: “Cada vez que recibo una correspondencia con un sello oficial, se me pone la piel de gallina, porque si no es una citación de los tribunales, es una citación de la policía. Vos conocés mi currículum, que no es el de Borges, ni el de Barletta: 8 allanamientos, tres afuera y cinco adentro de mi casa, 2 procesos donde el juez pedía para mí tres años de confinamiento en Ushuaia en uno y en el otro el retiro de la ciudadanía y la deportación a mi país de origen; 2 años en la vía con captura recomendada; 4 veces con un vigilante en la puerta durante tres meses; detenciones y calabozos al frappé. De manera que mi temor siempre que recibo algo con un membrete oficial está plenamente justificado. Te digo todo esto, porque hoy recibí por fin la copia de mi designación por parte de la Universidad de Buenos Aires con tu firma al pie. No solamente me produjo alegría el nombramiento, sino los fundamentos que me comprometen con lo que siempre estuve comprometido. Hay en su redacción hondura y dignidad. No aparece ninguna chupada de medias para el gobierno. Está redactado con incuestionable altura moral”.

Con esa misma altura moral evoca su larga y andariega existencia en su libro de “Memorias”, publicado por Ediciones Culturales Argentinas en 1974. Tres años antes había publicado su brillante exégesis del cristianismo primitivo: “Jesús, montonero de Judea”. Hacía unos meses que el cesarismo oligárquico se había entronizado otra vez en el poder, lo que no fue obstáculo para que el autor estampara este párrafo en la contraportada: “Es más fácil tener un crucifijo en la cabecera de la cama, que despojarse de la cama y dársela a otro que carece de ella. Es más fácil ponerse de rodillas en una iglesia que ponerse a curarles la lepra a los leprosos. Es más fácil orar por los que no tienen pan que proporcionarle el pan a los que no lo tienen. Respetar una imagen que respetar a una persona. Rogarle a Dios por la paz en el cielo que trabajar por ella en la tierra”.
“Esa fue –dirá Norberto Galasso- la última pedrada a la vidriera exquisita de los monstruos literarios del sistema”. Después de eso, se refugió en su casa de la calle El Rastreador al 400 en el barrio de Liniers, adonde iban a visitarlo los pocos que se acordaban de él. Como, por ejemplo Galasso, quien lo recuerda “con su increíble flacura, enfundado en un pullóver y unos pantalones grises, desgranando en enfáticos agudos su protesta de sempiterno revolucionario”. Allí, en el “barrio de casas baratas”, fallece el 11 de octubre de 1982.

“Malditos” se llamó uno de sus libros de la década del ’20. Él mismo, con el tiempo, llegó a ser uno de ellos. ¿Cómo no iba a serlo alguien que, sin pelos en la lengua ni turbaciones en el corazón, escribía cosas como éstas?.
“…(Nuestra literatura) es una literatura sin sangre. Por ningún lado se le ven callos o deformidades propias del esfuerzo y la contracción. Jamás se metió en las minas del interior o se ensució de grasa en los ingenios o se desgarró la piel en las cosechas. Jamás entró en un sindicato o en una fábrica. Jamás estuvo encarcelada por revolucionaria.

Tras de ser pomposa y vacía, fue siempre parcial y conservadora. Nuestra literatura no vio jamás la tierra donde pisaba. Si hay quienes ignoran la vida nuestra, son, precisamente, aquellos que escriben la historia de nuestra vida”. (“Los Nuevos”, 1924).
“Lo ‘internacional’ suele ser a menudo la carnada que el imperialismo le larga a los pueblos dependientes para que se traguen después, con los empréstitos y los pactos bilaterales, todos los sobrantes de su desbordante nacionalidad. Empieza por ‘internacionalizar’ un canal como el de Panamá, a veces, y termina por ‘internacionalizar’ Puerto Rico, el dólar y las Filipinas. Y mientras los ‘internacionalistas’ ingenuos ponen los ojos en blanco y miran soñadoramente el techo del firmamento, los nacionalistas internacionales, que no se chupan el dedo, planta que te planta jalones en todas las naciones, ‘empresas privadas’ y bases estratégicas, se van apoderando paulatinamente de todo el globo terrestre”. (Columnas del nacionalismo marxista” 1957).

“Sin duda Sartre fue quien puso en circulación lo que pasó a denominarse ‘literatura comprometida’, y esta misma calificación sirvió después para descalificar a un tipo determinado de arte. En efecto: a todo escritor de ideas avanzadas, ahora, se le aplica ese término a veces para disuadirlo de su actitud y otras veces para enterrarlo, como si los que lo utilizan no tuviesen compromisos con nadie. Si se acepta, con todo, que el escritor, antes que escritor es un hombre, y que no es el hombre quien hace el mundo, sino que, por el contrario, es el mundo quien hace al hombre, suponer la existencia de una literatura no comprometida es dejar sentado que el escritor no tiene ningún compromiso con el hombre, ni que el hombre tiene compromiso alguno con el mundo. Un ejército no comprometido, o es un ejército que se comprometió de antemano con el enemigo o es un ejército que tira en contra. Toda literatura, por lo demás, es siempre una literatura comprometida. Unas veces convicta y confesa y otras veces implícita y sin confesar. De manera que todo aquél que censura la literatura comprometida con la izquierda, es porque está comprometido, no solamente con la literatura de la derecha, sino con toda la estructura de su fundamento social. Yo estoy en esto con Sartre y también con Tolstoy que sostenía que el escritor debía estar siempre a la altura de los grandes ideales de su tiempo”. (“Palabras con Elías Castelnuovo”, 1968).

“Para ocupar un sitio de vanguardia en el campo de las letras es necesario previamente ocupar un sitio de vanguardia en el campo de las ideas. Los que marchan por detrás de las corrientes del pensamiento de las masas populares, no pueden pretender marchar por delante del pensamiento de las corrientes del arte que son en definitiva el resultado de las aspiraciones y necesidades de ese mismo pueblo y de esas mismas masas”. (“El decálogo de un escritor”, 1974).
“Durante la Edad Media los enemigos más grandes que tenía la humanidad eran la lepra, la sífilis y la tuberculosis. Hoy, en cambio, el enemigo más grande con que cuenta la especie humana es Norte América (…) Quien no contribuye a mejorar el mundo, con su indiferencia contribuye a empeorarlo”. (“Caña fístula”, 1974). (J.C.Jara, Los Malditos, vol I, pág 246, Ed Madres de Plaza de Mayo )

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JUAN WALLPARRIMACHI (o HUALPARRIMACHI) – (1793-1814)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Sólo responden bosques profundos
Fuentes y sierras a mi clamor;
Nadie comprenda ya sobre el mundo
¡Ay! mi quebranto ni mi dolor.

Quienes se asombran de que en 1816 San Martín, junto a Belgrano, Güemes y otros patriotas, abogaran a favor de la coronación en estas tierras de un descendiente de la dinastía incaica, desconocen la profunda inserción que los hoy llamados “pueblos originarios” tuvieron en los sucesos de la revolución y la independencia de las Provincias Unidas. Un caso peculiar en este sentido es el del indio Juan Wallparrimachi, quien, además de luchar junto a las guerrillas de Juana Azurduy y Manuel Asencio Padilla en el Alto Perú, puede ser considerado con justicia como uno de los primeros poetas de nuestra América independiente.

Nacido en Macha, partido de Chayanta, Potosí, en 1793, hijo de madre india y padre español, quedó huérfano a poco de nacer. Como no conocía el apellido de su padre, adoptó el de su abuelo materno, y así escribirá después:

“Porque no conocí a mi madre,
más que la fuente lloro,
porque no hubo quien me ampare
mi propio llanto bebí”.

Recogido por los esposos Padilla, se cuenta que en cierta ocasión Manuel Asencio enseñaba a sus hijos a leer y escribir ante la mirada atenta y silenciosa del pequeño criado indio. De pronto, ante el asombro de todos, el niño tomó un trozo de carbón y escribió su nombre en la pared. A partir de ese momento fue otro alumno y un hijo más de los Padilla Azurduy.

Al cabo de corto tiempo leía y escribía a la perfección, no solo en castellano sino también en quechua, el runa simi del imperio perdido:

¿Ima phuyu jáqay phuyu,  /  ¿Qué nube puede ser aquella nube
yanayásqaj wasaykamun?  /  que entenebrecida se aproxima?
Mamaypaj waqayninchari   /  Será tal vez el llanto de mi madre
paraman tukuspa jamun.   /   que viene en lluvia convertido.

“La estructura de su poesía –dirá Néstor Taboada Terán- exhala un aliento lírico de notable vitalidad. Es la misma que utilizaron los arawicus del pasado. Es decir, escritos en pentasílabos distribuidos en estrofas de seis versos, aunque existen también unas pocas de a cuatro”. En cuanto a su temática es una, casi excluyente y obsesiva: la nostalgia por el amor perdido. La habría inspirado una joven muy bella, Vicenta Quiroz, casada contra su voluntad con un rico minero andaluz, por lo demás tosco y anciano. Los jóvenes vivieron un tiempo una apasionada relación clandestina, que al ser descubierta termino con la reclusión permanente de Vicenta en un monasterio de Arequipa.

Obsedido por el recuerdo de ese amor frustrado, Wallparrimachi describirá su desdicha y la de su amante en endechas planas de ternura:

¿Cómo pudiera hacer
para peinar con peine de oro
tu negra y seductora cabellera
y ver cómo ondula alrededor de tu cuello?

¿Cómo pudiera hacer
para que los luceros de tus ojos
rompiendo el caos de mi ceguera
solo brillaran en mi corazón?

¿Cómo pudiera hacer
para que la pureza de tu mano
avergonzando a la azucena
reverberara todavía más?

¿Cómo pudiera hacer
para que el ritmo de tu andar
en cada paso fuera derramando
más flores que las que hoy le veo derramar?

Y si me fuera dado hacer todo esto,
ya podría plantar tu corazón
dentro del mío, para verlo
eternamente verdecer”.

Para 1814, Juan Wallparrimachi es un joven de 21 años, “quechua puro por su color, por sus facciones y por su espíritu”, que lucha aguerridamente contra los godos (“los tablas”, dirían allí y entonces) al lado de sus padres adoptivos. Liderando un contingente de ochocientos honderos indígenas participa de la reñida acción de Las Carretas, así descripta por un cronista de la época: “Reforzado el enemigo, le atacó en el punto de Carretas, donde resistió con treinta fusileros, y más de ochocientos indios, guerreando cuatro días. Murieron treinta tablas, se ganaron cinco fusiles, y una espingarda de cañón de tres varas; no obstante, logró seducir el enemigo al indio gobernador Mamani, y se introdujo por el punto que guardaba Padilla, a quien lo rechazó a traición, pero se encaminó a atacarlo de noche en su campamento con doce fusileros en que murieron otros tablas, y después se retiró Padilla a tres leguas de distancia, solo con pérdida de un teniente hondero, donde permaneció tres días”.

Esa impersonal única pérdida, ese innominado teniente hondero caído en la jornada del 7 de agosto de 1814, era Juan Wallparrimachi, el valiente guerrillero, el tierno poeta que supo inmortalizar en sus rimas a la infortunada Beatriz criolla que amó y no pudo olvidar:

“Solo en ti está mi corazón
y cuando sueño
no veo a nadie sino a ti.
Solo en ti pienso
y a ti también te busco
si estoy despierto.

Igual que el sol
fulguran para mí
tus ojos.
En tu rostro se abren,
para regalo mío,
todas las flores.

La lumbre sola
de tus pupilas
me da la vida.
Y tu boca florida
con su sonrisa
me hace dichoso.

Ven, y ámame,
tierna paloma,
no temas nada,
pese al destino,
yo te amaré
hasta la muerte.

(Juan Carlos Jara, Los Malditos, Tomo I, página 374, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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FRANCISCO BAGALÁ – (1932-1996)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Declaración Jurada
Nací un jueves
A medianoche.
Mi nombre tiene
Tres vocales fuertes
Y tres consonantes blandas.
Tengo un tierno corazón
Y un espíritu violentísimo.
Y soy un hombre alegre
Que escribe cosas tristes.
Con el resto de mis contrastes
Podría yenar varios cuadernos,
como cualquier otro mortal.
Para qué mierda, entonces,
nos clasificamos.
Lo mejor sería
que no me tomaras en serio
y nos dejáramos vivir
sin violaciones.

(“Según Yo”, de Francisco Bagalá, carpeta Nº 6 de Editorial Papeles de Buenos Aires, dirigida por Roberto Jorge Santoro. Los errores de ortografía responden a un modo de expresión elegido por el poeta)

Francisco “Tano” Bagalá, hijo de padres inmigrantes, nació en Buenos Aires el 7 de setiembre del año 1932. Poeta popular, admirador de Jauretche y ligado profundamente al Pensamiento Nacional. Su hijo Adrián nos decía: “Se casó con Liria Rofrano en 1958 y siguieron juntos hasta el final. Tuvieron dos hijos (Gabriela y Adrián), mi viejo era fana de Boca, le gustaba el fútbol en general, llegó a jugar en la tercera de Banfield y en la Primera de San Telmo. Era de Boca y era de La Boca, cosa que tuvo mucha influencia en su vida y en su poesía…” También influyó en él la militancia de un abuelo suyo en la FORA…” era una tradición a seguir, tanto la lucha social, como un código ético del barrio, de la calle, que mantuvo siempre…” “Le gustaba la noche, el vino, la comida. Se autodefinía “rabelesiano”. Amaba el entusiasmo, la alegría de la gente cuando se junta…” Tiene más de 70 canciones registradas en SADAIC. Le pusieron música a sus letras artistas como: Astor Piazzolla, Rodolfo Mederos, J.F. Pagliaro, Osvaldo Pugliese, José Ángel Trelles, Fernando Porta, Marcelo San Juan, Julio Lacarra, Horacio Fontova, Osvaldo Avena y otros… A propósito, el artista Marcelo San Juan nos escribió: “Hablar del tano Bagalá, es hablar de un artista que fue más que un amigo ya que el maravilloso acto de componer canciones supone blanquear los secretos más profundos del alma y los sentimientos, y compartirlos en búsqueda de la belleza. Tuve la suerte de que me haya elegido para componer con él alrededor de 60 temas a lo largo de 11 años, “El hombre del espejo”, “Tres vidas”, “Basta de sobrevivir”, “De baldosa en baldosa”, son apenas algunos de los títulos más conocidos. Sólo quiero decir que hace mucha falta su presencia, su talento, su sabiduría, su manera de ser… Fue un poeta grande que escribió canciones junto a tipos como Astor Piazzolla por ejemplo, que tuvo un estilo y un sello personal. Que nos pintó con crudeza y ternura, que nos dejó un legado inolvidable. El Tano Bagalá, genio y figura, quedará por siempre en la Historia enriqueciendo nuestra cultura. Gracias por todo.”

