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JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO; GANAR EL FUTURO: CUATRO DESAFÍOS PARA EL PROGRESISMO Y LA IZQUIERDA  

 
 
ÍNDICE DE LIBROS Y TEXTOS PARA LEER Y ANALIZAR
* "Actualización Política y Doctrinaria para la Toma del Poder" - JUAN DOMINGO PERÓN * "Apuntes para la Militancia" - JOHN WILLIAM COOKE * "Campo Santo" - FERNANDO ALMIRÓN
* "La Formación de la Conciencia Nacional" - JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ ARREGUI * "La Razón de mi Vida" - MARÍA EVA DUARTE DE PERÓN * "La Revolución de Mayo" - NORBERTO GALASSO
* "Manual de Zonceras Argentinas" - ARTURO JAURETCHE * "Mi Mensaje" - MARÍA EVA DUARTE DE PERÓN * "Plan Revolucionario de Operaciones" - MARIANO MORENO
* "La Lucha por la Liberación Nacional" - JOHN WILLIAM COOKE * "Peronismo e Izquierdismo" - ARTURO JAURETCHE * "La Patria: usada, tergiversada, incomprendida - NORBERTO GALASSO
* "Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra" - ANÁLISIS LITERARIO POR DAVID VIÑAS * "Peronismo y Liberación Nacional" - NORBERTO GALASSO * La Historia de Rodolfo Galimberti - GISELA MARZIOTTA
* Osvaldo Bayer, Notas, Entrevistas, etc. * "Los que luchan y los que lloran" - JORGE RICARDO MASETTI

* Aportes para una crítica del reformismo en Argentina - J.W. COOKE

* Trelew, un dolor clavado en la memoria * José Pepe Mugica, "Los desafíos de la democracia" (Suplemento especial de Página 12) * Dilma Rousseff, Estados Unidos, China y América Latina (Suplemento especial Página 12, 16/8/2021)
* Feminismo Popular - ELIZABETH GOMEZ ALCORTA * La globalización neoliberal en crisis - ÁLVARO GARCÍA LINERA * Ganar el futuro: 4 desafíos para el progresismo y la izquierda - JOSÉ LUIS RODRIGUEZ ZAPATERO
* Lawfare, poder punitivo y democracia - RAÚL ZAFFARONI    
 

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO; GANAR EL FUTURO: CUATRO DESAFÍOS PARA EL PROGRESISMO Y LA IZQUIERDA  
Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

Quiero comenzar con una especie de declaración de principios. Siempre me he aproximado a Latinoamérica con respeto y humildad. Esto forma parte de mi filosofía política. La historia nos ha demostrado, y mi experiencia personal también, que en demasiadas ocasiones y en demasiados momentos decisivos trascendentales, hay una aproximación a los países latinoamericanos, con una visión de superioridad y de lejanía, con una visión equivocada. Para mí, la política es ante todo un ejercicio de conocimiento desde los valores. He procurado conocer y acercarme a Latinoamérica con esa humildad y ese respeto.

Esta es una región joven. Sus naciones tienen 200 años de independencia, después de un proceso de colonización, con avatares, en búsqueda de su identidad y de su futuro, en búsqueda de democracias y procesos participativos y con demasiados regímenes autoritarios. La lista de golpes de Estado en Latinoamérica es excesiva y produce fatiga histórica y fatiga moral. Esta es una región con una fuerte influencia de la primera potencia del mundo. Diversos países en diferentes momentos han venido condicionando el libre futuro y el libre desarrollo de Venezuela y de toda Latinoamérica. Y digo Venezuela porque quizás ha sido, en los últimos tiempos, ese objetivo geopolítico tan decisivo en donde se han disputado las pretensiones y las grandes aspiraciones de muchos de los poderes más importantes del mundo, frente a lo que ha podido ser, con errores, una expectativa de cambio y de transformación.

Es un continente joven en todos los sentidos: naciones jóvenes, poblaciones jóvenes y por tanto con un gran futuro. Es un continente con fuertes recursos, con materias primas, con una gran diversidad, una gran homogeneidad. Si uno hace un repaso de las distintas regiones del mundo, apreciará que hay pocos continentes con tantas dimensiones en común como Latinoamérica a lo largo y ancho de todos los países que la integran. Hay raíces indígenas, una geografía abrumadora, recursos materiales y materias primas impresionantes y, lo que es más importante para mí, hay un importantísimo número de jóvenes y mujeres que han decidido tomar el futuro, ganar el futuro para que la historia de desigualdades e injusticias sociales en Latinoamérica escriba unas páginas distintas.

Cuatro principios para un programa común de los progresismos y las izquierdas latinoamericanas

Sabemos que la tarea de ganar el futuro cuesta décadas y está llena de altibajos. Sin embargo, creo que América Latina tendrá en el siglo XXI sus mejores realizaciones democráticas y sociales. Ahora estamos en un momento muy condicionado por la crisis de la pandemia y por lo que ha sido la política de la administración de Donald Trump hacia la región. Dos factores que quizá no nos dejan ver con claridad cuáles van a ser los ritmos de construcción del futuro inmediato.

La grave crisis que estamos viviendo trae consecuencias muy claras. La primera es que todas las crisis que vamos a vivir en el siglo XXI, y por tanto todas las esperanzas del presente siglo, serán globales. La crisis del 2008 fue una crisis global, así como lo es la crisis de la pandemia de Covid-19, y también lo es la gran crisis del cambio climático que enfrentamos. Ninguna fuerza de izquierda, ninguna fuerza progresista, podrá actuar de forma efectiva si no tiene una visión amplia y precisa de los grandes movimientos que van a condicionar las políticas nacionales y globales en el futuro inmediato. Por ello seré directo: si fuera un dirigente político de la izquierda latinoamericana, mi primera tarea, mi primer compromiso, sería lograr una plataforma común de todas las fuerzas progresistas y de izquierda en América Latina. Si yo fuera un dirigente latinoamericano y me preguntaran cuáles son nuestros principales desafíos, mencionaría cuatro que considero que son imprescindibles en un programa común de la izquierda latinoamericana.

El primero de ellos es la integración, la unión latinoamericana. América Latina es una región homogénea con necesidades sociales, con una gran desigualdad y que está frente a un mundo con un poder financiero, económico y tecnológico global, y que tendrá frente a sí o a su lado potencias como Estados Unidos, China o la Unión Europea. Solo la voz unida de Latinoamérica tendrá fuerza, no exclusivamente ante el mundo, sino ante cada uno de los latinoamericanos y las latinoamericanas, si logramos abrir un proceso efectivo de integración. La izquierda, el progresismo, debe trabajar con el ejemplo, creyendo y construyendo esa gran unidad Latinoamérica, promoviendo la confluencia de las fuerzas progresistas en un programa común de integración política, económica y social.

En segundo lugar, la defensa activa del multilateralismo. 
Vivimos en un mundo que exige respuestas multilaterales a sus principales problemas y desafíos. Creo que la peor respuesta que la izquierda podría dar a esta disyuntiva crucial de la historia, en esta pospandemia que va a definir el siglo XXI, sería tener un reflejo nacionalista. Debemos reforzar y afirmar ese carácter internacionalista que ha escrito las mejores páginas de la izquierda en la historia. La defensa del multilateralismo, de las instituciones internacionales y, por supuesto, la reforma de los organismos internacionales como Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, teniendo la perspectiva del nuevo mapa geopolítico existente, donde el peso político y económico se está desplazando a Asia, con esa potencia emergente que es China.

Occidente, Estados Unidos y Europa, tendrán que asumir urgentemente la nueva realidad multilateral, el nuevo proceso geopolítico global y relanzar nuevas instituciones. Si Estados Unidos o la Unión Europea se encierran en sí mismos y ven a China y a los otros grandes actores de Asia solo como rivales, seguramente tendremos un siglo XXI con graves grietas, un siglo en el que no se realizarán los deseos de muchos de los pueblos del mundo. Si esto sucede, Europa y Estados Unidos enfrentarán grandes dificultades, lo que podría ser una decadencia anunciada. Creo que esa es la visión que el conjunto de la izquierda de Latinoamérica debe tener, ponerse de pie, mirar al mundo y compartir que es importante que haya programas de izquierda en Perú, en Argentina, en Chile, en cada país de la región, y, por supuesto, que las fuerzas progresistas se unan en coaliciones. La auténtica credibilidad de la izquierda y del progresismo está asociada a lograr un programa común, con unidad regional y de defensa del multilateralismo, donde cuestiones como los bienes públicos globales o el control del sistema financiero internacional deberán reformarse desde nuevas ideas. Estas ideas deben transformarse en compromisos políticos efectivos de las fuerzas políticas progresistas y de izquierda.

En tercer lugar, la gran prioridad de Latinoamérica debe ser abolir la miseria y la pobreza. 
No hay ningún motivo que pueda unir más a los progresismos y a las izquierdas de América Latina que la cuestión social, la lucha por la igualdad y la reducción de las desigualdades. Tengo el convencimiento de que, en un programa común, se multiplicarán las adhesiones y los apoyos sociales, electorales, de colectivos y sectores que hoy están fragmentados y a los que hay que presentarles una alternativa política sólida y creíble. Para abolir la miseria y la pobreza extrema necesitamos Estados sociales. Y para hacer Estados sociales necesitamos Estados que tengan viabilidad económica y capacidad financiera. En este mundo global de los mercados abiertos, solo lo lograremos si se unen los Bancos Centrales de los países y se unen las políticas económicas para establecer una fiscalidad justa y necesaria. Las élites de Latinoamérica tienen que entender que sin cohesión social y sin justicia social no habrá países que tengan estabilidad, no habrá sociedades en donde se realicen los valores de la democracia representativa, los valores fundamentales de lo que supone la convivencia y unas democracias con separación de poderes, representatividad y libertades individuales. Este reto es fundamental y la experiencia que hemos tenido muestra que la mayoría de los países en Latinoamérica tienen una capacidad fiscal limitada que restringe extraordinariamente sus políticas sociales.

El anhelo de los socialistas, la protección de cada ser humano desde la cuna a la tumba; es decir, el acceso a la educación sin restricciones tengas o no tengas fortuna económica, la protección hasta los últimos días de tu vida con una pensión digna, el derecho a la salud universal, el apoyo a las personas con dependencia y los derechos laborales de protección social frente al infortunio, solo se podrá realizar si hay una visión integral para Latinoamérica. 
Se requiere una política fiscal que permita la recaudación de entre 35% y 40% del Producto Interior Bruto de cada país y del conjunto de Latinoamérica. He llegado a esta conclusión luego de mucho tiempo, después de saber que ese compromiso fiscal que se ha logrado en Europa occidental, se alcanzó, básicamente, porque hay un proyecto común que se llama “Unión Europea”. Si pensáramos en una Unión Latinoamericana, tendríamos mucha más capacidad para limitar ese gran drama que existe en región: muchos de los capitales que se generan y producen acaban fuera de América Latina y, cuando hay dificultades, no retornan en inversión, no vuelven a aportar las divisas necesarias y suficientes. Insisto que habrá muchas dificultades en cada país para tener esa robustez y solidez en lo fiscal y un Estado redistributivo que, por supuesto, ha de respetar todas las condiciones básicas de transparencia y sometimiento a la ley, porque hasta las políticas sociales necesitan la máxima seriedad y el máximo ejercicio de responsabilidad pública.

Las derechas pretenden ganar y donde ganan lo han hecho alimentando las desigualdades, o mirando hacia otro lado, considerando las desigualdades como algo inevitable o natural que explica esa gran división social que, en algunos países, tiene componentes supremacistas. Por tanto, nuestra razón de ser, la razón de ser de los y las progresistas es rebelarse y actuar contra estas desigualdades. Como consecuencia de la pandemia sabemos que se van a incrementar en millones el número de personas que van a pasar a la pobreza extrema, y esto debería de ser el mayor catalizador para todos los partidos políticos y líderes progresistas de izquierda en Latinoamérica. Deberían sentarse y unirse para hacer un programa común que permita llevar a Latinoamérica a esa segunda etapa después de su independencia y de consolidación de las naciones jóvenes, un salto más allá en el proceso civilizatorio de la historia a partir de la convocatoria a una gran unidad, defensa del multilateralismo, igualdad social y políticas fiscales con redistribución.

En cuarto lugar, la izquierda y el progresismo deben ser los grandes promotores de los derechos civiles, de los derechos sociales y de la libertad. 

No habrá en Latinoamérica una alternativa convincente y contundente desde la izquierda y el progresismo, si no convertimos al feminismo en un factor que nos identifique, que nos una y que nos sume. La izquierda debe rendir homenaje al feminismo. El feminismo ha transformado conciencias, ha abierto ventanas, ha liberado mentes, ha permitido que mujeres y hombres nos sintamos más libres, más felices, con más capacidad para resolver los grandes problemas de nuestras vidas y ha aportado una idea profunda de justicia que nace cuando uno abraza la igualdad y mira la historia denunciando tanta injusticia. La izquierda debe afirmar que la mayor discriminación que la historia ha dado es la discriminación que han sufrido las mujeres y aquellas personas que han optado en sus vidas por amar a quien quieren, por defender su libertad individual, por tener una vida abierta, una visión nueva, constructiva, enriquecedora, donde no se imponga ninguna doctrina, ninguna moral, donde la libertad sea una libertad auténtica, profunda sin límites, sin normas, que la limiten en aquello que es la expresión más profunda de cada uno de nosotros. El machismo es uno de los frenos más lacerantes del progreso de la historia. 

El machismo es incompatible con la izquierda y con el progresismo, con una visión de la igualdad y con un afán por la justicia.

Los nuevos derechos sociales abren un gran abanico para potenciar a la izquierda, como el derecho a la intimidad frente al desarrollo tecnológico, la reivindicación de cada uno de nosotros como los actores clave de una sociedad que no puede ser una suma de datos acumulados por una empresa. Somos algo más que cien, mil o mil quinientos datos. Somos seres conscientes, con libre albedrío, con aspiraciones, con sentimientos y con ganas de vivir. Vamos hacia una sociedad donde esos nuevos derechos deben formar parte esencial de un proyecto y de una propuesta de izquierda.

Otros derechos nuevos son los ambientales, que han empezado a tener un papel importante en la historia. La izquierda debe liderar la lucha contra el cambio climático, lo que representa el derecho a la vida y a la diversidad, el derecho de cada uno de nosotros a mirar la tierra, al planeta, nuestro ambiente, con capacidad de decidir. Tenemos y debemos tener capacidad de decidir sobre nuestro entorno, sobre el consumo de la energía, sobre la biodiversidad. Esa capacidad solo nos la pueden las leyes, el Estado y la acción política. Pero ha de promoverse desde una fuerza común. Este es un campo extraordinariamente rico, es la nueva frontera de la izquierda, la más ambiciosa y la que más voluntades puede conquistar. Es la frontera que produce las realizaciones más auténticas de lo que representa tener una visión progresista de la vida: dejar que cada uno sea libre, combatir y rechazar cualquier discriminación contra una mujer, permitir que cada joven pueda decidir sobre cómo quiere que sea el consumo de la energía, o sus derechos ambientales y saber que podemos hacer una sociedad donde no seamos un cúmulo de datos sino que las estadísticas y la inteligencia artificial sean un aporte a la dignidad de los seres humanos, a la abolición de la pobreza, y, por supuesto, a la expectativa de una sociedad más justa.

Esos serían para mí los cuatro grandes planteamientos, los cuatro grandes objetivos de la izquierda. Pero tenemos que ser muy claros, y lo he vivido en mi experiencia política: si nosotros no somos coherentes con esos planteamientos será difícil que tengamos el respaldo popular. Si nosotros no demostramos que lo que decimos se parece a nosotros, no tendremos la confianza de la gente. Será un proyecto lábil, será un proyecto basado en posiciones superficiales. La derecha está en otras cosas siempre, está en lo inmediato, está en la economía para algunos. Pero es la izquierda la que tiene que estar en las transformaciones profundas, en las transformaciones de fondo. Lo que supuso en su día la Declaración de los Derechos del Hombre, la negación de la discriminación, la abolición de la esclavitud, que para mí es un periodo tan importante de la historia, ese es el potencial que contempla Latinoamérica.

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El presente texto es una adaptación de la clase que José Luis Rodríguez Zapatero realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentada por Pablo Gentili. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global
El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Pueblael Observatorio Latinoamericano de la New School Universityel Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.
Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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RAÚL ZAFFARONI : LAWFARE, PODER PUNITIVO Y DEMOCRACIA 
Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

“Lawfare” es una expresión paralela a “warfare”, utilizada para referirse a una guerra jurídica. Existe la impresión de que se trata de un fenómeno nuevo. Aunque, en alguna medida presenta características novedosas, si lo vemos desde la perspectiva general del derecho penal, no lo es.

Hay que distinguir el derecho penal auténtico o verdadero del derecho penal vergonzante. El derecho penal verdadero es aquel que ha servido a lo largo de la historia para contener las manifestaciones de ejercicio irracional del poder punitivo. El derecho penal vergonzante deriva de la Inquisición y se extiende también hasta hoy. Los penalistas, desde siempre, han destacado y reconocido la importancia del primero y ocultado la existencia del segundo. Nosotros nos creemos hijos de Beccaria, de Sonnenfelds, del Iluminismo. Pero no de la Inquisición. No conozco ningún instituto de derecho penal que se llame «Torquemada», por ejemplo, o que tome los nombres de los inquisidores o sus teóricos. Es decir, hay un derecho penal verdadero, que es aquel que sirve justamente para que no se desboque el poder punitivo, y un derecho penal vergonzante, que es aquel que se presta al desbocamiento, al desborde del poder punitivo.

Este derecho penal vergonzante descuartiza al derecho penal verdadero y aparece cíclicamente en la historia. El poder punitivo siempre ha tratado de ampararse en la amenaza de un mal cósmico que pone en peligro a la humanidad con grandísimos desastres, inclusive, con hacernos desaparecer. Cuando enfrentamos un peligro que pone en riesgo nuestra propia existencia, la reacción contra ese mal no debe tener límites. Así, los que desmienten la magnitud del mal o los que lo ponen en duda, se vuelven nuestros peores enemigos, porque deslegitiman la autoridad del que quiere ejercer ese poder punitivo de un modo ilimitado.

Lo grave es que, cuando ese poder punitivo se desborda, ¿quién lo ejerce? Una de las ilusiones que sufren los penalistas y muchos jueces es que son ellos quienes ejercen poder punitivo, y esto es mentira. A partir de ahí, empieza toda la confusión. Basta pararse en la acera de cualquier tribunal del mundo para darse cuenta de que, cuando bajan personas esposadas de un coche oficial, a esas personas no las salieron a buscar los jueces, los fiscales ni los abogados. No fueron ellos, los seleccionó la policía.

Lamentablemente, el poder punitivo descontrolado, que tuvo lugar en todo el mundo en el siglo pasado, cobró muchos millones de víctimas. Son muchas más las víctimas estatales de ese poder punitivo que la suma de todas las víctimas de los homicidios de iniciativa privada. Esas personas fueron victimizadas por las agencias que se suponía que tenían el deber de preservar nuestras vidas, nuestros bienes, nuestra libertad y nuestros derechos.

Si desaparecieran todos los penalistas, los jueces y los tribunales, el poder punitivo no desaparecería con ellos: por el contrario, se expandiría ilimitadamente. Así sería porque no existiría contención jurídica. Cada genocidio no ha sido más que una expansión del poder punitivo sin control jurídico.

Construimos sistemas allí donde interpretamos las leyes en forma racional, no contradictoria, y pretendemos que los jueces eleven eso a jurisprudencia a través de sentencias. Cada sentencia es un acto de un poder del Estado. Si es un acto de un poder del Estado, entonces es un acto político, un acto de gobierno de la polis.

Así, se usan amenazas de males cósmicos, a lo largo de toda la historia, para desarmar la verdadera función de contención del poder punitivo, que no es otra que la función de prevención de genocidios, en definitiva. A lo largo de la historia nos han amenazado con infinitos males cósmicos de diversa naturaleza, como las brujas, lo maligno, los herejes, la sífilis, la degeneración, el comunismo internacional, la droga o el alcohol. Podemos verificar que, en función de esas amenazas, se ha ejercido poder punitivo ilimitado. Se ha matado muchísima gente: a millones y millones.

Cabe preguntarse ¿alguna vez ese ejercicio de poder punitivo nos ha librado de algún mal? No. Algunos de los males cósmicos no eran tan cósmicos, o desaparecieron, o se diluyeron. A la sífilis se le encontró la cura en la penicilina, el comunismo internacional implosionó, y otros siguen siendo problemas, como el alcoholismo. Pero nunca ese poder punitivo resolvió ninguno de los males cósmicos que tomó como pretexto para expandirse, lo cual significa que siempre estuvo al servicio de otros intereses y que ha sido una permanente estafa, presente a lo largo toda la historia de la humanidad. Una estafa muy grave que reincide a lo largo de siglos.

Se vuelve a caer en la misma trampa. Nuestra civilización se comporta como aquel necio que todos los días cae en el timo del gato. Reiteramos el mismo error: creer que el poder punitivo nos va a resolver algún problema, que va a atacar algún mal cósmico que nos amenaza con destruirnos. Así fue a lo largo de mil años y así llegamos a este momento en esta región del planeta, en nuestra América Latina, región que lleva 500 años de resistencia contra el colonialismo.

El colonialismo se propagó a través de estafas diferentes. Primero, la originaria, un acuerdo con nuestras oligarquías nacionales. Luego, cuando los movimientos populares desarmaron o debilitaron a las oligarquías nacionales, se alienó a los oficiales de nuestras Fuerzas Armadas con la ideología de la Seguridad Nacional, la cual “nos iba a liberar del comunismo internacional”. Cada uno de estos males cósmicos venía entramado en una ideología que nos iba a ofrecer el «paraíso cósmico», esa suerte de ideología de racismo spenceriano: íbamos a ser todos inteligentes de cabeza grande después que se eliminara a todos los de cabeza chica. Esa ideología de volver a la sana comunidad germánica, aria, con un sentido innato de justicia; o bien lograr el igualitarismo perfecto después de la dictadura estalinista.

Muchos se prestaron a eso y descuartizaron el derecho penal. El tribunal del pueblo, el Volksgerichtshof nazi; Roland Freisler, ese payaso disfrazado de juez; Kuczynski, en las purgas estalinistas del ‘38. No es nuevo que alguien se ponga al servicio de la destrucción del derecho penal verdadero para construir un derecho penal vergonzante.

Pero el derecho penal verdadero tiene la virtud de renacer, esa virtud que tenía algún ente imaginario de la mitología que se podía reproducir de cualquier pedazo que quedase o que podía recuperar la cabeza si lo decapitaban. Así, el derecho penal verdadero crece de la innata pulsión de libertad de los hombres, de las mujeres y de los pueblos. Nunca logran matarlo del todo; en algún momento, crece.

En nuestra región se han producido, en todas esas etapas, momentos de sístole y diástole, momentos de altísima represión. El poder punitivo de nuestra región, por regla general, no fue formal. No pasaron a través de jueces la esclavitud ni la explotación que casi extingue a nuestras poblaciones originarias. Fuimos ocupados policialmente en el colonialismo originario. Luego, en el neocolonialismo cundieron todas las teorías biologicistas y racistas. Nuestras oligarquías pretendían estar llevando a cabo una labor humanitaria, porque eran los visionarios de la civilización frente a pueblos de indios mestizos, negros, mulatos y zambos a los que no podían dejar que se gobernaran porque todavía “no tenían la cabeza grande”, como decía Spencer. Entonces, ellos venían a cumplir esa benéfica labor de gobernar a la masa informe que todavía no había adquirido conciencia. Su ejercicio de poder punitivo era, fundamentalmente, policial. No menos genocida que el primario: a veces igual o más genocida. Después, vinieron movimientos populares a partir de la revolución mexicana del año ‘10, a partir de esa tragedia que fue, en el siglo XX, la más grave de las guerras civiles de la región. A partir de entonces, surgen gobiernos populares y vienen las resistencias a esos gobiernos.

Los gobiernos populares, seamos sinceros, pudieron a veces cometer errores, a veces ser autoritarios y a veces paternalistas. Pero todos los errores juntos de los gobiernos populares del siglo pasado empalidecen frente a las atrocidades que se cometieron para contener la ampliación de la base de ciudadanía real que esos gobiernos posibilitaron. Si sólo me limito a la de mi país, Argentina, puedo mencionar el golpe de estado del ‘55, la derogación de una Constitución Nacional por bando militar, convocatoria a una Asamblea Constituyente invocando poder revolucionario, fusilamiento por delito político sin proceso, proscripción del partido mayoritario durante 17 años, y la lista podría seguir. Se empleó el poder judicial para estigmatizar a nuestros líderes. Recuerdo nombres de jueces, algunos de los cuales, en aquellos años, todavía me enseñaban historia constitucional en la facultad. Lo recuerdo perfectamente. El odio y el desprecio hacia todo lo popular. La consideración de los líderes populares como corruptos y como inferiores, porque se supone que son apoyados por personas a quienes “todavía no les creció la cabeza”. Esta es la verdadera historia del “gorilismo”, del odio a todo lo popular.

El programa del neocolonialismo financiero

Hay algunos elementos nuevos en esta etapa de colonialismo en la que nos encontramos, porque enfrentamos un nuevo orden de poder planetario. La economía se ha financiarizado y las corporaciones del hemisferio Norte hoy tienen como rehenes a los políticos. No sufrimos el mismo imperialismo anterior, que era una empresa política encabezada por gobernantes en favor de su establishment. Ahora, los políticos del hemisferio Norte son lobbistas de las corporaciones transnacionales, y las corporaciones transnacionales no están manejadas por los dueños del capital, como en el viejo capitalismo productivo. Las conducen los chief executive officers (CEOs), tecnócratas que, si no cumplen la misión de conseguir la mayor ganancia en el menor tiempo, son desplazados. De este modo, no tienen ningún poder de negociación, la única alternativa es obtener el máximo de ganancia en el menor tiempo, a toda costa.

Así, van cayendo obstáculos éticos y legales, dando forma a este totalitarismo financiero que tiene una naturaleza criminal. Comenten macro-estafas, como la del 2008; llevan a cabo el vaciamiento y endeudamiento de Estados mediante administraciones fraudulentas, como sucedió en mi país; destruyen economías; realizan extorsiones como lo son todas las perpetradas por los holdouts; y son responsables de ecocidios que están poniendo en peligro la subsistencia de la especie humana en el planeta. La pandemia que estamos viviendo no es “porque a un chino se le ocurrió comerse un murciélago”. Es por los desequilibrios ecológicos que estamos causando y las transformaciones que provocan a nivel microscópico, que es donde nació la vida. Manejan y desconciertan a nuestras poblaciones a través de monopolios y oligopolios mediáticos que asumen, en esta nueva versión totalitaria, la función de los viejos partidos únicos. Son partidos únicos. Basta encender la televisión y escuchar a un comunicador para darse cuenta de que es un político en acción: están en permanente campaña. ¿Para qué? Para fabricar candidatos-virreyes que destruirán la economía a través del endeudamiento. Ese es el neocolonialismo que estamos sufriendo en las últimas décadas.

¿Cómo maneja el poder punitivo el neocolonialismo? Primero, lo debe dirigir contra los excluidos, porque debe imponer un modelo de sociedad llamado “30-70”: 30% incluido, 70% excluido. Hay que contener al 70% excluido. Pero, también lo va a dirigir contra todo aquel que pueda obstaculizar sus intereses: políticos y dirigentes populares. Por esto los representantes del neocolonialismo se presentan como la antipolítica, porque “todos los políticos son corruptos”: el nuevo mal cósmico es la corrupción. En contraste, ellos son los impolutos y virginales que no son políticos. Ese es el discurso que se transmite en los monopolios y oligopolios mediáticos, estos partidos políticos únicos en permanente campaña.
También inventan una casta de parias en cada país, de la cual todos los demás tienen que distinguirse. Para hacerlo, ellos mismos recomiendan adoptar los lenguajes y los usos de las clases hegemónicas. Entonces, tenemos desconcierto en las clases medias, que reproducen discursos ridículos imitando a los sectores hegemónicos.

Además de todo esto, consiguen el apoyo de clases populares. ¿Cómo lo hacen? A través del poder punitivo. Muchas compañeras y compañeros piensan que el 70% destruido se podrá controlar con tanques de guerra, rodeando favelas, pueblos jóvenes, barrios precarios, villas miserias o bien con los cosacos del Zar. Pero, los cosacos del zar no existen. Lo que sí existe son los campos de concentración que tenemos en toda nuestra región y que suelen llamarse cárceles o institutos penitenciarios, donde hay una superpoblación del orden del 200% al 300%. Estos campos de concentración son manejados por los capos de alguna organización más o menos delincuencial que normalmente toma el control interno. Ahí sumergimos a pequeños ladroncitos.

Nuestra población penal debe tener un 20% de sujetos por homicidios, violaciones y otros crímenes graves como máximo. El resto es pequeña delincuencia de supervivencia. Fundamentalmente delito contra la propiedad, muchos de ellos ni siquiera violentos. Se sumerge a un adolescente ahí, se le hace una carrera previa de exclusión de la escolaridad mediante su inserción en cárceles de menores. Se lo tiene ahí encerrado algún tiempo, porque la mitad de nuestra población penal está en prisión preventiva, es decir, es una población flotante. Después de humillarlo, subestimarlo, modificar su subjetividad y entrenarlo para que el día que salga siga robando, se lo pone en la puerta con un certificado de incapacidad laboral absoluta. ¿Qué es lo que hace luego? Aquello para lo cual se lo entrenó: roba. ¿A quién le roba? A sus vecinos, porque el ejercicio del poder punitivo es selectivo en la criminalización, pero también en la victimización.

Cuanto más pobre se es, más riesgo de victimización se corre. Los vecinos, naturalmente, se sienten agredidos y ¿qué hacen? Reclaman más poder punitivo. Ese es el método: hacer que los propios excluidos pidan poder punitivo. Así se explica la contradicción de por qué algunos sectores sociales votan virreyes. Por otra parte, el mecanismo es muy funcional para desarmar el sentimiento de comunidad de los excluidos y para impedir la organización, el diálogo y, por ende, que tomen conciencia de la situación y del segmento social al que pertenecen, dificultando que tengan una conducta política coherente con su situación.

Cuando uno ve cómo se ha producido esta superpoblación penal que ha convertido a nuestras cárceles en campos de concentración y se da cuenta que es un fenómeno que se ha ido desarrollando a lo largo de 30 o 40 años, se pregunta ¿esto es sólo obra de los virreyes? No, pasaron todos los colores políticos. Los propios movimientos populares se encontraron amenazados por los partidos políticos únicos, que son los medios monopólicos y oligopólicos, y respondieron a los reclamos de esos medios. Así, fue aumentando la concentración en estos campos. No quiero mencionar ningún país en particular, pero sí resaltar que hay algunos donde este aumento ha sido del 7% anual acumulativo.

Esto ha llegado a un límite, que es cuando se convierte en un problema de verdadera seguridad para el Estado. Cada vez vamos teniendo mayores proporciones de nuestra población que banalizan la cuestión penal y, al mismo tiempo, se autonomizan las policías, que empiezan a recaudar por su cuenta y adoptan ciertas simpatías y conductas letales, como fusilamientos sin proceso. Los jóvenes marginales se refugian en formas más organizadas, generan condiciones mafiosas de ejercicio de poder punitivo al margen de los jueces y también recaudan fiscalmente. Surgen grupos paramilitares, milicias que también cobran impuestos y ejercen poder punitivo por su cuenta. Toma lugar el caos social, hasta que a algún genio que está en la cúpula del poder se le ocurre bajar las fuerzas armadas a función policial. Como no tienen preparación, cometen errores y pierden el respeto de las poblaciones. Se debilita al Estado en cuanto al monopolio del poder punitivo y de la recaudación fiscal y en cuanto a la defensa nacional.

¿Qué mejor para el colonialismo que Estados debilitados? Ese es el programa. En este programa tiene que ser parte, naturalmente, la criminalización de los líderes populares. No cabe duda. ¿Cómo se logra? A través de un ménage complicado en el que participan algunas minorías judiciales y del Ministerio público junto a formadores de opinión de los medios monopólicos, espías de los servicios de inteligencia — que nunca sabemos el servicio de quién están — y algún policía corrupto. Este ménage da por resultado procesos inválidos. Se armaron tribunales mediante el traslado de jueces. Como si fuera un ajedrez, se pusieron las piezas. En Argentina, tuvimos un presidente que dijo “quiero judiciales independientes que me controlen”. Yo nunca confío mucho en los ejecutivos que dicen esto, a nadie le gusta que lo controlen. En contraste, hubo un Ejecutivo que tuvo la rara y muy original sinceridad de decir “quiero jueces propios”. Tuvimos un proceso por traición a la Nación, cuando nosotros tenemos definida esta figura en la Constitución Nacional, donde se establece que sólo puede considerarse traición a la Nación un acto en caso de guerra. Nunca tuvimos guerras, salvo la de Malvinas. Cuando correspondía excarcelar, es decir, hacer cesar la prisión preventiva de algunos dirigentes populares, se inventó una teoría: no se puede excarcelar porque todo corrupto que estuvo en el poder queda con vínculos residuales.

Ese es el método que se usó. Podría seguir con muchos casos de prevaricatos claros, sentencias contrarias al derecho, sentencias sin pruebas, explotación del concepto de asociación ilícita, clonación de procesos. Ni hablar de la situación de Milagro Sala, una dirigente popular de la provincia de Jujuy, cuyo gobernador no tuvo mejor idea que enviar, en la primera sesión de su Legislatura tras asumir la función de gobernador, una ley ampliando el Tribunal Superior de la provincia, generando vacantes que ocuparon dos diputados de su partido que renunciaron a sus bancas y que habían votado la ampliación. Milagro Sala hace 5 años que está, hoy con arresto domiciliario, pero porque lo ordenó la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Nuestros poderes judiciales, en general, participan minoritariamente en el lawfare, en esta persecución política. Son pocos los jueces que participan en esto. Creo que, algunos porque quieren lograr fama; otros porque quieren ascender más rápido dentro de las jerarquías de los poderes judiciales, hacer carrera; otros porque creen que es la forma de dar el salto a la política; otros por complejos de inferioridad. Se dan cuenta que no tienen poder y acercándose al poder de turno se sienten poderosos. Motivaciones bastante patológicas todas ellas. No digo que sean enfermos, pero son motivaciones bastante neuróticas. Son una minoría. La gran mayoría de nuestros jueces permanece indiferente y ahí está su pecado, porque la minoría ensucia al resto que se refugia en el silencio y coopera por omisión, lo cual es una cooperación importante en esas circunstancias.

Creo que, en la región, esto tiene que hacernos repensar. Hay una lucha por la recuperación de la política y de nuestros movimientos populares; tenemos que seguir adelante con la lucha anticolonial en esta etapa de colonialismo tardío financiero. Parte de esto tiene que ser la toma de conciencia de la función que cumple el poder punitivo y de la necesidad de redefinir los perfiles de los jueces en nuestras estructuras institucionales judiciales. Nos han afectado al neutralizar la verdadera acción de contención del ejercicio del poder punitivo de nuestros propios movimientos populares a través de la amenaza de pérdida de votos, de desprestigio y la acusación a nuestros líderes de cómplices y de ladrones por parte de los partidos políticos únicos – los medios de comunicación monopólicos.

Se ha permitido la criminalización de líderes y dirigentes mediante deformaciones institucionales de nuestros poderes judiciales y del deterioro y la degradación de los perfiles de los jueces.

En gran medida, esto no se debe descargar solamente en los jueces, que no nacen de incubadoras: los formamos en las academias. En consecuencia, carguemos cada uno con la parte de responsabilidad que le incumbe en esto. En ese sentido, carguemos nosotros, los académicos, con la pregunta acerca de qué derecho penal, y qué derecho en general, estamos enseñando. ¿Qué teorías jurídicas estamos enseñando? A veces tengo la sensación de que lo que se enseña son teorías jurídicas normativistas cerradas a cualquier dato de la realidad, que para lo único que sirven es, justamente, para el silencio de las mayorías judiciales y para legitimar, racionalizar o neutralizar valores de la mayoría de los poderes judiciales.

Tengamos todo esto en cuenta, porque es parte de una lucha que tiene 500 años, que vamos a seguir llevando adelante, y en la que nuestros pueblos no se van a quedar quietos.

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El presente texto es una adaptación de la clase que Raúl Zaffaroni realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentado por Ricardo Lodi Ribeiro. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global

El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Pueblael Observatorio Latinoamericano de la New School Universityel Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.
Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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ÁLVARO GARCÍA LINERA: LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL EN CRISIS
Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

Vivimos la articulación imprevista de cuatro crisis que se retroalimentan mutuamente: una crisis médica, una crisis económica, una crisis ambiental, y una crisis política. Una coyuntura de enorme perplejidad y angustia. Pareciera que la sociedad y el mundo hubieran perdido el rumbo, una dirección hacia dónde ir, su destino. Nadie sabe lo que va a pasar en el corto y mediano plazo, ni puede garantizar si habrá un nuevo rebrote o si surgirá un nuevo virus, si la crisis económica se intensificará, si saldremos de ella, si tendremos trabajo o ahorros. Esto da lugar a una parálisis del horizonte predictivo, no solamente en los filósofos, que es algo normal, sino en la gente común, en los ciudadanos y ciudadanas, en las personas que van al mercado, en los trabajadores, obreros, campesinos, en los pequeños comerciantes. El horizonte predictivo es la capacidad imaginada de proponernos cosas a mediano plazo, cosas que muchas veces no suceden, pero guían nuestra acción y nuestro comportamiento. El horizonte predictivo se ha roto, se ha desintegrado. Nadie sabe lo que va a suceder.

La suspensión del tiempo

Es en este sentido que propongo la categoría de un “tiempo suspendido”. A pesar de que suceden cosas, a pesar de que brotan conflictos, problemas, novedades, cada día estamos viviendo una suspensión del tiempo. Hay un movimiento del tiempo cuando hay un horizonte, cuando podemos al menos imaginar hacia dónde vamos, hacia dónde nos dirigimos. Se trata de una experiencia muy desgarradora, una experiencia nueva que estamos viviendo, en el sentido de que no existe una dirección hacia dónde ir, lo cual es angustiante.

La suspensión del tiempo arrastra un conjunto de síntomas y consecuencias. La primera de ellas es lo que podríamos denominar “un ocaso de época”. El mundo está asistiendo al prolongado, conflictivo y agónico cierre de la globalización neoliberal. Estamos en un proceso emergente de desglobalización económica que se ha ido acentuando, pero que comenzó hace cinco o diez años atrás con idas y vueltas. La primera oleada de globalización se dio en el siglo XIX, hasta principios del XX, y la segunda a finales del siglo XX, entre 1980 y el 2010. Esta segunda oleada de globalización ha entrado en un proceso de una deshilachamiento parcial, en un proceso de desglobalización económica parcial. Hay cuatro datos que permiten afirmar esta hipótesis:

Primero, el comercio mundial tenía una tasa de crecimiento, entre 1990 y 2012, de dos a tres veces por encima de la tasa del crecimiento del PIB global. Desde el 2013 hasta el 2020 es menor o, en el mejor de los casos, igual a la tasa del crecimiento del PIB. El comercio, que es la bandera de los mercados globalizados, se ha reducido, según informes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE.

El segundo dato es que los flujos transfronterizos de capital, que entre 1989 y 2007 habían crecido del 5% al 20% respecto al PIB mundial, pasaron a tener una tasa menor al 5% entre 2009 y la actualidad.

El tercer dato es la salida de Inglaterra de la Unión Europea, el Brexit, que ha establecido un límite a la expansión, al menos por el lado de Occidente, de esta articulación de mercado, economía y política europea. Por su parte, Estados Unidos inicia con el gobierno de Trump un proceso gradual de repatriación de capitales bajo el lema “América Primero”. En su gobierno, Trump desplegó una guerra comercial contra China, pero también contra Canadá y luego contra Europa. Destapó viejos fantasmas de seguridad nacional para intentar impedir que China tome el liderazgo mundial y controle la red 5G. Además, el COVID-19 ha acelerado los procesos de reagrupación de las cadenas de valor esenciales, para que no se repitan procesos que se dieron en Europa cuando, entre países supuestamente pertenecientes a la misma unión comercial, se peleaban en la frontera por los respiradores e insumos médicos. Este control les permite no depender de insumos de China, Singapur, México o Argentina, o del país que fuera. Entonces, tenemos un escenario paradójico con China y Alemania aliadas por el libre comercio y Estados Unidos e Inglaterra aliados en una mirada proteccionista de la economía y del mundo. En los años 80, estos dos últimos países encabezaron la oleada globalizadora con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y ahora son sus líderes los que encabezan una mirada proteccionista y los comunistas, a la cabeza de China, los que convocan a todo el mundo a abrir fronteras y a no impedir que la globalización se detenga.

Un último dato de esta desglobalización parcial que estamos viviendo es el documento que acaba de publicar el Fondo Monetario Internacional. Hay un monitor fiscal y un reporte de la economía mundial que presenta un conjunto de recomendaciones sorprendentes, paradójicas, e incluso chistosas viniendo del FMI: “hay que prorrogar los vencimientos de la deuda pública”. Es decir, están proponiendo que los países no paguen su deuda pública, que prorroguen y que establezcan mecanismos de repagos para los siguientes años. No se olviden que el FMI junto con Merkel y el Deutsche Bank fueron los que se impusieron sobre Italia, luego sobre Irlanda y finalmente sobre Grecia, para obligar a que asuman sus compromisos de endeudamiento. El informe sugiere “incrementar los impuestos progresivos a los más acaudalados”, no es el programa de un partido de izquierda radical, es la recomendación del Fondo Monetario. También, propone impuestos “a las propiedades más costosas, a las ganancias de capital, y a los patrimonios”, siendo incluso más radical que algunas propuestas que se habían manejado en los grupos de izquierda del continente. Sigue con “modificar la tributación de las empresas para asegurarse de que paguen impuestos”. Es decir, pide ser más audaces y modificar el sistema tributario porque hay muchos ricos que han evadido los impuestos. Cierra con una sugerencia para la tributación internacional a la economía digital, apoyo prolongado a los ingresos de los trabajadores desplazados e incremento de la inversión pública. Se trata de un programa de reformas que hace un año era impensable, era una herejía que viniera de estos organismos internacionales que funcionan como el cerebro del capitalismo mundial.

Esto está marcando una modificación del espíritu de la época. Algo está cambiando. Se acabó el recetario de austeridad fiscal, la amenaza de que espantar a los ricos imponiéndoles impuestos nos hará perder riqueza y empleos. Hay una modificación de los parámetros epistemológicos con los que este sector del capital mundial estaba mirando lo que se viene en términos de esta articulación de la crisis ambiental, médica, económica y social. Evidentemente, hay un miedo a las clases peligrosas y a los estallidos sociales que está llevando a un cambio de 180º de las posiciones de políticas económicas que impulsan estos ideólogos del capitalismo mundial, y que habían comandado todo el neoliberalismo desde los años 80 hasta el 2020, en términos de reducción del Estado, de la inversión pública, de los impuestos a la gente rica y de apoyos sociales a los trabajadores. No sabemos si será temporal, pero se trata de un giro sustancial.

El desgaste de la hegemonía neoliberal conservadora

Un segundo efecto de este tiempo suspendido es lo que podemos calificar como un estupor y cansancio de la hegemonía neoliberal conservadora implementada en los últimos 40 años. No es que se acabó, puede durar un buen tiempo más, pero ha perdido su capacidad de regeneración, de impulso irradiador y de articulación de esperanzas. El neoliberalismo se mantiene por la inercia, por la fuerza de la herencia pasada. Esto lo visualizamos en la crisis de los instrumentos que habían sido fetichizados para organizar el futuro.

El neoliberalismo utilizó tres instrumentos para crear un relato, un imaginario, falso en los hechos, pero creído por mucha gente sobre quiénes organizaban el futuro: el mercado, la globalización y la ciencia. El mercado globalizado ha mostrado que no es un sujeto cohesionador. Frente a la crisis del virus y a la expansión de los contagios, ningún mercado hizo nada. Al contrario, los mercados escondieron la cabeza como avestruces y lo que salió a relucir como la única y última instancia de protección social fueron los Estados. La globalización, como un ideario de modernización, mejora de la vida y de expansión ilimitada de las oportunidades, ya no tiene la capacidad para contener a los descontentos, para organizar a la gente que tiene miedo ni para calmar las preocupaciones de los angustiados. La ciencia, en la que se depositó de manera imaginada y tergiversada una potencia ilimitada y una capacidad infinita para transformar y resolver los problemas de la humanidad, ahora muestra sus límites. Hay cosas que los humanos no podemos resolver, enfrentar o remontar, fruto de nuestras propias acciones. La ciencia también tiene un horizonte de época, puede resolver muchas cosas y otras no. Se requiere mucho tiempo, esfuerzo, recursos y una modificación de los comportamientos para que la ciencia pueda abarcar y resolver los problemas que estamos ocasionando, especialmente por nuestra manera de haber roto metabólica, orgánica y racionalmente nuestra relación con la naturaleza.

Todo esto significa que la hegemonía neoliberal ha perdido el optimismo histórico. Ya no se presenta ante el mundo como portador de certidumbres imaginadas, horizontes plausibles, conquistables y realizables a mediano plazo. Las certezas imaginadas del futuro se han quebrado y este es ahora el nuevo sentido común. Ahora nadie puede decir cuál es el destino de la humanidad. La humanidad nunca tiene un destino, siempre es una incertidumbre, pero las grandes hegemonías lo que hacen es crear un imaginario del destino de la humanidad. Las ideologías y las hegemonías tienen una facultad performativa: la capacidad de crear lo que enuncian. Esta capacidad es la que perdió la hegemonía neoliberal planetaria porque ya no tiene la fuerza de despertar entusiasmo, crear adherencias duraderas, ni proponer un horizonte factible en el tiempo. Es un momento de cansancio y de estupor hegemónico, un momento que habilita una nueva materialidad de la hegemonía, que se vuelve porosa. Ya no se presenta como un caudal imbatible que va hacia un lado, sino como aguas estancadas, donde se filtran otro tipo de sustancias, otro tipo de elementos. Por lo tanto, estas aguas estancadas de la hegemonía conservadora hablan de la parálisis del horizonte predictivo. Repito: no es el fin ni del neoliberalismo económico ni de la hegemonía neoliberal. Es un momento de cansancio, de agotamiento y debilitamiento que puede arrastrarse incluso todavía años, cada vez con más dificultades, con menos irradiación, con menos entusiasmo, con menos capacidad de generar adherencias duraderas y legitimidades activas.

Ruptura del consenso neoliberal político y económico

La tercera característica de este ocaso es la ruptura del consenso neoliberal político y económico. Desde los años 80, la hegemonía neoliberal pudo desarrollarse en los ámbitos económicos y discursivos porque fusionó dos cosas: la economía de libre mercado y la democracia representativa. Esto le dio mucha fuerza. Había una retroalimentación entre el horizonte económico que buscaba reducir el Estado, entregar los bienes públicos a los actores privados, regular y fragmentar la fuerza laboral, reducir salarios y derechos, con un sistema de democracia representativa. Luego de la caída del muro de Berlín y del comunismo como una alternativa a la sociedad capitalista, todas las élites, sean de izquierda o derecha, habían apostado por el neoliberalismo, con un sentido un poco más social o más empresarial, porque compartían el mismo horizonte sobre el destino de la humanidad.

Luego de 40 años, ese núcleo de economía de libre mercado y democracia representativa comienza a dislocarse y disociarse, mientras surge un neoliberalismo cada vez más enfurecido. Esta es una de las características de la época. Cada año vamos a tener un replanteamiento de la propuesta neoliberal, cada vez más enfurecida, autoritaria, racista, xenofóbica, antiliberal, antifeminista, cada vez más vengativa, cada vez más fascista. Es lo que ha pasado en América Latina y en otras regiones del mundo. El caso del golpe en Bolivia, la situación de Brasil, Estados Unidos, Polonia y muchos otros países. Hay un neoliberalismo cada vez más autoritario, como una manera de atrincherarse, cuando sus fuerzas y su capacidad de atracción van menguando.

Además, por primera vez, la democracia comienza a presentarse como un estorbo para las perspectivas neoliberales. Se perdió el optimismo de los años 80 y ahora se miran con sospecha las banderas democráticas porque hay una divergencia entre las élites. Es decir, por un lado, hay élites que propugnan por continuar con el neoliberalismo: hay que enriquecer a los ricos, voltear de arriba abajo a los pobres, seguir privatizando y manteniendo la austeridad fiscal; y, por otra parte, hay élites y bloques sociales dispuestos a implementar otro tipo de políticas más híbridas: preocuparse de los pobres, replantearse los temas de la propiedad, los impuestos, el potenciamiento de lo común, entre otras cuestiones. Esta divergencia y la falta de un mismo horizonte de expectativas compartido preocupan a las élites neoliberales que comienzan a mirar con sospecha, recelo y distancia a la propia democracia y a los procesos electorales.

Tendencias de la suspensión del tiempo en el futuro inmediato

En este tiempo suspendido y de quiebre del horizonte predictivo podemos identificar cuatro tendencias para el futuro inmediato.
La primera está sucediendo en el debate de los grandes centros pensantes del capitalismo mundial: la revitalización de los Estados como sujeto protagónico. Esto ocurre bajo dos modalidades. La primera es la revitalización de la utilización de recursos públicos para atenuar las pérdidas o ampliar las ganancias empresariales. Esta es la vieja modalidad neoliberal que busca achicar el Estado, pero para agrandar sus riquezas con los bienes comunes que están bajo control o bajo propiedad del Estado. Actualmente, se está utilizando dinero público para la compra de acciones de las grandes empresas que han visto afectada su producción o comercialización por el confinamiento de los últimos meses.

Según un informe del Fondo Monetario Internacional, en octubre de 2020 las economías avanzadas habían utilizado capital propio de los Estados equivalente a un 11% de sus PIB en préstamos y garantías, y un 9% en gasto adicional. Es decir, las economías avanzadas, como Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia, Alemania, Noruega, Suecia, Dinamarca, Japón o Canadá han utilizado entre el 15% y el 20% de sus PIB para comprar acciones de empresas, nacionalizar las pérdidas corporativas, entregar crédito a los bancos o amortiguar la reducción de ganancias de las empresas. Se trata de una revitalización del Estado, pero en términos de monopolios privados.

Otra modalidad de revitalización que pugna también por sobresalir es la del Estado en su dimensión de comunidad, que busca la protección social, mejorar salarios, ampliar derechos, aumentar la inversión pública, proteger a los más débiles, invertir en salud y en educación, crear empleos o nacionalizar empresas privadas para generar recursos públicos en favor de la gente.

Todo Estado tiene estas dos dimensiones. Como señala Marx, “el Estado es una comunidad ilusoria”, que tiene la dimensión de los bienes comunes (la riqueza es un bien común, los impuestos son un bien común, las identidades son bienes comunes), pero son bienes comunes de administración monopólica. Lo que están haciendo las fuerzas conservadoras es utilizar los bienes comunes para beneficio privado, a través del potenciamiento de lo monopólico del Estado; en tanto que las fuerzas sociales progresistas se esfuerzan por la ampliación del Estado como comunidad con bienes para ser distribuidos y utilizados por la mayoría de la población. Hacia dónde se incline el Estado dependerá de las luchas sociales, de la capacidad de movilización, de gobernabilidad vía parlamento y en las calles, de la acción colectiva, etcétera.

Una segunda tendencia del momento actual es el uso del excedente económico de cada sociedad. En los siguientes meses y años se van a incrementar las luchas sociales, políticas e ideológicas entre los distintos partidos, conglomerados, grupos de presión, clases y movimientos sociales, para determinar quién se va a beneficiar con los recursos públicos que son escasos. Con necesidades muy grandes y bienes escasos, ¿se beneficiará al sector empresarial, trabajador, campesino, obrero, medio? ¿A la burocracia, a los terratenientes, a los hacendados o a los banqueros? Los Estados se están endeudando una o dos generaciones por delante y están emitiendo más dinero para que haya circulante y movimiento económico. Ahí aparecen dos querellas: por el uso de ese dinero y por quién va a pagar ese dinero.

La tercera tendencia es lo que podemos definir como apertura cognitiva de la sociedad. En la medida en que las viejas certidumbres se vuelven más rudimentarias y ásperas, y que el horizonte predictivo de la sociedad neoliberal se achica, la gente comienza a abrir su capacidad y disposición para recibir nuevas ideas, creencias y certidumbres. Los seres humanos no pueden permanecer indefinidamente sin horizontes de predicción más o menos estables y de mediano plazo. Es una necesidad humana porque necesitamos “terrenalizar”, necesitamos anclar la proyección de nuestras vidas, acciones, trabajo, esfuerzos, ahorros, apuestas académicas y amorosas en un tiempo más o menos previsible. Cuando eso no se da, se busca por donde sea. Esta es la base para el surgimiento de propuestas muy conservadoras, cuasi fascistas, que es lo que está sucediendo en algunos países del mundo. En Bolivia, los perdedores de las elecciones han ido a rezar ahí, han ido a hincarse ante los cuarteles para pedir que los militares tomen el gobierno. La salida ultraconservadora, fascistoide reunió a toda la gente que se metió en el golpe de Estado: Añez, Carlos Meza, Tuto Quiroga, la Organización de Estados Americanos, OEA. Esto es algo nunca había sucedido en el continente, ni en los años 70, en el continente. Ahora vemos esas imágenes patéticas del abandono de la racionalidad política para pedir este tipo de salidas.

La cuarta tendencia son los gigantescos retos para las fuerzas progresistas y de izquierda del planeta para enfrentar la gravedad de este horizonte predictivo quebrado y diluido. Simplemente voy a mencionar los seis temas que cualquier propuesta debería abordar al momento de asumir la batalla por el sentido común y por el horizonte predictivo de la sociedad en los siguientes meses y años:

1. La democratización política y económica, y sus distintas variantes. Esto es lo que algunos denominan la posibilidad de un socialismo democrático.

2. La lucha contra la explotación, incluyendo no solamente la distribución de la riqueza sino también la democratización de las formas de concentración de la gran propiedad.

3. La desracialización y la descolonización de las relaciones sociales y de los vínculos entre los pueblos y entre las personas incluidas al interior de las organizaciones.

4. Los procesos de despatriarcalización y la reivindicación de la soberanía de las mujeres sobre la gestión de sus cuerpos y de sus vínculos.

5. Un ecologismo social que no mire a la naturaleza como un parque, sino que vea la naturaleza en su relación con la sociedad. Se requiere un enfoque que restablezca el metabolismo racional entre el ser humano y la naturaleza, tomando en cuenta la satisfacción de las necesidades básicas imprescindibles de la gente más humilde, de los pobres y de los trabajadores.

6. Un internacionalismo renovado. Los retos de la izquierda y de las fuerzas progresistas en los siguientes años van a radicar en la capacidad de impulsar propuestas de democratización política y económica cada vez más radicales.
Creo que estamos ciertamente ante tiempos sociales muy estremecedores. Paradójicamente, a pesar de que hablamos de un tiempo paralizado, se están desarrollando local y tácticamente un conjunto de luchas, convulsiones e inestabilidades permanentes que nos indican que las victorias del lado conservador y las victorias del lado progresista o de la izquierda, tampoco han de ser duraderas. Es un tiempo en que nada ha de ser duradero durante un periodo prolongado. Cada victoria de las fuerzas conservadoras tendrá pies cortos y podrá derrumbarse, y cada victoria de las fuerzas de izquierda podrá tener pies cortos si es que no sabe corregir errores e impulsar un conjunto de vínculos con la sociedad.

Este es el conjunto de ideas que quería compartir con ustedes sobre nuestro tiempo presente.

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El presente texto es una adaptación de la clase que Álvaro García Linera realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentada por Victor Santa María. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global
El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Pueblael Observatorio Latinoamericano de la New School Universityel Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.
Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

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ELIZABETH GÓMEZ ALCORTA: FEMINISMO POPULAR
Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

El feminismo popular nos permite ampliar el concepto liberal de democracia,realizando un aporte fundamental a la construcción de un proyecto popular y progresista. Propongo pensar la opresión y la injusticia de género a partir de tres dimensiones centrales: la desigual distribución de la riqueza, del tiempo y del deseo. El feminismo popular nos ayuda a pensar el poder en clave interseccional, revolucionaria, crítica. Por eso, se despliegan contra él discursos y fuerzas conservadoras que pretenden limitar su impulso transformador y emancipatorio.

Transitamos una fase donde el capitalismo neoliberal busca superar su crisis, redoblando su agresividad, acentuando la dominación y el control sobre los cuerpos, en particular sobre los cuerpos racializados y feminizados. También sobre los territorios, reforzando la explotación de la fuerza del trabajo y de los bienes comunes de la naturaleza. Esta dinámica supone una profundización de las crisis sociales, ambientales, alimentarias, políticas y económicas.

Atravesamos una crisis civilizatoria sin capacidad de gestar nuevos sueños de integración o de progreso. Lo que el capitalismo contemporáneo nos viene a ofrecer constantemente son nuevas pesadillas, donde crece la segregación de sectores enteros de la población, el miedo, el odio y la criminalización a la persona diferente y a las diferencias, y la gestión cotidiana de las inseguridades como forma de dominación política.

Lo preocupante es que esta crisis, con muy contadas excepciones, está siendo profundamente capitalizada por expresiones políticas de derecha, xenófobas, neofascistas, y misóginas. Nosotras sabemos siempre que “crisis” es oportunidad, pero también sabemos que la oportunidad es más grande para aquel o aquella que está en mejores condiciones de aprovecharla. Lamentablemente, son las clases dominantes, las potencias opresoras, los varones blancos propietarios los que están en mejores condiciones de capitalizar esta crisis.

Parte de las debilidades con las que tenemos que enfrentar las crisis están en el enorme peso que tiene la ausencia de alternativas sistémicas que sean creíbles para millones de seres humanos. No hay una alternativa antisistémica global o un adversario global al capitalismo, y esta ausencia se hace sentir de manera más evidente en tiempos como los actuales, donde el capitalismo neoliberal no tiene nada que ofrecer a la humanidad, frente a semejante crisis como la que nos ha tocado atravesar.

No creo que esto nos tenga que llevar al desánimo o a la frustración, pero sí a reconocer o caracterizar correctamente el momento histórico que vivimos y a repensar dónde estamos.

Estamos atravesando una ofensiva de las derechas a nivel global, con proyectos reaccionarios, que se presentan con una agenda anti-derechos, con un recrudecimiento sistemático de los ataques a los proyectos progresistas, con el resurgimiento de idearios dictatoriales. Una ofensiva que pretende acallar la construcción de toda referencia alternativa al capitalismo neoliberal, cualquier expresión de resistencia popular y de movilización social democrática, como son los feminismos.

El feminismo popular es un proyecto emancipador y civilizatorio que realiza un cuestionamiento integral al sistema de jerarquías y de opresiones que está imbricado estructuralmente a la reproducción del capital.

En un contexto de avanzada neoliberal en el orden global, el feminismo tiene la virtud de denunciar y dejar al descubierto que las desigualdades existen, que son productos del sistema, que no son un error, sino parte constitutiva de la reproducción de un sistema político de opresiones que maridan al patriarcado con el capitalismo.

El feminismo popular permite comprender los tres vectores que operan en los procesos de opresión y dominación que están atravesados por el género:la injusta distribución de la riqueza, del tiempo y del deseo.

Distribución de la riqueza

La desigualdad en el mundo es escandalosa. Pero es necesario remarcar que además de ser escandalosa, la desigualdad tiene género. Las mujeres, las lesbianas, gays, travestis, bisexuales e intersex constituyen la mayor parte de los hogares más pobres del mundo. Dicho porcentaje, en lugar de disminuir, va en aumento.

Los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África juntas. A nivel mundial, la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 24% y al ritmo actual necesitaríamos 170 años para cerrarla. En esa brecha no entran las diversidades, porque ni siquiera se las mide. El 75% de las mujeres de los países en desarrollo trabajan sin contrato laboral, carecen de derechos o no tienen acceso a la seguridad social: sí, tres de cada cuatro mujeres no acceden a la seguridad social en el mundo. En América Latina, el 54,3% de las mujeres se encuentran ocupadas en sectores que presentan precariedad desde el punto de vista de salarios, sin formalización del empleo, sin seguridad en el puesto de trabajo y muchísimo menos acceso a la protección social.

