AVISO DISCEPOLEANO: Todo lo publicado puede compartirse sin restricciones mencionando la fuente Pensamiento Discepoleano

 
* El "sociólogo" de la Década Infame que celebró la llegada de Perón * Una biografía de Enrique Santos Discépolo por Norberto Galasso * Las 39 charlas radiales completas de Discépolo con "Mordisquito"
* Escritos inéditos - "He deseado ser querido" * Sobre los hombres de las grandes ciudades * Pero mientras se construye vos seguís negando y amenazando...
* Oponerse nada más que por ser opositores * A mi no me la vas a contar (Carlos Ulanovsky en Tiempo Argentino) * ¿Por qué hablás si no sabés?
* Dale, viajá!!!    
 

UN PENSAMIENTO DISCEPOLEANO, PARA QUE TODOS Y TODAS, RECORDEMOS:

"Yo veo el dolor en todos los que tengo delante, me posesiono de su situación, comprendo cuales son sus problemas y enseguida me pongo en su lugar, y siento como sienten ellos mismos, percibo, como si fuera mío, el sufrimiento ajeno"

Enrique Santos Discépolo.

 

EL PENSAMIENTO VIVO DE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

DALE, VIAJÁ!!! (Fragmento de una de las 39 charlas radiales donde le habla a "Mordisquito")

Yo sé que a vos te gusta viajar. Bueno, a todos nos gusta viajar, porque para eso somos hombres, no árboles. Pero hay maneras de emprender un viaje, y mientras unos queremos viajar para satisfacer lo que una tía mía, muy romántica ella, llamaba “hambre de horizontes”, otros se marchan como un recurso para conocer ventajas que aquí no tienen y que les darán en otro lado del mundo.
Y yo, honradamente, pienso que debés ir, que debés salir. Cuando volvía de mi último viaje yo dije por radio que a la Argentina lo que le hacía falta era salir en gira. Sí. Al país, en gira. . ., todo entero.  ¿Y sabés por qué formulo esta invitación o esta sugerencia? Porque yo quiero que vayas y que compares.
Cumplí tus tremendos anhelos transoceánicos, envolvéte en un plan de turismo, abandoná los bagres monótonos del Río de la Plata y hacé sociales con la trucha vanidosa del Mississippi. ¡Dale!  ¡Caminá!  ¡Viajá!  ¡Visitá!  ¡Compará!  Cumplí con tu vanidosa necesidad de hacerme saber que estás, no en Mina Clavero, sino en cualquier parte fuera de aquí y mandáme la postal que registre una huella de tu paso. Mandámela, que yo te espero. Aquí te espero. Tranquilo te espero. Porque cuando llegués, remolcando recuerdos y valijas, me verás aparecer en el metro cuadrado del andén, la escalerita o la pasarela, con una pregunta que no lleva ninguna mala intención:  “¿Y?  ¿Cómo te fue?” 
Entonces vos tratarás de llevarme a un rincón neutral y golpearme a mansalva con las ciudades, los monumentos o las circunstancias que te salieron al paso, y me hablarás: “¡Ah, la torre Eiffel!  ¡Si vos vieras!. . .  ¡Ah, el Castillo del Morro!. . .  ¡Ah, los doscientos pisos del Waldorf-Astoria!. . .  ¡Ah, las ruinas de Pompeya, si vos vieras!. . .  ¡Oh, el color del Támesis cuando atardece!”  Sí, sí, cómo no, me gusta, fenómeno; pero no te pregunto ni por la torre ni por el Morro; te pregunto por vos.  ¿Cómo te fue a vos?  ¿Bien?  ¿Bien en todo? 

¡No, a mí no me la vas a contar!

