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MANUEL NICOLÁS ARISTÓBULO SAVIO  -  (1892 – 1948)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace el 15 de marzo de 1892. A los diecisiete años ingresa al Colegio Militar de la Nación. Egresa del mismo, como subteniente, en 1910 y continúa su carrera hasta alcanzar el grado de general de división el 31 de diciembre de 1946.

En la década del ’20, pasa tres años en Europa. En los centros del poder económico e industrial de la época, aprende y asimila lo suficiente como para traer a la patria los conocimientos de inteligencia práctica indispensables para llamar a la realidad a esas novedades tecnológicas de aquellos países.

A su regreso, es profesor de metalurgia y explosivos del Colegio Militar y del servicio de ingenieros y organización industrial y militar.

En 1930, ya mayor del ejército, crea la Escuela Superior Técnica. Tres años más tarde publica “Movilización industrial”, exposición del contenido de las clases por él dictadas en el Colegio. Por esos años, presidía la comisión de estudio para la instalación de la fábrica militar de pólvora y explosivos y la de racionalización de equipos radioeléctricos.

En 1938, eleva a la Dirección General de Material del Ejército su primer proyecto de ley para la creación de lo que sería posteriormente Fabricaciones Militares.

Su incansable prédica y sus reclamos oficiales dentro de la institución castrense le valen un nuevo éxito: el 9 de octubre de 1941 se promulga la ley 12.709 por la cual se establece la Dirección General de Fabricaciones Militares, de la que él es el primer presidente.

En 1942 escribe “Política argentina del acero”. “Una situación de producción de acero restringida, que es, a la vez dependencia del extranjero, no puede prolongarse más”. En otra ocasión, insiste: “Necesitamos barcos, ferrocarriles, puertos, máquinas de trabajo y no nos podemos detener a la espera de milagros, porque aspiramos a contar con un mínimo de independencia para el bien de todos los que bajo este cielo pródigo, trabajan con anhelos de paz y libertad”.

En 1943 se autorizó el establecimiento de los altos hornos de Palpalá y el 11 de octubre de 1945, Savio asiste, en la primera acería del país (Zapla) a la primera fundición de arrabio argentino.

En 1944 escribe “Política de la producción metalúrgica argentina” y “Conceptos que fundamentaron el proyecto de la ley de fabricaciones militares”. Luego, le presenta su plan al presidente Perón. Poco después, el 26 de julio de 1946, Perón y su ministro Sosa Molina rubrican el proyecto de Savio sobre Plan Siderúrgico Nacional y lo elevan al Senado. El proyecto se convierte en ley de la Nación el 13 de junio de 1947, con el número 12.987. Semanas después, el 31 de junio, el Decreto 22.315 crea SOMISA (con emplazamiento en San Nicolás, provincia de Buenos Aires), segunda acería argentina, cuyo directorio fue presidido por Savio.

La ley Savio de 1947 estableció como objetivos:

1) Producir acero en establecimientos privados, estatales o mixtos, utilizando minerales y combustibles argentinos y extranjeros en la proporción que resulte más ventajosa.

2) Suministrar a la industria nacional de transformación y terminado, acero de alta calidad, a precios aproximados a los que rigen en los centros mundiales de producción.

3) Fomentar la instalación de plantas de terminado y trasformación que respondan a las exigencias del más alto grado de perfección técnica.

4) Asegurar la evolución y el ulterior afianzamiento de la industria siderúrgica argentina.

“Por aquella época, la Argentina era centro de presiones por parte de una de las potencias industriales del momento. La coyuntura internacional motivó una campaña en contra de Savio, que éste soportó estoicamente. Entre otras especies se habló del capricho por parte de un argentino extravagante y petulante que eligió San Nicolás por el solo hecho de haber sido jefe de guarnición allí alguna vez ¡o incluso por llamarse Nicolás!”.

Años después, el general José María de Olano dirá: “El trabajoso esfuerzo de San Nicolás coincidió con una sorda lucha de los yanquis contra la industria pesada argentina”.

Savio había advertido, a fines de la década del treinta, el nuevo realineamiento mundial y el papel de la Argentina tendiente a lograr su segunda independencia. Por eso, planteó claramente a través de su ideario y su acción pública, la necesidad de crear y desarrollar una economía independiente que diera a la Argentina posibilidades de autonomía frente a los grandes centros de decisión mundiales.

A causa de un ataque cardíaco, Savio fallece el 31 de julio de 1948. “Su herencia es un símbolo de su vida: dejó una casa hipotecada y dos pequeños lotes de terreno en la provincia de Buenos Aires –escribe Eduardo J. Paredes-. Esa era “la fortuna” personal del hombre por cuyas manos desfilaron contratos millonarios, partes fundamentales del patrimonio nacional, verdaderas fortunas mayúsculas, esta vez sin comillas”. (R. A. Lopa, Los Malditos, vol. I, pág. 162, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ALEJANDRO OLMOS  -  (1924 – 2000)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nació en Tucumán el 1º de mayo de 1924. Estudió derecho en la década de 1930 y aunque no concluyó su carrera, su comprometida militancia política lo convirtió en “fiscal insobornable” de la República. Su labor de años aportó claridad sobre la deuda externa argentina.

A él se debe la creación del Foro Nacional de la Deuda Externa como así también diversas investigaciones en materia de finanzas públicas. Su interés por las cuestiones nacionales lo ubican en la línea de hombres como Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche.

Durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón realizó un informe sobre irregularidades cometidas por la empresa ARMCO, pero el Congreso Nacional no profundizó la denuncia, con el argumento de que Olmos era un “irresponsable”, “nazi” o “comunista”.

Participó de la Comisión Popular Argentina para la Repatriación de los Restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, hecho que confirma su inclinación por la historia y la justicia.

A partir del golpe militar de 1955 que derroca al gobierno constitucional de Perón, pasa a formar parte de la llamada “resistencia peronista”. En esos años, publica su periódico “Palabra Argentina”, desde donde formula fuertes críticas al gobierno de facto de la llamada “Revolución Libertadora”.

A principios de 1959, se involucra en los conflictos de la industria de la carne siendo detenido y permaneciendo en la cárcel durante varios meses. En esa época, sostuvo la necesidad de crear una universidad sindical, idea que no llega a concretar pero demuestra su compromiso para con la clase trabajadora.

A pesar de los secuestros de ediciones y allanamientos que sufre, en 1965 vuelve a editar “Palabra Argentina”, reiterando sus planteos antiimperialistas. Producido el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973, se le ofrecen cargos diversos, pero no los acepta. Prefiere mantenerse independiente –a pesar de las dificultades de la supervivencia- y sólo en 1975, se desempeña, por escaso tiempo, como asesor del ministro Roberto Ares.

En la época de la dictadura militar, indignada su pasión patriótica, ante el endeudamiento externo y la política económica colonial de Martínez de Hoz y sus “chicago boys”, centra sus esfuerzos en conseguir documentación probatoria de las irregularidades cometidas. Así, a mediados de 1982, inicia juicio contra todos los economistas y funcionarios intervinientes en la implantación de un modelo de especulación que atenta contra los intereses de la economía argentina, centrando especialmente la cuestión en el fabuloso crecimiento de la deuda externa, que califica de ilegítima. A partir de ese momento, entrega sus mayores esfuerzos para denunciar esa estafa de la deuda, agregando nuevos aportes al expediente judicial y difundiendo el tema en conferencias ya artículos, cuando consigue algún resquicio en la prensa.

En 1990 publica “Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa y siempre se lo ocultaron. Quiénes y cómo la contrajeron”. La cuarta edición de esta obra en el año 2004 es la prueba del interés que despierta un tema fundamental de la realidad nacional y que Olmos puso a la luz de la justicia.

La década de 1990, tan rica en irregularidades privatistas, lo encuentra a Olmos nuevamente cerca de los trabajadores, en este caso, los telefónicos. Así salió a la luz “El fraude del programa de propiedad participada. Las acciones telefónicas. La trampa al personal del Estado y al Estado”. También expuso las irregularidades del famoso Plan Brady. Desde el Foro de la Deuda Externa, para difundir desde allí las principales críticas al proceso de endeudamiento.

El juicio llevado adelante por Olmos dura 18 años. El 13 de julio de 2000, el juez Ballesteros dicta sentencia sobreseyendo a los imputados, por el transcurso del tiempo, pero, considerando que las denuncias de Olmos significan imputaciones muy graves respecto a irregularidades, ilícitos, etc. relacionados con el endeudamiento externo, decide informar al Congreso de la Nación y transferirle copia de toda la documentación, por tratarse del organismo al que, según la Constitución, le corresponde intervenir en este tema.

Para entonces, la República había perdido a su fiscal insobornable y de vida austera. Aquejado por una grave enfermedad, Olmos había fallecido el 24 de abril de 2000, poco tiempo antes de la sentencia. Pero había dejado en ese juicio –y en el libro donde explica la deuda- los elementos probatorios sobre una ilegitimidad que sigue pesando sobre la vida de los argentinos.