En Argentina, la situación no cambia. Las mujeres están sobrerrepresentadas en el 10% de la población de ingresos más bajos, siendo entre el 69% y el 70%. Siete de cada diez personas en el decil más pobre son mujeres. Por otro lado, en el 10% de personas con ingresos más altos, las mujeres estamos subrepresentadas, siendo sólo el 37%. O sea, en el decil más rico de la sociedad casi 7 de cada 10 personas son hombres. Del total de las personas alcanzadas por el impuesto a los bienes personales, en el año 2019, sólo el 34% fueron mujeres, lo que refleja una enorme asimetría en la distribución de la titularidad de los patrimonios que son alcanzados por ese impuesto.

Distribución del tiempo

La división sexual del trabajo asigna a las mujeres y a las diversidades las tareas eminentemente reproductivas y a los varones las tareas productivas. Ante esta injusta distribución del tiempo, el feminismo popular trabaja por una organización social de los cuidados mucho más justa.

Se entiende como tarea de cuidado a todas aquellas actividades vinculadas a la asistencia de niños niñas y niñes y de todas las personas adultas mayores y en situación de discapacidad que lo requiera, como también todo lo que implica la gestión del hogar, como cocinar, lavar, planchar y comprar. Social y culturalmente todas esas tareas están asignadas y valorizadas como propias de las mujeres y no se les toma como trabajo.

En este sentido, entendemos que la desigualdad en los cuidados antecede y está profundamente conectada con la desigualdad salarial, con la feminización de la pobreza y con la perpetuación de situaciones de violencia, justamente ante la falta de autonomía económica que tenemos las mujeres. Según la OIT, en el promedio mundial, las mujeres hacen tres horas diarias de trabajo remunerado y 4,4 de trabajo y cuidado no remunerado. Este es el promedio mundial. Los varones, en cambio, suman al promedio mundial de horas de trabajo remunerado 5,4 y sólo 1,4 del trabajo de cuidado no remuneradas.

La asignación de la vida privada y doméstica a las mujeres y del empleo en el mundo público a los varones incide de una manera determinante en la vida de las mujeres y de todos los cuerpos feminizados. Dedicar ese tiempo al ámbito privado incide en muchos problemas públicos. Se traduce en la feminización de la pobreza, porque tenemos los tiempos y los recursos ocupados en el cuidado, y también en que las mujeres tengamos mayores índices de desempleo y de informalidad laboral. Es decir, las mujeres tienen menos chances de ser contratadas porque puede tener a su cargo hijos o hijas, o por esa misma razón buscar trabajos de menor carga horaria para poder compatibilizar con la cantidad de horas que requiere para el cuidado, lo que en definitiva incide en la brecha salarial. Tomamos o nos ofrecen trabajos de menos horas, peores pagos, de menores responsabilidades, que tengan menos exigencias, y en sectores parecidos al cuidado -maestras o enfermeras, entre otras-.

La asignación de todas esas tareas, además de estar subvaloradas, social y económicamente, también incide en nuestra presencia en la participación política, donde también estamos subrepresentadas. Todas sabemos que para poder ocupar espacios de representación política se requiere tiempo, exigencias, militancia. En las desigualdades entre las propias mujeres también impacta, porque cuando algunas tienen o tenemos la capacidad económica para delegar estas tareas en otras mujeres, podemos tener más tiempo, y cuando muchas, miles, no cuenta con esa posibilidad además de todo, tampoco ocupan espacios de representación política y sus voces no están presentes en los espacios públicos-políticos. De este modo, también se agranda la desigualdad intragénero, debido a la división sexual del trabajo. Por esto, siempre digo que las mujeres pobres cuidan a sus hijos e hijas, y a los hijos e hijas de las demás familias.

Sin embargo, el impacto más profundo de esta división entre lo público y lo privado tiene que ver con los fines últimos de la economía. ¿Cuántas veces los proyectos neoliberales nos pidieron ajustar nuestra calidad de vida para que crezca la producción? ¿Cuántas veces se comenzó por recortar los sectores y los servicios asociados al cuidado y al vivir bien? Lo que en definitiva tendría que ser el fin último del sistema económico, se vuelve siempre la variable de ajuste. Todo esto para generar riquezas, que casi nunca llegan a quienes efectivamente cedieron su propio bienestar. Es imperdonable que la desigualdad económica y la persistencia de los altos niveles de pobreza, en el marco de un crecimiento excluyente, sean los datos característicos de los países de nuestra región.

Si apuntamos honestamente a la igualdad de género, debemos cuestionar el modelo de desarrollo productivo vigente: un modelo que agota recursos naturales e impacta en la vida de las personas, pero, con particularidad, en la vida de las mujeres. Por eso, replantear los modelos de desarrollo amerita incluir transversalmente la perspectiva de género, que integre el mundo reproductivo, pero de manera crítica.

Entonces, la igualdad de género y la definición de modelos de desarrollo más inclusivos requieren siempre Estados presentes, fuertes, con capacidad de diseñar, pero también de asegurar la efectiva implementación de las políticas públicas. Estados con capacidad y con voluntadde mejorar las condiciones de vida de las personas.

En nuestra región prima una profunda división sexual del trabajo y una injusta organización de las tareas de cuidado, sostenido, en gran medida, por la fuerte persistencia de patrones culturales patriarcales, discriminatorios y violentos. Por eso afirmamos que el Estado, en su rol de garante de la justicia social, tiene que colocar en el centro mismo de las prioridades políticas, la organización de los cuidados. Se trata de poner a los cuidados en el centro de la vida y a la vida en el centro del desarrollo de la economía. Sin este ciclo, que para nosotros es un ciclo virtuoso, no vamos a poder nunca reducir estas brechas de desigualdad que nos han atravesado y nos han marcado históricamente.

Distribución del deseo

Como último vector, sostengo que el patriarcado se basa en una injusta distribución del deseo.

El patriarcado tiene su génesis más allá del capitalismo y de su origen colonial. Fue Rita Segato quien desplegó evidencias que señalan la existencia de alguna forma de patriarcado o de preeminencia masculina en el orden de estatus de sociedades no intervenidas por el proceso colonial, a partir de lo que se conoce como “mitos de origen”. No hay ninguna duda sobre la investigación que ha llevado adelante Silvia Federici sobre estos asuntos. Invito a todes a la lectura de sus trabajos, en particular del libro Caliban y la Bruja, que trabaja sobre la historia de la transición del feudalismo al capitalismo. Federici ha probado que la acumulación originaria no avanzó sólo sobre el feudalismo, la derrota del campesinado y de ciertos movimientos urbanos que reivindicaban la vida comunal y el reparto de las riquezas bajo la forma de diferentes herejías religiosas, sino que la conquista, la esclavitud y la explotación de América tuvo como principal objetivo a las mujeres. Es justamente en el centro de la acumulación originaria que la feminista ítalo-estadounidense ubica la cacería de brujas en los siglos XVI y XVII. Traigo este estudio para poder destacar que las mujeres han sido históricamente objeto de una particular explotación y que existe una relación directa entre la casa de brujas y la división sexual del trabajo, que en definitiva nos recluye al trabajo reproductivo.

La obstrucción, la barrera, el impedimento a las tareas productivas y la imposición de las reproductivas fueron llevadas adelante, ni más ni menos, por medio de la máxima violencia estatal. De ese modo, tanto los roles sexuales como la femineidad son construcciones constituidas para las mujeres como función-trabajo, justamente bajo una cobertura, que es la del destino biológico. En este sentido, nuestros cuerpos fueron objetos centrales en esta constitución. De ahí que la maternidad, el parto y la sexualidad pasaron a ser objeto de regulación estatal, y aún lo siguen siendo. Es ahí, en ese punto, que se sitúa el control del deseo.

El programa del feminismo popular

Sobre estos tres ejes (riqueza, tiempo, y deseo) enuncio un breve listado de desafíos sobre los que se construye colectivamente el feminismo popular.

El feminismo popular pone en el centro de todo proyecto político a la vida.

Desde los feminismos no pensamos el poder como subordinación, sino como una forma de consenso y de potenciación; una capacidad para poder realizar y también pensar las relaciones de poder como algo más circundante, como una serie de vínculos complejos y comunitarios Relaciones de poder que nos exigen movernos en redes.

Los feminismos populares tienen una capacidad de interpelación sistémica muy potente y por eso son anti-racistas, anti-coloniales, anti-neoliberales, anti-capitalistas, anti-extractivistas y ambientalistas, lo que nos genera un enorme desafío en el aquí y ahora que nos toca sostener, en el momento mundial que estamos insertos e insertas.

El feminismo popular busca construir poder popular.

Quienes actuamos en el campo del feminismo popular tenemos además la posibilidad de demostrar que hay una forma de ejercer la política en clave feminista, distinta a la hegemónica, distinta a la masculina, con otros códigos, construyendo otros saberes y otras prácticas porque, de este modo, también trabajamos para modificar la correlación de fuerzas contra el patriarcado. En definitiva, si la política es el arte de hacer posible lo que hasta ayer resultaba imposible, la política feminista significa también hacer creíble que podemos vivir en un mundo que vale la pena ser vivido, en un mundo de iguales, y sin violencias por motivos de género.

Discursos que atacan, acallan, invisibilizan

Esta potencia que tiene este proyecto político, genera, por otro lado diferentes discursos que lo intentan minimizar –afirmando que un proyecto de la clase media, un fenómeno urbano marginal-, otros que lo quieren acallar y otros que, directamente, lo atacan frontalmente.

Llamo particularmente la atención respecto de estos últimos discursos porque los estudios que se han dedicado a analizarlos nos enseñan que siempre tienen una mirada trasnacional y que, a la vez de ser ofensivas antigéneros, presentan rasgos o dinámicas de desmocratización –entendiéndolos como erosionadores del tejido democrático-.

Además el accionar de grupos ultra conservadores y antiderechos en América Latina y el Caribe viene de décadas atrás, siempre con una fuerte articulación con el poder político y económico, y en los últimos tiempos de la potencia y crecimiento del movimiento de mujeres y diversidades, se incrementó fuertemente la contraofensiva pública y política contra la igualdad de género, los avances de derechos de las mujeres, de las personas LGBTIQ, los derechos sexuales y reproductivos, en especial el derecho al aborto y a la educación integral en la sexualidad.

América Latina enfrenta una muy articulada y financiada contraofensiva del neoconservadurismo religioso, neointegrismo religioso, que se con una enorme inserción social –en el ámbito de la política, la educación, los movimientos sociales- y con la capacidad enorme de disciplinar subjetividades y la habilidad de hacerlas dóciles políticamente –con discursos amigables, populares- en definitiva buscan restaurar “la familia” y la complementariedad de los masculino y lo femenino, por eso son férreos combatientes contra el avance de los derechos reproductivos de las mujeres, y se aglutinan bajo el rotulo de combatir la “ideología de género” que bien vale la pena recordar, que esta fórmula fue acuñada por el Vaticano a partir de 1990.

Es fundamental seguir de cerca estas dinámicas de “des-democratización”, en particular, en este presente en el que los derechos humanos, la igualdad y la libertad en las esferas de género y de la sexualidad se encuentran más en disputa que nunca.

Como decía Gramsci: “en rigor, científicamente lo único que se puede prever es la lucha”. Aunque no sepamos de antemano el resultado de esa lucha, creo que tenemos que afrontarla con mucha pedagogía, pero también con mucha alegría y, sobre todo, con la responsabilidad de conciencia que implica saber todo lo que está en juego.

El presente texto es una adaptación de la clase que Elizabeth Gómez Alcorta realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentada por Pablo Gentili. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global
El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Pueblael Observatorio Latinoamericano de la New School Universityel Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.
Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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DILMA ROUSSEFF: ESTADOS UNIDOS, CHINA Y AMÉRICA LATINA 
Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

Desde la crisis financiera de 2008, las crecientes fricciones entre China y Estados Unidos se han hecho evidentes. Durante la administración Obama, y más aún en la administración Trump, de manera declarada y abierta, las fricciones se han amplificado. La pandemia del COVID-19 aceleró estas tendencias.

En este contexto, China ha estado utilizando un manejo más sofisticado del llamado “poder blando”. Durante la 73° Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en mayo del 2020, propuso considerar a la vacuna contra el COVID-19 un bien público mundial. Al mismo tiempo, destinó dos mil millones de dólares en dos años a la OMS, institución boicoteada por Estados Unidos.

La administración Trump demostró una incompetencia fantástica en el manejo de la pandemia. China, por su parte, mostró una de las mejores gestiones de esta crisis excepcional, con un bajo número de muertes y un control estricto de la tasa de contagios. La decisión del expresidente norteamericano de retirar su país de la OMS contrasta con la posición más colaborativa y proactiva de China frente a la pandemia.
Creo que el COVID-19 marca un punto de inflexión en la historia de las relaciones internacionales, particularmente, en la relación conflictiva entre Estados Unidos y China.

El desarrollo de China y su inserción en el sistema internacional

China tuvo un desempeño muy impresionante desde 1978, cuando Deng Xiaoping asumió el liderazgo del Partido Comunista de China (PCCh), la Comisión Militar Central y el gobierno chino, adoptando una política de reforma y apertura. Esta es la fase de oportunidad estratégica que se extiende por más de tres décadas, que será seguida, con algunas modificaciones, por los siguientes líderes y jefes del gobierno chino, como Jiang Zemin, Hu Jintao, Wen Jiabao y ahora también, de alguna manera, expandida por Xi Jinping.

Este proceso, que se desarrolló con la primacía y el dominio del PCCh, tuvo como objetivo acelerar cuatro modernizaciones: la agricultura, la industria, el área de defensa y el área de ciencia y tecnología. De 1979 a 2013 la economía china creció a una tasa promedio del 9,8% y superó el 10% durante dos subperíodos: de 1991 a 2001 y de 2001 a 2013. El crecimiento chino prácticamente no se vio afectado ni por la crisis financiera asiática de 1997, ni por la crisis financiera global de 2008. Lo que se dio desde 2009 fue una brutal inyección de recursos y estímulos por parte del gobierno chino. En 2010, la economía china creció un 10,4%, mientras que el mundo desarrollado tuvo tasas de crecimiento muy bajas o incluso negativas.

Durante este período, el gobierno chino promovió un sector privado fuerte, inicialmente en las llamadas “Zonas Especiales de Exportación” en el sur de China y en las cercanías de Hong Kong. Este sector productivo privado se ha extendido al resto de China durante las últimas tres décadas. También construyó un sector público más dedicado a áreas consideradas estratégicas, destacándose en la producción de bienes intermedios como acero, petróleo y armamento y en la industria espacial y aeronáutica. Al mismo tiempo, promovió importantes reformas en la agricultura, principalmente al permitir la expansión de la pequeña producción de la agricultura familiar, coordinarla con las cooperativas y, simultáneamente, con las fincas estatales.

Es importante destacar que la civilización china tiene la tradición de otorgar una importancia central a la producción de conocimiento. En los últimos años, China ha enviado millones de estudiantes a graduarse en las mejores universidades del mundo. La educación, la ciencia y la tecnología del país ha estructurado, reestructurado y modernizado sus instituciones con enormes inversiones gubernamentales. China invierte mucho en investigación científica y desarrollo tecnológico. También en innovación, posicionándose para recibir grandes inversiones extranjeras, sin duda manteniendo un fuerte control sobre su destino, y sin enajenar ni enfriar su control interno sobre el sector bancario y las finanzas.

A su vez, se llevó a cabo una gran descentralización, privilegiando las provincias, que es una característica china desde el Imperio en sus diferentes dinastías. Los sucesivos gobiernos continuaron en esta dirección y han mejorado los mecanismos macroeconómicos de gestión e intervención en el mercado, instituyendo principalmente un sistema de precios combinado con un sistema de planificación indicativa.

Vale señalar que, luego del colapso y caída de la Unión Soviética en 1991, la economía china decidió profundizar una remodelación radical del Ejército Popular de Liberación. Esto, porque percibió la influencia de la tecnología y de las nuevas formas de conflicto armado que anticipó la Guerra del Golfo.

En 2010, China reemplazó a Japón como la segunda economía más grande del mundo. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2014, la economía china, alcanzó una nueva marca al convirtirse en la mayor economía del mundo según el criterio de paridad del poder adquisitivo del PIB. De hecho, el PIB nominal de China fue de 10,4 billones de dólares, lo que lo situó en alrededor del 60% del PIB nominal estadounidense. Pero, en cualquier caso, es muy significativo haber alcanzado el 60% en términos nominales y superado la paridad en términos de poder adquisitivo. China, por cierto, mantiene su tasa de crecimiento actual y un buen desempeño relativo. Por lo tanto, se espera que supere a la economía de Estados Unidos en PIB nominal antes de 2030. Incluso antes de la pandemia del COVID-19, en 2019, el PIB chino creció el equivalente al doble del PIB estadounidense. El crecimiento puede ser aún mayor, debido a los efectos globales de la pandemia y al mal manejo que ha hecho de ella el gobierno de los Estados Unidos, durante la gestión Trump.
China también ejerce su condición de mayor exportador y se distingue por ser el mayor poseedor de reserva de moneda, siendo la única gran economía con un elevado superávit de capital y que, por tanto, no está sobrecargada de enormes deudas externas. En los últimos años, el crecimiento chino ha comenzado a desacelerarse y está alcanzando la denominada «nueva normalidad», con una tasa de entre el 6% y el 7%, lo que se atribuye al agotamiento del modelo impulsado por las exportaciones e inversiones en capital fijo, especialmente en infraestructura. Con la planificación quinquenal ya se veía que era necesario combinar este crecimiento, impulsado por las exportaciones y las inversiones, con uno logrado a partir del aumento, la expansión y el dinamismo del consumo interno. No obstante, incluso considerando niveles entre el 6% o el 7%, el crecimiento chino sigue siendo mucho mayor que el de las economías desarrolladas, que estarán en torno a un pico del 3,1%.

Xi Jinping está acelerando las estrategias chinas derivadas de los planes y decisiones quinquenales del gobierno y del PCCh. Una razón es, sin duda, afrontar la pandemia. La otra es el conflicto entre Estados Unidos y China y la amenaza de un desacople (decoupling) entre la economía china y la economía estadounidense. Por ejemplo, dentro del plan «Hecho en China 2025», el presidente Xi Jinping propone una aceleración fuerte de la producción nacional de semiconductores, lo cual es importante porque, ante la amenaza de desencaje de la economía china con la economía estadounidense, China tiene que intentar anticipar su casi autosuficiencia en la producción local a través del mencionado plan. Al mismo tiempo, el presidente Xi Jinping lanzó una propuesta denominada «circulación dual», en la que combina el crecimiento impulsado por la demanda interna desde el consumo con el comercio exterior.

La política de contención a China bajo la administración Trump se caracterizó por la guerra comercial sobre aranceles, más aún por el intento de bloquear la tecnología. Por ejemplo, Huawei en cuanto a la red 5G o con la persecución de TikTok. La estrategia principal de los Estados Unidos ha sido promover el desacople de ambas economías, para debilitar a China.

La encrucijada latinoamericana

El conflicto entre Estados Unidos y China impacta, claro, en América Latina.
China ha establecido acuerdos bilaterales con Argentina, Brasil, México y con muchos países de la región, convirtiéndose en nuestro mayor comprador comercial y nuestro principal proveedor de inversión extranjera directa.

También ha sido muy importante el apoyo de China para el fortalecimiento y el reconocimiento de la UNASUR y la CELAC. Incluso, en la última cumbre de los BRIC, durante mi gobierno, hubo una reunión de casi todos los países de América Latina con China.

En lo que respecta a Estados Unidos, que constituye la mayor economía del mundo y la mayor potencia militar, dos grandes cambios afectaron la relación con América Latina y la geopolítica mundial en las últimas décadas. Por un lado, la expansión del neoliberalismo. Por otro, el fin de la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín, que convirtió a Estados Unidos en un “hegemon” casi unipolar. Estas tendencias-fuerzas han actuado e influyen en el marco económico y político hasta ahora.

El neoliberalismo ha alterado la dinámica misma del sistema capitalista. Desde la financiarización de la economía, la búsqueda del Estado mínimo, la adopción de un sistema tributario regresivo y de una desregulación más radical del mercado laboral y la actividad bancaria y financiera, se produjo una gran concentración de ingresos en la cúspide de la pirámide social, reduciendo el crecimiento económico. Procesos que, además, se convirtieron en modelos para todo el orden internacional liderado por Estados Unidos. El crédito y las finanzas, que eran los motores de la economía productiva y los facilitadores del crecimiento económico, se convirtieron en un verdadero obstáculo y un viento en contra para el crecimiento: una barrera cuyo centro está en la especulación financiera desenfrenada desde la cual se succiona toda la riqueza. El peor síntoma de esta patología es la inmensa desigualdad que se introduce en Estados Unidos y también en los países occidentales, producto de una concentración fantástica de ingresos y riqueza, la imposición de un trabajo precario con salarios estancados, lo que también produjo una fragilidad económica abrumadora con sus respectivas graves consecuencias políticas como, por ejemplo, el surgimiento de una ola de extrema derecha y la creación de burbujas y crisis especulativas.

Quiero resaltar un tema que es muy serio: la forma en que Estados Unidos interfiere hoy en algunos países. No solo las guerras en Afganistán e Irak, que fueron extremadamente desastrosas para la propia economía estadounidense, sino también todos los procesos de la llamada «guerra híbrida», especialmente aquí en nuestro continente: con Zelaya, en Honduras, Lugo, en Paraguay, con mi gobierno, en Brasil. Además, el bloqueo económico contra Cuba y Venezuela, que considero un desastre. También, lo sucedido en Bolivia, con la OEA sirviendo de instrumento para esta trama similar a otras ocurridas aquí en Latinoamérica, pero con la característica, además, de una fuerte presencia policial y militar.

El desafío de la inserción latinoamericana en la economía mundial

Las presiones de Estados Unidos sobre América Latina y contra China se han extendido cada vez más a nuevos campos. Un ejemplo de esto es el grave caso del ataque a la empresa china Huawei y la presión sobre la red 5G.

El gran problema con la red 5G es que hoy no hay alternativa de otras compañías, además de Huawei, para establecer una red de estas características. Principalmente porque la red de Huawei usa tecnología 4G LTE y la actualiza, por lo que es más barata. Pero no solo es más económica: es mucho más eficiente y consistente. Hoy en día, dos requisitos son fundamentales. El primero, tener una comunicación ultra confiable y de baja latencia, necesaria para usos críticos, por ejemplo, en automóviles autónomos donde no puede haber latencia y la red no puede caer. Estos son casos concretos en los que no se pueden tolerar retrasos en la conectividad. La otra es la capacidad para lidiar con la próxima explosión de la llamada “internet de las cosas” (IoT, por sus siglas en inglés): la comunicación de máquina a máquina, con dispositivos interconectados transfiriendo océanos de datos, cada vez más intensos y profundos. Estos recursos requerirán una infraestructura sustancialmente nueva y, por lo tanto, serán ampliamente explotados en ésta y en la próxima década. Obligar a los países de América Latina a no adoptar la tecnología 5G es evitar que tengan acceso a una estructura ultramoderna imprescindible. No es que estén diciendo «no compre este, compre otro». Lo que están haciendo es, simplemente, bloqueando la tecnología 5G. En todo el mundo, existe un reconocimiento generalizado de que tanto la latencia como la capacidad de datos de esta red desarrollada por la empresa Huawei es muy grande.

La guerra de comercial, política y tecnológica de los Estados Unidos contra China nos exige responder a una serie de cuestiones cruciales para nuestra región. ¿Cuál es el rumbo de América Latina y cómo entrará en la Cuarta Revolución Industrial y Tecnológica? El umbral de la innovación no es Uber o Airbnb, que son plataformas. El umbral de ingreso a las transformaciones tecnológicas y económicas es la infraestructura, en este caso, el desarrollo de la red 5G. La clave es tener acceso a un intercambio de tecnología que permita llegar a la inteligencia artificial, a la comunicación máquina a máquina y al desarrollo de nuevas aplicaciones. Entonces, la discusión en América Latina es cómo acceder a la tecnología en este conflicto.

Hay un prejuicio que subyace en cierta mirada geopolítica hegemónica que demoniza a China. Este prejuicio se basa en dos supuestos. El primero, que China, especialmente para el establishment estadounidense, nunca sería una amenaza para el predominio económico de Estados Unidos a nivel mundial porque era un país agrario, casi feudal, con una economía muy precaria. Una opinión concebible en 1980, cuando la economía china era solo el 5% de la economía estadounidense. Pero totalmente desatinada hoy. La única explicación plausible para esta lectura es una alta miopía ideológica, la cual se basa en el segundo supuesto: que el crecimiento chino era insostenible ya que el sistema político chino no estaba definido por las ideas liberales de Estados Unidos, sino por la doctrina del PCCh, lo que sería un obstáculo insuperable para el desarrollo nacional.

Podemos constatar que existía una visión del PCCh como burocrático y decadente, al igual que la del Partido Comunista de la Unión Soviética a finales de los años 80 y 90. Al mismo tiempo, no se percibía que, a pesar de todas las contradicciones políticas y de los conflictos internos del PCCh tanto en el período pre-Mao como post-Mao —especialmente en el período de reforma y apertura—, lo que más repudio produjo en los liderazgos chinos, tanto de Deng, e incluso de Jiang Zemin y Xi Jinping, fue que los consideren como «el Kruschev chino» o el «Gorbachov chino». Esto, porque en China atribuyeron tanto a Kruschev como a Gorbachov graves errores que colaboraron en la destrucción de la Unión Soviética. Según los líderes chinos, la reforma política (Glasnost) nunca podría haberse realizado antes de una reforma económica que produjera crecimiento y prosperidad para la gente. Depende de nosotros evaluar esto a la luz de la historia. Pero, en cualquier caso, no es posible asumir que el socialismo chino, con su absoluta practicidad que interfiere con una economía de mercado, con el sistema de precios y con la planificación indicativa bajo el monopolio político del PCCh, desconozca que esto ha estado produciendo cohesión política, cultural y crecimiento económico.

Es interesante observar que el PCCh también abandonó la idea de que representaba sólo los intereses de los trabajadores, e incluyó también la representación de los capitalistas. En 2002, el sucesor de Deng Xiaoping, Jiang Zemin, propuso la teoría de las tres representaciones, según la cual el PCCh representa simultáneamente las fuerzas productivas sociales avanzadas que explican la producción, incluidos los capitalistas; la cultura avanzada que explica el desarrollo y la inmensa acumulación de la civilización china; y los intereses sociales de la mayoría de las personas que responden por el consenso político.

Tenemos que pensar cómo insertarnos en un mundo en donde estas tensiones se agudizarán.

Sabemos que Estados Unidos tiene una característica fundamental: un gran desarrollo científico básico, que no es, no puede y no será, al menos en el corto y mediano plazo, objeto de una disputa significativa porque alcanza una dimensión internacional, a través de sus universidades, los laboratorios y centros de innovación públicos y privados. Al mismo tiempo, China avanza hacia la formación y el fortalecimiento de su base educativa, científica y tecnológica. Creo que es muy importante que América Latina se dé cuenta de que tiene que salir de la comoditización y buscar una reindustrialización con otras características. Debemos tener una posición autónoma e independiente. Aquél que sea capaz de tener la relación más constructiva con América Latina, es a quien tenemos que apoyar y con quien tenemos que relacionarnos.

Quiero complementar diciendo que, por varias razones, en este momento, América Latina no debe estar de ninguna manera dominada por la subordinación ciega a Estados Unidos. No podemos condenarnos al atraso científico, tecnológico y de innovación. No podemos condenarnos a nosotros mismos a ser objeto de injerencias indebidas. Creo que el gobierno de Biden abre alguna perspectiva. Pero, hasta el día de hoy, no tenemos evidencia de cambios importantes en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina durante los gobiernos demócratas. Espero que con Biden sea diferente.

En esta correlación de fuerzas, América Latina es muy débil. Pero debemos ejercitar una no alineación altiva y activa. Cuando Brasil ingresó a los BRICS, junto con China, India, Rusia y Sudáfrica, no teníamos una alineación subordinada con nadie. Teníamos una política independiente. Lo que está ocurriendo hoy en el mundo latinoamericano es un gran debilitamiento del poder de negociación de nuestras economías. Brasil está sujeto a los designios de Bolsonaro, espero que solo hasta las próximas elecciones. Argentina atraviesa su momento más difícil, porque la deuda dejada por Macri —con la complacencia del Fondo Monetario Internacional— se sumó a la crisis del COVID-19, encontrando a la economía argentina en una situación de extrema fragilidad. Alberto Fernández está haciendo milagros. Y México… tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Entonces, no creo que podamos sostener una neutralidad. Creo que en esta relación lo que podemos tener es una mayor posición negociadora, porque somos el continente con la mayor capacidad para alimentar al mundo. Tenemos toda la riqueza mineral que se pueda imaginar, desde la costosa tierra que se usa para fabricar baterías, hasta el petróleo: no olvidemos que Argentina tiene mucho petróleo; no olvidemos que Brasil tiene el PreSal; no olvidemos que Venezuela es la reserva petrolera más grande del mundo; no olvidemos la enorme relevancia de México. Entonces, nuestra inserción puede ser autónoma y puede negociarse en igualdad de condiciones con otros países.
Ahora bien, no es posible seguir reproduciendo el complejo de inferioridad de unas élites y unas oligarquías que no han hecho otra cosa que someterse a Estados Unidos de una manera vergonzosa. Además de la no alineación, debemos tener nuestras habilidades de negociación; una fuerza común integrada como la que teníamos en UNASUR o podemos tener en la CELAC. El G20, con tres países latinoamericanos, es fantástico. Ahora, tendría que haber más países latinoamericanos. ¿Por qué no Colombia? Es un proceso en el que solo nosotros, sumando los 680 millones que somos, nos daremos la fuerza necesaria para negociar con eficacia.

China, de hecho, no es una democracia liberal. China está controlada por el PCCh. Como dijo el Primer Ministro de Singapur, hay una incomprensión con respecto al PCCh, que es un partido civilizador que se enmarca en toda la tradición civilizadora de China. Creo que China es extremadamente pragmática. Por lo tanto, no está en la mente de China interferir con la forma en que la gente elige internamente su organización social, económica, política y su cultura. Hay una diferencia de enfoque, de visión.

El propio Kissinger mostró dos cosas. Primero, que la visión estratégica de China era diferente a la occidental. El juego de estrategia occidental más complejo es el ajedrez, con el objetivo de rodear a la reina y matar al rey. El juego chino, el Go, es un juego de estrategia y asedio. No se gana con acciones directas y con conquista, con guerra: la mejor forma de ganar es no pelear. Ésta es la visión china, y tenemos que buscar entenderlo de la misma forma que debemos comprender que no tienen la misma perspectiva religiosa que nosotros. Lo que se llama realismo chino se expresa en el dicho «confuciano en la vida pública, taoísta en la vida privada y budista en la muerte».

Nuestro lugar no está con Estados Unidos. Nuestro lugar es la independencia, junto a China.

El presente texto es una adaptación de la clase que Dilma Rousseff realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentada por Marco Enriquez-Ominami. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global

El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Pueblael Observatorio Latinoamericano de la New School Universityel Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.
Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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JOSÉ PEPE MUJICA: “LOS DESAFÍOS DE LA DEMOCRACIA”
Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

Los principales desafíos de nuestra democracia están en la vieja contradicción que le dio origen.

600 años antes de Cristo había demasiados esclavos por deudas en Atenas y estaban al borde de una guerra civil. En aquella época, el que tenía deudas se volvía esclavo. Eligen a un gobernante raro, un poeta: Clístenes. Aquello era una olla de grillos. Clístenes decide darles la libertad a los esclavos por deuda. Pero ellos, como seguían siendo pobres, piden que se les de algo para poder vivir. Clístenes sabía que ese “algo” había que sacárselo a la oligarquía de su tiempo, a quienes ya le estaban sacando los esclavos. Era demasiado. Sin embargo, decidió darles una cosa: el voto en la Asamblea. Les empezó a dar poder político. Ahí está el origen de lo que vendrá después.

El primer fantasma que tiene la democracia es la terrible desigualdad que convive con ella desde su origen. Cuando hablamos de igualdad, hablamos de oportunidades más o menos similares en el arranque de la vida. Después, cada cual dará lo que pueda.

Estamos en un continente terriblemente injusto. Probablemente hoy, habrá un nuevo milmillonario en América Latina. Pero tal vez el año que viene, o a fin de este año, tengamos 240 millones de pobres y no menos de 70 u 80 millones de gente viviendo en la extrema pobreza. Ahí está la contradicción fundamental que tienen nuestras democracias. Porque la excesiva concentración de riqueza termina siendo un fantasma que torpedea las decisiones políticas. La globalización contemporánea ha generado una economía transnacional en la que empresas tienen el poder de un Estado y su preocupación central no está en la marcha de una nación. Por un lado, tenemos Estados soberanos nacionales. Por otro, una economía que cada vez se independiza más de los Estados. Porque su ley es la acumulación.

Los desafíos que tiene la democracia actual implican el desarrollo y la distribución. Pero el desarrollo hoy necesita políticas globales, o relativamente regionales, que nos puedan ayudar; porque tenemos que combatir la desigualdad y necesitamos cambios en nuestras antenas. Nos quedamos cortos: necesitamos más Estado con muchos más recursos. Tenemos que copiar a China y a Vietnam. El Estado se tiene que transformar en cobrador de dividendos y ser socio de actividades nacionales con la burguesía nacional. Buscar que no lo roben y tener ingresos paralelos a los de la vía fiscal. ¿Por qué? Porque la deuda social que tenemos que mitigar requiere enormes recursos que por la vía fiscal son insuficientes. Si los Estados son malos administradores, dejemos eso a la burguesía. Pero coloquemos al Estado como socio para cobrar dividendos y dejemos que la economía crezca, mientras crece también el haber que tiene el propio Estado. Necesitamos un cambio.

Transformar el Estado

Nuestros Estados deben ser fuertes. Pero deberíamos copiar algo de aquella vieja dinastía china que peleaba por tener los mejores trabajadores en el Estado. Resulta que formamos técnicos y formamos estudiantes de lo más calificados, que luego las empresas transnacionales contratan. Mientras tanto, nosotros, en el Estado, llenamos los puestos con lo que venga. Tenemos que hacer al revés: si el Estado tiene tal importancia, debe tener los mejores trabajadores del país y tiene que haber una carrera en el Estado moderno. No se puede trabajar con el criterio antiguo.

El Estado es decisivo, no para que sea dueño de todo y nos organice hasta la hora, sino para que tenga recursos para suturar las heridas sociales que el mercado jamás va a arreglar. Y esto hay que hacérselo entender al propio capitalismo, porque de lo contrario, al final lo que nos queda por delante es el peligro del holocausto ecológico. Hemos tirado demasiado de la cuerda de la naturaleza. Y la naturaleza empieza a cobrarnos las cuentas. Por todo esto, necesitamos una herramienta intermediaria en la sociedad que se llama “Estado”, pero que debe tener una calidad que no tiene nada que ver con la que hoy tenemos.

Yo no lo voy a ver. Y tampoco sé si están de acuerdo con lo que digo. Pero creo que tenemos que sacudir nuestros cerebros. Porque si quieres cambiar, no puedes seguir siempre planteándote las mismas soluciones a nuevos problemas.

No planteo que esto sea un cataclismo. Lo que estoy planteando es un camino, un proceso. Tenemos que incorporar la fuerza del trabajo al interés nacional. Y diría más, en algunas cosas creo que hay que ser profundamente proteccionista: por ejemplo, en el comercio. El comercio debería estar en manos de los espacios nacionales, de los recursos nacionales, de gente nacional ¿Por qué? Porque te puedo garantizar que gran parte del excedente que producimos, se escapa por esa vía.

Es mucho más fácil ser el intermediario que ser el productor de cualquier cosa. Creo que nosotros tenemos que defender el interés de nuestras burguesías nacionales, que son débiles, cortas, y terminan en el rentismo. Entonces, tenemos que darles confianza, respaldo y estar con ellas, porque el proceso de desarrollo necesita participación y una capacidad de gerenciamiento complicadísima.

No le podemos pedir a los trabajadores que han surgido culturalmente trabajando por un salario, que puedan defender la globalidad de lo que significa una empresa grande en el mundo de hoy. Pero, sí tienen que entrar a participar, porque se aprende estando y trabajando. Y esa es la responsabilidad que tenemos como Estado.

Yo creo que la idea de las nacionalizaciones nos apartó de la idea de participación. Quisimos en algún momento sustituir a una clase y terminamos inventando una burocracia, con la que después no pudimos lidiar. Porque burócratas, por comodidad, podemos ser todos. Es una tendencia humana al menor esfuerzo. Entonces, hay que combinar el valor de la iniciativa privada con el interés público. Por eso hablo de dividendos. Me parece que es una cosa central, porque a poco andar muchos capitalistas se van a dar cuenta que les conviene, porque si no, no te puedes explicar el fenómeno chino ni el vietnamita. El capital privado creció un disparate, pero, paralelamente, el capital público creció en la misma forma, y ya tenemos Estados que tienen una capacidad y una cantidad de medios con los que nosotros, en comparación, resultamos paupérrimos.

Por la vía fiscal ¿qué nos pasa? Acudimos a la vía fiscal y se nos escapan, porque nadie quiere pagar impuestos, mucho menos impuestos exagerados. Y como no tenemos unidad global, no tenemos una política global: se nos disparan para un lado, se nos disparan para el otro. Entonces tenemos que andar mendigando inversión, hacemos el papel de la pavota. Más vale hacer política de alianzas. De lo contrario, vamos a seguir con Estados pobres que son como el gallo enano, quieren más pero no pueden.

Tenemos que solucionar los problemas más lacerantes que tiene la gente, y eso significa recursos. ¿Qué nos pasa? Acudimos a la línea tributaria y bajamos la capacidad de competir con el resto del mundo. Pero en el mundo disputamos entre nosotros mismos. Si Argentina cobra muchos impuestos, se te rajan para Paraguay o para Brasil, y así sucesivamente ¿Por qué? Porque el capital es cobarde.

¿Tiene esto algo que ver con la democracia? No y si. Tiene que ver con la democracia porque si nosotros dejamos que este espiral de concentración de la riqueza vaya a favor de unos pocos como hoy, entonces la democracia se transforma en plutocracia por mejor apariencia que pueda tener.

Batalla cultural

Yo pienso que hay que descentralizar mucho más. La garantía de la democracia en la vieja Atenas, donde hubo varias tentativas de golpes, la constituían los hoplitas, que eran los remeros, digamos, “la pesada” de la época. Si a los trabajadores les damos sólo discurso y no logramos que se comprometan por los lugares donde trabajan, sean arte y parte y tengan algún peso creciente, nos va a faltar el desarrollo de la conciencia, porque el desarrollo de la conciencia significa intimar con los problemas con los cuales se vive. Nosotros, los gobiernos progresistas, logramos mejorar el nivel de vida de mucha gente y ayudamos en el reparto social. Pero no ayudamos en el crecimiento de la conciencia. Hicimos buenos consumidores, pero no logramos hacer ciudadanos. Debemos tener un sentido autocrítico y entender que los dirigentes del ala popular deben tener bonhomía, deben tener urbanismo, tienen que ser señores, pero tienen que vivir como vive la inmensa mayoría de su pueblo y vivir en las entrañas de sus pueblos. Hay que cuidar el contenido y hay que cultivar forma, sino, cuando queremos acordarnos, no sabemos dónde estamos. Y, al final, terminas pensando como vivís.

Me parece que elegir el lado del pueblo y de la justicia social implica una forma de vida y una forma de compromiso.

Sé que soy un poco duro y un poco exigente, pero el mundo está entrando en una encrucijada en la que, si esta economía de acumulación sigue por el camino del disparate del use y tire, así nomás, sin responsabilidad; nosotros no vamos a arreglar ningún problema y el capitalismo tampoco: vamos a terminar en un colapso civilizatorio. Porque el holocausto ecológico está a la vuelta de la esquina. En el fondo, necesitamos una batalla cultural. Necesitamos cambiar los parámetros con los que nos movemos. Tenemos que hacer heladeras que se repongan, que se arreglen. Tenemos que hacer máquinas que duren en el tiempo y evitar hacer botellas de plástico para pudrir el mar. Tenemos que encontrar otras soluciones. Todas van a ser más caras, pero tenemos que cuidar la vida, que es el motor principal, y eso significa un cambio cultural. Pero, si ese cambio cultural no lo empieza gente que se considera progresista, que intenta construir justicia social, ¿quién lo va a hacer?

Los tentáculos de la sociedad necesitan imperiosamente generar la cultura de que todos seamos subliminalmente potenciales compradores y que confundamos “ser” con “tener”. Esta es una necesidad para la acumulación.

Esa fuerza creadora y arrolladora del capitalismo, que fue formidable, que sacudió al mundo, que domesticó la ciencia y la puso al servicio de la productividad, es insaciable. Sigue, sigue y no puede parar. Es como aquella historia del hombre que tenía una fórmula para dar vuelta tierra, una pala mágica, pero no tenía la fórmula para pararla. Hay que hacer un montón de inmundicia en nombre del progreso: pudrir los mares, tirar materia prima, trabajar inútilmente y después quedarnos sin recursos para atender las cosas que son fundamentales. Esta es la lógica de la ganancia. Eso ha generado una cultura que está en nosotros. Pero si no cambia esto, no cambia nada.

¿Qué sentido tiene la democracia? Sencillamente, que la gente viva más feliz, que la gente tenga tiempo para realizarse y que tenga tiempo para cultivar sus afectos. Estoy aburrido de ver trabajadores que consiguen una mejora en el tiempo de su vida y lo único que hacen es conseguir dos trabajos. La democracia significa, entre otras cosas, compartir el gusto de vivir, el milagro de vivir. La democracia tiene que estar al servicio de la vida, no contra la vida. Hemos aprendido que tenemos que preocuparnos de toda la prole que nos acompaña en el milagro de la vida porque hemos aprendido que nos necesitamos todos.

¿Optimismo?
No, no soy optimista. Soy más bien conservadoramente pesimista.

Todo lo que digo puede ser una quimera. Pero ¿cuáles son las otras alternativas? Si seguimos cada cual, por su lado, si los pueblos siguen cada uno por su lado, en un mundo que se está aglomerando, nuestra democracia va a terminar siendo palabras, porque cualquier transnacional es más importante que nosotros. Y para enfrentar esa transnacionalización de la economía necesitamos un Estado fuerte. Fíjate lo que acaba de pasar con la pandemia: cada cual salió a hacer lo que podía. No fuimos capaces de decir: “vamos a comprar 500 millones de vacunas y vamos a negociarlo en conjunto”. No, ni siquiera nos juntábamos. Eso te habla a las claras de la situación en la que estamos.

¿Qué mensaje podemos darles a los jóvenes? Que se puede vivir porque se nació. En eso somos como una planta de zapallo, como un escarabajo: nacemos porque sí. Pero es milagroso haber nacido, y cada uno de nosotros es el único milagro que verdaderamente existe, porque había millones de posibilidades de que hubiera nacido otro. Ahora bien, la naturaleza nos dio una cosa que se llama “conciencia”. Pienso que la naturaleza hizo una aventura y creó a la máquina humana para repensarse un poco a sí misma. Se puede vivir porque se nació. Pero, hasta cierto punto, el rumbo de la vida lo podemos manejar un poco para un lado o para el otro porque tenemos conciencia.

Puedes tener una causa, un motivo para vivir, una forma de dar gracias a la vida. Pero dar gracias a la vida no puede ser hincarte a rezar por el milagro de haber vivido, sino intentar dejar algo por lo mucho que hemos recibido. Esa cosa que se llama “civilización” es una acumulación histórica, intergeneracional que recibimos cuando nacemos. Intentar dejar el mundo un poquito mejor. En lugar de un monumento de piedra como hacían los antiguos, o de una pirámide que los reyes se hacían a sí mismos, debemos tratar de dejar una parte de nuestra existencia en el intento de construir un mundo un poquito mejor. Esa es nuestra forma de agradecer a la vida conscientemente.

Vivir con causa o vivir para pagar cuentas, ese es el dilema. Podrás creer que la vida es tener una tarjeta para comprar en el shopping, y vivirás a crédito, pagando cuentas. Esa será tu realización. O puedes militar, movilizarte para intentar mejorar el mundo en el cual vives. Eso es tener una causa y un contenido para vivir. Esta no es una carga, creo que es una enorme satisfacción y alegría de carácter espiritual, no tener una vida de casualidad, sino una vida que intenta tener un contenido, una causa.

Yo soy un viejo rezongón, pero es el papel que tengo que cumplir. Un papel de levadura.

Sigo siendo socialista, sin ambages. Pero les digo que es imposible construir socialismo en sociedades pobres, porque terminas en la vía represiva. No podés construir un edificio nuevo con albañiles viejos. Lo que estoy diciendo es de una provocación brutal. Pero los quiero provocar para que piensen. ¿Sabés por qué soy socialista? Porque los hombres fueron socialistas por lo menos 150.000 años. En la última investigación que hicieron con los Kung San, que eran los hombres más primitivos que quedaban arriba de la Tierra, les preguntaron: “¿y ustedes no tienen jefe?” Los tipos más o menos respondieron: “nosotros somos jefes de nosotros mismos”. Y cuando los estaban observando dijeron: “son muy pobres”. Después que los estudiaron, vieron que trabajaban dos horas por día y después se la pasaban de joda. Entonces los antropólogos llegaron a una conclusión: “estos viven mejor que nosotros”.

Ese es el hombre primitivo, la criatura que llevamos dentro.

* * * * * * * * * *

*El presente texto es una adaptación de la clase que José Pepe Mujica realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentado por Nicolás Trotta. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global
El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Pueblael Observatorio Latinoamericano de la New School Universityel Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.
Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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APORTES PARA UNA CRÍTICA DEL REFORMISMO EN LA ARGENTINA
Texto poco conocido de Cooke escrito entre 1961 y 1962 a pedido de Fidel Castro, luego entregado al Che Guevara

Estos dos trabajos resumen nuestro planteo de la situación argentina.
El primero es un análisis de la posición del Partido Comunista Argentino, preparado en 1961, para conocimiento del cro. Fidel Castro. Al no poder cumplir ese propósito, y como su índole excluía toda difusión de su contenido, esto solo fue conocido por dos compañeros comunistas extranjeros a cuyo requerimiento fue redactado; la entregué al comandante Che Guevara. Allí están consignadas nuestras discrepancias fundamentales con el PCA y se exponen las razones de la línea que proponemos. El tiempo transcurrido y los acontecimientos posteriores en la Argentina no quitan valor a ninguna de aquellas premisas sino que, creemos, las reafirman. Por eso lo hemos dejado tal cual estaba.

La conclusión general de este trabajo era postular una política insurreccional, a la cual debían subordinarse todos los movimientos tácticos, incluidas las posiciones que se adoptasen frente a los comicios de fines del '61 y marzo del corriente año. Nuestro escepticismo sobre la posibilidad de llegar a la unidad por los caminos que proponía el PCA fue confirmado por el fiasco del candidato de la "unidad" en Santa Fe, doctor Alejandro Gómez, que solo obtuvo 40000 votos sobre un total de casi un millón de sufragios. Pese a que el PCA quiere capitalizar para el doctor Gómez el prestigio de la Revolución Cubana, los restantes movimientos fidelistas -PRAN (Peronismo Revolucionario de Acción Nacionalista), Partido Socialista Argentino de Vanguardia (secretario Tieffemberg), Movimiento de Liberación Nacional (Ismael Viñas, Sra. de Guevara) -constituyeron otro frente, que retiró sus candidatos y votó al candidato Peronista, que obtuvo 240000 votos. De ese episodio las fuerzas de izquierda salieron más divididas que antes, al punto que hubo un serio enfrentamiento entre comunistas y socialistas argentinos, que venían actuando en común.

No es de extrañar, así, que en los comicios de marzo último el PC tuviese que aceptar una unidad que consistió lisa y llanamente en su apoyo -lo mismo que los Socialistas de Vanguardia y demás partidos de izquierda- a los candidatos Peronistas. La decisión fue, en sí, auspiciosa y correcta. Pero la insistencia constante del PC en plantear erróneamente la unidad dio motivo a que solo le quedase abierta esa forma de unidad inorgánica, circunstancial. Paradójicamente el PC tuvo que decidirse por el movimiento de masas, pero en condiciones en que, dentro de este, favorecía a los sectores más politiqueros y reaccionarios, recibiendo ataques de muchos de los candidatos que estaban obligados a votar.

La unidad, tal como la concibe el PC, es imposible e inaceptable; la unidad a que se llegó es la variante menos favorable a la izquierda.
Entre uno y otro extremo hay una gama de gradaciones posibles y eficaces, que dependen no solamente de las circunstancias sino de la habilidad con que proceden los comunistas y los pequeños partidos que ellos controlan. La batalla definitiva por la unidad se dará en el seno del Peronismo pero influirá la actitud de las fuerzas de izquierda, cuyos aciertos facilitaran la lucha de los elementos revolucionarios por el control del movimiento. Y, simultáneamente, la unidad férrea y permanente solo será factible en la medida en que gravite internamente el ala izquierda Peronista.

El segundo trabajo parte de que la estrategia de masas debe ser insurreccional y entra en aspectos concretos a desarrollar. No es un recetario de fórmulas infalibles para tomar el poder ni un plan que pretenda prever las varias etapas de la lucha y la táctica adecuada a cada una de ellas. Pero sintetiza las bases de esa política revolucionaria y encara los pasos iniciales.

* * * * *

¿LUCHA LEGAL O INSURRECCIÓN?

Este Trabajo es un análisis crítico tendiente a demostrar que la línea del Partido Comunista Argentino no contempla las urgencias de esta hora dramática para la Nación y decisiva para Latinoamérica. La revolución socialista en Cuba crea condiciones para la unidad y el avance de las fuerzas revolucionarias del continente; al mismo tiempo, agrava las consecuencias de este error hasta un límite que no está condicionado por la gravitación del Partido Comunista como agrupación política interna sino por su calidad de representante oficial del socialismo mundial.

Esto determina el sentido de nuestra crítica, despojándola de la virulencia y carácter público que tendría si enjuiciase actitudes similares de fuerzas circunscriptas al ámbito local; porque lo que nos interesa de los desaciertos que señalaremos no es que no favorezcan en la lucha por la dirección de las masas sino que provengan del partido que, por su condición de socialismo "canónico", es obligado participante del proceso liberador y factor de su retardo o aceleramiento.

El razonamiento que expondremos supone, para fundamentar que el PCA propugna un curso de acción en pugna con la correcta aplicación de la teoría marxista, la mención de los antecedentes que la originan y las causales de ese reiterado fallo metodológico.

La táctica del PCA puede resumirse así: "formación de un frente democrático nacional, base de sustentación en un futuro próximo de un gobierno de amplia coalición democrática."(V.Codovilla 5-5-61).

Los medios de lucha implican la coalición electoral, apoyando a candidatos y/o partidos progresistas y a la presión de masas contra la política pro imperialista y antipopular del gobierno.

Está descartada, en cambio, la acción insurreccional, por no existir condiciones objetivas; sin perjuicio de que, si en el curso de la lucha por el pleno restablecimiento de las libertades públicas, dichas condiciones apareciesen, podría entonces recurrirse a formas violentas para tomar el poder; mientras eso no ocurra, la incitación a la violencia es provocación que desata la saña persecutoria y disminuye el margen de legalidad. Así podrán solucionarse los problemas de la nación, mediante la "revolución democrática, agraria y antiim-perialista".(V.Codovilla).

¿Están esos planteos de acuerdo con los intereses populares y nacionales en esta etapa histórica de la Argentina? Sostenemos que no.

Como el marxismo es una "guía para la acción" que debe aplicarse teniendo presentes las circunstancias de tiempo y lugar, ninguna circunstancia puede defenderse ex nihilo, sino en relación con la condicionalidad histórica que se tiene en vista. Ese principio nunca lo olvidan los comunistas argentinos cuando se trata de enfriar los entusiasmos insurreccionales que despierta el triunfo de Fidel Castro.

Y nosotros nos cuidaremos muy bien de no prescindir de él al fundamentar que la lucha insurreccional es la única salida para los problemas nacionales. En ninguna forma intentamos un trasplante mecánico de los procedimientos de Cuba, ni juzgamos nuestras condiciones por las que allí imperaron durante el proceso libertador.

(Un artículo del comandante Guevara en Verde Olivo analiza a fondo la cuestión, deslindando lo que pueda ser particularismo cubano de aquello que constituye ejemplo para toda Latinoamérica.) Partimos de que cada hecho histórico tiene un carácter distintivo, que autoriza a decir que es único; sabemos también que la actividad humana, por notable que sea, no puede exceder el marco del condicionamiento histórico-social. Intentamos eludir todo vestigio de mecanicismo en el caso Cuba y toda deformación que nuestros sentimientos tiendan a introducir en el escrutinio de los factores en juego. En otras palabras, no admitimos que las tesis insurreccionales tengan origen pasional (queriendo significar que no resistirían el examen que las confronte con la actualidad del país.) Pero esa debilidad la encontramos, en cambio, en la posición del PCA, en la que vemos el arraigo a otras del pasado. El rasgo común en todas ellas es que provienen de esquemas teóricos en donde pretende encerrarse una realidad vivida y cambiante. Creen que los partidarios de la insurrección imitamos a Cuba simiescamente. Pero no reparan en que hace treinta años que los comunistas argentinos se copian a sí mismos.

El Frente de Amplia Coalición Democrática que desemboque en el gobierno de amplia coalición democrática es la táctica permanente que parece servir para todas las circunstancias. En el año 1936, la solución correspondió a la táctica de los Frentes Populares; desde entonces es una receta invariada, con pequeñas modificaciones de enunciado, con Dimitrov o sin Dimitrov, pero aplicable a cualquier fin que se persiga.

En la práctica, los llevó a la alianza con las peores fuerzas y los alejó del pueblo en cada episodio decisivo.

Lenín, que captaba cada pequeña variante de la historia, decía: "Ocurre con harta frecuencia que cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados dejan pasar un tiempo mas o menos largo antes de orientarse ante la nueva situación creada, repitiendo consignas que si ayer eran exactas, hoy han perdido ya toda razón, tan súbitamente como súbito es el gran viraje de la historia." Desde 1935 hasta la fecha, la fisonomía de la Argentina cambió, se modificó su sistema productivo, la composición social de la población, la correlación de clases, etc., etc. Lo único que ha permanecido fijo atemporalmente es la consigna que comentamos, que no sufre el efecto ni de los "virajes violentos" ni de los virajes que ya tienen sobrada perspectiva histórica como para ser escrutados en todas sus consecuencias.

Esto es una crítica constructiva y no un memorial de agravios contra un adversario, así que nada que se diga lleva intención aviesa. Pero en la medida en que asignamos importancia a la función que debe cumplir el PCA en la lucha de liberación, debemos prescindir de los pasos de minué y plantear con claridad lo que consideramos sus errores.

Seria incompleta la afirmación de que el frente propuesto "no toma en cuenta las nuevas circunstancias"; la verdad es que tampoco tuvo en cuenta "las anteriores" circunstancias. Si en alguna de las oportunidades propuestas pudo haber cumplido un fin útil, es materia de especulación literaria. Lo cierto es que cuando funcionó en alguna forma, el PCA estuvo en la vereda de enfrente de las masas.

Pero ahora ya es totalmente obsoleto. Además de impracticable -cosa que nadie puede afirmar sin incurrir en cierto grado de agorería- es inocuo para los fines propuestos. Es demasiado amplio, demasiado vago, demasiado impreciso y no da solución a los problemas fundamentales. Carece, por lo demás, de atractivo para las masas; es un frente de superestructura que, de ser factible, solo serviría para usufructo de políticos burgueses con veleidades progresistas.

Ese frente, ¿para qué sirve?

Admitamos que ese agrupamiento posea posibilidades mágicas que nuestra intuición no alcance a captar, y tenga perspectivas de constituirse. Entonces preguntamos: ¿un frente para qué? Y nos encontramos con el primer golpe de la realidad: las masas argentinas no se movilizarán detrás de soluciones electorales, en las que no creen.
Frondizi tuvo, al menos, el mérito de matar las ilusiones electoralistas.

Todas las fuerzas "democrática, populares y nacionales" lo votaron en base a un programa de izquierda moderada. Mientras el Peronismo, después del triunfo negaba que Frondizi pudiese dar soluciones de fondo, aunque si crear condiciones para cambios profundos en caso de cumplir el programa prometido, el PC proclamó que "con Frondizi, el pueblo entró a la Casa de Gobierno". Lo importante no es confrontar esa disparidad de apreciaciones (aunque es extraño que el partido mayoritario no tenga afecto por la legalidad que le aseguraría el poder), sino poner de relieve que la masa popular votó "contra el continuismo de Aramburu-Rojas". Y que cualquier esperanza remanente, se desvaneció un mes mas tarde. Al ser declarados fuera de la ley el partido Peronista y el comunista, se demostró que la oligarquía solamente daría "estado de derecho" hasta el límite en que no estuviesen en peligro sus privilegios. El pueblo lo sabe, los comunistas lo saben, ¿A qué entonces, ponemos a restablecer esperanzas en los comicios?

En la Capital federal pudo darse el caso de que Alfredo Palacios, utilizando las banderas de la revolución cubana y de la libertad a los presos políticos, triunfase. Saquemos del episodio todo el dividendo propagandístico que podamos, pero no nos auto engañemos. En ese distrito, las fuerzas son más parejas entre los partidos: un vuelco en algunas barriadas Peronistas, sumado al voto de los comunistas, permitió resucitar la momia. El resultado es que, mediante eso, se fortaleció el ala reaccionaria del Partido Socialista Argentino, que acaba de expulsar, por pro soviéticos, a los grupos que dieron contenido popular a esa candidatura. Pero, electoralmente hablando, tengamos en cuenta: 1) que Palacios tiene simpatías entre la burguesía de la Capital, así que el aporte adicional de votos populares le dio el triunfo; en otros lugares, no se movilizaran las masas detrás de ningún mamarracho, aun cuando simule adhesión a causas simpáticas; 2) costó un gran esfuerzo evitar que Palacios repudiase el apoyo de los comunistas, que hicieron su campaña con el lema "Apoye a la revolución Cubana votando a Palacios", en contra de la voluntad del candidato; 3) que sin que viniese a cuento, Palacios acababa de hacer una declaración "contra el imperialismo soviético", para demostrar que sigue siendo "democrático". Eso en cuanto a la elección en la Capital, que tuvo características especialísimas. Algún partido nuevo con plataforma "progresista" podrá obtener muchos votos. Pero en ningún caso arrastrarán a las masas. Cuando más sacaran algunos legisladores, y con eso no pasa nada.

Si por algo decimos que el pueblo trabajador argentino está politizado, es porque no cree en las tonterías de la democracia "representativa".

Los Peronistas vivimos diez años inculcándoles esa idea, y otro tanto hicieron los marxistas. Y ahora que ese Pueblo sabe que no puede esperar nada de los partidos burgueses ¿vamos a restablecerle la fe perdida y tratar de demostrarles que por medio de las elecciones se alcanzaran los fines revolucionarios que terminen con la explotación y el imperialismo? ¿Es que acaso nosotros lo creemos?

Se dice, como argumento, que un gran triunfo electoral promovería la acción de los grupos más reaccionarios del ejército, con la contrapartida del descontento general que podría llegar hasta desembocar en condiciones para otro tipo de lucha. Ese razonamiento es demasiado tortuoso para nosotros. Porque significa aceptar que la proscripción del partido mayoritario y del Partido Comunista, la persecución a los obreros, las torturas, el Plan Conintes, etc. no bastan para estimular la rebeldía y demostrar que "dentro del régimen" el pueblo no puede llegar al poder: pareciera que el pueblo recién se enardecerá cuando perjudiquen y hagan trampa a los burgueses. ¿Así que tenemos que tratar de restaurarle la confianza en las elecciones, hacerle aceptar candidatos más o menos burgueses para que, en caso de triunfar, se sienta otra vez burlado y busque salidas no pacíficas? Esa sutileza escapa a nuestra percepción; es como si para demostrarle a un ateo que la idea de la trascendencia es falsa le inculcamos la fe católica y después lo ponemos en contacto con los prelados para que vea que son servidores de las malas causas y se desilusione. Siempre tendremos lo mismo que en el primer momento: un ateo (pero tal vez un poco más cansado.) Hay un razonamiento supremo en abono de la coalición electoral: como las elecciones son inevitables, y la gente tiene que votar y está cansada del voto en blanco, hay que procurar que no se fortalezcan las fuerzas más reaccionarias, y triunfen candidatos que merezcan más confianza. No creemos que sea tan sólido el razonamiento. En primer lugar, porque como vote la gente carece de importancia: ese sufragio desganado no expresa una voluntad combativa. Luego, porque en muchas partes la única manera de triunfar será optando entre los dos radicalismos que son otras tantas variantes de la infamia. Les daremos consagración de "populares" a los politiqueros, siempre rápidos en defender verbalmente las buenas causas que arrastran votos.