Porque este viaje tuyo yo lo hice antes, y lo han hecho otros, y todos hemos venido empujando el barco, persuadiendo al capitán para que hiciera una punta de nudos, necesitando respirar el buen aire de una querencia sin comparación. No por el afecto, porque casi siempre encontrarás más afecto afuera que adentro de tu país, pero vivir. . .  ¡Vamos!, bajá de tu plataforma presuntuosa, franqueate  a la sombra de un árbol y contáme, sinceramente, qué privaciones pasaste y qué hambre y qué nostalgia sufriste. (Mordisquito, ¡a mí no me la vas a contar!, Ediciones Realidad Política, 1986 – Reproducidas por Norberto Galasso)

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EL PENSAMIENTO VIVO DE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

Fragmento de una de las 39 charlas de Discépolo

¿Por qué hablás si no sabés? ¿De dónde sacaste esa noticia que echás a rodar desaprensivamente, sin pensar en lo irresponsable que sos y en el daño que podés hacer? Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos y vos me lo querés cambiar por el rollo en negativo del pesimismo, el chisme, la suspicacia y la depresión. No, si yo a vos te conozco, ¡uf, si te conozco! Vos sos, mirá, vos sos el que no podés disponer de hechos y entonces usás los rumores, y te acercás a mí para tirarme la manea de unas palabras en el momento más inesperado. (…)

¡Explicate! Que tu actividad capciosa no se detenga en el umbral de las palabras, sino que atraviese el zaguán del prólogo y me tienda la mesa en el comedor de los hechos… hechos y no palabras, hechos y no rumores. Dale, servime la cena. Poné sobre mi mesa eso que estás anunciando, pínchalo con el tenedor de una evidencia, cortame el entrecote con el cuchillo de otra evidencia, ¡y hacé que yo trague el bocado evidentemente! Porque, hasta ahora, los rumores se fabrican aquí por quienes se alimentan de sus propias milanesas. (Mordisquito, ¡a mí no me la vas a contar)

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A MÍ NO ME LA VAS A CONTAR

En unos días, el 23 de diciembre, se cumplirán 70 años de la muerte de Enrique Santos Discépolo. Falleció en las vísperas de la Nochebuena de 1951 cargado de gloria por una obra excelsa e inobjetable (en la música, en el tango, en la poesía, en el cine, en el teatro, en la radio) pero cruzado de dolor e injusticias. En junio de 1951 la subsecretaría de Prensa y Difusión del primer gobierno de Perón lo invitó a participar del microprograma radial Pienso y digo lo que pienso. Aceptó con la condición de tener la responsabilidad final de cada libreto. Estuvo a cargo de ese espacio durante 37 noches. La última salió al aire el 10 de noviembre de 1951, antes de que su frágil salud se agravara lo que le impidió seguir adelante. No está de más recordar que al día siguiente los argentinos (y las argentinas: las mujeres votaron por primera vez en la historia) reeligieron a Perón para un segundo período presidencial.

Su principal interlocutor en aquellos micros era el “contrera” de ese tiempo, al que, en un momento, a partir de una carta que recibió, anónima y de tono insultante comenzó a llamar Mordisquito. ‘¿A mí me la vas a contar?’, lo desafiaba ese intelectual brillante, deslumbrado y convencido por las transformaciones del inicial peronismo, devoto de la tarea de Perón y en especial, admirador de Evita. Su tarea, de pura y clara militancia, le costó muy cara. Aunque oficialmente se dijo que murió debido a un accidente cerebro vascular no es arbitrario ni exagerado pensar que murió de pena, abandonado por amigos y atacado con furia por los reaccionarios de siempre. Los Mordisquito de estos días y los que en 1951 el santo Discepolín le mojaba la oreja con sus sermones laicos se parecen demasiado. Hace unas semanas, mientras cumplíamos con el compromiso del voto tuve necesidad de releer sus textos, incluidos en un libro que editó Argentores para su colección de “Clásicos” y que lleva un sensible prólogo de Pedro Patzer. Ahí me di cuenta que, a la par de sus inmortales tangos, su voz atraviesa los tiempos y sus textos mantienen su condición de formidables aguafuertes. Los que siguen son parte de su pensamiento, tan vivo, tan sabio, tan actual.

•  “Resulta que antes no te importaba nada, y ahora te importa todo. Sobre todo, lo chiquito”.

