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PELLEGRINI, CARLOS 

 

BIOGRAFÍAS PUBLICADAS

PELLEGRINI, CARLOS 

 
 

MARIANO A. FRAGUEIRO

SILBERSTEIN, ENRIQUE

HEREDIA, ADITARDO

 

JORGE, EDUARDO

D'ADAMO.

BER GELBARD

MIGUEL MIRANDA

PRÓXIMA BIOGRAFÍA

LÓPEZ, VICENTE FIDEL

CARLOS PELLEGRINI – (1846-1906)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 11 de octubre de 1846. Su padre es Carlos Enrique Pellegrini, hombre de la clase alta, poseedor de una estancia con 20.000 ovejas e importante figura en el comercio de lanas, pero, además periodista e ingeniero, autor de muy diversos proyectos de infraestructura y también reconocido pintor y litógrafo.

Después de cursar en el Colegio Nacional, ingresa, a los 17 años, en la carrera de Derecho.

Los simplificadores de la historia, basándose en que fue fundador del Jockey Club y en su participación en una desafortunada negociación de deuda externa, lo consideran uno de los tantos prohombres de la oligarquía y por ende, responsable del modelo agroexportador sin industrias, es decir, de la sujeción argentina a la división internacional del trabajo que le impone Gran Bretaña. Sin Embargo, si algo caracteriza a Pellegrini es su constante oposición a la oligarquía mitrista y su reiterada propuesta a favor de la industrialización.

Graduado como abogado en 1869, presenta su tesis sobre “Derecho Electoral”, manifestándose partidario de incorporar el voto femenino. En 1872, es electo diputado provincial. Como tal, presenta un proyecto de abolición de la prisión por deudas. En esa época, profundiza estudios sobre cuestiones económicas, especialmente relacionadas con el comercio exterior y las disposiciones aduaneras. Por entonces, se convierte en decidido partidario de nuestro desarrollo industrial, probablemente bajo la influencia de su padre que –afirma Eduardo Astesano- “fue director de la ‘Revista del Plata’ (1856), primera manifestación teórica de nuestra industria”. El mismo historiador resulta uno de los primeros en reconocer esa posición industrialista cuando, en 1949, publica “Historia de la independencia económica”, libro cuya tapa va ilustrada con un retrato de Carlos Pellegrini.

En 1876, es diputado nacional y como tal interviene en el debate suscitado por el proyecto de ley que aboga por la libre importación, presentado por el ministro de Hacienda, el anglófilo Norberto de La Riestra. Allí, Pellegrini se convierte en uno de los principales defensores de la industria nacional, junto a Vicente Fidel López y otros diputados del Partido Autonomista. En esa ocasión, afirma: “… Tenemos que reconocer con dolor este hecho: en la Provincia de Buenos Aires… lo que menos se hace es trabajar, lo último que entra en el cálculo del hombre es la industria, haciendo excepción a la gran industria pastoril que tenemos. Los capitalistas buscan siempre aquellas especulaciones azarosas, pero que presenten perspectivas de inmenso lucro. Miran siempre con repugnancia, casi con desdén, el invertir esos capitales en empresas industriales, que pudiesen ofrecer lucros más seguros aunque más lentos, pero no es sólo eso, en todas las ramas de la legislación se nota este desdén con que la industria ha sido mirada, este poco aprecio que se ha hecho de la industria. Tenemos universidades, Facultad de Derecho, de Medicina, de Ciencias Exactas, colegios secundarios, escuela de música y declamación. Esto lo tenemos, desde Buenos Aires hasta Jujuy y  sin embargo en la República Argentina no hay una Escuela de Artes y Oficios (…) ¿Por qué? Porque nuestra industria es lo último en nuestro país y yo digo que este hábito y este modo de ser ha influido poderosamente en nuestras leyes que han venido  dar mayor fuerza a estos hábitos (…) que jamás se ha pensado en la industria, jamás se ha tratado de fomentarla, olvidando que toda la fuerza y la riqueza de una Nación de ella sólo depende”. La polémica se desarrolla en varias sesiones legislativas y en ellas, Pellegrini asesta duros golpes a la concepción libreimportadora sustentada por de La Riestra. Más aún, llega a sostener que la posición liberal del ministro se integra a la concepción de la división internacional del trabajo –entre Argentina y Gran Bretaña- alertando acerca de las consecuencias de la misma: “Cuando esto se discutía en el Parlamento inglés, uno de los ilustrados defensores del librecambio decía que él quería, sosteniendo su doctrina, hacer de la Inglaterra la fábrica del mundo y de la América, la granja de Inglaterra y decía gran verdad que en parte se ha realizado porque, en efecto, nosotros somos y seremos por mucho tiempo, si no ponemos remedio al mal, la granja de las grandes naciones manufactureras. Yo pregunto, ¿qué produce hoy la provincia de Buenos Aires, la primera provincia de la República? Triste es decirlo, solo produce pasto y toda su riqueza está pendiente de las nubes… Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto”. Finalmente, los proteccionistas triunfan en la votación y de La Riestra debe renunciar al ministerio. Se implanta, entonces, una política de tarifas aduaneras protectoras cuyos resultados se aprecian en el desarrollo de varias ramas industriales en los años siguientes.

Pellegrini reafirma su posición colaborando con el Club Industrial recientemente creado –donde participan, entre otros, Rafael Hernández y Vicente Fidel López- redactando artículos, además en su revista.