La objeción fundamental es que iremos al juego de la oligarquía, allí en el terreno donde es más fuerte y tiene los resortes a su servicio.

Los partidos "tradicionales" nos harán la ofrenda de protestar por las libertades de que los Peronistas y comunistas estamos privados, pero seguirán felices con esa maravillosa condición de vicarios en el mundo feliz de las estructuras intocadas. Si en algunos lugares podemos imponer partidos nuevos con planteos progresistas, suministraremos, a elementos que pueden ser útiles, el declive hedónico de las "oposiciones legales".

En ningún caso haríamos triunfar las buenas causas: en todo caso, haríamos triunfar a la legalidad. Pero en versión muy restringida.

Porque si se considera que el paso ineludible en una aproximación a la revolución antiimperialista es "el restablecimiento pleno de las libertades públicas", nuestro disentimiento sigue válido. Las libertades públicas no se conquistan, hoy en día, por mayoría de sufragios: que nosotros sepamos, los coroneles, generales y almirantes no se eligen por sufragio popular.

Frondizi sacó 4 millones y medio de votos, representativos de una amplia coincidencia nacional a su programa nacionalista. Pero al mes ya estaba cumpliendo el programa que solamente se había atrevido a postular un partidito que no llegó a 30000 votos. Salvo que caigamos en el burdo maniqueísmo de los partidos burgueses cuando están en la oposición, no pensaremos que es producto de la "maldad" de Frondizi. Pero extraigamos, si no lo sabíamos, la lección de que hay un poder real que predomina sobre la ficción de poder encarnada en los mandatos políticos.

En épocas normales, esa violencia está cristalizada en las instituciones del orden jurídico liberal burgués. Cuando toma caracteres tan concretos y se presenta sin ropaje, indica un estado avanzado en la descomposición del régimen. Las formas fascistoides indican una fase desintegrativa y no la invulnerabilidad del régimen.

Como hay que ser cuidadoso en las citas de los grandes marxistas (para evitar caer en lo que precisamente criticamos: la selección caprichosa de textos escritos para situaciones que pueden o no tener real similitud con la situación a que se aplican), prevengo que la que ahora transcribiré era un ataque de Rosa Luxemburgo a los revisionistas. Pero expone razones que pueden perfectamente aplicarse al caso argentino, en lo que tienen de esenciales.

"Para el revisionismo, las actuales erupciones reaccionarias son simplemente convulsiones que considera pasajeras y casuales y que no impiden establecer una regla general para las luchas obreras.

Según Bernstein, la democracia se presenta, por ejemplo, como un paso ineludible en el desarrollo de la sociedad moderna; para él, exactamente igual que para los teóricos burgueses del liberalismo, la democracia es la gran ley fundamental del desarrollo histórico en su conjunto y todas las fuerzas políticas activas han de contribuir a su desenvolvimiento. Mas, planteado en esa forma absoluta, es radicalmente falso, y nada más que una esquematización demasiado superficial y pequeñoburguesa de los resultados obtenidos en un pequeño apéndice del desarrollo burgués en los últimos veinticinco años. Si contemplamos más de cerca la evolución de la democracia en la historia y, a la par, la historia política del capitalismo, obtendremos entonces resultados esencialmente distintos. El progreso ininterrumpido de la democracia se presenta, tanto para nuestro revisionismo como para el liberalismo burgués, como la gran ley básica de la historia."

* * * * *

EL PROBLEMA DE LAS CONDICIONES OBJETIVAS.

La base de nuestra argumentación es que el frente electoral no es una actividad "hasta tanto se den las condiciones para otra clase de lucha", o que se combine con otro tipo de lucha. Significa canalizar las energías y la rebeldía popular hacia vías electorales, haciendo concebir falsas esperanzas si se tiene éxito o dando sensación de debilidad del movimiento popular en caso contrario. En cualquier caso, se retrasa la lucha insurreccional y se aparta de ella a los elementos más capaces y combativos del proletariado. Eludir el dilema entre revolución o compromiso con la burguesía es simple escapismo.

Sería admisible la posición si el planteo fuese insurreccional, y dentro de él se adoptase, como acción táctica eventual, un determinado apoyo electoral. Pero la táctica del PC es netamente electoralista. Las oportunidades para tomar el poder no caen llovidas del cielo sino que hay que crearlas; y centrar el esfuerzo en las elecciones es conspirar contra la creación de condiciones insurreccionales, si es que no existen.

Lo cual nos lleva al primer problema de fondo: analizar si hay condiciones. Y con esto, tanto como el análisis científico, entran a jugar las aptitudes personales de los grupos dirigentes revolucionarios y la capacidad para captar los sentimientos de la masa, sus aspiraciones, el grado de arraigo que tiene la ideología liberal, el residuo de prejuicios que conspiran contra soluciones radicales, etc.

Los esquemas se someten ahora a prueba por contacto con la realidad, y los dirigentes pueden fracasar por estar rezagados con respecto al nivel revolucionario de las masas o por haberlo sobreestimado.

Las decisiones quietistas implican menos riesgo desde que nada arriesgan y sometidas a criticas pueden ser defendidas escolásticamente con un manejo adecuado de citas marxistas; en las decisiones violentas, en cambio, el precio del error suele ser el desastre. Por eso inspira menos miedo la posibilidad de ser acusado de reaccionario que de provocador. Pero América Latina pasa por un período crítico, como todo el mundo subdesarrollado, y no es posible eludir un pronunciamiento, corriendo todos los riesgos que rodean a cada decisión histórica. Esa responsabilidad debemos asumirla, comenzando por plantear correctamente el asunto de debate.

Es decir, comenzando por no confundir "condiciones" con "oportunidades. Demostrar que el poder represivo de la oligarquía dominante es inmenso, que el imperialismo acudirá en su ayuda, que la fuerza revolucionaria es el proletariado urbano desarmado y no la gente del campo, todo eso tiene que ver con los métodos insurreccionales y no con las condiciones. Incluso admitimos que, dadas las "condiciones" pueden las clases populares pasar mucho tiempo sin encontrar las tácticas adecuadas. Pero hay que empezar por no confundir la estrategia con la táctica. Y sobre todo, con no seguir tácticas que, lejos de aprovechar las condiciones, si existen, o contribuir a crearlas en caso contrario, impiden que estas se desarrollen. La concentración de poderío bélico en manos de los sectores reaccionarios implica la necesidad de un análisis exhaustivo de la oportunidad en que se den las batallas decisivas; en forma alguna puede inferirse, en cambio, que constituyen el argumento para descalificar la insurrección. ¿Es que acaso el poder del estado no ha sido siempre el dispositivo de defensa de las clases dominantes? ¿Es que acaso las FFAA de la Argentina permitirán un avance por medios democráticos o de cualquier índole, que ponga en peligro el "orden de Occidente" del cual son custodios en el país?

Las condiciones jamás se presentarán formando un haz, completas, sin que falte nada. Hay que descubrirlas escrutando algo tumultuoso, turbio y complicado como es la realidad económico-social. De lo contrario, las revoluciones serían perfectas: estallarían exactamente en el punto histórico de incidencia, ni un minuto antes ni un minuto después. Y la vanguardia no necesitaría más que estar atenta a ese llamado, que le indicaría que puede proceder a instalar la dictadura del proletariado en un medio donde la razón no dejaba ningún estrato en la penumbra.

En la Argentina de hoy, si nos atenemos a una estimación más modesta de las posibilidades de que las condiciones aparezcan configuradas nítidamente, éstas están dadas con exceso: empobrecimiento de la clase trabajadora y desconocimiento de sus derechos como tal, proscripción política de los partidos Peronista y comunista, concentración de riqueza en los sectores agropecuarios e industriales vinculados al imperialismo, inmoralidad administrativa, resentimiento nacional ante el sometimiento a las potencias anglosajonas, falta de confianza en los partidos tradicionales, estímulo del caso Cuba, quiebra del orden institucional por las continuas interferencias del Ejército, etc. Todo lo cual configura un cuadro propicio para las soluciones revolucionarias, que cuentan con el elemento básico de un proletariado numeroso, combativo y antiliberal y una clase media políticamente desilusionada en su parte conservadora y entusiasmada por la gestación cubana en sus sectores más avanzados. Estas son, aun superficialmente enumeradas, las condiciones que objetivamente autorizan la licitud del planteo insurreccional. La función de la vanguardia es incrementarlas, dar cohesión al esfuerzo popular, ofrecerle una salida, buscarle los medios de dar la lucha. Que se acierte o no en esa labor, es otra cosa.

Que pueda decirse que no hay condiciones para un alzamiento no es argumento para afirmar que tampoco existen para la tarea insurreccional. Cuya tarea es la que dará lugar a las restantes condiciones. No podrá imputársenos el pecado de mecanicismo si traemos una cita del caso cubano. Fidel Castro vio claramente lo que el resto de los políticos no veían y con el seudónimo de Alejandro afirmó en una publicación clandestina: "El momento es revolucionario y no político. A un partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria, de origen popular, que salve a Cuba". Y debemos convenir en que había entonces, aparentemente, muchas menos condiciones, y la realidad cubana ofrecía escasos indicios para semejante afirmación. La historia es cruel y no hay otra manera de demostrar que se tiene razón triunfando: Fidel Castro es el líder de la liberación americana; de lo contrario, hubiese sido un provocador.

Decir que la tesis de la insurrección de América Latina (los Andes serán la Sierra Maestra del continente) es un injerto trotskista es no decir nada. En primer lugar, porque casi todas las sectas realmente trotskistas tampoco creen que existan las famosas "condiciones". Y luego, porque el debate sobre el tema no es una discusión en el seno del partido, donde la imputación basta por si sola para desprestigiar la tesis incriminada. Aplicar el calificativo es una forma de ahorrarse la demostración de que el enfoque propio es correcto, inventando al contradictor un aporte teórico ficticio que oculte la real coincidencia con los mas destacados líderes de la ortodoxia marxista-Leninista (entre ellos, claro está, Mao y también Jruschov: ´Por eso solo con la lucha comprendida la lucha armada, es como pueden los pueblos conquistar su libertad e independencia ¿Pueden tener lugar en el futuro guerras como esa? Si, pueden ¿Pueden tener lugar insurrecciones como esa? Si, pueden. Pero son precisamente guerras o insurrecciones populares. ¿Pueden crearse en otros países condiciones en las que el pueblo, agotada la paciencia, se levante con las armas en la mano? Si, pueden crearse. ¿Cuál es la actitud de los marxistas hacia esas insurrecciones? La más positiva. Los comunistas apoyan en todo, esas guerras justas y marchan en las primeras filas de los pueblos que sostienen una lucha de liberación".) Dentro de una estrategia insurreccional, las combinaciones políticas o los apoyos electorales ante el hecho concreto de las elecciones, tienen un sentido que es muy diferente del que adquieren cuando el frentismo es un fin en sí mismo (al menos para toda una etapa).

Porque en este último caso no solamente es ineficaz para los fines perseguidos, sino que anula los expedientes de la violencia. Si las "condiciones" no existen, la coalición del tipo de la propuesta no contribuirá, por cierto, a crearlas. Si la táctica es inocua, es una derrota de las fuerzas populares. Si llega a tener algunos éxitos desencadenara medidas represivas: y con eso no adelantamos nada porque lo que sobran son ejemplos de prepotencia oligárquica; estaremos a fojas uno.

Pero vamos a suponer lo que ninguna persona en sus sano juicio puede aceptar como posible: que con la organización del PC y la fuerza numérica del Peronismo comencemos a imponer candidatos que lleven planteos de izquierda, y que eso triunfe contra las maniobras del gobierno, los divisionismos fomentados desde los poderes públicos, el silencio de la prensa, la campaña de la Iglesia contra el "avance rojo", etc.; y que las Fuerzas Armadas dejen que este proceso se desarrolle sin tomar medidas en defensa de la "democracia". Aun en ese supuesto idílico habríamos actuado como disolventes de la unidad que puede darnos el triunfo, que es una unidad dinámica, solamente forjable en una lucha trascendente, y no la unidad que consiste en la coincidencia comicial. Porque no son dos aspectos de una misma unidad, sino dos tipos de unidades, excluyentes entre sí. La unidad que nos interesa no es independiente ni de los fines perseguidos ni de las tácticas empleadas.

En la lucha insurreccional tanto en sus aspectos centrales como en las acciones marginales de agitación, propaganda, etc., únicamente el proletariado puede asumir el rol de vanguardia. En la táctica reformista el proletariado deberá someterse a la burguesía, abandonarle la dirección, actuar en el terreno que ella fija, someterse a las reglas de juego que ella establece, quedarse dentro de los límites que ella admite. Es decir que los trabajadores se reducirán, en última instancia, a las tareas de "presión" sobre los aliados -la mayoría de los cuales serán circunstanciales- para que estos a su vez "presionen" dentro del régimen. Y todo este ajedrez tan complicado se termina apenas tres guarniciones se pongan de acuerdo por teléfono y resuelvan darle una patada al tablero so pena de frenar la ola roja. Porque la presión de las capas populares, para ser efectiva, tiene que expresarse en formas que nada tienen que ver con las elecciones.

Aunque manden algunos electos a representarlas en los cuerpos políticos, no son estos los que constituyen su fuerza de presión: sería un optimismo infundado el que pensase que cogobiernan, que integran el poder del Estado. Compárese con dos casos en que realmente hubo cogobierno. En 1917, frente al Gobierno Provisional de Lvov había un gobierno suplementario, accesorio, de fiscalización, encarnado en el Soviets de los diputados obreros y soldados de Petrogrado "que se apoyaba directamente en la mayoría absoluta del pueblo, en los obreros y soldados armados" (Lenin). El otro caso es de la misma esencia; después del triunfo de la revolución cubana, durante varios meses coexistieron el gobierno de Urrutia y Miró Cardona con otro gobierno, formado por Fidel Castro como representante del Pueblo. En los dos ejemplos citados, puede hablarse de un poder compartido tecnicismos aparte-, pero con el gobierno popular apoyado en fuerzas que impedían que el gobierno reaccionario pudiese reprimirlo. Eso es jugar la presión de las masas; lo otro es plegarse al enemigo.

No nos engañemos; ningún partido ni grupo burgués quiere un proletariado político; todos aspiran a representarlo como tribunos de la plebe, con empleo de todo el lenguaje progresista y el cubanismo que aporte votos. Al llevar a los trabajadores a votar por alguno de ellos, estamos fortaleciendo a los enemigos -confesando o no- de su ascenso al poder. Y estamos debilitando esa voluntad de poder que es uno de los ingredientes insustituibles de la revolución.

Los individuos que componen una clase tienen su visión del mundo y de los problemas derivados del papel que desempeñan en la sociedad; pero solamente mediante la acción, actuando como clase, es que toman conciencia de ello. En épocas en que los sucesos son normales, en el proletariado conviven su visión particularísima con la ideología impuesta por la clase dominante. Mientras aquella es inarticulada e inorgánica esta es coherente, orgánica, fijada por el machacar de las maquinarias educacionales y propagandísticas. Pero en los momentos decisivos, esa ideología extraña a sus intereses entra en colisión con las necesidades del proletariado, que pasa a actuar con autonomía y asciende así a la autoconciencia. Por eso, salvo en cierta capa minúscula, es imposible un desarrollo de la mentalidad revolucionaria a través de tácticas no revolucionarias.

Si un mérito nadie le niega a Perón es el haber desarrollado en los trabajadores el sentido de clase y la conciencia de su fuerza. Sobre esa mentalidad así preparada, hay que actuar sembrando la ideología de la revolución. Lo que será imposible si se encara como una mera difusión teórica, mientras se aconsejan políticas pragmáticas dentro del orden establecido. Esta dicotomía entre pensamiento y acción es factible para movimientos pequeños integrados por iniciados; es nefasta para un gran movimiento de masas, donde el ascenso al sentido de la libertad real se adquiere por la praxis y no en la difusión teórica. Los objetivos no pueden estar divorciados de los medios que se utilizan, porque los pueblos no asimilan las nuevas concepciones en abstracto, como pura teoría, sino combinadas con la acción. Los métodos revolucionarios impregnan a la masa con la teoría revolucionaria. (Y lo mismo ocurre, con signo inverso, con la táctica reformista.) Un efecto secundario -pero en modo alguno omitible-de la aceptación de la tesis del Partido Comunista, sería el retroceso de los cuadros revolucionarios en el seno del Peronismo, en beneficio de los elencos politiqueros y sumisos. Estos tendrían frente a la masa el argumento de que lo único que los separa del ala izquierda es el criterio para seleccionar los candidatos que merecen apoyo. Y hasta alegaran su mayor ortodoxia, pues en lugar de combinaciones electorales siempre sospechosas para mucha gente ofrecerán partidos neo peronistas, que el gobierno estimula para dividir el sufragio popular.

JOHN WILLIAM COOKE

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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LOS QUE LUCHAN Y LOS QUE LLORAN
Jorge Ricardo Masetti

Dedico este libro –que no es otra cosa que una simple Crónica periodística- a los que luchan.
Muchos de los que he llegado a conocer encontrarán sus nombres en estas páginas. En cambio he omitido los de otros, cuya seguridad y la eficiencia de su trabajo revolucionario puedan verse comprometidas por la mención.
Sobre la veracidad de lo que narro acerca de los revolucionarios cubanos, pongo por testigos a los revolucionarios cubanos.
Sobre la veracidad de lo que narro acerca del gobierno de Fulgencio Batista, pongo por testigo a Fulgencio Batista

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ÍNDICE DE CAPÍTULOS

Prólogo Prefacio y Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII
Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Capítulo XII Capítulo XIII Capítulo XIV Capítulo XV

 

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Adrogué, septiembre de 1958

Prólogo

Que su nombre siga casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos era previsible para Jorge Masetti. Periodista, sabía cómo se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia.
Masetti, desde luego, era un rebelde integral. La guerrilla de Salta, su presencia en Argelia y en Playa Girón, Prensa Latina, este libro, son eslabones de una misma cadena de admirable coherencia. Entre 1958 y 1964 vivió para la revolución latinoamericana cuya semilla está en Cuba y la revolución vivió tempestuosamente en él.

Hubo sin duda un proceso cuya génesis atestiguan estas páginas. Masetti era reportero de radio “El Mundo” cuando en 1958 decidió ir a ver qué sucedía en Cuba. Sus contactos eran débiles, sus medios escasos, su objetivo –Fidel en la Sierra- desmesurado.

La medida del peligro está dada, sin énfasis, en su propio relato: de los dos periodistas extranjeros que Masetti encontró en la Sierra, uno fue asesinado, al descender, por la policía de Batista; al otro lo torturaron y “cantó”.

Mortales esperas, escondites, marchas imposibles a pie y en mula, la confianza jugada a cara o cruz en cada instante, lo acercaron a los grandes protagonistas de su historia. En el camino iban quedando el pueblo cubano, sus campesinos ametrallados, sus aldeas arrasadas con NAPALM. Masetti, que confesaba no haber tirado nunca un tiro, se encontraba de golpe bajo el fuego de las ametralladoras 50 con que un avión rociaba en la meseta lo único que daba señales de vida: él y su guía. Una campesina le entregaba un revólver 22 no para defenderse, sino para suicidarse si se topaba con los guardias. Cambiaba él mismo su ropa oscura de porteño con aires de compadrito por la guayabera del campesino, por el uniforme del ejército rebelde. Pero en ese ilusionismo de periodista ingenioso había como un oscuro rito, una transformación auténtica. Había ido lleno de dudas, prevenciones, sutilezas y se lo tragaba la insuperable experiencia colectiva de un pueblo en revolución.

Los reportajes a Fidel y al Che, transmitidos por Masetti desde la radio rebelde, fueron importantes en la propia isla: era la primera vez que el pueblo cubano escuchaba a sus líderes. En aquel momento la revolución –agraria, popular, antiimperialista- no se definía aún públicamente por el socialismo. Eso llegaría después. “Mucho de lo que estábamos haciendo ni lo habíamos soñado”, declaraba Guevara:

Los combatientes se volvían revolucionarios en la lucha misma, sacudían sus ataduras mentales, sus prejuicios, sus lazos con el pasado. Pero al mismo tiempo procuraban no alarmar más de lo indispensable al enemigo verdadero que se ocultaba tras la dictadura de Batista: conocían ya el NAPALM y el fósforo vivo de fabricación norteamericana que regaban los aviones. Los amigos de la revolución libraban una dura batalla dentro de los propios Estados Unidos para contener esos embarques de armas que antes y después han masacrado pueblos enteros. Que Fidel Castro hablara de elecciones, que otros dirigentes eludieran una definición sobre el comunismo, que la revolución no alejara a sus momentáneos aliados de la burguesía, eran necesidades implacables en la guerra. Las decisiones, en todo caso, surgirían del pueblo en armas.

Cuando Masetti regresa a La Habana, está marcado. Las radios del Caribe retransmiten todavía su reportaje, el país entero ha escuchado su voz, la policía conoce su cara. Los únicos que parecen ignorar su hazaña son sus jefes en Buenos Aires. Un angustioso cambio de telegramas le confirma que no han recibido nada. Entonces hace algo que requiere un coraje excepcional: vuelve a la Sierra y graba por segunda vez su reportaje.

Las tretas que usa para sortear el cerco represivo lo pintan a Masetti. Turista alemán, viajante italiano o presunto esposo de una campesina gorda, no pierde en mitad del peligro su agudo sentido de lo cómico. Mucho menos esa mirada fotográfica del periodista nato, capaz de dar en cuatro líneas lo esencial de cualquier situación. Los pequeños retratos de la pequeña gente brillan con luz propia junto a los héroes mayores del Olimpo. Santiago a oscuras, la carretera desierta, “el sonido de fondo” que acompaña su reportaje a Guevara, son estampas memorables en un relato sin pausas.

Este reportaje es, en mi opinión, la mayor hazaña individual del periodismo argentino.
Al salir de Cuba con un pasaporte rudimentariamente falsificado, Masetti tuvo la sensación de que desertaba, de que volvía al mundo de los que lloran y dejaba atrás el mundo de los que luchan. Esa tajante división iba a decidir su vida, precipitar su muerte.

La revolución triunfante eligió a Masetti para una tarea más difícil que su reportaje en Sierra Maestra. A comienzos de 1959, crea la primera agencia latinoamericana de que consigue inquietar a los monopolios informativos yanquis. La deformación por la prensa internacional de las noticias cubanas había empezado mucho antes de la caída de Batista, cuya larga permanencia en el poder profetizaba la revista Time en su primer número de 1959, cuando ya el régimen se había desplomado…La campaña contra el gobierno revolucionario alcanzó una intensidad jamás vista en la historia. United Press y Associated Press, las agencias que monopolizan el mercado mundial de noticias, pusieron en marcha esa catarata de basura informativa que dura hasta hoy, preparando el terreno para la cadena de agresiones que iba a culminar en Playa Girón. Para contrarrestar en lo posible ese ataque incesante y despiadado, nació Prensa Latina.

La empresa pudo parecer utópica. Los monopolios informativos reaccionaron ante la competencia como todos los monopolios. La guerra desatada contra Prensa Latina invocó el pretexto de que era una agencia oficial. PL era, por supuesto, tan oficial como United Press,

Reuter o France Presse: no hay en el mundo una agencia que no responda a los intereses de un estado nacional, o de un grupo monopolista estrechamente vinculado a ese estado. La diferencia consiste en que los países dominantes del mundo occidental prohíben ese lujo a los países dependientes. Las tentativas realizadas en Argentina y Brasil durante los gobiernos de Perón y Quadros fracasaron ante la embestida de las agencias norteamericanas que contaron como aliados a los grandes diarios comerciales de ambos países, para quienes el periodismo estatal es un crimen cuando se trata del estado nacional, y no lo es cuando detrás se oculta el poder extranjero.

En el caso de Prensa Latina había otra diferencia, más “criminal” aún. Todos los periodistas que trabajaron en ella eran latinoamericanos. Plinio Mendoza y Gabriel García Márquez en Colombia, Mario Gil en México, Díaz Rancel en Venezuela, Teddy Córdova en Bolivia, Aroldo Wall en Brasil, García Lupo en Ecuador y Chile, Onetti en Uruguay, Tríveri en Estados Unidos, Ángel Boan en cualquier parte, demostraron que una agencia no era algo tan misterioso como pretendían los viejos amos del periodismo. Dondequiera hubo que pelear por la noticia en igualdad de condiciones, llegaron antes y la escribieron mejor. Como testigo de esa competencia pude comprobar que el periodista norteamericano es profesionalmente mediocre, apegado a la rutina, desprovisto de curiosidad y de amor por lo que hace. Al tener que competir con nosotros, con un conocimiento del medio local que no excedía los despachos ministeriales o el lobby de los grandes hoteles, se encontraban en una impresionante desventaja. Esa prueba no les gustaba para nada, y aunque mejoraron momentáneamente su servicio, acentuaron la campaña de desprestigio y la presión sobre los dóciles gobiernos.

Tuve una idea de lo que esa presión significaba en mayo de 1959, cuando en ruta a La Habana debí hacer escala en Río de Janeiro por 48 horas que se convirtieron en 48 días. Se trataba de tomar una oficina, arrendar un canal de teletipo y designar un jefe de corresponsales brasileño, tres cosas sencillas para las que no existían obstáculos legales. Las dificultades que surgieron eran tan absurdas que no tenían explicación dentro del marco idílico de la libertad de prensa, la libre competencia y otras fantasías. Ese año la United Press confesaba para su filial en Río una pérdida de un millón de dólares lo que sin duda revelaba sus buenos sentimientos. Inmovilizar un expediente en el ministerio de Viaçao, era mucho más barato.

La burocracia brasileña es la más imaginativa que he conocido: siempre faltaba algo, una coma, un “carimbo”, hasta un análisis de orina y una muestra de sangre. La maquinaria gubernamental chorreaba corrupción y demora en proporciones kafkianas.

Téngase en cuenta que las relaciones entre Cuba y los países americanos, incluidos los Estados Unidos, eran todavía “normales”. La agresión contra PL era por supuesto una partícula de la agresión global que se gestaba. Los tropiezos que menciono se reprodujeron en las veinte filiales latinoamericanas de PL. Que hayan podido superarse, bien o mal, es un tributo al genio de Masetti. Un año después de creada PL tenía además sucursales en Washington, New York, Londres, París, Ginebra, Praga. Convenios firmados con TASS, CTK, Tanjug, Hsian Hua, y agencias egipcias, indonesa y japonesa le daban un ámbito mundial.
L’Express de París y el New Statesman de Londres habían cedido sus derechos latinoamericanos por ínfimas sumas; The Nation y The New Republic, de Estados Unidos, los daban gratis.

Más de cien clientes en América Latina y muchos centenares en los países socialistas, un volumen noticioso comparable al de las agencias norteamericanas, colaboradores regulares de la talla de Sastre, Waldo Frank, Wright Mills: todo esto era realidad a mediados de 1960.
La cobertura de ciertos episodios latinoamericanos como los terremotos de Chile, el primer golpe militar contra Frondizi o la revolución de Castro León en Venezuela, fue excepcional.

Pero también se dieron algunos buenos “palos”, como decían los cubanos, en territorio enemigo: Ángel Boan (que después murió en Argelia) fue el único en conseguir un reportaje a Chessman doce horas antes de su ejecución. El mismo Boan le sonsacó una divertida entrevista a Trujillo (no teníamos corresponsal en Santo Domingo, por supuesto) mediante el simple expediente de llamarlo por teléfono en nombre de una agencia rival, mientras un colega argentino conseguía en Madrid la primera declaración de Perón favorable a Fidel Castro. Una noche, en el aeropuerto de La Habana, hice el reportaje más corto de mi vida.

Era Ernest Hemingway, que decía: “Vamos a ganar. Nosotros los cubanos vamos a ganar”. Y agregaba: “I’m not a yankee, you know”.

Algunas veces excedíamos los límites habituales del periodismo. Fue PL quien señaló con meses de anticipación el lugar exacto en Guatemala –la hacienda de Retalhuleu- donde la CIA preparaba la invasión a Cuba, y la islita de Swan donde los norteamericanos habían centralizado la propaganda radial por cuenta de los exiliados.

Vivíamos, puede decirse, al pie de la teletipo, pero no recuerdo un trabajo que se hiciera con tanta felicidad. Masetti era incansable, un temperamento meridional, lleno de recóndito humor. Un tabaco y una guayabera que alternaba con el traje oscuro y la corbata negra, le bastaban para sentirse “aplatanado” sin abandonar una sola inflexión de su lenguaje porteño. Era pintoresco verlo irrumpir en la redacción donde predominaban los cubanos y gritar sus órdenes tratando a todo el mundo de vos. Se casó, por segunda vez, con su secretaria cubana. De madrugada, cuando cerraban los últimos canales, había tiempo para reunirse en su oficina donde circulaba un mate y un tocadiscos pasaba un tango. Alguna vez la presencia de un centinela guajiro en la puerta cerrada indicaba la presencia del Che. La amistad que los unía llevaba el sello indisoluble de la Sierra.

La suerte de Prensa Latina estaba ligada a la revolución cubana. La SIP, regenteada entonces por el coronel Dubois, dictó el úkase definitivo prohibiendo a sus miembros usar los servicios de PL. Una noche, en una callejuela de Costa Rica, la casualidad deparó a Masetti el placer de decirle en tres palabras lo que pensaba de él. Dubois se hizo el sordo pero ya las puertas de los diarios estaban cerradas.

Es conocida la presión implacable que llevó a los gobiernos latinoamericanos a romper con Cuba. En cada caso la ruptura por precedida por el cierre de PL. Masetti lo había previsto con mucha anticipación. Cuando llegó el momento la agencia contaba con equipos de escucha capaces de suplir en parte el vacío, y la construcción de una potente emisora llegaba a su fin. Cuba no podía quedar aislada en el campo de la información, y no quedó aislada. PL sigue hasta hoy dando al pueblo cubano las noticias del mundo, e informando a los que quieran o puedan escucharla, lo que pasa en Cuba. Esa es la obra de Masetti.

En marzo de 1961, Masetti renunció a Prensa Latina. Su alejamiento tiene que ver con el auge momentáneo del sectarismo, pero sobre todo con su deseo de ocupar un puesto de más riesgo en la tarea revolucionaria a la que ya estaba entregado por completo. Esa oportunidad se dio en seguida, en Playa Girón. Masetti retomó el comando de la agencia y vio sucumbir bajo el fuego de las milicias las últimas tentativas norteamericanas por reimplantar su dominio en la isla.

Después marchó a Argelia, donde se combatía aún. Era el intermedio necesario antes de acometer su última empresa, la guerrilla de Salta. La idea de traer la lucha armada a la Argentina no era nueva en Masetti. Nació en la misma Sierra, la meditó largamente en La Habana. Puede discutirse, se discute, si el momento elegido era el apropiado, si la teoría del foco es o no correcta, si la lucha armada puede entablarse sin el respaldo de una sólida organización política. La honestidad de Masetti, la coherencia consigo mismo, la fidelidad al precedente cubano, están fuera de la discusión.

Pertenece a esa lista ya larga de hombres que en América Latina vivieron sus ideas hasta el sacrificio: De la Puente Ojeda, Lobatón, Camilo Torres, Ernesto Guevara. Sabía que la victoria final de la revolución está amasada con los fracasos anteriores. El triunfo fulminante de los cubanos en enero de 1959 no basta para borrar las derrotas que lo precedieron, ni aun la más memorable de esas derrotas: el asalto al Moncada. Dentro de esa perspectiva no hay quizá victorias ni fracasos individuales, aunque haya experiencias que recoger y asimilar.

En los campos de Argelia, Masetti volvió a tomar contacto con la guerrilla. A fines de 1962 estaba de regreso en Cuba, alcanzó a conocer a su hija recién nacida, después se alejó para siempre. Cuando reaparece en la provincia de Salta, el pequeño grupo de rebeldes que lo acompaña lo conoce solamente por su nombre de guerra: Segundo. La elección está explicada en una carta de Federico Méndez y Juan Jouvé, sobrevivientes de la guerrilla encarcelados hasta hoy:

“Al ingresar en el EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo) cada miembro adoptaba un nombre de guerra, y Masetti eligió el de Segundo por el siguiente motivo: el Che, que en ese momento realizaba tareas imprescindibles para la Revolución Cubana, pertenecía en forma honoraria al EGP, conociéndosele a ese fin por el nombre clave de Martín Fierro…Masetti eligió el de otro gaucho famoso, Segundo Sombra…Luego Masetti fue conocido simplemente por Segundo, aunque fue realmente nuestro primer y único comandante.”1

Otro sobreviviente recuerda:
“Nunca hablaba de su vida personal. Sabíamos que tenía mujer e hijos porque una vez los mencionó. En cierta oportunidad, él mismo habló de Masetti en tercera persona.
Pero yo ignoraba que fuese él, y las fotos que después me mostraron tenían poco que ver.

Cuando lo conocía tenía una gran barba negra, casi azul. Costaba tutearlo, era imponente.”

A comienzos de 1962 Masetti escribía a su mujer: “Ya van cuatro meses y medio que aguardamos, con ansias controladas pero que nos devoran, el momento de rendir “nuestra materia”. Siempre presentes, las primeras palabras de la carta de Martí a Mercado que constituyen también las iniciales de la Segunda Declaración de La Habana: “Ya puedo escribir…Ya estoy todos los días en disposición de dar la vida por la patria”, y agregaba: “La Revolución ya no es un hecho a observar, un hecho histórico a criticar, sino que la Revolución somos nosotros mismos… es nuestra conciencia, la que nos juzga y nos crítica y nos exige.”

Se sentía fuerte y optimista, a pesar de las dificultades de la vida en el monte. Adiestraba a su gente, se movía sin cesar eludiendo cualquier choque. No había perdido su buen humor, su ácido espíritu de broma. Cargaba la mochila más pesada, a pesar de una dolorosa desviación de columna vertebral que lo hacía sufrir bastante. A fines de 1963 dice en una nueva carta a su mujer: “Ahora llevamos recorridos más de un centenar de kilómetros en el mapa, aunque en realidad son muchísimos más. Nuestro contacto con el pueblo es desde todo punto de vista positivo. De los coyas aprendimos muchas cosas, y los ayudamos en todo lo posible. Pero lo más importante es que quieren pelear…

Es ésta una región en que la miseria y las enfermedades alcanzan el máximo posible, lo superan. Impera una economía feudal… quien venga aquí y no se indigne, quien venga aquí y no se alce, quien pueda ayudar de cualquier manera y no lo haga, es un canalla…”

A comienzos de 1964 los diarios publican las primeras noticias de la guerrilla, cuyos días estaban contados. En marzo los servicios de informaciones consiguen infiltrar dos hombres que promueven un incidente donde resulta herido el guerrillero Diego. La gendarmería captura un campamento con cuatro hombres, donde estaban todas las provisiones. El hambre acosa ahora a la guerrilla: la zona está desprovista de caza, incluso de pájaros. El guerrillero Antonio muere despeñado. El 18 de abril es sorprendido un nuevo grupo. Días después en un confuso choque con la gendarmería resultan muertos Hermes (Hermes Peña, cubano) y Jorge. Diego, César y Marcos mueren de hambre. Los dispersos van cayendo en grupos de dos o tres.

Masetti no aparece nunca. Se ha disuelto en la selva, en la lluvia, en el tiempo. En algún lugar desconocido el cadáver del comandante Segundo empuña un fusil herrumbrado.
Tenía al morir 35 años, había nacido en Avellaneda.

1 Carta abierta de Méndez y Jouvé a Ricardo Rojo, a propósito del libro de éste Mi amigo el Che.

Rodolfo Walsh
Marzo de 1969

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Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Prefacio

Existen dos Cubas: la creada para la exportación y la auténtica, la que pugna por ser integralmente una república.
La primera, convierte el drama en pintoresquismo caribe, con sargentos ascendidos a generales y presidentes fantásticamente ricos que viven en el exilio fomentando revoluciones.

La Cuba que escribe Habana con v, para mejor identificación por los extranjeros que van a bailar la rumba, y que sólo tiene voz de maracas y bongó. La Cuba de los carteles de compañías aéreas con bailarines color habano danzando semidesnudos alrededor de una palmera. La Cuba que sólo se concibe libre, mezclada con Coca Cola y con clima tropical acondicionado para turistas que hablan inglés.

Y existe la otra Cuba: la que logró a fuerza de actos heroicos y escalando sobre cadáveres destrozados, saltar la muralla de bolsas de azúcar y mostrar al mundo entero que las estridencias del cha cha cha no lograban tapar sus gritos de indignación. Que la isla de Martí era ocupada por un pueblo que luchaba violenta y tenazmente por recuperar lo que había ganado al ganar su independencia. Que había logrado que su revolución no fuera una revolución más en el Caribe, sino que se convirtiese en el símbolo de lo que puede la voluntad de ser libre, sobre la maquinaria opresora de una dictadura.

No obstante, había que averiguar qué se escondía, si algo se escondía, detrás de ese formidable movimiento.
Contra todas las previsiones, a pesar de las violentas represiones, superando el terror sembrado con prodigalidad de asesino millonario, la revolución cubana no podía ser sofocada y archivada. Los hombres, encabezados por Fidel Castro, se habían mantenido demasiado tiempo en el campo de batalla y la publicidad que había logrado su lucha era lo suficientemente profusa, como para despertar sospechas.

Confieso que salí de Buenos Aires lleno de dudas. Mi opinión sobre Batista estaba formada, por supuesto. Pero había que averiguar quiénes eran los que trataban de voltearlo y a qué intereses respondían.

La única forma de saberlo, de despejar los interrogantes que siempre dejaban abiertos los cables de las agencias noticiosas, de conocer si realmente la causa del Movimiento 26 de Julio merecía la adhesión de quienes querían la libertad de Latinoamérica, era ir hasta Fidel Castro y plantearle claramente las preguntas que nos hacíamos aquí.

Los argentinos queríamos saber quién era el hombre que encabezaba la revolución en Cuba, qué era el Movimiento 26 de Julio, qué aspiraciones tenía y quién lo financiaba.
Queríamos saber si las balas que se disparaban contra Batista eran pagadas en dólares o en rublos o en libras esterlinas. O si se daba en Latinoamérica la desconcertante excepción de que una revolución en marcha hacia el triunfo no fuese financiada por el propio pueblo.
J.R.M.

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Capítulo I

Bajé del avión y no pude evitar sentirme turbado por el calor pegajoso y refulgente y por la emoción nerviosa del debut en el peligro.

Desde que la camarera había anunciado “Aeropuerto Rancho Boyeros. Habana”, no había dejado de pensar cómo sería ese temido tamiz de viajeros sospechosos, cómo actuaría la policía –que me imaginaba con cara de policía-, y qué pasaría con mis pobres excusas de turista casi sin equipaje.

Cuando había ido a gestionar la visa de mi pasaporte en el Consulado Cubano de Buenos Aires y luego de convencer al cónsul de que el sueño de toda mi vida era bailar el
cha cha cha bajo las palmeras, él mismo me advirtió que llevase todo en regla.

- Usted sabe… Siempre creen que los jóvenes se van a meter a revolucionarios.

Esas palabras me hicieron comprender que en Cuba era un delito ser joven. Y mientras revisaban mi escaso equipaje y mis documentos, me di cuenta que lo estaba pagando.
De los once pasajeros que descendimos en La Habana, sólo a mí me revisaron las ropas.

Parado, en medio de cuatro mulatos que parecían tener viejos rencores hacia mí, me dejé revisar tratando de no demostrar preocupación. Apoyados en las paredes, no menos de diez individuos con guayabera blanca y unas gorritas muy singulares que los uniformaban lo mismo que sus caras, me trataban de mostrar con su mirada insolente que ellos ocultaban el secreto de que eran secretísimos policías secretos y que por lo tanto…

Cuando me devolvieron el pasaporte y los certificados que aseguraban que no importaría ninguna peste al país, me dejé llevar gozoso hasta la salida en donde un hombrón de gorra azul me metió en un auto ocupado ya por otras personas.

A toda velocidad, la máquina se desprendió de Rancho Boyeros y enfiló hacia La Habana por una hermosa avenida flanqueada por carteles que decían: “Obra del Presidente
Batista”.

El automóvil se clavó delante del vestíbulo del famoso hotel Nacional y allí descendieron todos con los equipajes, incluso mi valija. Yo la recogí y volví a meterme en el auto, pensando a cuánto estarían cotizando los dólares que llevaba en el bolsillo en el mercado libre de Buenos Aires.

El chofer no me ocultó su decepción por no llevar un pasajero distinguido y ya no fui más “señor” sino “oye, chico”. Me dejó en el hotel que me había indicado un amigo en Buenos Aires, por supuesto mucho más barato que el Nacional. Allí también, parados a los costados del vestíbulo, estaban los secretísimos policías secretos, con su guayabera blanca, su gorrita y su mirada insolente.

No bien dejé mi valija sobre la cama, salí en busca del hombre que, según mi amigo de Buenos Aires, podría establecer contacto con la gente del 26.
Lo encontré y me decepcionó.

- La cosa está muy brava, chico. Esto es candela. Se está preparando una huelga general y la represión es terrible. Vas a tener que conformarte con hacer las crónicas de lo que suceda aquí.

Por supuesto, sus palabras no me convencieron e insistió. Me dijo que la única forma de tomar contacto rápidamente, era yendo a Santiago de Cuba, capital de Oriente, la provincia revolucionaria por tradición. Allí conocía a un señor que quizá me pudiese facilitar una entrevista con los dirigentes locales del movimiento. Grabé el nombre y dirección en la memoria y me fui.

Regresé al hotel a pie. Recorrí las desiertas calles de la noche habanera bordeadas por cabarets vacíos, abiertos sólo porque la policía lo exigía, mientras por el centro de la calzada, modernos automóviles azules y blancos o verde oliva, parecían fortalezas repletas de hombres con cascos, vigilando a los pocos transeúntes.
Los altavoces de los bares y cabarets chillaban como locos la última canción: “A la Rigola yo no vuelvo má, matan a los hombres por la madrugá…”, y aunque seguía una letra estúpida, a mí me sonaba lúgubre, como un responso con maracas, escuchándola mientras las ametralladoras espiaban con su ojo la vereda.

Al día siguiente, a la hora convenida, estaba el hombre con su máquina esperándome en la esquina del hotel.

Otra vez Rancho Boyeros. Otra vez los policías con caras de policías. Mientras aguardábamos la llamada de los pasajeros del Viscount para Santiago, apenas cambiamos algunas palabras. Por lo menos cuatro vendedores de billetes de lotería se metieron entre nosotros, tratando de escuchar lo que hablábamos, casi sin disimulo.

Cuando los motores hicieron trepidar a la máquina, eché una mirada hacia el vestíbulo del aeropuerto. Todavía estaba parado, detrás de los cristales, mi primer buen amigo cubano. Me había estrechado el brazo con fuerza y no sin emoción me había deseado buena suerte. Yo todavía no comprendía el porqué de la secreta solemnidad que le dio a la despedida.

Yo todavía no había logrado hacerme a la idea de que estaba en la Cuba de Batista. “Y aquí matan, chico”…
Durante todo el viaje no pronuncié una sola palabra, salvo “gracias”, cuando la camarera me alcanzó jugo de mango.

Llovía torrencialmente y el avión no lograba enfilar la pista. Luego de varios intentos que terminaban siempre en un brusco ascenso y en el santiguarse a repetición de casi todas las mujeres, tocamos por fin tierra.

Eran las diez de la noche. El avión debía haber llegado a las nueve menos cuarto. Lo avanzado de la hora conspiraba contra mis posibilidades de buscar algún hotel discreto.

Si en La Habana los policías secretos estaban parados contra las paredes, en Santiago en cambio los que estábamos contra las paredes éramos los pasajeros. En medio del salón, cargado del aire caliente que la lluvia había metido dentro, medio centenar de hombres de uniforme o uniformados con sus caras y sus guayaberas blancas, vigilaban desconfiados a los empleados que revisaban las valijas, no sin alarma, que llamaba la atención de todos.

- Eres extranjero ¿verdad?- preguntó una voz indiferente a mi espalda.
Cuando me volví, vi a un hombre que sonreía, como si hubiese estado conversando conmigo desde mucho antes.

- Si -no pude negar.

- Bueno –me dijo con el mismo tono indiferente- te conviene quitarte esa chaqueta y esa corbata negra. Llamas mucho la atención.

- Gracias… -trate de sonreír y adoptar el mismo tono amistoso con él.

- Te vi en el aeropuerto con tu amigo. Fue una imprudencia. Él está marcado.
En un segundo decidí jugar a cara o cruz.

- Bueno… es el único que conozco.

- ¿Y aquí?

- Esta noche iré a un hotel. Mañana veré.

- Si te metes en un hotel te pescan.

En ese momento estaban revisando mi valija. El colocó la suya junto a la mía y logramos que terminara con nosotros casi a la vez.
- Te llevaré esta noche a mi casa. Mi máquina debe estar parqueada aquí cerca.

Segundos después, en medio de la lluvia, íbamos a marcha regular hacia Santiago.
Casi toda la ciudad estaba a oscuras.
- Sabotaje –me explicó, indiferente.

Paramos frente a una típica casa santiaguera, constituida en madera y con la tropical terraza sobre la vereda. Luego de comprobar que no había nadie a la vista, bajó rápidamente.
Mi valija había quedado en la máquina. Me explicó que no convenía bajarla de noche.
Todas esas precauciones me parecían un tanto noveleras. Y yo además, desconfiaba aún si había jugado bien.
En el interior de la casa, alumbrada con lámparas a querosén, había varias mujeres que recibieron al viajero como si hubiese llegado del frente de batalla. A mí ni me prestaron atención, hasta que mi acompañante me presentó como a un amigo.
Las mujeres, que eran sus hermanas, comprendieron al instante que era un amigo muy especial y ni bien abrí la boca para saludar, ya habían deducido que era argentino.

- ¿Periodista, verdad?
El hombre se impacientó.

- Te dije que era un amigo. Déjate de hacer preguntas y no comentes con nadie que está aquí.
Las mujeres terminaron por convencerse de qué clase de amigo era yo y yo de que había jugado con extraordinaria suerte. Era evidente que los santiagueros estaban habituados a encontrar ese tipo de amigos extraños que aparecían de improviso y de improviso desaparecían y que los ocupantes de la casa se sentían un tanto orgullosos de tenerme.

Sin ninguna otra previsión que la de bajar la voz, comenzaron a relatarnos al hermano y a mí, los hechos ocurridos en los últimos días. La sucesión de sabotajes, de tiroteos y de muertos que el recién llegado conocía como amigos o vecinos, fue larguísima. El hombre sólo hacía cinco días que faltaba de su casa. Había ido a llevar al hijo a La Habana, en previsión por “lo que vendrá”, cuando estallase la huelga general. Unas semanas atrás, habían encontrado mutilados los cadáveres de dos muchachitos, de trece y catorce años, a quienes detuvo la guardia de Batista y los padres de Santiago ya no sabían cómo proteger a sus hijos, todos deseosos de tomar parte en la lucha abierta.

Me acomodaron en una de las habitaciones de la casa, que como todas, eran simples tabiques que no llegaban hasta el techo y no tenían otra puerta que una cortina. Después comprobé que casi todas las viejas residencias santiagueras eran así. La lluvia seguía cayendo con fuerza y por eso no me sobresalté cuando dos horas después escuché tres fuertes detonaciones y el sonido de un trueno que se desgarraba sobre Santiago. Me levanté sudado y espié por la ventana. La noche negrísima, estaba estrellada. Los truenos eran de dinamita en aquella histórica capital de Oriente.

* * * * * * * * * *

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Capítulo II

El fuerte desayuno cubano quedó en el plato. Solamente tomé jugo de naranjas. Me sentía limpio y fresco dentro de la guayabera blanquísima y almidonada que me habían prestado. Y además, con unos deseos enormes de asomar la nariz a esas calles que la noche anterior, oscuras y en medio de la lluvia, me habían parecido siniestras.
Eran la siete y media y ya todos los santiagueros estaban en pie. La ciudad, deliciosa mezcla de edificios centenarios y modernos, hacía juego con un cielo especialísimo y con el castellano opulento de las mujeres. Todo parecía ondulante sobre las pronunciadas lomas de las calles, como las olas de aire fresco que inflaban guayaberas y mostraban enaguas almidonadas por la vereda de la sombra.

Lo único extranjero, distinto y chocante, era el desfile de carros patrulleros y jeeps por el medio de las calles. Y los cascos de los soldados que velaban sus ametralladoras sobre los techos de los edificios altos.
El automóvil se metió por una calle muy angosta, con los frenos trabajando a cada centímetro, para no rodar a velocidad loma abajo, y se clavó frente a una casa pintada de amarillo.

- Aquí vive el hombre. Tú quédate, que voy a ver si está.
Después de unos cuantos golpes, una cabeza blanca de mujer mulata asomó por un portillo.

Mi compañero preguntó por el dueño del nombre que me habían dado en La Habana.
En este momento no está. Quizás esté en la oficina.
- ¿Y no puede llamarlo?

La anciana se mostraba indecisa. Era evidente que desconfiaba. También bajé yo del coche y me acerqué.
- Soy extranjero, señora –dije muy quedo-. Necesito hablar con él.
La dama titubeó unos segundos y desapareció del portillo. Al instante se abrió la gran puerta amarilla y nos metimos en un vestíbulo fresquísimo, con columnas de madera tallada sosteniendo el techo a gran altura y mecedoras como para olvidarse del mundo.
Diez minutos después, apareció el dueño del nombre buscado.
Tampoco fue muy confiado. Me pidió el pasaporte y se lo entregué.
- ¿Tiene carnet de periodista?
- ¿Usted cree que con carnet de periodista latinoamericano hubiese podido llegar hasta aquí?
Estuve exacto.

- Bueno. Pero lo que usted quiere no es muy sencillo. Y además, comprenda que va a conocer a mucha gente por la que Batista pagaría miles de dólares. Y todo eso, nada más que por la buena fe que usted nos inspire…
Estuvo exacto.
Hablé durante unos minutos demostrando que al menos conocía el oficio periodístico. Dije por qué había querido llegar hasta la Sierra Maestra. Mencioné al hombre de La Habana y al que me lo había señalado en Buenos Aires… y di una serie de datos personales del famoso Che Guevara, datos que sólo habrían podido ser proporcionados por la propia familia.

- Está bien. Yo le creo. Pero tampoco yo soy del 26 de Julio. Trataré de tomar contacto con ellos y explicarles el caso. Pero le advierto que va a ser muy difícil.
Le dejé mi pasaporte y mi necesidad de conseguir una grabadora portátil y película fotográfica.
- No se apure. Que si llega a ir, no le va a faltar nada.

Pasé todo ese día aguardando la contestación, en el negocio del hombre del aeropuerto.
Como llegaban clientes a cada momento, me presentaba como a un técnico mexicano. Nunca me pude enterar técnico en qué era. Y a la presentación, seguía siempre la advertencia, al recién llegado:
- Anda chico… puedes hablar, que éste es buena gente.
El “puedes hablar” es la concesión que más alegra a un cubano. De inmediato se narraban los hechos de la noche anterior en las ciudades vecinas. El estallido de bombas en Holguín.
La muerte de varios jóvenes en Manzanillo. El último combate en las cercanías del Cauto.
Candela en Contramaestre.

Yo escuchaba y los nombres de los pueblos y ciudades venían a mí desde la historia. Desde las biografías de Martí. Desde las imágenes que me había forjado leyendo la historia cubana, acerca, de la lucha en la manigua.
Todos los visitantes de ese día fueron recelosos medio segundo. Luego hablaban con pasión, a los apurones, con grandes ademanes. A la cubana. Y la mayoría tenía parientes en la sierra o en el cementerio. Y la mayoría estaba haciendo sus preparativos para “la que se va a armar”.
Y la mayoría me decía con violencia:
- Es que no tenemos armas, chico. Que si las tuviésemos, no nos quedaríamos en las fincas, esperando que lleguen los guardias a matarnos. Armas, eso es lo que nos hace falta.

Llegó la noche y el llamado se produjo recién a las nueve. Ese día no iba a ser posible ningún contacto. “Mañana a las ocho”.
El hombre del aeropuerto admitió, no de muy buena gana, que debía quedarme en su casa.
- Esto de viajar de noche con un extranjero…
Yo no supe qué decirle, pero me sentí mortificado. “lo lamento viejo –pensé-, hay que aguantar”.
Nuevamente el sol caliente, el desayuno en el plato sin tocar y jugo de naranjas.
El llamado no se produjo a las ocho sino a las diez. Y los empleados ya se preguntaban que hacía de nuevo allí ese silencioso técnico mexicano.

La llamada de las diez anunciaba otra para mediodía que no se concretó. A la tarde volvieron a anunciar: mañana.
El hombre del aeropuerto ya no sabía qué hacer conmigo ni yo tampoco.
Mi tercera aparición matutina en el negocio hizo comprender sin duda a muchos empleados y obreros que yo no era un técnico, como esos amigos y parientes que solían aparecer imprevistamente en las casas santiagueras.
Cuando una voz ordenó por teléfono que la cita era en una determinada esquina 20 minutos después, el hombre del aeropuerto volvió a sonreírme como en el primer día. Otra vez volvía a sentirse contento de haberme protegido.

Pero su alegría fue prematura. Nadie pasó a recoger el paquete.
Hubo otro llamado. Y otra cita incumplida. Hasta que a las seis de la tarde, y cuando evidentemente los agentes del 26 se convencieron de que yo no representaba ninguna trampa ni nadie me seguía, un coche se acercó a mí en la esquina que habían señalado y una muchacha me saludó cordial:
- Hola, Jorge… ¿vamos?

Subí a la máquina entre contento y solemne. La muchacha me devolvió el pasaporte.
El automóvil se detuvo ante una puerta de rejas. Bajamos y sin llamar cruzamos el jardín y entramos a un vestíbulo en donde varios muchachos hablaban de política, mientras un disco giraba para hacer oír a un cantor chileno que parecía muy contrariado y triste. Nadie se fijó en mí.
La muchacha me guió entre brazos que hacían ademanes hasta una terraza posterior en donde una joven rubia que parecía tener entre catorce y cuarenta años me recibió con una sonrisa profesional, como un dentista a su cliente.
Volví a escuchar preguntas sobre mis propósitos, quién era, para qué empresa trabajaba, cuándo había llegado y cómo había logrado tomar contacto con ellos.
Y yo volví a contar toda la historia, saqué otra vez el pasaporte y mostré el pasaje de regreso.

Después de quince minutos de conversación, se aprobó mi viaje.
- Bueno… ¿cuándo?
- Veremos.
Otra vez a esperar. La misma muchacha que me había llevado hasta allí, me condujo hasta mi nuevo escondite. En adelante y hasta el momento de iniciar el viaje a la Sierra, no podía asomarme a la calle. Cualquier registro, cualquier sospecha por parte de los guardias, significaría mi detención. Y ahora no era solamente yo el preocupado porque no me detuviesen, sino todos los que vi.

Tres días después, me anunciaron que se había dispuesto el viaje para el siguiente. Las cosas se habían complicado, porque para esa misma fecha Fidel Castro ordenó el corte de la carretera, y amenazó con tirotear a todos los vehículos que circulaban por ella. Pero un muchacho del 26 se ofreció a llevarme hasta Contramaestre y previa advertencia del peligro que iba a correr, decidimos salir. Me habían provisto de botas, hamaca, nylon, mantas y una gruesa tricota, pero antes de partir tuve que dejar todo mi equipaje menos las botas, para hacer lugar en una cavidad secreta del automóvil a la grabadora portátil que me había hecho comprar y el material fotográfico.

La orden de Castro de no transitar por la carretera se cumplía espectacularmente. Durante kilómetros no nos encontramos con ningún vehículo, salvo los que querrían haber sido excepciones y se convirtieron en restos de incendio: una guagua y un gasolinero. Las incursiones de los rebeldes durante la noche anterior, habían reiterado sin duda el terror de los guardias ubicados en las postas camineras, porque apenas si salían de atrás de sus trincheras para preguntarnos dónde íbamos y revisar ligeramente la máquina, y volver corriendo a acostarse detrás de las pilas de bolsas de arena.

Casi no se fijaban en mí, que para evitar contestar a las preguntas que nos hacían, me entretenía en encender un gran tabaco, que apagaba hasta la próxima posta.
No hacía mucho que habíamos dejado atrás Palma Soriano, cuando mi acompañante comenzó a disminuir la velocidad del coche, hasta detenerse junto a un carro patrullero y un jeep. Este último había sido acribillado. Una mancha de sangre y una gorra militar tirada en el asfalto indicaban que lo que estaban acomodando los guardias en el asiento posterior del carro patrullero, era algún compañero herido o muerto.

Nos hicieron seña de que continuásemos. Estaban demasiado asustados como para preguntar a los únicos que transitaban por la carretera acechada, quiénes eran. Hasta a algunos guardias parecía alegrarles el que un coche al menos, les desviase el pensamiento, fijo en los hombres barbudos que surgían de improviso de cualquier parte.
Nuestra llegada a Contramaestre casi fue un acontecimiento para el dueño de la fonda. Pero no nos preguntó nada más que qué queríamos comer. Yo, continuando mi mudez, me levanté para ir al servicio, mientras mi compañero encargaba congrí y tostones de plátano verde.
En el local sólo había ocupada otra mesa, en donde un cura viejo, de sotana blanca, hablaba en voz baja con un parroquiano, salpicando su murmullo con abundantes y sonoros “coños” y “carajos”. Era evidente que platicaba sobre política.

El calor me impedía comer y no podía mirar hacia fuera sin que el fulgor del camino me lastimase los ojos. Mientras jugaba con el arroz, tapando y destapando los tostones grasientos, el que me había servido de chofer se paró y fue a hablar por teléfono. Volvió con el mismo aire indiferente que se había ido y me dijo llevándose un vaso de agua a la boca.

- Dentro de un rato viene el hombre. Menos mal que estaba en casa.
El sudor me corría por la espalda e iba a confluir sobre el estómago.
Del cura sólo se escuchaba el siseo y los coños y carajos. Y toda la fonda se había llenado de olor a manteca de cerdo frita.
Mientras aguardamos a que llegase el nuevo guía, mi compañero pidió café y me convidó con un tabaco.
Era un mulato medio pelado, de treinta y pico de años y cara noble.

- Bueno, chico. Dentro de poco estarás subiendo. Tienes suerte. Vas a ver a Fidel Castro. Yo nunca lo he visto. He llevado a varios hasta el pie de la sierra, pero siempre tuve que volverme. ¡Qué voy a hacer! Es mi misión.
Dos guardias cargados de armas entraron a la fonda. Pidieron un refresco y se fueron sin pagar. El cura bajó más la voz para la confidencia y lanzó más seguidos sus coños y carajos.

El hombre que esperábamos llegó enseguida. Tendría unos cincuenta años. Nos saludó como a viejos amigos y pidió agua.
- Estuve esperando a que saliesen los guardias.
Convinimos que él se marcharía solo y que quince minutos después, lo seguiríamos nosotros, carretera arriba.
Esperamos el tiempo acordado, mi compañero pagó y salimos, mientras un rotundo coño del reverendo se apagaba con el golpe de la puerta del auto.
- ¿Qué le pasa al cura que está tan enojado?
- Este año no habrá campanas ni cánticos en el Sábado de Gloria. Como no las hubo en Nochebuena.
Hace pocos días un carro patrullero cortó a ráfagas de ametralladoras una casita, aquí, en Contramaestre. Creían que adentro había un rebelde. Mataron a una señora e hirieron a varios más. Y el cura dispuso entonces que no haya jubileo. Cuba no está para aleluyas.

Llegamos enseguida al punto convenido, sobre un puente. Allí montó el hombre de Contramaestre y seguimos viaje unos minutos más, hasta que doblamos hacia la izquierda, metiéndonos por un campo de café. El automóvil avanzaba balanceándose sobre la tierra blanda, hasta que se detuvo lentamente. El guía descendió, y lanzó una especie de chistido, como un beso a lo lejos. Enseguida tuvo contestación y de inmediato vi a los primeros “alzados”.

Tres muchachos que estaban ocultos en la manigua abandonaron su posición y nos escoltaron cuando el coche siguió su camino. Estaban barbudos y la melena les llegaba hasta los hombros. Entre las camisas de los tres reunirían cuatro botones y los pantalones estaban pesados de barro y grasa. Uno llevaba un enorme revólver en la cintura y los otros dos estaban armados con escopetas de caza antiquísimas. El más pertrechado llevaba una canana de lona con tres cartuchos.
Al notar cómo los observaba, el chofer aclaró:
- Estos son los escopeteros, se quedan haciendo emboscadas cerca de la carretera, para poder conseguir un arma buena. Después se van a incorporar a las tropas rebeldes.