La gesta de Olmos fue propia de un Quijote, pues carecía, tanto de medios económicos, como de ayuda por parte de organismos o partidos políticos. En soledad –solo apoyado por un grupo de amigos- no cejó un momento durante tantos años en esa pelea alrededor de una cuestión fundamental para la soberanía argentina. La respuesta de la maquinaria de difusión de ideas que domina en el país fue silenciarlo. Resulta suficiente con indagar en los últimos diccionarios sobre hombres y mujeres de la Argentina o enciclopedias sobre el país, para comprobar que no le dispensan la más mínima mención. Un “maldito”. (J. C. Navarro, Los Malditos, vol. I, pág. 151, ed. Madres Plaza de Mayo)

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GENERAL (RE) JORGE EDGAR LEAL, “El salteño de los hielos” (1921 - 2017)
COMANDANTE DE LA PRIMERA EXPEDICIÓN TERRESTRE EN LLEGAR AL POLO SUR

El general Jorge Leal, llamado “el salteño de los hielos” por haber sido quien dirigió la expedición que por primera vez pisó el Polo Sur, nació el 23 de abril de 1921 en Rosario de la Frontera, tierra natal de Juana Manuela Gorriti, la primera novelista argentina, ubicada en el sur de la provincia de Salta. 

Su padre fue Servando Leal, concejal e intendente interino de Rosario de la Frontera, fundador del Club Unión General Güemes en junio de 1916, de la Banda de Música Municipal en 1935 y del Tiro Federal en 1947; y su madre fue Eduviges Romano de Leal, maestra de la Escuela Normal, fundada en enero de 1910.
La casa paterna aún se conserva, y está ubicada sobre la calle Rudecindo Alvarado frente a la plaza Independencia.
Cursó sus estudios primarios y secundarios en la Escuela Normal.

En 1939 ingresó al Colegio Militar de la Nación y egresó como Subteniente de Caballería en 1943. Fue jefe de la Base Antártica San Martín en la Antártida Argentina en 1951, con el grado de Capitán y de la Base de Ejército General Belgrano en 1957.

Fue asesor de la delegación argentina a la Conferencia Antártica de Camberra (Australia), en 1961 y en 1964 asesor de la delegación a la 3° Reunión Consultiva del Tratado Antártico de Bélgica.

Leal fue el primer presidente del grupo que reunió a los militares democráticos en 1984, el Cemida (Centro de Militares para la Democracia Argentina), y había tenido un fuerte cruce cara a cara con el dictador Jorge Videla antes del golpe del ’76.

“Yo soy militar en serio pero nunca intervine en ninguna revolución” dijo en uno de sus últimos reportajes. “Para mí, los gobiernos militares no sirvieron de nada. Porque estaba y estoy convencido de que ninguna revolución sirvió para nada en este país”.

En un reportaje que le hizo Telam contó cómo había sido aquel encuentro con Videla.
“Yo era jefe de la Dirección Nacional del Antártico y me entero de que estaban fragoteando. Lo llamo por teléfono y le pido una audiencia. Él fijó el día y la hora. Fui a su oficina, se levantó de inmediato, vino, me saludó muy respetuoso y me invitó a sentarme y tomar algo. Le dije: ‘General, yo sé que ustedes están fragoteando’. Se quedó duro y ya no le gusté. No dijo nada. ‘General Videla, no lo hagan, no lo hagan. Ninguna revolución sirvió de nada al país’. Y ya se me puso serio. ‘¿Mi general, usted cree que esto puede seguir así?’, preguntó, y le contesté: ‘No, pero eso no se soluciona con una revolución. No lo hagan’. Faltaba poco para el golpe”.

En 1980, Leal había estado 30 días con arresto en el Regimiento Neuquino “por oponerme a la guerra contra Chile, porque yo sabía que si íbamos a una guerra la Patagonia era chilena en este momento. No estábamos preparados”.

La dictadura del ’76 lo puso preso otras dos veces más. La primera vez en La Plata, 15 días, “porque al gobierno militar le daba cada vez que podía”. Y la tercera en su casa de Vicente López, 70 días, por haber ido a recibir a los soldados que volvieron de Malvinas.

LA HAZAÑA DE ALCANZAR POR TIERRA EL POLO SUR

“LA MISIÓN ORDENADA FUE CUMPLIDA”, INFORMÓ AL LLEGAR.
Había alcanzado el objetivo de llegar al límite más austral de la Patria y del mundo, el día 10 de diciembre de 1965, donde plantó la bandera argentina, junto a los hombres, bajo su comando, de la Primera Expedición Terrestre al Polo Sur y concluir la “Operación 90” (llamada así por los 90 grados sur de latitud que tiene el Polo Sur).

Habían salido el 26 de octubre de ese año y volvieron a la Base General Belgrano, en una marcha de 2980 km. y 66 días de trabajos y penurias, el 31 de diciembre, después de recorrer un ambiente “en donde se enseñorea una naturaleza hostil –la más fría y tempestuosa del planeta- reacia a los hombres, perros y máquinas y donde las tormentas polares y las interferencias magnéticas anulan las comunicaciones y afectan los instrumentos volviéndolos inexactos e influyendo, por lo tanto, en la inteligente confianza que el hombre debe depositar en los mismos”, comenta la Fundación Marambio al relatar la hazaña; "… la marcha hacia el sur de la República resuelta a ocupar, dominar y administrar hasta los últimos reductos de su territorio, reforzar nuestros derechos sobre el Sector Antártico demostrando la capacidad argentina de accionar a lo largo de todo el territorio patrio, además, durante los dos meses de marcha se efectuaron observaciones científicas y técnicas de geología, gravimetría, meteorología, etc., observaciones que representaron para el personal un pesado recargo de sus tareas por las hostiles condiciones en que se cumplieron los estudios y porque debían intervenir en los agobiantes trabajos propios de una expedición antártica.”

LOS PREPARATIVOS DEL VIAJE

La Base General Belgrano que el Ejército ocupaba en la barrera de Filchner sería la base de operaciones de esa patrulla.

En noviembre de 1963 el personal de Belgrano comenzó a estudiar sobre el terreno las posibles vías de acceso al interior del continente y planear la instalación de una base secundaria de operaciones, con víveres y combustibles.

Debieron elegirse el vestuario, los equipos y los vehículos, seis tractores snowcats, capaces de transportar al personal, sus equipos y las provisiones.

La selección del personal fue de suma importancia. En este sentido la del segundo Jefe de la Patrulla de Asalto, el Capitán Gustavo Adolfo Giró, fue muy significativa, anteriormente Jefe de las Bases del Ejército San Martín y Esperanza, y que cubrieron todas las tareas de preparación del viaje.

El Capitán Giró y sus hombres, partieron en marzo de 1965 hacia los 82º de latitud Sur, -al pie de las primeras estribaciones de acceso a la alta meseta polar -, montando una construcción que fue provista con cincuenta toneladas de materiales.

Antes de comenzar la larga noche polar quedó instalado el refugio que hoy se conoce como Base de Avanzada Científica Alférez de Navío Sobral.

Estos y otros muchos preparativos en medio de condiciones tan adversas con los problemas del medioambiente, paso a paso se fueron subsanando hasta que por fin el 26 de octubre a las 10 horas la columna de vehículos con el coronel Leal al frente, comenzó la marcha hacia el Polo.

LA MARCHA

Superada la Base Sobral, donde se realizaron tareas de mantenimiento de los vehículos, se continuó la marcha pesada y peligrosa. El frío se hizo más intenso y las grietas a veces cubiertas por puentes de nieve muy débiles que las disimulan, estuvieron a punto de “tragarse” a algunos de los Snowcats.

Sobre la meseta polar los temporales impusieron situaciones de inmovilidad, “estamos detenidos perdiendo precioso tiempo, consumiendo víveres y combustible que tenemos tan medidos”, registra el coronel Leal en su diario.

Trineos rotos algunos y semidestrozados otros, obligados a dejar uno de los vehículos como depósito de combustible para el viaje de regreso y jalón para hallar el camino más fácilmente se fue haciendo la marcha. A 1900 metros sobre el nivel del mar se arma un campamento y allí se trabajó durante dos días reparando patines y reforzando la estructura de los insustituibles trineos. El fuerte viento y la nevisca, poco a poco cubría todos los objetos y amenazaba el ánimo de todos.

A ese campamento lo llamaron Desolación.

Continuó la marcha y desde los 86 grados los sastrugis crecieron en tamaño, tan altos como los tractores, transformándose en un mar ondulado de hielo.
200 km. los separaban del objetivo, tenían la meta al alcance de la mano.

“…ahora, y a pesar de nuestra confianza en la capacidad de los dos topógrafos- navegadores, no podemos alejar de nuestra mente la posibilidad de que un error de cálculo o instrumental-, siempre factible por la permanente agresión que significan los extremosos agentes climáticos de la zona, pudiera habernos llevado a lugares que no sean lo que creemos y tenemos marcados en nuestra carta”, informa Leal.

A los 2645 metros de altura sobre el nivel del mar el terreno comenzó a mejorar. Aprovechando esta situación el 9 de diciembre se realiza una etapa de marcha de 28 horas, estiman estar a 45 km. del Polo. Por eso deciden hacer el último esfuerzo para cubrir ese tramo de la marcha y alcanzar el objetivo tan ansiado.

Al día siguiente, 10 de diciembre, el coronel Leal, desciende de su vehículo, el “Salta”, y planta la bandera argentina en la nieve endurecida.

Fueron 45 días de marcha, de tensiones, de peligrosas grietas, la preocupación constante de mantener el rumbo correcto en donde la brújula es inútil y el sol puede ocultarse por horas o días enteros.

El 15 de diciembre comenzó el regreso por un camino ya conocido y con depósitos que aseguraban menos inconvenientes.

Superados los desorientadores “blanqueos” y la zona peligrosa de la Gran Grieta, llegaron a la Base Belgrano el 31 de diciembre de 1965.

Los 9 militares argentinos que acompañaron a Leal en la expedición de 1965 fueron: Gustavo A. Giro, Ricardo Ceppi, Julio Ortiz, Jorge Rodríguez, Guido Bulacio (con una herida en la mano fue reemplazado en la base Sobral por Florencio Pérez), Roberto Carrión, Adolfo Moreno, Domingo Zacarías y Ramón Alfonzo.