Posteriormente, en 1880, Pellegrini, como ministro de Guerra de Avellaneda, desempeña un rol importante en el sofocamiento del levantamiento mitrista que intenta impedir la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Más tarde, es senador nacional y luego, en 1884, participa en el lanzamiento de un nuevo diario “Sud América”, cuya denominación es significativa pues resulta el eco de las viejas luchas por la Patria Grande. Siempre militando contra el mitrismo, resulta elegido candidato a vicepresidente, por el Partido Autonomista Nacional, en 1886. Sin embargo, en el ejercicio del gobierno, manifiesta disidencias con el presidente Juárez Celman, a tal punto que en 1890, ante la insurrección del Parque, protagoniza la defensa de la legalidad pero impulsa, asimismo, la renuncia de Juárez Celman, al cual reemplaza como Jefe de Estado.

Su presidencia, entre 1890 y 1892 –para completar el período de Juárez- resulta de transición, viéndose obligado a refinanciar la deuda externa ante las presiones de la banca acreedora. Para ese período, designa como ministro de Hacienda a Vicente Fidel López –caracterizado como “nacionalista” por José María Rosa- quien aplica varias medidas en defensa de los intereses nacionales que provocan irritación en Londres, según puede verificarse en la semblanza biográfica de V.F. López. Asimismo, su gobierno anula las concesiones de miles de leguas de tierras fiscales entregadas por Juárez, aumenta las rentas de Aduana y funda el Banco de la Nación Argentina, al cual designa la función de otorgar créditos a la industria nacional naciente. Astesano señala que en 1892, “según relata una crónica, Carlos Pellegrini y sus amigos Tornquist y Casares, se presentaron en una fiesta luciendo un traje de tela nacional y botines y sombreros de análoga procedencia”, para demostrar que existían posibilidades de competir en esos rubros con las fábricas de los países altamente desarrollados. Ha sostenido y continúa reiterándolo: “No hay en el día un solo estadista serio que sea librecambista (…) Hoy todas las naciones son proteccionistas y diré más, siempre lo han sido y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política”.

Entre 1893 y 1895, se desempeña como presidente del Banco Hipotecario Nacional, para regresar luego al Congreso como senador nacional. Sobre el fin del siglo, funda otro periódico –“El País”-, un matutino dedicado, según Cutolo, “a sus campañas de protección y defensa de la industria nacional”. Cabe observar la amplitud ideológica de este matutino pues allí, entre 1901 y 1902, Manuel Ugarte publica sus primeros artículos abogando por la unidad latinoamericana y condenando severamente la expansión del imperialismo yanqui.

En 1901, Pellegrini toma a su cargo la negociación de “unificación de la deuda externa”, proyecto del ministro de Hacienda del gobierno de Roca –Enrique Berduc- que si bien permite un cierto desahogo financiero resulta atentatorio a la soberanía, al afectar las rentas aduaneras para el pago a los acreedores externos. Al darse estado público a la negociación, la reacción de la opinión pública resulta muy negativa, ante lo cual Roca decide retirar la propuesta dejando descolocado a Pellegrini, quien rompe entonces con el gobierno.

Tiempo después, comienza a preocuparse por los temas sociales, especialmente los relativos a cuestiones laborales. En la revista de Estanislao Zeballos, publica una propuesta de “Organización del Trabajo” y se manifiesta entusiasmado por el proyecto de Código de Trabajo que impulsa el ministro Joaquín V González, producto del asesoramiento de hombres ligados al socialismo, como Ingenieros, Ugarte y Bialet Massé. En 1905, resulta nuevamente diputado pero al asumir su banca lanza uno de sus mejores discursos, con un duro planteo autocrítico, condenando las malas prácticas electorales vigentes en el país: “Nos falta algo esencial: ignoramos las prácticas y los hábitos de un pueblo libre y nuestras instituciones escritas son sólo una promesa o una esperanza. Por eso nuestro régimen no es representativo, ni republicano, ni federal, ya que las prácticas viciosas han convertido a los gobernantes en grandes electores, sustituyendo con su voluntad, la del pueblo, cuyos derechos civiles y políticos son desconocidos”. En una sesión posterior, al discutirse sobre la amnistía a los radicales insurrectos de febrero de 1905, Pellegrini vuelve a señalar la necesidad de democratización pues “es preciso que todos los ciudadanos gocen de iguales derechos” para que “no tengan que recurrir al fusil para reivindicar sus derechos”.

Poco después, fallece, el 17 de julio de 1906. Las crónicas informan que el pueblo supo apreciar que Pellegrini dejaba muchos aspectos rescatables en su vida política, que lo colocaban a distancia de la oligarquía y por eso, “la presión de la multitud –en el cementerio- no pudo ser contenida por la fuerza pública”. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, página 198, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ADITARDO HEREDIA – (últimas décadas del siglo XIX)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL (Tan excluido que nos fue imposible encontrar una imagen suya)

No figura en la “Gran Enciclopedia Argentina”, dirigida por Abad de Santillán, ni en la “Enciclopedia visual de la Argentina” publicada por “Clarín”, supervisada, entre otros, por el presidente de la Academia Nacional de la Historia, Dr. Miguel Ángel Di Marco. Sólo lo rescatan el “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino” de Vicente O. Cutolo, el libro “Nacionalismo y liberalismo económicos en la Argentina (1860-1880)”, de José Carlos Chiaramonte y el profesor Jorge Oscar Sulé en su obra “Heterodoxos del 80”.

A tal punto llega el silenciamiento que aún los autores que lo reivindican no logran aportar fecha de nacimiento y de fallecimiento. Sin embargo, Heredia fue diputado, presidió el Club Independencia, expresión de la juventud del Partido Republica (1877), integró el grupo de fundadores de la Sociedad Geográfica Argentina (1881), presidió la Convención Constituyente de la Provincia de Buenos Aires (1889) y publicó varios libros sobre cuestiones éticas, jurídicas y económicas.