Fue fundador junto a otros poetas de Poesía 83, espectáculo con recitales de poesía que tenían una duración de quince días y del que participaban poetas, músicos y actores de todo el país. También fundó dos cooperativas editoriales manejadas por sus trabajadores, al igual que la distribución y venta de los libros. Las ganancias se repartían entre todos. Estas cooperativas duraron casi veinte años… “Mi viejo era un tipo irónico, tierno, profundo, calentón en todo sentido. Rompió con el tango a fines de los 60, para él, el tango había muerto en los años 50 con la muerte de Manzi y Discépolo. Creía que el tango siempre estaría detrás de cualquier nueva música, pero como expresión viva de la realidad argentina había terminado. Comenzó a componer canciones urbanas con músicos más jóvenes que él y que venían de otras corrientes. Su poesía se hizo más surrealista y más política. Siempre se consideró a sí mismo un poeta argentino y porteño sobre todo. Era poeta, era un padre que uno elegiría si pudiera, era un buen tipo. Siempre dio mucho más de lo que recibió”.

Este sensible y prolífico poeta popular ha sido injustamente ninguneado por un sistema cultural que premia a los alcahuetes y mediocres y condena a los dignos y talentosos. Gran parte de su obra, se encuentra hoy día inédita.

Murió el 5 de enero del año 1996.

En 1986, Bagalá le regaló un ejemplar de “popismos” al poeta Diego Mare, en la dedicatoria escribió:

“Diego:
Te doy este libro –el último que queda en mi casa- simbólicamente roto por el uso y el abuso.
Tal como he destrozado metódica y alegremente, la caparazón de mis sentimientos para que salgan a girar y vuelven a mí infectados del alma de los otros, mis amigos, mis compatriotas, mis dobles.
Tano 20/9/86”

Para cerrar la semblanza de este singular poeta, transcribimos la poesía que alguna vez le escribiera, a uno de los más grandes poetas nacionales: Discepolín.
Eras un loco más, uno que hablaba
De la tanga fulera de la vida,
Ya chiquilín, a veces me temblabas,
Pero eras uno más… ¡yo que sabía!

Abombao de lirismo y geometría
empaquetao de fe, como un salame,
pensé que eras un gil sin alegría:
Yo estaba amaneciendo… ¡perdoname!

Pero después me ataron la cadena
me rajaron al barrio de la pena
por cantar a destiempo de la orquesta

Y… aquí me ves, ando por fin tu ruta,
la suerte es puta, cada día más puta…
Y Dios… que no contesta… ¡no contesta!
Francisco Bagalá

Que el lector juzgue si es posible que un hombre de esta hondura, sea un “maldito”. (M.C. Ardanaz y E. Zabala, Los Malditos, vol. III, pág. 160 Ed. Madres de Plaza de Mayo)

Un agregado nuestro:
Hace unos días, su hija, Gabriela Bagalá, en comunicación con nosotros nos agradeció por recordar a su “viejo”, nos envió una foto con su verdadero rostro (nosotros, hace unos años habíamos publicado su biografía con una foto que no era la suya) además nos agrega unas líneas que completan la biografía de este escritor, que como otros, permanece casi desconocido. Muy bien lo dicen los autores de la biografía, Ardanas y Zabala, “Que el lector juzgue si es posible que un hombre de esta hondura, sea un ‘maldito’.”

Las palabras de su hija Gabriela:

“Si bien él se autodefinía como poeta y autor de canciones, también incursionó en el teatro, cuento y en algunos guiones de televisión, claro que no todos fueron estrenados.
Entre las obras de teatro estrenadas citaría "El viaje del Ángel", "Dragún adaptado" y "El ojo en la paja ajena".
Curiosamente, su primer disco larga duración, en 1968, completo con canciones de él, fue de folklore (digo curiosamente porque nunca más escribió folklore).
Se llama "La Patriada", cantada por el conjunto "Los gauchos". Eran 12 canciones dedicadas a la gesta de la independencia. Había canciones dedicadas a San Martín, a Mariano Moreno, al 25 de mayo... incluía también tópicos que no eran comunes para las canciones patrias de aquella época. Por ejemplo:
<Se paró Dorrego, bajo el sol naciente
El coraje fijo, mirando al piquete…
Lavalle hace mucho que mata y galopa,
Y no se da cuenta, que esto es otra cosa…!
... >”

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NIRA ETCHENIQUE – (1932-2005)

UNA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació el 26 de marzo de 1932, en el barrio de Flores de la ciudad de Buenos Aires. Desde muy joven, abordó la literatura, cultivando el cuento, la poesía y la novela. A los veinte años, publicó “Mi canto caído”, al cual siguió, en 1955, “Esta tierra puesta en soledad” y poco después, “Horario corrido y sábado inglés”, que recibió la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1958. Ese mismo año publicó “Alfonsina Storni”.

Pero Nira fue siempre una rebelde y sus posiciones contestarías la alejaron de esos premios que parecían abrirle camino hacia la celebridad.
En 1960, lanzó un libro de poemas titulado “Los dueños del hambre”. Por entonces, producida la Revolución cubana, ejerció el periodismo en la isla.

Frustrado su primer matrimonio con Montague Adelfang, se casó con otro gran poeta: Mario Jorge de Lellis. Después de publicar “Roberto Arlt” en 1963, Nira alcanzó notable éxito con su libro de poemas “Diez y punto”, que alcanzó cuatro ediciones, suceso singular en materia de obras poéticas.

Por esa época, bajo la influencia de Julián Centeya, quien le decía que ella “debería ser el Homero Manzi con polleras”, Nira ingresa al mundo del tango: “De charco y jazmín”, “Réquiem para Discépolo”, “De mi barrio Flores”, “Chau, viejo”, “Fue la ciudad”, “Nelly de barrio” y otros.

En 1966, publica “Sur”, en 1967 “Ultimo oficio”, en 1971 “Tempestad es la palabra” y en 1979, la novela “Persona”, que fue censurada por la dictadura. Produce según lo siente, sin concesión alguna a la crítica ni a los mitos consagrados, lo cual la margina, generándole períodos de escasa actividad creadora.

En el año 2000, vuelve con “Judith querida” y en el 2003, con “Vox Populi”, recibiendo un premio de la casa de Cultura de Navarra. La enfermedad la tomó, poco después, y fue minando sus energías, hasta llevarla a la muerte el 6 de agosto del 2005. Edgardo Lois escribió entonces con razón que solo “un recuadrito ínfimo, no más de cinco líneas”, le dedicó un matutino, mientras, desde un modesto boletín, Roberto Selles intentaba hacer justicia: “Nira fue, además de poeta, cuentista, novelista, ensayista y periodista, todo en igual altura de calidad. ¿Es posible que, en estos tiempos que corren, se desvalorice tanto lo realmente valorable?... Pero nos empecinamos en no creer esa dolorosa partida que ella se inventó el 6 de agosto… Estaremos con ella cada vez que abramos uno de sus libros”.(N. Galasso, Los Malditos, T III, pág, 174, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ALBERTO VACAREZZA – (1886-1959)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Dos maldiciones debió sobrellevar en su vida don Alberto Vacarezza. Una tiene que ver con el golpe de 1955 que a causa de la notoria militancia peronista del comediógrafo intentó sepultar su memoria en el silencio y la calumnia. “Fue víctima de acusaciones torpes y censuras ridículas –dirá Juan Oscar Ponferrada-. Secuela de esos juicios erróneos o malévolos fue la determinación de la entidad de actores en el sentido de abstenerse de todo homenaje al autor en el momento de su muerte”.

La otra maldición, en cambio, se prolonga virtualmente hasta nuestros días y está relacionada con el desdén que su obra sigue suscitando entre la mayoría de los críticos e intelectuales argentinos que, salvo raras excepciones, lo siguen considerando, como en su época, un autor menor, reidero y pintoresquista, con tendencia a repetirse y a buscar, con recursos caricaturescos, la risa fácil y el mero éxito de taquilla. Alguna vez, incluso, el periodista Manuel Sofovich llegó a culpabilizarlo de la supuesta “corrupción del idioma castellano en buena parte de la población argentina”. De esos y otros detractores se defendía el autor de “Tu cuna fue un conventillo”: “A mí… me han criticado mucho el uso de expresiones espurias en mis sainetes. Y ¿qué iba a hacer? Yo no he inventado nada; he copiado nuestro lenguaje vernáculo. Si me hubiera ceñido a las reglas de la Academia, mis sainetes no habrían podido ser. Pero apechugo con las críticas y las acusaciones, soy como soy; escribo como siento. Si hice poco por elevar el nivel intelectual del arte, me alienta la presunción de haber argentinizado un poco el teatro argentino…”.

Vacarezza había nacido el primero de abril de 1886, en Buenos Aires, en los límites de Almagro y Villa Crespo y ya desde chico le gustó deambular por los barrios de la ciudad que tanto amaba. “La calle, sobre todo, tenía para mí una atracción irresistible –confesó alguna vez-. Todas las esquinas del barrio de Almagro me eran familiares. También recorría otros barrios y me llegaba hasta el centro, por la vía estrecha de Corrientes angosta. Caminaba sin prisa, parándome a cada rato en las esquinas. Una esquina es el punto neurálgico para tomarle el pulso a una ciudad. Es como una vidriera viviente que nos ofreciera el muestrario de una población en movimiento. Por ella va desfilando una humanidad abigarrada que descubre al observador el afán de cada día. Y mi afán era descubrir los “afanes de los demás”.

Esos “afanes de los demás” fueron los que después volcó en su obra teatral, iniciada en 1903 con la pieza corta “El juzgado”, estrenada en Villa Crespo por un grupo de actores aficionados, y siguió con otras obras menores hasta llegar a “Los escrushantes” (1911), con la que obtuvo el primer premio en el concurso organizado por el teatro Nacional. Se cuenta que uno de los jurados, de origen español, devolvió la obra sin leerla por la profusión de lunfardismos que le impedía entender la trama. Y justamente allí, en el lenguaje, netamente popular y recogido en esos vagabundeos por la ciudad a los que era tan afecto el autor, se basa una buena parte del éxito y la perdurabilidad de su teatro.

Cabe a Osvaldo Pelleteri y a Nora Mazziotti el mérito de haber llamado la atención sobre el carácter festivo de la obra de Vacarezza (llena de música, bailes y colorido) y la importancia que en él ocupaba el lenguaje. En él encontramos palabras (“vesre”), uso de lenguas inventadas, remedo de otros lenguajes y retóricas, por ejemplo el discurso político así parodiado en “Todo bicho que camina”, de 1922: “Es que la idiosincrabilidad de los fragores inmanentes no ha querido propiciar las resultancias negativas del proteico lapidario de las graves inminencias laudatorias que persigan las austeras incongruencias del delirio nacional”. Ese diestro manejo de lenguas y vocabularios jergales utilizados por las clases populares en la Buenos Aires de principios de siglo (sin olvidar el habla de las zonas rurales) caracterizaron y dieron brillo a la vena creativa (profundamente lúdica) del autor de “Juancito de la Ribera”.

Esa misma facundia y poderosa inventiva la volcó, además, en innumerables letras de tango (“Padre nuestro”, “El carrerito”, “Araca corazón”, “Talán, Talán”, “La copa del olvido”) indisolublemente ligadas a su fecunda producción dramática. En ese sentido, se han llegado a contabilizar cerca de doscientas piezas teatrales (entre sainetes, dramas, revistas, romances históricos y comedias), escritas y estrenadas entre 1903 y 1947. Sus títulos más destacados: “El conventillo de la paloma” (que en 1929, año de su estreno, alcanzó mil representaciones a sala llena), “La casa de los Batallán” (drama traducido al alemán por Otto Buek), “Cuando un pobre se divierte”, El fondín de la alegría”, “El cabo Rivero”, “Lo que le pasó a Reynoso”, “San Antonio de los Cobres”, etc.

También se dio tiempo para publicar algunos libros de poesía: “La Biblia gaucha” (1936), “Cantos de la vida y de la tierra” (1944) y otro de exégesis hernandiana: “Dijo Martín Fierro”.

“Cuando el teatro de Vacarezza no se represente más –escribió Arturo Jauretche en ‘Los Profetas del Odio’- se exhumará como documento, y dirá más sobre la historia de Buenos Aires que todo lo que hemos escrito, con pretensiones de ensayo o estudio sobre la ciudad, en aquel paréntesis de treinta años, que empezó con el siglo. Tiempo en que los gringos del puerto pechaban como una sudestada sobre los últimos rincones criollos que restaban de la Gran Aldea”.

Ese, el testimonial, es uno de los tantos méritos de Alberto Vacarezza, aquel, que al decir de Julián Centeya, era tan talentoso que “cuando fue rico –varias veces en su vida linda-, nunca dejó de ser pobre”.

Fue precisamente esa sensibilidad hacia lo popular que expresa en sus obras, lo que llevó a Vacarezza a comprender la importancia del peronismo y a darle su adhesión.