En cinco minutos de marcha lentísima llegamos al campamento. De un bohío aparentemente desierto surgieron unos veinte hombres. En su mayoría jóvenes y en su mayoría tan desastrosamente armados y vestidos como los que nos escoltaban.
Todos me saludaron con efusión.
- ¿Argentino?
- ¿Usted es el hermano del Che?
- Oye, chico, que has llegado de lejos…

Los que habían venido conmigo en el auto, comenzaron a levantar la tapa que ocultaba mis botas, la grabadora y la cámara y los rollos fotográficos.
Había arribado a la primera etapa. Se despidieron de mí con un apretón de manos. El que me condujo desde Santiago me sonrió:
- Ahora vamos a ver si tengo la misma suerte que para venir. Sería una muerte poco heroica el que me atraviesen a tiros estos escopeteros…
Yo respondí con otra sonrisa y un “Chau, che”, que provocó la risa general.

El agente que habíamos recogido en Contramaestre, me recomendó desde el auto:
- Si ve a mi hijo, déle un abrazo. No sé si está con Fidel o con la tropa de Camilo…
El coche se fue alejando con la misma lentitud que había llegado, esquivando las ramas bajas de los cafetos. Y yo me quedé parado entre el grupo de escopeteros curiosos y risueños.

Un teniente con ropas de guajiro me invitó a pasar al interior del bohío. A menos de medio kilómetro se escuchó el motor del auto, que retomaba la carretera.
Enseguida me ofrecieron asiento y comenzaron a tostar café. Todos me hicieron rueda y me vi en la obligación de hablar. Conté cómo había llegado. Mi impresión sobre el ambiente de La Habana y de Santiago y las noticias que teníamos en la Argentina acerca de los rebeldes, las que provocaban muchas veces la risa de los muchachos.
El ruido del motor de un avión interrumpió la plática y todos corrieron a recoger las pocas cosas que había fuera del bohío, para que no fuesen vistas desde el aire. La máquina pasó a gran distancia y la charla continuó, en una incesante maratón de preguntas.
Por lo general, estaban bastante bien informados de lo que sucedía en el mundo.
- ¿Es cierto que Perón vuelve a la Argentina?
- ¿Frondizi le debe el poder a Perón?
- Mira, es verdad que este Perón era un bicho, pero yo le tengo simpatía. Se les puso bravo a los yanquis.
- ¿Cómo es la CGT? No será igual que la CGT nuestra, ¿no es cierto?

Yo respondía y preguntaba a mi vez. Los hombres y muchachos que me rodeaban eran en su mayoría de los pueblos vecinos y se habían quedado ahí, con la primera tropa que encontraron, hasta conseguir un arma.
En gran parte eran obreros y campesinos. Pero los más sucios de todos eran universitarios.
Era evidente que todos estaban orgullosos de su condición de rebeldes y que lo único que no les dejaba ser completamente felices era el no estar incorporados a las tropas de nombres famosos: Fidel, el Che, Almeida, Camilo Cienfuegos, Ramirito Valdéz, Raúl Castro…

Para llegar a Las Bocas, donde me iban a proporcionar guías hasta el campamento del Che Guevara, debía atravesar un camino habitualmente transitado por los carros blindados de los guardias, lo que obligaba a viajar de noche. Iba a salir a las tres de la mañana, así que no me preocupé en acostarme, pese a que varios me ofrecieron su hamaca. A medida que transcurrían las horas, las preguntas políticas se fueron agotando y dieron lugar a cuanta duda tenían sobre la gente, o la geografía, o la producción argentina. Hasta que llegamos al tango.
- Dime, ¿es cierto que murió Hugo del Carril?
- ¿Tú conoces a Libertad Lamarque?
- Escucha, chico, escucha… Esto es de Gardel…

Y un morochito comenzó a cantar Mano a Mano, poniendo cara de torturado…”io te evoco y veo que aj sido en mi poble vida padia sólo una güena muhhe”…Alguien acercó candela y llegó mi cena. Y con ella el primer encuentro con algo que sería una náusea perpetua durante semanas: la malanga, un tubérculo que a primera vista parece papa, pero mucho más grasoso y con un olor persistente que penetra la ropa y obliga a llevarlo encima a quien se le acerque.
Mordí una y la dejé, ante la mirada desconcertada de todos.
- ¿No te gusta la malanga?
- Sí… Cómo no… Es que no tengo hambre.
- Cuando estés en la sierra, comerás candela.

A las dos de la mañana hubo relevo de guardia y se despidieron cordialmente de mí los que iban a ocupar las postas. Llevaban sus viejas escopetas de caza, algunas atadas con alambre, y latitas de leche convertidas en granadas. Uno de los que se iba volvió corriendo.
Era el morochito de Mano a Mano.
-Eh, teniente… ¿no tiene un “tiro” más?
Como el teniente no tenía un cartucho para esa arma, otro de los muchachos resignadamente sacó del bolsillo uno.
- Tómalo prestado… pero no lo vayas a botar al aire, ¿eh? Que me costó bastante hacerlo.
Efectivamente, había pasado toda la tarde juntando plomo, remaches y tornillos, que metió cortados en el viejo cartucho de cartón.
- Este es un tiro reforzado –había dicho riendo- ¡Metralla en ráfaga!
Cuando vi alejarse al morochito, a hacer guardia sobre la carretera central, donde transitaban casi permanentemente los carros blindados y los tanques de Batista, no pude menos que sonreír ante un recuerdo. El de aquel español republicano exiliado en Buenos Aires, que me había dicho unas semanas antes de mi viaje a Cuba, tomando café en el Tortoni:
- Sí, señor. Fidel Castro está apoyado por los yanquis para voltearlo a Batista. Son un grupito de niños bien, que les gusta jugar a la guerra. Muy bien armados, por supuesto… -concluyó el cómodo exiliado con suficiencia.

* * * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo III

Mientras viajaba en un jeep con los faros velados hacia Las Bocas, no podía dejar de pensar en “los escopeteros”. Unos cuantos guardias bien armados que se animasen a llegar hasta su posición, los barrerían. Y mientras tanto, ellos se arriesgaban, sencillamente para ver si podían hacerse de alguna de esas perfectas armas automáticas norteamericanas que tenía el ejército.

Las Bocas estaba ocupada por un grupo de rebeldes recientemente formado por “las milicias” que eran las que actuaban en las ciudades. Cuando llegué, recién salía el sol. Los uniformes eran nuevos, cada cual había pasado el suyo por entre las guardias, lo mismo que sus armas. Luego de un corto conciliábulo, los oficiales eligieron la ruta, que no conocían muy bien, dado que ellos recién iban a operar en la sierra y me confiaron a dos guías, los muchachitos campesinos que recibieron el encargo con evidente desencanto, ya que su tropa iba a entrar en acción en esos días.

Un teniente, ya no de la milicia sino del verdadero ejército rebelde, reorganizó la ruta advirtiéndome que el camino iba a ser muy duro.
- ¿Cuánto tardaré?- le pregunté mientras me vestía con la camisa y el pantalón de uniforme que me habían regalado.
- Andando bien, unos diez días…
Ni había sospechado que el viaje pudiese ser tan largo. Diez días subiendo y bajando montañas. Miré a mí alrededor y los montes se alzaban verticales. No se notaba un solo camino.
El teniente me miró sonriendo y me advirtió en tono un poco paternal…
- Esto todavía no es Sierra Maestra. Son apenas las primeras estribaciones.
- Bueno, qué se va a hacer… Adelante.
Mi tono resignado hizo reír a todos los que me habían rodeado desde que llegué.
- Ya está hecho todo un fidelista- dijo la mujer del teniente, también uniformada, cuando me vio de verde oliva.

El bohío en que se había instalado la jefatura de la tropa era la propia vivienda del jefe, el teniente Rubén Milán, “a las órdenes del comandante Almeida”, como él acotaba cada vez que se presentaba. Y no solamente su mujer, sino que sus hijas trabajaban para los rebeldes.
- Aquí es zona liberada… Pero hay que ayudar a seguir siendo libres y a llevar la libertad más lejos.
Mis dos guías ya estaban listos, aguardando la orden de marchar. En sus mochilas llevaban, para los posibles diez días de camino, algunas latas de leche y jugo de peras, una rueda de tabaco y fósforos.
Yo cargué mi grabadora, la cámara y los rollos en una mochila de cuero amarillo.
- Bueno. Todo listo- ordenó Milán
A último momento advirtió que me faltaba la gorra y como no había ninguna disponible, me dio la de él.
- Ahora sí. Buena suerte “che”. Y que Dios los acompañe.

Me abrazó con fuerza y los demás me palmearon. Yo no comprendía aún la solemnidad sencilla pero teatralmente dramática de ese momento. Aún no había visto a los aviones a reacción bombardear las sierras con bombas incendiarias, ni perseguir con ráfagas de sus ametralladoras 50 a cuanto bicho se moviese por los trillos de las montañas. Aún no había visto los pueblos enteros incendiados con fósforo vivo. Ni los cadáveres de los campesinos colgando de los árboles con decenas de balas por todo el cuerpo. Aún no había visto la guerra cruel de la Sierra Maestra. No imaginaba que una semana después, un batallón batistiano iba a exterminar a los “escopeteros” con los que había charlado en las cercanías de Contramaestre, porque no tuvieron armas para defenderse.

Al despedirse por última vez, Milán me dio un papelito doblado en cuatro.
- Guárdelo. Si llega a suceder cualquier cosa y se queda solo, le servirá de salvoconducto. Escóndase donde pueda y de noche acérquese a cualquier bohío. Ningún campesino le va a negar hospitalidad. Y si se encuentra con los guardias, huya, no se arriesgue, que va desarmado. Y ellos, para tirarle, no le van a preguntar si es periodista extranjero.

Nos largamos por una loma hacia abajo. Las botas nuevas empezaron a hacerse sentir en los tobillos, pero yo seguía poco menos que corriendo a los dos guías. Pronto me enteré que uno se llamaba Chino y el otro Cholo. Y aunque eran bastante parecidos era imposible confundirlos, porque los bigotes de Chino eran típicamente mongólicos.
Tenían cruces y medallas de la Virgen de la Caridad prendidas por todos lados y del cuello les colgaba un palo de unos 15 centímetros de largo.
-¿Qué es esto, un amuleto?
- No, hágase usted también uno. Son para los bombardeos. Cuando nos tiren, salte detrás de un árbol y muerda bien el palo.
En un pequeño descanso me procuré una ramita y la limpié lo mejor que pude. Sin pensar en que tendría ocasión de usarla la guardé en el bolsillo de la camisa.
- Bueno… Ahora hay que subir.
- ¿Ahora?... ¿Y qué es lo que estamos haciendo hace tres horas?
Los dos se rieron.
Pero si esto es el llano… Las lomas todavía no empezaron.

Yo me paré dolorido. Las correas de la mochila me lastimaban y las botas me habían destrozado los tobillos.
- Y bueno… adelante.
Pero ya no seguí como antes, casi corriendo. Trepaba con pies y manos, sintiendo que la grabadora, que me había parecido liviana –seis kilos- era lo más pesado que había transportado en mi vida. Tenía la sensación de que alguien se colgaba de la mochila… Y hasta la noche no íbamos a encontrar un solo bohío en el camino, para tomar al menos un trago de café…

Llegamos a Tres Términos, primera etapa del viaje, al ocultarse el sol. La ropa empapada de sudor, se me estaba congelando sobre la carne. En un bohío, nos miraron con pena cuando nos vieron llegar destrozados. Enseguida, la mujer, se puso a preparar tostones, malanga y café. Yo, tirado en un rincón tiritaba de frío. No sentía entre los labios el tabaco que había encendido y el olor de la malanga comenzó a descomponerme. No había probado más que agua en los arroyos, pero no tenía apetito. Sólo un frío espantoso.
Cuando se dieron cuenta de que no tenía manta, el campesino fue hasta su cama y sacó una.
- Cúbrase con esto.
Yo no pude decirle que no. Me vacié los bolsillos de los anteojos oscuros, papeles y lápiz, para que no me hiciesen doler más el cuerpo, y me estiré sobre la tierra, envuelto en la manta, mientras mis guías se alarmaban que no comiese.
Cuando advertían que al día siguiente no iba a poder seguir, si no tragaba malanga, me quedé dormido. Qué blanda era la tierra dura…

* * * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo IV

Abrí los ojos y tenía frente a mí un candil.
- Vamos. Ya son las tres. Tenemos que aprovechar el fresco para caminar más.

Me paré enseguida y noté con asombro que me sentía maravillosamente bien. Un gran vaso de café caliente y amargo me dio ánimos para salir corriendo.
Busqué en el suelo mi gorra, en donde había dejado los papeles, los anteojos y el lápiz, y no la encontré.
El dueño de casa se preocupó.
- Estos ratones…

Después de un rato, encontró la gorra con los papeles y los anteojos. El lápiz había sido un buen desayuno para algún bicho gris.

Dimos las gracias, nos despedimos y emprendimos la segunda jornada. A poco salió el sol, y ya no sentí frío. Las nubes se fueron desprendiendo poco a poco de la manigua y subían hacia un cielo clarísimo. Me gustaba caminar ese trecho sobre la tierra colorada del sendero, antes de penetrar nuevamente en esos montes espinosos, donde la humedad llueve permanentemente sobre el colchón de ramas podridas que forman el suelo vertical de la montaña.

Eran las seis de la mañana y caminábamos en silencio, cuando el silbido de un motor a reacción nos paralizó.
-¡Avión!- gritó uno de los guías. Y salieron corriendo a buscar refugio en donde no lo había, sobre esa meseta de arcilla pelada. Yo hice lo mismo y encontré un tronco caído. Me acurruqué como pude, cuando sonó la primera ráfaga. Me pareció una bomba que se desgranaba sobre mi cabeza. Pero era el sonido de las ocho ametralladoras 50 que disparaban a la vez, tronando en ecos entre las montañas.
El aparato, que parecía un mosquito plateado recorriendo veloz una estera celeste, hizo un hermoso giro y volvió. Otra vez la ráfaga prolongada y ronca.
El avión se alejó y rehicimos la corta caravana, mirando hacia arriba cada dos pasos.

A unos cien metros, encontramos las huellas de la metralla.
- Menos mal que no nos vio- dijo Chino.
- ¿Y si no nos vio, por qué tiró?
- Porque saben, aunque no nos vean, que los rebeldes siempre estamos. Si nos llegan a ver, no nos dejan seguir en todo el día. Y es probable que tiren bombas incendiarias.

Aunque marchamos muchas más horas que el día anterior, pasé mejor la jornada. No obstante, mis tobillos se habían llagado y las medias de lana se pegaban y despegaban de la carne a cada paso. Tampoco probé bocado. Ellos, en cambio, le agregaron agua a la leche condensada y tomaron como dos litros. Por la ruta que seguíamos no había bohío. Además, los guías, que querían retornar lo antes posible a su tropa, permanecían permanentemente en pleno monte, tomando atajos, con el fin de llegar en menos horas. Calculaban estar en las Minas de San Miguel cerca de la noche, pero a las 4 de la tarde ya nos encontrábamos a pocos kilómetros. Eso nos animó a quedarnos un tiempo en un bohío, donde nos convidaron con café y aromáticos guineos, que yo me empeñaba en llamar bananitas, porque no recordaba nunca el nombre.

Los campesinos se mostraban bastante contentos. Hacía ya más de un mes que no se había vuelto a escuchar hablar de la presencia de guardias en la zona. En cambio, sí estaban informados de sucesos que habían ocurrido dos días antes a ocho jornadas de camino. Ese es uno de los tantos misterios de la sierra que nunca llegué a desentrañar. Cuando preguntaba cómo lo sabían, sonreían y confesaban:
- Nos enteramos por Radio Bemba.
Lo que equivale a decir, por “radio labio”.

En San Miguel tuve una gran alegría. Existía un viejo camino ya abandonado, por el que se podía transitar en mulo. Y además, existía un mulo disponible. Dejé en el suelo mi mochila con el propósito de no volver a caminar con ella un metro más.

La cena fue magnífica, aunque yo aún no sentía deseos de comer mucho. En mi homenaje, los campesinos mataron a un guanajo, pese a que yo me opuse al sacrificio del animal, y lo prepararon exquisitamente. Hacía mucho tiempo que no entraba a la sierra ninguna clase de provisiones y había que conservar a los animales de corral, como reserva. Pero no hubo caso. El guanajo perdió la cabeza y las plumas, y apareció muy pronto en una fuente. Por supuesto, no había pan ni galleta, pero sólo el sentarse a una mesa después de dos días de tener que descansar sentado en el suelo, era un acontecimiento feliz.

Mientras cenamos, proyectamos el viaje del día siguiente, preocupándome yo, a cada párrafo, de recordar al prometido mulo.
- De aquí en adelante, van a encontrar mulos en donde quieran –aclaró el campesino- Todo lo que tiene el campesino está al servicio de los rebeldes.
- Pero es que no se trata –dije- de los rebeldes, sino de un asunto mío. Así que permítame que le alquile la bestia.
- Nadie le va a aceptar un solo peso en toda la Sierra Maestra. Los rebeldes pagan todo lo que compran en los pueblos, pero ningún campesino va a recibir su dinero… Si todo lo que tienen lo han podido conservar gracias a ellos… Además, no hay familia campesina que no tenga un pariente, o dos, o diez, enrolados con Fidel. Yo, por ejemplo, tengo a mi hermano. Y si no he ido a pelear yo mismo, es porque sé que no hay armas, y en cambio puedo servir más al movimiento desde aquí, atendiendo a su gente y trabajando para que no les falten víveres…

Esa noche dormí en una hamaca y soñé con el burro.

Los guías se habían apartado de la ruta indicada y avanzamos mucho más pronto de lo previsto. Pero ese día debíamos marchar con extremas precauciones. Íbamos a pasar muy cerca del cuartel de Pino de Agua y por estribos de montañas desmontadas, lo que nos hacía fácil blanco desde cualquier lugar.

La proximidad del cuartel fue muy fácil de identificar. Sobre la tierra colorada había grandes extensiones con manchas negras. En esos lugares se habían levantado pueblos, hasta que las incursiones de los guardias los fueron terminando, casa por casa. Aún quedaban escondidos en el monte los aterrorizados vecinos, que aguardaban el paso de los soldados rebeldes para pedirles un tabaco o una lata de algo.

En todas las ocasiones era igual. Sin mayores lamentos, los viejos campesinos, que eran los únicos que no habían podido huir en busca de la gente de Castro, narraban el saqueo, el incendio, el asesinato de sus hijos o la vejación de sus propias mujeres al no encontrar los guardias a ningún hombre en la casa. Un fósforo bastaba para que las secas construcciones de guano y yaguas terminasen en un segundo con lo poco que había escapado a la codicia de los hombres de Batista.

Pero nadie se lamentaba en exceso. Narraban simplemente. Hasta parecían indiferentes.
Es que ya hacía casi dos años que el terror asesino de los guardias del ejército cuba no veía en cada campesino a un rebelde. Y se ensañaban con cada uno de ellos, como lo hubiesen hecho con un soldado desarmado de Movimiento 26 de Julio. Aprovechaban cualquier desplazamiento de las tropas rebeldes para salir de sus cuarteles y robar y asesinar.

Esa era su única venganza por los combates que ya no se animaban a dar y por su encierro obligado en sus propios cuarteles.

Cerca del mediodía, uno de los guías advirtió las huellas de una tropa de mulas cargadas.

No se sabía si eran de los guardias, o un arria de bestias que los rebeldes trataban de hacer pasar para La Mesa. Estábamos muy cerca de Pino de Agua y existían muchas probabilidades de que fuesen efectivos de Batista. El estribo por el que transitábamos formaba una L perfecta, y se levantaban ahí las construcciones abandonadas de un destacamento de guardias destrozado por los rebeldes.

Los dos guías me consultaron. Y decidimos seguir adelante.
Casi toda la tarde continuamos la marcha, salvo más de media hora que debimos permanecer tirados en la manigua, aguardando que cesara la metralla de cuatro aviones a retropropulsión que barrían el lugar.
Mi mulo había quedado oculto debajo de un techo de piedra.

Cuando reanudamos la marcha, descubrimos, andando por un estribo de unos cincuenta centímetros, cien metros debajo nuestro, a las mulas que nos precedieron durante todo el día. Permanecimos escondidos hasta que la caravana comenzó a andar y se dejaron ver los arrieros. Todos llevaban el brazalete del 26 de Julio. Sólo el que marchaba adelante llevaba el uniforme fidelista.
-Ese es el hijo de Pancho Tamayo, la finca donde usted va a pasar la noche. Nosotros nos volvemos hoy mismo, ya que tuvimos tanta suerte, a ver si logramos llegar a tiempo para incorporarnos a la tropa de Rubén Milán.

Empleamos cerca de una hora en dar alcance a la caravana. Los arrieros habían detenido a las bestias en pleno monte, aguardando que la tropa de Pancho Tamayo, que ya había sido avisada, construyese a machete un camino para las mulas.
El hijo de Pancho me dio la mano muy alegre.
-¿Periodista argentino? ¡Qué contento se va a poner el Che de hablar con un compatriota!...
Yo ya había escuchado algo de que venías…
-¿Radio Bemba? –le pregunté.
Echó una carcajada.
-Tú no sabes cómo son de chusmas estos guajiros. Son capaces de correr por el monte día y noche, con tal de llevar un chisme nuevo.

Como el camino no iba a estar listo quizá hasta la madrugada siguiente, me dio un guía para que fuese adelantando camino. Lógicamente, debí dejar el mulo.

Las nubes venían otra vez a pasar la noche en el monte y transitaban heladas entre nosotros. A medida que iba escalando o descendiendo, llenándome de espinas toda vez que por no caerme me agarraba de un árbol, me iba invadiendo una sensación de irrealidad que culminó cuando llegamos a la cima de un monte. Salimos de entre la manigua y nos encontramos con una cúspide de arcilla pelada, roja como una calva herida. Árboles altísimos y secos dominaban indiferentes el centro de la cúpula desdibujándose entre el vaho espeso.

El guía marchaba delante de mí, pero lo perdía a veces entre la niebla.
Después de algunas horas, llegamos hasta la finca de Pancho Tamayo.
La vivienda era un bohío muy amplio, al lado del cual se levantaban los cuatro palos que sostenían el techo de la cocina sin paredes.

El patio de tierra terminaba al borde de un arroyo en donde varios chicos buscaban camarones debajo de las rocas. Desde lo alto de la loma divisé, sentado en medio del patio, a un rebelde barbudo, comiendo con el plato sobre las rodillas.

Cuando llegamos, los cerdos salieron a recibirnos husmeando el suelo y precediendo a unas seis mujeres mulatas y negras. Hubo saludos, risas y la infaltable alusión al Che.
El uniformado, sin levantarse de su silla, me extendió la mano.
- Mucho gusto, che. Yo soy Celso García.

Lo había escuchado nombrar varias veces durante el camino. Sabía que era el encargado del aprovisionamiento de las tropas rebeldes. El hombre que metía sus arrias de mulas por cualquier lado y que llegaba siempre cargado de mercancías. Era robusto y pesado. Lento en sus movimientos y en su manera de hablar. La barba negra le cubría casi toda la cara, dejando ver únicamente la punta de su nariz y dos inquisidores ojos negros, muy pequeños.

En lugar de gorra, usaba un sombrerito de fieltro, con el ala doblada a lo Robin Hood y de la cintura colgaba un enorme revólver 45, del ejército batistiano.
Yo me senté frente a él, mientras las seis mujeres volvían a la cocina a moler café y servirme un plato de plátanos hervidos.
- ¿Vio, che, el arria que está del otro lado del monte?
- Sí
- Cincuenta y tres mulas bien cargadas –dijo hablando para sí-. El Che se va a poner contento. Quizá dentro de una semana ya lleguen a La Otilia.
- ¿La Otilia?
- Sí, es la finca donde ahora está el comandante frente al cuartel de Las Minas. Se instaló justito ante Sánchez Mosquera con muy pocos hombres, a ver si se le anima.

Sabía quién era Sánchez Mosquera. Según los campesinos, el hombre más cruel de la Maestra. Asesinaba sin piedad a los que encontrase en sus salidas del cuartel de las Minas y en una ocasión llegó a fusilar a veintitrés campesinos que viajaban en un camión, por El Corojo, simplemente para enseñar a los guajiros que esa misma suerte iban a correr si prestaban alguna ayuda a los rebeldes.

Celso García, moviendo apenas los labios, comenzó a decirme todo lo que sabía de la Argentina. Inclusive, cómo se preparaba un asado a la criolla.
- ¿Quién le enseñó todo eso?
- El comandante Che. A veces se pone a hablar horas y a contar cómo es su patria.

Hacía rato que había terminado de comer los plátanos hervidos y sólo me quedaba en el vaso un poco de café. Tiré los restos y un cerdito fue veloz a averiguar de qué se trataba.

La noche era muy fría y como yo tenía por todo abrigo mi camisa sudada, me acerqué al fogón. Como los de todos los bohíos, era un cajón lleno de tierra, con una cavidad en el medio en donde ardían trozos de pino cortados en tiras delgadas.

Una de las mujeres, la de Pancho Tamayo, estaba dirigiendo a las demás, que colocaban en latas, malangas y plátanos hervidos, para enviarlos a los que seguirían trabajando toda la noche en el trillo para las mulas.

El famosos Pancho no llegó esa noche. Celso colgó su hamaca junto a un camastro del bohío que me estaba destinado. Un tabique de yaguas trataba de separar la vivienda en dos, ubicándose las mujeres del otro lado que nosotros. Me tiré vestido y con las botas embarradas sobre el camastro y traté de cubrirme la espalda con un género grueso que bien podría haber sido dejado en el lugar para ese fin.

Las piernas de Celso colgaban a cada lado de la hamaca y una de las botas apuntaba a mi cabeza. Todos los cerdos –los machos, como les llaman los campesinos orientales- también vinieron a pasar la noche con nosotros.

Durante horas, el parloteo de las mujeres y el susurro insistente del arroyo se mezcló con el rezongo permanente de los cerdos. De vez en cuando llegaban las voces de hombres que se habían adelantado a los que abrían el camino a machete, para preparar otro tramo cercano al bohío y que necesitaba algunos retoques.

Las cuatro llegó enseguida y me levanté. Celso lo noto, e hizo lo mismo.
El fogón seguía encendido y la más vieja de las mujeres colaba café. Detrás de la casa una mula y un mulo estaban ensillados con las pesadas monturas tejanas.
Como habíamos convenido la noche anterior, Celso me acompañaría hasta La Mesa, comandancia de Guevara, y si hacíamos tiempo, ese mismo día llegaríamos hasta la estación de Radio Rebelde.

Tomamos café y unos tostones, y nos fuimos loma arriba, mientras las mujeres, los chicos y muchos de los arrieros que yo había visto la tarde anterior me despedían con generoso cariño campesino.

La ruta que seguimos con Celso era muy mala para las bestias, que a las pocas horas ya no querían andar, pese a que les clavábamos las espuelas con toda la fuerza que podíamos. En la ascensión al Alto del Hombrito debimos desmontar y llevar a los animales de la brida. A cada paso resbalaban o se dejaban caer por los toboganes de arcilla húmeda y debíamos saltar al lado del hundido sendero para evitar que nos aplastasen. Habíamos quitado las mochilas de las alforjas y su peso no nos dejaba mantener el equilibrio. Cargados y tironeando de las bestias, llegamos a La Mesa prácticamente aniquilados.

En medio del valle, como en una rara meseta que hubiese sido construida de ex profeso para que los caminantes hagan un alto reparador, estaba el bohío en que vivían Tranquilino y su cerdo Pancho.
Celso me había hablado por el camino de ese extraordinario individuo, mezcla de aventurero y novelero. Tranquilino era de todo: médico, abogado, aviador, periodista, ama de leche y guerrero. Pero por sobre todas las cosas, un excelente cocinero. Por primera vez, desde que había partido de Buenos Aires, comí en Cuba con tanta satisfacción, como cuando Tranquilino nos sirvió guanajo frito, con una salsa de su exclusiva y misteriosa fórmula.
Estábamos en La Mesa, comandancia del Che Guevara, y Tranquilino, con su melena blanca de tenor retirado y su figura extraordinariamente delgada, llenaba el bohío de gestos elegantes y frases construidas para un auditorio selecto, hablando siempre de su comandante, el Che. Cuando le dije que quería ir esa misma noche hasta la planta transmisora, envió enseguida a su ayudante a avisar al comandante Ramiro Valdéz, que estaba a cargo de toda la zona. Llegó antes que terminase de comer y se invitó al festín.

Yo miraba de reojo su rubia perita a lo Richelieu manchada con la salsa de Tranquilino y trataba de clasificarlo. Era un muchacho menudo, con cara de vieja, que se tornaba simpático al sonreír. No quedaba lugar en su uniforme que no estuviese cubierto por una capa de grasa y el pañuelo rojo que llevaba al cuello ya se había convertido en la bandera del 26 de Julio por la franja negra que dejaba ver. De una canana de cuero colgaba una pistola 45 y en los bolsillos bajos de sus pantalones se notaban dos cargadores.

Se ofreció enseguida a guiarnos a Celso y a mí hasta el bohío del jefe de la emisora, el capitán Luis Orlando Rodríguez, y lamentó no podernos dar mulos de refresco, por lo que decidimos emprender la ascensión hasta la emisora, con las mismas bestias cansadas.
Como ya comenzaba a anochecer y yo tiritaba, me prestó un saco de cuero.
Me despedí de Tranquilino lamentando sinceramente abandonar su hospitalidad y la del verraco Pancho. Luego me enteré que el cerdo había sido perseguido durante meses por Tranquilino para convertirlo en masita frita, y que un compañero lo había salvado del cuchillo del hábil cocinero. Pero cuando el protector de Pancho murió en un combate, Tranquilino prácticamente adoptó al animal, mimándolo como a un chico.

Ramiro Valdéz iba al frente del grupo, montado en un caballo cerrero, fuerte y hermoso, de larga cola gris. Y detrás, clavando las espuelas hasta ensangrentarnos los talones, Celso y yo.
Marchábamos hacia arriba, por un estribo de unos cuarenta centímetros de ancho, en plena noche y con un techo cerrado de ramas. Los animales ascendían o resbalaban, sin dejarnos ninguna oportunidad de conducirlos o levantarlos por la brida. A veces, yo cerraba los ojos, para tratar de notar más claridad cuando los abriese, pero era lo mismo que si hubiese marchado con los ojos vendados.

Muy de vez en cuando, veía delante y arriba la chispa oscilante del tabaco de Ramiro, pero a Celso, que iba en el medio, no lograba divisarlo.
Una patinada de mi mulo me hizo encontrarlo, ya que chocó contra la bestia que él montaba.
- Ya falta poco para que lleguemos a los de Luis Orlando –me dijo.
- ¿Y después?
- Después habrá que seguir hasta la emisora, mucho más arriba.

Una chispa, como la luz de una luciérnaga, apareció en el monte. Era el bohío en donde pernoctaba a veces el periodista cubano que dirigía las emisiones de Radio Rebelde.
Yo la descubrí con alegría, como si ahí terminase el viaje.
Tardamos más de dos horas en llegar hasta el lugar. Dos horas más durante las que varias veces los mulos se tiraron al suelo negándose a seguir.

Luis Orlando Rodríguez nos esperaba en la puerta del bohío. Atamos los animales y entramos.
En el medio de la única habitación, el fogón estaba ocupado por un caldero en donde hervían malangas. Una mujer daba de mamar a un muchachito y tres o cuatro campesinos fumaban sus tabacos con calma filosofal.
Ahí quedaba Ramiro. Y ahí debía quedar también el saco de cuero.

Tomé un vaso de café bien fuerte y tiritando le dije a Luis Orlando que estaba listo para seguir viaje. Celso, en un rincón, roncaba con sonoridad de bongó, sentado sobre las patas traseras de una silla. Presioné levemente la silla hacia abajo y quedó bruscamente parada sobre sus cuatro patas. Celso despertó sin demostrar sorpresa. Simplemente se sonrió y fue a enhorquetarse sobre su mulita blanca. Saludé a los campesinos y a Ramiro, del que me sentía amigo aunque no hubiese cambiado con él más que veinte palabras, y seguí en la noche el grito de: “Mulo… muuuuulo “de Luis Orlando Rodríguez, que había tomado la cabeza del grupo.

Yo me balanceaba sobre la bestia, sin saber qué sucedía, aunque comprendía que estábamos al borde de un precipicio, siempre arriba, siempre subiendo, y montados en mulos cansados y suicidas que cada tres pasos resbalaban cinco.
Cuando apareció sobre nuestras cabezas el cielo estrellado, me di cuenta que habíamos llegado a un estribo de la montaña. Y lo ratifiqué cuando Luis Orlando lanzó su sonoro: ¡Ea!... ¡mulo!

Varios soldados rebeldes surgieron de improviso de un disimulado bohío y se hicieron cargo de las cabalgaduras y de las mochilas.
- ¿Dónde está la planta? –pregunté impaciente.
- A diez minutos de aquí.

Fueron veinte minutos o más de penosa ascensión. Aunque me llevaban la mochila con la grabadora, yo no daba más. Clavaba los dedos en la tierra blanda de la manigua y trepaba arrastrándome, pero creía que nunca iba a llegar. De pronto, las estrellas que aparecieron otra vez entre los árboles, me indicaron que había logrado asomarme a la cumbre. El ruido de un motor a explosión indicó que la planta estaba en funcionamiento. Ninguna luz se divisaba desde afuera, salvo la línea blanca que marcaba en el piso el lugar en donde se encontraba la puerta.
Luis Orlando golpeó y un rectángulo brillante nos cegó a todos por unos instantes.

Ya en el interior del improvisado estudio de la emisora rebelde nos presentó a los locutores: Orestes Valera, gran barba y una melena increíblemente larga; Martínez, un muchacho con cara aniñada e imberbe, pese a sus veintitantos años, y Eduardo un técnico de barba rubia y cara eternamente preocupada. De inmediato traté de establecer contacto radial con la Argentina, pero me resultó imposible. Eduardo, en plena noche, subía a los árboles a tender antenas, pero todo resultó inútil.

A las tres de la mañana, sólo Eduardo y yo seguíamos despiertos. Luis Orlando había bajado a un refugio antiaéreo. Celso reanudó sentado en un rincón su solo de bongó. Y los locutores se habían tapado hasta la cabeza en sus hamacas y formaban dos bolsas de cansancio.
Después de unas pocas tentativas más cortamos el contacto del transmisor.

Eduardo me dio una hamaca que sobraba y yo me procuré un abrigo que formó luego parte de mi equipaje: un ejemplar de la revista Bohemia, que partí por la mitad y que me coloqué entre la carne y la camisa en el pecho y la espalda. A la media hora escuché a Celso que se acomodaba sobre un banco de madera. Todo el pequeño recinto estaba lleno de suspiros y ronquidos leves. Esos muchachos hacía 18 meses que estaban allí. Los locutores tenían renombre y habían vivido excelentemente bien. Eduardo, el técnico, trabajaba en un canal de televisión. Celso García era un obrero que alternaba su condición con la de campesino. Y todos hablaban igual. Y sentían igual. Y estaban unánimemente conformes con esa vida sacrificada, sucia y hambreada del rebelde. Y experimentaban el mismo orgullo que los guajiros convertidos en militares y que las mujeres que veían marchar a sus hombres o a sus hijos con una tropa “alzada”. ¿Qué misterio se escondía en esa fuerza unánime y pareja que sostenía espíritus tan dispares?

* * * * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo V

A la mañana siguiente, Luis Orlando ya nos había conseguido mulos de refresco. Yo nunca alcancé a explicarme cómo se prestan y se devuelven con tanta facilidad los mulos en la sierra.
Lo cierto es que un mulo tarda a veces meses en regresar a la finca de sus propietarios, pero al fin llega con su montura y sus arreos.
Íbamos a partir, cuando Celso decidió quedarse a esperar noticias sobre el arria que había dejado cerca de la finca de los Tamayo. Luis Orlando entonces me consiguió dos nuevos guías.

Un muchacho campesino, del que sólo supe que se llamaba Cucho, y otro próximo a recibirse de abogado, Antonio Llibre. Los dos se aprestaron gustosos para el viaje, ya que iban nada menos que a La Otilia, el lugar en donde se encontraba el hombre más querido del ejército rebelde: el Che Guevara.

El camino hacia la comandancia de Guevara no dejaba de tener sus serios riesgos, ya que había que transitar muy cerca del pueblo de Las Minas, feudo del asesino Sánchez Mosquera.
Llibre y Cucho iban informándose, a medida que llegábamos a postas rebeldes o a los bohíos campesinos, que más o menos era lo mismo, de la posición de los guardias. Circulaba ese día la noticia de que Sánchez Mosquera había salido con sus tropas y ascendía hasta La Otilia. Al llegar al paraje denominado La Estrella, ya nadie dudaba de que Sánchez Mosquera estaba en las inmediaciones.
Se produjo la lógica consulta y los guías obtuvieron la lógica respuesta:
- Sigamos.

Yo no me resignaba a perder más horas en esa larga búsqueda del Che Guevara y de Fidel Castro. Además, tenía ya una pequeña experiencia en el sentido de que era muy difícil que las tropas gubernistas anduviesen por las sierras a pleno sol. Siempre se movían al amanecer.
En La Estrella todo el mundo estaba alarmado con las últimas novedades acerca de las hazañas de Sánchez Mosquera. Había incendiado el pueblo de El Cerro y asesinado a varias mujeres por no encontrar a sus maridos en casa y descontando que se habían sumado a los efectivos rebeldes.

Cuando seguimos viaje hacia El Masío, escala obligada en la ruta a La Otilia, nos hicieron mil recomendaciones y formularon sonoras invocaciones a la Virgen de la Caridad para que nos ayudase.
A medida que nos acercábamos, tomamos más precauciones, interrogando a cuanto campesino veíamos. Algunos, asustados por los rumores de la movilización de las tropas de Sánchez Mosquera, escapaban de sus bohíos, llevándose en brazos a chicos y animales.
Sin embargo, cerca de las cuatro de la tarde, estábamos frente a Panchito Suárez Lora, teniente del 26 de Julio y jefe del pequeño destacamento de El Masío.
Nos ofreció enseguida sillas, que yo ya sabía apoyar en dos patas, a la manera de los guajiros, y mientras ordenaba que colasen café nos obsequió con papaya.
- Los habaneros le dicen fruta bomba –me aclaró sonriendo pícaro-, porque le llaman papaya a otra cosa…
El jugo de la fruta le corría por la perita renegrida. Era un hombre de unos cincuenta años, elegantísimo en su uniforme sencillo del Movimiento. Tenía dos hijos, uno de diecisiete y otro de diecinueve años, enrolados los dos en el 26, y su mujer y su hija también vestían el uniforme fidelista. Su finca se había convertido en un cuartel de entrenamiento.

Mientras esperábamos animales de refresco para continuar viaje a La Otilia, me contó algo de su vida. Entre sus antepasados, como entre los antepasados de casi todos los orientales, había varios próceres de la independencia. Hacía varios años que trabajaba su finca sin ayuda de nadie que no fueran sus hijos o su mujer. Me habló de Cuba como de una novia y de Batista como de quien la hubiese ultrajado. Mientras charlábamos, muchos de los reclutas que estaban preparando para enviarlos a las tropas del Che o de Fidel, lo escuchaban embobados.

Eran todos muchachos campesinos o estudiantes, o empleados, que habían llegado hasta El Masío luego de caminar a veces sin guías, muchos más días de los que yo había empleado. Algunos tenían prendidas de sus camisas la imagen de la Virgen de la Caridad.
Otros, la imagen de cristo mostrando su corazón atravesado de espinas, cosida a la gorra como un amuleto.
Los guajiros jamás habían concurrido a una iglesia. No la había en las montañas. Ni habían comido pan. Ni carne vacuna. Creían en Dios, porque lo intuían, pero ningún cura les había hablado de él. Eran analfabetos, pero de una inteligencia notable. Recién las primeras escuelas se instalaron en la sierra, con el arribo del ejército rebelde. Comían de vez en cuando galleta; pero ni sospechaban lo que era el pan hasta que las tropas de Guevara instalaron las primeras panaderías campesinas. Veían a las reses y sabían que su carne era deliciosa, pero recién cuando los efectivos del Movimiento comenzaron la distribución del ganado y la matanza orgánica de las reses, probaron un bistec. Y ellos, el noventa por ciento de ellos, habían nacido y crecido en la zona más rica de la riquísima Cuba. El ejército rebelde les había permitido conocer una vida civilizada, había rodeado la existencia del campesino de una serie de otrora utopías que se llamaban hospitales, escuelas, administración de justicia y reparto de ganado y tierras. Y todo eso con la mochila al hombro y concretando las soluciones sobre el problema que surgía al paso.

Poco a poco fui descubriendo que la adhesión del campesino a Fidel Castro no fue promovida únicamente por la política criminalmente absurda de los guardias de Batista, sino en gran medida por la concreción de los ideales revolucionarios, con la marcha de la revolución y sin esperar a su conclusión. Que el campesino que se enrola en el ejército de Castro no lo hace simplemente como autodefensa contra los efectivos batistianos, sino como instrumento para la conservación de conquistas que ya le son propias y que jamás nadie podrá quitarle.

La Otilia quedaba relativamente cerca de El Masío e hicimos el viaje en pocas horas. Nos desplazamos por los estribos de las montañas y por dentro de los cafetales con mil precauciones y no llegamos a encontrarnos con ningún guardia batistiano. De vez en cuando y en el momento que menos lo pensábamos, una posta rebelde surgía de improviso de entre la manigua o detrás de alguna mata.
Cuando llegamos, no estaba el comandante Guevara. Había salido con varios hombres a tratar de tender una emboscada a las fuerzas de Mosquera, si es que se decidían a subir hasta el campamento rebelde. En su lugar había quedado a cargo de la tropa un capitán: el doctor Humberto Sorí Marín.

Por fin podía descansar tranquilo, sin pensar en partir en las próximas horas. La Otilia era una hermosa finca, con una casa de mampostería provista de mil comodidades exóticas en la sierra. Hasta contaba con dos camas y algunos sillones. En uno de ellos estaba hundido
Sorí Marín. Me extrañé al verle. No tenía ni barba ni el pelo largo. Y además estaba limpio.
Luego me enteré que en la casa también había ducha, pero como hacía frío disimulé mi descubrimiento.

El capitán me recibió cordialmente y saludó con deferencia especial a Llibre, el futuro abogado.
Sorí Marín era miembro del Consejo Ejecutivo de la Conferencia Interamericana de Abogados de La Habana. Luego de preguntarme si conocía a Guevara en Buenos Aires y de formularme algunos otros interrogantes acerca de mi país y de la política argentina, se dedicó con apasionamiento a explicarme el régimen jurídico que imperaba en el sector liberado de la República. Era evidente que ese era el tema del que más le agradaba hablar. Y había encontrado en Llibre, futuro colega y en mí, a dos oyentes atentísimos.

En toda la región de las sierras, que cuenta con una población campesina estable de más de 60,000 personas, no se observó jamás un régimen judicial. Imperaba allí la ley del machete y todos los diferendos entre el campesinado finalizaban con el triunfo del más fuerte. La cantidad de conflictos de tipo corriente y hasta doméstico que tuvo que enfrentar el Movimiento 26 de Julio, sumada a la necesidad de combatir al bandolerismo, motivó la concreción de un régimen penal en lo civil y un reglamento de justicia militar. Los dos se basan en los códigos vigentes en la justicia cubana y especialmente el militar, en el código aplicado en la misma zona, durante la guerra de la independencia.

A medida que Sorí Marín hablaba casi en forma didáctica y más para Llibre, que ya conocía el tema, que para mí, que era el que debía ser informado, me distraje unos segundos en observarle.
Me parecía fantástico que un hombre que ya había pasado los cuarenta años, que no pesaría más de 55 kilos y que evidentemente en su vida no había realizado ningún trabajo físico, estuviese allí en donde yo, menor por lo menos diez años y de un estado atlético superior, había llegado con grandes sacrificios.

El relato sinóptico de las previsiones judiciales del Movimiento 26 de Julio para la zona liberada siguió durante más de tres horas. Poco a poco nos fuimos quedando a oscuras. Cuando se cerraron las ventanas y se encendió un candil, ya estaban a nuestro lado, tirados en los sillones, un gigante con la barba hasta la cintura, y un sonriente muchacho bien afeitado y con una extraña gorra de piel. Se presentaron como Haroldo Cantellops y Fernando Virreyes.

Cantellops había conjugado en su uniforme al militar y al campesino: pantalones y camisa verde oliva y sombrero de yarey. Su mujer y sus hijos residían en Nueva Cork, en donde él se desempeñaba como mecánico. Un día se le ocurrió venir a La Habana, a visitar a su padre. Y cayó preso. Buscaban a su hermano y lo apresaron a él. Y recibió los palos y las patadas y las trompadas. Y diez veces cayó en la trampa del guardia que pretende hacerse el amigo y ofrecer un cigarrillo, para convertirlo en torturas en medio de las carcajadas de todos los que escuchan. Cuando por medio de esos contactos secretos que mantienen los rebeldes llegó a un juez amigo de su padre la noticia de que estaba preso sin que se le formulase cargo alguno, fue liberado. Y entonces el mecánico de Nueva Cork, feliz con su heladera y su televisor, se plantó gigante en rebelde.
Virreyes, el sonriente y sonrosado Virreyes de la extraña gorra, contó a pedazos otra historia.

Había sido sargento de paracaidistas del ejército yanqui durante la guerra de Corea. Al terminar el conflicto pidió la baja, sabiendo lo que era la guerra y sabiendo lo que eran los yanquis. Pero surgió de pronto la oportunidad de pelear de verdad, por una causa de verdad y por un ideal de verdad. Y se confabuló con los muchachos que en el yate Corynthia llegaron a Cuba para abrir un nuevo frente y en cambio pisaron la isla para morir o ser prisioneros.

De la trágica expedición traicionada por dos elementos batistianos que se fingieron revolucionarios, sólo un hombre llegó con su arma a las filas rebeldes: Fernando Virreyes. Caminó días enteros sin saber dónde iba. Y durante días enteros y noches enteras vivió la zozobra de la delación, hasta que llegó a tomar contacto con las fuerzas rebeldes.
Yo lo escuchaba, contando naturalmente y en medio de decenas de pausas chistosas, esa odisea que me parecía imposible. Y él continuaba con sus historias hasta que hizo un ademán reclamando silencio:
- Oí… che… -dijo, imitando el acento argentino…
La radio portátil empezó a transmitir una audición de la CNKC en que Carlos Gardel cantaba: Mi Buenos Aires querido… Y un locutor cubanísimo agregó: “Así cantó Gardel… el zorzal de las Pampas…”.

Mientras Sorí Marín estaba relatándome sus impresiones sobre Buenos Aires y sus experiencias de bailarín de tangos cuando visitara Argentina en el año 1951 en ocasión de un congreso de abogados, uno de los centinelas llegó corriendo a avisar que las postas indicaban por microonda que Sánchez Mosquera iba a atacar.
Sorí Marín impartió algunas órdenes y revisó su pistola. Cantellops se fue llevándose su rifle y Virreyes siguió cantando para Llibre y yo la canción que Gardel cantaba para toda Cuba.
Me sentí contento de saber que por primera vez en mi vida iba a asistir a un combate.

* * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo VI

Cuando desperté estaba decepcionado. Había dormido plácidamente hasta las cinco y en ningún momento escuché metralla. Los guardias habían hecho una corta incursión, pero regresaron de inmediato a su cuartel al enterarse de que el Che no se encontraba en La Otilia y que estaría tendiéndoles alguna emboscada.

Había esperado anhelante el momento en que escuchase la voz de fuego, tendido en la semipenumbra de la sala, mientras Virreyes, con la ametralladora sin seguro, se prometía asimismo un viaje a Buenos Aires, exclusivamente para escuchar tangos. Cerca de las dos, Sorí Marín y yo nos tendimos en los dos únicos colchones que había, y que juntos podían dar cabida a tres personas, pero no a las cinco que me encontré al despertar. Virelles se había ido a ocupar su posta y Cantellops roncaba sobre su sillón. Llibre apareció rascándose, a los pies de la cama, y me contó dolorido que había estado tratando de disolver toda la noche una reunión de granitos que le habían surgido imprevistamente en el estómago.

En pocos minutos lo que parecía un dormitorio se convirtió en comedor, oficina y enfermería. Todo el mundo estaba en pie y lo único que preguntaba, estuviese haciendo cualquier cosa, era si había llegado el comandante.

Guevara llegó a las seis. Mientras yo observaba admirado a un grupo de muchachos que se preocupaba insólitamente en hacer algo que yo hacía mucho tiempo había dejado de practicar: lavarse la cara, comenzaron a llegar desde distintos lados, grupos de rebeldes sudados, cargados con su mochila ligera y su pesado armamento. Los bolsillos estaban hinchados de balas y las cananas se cruzaban sobre el pecho dejado sin protección por una camisa sin botones.

Era la gente que había tendido la noche anterior una emboscada a la tropa de Sánchez Mosquera y volvía cansada, con sueño y con las ganas contenidas de trenzarse con los guardias del odiado coronel. A poco llegó Ernesto Guevara...

Venía montado en un mulo, con las piernas colgando y la espalda encorvada prolongada en los caños de una Veretta y de un fusil con mira telescópica, como dos palos que sostuviesen al armazón de su cuerpo aparentemente grande.

Cuando el mulo se fue acercando pude ver que le colgaba de la cintura una canana de cuero colmada de cargadores y una pistola. De los bolsillos de la camisa asomaban dos magazines, del cuello colgaba una cámara de fotos y del mentón anguloso algunos pelos que querían ser barba.

Bajó del mulo con toda calma, asentándose en la tierra con unas botas enormes y embarradas, y mientras se acercaba a mí calculé que mediría un metro setenta y ocho y que el asma que padecía no debía crearle ninguna inhibición.

Sorí Marín hizo las presentaciones ante los ojos de veinte soldados que nunca habían visto a dos argentinos juntos, y que quedaron un poco decepcionados al ver que nos saludábamos con bastante indiferencia.

El famoso Che Guevara me parecía un muchacho argentino típico de clase media. Y también me parecía una caricatura rejuvenecida de Cantinflas. Me invitó a desayunar con él y comenzamos a comer casi sin hablar.

Las primeras preguntas fueron, lógicamente, de él. Y, lógicamente también, se refirieron a la política argentina.

Mis respuestas parecieron satisfacerle y a poco de hablar nos dimos cuenta que coincidíamos en muchas cosas y que no éramos sujetos peligrosos. Pronto hablamos sin mu chas reservas –algunas manteníamos, como buenos argentinos de la misma generación- y comenzamos a tutearnos.

Un soldado guajiro que trataba de escucharnos hizo soltar a Guevara un comentario humorístico sobre la gracia que les causaba a los cubanos nuestra manera de hablar y la risa mutua nos unió casi de inmediato en un diálogo menos reticente.

Entonces le manifesté los motivos de mi viaje a Sierra Maestra. El deseo de esclarecer, primero que nada ante mí mismo, qué clase de revolución era la que se libraba en Cuba desde hacía diecisiete meses; a quién respondía; cómo era posible que se mantuviese durante tanto tiempo sin el apoyo de alguna nación extranjera; por qué el pueblo de Cuba no terminaba de derribar a Batista, si realmente estaba con los revolucionarios y decenas de preguntas más, muchas de las cuales ya tenían respuesta en mi convicción, luego del viaje hasta La Otilia. Luego de sentir de cerca el terror de las ciudades y la metralla de los montes; luego de ver a los guerrilleros desarmados participar de emboscadas suicidas para hacerse de un arma con la que pelear realmente; luego de escuchar explicar a los campesinos analfabetos, cada uno a su manera, pero claramente, por qué luchaban; luego de darme cuenta de que no estaba entre un ejército fanatizado capaz de tolerar cualquier actitud de sus jefes, sino entre un grupo de hombres conscientes de que cualquier desvío de la línea honesta que tanto los enorgullece significaría el fin de todo y la nueva rebelión.

Pero yo, pese a todo eso, desconfiaba. Me negaba a dejarme arrastrar por entero por mi simpatía hacia los campesinos combatientes, mientras no escrutase con la mayor severidad las ideas de quienes los conducían. Me negaba a admitir definitivamente que algún consorcio yanqui no estuviese empeñado en apoyar a Fidel Castro, pese a que los aviones a reacción que la misión aeronáutica norteamericana había entregado a Batista, habían ametrallado varias veces el lugar en donde me encontraba.

Mi primera pregunta concreta a Guevara, el joven médico argentino metido a comandante héroe y a hacedor de una revolución que no tenía nada que ver con su patria fue:
- ¿Por qué estás aquí?

Él había encendido su pipa y yo mi tabaco y nos acomodamos para una conversación que sabíamos larga. Me contestó con su tono tranquilo, que los cubanos creían argentino y que yo calificaba como una mezcla de cubano y mexicano:
- Estoy aquí, sencillamente, porque considero que la única forma de liberar a América de dictadores es derribándolos. Ayudando a su caída de cualquier forma. Y cuánto más directa mejor.
- ¿Y, no temés que se pueda calificar tu intervención en los asuntos internos de una patria que no es la tuya, como una intromisión?
- En primer lugar, yo considero mi patria no solamente a la Argentina, sino a toda América. Tengo antecedentes tan gloriosos como el de Martí y es precisamente en su tierra en donde yo me atengo a su doctrina. Además, no puedo concebir que se llame intromisión al darme personalmente, al darme entero, al ofrecer mi sangre por una causa que considero justa y popular, al ayudar a un pueblo a liberarse de una tiranía, que sí admite la intromisión de una potencia extranjera que le ayuda con armas, con aviones, con dinero y con oficiales instructores. Ningún país hasta ahora ha denunciado la intromisión norteamericana en los asuntos cubanos ni ningún diario acusa a los yanquis de ayudar a Batista a masacrar a su pueblo. Pero muchos se ocupan de mí. Yo soy el extranjero entremetido que ayuda a los rebeldes con su carne y su sangre. Los que proporcionan las armas para una guerra interna no son entremetidos. Yo sí.

Guevara aprovechó la pausa para encender su pipa apagada. Todo lo que había dicho había salido de unos labios que parecían sonreír constantemente y sin ningún énfasis, de manera totalmente impersonal. En cambio, yo estaba absolutamente serio. Sabía que tenía que hacer aún muchas preguntas que ya juzgaba absurdas.

- ¿Y qué hay del comunismo de Fidel Castro?
Ahora la sonrisa se dibujó netamente. Dio una larga chupada a la pipa chorreante de saliva y me contestó con el mismo tono despreocupado de antes:
- Fidel no es comunista. Si lo fuese, tendría al menos un poco más de armas. Pero esta revolución es exclusivamente cubana. O mejor dicho, latinoamericana. Políticamente podría calificárselo a Fidel y a su movimiento, como “nacionalista revolucionario”. Por supuesto que es antiyanqui, en la medida que los yanquis sean antirrevolucionarios. Pero en realidad no esgrimimos un antiyanquismo proselitista. Estamos contra Norteamérica –recalcó para aclarar perfectamente el concepto- porque Norteamérica está contra nuestros pueblos.

Me quedé callado para que siguiese hablando. Hacía un calor espantoso y el humo caliente del tabaco fresco era tan tonificante como el café que tomábamos en grandes vasos. La pipa en forma de s de Guevara colgaba humeante y se movía cadenciosamente a medida que seguía la charla con melodía cubana-mexicana.

- Al que más atacan con el asunto comunista es a mí. No hubo periodista yanqui que llegase a la Sierra, que no comenzase preguntándome cuál fue mi actuación en el Partido Comunista de Guatemala –dando ya por sentado que actué en el partido comunista de ese país-, sólo porque fui y soy un decidido admirador del coronel Jacobo Arbenz.
- ¿Ocupaste algún cargo en el gobierno?
- No, nunca. –Seguía hablando plácidamente, sin sacarse la pipa de los labios-. Pero cuando se produjo la invasión norteamericana traté de formar un grupo de hombres jóvenes como yo, para hacer frente a los aventureros fruteros. En Guatemala era necesario pelear y casi nadie peleó. Era necesario resistir y casi nadie quiso hacerlo.
Yo seguí escuchando su relato sin hacer preguntas. No había necesidad.
- De ahí escapé a México, cuando ya los agentes del FBI estaban deteniendo y haciendo matar directamente a todos los que iban a significar un peligro para el gobierno de la United Fruti. En tierra azteca me volví a encontrar con algunos elementos del 26 de Julio que yo había conocido en Guatemala y trabé amistad con Raúl Castro, el hermano menor de Fidel. Él me presentó al jefe del Movimiento, cuando ya estaban planeando la invasión a Cuba.

Como la pipa se le había apagado, hizo una pausa para encender un tabaco y me convidó a mí con otro. Para señalar que existía aún detrás de la espesa cortina de humo le pregunté cómo se había incorporado a los revolucionarios cubanos.

- Charlé con Fidel toda una noche. Y al amanecer, ya era el médico de una futura expedición. En realidad, después de la experiencia vivida a través de mis caminatas por toda Latinoamérica y del remate de Guatemala, no hacía falta mucho para incitarme a entrar en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me impresionó como un hombre extraordinario. Las cosas más imposibles eran las que encaraba y resolvía. Tenía una fe excepcional en que una vez que saliese hacia Cuba, iba a llegar. Que una vez llegado iba a pelear. Y que peleando, iba a ganar. Compartí su optimismo. Había que hacer, que luchar, que concretar. Que dejar de llorar y pelear. Y para demostrarle al pueblo de su patria que podía tener fe en él, porque lo que decía lo hacía, lanzó su famosos: “En el 56 o seremos libres o seremos mártires” y anunció que antes de terminar ese año iba a desembarcar en un lugar de Cuba al frente de su ejército expedicionario.

- ¿Y qué ocurrió al desembarcar?
Ya la conversación constituía tema para más de treinta auditores. Sentados en el suelo, con el arma entre las rodillas y las gorras protegiendo a los ojos de la reflexión solar “los hombres del Che” fumaban y escuchaban atentamente sin proferir una palabra.

Un joven médico, barbudo, componía un dedo vendándolo perfectamente, sin prestar atención más que a lo que oía. Llibre, apasionado admirador de los jefes de la revolución pero vigilante doctrinario, analizaba cada una de las palabras de Guevara, rascándose los granos del estómago con las uñas marrones de tierra arcillosa. Virelles, escuchaba durmiendo. Guillermito, un muchacho imberbe de melena larguísima, limpiaba un fusil con la misma atención que el médico componía el dedo. Desde algún lugar, llegaba a incorporarse al olor del tabaco, el de un chancho que estaban friendo en una marmita, al aire libre.
Guevara siguió relatando con el tabaco en la boca y las piernas cómodamente estiradas:

- Cuando llegamos nos deshicieron. Tuvimos un viaje atroz en el yate “Granma”, que ocupábamos ochenta y dos expedicionarios, aparte de la tripulación. Una tormenta nos hizo desviar el rumbo y la mayoría de nosotros estábamos descompuestos. El agua y los alimentos se habían terminado y para colmo de males, cuando llegamos a la isla, el yate varó en el barro. Desde el aire y de la costa nos tiraban sin parar y a poco, ya estábamos menos de la mitad con vida –o con media vida si se tiene en cuenta nuestro estado-. En total, de los ochenta y dos, sólo quedábamos con Fidel doce. Y en el primer instante, nuestro grupo se reducía a siete, puesto que los otros cinco se habían desperdigado. Eso era lo que quedaba del ambicioso ejército invasor del Movimiento 26 de Julio. Tendidos en la tierra, sin poder hacer fuego para no delatarnos, aguardábamos la decisión final de Fidel, mientras a lo lejos sonaban las baterías navales y las ráfagas de las ametralladoras de la aviación.

Guevara lanzó una corta carcajada al recordar.