•  “Pasaste de náufrago a financista, sin bajarte del bote”.

•  “Mordisquito: todo se ha movido en el mundo… estás asistiendo al momento más dramático de la historia del hombre civilizado… pero en tu país se está produciendo la revolución más sensata de que se tenga memoria… y vos no querés entender ni aceptar nada”.

•  “El pueblo sabe, Mordisquito, que venís de viejos partidos que nunca hicieron nada en beneficio del pueblo, que es la patria… ¡Vos gobernaste! Y no una, sino varias veces… ¡Gobernaste mal! Infamemente… No sabés que hacer con este país cuyo destino no entendiste nunca y cuyo bienestar te repugna”.

•  “La verdad: yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón… ¡Vos los creaste, con tu intolerancia, con tu crueldad! A mí lo único que me resta es agradecerte el bien enorme que, sin querer, le hiciste al país”.

• «Toda obra monumental puede ser criticada mezquinamente… por el detalle… y eso hacés vos, Mordisquito. Viste avanzar por las calles dos millones de personas felices y en vez de dejarte arrastrar por el río de la felicidad dijiste: ‘Mirá como están de cansados, esta noche ¿dónde van a dormir?’ No te diste cuenta que podían darse el lujo de sacrificar una noche de sueño, ahora que tienen el sueño asegurado por todas las noches de su vida”.

•  “No puede ser que tantos estén equivocados y que la razón sea tuya, solita tu alma, parado sobre el metro cuadrado de tu terquedad. Abandoná tus prejuicios, asómate a la fiesta de los agradecidos y en una de esas, ¿Quién te dice?, el espectáculo te derriba y de tus escombros nace el argentino nuevo, el argentino que sonríe y cree”.

•  “A vos te gusta otra palabra: la palabra opositor. Sos opositor porque te enamora el título de opositor… Yo no digo que un gobierno lo haga todo bien. No es humano. Pero que no haga nada bien tampoco es humano”.

•  “Te quejás porque hay sopa o porque no hay… ¿Querés sopa o no querés? Elegí, porque las dos cosas al mismo tiempo no se puede”.

•  “Hace muchos años y generaciones la mujer era una sonrosada prisionera con rulitos que vivía puertas adentro… después entraron en el mundo y además de ser nuestras compañeras en el hogar lo fueron también en el trabajo .Y ¿ sabés como los hombres- los patrones- agradecieron esa gauchada? : con la explotación… Esos te contestaban sobrándote: ’¿Cómo le vas a pagar igual al hombre que a la mujer?… Muchos que subieron hasta la fortuna utilizando como peldaños al lomo de mil muchachas explotadas echaban al empleado varón porque cobraba equis pesos y lo remplazaba con una mujer a quien le pagaban la cuarta parte de equis… Dignificando a la mujer, mejoramos la dignidad de los hombres… El respeto a la mujer querida – tu madre, tu novia, tu esposa -, es respeto que se te ofrece a vos también”.

Podríamos llenar la edición de este diario con otras citas. Pero no es el caso. En su cálida evocación del principio del libro Pedro Patzer menta a los que le dieron vuelta la cara y pone el foco sobre un prominente dirigente radical que tildó a Discépolo de “Vendido”. Su respuesta, desde el dolor, fue ejemplar. «¿Vendido yo? ¡Inocente! Si sabés que comprarme a mí es mal negocio. Desde que nací hasta ahora vivo de mí y de mis obras. Por fortuna, o por desgracia, no hay nadie que pueda ayudarme. Solo mis obras y el pueblo… No hay gobierno que pueda darle más, o menos, a una canción, a una película o a una obra mía. Tengo el orgullo de mi independencia. Lo que yo le debo a este gobierno es mucho más de lo que vos crees. Le debo, desde mi soledad, la enorme dicha que goza el pueblo”.

Volver a estas lecturas me hizo mucho bien. Recomiendo ese ejercicio. En especial a los que estamos al otro lado de los Mordisquito.