Así, escribe, en 1949, en “Dijo Martín Fierro”: “… Martín Fierro ya no sólo se aparecerá con los de abajo, desde que arriba encontró un amigo. Y amigo criollo es plata en el tirador. Por eso, hoy canta la criolledad, la honda canción del conocimiento al hombre humanamente justo y justamente humano que en su puja por llegar al equilibrio, ha conseguido hacer bajar un peldaño a los de arriba, para que pudieran subir un peldaño los de abajo. La correspondiente retribución al que trabaja, ya ha dejado de ser una utopía. Y quiera Dios que para bien de los trabajadores y para mayor seguridad de los que mandan trabajar, no tarde en cumplirse lo que anunció Martín Fierro: ‘Debe el gaucho tener casa / escuela, iglesia y derechos’. Yo tengo la evidencia de que esta es la meta que nos hará alcanzar el alto y tesonero amigo que contra todos los vientos, ya nos ha empezado a conducir desde los ásperos pedregales del infortunio a los fecundos campos de la felicidad”. Fallece el 6 de agosto de 1959. (Juan Carlos Jara, Los Malditos, Tomo I, página 369, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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ARTURO CAMBOURS OCAMPO – (1908-1996)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació el 10 de mayo de 1908, en Buenos Aires. Fue poeta, ensayista, autor teatral y crítico literario. Vivió, según su propio relato, “peleando mi existencia, como clasificador de avisos económicos, gerente de una sastrería, corrector, vendedor de hacienda, redactor, dueño de una imprenta, fundador y director de revistas literarias, director de escena –y por último- el ingreso a la docencia secundaria para desarrollar programas aburridos, insoportables cursos de idioma castellano preparados por incapaces y grises burócratas”.

Sus pasos iniciales en el mundo literario los da con sus libros de poemas: “El reloj de la hora bailarina” (1929), “Suburbio mío” (1930, “Mucho cielo” (1931), “Sur Atlántico” (1932), “Naufragio en la tierra” (1938), “Poemas para la vigilia del hombre” (1939). Se consideraba hombre de la generación del treinta y publicó, en 1931, una antología de poetas titulada “La novísima poesía argentina; como expresión de los escritores del ‘30”. Dirigió también varias revistas literarias, entre ellas “Letras” e “Hipocampo”. Pero fue en la crítica literaria donde realizó sus mejores aportes, especialmente porque en ellos se manifiesta una búsqueda de consolidar la cultura nacional. Incursionó además en el teatro con “Max la maravilla del mundo”, “Rumba de muerte”, “Paralelo 28”, “Una mujer vestida de silencio” y, más tarde, en 1947, “El delirio del viento”.

En esa época del ’30, Cambours Ocampo expresa ya el camino que considera insoslayable para los escritores argentinos; “Creo en el poeta universal, pero creo también que primero debe cantar a su raza, a su pueblo. Se puede ser ultraísta, creacionista, dadaísta, futurista, etc. y a su vez, se puede ser criollo”. Al respecto interesa destacar la importancia que le otorga al Borges de “Fervor de Buenos Aires” en una cita donde, singularmente hace referencia a ese antiimperialista consecuente que fue el venezolano Blanco Fombona: “Pocos son los que vuelven sus pasos hacia lo suyo y entre esas excepciones brillantes se encuentra Jorge Luis Borges. Su libro “Fervor de Buenos Aires” es una reintegración que bien merecería un estudio detenido para desvirtuar ciertos rumores. Sin quererlo, ha dado el talentoso poeta un paso hacia el criollismo, hacia ese criollismo del cual nos habla entusiastamente Rufino Blanco Fombona”.

Curiosamente, mientras Borges abandona ese camino, a mediados de la década del ’30, Cambours se afirma cada vez más en él. En sus críticas literarias se observa cada vez un mayor reclamo de perspectivas nacionales. Resulta así uno de los pocos críticos literarios del campo nacional. Si bien a veces, en sus posiciones aparecen ribetes del nacionalismo de derecha reivindica el aporte de la inmigración europea a la Argentina y rescata los valores nacionales de hombres de la generación del ’80, generalmente descalificados por los nacionalistas católicos. Su búsqueda de una literatura comprometida con el país y con el pueblo, lo aísla de los mundillos literarios donde prevalece el europeísmo difundido por la revista SUR y su directora Victoria Ocampo, grupo al cual se ha sumado Borges, con quien Cambours tendrá una dura polémica.

Héctor René Lafleur, en un esbozo biográfico sobre Cambours Ocampo, manifiesta que éste debe haberse dicho: “Pongamos las cosas en su lugar, si es necesario herir y atacar monstruos sagrados, que así sea”. En la misma proporción en que Borges se aparta del país –señala Lafleur- Cambours se adentra, en la misma medida en que aquel lo silencia, éste lo grita, mientras aquel lo olvida, éste lo rememora, actualiza su pasado y tiende puentes para su futuro: “Nosotros, dice Cambours, hemos disminuido la luz para lo nuestro, aumentándola invariablemente para lo ajeno”.

A esta actitud iconoclasta, le suma su manifiesta simpatía cuando aparece el peronismo, lo cual lo aparta definitivamente del ambiente literario tradicional.

Un pesado silencio cae sobre él: “Mi libro ‘Indagaciones sobre literatura argentina’ fue sistemáticamente silenciado por toda la prensa del país. Una excepción la dio Elías Giménez Vega, al publicar en la revista “Histonium” una nota titulada “Dos libros, dos hombres”. Él tuvo el coraje de ocuparse de mis indagaciones en medio del silencio cómplice de una minoría organizada y estratégicamente ubicada, desde hace 25 años, en los más diversos sectores culturales del país”.

En 1947, Cambours es presidente de la Comisión especial encargada de la publicación de las obras de Almafuerte, por el Congreso Nacional, en 1948 es miembro del Consejo Universitario de La Plata y en 1950 Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de La Plata. Era demasiado pecar para los dueños de la cultura. “Cambours Ocampo –señala Fleur- conoció el silencio cómplice de la crítica, conoció la postergación orquestada por pequeños círculos de poder en las letras, conoció la expulsión de la Sociedad Argentina de Escritores, por absurdos prejuicios de politiquería del momentos, sin fundamentos ni explicaciones, junto a escritores como Marechal, Cancela y Anzoátegui”.

Sus libros más importantes son “Las Generaciones Literarias” y hacia los años sesenta, “Verdades y mentiras de la literatura argentina”, que le editó Arturo Peña Lillo, en la colección “La Siringa”.

Falleció en 1996, dejando inédita una Historia de la Literatura Argentina,  en 4 tomos. (N. Galasso, Los Malditos, vol. IV, pág. 167, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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BARTOLOMÉ HIDALGO – (1788-1822)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Montevideo, el 24 de agosto de 1788, en una familia pobre. Cuando apenas ha cumplido dos años, fallece su padre. A los 15 años, lucha contra los invasores ingleses.

A los 23 años, se incorpora al movimiento artiguista. Compone cielitos sobre la independencia y la unidad de los pueblos de Sudamérica: “Oprobio eterno al que tenga/ la depravada intención/ de que la Patria se vea/ esclava de otra nación… Jurando la Independencia/ tenemos la obligación/ de ser buenos ciudadanos/ y consolidar la unión”.

Comprometido hondamente con la revolución y ante la amenaza de las expediciones españolas que caerían sobre el Río de la Plata, Hidalgo recurre a la poesía para proclamar su vocación patriótica: “Cielito, cielo que sí/ el rey es hombre cualquiera/ Y morir para que él viva/ ¡la puta! es una zoncera… Si perdiésemos la acción/ ya sabemos nuestra suerte/ y pues juramos ser libres/ o Libertad o la Muerte”. “Allá va cielo y más cielo/ Libertad. Muera el Tirano/ O reconocernos libres// O adiosito… y sable en mano… Cielito, cielo que sí/ Lo que te digo Fernando/ confesá que somos libres/ y no andés remoloneando”; “Cielo, los Reyes de España/ ¡la puta que eran traviesos!/ Nos cristianaban al grito/ y nos robaban los pesos”.

En esa época donde el artiguismo alcanza su punto más alto, Hidalgo colabora en el gobierno del Protector de los Pueblos Libres. Por entonces, sus cielitos son cantados por las tropas revolucionarias y algunos de ellos con gran difusión: Cielito contra la invasión portuguesa en la Banda Oriental, Cielito Oriental y Cielito de la Independencia.

Pero a partir de 1816, el artiguismo es traicionado por el gobierno directorial, quien pacta la invasión de los portugueses. El general Lecor ingresa al territorio de la Banda Oriental y la situación se torna difícil para Artigas. Al igual que otros artiguistas, Hidalgo debe tomar camino del exilio y pasa a residir en Buenos Aires y más tarde en Morón. En esa época vive malamente, escribiendo “Cielitos” que él mismo vende por las calles.

El poeta transcurre los últimos años de su corta vida en Morón, donde celebra con sus cielitos los triunfos de San Martín en su campaña libertadora en Chile y Perú. En esa época, se difunden también sus “Diálogos patrióticos”. Pero Hidalgo sufre la mayor de las pobrezas y además, se encuentra enfermo. Allí, en Morón, provincia de Buenos Aires, el 28 de noviembre de 1822, una afección pulmonar lo tumba cuando apenas ha cumplido 34 años. Los diarios de la época no dan informes sobre su deceso. Con el transcurso del tiempo, nadie ha podido individualizar dónde fueron enterrados sus restos.

Un siglo y medio después, en un período fervoroso de alza de masas, Daniel Viglietti recogerá los cielitos de Hidalgo y ellos andarán de nuevo en boca de los jóvenes. (N. Galasso, Los Malditos, Vol. III, pág. 179, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ALFONSINA STORNI - (1892 – 1938)

UNA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, Suiza. Hija de Alfonso Storni y Paulina Martignoni.
En 1896, la familia regresa a la Argentina radicándose en la provincia de San Juan. La situación económica de los Storni es bastante difícil. Entre necesidades, Alfonsina crece y entre sus sueños aparece el interés por la literatura. Siendo pequeña, sin saber leer, se sienta a la puerta de su casa, con un libro, recibiendo la admiración de los transeúntes al creer que está leyendo, hasta que llega la más dolorosa de las burlas por parte de sus primos cuando advierten que el libro se encuentra al revés.

Entre dificultades crece y su apasionamiento por la lectura y el amor a las letras la lleva a escribir. Deja como al olvido sobre los muebles sus producciones, tal vez esperando que su madre las lea, y de esa forma conseguir un lector que valore su trabajo. No obstante sólo recibe quejas y tal vez uno que otro coscorrón, pues la vida no es del color rosa que ella la pinta.

La muerte de sus padres la lleva a realizar cuanto trabajo se le presenta sin olvidar su verdadera vocación. Con el tiempo obtiene el título de profesora en letras y teatro, dedicándose  luego de lleno a la poesía.

Mujer apasionada, sus poemas reflejan una tónica que podría calificarse como de neo-romántica.
Sus primeras publicaciones las lleva a cabo en “Mundo Rosariano” y “Monos y Monadas”.

Después de vivir unos años en Rosario, se establece en Buenos Aires, en 1912. Por entonces, colabora en la revista “Caras y Caretas”. A su llegada cuenta con seis meses de gestación de su primer y único hijo. Con notable valentía lleva adelante el embarazo y el 21 de abril de 1912, nace Alejandro Alfonso. Sola, con diecinueve años de edad y siendo maestra soltera, necesita tremendo coraje para abrirse camino en una sociedad pacata. Cuatro años después, en “La inquietud del rosal” aborda el tema de su maternidad en el poema: “La loba”:

“Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
que yo no pude ser como las otras, casta de buey
con yugo al cuello; libre se eleve mi cabeza.
Yo quiero con mis manos apartar la maleza”

En 1918, publica “El dulce daño”, donde interpela a los hombres acerca de la castidad que exigen a las mujeres los mismos que se permiten todo libertinaje: “Tú me quieres blanca”. En ese libro también denuncia el mundo duro y hostil en que le toca vivir:

Casas enfiladas, casas enfiladas
Casas enfiladas
Cuadrados, cuadrados, cuadrados
Casas enfiladas
Las gentes ya tienen el alma cuadrada
ideas en fila
y ángulo en la espalda
Yo misma he vertido ayer una lágrima
Dios mío, cuadrada.

Entre 1919 y 1920, publica dos nuevos libros de poemas: “Irremediablemente” y “Languidez”. En este último, aparecen “El obrero” y “La caricia perdida”, alcanzando este último poema, una gran repercusión especialmente entre las adolescentes.

En esos años, logra subsistir trabajando de celadora en el hogar de Niños Débiles de Parque Chacabuco. Poco después, cuando ya ha obtenido carta de ciudadanía, le otorgan una cátedra en el Teatro Infantil Lavardén. Habitualmente, visita las bibliotecas y sociedades de fomento populares –generalmente del Partido Socialista- dando recitales para el público del barrio.

Cuesta explicarse la entereza de esta muchacha de treinta años, que reclama el derecho de participar en el mundo literario al igual que los hombres que hasta ahora lo monopolizan, que tiene el coraje de reivindicar a su hijo extramatrimonial y que además, de evidenciar simpatías por los trabajadores, critica la deshumanización de la sociedad en que vive. Pocos amigos tiene en el ámbito intelectual: Manuel Ugarte, que últimamente se ha marchado a Europa, y Manuel Gálvez. En 1926, obtiene una cátedra en el Conservatorio de Música y declamación y dicta clases en la escuela de adultos de Bolívar. Publica, entonces, “Poemas de amor”, su única obra en prosa.

También lanza un nuevo libro de poemas –“Ocre”- donde aparece “Versos a la tristeza de Buenos Aires”:

Si en una de tus casas, Buenos Aires, me muero
viendo en días de otoño tu cielo prisionero
no me será sorpresa la lápida pesada
que entre tus calles rectas, untadas de su río
apagado, brumoso, desolante y sombrío
cuando vagué por ellas, ya estaba yo enterrada.