- Qué tipo, este Fidel. Vos sabés que aprovechó el ruido de la metralla para ponerse de pie y decirnos: “Oigan cómo nos tiran. Están aterrorizados. Nos temen porque saben que vamos a acabar con ellos”. Y sin decir una palabra más, cargó con su fusil y su mochila y encabezó nuestra corta caravana. Íbamos en busca del Turquino, el monte más alto y el más accesible de la Sierra, en el cual fijamos nuestro primer campamento. Los campesinos nos miraban pasar sin ninguna cordialidad. Pero Fidel no se alteraba. Los saludaba sonriendo y lograba a los pocos minutos entablar una conversación más o menos amistosa. Cuando nos negaban comida, seguíamos nuestra marcha sin protestar. Pero a poco el campesinado fue advirtiendo que los barbudos que andábamos “alzados”, constituíamos precisamente todo lo contrario de los guardias que nos buscaban. Mientras el ejército de Batista se apropiaba de todo cuanto le conviniese de los bohíos –hasta las mujeres, por supuesto- la gente de Fidel Castro respetaba las propiedades de los guajiros y pagaba generosamente todo cuanto consumía.
Nosotros notábamos no sin asombro, que los campesinos se desconcertaban ante nuestro modo de actuar. Estaban acostumbrados al trato del ejército batistiano. Poco a poco se fueron haciendo verdaderos amigos y a medida que librábamos encuentros con los grupos de guardias que podíamos sorprender en las sierras, muchos manifestaban su deseo de unirse a nosotros. Pero esos primeros combates en busca de armas, esas emboscadas que comenzaron a preocupar a los guardias, fueron también el comienza de la más feroz ola de terrorismo que pueda imaginarse. En todo campesino se veía a un rebelde en potencia y se le daba muerte. Si se enteraban de que habíamos pasado por una zona determinada, incendiaban los bohíos a los que pudimos llegar. Si llegaban a una finca y no encontraban hombres –porque estaban trabajando o en el pueblo- imaginaban o no que se habrían incorporado a nuestras filas, que cada día eran más numerosas, y fusilaban a todos los que quedaban.
El terrorismo implantado por el ejército de Batista, fue indudablemente, nuestro más eficaz aliado en los primeros tiempos. La demostración más brutalmente elocuente para el campesinado de que era necesario terminar con el régimen batistiano.

El ruido del motor de un avión reclamó la atención de todos.
- ¡Avión! –gritaron varios y todo el mundo echó a correr hacia el interior de La Otilia. En un segundo desaparecieron del secadero de café los arreos de las bestias y las mochilas y alrededor de la finca no se veía otra cosa que el sol que hacía blancos a los árboles, al secadero de cemento y al rojo camino de arcilla.

Una avioneta gris oscura apareció detrás de una loma e hizo dos amplios giros sobre La Otilia, a bastante altura, pero sin disparar ni una ráfaga. Minutos después desapareció.
Salimos todos de la casa, como si hubiésemos estado horas encerrados.

Le recordé a Guevara mi intención de encontrarme lo antes posible con Fidel Castro, para grabar mi reportaje y luego regresar hasta la planta para tratar de transmitirlo directamente a Buenos Aires. En pocos minutos se me encontró un guía que conocía la zona de Jibacoa en donde probablemente estaría operando Fidel y un mulo más o menos fuerte y sin demasiadas mataduras.

- Tenés que salir ahora mismo –me explicó Guevara- para llegar no muy tarde al primer campamento y mañana a la mañana seguís hasta Las Mercedes. Ahí quizá te puedan decir por dónde anda Fidel. Si tenés suerte, en tres días podés ubicarlo.

Monté en el mulo y me despedí de todos, comprometiendo a Guevara para encontrarnos en La Mesa unos días después, cuando yo regresase con el reportaje grabado. Le entregué a Llibre varios rollos de fotos ya usados y dos cintas magnetofónicas, para que las guardase en la planta transmisora.

Era cerca del mediodía y el cerdo comenzaba a freír de nuevo, pasado el susto de la avioneta.
El olor a grasa que tanto me descomponía al principio, me pareció delicioso. Mi estómago comenzaba a sentir la ofensiva del aire purísimo de la Sierra Maestra. Sorí Marín me acercó media docena de bananas que esta vez –nunca me pude enterar por qué- se llamaban malteños.

Guevara recomendó al guía mucho cuidado al acercarnos a Las Minas.
- Es el primer compatriota que veo en mucho tiempo –gritó riendo- y quiero que dure por lo menos hasta que envíe el reportaje a Buenos Aires.
-Chau –saludé de lejos.

Y como treinta voces contestaron a los gritos y riendo, como si acabase de hacer el saludo más cómico que pueda concebirse.
Salimos del camino que llevaba a La Otilia y nos metimos por un campo de café. Los granos aún estaban verdes y no despedían más aroma que el de las plantas frescas. De vez en cuando las ramas trataban de quitarme la gorra aprovechando que yo iba entretenido en pelar un malteño de cuarenta centímetros. Pero la proximidad de Las Minas, si bien no me quitaba el apetito, mantenía mi atención mucho más allá de la conducción del mulo o el pelar bananas. Mi guía –que tenía un sobrenombre muy apropiado para una señorita francesa que muestre las piernas, pero no para un guajiro barbudo y con pocos dientes: Niní- iba pocos metros adelante, montado en una mulita pasicorta. De improviso desmontó y se deslizó sin hacer ruido, hacia mí, por sobre el colchón de hojas. Antes de que hubiese llegado yo también había desmontado, y nos apartamos en seguida de los animales. El ruido de las ramas golpeando sobre algo que podría ser el casco de acero de algún guardia, se escuchaba ahora nítidamente. Niní corrió el seguro de su pistola

- ¿Qué hay compay? –gritó de pronto.
Un guajiro avanzaba dificultosamente entre los árboles de café, procurando que las ramas se enganchasen lo menos posible en la liviana caja rectangular de madera blanca que llevaba al hombro.
- ¿Qué hubo? –respondió jadeante.

Nos acercamos a él, que nos tendió una mano sudada. Paró la caja a su lado y se secó el sudor que caía por debajo del sombrero de yarey.
- ¿Y cómo anda eso, hermano? –preguntó sin preguntar nada.
- Ahí vamos… -respondió Niní sin responder nada.
Y tomó la ofensiva en las interrogaciones, esta vez en forma coherente.
- ¿Va lejos, compay?
- Hasta Las Rosas. Salí de San Pablo Yao con la caja porque no quise bajar a Las Minas. Allí me mataron al hermano y yo fui a buscar en qué enterrarlo. No sé si Sánchez Mosquera habrá dejado sacar el cuerpo. Pero ya pasó como una semana…
- ¿Una semana? –no pude menos que preguntar.
- Si lo subieron a la Sierra, le deben haber envuelto en yaguas verdes. Pero no creo que pueda haber durado tanto…
- Creo que no –le dije convencido.
- ¿Y cómo anda la cosa por allá, compay? –dijo Niní volviendo a montar en su mulita.
- Bueno… tengan cuidado. Vieron a mediodía como a treinta gentes de a caballo pero no me supieron decir si eran los guardias. Si eran ellos, seguro que se los van a topar al salir del monte.

Seguimos viaje, después de estrecharnos nuevamente las manos sudadas.
La perspectiva de un encuentro con la gente de Sánchez Mosquera hizo que prestásemos más atención que nunca a los ruidos del bosque, pero descendimos al llano sin novedad. Ya era de noche cuando llegamos al campamento de Miguel Ángel, un campesino que tenía bajo su mando a un grupito de escopeteros aspirantes a soldados rebeldes. Hacía bastante frío y a lo lejos se manchaba el negro intenso de la noche, con los reflejos de varios incendios.
Los guajiros discutían si eran desmontes o bohíos, los que estaban bajo la candela.
Mientras cenábamos arroz y plátanos hervidos, comenzaron a escucharse las detonaciones de un combate y no podíamos ubicar la zona en donde se estaba produciendo.

- ¿Será en La Otilia? –dije preocupado por haber perdido una nueva oportunidad de presenciar la lucha.
- Más bien parece del lado de la carretera –opinó Miguel Ángel.

Después de comer escuchamos durante largo tiempo las ráfagas de las ametralladoras, salpicadas por el estallido de granadas y tiros de fusil.
Los reclutas prestaban una atención devota a esos ruidos que les hubiera gustado saliesen de sus pobres escopetas viejas.

- Se están fajando sabroso… -me comentó un morochito sentado al lado mío, pero al que sólo podía divisar por la camisa clara.

El fulgor de los incendios se mantuvo durante toda la noche. Miguel Ángel había hecho preparar un lugar en donde yo pudiese dormir, dentro del bohío. Pero cuando iba a acostarme, el olor a ratas fue tan penetrante que me llegó hasta el estómago. Preferí tirarme en un banco, al aire libre. Saqué de la mochila mi revista Bohemia y me abrigué bien. Seguían las explosiones lejanas, cada vez más aisladas, siempre detonadas por el mismo tipo de armas.
Y me imaginé a los nuevos reclutas de Batista, muchachitos sacados de los reformatorios, asustados tirando tiros, contra la manigua, para ahuyentar las sombras que podían ser barbudas.

Los centinelas que volvían de sus postas, se acercaban invariablemente a mí, para hacerme preguntas. A ellos no les preocupaba tanto Perón, o Frondizi, sino Fangio.
- Oye, chico… ¿Y qué dijo Fangio de cuando lo secuestramos?
- ¿Es cierto que se hizo fidelista?
- Cuando esto termine, voy a cualquier parte para verlo correr. Ese hombre se le escapó al diablo…

Las agujas luminosas de mi reloj indicaban las cuatro. Me erguí en el banco y me quité mis gráficos abrigos. Había que seguir viaje. No había dormido pero el frío de la madrugada me hacía sentir perfectamente bien. Al rato se despertó Miguel Ángel y llegó un viejo campesino al que se le habían pedido mulas para el trayecto. Era probable que Fidel estuviese en Las Mercedes, así que –gloría para mí- se podía ir en bestia. Miguel Ángel me sugirió la absurda idea de bañarme en un arroyo, que rechacé tiritando y después de tomar café y aprovisionarnos de tabacos, comenzamos a galopar. El camino era llano y avanzábamos rápidamente.
La monotonía de las marchas al paso de los mulos era desesperante por lo que gocé realmente con las cuatro horas en que los mulos trotaban o galopaban por el camino. Luego, con los animales cansados, seguimos al paso lerdo de la bestia que encabezaba la caravana.

El viejo campesino se había unido a Miguel Ángel, a sus dos ayudantes y a mí, porque no quería –dijo- perder la oportunidad de conocer a Fidel.
- Si usted me lleva- aclaró respetuoso.
- ¿Quién lleva a quién? –le contesté riendo.

Prácticamente desde la finca La Florida hasta El Cerro, hicimos el trayecto por suaves lomas con escasa vegetación. De vez en cuando nos encontramos en lo alto de un monte pelado desde donde divisábamos a lo lejos Estrada Palma, y descendimos luego a valles frescos y rumorosos por el correr de pequeños arroyos de agua helada. Estábamos en zona completamente dominada por los rebeldes y no había nada que temer, salvo la metralla de los aviones. Pero por el ruido de las bombas que traían las sierras en eco, indicaban que estaban operando detrás nuestro, bastante lejos. Ni una sola jornada desde que había iniciado el viaje por la Maestra, los aviones de Batista se dieron descanso. Prácticamente de la mañana a la noche, lanzaban bombas incendiarias o ametrallaban los bosques, los bohíos, los campesinos y las bestias. Era evidente que querían aterrorizar al campesinado para que abandonase la sierra. Prácticamente era imposible para los guajiros sembrar malanga o arroz, elementos básicos de su escaso menú, ya que los aviones los ametrallaban constantemente.

Cerca de cada vivienda, aún dentro de ella, había fosos cubiertos por piedras, en donde el guajiro se escondía con su mujer y su ristra de hijos, a veces todo el día, mientras las balas atravesaban sin resistencia el pequeño bohío de yaguas.
Los cuadrados negros y llenos de latas retorcidas por el fuego, convertían en grandes tableros de ajedrez, a los lugares en donde antes se levantaban caseríos guajiros.
Cerca de Las Mercedes, pasado el mediodía, llegamos a un pueblito que ofrecía la asombrosa excepción de contar con algunas construcciones de mampostería. La mayoría de las casas estaban deshabitadas, y sólo debajo del alero de la bodega había varios hombres. Uno de ellos, de pelo blanco y rasgos árabes, se acercó tendiéndome la mano amistosamente cuando se enteró de que era periodista argentino.
El acento correspondía a su físico.

- Yo soy el durco Nassim…
- ¿Turco… o árabe?
Se rió ruidosamente.
- Bah… los guajiros me dicen el durco… Bero yo soy libanés.
- Entonces, tendrá tahine en casa.
Estaba alegremente asombrado.
- ¿Gusta tahine?... ¿Es baisano?

Le conté que mi mujer era descendiente de libaneses y mientras desmontaba para acercarme a un fiñe de unos cuatro años, que me traía agua fresca, el árabe me abrazó cordialmente…
- Entonces es baisano. Venga a comer con nosotros comida árabe. A Fidel también le gusta. Yo soy gran fidelista.

Pese a que mis guías ya se preparaban para investigar qué era el famoso tahine y el shisque baab de que hablábamos con el “turco” Nassim, yo sólo acepté más agua y café, para continuar camino.
Le prometí, y estaba dispuesto a hacerlo, volver a comer algún día con “baisano”. En el vaso de agua que tomé ya montado, flotaba un cubito de hielo. La bodega de Nassim, contaba hasta con una heladera a querosén. Antes de partir, Nassim nos advirtió que el ejército había estado la noche anterior por los alrededores.

- Saben que Fidel está por acá… bero no van a salir a buscarlo. Se contentan con matar a los campesinos y tratan de bescar a los mensajeros. Tengan mucho cuidado.
- Tenga también cuidado usted –le advertí.
- No, a mí no me hacen nada. Saben que si me matan, matan a la gallina de los huevos de oro. Cada vez que llegan encuentran la bodega llena…

Llegamos a Las Mercedes cerca de las cinco. Fidel no estaba. La noche anterior había cambiado de campamento y sólo una persona que en ese momento no se encontraba –una sola familia quedaba en el pueblo desierto- sabía la ubicación del nuevo campamento. El ejército estaba muy cerca y era probable que esa misma noche intentasen llegar hasta Las Mercedes.
Por otra parte, nuestros animales ya no daban más y en el pueblo no había quedado ni un mulo.
Anclada como nosotros, estaba una maestra que bajaba de la Sierra y quería llegar hasta Bayazo para proveerse de útiles escolares.
Como no podíamos hacer otra cosa que sentarnos, tomar café, fumar y esperar, nos resignamos.
La maestra me contó con orgullo que era una de las primeras que dictaba clase en una escuela rebelde. Que era el equivalente a ser una de las primeras que enseñaba a leer y a escribir en toda la inmensa región. Tendría cuarenta años largos y era evidente que trataba de ocultarlos. Exhalaba un olor a desodorante agresivo, casi tan fuerte como el aroma que exhalábamos nosotros y los mulos que chorreaban su esfuerzo de toda una jornada. Estábamos sentados en el suelo, bajo un alero que formaba una sombra caliente y poco acogedora, en la tarde reseca y ardiente.

Un guajiro que apareció por algún lado, descalzo y sudado, nos advirtió que el hombre que esperábamos llegaría de un momento a otro. Había conseguido un jeep y nos acercaría por carretera a la zona en donde estaba Fidel.
La maestra no era muy locuaz y nosotros teníamos hambre y calor, lo que siempre contribuye al mal humor. Permanecimos callados hasta que el motor del jeep nos anunció desde varios minutos antes, el arribo de quien iba a ser mi nuevo guía.
También él traía un mal humor que se marcaba en sus cejas. La perspectiva de tener que salir nuevamente le agradó tanto como encontrarse con los guardias.
Pero yo ya había aprendido a ser pesado. Le dije que tenía que llegar ese mismo día al campamento de Castro y para reforzar mi urgencia, mentí que llevaba un mensaje del Che a Fidel

- ¿Sabe que el ejército está por la carretera?
- Desde que llegué a la Sierra, siempre escuché lo mismo. Pero qué le voy a hacer…
- Espere un segundo. Me voy a dar una ducha y salimos…

Yo había recobrado mi optimismo. Pero en cambio los que me acompañaban no se sintieron muy alegres. Como me di cuenta, y ya no los necesitaba, les ofrecí la oportunidad de volverse.
- ¿Y ustedes, por qué no les dan un descansito más a las bestias y aprovechan la noche para volver? Quizá mañana el camino esté cerrado…
El viejo que quería ver a Fidel decidió que en otra oportunidad sería lo mismo, y todos se sintieron mejor.
El hombre que iba a llevarme en su jeep, ya estaba limpio y el pelo mojado era la única sensación de frescura en una legua a la redonda.
Me despedí de todos y de la olorosa maestra y monté en la máquina. Los días de mulo hacían del asiento del jeep una mullida comodidad burguesa, muy adecuada para el traste de un lord inglés con gota.

* * * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo VII

Un muchacho uniformado, con la melena rubia que le tapaba los hombros y un armamento que le cubría el pecho y la espalda, nos indicaba con el pulgar hacia abajo, el lugar en donde había colocado una mina de gran poder. El jeep salió del camino y se metió entre la manigua para eludir el artefacto que iba a pasar la noche esperando a los guardias. Después de cruzar un arroyo, el vehículo frenó ante un edificio de madera y cinc. Más de doscientos rebeldes estaban descansando en el lugar, sentados o acostados en el suelo, todos con sus armas automáticas y las granadas de fabricación casera colgando de la cintura. Sobre el alero de la casona, se lograba leer: “La Fragata”.

Mi guía, que había ido en busca del oficial a cargo de esa tropa volvió decepcionado.
- Fidel no está aquí. Pero yo debo volver a Las Mercedes. Esta noche pueden ocurrir muchas cosas.
Durante el camino, campesinos aterrorizados nos habían hablado de una compañía de guardias que habían incendiado más de veinte casas y bohíos. Era probable que al caer la tarde hubiesen vuelto a su cuartel, pero no había que descuidarse.
- Aquí lo dejo con el capitán Paco. Mañana a la mañana lo hará llegar hasta el comandante, si es que él no viene aquí. –Le agradecí y me despedí. Paco me estrechaba la mano con fuerza y alegría, mientras un grupo de rebeldes me rodeaba.
- ¿Eres argentino?
- ¿Ya viste al Che?
Y otra vez la serie de preguntas calcadas de todos los otros campamentos: Libertad Lamarque, Fangio, Perón, Frondizi.
- ¿Y qué te parece esto?

Nos sentamos en el suelo y yo comencé a hablar. La curiosidad de ellos era insaciable. Todo les interesaba. Pero mucho más les interesaba mi impresión personal sobre su revolución.
Les conté mi viaje por zonas que muchos de ellos aún no conocían, los bombardeos constantes, la generosidad de los campesinos, mi apasionado fervor por el congrí y el potaje de frijoles negros y mi admiración por la sustancia humana de cada rebelde: su desinterés, su modestia, su valentía y su conocimiento de la causa que defienden. Era la primera vez que daba a conocer mis impresiones tan abiertamente y no temía que los rebeldes pudiesen tomar mis palabras como “guataquería”. Sabía que, sencillamente, asistían a un relato objetivo de la personalidad de cada rebelde. Ellos eran así. Magníficamente así. Y me explicaron que así los había formado Fidel Castro. Que el ejemplo del comandante era la guía moral para todos ellos. Y nadie hubiese hecho lo que Fidel Castro habría considerado que no se debía hacer. Y tampoco temieron que yo pudiese tomar sus palabras por auto propaganda.

Sabían que, sencillamente, ofrecían un relato objetivo de la personalidad de cada rebelde, formada por su comandante.
- ¿Y cómo se te ocurrió venir hasta aquí, a reportear a Fidel?
- Existe, con respecto a la revolución cubana, un gran misterio –les dije- que aún no ha sido develado. Un gran misterio guardado celosamente por las agencias informativas y por los grandes diarios que se nutren con sus noticias. Y así, mientras toda Latinoamérica odia a Batista, no se decide a apoyar a Fidel Castro, porque no saben quién es, qué quiere, ni quién lo apoya. Y porque no sabe quiénes son ustedes.
Les conté que algunos consideraban a la revolución cubana instrumento de Estados Unidos –lo que recibieron con el asombro con que hubiesen asistido al parto de una mula- y al ejército de Fidel Castro, integrado por jóvenes pudientes que jugaban a la guerra. Les dije que era habitual leer en los diarios la noticia de que “los rebeldes cubanos volaron un tren de pasajeros” sin aclarar si el tren de pasajeros estaba ocupado o no, o si ese “tren de pasajeros” era utilizado para el transporte de tropas. Noticias de ese tipo –insistí- daban la impresión de que Fidel Castro no era otra cosa que un asesino terrorista.

Se quedaron un poco apagados por el relato. Sus barbas y melenas me hicieron acordar de que muchas de las notas que había leído sobre los rebeldes de la Sierra Maestra, sólo aludían a los atributos capilares de los soldados de Castro y a todo detalle pintoresco utilizable para despertar el interés del lector, de idéntica forma en que aludían a las caras pintadas de los pieles rojas o al mate y al ombú cuando hablaban de la Argentina.

El capitán Paco interrumpió la charla para anunciarme que en mi honor habían cocinado a un guanajo.
Invité a todos los que estaban conmigo a compartir la cena, pero ellos ya habían comido.
Sólo Paco y Duque un teniente macizo y alegre, me ayudaron a terminar con el enorme bicho.

Paco parecía no comer, por hablar. Pero cuando hacía una pausa, devoraba lo que yo había logrado tragar mientras escuchaba. Era un campesino rubio, de unos treinta años.
Hablaba de su gente con cariño paternal y me narraba el combate celebrado la noche anterior, en el cuartel de San Ramón, recordando todos los detalles que destacaran el coraje de los muchachos con los cuales yo había hablado. De vez en cuando su sombrero marrón de fieltro, que llevaba al estilo de los soldados australianos, le caía sobre la frente pero él se apresuraba a volverlo a la nuca, empujándolo con la pata ya pelada del guanajo. Duque fue el encargado de recordar únicamente todos los detalles “jocosos”: la granada que cae excesivamente cerca y no estalla, la ametralladora que se encasquilla cuando más hace falta; y el debut fragoroso de dos ametralladoras cincuenta que habían recibido ese mismo día.

-Todos querían estar cerca de ella, para ver cómo lanzaba candela…
El soldado que nos había indicado la posición de la mina cuando llegamos a La Fragata, estaba parado al lado nuestro con otro exactamente igual: rubio, con la melena larga hasta más allá de los hombros, y una boina negra con la medalla de la Virgen de la Caridad.
- Es mi hermano –me lo presentó.
- ¿Cuántos años tienen ustedes?
- El dieciséis y yo quince.
Paco los “choteó”.
- Estos son los “niños”. Un día se le presentaron al comandante Che en su campamento y le dijeron que querían incorporarse. Su compatriota les dijo que se vuelvan a casa, pero lo amenazaron de que si no se incorporaban, iban a suicidarse. Querían morir por la patria – terminó riendo.
Yo los miré atentamente. Pese a su uniforme sucio y al armamento, parecían dos jovencitos delicados.
- La cuestión es que nos quedamos. Y estas armas las ganamos peleando.
El mayor señaló a su hermano con orgullo:
- Este es bravo. La ametralladora se la quitó a un guardia, en una emboscada…
- El Che –añadió Duque- cada vez que los encuentra les ofrece volver a su casa, pero ya no se los puede sacar de encima. Y tenemos que cuidarlos como a señoritas.
Ninguno de los dos se molestó por la broma. Yo seguí mirándolos, pensando en su madre, en la hermanita –que según ellos también había querido incorporarse al 26-, en las granadas que colgaban de sus cinturas…

A las nueve, todo el mundo se echó a dormir en sus hamacas o en el suelo. Al separarme del fogón, sentí frío y recordé a la Bohemia que llevaba en la mochila.
Paco, empeñado en su papel de anfitrión, no quiso que durmiese en la tierra, al aire libre, y me envió con un soldado hasta un bohío que se divisaba a unos quinientos metros del campamento, extrañamente pintado de blanco, mientras disponía las postas y las dotaciones para atender a las dos ametralladoras cincuenta, emplazadas en las cercanías.
Caminé en la oscuridad hasta el bohío que iba a ser mi dormitorio y me encontré con la sorpresa de que sólo quedaban más o menos en pie dos paredes. En el interior había una gran cruz blanca de madera, y en uno de los costados, un altarcito con la imagen de la virgen y de un señor bigotudo chorreado por el sebo de las velas. Sobre dos bancos había un jergón hecho con alambre de cerco y debajo de él, una familia de puercos negros.
- ¿Y esto qué es? –pregunté al que me acompañaba.
- Un templo espiritista. Hace mucho que ya no viene nadie.

Hubiese preferido mil veces pasar la noche al aire libre, ya que ahí el viento helado, circulaba ordenada e inexorablemente por la zona donde estaba instalado el jergón.
Me cubrí el estómago y la espalda con los pedazos de revista y me envolví los pies descalzos, con una bolsa que las gallinas utilizarían muy a menudo para limpiarse la cola. Los cerdos, impertérritos, seguían masticando debajo mío, sin otorgarme la menor atención.
Pese al frío, me sentía bien. Estaba totalmente estirado con las manos cruzadas debajo de la cabeza y con los ojos cerrados, tratando de adivinar el momento en que el más gordo de los chanchos me elevaría con su lomo, pero siempre ocurría cuando me distraía.
Creo que me había dormido, cuando una linterna me enfocó la cara. Yo no sentí deseos de abrir los ojos.
-Déjale… déjale dormir, que luego le veré.

Fue una voz extraña, como la de un chico afónico. No sé por qué, intuí que ése era el hombre por el que había viajado más de siete mil kilómetros. Salté del jergón y sujetando mis abrigos corrí tras la voz.
-Doctor Castro… -grité.
Una enorme figura, cubierta con una manta a modo de poncho, giró hacia mí.
- Buenas noches –le dije.
- Hola, qué tal… Cómo anda Frondizi, ¿está contento?
- Bueno, yo creo que por ahora sí.
- Así que ya estuvo con su compatriota el Che…

Seguimos caminando y hablando hasta llegar a La Fragata, en donde lo esperaba un jeep. Yo recogí la mochila y me ubiqué en la parte trasera del vehículo en donde había dos mujeres y dos hombres, uno de ellos herido, aparte del chofer.
Comenzaba a amanecer, pero el frío no decrecía. El jeep subía increíblemente lomas y cruzaba arroyos, sacudiéndonos a todos. Como nadie me hablaba, yo únicamente me dedicaba a mirar y a procurar que el borde de la puerta trasera del jeep no me impidiese montar más adelante en mulo.
En un lugar determinado, el vehículo paró en seco y todos descendimos, inclusive los heridos, a los que ayudaron varios rebeldes que aguardaban allí. Cerca de quinientos hombres recién se descolgaban de sus hamacas, atadas a los postes que sostenían techos de palmeras.
El grupo que había bajado del jeep, siguió su marcha a pie y yo me sumé a ellos. Fidel Castro, en cambio, quedaba atrás, hablando con varios oficiales. El sol había salido y tuve ocasión de observarlo detenidamente: dos metros de estatura; no menos de cien kilos de peso y botas para guardar equipajes. Vestía el mismo uniforme que todos los demás pero su brazalete ostentaba tres estrellas. Su rostro era notable: de impecable líneas romanas y barba escasa que avanzaba hacia delante como el espolón de un acorazado. Los ojos negros y medianos, estaban encendidos detrás de dos vidrios gruesos y de la boca de labios carnosos salía un tabaco que sólo desaparecía para dejar lugar a un salivazo cargado de nicotina.
Cuando hablaba se movía de un lado a otro, aplanando la tierra con sus botazas y moviendo los brazos continuamente. Nadie hubiese afirmado que tenía sólo treinta y dos años.

A medida que el grupo al que me había incorporado se alejaba, su voz iba perdiendo agudeza hasta convertirse en un bronco murmullo protestón.
Trepamos una loma no muy pronunciada y llegamos a un bohío abandonado.
Una de las mujeres, flaca y seria como un gendarme, ordenó que nos detuviésemos allí. Lo primero que hice fue poner en lugar seguro mi grabadora y preparé la máquina de fotos.
La mujer uniformada que parecía ser la de mayor autoridad en ese momento, se acercó, tratando de ser amable.
- Oiga, argentino, pida cuanto necesite, que aquí hay de todo. Fidel llegará dentro de un momento.
Tenía una voz especial, cálida, decididamente amistosa, que desvaneció mi primera mala impresión. Un gendarme no podría jamás tener esa voz. Los ojos me dolían por la falta de estar cerrados varias horas seguidas, pero igual se fijaron en ella con detenimiento.

- Celia Sánchez.
- Usted es… -dije, tratando de recordar el nombre que aparecía en el epígrafe de una fotografía.

Esta vez había sonreído. Y su sonrisa tampoco fue la de un gendarme. Era una sonrisa cansada por más de un año de marcha tras el desplazamiento inquieto y nervioso de las tropas de Fidel Castro, pero bondadosa y muy humana. Decididamente femenina. Demostraba cerca de cuarenta años y nos dudé de que un viento no muy fuerte hubiese obligado a los soldados rebeldes a subir a los árboles a descolgarla. Sentí inmediatamente gran simpatía por ella. En pocos minutos había dispuesto todo lo necesario para que el bohío se convirtiese en la comandancia de Castro. Una radio a pila estaba funcionando y el locutor informaba que ya no quedaban rebeldes en la sierra y que los últimos restos de las bandas de forajidos armados estaban siendo empujados hacia el mar. Además el gobierno –según el locutor- tenía irrefutables pruebas del comunismo de los miembros del 26, porque en un campamento abandonado, los guardias habían encontrado una bandera de China Roja y un casquillo de fabricación soviética.
- Ojalá tuviésemos miles de balas de fabricación soviética –comentó un soldado que descansaba en el suelo, sin quitarse la gorra que le cubría la cara-. Que las fabrique el diablo, pero que las tiremos nosotros… -concluyó filosóficamente quizá sin despertarse del todo.

Esperé la llegada de Castro fumando un tabaco y bebiendo el café que me había servido la otra mujer del grupo. Era totalmente distinta a Celia, aunque sería sólo unos años menor.
Rubia, roja y muda, y no dudé de que un viento muy fuerte hubiese obligado a varios soldados rebeldes a prenderse a ella, para no ser remontados a los árboles. Cuando le agradecía su atención, le pregunté el nombre y lo dijo en un suspiro de cansancio.
- Haydée Santamaría.
Lo recordé enseguida. También hacía muchos meses que estaba en las montañas. Tenía todo el derecho del mundo a ser muda y a su figura descuidada. Su marido, Armando Hart, estaba preso, y su hermano había muerto en el asalto al cuartel Moncada.

El calor hizo que mi camisa se empapase nuevamente, aunque estaba sentado a la sombra.
El sol ardía con mayor intensidad segundo a segundo y me vi obligado a entornar los ojos, que adivinaba rojos.
La voz encolerizada de Castro me hizo abrirlos nuevamente, para mirarlo subir hasta el bohío.
Varias gallinas huyeron espantadas ante la posibilidad de quedar chatas debajo de sus enormes botas. Venía discutiendo con sus oficiales las alternativas del combate de la noche anterior. El emplazamiento de los morteros no se había ajustado a sus instrucciones y habían comenzado a disparar antes de lo previsto.

Celia se acercó a mí y me comentó que la mayor causa del mal humor del comandante residía en que había: un muerto y un herido grave, el capitán Horacio Rodríguez.
Cuando Fidel estuvo cerca me paré y él vino a mi encuentro. Me tomó de un brazo e hizo lo que haría veinte veces más en el día: me paseó de un lado a otro preguntándome qué noticias había tenido en La Habana de la huelga general que se había anunciado, qué impresión había recibido a través de mi viaje por la Sierra, qué se sabía en Argentina de la revolución cubana…
Respondí siempre con la mayor sinceridad. Sabía que mis juicios, fuesen cuales fueren, no le iban a molestar. Demostraba ser un hombre que tenía absoluta confianza en los demás y que no rechazaba en principio ninguna opinión. Cualquier referencia jocosa le hacía estallar en carcajadas tan grandes como su estatura, con la misma facilidad que se detenía para hacer rotundas sus maldiciones, cada vez que se enteraba de algún nuevo crimen de los batistianos. Sus treinta y dos años afloraban en su extraversión absoluta y franca.

A las diez de la mañana tuve ocasión de asombrarme por primera vez al verlo devorar. Tragaba de pie, caminando y hablando, grandes trozos de carne y malanga, y cuando se dirigía a mí, me señalaba invariablemente con un chorizo colorado que reemplazaba Celia cada vez que se terminaba.
Su mayor preocupación en ese momento la constituía la huelga general.
- ¿Pero qué estarán pensando en La Habana que la retrasan tanto, caballero?
- ¿Usted no sabe cuándo va a estallar la huelga?
- Pero óigame, che chico. ¿Cómo cree que yo, metido en las sierras, todo el día a los tiros, voy a saber cuál es el momento propicio para lanzar una huelga general revolucionaria? Yo me ocupo de esto, de la campaña militar, pero no puedo pretender ser un dios omnisapiente…
Eso que lo decidan ellos… los de la Dirección Nacional…

Los chorizos rojos habían sido reemplazados ahora por tabacos que mitad fumaba, mitad masticaba.
Yo le había propuesto realizar esa misma tarde el reportaje grabado, pero él me sugirió, y lo acepté, esperar algunos días más.
- Quiero que vea aún muchas cosas. Que nos acompañe, si quiere, a algún combate. Que nos conozca mejor.
Por la tarde salieron varias patrullas a tender emboscadas. Fidel les indicaba el punto exacto en donde debían ubicarse. Disponía todo sin consultar una sola vez el mapa que, por otra parte, no sé si lo tendría. Y luego se dedicó a dirigir una práctica de tiro, con un libro de Camus bajo el brazo sudado. Los blancos habían sido dispuestos en un valle, a unos doscientos cincuenta metros abajo, y al principio me costó ubicarlos. Eran pequeñas botellas.
El comandante, con toda su exuberancia juvenil, gritaba órdenes, y bromeaba y protestaba a la vez. Y demostró una puntería excepcional. Las cargas cerradas sobre las botellas, que se renovaban constantemente, iban precedidas de entusiastas exhortaciones:
- A ver, caballeros. A ese carro cargado de guardias… ahí pasan por la carretera… atención… apunten… ¡fuego!
Y la hilera de botellas desaparecía como borrada de improviso.
- Yo no sé cómo tirando así –gritaba- aún quedan guardias batistianos en el ejército… A ver tú. Allí tienes un pomito prieto. Listo: ¡fuego!... ¡Pero qué bruto… caballero!... Eso se hace así.
Y con su pistola hacía desaparecer la botellita negra.
Tirados al lado mío, presenciando las pruebas, se habían colocado los dos médicos que hacía unas horas habían compuesto el estómago abierto del capitán Horacio Rodríguez, en una operación al aire libre, sobre la mesa de un bohío: los doctores Fajardo y De la O.
Llevaban poco tiempo incorporados a la gente de Fidel Castro y todavía mantenían su empaque profesional. Ignoro de qué forma se mantenían limpitos y con olor a desinfectante.
Como nadie nos había presentado, lo hicieron ellos mismos, con una corrección ciudadana que me pareció insólita.

Al caer la tarde me invitaron a tender la hamaca que me había conseguido Celia, en árboles cercanos a los que ellos utilizaban. Subimos una loma corta, pero muy empinada, y nos disponíamos a cenar cuando Delio Ochoa, uno de los capitanes de Castro, apareció guiando a dos personas sin uniforme: uno de ellos, el mayor, con barba negra y cara de enojo; el otro, perfectamente afeitado y sonriente, se me presentó enseguida:
- ¿Tú eres el argentino?... Carlos Bastidas, para servirte… Soy periodista ecuatoriano.
Cuando me acerqué para estrecharle la mano, calculé que tendría no más de veintidós años.
- Me alegro de encontrar un colega –le dije.
- Dos colegas. Este es Paquito, camarógrafo cubano.
El barbudo enojado, me dijo, imitando el acento argentino:
- Qué decís… che…

Los dos médicos, que habían sacado unas galletas y un poco de queso, miraron con aprensión a la concentración de periodistas hambrientos que se había formado, pero suspiraron cuando Ochoa anunció que se nos iba a mandar potaje, que llegó enseguida, junto con tabacos.
Pese a que la oscuridad era total, nos quedamos levantados hasta la madrugada, fumando y charlando sobre la guerra que nos había juntado en ese momento para comer potaje sentados en el suelo y beber agua de un cubo común, mientras a lo lejos se escuchaban las descargas nocturnas de los encuentros o del terror de los guardias de Batista batiendo constantemente la manigua desierta.

El doctor Fajardo había abandonado Manzanillo luego de una larga tarea subversiva. Era muy joven, cobrizo y reposado. La mujer estaba esperando el primer hijo.
De la O tendría unos cuarenta años y era la representación física del hombre que no quiere problemas en ningún terreno. Bajo, ligeramente obeso y de piel quemada, hablaba de manera impersonal de su incorporación a las tropas rebeldes y sólo su voz se alteraba apenas perceptiblemente para algún: “qué cabrones” o “qué hijo’e puta, caballero”, cuando hablaba de los crímenes del ejército o de Batista. Había abandonado el hospital en que trabajaba en Pinar del Río, anunciando que iba a participar en un congreso médico en los Estados Unidos, por si no lograba llegar a tomar contacto con las tropas de Castro.
Aunque la noche no nos dejaba vernos, yo sabía que Paquito seguía con su cara de enojo.
- ¿Hace mucho que estás en la Sierra?
Fue como preguntarle a una vieja mañera, si tenía alguna enfermedad.
De improviso comenzó a soltar carajos en repetición:
- Pero chico… Ya va para un mes que debía estar en La Habana con el material. Todas las combinaciones que tenía para sacarlo del país se han perdido.
-¿Y por qué no te fuiste?
- Es que encargaron unas escenas de combates… Y hasta ahora no hubo ninguno de día. Y de noche no puedo filmar…
El ritmo nervioso de la protesta era marcado en la oscuridad, por el redondel rojo de su tabaco.
- ¿Y por qué no filmas con reflectores? –saltó el ecuatoriano.
Paquito no contestó a la broma, lo que nos hizo reír a todos.
Un rato después, ya tendidos en las hamacas, seguimos fumando y charlando.

Bastidas había subido a la Sierra hacía cerca de un mes. Y no se decidía a volver. No había mandado una sola crónica a su diario y aún no había realizado ningún reportaje. Simplemente miraba y participaba de todo. Su espíritu juvenil había sido ganado por completo por la revolución y la vivía como un revolucionario más. Hablaba constantemente, salpicando de risas cualquier relato, y creo que aún seguía hablando cuando me dormí.

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Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

Arriba

 

Capítulo VIII

¡Todos a la huelga general! ¡La huelga general ha estallado! ¡A partir de este momento, esta emisora CMQ y todas las emisoras de Cuba, se pliegan al Movimiento de Huelga General Revolucionaria! ¡Viva la libertad! ¡Viva Cuba!

Fidel me abrazó y me obligó a dar saltos con él, mientras los cincuenta hombres que ocupaban el pequeño bohío amenazaban tirarlo abajo con sus gritos.
-¡Ya llegó la hora, che!... ¡Ya llegó la hora! Ahora no te vas más… Vas a bajar hasta La Habana con nosotros… ¡Llegó la hora!...
Celia Sánchez, en un rincón, permanecía muda, con los ojos cerrados. Si hubiese hablado, era seguro que lloraría.

Cuando Fidel me soltó, miré el reloj: eran las once de la mañana del 9 de abril. El día y el momento podrían ser históricos.
Después de algunos momentos, durante los que llegaron corriendo desde campamentos cercanos varias decenas de rebeldes, Fidel se recobró y comenzó a dar órdenes. A organizar inmediatos ataques y emboscadas. La noche anterior había mandado a tres patrullas a la carretera para interceptar un convoy de guaguas ocupadas por guardias.
Me tomó del brazo y me hizo seguir sus grandes zancadas:
- Mire, che. Son las once y media. Es seguro que ya tienen que haberse fajado los primeros.
- ¿Y las otras dos patrullas a dónde fueron?
- Están dispuestas para apresar a los que logren escapar y para interceptar a los refuerzos que seguramente les van a enviar de Yara.

Los que habían quedado pegados a la radio anunciaron que una tras otra habían desaparecido del aire.
Fidel no cabía en sí de gozo. Riendo, le gritó a Paquito:
- Ahora vas a tener combates de día y de noche y puedes filmar en colores si quieres.
En medio de la euforia, el comandante era el más eufórico, pero al mismo tiempo el más realista:
- Hay que apoyar de inmediato a la huelga con ataques en todos los frentes.
Una tras otra fueron saliendo las patrullas y los mensajes con encargo de hostilizar a los efectivos del ejército.

De un jeep bajó corriendo el capitán Paco, mi anfitrión de hacía dos noches. Debajo del sombrero a la australiana, se hinchaba morado el ojo izquierdo, con la ceja cruzada por una herida desgarrante.
Mientras hablaba, Celia le alcanzó un jarro con agua.
- A las once y media atacamos a las guaguas –dijo jadeante.
Yo recordé de inmediato la hora que me había indicado Fidel.
- Terminamos con la mayoría. Eran gente de Masferrer. Hicimos nueve prisioneros, pero cuando los traíamos llegó la aviación. Nosotros nos escondimos en la manigua, pero los aviones bombardearon toda la zona.
- ¿Y los prisioneros? –preguntó Fidel.
- Desde el jeep hicieron señas con sus cascos para que no les tirasen, pero de una avioneta les lanzaron dos granadas. Sólo dos quedaron con vida, pero están heridos. El chofer del jeep quedó con el muslo destrozado.
- ¿Cayeron muchos de los nuestros?
- Dos –dijo Paco, dolorido.
- ¿Y de ellos?
- Cerca de treinta. Pero no sabemos qué pasó con las patrullas que estaban cerca de Manzanillo.
Creo que se están fajando con los refuerzos que salieron en camión desde Yara.
Instintivamente miré a Fidel. No se había equivocado ni en la hora en que se toparían las tropas ni en que los guardias enviarían soldados desde Yara. Se estaba colocando las cananas y ya sobre su hombro aparecía el cañón de su fusil con mira telescópica. Sin decir palabra comenzó a caminar, cuesta abajo, llevando consigo a la mayor parte de la gente.
- Vamos –le dije a Paquito.
Pero Fidel ya había dado órdenes de que nadie saliese del campamento hasta que él dispusiese.
Los médicos y Paquito experimentaron la misma contrariedad que yo. El ecuatoriano había regresado a Santo Domingo en donde estaba acampado con la gente de Luis Crespo.

Imaginé que Castro dispondría poco después que un guía nos llevase hasta la zona del combate, pero pasaron las horas y nadie volvió. Casi sin que nos diéramos cuenta, comenzó a caer una leve llovizna caliente, junto con el tronar lejano de un bombardeo.
El camarógrafo cubano había recuperado íntegramente su mal humor, pero creo que yo estaba peor aún. Como no había ningún oficial, la encaré a Celia.
- ¿Y qué hacemos nosotros aquí?¿No hay nadie que nos pueda guiar hasta el frente?
Ni siquiera me respondió. Era evidente que nadie sabía nada. Y que el bombardeo lejano, que ya llevaba tres horas, los había aplastado en la misma forma que la vuelta al aire de algunas estaciones de radio, que anunciaban que en casi todas las ciudades de la isla estaba reinando la calma.

En La Habana se anunciaban más de cincuenta muertos del 26 de julio. En Santiago de Cuba cerca de cien. De otras localidades no se daban cifras, pero los locutores indicaban que los grupos de “forajidos” habían sido exterminados.
Haydée Santamaría vino a mí, sin duda en busca de un consuelo que mi mal humor no supo darle.
- Deben ser noticias falsas…
- Pero las radios están en el aire –le dije casi con rabia-, y eso es muy importante para el gobierno.

Sobre mis últimas palabras llegó el ruido del motor de un jeep. El chofer descendió apurado y comunicó que Fidel reclamaba la presencia de los periodistas.
A toda velocidad me cargué la mochila y preparé la máquina de fotos. Casi al mismo tiempo que Paquito monté en el jeep, que comenzó a saltar sobre las lomas. La lluvia ya era un solo bloque de agua que se estrellaba contra el techo de árboles y prácticamente no se veía nada.
Media hora después descendimos del jeep y seguimos la marcha a pie, cayéndonos y embarrándonos sin sentirlo. Sólo nos alegramos cuando las ráfagas de las ametralladoras se escucharon secas y persistentes casi sobre nosotros. El combate seguía. En un claro, cuatro casas de madera y en medio Fidel Castro, con Delio Ochoa, René Rodríguez y Paco. Ya era de noche y la lluvia amainó como para dejarnos cambiar algunas palabras.

Fidel corrió hacia nosotros.
-Tienen que informar de esto – dijo casi a gritos- tienen que decirle al mundo hasta dónde llega la crueldad de esta gente. Han bombardeado Cayo Espino. Un pueblito que ni siquiera está en la zona operativa, en donde no se refugió un solo rebelde. Mientras nosotros peleábamos aquí, los aviones ametrallaron durante horas un caserío indefenso.
Estaba evidentemente dolorido y furioso, pero Paquito y yo conservábamos el resentimiento del olvido.
- ¿Y por qué no nos mandó buscar antes? –le dije con frialdad.
- No tenía un solo hombre para ir hasta donde estaban ustedes… Comprendan.
Los balazos seguían sin intermitencia. Yo no me daba cuenta de dónde venían ni a quién se dirigían. Pero todos corrimos hacia atrás de un camión detenido en las cercanías. Los cadáveres de dos guardias se embarraban en medio del camino.
- Son gente de Masferrer y están bien armados –explicó Fidel-, pero ya los tenemos dominados por completo.
- ¿Quién es Masferrer?
Aunque la situación no era propicia a las explicaciones, Castro, a quien nuestro reproche lo había mortificado, se detuvo a decirme:
- Rolando Masferrer es un senador de Batista. El cerebro de la represión; un hombre que realmente gobierna en Cuba. Hasta el punto de que cuenta con un ejército particular, que en un momento determinado puede dominar hasta a los mismos efectivos gubernistas. Durante la guerra española fue oficial de la Cheka.

La lluvia caliente era ahora tan fuerte que no podíamos ni mantener los ojos abiertos. Una última ráfaga de ametralladora rebelde no obtuvo contestación. Los guardias habían huido o muerto.
- Mire, che. Vaya hasta el hospital de campaña y vea lo que pasa allí. Y luego encuéntrese conmigo en Cayo Espino.
Saltamos con Paquito a un camión descubierto y nos alejamos sin escuchar un nuevo tiro. La lluvia nos pegaba en la cara y en el pecho, pero escondíamos las mochilas en el estómago doblándonos sobre ellas, para que no se mojasen las cámaras y la grabadora.
En la cima de una montaña, detrás de un matadero abandonado, se había instalado el hospital de campaña. Más de una hora nos demandó la ascensión hasta el bohío iluminado, resbalando constantemente en el barro. Cuando llegamos, nos encontramos con De la O y Fajardo, que habían llegado no sabíamos de qué manera.
Varios candiles alumbraban con su luz amarillenta a un grupo de hombres que auxiliaban a más de treinta heridos, casi todos ellos guajiros. En un rincón, una mujer lloraba a gritos y pretendía levantarse de la silla antes de que Fajardo le aplicase una inyección.

De la O, con los ojos brillosos, me indicó una mesa. Extendido, larguísimo y seco, estaba el cadáver desnudo de un niño rubio. Tenía enrollada en la pierna izquierda una venda ensangrentada y los ojos entreabiertos y la dentadura blanquísima que asomaba entre los labios, reflejaban la luz de la vela colocada a los pies. El estómago estaba hundido, casi hasta juntarse con las tablas blancas de la mesa.
Me quedé unos segundos delante de él. Los gritos de la mujer nos hacían permanecer a todos mudos, aunque mi mente repetía constantemente, como una letanía: Hijos de puta…
Hijos de puta…
- ¡Maldito Batista!... ¡Qué has hecho de mi hijo… Batista!... ¡Qué has hecho de mi hijo!...
Y yo seguía pensando, clavado ante el cadáver estirado del chico: Hijos de puta… Hijos de puta…
Mecánicamente me alejé y comencé a tomar el nombre de los heridos y el del niño muerto: Orestes Gutiérrez Peña, de seis años. Pero me sentía frío, ridículo, cumpliendo mi misión de periodista. ¡Qué hacía yo ahí, con la lapicera en la mano, en lugar de estar apretando el gatillo de una ametralladora!
- ¡Maldito Batista!...¡qué has hecho de mi hijo…

Me detuve frente a un soldado de Masferrer. Un negro asustado, que miraba con sus grandes ojos llenos de pavor a la madre que maldecía. Era uno de los que se había salvado de las granadas que sus propios compañeros arrojaron al jeep.
- ¿Cuántos años tenés? – le pregunté con frialdad.
- Diecinueve.
- ¿Y por qué estás peleando aquí, contra los revolucionarios?
- Yo estaba en el reformatorio. El senador nos dijo que aquí ya no había pelea. Que los rebeldes no tenían armas y que Fidel Castro se había escapado con el Che en un avión hacia Venezuela…
Que los que quedaban no tenían más que escopetas…
- ¡Maldito Batista!... ¡qué has hecho de mi hijo!... Fidel… ¡por qué dejaste que me lo mataran!...
- Es un pobre chico –me dijo De la O al oído.
Con mi cámara sin flash no podía tomar ninguna foto, y le pedí a Paquito que filmase algunas tomas para mí. Trató de hacerlo, pero no respondía de la calidad de las fotos, porque sólo había algunos candiles y velas iluminando el bohío. La lluvia fue cesando y salimos afuera, mientras Fajardo envolvía al chico muerto en una sábana. De la O se sentó al lado mío en el pasto embarrado. No hablamos. Los dos pensábamos igualmente en nuestros hijos…

Unos minutos después, dos guías con linternas iniciaron el cortejo, loma abajo, mientras el padre del niño muerto se lo llevaba envuelto en la sábana. Entre varios soldados ayudaban a bajar a la mujer, que quería tirarse al suelo.
Pasó un largo rato y el viento que corría helado entre las montañas traía estirado y trágico el mismo grito sin variaciones:
- ¡Maldito Batista!... ¡qué has hecho de mi hijo!... ¡Maldito Batista!... ¡ qué has hecho de mi hijo!

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Capítulo IX

Llegué a Cayo Espino a las cuatro y media de la madrugada. La lluvia había cesado por completo, dejando que el frío agravase la situación de los que estábamos empapados. Encontré a Fidel en el centro de luz que formaban los focos de jeeps y camiones. Estaba hablando con el padre del niño asesinado. Cuando llegué me invitaron a visitar la casa en que había sido muerto por la metralla aérea.

Tenía un gran vestíbulo y habitaciones a los costados y en el fondo una cocina amplia. Las linternas no tardaron en encontrar las manchas de sangre en el piso de baldosas.
- Él se había refugiado con la abuelita y la hermana, de tres años, aquí en la cocina. Los aviones a reacción ametrallaban la calle central y creyeron que en el fondo no les iba a pasar nada; pero después atacaron de atrás. Y las balas atravesaron las paredes y picaron en el suelo… ¿ven?...
La huella de la metralla había quedado nítida en la baldosa roja.
- Y una lastimó a la muchachita y le rompió la pierna a Orestes…
- ¿Y por qué no lo llevaron enseguida a un médico? –pregunté, más para quebrar el silencio, que para averiguar lo que ya sabía.
- El médico que había se fue hace tiempo porque lo habían chivateado… y además era imposible salir, con la metralla continua… Cuando comenzó la lluvia fuerte y los aviones se fueron, ya casi se había quedado sin sangre…

Nadie hablaba. Como no me atrevía a mirar a ese padre atontado, observaba los agujeros de las balas en las paredes de madera. El hombre siguió:
- Nosotros escuchamos los tiros de un combate e imaginamos que se estarían “fajando” por la zona de El Pozón. Por eso nos extrañamos cuando vimos al avión chivato de la Cubana que iba hacia allá. Pero después hizo algunos giros sobre el pueblo y se fue. Creímos que había tratado de descubrir algún grupo rebelde. Pero aquí no había ninguno. No había un solo rebelde, señor –dijo dirigiéndose en particular a mí-. Y de pronto llegaron los aviones a reacción. Algunos vecinos se pusieron a mirarlos, porque volaban en formación, y de improviso picaron sobre nosotros y las casas se llenaron de agujeros. Recién después de varias ráfagas reaccionamos y atinamos a escondernos…

Si Fidel no lo hubiese detenido, el hombre habría seguido hablando toda la noche, en el mismo tono monocorde e impersonal de un vendedor de baratijas. El comandante ordenó que lo ayudasen en todo lo que necesitase y continuó conmigo su recorrido por las casas de Cayo Espino. Era evidente que no soportaba más el estar encerrado entre las paredes de esa casa en que las balas de la aviación batistiana habían buscado la vida del pequeño Orestes, para rubricar otro de los capítulos de su frondoso prontuario criminal.

En otra de las casas las balas habían muerto en el dormitorio a Helda Vázquez, una señora que también buscó refugio en su vivienda, sin pensar que los tiros la iban a encontrar en cualquier parte.

Seguí anotando nombres de muertos y heridos. De un edificio ubicado en los suburbios del pequeño pueblo, sacaban en brazos para montarla en un automóvil a una anciana con el pie destrozado. A su lado iba su marido, un veterano de la independencia.
Mi mente no lograba encontrar ninguna explicación lógica al ametrallamiento de horas y horas a ese pueblo inerme. Pero ya me estaba acostumbrando a las matanzas de los batistianos, también sin explicación, sin motivo. Me llegué a encontrar demasiado civilizado para entender al ejército cubano.
Las visitas a decenas de viviendas de madera, igualmente perforadas por las balas; los lamentos de las mujeres y los niños y también de los hombres sorprendidos y golpeados sin que hubiesen podido ejercitar la mínima reacción en defensa de sus hogares, habían ido acelerando en el comandante el estallido de toda su capacidad de reacción. Comprobé en ese momento por qué Fidel Castro destrozado en el desembarco del Granma, hambreado meses enteros ante la indiferencia de campesinos, obligado a la guerra de guerrillas por la falta de armas con qué pelear, seguía creciendo en Cuba, en el continente y en gran parte del mundo. Era imposible desanimarlo.

Me tomó del brazo –como era habitual en él- y me separó del grupo que nos acompañaba:
- Me tiene que hacer un favor muy grande, che. Yo no puedo abandonar esta zona porque todavía quedan restos del ejército y mucha gente rebelde por los alrededores, a la que hay que apoyar. Pero vaya usted hasta la planta transmisora e informe de todo esto al pueblo.
- Es que todavía no hice mi reportaje… -advertí con alguna vergüenza.
- Le prometo que dentro de cuatro días estaré con usted en la planta. ¿Está conforme con el trato?
- Por supuesto. Pero no me falle, por favor.
- Bueno, che. Te voy a dar un guía para que adelantes todo lo que puedas. Total, una noche más sin dormir no te va a hacer nada.
Como ya estaba acostumbrado a ese tuteo intermitente de Fidel, comprendí que se había recobrado por completo. Que seguía adelante, como siempre. Lo admiré sinceramente, sin que mi obligada objetividad me lo reprochase.

Monté en un jeep con Paquito, que ya había llegado al lugar y René Rodríguez, que había comandado una de las patrullas. Detrás venía Fidel con Ochoa, Celia Sánchez y Haydée Santamaría.
Teníamos que alejarnos del lugar lo antes posible, para que la presencia de las tropas rebeldes no provocase otro ataque a la población.
René iba durmiendo aferrado a su ametralladora. Paquito se empeñaba en encender un cigarro contra el viento y los saltos del vehículo y el chofer me iba indicando la ruta que debía seguir yo cuando llegásemos a destino. Pero de improviso me quedé solo, mirando el reflejo de los faros de un vehículo que ascendía por el otro lado de la loma. Todos habían saltado y ya se estaban escondiendo en la manigua y detrás del edificio de una finca. Pensando en que algo me fallaba, salté yo también y me lancé por debajo del alambrado, pero no pude seguir más. Quedé enganchado de la camisa y con la piel de la espalda ensangrentada.
Los focos de un jeep estaban clavados en mi zona posterior.
Un par de gritos de reconocimiento y todo el mundo a abrazarse. En el vehículo viajaban Duque y algunos oficiales de Paco, que habían seguido a una patrulla del ejército y volvían con todas las armas capturadas.
Paquito se preocupó de contarles a todos los que tuvo a mano cómo yo había quedado flameando en el alambre y nadie me pidió permiso para tomarme el pelo.
- Fue por salvar la grabadora –aseguré serio-, si no hubiese saltado por encima del cerco.

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Capítulo X

Durante todo el viaje de retorno a La Mesa nos acompañó buen tiempo, salvo en una sola jornada. La mayor parte del trayecto lo hicimos a pie, sintiéndome yo realmente orgulloso cuando el guía que me había proporcionado Fidel, Mario Hidalgo, un hombrecito encargado de las provisiones y por lo tanto más gordo que los demás, me reprochó el que casi no hiciese altos en el camino. Me iba dando cuenta de que no sólo mi estómago, sino mis piernas también se iban acostumbrando a las montañas de Oriente. Mi barba ya había crecido bastante y había concentrado la cantidad de mugre suficiente como para ser confundido sin posibilidad de equivocación, con un soldado rebelde más, contrastando con mi orondo guía, muy limpito y afeitado.

Poco a poco fui recorriendo muchos de los bohíos que había dejado atrás cuando iba en busca de Fidel Castro. Fue una grata sorpresa para mí ser reconocido, y aun el que los guajiros recordasen que me gustaba el café sin azúcar ni guarapo. Para algunos –efectos de Radio Bemba- yo era decididamente hermano del Che.

En La Mesa volví a participar de la hospitalidad de Tranquilino y recorrí el hospital y la panadería construidos por los rebeldes, y ya en viaje hacia la planta transmisora, la fábrica de bombas, la zapatería, la talabartería y la chapería, ubicadas todas a gran distancia entre sí como protección contra los bombardeos. Todos esos establecimientos eran creación del Che Guevara y en la fábrica de bombas se construía el ya famoso M-26, proyectil de extraordinario poder, impulsado en dos etapas. Era un cono de cinc grueso, relleno con dinamita y metralla, y que se dispara con un fusil de cañón recortado, montado sobre un trípode. Un segundo antes de ser disparado se enciende una mecha, que hará contacto a 150 metros, lo que proporcionará nuevo impulso al proyectil. De acuerdo al peso del M-26 y al tamaño de la mecha, los rebeldes alcanzan a las posiciones enemigas a grandes distancias y con singular puntería.

Todas las fábricas creadas por el Che, montadas en forma de poder ser desarmadas en minutos, contribuyeron a solucionar dos problemas fundamentales por los que atravesaron los efectivos rebeldes: falta de alimentos y de equipo e imposibilidad de ocupar a todos los que perseguidos en las ciudades o los pueblos llegaban sin armas hasta sus posiciones.

Cuando llegué a la emisora, Luis Orlando Rodríguez envió un mensaje al Che para anunciarle mis nuevas y el pronto arribo de Fidel.
Esa misma noche comencé a transmitir por Radio Rebelde y muy pronto emisoras de Venezuela y México anunciaron que estaban grabando todo lo que yo había informado.

Estuve casi toda la noche leyendo crónicas y transmitiendo grabaciones que había efectuado en el campamento y a los prisioneros y los que recibían el material aseguraban que al día siguiente lo pasarían a mi empresa en Buenos Aires. La posibilidad que ofreció una radio de Venezuela, de transmitir en cadena a Argentina, colmaba todo lo que yo había esperado. En un par de días tendría juntos a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, los hombres a quien millones de latinoamericanos tendrían interés en formularles las preguntas que yo les iba a hacer.

El relato del combate de El Pozón y el ametrallamiento a Cayo Espino, la nómina de los muertos y heridos de ambos bandos y todas las experiencias que había vivido durante esas semanas en las montañas cubanas eran escuchadas, por supuesto, en toda Cuba. Y luego me enteré que en Norte y Centroamérica, pero nunca llegaron a la Argentina.
Mientras tanto, pegado todo el día y prácticamente toda la noche al transmisor, comprobaba que la huelga general revolucionaria había fracasado en La Habana, lo que significaba una derrota del 26 en toda Cuba.

Trataba por todos los medios de informarme del porqué de ese fracaso. De cómo estaba organizado el movimiento obrero cubano y si eran sólo el campesinado y los estudiantes los que apoyaban a Castro, ante la indiferencia de los obreros organizados y la clase media. A medida que pasaban las horas sentía mayores deseos de encontrarme nuevamente en Santiago de Cuba y en La Habana para averiguar qué había sucedido.

Fidel no llegó el día en que lo esperaba. En cambio un mensajero me trajo un papel en el que me informaba que se había demorado por el camino por encontrarse enfermo, pero que a pocas horas de donde yo estaba ya podía asegurarme que estaría conmigo al día siguiente.