*Con la invalorable colaboración de Enrique Santos Discépolo. Presente. Ahora y siempre.
(Carlos Ulanovsky, Tiempo Argentino, 11/12/2021)

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“NO SÉ DE QUÉ SE TRATA, ¡PERO ME OPONGO LO MISMO!”

“Yo no discuto porque crea que tengo toda la razón del mundo. Al contrario, discuto porque creo que vos no tenés ninguna. Protestás porque te parece que es elegante. Lo hacés como una actitud. “Son criterios”, decís. Y digo yo: ¿no será falta de criterio, en vez? Hay personajes que consideran que una actitud elegante en la vida es la de estar con un codo apoyado en el mostrador. Otros, sosteniendo el marco de la puerta, en los zaguanes de las casas. Hay también señoras que creen que la que no tiene por lo menos un complejo no es de buena posición. ¡Y bueno! A vos se te repujó en la cabeza la idea de que la posición fundamental es negar, desconocer, decir que no. Te parece que eso da mucha importancia. Que te regala la apariencia de un hombre que tiene ideas, cuando la verdad es que negás porque, en realidad, no tenés ninguna idea. La del hombre aquel que entraba siempre en las reuniones diciendo: “No sé de qué se trata, ¡pero me opongo lo mismo!” (Mordisquito, ¡a mí no me la vas a contar!, Ediciones Realidad Política, 1986 – Reproducidas por Norberto Galasso)

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PERO, MIENTRAS SE CONSTRUYE, VOS SEGUÍS NEGANDO Y AMENAZANDO…

“… yo soy capaz de discutir hasta con un glóbulo solo, porque para tener razones no hace falta más que un glóbulo en las venas, pero lleno de convicciones. ¡Porque a mí no me la van a contar! ¿A mí, que tengo cincuenta años de estatura, cincuenta años de los cuales los primeros cuarenta y cinco me los he pasado acumulando, soportando promesas que nunca se cumplieron? ¿Pero me la quieren discutir? ¡Y bueno! Yo comprendo que físicamente no puedo pelearme con nadie porque no soy ningún suicida, ¡pero discutir!...

¡Claro que vamos a discutir! No es que ser porteño signifique, obligatoriamente, ser descreído o ser escéptico. ¡No! Pero nos tuvieron tan acostumbrados, durante tanto tiempo, a prometernos la chancha, los veinte, el rango, el organito y la pata de goma sin darnos siquiera la mitad de los veinte que, lógicamente, ya no creíamos más nada, y frente a cualquier plataforma contestábamos: “¡Bah, promesas!” ¡Pero eso de seguir negando las cosas por inercia o como postura, no! Sobre todo que lo que ellos nos prometieron ayer sin dárnoslo, se cumple hoy: llega un Gobierno que toma las promesas en serio y las realiza.
Pero, mientras se construye, vos seguís negando y amenazando… ”

Mordisquito, ¡a mí no me la vas a contar!, Ediciones Realidad Política, 1986 – Reproducidas por Norberto Galasso

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EL PENSAMIENTO VIVO DE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO SOBRE LOS HOMBRES DE LAS GRANDES CIUDADES

“Hay un hambre que es tan grande como la del pan y es la de la injusticia, la de la incomprensión. Y la producen las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita y ellos no oyen. Londres y Nueva York grises, Buenos Aires gris, todas deben ser iguales. Y no por crueldad preconcebida, sino porque en el fárrago ruidoso de su destino gigante, los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño. Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo… El hombre de las grandes ciudades caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa… no las ve. No lo conmueven.”