Enfrentada a tantas dificultades, afirma:”… Sufro achaques de desconfianza hacia mí misma… ¡Es que a las mujeres nos cuesta tanto esto! ¡Nos cuesta tanto la vida! Nuestra exagerada sensibilidad, el mundo complicado que nos envuelve, la desconfianza sistematizada del ambiente, aquella terrible y permanente presencia del sexo en toda cosa que la mujer hace para el público, todo contribuye a aplastarnos”. En su libro “Languidez”, coloca esta dedicatoria: “A los que, como yo, nunca realizaron uno solo de sus sueños”.

En 1927, incursiona en el teatro con su obra “El amo del mundo”, sin mayor repercusión. Por entonces, mitiga su soledad estrechando amistad con Horacio Quiroga y luego con Leopoldo Lugones. Asimismo, comienza a viajar periódicamente a Mar del Plata, para quedarse largos ratos mirando ese mar que la obsesiona.
En 1930, viaja a Europa con Blanca de la Vega, obteniendo notable éxito en España con sus poemas y conferencias. Sin embargo, en esta época no produce. Es un momento de crisis en su creación poética que la lleva a nuevos caminos que caracterizarán sus últimos libros: “Mundo de siete pozos”, de 1934 y “Mascarilla y trébol”, de 1938.

En 1935, le detectan un tumor en un pecho, debiendo operarse. Por entonces, vive en una modesta casa de pensión de la calle Bouchard, cerca del puerto. Ugarte ha regresado al país y con él se reencuentra: “Aún resuena en mis oídos la voz de Alfonsina, diciéndole a Tulio Cestero, diplomático dominicano: -¿Por qué no me invita usted a ir a dar conferencias o lecturas a su país? Haga cualquier cosa… sáqueme de aquí… Unas semanas antes del suicidio, me dijo: “El día en que me sienta cansada de vivir, me pondré una lata vacía en el lugar en que antes tenía un seno y me dispararé un tiro apuntando bien… La fórmula extravagante anunciaba una de sus bromas habituales. Pero corría silenciosamente una lágrima bajo la burla… En los últimos meses aspiró al premio municipal de poesía, que fue otorgado a otro poeta de importancia secundaria. Gestionó, en vano también, la subdirección del Conservatorio Nacional. En su sensibilidad herida tantas veces, los inmerecidos fracasos clavaron su estilete mortal. Se le reprochaba el hijo natural que ella reivindicó como un trofeo. Se la hizo blanco de las maledicencias más incómodas”.

El suicidio de Horacio Quiroga había terminado de tumbarla en 1937, y a ello se agregó el suicidio de Lugones, a principios del ’38. Viaja entonces a Mar del Plata y escribe su último poema. “Voy a dormir”.

La mañana del 26 de octubre de 1938, Ugarte escucha a través del teléfono la voz entre cortada y llorosa de Manuel Gálvez comunicándole que Alfonsina se suicidó la noche anterior en Mar del Plata. Sólo ha dejado una nota escrita con tinta roja que finaliza así: “… Adiós, no me olviden. No puedo escribir más, Alfonsina. (N.Galasso y N.Norma Novick en Los Malditos, vol I, pág 351, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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HUMBERTO COSTANTINI - (1924 - 1987)
UN “MALDITO OLVIDADO” DE LA HISTORIA OFICIAL


Humberto Costantini nació en Buenos Aires, el 8 de abril de 1924 y vivió su infancia en Villa Pueyrredón. Fue veterinario de profesión. Abordó los más variados géneros literarios: poesía, cuento, novela y teatro.

Su primer libro, “De por aquí nomás”, cuentos (Editorial Stilcograf, Buenos Aires) es de 1958. Luego publicó: “Un señor alto, rubio, de bigotes”, cuentos (Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1963); “Tres monólogos”, teatro (Falbo Editor, Buenos Aires, 1964); “Cuestiones con la vida”, poesía (Editorial Canto y Cuento, Buenos Aires, 1966);  “Una vieja historia de caminantes”, cuentos (Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967); “Háblenme de Funes”, tres novelas breves (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1970); “Libro de Trelew” narración épica (Granica Editor, 1975).

Al llegar el fatídico golpe de estado de 1976 debió exiliarse. Así es como vivió en Méjico “siete años, siete meses y siete días”, donde publicó sus dos grandes novelas “De dioses, hombrecitos y policías” (1979) y “La larga noche de Francisco Sanctis”, a las que siguió “En la noche” (Bruguera, 1985) libro en el cual el gran escritor vuelve a su viejo género. Estas obras son la prueba de su madurez  formal, de su plenitud como escritor que, enriquecido por nuevas e importantes experiencias vitales como su propio exilio en Méjico, logra comunicarse a fondo empleando una escritura que tiene el temblor de lo vivido y que se sustenta por la magia de las palabras y el empleo de los recursos más inesperados y originales:

Se me va Buenos Aires,
se me muere
en la humareda sonsa del exilio.
Ayer no recordé una calle en Villa Urquiza.
Mañana a lo mejor todo Palermo
será un hueco de olvido.
Cuando llegue al final, mi Buenos Aires,
¿qué guardaré de vos? ¿un paraíso?
¿una baldosa de la calle Nazca?
¿un tango de Pugliese?
¿un olor de almacén por Colegiales?
¿un amigo?

En 1984, el 16 de enero, regresa de su exilio a Buenos Aires (hecho al cual solía referirse como su “segundo nacimiento”) y publica la obra de teatro “¡Chau, Pericles!”.
Finalmente, comienza a escribir una nueva novela en tres tomos titulada “La rapsodia de Raquel Liberman”. Humberto Costantini escribió trabajosamente dos de esos tomos (cada uno de cuatrocientas páginas). El tercero no llegó a concretarse: “Cacho” (como le decían todos) murió el 7 de junio de 1987.

Su amplia producción –poesía, cuento, novela- recibió sólo tres premios en la Argentina: “Premio Fondo Nacional de las Artes” (1962). “Faja de Honor de la SADE” (1967), y “Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires” (1970). Mayor reconocimiento tuvo en otros países: “Primer premio en el Concurso Hispanoamericano de Cuentos de La Casa de la Cultura de Puebla” (1978). “Premio Casa de las Américas de Cuba” (1979). Sus cuentos fueron traducidos y publicados en inglés, francés, ruso y alemán; la novela “De Dioses, hombrecitos y policías” fue traducida al búlgaro, al finlandés, al noruego, al alemán, al ucraniano, al inglés al ruso y al hebreo. “La larga noche de Francisco Sanctis” fue traducida al inglés.

Costantini es un escritor ninguneado por la superestructura cultural de nuestro país. Como se expresó anteriormente ha sido traducido y premiado en muchos lugares del mundo. El olvido que sobre él pesa es consecuencia de la temática que abordó en sus obras y de la sencillez de su lenguaje inigualable, capaz de poner al lector en un mano a mano permanente con el autor.
Su variada obra, caracterizada por el complejo arte de hacer simple lo difícil, espera el reconocimiento que nuestro país vergonzosamente aún le adeuda. (M. C. Ardanaz y E. Zabala, Los Malditos, vol. I, pág. 259, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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CARLOS KRISTENSEN  
(1930-1996)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Norberto Galasso, en Los Malditos, Tomo III, página 186, Madres de Plaza de Mayo
De familia dinamarquesa, nació en Cipolletti, el 14 de agosto de 1930. Desde muy joven manifestó inquietudes literarias. Profundamente inmerso en la vida y la cultura patagónica, incursionó en el periodismo y la poesía, predominando su interés por las cuestiones sociales y políticas.

Publicó varios libros, entre ellos, “Americano Sur”, “Con esta harina” y “Oficios patagónicos”. En su vida literaria usó el seudónimo “Pedro Sur”.

En los setenta, se sumó a los sectores combativos del peronismo. Fue profesor universitario y ocupó un cargo en Extensión Universitaria de la Universidad, en Neuquén.

Producido el golpe militar del 24 de marzo de 1976, fue detenido. Lo recluyeron en el penal de Rawson, donde sufrió torturas. Recuperó la libertad recién en marzo de 1979, cuando se le otorgó la opción para salir del país. Pasó entonces a residir en Copenhague, por ser Dinamarca el país de sus padres.

Allí soportó varios años de exilio. Se desempeñó como portero de una escuela, pero al revelarse su profunda formación cultural, lo pasaron a profesor, aunque sin abandonar el cargo de maestranza. De esa época son sus “Salmos del exilio”. En Copenhague organiza su familia casándose con una danesa, pero ella fallece en 1981.

Restablecida la democracia en la Argentina, regresa en 1984 a Cipolletti donde continúa siendo “Pedro Sur” a través de poemas y artículos periodísticos. A partir de esa fecha, alterna su residencia en la Argentina y Dinamarca. Encontrándose en este último país, fallece de un infarto el 19 de marzo de 1996, sus amigos coinciden en que este desenlace fue consecuencia de las torturas recibidas.

“El inolvidable Pedro sur –sostuvo el escritor neuquino Carlos ‘Tata’ Herrera- fue el poeta del canto a los oficios de estas tierras, el de los acaso más brillantes libretos pergeñados por estas latitudes para radio y televisión. “Pedro sur” fue agricultor, autodidacta, publicista, poeta, escritor, historiador, militante, patagonista… Nos dejó cruzando una calle de Copenhague, un día que dijo hasta aquí llegué, su expandido corazón, acallando su compás en el vikingo pecho”.

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CARLOS PAZ
(1940 – 2001)

OTRO “MALDITO” EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Norberto Galasso, Los Malditos, Vol. I, pág. 333, Ed. Madres Plaza de Mayo

Nace en Buenos Aires, el 23 de marzo de 1940. Cursa los tres ciclos de la enseñanza, egresando de “Sociología”, en 1970 y de “Derecho”, en 1991, con especialización en Historia Argentina y Sociología de la Cultura.
Se destaca como político, publicista, periodista y conferencista, a través de una consecuente tarea en defensa de la liberación nacional y la cultura nacional. Revista en el peronismo, en su corriente nacional y popular con perfil hacia el socialismo nacional.

En 1970, publica, en colaboración con otros ensayistas: “Poetas y cuentistas de Buenos Aires”. Tres años después, escribe el libro “Eva Perón, peronismo para el socialismo”, en colaboración con Oscar Deutsch. En 1974, lanza “Hernández y Fierro contra la oligarquía”. Contemporáneamente, dicta conferencias e incursiona en el periodismo, generalmente en periódicos y revistas de vida breve y azarosa, pues los grandes medios de comunicación le cierran sus puertas en razón de sus posiciones nacionales.

A partir de 1980, “Oriente” le edita varios libros: “Biografías argentinas” (1980), “El conflicto del Atlántico Sur” (1981), “Breve historia de las islas Malvinas” (1982) y “Las Malvinas entre el descubrimiento y la usurpación inglesa” (1983).

En 1983, toma a su cargo la dirección de la revista “El Trabajador de Farmacia”. Poco tiempo después, contra viento y marea, superando enormes dificultades por falta de recursos, lanza una importante revista cultural: “Crear en el pensamiento nacional”, que logra mantener durante dos años.
En esa época (a partir de 1989) se desempeña como asesor en el Fondo Nacional de las Artes y en el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires. Asimismo, realiza giras por el interior del país abordando temas de revisionismo histórico, literatura nacional y análisis político. Desinteresado por los cargos y sólo movido por su vocación militante a favor de la causa popular, mantiene inquebrantablemente sus posiciones y su conducta ética.

En 1992, publica “Hernández y Fierro, la otra cara de la historia” y “Agenda cultural argentina”. Por entonces, es codirector del periódico “En lucha”, con posiciones de socialismo nacional. En 1994, selecciona textos de Bernardo de Monteagudo y redacta un estudio preliminar, para un libro que publica la secretaría de Cultura de la Nación. Por entonces, se desempeña como asesor de la comisión de Educación del Senado Nacional y realiza una importante labor gremial en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).

Asimismo, participa como promotor de organizaciones dirigidas a nuclear a los hombres de pensamiento nacional, como ANAPO (Asociación Nacional y Popular).

Estas múltiples actividades no amenguan su producción intelectual, de manera que en 1997 publica “Efemérides literarias argentinas”, que reedita aumentada y corregida en 1999. Luego, publica “Política, negocios y corrupción en la época de Rivadavia”.

En esos años, se desempeña como secretario general de la SADE (1995-1998) y luego gana las elecciones, tomando a su cargo la presidencia de SADE en el período 1998-2001.

En el año 2001, el día 13 de junio, al concluir su discurso en la SADE, con motivo del día del escritor, sufre un síncope cardíaco que lo derrumba para siempre.

Deja varios libros inéditos: “La otra historia”, “Política, poder y dominación en la Argentina”, “Verdades y mentiras en la historia de los argentinos”, “Literatura y vida social en la Argentina”, “Diccionario de Seudónimos” y “Agenda Literaria Argentina”. Deja también un recuerdo imborrable en quienes lo conocieron.

Los “medios de comunicación” nunca se le ofrecieron para difundir sus ideas. Las academias y las cátedras universitarias también se le cerraron. Su ejemplo, sin embargo, permanece, más allá de su condición de “maldito”.

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FRANCISCO “PANCHO” GALÍNDEZ  
(1938 – 2002)

OTRO "MALDITO" EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Gustavo Palma, Los Malditos, Vol. IV, página 184, Ed. Madres de Plaza de Mayo

"Nació en Catamarca el 6 de junio de 1938, con una discapacidad motriz congénita y crónica que lo acompañó el resto de su vida. Confinado en una silla de ruedas, esa realidad enriqueció su mundo interior. Poeta, crítico cinematográfico y teatral, militante político, lo recordaremos siempre por su actuación en “El rigor del destino”, dirigida por Gerardo Vallejos. Su conmovedor retrato de si mismo quedará en la memoria colectiva. Célebre en la noche tucumana por su risa, su bigote y su silla de ruedas, recuperó voces postergadas. Heredero y partícipe de toda la poesía popular, influenciado por Juan Gelman, logró que la noche, la bohemia y el fútbol siempre estuvieran presentes en su obra: “Ajuste de Cuentas” (1974), “Razón de Ser” (1922), “La memoria y el Deseo” (1993) y “El Otro que yo Soy” (1998), junto a innumerables artículos y versos dispersos en varias antologías.