Intensifiqué el anuncio del reportaje a Fidel Castro y a Guevara. Era la primera vez que iban a hablar por radio y las estaciones de varios países y todo Cuba lo esperaba. Yo por mi parte había visto crecer mentalmente mi cuestionario. La huelga general me había proporcionado más puntos que develar. El fracaso me dolía porque era un triunfo de Batista, y me preocupaba porque indicaba una falla que aún no conocía en el 26 de Julio, y quería saber cuál era.

Esa noche llegó Guevara con una sorpresa: traía yerba, mate y bombilla. Y aunque la yerba parecía haber estado guardada en el cajón de un ropero viejo y tenía olor a naftalina, mateamos hasta la madrugada.

El tema de nuestra conversación fue, primordialmente, la huelga general. Guevara no la daba totalmente por perdida, dado que aunque hacía varios días que había sido sofocada en La Habana, en algunos lugares del interior aún los obreros continuaban parados y enfrentando a los guardias, lo que equivalía a combatir.

No quise preguntarle nada acerca de las organizaciones obreras y en especial de la Confederación de Trabajadores de Cuba, salvo quién era Eusebio Mujal, el secretario general de la entidad.

-Junto con Masferrer –dijo- constituyen probablemente los pilares más fuertes con que cuenta Batista en Cuba. Los dos fueron comunistas y actuaron durante la guerra española. Luego traicionaron a su partido y pasaron decididamente a servir al capitalismo hasta que se hicieron millonarios… En la isla hay muy pocos sindicatos organizados realmente, aunque existen más de mil, y los que sí están organizados responden a una dirección que no es la auténtica, porque jamás hay elecciones libres. Y el que encabece un movimiento oposicionista al de los hombres de Mujal se juega la vida.

Pero ese era un terreno que quería transitar yo mismo, y pasamos a otros temas. El que más me interesaba era el de la reforma agraria. Los rebeldes no habían esperado el triunfo de la revolución para concretar muchos de los objetivos que fueron incorporando a su programa, a medida que ganaban posiciones.
Aun con la mochila al hombro fundaron escuelas y dotaron a los sesenta mil campesinos de un régimen judicial que resolviese los pleitos que antes se dirimían únicamente a machete. Y llevaron a cabo la reforma agraria, habiendo entregado grandes extensiones de tierras que pertenecían al fisco, a los campesinos que las trabajaban.
- ¿Qué sistema emplearon para concretar la reforma?
- En realidad –contestó Guevara- no podríamos hablar de un sistema ortodoxo, sino sencillamente de una reglamentación exenta de manejos burocráticos. Calculamos mediante un censo la cantidad de terreno necesario para el sostén de una familia con dos, cuatro o más hijos, guardando una proporción que se respeta en todos los casos, y se la entregamos previa escrituración ante el auditor del Ejército Rebelde. Le indicamos además qué cultivos resultan más aptos para su tierra y hasta le damos las semillas y toda la ayuda técnica necesaria.
- ¿Hasta ahora todas las tierras entregadas son del fisco?
- Salvo en un caso sí. La excepción la constituyó un alto funcionario de Batista, cuyo mayoral entregaba frutas, verduras y carne a los guardias e impedía aprovisionarse a los mismos campesinos que trabajaban en la finca. Expropiamos el campo y lo distribuimos a razón de dos caballerías –unas veintiséis hectáreas- por cada familia. Lo mismo hicimos con los animales, cuidando que las familias con niños reciban vacas lecheras, las que en ningún concepto pueden ser muertas. Precisamente para cubrirnos ante cualquier accidente provocado por algún guajiro con ganas de comerse un asado –dijo riendo- le entregamos esas vacas en custodia y se comprometen a no darles muerte ni a comer su carne si el animal muere en un accidente. El contrato que firman y que leen o se les lee al hacerse cargo de las bestias, establece las penalidades para los que no lo cumplan.

Como me interesé mucho por el documento, Guevara mandó a buscar una copia. Estaba impresa en mimeógrafo y decía:
“Conste por el presente documento que de una parte el doctor Humberto Sorí Marín, a nombre del Ejército Revolucionario 26 de Julio, y de la otra parte el señor -------------- vecino de ---------- acuerdan lo siguiente:
“Primero: El doctor Sorí Marín, con la representación que ostenta, entrega en este acto a la otra parte, en calidad de usufructo, una vaca lechera con su cría, que pasará a ser de su propiedad una vez que termine la lucha armada contra la dictadura, de conformidad con las siguientes obligaciones:
Segundo: Si por causa de accidente o enfermedad hubiera necesidad de sacrificar la vaca o su cría, en manera alguna podrá ser vendida ni consumida. Si fuere vendido o consumido cualquiera de dichos animales accidentados, dará lugar a la sanción establecida en el punto cuarto. Esta medida se adopta para evitar que so pretexto de accidentes sean consumidas las reses que se entregan para leche.
“Tercero: De todo accidente o animal se informará directamente al Comité de Barrio.
“Cuarto: Tanto el que venda cualquier res, como el que la mate para consumirla, será sancionado con la pérdida de los derechos sobre la tierra poseída. Esta medida se aplicará inflexiblemente.
Y para su debida constancia y cumplimiento, ambas partes suscriben dos ejemplares de este documento a un solo tenor o igual efecto en la Sierra Maestra a los ------
--días del mes de ---------- de 19-------“.

Cuando leí Comité de Barrio recordé al grupo de guajiros encargado de matar las reses para el reparto. De la inmensa zona que abarca el “barrio” en la cordillera de la Maestra, llegaban cada tres o cuatro días de acuerdo a la matanza, hombres y mujeres, que recorrían leguas a pie para ir a buscar la cantidad de carne que les correspondía.

Eran los hombres y mujeres que habían nacido y crecido, trabajando la zona más rica de Cuba, y muchos de ellos hicieron su debut ante un bistec vacuno cuando comenzó la distribución de carne por parte de los rebeldes.

Al dorso del papel mimeografiado decía:
“Condiciones que deberán tener en cuenta las personas que a nombre del Ejército Revolucionario 26 de Julio, realicen las entregas a los jefes de familia:
“Conocido en cada zona o barrio el número total de personas que viven en cada casa y en ésta, el número de niños menores de siete años, así como la cantidad de terreno que ocupa, y la de café que recoge, se repartirán las reses entre aquellos jefes de familia que no tengan vacas ni hubieren recibido ninguna del Ejército Revolucionario, y observando rigurosamente el siguiente orden de preferencia:
Primero: En primer término se entregará a los jefes de familia que careciendo de los medios económicos para comprar una vaca, tuvieren el mayor número de niños viviendo en su casa, menores de siete años.
Segundo: En segundo lugar se entregarán a quienes teniendo una situación económica regular, atienden a la subsistencia de niños menores de siete años que convivan con él.
Tercero: En tercer lugar, a los que careciendo de medios económicos para adquirir una vaca tuvieren niños menores de doce años. En ese caso, como en los dos anteriores, serán preferidos aquellos padres de familia que mayor diligencia observen en el cuidado de su familia y de la finca que trabajan.
Cuarto: Una vez repartidas vacas entre todas las familias comprendidas en los apartados anteriores, las sobrantes se distribuirán entre las familias pobres, con hijos o con personas que dependan del jefe de familia.
“Quinto: Y por último, las que quedaren, se entregarán a las familias pobres, tengan o no hijos, prefiriendo las que mayor diligencia hubiesen demostrado en el cuidado de la familia y de la finca.
“Sexto: De estos contratos se firmarán dos, entregándose uno a los que reciben la vaca y el otro, ambos firmados por las dos partes, se remitirá al Auditor General. Cuando no se sepa firmar, otra persona lo hará en nombre del contratante, o estampará las huellas digitales en el lugar de la firma”.
Cuando terminé la lectura vi que Guevara ya se había tirado en su hamaca. Yo hice lo mismo y encendí un tabaco. De aquel contrato y de las instrucciones para llevarlo a cabo se desprendía algo sólido, macizo ya construido para siempre. Tuve la convicción de que el guajiro, que nunca había extraído de la tierra todo lo que ésta estaba dispuesta a darle porque no sabía si el fruto de su semilla iba a ser recogido por otro, no iba a permitir nunca jamás que le quitasen lo que le habían dado. Lo que se ganaba diariamente sembrando de noche, para evitar la metralla de los aviones. Lo que permitía a los últimos de sus hijos, alimentarse como no habían podido hacerlo los primeros.

- Che –llamé a Guevara susurrando para no despertar a los que habían colgado su hamaca cerca de nosotros- ¿cómo surgieron todas estas cosas? ¿Ya habían planificado la acción antes de desembarcar?
- Mucho de lo que estamos haciendo ni lo habíamos soñado. Podría decirse que nos hemos formado revolucionarios en la revolución. Vinimos a voltear a un tirano, pero nos encontramos que esta enorme zona campesina, en donde se va prolongando nuestra lucha, es la más necesitada de liberación de toda Cuba. Y sin atenernos a dogmas y a una ortodoxia inflexible y prefijada, le hemos brindado, no el apoyo neutro y declamatorio de muchas revoluciones, sino una ayuda efectiva. No luchamos para ellos en un futuro. Luchamos por ellos ahora. Y consideramos que cada metro de sierra que es nuestro, es más de ellos. Y que, por lo tanto, nada debe demorarles una vida mejor, dado que para el campesinado la revolución ya ha triunfado plenamente.
No le contesté. Preferí pensar. En la Sierra la revolución ya había triunfado y era inamovible.
Era verdad. ¿Pero en las ciudades? ¿Por qué había fracasado la huelga general?
Creo que me dormí con ese pensamiento, porque fue el primero que vino a mi mente al despertar.

Me sentí un poco descompuesto y añoré la revista Bohemia que me había cubierto tantas veces la espalda y el estómago. Tendré que procurarme otro ejemplar.
El café caliente me compuso y me quitó el frío. Aún no habíamos terminado de tomarlo, cuando varios soldados rebeldes anunciaron a gritos la llegada del comandante. Salimos a recibirlo.
Fidel venía a pie, con su enorme mochila cargada de libros, documentos políticos y chorizos colorados.
Saludó a Guevara con un abrazo y a mí me tendió las dos manos.
- Perdóneme, che. Pero tengo una hernia que de vez en cuando se le da por ponerse pesada…
Y ayer tuve que descansar…
- ¿Y por qué no vino en mulo?
Fidel rió con orgullo y pesar a la vez:
- No hay en toda la Sierra Maestra un solo mulo que suba una cuesta conmigo encima.

En esos días los ataques de la aviación a las poblaciones campesinas habían recrudecido y las noticias de incendios provocados por las bombas de NAPALM llegaban con cada mensajero.
Los aviones de Batista se aprovisionaban en las bases norteamericanas de Caimanera y Guantánamo y el material bélico que el Departamento enviaba al gobierno cubano, llegaba en todos los buques procedentes de Puerto Somoza y la República Dominicana.
En La Habana, el jefe de la misión aeronáutica de la Unión, había agasajado con un vino de honor al jefe de la aviación batistiana, Tabernilla, y los vecinos de Marianao que vivían en las cercanías del aeropuerto enviaban noticias de que los aviadores norteamericanos montaban todas las mañanas en los cazas y los bombarderos a reacción que partían rumbo a Oriente, mientras que los cubanos ocupaban máquinas de la Cubana de Aviación y su misión era simplemente observar las exhibiciones de los “instructores” yanquis.

El paso de Fidel por una zona que hacía mucho tiempo no recorría, estuvo jalonado de noticias desagradables. Los campesinos ya no podían aprovisionarse en ningún pueblo, puesto que si bajaban, eran capturados por los guardias y fusilados.
Mientras el comandante informaba a los locutores de la emisora de los nuevos asesinatos batistianos contra la población civil, para redactar luego el boletín de Radio Rebelde, un soldado vestido de guajiro que había logrado bajar hasta Las Minas, sede del feroz Sánchez Mosquera, anunció que había sido muerto un bodeguero, por haber vendido a una muchacha una rueda de tabacos, cantidad que los guardias consideraron excesiva. De la compradora, Delia Rodríguez, no se tenían noticias y había sido vista por última vez cuando la llevaban en un jeep al cuartel.
Las radios de toda Cuba, indicaban ya con certeza que nada había que esperar de la huelgo general. En La Habana se había limitado a un cierre total de unas pocas horas y a la masacre de más de cincuenta miembros del 26 de Julio. En las demás ciudades, la huelga se había mantenido hasta tres días, pero en vista del fracaso de la capital, hubo que levantar el movimiento.
La represión que seguía en esos momentos, respondía a la invariable crueldad del ejército y la policía de Batista. Los muertos mutilados aparecían todas las madrugadas y una ola de terror impulsó a muchos de los que habían tenido contacto con los organizadores de la huelga, a huir a las montañas o al exterior.
La radio anunciaba casi sin interrupción, la cantidad de muertos que habían sido llevados al cementerio de La Habana. “Cadáveres sin identificar”, que permanecieron varios días expuestos al aire libre, como para que su olor terminase por aterrorizar a los que aún no lo estaban.

Toda la mañana, mientras Fidel preparaba su discurso de la tarde, permanecimos con Guevara y los oficiales que habían llegado para conversar con Fidel, pegados al receptor.
Los periodistas norteamericanos que habían llegado para fotografiar masacres, con sus cámaras satisfechas, asistieron a una recepción oficial que les ofreció Batista, para informarles, entre cigarros y whisky, que el gobierno dominaba perfectamente la situación y que en las montañas, “los últimos grupos de forajidos están siendo abatidos”.
El whisky les hizo olvidar a esos colegas yanquis, presentar su clásica protesta porque el día anterior, cuando se daba sepultura a tres dirigentes de las Juventudes Católicas, la policía había golpeado a varios y roto sus cámaras. Gajes del oficio que el whisky lava.
Convinimos con el Comandante que esa misma tarde realizaríamos los reportajes para la Argentina. Las emisoras que iban a grabar y a enviar luego por aire la audición, ya estaban avisadas, especialmente una de Venezuela.

Después del almuerzo –un plato de arroz blanco y un vaso de agua- preparé mi grabadora.
Como sabía que el reportaje iba a ser largo, le pedí a Paquito, que había llegado con Fidel, que atendiese el aparato mientras ambos conversábamos. En medio de gran cantidad de soldados y de sus oficiales, Castro escuchaba atentamente la presentación que estaba haciendo ante el pequeño micrófono. No habíamos convenido previamente el cuestionario y él, que lo había advertido, disimuló, tomándolo como un desafío.

Las preguntas y respuestas iban conformando la historia del “26 de Julio”. El golpe de Estado de Batista del 10 de marzo de 1952, unos días antes de que Prío Socarrás hiciese el único acto digno de su gobierno: dar elecciones libre; la asunción del poder por Batista, sin que nadie se opusiese, salvo la juventud que estuvo revolviéndose en las calles, pero que no se contentó con llorar, sino que se lanzó a la lucha, tras el líder juvenil que nunca los había defraudado: el abogado Fidel Castro. En la madrugada del 26 de julio de 1953, un grupo de hombres asaltó la fortaleza del Moncada, en Santiago de Cuba, conmoviendo no sólo a la isla, sino al continente. Demostrando que en la Cuba de Batista, quedaban aún reservas, pese al río de sangre y de ideales que anegaban las alcantarillas de la perla antillana. Muchos murieron en el ataque. Otros fueron prisioneros: Fidel Castro, su hermano Raúl, Almeida, Ramiro Valdéz, Luis Crespo… la mayoría de los que ahora eran sus comandantes. Todos fueron condenados a largas penas en el Castillo del Príncipe primero, y en la Isla de Pinos después. Pero antes de la condena, nuevamente los cubanos se conmovieron y comprendieron que ya había surgido el líder de la lucha contra el tirano, al escuchar con asombro, entusiasmo y fervor a la vez, el alegato de autodefensa de Fidel castro.

“Nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tan difíciles condiciones; nunca contra un acusado se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades. Uno y otro, son, en este caso, una misma persona. Como abogado no ha podido ni tan siquiera ver el sumario, y como acusado, hace hoy setenta y seis días que está encerrado en una celda solitaria total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales. Quien está hablando, aborrece con toda su alma la vanidad pueril y no están ni su ánimo ni su temperamento, para poses de tribuno ni sensacionalismos de ninguna índole. Si he tenido que asumir mi propia defensa ante este Tribunal, se debe a dos motivos. Uno: porque prácticamente se me privó de ella por completo. Otro: porque sólo quien haya sido herido tan hondo y haya visto tan desamparada la Patria y envilecida la justicia, puede hablar en una ocasión como esta, con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad”…

El juicio a los revolucionario del Moncada que habían sobrevivido a las torturas se llevaba a cabo en una pequeña pieza de un hospital, pero las palabras que Castro fue pronunciando durante horas, llegaban al pueblo como un chorro refrescante que lavaba las heridas de la batalla perdida y preparaba para el embate venidero.
El joven abogado fue narrando todas las alternativas del ataque al Moncada, hasta el momento en que se convenció de que la empresa había fracasado…

“Cuando me convencí de que todos los esfuerzos eran ya inútiles para tomar la fortaleza, comencé a retirar nuestros hombres en grupos de ocho y de diez. La retirada fue protegida por seis francotiradores, que al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al ejército. Nuestros muertos fueron producto de la crueldad y de la inhumanidad, cuando aquélla hubo cesado. El grupo del Hospital Civil, no tuvo más que una baja; el resto fue copado al situarse las tropas frente a la única salida del edificio y sólo depusieron las armas cuando no les quedaba una bala. Con ellos estaba Abel Santamaría, el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba. Ya veremos la suerte que corrieron y cómo quiso escarmentar Batista, la rebeldía y el heroísmo de nuestra juventud”. “…Quiero hacer constar dos cosas importantes para que se juzgue serenamente nuestra actitud: Primero: pudimos haber facilitado la toma del regimiento, deteniendo simplemente a todos los altos oficiales en sus residencias, posibilidad que fue rechazada por la consideración muy humana de evitar escenas de tragedia y de lucha en las casas de familia. Segundo: se acordó no tomar ninguna estación de radio hasta tanto no estuviese asegurado el regimiento. Esta actitud nuestra, le ahorró a la ciudadanía un río de sangre”.

Los jueces miraban en silencio y sin gestos, al que hablaba y gesticulaba con vehemencia.
Hablaba de lo que hubiese hecho el gobierno revolucionario de haber triunfado el movimiento: "El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestras fuerzas junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política… El porvenir de la Nación y la solución de sus problemas, no pueden seguir dependiendo del interés egoísta de una docena de financieros; de los fríos cálculos sobre ganancias que tracen en sus despachos de aire acondicionado diez o doce magnates. El país no puede seguir de rodillas implorando los milagros de unos cuantos becerros de oro que, como aquel del antiguo testamento que derribó la ira del profeta, no hacen milagros de ninguna clase. Los problemas de la república sólo tienen solución, si nos dedicamos a luchar por ella con la misma energía, honradez y patriotismo que invirtieron nuestros libertadores en crearla. Y no es con estadistas al estilo de Carlos Saládrigas, cuyo estadismo consiste en dejarlo todo como está y pasarse la vida farfullando sandeces sobre la “libertad absoluta de empresa”. “garantías al capital de inversión” y la “ley de la oferta y la demanda”, como habrán de resolverse tales problemas. En su palacete de la Quinta Avenida, estos ministros pueden charlar alegremente hasta que no quede ya ni el polvo de los huesos de los que hoy reclaman soluciones urgentes. Y en el mundo actual, ningún problema social se resuelve por generación espontánea”.

Y retomando el relato del golpe contra el Moncada afirmó después: “… Los escasos medios materiales con que hubimos de contar impidieron el éxito seguro. A los soldados les dijeron que Prío nos había dado un millón de pesos, querían desvirtuar el hecho más grave para ellos: que nuestro movimiento no tenía relación alguna con el pasado; que era una nueva generación cubana, con sus propias ideas, la que se erguía contra la tiranía, de jóvenes que no tenían apenas siete años, cuando Batista comenzó a cometer sus primeros crímenes en 1934”. “… Los políticos se gastan en sus campañas millones de pesos sobornando conciencias, y un puñado de cubanos que quisieron salvar el honor de la patria, tuvo que venir a afrontar la muerte con las manos vacías por falta de recursos. Eso explica que al país le hayan gobernado hasta ahora, no hombres generosos y abnegados, sino el bajo mundo de la politiquería y el hampa de nuestra vida pública”. Relató luego a los jueces la ferocidad con que habían torturado y dado muerte a gran parte de sus compañeros… “En medio de la tortura les ofrecían la vida si traicionaban su posición ideológica y se prestaban a declarar falsamente que Prío les había dado el dinero, y como ellos rechazaban indignados la proposición, continuaban torturándolos horriblemente. Les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudicó, ni se oyó un lamento ni una súplica; aun cuando les habían privado de sus órganos viriles, seguían siendo mil veces más hombres que todos sus verdugos juntos. Las fotografías no mienten y esos cadáveres aparecen destrozados. Ensayaron otros medios: no podían con el valor de los hombres y probaron con el valor de las mujeres.

Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentó un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban Melba Hernández y Haydée Santamaría y dirigiéndose a la última, mostrando el ojo, le dijeron: “este es de tu hermano; si tú no dices lo que no quiere decir, le arrancaremos el otro”. Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todo, le contestó llena de dignidad: “si ustedes le arrancaron un ojo y no quiso decirlo, mucho menos lo diré yo”.

Siguió luego Castro reclamando a los jueces por sus compañeros asesinados: “Señores magistrados, ¿dónde están nuestros compañeros detenidos los días 26,27,28 y 29 de julio, que, se sabe, pasaban de sesenta en la zona de Santiago de Cuba? ¿Dónde están nuestros compañeros heridos? Solamente cinco han aparecido. Al resto los asesinaron también. Las cifras son irrebatibles. Por aquí en cambio han desfilado veinte militares prisioneros nuestros y que según sus propias palabras no recibieron ni una ofensa. Por aquí han desfilado treinta heridos del Ejército, muchos de ellos en combates callejeros, y ninguno fue rematado. Si el ejército tuvo diecinueve muertos y treinta heridos, ¿cómo es posible que nosotros hayamos tenido ochenta muertos y cinco heridos? ¿Quién vio nunca combate con veintiún muertos y ningún herido, como los famosos de Pérez Chaumon?... ¿Cómo puede explicarse la fabulosa proporción de dieciséis muertos por cada herido, si no es rematando a éstos en los mismos hospitales y asesinando después a los indefensos prisioneros? No hay réplica posible”. “Es una vergüenza y un deshonor haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes; hay que matar diez prisioneros por cada soldado muerto”. “… Este es el concepto que tienen del honor los cabos furrieles ascendidos a generales el 10 de marzo”.

El joven jefe de la rebelión popular se dirigió luego directamente a los magistrados, señalándoles la paradoja de que se encontrasen enjuiciando al que cumplía con el precepto constitucional de alzarse contra quienes por la violencia tratasen de alterarla o alterar la forma de gobierno establecida, y en cambio se inclinasen ante el que burló la constitución del principio al fin, derrocando al gobierno e impidiendo las elecciones generales. “Cuba está sufriendo un cruel e ignominioso despotismo y vosotros no ignoráis que la resistencia frente al despotismo es legítima; este es un principio universalmente conocido y nuestra constitución lo consagró en el párrafo segundo del artículo cuarenta”.

Pero así como el fiscal no se molestó en argumentar su pedido de reclusión por veintiséis años del acusado, tampoco los magistrados se alteraron por el alegato del defensor acusado. Y ello provocó aquel final que todo cubano conoce de memoria… “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

Y después el destierro. Batista, seguro en la fortaleza de Columbia, tan mimado de los Estados Unidos como Trujillo y Tacho Somoza, no podía imaginar que ese grupo de muchachos que alborotaban Isla de Pinos pudiesen crear un serio problema. Y no se opuso al cambio de la cárcel por la expatriación, que la presión popular exigía.
Desde el mismo momento en que Fidel Castro y sus compañeros abandonaron Cuba, planearon el retorno. Estados Unidos, Guatemala, México los vieron andar en busca de armas, en busca de balas, en busca de dinero para su expedición. Pero pasaba el tiempo y sólo los jóvenes los recordaban en Cuba. Los viejos políticos opuestos a Batista, realizaban mítines y pronunciaban discursos y lloraban su desgracia. Pero no luchaban. Y el pueblo, desesperanzado, parecía resignado al destino que le había fijado la deshonestidad de casi todos sus presidentes. Era necesario sacudirlo, despabilarlo. Alimentar su fe con la eucaristía de las actitudes nobles y trágicas que a través de la hermosa y dolorosa historia cubana, fueron entregando sus auténticos hombres líderes. Despertarlo con otro aldabonazo como el de Eduardo Chibás que se quitó la vida ante el micrófono por el que había denunciado la deshonestidad oficial, creyendo que el estampido del balazo con que perforaba las entrañas iba a ser el último. O el primero de miles. Pero de la postrera etapa del drama cubano.

Y fue por eso mismo, por ser discípulo de esa escuela, que Fidel Castro quiso demostrar a su pueblo que cumpliría su palabra aunque le costase la vida, lanzando su temerario: “En el ´56, seremos libres o seremos mártires”.
Todo ese año, los diarios batistianos comentaron risueñamente el paso de las semanas y los meses y la audaz promesa de castro. Hasta hubo una que publicaba un calendario en el que iba tachando los días que restaban al expatriado, para volver a Cuba, cumpliendo su promesa.

El 21 de diciembre, el calendario dejó de aparecer. Castro había cumplido y de inmediato quedó ungido por su pueblo, líder de la nueva lucha. El amor a la libertad del pueblo cubano era demasiado grande como para que las frustraciones de Grau San Martín o de Prío Socarrás, le impidiesen volver a creer.
Siguió en el reportaje el relato de la odisea por las montañas, sin armas ni alimentos, de ese ejército de doce barbudos sucios y hambrientos. Los primeros encuentros en busca de fusiles y parque y el crecimiento de la tropa rebelde hasta convertirse en un ejército de miles de hombres. El Movimiento también había crecido en las ciudades y toda la oposición, si bien existían otros grupos antibatistianos, se canalizaba por el 26 de Julio. Muy pronto las colectas populares proporcionaron suficiente dinero como para comprar mercancías y en todos los puntos de la isla, las tiendas quedaron vacías de tricotas, medias de lana, lona para hamacas, tela para uniformes y brazaletes, nylon para protegerse de la lluvia y la humedad del bosque. Las empleadas de los comercios, comprendían instintivamente qué destino se iba a dar a esos elementos, y con toda discreción no vendían a veces la calidad de la ropa que se les pedía, sino inferior, pero más adecuada para el monte. Un enjambre de mujeres y hombres asaltó las tiendas y las farmacias a la llegada del invierno y hubo muchachos que viajaron a Oriente hasta con seis camisetas y seis calzoncillos, con el calor del llano cubano, para poder transportar esa ropa sin avisar sospechas. La isla despertaba…
Todo el aspecto histórico y anecdótico que me interesaba conocer, acerca del Movimiento de Castro, ya estaba grabado. Pero aún quedaban muchas preguntas por hacer:

- ¿Desde que comenzó la lucha armada en gran escala, no hubo ofrecimiento de paz, especialmente del lado de la Iglesia?
- El episcopado hizo, efectivamente, un llamamiento a la concordia, por medio de una pastoral.
Yo recordaba esa pastoral. Había logrado el texto de la misma y lo tenía en una de las casas en donde había estado refugiado en Santiago de Cuba.
Después de haberlo leído, me hice la misma pregunta que se había hecho Castro.
- Lo obispos –manifestó – en su exhortación decían, al final:”Guiados pues por estos motivos, exhortamos a todos los que hoy militan en campos antagónicos, a que cesen en el uso de la violencia, y a que, puestos los ojos única y exclusivamente en el bien común, busquen cuanto antes las soluciones eficaces que pueden traer de nuevo a nuestra patria, la paz material y moral que tanta falta le hace. A ese fin, no dudamos que quienes de veras amen a Cuba, sabrán acreditarse ante Dios y ante la historia, no negándose a ningún sacrificio, a fin de lograr el establecimiento de un gobierno de unión nacional, que pudiera preparar el retorno de nuestra patria, a una vida política pacífica y normal”: Me quedó la duda, de qué entendían los obispos por “gobierno de unión nacional”. Y si creían que se podría lograr esa unión nacional con Batista en el poder. Por eso hice llegar al pueblo, una carta abierta a la Jerarquía, invitándolos a que definiesen esos puntos. Batista por su parte, aplaudió la pastoral y se dispuso a cambiar a todo su gabinete, pero quedándose él, por supuesto. Y cuando parecía que grupos católicos y muchos párrocos iban a contestar por su cuenta a mi pregunta el gobierno suspendió las garantías individuales e implantó férrea censura de prensa. Dos sacerdotes de Santiago, alcanzaron a hacer circular un folleto titulado: “El documento es claro”, en el que definían: “El gobierno propuesto por los Jerarcas Católicos, como solución eficaz al problema cubano, es efectivamente un gobierno nuevo y no una simple remoción del gabinete, que en nuestro sistema semiparlamentario depende exclusivamente del Presidente de la República y goza de muy poca personalidad jurídica, en los pasos trascendentes de conducir al Estado cubano hacia la normalidad constitucional”.
- Pero eso –siguió diciendo Castro- lo dijeron dos sacerdotes y lo pensaron probablemente todos, pero la jerarquía eclesiástica no hizo ninguna aclaración más sobre su Pastoral. Esa fue la única gestión y quedó –evidentemente- en punto muerto.
Me di por satisfecho, y volví a la carga con otro tema:
- ¿El 26 de Julio es sólo un movimiento revolucionario que considerará cumplida su misión con el derrocamiento de Batista y su régimen, o tiene proyectado constituirse en un partido político con aspiraciones a la conducción del país?
- El Movimiento 26 de Julio –expresó Castro decididamente- piensa luchar cívicamente y en elecciones limpias, por llegar al poder. Queremos constituirnos en partido político, porque entendemos que el derrocamiento de Batista, no configurará nada más que un hecho o un punto de partida para la verdadera realización de la obra revolucionaria. Pero será el pueblo el que decidirá si los que sabemos luchar con el fusil, estamos capacitados también para la lucha política en su favor.
- ¿Y no hay los denominados “políticos tradicionales” en las filas del 26?
- De ninguna manera. Este es un movimiento nuevo y para gente nueva. Por supuesto que aceptaremos en nuestras filas a todas las personas honestas que quieran acompañarnos en nuestra empresa. Pero esos no son precisamente los que usted califica de “políticos tradicionales”.
- ¿Y cuáles serían las principales obras que el Movimiento 26 de Julio realizaría, estando en el poder?
- Mucho de lo que haríamos si llegásemos al poder, ya lo estamos haciendo aquí en las montañas.
Quizás lo primero, sería concretar y llevar a todo el país la reforma agraria. Pero en Cuba, está prácticamente todo por hacer, pese a su riqueza. La Habana es una ciudad moderna, con enormes edificios y extraordinario lujo. Pero usted habrá visto lo que es el resto de Cuba. Lo que es esta enorme extensión de las montañas, en donde prácticamente no existen caminos, donde los campesinos que recogen con su esfuerzo su producción, no tienen cómo hacerla llegar a los mercados. Las reservas cubanas de minerales y petróleo son enormes. Sin embargo no se explotan. Y las que son explotadas rinden únicamente para el capital extranjero, sin dejar ningún beneficio a los cubanos. Muchos yacimientos descubiertos, han sido denunciados y abandonados, conservándolos para un futuro que será muy lejano para los norteamericanos pero que debía ser presente para Cuba, que los necesita.
Sería prácticamente imposible enumerar en este reportaje, las obras urgentes que habría que realizar en la isla.
Le hice algunas preguntas sobre las acciones militares de esos días y ya en ese terreno dije:
- ¿Considera que la ayuda militar de los Estados Unidos a Batista es decisiva para la prolongación de su permanencia en el poder?
- Por supuesto que sí. Batista recibe ayuda constantemente de los Estados Unidos, directamente de la Unión y por medio de Trujillo y de Somoza. Especialmente en los últimos tiempos, cuando varios representantes reclamaron en Washington porque al amparo del convenio de ayuda mutua entre Norteamérica y Cuba, el gobierno yanqui enviaba armamentos para masacrar a la población cubana. Batista y Trujillo, que se odiaron a muerte, comenzaron insólitamente una enternecedora amistad, bajo la tutela del Tío Sam, y desde ese entonces, la mayor cantidad de tanques y armas y municiones de todo tipo, proceden de la República Dominicana. Las bombas que nos arrojan constantemente los aviones usted habrá visto las que a veces no estallan, son de fabricación norteamericana, así como las bombas NAPALM con que están incendiando enormes zonas de la Maestra, arrasando con cientos de familias campesinas que, muchas de ellas, jamás en su vida han tenido contacto con un rebelde. Hace poco llegaron a la base norteamericana de Guantánamo, trescientos cohetes que iban a ser entregados a los aviadores batistianos. Pero como nuestros representantes en los Estados Unidos denunciaron la maniobra, la operación se paralizó.
No obstante, estoy seguro que esos cohetes, serán tirados contra los cubanos, porque llegarán desde los puertos de Trujillo o de Somoza. Lo más absurdo y cruel de esta guerra, es el asesinato diario de decenas de campesinos por los ataques aéreos. Ningún soldado rebelde ha caído víctima de la metralla aérea o de las bombas. En cambio, usted lo pudo apreciar las otras noches en Cayo Espino, son desdichadamente mujeres y niños, los menos capaces de protegerse, quienes mueren acribillados por las balas que caen desde el aire sin discriminación. El antiyanquismo es cada día más profundo entre los cubanos, que jamás supieron odiar. Pero eso no se debe al supuesto avance del comunismo, como no se cansan de decir Batista, Trujillo y Somoza para asustar a Foster Dulles. Se debe sencillamente a que cada día mueren más cubanos atravesados por las balas norteamericanas.
Mi última pregunta a Fidel Castro, en ese reportaje que grabábamos entre la atención fervorosa y vigilante de decenas de rebeldes, fue más bien una adivinanza.
- ¿Cuándo cree usted que terminará esta guerra?
- Es imposible predecirlo. Puede durar días, meses o años. Lo que sí puedo decir es que sólo terminará con la derrota total de la tiranía o con la vida del último rebelde. No tenemos armas, como usted lo habrá podido apreciar, y nos vemos obligados a rechazar a miles de hombres porque no podemos armarlos. Pero menos teníamos antes, cuando éramos doce barbudos hambrientos con siete fusiles, recorriendo las montañas. Poseíamos –en cambio lo que los soldados de Batista nunca tuvieron: un ideal por el que luchar.

Ese reportaje se transmitió casi inmediatamente. Decenas de radioaficionados de distintos países estaban listos con sus grabadores para retransmitirlo luego. Y toda Cuba escuchaba por primera vez la voz del Comandante en Jefe del ejército rebelde, directamente desde las montañas de Oriente. Por supuesto, a mí quien me interesaba que escuchase era mi emisora.
Desde Venezuela me aseguraron que habían captado perfectamente y que en Argentina recibieron la retransmisión sin inconvenientes.
Mientras el reportaje se iba desenvolviendo en la grabadora, Fidel Castro lo escuchaba de pie, fumando su infaltable tabaco y concentrándose únicamente en las voces que salían del transmisor. Guevara pitaba tranquilamente sentado en un tronco y todos los demás, comandantes, capitanes, tenientes y soldados se agitaban nerviosos como en un debut. Llibre se acercó para preguntarme si estaba conforme con el trabajo y si las contestaciones de Fidel me habían satisfecho. Para hacerle una broma le dije que no y la decepción casi lo descompone.
Iba a seguir argumentando, pero el comandante lo hizo callar con un gesto.

Esa noche permanecí hasta cerca de las cuatro escuchando radios de distintos países que reproducían el reportaje. Algunas no pude identificarlas, pero recuerdo a Radio Continente de Caracas y Radio Caracol de Colombia.
Me dormí inquieto, sin estar completamente seguro de que en Argentina habían recibido mi trabajo, que era aprovechado por casi toda Centroamérica.
A la mañana siguiente reporteé a Guevara. Y mi primera pregunta fue la misma que cuando lo había visto por primera vez.
- ¿Por qué está aquí, doctor Guevara?
La respuesta fue pronunciada con la calma con que había sido dada anteriormente y con una tonada indefinida.
Estábamos ya por concluir el reportaje, cuando cuatro aparatos a reacción comenzaron a sobrevolar la planta transmisora en donde nos encontrábamos y corrimos todos hacia el refugio antiaéreo.
El avión “chivato” de la Cubana, se mantenía volando en círculos, como ya era habitual, mientras que los cuatro aviones lanzaban metralla en cada pasaje.
- ¡Qué lástima perder este sonido de fondo!... –le dije a Guevara realmente dolorido.
- ¿Y tu grabadora no es portátil?
- Sí.
- Entonces no necesitamos que funcione la planta…
- Vamos –grité arrastrándome loma arriba hasta entrar en el bohío donde estaba instalada la transmisora.
Los aviones seguían tirando y el ruido de sus motores y de las descargas era impresionante.
Aceleré mis preguntas hasta llegar al porqué de los bombardeos a los campesinos. Segundos después de terminado el ataque comenzamos a irradiar el reportaje.
Pero el riesgo que habíamos corrido fue inútil. La interferencia que colocaba encima de nuestra onda el servicio de informaciones de Batista, apenas permitió escuchar las voces y no se distinguían los bombazos ni la metralla. Guevara se rió toda la mañana de mi intento.

A mediodía constaté nuevamente si los radioaficionados amigos habían logrado grabar el reportaje al Che y como obtuve respuesta satisfactoria, decidí el retorno. Estaba impaciente por llegar a Santiago de Cuba y en especial a La Habana, para enterarme del porqué del fracaso de la huelga general.
Paquito, que no había conseguido aún filmar su famoso combate con luz de día, convino en viajar conmigo. Las cámaras y las películas quedaban en la Sierra e iban a ser llevadas a la capital por un mensajero. No queríamos que si nos sucedía algo, perdiésemos nuestro material.
Mi grabadora la doné a la Planta.
De Fidel me despedía con un apretón de manos y del Che con un “chau”. Todos los demás, a quienes había conocido y de quienes me sentía realmente amigo, fueron cordialísimos en la despedida.
Debíamos viajar por una ruta sumamente peligrosa de noche y por el llano. Después de varias horas de mulo, aguardamos a que bajara el sol para comenzar el itinerario a pie. Nuestro guía era un muchacho muy conocedor de la región y dotado de la prudencia que sólo da el jugarse la vida diariamente. Tenía un nombre bíblico: Isaías.
- Como el apóstol – me dijo al presentarse.
Yo hice memoria, pero como San Pedro tuvo muchos amigos, pudiera ser que el muchacho tuviese razón.

Atravesamos durante horas campos de un pasto alto que nos llegaba hasta la cintura. No debíamos fumar ni hablar y ocultamos todo lo que pudiese ser notado en la oscuridad. Paquito, su sombrero de yarey, Isaías, el pañuelo blanco que llevaba en el cuello, y yo mi reloj pulsera con esfera luminosa.
Un solo bohío encontramos en todo el trayecto. Dos hombres de color nos indicaron que los guardias habían estado por ahí hacía unas horas. Uno de ellos se ofreció a “sacarnos” por detrás de unas lomas en donde era difícil que estuviesen acampados los batistianos.
Pese al frío, se quitó la camisa blanca y se quedó en cuero. A lo lejos se divisaba el eterno espectáculo de las noches en Oriente: docenas de incendios. Cuando Isaías creyó reconocer la ruta, el moreno nos deseó murmurando buen viaje y desapareció.
- Dentro de una hora vamos a atravesar la carretera Bayazo-Manzanillo y seguir hasta El Dorado. Tenemos el tiempo justo, antes de que se haga de día.
Habíamos estado caminando nueve horas. Pero no nos sentimos cansados, luego del entrenamiento de las montañas.
Cuando llegamos cerca de la carretera, nos pegamos al suelo para atravesar una alambrada.
- Si se llega a mover –advirtió Isaías- los guardias, que siempre vigilan junto a los alambres, van a empezar a tirar.
Paquito tuvo un acceso de risa. Giró en el suelo y le pregunté:
- ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?
- ¿A qué no sabes de qué me río, che? Pienso en la cara del que me vendió un seguro de vida hace pocas semanas…
Era evidente que estaba tan nervioso como yo. Pero mientras a él le dio risa yo no podía respirar con facilidad. Me parecía que el corazón retumbaba sobre la tierra y que cualquiera lo podía oír.
Isaías cruzó la franja de cemento y la alambrada del otro lado, sin inconvenientes. Veinte segundos después, como habíamos convenido, pasó arrastrándose Paquito y después del mismo lapso, yo. Cuando pudimos incorporarnos, seguimos nuestra marcha a mayor velocidad.
El cielo estaba perdiendo su color negro y aún no habíamos llegado a nuestro refugio en El Dorado.

* * * * * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

Arriba

 

Capítulo XI  

Bayamo fue nuestra nueva meta. Pero ya estábamos bañados, afeitados y con limpias guayaberas almidonadas. Una sola noche estuvimos en la histórica ciudad. A la mañana siguiente Paquito siguió a La Habana en guagua. Yo quise viajar a Santiago de Cuba, en donde quería entrevistar al arzobispo, monseñor Enrique Pérez Serantes. Había oído hablar mucho de él y se lo calificaba como uno de los hombres del clero que más insistían en una solución urgente, por supuesto, sin Batista.

Después de un corto viaje en automóvil, sometido a varios registros durante los cuales recurrí a mi vicio de encender tabacos y no darme por aludido cuando me hablaban, dejando contestar al chofer o a mi supuesta esposa, estuve otra vez en Santiago de Cuba.

Me sentí contento de volver a ver sus calles ondulantes y coloridas. Quería a Santiago y a su gente. En los días que había estado escondido aguardando comenzar mi viaje, conocí a muchos santiagueros, algunos de clase media, otros pobrísimos, pero todos con idéntico señorío.

Exhalaban cierta delicadeza invalorable para quien está comprometiéndolos con su presencia y una carencia total de engreimiento al destacar sencillamente que los orientales, por tradición, luchan, no lloran.

Estuve refugiado nuevamente en una de las casas en que había habitado anteriormente y de allí tomé contacto con la muchacha rubia de sonrisa de odontólogo y edad indefinida. Se llamaba Débora, como podría haberse llamado Cleopatra. Luego supe que su nombre era Vilma. En pocos minutos y con eficiencia profesional se puso en contacto con un católico prominente y éste concertó una reunión con monseñor Pérez Serantes para las cinco de la tarde.

- Con la advertencia –dijo el hombre- de que no lo recibe como periodista, sino como a un visitante más.
- De acuerdo –dije, mientras encargaba a Débora que me consiguiera una grabadora.

A las cinco en punto, llegué a la casa arzobispal, esta vez con una nueva esposa, evidentemente encinta. Cuando traspusimos el zaguán, mi presunto futuro hijo salió del sacón de la muchacha convertido en una pequeña grabadora. Mi “esposa” volvió al auto rápidamente y partió.
No me hizo esperar mucho el arzobispo. Era un hombre fuerte, grueso y con una gran cabeza blanca. Tenía la voz sonora y me enteré de ello cuando dijo:
- No sé para qué trae ese aparato. Ya le dije que lo recibía como a un simple visitante.
Me tendió una mano amplia y se sentó detrás de su escritorio, mientras a mi lado tomaba asiento otro clérigo, alto y cetrino.
- ¿Qué lo trae por aquí?
- Soy periodista, como ya le habrá explicado el señor que convino esta entrevista. Y por lo tanto, quiero hacerle un reportaje.
- Ya le he dicho que era imposible. No tengo nada que decir.
Comprendí que tendría que rogar.
- Mire, monseñor, sólo quiero que usted me conteste una sola pregunta. Olvidemos la pastoral de los obispos y todo lo demás. Sólo quiero que me diga ante el micrófono, si el Movimiento 26 de Julio, según su opinión, es comunista.
La carota redonda del arzobispo sonrió.
- Yo he bajado de la sierra. Comprobé que la revolución no es nada más que eso: cubana. Que no tiene nada que ver ni con los yanquis ni con los comunistas. Y usted no ignorará la importancia que tiene el que un arzobispo, y especialmente usted, el de Oriente, que conoce a muchos de los que están peleando en la Sierra, aclare perfectamente este punto. En mi país, miles de católicos se resisten a simpatizar con la revolución cubana, simplemente porque la propaganda les ha metido en la cabeza que Fidel Castro es comunista.
Me había apasionado al hablar. Pero era evidente que iba a obtener buen fruto.
El arzobispo dudaba.
- No, yo no quiero hacer declaraciones… -se resistía apenas- ¿Por qué no entrevista a otros obispos? Si quiere le doy una nómina de los que puede visitar. Que hablen ellos, alguna vez… yo ya hablé demasiado.
- Pero es que ninguno vive como usted este drama. Ninguno más que usted es el arzobispo de Oriente…
Me di vuelta de improviso. El secretario cetrino y flaco, estaba indicando con su dedo largo, que no cediera. Cuando se vio sorprendido se ruborizó apenas, y advirtió:
- Monseñor… lo espera el barbero…
El arzobispo se puso de pie y me extendió la mano.
- No creo que Fidel Castro sea comunista – me dijo.
- ¡Y por qué no lo graba! – intenté por última vez.
- Me espera el barbero.
- Bueno… Ojalá que quede bonito, monseñor.
El clérigo cetrino y flaco, descendió conmigo la escalera blanca que llevaba al patio.
- Usted comprende… hay situaciones que a veces obligan a callar.
- Alta estrategia – le contesté de mal humor…
- Exacto, joven. Trate de ver a alguno de los de La Habana. Que hablen ellos, alguna vez…
Pedí un teléfono y llamé para que mi “esposa” me viniese a buscar. Había fracasado. Antes de retirarme, el clérigo cetrino y flaco me dio un papel impreso.
- Lea esto. Mañana va a ser conocido en todas las iglesias de la arquidiócesis. Hace unos días, al volar un polvorín, se dañó el santuario de El Cobre. Los comunicados oficiales manifiestan que los rebeldes lo hicieron en forma intencional y que nosotros opinamos lo mismo… Lea…

El auto ya estaba en la puerta. Luego de verificar que no había “chivatos” a la vista, me hicieron una seña desde la máquina y monté enseguida.
Cuando llegué a mi refugio, leí el papel impreso: “Para tratar de disipar la oscura nube de confusión que se ha formado en torno a los últimos sucesos del Santuario Nacional de El Cobre, y para que todos tengan un concepto exacto de lo sucedido, sentimos la necesidad de dirigirnos siquiera a nuestros diocesanos para que sepan:
Primero: Que en la relación dada a la prensa, publicada escuetamente en los periódicos locales, dijimos solamente lo siguiente: “La explosión del polvorín, situado a poca distancia del Santuario Nacional de El Cobre, produjo pérdidas en el templo y en los edificios anexos por valor incalculable. Casi todos los grandes ventanales, verdaderas joyas artísticas, puertas y ventanas, casi todos los altares e imágenes, fueron totalmente destruidos o seriamente dañados, y sólo por un verdadero milagro, la Venerada Imagen de Nuestra Excelsa Patrona y todo el camarín de cristal, no se han movido ni dañado en lo más mínimo, como si la Imagen de la Madre tan amada, contemplara con dolor los efectos de una guerra fratricida, y como para enseñarnos que en ella debemos confiar. Al dar al pueblo católico de Cuba esta relación, que seguramente hará estremecer las fibras más delicadas del corazón cubano, herido en lo más sensibles, de rodillas ante la buena Madre, confiadamente imploramos su protección, pidiendo vuelva sus ojos misericordiosos sobre su pueblo, el pueblo de Cuba que la ama, que desea vivir en paz y que ésta, bajada del cielo, llegue tan pronto que les sea fácil a todos llegar hasta su trono de El Cobre en testimonio de gratitud y amor”.
Segundo: Que esto fue lo que dijimos por escrito y de palabra.
Tercero: Que es absoluta y totalmente incierto, falto de todo fundamento de verdad, lo que por algunos voceros de la opinión pública, se nos ha hecho decir, a saber: “Es un acto de barbarie, manos anticristianas lo han perpetrado para ofender la fe religiosa de los orientales”.
Cuarto y último: Todos los que han estado cerca de Nos, saben que tenemos por cierto que los causantes de la explosión no pensaron en manera alguna que del hecho perpetrado por otros fines se produciría el menor daño al Santuario Nacional.
Santiago de Cuba, abril 16 de 1958. – Enrique. Arzobispo de Santiago de Cuba”.

Indudablemente, la circular del arzobispo era “fuerte” en el clima de la Cuba de Batista. Pero los obispos también lo eran, y el gobierno lo sabía.

La lectura no varió mi mal humor.

Tuve suerte en encontrar dos pasajes en el Viscount de esa noche, para La Habana. O mejor dicho, Débora siguió siendo eficaz. Consiguió dos plazas y me designo por acompañante una señora bastante entrada en años, que como no podía pasar por mi mujer sin asombrar a todo el mundo, no quiso ser mi tía y se designó mi hermana. Evidentemente, nadie hubiese sospechado de ella ni de mí, después de estar cinco minutos en su compañía. Ni bien subió al avión, lleno de militares, le preguntó a la camarera “qué es ese ruidito” y como la muchacha le respondiera con la fórmula X del código B, comenzó a protestar, diciendo que a los pasajeros no había que engañarlos y que si preguntaba no era para que le contestasen una incongruencia. Después pidió café y lo encontró frío. Y cuando el avión se detuvo imprevistamente en Camagüey para algo que jamás pudimos enterarnos, pero que sí sabría el militar que no ocupó su asiento al seguir viaje, me reprochó a gritos que estuviera despeinado y que llamase la atención de todo el mundo. El “chivato” más alerta no hubiera desconfiado de mi “hermana”.
- ¿Lo verás a Fangio en la Argentina? – me preguntó murmurando.
- No creo – le respondí-. No soy cronista deportivo.
- Pues si lo ves, dile que estuviste con Flavia. Yo fui una de las que intervino en el secuestro…
Lo lamenté por él.
- Le pedí un autógrafo para mi hija y otro para mí. ¡Qué hombre más simpático!... Los cubanos lo adoramos, después de aquel suceso. Se portó como un hombre… Bueno… dile además que el rubito que manejaba la ametralladora, está muerto. Lo mataron el 9 de abril… cuando la huelga…

Llegamos a La Habana con gran retraso debido a la detención en Camagüey, y después de presentar en Rancho Boyeros mi credencial de inspector de Autobuses Modernos, nos dirigimos en busca de mi primer amigo cubano. Me vio llegar como a un aparecido.
- Oye, chico… que diste un buen palo… eso fue un tiro… Te estuvimos escuchando.
- Lo que necesito es dónde dormir. Mañana esta señora me podrá acomodar en cualquier lado.
- Bueno. Ya sabes que en casa no vas a estar seguro. Pero por una noche creo que la cosa puede andar.
Llevamos a Flavio hasta el lugar en donde se iba a hospedar, y volvimos al centro, por la avenida del Malecón. Mi amigo no cesaba de hablar, preguntándome cosas de la sierra.
Desdichadamente, yo tenía mucho sueño. Eran las dos de la mañana y había pasado por demasiados momentos tensos como para que la distensión no fuera total. Dormí hasta las siete.

El teléfono no había comenzado a sonar cuando descolgué el tuvo. Aguardaba la llamada de Flavio.
- Espera hasta mediodía.
Colgó.
Si alguien hubiese querido despertar las sospechas de los que controlaban las conexiones telefónicas, no lo hubiese hecho de otra manera. Me vestí y salí. Caminé hasta el mar y luego seguí por el desierto Malecón. Estaba lloviznando y hubiese notado si alguien me seguía los pasos porque era el único transeúnte en varios cientos de metros. Después de un mes en Cuba, había adquirido los hábitos que en un principio me parecían de exagerada prudencia.
Había comprendido el: “Aquí te matan, chico”, de mi primera conversación en la isla.
Tenía que hacer tiempo hasta el mediodía en que vendría a buscarme Flavio y doblé hacia El Prado. La lluvia caía con más fuerza y el mar saltaba por sobre el Malecón.

El paseo me recordó la rambla barcelonesa. Caminé hasta la manzana de Gómez y me detuve bajo la recova a mirar vidrieras. Los dependientes de los negocios vacíos no me dejaban tranquilo:
-¿Souvenir, míster?... ¿Ron?... ¿Maracas?... ¿One bongó?...
Yo les respondía con un silencio tan despreciativo, que quedaban absolutamente convencidos de que era yanqui.

Crucé para bajar por Neptuno hasta el lugar en que iba a esperarme Flavio y me encontré con los retratos de Fulgencio Rubén Batista, candidato a representante por el Partido Progresista.
Y al lado el de Panchín Batista, su tío, candidato a presidente por el Partido Demócrata.
Me fijé mejor, a ver si encontraba el de la mujer de Batista, candidata por otro partido más.
Era evidente que la lucha electoral que Batista se proponía iba a ser imparcial.

A las doce en punto, la máquina de Flavio se detuvo en el lugar indicado y no me hice invitar para ascender a ella.
- Te encontré un buen lugar en donde permanecer escondido por esta noche. Pero mañana mismo tienes que cambiar. Sólo así logré que te admitiesen.

No contesté. La radio rebelde seguía aún transmitiendo, cada dos días, mis reportajes a Fidel Castro y al Che Guevara, y United Press había difundido mi nombre en varios despachos.

Indudablemente, era un huésped desagradable. Cuando llegué a mi nuevo destino, varios hombres y dos mujeres estaban reunidos en la terraza. Era un décimo piso frente al mar desde donde se dominaba toda La Habana. Flavio me presentó no sin alguna emoción, que yo no comprendí en el primer momento, hasta que llegó a Faustino Pérez, el coordinador del 26 de Julio en La Habana y responsable de la fracasada huelga.
Era un hombre rubio, de unos treinta y cinco años y estatura mediana. Llevaba anteojos negros y guayabera oscura y hablaba como si no quisiese escucharse más que él mismo.
Muchas veces le tuve que pedir que me repitiera lo que decía.
- ¿Qué piensan en la Sierra de la huelga?
- Bueno, creo que hasta que yo bajé, no sabían qué pensar.
- ¿Pero lo que sucedió los desmoralizó?
- No creo que los haya contrariado más de dos horas seguidas. Fidel esperaba mucho, indudablemente, de esta huelga. Pero en general la mayoría de los rebeldes le tenía desconfianza.
- ¿En qué sentido?
- Opinaban que La Habana iba a fallar.
- ¿El pueblo o los que coordinaban el movimiento?
Le contesté con el mismo modo impersonal con que me preguntó.
- Los coordinadores…
Se revolvió en su mecedora y dejó de mirarme.
- Allá creen que todo es fácil… A mí también me gustaría estar como ellos, tirando tiros…
Pero aquí hay que andar constantemente desarmados. Y si uno falla no es la muerte, como en las montañas, sino las torturas más espantosas.
- Lo mismo que en Santiago, y en Bayamo, y en Contramaestre, y en Holguín… -dije con calma-. La lucha en las ciudades es siempre peor…
- Bueno, amigo –me dijo incorporándose-, queda aquí en buenas manos. Cualquier cosa que necesite avíseme, que el movimiento lo va a ayudar en todo lo que sea posible.
- Lo primero que necesito es saber por qué fracasó la huelga.
Me contestó de pie.
- yo no diría que fue un fracaso. Simplemente falló.
- Murieron, sólo en La Habana, más de 50 personas, hasta ahora, y no pudieron lograr lo que pretendían… Para mí fue un fracaso…
- Bueno. No vamos a discutir el punto. Pero le diré que toda la población de La Habana esperaba la huelga y estaba dispuesta a ella. Lo que ocurrió fue que los encargados de dar la orden para la iniciación del movimiento creímos que esa disposición absoluta del pueblo no necesitaba otros resortes para ser puesta en marcha, que una orden radial. Preferimos la sorpresa a recurrir a los cuadros ya formados, exponiéndonos a una infidencia. Fue por eso que muy pocos estaban enterados del día y de la hora en que iba a estallar la huelga. Pero no contamos con que al dejar de agitar a la población durante semana santa, en que cesaron todos los sabotajes, el pueblo se desconcertó. Además, Masferrer hizo circular unos volantes firmados con mi nombre, en que indicaba que la huelga había sido suspendida para más adelante, por no tener medios suficientes con qué apoyarla… Muchos de nuestros jefes de grupo, al no estar prevenidos, impidieron que su gente saliese a la calle a enfrentar a la policía, porque creyeron que la orden radial era otra treta de Masferrer. Eso fue todo.
Yo no lo creí, pero me di por satisfecho.

Faustino Pérez se marchó con Flavio y la demás gente, salvo el dueño de casa. Casi enseguida, la radio anunciaba que habían sido detenidos varios miembros del 26 de Julio, en un gran depósito de armas y que se creía segura la captura de Faustino.
- Bueno, chico. Puedes disponer de esta casa con toda libertad, hasta que consigas otra o te marches a Buenos Aires.
- Lo mejor será conseguir otra. Tengo varias cosas que hacer, antes de intentar salir. Quiero saber más acerca de esta huelga.

Ese mismo día lo fui a ver a Paquito. No estaba en su casa. Un pariente al que me di a conocer, me informó que estaba escondido y que saldría a los pocos días para Miami.
- Parece que su ausencia llamó mucho la atención. Y le recomienda a usted que no ande por la calle ni hable por teléfono.
- Dígale solamente que puede avisar a Flavio cuando llegue el material, para que ella lo vaya a recoger.

Muy pronto mi huésped se interesó por mi trabajo y él mismo me conducía en su automóvil a todo lados. No llevábamos ningún papel encima y si me veía obligado a contestar a algunos de los interrogatorios frecuentes a que son sometidos todos los que transitan por las calles habaneras, estaba dispuesto a adecuar mis mentiras de acuerdo a la cara del que me interpelase. Un extranjero no es tan sospechoso en La Habana como en Oriente. Y si el SIM tenía mi nombre, era casi imposible que conociese mi cara.

Mientras esperaba la respuesta a un cable en clave que había enviado a mi empresa en Buenos Aires, para conocer el resultado de mi trabajo, entrevisté a varios dirigentes obreros, todos en la clandestinidad. El que más me impresionó fue José María Aguilera, que había sido secretario de los bancarios hasta que el ejército, a pedido de Mujal, intervino el sindicato.
Le hice un reportaje en una pequeña habitación en donde dormía un niño, que cada vez que se elevaba un poco nuestro murmullo se quejaba sin despertar.
Aguilera hablaba apasionadamente mirándome directamente a los ojos, lo que me molestaba un poco, porque él tenía uno desviado. Era un hombre de unos cuarenta años, robusto y nervioso. Llevaba en la cintura una cuarenta y cinco que se acomodaba a cada instante.

- ¿Por qué fracasó la huelga general, Aguilera?
- Estaba condenada al fracaso desde el comienzo. Los que la dirigieron no se convencen de que una huelga general puede surgir espontánea y arrolladoramente, como la que se produjo en Santiago de Cuba, cuando asesinaron a Frank Pais. Pero cuando se plantea en términos exclusivamente políticos y se prepara durante meses, las cosas cambian. Hay que comprender que ir a la huelga es ir a luchar a pecho descubierto contra el ejército y la policía de Batista, cuya crueldad experimentan día a día. Y que el héroe no es la generalidad, sino la excepción.
Ellos creyeron que con dar una orden radiofónica la gente iba a salir a las calles a enfrentar las ametralladoras y los tanques. Y se equivocaron. Un aparato represivo como el de Batista tienen que enfrentarlo quienes están armados y el tiroteo provocará de inmediato la huelga general y no al revés.
- ¿Considera usted entonces que una huelga se puede imponer a tiros?
- De ninguna manera. No se trata de imponer una huelga, sino de posibilitarla, dando a los que abandonen sus fábricas y sus oficinas la seguridad de que al menos van a tener la oportunidad de luchar, y no simplemente la seguridad de que van a caer bajo las balas.
- ¿Y cree usted que los obreros se plegarían a una huelga de tipo exclusivamente político?
- En Cuba sí. Aparte del desempleo y del hambre del campesinado, hay muchas razones de carácter social que obligan a salir al obrero industrial a la calle. Una de ellas, la inseguridad permanente en sus trabajos. La mano de obra está regida por el amo del sindicato, a quien dirige Mujal. Y quien no esté de acuerdo pierde su colocación. Para dominar por completo la dirección de los gremios, Mujal cuenta con el ejército y la policía, siempre a su disposición.
Cuando yo gané el secretariado general de los bancarios, fue el ejército el que tomó el sindicato.
Y después de una larga intervención se llamó a elecciones. Mujal se sentía tan seguro de que me había destruido y que mi gremio estaba atemorizado, que cometió el mismo error que Batista en 1944. Llamó a elecciones y dejó votar. Por supuesto que perdió. En el caso de mi sindicato sucedió lo mismo. Volví a ser elegido. Pero nunca pude hacerme cargo.
- ¿Los comunistas apoyan a Mujal?
- Mujal fue uno de los fundadores del Partido Comunista Cubano, que legalizó Batista durante su primera presidencia. Pero luego fue expulsado de la agrupación. En realidad, los comunistas forman también otro frente contra Batista, del cual habían sido muy amigos. Hay dirigentes comunistas que merecen absoluto respeto por su labor a favor de la clase obrera cubana y son prácticamente los que la organizaron.
- ¿Tuvieron alguna participación en esta última huelga?
- Estaban alertas para intervenir, pero no fueron avisados. Como tampoco fueron avisados otros sectores antibatistianos.