RECONOCIMIENTOS

El gobernador de Salta Ricardo Joaquín Durand lo reconoció como héroe y lo declaró Huésped de Honor el 24 de febrero de 1966. Por decreto Nº 563 de la Municipalidad de Rosario de la Frontera, se le entregó una medalla de oro y se declaró el 25 como feriado administrativo, y el 12 de junio de 2008 fue declarado Ciudadano Ilustre.

El ministro de Defensa, Agustín Rossi, condecoró a Leal con la Orden Doctor Mariano Moreno el 7 de noviembre de 2013. Rossi dijo:
En la historia hay ejemplos de militares comprometidos como los generales Mosconi, Savio, el brigadier San Martín, y el general Leal, quienes integraron a las FFAA en la planificación de la Nación”

En el año 2009 aparece en el documental "La pampa sumergida",​ dando su testimonio sobre la cuestión de Malvinas y la Plataforma Continental Argentina.

El 22 de febrero de 2015, con motivo del Día de la Antártida Argentina, Jorge Leal fue invitado al Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur de Buenos Aires para rendirle un homenaje. (J.R.Orosco, Pensamiento Discepoleano)


ÚLTIMOS AÑOS EN EL EJÉRCITO

En 1970, Leal fue nombrado Director Nacional del Antártico, cargo que conservó por varios años. En 1971 y en 1990 la Dirección Nacional del Antártico publicó y reeditó en Buenos Aires el libro titulado Operación 90. El trabajo da detalles sobre la fría región austral argentina presentando una interesante cartografía al respecto.
Finalmente se retiró con el grado de General en el año 2003.
Había egresado como Subteniente de Caballería en 1943.
¡60 años de servicio activo como “militar en serio que nunca participó en ninguna revolución”!

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ALONSO BALDRICH  -  (1870 – 1956)

UN MALDITO EXCLUIDO POR LA HISTORIA OFICIAL

Nace el 17 de enero de 1870, en San Nicolás de los Arroyos. Su padre, Juan Esteban, ha sido capitán del ejército español y vino a la Argentina radicándose en San Nicolás de los Arroyos, donde instaló una fábrica de velas y jabones.

Estudia en Rosario y luego ingresa como soldado al I de Infantería de línea y posteriormente, al Colegio Militar. Abanderado de éste último, egresa ocupando el primer puesto de su promoción como subteniente del arma de artillería, pasando después a la de ingenieros.

En 1903, junto con Enrique Mosconi, egresa como ingeniero civil de la Facultad de ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Una amistad indestructible nace entre ambos, que se afianzará en una comunión de ideales cuando vislumbran la dependencia económica del país y se comprometen ante sí mismos para redimirlo. Quizás sus primeras coincidencias surgen en las noches de vigilia en el campamento de Orán, donde ambos trabajan en la extensión del ferrocarril de Perico a dicha ciudad.

En 1916, Baldrich se había hecho cargo del Arsenal de Puerto Borghi, que condujo con eficiencia ejemplar. Su administración innova sobre todo en el trato con los obreros, a quienes procura vivienda y abaratamiento de los alimentos. Luego, en 1923, Mosconi lo designa administrador de los yacimientos petrolíferos de Comodoro Rivadavia. Allí, organiza y reglamenta los servicios, reduce, a la tercera parte del costo, el precio de los subproductos, así como el tiempo empleado en montaje de máquinas y torres, rebaja el costo de perforación y aumenta el rendimiento. Luego, se hace cargo de la Dirección General de Ingenieros. En esa época colabora con Mosconi en la lucha contra los trusts ingleses –Royal Dutch y Anglo Persian- y el norteamericano –Standard Oil-. La ofensiva en América Latina de la Standard Oil es cada vez más avasalladora, ya que su política se inscribe dentro de la mayor influencia que el capitalismo norteamericano pasa a ejercer sobre la Argentina. Mosconi libra, por entonces, una dura batalla legal para contener ese avance.

En 1927 se funda la Alianza Continental, portavoz de la nacionalización de petróleo, y Baldrich se enrola desde el principio en esa campaña.

En febrero de ese mismo año, diserta sobre: “El petróleo: ¿Por qué desde hace 15 años no surge esa ley (de nacionalización del petróleo) que se pidió y por qué no se trata, por qué esa demora, no obstante haberse presentado catorce proyectos y tener cuatro de ellos a despacho de Comisión y por cuarta vez haberla pedido este Poder Ejecutivo?”.

En junio, reitera su tesis de apoyo a la Ley de Nacionalización Petrolera y a las limitaciones que debían imponerse a ciertas organizaciones internacionales que, como en Salta, tenían directa o indirectamente monopolizada la mejor zona de la provincia.

En esa época, Manuel Ugarte le escribe desde Niza: “Cuando recibí sus admirables y valientes trabajos sobre el problema del petróleo en la República Argentina adiviné las resistencias que debía levantar su actitud… Yo quiero a mi Argentina con el máximo cariño que se puede ofrendar a la Patria; y, lejos de hacerle injuria, creo, como usted, servirla en sus intereses finales denunciando los peligros que se ciernen directa o indirectamente sobre ella…”. Pero su patriada resulta molesta y le dan el retiro por “exceso de edad”. El hecho motiva una imponente demostración de sus amigos, entre ellos Mosconi y el general Severo Toranzo.

En setiembre de 1928, la Cámara de Diputados aprobó, con el voto mayoritario de la bancada yrigoyenistas, el proyecto de Ley de Nacionalización y Monopolio del Petróleo que disponía la expropiación de los yacimientos petrolíferos y sus correspondientes instalaciones en manos de particulares extranjeros. Se facultaba al Poder Ejecutivo a declarar la caducidad de las concesiones de cateo, indemnizando a sus beneficiarios. El Senado, entretanto, con mayoría conservadora, inmovilizó el proyecto de ley venido de diputados con media sanción. Al no tratarlo lo condenaba a morir. Por entonces, el 19 de diciembre de 1929, Baldrich es nombrado director del periódico “La Argentina” y desde allí denuncia al Senado que tiene inmovilizado el proyecto de ley. Asimismo, el 21 de diciembre, en primera página denuncia al senador Rudecindo Campos, apoderado de Leach, socio de Standard Oil: “Excusación improcedente”. Luego, publica un extenso informe: “La Alianza Continental frente a la Comisión Especial del Petróleo. La demora del Senado es deliberada”.

Poco después, insiste: “… ¡Alerta” transmitimos con voz de orden al país, porque lo amenazan de muerte los piratas que desean impedir la realidad magnífica de nuestra independencia económica que es una suprema aspiración y un supremo objetivo de los que aman a la patria”.

El 6 de enero publica: “La defensa de la industria”. Allí afirma: “Es necesario dar a la industria elaborativa su verdadero significado económico y social. La usina que se levanta rinde beneficios a quien la mantiene, pero su influencia se diluye en todo el medio en que actúa. Da pan al obrero, tranquilidad a los hogares cuyos jefes se disciplinan en el trabajo, reduce las compras en el extranjero y pone en circulación fuertes capitales que salen al mercado bajo la forma de salarios y de compra de las materias primas…”.

El 19 de enero, en  “La conspiración del silencio”, vuelve a denunciar la obstrucción de la mayoría del Senado. El día 25, en “El Senado no sancionará la Ley del Petróleo”, anuncia que han resuelto tratar todas las leyes incluidas en el mensaje del Poder Ejecutivo menos aquella. A Baldrich lo atacan, le dicen loco, quijote petrolífero. Él se defiende: “Los niños y los locos según la afirmación popular dicen la verdad…”. El 12 de abril, en “La palabra de América”, defiende la postura del presidente Yrigoyen en su conversación telefónica mantenida en la víspera con Mr. Hoover, presidente de los Estados Unidos: “Los órganos que representan una influencia yanqui en el país han censurado el mensaje del presidente Yrigoyen a Mr. Hoover. No es agravio para una nación decirle que no se participa de sus puntos de vista… Bien ha hecho el presidente Yrigoyen de emitir los conceptos fundamentales que ha expresado, puesto que ellos son un Evangelio de Libertad…”. El 4 de mayo de 1930, el general Baldrich deja la dirección de “La Argentina” por problemas financieros, pero anuncia que seguirá abogando por la Ley de Nacionalización y Monopolio del Petróleo.

Al producirse el golpe militar de Uriburu, Mosconi y Baldrich son detenidos. Puestos en libertad, no permanecen impasibles ante el vuelco total de la política petrolera llevada a cabo por YPF.

Ambos jefes son estrechamente vigilados. Uriburu les teme por su prestigio en el Ejército: a Mosconi los destierra a Europa mientras que a Baldrich lo confina en Bariloche, desde donde parte meses después para Paraguay y luego al Brasil.

Con más de sesenta años de edad y viviendo en esa atmósfera de sofocación y entrega de la Década Infame, Baldrich se repliega a la vida privada. Fallece en Buenos Aires, el 24 de agosto de 1956, a la edad de 86 años. Deja el recuerdo de una conducta rectilínea y una lucha inquebrantable en defensa de los recursos naturales de la Argentina. (R.A. Lopa, Los Malditos, Vol. I, Pág, 131, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ LUIS TORRES  -  (1901 – 1965)

UN MALDITO, EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL, POR DEFENDER EL PATRIMONIO NACIONAL

Nace en Tucumán, el 21 de enero de 1901. Su vida se halla signada por una permanente lucha, que se inicia muy temprano: a los diecisiete años, fuertemente influido por el anarquismo, participa en una huelga azucarera y va a la cárcel. Desde el comienzo, enfrenta a la injusticia y a los intereses más poderosos de la Argentina: “En Salta y Jujuy, fui director de un diario obrero de un ingenio… siempre agitando rebeldías. Milité contra la oligarquía azucarera y el capital extranjero”. En esa época incursiona en la literatura, publicando “Almas enfermas”, donde también se observan las influencias ácratas. Aprende en la acción y no habiendo realizado estudios importantes, su autodidactismo se completa con la experiencia de la vida.