Con dos dedos y una vieja Olivetti, Pancho entró al selecto grupo de los escasos buenos poetas de estos tiempos. Su padre –el médico y psicoanalista Jorge E. Galíndez- fue una figura básica en su formación pues lo ayudó a aceptar sus limitaciones. Utilizó un lenguaje coloquial pleno de lirismo y compromiso militante. Sus críticas de cine y teatro aparecieron en “La Gaceta”, “El Pueblo” y “Noticias”.

Identificado con posiciones de la izquierda nacional y del peronismo revolucionario pagó las consecuencias de la dictadura, como tantos otros. El silencio y el desempleo fueron sus amigos. En el retorno de la democracia se replanteó su identidad de poeta comprometido, lo que se refleja en sus obras de los años ’90. Falleció el 2 de octubre de 2002 y nos quedará su imagen como metáfora de un destino creador.
Un hombre en su silla de ruedas, símbolo de la impotencia de la Argentina como país."

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BERNARDO KORDON
(1915 – 2002)

Biografía publicada por: María Clara Ardanaz y Enrique Zabala, Los Malditos, Vol. 1, pág. 309, Ediciones Madres de Plaza de Mayo

Bernardo Kordon nació, en Buenos Aires, el 22 de noviembre de 1915. Hijo de un imprentero, pasó su infancia en el barrio de Almagro, más exactamente en un caserón de Pringles y Potosí.

Fue novelista, cuentista y ocasionalmente, ensayista. Fue, además, un viajero incansable y uno de los mayores exponentes literarios de la renovada década del ’50, caracterizada por la revisión del realismo político y social al que además Kordon agregó ironía y calidez.

Sus narraciones se alimentaron de las problemáticas de la gran ciudad, Buenos Aires, vividas por quienes buscan sobrevivir en ella. Sus personajes son antihéroes cotidianos, seres con una gran fuerza humana que buscan ganarse la vida como sea. “Es el rapsoda de los desclasados y vencidos –según la Enciclopedia de la literatura argentina, de Orgambide y Yahni- …Sus pícaros son pobres diablos que dolorosamente se trampean unos a otros hasta el infinito, integrando una comunidad marginada de la historia. “He conocido hombres y no héroes. Y por eso mismo no siento la necesidad de meter héroes en mis obras”, dijo alguna vez.
Su vocación de escritor comenzó cuando se desempeñaba como colaborador de las revistas “Leoplán” y “Sintonía”.

En 1936, cuando tenía veinte años de edad, publicó su primer libro: “La vuelta de Rocha”, en el que estaba presente su predilección por los temas y ambiente populares. Su presentación como novelista se produjo en 1940 a través de “Un horizonte de cemento”, libro que trata sobre la vida de un linyera durante veinticuatro horas. Luego, su importancia como cuentista va creciendo a través de nuevas obras: “La Reina del Plata” (1947), “De ahora en adelante” (1952), “Lampeao” (1953), “Vagabundo en Tombuctú” (1956), “Alias Gardelito y otros relatos” (1961), “Vencedores y vencidos” (1965), “Domingo en el río” (1967), “Hacele bien a la gente” (1968) y “A punto de reventar” (1971).

Marginado por el mundo de la literatura oficial –por ser hombre de izquierda-, y por las editoriales y la prensa del Partido Comunista –por su pasión por China y su simpatía por el peronismo-, trabajó incansablemente en el mayor silencio, sin reportajes, ni grandes lanzamientos de libros, ni comentarios de favor. No le arredró el ostracismo y su pluma, embebida siempre en la realidad cotidiana de sus contemporáneos, ya no sólo argentinos, sino latinoamericanos, generó nuevos libros: “Un día menos”, (1968), “Ciudad y novela” (1973) e “Historias de sobrevivientes” (1983).
Sus obras fueron traducidas al francés, inglés, alemán, ruso y chino. Varias películas se basaron en sus relatos: “Alias Gardelito” (dirigida por Lautaro Murúa), “Tacos altos” (dirigida por Sergio Renán), “El grito de Celina” y “El ayudante” (dirigidas por Mario David).

Infatigable viajero, visitó China y tomó gran afecto por ese país, al que definió como “la otra cara del mundo”. Reprodujo el viaje y le dedicó a China varios de sus libros: “600 millones y uno” (1958), “El teatro chino tradicional. Reportaje a China” (1964) y “Testigos de China” (1968). Kordon fue uno de los pocos argentinos que en 1962, entrevistó a Mao Tse-Tung, el líder comunista de aquel país.

A comienzos de la década del ’90 se trasladó a Chile junto a su esposa Marina López, quizás buscando aires más propicios.
Desde 1998, residió en un geriátrico de Santiago de Chile. Allí falleció el 2 de febrero de 2002.

“Mi trayectoria política comienza como mis viajes y mis libros, desde muy joven. Nunca fui afiliado a ningún partido, pero estuve muy cerca de la izquierda tradicional. Salí nada amigo de ellos por el grave hecho de ser amigo de China cuando ya estaba prohibido serlo y por mi simpatía con el peronismo, antes y después de la caída.”

Es decir que Kordon, por escribir sobre marginales y tener simpatías por el peronismo, reunió las condiciones indispensables (e imperdonables) para ser considerado un “maldito” a pesar de ser uno de los mayores exponentes de la literatura social de nuestro país.

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OVIDIO CÁTULO CASTILLO
(1906 – 1975)

Como Discépolo, al igual que Homero Manzi y otros representantes auténticos del arte popular, Cátulo Castillo fue bastante más que un mero poeta de tango. Como bien sintetiza Horacio Ferrer: “Cátulo es el pueblo. Y además de ser el pueblo, es un pueblo él solo…”.

Nacido en la calle Castro al 900 de Buenos Aires –el 6 de agosto de 1906- vivió parte de su infancia en Chile, donde su padre, el dramaturgo José González Castillo, debió exiliarse a causa de sus ideas libertarias. Ya afincado en Buenos Aires, en 1923, compone “Organito de la tarde”, su primer tango. Por la misma época practica boxeo, llegando a ser campeón argentino de peso pluma y preseleccionado para las Olimpíadas de Ámsterdam. En 1926, con las regalías de sus tangos, viaja por primera vez a Europa, donde luego va a dirigir su propia orquesta.

A principios de la década del ’30, otra vez en Buenos Aires, obtiene por concurso una de las cátedras del Conservatorio Municipal Manuel de Falla. Ante la hostilidad de sus colegas que lo menosprecian por ser músico de tango, se repliega en los estudios musicales. Hacia 1950 llegará a ser director de dicho Conservatorio, cargo con el que se jubiló.

Pero esa no fue su única actividad. En los ’40 y ’50, cuando el tango vuelve a alcanzar el auge de antaño, se consagra a la poesía y escribe con los compositores más destacados: Mores (“Patio de la Morocha”), Pontier (“Anoche”), Pugliese (“Una vez”), Piana (“Tinta Roja” y “Caserón de tejas”) y su gran colaborador desde 1945: Aníbal Troilo (“María”, “La última curda”, “Una canción”).

En esos años, se dedicó al periodismo en diversas revistas, publicó el libro “Danzas Argentinas” (1953), hizo canciones para distintas películas, escribió el sainete lírico “El patio de la Morocha” (con música de Troilo), fue secretario y presidente de SADAIC en distintos ciclos. Asimismo, publica colaboraciones en “La Prensa”, por entonces en manos de la CGT, donde su amigo César Tiempo dirige el suplemento dominical. Hasta que en 1953, ante las iras de la crítica oligárquica, será designado presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Nación.

Ernesto Sanmartino, el radical unionista que bautizó a las masas peronistas como “aluvión zoológico”, se lamentaba entonces en un diario de Montevideo: “El país que produjo a Sarmiento, Guido Spano, Lugones, Almafuerte, Hernández, Rojas y tantos otros escritores y poetas famosos, sufre hoy el ludibrio de tener como máximo representante de su cultura al autor del sainete ‘El patio de la Morocha’. Allí, el presidente de la Comisión Nacional de Cultura hace la apología del tango en octosílabos: ‘Y concilió los rezongos/ de la pollera escarlata/ de alguna paica mulata/ por el barrio del mondongo’… Cien versos más de ese tenor orillero y de esa musa repulsiva podríamos reproducir. ¡Son engendros del presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la República Argentina! ¡Oh manes de la Patria! ¡Oh dioses del Olimpo! ¿Cuándo tendremos nuevas Termopilas?”

Desdichadamente, las Termopilas por las que clamaba el tonante gentilhombre llegaron, cruentas, poco después y Cátulo, poeta depuesto (como Marechal, como Rega Molina o Vaccarezza) se va a replegar con Amanda, su mujer y los incontables perros que solía recoger de la calle, a una casita del Gran Buenos Aires, en Ciudad Evita, que a partir de 1955 toma el nombre de Ciudad General Belgrano.

La esposa de Cátulo, Amanda Peluffo, se refiere en estos términos a aquella época: “Lo teníamos todo y de pronto, en 1955, nos quedamos sin nada. Cayó Perón, llegó la Libertadora y a Cátulo lo echaron de todas partes. Ya no pudo tener cátedras, ni dirigir SADAIC, ni estar en Cultura. Ni siquiera pudo cobrar sus derechos de autor porque SADAIC, precisamente, fue intervenida. En el peor momento, hasta llegaron a prohibir que se pasaran sus temas por radio. No le perdonaron nada. Para empezar que un tanguero estuviera en Cultura. Después, que haya sido el primero en llevar el tango al Colón… Vendimos todo y nos recluimos. Cátulo escribía tangos, pintaba al estilo de Quinquela y… Pero sobre todo, descubrió su amor por los animales. Llegamos a tener 95 perros, 19 gatos y dos corderitos: Juan y Domingo”.

Con el deshielo de los ’60, vuelve a la plena actividad. De esa etapa es “Y a mi qué”, una radiografía de la época: “El santo de la historia es un ladrón / y alterna el zangoria con Napoleón”. Ya la época de oro del tango ha pasado, pero él sigue componiendo, escribiendo guiones radiales, trabajando en SADAIC. Publica la novela “Amalio Reyes un hombre”, que lleva al cine Hugo del Carril, y concibe con el músico Rubén Mazza, la cantata “Evamérica”, homenaje, aún inédito, a la abanderada de los humildes.

También publica “Prostibulario”, acerca del cual se cartea con Perón, en 1971.
Su obra resulta indiscutible, por los notables éxitos alcanzados: “María”, “El último café”, “La última curda”, “La calesita”, “Café de los Angelitos”, “Desencuentro”, “Y a mi qué”, “El trompo azul”, “La cantina”, “A Homero”, “Arrabalera”, “Mensaje”, “Tinta Roja”, “Patio mío”, “Caserón de tejas” y tantos otros. Por eso –más allá de resquemores por sus posiciones políticas- en 1974, la Sala de Representantes de Buenos Aires lo designa Ciudadano Ilustre de la Ciudad. A recibir el galardón, Cátulo relató esta breve fábula: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ‘¿Pájaros o gusanos?’ -inquiría Cátulo- he aquí una pregunta clave”. Que él supo responder ejemplarmente, a lo largo de su trayectoria.
Fallece el 19 de octubre de 1975. (J.C.Jara, Los Malditos, Vol. I, Pág. 252, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

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NICOLÁS OLIVARI - (1900 – 1966)

Poeta, narrador, dramaturgo, plástico y periodista argentino. Hijo de genoveses, nació en Buenos Aires, el 8 de septiembre de 1900.
Desde muy joven, sus inquietudes literarias lo llevaron a formar parte de los principales grupos culturales y estéticos del país. Así, se dio a conocer como integrante del grupo Boedo, para pasar luego a engrosar las filas del grupo Florida, congregado alrededor de la revista literaria “Martín Fierro”.

Ha publicado en verso: “La amada infiel” (1924), “La musa de la mala pata” (1926), “El gato escaldado” (1930 Premio Municipal de Literatura), “Diez poemas sin poesía” (1938), “Los poemas rezagados” (1946) y “Pas de Quatre” (1964).
Como periodista, colaboró como crítico teatral y a veces como jefe de redacción en “Crítica”, “El Pregón”, “Noticias Gráficas”, “Reconquista”, “La Época”, “El Laborista” y “Democracia”.

Olivari vivió hondamente la crisis de los años ’30, llevando a cabo todo tipo de oficios para poder “parar la olla”. Él mismo contaba que se había ido caminando desde la Capital Federal hasta Quilmes para conseguir una vacante que allí se ofrecía. Quizá por ello, al presenciar en una esquina porteña la masiva movilización popular del 17 de octubre de 1945, se emocionó profundamente hasta las lágrimas (testimonio del poeta Alberto Vanasco). Años más tarde, en el periódico “Democracia” (16/10/52), publica el poema “17 de octubre”.
En prosa escribió: “Ensayo sobre la obra de Manuel Gálvez” (1924, en colaboración con Lorenzo Stanchina), “El hombre de la baraja y de la puñalada” (1933), “La mosca verde” (1933), “La noche es nuestra” (1952), “Un negro y un fósforo” (1959), “El almacén” (1959) y su último trabajo “Mi Buenos Aires querido” (1966).

Escribió para teatro: “Un auxilio en la 34”, “Amargo exilio”, “Regreso”, “Tedio” Premio Municipal”, “Irse”, “La pierna de Plomo”, “Ganadores”, “El regreso de Ulises”, y “Dan tres vueltas y luego se van” (en colaboración con Raúl González Tuñón, en 1934).
Para la radio escribió, con Roberto Valenti, “Hormiga Negra” y “El morocho del Abasto”, esta última llevada posteriormente al cine. Tradujo asimismo numerosas obras del teatro europeo.