¿Simplemente don Aditardo ha sido olvidado entre tantas celebridades que nutren los anaqueles de las academias y las universidades en la Argentina o existe algún motivo especial por el cual se prefiere no recordarlo? El lector podrá dar la respuesta después de conocer algunas de las ideas centrales por las cuales batalló desde la facultad y el periodismo.

“En la tesis para doctorarse en Jurisprudencia en la Facultad de Derecho, editada en 1876 –señala Sulé- expresa estos conceptos que muestran una clara conciencia de la problemática argentina”: “Nuestra producción se reduce a materias primas, las que provienen de la industria ganadera. Los pueblos europeos nos venden a su turno productos manufacturados preparados muchos de ellos con las materias primas que poco antes le vendiéramos. En estas transacciones, todas las desventajas están de parte del consumidor argentino, que tiene que pagar el precio natural del objeto, recargado con los gastos del transporte, primero como materia prima y después como manufactura, más los derechos de importación en el extranjero y los de importación también en nuestras aduanas, aumentado todo esto aún con las ganancias de los intermediarios necesarios para hacer llegar las materias primas de manos del productor nacional al fabricante extranjero, intermediarios que serían en menor número si esas materias en vez de viajar a través de los mares para regresar después recorriendo así un larguísimo derrotero, corriesen solamente el camino más corto que mediara entre el productor y el fabricante nacional. Ante esta enumeración de las causas que contribuyen a subir el precio de la mercadería importada, las ventajas del sistema proteccionista son tan claras que concebirlas es menos obra de la inteligencia que de un poco de buena voluntad”.

También sostiene, en 1876: “Los capitales extranjeros, he aquí la medicina con que pretenden curar nuestros males los partidarios inconscientes de la perpetua subordinación de la República. Esos capitales se introducen al país para explotar líneas de tranways y de ferrocarriles, por cuenta de compañías que tienen su residencia y sus intereses en Inglaterra. La empresa se realiza. Al cabo de cierto tiempo, han reunido sus encargados, millones de nuestra moneda fiduciaria y un buen día se presentan al Banco de la Provincia, convierte su papel numerario sonante y por el paquete que sale al día siguiente, los remiten a los accionistas de la compañía, que habitan confortables palacios en Londres, Birmingham o Manchester… A todos los que esperan del empresario extranjero, como si en materia de riqueza dominase un desinterés evangélico, a los proyectistas que se entusiasman con la venta de los ferrocarriles y hasta han llegado a pedir la venta de las obras de salubridad, hacedles esta simple pregunta y los veréis embarazados para responder: ¿Creéis que la Inglaterra sería como es, la Nación más rica del mundo, si los ferrocarriles que la cruzan, sus numerosas fábricas, sus minas de hierro y hulla y millares de naves perteneciesen a capitales extranjeros?”. Así también manifiesta: “Es necesario formar capitales para el desarrollo industrial del país. Ese capital se puede formar de dos maneras; paulatinamente, en el mismo país o trayéndolo del extranjero. Para formar capitales en el país es necesario evitar que los beneficios de la producción vayan a parar a las cajas de los productores en lugar de acumularse aquí… El capitalista extranjero sabe bien cuáles son sus intereses y en virtud de ello, explota nuestra pobreza y nuestra ignorancia. Organizada su empresa, los beneficios se remiten a los accionistas de la compañía… La única manera de formar los capitales que el país necesita para llegar a un alto desarrollo económico es la protección de las industrias nacionales”.

Chiaramonte señala que Heredia aporta “una tesis notable” y que resulta “sorprendente su análisis del papel del capital extranjero, dado que el mismo data de 1875, cuando apenas empezaban a entreverse las inquietantes perspectivas que presagiaban ‘carteles’ y otras formas de concentración generadas por el capital extranjero”.

Heredia alerta, asimismo, sobre la importación de teorías –refiriéndose al liberalismo económico- sin analizar previamente cuáles son las condiciones específicas del país y cuáles los resultados que producirá su aplicación, pues señala que además de la reflexión abstracta, es preciso “interrogar a la Historia” y a la realidad nacional, “planteando las cosas de manera concreta, en el terreno más estrecho pero más fecundo de la vida real”.

Evidentemente, ha leído a los economistas clásicos pero también ha estudiado al alemán Federico List y al norteamericano Enrique Carey… y además, no se limita a traducir y remedar, sino que piensa desde la perspectiva de la Argentina real y esto es suficiente para convertirse en “maldito”. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, página 189, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ENRIQUE SILBERSTEIN – (1920-1973)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 5 de enero de 1920, pero transcurre su infancia y adolescencia en Rosario. Allí ingresa a la universidad, completando, luego, el ciclo terciario en La Plata. En Rosario, incursiona en el periodismo, con colaboraciones en el diario “La Capital”. Asimismo, en esa época juvenil escribe dos obras de teatro: “El asalto” y “Necesito 10.000 pesos”. Poco más tarde, se revela como importante cuentista con “Cuentos en Corrientes y Paraná”, que alcanza importante éxito.

A partir de allí, se vuelca a los estudios económicos, rompiendo con las enseñanzas académicas. Si bien no se define partidariamente, su posición en cuestiones políticas y económicas es claramente nacional y popular.

A partir de 1961, inicia una pedagogía nacional sobre temas económicos, en lenguaje sencillo, accesible a sos sectores populares, utilizando términos del lenguaje común e incluso del lunfardo. Son sus “Charlas económicas”, publicadas inicialmente en las revistas “Esto es” y “Vea y Lea”. Tiempo después, esas “charlas” pasan a ser un recuadro cotidiano en el diario El Mundo (1965-1966).