 

EL PENSAMIENTO VIVO DE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

«Negar que he deseado ser querido sería una impostura. Lo he soñado, lo he padecido y lo sufro con agrado. Siempre he deseado que me quisieran, aunque esta aspiración no conduzca jamás a buenos resultados comerciales, ni traiga aparejada una libreta de cheques. Pero mi capacidad fraternal es tan sincera, de tan sencilla buena fe, que soy de los que quieren, sin discriminar, a la guía telefónica entera. Quiero a los que me saludan y quiero hasta a los que me estafan (…) Soy un hombre vulgar. Soy un hombre solo (…) Porque pasé de la sencilla soledad de una infancia triste, a esta madurez de hombre parado en una esquina, también solo y sin tener con quién trenzar prosa… En el largo y penoso diálogo de mi vida no he tenido más interlocutor que el Pueblo. Siempre estuve solo con él. Afortunadamente con él. El pueblo me devolvió la ternura que le di y yo -fulano de tal- soy el hombre que conversa con la multitud como con su familia y cuenta, en voz alta, lo que la multitud -que es él o igual a él- ansía que le digan.»
Escritos inéditos

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EL PENSAMIENTO VIVO DE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

A PROPÓSITO DE QUÉ ES UN PENSAMIENTO DISCEPOLEANO

(Muchas veces nos han preguntado qué es o si sabíamos qué significa un pensamiento discepoleano, lo que pensemos nosotros importa poco, por eso, nos parece mejor, que lo diga el propio Discepolín)

“Quiero entregar mis recuerdos sin énfasis y si es posible, sin cursilerías, a este pueblo mío con el que mantengo, a través de muchos años, un largo diálogo de comuniones silenciosas y del cual nacieron todas mis canciones. Sabía que nada tiene que temer quien se da como me di, de corazón a un pueblo, porque los pueblos no engañan nunca y devuelven, como la tierra, un millón de flores por una semilla seca. Pero mi pueblo me ha devuelto exageradamente la ternura que le di sin esperar su premio. Por eso estoy aquí…”


Radio Belgrano, 15-9-47 - Publicado en: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO  -  (1901 – 1951)

Nace en Buenos Aires, el 27 de marzo de 1901. Ha cumplido tan solo 9 años, cuando se encuentra huérfano de padre y madre. Armando Discépolo, catorce años mayor que él, lo toma a su cargo. En la escuela primaria revela ya su vocación de intérprete, como asimismo, en las rabonas, manifiesta su interés por el teatro y la literatura, proveyéndose de obras diversas en una librería cercana. Transcurre su juventud tironeado por diversas inquietudes, que cultiva en reuniones que se realizan en la casa del artista Facio Hebecquer a dónde concurren pintores, grabadores y músicos. En esa época, devora a los escritores rusos y manifiesta simpatías anarquistas. Por entonces, escribe su primera obra de teatro.

Años después, en la década del ’20, irrumpe en el cancionero popular con algunas composiciones musicales que innovan en la temática del tango, al mismo tiempo que también incursiona en el teatro, como autor y como intérprete, manteniendo su compromiso con lo social.

Pero, diversas circunstancias se conjugan para que Discépolo haya quedado por mucho tiempo limitado al campo del tango y que inclusive para algunos, no haya pasado de “un letrista cargado de escepticismo” o para otros, de “un filósofo del tango con ribetes existencialistas”. Hoy, sin embargo, se puede avanzar con mayor profundidad en la calificación de su vida y de su obra. Para ello, es necesario recordar que en los años veinte, el mundo literario de la Argentina muestra dos grupos en pugna: por un lado, los escritores de Florida, nucleados en la revista “Martín Fierro”, exquisitos y vanguardistas, preocupados por la revolución, pero “en las imágenes”, visiblemente influenciados por los literatos franceses y enfrente, los de Boedo, escritores sociales, reunidos en torno a la revista “Claridad”, fervorosos seguidores de Dostoievski, Gorki y en general, de la literatura rusa. A pesar de que algunos han intentado diluir este enfrentamiento, basta revisar lo producido por uno y otro grupo, para captar las diferencias de escuelas y enfoques. Algunos críticos han señalado con acierto que mientras, para los “martinfierristas”, la literatura es un juego de metáforas y asombros, “los boedenses” buscan expresar al trabajador, al mundo de la fábrica y el arrabal, tal como aparece en Castelnuovo y otros. Sin embargo, el excesivo apego a la literatura rusa impide que Boedo florezca realmente como cultura nacional, expresiva no sólo del drama social sino del acontecer propio de estas tierras, con personajes que se manifiesten como hombres y mujeres de aquí y de esa época. Resulta entonces que en el teatro, en la misma época, el género llamado “grotesco criollo” logra expresar ese fenómeno, registrando la frustración del inmigrante tal cual la vivieron tantos y tantos que pretendían hacer “La América” en la Argentina: es el caso de las obras “Mateo”, “Stéfano”, “Mascaritas” y “El organito”.