Así se va haciendo periodista y como tal visita Salta y Jujuy en 1928, primero en compañía del socialista Juan B. Justo y luego, de un militar, Enrique Mosconi. Allí comprueba el enorme poder de la Standard Oil y las conversaciones con Mosconi le resultan decisivas: a partir de ese momento, se aleja de sus inquietudes anarquistas de la adolescencia y se define partidario del nacionalismo militar que, con diversos matices, mantendrá hasta su muerte.

En 1932, realiza su única experiencia en funciones oficiales. El gobernador Juan Luis Nougués, con quien traba relación como periodista de “El Orden”, lo lleva como ministro. Nougués se halla enfrentado al Centro Azucarero y asume posiciones populares. Torres, desde su cargo, enfrente a la Compañía Hidroeléctrica de Tucumán, de capitales ingleses y asimismo, promueve una ley impositiva contra la oligarquía azucarera tucumana, pero en 1933 se produce la intervención federal, dando fin a su único y breve paso por un puesto público.

Poco después, en 1936, se traslada a Buenos Aires, desempeñándose como periodista en la revista “Ahora”. Allí consolida su posición antiimperialista, a veces, relacionándose con hombres del nacionalismo democrático (Scalabrini Ortiz) o también con representantes del nacionalismo de derecha (los hermanos Irazusta). Hacia 1938, se declara nacionalista, dirigista y estatista. El grado de entreguismo y corrupción de esa época lo indignan y arremete con varias denuncias.

En 1940, denuncia el negociado de las Tierras del Palomar, adquiridas por el Ejército a un intermediario a valores escandalosamente altos en relación al que éste ha pagado por su compra a particulares. Las escrituras de ambas operaciones son simultáneas pero, por error del escribano, en la primera el intermediario vende al Estado lo que aún no ha comprado y en la segunda escritura, recién se registra su compra a los particulares. Efectuada la denuncia en el Congreso Nacional por Benjamín Villafañe, asesorado por Torres, quedan comprometidos en el negociado altos funcionarios del gobierno incluido el ministro de Guerra, General Márquez.

En 1941, redobla esfuerzos para que el país no ingrese a la Segunda Guerra Mundial y enfila además su artillería crítica contra el régimen conservador, entendiendo que la crisis es muy profunda y afecta a toda la dirigencia política por lo cual estima que los militares nacionales deben dar la solución. Con ese propósito, lanza tres folletos: “A las Fuerzas Armadas de la República”, “Carta del General Juan Bautista Molina a la Alianza de la Juventud Nacionalista” (redactada por Torres) y “La Nación debe ser salvada, mensaje de un argentino asustado y con angustias, al ciudadano que preside la República”. En los tres está su pluma combatiente, aún en el segundo, firmado por el general Molina. “En los tres documentos- afirman Campi y Bravo de Salim- sostiene la necesidad de un gobierno fuerte con apoyatura popular, para realizar un programa de ‘liberación económica’, ‘justicia social’ y ‘soberanía política’, sobre la base de la defensa de la neutralidad”. Estos documentos pueden considerarse el anticipo del golpe militar del 4 de junio de 1943. Allí sostiene también la necesidad de la nacionalización de los ferrocarriles ingleses y el desarrollo industrial.

En la misma época, presenta una denuncia contra la familia Bemberg, por defraudación del impuesto a la herencia. El grupo financiero Bemberg ya ha intervenido en un negocio sumamente dudoso –la conversión de la deuda pública de la provincia de Buenos Aires- que Torres ha denunciado, años atrás, como un ‘regalito’ que le había brindado el ministro de Hacienda, Federico Pinedo. Asimismo, dicho grupo burlaba las disposiciones antitrust ejerciendo el monopolio en el mercado de la cerveza. Ahora, con motivo del fallecimiento de uno de los prohombres de esa familia, han presentado una misérrima declaración de bienes, evadiendo así el impuesto a la herencia que les corresponde abonar con destino al Consejo de Educación. Pero esta vez, Torres no consigue el apoyo parlamentario. En Plena soledad, comienza así una batalla que dura increíblemente treinta años en la justicia, convertido Torres en “la maldición” de los Bemberg y a su vez convertido él, por los Bemberg y otros grandes poderes de la Argentina semicolonial, en un francotirador “maldito”, con enormes dificultades para hacer oír su voz.

De su propio patrimonio y con la ayuda de algunos amigos publica entonces, en 1942, “Algunas maneras de vender a la Patria”, con el subtítulo: “Datos para la autopsia de una política en liquidación”. En ese libro, denuncia a los Bemberg como poderoso consorcio que controla 19 empresas, desde el monopolio de la cerveza, hasta yerbatales (SAFAC) en Misiones, desde la bebida Bilz, Estancias Santa Rosa y Algodonera Argentina hasta CICA (Crédito Industrial y Comercial de la Argentina), importante poder financiero. Se refiere, en especial, a la defraudación al fisco en las sucesiones de Otto Bemberg y Josefina Elortondo de Bemberg. Otra de las maneras de vender a la Patria resulta del negociado de la empresa CADE, en 1936, cuando se le renuevan las concesiones eléctricas, faltando quince años para su término, negociado que Torres relata minuciosamente. En el mismo libro, reseña también el negociado de las Tierras del Palomar. Tiempo después, cuando se conocen las actas secretas del GOU se comprueba que ese grupo de coroneles aconseja la lectura de este libro de Torres.

Precisamente, son estos militares los que dan el golpe del 4 de junio de 1943, que despierta en Torres –y también en la ciudadanía- enormes expectativas. Publica, entonces, el 20 de julio “Los perduellis”, donde reproduce su folleto dirigido a las Fuerzas Armadas, como así también su carta interpelando al ex-ministro Cullaciatti, por su mal desempeño y vinculaciones con poderosos intereses económicos. Asimismo, amplía allí su denuncia contra el grupo Bemberg.

Analiza cuidadosamente los primeros pasos dados por el gobierno militar. Mantiene influencia sobre algunos oficiales, pero entiende que no se cumplen los objetivos y lanza sus críticas, el 20 de noviembre de 1944, en un folleto titulado “Consejeros de la antipatria”. Manifiesta allí que antes del 4 de junio “reinaba la antipatria” y que tuvo esperanzas, a partir de ese día, pero que “ahora el gobierno acepta en la Comisión de Postguerra, como asesor, a Mauro Herlizka, del trust Electric Bond & Share, y al vicealmirante Galíndez, como ministro de Obras Públicas, que es hombre de la CADE… y también está en funciones de gobierno García Victorica, hombre de Bemberg”. También le envía una carta al coronel Perón manifestándole su disidencia, en tanto los personeros del capital extranjero gozan de la simpatía de los militares gobernantes.

En 1944, publica el folleto “La economía y la justicia bajo el signo de la revolución”, presionando así para enderezar el rumbo de un gobierno que estima no cumple sus objetivos. Poco después, en 1945, publica “La década infame”, dando nombre al período siniestro de los años treinta y formulando críticas al gobierno porque aún no se han recuperado los bienes del país, entregados por aquellos “prohombres”, ni tampoco se ha puesto presos a los responsables de una larga historia de latrocinios que él bien denunciando desde años atrás.

En 1946, lanza “Una batalla por la soberanía”, denunciando a las Actas de Chapultepec como instrumento imperialista destinado a colocarnos en condición colonial y exige a los legisladores que no aprueben la adhesión de la Argentina, pues significaría una claudicación.

Hasta ese momento, parece decepcionado por la política de los oficiales gobernantes, pero en “La Patria y su destino”, publicado en 1947, su posición es más comprensiva y reflorece su esperanza. En 1948, el gobierno presidido por Perón le retira la personería a 42 sociedades del grupo Bemberg, medida que le prueba que se están viviendo tiempos distintos. Asimismo, entre 1949 y 1950, el grupo Bemberg es golpeado duramente en sus intereses por el gobierno peronista: la justicia le aplica una multa de 97.257.254 pesos moneda nacional y el gobierno de la provincia de Buenos Aires le expropia el campo “Los Manantiales” de Chascomús y la fábrica de quesos, propiedad de la subsidiaria, Santa Rosa Estancias, por un total de casi 8.000 hectáreas.