Está convencido de que “la economía pura, que se maneja con abstracciones y categorías estratosféricas, no sirve para nada, aunque se enseñe en la Universidad y se glorifique en la Academia”. Entonces, aborda las grandes cuestiones de la experiencia concreta y con una perspectiva de clase. Por ejemplo, “los ricos basan su fortuna en el filibusterismo, la piratería, la trata de esclavos, el contrabando, el exterminio de sus semejantes, tal como hicieron los españoles con nuestros pobres indios, los ingleses con los pobres indios, los belgas con los congoleños… Así, han hundido a la humanidad en la miseria, la enfermedad y la ignorancia. Los ricos han sido ricos y han impulsado al desarrollo, precisamente porque han hundido a la gran mayoría de la humanidad en la miseria”. De la misma manera, define a los bancos como “entidades que prestan a interés, el dinero que no es suyo sino de los depositantes” y al “préstamo” como aquello que se otorga no a los que lo precisan sino a los que ya tienen, o al FMI no como un organismo internacional, sino como el administrador o gerente de los intereses de los países ricos.

Estas “charlas” logran el interés del público y se mantienen durante casi dos años, hasta  que un día Silberstein aborda el tema de los gerentes y directores de sociedades anónimas, con su habitual criterio ácido y sin hipocresías, provocando el enojo de un directivo de “El Mundo”, lo que deriva en su desvinculación de ese medio periodístico. En 1967, A. Peña Lillo Editor S.A. le publica, en forma de libro, sus “Charlas Económicas”.

Desde 1965, viene publicando ensayos sobre diversos temas económicos: “Dialéctica, economía y desarrollo” (1965), “Keynes”, antología de textos y prólogo (1966), “Los economistas” (1967, en Editorial Jorge Álvarez).

Apartado de las colaboraciones cotidianas en “El Mundo”, se vuelca enteramente a los ensayos. En 1969, publica “Los constructores del capitalismo”, en dos pequeños tomos que subtitula: “Los asaltantes de caminos” y “Piratas, filibusteros, corsarios y bucaneros”. Poco después, “Los destructores del capitalismo”, subtitulado “Marx, Keynes y Cía. S.A.”, en la Editorial Carlos Pérez.

Entre 1970 y 1971, lanza dos trabajos en la colección “Historia Popular”, del Centro Editor de América Latina: “Lisandro de la Torre y los frigoríficos” y “Los ministros de economía”. Luego, en 1972, “¿Por qué Perón sigue siendo Perón?” (Ediciones Corregidor), libro en el cual pasa revista a las leyes sociales sancionadas por el peronismo, tales como la redistribución del ingreso y otras conquistas logradas por los trabajadores y también los efectos sociales consiguientes que explican la permanencia del liderazgo de Perón.

En esa época, se desempeña como profesor de Economía en la Universidad del Sur y como asesor del rectorado de la misma institución.

En 1973, participa del gobierno popular instaurado el 25 de mayo, con la asunción de Héctor J. Cámpora a la presidencia, desempeñándose como síndico en la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA), pero en octubre de ese año lo sorprende la muerte a los 53 años.

Vida prolífica la suya de desmitificaciones, alineado junto a las masas populares a las cuales ayudó a entender las cuestiones económicas –que generalmente se le presentan como abstrusas y herméticas- a través de una singular pedagogía. Por supuesto, la mayor parte de los estudiantes universitarios desconocen hoy esta vida de lucha y esta labor de difusión de verdades, pues programas, profesores, académicos –“por pícaros… o por zonzos”, como diría Jauretche- se encargan de que permanezca desconocido. Silberstein ya lo había advertido: “En el estudio de Economía, no se puede enseñar ‘planificación’, porque ello supondría considerar que la libre empresa ha dejado de tener validez y ello supone considerar que las estructuras no andan y que se podría ir pensando en modificarlas. No se puede enseñar la aplicación matemática en la Economía, porque ello supondría establecer que la Economía implica un conocimiento previo, muy técnico, muy científico, lo que es otra manera de decir que no cualquiera puede dirigir la economía de un país. No se pueden enseñar las concepciones de Keynes, o los elementos de contabilidad social, porque de inmediato se pondría en duda la base misma de la vida económica actual. Los adelantos de la educación se hacen sentir en casi todas las materias, menos en aquellas que están en contacto directo e inmediato con el ser humano, que hacen al ser humano. Porque aquí no se trata de un signo, sino de ‘mangos’. Y hablando en plata, la cosa es distinta”. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, página 203, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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fotofragueiro

fragueiro, mariano antonio, 1795 - 1872

 

Nace en Córdoba, el 20 de junio de 1795, aunque figura, en algún diccionario biográfico, como 15 de octubre de 1795. Cursa estudios en el Colegio de Monserrat y en la Universidad de San Carlos, pero no culmina su carrera, pues se dedica al comercio. Sin embargo, mantiene una fuerte vocación por los libros formándose como autodidacta. Estudia idiomas y llega a manejar perfectamente el francés y el inglés. Su familia tiene un importante patrimonio y ello facilita las diversas empresas que él acomete. En 1825, integra el Banco de buenos Aires y en 1826, forma parte del directorio del Banco Nacional. Mantuvo, al principio, buenas relaciones con los unitarios, pero luego se alejó de ellos. Resulta difícil filiarlo a alguno de los partidos en pugna. Se dedica a empresas mineras, tanto en las Provincias Unidas como luego, en Chile. En 1841, vuelve a Buenos Aires y se pronuncia a favor de Rosas. Sin embargo, en 1850, se encuentra nuevamente en Chile, donde publica su libro “Organización del Crédito”.