Escribió la letra de varios tangos: “Tengo apuro” (con E. Gonzalez Tuñón y Antonio Scatasso), “Cuarenta entradas” y el popularísimo “La Violeta” (letra de Olivari y música de Catulo Castillo), que grabó Carlos Gardel.
Falleció en Buenos Aires, el 22 de setiembre de 1966.

Olivari cantó a las yirantas, al desocupado, al dependiente, a la dactilógrafa, a las chicas de la orquesta del bar, es decir, a los marginales. Su obra, si bien carece de esa estética refinada que tanto deslumbra a nuestros “literatos”, goza de una profunda humanidad. Utilizaba la literatura como un medio de expresión, de comunicación con su pueblo, y su preocupación justamente era darse a entender, contando en voz alta los males que unos pocos generaban y que muchos padecían. Por eso, por su modo sencillo de decir, por la temática abordada y por su ideología definida, se lo ha tratado de convertir en un “maldito” más.
Alguna vez, el crítico Bernardo Ezequiel Koremblit propuso que la Av. Díaz Vélez (sobre la cual vivió el poeta, frente al Parque Centenario) pase a denominarse “Nicolás Olivari”, lo cual sería un justo y merecido homenaje a este entrañable poeta.

MARIA CLARA ARDANAZ Y ENRIQUE ZABALA – LOS MALDITOS – VOLUMEN I – PÁGINA 329
Ediciones Madres de Plaza de Mayo

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linyera

DANTE LINYERA - (1902 - 1938)

 

Dante A. Linyera –parodia “rante” de Dante Alighieri- fue el más popular de los seudónimos utilizados por Francisco Bautista Rímoli, periodista y poeta de fecunda trayectoria en diarios y revistas populares de los años ’20 y ’30.
Nacido el 2 de agosto de 1902, en el seno de una familia calabresa, en un conventillo “grande como panza de burgués”, tuvo una infancia común de chico pobre y andariego. En su “Autobiografía rasposa” lo cuenta así: “P’aqueyos que gambetearon los azares de mi infancia / yo soy el cantinerito del viejo barrio e’ Solís; / desde chico me tiraron los potros de la atorrancia / y desde pibe en el fango yo fui a meter la nariz”.
Desde chico también frecuentó la amistad de Vicente Greco, famoso bandoneonista y compositor de tangos, y del escritor Álvaro Yunque, quien le impartió los primeros rudimentos de la preceptiva literaria.

Su carrera periodística se inicia hacia 1920 en el diario “La Montaña”. Luego pasa por la redacción de “El Telégrafo” y funda el semanario infantil “El Purrete” y el deportivo “La Cancha”, pionero en esa especialidad. También dirigió la revista “Teatro porteño” y colaboró en la legendaria “El alma que canta”, fundada por el ex canillita Vicente Bucchieri.
En 1928 reúne una pequeña parte de sus versos lunfardos, los publica con el título de “¡Semos hermanos!” y los dedica “a mi perro, porque no lo tengo”. Ese mismo año funda y dirige “La Canción Moderna”, que a partir de 1933 se convertirá en la popular “Radiolandia”.
“Dante A. Linyera –ha dicho José Gobello- protestó contra la miseria y la injusticia, y lo hizo con acento rebelde, con un insondable afán de justicia social que no alcanzó a ver satisfecho porque murió demasiado joven”. Simpatizante del ideal libertario, “cantor de los humildes”, como lo llamó Gardel, Linyera supo expresar en sus versos el desaliento, la esperanza y no pocas veces el cinismo amargo de los desheredados y excluidos de la elegante factoría: “Gringo bueno que yugás / pa’ morfarte un marroco de a cachos / y tirarle una miga a unos pibes / de aqueyos que tienen el cuerpo tan flaco, / los ojos tan grandes, / los labios tan pálidos: / metele al martiyo, metele a la escoba, / rájate en pedazos el alma y las manos, / que algún día, algún día / será verano (“La canción moderna”, 1928).

La poesía de Dante A. Linyera, desdeñada por la crítica bienpensante de su época y de las que le sucedieron, se caracteriza por su notable autenticidad, por su casi mimética identificación con las amarguras y rebeldías del pueblo más oprimido. Con razón ha dicho Luis Soler Cañas: “(Linyera) era pueblo puro y vivió impregnado de ese sentimiento”. Él mismo supo expresarlo en este poema de 1932: “No es que finja ser un rante pa’ floriarme entre las grelas / con el clásico chamuyo que se estila pa’ escribir / y después gaste samicas de poplín a la alta escuela / y la yire por Florida y las tire de Petit.// No. Soy reo por esencia. Yo nací en un conventiyo / y escabié una leche amarga en los pechos del dolor / y he crecido al son del canto secador de ese martiyo / que golpea sobre el yunque del suburbio yudador.// Yo crecí a fuerza de biabas de la bruja mala pata / discutiéndole al destino el derecho e’ ser mejor / y entre el fango de las almas, en el barrio de las latas, / aunque pude ser un chorro, resulté ser un cantor.// (…) Pero yo tiro la bronca… No las voy con los shushetas, / no pretendo sus halagos ni su gil admiración, / no me vendo a sus manguiyos como alguno d’esos puetas / que son reos escribiendo y son cambas en la acción. // Yo me gano el pucherete mano a mano con el yuga, / con el diario pataleo, ya escribiéndome un gotán, / ya empuñando el martillito como mi jovie el tarugo. / ¡En el horno ‘e mi sesera yo me sé amasar el pan! // (…) No la voy con los bacanes…, ni con los intelectuales, / no soy pueta de academia, ni de libros en latín. / Soy cantor como es el pájaro, por impulsos naturales, / ¡porque a mí me sale el verso como el perfume al jazmín!” (“Batiendo el justo”, “La Canción Moderna”, 20-6-1932).

Dante A. Linyera, que también supo utilizar los seudónimos Arnaldo Demos y Carlos Onofre Alvear, falleció en Buenos Aires, poco antes de cumplir 36 años, el 14 de julio de 1938. La mayor parte de su producción –incluido el fragmento trascrito- yace olvidada y dispersa en viejas revistas populares, de ésas que no atesoran las bibliotecas ni los coleccionistas de antiguallas tan prestigiosas como ilegibles.

J. C. JARA – LOS MALDITOS – VOLUMEN IV – PÁG. 193, Ed.l Madres de Plaza de Mayo -

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JOSÉ GABRIEL O JOSÉ GABRIEL LÓPEZ – (1896-1957)

 

Su nombre verdadero es José Gabriel López o José Gabriel López Buisán pero después de un enojo con su padre, olvida los apellidos paterno y materno y se da a conocer como José Gabriel, como si Gabriel fuese apellido. Nace el 18 de marzo de 1896, en España. Tal es el desconocimiento que existe sobre él –a pesar de la obra realizada- que algunos lo dan por asturiano y otros, por madrileño. Su gran amigo, el escritor Eduardo Suarez Danero, da por seguro que era aragonés, de la aldea Torre del Obispo, y que su familia desciende del conde Villar de Bergame, “seguramente de algunos forajidos –según Gabriel- que pelearon en la cueva de Covadonga… A mí me basta con ser hijo de mi madre, la mujer más buena, más pura y más trabajadora del mundo”.
En 1905, llega a la Argentina, traído por su familia. Cursa estudios primarios y secundarios, ingresando luego a la Facultad de Filosofía y Letras, pero abandona la carrera cuando ya era un estudiante adelantado. En esa época, vive en Banfield y la debilidad económica de la familia lo obliga a realizar tareas de distinto tipo para sobrevivir él y los suyos. “A los 9 años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros, a los diez era hortero, a los once, peón de panadería y repartidor de pan por las calles de Buenos Aires, a los doce, mozo de fonda, a los trece, pintor letrista, a los catorce, mensajero, a los 15, empleado y mandadero de escritorio, a los 16, inspector de ferias francas, a los 22, profesor de enseñanza secundaria… He trabajado toda mi vida como una bestia y con una familia siempre a mi cargo”.

En su paso por la Facultad de Filosofía, adhiere a la “Escuela Novecentista” que reconoce como orientador a Eugene D’Ors, algo así como una reacción romántica o humanista, si se quiere, frente al positivismo reinante en los años anteriores. Allí conoce a Benjamín Taborga, por quien siente gran admiración y quién será uno de sus primeros ídolos intelectuales. “Taborga, un auténtico filósofo, provocó un vuelco saludable en mi vida… Con él iba a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes, leíamos mucho y discutíamos más, pero siempre con gran fraternidad. A veces, sin embargo, por sentir demasiado a la belleza, olvidábamos la justicia”. Con Taborga funda, en 1917, “El Colegio Novecentista”, idealista en lo filosófico, pero con algunos aciertos en otras cuestiones. Los dos amigos realizan sus primeras experiencias periodísticas en “La Gaceta”, pero al poco tiempo la abandonan pues no cobran sus sueldos.
Al producirse la guerra, Taborga, a pesar de ser formado en la cultura francesa, se manifiesta germanófilo, así como, después, se declara partidario de la revolución bolchevique de octubre del ’17. Su fallecimiento, en 1918, provoca un inmenso dolor en Gabriel, que lo valoraba como amigo y como profundo intelectual con enormes posibilidades de desarrollo. Poco antes, Gabriel tiene la suerte de cruzarse con otro intelectual de alto nivel: Manuel Ugarte.

Por entonces, Ugarte se ha lanzado a la aventura del diario “La Patria” y Gabriel debe haber seguido con atención las posiciones del gran escritor socialista y latinoamericano, pues de allí proviene seguramente su intención de entrelazar ideológicamente socialismo y cuestión nacional. Pero “La Patria” vive solo 3 meses.
Después, “a los 23 años –relata- me embarqué en la revolución universitaria contra los reaccionarios y contra los revolucionarios”. Ingresa entonces a “La Prensa”. Allí, en el diario de los Paz, permanece hasta 1919. “Era delegado, teníamos la Federación de Periodistas y sacábamos un boletín… El trato al personal no era bueno, y un día, paramos ‘La Prensa’… Fue la primera huelga grande con que se enfrentaron los Paz”. Con motivo de esa huelga, donde él fue uno de los dirigentes, no obstante su juventud, es cesanteado. “Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales y patrioteras… Ni en ‘La Vanguardia’ pude conseguir trabajo de reportero… ‘La Prensa’ me marcó a fuego. A partir de aquella huelga, ‘La Prensa’ me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación, que ‘La Prensa’ no me mencionaría nunca más”. Así, pues, una temprana experiencia de “maldito”.

Luego, dirá: “No odio esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo aseverar, por lo que vi en aquella casa, que me sentí en un Estado dentro del Estado. ‘La Prensa’ desdeñaba la causa popular… Era el diario que daba más noticias extranjeras en el mundo… Defendía sus intereses particulares, contra los nacionales, como en el caso famoso de la devaluación de la libra, cuando Pellegrini, la perjudicó y le costó que el diario no volviese a nombrarlo hasta después de muerto”.
En esta época, reside en La Plata y es docente en el Liceo de Señoritas. Allí conoce, como alumna, a la que después será su esposa: Matilde Delia Natta.
En ese 1920, ya publica sus primeros cuentos: “Un lance de honor”, “Los inocentes” y también sus primeros ensayos: “Evaristo Carriego”, al cual Manuel Gálvez juzgaría superior al ensayo de Borges sobre ese poeta, quizás el mejor sobre ese cantor del arrabal. También publica “La educación filosófica”.

No obstante su juventud, es interesante percibir que ya avanza hacia una cultura nacional: “… Nuestra crítica se inclina a asignar méritos muy superiores a los productos de imitación o trasplante, como si, para adquirir un valor universal, la obra artística no necesitase previamente ser local y muy humana. Todavía no he podido convencer a nuestros críticos de que toda la obra ‘universalista’ de Leopoldo Lugones no tendrá jamás, para la historia del arte, la significación de un solo verso local (no localista) de Carriego”. Desde la revista “Nosotros”, Aníbal Ponce lo critica porque Gabriel “divide a la poesía argentina en: pura, nativa o criolla por un lado, y por otro, la mestiza, extranjera o europeísta”, pues, según él, “la condición principalísima de la originalidad del arte, será el contenido de la emoción del medio circunstante al artista”. Ponce no está de acuerdo y considera “un absurdo considerar a Martín Fierro como piedra angular de nuestra literatura… Hace ya bastante tiempo que estamos hartos del gaucho. Los argentinos actuales, queremos ser nada más lo que somos: europeos modificados por el medio…”. Aquí se advierte, nuevamente, como Gabriel marcha hacia la comprensión de una cultura nacional, en un ámbito cultural adverso. Sin embargo, a pesar de esta resistencia a sus planteos, “Nueva Era” publica, en tapa, que “José Gabriel es uno de nuestros críticos descollantes”.
La publicación de la novela “La Fonda”, en 1922, comprueba su planteo cultural al lograr una recreación notable del ámbito material y espiritual de la Buenos Aires del Centenario, con la sordidez de sus fondines, sus cosacos represores y también el tremolar de banderas rojinegras de los anarquistas. Sin embargo, esta obra permanece olvidada.