El nacionalista José Luis Torres evoluciona entonces hacia el peronismo, en 1949. Lo expresa en su libro “Seis años después”: “… Tengo el inmenso privilegio de asistir al triunfo de las ideas que seguí en mi vida, desde mi primera juventud. Se nacionalizó el Banco Central, recobrando de esa manera los argentinos el manejo de la economía; se quitó a Bunge y Born, a Dreyfus y demás agencias hebreas la mercantilización de las cosechas argentinas… se arrebató de las manos ávidas de Bemberg el manejo discrecional del crédito público, se nacionalizaron los ferrocarriles que en manos foráneas eran un formidable instrumento de dominio político, se nacionalizaron los teléfonos… se esclareció la verdad sobre la evasión de impuestos de Bemberg… Viajando hacia el interior, he visto ocupar los trenes llamados de lujo y los aviones, reservados antes para uso de los grandes oligarcas, a los hijos del pueblo, con inmensa alegría he visto llenar los comedores del centro de Buenos Aires a trabajadores argentinos, allí donde ni por casualidad, podía verse ‘un cabecita negra’… He asistido, pues, al abatimiento del privilegio y a la redención de los humildes… Aquello (los años ’30) era la noche. Ahora, estamos viviendo la aurora”.(N.Galasso, Los Malditos, Vol. I, Pág. 167, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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CELESTINO L. PERA – (1858-1915)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nacido en Santa Fe, cursó estudios en el colegio de la Inmaculada Concepción de los padres jesuitas. Se destacó en su juventud por su vocación literaria, integrando la Academia Literaria. Luego se doctoró en Derecho Canónico y tomó los hábitos sacerdotales, aunque luego se apartó de la Iglesia. Ejerció el periodismo y la abogacía en Rosario. Su vocación política lo llevó al cargo de concejal en Rosario y luego, asumió como diputado provincial. Más tarde, entre 1904 y 1908 representó a Córdoba como legislador nacional. También se incorporó a la masonería. Pero lo más importante de su vida política reside en haber sido, junto con Osvaldo Magnasco, uno de los primeros diputados en denunciar la acción perniciosa ejercida por las empresas ferroviarias británicas, a través de sus tarifas, en perjuicio de nuestro desarrollo industrial. Jorge Sulé, en su libro “Los heterodoxos del 80”, exalta a Celestino Pera por su posición nacional y señala que “en circunstancias de un incidente entre la municipalidad de Rosario y el Ferrocarril Central Argentino, Pera sostuvo, el 30 de setiembre de 1909, en la Cámara de Diputados de la Nación: ‘en lo que se ha dado en llamar el granero de la República, en el corazón de la región del trigo, está cerrando sus puertas los establecimientos industriales hasta ayer más fuertes e importantes. Se están clausurando las usinas, los talleres y depósitos de una de las industrias madres del país. ¿Por culpa de quiénes? Los interesados lo dirán claramente. No hay trabajo ni es posible que lo haya sin ir a la quiebra o al desastre a causa del flete de las empresas ferroviarias que no nos permiten trabajar sin arruinarnos’”.
Pera falleció en Buenos Aires, en 1915. (N.Galasso, Los Malditos, vol. IV, pág.130, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ADOLFO SILENZI DE STAGNI - (1914 - 1996)

OTRO MALDITO OLVIDADO POR LA HISTORIA OFICIAL

Nace, en Buenos Aires, el 21 de noviembre de 1914. Interesado por las cuestiones jurídicas, cursa estudios en la Universidad de Buenos Aires, graduándose de Doctor en Jurisprudencia, en 1935. Su tesis versa sobre: “La propiedad de las minas”. “A fines de la década de los años treinta, obtiene el primer premio en Ciencias Económicas de la Institución Mitre y cursa, por casi dos años, un posgrado en la Universidad de Oxford”. A partir de su regreso a la Argentina, interviene en cuestiones que afectan al patrimonio público, manifestándose como un celoso defensor de nuestras riquezas.

Durante la presidencia del Dr. Ramón Castillo, se desempeña como asesor en el Ministerio de Obras Públicas, cuyo titular es el Dr. Salvador Oría, desde donde aconseja la derogación de las leyes referidas a la Coordinación de Transportes de la ciudad de Buenos Aires y al régimen del puerto de Rosario. Asimismo, su dictamen sobre la empresa de subterráneos CHADOPIF, servirá, poco después, para el procesamiento de los miembros de su directorio. También denuncia el manejo tarifario realizado por las empresas automotoras filiales de los ferrocarriles ingleses y varios negociados realizados por consorcios financieros a cargo de los “bonos de pavimentación”.

En 1942, participa en el Seminario de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Facultad de Derecho, el cual publica informes de varios autores bajo el título “Hechos y doctrinas en las disciplinas jurídicas y sociales. Contribución informativa y documental para la investigación”. En la parte que le corresponde, sostiene: “La independencia económica de nuestro suelo es tan importante como la política y entiendo que nosotros debemos esforzarnos en lograrla”.

Filiado a posiciones nacionalistas, apoya el golpe militar del 4 de junio de 1943, siendo designado como ministros de Gobierno y Hacienda de la intervención federal a la provincia de Tucumán. Allí, resulta uno de los impulsores de la provincialización del servicio público de electricidad y de tranvías, perteneciente al trust eléctrico ANSEC, dependiente de la multinacional Electric bond & Share. Poco después, ocupa el cargo de interventor en esa provincia, por un breve período.

Después de esta experiencia de gestión pública, regresa a la cátedra, en 1947, como profesor titular de Derecho Agrario y Minero en la Facultad de Derecho, en Buenos Aires.

La docencia es una de sus grandes vocaciones y a ella se dedica con fervor en esos años.

En 1954, al darse a conocer las tratativas del gobierno argentino con la empresa petrolera California Argentina, analiza la naturaleza del convenio, formulando las más severas críticas. Sus clases se transforman en libro y así aparece “El petróleo argentino”. En escaso tiempo, el libro alcanza varias ediciones.

En 1958, es designado, también en La Plata, profesor de Minería y Energía. Ya es un experto en estos temas y a ellos dedica el resto de su vida, con una óptica de inquebrantable defensa de los recursos naturales. Esta pasión lo lleva a impulsar el “Movimiento Nacional en defensa del petróleo argentino” y el Centro de Estudios General Mosconi, que preside en varias oportunidades. Bajo el gobierno de Frondizi, denuncia implacablemente la política de concesiones petroleras y luego, asesora al gobierno presidido por el Dr. Illia en la política de anulación de las concesiones. Asimismo, “en 1967, la Ley de Hidrocarburos, sancionada por el presidente Onganía, dentro de una concepción netamente libreempresista, fue motivo de las denuncias de Silenzi”. Años después, su crítica estuvo dirigida hacia la política de vaciamiento económico y debilitamiento institucional de YPF, bajo “el proceso”, orientado por el ministros Martínez de Hoz. También el gobierno de Alfonsín recibió su crítica lapidaria, en 1985, cuando puso en marcha el Plan Houston. De la misma manera, a través de artículos y conferencias, critica después las privatizaciones del menemismo, en especial, la venta de YPF. En esa época, presenta varias solicitudes de investigación ante la justicia contra el interventor de la petrolera estatal, José Estensoro. “En 1994, extiende su crítica al plan económico del gobierno y al año siguiente, fustiga severamente el acuerdo firmado con el Reino Unido, en un folleto titulado ‘¿Negociación o rendición?’”

En sus últimos años, Silenzi lleva a cabo una prolífica labor que se traduce en diversos libros: “El nuevo derecho del Mar” (1976), “Soberanía y petróleo” (1978), “Las Malvinas y el petróleo”, en dos tomos (1981), “Claves para una política energética nacional” (1983), “Repertorio de Jurisprudencia minera” (1985). Además dedica sus mayores esfuerzos a una historia de la explotación del petróleo en la Argentina y en América Latina que se encuentra casi terminada, cuando –el 20 de agosto de 1996- la enfermedad que venía sufriendo desde tiempo atrás pone fin a su existencia.

Siempre marginado de los medios de comunicación, con dificultades para editar y para difundir sus conferencias, no cejó un momento en la lucha en defensa del patrimonio nacional y del futuro de los argentinos.

El ex vicepresidente Alejandro Gómez recuerda: “La consecuencia de la lucha de Silenzi fue el complot del silencio. Poco a poco, su nombre pasa al olvido provocado. Había entregado todo, sin embargo, proseguía la lucha. Una vez lo vi en una fila y lo interrogué: -¿Qué hace usted aquí?-. Y me respondió con serenidad: ‘Soy un canceroso y aquí me dan los remedios gratis, estoy en eso’… Lo dejé mascullando, para mí, ‘no es posible, no es posible’…”. Días más tarde, me decía por teléfono: ‘Me declararon cesante en el Congreso’… Hacía poco que lo habían designado como asesor… Y agregó: -Discrepé con la Comisión y me echaron. Era mi principal recurso de vida-“. (N.Galasso, Los Malditos, vol. 1, pág. 164, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ARTURO ENRIQUE SAMPAY  -  (1911/1977)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Concordia, provincia de Entre Ríos el 28 de julio de 1911. Cursa estudios secundarios en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay y en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de La Plata donde se recibe de abogado y doctor en jurisprudencia. Es profesor de Derecho Político, en dicha Facultad, desde 1943 a 1952.

Es miembro del Instituto Internacional de Filosofía del Derecho y Sociología Jurídica de París y del Instituto de Derecho Comparado de Toulouse (Francia).

En 1936, publica “La Constitución de Entre Ríos ante la moderna Ciencia Constitucional”, en 1940, “La doctrina tomista de la función social de la propiedad en la Constitución Irlandesa”, en 1942, “La crisis del Estado de Derecho Liberal-burgués” y en 1944, “Filosofía del Iluminismo y la Constitución Argentina de 1853”.

A partir de 1945 se incorpora al peronismo y se desempeña como asesor de Juan D. Perón y Domingo Mercante.

En 1949, electo constituyente por la provincia de Buenos Aires, tiene destacadísima actuación como presidente de la comisión redactora y miembro informante de la reforma constitucional.

El proyecto de constitución presentado por el partido peronista, postulaba un artículo referido a la organización de la riqueza y la intervención estatal, nacionalización de minerales, petróleo, carbón, gas y otras fuentes de energía, y de los servicios públicos. Sampay trabaja sobre el tema, lo desarrolla y profundiza.