Alfredo Terzaga halla en este libro la influencia de los socialistas utópicos, por lo cual lo califica a Fragueiro como “un socialista en los tiempos de la Confederación”. Allí reproduce opiniones de Fragueiro, como éstas: “El individuo tiene usurpados los derechos que le corresponden al soberano y en esta usurpación tiene origen la poco equitativa distribución de la ganancia, la acumulación de capitales en pocas manos y todos los males de la sociedad… Todo el mal viene de la individualidad… que resulta el gran inconveniente para la realización de la democracia y el socialismo…”. De aquí deriva su posición tendiente a eliminar la banca privada: “… Se trata de establecer el crédito público como el agente universal, exclusivo, que debe recibir el dinero a interés y pasarlo a los que lo soliciten, cobrando una diferencia que llamaremos comisión o renta, ya por el servicio, ya por la garantía que presta y por este medio hacer, que el Estado presida el movimiento y dirección industrial del capital monetario… El préstamo a interés debe ser inherente al crédito público o una atribución del soberano… La idea de inhibir el préstamo de dinero a interés entre particulares es nueva y no faltará por lo tanto quienes la reciban como una extravagancia…”. Por eso, señala Ricardo Ortiz: “Su sistema crediticio (el de Fragueiro) se propone eliminar el carácter de mercancía de la moneda y acordarle exclusivamente el de instrumento de cambio”. Si se tiene en cuenta que los bancos no prestan capital propio, sino el de sus clientes (recibido a veces en cuenta corriente sin pagar interés), la propuesta de Fragueiro no debe escandalizar. Resulta, asimismo interesante, señalar como Fragueiro extiende esta función del estado: “La época actual exige que los gobiernos presidan el movimiento industrial de los pueblos, por intermedio del crédito público. El gobierno debe ejercer su parte en la industria, dando una dirección activa a los capitales sociales y aplicándolos a los objetos públicos que más demande la industria general de la nación… Toda operación de crédito que implica fe pública, como sellar o estampar moneda, emitir billetes, recibir depósitos, dar y recibir dinero a interés, etc. son atribuciones exclusivas del crédito público. Es también de su exclusiva competencia la realización de empresas y trabajos públicos nacionales, como casas de seguro de todo género, cajas de ahorro y socorro y todas aquellas obras cuyo uso es para el público, de las que se retira una renta pagada por el pueblo, como puertos, muelles, ferrocarriles, canales, etc.”.

En otra parte del mismo libro, sostiene que esa eliminación de la individualidad –que él liba al crédito privado- debería complementarse con “solidez del poder y plenitud de la soberanía”. Dos años después, en 1852, publica “Cuestiones Argentinas”. En este libro, llevado por su inclinación socialista, sostiene que no existe libertad de imprenta cuando los periódicos pertenecen a un particular, pues ella queda limitada a su voluntad, no pudiendo ejercerla los demás: “… El pensamiento escrito debe ser protegido de la restricción que le impone el capital (puesto que ‘el pobre, el que no puede pagar la imprenta, no puede publicar’) y de la restricción de los empresarios, editores y redactores (‘que no consentirán la publicación de ningún escrito contra sus doctrinas’)”. De tal manera concluye en que “la libertad de imprenta o de prensa, tal cual se la entiende, habitualmente significa una perfecta censura previa dictada siempre por el interés personal, por el egoísmo y por lo tanto (resulta) indigna, innoble y vejatoria de la capacidad”, agregando: “Y se dicen apóstoles de la libertad los sostenedores de la conveniencia individual. En estos abusos no se ve sino la complicación criminal de la Imprenta con el capital para lucrar más a costa de la libertad y del talento. La imprenta está a merced de quien más paga… La justicia, el mérito y la capacidad que no son acompañados de dinero, no tienen acogida en el taller de la Imprenta”. En el mismo libro aborda también la cuestión del indio. Sostiene Terzaga que Fragueiro rechaza la propuesta de reemplazar a los pueblos originarios por inmigración europea y se muestra decidido adversario de la violencia contra el indígena: “El exterminio de los salvajes por medio de la guerra, ni es justo ni útil… Los indígenas son hombres y debemos concederles, cuando menos, los derechos que acordamos a los africanos libres”.

Después de Caseros, Urquiza lo convoca, designándolo, en agosto de 1853, en el cargo de Ministro de Hacienda, que desempeña durante un año. En colaboración con Facundo Zuviría y Salvador María del Carril publica, en esa época, el “Proyecto de Estatuto para la organización de la hacienda y el crédito público”. Luego, pasa a ser senador entre 1856 y 1858 e inmediatamente, se intenta candidatearlo para la presidencia de la Confederación, pero no acepta. Designado gobernador de Córdoba, se mantuvo dos años, cesando el 23 de julio de 1860. En ese mismo año, integra la Convención Reformadora de la Constitución. En 1861, es nombrado director de la Casa de Moneda y en 1863, vuelve a ser senador. Fallece el 3 de julio de 1872, en su Córdoba natal.