Asimismo, en 1921, en una conferencia en el Centro de Estudiantes de Derecho, demuestra que ha asimilado la posición de Ugarte respecto a un socialismo nacional, deslindándose del internacionalismo proletario abstracto sostenido por la izquierda oficial: “Hay que distinguir guerra ofensiva, de conquista, de la guerra defensiva… que hoy pueden hacer los pueblos oprimidos por el yugo extranjero, contra el capitalismo imperialista que los oprime… En el curso de estas guerras de liberación, todo demócrata verdadero, así como todos los socialistas, apoyan el objetivo de los países o burguesías en litigio… Si mañana Marruecos declarase la guerra a Francia, la India a Inglaterra, Persia o China a Rusia, serían guerras equitativas, por la justicia y el derecho… En este sentido, los socialistas reconocían y reconocen la legitimidad, el carácter de progreso, la equidad de la defensa de la patria y de la guerra defensiva… La Argentina tiene un antecedente precioso en Alberdi… Su actitud ante la guerra del Paraguay, podría ser suscripta hoy por cualquier socialista. Consideró ofensiva, o por lo menos, impopular, la guerra de su patria contra el Paraguay y no le prestó su apoyo. En estos días se ha renovado el dicterio de traidor que con ese motivo, se le había dirigido en vida… En el concepto socialista no habría dejado de ser la actitud que correspondía en la línea del desarrollo histórico de la justicia social”. En cambio, la guerra de Europa última “no es entre naciones opresoras y naciones oprimidas, sino entre opresores y opresores, es decir, entre ‘negreros que se disputan sus esclavos’”. (“Nueva Era”, 10/04/1921).
En esos años del ’20, se desarrolla y crece como crítico y cuentista. Publica “Jeannette”, “Vindicación de las Artes”, “Elegía a Zuloaga”, “Farsa eugenesia”, “Origen y sentido de la modernidad” y “Frente a Moisés”. Este último trabajo resulta premiado por la Facultad de Filosofía y Letras. En esos años, fallece su madre porque “ella, como Moliere, no tuvo salud bastante para resistir la medicina de los médicos”.

Entre 1929 y 1930, publica varios folletos sobre cuestiones del arte: “Don Juan clásico y don Juan romántico”, “El arte y la belleza”, “Lo moderno temporal y lo moderno cualitativo” y “El cisne de Mantua” (crítica a Virgilio).
En ese medio de la literatura y la plástica donde se está convirtiendo en figura importante, Gabriel encuentra demasiados falsos valores, demasiada infatuación, prestigios armados por los diarios, complicidades académicas, en fin, demasiado oropel y pedrería sin fundamento. Por momentos, lo agobian esos saludos respetuosos de viejos acomodaticios que aseguran así su cátedra o su impunidad para manifestar necesidades. “El era –opina Danero- un hombre de innata rebeldía y aguda cultura”. Según Ernesto Palacio, “poseía una divina locura, entre quijotesca y unamunesca”. Él mismo, por su parte, se define poco después: “Yo, intelectual argentino, no tengo antepasados, ni contemporáneos, ni futuro, nací de la nada, vivo solo, me dirijo al vacío… Por eso, los domingos me voy a la cancha de fútbol a proporcionarme, entre otros goces, el que no he experimentado jamás en mi oficio: el de la solidaridad”.

De esa concurrencia a las canchas, nace el artículo “El jugador de football”, ejemplo de arte, publicado en “La Nación”, el 06/01/1929. Allí escandaliza a los lectores sosteniendo que en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del teatro Colón, recalcando especialmente el funcionamiento colectivo del juego. Pero, además agrega que deberíamos tomar ejemplo, en la cultura, de lo ocurrido en el fútbol: “Unos ingleses acriollados, les enseñaron a nuestros muchachos las reglas primarias del juego, hace medio siglo, pero ellos no se quedaron en la enseñanza externa y también en esto es ejemplarizador nuestro futbol: cuando supieron cómo se jugaba, trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar. Leyeron los libros, pero no tomaron notas, aprovecharon la experiencia ajena, pero no la repitieron. Alumni era el fútbol inglés trasplantado a la Argentina. Polimeni o Calomino (dos jugadores de la época) en una de sus trenzadas de vagos por los baldíos de los diques con la marinería de los buques británicos surtos en el puerto, crearon el fútbol argentino. Todos los actos esenciales de la cultura son producto de una enseñanza convertida en móvil creador. Por eso, nuestros universitarios van a Europa maestra y sólo promueven cortesías y van nuestros jugadores de fútbol y arrebatan a las gentes. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado”.


Al producirse el golpe militar de 1930, Gabriel trabajaba en “Crítica” y colaboraba en alguna revista, al tiempo que continuaba con sus cátedras. Pero el gobierno uriburista lo juzga un izquierdista peligroso y el ministro de Instrucción Pública lo exonera, reemplazándolo por E. Martínez Estrada. Gabriel resuelve exiliarse. Viaja a Montevideo, donde logra una cátedra en la Facultad de Humanidades. “En Montevideo estoy pasando hambre”, le escribe a Danero.


Allí publica varios artículos que luego unifica en el libro “Bandera Celeste”, aparecido en 1932, donde no sólo critica al golpe militar sino que distingue claramente al radicalismo irigoyenista, como movimiento democrático, del gobierno reaccionario de los sectores dominantes e incursiona asimismo en los temas descubierto en el diario “La Patria”, junto a Ugarte: socialismo y cuestión nacional, naturaleza colonial de la Argentina, necesidad de la federación hispanoamericana. “Trotsky es hoy, quizá, el único comunista ortodoxo del mundo (…) y Stalin un embozado reaccionario del comunismo. Con la única mira de ser útil a mis semejantes, propongo la formación de una agrupación de arranque nacional y anhelo mundial que por conducto del sindicato obrero y de la comuna restituida a su función, fomente, como pueda, en sentido socialista, la evolución de la sociedad burguesa agonizante y persiga así para los hombres un futuro más bello, más bueno y más feliz. He pensado que nuestro distintivo podría ser la Bandera Celeste con la estrella roja… Sostengo que todo movimiento revolucionario americano de los nuevos tiempos, si quiere corregir un siglo de errores localistas, si quiere recuperar el vuelo internacional y la verdadera eficacia de la revolución emancipadora, debe tender por último a la federación hispanoamericana”.


Poco después, atraído por el surgimiento de la República Española, escribe “Burgueses y proletarios en España”: “La oposición española necesita cumplir antes de un año su misión. Si la situación objetiva le obliga a dilatar el plazo, la burguesía puede lograr un momentáneo desahogo económico y estabilizarse, aún sin fascismo o con un fascismo enclenque… El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de oriente… Dios les haga leve la guerra civil. Pero tengan presente las palabras de Lenin: ¡Ni un paso atrás!”. La posición asumida en este libro, de crítica al anarquismo y de expectativa en el POUM (Partido Obrero Unificado Marxista), liderado por Andrés NIN, así como también su elogio a Trotsky, evidencias que se ha alejado de los ácratas para asumir una posición trotskista, con cierta comprensión de la cuestión nacional.


En 1933, se halla de nuevo en la Argentina, residiendo en La Plata. Desde allí acomete una obra muy importante: la reivindicación del Martín Fierro. Publica un periódico con ese nombre, del cual llega a tirar diez números, dedicado a analizar y reivindicar distintos aspectos del poema de Hernández. A su condición de agitador gremial –en la huelga de ‘La Prensa’- y de crítico con perfiles nacionales en sus libros, se agrega ahora su definición marxista, en clara línea antistalinista, recibiendo así fuego graneado desde varios sectores. “Pocos individuos más calumniados que yo… En un tiempo me reía de las calumnias. Luego, me dio por enojarme. Entonces, tuve varios cacheteos, envié los padrino no sé en cuantas ocasiones y me batí a duelo tres veces”.

No encuentra, por eso, un lugar desde donde continuar su lucha. El único resquicio es el semanario “Señales”, donde Jauretche y Scalabrini Ortiz irradian ideas para formar una conciencia antiimperialista. Y allí se suma. Desde “Señales”, entre 1935 y 1936, aborda diversos temas. Un día, enfila una fuerte crítica al Partido Socialista, por haber concurrido a elecciones en 1931, en vez de acompañar al radicalismo vetado. Otro día, aplica una violenta crítica al Partido Comunista y a su táctica de frente popular, que lo conduce a aliarse al alvearismo entreguista y traidor. Asimismo, refuta una carta abierta del general Fasola Castaño, nacionalista de derecha, a quien le imputa hablar de muchas cosas pero no denunciar que “la Argentina se está entregando cada vez más sumisa al imperialismo económico y cultural extranjero y que ¡el próximo presidente lo impondrá el príncipe de Gales!”. En otra oportunidad señala la decadencia general de la dirigencia política de la Argentina y aboga porque “nos juntemos al fin bastantes locos para correr carpiendo a todos los sensatos y a todos los pícaros”. Publica, también, un artículo reivindicando a San Martín como el gran patriota latinoamericano, enemigo de Rivadavia y echa rayos y centellas contra las empresas ferroviarias británicas. En uno de esos artículos, manifiesta: “Mis intereses personales no han estado nunca en choque con mi honestidad, porque siempre supe ser pobre y humilde para no tener que ser sinvergüenza”.


A fines de 1936, viaja como corresponsal a España. Se apasiona ahora por la guerra civil, acercándose al POUM (Partido Obrero Unificado Marxista), dirigido por Andrés Nin, lo más cercano que encuentra a su filiación trotskista. Al producirse el asesinato de Federico García Lorca escribe unas hermosas páginas tituladas “Ditirambos a García Lorca”. Desde la península publica artículos diversos, denunciando cómo Inglaterra y Francia contribuyen a tumbar a la República. La lucha contra el fascismo se convierte, entonces, en su causa principal. En 1937, publica “España en la cruz” y “Vida y muerte en Aragón”. Asimismo, reflexiona sobre Cervantes en “Las semanas del jardín”.


Regresa a mediados de 1937 y se sumerge en una biografía de Florentino Ameghino, que aparece en 1939, bajo el título “El loco de los huesos”. Escribe, además, “Aclaraciones a la cultura”, donde manifiesta su inquietud por una cultura nacional y “El nadador y el agua”. Participa, asimismo, en revistas y periódicos trotskistas como “Inicial” y “Frente Obrero”. Y en órganos antifascistas como “Argentina Libre”, donde reflexiona sobre la primacía de lo popular en nuestra cultura. También por entonces, se vincula a Manuel Gálvez, a quien le escribe una carta hacer del revisionismo histórico.
En 1939, lo autorizan a dar clases en escuelas dependientes del Ministerio de Educación, pero en 1941 denuncia maniobras fraudulentas en un concurso y es suspendido en la cátedra.


En 1942, publica “Entrada en la modernidad”. En 1943, su militancia antifascista en España lo conduce, al producirse el golpe militar del 4 de junio, a manifestarse en total oposición, siendo detenido el 9 de julio de ese año. Después de 40 días, recupera la libertad y se marcha a Montevideo. Allá prosigue su labor intelectual y en 1944 publica dos biografías: “Walt Withman” y “Lamadrid”. Al año siguiente lanza “Curso fundamental de literatura española”. Asimismo, colabora desde el exilio en periódicos antiperonistas y en 1946 se radica en Perú, invitado por los apristas, donde permanece exiliado hasta 1949. Reside en Lima y da clases en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos.
Pero a partir de 1947, empieza a replantearse su oposición al peronismo y en 1948 escribe: “Hace meses que vengo incitando a la oposición argentina, a tomar una actitud diferente frente al gobierno del General Perón, que a mi parecer habría que apoyar si se quiere que sea mejor aún”. El canciller Bramuglia, de paso por el Perú, parece haberlo convencido del progreso histórico y social que significa el peronismo para la Argentina y en especial para los trabajadores, por lo cual decide regresar.

Ahora, otra vez en la Argentina, vuelve al periodismo, desempeñándose en la subsecretaría de Prensa y en “El Laborista”. Se consustancia, entonces, con el peronismo y escribe algunos artículos en la revista “Hechos e ideas”, entre ellos, “El Destino Imperial”. En “Argentina de hoy” –periódico de los socialistas acercados al peronismo- exalta la figura de Eva Perón y analiza su libro “La razón de mi vida”. Asimismo, publica un nuevo libro: “Historia de la gramática”, al cual agrega, en 1952, un ensayo sobre la situación política mundial titulado “La encrucijada”.


Es su época de vida más tranquila. Atemperadas sus viejas rebeldías, acompaña la experiencia de los trabajadores en el movimiento peronista. Vive muy modestamente, con su mujer y sus dos hijos, en un barrio apartado, de la localidad de Lanús, denominado “Villa obrera”. En 1954, formula un informe sobre el diario “La Prensa” y poco después, viaja a Europa para participar en una Conferencia Mundial de Población. Por entonces, pasa a desempeñarse como periodista en el ministerio de Salud Pública mientras continúa yendo todas las tardes a “El Laborista”. Sus relaciones son escasas pues a lo largo del camino ha castigado a más de uno y además, su adhesión al peronismo lo convierte en enemigo para la mayor parte de la intelectualidad alineada en el antiperonismo.


Pero el 16 de junio de 1955 –bombardeada la plaza de Mayo por aviones insurrectos- comienza el derrumbe del gobierno. Gabriel acompaña a los trabajadores que se dirigen a plaza de Mayo y a la CGT para defender al gobierno y vive intensamente esa jornada de horror, de destrucción y muerte. Luego, la relata en un opúsculo titulado “Llenos de coraje y de miedo”. Asimismo, en un poema –“Antífona”- condena esa barbarie:

Preguntas, niño, por los días
afortunados de la patria,
días de fiesta en el trabajo
de paz y de abundancia.

Florecía el hogar
la escuela abría alas,
goces y bienes proveían
la oficina, el taller, la tienda, el haza.

Pero vinieron unos hombres negros
y nos tiraron bombas en la plaza.