En su pensamiento, el país debía poner énfasis en el plan de nacionalizaciones: banca central, servicios públicos, fuentes naturales de energía, comercio exterior, y –en fin- todas aquellas actividades que comportaban monopolios. “Economía libre”, en lo interno y en lo exterior, era para él sinónimo de “economía dirigida por los carteles capitalistas”. “Nacionalización” –para él- debía implicar “estatización”. Su experiencia en el affaire CADE (siendo fiscal de Estado de Buenos Aires, tuvo destacada intervención en juicios contra el grupo Bemberg y la propia CADE) lo conducía a ese razonamiento.

En defensa del interés nacional modificó, en el seno de la comisión, el tibio criterio ofrecido por el proyecto del partido peronista, incorporándole dos incisos finales (en los que plasmó su posición) que decían: “Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine”. “El precio de la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la expropiación, menos las sumas que se hubieren amortizado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión, y los excedentes sobre una ganancia razonable, que serán considerados también como reintegración del capital invertido”. Para esto, consultó previamente con dos amigos personales, Juan Sábato y Jorge del Río, que aprobaron sus criterios y la redacción, de lo que luego se convertiría en el famoso artículo 40 de la Constitución de 1949.

En 1949, publica “La reforma constitucional de 1949”, en 1950, “La soberanía Argentina sobre la Antártida” y en 1951, “Introducción a la Teoría del Estado”, de la que el profesor de la Universidad de París, André Hauriou dijera que es una de las obras más acabadas en la materia”. Del mismo año es su “Estudio de Derecho Público”.

En 1952, se desempeña como fiscal de Estado en la provincia de Buenos Aires, pero el alejamiento de Mercante de la gobernación le trae dificultades. El gobernador saliente y algunos de sus colaboradores son perseguidos y acusados. A Sampay se le inicia juicio político para privarlo de su cargo de fiscal de Estado y se lo denuncia a la justicia penal por presuntos delitos nunca demostrados. Con el auxilio de los padres de “Don Orione” y el consejo del Cardenal Santiago L. Copello, Sampay se exilia en el Paraguay, a donde viaja disfrazado de cura para poder cruzar la frontera. En dicho país, el presidente de la república Dr. Federico Chaves, le otorga el exilio y además le solicita que acepte dictar cursos superiores a oficiales de las fuerzas armadas paraguayas. En 1954, pasa a Bolivia, donde es designado miembro del Instituto de Derecho Político de la Universidad de La Paz. En Bolivia edita dos libros: “La Teoría del Estado y el Derecho Constitucional” y “La Crisis actual de la Ciencia Jurídica”, ambos de 1954. De allí, se traslada a Montevideo junto a su familia. En dicha ciudad frecuentó amistosa relación con casi todos los argentinos, sin sumarse a la oposición. Más allá de ciertas diferencias, Sampay seguía viendo en Perón al gran líder popular de la Argentina. Por entonces, se dedica a tareas docentes y académicas.

En esa época, trabó relación con el viejo caudillo del Partido Nacional Dr. Luis Alberto Herrera (1873 – 1959), quien no tardó en lograr la colaboración de Sampay.

En setiembre de 1955, depuesto Perón por un golpe militar, varios antiguos compañeros peronistas comenzaron a reunirse con Sampay en el exilio, entre ellos su amigo el coronel Domingo Mercante, quien se radicó con su familia en Montevideo. Su situación no cambió, siguió siendo proscripto durante el régimen de facto que se dio en llamar “Revolución Libertadora”.

En Uruguay escribe “La Declaración de Inconstitucionalidad en el Derecho Uruguayo” (1957) y “Las Inflaciones de Nuestra Época” (1958). Su exilio en el Uruguay fue propicio para que escribiera la obra de referencia sobre las inflaciones. Allí criticó la política de Bretton Woods, que el gobierno peronista se había negado a suscribir, y al Fondo Monetario Internacional, del que hasta 1957 la Argentina no formó parte, denunciando: “En estos momentos hay economías de países que desfallecen envenenadas por la farmacopea Keynesiana”. Atacaba así al plan confeccionado por el economista keynesiano Raúl Prebisch que el gobierno militar argentino adoptaba como programa oficial y agregaba, “el objetivo político que animaba al Plan Prebisch residía en reponer y sujetar a la República Argentina, como sector agropecuario, dentro del universo económico del Imperio Británico”.

En 1958, regresa al país, pero no vuelve a la universidad: se lo condenó a silencio, seguía siendo un exiliado en la propia patria, seguía arrastrando el estigma de ser peronista. Tiempo después, publica “La Constitución Argentina de 1949” (1963).

Mientras en la Argentina los oficialismos de turno lo ignoran, en 1967 Sampay viaja a Uruguay y Chile, invitado para sendas conferencias, con motivo de las reformas constitucionales que afrontaban ambos países.

En 1971, publica “Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas”, a las cuales caracteriza como “tradicionalistas” y “reaccionarias”.

En 1972, durante el cónclave de obispos argentinos, es invitado a pronunciar una conferencia sobre un tema trascendental “Aspectos de la Socialización y Socialismo Nacional”. El mismo tema desarrolló luego ante la XXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina: “Socialización, Socialismo y Política del Espíritu Cristiano”.

En 1973, saludó la vuelta del peronismo al poder con una obra impregnada de su personalidad, “Constitución y Pueblo”.
En mayo de 1973 volvió a la cátedra universitaria oficial, como profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires. También volvió a la función pública, en el Ministerio del Interior y en el Consejo Federal de Inversiones. Además fue honrado con la designación de conjuez de la Corte Suprema de Justicia.

Su opinión fue tenida en cuenta en el Tratado del Río de la Plata, que en 1973, negociaban las cancillerías de la Argentina y Uruguay. Luego, asesora a Perón sobre un proyecto de ley creando la figura del Primer Ministro, proponiendo la introducción de un ministro coordinador, que facilitase al presidente la conducción de la Administración Pública pero no lo suplantase en el ejercicio del poder político.

Fallecido el presidente de la República, se desempeña como asesor de la señora María Estela Martínez de Perón. En 1975 integra, por la Argentina, la Comisión de las Naciones Unidas contra la discriminación Racial. (R.A. Lopa, Los Malditos, vol. I, pág. 155, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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GREGORIO SELSER – (1922-1991)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Periodista y escritor político, nacido en Buenos Aires. Desde muy joven adhirió al Partido Socialista de la Argentina. Ingresado al periodismo, colaboró en distintos diarios y revistas de América Latina, entre ellos, “Marcha” de Montevideo. A lo largo de una dura y extensa lucha, Selser se convirtió en el gran fiscal de las tropelías del imperialismo norteamericano en América Latina. Más de 30 libros constituyen su testimonio antiimperialista, entre los cuales, cabe citar: “Sandino, general de hombres libres”, “El pequeño ejército loco”, “El guatemalazo”, “El rapto de Panamá”, “Aquí Santo Domingo” y “Diplomacia, garrote y dólares en América Latina”. Innumerables artículos antiimperialistas y de análisis político de diversos procesos de liberación dados en América Latina jalonan su historia de intelectual comprometido. En 1975, abandonó la Argentina perseguido por la represión para radicarse en Panamá, como corresponsal de una agencia de noticias italiana. Luego se asentó con su familia en México donde residió los últimos diez años de su vida. Allí formó su biblioteca, de más de doce mil volúmenes, una de las más importantes de América Latina.
Se suicidó en México el 27 de agosto de 1991. (N. Galasso, Los Malditos, T. III, pág. 134, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JUAN SÁBATO - (1904-1988)

Nace en Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1904. Cursa estudios en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad Nacional de La Plata. Se recibe de ingeniero civil e ingeniero electricista y luego, perfecciona sus conocimientos con un posgrado en Alemania (1928-1930).

Militante radical, mantiene fidelidad al principio del monopolio estatal sobre los recursos petroleros, sostenido por Hipólito Yrigoyen. En defensa de este principio, brega incansablemente desde diversas organizaciones defensoras de los recursos naturales y dentro de la Unión Cívica Radical.

Entre 1944 y 1945, participa en la Comisión Investigadora de los Servicios Públicos de Electricidad ANSEC y como Director General de Centrales Eléctricas del Estado. Publica, asimismo, artículos y folletos denunciando el carácter expoliador del capital extranjero en materia de recursos naturales. Desempeña distintas funciones, con inclaudicable honestidad y coherencia. Es el primer rector de la Universidad Tecnológica Nacional y miembro del Consejo Superior de la Universidad de La Plata. Asimismo, es profesor titular de la Escuela Superior Técnica del Ejército.

Durante el gobierno de Frondizi, se constituye en decidido opositor a los contratos petroleros, interviniendo en mesas redondas, reportajes y declaraciones con el planteo de que el costo de nuestro propio petróleo, pagado a las compañías por su extracción es excesivo, a tal punto que supera el precio de importado.

Durante el gobierno radical, presidido por el Dr. Arturo H. Illia, se desempeña como subsecretario de Estado de Energía y Combustibles (1963-1966). Desde ese cargo se convierte en principal protagonista de la lucha por la anulación de las concesiones petroleras otorgadas por el frondizismo, logrando su objetivo en la plena convicción de que en materia petrolera resulta indiscutible “el monopolio exclusivo, indelegable e incompartible del Estado”.

En 1977, la Universidad Nacional de La Plata lo designa profesor extraordinario en la categoría de emérito.