Creí comprender el porqué de la orden radiofónica; Faustino había jugado políticamente y había fracasado. Creyó que el clima de huelga era tan propicio que podría prescindir de todos los grupos que no fueran del 26. Pero omitió también hacer participar a muchos miembros del Movimiento. Su destitución llegó pocos días después. Conociéndolo a Fidel castro, era evidente que la jugada de Faustino Pérez iba a ser condenada.

El cable con la respuesta de Buenos Aires me fue leído por teléfono por el que lo recibió.
Ninguna grabación había llegado. Sólo un par de artículos para el diario. La noticia me cayó como un mazazo. Pedí de inmediato que enviasen otro cable, un poco más explícito que el anterior, por si no hubiesen captado el sentido de mi mensaje.
Esa misma mañana llamó Flavio y la atendió el dueño de casa. Aunque sabía que era una imprudencia que yo hablase por teléfono, exigió que le comunicasen conmigo.
- ¡Hola!... ¿José Raúl?...
Tenía la manía de darme constantemente nombres distintos y yo a veces me confundía. Esta vez no.
- Sí.
- Sabes que cogieron a un colega tuyo… español… y quedó bastante estropeado.
Se refería a un periodista español que había estado antes que yo en la Sierra y con el que habíamos concertado una cita que no cumplí…
- Bueno –disimulé-, eso le pasa por conducir borracho… Yo se lo había advertido más de veinte veces…
- Bueno… pero yo creo que tú tendrías que mudarte…
- Claro…claro… -dije sin saber cómo hacerla callar.
- Parece que habló y bastante…
- Efectos de la borrachera –casi le grité al cortar.
Era evidente que si Flavio cometía el error de hablar así era porque estaría aterrorizada.
Momentos después varios llamados al dueño de casa le advirtieron en forma más o menos velada, que el español había hablado y que le habían secuestrado una libreta con direcciones.
- Hay que mudarse.
- Pero ¿a dónde vas a ir?
- No se me ocurre, pero creo que si me pescan aquí todos la vamos a pasar mal. Vos, tu padre, tus hermanos…

Comprendió que tenía razón. Y, yo que estaría más seguro en la calle que ahí. Escondimos todos los documentos que había ido reuniendo esos días y me largué a la calle, pero con una solicitud que me conmovió, a las pocas cuadras mi huésped estaba otra vez junto a mí.
- Sube a mi máquina. Vamos a almorzar a alguna hostería en las afueras. Y a la tarde trataré de encontrarte en dónde dormir.
El día estaba espléndido y el calor tropical no me quitó el apetito. En la Sierra se me había contagiado el ansia de comer como si no lo pudiese hacer nunca más.
Toda la tarde procuró mi amigo dejar la peligrosa encomienda con tonada argentina, pero no encontró voluntarios. El pánico concentraba todos sus efectos en mi profesión.
- ¿Periodista?... ¿Igual que el español?... No…

A las diez de la noche el automóvil ya había recorrido toda La Habana y sus alrededores.
Decidí arreglármelas solo.
- Déjame aquí –le pedí a mi acompañante, cuando estuvimos frente al Casino de Capri.
- No… Creo que no va a pasar nada, pero por si acaso, volvé a tu casa.

Todo el resto de la noche estuve sobre las lujosas alfombras de la sala de juego que regenteaba un hombre otrora famoso como gangster cinematográfico y que retornaba en busca de los laureles del gangster verdadero: George Raft.
La suerte no quiso ensañarse conmigo y cuando ya no me quedaban más que veinte dólares comencé a recuperar hasta quedar otra vez con lo que había entrado.
Muy pocos éramos los jugadores. Y al cerrarse la sala de espectáculos en que actuaba Tito Guizar, sólo quedaban en ella cuatro hombres de negocios y abdomen redondo.
La frívola Habana, pese a que la huelga ya había pasado, seguía recatada. Los cadáveres pesaban.

Salí del casino a las seis. Las calles ya se estaban llenando de sol, gente y calor, y me detuve frente a un edificio de tres pisos de la calle 23 Sentí curiosidad y entré. El cartel que indicaba que era una funeraria me dio la seguridad de que iba a poder estar un par de horas sin que nadie se molestase en mirarme.
Pero me equivoqué. Había sólo dos velatorios y los protagonistas del suceso no habrán juntado mucho dinero en su vida porque casi no había nadie en torno a sus cajas.
Comencé a bajar por N y me metí en un bar a desayunar. A las diez me encontré con quien esperaba, en 27 y L. Subí a la máquina y me enteré que había llegado otro cable de Buenos Aires. No cabía duda que nada habían recibido y que comenzaban a creerme imbécil, porque contestaban con una claridad de orden de embargo. Un nuevo cable de ese tipo y ya ningún censor dudaría que “las chicas”, que nunca llegaban, serían dos bombas atómicas.

Tenía ciento veinte dólares en el bolsillo. Lo suficiente como para jugar una última carta antes de decidirme a volver a la Sierra en busca de nuevos reportajes grabados.
- ¿Tenés algún amigo con pasaporte en vigencia, visado por los yanquis?
Como efectivamente lo tenía, en el avión de la una rumbo a Miami salió mi mensajero con cien de mis dólares. Probablemente a las nueve de la noche estaría de regreso en La Habana.
Volvería con otro traje y sombreros, para evitar que algún chivato lo reconociera y se
interesase por su corto viaje a los Estados Unidos. Por lo demás, había que correr el riesgo.
“O te cogen o no”, es la alternativa que minuto a minuto deben enfrentar los cubanos, y ya nadie se espantaba más de la cuenta.
El mensajero llegó a la hora en que lo esperábamos.
- ¿Y?
- Pues hablé con Buenos Aires…
- ¿Y?
- Mira… que no me entendieron nada. En la radio se pasaron el teléfono unos a otros y nada.
- ¡¡¡Y!!!...
- Bueno… yo creo que algo recibieron, pero no supieron explicarme claramente qué. Uno de los que me atendió me preguntó qué hacías en Cuba…
Quedé hundido en el sillón, sin saber qué decir. Lo único que venía en mi auxilio era una expresión de Fidel…
- ¡Pero qué brutos, caballeros!
Nos quedamos un rato en silencio, hasta que el hombre de Miami reaccionó alegre.
- Ah… tengo algo para ti…
- ¿Qué? –dije sin esperanzas.
- Toma el vuelto… treinta y cuatro dólares.

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Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo XII

La lluvia no había cesado de caer en varios días, durante los que esperé contestación a una carta que había llevado un viajero con el encargo de enviar desde Miami, en loa cual explicaba claramente a mi empresa todo lo que había sucedido y anunciaba que no poderse lograr las grabaciones en alguno de los países que indicaba, volvería a la Maestra para hacer nuevos reportajes.

Mientras tanto, me dediqué a seguir caminando por La Habana. El 26 de Julio había mermado sus sabotajes y el gobierno ordenó, por pedido de los administradores de los casinos, que se dejase de registrar a cualquier persona por la calle, en especial extranjeros. Los procedimientos policiales sólo se mantenían con el celo de siempre durante la noche, en que uno de cada dos automóviles era detenido y revisado concienzudamente.

Especialmente salía entre las tres y las siete de la tarde y me divertía en transitar por las calles más bordeadas de negocios, siguiendo a paso lento a los carros patrulleros que se detenían en cada “vidriera” a recoger el producto de las anotaciones de la quiniela del día.

Según los cubanos, nunca se ha jugado en Cuba como durante el mando de Batista. Según cifras extraoficiales –cálculo mezquino que no quiere ser escandaloso- el pueblo de Cuba gasta anualmente cien millones de dólares en quinielas y lotería, aparte de lo que deja en casinos grandes y pequeños y en las máquinas traganíqueles. Pero ateniéndonos a esos modestos cien millones de dólares, la distribución por cabeza de cada habitante de Cuba asciende a dieciséis dólares anuales que cada uno invierte en el juego.

Por otra parte, esa suma indica que se juega anualmente el doble del valor de la cosecha nacional del café, a precios regulares. El gobierno auspicia, o directamente organiza las quinielas o tiros de bolita y las charadas, y la policía por supuesto que sin ningún recato –en eso estriba su diferenciación con la de otros países- cobra las comisiones de las apuestas diarias.

Pero si bien en todo el mundo la quiniela –prohibida u oficializada- se basa en los sorteos de las loterías oficiales, en Cuba no. La “bolita” la tira el banquero en cualquier lugar. En una bodega, o en una tienda, o tomando un whisky en un bar. Hay “sorteos” casi permanentes y el banquero informa por medio de las vidrieras de anotaciones a los “puntos”, las horas en que se efectuarán. La mayoría de los banqueros –algunos han bautizado a sus quinielas con sus apellidos: Battisti, Castillo, Monasterio, etcétera- utilizan para el “sorteo” una bolsita en donde colocan a la vista del público reunido en el lugar mil bolitas, que ensartan previamente en alambres en grupos de cien, para que los “puntos” comprueben que su bolita entra en el juego. Y luego del clásico grito de “la bola se va, señores”, agitan la bolsa unos segundos e invitan luego a uno de los asistentes a separar, desde afuera del saquito, una de las bolas, la que ata con un hilo en la tela que la envuelve. Y ante la expectación general el banquero, con un cuchillo, corta el género y saca la bola con el número premiado. El “sorteo” no implica más que una demora de cinco minutos en el precioso tiempo del banquero y en menos tiempo aún, las mil cien vidrieras de apuntaciones se enteran del resultado de “La Castillo de las 3” o “La Tropicana de las 2 y 20”.

Pero aún más escandalosamente original es la “charada” o “guindar el bicho”. Según pude enterarme, es un juego introducido por los chinos. Se “tira” dos veces por día y hasta tres: mañana, tarde y noche. Los “puntos” se sitúan frente a un gran cartel en donde está dibujado un chino cubierto de figuras diversas, cada cual con un número. A una hora determinada, el chino que va a “guindar el bicho”, pronuncia un verso “orientador”, como por ejemplo este que yo escuché: “puede comer en el techo sin posarse en él”. La mayoría jugó a la paloma, pero el que podía comer era el trompudo elefante. Muchas personas concurren a los lugares en donde se “guinda el bicho”, pero otras se enteran del versito en las vidrieras de apuntaciones y juegan al número correspondiente al “bicho” que creen adivinar por la sugerencia del chino. Gran parte del pueblo de Cuba, aun criticando esta forma de latrocinio auspiciado por el gobierno, deja varias veces diarias su dinero en las vidrieras. Otros, más pudientes o más desesperados, concurren a los casinos abiertos día y noche o a los cuchitriles en donde las ruletas están colocadas sobre tablones y caballetes.

A este ambiente ideal para un régimen como el de Batista, se agregó en los últimos años el condimento fuerte de los tahúres y hampones internacionales, que acudieron presurosos ante el interés demostrado por el jefe de gobierno cubano en “desarrollar y fomentar el turismo”. Los grandes hoteles de lujo levantados desde la vuelta al poder de los sargentos, no son otra cosa que fastuosas casas de juego, regenteadas por hombres como Joe Bischoff (a) Lefty Clarck, cuyo nombre ensució el de Cuba al aparecer juntos en las crónicas que narraron el asesinato del gángster Albert Anastasia, en Nueva Cork. También operan en La Habana los hermanos Lansky, Jack y Meyer, pistoleros que regentearon el juego en Nueva Jersey y en La Florida. Meyer, según un recorte periodístico, fue detenido en los Estados Unidos por vagancia, pero fue puesto en libertad al declarar que “se dedicaba al juego, profesión lícita en Cuba”. Y los socios de estos hampones y de muchos más son las figuras prominentes del gobierno batistiano.

Cuando algunos de los pistoleros de Las Vegas necesitaron un certificado para permanecer en Cuba lo obtuvieron de inmediato. Tan inmediatamente como el senador Eduardo Suárez Rivas, hermano del ministro de Trabajo, pasó a ser secretario de la corporación que explota el casino del Havana Riviera.

Un artículo del 8 de enero del Miami Herald que guardé entre los documentos que fui acumulando durante mi obligada estada en La Habana, resultará mucho más ilustrativo que mis comprobaciones personales, limitadas por la imposibilidad de circular de noche a que me veía sometido. Este diario norteamericano dice: “Los jugadores aquí (Cuba) disfrutan de un paraíso libre de impuestos y literalmente son tratados como señores privilegiados. Los casinos rentados en los que ellos operan, son algunas veces fabricados con los fondos de la ayuda del retiro de los sindicatos a los que Batista controla. Incuestionablemente hay arreglos privados entre los jugadores y los políticos cubanos, para la distribución del nuevo capital producido por los casinos legalizados. Pero el único “impuesto legal” a los jugadores es un pago inicial de veinticinco mil dólares por un permiso y pagos subsiguientes de dos mil dólares mensuales. El juego cubano, ostensiblemente, es honesto. Pero en el pasado, el Departamento de Estado norteamericano protestó secretamente al gobierno de Batista de que “tontos americanos” fueran pelados en La Habana, violando el espíritu de la política del buen vecino. La última de estas protestas vino del Departamento de Estado en Washington después que el ya fallecido Bror Dahalberg, capitalista de Chicago y Miami Beach, perdió ciento cuarenta mil dólares en nueve minutos en un juego conocido como “razzle dazzle”. Al entrar en esta nueva utopía del juego, los inversionistas americanos se enfrentaron al hecho de que debían tener relaciones amistosas de trabajo con políticos. El ministro de Trabajo facilita certificados de “técnico” a americanos que deseen permanecer en Cuba como empleados y oficiales de los nuevos palacios de juego. Cada americano trabajando en cualquiera de los nuevos hoteles y casinos debe estar certificado como “técnico” por el ministro de
Trabajo de Cuba.

Hasta aquí el articulista norteamericano del Miami Herald. Otro periodista, esta vez cubano, Luis Conte Agüero, publicó antes de la censura total de prensa en su país este “prontuario”, logrado en los archivos de los diarios neoyorquinos, de los nuevos socios de Batista en la estimulación del turismo. Wilbur Clarck, tahúr de alta clase y con reputación de integridad; Eddie Levinson, tahúr de Las Vegas; Meyer y Jake Lansky, gángsters que operaban en el sur de Florida, ahora jefes de operaciones de Wilbur Clarck; Santos Traficante Jr., líder por herencia de la mafia de Tampa. Desapareció cuando lo buscaba un comité de represión presidido por el senador Kefauver y reapareció al cesar el comité. Fue arrestado como “Luisa Santos” en la convención del crimen en Appalachin, Nueva Cork, en noviembre de 1957. Charley (La Hoja) torine, de la mafia de Nueva Yersey. Tiene largo historial en los archivos del crimen y fue registrado como felón en Miami Beach en 1937. Es conocido como jugador tramposo. La última vez que Tourine fue arrestado, debido a la queja de un manager de hotel, tenía gran cantidad de dados cargados en su cuarto. Tomás Jefferson Mc Ginty, Sam
Tucker y Lefty Clarck: alcanzaron triste notoriedad en el juego de la vieja guardia del Estado de Ohio que fue diezmada por el gobernador Frank Lausche y que se dispersó hacia otros centros de juego, como Covington y Las Vegas. George Raft, artista de la pantalla, también reconocido como “técnico” por el ministro de Trabajo.
Estos son los historiales de algunos de los mimados del régimen que se inició en Cuba con el cuartelazo del 10 de marzo. La República del Caribe, la niña bonita de las Antillas, debe sufrir en sus entrañas el pernicioso cáncer de esta bolsa de tahúres, y la difamación constante de quienes sólo ven en el vicio importado el retrato de la patria de Martí.

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Capítulo XIII   

El cable llegó a mis manos ingenuo y absurdo. “Chicas en casa. Todos contentos. Te esperamos pronto”. Era evidente que ninguna de mis “chicas” había sido transmitida y que mi carta los había impulsado a mentirme para que regrese.

Ayudado por mi buen amigo –aquel que me admitió en su casa sólo por una noche y se constituyó luego en mi protector permanente- fabriqué con una tarjeta de la librería Pietro Nanni, de Bologna, y mi foto, una credencial que aseguraba que era “nostro representante alla America Centrale”, llena de errores contra la ortografía italiana, según descubrimos luego.

Por teléfono me reservaron una plaza en el avión de la una de la tarde para Santiago de Cuba, a nombre de Giogio Solari.
Cinco minutos antes de la salida del avión llegué a Rancho Boyeros. Había querido ir solo, por si mi credencial plastificada despertaba las sospechas de la gente del SIM, pero mi acento italiano y la carpeta con libros extranjeros flamantes y la lista de direcciones de las librerías de Santiago, convencieron.

Pese a que el avión hizo escala en Camagüey, Manzanillo y Holguín, llegamos de día.
El aeropuerto estaba ocupado por el ejército, que había acampado al costado de las pistas, y varias máquinas de guerra estaban alineadas mientras grupos de mecánicos trabajaban en ellas. Subí a un taxi y persistiendo en mi acento italiano, le pedí que me llevase al hotel Casagrande.

El vestíbulo del hotel estaba lleno de chivatos –como de costumbre., que se fijaron en mí con indiferencia. Fingí que buscaba a alguien al que al fin no hallé y salí cruzando hacia la Catedral. Encontré una calle transversal desierta y comencé a caminar por ella, para comprobar si era seguido o no.

Un negrito con su clásica gorra de visera larga venía tras mío. Viré en la esquina y no logré aumentar la distancia de veinte metros que nos separaba. Me había dado vuelta dos veces y las dos veces tenía sus ojos puestos en mí y en toda la cuadra no había un solo negocio para justificar una detención que lo hiciese pasar delante. Yo no dudaba de que me había seguido desde el Casagrande y comencé a creer que en pocos minutos más estaría frente al coronel Chiviano, jefe de la zona militar de Santiago de Cuba con justificada fama de asesino. Pero una guagua verde, con su cartel “Vista Alegre”, fue la más feliz vista a que podría haber aspirado en ese momento. Ascendí de un salto en el instante que se ponía en marcha. Mi negrito se paró en el mismo lugar en que lo sorprendió mi viaje. Mientras pagaba ocho kilos por un pasaje logré verlo clavado en medio de la vereda y apenas contuve los deseos de hacerle muecas y sacarle la lengua.

Cinco cuadras más adelante descendí de la guagua y realicé un gran rodeo para volver a acercarme a la Catedral. A dos cuadras de allí, desde donde se divisaba el vestíbulo del Casagrande con su enjambre de chivatos, encontré el timbre que había deseado apretar desde que bajé del avión.
Tuve suerte. Mis antiguos huéspedes se encontraban en la casa. Pero a juzgar por su expresión, no sintieron la misma alegría que experimenté yo al verlos.
- Lo hacíamos en la Argentina…
- Vine en busca de nuevos reportajes. Creo que hay más material, luego de la represión que siguió a la huelga…
- ¿Piensa volver a subir?
- Sí.
- Pero los guardias están concentrando tropas para iniciar la ofensiva que vienen preparando desde hace meses… La mayoría de las vías que utilizaban hasta ahora para llegar están vigiladas.
- ¿Quiere decir entonces que perdieron todo contacto con las tropas rebeldes?
- No. Algunos mensajeros llegan.
Eso me bastaba. Pedí hablar con Débora y minutos después una máquina vino a buscarme.
La coordinadora seguía ostentando su sonrisa profesional, pero la noté menos brillante que otras veces.
- ¿Así que quiere hacer nuevos reportajes?
Le conté la verdad. Y mi urgencia por volver a entrevistar a Fidel y al Che.
- Esta vez no va a poder ser. Fidel no recibe más periodistas hasta que finalice el movimiento de las tropas rebeldes. Están tomando nuevas posiciones, de acuerdo a los desplazamientos del ejército.
-Tengo la seguridad de que a mí me va a querer recibir. Y en especial, no me va a negar una entrevista mi compatriota…
- Va a tener que esperar unos días… Le prometo que mañana mismo enviaré un mensajero, comunicándoles que usted está aquí.
La lluvia volvía a descargarse con fuerza tropical sobre Santiago de Cuba.
- ¿Hasta cuándo va a seguir lloviendo? –pregunté por decir algo.
- La temporada de las lluvias dura hasta junio. Tenemos para un mes más. Pero aquí de vez en cuando hace buen tiempo. En cambio en las sierras no cesa de caer agua.
Comprendí entonces que el mensajero que iba a tardar unos días podría emplear unas semanas…
- ¿Se enteró lo de su colega, el español?
… y comprendí, además, que la consulta a Fidel era exclusivamente a raíz de lo que había sucedido en La Habana.
Sin dar mayor importancia a mí pregunta y como para cambiar de tema, le pregunté resignado:
- ¿No sabe nada del material de Paquito y mío?...
Tenía que llegar a Bayamo…
- ¿No lo recibieron todavía en La Habana?...
La coordinadora retornaba a su misión específica y era feliz.
- Es una barbaridad. Quizá lo estén reteniendo en Bayamo. Mañana voy a hacer que averigüen…
- ¿Por qué no me facilita un auto y voy yo? No sé qué voy a hacer encerrado todo el día. De paso saludo a la gente…

En Bayamo no se habían contagiado del pánico provocado por la confesión del español. Ni bien expliqué la situación, se dispuso mi salida hacia las montañas.
- Eso sí… Que ahora la cosa se puso brava…
- No es nada. Tengo más experiencia que la primera vez.

En un camión destartalado, pasé vestido de guajiro frente al cuartel de La Granja. Llevaba un paquete que me había confiado un guardia que iba colgado del estribo. El chofer, un campesino, era amigo de todo el ejército y a todos saludaba a gritos:
- Cómo va, compay.
- Qué hay, mi hermano…

Mientras por lo bajo y siempre sonriente les deseaba ocho agujeros en la barriga lo antes posible.
Los guardias fueron dejados en donde quisieron y después de algunos kilómetros el camión se apartó de la carretera central, para entrar dando tumbos en un campo de cañas. Afortunadamente no había guardia en los alrededores ni sobrevolaba el lugar el avión chivato.

Dejamos el vehículo oculto y caminamos cerca de una hora, hasta llegar a un bohío en donde ya me aguardaba un guía, un uniforme del 26, y dos caballos cerreros. El campesino se despidió con un abrazo y partimos. Llegaríamos a la montaña recién a la noche y en dos días más estaríamos en el Alto del Hombrito.

Debíamos atravesar una llanura, pero afortunadamente, la lluvia volvió a convertirse en catarata y nos vimos despreocupados de cualquier ataque aéreo. Yendo a caballo, podíamos protegernos con las capas de nylon y marchamos más de doce horas sin inconveniente alguno.

Dormimos algunas horas en un bohío en el que cambiamos los caballos por mulos y seguimos viaje al amanecer, siempre bajo la lluvia. Muy pronto debimos descender de las cabalgaduras y llevarlas de la brida. Las bestias resbalaban en la arcilla de las lomas y no podían subir, o se tiraban con las patas delanteras estiradas y las de atrás encogidas y bajaban a velocidad vertiginosa, chocando siempre con las rocas o los árboles. Y si nosotros íbamos delante debíamos saltar del sendero para dejarles paso, cayendo entre la manigua entretejida por el tibisí que nos cortaba la cara y las manos. A medida que transcurrían las horas, nuestro cálculo de estar en el Alto del Hombrito en tres días, se hacía menos exacto.

Yo no comprendí qué milagro nos protegía de ser alcanzados por las patadas de las bestias, cuando muchas veces rodábamos juntos. Había transcurrido el segundo día y estábamos en la zona de San Pablo Yao. En los pocos bohíos que encontramos a nuestro paso, nos indicaban la posición de los guardias. Una patrulla de treinta hombres iba medio día de camino adelante. Pero era muy probable que retornase en cualquier momento, ya que iba acercándose a la zona rebelde. La proximidad de la gente del ejército batistiano se reflejaba en el éxodo de campesinos, que abandonaban la región con sus mujeres, sus hijos y sus animales, descalzos y bajo la lluvia.
A mediodía bajamos hasta un arroyo y lo fuimos bordeando hasta llegar a un edificio de maderas y cinc. Varios hombres y mujeres estaban en los alrededores de la casa, mirando hacia una loma que se levantaba enfrente. La lluvia había cesado y caía una llovizna helada a la que no le podía impedir la entrada por mi cuello.

Al acercarnos a la finca, mi guía fue saludado con efusión y yo tuve que estrechar más de diez manos cuando se enteraron que era “el argentino”. Todos habían escuchado los reportajes y aunque conocían mi nombre y apellido, simplemente me llamaban por el gentilicio.

La dueña de casa se acercó con un pequeño revólver calibre 22.
- ¿Y para qué quiero esto, señora? Yo jamás tiré un tiro, y además, no creo que con este revolvito pueda hacer mucho.
- Escúcheme, argentino –dijo entre las sonrisas de los demás-. Todo lo que usted dijo por radio, así como lo escuchamos nosotros, lo escucharon los batistianos. Ya sé que con este revólver no se va a poder defender, pero si se encuentran con los guardias, tire para que le tiren. No caiga vivo en manos de ellos.

Ya nadie reía. Yo tomé el revólver y el puñado de balas que me ofreció. Después supe que era la viuda de uno de los veintiséis guajiros que Sánchez Mosquera había asesinado en El Corojo, luego de torturarlos, simplemente para mostrar al campesinado lo que le iba a ocurrir si seguían colaborando con los rebeldes.

Afortunadamente había en la finca un par de buenos caballos acostumbrados a las lomas.
Los guardias estaban en la falda de la montaña que debíamos ascender nosotros para llegar hasta El Hombrito y de allí a La Mesa y decidimos correr el riesgo, bordeando la loma en lugar de subirla, por el lecho del arroyo.

Nos despedimos de los campesinos y clavamos espuelas. Los caballos galopaban sobre las piedras redondas, como por una playa y parecían gozar con la carrera. En tanto nosotros vigilábamos más la manigua de la montaña que la marcha de los animales. Esperábamos en cualquier momento escuchar el tableteo de las ametralladoras batistianas, pero sólo oímos durante más de una hora el ruido de los cascos sobre las piedras.

Las caravanas de campesinos que huían nos veían galopar en sentido contrario y nos miraban con lástima. Algunos nos detenían para hablarnos de los ya famosos treinta guardias que habíamos tenido delante durante todo el camino.
Hicimos noche en una gran finca, en donde el jefe de la familia cumplía su misión, de acuerdo a los cánones patriarcales, sin olvidar la larga oración antes de comer. Nos habían prestado ropa mientras la nuestra se secaba colgada sobre el fogón. Al terminar la cena fumé el primer tabaco del día, ya que la lluvia me había arruinado todos los intentos, sentado en el patio de tierra blanda.
El viejo campesino demostraba una admirable delicadeza hacia su mujer, a la que los muchachos y las muchachas mimaban. Hablamos, por supuesto, de Cuba y de Fidel
- Usted que estuvo con el Che, ¿vio entre su gente a un muchacho alto, delgado, al que llaman Cucho?
Hice memoria, mientras todos me prestaban una atención singular.
- No, señora. ¡Imagine la cantidad de rebeldes que responden a esas señas! No hay uno solo que sea gordo. Hasta el sobrenombre es común…
- Pero mamá… Cómo va a estar con el Che si lo vieron con Raúl en el frente de la Sierra Cristal…
La mujer replicó con terquedad.
- Pero yo no le creo al que dice haberlo visto. Estos guajiros son muy mentirosos.
Los hijos y el viejo trataron de convencerla de que efectivamente Cucho estaba lejos, en la Sierra Cristal. Minutos después la mujer se fue a dormir.
El viejo me confesó lo que yo ya imaginaba.
- A mi Cucho lo mató Sánchez Mosquera.
No dijo más ni yo le pregunté. Para qué hacer sufrir al pobre hombre con el relato de un crimen que se habría cometido como todos los demás. Seguí fumando sin hablar y un rato después nos fuimos a acostar en las hamacas preparadas en el gallinero.

Durante todo el día siguiente no llovió, aunque los caminos seguían imposibles para las bestias, a las que teníamos que llevar durante horas de la brida. Pero alrededor de las cuatro de la tarde llegamos por fin a La Mesa.
El campamento había sido levantado y con él se marcharon Tranquilino y su cerdo Pancho.
Sólo quedaba un grupo de hombres al mando de Ramirito y el comandante Juan Almeida.
Ramiro corrió a abrazarme.
- ¿Qué tú haces aquí?... ¿Te vienes a incorporar?...
Le conté la historia de mis reportajes y celebró mi desgracia a carcajadas.
Una muchacha salió de un bohío.
- ¡Por favor, comandante!... –reclamó.
Y volvió a esconder la cabeza tras la cortina de arpillera. Sobre el dintel había un cartel que decía:”Ejército Revolucionario 26 de Julio. Escuela número 6”.

Al rato llegó Cantellops, el gigante, con un mulato flaco que tenía la canana colgada de cualquier hueso y un enorme sombrero de fieltro bamboleándose en su cabeza.
Me lo presentó como comandante Almeida.
- ¿Usted es Almeida?
- Oye chico… ¿qué tú crees? Es seguro que leíste el artículo de un periodista norteamericano, que me vio una noche cuando bajó de las lomas, cansado de muerte el hombre, y después me describió como a un gigantón senegalés.
Hablaba con el repiqueteo rápido de los negros cubanos y cortaba las palabras como los habaneros.
- ¿Qué tú dices… argentino? ¿Sabes que cuando subiste la primera vez por Tres Términos te estuve mirando desde una loma?... Pasaste casi encima mío y no me viste…
- Me hubieses parado para ofrecerme un poco de café.
- No… caballero. Que los periodistas anden p’arriba y p’abajo… pero que no se metan conmigo. Si quieren hacer preguntas que se las hagan a Fidel… Yo tiro tiros.
- Y te tiran –dijo Ramiro, riendo-. Hace poco le hicieron tres agujeros en el mismo combate… se paró a insultar a los guardias porque no querían pelear… ¡Que bruuuto, caballero!...
Almeida nos miraba reír con resignación.
- Pobre negrito… Ya no me quedan ni los huesos, y encima me los quieren quebrar estos hijo’epinga… Yo les dije que tiraran p’a darles ánimo y me encajaron tres tiros de puro animados que quedaron…
Cantellops, que había ido hasta el local de la escuelita, volvió con una carta:
- Toma… échala cuando estés fuera del país. Es para mi mujer, en Nueva Cork. Hace más de un año que no sé nada de ella…
Recibí el sobre y lo guardé en uno de los bolsillos del pantalón.
- ¿Y cómo anda la cosa por su zona? –le pregunté a Almeida.
- Por la mía, bien… subí ahora para que no nos maten a éste –dijo señalando a Ramirito-, que no tira un tiro hace un año, y ya perdió la mano. Le decimos Bulganin, porque es “mariscal de intendencia”.
Ramiro recibió la chanza, sin inmutarse, mirando con toda calma la punta de su barbilla de mandarín, sobre la que reposaba la pipa en forma de S que colgaba de sus dientes.
- Donde la cosa se puso brava, fue por donde tú bajaste, cerca del Dorado.
- Por ahí andaba Camilo Cienfuegos…
- Sí pero Camilo con bastante gente se había replegado para conversar con Fidel, y dejó a una patrulla al mando de Alcibíades… Una madrugada se les metieron cerca de doscientos guardias –ellos eran quince- y entraron a tiros.
- ¿Hubo muchas bajas?...
- Todos lograron escapar, menos Guillermito.
Recordé de inmediato al muchacho imberbe, de melena hasta los hombros, al que el Che y Sorí Marín llamaban en broma “la nena” por su cabellera. Tenía dieciocho años y una alegría que estallaba en risa por cualquier causa. Sólo se ponía serio y se apasionaba, cuando hablaba “del Movimiento”.
- ¿Cayó prisionero?
- No. Le pegaron un tiro en el estómago, y resistió todo lo que pudo desde el suelo, disparando su rifle hasta que le quedó la última bala en el cargador. Esa fue para él. No quería que lo agarrasen vivo. Arrastraron su cadáver hasta Bayamo y lo pasearon por la calle General García, como un trofeo, gritando a las puertas y las persianas cerradas de las casas, que quien quisiera ver a uno de los barbuses churrosos, que saliera.

Almeida trató heroicamente de que su voz no tradujese la angustia que le provocaba el relato, pero su pronunciación fue mucho más entrecortada que de costumbre. La muerte era una de las dos caras de la moneda que revolean diez veces por día los rebeldes, y muchas veces hablan de ella sin considerarla de otro manera que una lógica consecuencia de la pelea.
Pero a veces el que cae no es un rebelde más, sino uno de los que se distinguieron de la legión, como siempre se distingue de un grupo de amigos, el de la lealtad, el de la generosidad invariable, el de la alegría, el del coraje, el que siempre provoca con su llegada una sensación optimista a todo el conjunto.
Indudablemente, Guillermito era así.

Ramiro me indicó que Fidel estaría cerca de La Plata y que era imposible hacer un trayecto a caballo por la costa, porque la marinería bombardeaba día y noche. Me resigné a marchar a pie, ascendiendo el Zorzal, la Nevada, para seguir por el firme de la Maestra hasta la Jeringa, la loma más temida por todos los que se ven obligados a transitar por ese lugar.
Dormí en La Mesa y a las cuatro de la madrugada siguiente, el guía que se me había asignado, un hombre de barba negrísima y melena ensortijada cayéndole hasta más debajo de los hombros, vino a sacarme de la hamaca.

La lluvia había comenzado a caer nuevamente, con una violencia que lastimaba y a medida que ascendíamos al Zorzal, una loma perpendicular sin ningún estribo en donde hacer alto, desgrané un largo rosario de maldiciones a todas las radios y radioaficionados que me mintieron haber transmitido mis grabaciones a Buenos Aires. Llevaba una ligera mochila, con un nylon y la hamaca y algunos guineos, pero ni eso podía soportar. Aferrándonos a las matas que bordeaban el casi invisible trillo, ascendimos lentamente, resbalando a cada paso. Sin el auxilio de la vegetación, hubiésemos rodado cuesta abajo, pero sirviéndonos de ella, nos heríamos las manos con las espinas y el tibisí. Y la lluvia sofocaba como un baño de caldo.

El más afectado, por supuesto por el clima caliente, era yo, que debía permanecer de rodillas varios minutos cada doscientos o trescientos metros, para tomar aliento.
Casi un día nos demandó el terrible Zorzal, para llegar hasta su cumbre y descender. Los pantalones empapados se adherían a las rodillas y nos costaba doblarlas y las botas cargaban más agua que el vientre de un camello.
Dormimos en un bohío y antes del amanecer volvimos a partir. No nos habíamos preocupado en quitarnos siquiera las botas, porque sabíamos que, en esa región, la lluvia iba a durar semanas con la misma intensidad.
Esa vez, el clima me favoreció. Al llegar a la falda de la Nevada, el viento helado nos hacía tiritar y el agua penetraba entre las ramas de los árboles, como alfilerazos. El guía, a quien ya conocía por su apellido, Cañares, comenzó a sentir dolores en los huesos y yo en cambio a animarme y a caminar más aprisa.

Almorzamos bajo la lluvia dos bananas y media lata de leche condensada y continuamos un viaje que ya me había insensibilizado. Afortunadamente, me olvidaba durante horas que estaba ascendiendo montañas, y caminaba por la selva pensando en la forma en que encararía los nuevos reportajes y cómo los sacaría del país. Algún resbalón o el pinchazo de una mosca macayera, compañera de tribu de las que me habían hinchado los brazos y el cuello, me despertaba y recordaba mi cansancio. Por la posición del ascenso, me dolían terrible mente el cuello y la nuca, pero el frío era un permanente reconstituyente que me obligaba a continuar.

Tres días después, y siempre en las mismas condiciones, logramos superar la Jeringa y llegar a Agua Reves, en donde había un campamento rebelde.
Me despedí de Cañares y con un nuevo guía, seguí hasta Santo Domingo, zona del comandante Luis Crespo.
Era de noche, pero ningún candil estaba encendido en el campamento. Cuando me presentaron a Crespo, apenas pude divisarlo, como tampoco me enteré cómo era lo que estaba comiendo del plato que alguien me alcanzó. Lo único que percibí fue que se trataba de un mazacote helado.

Varios rebeldes estaban escuchando los informativos radiales en un pequeño aparato portátil.
- ¿Alguna novedad? –pregunté a Crespo.
- ¿Usted conoció a Carlos Bastidas, el ecuatoriano?...
- Sí, cerca de Jibacoa.
- Lo mataron anoche en La Habana.
El mazacote helado ya no pasó por mi garganta. No hice ninguna pregunta y Crespo siguió:
- La policía informó que lo asesinaron al entrar a un bar. Fue un sargento del SIM, al que se le escapó un tiro que le perforó la cabeza…
- Habrá apuntado bien antes de dejar escapar el balazo…
- Yo lo conocía a Carlos. Se había entusiasmado con la revolución y quería ir a Estados Unidos a promover una acción en la OEA contra Batista…
- Sí… era muy joven…
- Lo deben haber seguido al llegar a La Habana y cuando comprobaron que era el periodista ecuatoriano que había estado en la sierra lo remataron. Fue en la calle Neptuno. Es muy posible que haya hablado con alguien y lo chivatearon… Tenía un carnet de la Casa Blanca, que lo acreditaba como periodista. Había estado en los Estados Unidos algún tiempo y le costaba creer que los yanquis fueran capaces de hacer lo que están haciendo aquí. Creía que con una buena propaganda se podría presionar al Departamento de Estado para que ordene el cese de los bombardeos…
- Sí… era muy joven…

* * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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Capítulo XIV         

- ¡Eh!... argentino… ¿qué haces de vuelta por aquí?...
Guevara me saludaba riendo, mientras yo desmontaba frente a la tienda en donde había instalado su comandancia en Las Vegas.

Le conté la pérdida de mis reportajes y lo celebró como el chiste más gracioso que hubiese escuchado en su vida.
- Mejor, así nos hacés otro… Fidel anda con unas ganas de hablar que nadie lo contiene… Se enteró de la “cantada” del gallego en La Habana y la muerte de Bastidas… Además está el asunto de la huelga…

Mientras almorzábamos junto a Celia Sánchez, que ahora estaba encargada del suministro de víveres y semillas a los campesinos de esa zona, hablamos de los últimos acontecimientos y del relevo de Faustino Pérez.
Le conté también mi entrevista con Aguilera y mis impresiones acerca del fracaso de la huelga. Era evidente, que estaba perfectamente informado de todo y que lo que quería, era un cotejo entre sus corresponsales, miembros del Movimiento y parte interesada, y yo, simple observador.

No habíamos terminado de comer, cuando se sumó a nosotros el capitán Horacio Rodríguez.
Yo lo desconocí. Lo había visto recién operado en el hospital de campaña y a la luz de una lámpara. Ahora se me presentaba robusto y de aspecto saludable, pese a su ligera palidez.
- ¿Ya está bien? –le pregunté asombrado.
- Me tuvieron a cura de malanga. Día y noche malanga, hasta que dije basta y me levanté.

Con una excepción increíble para esa época, el cielo estaba despejado y brillaba el sol. A la tarde, salimos con Guevara a caballo rumbo al campamento de Fidel, distante apenas unas horas. El comandante en jefe, había cesado en su endemoniada carrera por las lomas de la Maestra y ordenado acampar en una zona desde donde la planta transmisora de radio tuviese mejores probabilidades de emisión. De las palabras de Guevara se desprendía que el fracaso de la huelga había hecho comprender a Castro, que debía manejar personalmente la marcha política del Movimiento y que para ello tendría que abandonar al menos parcialmente, las actividades bélicas, limitándose únicamente a dirigir las operaciones desde la comandancia. Esa situación, a la que Fidel se avino de muy mala gana, se la habían planteado los miembros de su Estado Mayor en varias oportunidades.

Fidel Castro tuvo la misma sorpresa que Guevara al verme llegar. Alegre por la visita, me estrechó en un abrazo de oso.
- Advierto que me voy mañana mismo –dije bromeando-. Así que les pido que ya mismo grabemos los reportajes. Esta vez, los llevaré conmigo.
Los truenos indicaron de improviso, que la temporada de las lluvias había arreglado sus desperfectos y seguía su marcha. Los caminos sometidos al fuerte sol de la tarde, fueron apenas transitables, pero si seguían las lluvias, iba a ser prácticamente imposible retornar a caballo.
- Pero che… usted siempre apurado… Si con estas lluvias no va a poder salir de aquí ni en buque…

Fidel se había tirado en un jergón apoyado sobre cajones, y su mole hizo descuajeringar la improvisada cama.
Encendimos tabacos y conversamos horas, durante las que Guevara se encargó de matizar cualquier situación en que Fidel se violentaba, con bromas de todo calibre. Hacía bastante tiempo que no se veían y era evidente que estaban contentos de volver a charlar.
- Quisiera hacerle una pregunta, fuera del reportaje…
- Sí…
- He leído en La Habana la versión completa de su autodefensa. ¿Es la versión taquigráfica de los jueces o una reconstrucción más o menos aproximada?
- Cuando fui encerrado en Isla de Pinos, me dediqué a reconstruir en la forma más textual que me fue posible, la improvisación que pronuncié ante el tribunal. Como no me dejaban escribir más que cartas a mis familiares, y éstas eran censuradas, me convertí en el pariente más cariñoso del mundo. Dirigí cartas hasta a mi difunta bisabuela… porque detrás de la carilla escrita con tinta, escribía con limón el texto de la autodefensa. Sólo podría hacerlo durante una hora por día, porque ése era el lapso en que el sol penetraba por la ventana y me permitía ver más o menos lo que estaba escribiendo. Por supuesto que un escrito del volumen que me proponía no podía realizarlo sólo en las cartas, así que también escribía en trozos de papel, que luego envolvía y arrojaba por la ventana de la celda, al pabellón en donde estaban Ramiro Valdéz y los demás compañeros. Así, una a una, fueron saliendo todas las páginas de la autodefensa, lo mismo que manifiestos y planteos al gobierno. Hubo una época en que estaban desconcertados y me vigilaban constantemente, pero ni bien se descuidaban media hora, era media hora que dedicaba a confeccionar más cartas y proclamas…
- ¿Y no tomaron represalias?
- Por supuesto. Como no se atrevían a golpearme, porque sabían que los ojos del país estaban puestos en los revolucionarios en Isla de Pinos, me sometieron a cuánto daño podían concebir. Me quitaron el bombillo de luz, para no permitirme leer y se negaron a reparar el vidrio de la ventana por el que se colaba la lluvia sobre el camastro. Y cuando no llovía, los famosos mosquitos de Isla de Pinos no me dejaban tranquilo de día ni de noche. Hubo una temporada en que con varios fósforos hacía una mecha y la empapaba en grasa o aceite.

Mientras duraba el olor y el humo, los mosquitos se alejaban, pero cada media o tres cuartos de hora, tenía que volver a confeccionar la mecha y a quemar grasa. ¡Qué crueldad absurda y pequeña! No les bastaba haberme condenado a veintiséis años de cárcel y tenerme bien seguro. Ellos querían los veintiséis años de cárcel y además, los mosquitos.
Mientras Fidel contaba su odisea en aceite y grasa, Guevara reía a carcajadas.

A la mañana siguiente, grabamos los reportajes. Más o menos, fueron las mismas preguntas e idénticas respuestas que en la ocasión anterior, con el agregado de la huelga.
Fidel justificó el fracaso, expresando únicamente que se había fallado por cuestiones tácticas y anunciaba el cambio de la mayoría de los dirigentes de la Dirección Nacional del Movimiento.
Llovió durante todo el día y la noche siguiente, y la tierra arcillosa era chocolate espeso bajo las botas que resbalaban. Decidí partir igual.
- Quédese un poco más, che… Total, no va a poder salir de la Sierra a menos que vuelva por La Mesa. Y con este tiempo es imposible.
- Pienso salir por Veguitas…
Guevara rió.
- Estás loco… hay una concentración de tanques y por lo menos dos mil hombres del ejército.

Yo insistí en salir por esa vía. En dos días, podría estar de regreso en La Habana.
A las siete de la mañana, partí en mulo de retorno a Las Vegas. Guevara prometió encontrarse conmigo esa misma noche y Fidel no quiso despedirse.
- ¡Vamos, che!... Si lo voy a encontrar en Las vegas un día de éstos… No va a poder salir…
Por supuesto que no lo dijo como un desafío. Pero yo lo tomé así.
- Bueno. Pues será hasta cuando caiga Batista. Lo invitaré a un daiquiri en La Habana…

Los mulos en los cuales viajábamos se negaron muy pronto a lanzarse por las lomas chirles.
Y después de un duelo a mordiscones y patadas por parte de ellos y a espuelazos y palazos por la nuestra, decidimos que tendríamos que llevarlos de la brida. No obstante, a las dos de la tarde estábamos en Las Vegas.
Como no tenía nada que hacer, mientras esperaba el regreso de Guevara que me proporcionaría un guía hasta un campamento de Veguitas, me fui al flamante “Palacio de Justicia”, instalado por Sorí Marín.

Encontré al auditor general mucho más viejo que el mes anterior y con varios kilos menos de peso.
Con toda cortesía me invitó a pasar a su despacho, un rincón del bohío en donde había colocado una mesa y un camastro, y me sirvió café. Con él no se podía hablar de otra cosa que de su trabajo.
Tenía mil procesos pendientes y en especial uno que le preocupaba hasta la obsesión. Estaba convencido de que tendría que aplicar la pena de muerte a un asesino reincidente, que había practicado bandolerismo en la Sierra, un tal Walter, contra el que habían declarado decenas de personas. En otros tiempos había querido cooperar con el Movimiento 26 de Julio y se le confió una patrulla.
Sorí Marín me enseñó el texto del Reglamento Penal por el que se regía la justicia revolucionaria.
En el artículo 12 se indicaba: “Serán castigados con la pena de muerte los delitos de asesinato, traición, espionaje y violación”. Salvo el de espionaje, Walter había cometido todos los demás.

Un enorme legajo, integrado por actas y cartas, comprobaba que el acusado estaba ejercitando su derecho de defensa. Cuando se le ocurría que alguien pudiese justificar alguno de sus actos, lo señalaba y el juez enviaba en busca del testigo a una patrulla, que a veces tardaba más de una semana en regresar.
- ¿Hubo otros casos en que se debió aplicar la pena de muerte?
- Desgraciadamente sí. La primera pena de muerte ordenada por el tribunal revolucionario, se le aplicó a un grupo de bandoleros que asaltaban a los campesinos y les robaban, en nombre del Movimiento 26 de Julio. Después de varias emboscadas, se logró apresar a los culpables, a los que encabezaba uno a quien llamaban el Chino Chan. Recuerdo que las horas previas a la ejecución fueron terribles para todos los que habíamos firmado la primera sentencia de muerte. Y el más afectado era Fidel, quien podía, en su condición de comandante en Jefe, dictar el indulto. Cuando se iba a ejecutar la sentencia, fue hasta donde estaba prisionero Chan y conversó con él. Le preguntó si no comprendía el mal que había causado al Movimiento su bandolerismo y si no creía que su muerte era necesaria, como un ejemplo, para todos aquellos que sientan la tentación de “alzarse” por su cuenta, con el único fin de delinquir. El Chino Chan, sólo respondió que estaba completamente seguro de que su muerte era necesaria.

Mientras hablábamos, aguardaba en la puerta un guajiro de unos dieciséis años. Venía a averiguar cómo había que hacer para casarse. Había caminado cuatro días para llegar hasta el juez.
-Esto –dijo Sorí Marín con convicción- me emociona. Prácticamente ningún guajiro que no haya salido de la sierra, está casado ante la ley. Y tienen por lo regular más de diez hijos, sin registrar en ningún documento público. Esta gente, para el gobierno cubano no existe. Y sin embargo, trabaja y produce. Y ya ve usted. El Ejército Revolucionario fue haciendo comprender al pueblo campesino de la zona rebelde, la necesidad de otra forma de vida más civilizada, por la patria y por cada uno de sus habitantes. Y son capaces de caminar cuatro días para llegar hasta el juez, con tal de utilizar el instrumento que los acerca un poco más a la vida de la república, de la que siempre permanecieron ignorados y alejados.

Eran las cinco de la tarde cuando llegó Guevara.
Me preguntó si aún quería irme por Veguitas y se lo ratifiqué.
- Es una lástima… Si pudieses quedarte unos días más, te iba a llevar a la academia militar que fundamos hace poco. Todos los reclutas jóvenes que no podemos incorporar por falta de armas y que quieren quedarse con nosotros, ingresan a la academia. Están sometidos a un régimen de disciplina estricto y a entrenamientos muy severos. De ahí esperamos sacar en breve buenos oficiales.
- ¿Y quiénes los entrenan?
- El director es el capitán Lafferte. Hasta hace algunos meses era oficial del Ejército de Batista. De la academia, lo mandaron al frente y en el primer encuentro con nosotros, cayó prisionero. Lo menos que esperaba, era que lo torturasen. Pero poco a poco se fue convenciendo de que “los forajidos” no éramos como les contaban a ellos sus oficiales. Un día, resolvió incorporarse a nuestras fuerzas y luego de un período de tiempo, para que reflexionase sobre su actitud, lo aceptamos. Está seguro de que si muchos de sus antiguos compañeros supiesen la verdad con respecto a los rebeldes, la guerra terminaría en pocas semanas.
Como militar de academia, no puede dejar de despreciar a superiores como Fernández Miranda, el cuñado de Batista, a quien se le regaló graciosamente el grado de general por simple parentesco. Y muchos de los que ostentan galones de mayor en adelante, han logrado el puesto pasando por sobre todas las jerarquías anteriores.

Después de la comida, nos echamos en las hamacas a fumar y a conversar. Poco a poco, todos se fueron retirando y quedamos solos Guevara y yo. Hablamos sobre el futuro del Movimiento 26 de Julio, sobre sus posibilidades militares y políticas…
- La única posibilidad es la de pelear. Y hay que seguir peleando que es la única manera de ganar.
… y sobre su vida ahí, metido en la Sierra Maestra, lejos de todo lo suyo…
- Esto es lo mío. La lucha por un pueblo que quiere ser libre. La satisfacción de ver ir creciendo a esa pequeña criatura inimaginada que se convirtió en la fuerte y ágil revolución que sin quitar el ojo de la mira, entregó tierras a los campesinos, proveyó un instrumento judicial a sesenta mil almas; enseñó a leer y escribir a miles de niños y jóvenes…
… y con los enormes problemas de la hora del triunfo, cuando el héroe de la guerra no sea nada más que una reliquia de museo o una molestia política…
- Los problemas del triunfo, no son consecuencia de la lucha, sino la lucha que continúa. Si el pueblo cubano quiere que yo siga ayudando en otro terreno que no sea en el que ahora estoy, seguiré… Y si no me iré…. Luchamos para que el pueblo decida.
… Y la constante puja contra los que sólo adhieren al Movimiento porque esa es la expresión más concreta de la lucha contra Batista, sin enterarse de que se está realizando una revolución, a la que no quieren…
- Tenemos también lo que podría calificarse de “ala derecha”, especialmente en La Habana, netamente conservadora. Por supuesto, muchos se convertirán en detractores. Es lógico que así suceda. Ocurre en todas las revoluciones…
Me dormí pensando en la jornada del día siguiente, mientras la lluvia trataba de romper el techo de cinc de la tienda.

* * * * * * * * * * *

Capítulo XV

Al amanecer había escampado y mientras marchábamos a caballo hacia Providencia, el sol se hacía más fuerte a cada tranco. Fidel no había ido a Las Vegas y no me había podido despedir de él. A Guevara lo dejé escribiendo a máquina mensajes a todos sus capitanes, preparando las patrullas para la ofensiva que el ejército iba a lanzar de un momento a otro.

Escondiéndonos de los aviones que sobrevolaban constantemente la zona, pudimos llegar hasta un caserío incendiado. Por las características de los escombros ennegrecidos, era claro que habían regado fósforo vivo.
El panorama era familiar, pero no reconocía a los restos del pueblo.
- Yo pasé por aquí… -le dije dubitativo al guía.
- Es claro. Para ir a Jibacoa a entrevistar a Fidel. No hay camino mejor.
- Pero no recuerdo este pueblo incendiado.
- Porque lo quemaron hace dos semanas…
El latón retorcido de lo que había sido una heladera de gran tamaño, me hizo comprender dónde estaba. El guía siguió hablando.
- Esta era la bodega del turco Nassim. El se salvó, pero mataron al niño y a una criada… El ejército saqueó todo el pueblo. Lo único que no pudieron llevarse fue la heladera… Después metieron candela…

Estaba por caer la noche cuando llegué al campamento de Víctor Mora.
Era mi última etapa, antes de intentar la salida por Veguitas.
Varios rebeldes, partieron en busca de ropas civiles de mis medidas por los bohíos vecinos.
Sólo me faltaban zapatos.

Convinimos con Mora que yo iba a ir con una patrulla hasta las cercanías de la carretera y me quedaría ahí escondido mientras una muchacha que bajaría conmigo iba hasta Veguitas a comprarme zapatos y conseguir una máquina que me llevase hasta Bayamo.

A las cuatro de la madrugada, me afeité con todo cuidado –estar rasurado es una relativa garantía en Oriente- y marché con la patrulla. A mitad de camino se nos unió la muchacha que tendría que cumplir su cometido en Veguitas y luego acompañarme fingiéndose mi esposa, hasta Bayamo. Cuando salió el sol y la vi bien, cambié los planes. Era gorda y colorada y no tenía un solo diente que lucir. Decidí entonces que si éramos interrogados en la carretera, ella aseguraría viajar sola, mientras que el chofer me presentaría a mí, como a un técnico alemán en ganado cebú. Estaba seguro que ningún guardia de Batista, en la Maestra y sus alrededores, sabría una sola palabra alemana y como la zona era ganadera por excelencia, la excusa podría ser válida, si la suerte me seguía acompañando.

La patrulla llegó a destino y fue a tender una emboscada. Y mi robusta compañera y yo, quedamos tendidos entre la manigua. A las ocho de la mañana un automóvil se acercó a marcha reducida y ella corrió hasta el camino. La gente de Mora había coordinado bastante bien las cosas.

Pero, pasaron horas y la enviada no retornaba con los zapatos y en el vehículo que me sacaría de allí.
Cuando ya desesperaba, un coche pasó por la carretera desierta a gran velocidad. En el asiento trasero iba la que debía ser mi compañera. Creí que seguiría de largo porque habría sido descubierta, pero en cambio transcurrió otra hora y ningún vehículo pasó por el lugar, salvo un jeep del ejército que iba en sentido contrario. Y yo seguía tirado en el suelo, con el uniforme fidelista y mi atado de ropas civiles esperando uso inmediato.

Eran las tres de la tarde, cuando volvió a aparecer la máquina esperada. Mi acompañante se había olvidado el lugar en donde me había dejado, y por temor al jeep militar que habían cruzado por el camino, siguieron viaje muchos kilómetros antes de regresar. Me traía unos zapatos enormes, más colorados que su cara sudada. Sentado en el suelo me cambié los pantalones y la camisa y recién en el coche, apoyé los pies dentro de los zapatos que muy bien le hubiesen quedado al mismísimo Fidel Castro.
Entramos en Veguitas en medio de uniformes batistianos, pero nadie detuvo al coche. Todos los soldados parecían haberse volcado en las calles y en las esquinas de las bodegas, las concentraciones eran mayores.
- Esta noche va a correr la marihuana entre los guardias –anunció el chofer mientras tomábamos la carretera hacia Bayamo. La ofensiva es al amanecer.
Un día más que me hubiese quedado y mis reportajes habrían tenido que esperar un tiempo bastante prolongado antes de llegar a Buenos Aires. No obstante, lamenté no estar presente en las que creí serían acciones en gran escala. Afortunadamente, no tuve que arrepentirme, porque el ataque que los batistianos habían preparado durante meses y para el que habían adiestrado oficiales en los Estados Unidos, duró cuatro días, en los que sufrieron los reveses más severos que habían tenido hasta entonces.
La gente de Bayamo me recibió con la cordialidad de las dos ocasiones anteriores y con la misma eficiencia, organizaron el traslado a Santiago de Cuba. Esa noche, con mi portafolio lleno de libros y mi identificación italiana, tomé el avión de las doce rumbo a La Habana.

Alguna de las mujeres que viajaban en la misma máquina, llevaba ocultas mis cintas grabadas.
Estaba sentado en el avión que ya correteaba rumbo a Buenos Aires y todavía sentía en las sienes el bullir de la sangre. Lo que parecía imposible, al intentarlo no lo fue. Me había escurrido una vez más entre los hilos de la red de Rancho Boyeros.
Me ajusté el cinturón de seguridad, sin dejar de apretar contra mí el impermeable en cuyo bolsillo habían deslizado en el último segundo, las cintas grabadas y las películas fotográficas.

Por la ventana del avión me parecía ver, todavía, las caras asombradas de los que me habían acompañado en el intento, teniendo la absoluta seguridad de que fracasaría.
La Habana se fue quedando abajo, atrás, pequeña, con sus rascacielos y su cimbreante malecón.

La gran ciudad parecía mínima, indefensa y querida, como una paloma enferma que pudiese cobijar en el cuenco de las manos. Allí quedaba la cúpula de Palacio, protegiendo a Batista y su cohorte de gángsters; La Habana vieja con sus calles de nombres españoles y las patrullas de hombres vestidos de azul; el Vedado brillante con las avenidas numeradas y las patrullas de hombres vestidos de azul; Marianao, con sus casas con jardines y sus aviadores gringos que mascan chiclets; Regla con sus barcas viejas y las paredes que gritan “Fidel”.

La Habana se fue quedando abajo, atrás, pequeña, con sus rascacielos y su cimbreante malecón.
Creí que una vez fuera de ella, sin policías secretos, ni chivatos, ni agentes del FBI debajo de las alfombras, me sentiría alegre, satisfecho. Pero no era así. Me encontré dentro de mí con una extraña, indefinible sensación de que desertaba…

La máquina había dejado de trepar y un cartel me indicó que podía quitarme el cinturón de seguridad y fumar. Apreté con fuerza un tabaco entre los dientes.
Debajo, seguía desdibujándose Cuba, en el verde fuerte de la cordillera de la Maestra.
Ahí quedaba el ejército de niños hombres que celebraba a gritos y carcajadas la llegada de un fusil o una ametralladora; Cayo Espino con su chico muerto y sus casas agujereadas; El Dorado, con Guillermo revolcándose en el suelo calculando la última bala; los aviones plateados que en giros hermosos regaban metralla; el Che Guevara con su pipa mezclada en la eterna sonrisa; Fidel Castro con su cuerpo enorme y su voz de niño afónico…
Y volví a encontrar dentro de mí una extraña, indefinible sensación de que desertaba, de que retornaba al mundo de los que lloran…

* * * * * * * * * * * * * * *

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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RODOLFO WALSH, EL AJEDREZ Y LA GUERRA Por DAVID VIÑAS

"Recuerdo cómo salimos en tropel los jugadores de ajedrez... y cómo, a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo serios y éramos cada vez menos, y al fin, cuando crucé la plaza, me vi solo". Operación masacre.

"Literatura argentina y política II", publicado en 1996. © 1996 Sudamericana
* El derrotero crítico de Walsh culmina en Operación masacre, de 1957, ese testimonio fundamental que por su movimiento de página y por su entonación se graba con nitidez en un curso trágico: el que inaugura José Hernández con sus comentarios al degüello del Chacho Peñaloza en 1863, prolongado en el aguafuerte de Roberto Arlt con la descripción del fusilamiento de Severino Di Giovanni en 1931. Esos momentos portan tres blasones que corroboran las complejas y mediadas pero decisivas relaciones entre la política argentina y el espacio textual: la liquidación del gaucho rebelde, la eliminación del inmigrante peligroso y la masacre del obrero subversivo. La carta abierta de Walsh a la dictadura de 1977 –al inscribirse en esa secuencia como cuarto blasón– no sólo la continúa y ahonda sino que preanuncia ya el asesinato del intelectual heterodoxo.