Alfredo Terzaga señala que las posiciones sostenidas por Fragueiro en sus principales libros son suficientes para calificarlo como socialista, pero que, además, la importancia que otorga al sector público, así como al auténtico ejercicio de la soberanía, permiten entenderlo como enlazando socialismo y posición nacional, es decir, como un precursor de la Izquierda Nacional, anticipando medio siglo a Manuel Ugarte. Afirma Terzaga: “Originalidad nacional, verdadera independencia política y plenitud de la soberanía en todos los órdenes, sin injerencia extraña, son elementos definitorios del nacionalismo de Fragueiro. Pero hay otros, tales como las restricciones al comercio exterior para proteger la industria del país, la integración del indígena como medio de incorporar a la nación las tierras del sur, la exclusividad nacional para la navegación de cabotaje, la exclusividad de las actividades económicas confiadas al Crédito Público y la repatriación de la deuda exterior para evitar el drenaje del esfuerzo nacional (Caso del empréstito de Inglaterra)…” y agrega Terzaga: “El proyecto de Fragueiro, donde aparecen tan íntimamente ligados los nacional y social, expresaba la tendencia a un desarrollo económico independiente, totalmente ajena a la idea alberdiana del ‘transplante’ y mucho más ajena, por supuesto, a la tesis de que ‘el capital civilizador’ tendría que importarse como a tierra de nadie… Si se nos permite una licencia de lenguaje, podríamos decir que la proyectada reforma social de Fragueiro importaba algo así como un modelo ‘paraguayo’, pero a escala muy distinta y donde el paternalismo nacional del caudillo estaba reemplazado, conforme a esa escala, por la soberanía igualmente nacional de un poder que debía representar a una sociedad cabalmente organizada”. Estas reflexiones explican por qué razón Mariano Fragueiro –ministro, senador, convencional y publicista y casi candidato a presidente- continúa siendo un desconocido para la mayor parte de los argentinos.(N. Galasso, Los Malditos, Tomo I, pág. 182 Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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MIGUEL MIRANDA – (1891-1953)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, en 1891. Proviene de un hogar humilde de inmigrantes españoles. En su juventud, trabajó en la casa cerealista de Bunge y Born. Luego, instala una pequeña empresa de hojalatería.

En la época de la Segunda guerra Mundial ya se encuentra en condición de mediano empresario con intereses en hojalata, pesca y otras actividades industriales dirigidas al mercado interno.

Jauretche solía comentar que Miranda mantenía los rasgos del burgués clásico en tanto vivía en su fábrica de un barrio popular del sur (Parque Chacabuco), mantenía un permanente contacto personal con los operarios y no actuó como otros empresarios, que al consolidar una fortuna buscaban integrarse en la alta burguesía agrícologanadera. Se mantuvo fiel a su condición de industrial, a su gente, a su barrio.

Influido por la fuerte campaña opositora a Perón por parte de los medios y los partidos políticos, Miranda mantuvo al principio cierta desconfianza respecto al General, pero luego ambos comprendieron que estaban movidos por un proyecto similar: el desarrollo de una industria nacional que reemplazara las fuertes importaciones de la Argentina semicolonial. Perón juzgaba que una persona capaz de manejar con éxito sus propios negocios  estaba mejor preparada que nadie para administrar los intereses económicos de la nación y lo convirtió a Miranda en un verdadero zar de la economía.

A partir del triunfo electoral y cuando aún no había asumido, Perón –por intermedio del presidente Farrel- adoptó una serie de disposiciones que habrían de servir de base a su proyecto de gobierno: se organizó el Consejo Nacional de Posguerra, se nacionalizó el Banco Central, cuya presidencia asumió don Miguel, se estableció el control de cambios, se creó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI). Luego, Miranda pasó a presidir el Consejo Económico Nacional, desde donde promovió la nacionalización de empresas y servicios públicos hasta entonces en poder del capital extranjero, y aceleró por todos los medios la industrialización del país. Formó, alrededor suyo, un interesante equipo de apoyo, en el que sobresalieron Rolando Lagomarsino y Orlando Maroglio, empresarios textil y aceitero, respectivamente. con su colaboración se ponen en práctica instrumentos económicos novedosos como la nacionalización de los depósitos bancarios que, sin eliminar la banca privada, recupera para el Estado, el control del ahorro popular, sistema que provocaría, años después, elogiosos conceptos por parte de Mendés France, el político socialista francés.

Entre 1946 y 1950, la Argentina pudo consolidar su industria liviana, alcanzó plena ocupación y mejoró el nivel de vida popular. Desde ya, el proceso implicaba inflación pero ésta se mantuvo controlada y compensada con el aumento de producción.

El proyecto de quebrar el predominio inglés sobre la Argentina, sin caer en la dominación norteamericana y al mismo tiempo, provocar un alto crecimiento de las fuerzas productivas junto a una importantísima redistribución del ingreso, encontró dificultades de diverso tipo. Una de ellas residió en que no estalló la Tercera Guerra Mundial que por un momento pareció inevitable y a cuya eventualidad el gobierno apostó con todo (pues debería producirse, con una Argentina neutral, las consecuencias positivas que desencadenaron para nuestro país las dos anteriores contiendas mundiales); por otro lado, el Plan Marshall inundó de cereales baratos o gratuitos a los países europeos, otorgando a la Argentina una cuota insignificante, asimismo, la inconvertibilidad de la libra esterlina, decretada por Gran Bretaña, perjudicó nuestro comercio. A estas dificultades se sumó una intensa sequía (1949-1950) que disminuyó nuestra producción agropecuaria, al mismo tiempo que los precios internacionales caían, lo cual redujo la fuente de financiación de la industria nacional.

Ante tal contexto, los economistas ortodoxos criticaron la gestión de Miranda, quien renunció y se retiró a Montevideo donde pasó sus últimos años.

Hay indicios de que Perón habría establecido contactos para convencerlo de que volviera a ser funcionario de su gobierno, hacia 1953. Pero don Miguel ya se hallaba enfermo de gravedad.