La participación de Enrique Santos Discépolo en las mismas ha sido ignorada hasta hace unos años, adjudicándosele a su hermano Armando Discépolo la paternidad del “grotesco criollo”, pero últimamente se han aportado datos que permiten afirmar que “Mateo” es de Enrique y que en “Stefano”, Enrique tuvo una participación decisiva. Si a ello se agrega que “Mascaritas” lleva solamente la firma de Enrique y que “El organito” aparece firmado por ambos hermanos, debe reconocérselo a Enrique como el “creador del grotesco criollo”.
Si se correlacionan estas obras con los versos de las canciones que Enrique produce por entonces, se comprende que provienen de una misma mano. Asimismo, si se analizan las obras firmadas por Armando Discépolo, hasta que Enrique empieza a escribir y la curiosa circunstancia de que Armando deja de escribir teatro desde 1934, cuando se aleja de su hermano, hasta su muerte –en 1971- se reafirma la tesis.

Por tanto, hoy puede señalarse, con alto grado de seriedad, que el grotesco de los años veinte –que muestra la frustración del inmigrante- se integra a la literatura boedense, superándolo, y resulta el antecedente de la impresionante radiografía social de los años treinta, realizada por el mismo Enrique Santos Discépolo, a través de varios tangos (“Yira Yira”, “¿Qué sapa señor?”, “Tres Esperanzas”, “Quien más quien menos” y “Cambalache”).

Tanto en la década del ’20 como en la del ’30, mientras la mayoría de los escritores consagrados no registran, en sus poemas, cuentos y novelas, la dramática situación social de la Argentina, “Discepolín”, primero, desde el teatro, y luego, desde sus tangos, deja un testimonio implacable, expresando, como nadie en la Argentina, el sufrimiento y la desesperanza popular.

Con insólita sensibilidad social, el mismo autor que ha llevado al arte esos momentos de miseria y angustia, abandona tanto las obras teatrales grotescas, como el tango, cuando las mayorías populares emprenden un camino de ascenso a partir del 17 de octubre de 1945. Más aún, se compromete con esa caravana popular a través de un programa radial que se transmite en el invierno de 1951 –“Pienso y digo lo que pienso”- en el cual desarrolla una treintena de charlas tituladas “¿A mí me la vas a contar?”.

Hasta no hace mucho, la figura de Enrique S. Discépolo aparecía quebrada, fragmentada, incomprensible. El teatro, el tango y el compromiso político aparecían desencajados, sin articulación unos con otros. Ahora, es posible comprender su gran coherencia a través de los años y de las vicisitudes de la Argentina. Ahora, Discépolo es uno y mucho más importante que antes, porque palpita al unísono con las tristezas (en los ’20 y los ’30) y con las alegrías (en el ’50), de ese pueblo, con el cual simpatizaba el adolescente anarquista de Parque de los Patricios en 1919.

Entonces, se revelan las razones del odio de clase que se descarga sobre él, en la última época, acosándolo, acorralándolo. Un círculo de rencor, proveniente del más exacerbado antiperonismo, lo obliga a replegarse en su domicilio y lo conduce a una depresión aniquiladora. Robado como autor de teatro, reducido a “filósofo pesimista” como autor de tangos y calificado de “vendido” por su leal y generosa adhesión al peronismo, Enrique se va muriendo en su departamento de la Callao 765.

Fallece el 23 de diciembre de 1951. Ese día, “las chicas” del centro porteño –por él retratadas en “Esta noche me emborracho”- deciden no trabajar en homenaje al gran artista a quien como dijo Manzi, “le dolía como propia la cicatriz ajena”.

NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – VOLUMEN I – PÁGINA 265
Editorial Madres de Plaza de Mayo

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EL "SOCIÓLOGO" DE LA DÉCADA INFAME QUE CELEBRÓ LA LLEGADA DE PERÓN - Nota en Tiempo Argentino del 27/3/2013

Arturo Jauretche enseñó que "lo nacional es lo universal visto por nosotros", es decir, que los interrogantes del ser humano (universales) generan diversas respuestas según la época y el lugar (nacionales). Una de las mayores pruebas de esta afirmación reside en la vida y obra de Enrique Santos Discépolo.
Ante la frustración, la cuestión moral, el amor, el suicidio, la injusticia social y tantas otras cosas, Discépolo fue dando respuestas "nacionales" –a través del teatro, las canciones y el compromiso político– a esos temas sobre los cuales poco o nada aportaron los intelectuales de la Argentina semicolonial, europeizados y ajenos.

Enrique nació el 27 de marzo de 1901 y quedó huérfano a los nueve años. Su hermano mayor, Armando Discépolo, pasó a dirigir la familia, con su temperamento severo, verdadero "padre padrone", ya por entonces, autor teatral. Armando ha incursionado, primero, en obras dramáticas, para pasar luego al sainete que recoge el "crisol de razas" que es el conventillo porteño, desde una perspectiva reidera, junto con Folco, De Rosa y principalmente, Vacarezza, entre otros.
Desde niño, Enrique siente atracción por el mundo del teatro en que se mueve su hermano mayor y a los 17 años, estrena, en coautoría con Mario Folco, la obra Los duendes, de la cual un comentarista de La Prensa sostiene que "si bien es una farsa con algunas situaciones cómicas, ellas confinan con lo 'grotesco'", y poco después, también con Folco, la obra Páselo cabo, en el ámbito de la Semana Trágica, la cual provoca el comentario del crítico Pujol: "El contraste entre el escándalo familiar y el drama de la represión obrera dibuja un cierto efecto 'grotesco'". Estas referencias al 'grotesco' no son casuales: el grotesco es el salto del sainete desde lo simplemente reidero, a lo dramático, y aparece ya más netamente expresado en el estreno, en 1923, de Mateo, obra que relata la frustración del inmigrante que carece de trabajo con su coche de caballos ante la preponderancia del automóvil. La obra alcanza notable éxito a tal punto que ese tipo de carruaje es llamado "mateo" hasta hoy, donde sobreviven algunos en Palermo para una vuelta, con fotografía, de recién casados.

En Mateo ya no predomina la risa, sino el drama, el dolor, al estilo de Pirandello. Enrique lo ha escrito, a los 22 años –según lo aseguran familiares y amigos– pero quien aparece como autor es su hermano mayor –Armando, que le lleva 14 años– y con esa obra pasa a la historia del teatro como creador del "grotesco". Diversos testimonios (publicados en un libro por Jorge Dimov y quien escribe estas líneas) prueban que la obra es de Enrique y que ella anticipa la crítica social de sus futuros tangos: "Es muy difícil ser honesto y pasarla bien. Hay que entrar, amigo. Sería lindo tener plata y caminar con la frente alta y tener la familia gorda, pero la vida es triste y hay que 'entrar' o reventar." Al año siguiente, Enrique registra la obra Mascaritas, que no llega a estrenarse y de la cual señala el crítico Sergio Pujol que con ella "el grotesco empezaba a envolver a Enrique".

Poco más tarde, año 1925, se estrena El organito, firmada por los dos hermanos, también "grotesco" –y no sainete– donde pululan ex hombres con sus ilusiones marchitas y sus sueños destrozados, hundidos en la miseria del suburbio, drama social sobre el cual un crítico se anima a señalar que "quizás haya sido obra exclusiva de Enrique". Tiempo después, en 1928, se pone en escena un nuevo grotesco titulado Stéfano, el mejor de nuestra producción teatral, con la firma de Armando. Es la historia de un músico que sueña con crear una obra famosa pero que arrinconado por la miseria queda sometido a un modesto lugar en la orquesta municipal, frustración que resume así: "¿Qué hice con la música?... La puse a un 'cacho' de pan y me la comí." Cátulo Castillo me dijo una vez, respecto a esta frase: "Póngase en la puerta de SADAIC (Sociedad de autores y compositores) y pregúntele a los que entran quién puede haberla dicho. La inmensa mayoría le dirá: Enrique Santos Discépolo."