En 1978, cuando toma información pública la estatización de la empresa eléctrica Compañía Italo Argentina de Electricidad, Sábato da una conferencia señalando que “llama poderosamente la atención de esta estatización, en abierta contradicción con la política reiteradamente expresada y realizada por el gobierno, en el sentido que el Estado no debe tener a su cargo actividades que puedan ser realizadas por la empresa privada”. Manifiesta asimismo, que el precio anunciado –de 93 millones de dólares- no es el verdadero pues lo que se deduce del balance de la empresa es que ésta sale beneficiada, además de los 93 millones que se le pagan, en 239 millones de dólares, lo que configura un valor total de 332 millones de dólares”, cifra totalmente abusiva en relación al valor real de la empresa. Un año después, a mediados de 1979, vuelve a exigir la aclaración respecto a este escandaloso negociado que ha provocado “un alza importante del precio de la acciones en la Bolsa de Suiza”. Una vez más, Sábato denuncia a quienes trafican con el patrimonio nacional. Fallece, el 2 de mayo de 1988, en La Plata, a los 84 años.

Significativamente, en la Enciclopedia visual de la Argentina de la A a la Z, publicada por “Clarín”, aparecen varios “Sábatos”, algunos de obra reconocida, otros, de vuelo bastante bajo: Sábato, Ernesto; Sábato, Hilda; Sábato, Jorge Alberto; Sábato, Jorge Federico y Sábato Mario. Pero no figura “Sábato, Juan”, a pesar de su lucha inquebrantable y de su coherencia. (Norberto Galasso, Los Malditos vol. I, pág. 153, ed. Madres de Plaza de Mayo)

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LUIS HUERGO – (1837-1913)

OTRO “MALDITO” EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Sin duda, la mayor obra de Luis Augusto Huergo, el primer ingeniero recibido en la Universidad de Buenos Aires, y a la que dedicó gran parte de su vida y de sus máximos esfuerzos, se vincula con sus proyectos para dotar a Buenos Aires de un puerto digno de las necesidades del creciente tráfico marítimo. En 1881 propuso el proyecto más completo de la época, para un puerto en la Capital Federal. Al año siguiente Eduardo Madero presentó una propuesta alternativa que Huergo juzgó mu8y inconveniente. Sin embargo, en diciembre de 1884 el Gobierno Nacional se decidió por el proyecto de Madero. El tiempo demostró que Huergo tuvo razón y que su ingenio previó el mejor tipo de puerto posible para la ciudad de Buenos Aires de aquella época.

Huergo nació en Buenos Aires el 1º de noviembre de 1837. A los 15 años de edad, viajó a los Estados Unidos de Norteamérica para cursar estudios en el Colegio de Santa María de Maryland, en el cual la enseñanza estaba a cargo de sacerdotes jesuitas. De regreso al país, cinco años después, prosiguió su formación en el Departamento Topográfico de Buenos Aires, donde se graduó como agrimensor en 1862. En 1866, cuando el rector Juan María Gutiérrez creo la carrera de ingeniería civil en la Universidad de Buenos Aires, Huergo decidió seguirla y, cuatro años más tarde, con una tesis sobre Vías de comunicación, se transformó en el primer egresado.

Actuó en política desde muy joven: fue diputado primero y luego senador provincial. Entre sus primeros trabajos como ingeniero, puede contarse el proyecto y la construcción del llamado Camino Blanco a Ensenada, que concretó con la quinta parte del presupuesto que se había destinado a ella.

A principios de 1876 fue nombrado, por concurso, director de las Obras del Riachuelo. Este era, en ese entonces, un arroyo surcado por pequeñas embarcaciones, pero él lo transformó en un puerto cuya capacidad de anclaje fue creciendo hasta poder recibir barcos de gran tamaño, que antes debían fondear a varios kilómetros de la costa.

En 1881 presentó su obra maestra: un proyecto integral para un puerto capitalino. Consistía en un canal de entrada de 200 metros de ancho y 7 de profundidad (que sería el mismo canal de acceso al puerto del Riachuelo y cuyo comienzo eran las aguas más profundas del Río de la Plata), con los diques dispuestos en forma de peine. Entre las ventajas del proyecto podía contarse la posibilidad de realizarlo paulatinamente, a medida que las necesidades lo exigieran: bastaba, cuando el tráfico así lo requiriera, construir a bajo costo otro dique o diente, sin interrumpir la actividad de los que ya estaban, funcionando. Además, al tener una sola boca de entrada de dimensiones reducidas en comparación con el volumen de agua encerrada, hubiera sido muy reducido su oleaje.

Pero en 1882, Eduardo Madero presentó un proyecto alternativo que proponía la construcción de dos canales de acceso en lugar de uno y ubicaba los diques en forma paralela a la costa de la ciudad. El proyecto de Madero, con sus diques paralelos a la costa, imposibilitaba futuros desarrollos, tornaba extremadamente dificultosa las maniobras de amarre, entorpecía el acceso de los ferrocarriles y hacía muy costosa la explotación y el mantenimiento de las obras. La propuesta de Madero pretendía justificar el segundo canal, que encarecía el funcionamiento del puerto, argumentando que era una medida de seguridad para casos en los que fuera imposible navegar el primero. Después de una serie de modificaciones criticables en los presupuestos y condiciones de la obra, en diciembre de 1884, se firmó el contrato entre el Ministro del Interior y Eduardo Madero y la obra se llevó a cabo. Los ingenieros de la empresa Madero, Hawkshawson y Aiter reprobaron el trazado del canal del Riachuelo que Huergo había realizado, éste solicito al gobierno autorización para revisar el proyecto Madero y no se lo permitieron.

Desde el inicio del proyecto surgieron dos planes de características muy distintas entre sí: el de Eduardo Madero, -finalmente triunfante- un influyente representante de los intereses extranjeros en la Argentina, que tenía el aval de los más importantes funcionarios del Gobierno Nacional; quien proponía la construcción de un puerto adyacente a Plaza de Mayo, con dos dársena –de 11 pies de profundidad una y de 17 la otra-, un dique seco y un canal de aguas profundas dragado a 11 pies. Su proyecto se concretaría recién en la década del ’90, después de innumerables idas y venidas en las que se mezclaban cuestiones políticas como la instalación de la sede del gobierno nacional en la Ciudad de Buenos Aires, provocando fuertes enfrentamientos entre las autoridades nacionales (promotoras de su proyecto) y provinciales (quienes apoyaban a Huergo). Cuestiones financieras ya que la propuesta de Madero sería un pingüe negocio para los sectores financieros británicos con fuertes vínculos con el gobierno argentino de ese momento. Cuestiones comerciales dado que el proyecto de Madero beneficiaba a los importadores locales, profundizándose así el modelo oligárquico vigente.

Huergo en cambio representaba a los sectores del lado sur de la ciudad. Hombre de gran experiencia en lo referente a obras hidráulicas, encarnaba los intereses de las autoridades de la Provincia de Buenos Aires, los comerciantes y ciudadanos del sur de la Plaza de Mayo, especialmente de los de la Boca y Barracas, quienes estaban desarrollando un importante polo de desarrollo en esa zona. En su mayoría inmigrantes de origen español e italiano, que viendo que el Riachuelo había servido como segundo puerto de la ciudad casi desde su fundación, operando en él la mayoría del comercio costero era lógico emplazar al nuevo puerto en esa zona. Si se ensanchaba y profundizaba el canal, se enderezaban las peores curvas del Riachuelo, se mejoraban y ampliaban sus dársenas, depósitos e instalaciones ferroviarias, ese puerto estaría en condiciones de recibir el creciente flujo de materias primas y mercancías. A medida que el comercio creciera, producto de la bonanza económica, se construirían más dársenas e instalaciones portuarias hacia el norte, desde la Boca hasta Plaza de Mayo, con un solo canal de acceso al canal principal de aguas profundas del Río de la Plata. Todo ello con capitales y recursos materiales y humanos locales.

Es evidente que los grupos representados por Huergo pensaban beneficiarse con su proyecto. Inversión de los ferrocarriles, muelles y depósitos, darían trabajo y oportunidades a ese sector hasta ahora, considerado periférico. Aumentaría el valor de la tierra, incrementaría la actividad comercial, desplazando el crecimiento urbano hacia el sur de la plaza de Mayo, esparciendo dicho crecimiento hacia el interior de la zona sur de la provincia. Pero la capitalización de Buenos Aires –entre otras cuestiones-, generó que ese proyecto fracasara.

En cambio los defensores de Madero, cuyos intereses se remontaban a la Independencia, sobre todo desde mediados del Siglo XIX, siempre tendió a establecerse al norte de Plaza de Mayo. Mayoristas y minoristas, transportes y servicios en general se asentaban en esa zona. De allí que las principales instalaciones portuarias no serían la excepción, sobre todo si tenemos en cuenta que las autoridades nacionales provenían de esos sectores beneficiados con ese modelo de desarrollo, así como los sectores políticos provincianos acordarían con apoyar decididamente la concentración sobre Plaza de Mayo y sus accesos oeste y norte.

El valioso intento del Ing. Huergo que se expresó en la inauguración del canal sur y funcionó desde 1879 hasta 1885 –vinculado comercialmente a la Boca y Barracas- no pudo soportar las fuertes presiones ejercidas por el nuevo grupo comercial, los bancos extranjeros, círculos financieros y autoridades nacionales.

Las consecuencias de la construcción del Puerto Madero reforzó la centralización de la ciudad en Plaza de Mayo, quien siguió siendo el corazón del prestigio, el poder y el dinero. De haber triunfado el proyecto de Huergo, el desarrollo se hubiera extendido hacia el sur y sus beneficios obtenidos por una nueva clase de origen inmigrante, con vocación progresista que aspirara a un modelo alternativo, vinculado a la industrialización y al progreso de las fuerzas productivas.