Fallece por entonces a los 62 años y el suceso, según se comenta, provocó gran congoja en el General Perón.

En un empresariado hijo de la inmigración y titular de capitales nacionales, con escasa conciencia de su rol histórico y proclive a remedar pautas de la vieja oligarquía, Miguel Miranda resultó una de las pocas excepciones, consciente de la necesidad de disputar el mercado interno con los intereses extranjeros y sabedor de que sólo la plena ocupación y un salario real alto pueden asegurar la demanda para que la industria nacional se desarrolle con pujanza. Para esos años de la posguerra puede considerárselo la expresión más lúcida de una burguesía nacional en un país que lucha por quebrar la dependencia. (R.A. Lopa, Los Malditos, T I, pág. 196, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ BER GELBARD – (1916-1977)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Polonia, el 14 de abril de 1916. A los 14 años, pisa suelo argentino y se afinca con su familia en Tucumán. (En 1949, adquiere ciudadanía argentina). A los 20 años se traslada a Catamarca, donde se dedica a actividades comerciales. Manifiesta, desde su juventud, inquietudes políticas que lo llevan a mantener vínculos, al mismo tiempo, con el radicalismo y con dirigentes del Partido Comunista.

En 1942, es elegido delegado por la Cámara de Comercio de Catamarca, ante el Consejo Central de Comercio de la República Argentina. En 1945, pasa a ser presidente de la Federación Económica de Tucumán.

En 1946, Gelbard se halla alineado con la Unión Democrática y recién en 1950 se vincula a Perón, el mismo año en que obtiene un importante premio de lotería: 100.000 pesos, que le permite ampliar sus actividades y trasladarse gradualmente al ámbito de la industria. Así, a fines de 1951, se suma a un negocio de la familia Madanes: la empresa de neumáticos FATE.

Por entonces, el presidente Perón se preocupa por cohesionar a los empresarios nacionales, convocándolos a que se organicen gremialmente. De allí nace la Confederación General Económica (CGE) que adquiere personería en diciembre de 1953. Gelbard aparece entonces como la figura más importante de esa Confederación.

Tan es así que Perón considera que se halla en presencia de un nuevo Miguel Miranda y lo convoca a asistir a las reuniones de gabinete, entendiendo que la participación de los empresarios nacionales resulta fundamental para su “comunidad organizada”.

En marzo de 1955, funciona el Congreso de la Productividad, integrado por representantes de CGE y CGT. Gelbard desarrolla allí un rol importante en su condición de “burgués nacional”, con lucidez para entender la necesidad del Pacto Social con los trabajadores, al tiempo que el gobierno los proteja con tarifas aduaneras y créditos baratos, pero también capaz de reclamar mayor  productividad y sostener que debe acabarse con esas situaciones donde una comisión interna de fábrica paraliza las actividades de una empresa con un solo silbato, pues la propiedad, según su criterio, debe ser respetada.

Meses después, al producirse el derrocamiento de Perón, los empresarios nacionales sufren la acción discriminatoria de los viejos poderes conservadores. Ahora, Aramburu disuelve la CGE y Gelbard sufre la intervención de sus bienes y es, además, inhabilitado. El levantamiento de la interdicción sobre sus bienes y la posibilidad de volver a desempeñar sus actividades le llega recién en 1958, con el gobierno de Frondizi.

En años posteriores, aumenta su inversión en FATE, funda una financiera, amplía sus negocios y actúa como lobbysta o gestor de negocios, con muy buena fortuna. Su patrimonio ya está cercano a un millón de dólares.

Poco más tarde, se vincula al gobierno de Lanusse y avanza en la puesta en marcha de ALUAR, empresa de fabricación de aluminio, intentando mediar en las negociaciones políticas. En 1973, Cámpora triunfa en las elecciones y lo designa ministro de Economía.

En la misma óptica de la política económica de 1946, considera necesario impulsar la industria desplazando recursos del campo, para lo cual establece precios máximos a los productos agropecuarios y regula la comercialización de las carnes, al tiempo que persigue controlar la inflación y establecer el pacto social entre empresarios y sindicatos. Asimismo, renacionaliza bancos, restablece las “Juntas” para controlar el comercio exterior y forma una corporación de empresas estatales, al tiempo que vuelve a la nacionalización de los depósitos bancarios. También pone en marcha un Plan Trienal. En los fundamentos de esa política económica, Gelbard expresa que es necesario “general una nueva distribución del ingreso nacional y un desarrollo económico no sujeto a la dependencia externa”. Ante un periodista, Gelbard explicita su posición: “Los empresarios nacionales queremos un país sin centralismo, con todas sus regiones en expansión plena, como medio para crear un mercado interno constituido por las necesidades reales de 24 millones de habitantes, un agro altamente tecnificado y sus industrias básicas y manufactureras desarrolladas intensivamente. Todo ello en un marco de políticas con sentido nacional, elaboradas con participación de todos los sectores sociales, orientadas hacia un mayor equilibrio y bienestar social y celosas guardianas de la independencia del país para adoptar sus propias decisiones”.

Al asumir Perón su tercera presidencia –el 12 de octubre de 1973-, lo confirma a Gelbard como ministro de Economía. Entre 1973 y 1974, su gestión se caracteriza por la “inflación cero”, la apertura hacia países socialistas y la ruptura del bloqueo económico de Estados Unidos a Cuba a través del envío de rodados y el otorgamiento de crédito. En materia agraria, su equipo –especialmente, Horacio Giberti- elabora el proyecto de Ley de Impuesto a la Renta Normal Potencial de la Tierra dirigido a forzar una mayor productividad por parte de los productores agropecuarios o en su defecto, aplicar expropiaciones. Pero los gravísimos antagonismos dentro del movimiento peronista dificultan la aplicación de una política de crecimiento y redistribución de ingresos, tal cual se ha proyectado. Gelbard sufre, por entonces, la animadversión del “lópezrreguismo” –que lo sindica de “judía” y “comunista”- lo cual dificulta su gestión.