Tres meses después, producido el derrocamiento de Perón, recibe los más violentos vituperios por parte de la intelectualidad adherida al gobierno de facto. Aquel que había sido marginado por anarquista y trotskista, por rebelde y deslenguado, por predicar una síntesis entre marxismo y liberación nacional o hacer centro en la cuestión social al analizar el Martín Fierro, suma ahora otra transgresión: su peronismo militante de los últimos años. Inmediatamente es exonerado del ministerio, manteniendo apenas su cargo en “El Laborista”, aunque arrinconado en una sección secundaria y con un sueldo exiguo que le permite apenas sobrevivir a él y a su familia. Pocos meses después, al producirse los fusilamientos del 9 de junio de 1956, en uno de sus últimos gestos de rebeldía, le escribe a un intelectual del nuevo régimen –Mario Luis Descotte- una carta plagada de duros términos: “Unos insultan, otros esquilman, otros fusilan. ¡Qué pocas razones deben de tener ustedes, señores libertadores de la muerte! Ya el exquisito resucitado Borges, en un diario de la isla de Formosa, quiero decir de Montevideo, nos abrumó de ‘pocos, malos y mudos’ a los ‘escritores de la tiranía’ y ahora, Ud. remacha el clavo con su imputación de ‘rebañegos, resentidos, logreros e innobles’… En el diario ‘El Mundo’. Su congelado cerebro, ¿no admite ni la posibilidad de que cualquiera de nosotros haya estado sinceramente en el ‘error’ en el supuesto que ese error hubiese existido?... Yo tengo una ya larga e intensa vida de luchador, presidiario y desterrado por el bien ajeno y de individualista siempre sacrificado (jamás pertenecí a ningún partido)… Yo he querido ser solidario, no rebañego, con el pueblo trabajador, que no me dio ni podía darme nada, como le daban por el coqueto Palermo chico o por los jardines nudistas de Punta del Este al rebaño disperso… Conté con la distinción del ‘tirano’, pero para ayudarlo en el bien público, aún teniendo que disentir con él a veces, y no recibí un premio, una cátedra, una orden de automóvil, ni ninguna otra prebenda y vivo más humildemente que nunca en una barriada fabril y obrera que ustedes, libertadores de la muerte, no conocen… YO, ‘grasa’ tengo que remar como forzado en galeras para esquivar la invasión de la miseria, de la ignominia y de la muerte…”. La carta la fecha el 16 de junio de 1956, en Madariaga 3602, Villa Obrera, Lanús.


Un año después, el 14 de junio de 1957, el infarto masivo lo sorprende tecleando en la redacción. Cae hacia delante, dando con su cabeza en la máquina de escribir, sobre la cual permanece –como periodista de toda la vida- abrazándola. Conducido al hospital, se le produce un segundo infarto y exhala el último suspiro.


El silencio se tiende sobre él, sobre sus libros, sobre sus irreverencias y quijotadas. Deben transcurrir 17 años para que, en 1974, su amigo E. S. Danero lo rescate de este modo: “José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador” (“La Opinión”, 03/02/1974). Luego, otra vez el silencio, el olvido “de los que tienen memoria”. Habían sido demasiados sus desafíos al “régimen” y éste lo convirtió en “maldito”.

Norberto Galasso, Los Malditos, Volumen I, página 278, Ed. Madres de Plaza de Mayo - Publicado por: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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VELMIRO AYALA GAUNA – (1905 – 1967)

Hijo de Ramón Ernesto Ayala Gauna y Victorina Figueroa, nace en Corrientes el 22 de marzo de 1905. Poeta, docente, periodista, fundador de escuelas y revistas literarias, narrador por sobre todas las cosas.

Su creación más perdurable es Don Frutos Gómez, comisario de Capibara-Cué, protagonista de muchos de sus cuentos, en el que Ayala Gauna exalta la astucia criolla, amalgamando “las virtudes y defectos de un personaje auténtico que vivió en San Luis del Palmar, al cual he agregado para completar su fisonomía los de otros hombres de mi tierra”.

Cuando se habla entre nosotros del género policial argentino suele mencionarse en primer término a Borges y a Bioy Casares –creadores de insufribles pastiches que, bajo el rótulo de relatos policiales, ocultan (poco) su notorio desprecio por los sectores populares de los ’30 y ’40, a los que pretenden satirizar. (Ver Avellaneda, Andrés: “El habla de la ideología”, Bs. As., Sudamericana, 1983). Se cita también elogiosamente a autores de la misma línea como Manuel Peyrou o Enrique Anderson Imbert, entre otros, pero normalmente se deja a un lado, o se le asigna un rol muy secundario, a Velmiro Ayala Gauna y sus cuentos protagonizados por don Frutos Gómez. Tal vez por considerarlo un escritor “regional”, calificativo usado casi siempre con un sentido desdeñoso, más probablemente por el acento nacional y popular que nuestro autor ofrece a sus producciones, lo cierto es que el menosprecio de la crítica ha corrido parejo con el éxito de Ayala Gauna, cuyos cuentos y novelas han sido llevados al cine, la radio y la televisión en numerosas ocasiones. Muchos recordarán aún la notable creación de don Frutos realizada por el actor Ubaldo Martínez, tanto en la pantalla como ante los micrófonos.

Ayala Gauna se había recibido de maestro en su ciudad natal en 1924. Ejerció la docencia en Rufino, al sur de Santa Fe, y luego en la capital de la provincia. En 1930 se traslada a Rosario, donde realiza la mayor parte de su obra literaria, pero también –amén de seguir ejerciendo la docencia y el periodismo- funda la Universidad Popular de la Zona Sur, trabaja en la Unión del Magisterio santafecino y ofrece cursos de capacitación a estudiantes y obreros en bibliotecas populares de la región. Profesor de inglés en el Rosario English School y en el Liceo Militar General Belgrano (se había recibido en 1940 y ganó ambas cátedras por concurso), también por esos días conduce la audición folklórica “Sendas de la Patria” en LT8 de Rosario.

Recién en 1944 (tenía 39 años) publica su primer libro: “La selva y su hombre”, dedicado a su padre, “verdadero archivo de casos, sucedidos y leyendas”. Seis años más tarde ven la luz los relatos y ficciones folclóricas de “Litoral”. A partir de allí su labor literaria se hace más continuada. Vendrán: “Cuentos correntinos” (1952) y “Rivadavia y su tiempo” (1952), su única incursión en el terreno de la historia. Al año siguiente, uno de los más prolíficos, publica: “Otros cuentos correntinos”, “La semilla y el árbol”, obra teatral premiada por la Municipalidad de Rosario, y la editorial Castellví de Santa Fe da a conocer “Teatro de lo esencial”, que incluye dos piezas: “La pulsera” y “Muerte con palabras”, “dotadas de un excepcional ritmo escénico”, según un crítico. También ese año la Comisión Nacional de Cultura le otorga el premio “Mesopotamia (1951-1953)”.

Por entonces dice el autor en una carta a Juan José Hernández Arregui: “Correntino arisco como soy, me voy abriendo paso a fuerza de ponchazos”, y luego de informarle de la buena recepción de sus obras aclara, “y eso sin ser amigo de Victoria Ocampo, ni estar recomendado a ningún crítico, me parece que es algo”. En otra carta al mismo destinatario, dice en relación a su novela “Leandro Montes” (1955): “Quise hacer sentir la rebeldía del ‘mensú’ explotado en los yerbatales, del peón correntino sin un pedazo de tierra, en una provincia de latifundios y del ‘hachero’ tratado como bestia en la Forestal. Posiblemente me habrá faltado garra y estilo para lograrlo, pero lo que anhelaba es que se conociese a ese hombre auténticamente nuestro que no se rindió ante los fracasos y paseó por la vida con su protesta y su esperanza”.

En ese mismo año 1955 publica sus regocijantes “Cuentos y cartas correntinas” y vuelve a revivir a su personaje más popular en “Los casos de Don Frutos Gómez”. Luego seguirán los cuentos de “Paranaseros” (1957) y “Don Frutos Gómez, el comisario” (1960). De 1964 es la pieza teatral “¿De qué color es la piel de Dios?”, alegato contra el racismo. Las mejores historias de este autor, tomadas en la niñez “de boca de astutos cazadores, pacientes pescadores, hábiles contrabandistas o arrugadas viejecitas que me llenaban de temor con las hazañas del pombero, del lobizón o del curupí”, son recopiladas en “Por el alto Paraná” (1964), título homónimo de una de las películas filmadas a partir de sus textos.

También publicó los ensayos de “Breves apuntaciones sobre un folclore regional”, los cuentos de “Perurimá” y las versiones al castellano moderno de los clásicos “La Celestina” y “El libro del Buen Amor”.
En Rosario dirigió la revista literaria “La Diligencia” y colaboró en “Vea y Lea” y “La Prensa”.
Dejó varias obras inéditas, entre ellas, las novelas “Sexo” y “Congreso en las acacias” y el volumen de narraciones “Cuentos para un fin de semana”. Póstumamente se publicaron los ensayos de “¿Existe una literatura nacional?” (Santa Fe, 1971).
Ayala Gauna murió en Rosario el 29 de mayo de 1967.

Osvaldo Jara y Juan Carlos Jara, Los Malditos, Tomo III, página 157
Ediciones Madres de Plaza de Mayo - Publicado por: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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JULIÁN CENTEYA - (1910 - 1974)

Se llamaba Amleto Enrico Vergiati y había nacido en la calle del Borgo San Nicoló 25, de la italiana Parma, aunque, más bien, parecía nacido en San Juan y Boedo o en Centenera y Tabaré o en cualquier otra de las esquinas más tangueras. Era el 15 de octubre de 1910. Pero lo importante es que él decidió llamarse (para siempre) Julián Centeya.

Junto a sus padres, Carlo Vergiati y Amalia Ricci, y sus hermanas Fanny y Pierina, desembarcaba en Buenos Aires el 14 de abril de 1922. En el poema “Mi viejo”, él mismo narró ese arribo: “Vino en el Conte Rosso, fue un espiro. / Tres hijos, la mujer y a más un perro. / Como un tungo tenaz la fue de tiro; / todo se lo aguantó: hasta el destierro”. Primero fue San Francisco, Córdoba, y en el séptimo mes –el siete es un antiguo número mágico y cabalístico- el destino los empujó hacia Buenos Aires, donde se convertiría en el porteño auténtico que fue.

Aquí se desprendió de la piel de Amleto Enrico Vergiati y fue llamándose Juan Sin Luna, Juan de la Luna, William Pérez, Shakespeare García y Enrique Alvarado. Con esta identidad firmó su libro inicial, un poemario sobre negros titulado “El recuerdo de la Enfermería de San Jaime”. También como Enrique Alvarado, firmó una milonga, con música de José Canet, “Julián Centeya”.
Era el personaje en el que más tarde se encarnaría para siempre, cuando Roberto Tálice lo acercó a Radio Belgrano y le propuso: “¡Elíjase un seudónimo y hable!”, y la voz del speaker salió al aire anunciando a “Julián Centeya, el nuevo charlista de Buenos Aires”. Aquel tanito nacido en Parma era, ya definitivamente, el porteñísimo Julián Centeya: “de noche me pongo la chalina del viento y camino esta ciudad que prepotentemente hice mía, porque a mí me parió Buenos Aires”, reconoció alguna vez.

Fue también periodista, pero sobre todo fue poeta. Un poeta que evolucionó la poesía lunfarda, que venía de lecturas más amplias que los demás bardos de arrabal, que había paseado sus ojos por líneas de Whitman, de Borges, de Vallejo, de los poetas franceses, de los surrealistas… ¿Antes de él, quién podría haber dicho en lunfardo cosas como las que le decía –en un inusitado surrealismo- a Aníbal Troilo: “tu tango, falopa que encelesta / de barro auténtico el mundo de la rosa, / se escracha como un salivazo / en los espejos que enviudaron”?

Podía leer a Yacaré, a Celedonio, a Linyera, como a Rimbaud, a Cendras, a Tzara, o ponerle oído hoy a Arolas y mañana a Mozart. Porque su lunfardo, como alguna vez explicó José Gobello, “más que una necesidad expresiva parece un lujo, casi una compadreada de quien, al regreso de infinitas lecturas, ancla otra vez en el barrio, con ganas de habitar la pieza del fondo de una casa situada en la muy franciscana calle que se llama Diógenes Taborda”.
Enfiló por las calles malevas del tango y escribió “Claudinette” (Enrique Delfino), “La vi llegar”, “Lluvia de abril” (ambos con Enrique Mario Francini), “A los muchachos” (José Ranieri), “Cuando escucho un tango viejo” (Ernesto de la Cruz), “Sol de Chiclana” (Pedro Maffia), “Mi perro Chango” (Cátulo Castillo-Sebastián Piana) y muchos más.

Y también anduvo reuniendo su poesía y su prosa en libros que se titularon “El misterio del tango” (1947), “La musa mistonga” (1964), “Glosas de tango” (1965), “Primera antología de tangos lunfardos” (1967), “La musa del barro” (1969), “Porteñerías” (con Washington Sánchez, 1971), “El vaciadero” (1971) y su obra póstuma, “Piel de palabra / La musa maleva y otros poemas inéditos” (1978). Lástima que dejó inéditos el sainete “Peluquería y Perfumería La Bomba”, la novela “La otra gente”, el tomo humorístico “El pozo hacia arriba” y una infinidad de poemas.

El 26 de julio de 1974, la noticia nos dolió. Venía de algún diario: “Falleció esta madrugada, a la 1.30, en el sanatorio geriátrico ‘Albert Schweitzer’, ubicado en Villa Urquiza, Julián Centeya, víctima de un infarto agudo de miocardio”. Esa madrugada quizás haya repetido: “Se va conmigo mi alma cansada / que hace diez siglos no quiere lolas”. (C. Piantanida, Los Malditos, Vol. III, Pág. 169, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

* * * * * * * * * * * * * * *

“Habré de inventarme una puteada esdrújula”

Habré de inventarme una puteada esdrújula
para arrojarla contra la vidriera del mundo
y contársela después a Cendrás y a Rimbaud
que tan mierdamente vivieron como yo

Habré de entender algún día que esto no tiene remedio
que uno pudo nacer pez espada ejecutivo delator
tener una religión prestada carecer del ojo izquierdo
y vivir esperando que mongo me cite en el Ecuador

Habré de cagarme ordenadamente en los gerentes bancarios
y sentado sobre la piedra de un tiempo que se televisa
escupiré sobre el rostroculo de mi vecino este rencor

Claro que habré de inventarme una puteada esdrújula
porque yo me he desentendido de un dios
que permitió que César Vallejo se muriera de hambre
la tarde de un día gris que contabilizaba sus piojos

Habré de inventarme una puteada esdrújula

Usted dese por invitado
                                 
Se lo merece

Julián Centeya©

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