Los defensores del proyecto de un puerto vecino a la Plaza de Mayo se encolumnaron detrás del empresario y lobbystas porteños, Eduardo Madero: eran los funcionarios del gobierno nacional, los comerciantes y banqueros extranjeros, casi todos los importadores y exportadores, comerciantes mayoristas, los intereses británicos y tres diarios La Nación, El Diario y La Tribuna. El proyecto de Madero era funcional al tendido de la red ferroviaria inglesa y de las bocas de expendio comercial mayorista y minorista. Para ellos, Huergo representaba a la tradición criolla y al desarrollo nacionalista de la economía argentina.

Entonces, el 5 de enero de 1886, Huergo renunció a su cargo de Director Técnico de las Obras del Riachuelo.

Inmediatamente emprendió la tarea de ilustrar a los profesionales por medio de conferencias, artículos periodísticos y folletos, sobre las desventajas del proyecto de Madero. Los años fueron demostrando lo acertado de las opiniones: todos los desarrollos posteriores del puerto han sido construidos con los diques en forma de peine y se ha adoptado este sistema para otros casos similares al del puerto de Buenos Aires.

Pero la obra de Huergo no se agota con el proyecto del puerto de Buenos Aires. En 1870, por encargo del Gobierno viajó a Inglaterra para contratar la construcción de 120 puentes, cuyo armado en nuestro país él mismo dirigió. En 1874 ideó, para la localidad bonaerense de San Fernando, el primer dique seco construido en Argentina. También participó en el proyecto del ramal inicial del Ferrocarril Pacífico, entre Buenos Aires y Villa Mercedes, San Luis. En 1888 fue consultado por el Ministro de Gobierno de Córdoba con motivo de la construcción del dique de San Roque. Diseñó y construyó, con Guillermo Villanueva y el ingeniero Luis Luiggi, el puerto militar conocido luego como Puerto Belgrano. En el exterior, proyectó las obras del puerto y de salubridad de Asunción, Paraguay.

Ocupó, entre otros cargos, el de ministro de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires; profesor y decano, por tres períodos, de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y cofundador y presidente de la Sociedad Científica Argentina.

Dedicando los últimos esfuerzos de su vida a la función de Presidente Honorario de la Comisión Administrativa de los Yacimientos de Petróleo de Comodoro Rivadavia. Desde Allí Huergo se constituyó en el gran defensor del petróleo argentino bregando por la riqueza de nuestro subsuelo frente a quienes abogaban por la entrega a compañías extranjeras.

Falleció el 4 de noviembre de 1913. (C. Piantanida, J. Lestingi, Los Malditos, T. III, pág. 127, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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ENRIQUE CARLOS ALBERTO MOSCONI - (1877 - 1940)

Dice Marco Roselli en Los Malditos, vol I, pág.145, ed. Madres de Plaza de Mayo

"Nació en Buenos Aires el 21 de febrero de 1877, en una casona, ubicada en la calle Rivadavia, siendo hijo del ingeniero italiano Enrique Mosconi y de María Juana Canavery. Cursó el bachillerato en el colegio San José.

En mayo de 1891, ingresa al Colegio militar de la Nación, cuando contaba 14 años de edad. Se gradúa tres años después como subteniente de infantería con diploma de honor. Es destinado a cumplir servicios en el Regimiento 7º de infantería de línea, con asiento en Rio Cuarto, Córdoba.

Tan solo con 18 años se le encomienda redactar un reglamento para infantería de campaña, incluyendo instrucciones sobre pasaje de curso de aguas por medio de puentes y el manejo de explosivos. Va perfilándose su inclinación hacia lo tecnológico.

A fines de 1896 asciende a teniente, se traslada a Buenos Aires y se inscribe en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, donde sigue la carrera de Ingeniería, egresando, cinco años después, como ingeniero civil. Por entonces, con 25 años, se lo reconoce como ingeniero militar.

En este momento, su actividad en el campo técnico es de gran importancia. Es destinado al Estado Mayor General del Ejército.

A los 30 años ha demostrado al ejército sus excelentes condiciones, por lo cual es enviado a Europa para perfeccionarse en los Cuerpos Especiales del Ejército Alemán.
Con un bagaje de interesantes conocimientos, regresa y es destinado como segundo jefe del Batallón de Ingenieros de Azul.

Para poder comprender el pensamiento y su entrega a la patria debemos recurrir a sus máximas: “Soy de los que creen que el triunfo es siempre obra del carácter y de la voluntad, más que de la inteligencia y de la ilustración”.

A partir de octubre de 1912, se produce un punto de inflexión en la vida de Mosconi, al ser nombrado integrante de la Dirección Técnica de la Escuela de Aviación Militar, entablando una sólida amistad con el presidente del Aero Club Argentino el ingeniero Jorge Newbery.

En marzo de 1920, con el grado de coronel, es nombrado director del Servicio Aeronáutico del Ejército: él lo llamará “la quinta arma”.
La labor desarrollada es impresionante, impulsando la aviación civil, creando aeroclubes y en enero de 1922, el Grupo I de Aviación Civil.

En esa época, cumpliendo sus funciones, vive un episodio que lo marca a “fuego” de por vida. Ante la necesidad de compra de combustible, Mosconi envía a un oficial con la orden de compra a la oficina de la Wico, pero el gerente de la compañía le responde que no le entregaría la nafta de aviación, si antes no erogaba el importe correspondiente. Seguramente, Mosconi se pregunta de qué vale tener un ejército organizado si se carece de soberanía para usar recursos que provienen del país.

El 19 de octubre de 1922 es designado director general de YPF, empresa que recibiera casi en formación y que al renunciar, en 1930, era la más importante en su género de Latinoamérica. Al asumir Mosconi, la empresa era deficitaria, producía 350.000 metros cúbicos de petróleo anuales. En 1925, inaugura la Destilería de La Plata y en 1930, YPF alcanza a producir 900.000 metros cúbicos de petróleo anuales.

Para Mosconi el enfrentamiento con los trusts petroleros internacionales era un hecho de liberación económica, de ejercicio de la soberanía. Deja por sentado que la explotación petrolera argentina abarco todo el proceso de esa industria: extracción, almacenamiento, destilación, transporte y venta.

El pensamiento de Mosconi deja en claro que las empresas mixtas, con 51% de capital del estado y 49% de capital privado nacional, deben tener un presidente y dos directores, nombrados por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado y los accionistas. Con este esquema, Mosconi quiere resistir las presiones de los trusts y alcanzar interesantes beneficios para la empresa nacional.

Al producirse el golpe militar del 6 de setiembre de 1930, que depone al presidente constitucional, don Hipólito Yrigoyen, Mosconi se declara leal al gobierno. Esta decisión se funda en las profundas convicciones democráticas y además, en que el caudillo radical levanta decididamente la bandera de la nacionalización del petróleo. Espera la orden de sofocar la rebelión, con varios jefes de los altos mandos, pero la decisión no llega y el gobierno se derrumba. Inmediatamente, es detenido y luego, en 1933, lo pasan a retiro.

La vida de este patriota se apagó el 4 de julio de 1940, en su casa, que había adquirido con un crédito hipotecario, faltándole pagar aún varias cuotas. Su nombre es bandera de la defensa de los recursos naturales, especialmente del petróleo y su lucha y su trayectoria no han recibido aún los merecimientos que corresponden."

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nagera nagera

juan josé nágera - 1887-1966

Nacido en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, en 1887, desde temprana edad manifestó vocación por los estudios geológicos. Cursó en La Plata y se recibió en 1915, con medalla de oro. Dedicó su vida a estas investigaciones, no sólo por interés científico sino también desde la óptica de la defensa del patrimonio nacional. Una y otra vez sostuvo que “es necesario estimular la investigación científica y explorar geológicamente nuestro país en sus detalles y obtener, si fuera posible, las materias primas necesarias para alcanzar la técnica industrial que poseen las naciones más poderosas de la tierra”. En 1927 publicó en la revista “Humanidades”, de la Universidad de La Plata, su “Doctrina del mar libre”, dirigida a sostener nuestros derechos sobre nuestro mar epicontinental. Luego se desempeñó como subdirector honorario de la Dirección de Minas, Geología e Hidrología, desde donde bregó duramente en defensa de nuestros derechos marítimos. El 11 de setiembre de 1946 vio colmados sus anhelos cuando el gobierno del General Perón sancionó un decreto que establecía que “el mar epicontinental y el zócalo continental argentino pertenecen a la soberanía de la nación”. Más tarde publicó “Buenos Aires subterráneo”, tres tomos nutridos por sus investigaciones acerca del suelo de la ciudad capital. En un artículo publicado en 1979, Enrique Alonso recordó “otros Ángulos de la personalidad de Nágera que merecen ser exaltados: su impulso a las ciencias modernas en la Argentina, sus relevamientos geológicos, su esclarecida y esclarecedora actividad académica, su mapa de la República, su campaña para que llegáramos a tener cien geólogos, su propuesta de implantar una Escuela Nacional Central de Minería, su exhortación para alcanzar la técnica industrial de las naciones más poderosas, su devoción por los pioneros de la ciencia en el país, el carácter honorario de muchos de sus hazañosos trabajos”. Salvo un monumento que le erigió la comuna de Gualeguaychú, en el parque Unzué, Nágera no ha recibido aún, a nivel nacional, el reconocimiento merecido.

N. GALASSO – LOS MALDITOS – VOL. III – Pág. 132 Ediciones Madres de Plaza de Mayo -

Publicado por: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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