Fallecido el General Perón el primero de julio de 1974, su situación se complica. Para los jóvenes del peronismo de izquierda, Gelbard es un empresario capitalista y para la derecha, comandada por López Rega, constituye un peligro “rojo”, de tal manera que “tanto para unos como para otros, pasó a ser un burgués maldito”. De ahí su caída, en octubre de 1974, siendo reemplazado por Gómez Morales.

Luego, poco antes de producirse el golpe militar del 24 de marzo, viaja al exterior. En Cuba, Castro lo recibe como a un amigo, manifestándose muy agradecido por la política argentina de ruptura del bloqueo. Pasa luego a Méjico y finalmente a Estados Unidos, donde enferma gravemente. Iniciada la dictadura militar en Argentina, se solicita, a Estados Unidos, la extradición de Gelbard, pero ésta no es otorgada. Sus bienes son interdictos e incluso se le quita la ciudadanía. El 15 de julio de 1977 se disuelve la CGE y todas sus entidades sectoriales.

María Seoane afirma que Gelbard “fue demonizado y expulsado de la Argentina como un maldito, como jamás un burgués, porque nunca, antes, un ministro argentino había sido despojado de su ciudadanía”.

Fallece el 4 de octubre de 1977. Con posterioridad, al reinstalarse la democracia formal, en época de Alfonsín, se le devuelve la ciudadanía. Luego, bajo el gobierno de Menem, su familia –a través de su hijo Fernando- recupera los bienes interdictos. (N. Galasso, Los Malditos, T I, pág. 186, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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EDUARDO F. JORGE – (1936-1978)

 

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Economista. Cursó estudios en la Facultad de Ciencias Económicas. A principios de los años setenta, participó, en la Universidad de Buenos Aires, en el movimiento de las llamadas “Cátedras Nacionales”. Realizó importantes investigaciones sobre nuestro desarrollo industrial, desde una óptica nacional. En 1971 publicó “Industria y concentración económica” con tesis que confrontaron con las interpretaciones de economistas e historiadores del sistema. Rechazó el criterio de la Historia Social según el cual nuestra historia económica se divide en Modelo agroexportador (1890-1930), sustitución de importaciones (1930-1976) y modelo de apertura económica (1976-1995). Para Jorge, la etapa de sustitución de importaciones culmina en 1943 y a partir de allí y hasta 1955 se produce un período de “Industrialización”, con eje en capitales nacionales, al cual sucede el período iniciado en 1955 con apertura económica y extranjerización. Según su interpretación, el período de sustitución de importaciones fue producido por la falta de divisas, así como la crisis económica mundial y la guerra, mientras que el modelo iniciado en 1943 es de “industrialización inducida” a través del proyecto sustentada por el peronismo en el gobierno. Asimismo, Jorge establece una clara diferencia entre el desarrollo de la “agroindustria”, producido bajo la influencia británica y estrechamente ligado al modelo agroexportador, respeto al crecimiento industrial que se verifica a través de pequeñas y medianas industrias, en general de capitales nacionales y con empresarios inmigrantes o hijos de inmigrantes, desvinculados del establishment tradicional, a los cuales considera como una cierta burguesía industrial aunque muy débil ideológicamente por su desconocimiento de la cuestión nacional.
En 1975, ante la creciente represión de las Tres A, Jorge se trasladó al interior, residiendo un tiempo en Totoral, Córdoba.
Lamentablemente, cuando aún tenía mucho por dar al país, un accidente terminó con su vida. Había vivido tan solo 42 años y sus aportes, por razones políticas han quedado silenciados. Norberto Galasso, Los Malditos, Tomo III, página 152, Ediciones Madres de Plaza de Mayo -

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dadamo

ORLANDO A. D’ADAMO (1919-1979)

 

Nacido en Buenos Aires, el 28 de septiembre de 1919. Cursó estudios en la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de Ingeniero Agrónomo. Amplió sus conocimientos con cursos en las Universidades de España, Francia e Italia, durante 1947 y 1948. Se desempeñó como director técnico de la Federación Argentina de Productores Forestales y gerente de la Cooperativa de Producción de la Industria Forestal y “El Carpincho” SRL. Fue economista de la FAO. En 1973 integró el equipo económico presidido por el ministro José Ber Gelbard, al principio como subsecretario de Hacienda y luego como secretario de Programación y Coordinación Económica. Junto con el ingeniero Horacio Giberti, D’Adamo se convirtió en apoyo fundamental de la gestión Gelbard. En 1972/73, se le adjudicó la redacción de los aspectos económicos del documento “La Hora de los Pueblos”. Según el diario Clarín del 22/11/1979 “el Plan Trienal fue de su autoría” y asimismo “implementó el convenio comercial con Cuba por el cual Argentina subvencionó exportaciones industriales a la isla”, rompiendo el bloqueo impuesto por los Estados Unidos. Fue asimismo uno de los más decididos defensores del “pacto social” y de la política de “inflación cero” que caracterizaron a la Gestión Gelbard entre 1973 y 1974. Según algún diario “su personalidad quedó vinculada, como teórico, a los enfoques populistas”, y de allí el silenciamiento que cayó sobre él. Falleció, en Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1979. (N. Galasso, Los Malditos, Tomo III, página 141 Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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