Sin embargo, con el correr de los años, se dirá que Enrique fue un autor de tangos –a lo más, "un filósofo de la porteñidad"– y que Armando es el creador del grotesco. Lo curioso es que, Armando, el presunto autor del grotesco, lo define erróneamente: "Es el arte de llegar a lo cómico a través de lo dramático", mientras Enrique lo define correctamente: "Grotescas son aquellas obras de forma cómica pero de fondo serio." Asimismo es sorprendente que Armando produzca sólo sainetes hasta que Enrique alcanza la mayoría de edad, luego 'escriba' grotescos entre 1922 y 1928 y después, no escriba ninguna obra de teatro más desde el momento en que dejan de vivir juntos pues se enoja con Enrique a causa de su relación con Tania, no obstante que muere en 1971, casi 40 años más tarde.

Enrique, por el contrario, transfiere el dolor y la frustración del grotesco a sus tangos, primero con Qué Vachaché, Chorra y Esta noche me emborracho y a partir de 1930 se convierte en el gran poeta testimonial de la Década Infame: Yira, Yira (1930: la desocupación, la miseria, los zapatos rotos, la ropa que van a usar los hijos del difunto, 'buscando un pecho fraterno para morir abrazao'), ¿Que sapa, señor? (1931: 'los chicos ya nacen por correspondencia/ y asoman del sobre sabiendo afanar'), Tres esperanzas (1933), Quien más quien menos (1934: "pa' malcomer, somos la mueca de lo que soñamos ser"), Cambalache (1935: la caída de todos los valores, 'todo es igual, nada es mejor').

En el caso de Tres esperanzas, la sensibilidad social de Enrique causa asombro, estrenado en 1933, termina así: "Cachá el bufoso y chau/ vamo' a dormir", justamente el año en que las estadísticas revelan el punto máximo de suicidios en la Capital Federal: ¡dos por día!
De este modo, Enrique se transforma en el "sociólogo", que radiografía la siniestra Década Infame con sus fraudes, sus negociados, su entrega económica, su humillación como país, mientras Armando pasa a desempeñarse como director de teatro, donde se destaca pero ni prosigue el grotesco, ni denuncia el drama social.

Convertido en juglar de la calle, en la segunda mitad de la década del '30, Enrique continúa abordando los grandes temas: interroga a Dios en Tormenta, aborda la desesperanza en Uno, la ruptura sentimental en Sin Palabras, la soledad en Martirio, es decir, expresa lo universal a través de la cultura nacional, los grandes interrogantes en versos de tango.

Pero es tanta su sensibilidad social que cuando cambia el país, a partir de 1945, Enrique ya no escribe más tangos tristes. Se dedica a la cinematografía (El Hincha), al teatro (Blum), al gremialismo (en SADAIC). Y se compromete políticamente apoyando la reelección de Perón en 1951 con sus charlas de "Pienso y digo lo que pienso", donde inventa su personaje "Mordisquito" para confrontar la década peronista con la Década Infame que la había precedido. ("No, Mordisquito, no, a mí no me la vas a contar").

El odio de clase lo cerca entonces y su corazón deja de latir un 23 de diciembre de 1951. Tenía sólo 50 años, que había vivido intensamente, expresando a su pueblo en las malas y en las buenas. Desde el grotesco del teatro hasta sus versos implacables y sus charlas radiales había expresado las grandes cuestiones universales tal como se daban nacionalmente.

Por eso este flaco –"hueso y sólo hueso", como diría Julián Centeya– es una de las columnas fundamentales de la cultura nacional.

Publicado en: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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