 * Horacio Verbitsky es hoy el continuador más notable del periodismo inaugurado por Walsh. Con una diferencia que correspondería destacar: en sus denuncias y en sus crónicas, Horacio Verbitsky pone en movimiento tal cantidad de datos y referencias que muchos de sus lectores tenemos la sensación de que se enfrentan a una polvareda inconexa o arbitraria; excepcionalmente Horacio Verbitsky propone o insinúa una síntesis o algún foco que relacione esa proliferación. Corresponde preguntar, me parece, si esa carencia reproduce los límites actuales de la izquierda intelectual: ¿No hay ejes? ¿No hay proyectos? ¿Sólo los datos en estado coloidal? Después de la muerte de Walsh, ¿ése es el síntoma de la situación desarticulada de esa franja política y cultural? ¿O, quizá, la puntuación que Verbitsky utiliza –discontinua y quebrada– presupone una figura simétrica o correlativa de la "fragmentación" convulsiva típica del discurso oficial?

* Corresponde preguntar también, en este orden de cosas, si Walsh, con los rasgos artesanales de su producción, representa una suerte de cristianismo primitivo dentro de este linaje periodístico, ¿Verbitsky, acaso, representa la institucionalización correspondiente al catolicismo?

* Con el paso del tiempo, el itinerario de Walsh va prescindiendo de la creencia en la inmortalidad o "la gloria" entendida como fama póstuma laicizada dado que cada vez más trabaja con la inquietante contingencia de lo efímero y de la cotidiana fugacidad del periodismo.
Por este flanco, Walsh puede ser evaluado por consiguiente como la figura antagónica de El triunfo de los otros: en esa pieza teatral, el protagonista de Payró se lamentaba por su dependencia de los ritmos del periodismo y, a la vez, exaltaba nítidamente los valores trascendentes del libro.
Esa relación fetichizada con la propiedad literaria y "la firma del autor" no sólo va definiendo a Payró y a los escritores canónicos, sino que encuentra en Sarmiento –como en muchos otros aspectos– el prototipo fundacional: la obsesión en los últimos años del autor del Facundo porque sus "hojas periodísticas sueltas no se vuelen" se repite como exigencia en sus diversas correspondencias; el capital simbólico que se ha ido imprimiendo en los diarios no se puede despilfarrar; urge organizarlo sistemáticamente en libro. Al fin de cuentas, si aquellos artículos sueltos representaban la base de su monumento, "el libro encuadernado y con tapas" será parte integrante del metal de su propia estatua (cfr. Michael Lowy, Pour une sociologie des intellectuels révolutionaires, 1986).
En esta zona, la relación de Walsh con el libro institucional así como su asunción del periodismo "intrascendente", corrobora finalmente sus polémicas actitudes de iconoclasta: su palabra llegó a valer más que su firma.

* Si Federico García Lorca sintetiza, tanto por su producción literaria como por su asesinato a manos del fascismo español, a la generación del 27 en su país, Walsh condensa por sus textos y por su eliminación ordenada por el fascismo argentino de los años 1976-83, la problemática mayor, las búsquedas, aciertos y fracasos de los escritores de la generación del 60. Los llamados parricidas por Emir Rodríguez Monegal. Quiero decir: "la generación del Che".
* Una vez me invitó Walsh a vivir en su casa del Tigre. En esa época su compañera era Piri Lugones. Y desde el comienzo, ese apellido turbador y el escenario del Delta nos fueron situando alrededor de una letra alegórica que solía deslizarse entre frustradas ironías hacia El Tropezón. En los atardeceres en que Walsh arreglaba su bote, la figura de Quiroga se sobreimprimía a la de Lugones; y entre ambas se iba armando una tensión que a Walsh, divertido pero sombrío, le gustaba exasperar: defendía con argumentos enmarañados pero convincentes el distanciamiento de la ciudad practicado por "el cuentista selvático"; lo justificaba por su ademán neobárbaro tan antivictoriano mientras aludía a su propia destreza con las armas y en la pesca del surubí. Su fervor, sin embargo, oscilaba entre el dorado y el pejerrey; y cuando se internaba en el escabeche, ya parecía lograr mi aprobación a sus autoabastecimientos y a su creciente adhesión a "lo elemental". Nunca llegó a aludir a Conrad ni a Gauguin.

* Dos cuentos memorables, excepcionales, tiene Rodolfo Walsh: el primero es Esa mujer, donde se produce una coreografía cargada de simetrías entre el periodista y el coronel, y que concluye –boxísticamente– cuando uno de los contrincantes, en esa dialéctica mezcla de escolástica y de marivaudage, logra quedarse con el centro del escenario mientras al otro sólo le queda hacer mutis. En este sentido, Esa mujer se convierte en un drama por el dominio del espacio textual.

* El otro cuento magistral de Rodolfo Walsh es Nota al pie: allí no sólo ese recurso tradicional va acaparando el espacio destinado al texto principal, sino que esa especie de nube corrosiva y proliferante que sube desde el pie, condiciona una tensión narrativa que trasciende los cuentos de Borges. Al fin y al cabo, el protagonista, Alfredo de León, no se limita a sintetizar, simbólicamente, el itinerario de Walsh, sino que (al situarse en el otro extremo del eficaz Daniel Hernández de Variaciones en rojo), va dibujando un antihéroe análogo a Bloom, a K o al tío Vania.

* Llegué a presentir en aquellos días que el humor cambiante de Walsh coincidía con las alzas y bajas de las mareas: descendía el río y Walsh se iba extendiendo en su hamaca y en sus opiniones sobre Hemingway. Y su desaliento marcaba silencios intercalados apenas por uno de sus ademanes más repetidos: apuntaba con el dedo a una torcaza que revoloteaba entre los sauces; cerraba un ojo; iba recogiendo el índice: "En la ciudad yo llego a perder el sentido" decía; "el problema es encontrar un conjuro". La torcaza se había depositado en la rama más alta de un álamo.

* Variaciones, colección de asesinatos resueltos como juegos de salón, no sólo remite a sus antecedentes británicos, sino a los crucigramas con su apelación al ingenio, al home y a ciertas pistas enigmáticas. Pero como género corresponde evaluarlo en virtud de su indirecta apelación a un orden social amenazado. Daniel Hernández, esencialmente conservador, con la solución de los enigmas, significativamente planteados en interiores o casas de campo, restablece mediante su accionar "privado" y amateur, los residuos de una confianza en el equilibrio de la sociedad. Se trata de un Walsh que todavía creía que con el final del peronismo 1945-55 se iban a recuperar las "tradicionales virtudes patrias".

* La serie de los irlandeses no se limita a reproducir la figura del semicírculo que casi rodea, acosa y termina por ser seducida por el protagonista. Eso, también, es faena de Daniel Hernández que se prolonga en el Gato. Pero el universo del colegio pupilo, si en la literatura argentina me remite a lo más rescatable de Juvenilia, ineludiblemente me reenvía, además, a ese fraseo de Maldoror: "Quand un éleve interne, dans un lycée..."

* Si el trayecto interno de los textos de Walsh va dibujando el pasaje desde el juego a la tragicidad, destaca, al mismo tiempo, el tránsito del ajedrez a la guerra: lo policial –como colección de estratagemas– se desplaza del lúcido acertijo intelectual al comentario de la represión. Como si Walsh fuese advirtiendo que aun Sherlock Holmes, positivista darwiniano, drogadicto y seductor, se va convirtiendo en informante, en aliado y en funcionario de Scotland Yard. Y que, incluso, en sus momentos más crispados se troca en cómplice de torturas hasta terminar como verdugo clandestino u oficial. Es lo que, por cierto, va de Variaciones en rojo de 1953 a ¿Quién mató a Rosendo? del 69.

* Piri Lugones nos dejó solos en esa casa del Delta. Ella se había trepado a la popa de una lancha y no dejó de saludarnos, mientras se alejaba, alzando el brazo y dejando que el chal le revoloteara igual a otro río diminuto, muy rojo. Walsh elogió, entonces, algunos cuentos de Setenta veces siete; insinuó ciertos reparos sobre "el crujido de los finales" y después se encarnizó con las subas y bajas de la Bolsa literaria. Recuerdo que dijo "Más veloces y más injustas que las mareas del río". Y como ese atardecer le tocó el turno al ascetismo que Walsh defendió con un fervor jansenista a medida que se entusiasmaba con la palabra "despojado" y el paladeo de algún verso de Shelley que se escandía sobre el antebrazo desnudo, yo fui proponiendo "Gallegos", "Pico Truncado" y "Cañadón de la Yegua Quemada" El prefirió el "Gran Valle". Pero ahí nos reencontramos: entre los matorrales y los caballos que galopaban sin levantar polvareda. Él se inclinaba por los zainos; yo por los alazanes. De ahí pasamos a nuestros colegios de curas: él se enterneció con el Padre Dollans que hamacaba sus caderas de matrona al tocar el armonio a pedales o cuando se señalaba la punta de los zapatos hablando del infierno. Yo me demoré demasiado con el Padre Adij y su breviario forrado con hule.
Al anochecer, mientras yo me trepaba a una silla para enroscar la bombita floja, Walsh se fue hacia el borde del río: allí se sentó en la punta del muelle de madera. Se puso a pescar. Doblaba el cuerpo sobre el agua. Parecía muy atento a su caña y a la marea que iba subiendo.

* La muerte, en Variaciones, no es mucho más que el disparador del relato. Y está vinculada a sórdidas relaciones de hijuelas, albaceas, herencias y propiedades. Después de 1955 y de Operación masacre, Walsh no sólo se desliza desde la ciudad o de lo vacacional hacia el suburbio –que nada tiene que ver con el de Gálvez, con el de Borges o con la versión de Boedo–, sino que se multiplica e historiza hasta la politización. Ya se ha insinuado: Holmes deja de fascinar a Watson; y la novela policial de enigma se va trocando en novela negra. Hasta en esta franja, el eje cultural argentino se fue desplazando de Europa hacia los Estados Unidos. El renovado suburbio de Walsh es un escenario en el que ya no hay un asesino solitario, sino donde se verifica que toda la sociedad está mafisizada: policía, sindicatos, tribunales, ejército. Vertiginosa comprobación que subraya el Bildungsroman vital de Walsh.

* Una conversión, quizá, más que un desplazamiento lineal, se puede ir verificando en otras dos comarcas de la aventura de Walsh: desde la aprobación del "heroísmo oficial" que publica frente a los acontecimientos de 1955, y su contramarcha en dirección a las investigaciones y denuncias de los fusilamientos de José León Suárez. Es que en ese tramo fue advirtiendo que la ciudad escindida en fachada y contrafrente (el carnaval y la favela en una dimensión latinoamericana), al ahondar sus muescas permanentes, instauraba de nuevo el drama.
Análogamente el paulatino distanciamiento de la industria cultural a la cual Walsh había estado vinculado al comienzo de sus publicaciones en Leoplán y en Vea y lea, subraya ese circuito periodístico con rumbo a Propósitos y a los semanarios sindicales.
El juego inaugural dejaba caer así los paréntesis alrededor del tablero, y la ironía como economía de afecto se mutaba en un escenario desnudo sin ripios ni treguas.

* El vuelo de pájaro es una constante en la manera de mirar en la literatura argentina: se da en El matadero, se reitera en el Sarmiento que contempla el cruce del Paraná por el Ejército Grande, se repite también con Alberdi en su sobrevuelo del Aconquija. Quizá La Bolsa y Lugones reproduzcan esa óptica que proyecta la perspectiva del narrador omnisciente.
Walsh, mediante sus planos explicativos, inesperadamente incurre en ese ademán. Incluso cuando describe una partida de ajedrez "vista desde arriba". Parecería que allí sobrevive una dimensión teológica.

* En aquella semana del Tigre en compañía de Walsh, una noche nos entusiasmamos elogiando a Eva Perón. Desproporcionadamente, por ahí, pero era la única manera que teníamos de disminuirlo a Perón y de conjurar su peso histórico que entonces nos abrumaba. Algo parecido nos pasó con el Che: lo elogiamos con fervor y sin matices; pero a Walsh y a mí, de pronto, también nos pareció que nuestro entusiasmo era excesivo. Pero no contábamos en aquella época con otra forma de ser reticentes con Fidel Castro. "¿Es un juego?" Walsh me dijo que sí y se rió con acidez; y se largó a imaginar una pareja de Eva y el Che. Aunque al final –ya iba amaneciendo y alguien nos llamaba desde el río– sugirió que ese presunto casal hubiera resultado un asunto incestuoso.

* Una suerte de "genealogía" se puede verificar en la serie pueblerina de Walsh: la que entreteje Fotos con Un nieto de Juan Moreira (ya sea por el nombre del protagonista –Mauricio–, ya se trate de las referencias al comisario Barraza). El otro extremo de ese linaje es el pueblo de Manuel Puig.
* Desde la vertiente del don la literatura argentina exhibe tres "manchas temáticas" fundamentales: violación (1840), conquista (1880) e invasión (1890); desde la perspectiva de los prontuarios, esos núcleos –en lo esencial– van enhebrando la persecución (1870), el fracaso (1930) y la represión (1976).

* Esa mujer resulta el capítulo sobreviviente de una crónica más con los rasgos de Operación masacre, Satanowsky o Rosendo. Sin la entonación populista de esta serie (condicionada por los medios donde se publican y por el público al que se apela), conserva un rasgo que tiene algo de residual: las alusiones a un cadáver que en Variaciones funciona como disparador del relato clásico policial. Cierto: aquí, en cambio, se trata de una ausencia-presencia aunque el "¿dónde?" reiterado remite a la constante walshiana del mapa que reordena el espacio. Incluso, las alusiones a esa mujer ausente se entretejen con "la mujer del coronel", borrosa y apenas una voz, con "mi hija" –ausente también– "en manos de un psiquiatra", y con el "mayor X" que "mató a su mujer".
A partir de ahí, se podría sugerir el recorrido a lo largo de la totalidad de los textos de Walsh: desde la convencional Herminia –de Asesinato a la distancia– "con los brazos llenos de flores" mientras "la brisa matinal agitaba sus cabellos rubios, de reflejos cobrizos, y en su cara de delicados rasgos se reflejaba una perfecta serenidad" (¿idealizada-escurridiza "versión" de Victoria Ocampo en su quinta Junto al mar?), pasando por la ya aludida Celia Ahumada, "guerrillera" de La batalla, hasta llegar a las madres borrosas de la serie irlandeses (a las que se ama y en las que se caga). Y luego preguntar: lo fundamental de los textos de Walsh, ¿exhibe un universo de men without women? ¿Se trata de un residuo literario machista, "tímido" o de alguna incomodidad retórica?

* "Me descifro en mi testamento", podría decirse de esa peculiar "carta abierta" que es Nota al pie. También aquí las mujeres –"ya no"– implican "un punto doloroso". También: poco verosímil ese obrero que proviniendo de una gomería se convierte en traductor (¿concesión a un presunto obrerismo o alusión al eventual borramiento?. Memorable interjuego entre el dinero y las palabras y sus vertiginosos significados. Excelente –y, sí– que hablando "desde la experiencia", Alfredo de León no dé consejos. Así como evidente la colección de suicidios que rescatan la imagen del protagonista y cuyo antecedente mayor es Fotos.

* El desplazamiento de Walsh desde Variaciones hacia Operación, además de inscribirse en su propia revisión del peronismo luego de 1955, corresponde contextuarlo en el impacto latinoamericano de la revolución cubana de 1959. Porque si allí hunde sus motivaciones el documentalismo de Cimarrón de Miguel Barnet, ocurre algo análogo con La hora de los hornos y La patagonia rebelde. Por sentido contrario, La batalla se frustra dramatúrgicamente al no lograr verosimilitud su dictador a lo Tirano Banderas o Señor Presidente. Así como la vehemente e increíble Celia en su rol de militanta y protoguerrillera. Desde el lenguaje vacilante entre el uso de un "tú" genérico y un "usted" desabrido, se advierte un proyecto latinoamericanista que, en función de presuntos "universales", prescinde sin reemplazarlos de los "localismos" (particulares) que en La granada hasta funcionan escénicamente con motivo de su estreno.

* El agresivo cuestionamiento que le hace Walsh a Murena en 1956 resuena como el conjuro de uno de los posibles que lo tentaron desde Sur y de La Nación. Walsh conoce esos espacios del liberalismo tradicional desde adentro; sabe de su confortabilidad, de sus complicidades y de sus miserias. Y su cuestionamiento a Murena es otra forma de tomar distancia respecto del poder cultural. Sobre todo que Murena, en ese momento, es visto y valorizado no sólo como "la joven promesa", sino como el escritor estrella, figura de marketing poco conocida entonces, y que después proliferará con rasgos cada vez más espectacularmente triviales.

* Además de un número reiterado y enigmático (ciento treinta páginas traducidas, ciento treinta libros traducidos también, ciento treinta alumnos en el colegio irlandés), la trascendencia de El aleph borgeano –del que Walsh proviene–, en Un oscuro día de justicia se dispara de manera alucinante hacia "el profético ojo del nautilo".

* Toda la literatura de libro conserva y cultiva notorios residuos de "la torre de marfil": ese mismo volumen encuadernado y más sólido tiene mucho de sagrado, prolijo y defensivo. La tapa tradicional ostenta un diseño de marquesina de teatro con el título de la obra y la corroboración del autor. También suele parecer un cofre o un portarretrato. No digamos si la foto del responsable reposa en la cubierta o se disimula a medias en esa especie de bambalina representada por la solapa. Con la foto en la contratapa, el libro suele aludir al mazo de naipes de algún prestidigitador. Y qué decir del texto que ahí se imprime, generalmente redactado o inspirado por el autor (especulando con la imagen de sí mismo con la que quiere ser visto) y que suele ser tan convencional como las explicaciones que se imprimen en los programas de mano de los teatros. "Todo el libro, en fin, tiene un aire de afectación" (cfr. Daniel O'Hara, The Romance of Interpretation, 1985).

* El libro como tal, entonces, no sólo cultiva un aire confidencial que generalmente se comprueba en su arquitectura que, desde una perspectiva urbanística, suele resultar abollada. De esos términos Walsh fue cada vez más consciente. Y más crítico. Y en su pasaje definitivo hacia el periodismo heterodoxo llegó a presentir que realmente se iba exponiendo a "la luz pública" como alguien maquillado que sale de su casa para entrar a la calle.

* Alguna vez el mismo Walsh aludió al parentesco del libro tradicional con la pintura de caballete asociando, en cambio, la escritura periodística al muralismo: era el escritor consabido que optaba por la coralidad; un modelo anterior que se reiteraba en la Argentina definido por el tránsito desde la literatura como vanguardismo a la literatura –en circunstancias que se exasperaban– vivida como guerra civil.

* Al final de su itinerario, Walsh alude a su pasaje desde "los tiempos de la inocencia" hacia el duro y lúcido reconocimiento de la historia, la ciudad y el mercado. Podría decirse –glosando un texto clásico– que en 1977 Walsh ya "sabe los grandes secretos del poder de la burguesía".

* Si recorremos por última vez la cartografía de la literatura argentina a partir de sus contradictorias relaciones con la política y el Poder, se podría ir formulando –al evaluar las diversas prácticas de Walsh– una suerte de ecuación: a mayor criticismo y heterodoxia, mayor riesgo de sanción. El típico estar fuera de lugar de los escritores heterodoxos de la Argentina al estilo de Martínez Estrada debería traducirse aquí como un réquiem o un epitafio.

* En una última (o penúltima) instancia, si tuviera que simbolizar el itinerario de Walsh, echaría mano de escenarios de la Biblia. Con una cita de Daniel arranca Walsh. Entonces, uno, el inicio como descifrador frente al semicírculo de los cortesanos de Nabucodonosor. Dos, hacia 1956, y mediante Operación, el camino hacia Damasco. Y tres, por último, con su carta abierta a la Junta Militar, en 1977, el sacrificio del Gólgota.

* No postulo aquí la comunión de los santos. Pero tanto en su travesía como en su producción, Walsh, no sólo descalifica la teoría de los dos demonios que equipara de manera simétrica y fraudulenta la subversión libertaria con el terrorismo de Estado, sino que, a la vez, reactualiza "la violación" mediante la cual El matadero y la Amalia inauguran con perfiles propios a través de una mutación de la literatura argentina. Claro: pero invirtiendo la violencia que si en Echeverría y en Mármol se producía desde los de abajo hacia el cuerpo y la vivienda de los señores, en 1977 se ejecuta desde el Poder en dirección a un escritor crítico.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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PERONISMO Y LIBERACIÓN NACIONAL (1945-1955)

- El peronismo en el poder

- El peronismo ¿fascismo o socialismo?

- El frente antiimperialista

- La liberación nacional

- Un capitalismo nacional

- La franja de economía estatizada

- La justicia social

- La renta agraria diferencial

- Perón y la conducción del frente

- Bonapartismo y "comunidad organizada"

- El achicamiento de la renta agraria diferencial

- Unidad de conducción y burocratización

- El peronismo en la encrucijada

- Entre la conciliación y la revolución

- La revolución nacional inconclusa

 

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EL PERONISMO EN EL PODER

El 4 de junio de 1946, Juan Domingo Perón asume como presidente de la Nación Argentina. Se inicia así un complejo período de nueve años que se cierra el 16 de setiembre de 1955, al ser derrocado por un golpe militar. El pensamiento liberal- conservador ha reducido esta experiencia muy rica en protagonismo popular calificándola como "dictadura", "totalitarismo" o "tiranía". La izquierda tradicional lo juzgó durante mucho tiempo como una expresión del "fascismo" o del "nazismo" que derrotado en Europa habría reflorecido en nuestro país. La "Historia Social" lo reduce desdeñosamente a la condición de "populismo", es decir, un fenómeno político que si bien contenta a las masas y les otorga cierto protagonismo, cultiva la demagogia y no concreta transformaciones económico-sociales de importancia. Estas interpretaciones parten de una apología -en mayor o menor medida- respecto a la Argentina anterior al 4 de junio de 1943, subordinándose a la óptica mitrista según la cual aquel habría sido "un gran país blanco y europeizado", ajeno a la "barbarie latinoamericana" y que "ocupaba un lugar importante en el concierto de las naciones del mundo". Es decir, no advierten que existe una cuestión nacional a resolver, es decir, que se trata de una semicolonia proveedora de alimentos baratos al Imperio Británico y consumidora de sus excedentes industriales, con importante deuda externa y una gravísima deformación económica hacia el puerto de Buenos Aires, instrumentada a través de la red ferroviaria británica. Seguros, fletes, gran comercio importador y exportador, puertos, elevadores de granos, transportes, etc. eran extranjeros. Inclusive varios presidentes de nuestro país llegaron al cargo directamente desde su desempeño como abogados del gran capital inglés (Manuel Quintana en 1904, Roberto Ortiz en 1938) o estrechamente ligados a la finanza europea (Victorino de la Plaza, en 1914) o subordinados al interés del capital extranjero (Mitre en 1868, Uriburu en 1930, A. P. Justo en 1932). Si se parte de esta correcta caracterización de la Argentina agroexportadora, por cierto que resulta claro que el peronismo es un frente nacional, que quiebra esa dependencia. Sin embargo, su naturaleza policlasista y la conducción pendular del Gral. Perón le otorgan rasgos muy específicos que han provocado más de un quebradero de cabeza a los intelectuales de la época que intentaron definirlo

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EL PERONISMO ¿FASCISMO O SOCIALISMO?

¿Cómo definir a ese "hecho maldito del país burgués", según lo calificaba John William Cooke? Quizás la mejor manera sea, en primer término, desechar las falsas categorizaciones con que se ha pretendido aprehenderlo. ¿Se trata acaso de un movimiento fascista porque uno de sus principales sustentos es un sector del Ejército de reconocida tendencia antibritánica? ¿Se trata acaso de un movimiento socialista porque el otro sustento fundamental está dado por el fervoroso apoyo de la mayoría de la clase trabajadora? Ni lo uno, ni lo otro. El fascismo es la dictadura de la clase dominante de los países capitalistas sin colonias, apoyada en grandes sectores de la clase media y ex -trabajadores lanzados a la desocupación, cuyo objetivo es liquidar la izquierda y consolidar el viejo orden a través de una política expansionista. Aquí, en cambio, la clase dominante se declara abiertamente en contra del General Perón, los trabajadores se organizan al calor oficial y el enemigo principal -simbolizado por Braden- es el imperialismo, con la complicidad de amplios sectores de la clase media. Por su parte, el socialismo implica la colectivización de la propiedad y aquí, el peronismo entrega el manejo de la economía a un "exitoso empresario" (Miguel Miranda) verificándose un proceso de desarrollo capitalista con base en el mercado interno como nunca antes se había visto en la Argentina, aunque con avances sociales y una franja del aparato productivo que ha sido estatizada. Las contradicciones del peronismo gobernante son muchas y mientras los obreros -que no tenían mucho que "desaprender"- captan inmediatamente sus aspectos más progresistas, los intelectuales -que saben mucho de los procesos europeos y los trasladan mecánicamente a una Argentina muy específica- se quedan perplejos o sueltan las interpretaciones más absurdas.

Esos rasgos contradictorios son, por ejemplo, que el peronismo es, desde su origen, un movimiento que impulsa el desarrollo capitalista, con fuerte apoyo de los trabajadores; que reconoce importantes conquistas sociales a los sectores obreros a través de un líder de origen militar; que promueve una intensa industrialización con capitales nacionales pero al mismo tiempo ocupa una importantísima franja de la economía con empresas estatales, que gran parte de los empresarios industriales beneficiarios de crédito barato y mercado interno en crecimiento, son antiperonistas. Frente a este fenómeno tan singular, se comprende la dificultad para descifrar su naturaleza histórica.

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EL FRENTE ANTIIMPERIALISTA

Sin embargo, a pesar de sus caracteres contradictorios, el peronismo se manifiesta, desde su nacimiento, como la expresión política de una confluencia de sectores nacionales, entendiendo por tales aquellos sectores de la sociedad argentina que, en mayor o menor medida, resultaban sofocados por el viejo régimen agroexportador que conformaba una economía complementaria del Imperio Británico: trabajadores de una industria reciente crecida al calor de la crisis del treinta y de la Gran Guerra; sectores de clase media de modestos recursos, empleados de servicios y del aparato estatal; trabajadores estacionales y clases medias empobrecidas del interior; partes de un empresariado nuevo de capital nacional que vende al mercado interno, sectores de la oficialidad del Ejército con posición nacional, en algunos casos, industrialistas; sectores de la Iglesia, a veces sacerdotes de vocación popular, pero más especialmente aquellos que desde una óptica conservadora intentan que los cambios que estiman inevitables se produzcan en orden. Esta confluencia de clases -en la cual coexisten, desde el principio, coincidencias y disidencias- se define nacional en tanto pugna por quebrar el sistema de la dominaci6n británica que ha convertido a la Argentina en la "granja de su Graciosa Majestad". Se trata, pues, de un frente antimperíalista o frente nacional capaz de llevar a cabo esa ruptura de la dependencia. Esas diversas víctimas del imperialismo inglés, al no encontrar canales, en el escenario político del 40, por donde expresar su vocación de cambio, "inventan" el peronismo. El radicalismo, después de aquella época de liderazgo yrigoyenista en la cual había mostrado pujanza y fervor antioligárquicos, había ingresado en caminos de "alvearización" integrándose al sistema de la dependencia, no solo porque el partido había caído bajo el control de una dirección conciliadora sino porque una gran parte de sus bases se han adaptado al país agrario semicolonial. FORJA ha constituido el intento más importante por revivificar los viejos bríos y gestar un programa antiimperialista definido, pero su notable importancia ideológica no se ha traducido en fuerza política capaz de disputar el control partidario a la vieja conducción. A su vez, tampoco los partidos de izquierda tradicional constituían herramientas aptas para expresar esas ansias de transformación que palpitaban en las mayorías populares. El Partido Socialista, tomado ideológicamente por la clase dominante, profesaba un liberalismo oligárquico de izquierda, más preocupado por el divorcio, los homenajes a Rivadavia y las cooperativas que por el problema fundamental de los argentinos: la cuestión nacional. Su vieja base social -un proletariado artesanal y de servicios- había visto disminuida su influencia en la sociedad argentina, mientras la nueva clase obrera industrial -de origen provinciano, especialmente- no se reconocía en esos hombres pretendidamente cultos, sólo preocupados por la suerte de ingleses y franceses en la contienda europea. Asimismo, el Partido Comunista tampoco constituía un posible canal de las inquietudes populares. Si bien había visto crecer sus filas sindicales en los años treinta (en la medida en que la industrialización de la preguerra nuclea obreros) su sometimiento a las volteretas diplomáticas de la URSS -producto de la teoría stalinista del "socialismo en un solo país, por supuesto, en la URSS- desprestigiaba a sus gremialistas y los aislaba de las bases. Así ocurrió, por ejemplo, con los obreros metalúrgicos y de los frigoríficos, cuyas huelgas fueron levantadas por decisión del Partido para no entorpecer las relaciones con empresas anglo-yanquis y no perturbar el envío de carne a los ejércitos aliados, abandonando así la defensa de los reclamos salariales. Esa subordinación a la diplomacia soviética -por entonces del brazo de los Estados Unidos y Gran Bretaña- conduce a la agrupación, con la excusa de enfrentar al fascismo, a estrechar filas junto a los amigos, del imperialismo, desde Antonio Santamarina hasta Nicolás Repetto y la diplomacia anglo-yanqui. Por estas razones, ese amplio frente social que clama por una conducción política, al no encontrar expresión en los partidos tradicionales, inventa un liderazgo sobre la marcha nucleándose alrededor del general Perón. "La del '45 -escribirá John W. Cooke- fue una situación revolucionaria donde los esquemas teóricos no servían. Faltaba una "Izquierda Nacional" y ese papel pasó a ocuparlo el peronismo, aunque sin definirse como tal" (por supuesto, la diferencia no estriba meramente en el rótulo, sino en que el camino de la Liberación Nacional se intentará a través de un proyecto distinto del que hubiese implementado el socialismo revolucionario a la cabeza del frente). Ese frente, que es nacional por su composición social y su objetivo político, ratifica entonces ese carácter cuando dirime fuerzas con otro frente de clases que se le opone: la vieja oligarquía (terratenientes, exportadores, importadores, grandes comerciantes y banqueros ) enfeudada desde décadas a los ingleses, que arrastra consigo a un importante sector de clase media usufructuaria de algunas migajas del festín colonial (subordinada por la colonización pedagógica, a la clase dominante), alianza bendecida, protegida y hasta por momentos liderada, por el embajador norteamericano Spruille Braden.

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LA LIBERACIÓN NACIONAL

El frente nacional así constituido, desarrolla a partir de 1946 una política que significa la ruptura de la dependencia respecto al imperialismo británico y que por ésta razón calificamos de Liberación Nacional.

Dicha ruptura se logra a través de sucesivas medidas que recuperan para la Argentina los resortes de la economía que estaban en manos del capital inglés: la nacionalización del Banco Central que pone en manos del Estado el control de los cambios, las tasas de interés y la circulación monetaria; la nacionalización de los depósitos de la banca privada que entrega al Banco Central el control del crédito, la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) que significa el control estatal del comercio exterior (antes en manos de un puñado de consorcios extranacionales ); la nacionalización de los ferrocarriles y de empresas de transporte automotor que permite reglar las comunicaciones terrestres según las conveniencias nacionales controlando a esa "tela de araña metálica" con centro en Buenos Aires donde se "ahogaba la mosca de la república"; el impulso dado a la flota mercante que permite lograr la suficiente independencia para manejar nuestras exportaciones sin depender, como antes, de las exigencias de la "Blue Star Line" inglesa; la implantación de un régimen estatal de reaseguros (INDER), que quebranta la subordinación al Lloyds de Londres, ejercido, a través de Leng Roberts y reducía las posibilidades de manejar autónomamente nuestro comercio exterior. Por otra parte, el recupero de la soberanía sobre nuestros puertos, así como el reemplazo de la Cía. Primitiva de Gas por Gas del Estado, de la extranjera Unión Telefónica por ENTel y de las usinas provinciales en manos de la American Foreing Power por la red de Agua y Energía constituyen otros tantos jalones que sientan las bases del proceso de Liberación Nacional. Por unos pocos años, la Argentina vivió sin deuda externa, al tiempo que privilegiaba convenios bilaterales para resguardar sus reservas y defendía tozudamente el precio de sus productos exportables. Es cierto que la CADE y los frigoríficos extranjeros no fueron afectados por la política nacionalizadora, pero esto sólo permite señalar una vacilación, una concesión, dentro de una política que incuestionablemente es de Liberación Nacional por cuanto aprovecha la debilidad del imperialismo británico al concluir la Segunda Guerra para quebrantar los lazos con que nos sometía y al mismo tiempo, adopta las medidas necesarias para que el imperialismo yanqui -no pueda suplirlo en su función opresora (es el único país de América Latina que no ingresa al sistema del Fondo Monetario Internacional).

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UN CAPITALISMO NACIONAL

Ahora bien, esta política antiimperialista -por lo tanto históricamente progresiva- está muy lejos de implicar la instauración del socialismo en la Argentina. Por el contrario, desarrolla en alto grado las fuerzas productivas bajo el sistema capitalista. En verdad, jamás hubo en nuestro país una fisonomía capitalista tan neta como entre 1945 y 1955 si se observa desde la óptica de la inversión, la actividad productiva, la sustitución de importaciones y el apoyo estatal a la industria nacional. Nunca hubo tanto humo saliendo de las fábricas, ni una presencia tan clara de un empresario nacional manejando la política económica como ocurrió entre 1946 y 1949 (Miguel Miranda). En un período relativamente breve, los argentinos ingresaron a la modernidad de la cual son expresiones rotundas la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica, las bases de la industria pesada (SOMISA), la vinculación con el mundo a través de una empresa aérea nacional (Aerolíneas) y la instalación de la Televisión. Esa modernidad -expresión del desarrollo capitalista- no es debidamente valorada por quienes olvidan o desconocen los rasgos de la vida cotidiana en la Década del Treinta y no perciben la importancia del cambio: de las cocinas a carbón o eléctricas a las cocinas a gas, de las barras de hielo a las heladeras eléctricas, del conventillo a los departamentos de propiedad horizontal, de "las chicas" limitadas a vapulear un piano alemán, estudiar "corte y confección" o espiar detrás de las persianas al "casoriable" que pasa por enfrente (y la alternativa: las luces malas del centro) a frecuentar las universidades, las asambleas del sindicato y votar en las elecciones nombrando a sus representantes; de los muchachos estirando el ocio en la tertulia del "cafetín de Buenos Aires" o madrugando para conquistar buena posición en las colas de desocupados, a las escuelas técnicas o de orientación profesional o las diversas profesiones universitarias cuyas posibilidades se multiplican ahora por el crecimiento de las fuerzas productivas. Hasta la relación entre los sexos se modifica profundamente en esos años quebrantando viejos tabúes. Estos cambios de la vida argentina denotan la profunda diferencia que existe entre un capitalismo dependiente, semicolonial, donde el imperialismo opresor ahoga todo crecimiento y toda modernización que no se inserta en el modelo de economía complementaria montado sobre "ventajas comparativas, con respecto a un capitalismo nacional donde los recursos naturales y las fuerzas dé la producción se movilizan intensamente dentro de una planificación general dirigida a resguardar la independencia económica y la soberanía política.

Sin embargo, cometeríamos un grave error si estableciéramos una analogía entre el capitalismo tal cual se desarrolló en los países centrales en épocas pasadas y este capitalismo nacional que vivió esa Argentina del gobierno peronista. Una de las diferencias más notables es que aquel capitalismo -europeo o norteamericano- si bien logró el apoyo del Estado, especialmente en cuanto a tarifas protectoras, giró esencialmente sobre la empresa capitalista privada y llevó a cabo la acumulación de capital succionando enormes masas de plusvalía a sus trabajadores. Aquí, en la Argentina, tuvo dos peculiaridades: por un lado, el proceso de crecimiento de las fuerzas productivas se caracterizó por una poderosísima franja de empresas estatales, a tal punto que podría hablarse más de una economía mixta que de una economía privada; por otro lado, la acumulación del capital no se basó fundamentalmente en la explotación de los asalariados, sino en la translación de ingresos desde el sector agrario al sector industrial. Ambos aspectos otorgan a ese capitalismo perfiles insólitos: un alto grado de "socialización" y el apoyo fervoroso y consecuente de los trabajadores, convertidos en columna importantísima del sistema.

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LA FRANJA DE ECONOMÍA ESTATIZADA

Como movimiento de Liberación Nacional que quiebra la dependencia y promueve el desarrollo de las fuerzas productivas, el movimiento nacional presidido por Perón no puede dejar las empresas de servicios y las industrias estratégicas en manos del imperialismo pero, dada la debilidad de la burguesía nacional -que apenas se ha atrevido a abordar la industria liviana- el Estado debe asumir esa tarea. Ya entonces, estatización es sinónimo de nacionalización, así como privatización lo es de extranjerización. De allí la política peronista que, en pocos años, arma una estructura poderosa de empresas estatales: Agua y Energía, Gas del Estado, ENTel, AFNE, ELMA, INDER, YPF, ENCOTEL, Ferrocarriles, Aerolíneas, Bancos estatales y Banco Central convertido en receptor de los depósitos de la banca privada, IAPI, Vialidad Nacional, Elevadores, Comisión de Energía Atómica, Puertos. Además, incursiona profundamente en áreas propias de la empresa privada: desde aquellas que implican una inversión de base muy alta, como la siderurgia o la explotación del carbón (YCF) y la energía (especialmente usinas hidroeléctricas desaprovechadas durante décadas por la importación del carbón inglés), sino también el grupo de las empresas DINIE (49 empresas, entre las cuales hay metalúrgicas, farmacéuticas, de construcción, químicas, etc., basadas en las ex-empresas alemanas Osram, Geigy, Bayer, Crisoldinie, Metaldinie, Ferrodinie) y el complejo de Fabricaciones Militares (empresas productoras de plaguicidas, funguicidas, solventes, productos químicos, etc., la fabricación de motores, autos y tractores en IAME-DINFIA alcanzando, en 1953, a destinar el 80% de su producción al consumo civil). Así, mientras la raquítica e inconsciente burguesía nacional, -que en gran parte abominaba del peronismo- produce licuadoras, aspiradoras, heladeras, lavarropas, cocinas o telas para sustituir al casimir inglés, el Estado se ocupa de fabricar barcos en sus astilleros de AFNE, vagones ferroviarios, combustibles en YPF, automóviles en Córdoba. Aquí se observa de qué modo el Estado peronista sustituye a la burguesía nacional en un proceso de capitalismo nacional que ella debe protagonizar pero para el cual resulta impotente. Esa burguesía nacional falta a la cita con la Historia por tres razones: por su debilidad material, apenas emergida recientemente en el país agropecuario donde el imperialismo y la oligarquía ganadera la han hostilizado siempre; por su cobardía congénita que le hace impensable disputar la conducción de los negocios públicos a un patriciado al cual secretamente envidia y con el cual sueña desposarse, mientras le aterroriza ese proletariado que debido a la presencia imperialista tiene un crecimiento relativo mayor al de ella misma y puede pretender darle su propia óptica a la lucha antimperialista; por su colonialismo ideológico, producto de su subordinación a los medios de difusión oligárquicos, desde la escuela a los diarios, que le impide alcanzar la conciencia histórica para intentar erigirse en clase dominante y desarrollar su proyecto.

Por esta razón, el movimiento nacional acaudillado por Perón debe llevar adelante un proceso de desarrollo nacional-burgués con apenas el apoyo de algunos sectores de la burguesía nacional (Miranda y Gelbard fueron sus principales exponentes) y esta circunstancia determina el otro rasgo tan singular del peronismo: él, que sustituye a la burguesía nacional en la conducción de este proyecto, tiene a la clase trabajadora como uno de sus principales baluartes, lo cual necesariamente mediatiza profundamente el carácter burgués del proceso, es decir, reconoce a los Obreros un rol que no habrían tenido seguramente en un proceso nacional burgués acaudillado por la burguesía. Además, les reconoce una serie de reivindicaciones importantísimas, como nunca antes en nuestra historia. De este modo, ese capitalismo nacional, con una gran área estatizada, ofrece una variante obrerista que lo toma decididamente diferente del capitalismo clásico, en su etapa inicial, en Europa y Estados Unidos.

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LA JUSTICIA SOCIAL

Mientras en los procesos capitalistas clásicos, la acumulación se basa esencialmente en la explotación de los asalariados, en este curioso fenómeno argentino eso hubiese significado la desintegración del frente -y seguramente, la caída del gobierno- al perder a uno de sus componentes de mayor peso específico y cohesión social. Por el contrario, el peronismo se convierte en intérprete de los reclamos obreros y se caracteriza por dar respuesta a los mismos: aguinaldo, tribunales de trabajo, sindicatos por rama, afiliación masiva, delegados de fábrica, comisiones internas, generalización de vacaciones pagas, indemnización por despido y accidentes de trabajo, estatuto del peón rural, salario mínimo, convenios colectivos, turismo social, CGT única, Ministerio de Trabajo, pensiones, salario real en ascenso, agregados laborales en embajadas, plena vigencia de leyes laborales de antigua data que carecían de aplicación efectiva e incluso reconocimiento constitucional a los derechos más importantes. Debe observarse que los militares nacionales, con Perón a la cabeza, necesitaban confluir con otras fuerzas sociales para dar salida al empantanado golpe del 4 de junio. Estaban dispuestos a jugar un rol decisivo en una política nacional, pero en modo alguno sospechaban siquiera la posibilidad de una política socialista. Su aliado natural era la burguesía nacional, pues en tanto hombres de una institución armada del aparato del Estado se sentían también víctimas del imperialismo pero, por la misma razón de ser un engranaje del sistema, no apuntaban a subvertirlo. Sin embargo, sólo algunos de los miembros de esa burguesía débil y timorata decidieron apoyar esa experiencia, lo que reveló que la única fuerza consecuentemente nacional fueron los trabajadores. Así, estos se convirtieron en la "columna vertebral" del movimiento sin que esto modificase el camino capitalista de ese proceso de Liberación Nacional, pero sí disminuyendo profundamente sus rasgos burgueses.

Cabe entonces la pregunta: ¿por qué el ingreso masivo de los trabajadores al frente nacional no significó el retiro de sus propios patrones de ese frente? ¿Cómo era posible redistribuir fuertemente el ingreso, imponer convenios colectivos, defender a los delegados, crear Tribunales de Trabajo favorables a los obreros, etc. sin perder el apoyo de los Miranda y los Gelbard? Aquí entra a jugar un personaje generalmente oculto en nuestra historia, no obstante su influencia decisiva en nuestra conformación como país desde fines del siglo pasado: la renta agraria diferencial. Y es necesario detenerse en su análisis porque ella es una de las claves de los principales acontecimientos y procesos de nuestra vida política.

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LA RENTA AGRARIA DIFERENCIAL

Las excepcionales condiciones de clima y suelo de nuestra zona pampeana han permitido producir carnes y cereales, a costos notablemente inferiores a los del resto del mundo. Es decir, en nuestra producción agropecuaria, además de la rentabilidad común propia de este tipo de producción, existe una utilidad excedente o superutilidad que llamamos renta agraria diferencial y que está dada por la diferencia entre el costo del mercado mundial (que se fija en función de la producción de países con clima y suelo no privilegiados) y el costo argentino. Esta ventaja comparativa ha signado el carácter de nuestra oligarquía: capitalista en tanto fabrica vacas, paga salarios a sus peones y vende en el mercado mundial, pero no burguesa en tanto sus altas ganancias no provienen principalmente de la explotación de sus peones (con muy pocos hombres maneja enormes extensiones de campo) sino fundamentalmente de la renta agraria diferencial, derivada de ese privilegio de clima y suelo. Esa clase dominante está marcada por ese rasgo fundamental no burgués, parasitario y ello la lleva a derrochar sus fabulosos ingresos y no a reinvertirlos, manteniendo durante décadas una total indiferencia por la innovación tecnológica y el aumento de productividad. Federico Pinedo, uno de sus principales exponentes, confiesa: "Decir campo en Argentina es decir fábricas al aire libre: ya está tecnificado. Todo es cuestión de costos: la calidad de nuestra tierra y su abundancia hace que no nos convenga agregar maquinarias, porque producimos a menor promedio, pero también a menor costo. Es decir: los franceses, a una superficie de 100 le sacan carne en 50 kilos. Nosotros, a igual superficie, le sacamos 5 kilos. Pero nuestro kilo vale un peso y el de ellos vale ocho. Como nuestro territorio es mucho mayor, en conjunto, producimos más. Y entonces, ¿para qué producir acero, si es más caro que comprarlo?" Otro hombre del sistema, Moisés Ikonikoff ratifica este criterio: "La Argentina (debió decir: "su clase dominante") se enriqueció desde fines del siglo pasado pero no se desarrolló". La diferencia es crucial: la oligarquía se enriqueció, despilfarró sus ingresos (fabuloso derroche en viajes, personal de servicio, construcciones faraónicas como la actual cancillería que pertenecía a la familia Anchorena ) y en determinada época, parcialmente, le participó a la clase media radical para convertirla en su cómplice.

Pero no siendo burguesa, no se propuso desarrollar el país, no acumuló capital. Fue indiferente a la gran oportunidad para echar las bases de la industria liviana y pesada, a fin de siglo y más aún, como confiesa Pinedo, ni siquiera se preocupó de modernizar la producción agropecuaria. Por eso hubo "enriquecimiento" (para un sector de la sociedad) y no "crecimiento de las fuerzas productivas". Esa renta se distribuyó hasta 1945, en parte, disminuyendo los precios de exportación, subvencionando el costo de vida de los obreros de los países centrales, especialmente ingleses; en parte, dilapidada por el consumo suntuario de una oligarquía fastuosa y en parte, ensanchando el aparato estatal para absorber parcialmente la mano de obra desocupada producto de una política económica antiindustrialista (el "puesto público" será la bisagra de inserción del radicalismo al viejo país agrario). El peronismo, en cambio, se apropia parcialmente de esa renta diferencial y la convierte en pivote de su política de crecimiento económico y justicia social.

Para ello, controla decididamente la exportación a través del IAPI, el control de cambios y el Banco Central, concentra además la exportación defendiendo los precios y entabla duras negociaciones con los ingleses en materia de carnes ("Ni un penique más para Perón", protesta en primera página el diario inglés -News Chronicle" el 31 de marzo de 1949). Es decir, rescata la parte de la renta diferencial que se llevaba el imperialismo con bajos precios, pero, además, fija un tipo de cambio sobrevaluado que implica la apropiación de una parte de lo que percibe el exportador por sus ventas. Esa parte de renta diferencial es transferida por el Bco. Central a los industriales que -utilizando ese tipo de cambio alto- logran importar a bajo precio máquinas e insumos, mientras la combinación con tarifas aduaneras protectoras impide la competencia del producto terminado extranjero a las nacientes industrias. Otra masa de riqueza, a través del Banco de Crédito Industrial les llega a los industriales en forma de créditos a bajas 'tasas de interés en el curso de un proceso de inflación controlada, con lo cual se financian al devolver mucho menos de lo que habían recibido realmente. Otras medidas conjugan este sistema: la congelación de arrendamientos rurales permite estrechar los márgenes de los terratenientes en provecho de los chacareros arrendatarios y los alivia a éstos del menor precio que resulta de la exportación al mencionado tipo de cambio. El congelamiento de alquileres urbanos -no sólo de viviendas sino también de locales- actúa asimismo como un subsidio a los sectores comerciales e industriales reduciendo la renta parasitaria de los dueños de inmuebles. Esto significa que el sector industrial se convierte en beneficiario de una importante redistribución del ingreso que se logra transvasando una buena parte de la renta diferencial desde el sector oligárquico. Aquí reside el principal factor en que la reciente burguesía industrial basa la acumulación del capital, jugando la plusvalía obrera como otro elemento, pero no el principal, ratificando así la originalidad de este proceso.

Esa burguesía industrial que opera con créditos baratos, protección aduanera y mercado interno en expansión cede, entonces, a cambio de esos privilegios, una serie de beneficios importantísimos en favor de la clase trabajadora. La contradicción obreros-empresarios no cesa, pero se amengua notablemente, sus relaciones se aceitan merced a la renta diferencial. En tanto los precios internacionales de los productos exportables tradicionales sean altos y permitan mantener este traslado de riqueza, habrá "conciliación entre el capital y el trabajo, habrá "pacto social" o en lenguaje peronista, habrá "comunidad organizada". Los componentes del frente se asocian así obteniendo cada uno importantes conquistas: los militares expanden sus inquietudes en las tareas productivas de Fabricaciones Militares, la Iglesia obtiene la enseñanza religiosa y una gran influencia sobre la Universidad (el peronismo desaloja de allí a los representantes de la cultura liberal oligárquica, pero no puede reemplazarlos con equipos nacional-democráticos casi inexistentes, salvo los forjistas y conforma al nacionalismo de derecha con esta cesión), los industriales reciben protección estatal y amplio consumo interno, los trabajadores logran conquistas sociales, ocupación plena y fuerte redistribución del ingreso, los inquilinos gozan del congelamiento en épocas de inflación, los chacareros medianos dejan de ser explotados por las casas cerealistas y. compensan los menores precios agrarios con los arrendamientos congelados. Por otra parte, se produce un notable ascenso social de la mujer, más incorporada a la producción, con capacidad política a través del voto y acceso a las actividades profesionales. Asimismo, se realiza una importante tarea de ayuda social, desde el Estado y a través de la Fundación Eva Perón, donde Evita desarrolla un trabajo infatigable para resolver carencias del sector más postergado de la sociedad. Perón elevará al plano de la doctrina esta asociación producida en el frente nacional y la llamará "comunidad organizada". Pero, ¿cómo se conduce un frente de este tipo donde -aunque amenguados- existen contradictorios intereses y proyectos, donde se manifiestan componentes con ópticas diversas y reclamos particulares?

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PERÓN Y LA CONDUCCIÓN DEL FRENTE

El frente policlasista nacido el 17 de octubre de 1945 levanta un proyecto: concluir con el viejo país agrario y quebrantar la dependencia. Pero los diversos integrantes del Frente observan ese proyecto de Liberación Nacional desde diversas ópticas: para los hombres del Ejército significa, ante todo, echar las bases de una industria pesada propia que asegure la autonomía de las, Fuerzas Armadas sin subordinarse a armas importadas, ni asesoramiento ni tecnología extranjera; para la burguesía nacional significa, esencialmente, la protección estatal que asegure condiciones para el desarrollo de un capitalismo nacional; para los trabajadores ímplica un decisivo avance en sus derechos laborales y un mejoramiento del salario real. Si cada uno de estos proyectos hubiese encarnado en una agrupación política, el frente se habría dado como alianza de varios partidos y de ese compromiso hubiese debido surgir una dirección política representativa de todos ellos, unificada en coincidencias comunes pero también con las inevitables disidencias internas. Pero no ocurrió así porque, como sostiene Puiggros "ya en 1936 todos los partidos políticos argentinos eran conservadores", es decir, resultaban servidores o cómplices del viejo orden semicolonial. Por esta circunstancia, el naciente movimiento policlasista debió improvisarse una conducción, generar un líder capaz de expresar el común anhelo de Liberación Nacional de todos esos sectores, pero también, al mismo tiempo, el proyecto de cada uno, alguien que fuese capaz de representarlos a todos al mismo tiempo y a ninguno en particular. Ese líder fue Perón: un militar nacional, industrialista y obrerista. Más allá del afecto que perdura en la memoria de las mayorías populares argentinas, nadie puede suponer que Perón gestó la industria, invent6 la clase trabajadora y convirtió en nacional a un sector del ejército sino que, por el contrario, esa industria en crecimiento, esos trabajadores concentrados en el gran Buenos Aires y esos soldados enemigos de ingleses y yanquis generaron un líder. La realidad clamaba por un hombre para desempeñar un rol protagónico y ese hombre emergió, justo es decirlo, con un talento político y una capacidad pocas veces vista para colocarse en la cúspide del Frente Nacional. Este coronel que en 1945 llegó al instante decisivo de la lucha controlando la vicepresidencia, el Ministerio de Guerra y la Secretaría de Trabajo y Previsión, organiza su gobierno, poco después, otorgando a un hombre de la burguesía nacional el manejo de la economía y a un sindicalista, las cuestiones laborales, mientras él actúa como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y se relaciona, a través de personas de confianza, especialmente Evita, su esposa, con la central obrera. Sobre él actúan así los reclamos de los distintos aliados integrantes del frente antiimperialista y él se cuida muy bien, durante largos años, de que cada uno de ellos lo sienta su representante.

Colocado por encima de todos los sectores nacionales, como un gran padre que no admite preferencias por nadie, conforma a su alrededor una burocracia obediente para llevar adelante el `proceso de Liberación Nacional. Sin embargo, el apoyo simultáneo de empresarios nacionales y de trabajadores no puede` expresarse en un modelo que sea al mismo tiempo capitalista y socialista, sino en una sola dirección y ese proyecto resulta el capitalismo autónomo a que hemos hecho referencia. Por un lado, siendo Perón un hombre perteneciente a una institución integrada al aparato del Estado no podía ocurrírsele subvertir el sistema. Por otro lado, el nivel de conciencia alcanzado por los trabajadores no reclamaba la instauración del socialismo, sino una sustancial mejoría de sus condiciones de vida, que era posible alcanzar dentro del marco capitalista. Si se tiene en cuenta que los partidos de la vieja izquierda ni siquiera comprendieron la necesidad de "golpear juntos y marchar separados" respecto al peronismo, sino que se sumaron a la oposición oligárquica manejada desde la, embajada de los Estados Unidos, se comprende que era natural que el líder optase por el camino del crecimiento de las fuerzas productivas en el cauce de las relaciones burguesas de producción. Sólo un pequeño grupo marxista - "Frente Obrero"- entendió la necesidad de actuar junto al peronismo, en el frente antiimperialista, pero desde una perspectiva propia, socialista, en la mejor tradición de los Congresos de la IIIa Internacional donde Lenin y Trotsky habían analizado el rol a jugar por los socialistas en los países atrasados cuando el frente nacional es conducido por la burguesía nativa. Pero este grupo carecía de fuerza como para intentar disputar la conducción del frente y no logró tampoco una presencia política socialista en esa lucha de Liberación, aunque sí echó las bases de una corriente ideológica: la Izquierda Nacional.

Perón, pues, como líder del movimiento nacional, representa a todos sus componentes y se coloca, para gobernar, por sobre todos ellos, pero concreta, desde su perspectiva peculiar, el proyecto de la burguesía nacional cobarde e impotente. La apropiación parcial de la renta diferencial, a que hemos hecho referencia, juega entonces como base de sustentación del movimiento policlasista y permite a un hombre de excepcionales condiciones políticas, expresar a más de la mitad de los argentinos. Esa conducción tiene, inevitablemente, rasgos muy singulares: es personalista, vertical y pendular.

Sólo en el líder deben concentrarse las presiones, reclamos o propuestas. No hay debate en la cúpula pues peligraría la unidad del movimiento. Perón es la instancia suprema, pero no el dictador ególatra, autoritario y arbitrario que impone su voluntad porque los sectores del movimiento tienen "miedo a la libertad", como supone la interpretación liberal, sino, en definitiva, el intérprete de lo que ocurre en las calles, los barrios, los cuarteles, las fábricas y las gerencias, el árbitro final de todas las disidencias, la síntesis de los planteos contrapuestos. Por esta razón, el General no acepta a su lado estrellas con luz propia que concluirían expresando a un ala particular del frente y comprometerían su equilibrio. No te ilusiones" -le dice Jauretche a Cooke, cuando su figura ha crecido mucho en el peronismo- y le profetiza: "Ya pagarás caro lo que te has agrandado ahora, como lo han pagado todos los que se han levantado siquiera un centímetro del rasero común" (carta del 15/10/1956). Por esa razón, Perón se preocupa de no tener vicepresidentes con fuerte personalidad en los cuales pueda encarnar algún sector del frente (Quijano, Tessaire e Isabel fueron figuras decorativas; además, Perón gobernó hasta que pudo sin vicepresidente en la segunda presidencia). El conductor se rodea de hombres inteligentes y capaces -Ramón Carrillo, por ejemplo- pero siempre que no tiendan a emerger como posibles expresiones de un sector, como futuros líderes con equipos y voluntades difícilmente poco manejables. Por eso cae Domingo Mercante en la provincia de Buenos Aires y por eso, también, los cortocircuitos que se producen varias veces entre Arturo Jauretche y el General Perón.

Este personalismo se completa con el verticalismo que asegura al conductor el dinamismo y la ejecución de sus decisiones, sin empantanamientos ni discusiones en los estratos intermedios. Así se galvaniza la unidad del movimiento pero exige entonces que el propio líder se desplace, dentro del frente, para conformar a los componentes del mismo. El personalismo y el verticalismo se integran así con la conducción pendular, es decir, la adopción alternada de posiciones tendientes a la izquierda, al centro o a la derecha, respondiendo, en cada caso, a las diversas presiones, sin fijar el péndulo demasiado tiempo en una posición, que provocaría el creciente descontento de los sectores ubicados en posición antagónica. "Conducir -para Perón- es ordenar el caos es decir, galopar sobre los acontecimientos turbulentos y apaciguar las contradicciones con respuestas parciales y alternadas, para mantener la cohesión del todo. Al "Bebe" Cooke se lo plantea claramente en sus instrucciones cuando éste es su delegado personal: "No olvide que usted debe ser una especie de Padre Eterno que ha de dar la bendición a todos por igual, que si se embandera en la lucha parcial de los pequeños bandos, termina por perder a uno de ellos y eso no debe ser. Hay que arreglarlos a todos porque todos sirven para algo" (carta del 22/6/57). "Usted debe conducir el todo y no las partes" le agrega en otra oportunidad (26/11/58). Es decir, la unidad del movimiento debe estar por encima de todo ("para cada peronista no hay nada mejor que otro peronista") o como sostiene en "Actualización Doctrinaria": "No hay que mirar al costado, sino al frente donde está el enemigo". Y para mantener la unidad hay que conformar, alternativamente, a unos y a otros, provocando a veces desconciertos y otras veces disgustos, pero cicatrizando inmediatamente las heridas, reagrupando y consolidando siempre la confianza dispensada por las diversas alas del movimiento.

La conducción se privilegia entonces frente a la ideología o lo que es lo mismo, la táctica sobre la estrategia: "Para nosotros -dice Perón- no hay nada de cierto ni nada que se pueda negar, previo a una aprobación que nosotros hacemos y en el método que aplicamos. Nuestra tercera posición no es centrista, Es una colocación ideológica que está en el centro, la izquierda o la derecha, según los hechos. Obedecemos a los hechos"1. Del mismo modo, en una oportunidad en que pronosticaba resultados electorales, el General adjudicaba al radicalismo el 35%, a los conservadores el 20%, a los socialistas el 15%, a los comunistas el 10% y ante la pregunta del periodista: -Pero, General, ¿y los peronistas?-, contesta riendo: "Ah, no, peronistas son todos". De este modo, el líder, más allá de las banderas fundamentales, no se compromete de manera permanente con ninguna posición política sino que las rebobina cuantas veces sea necesario, lo que escandaliza a algunos minuciosos opositores que recortan frases del General para contraponerlas y demostrar su falta de consecuencia. Uno de ellos, Orestes Confalonieri se ocupó de archivarlas para lanzar luego un libro 'Perón contra Perón" (1956) donde demostraba que el mismo caudillo que había estado a favor de determinadas medidas, luego había estado en contra o a la inversa (enseñanza religiosa, pacificación, divorcio, relaciones exteriores ). Perón no se inmutó nunca ante esas críticas y procedió siempre pragmáticamente según las condiciones en que debía moverse, con la certeza de que las bases sociales del frente no amenguarían la confianza que le habían dispensado por estos desplazamientos hacia uno u otro lado. Dentro del frente, él podía recorrer todo el espectro e incluso a veces hasta saliéndose del frente. "¿Derechas? ¿Izquierdas? Yo el partido lo manejo con las dos manos", dirá burlándose de los ideólogos. Y en otra oportunidad graficará su conducción pendular: "El movimiento debe ser como un avión que sólo logra mantener el equilibrio y avanzar, gracias a las alas contrapuestas". Curiosamente, el otro gran jefe nacional de nuestro siglo -Hipólito Yrigoyen- afirmaba que debíamos agradecer la existencia de orillas contrapuestas pues ellas permitían instalar el puente. También el jefe radical integraba su movimiento con sectores sociales bien diferenciados y se movía pendularmente para contentarlos, aspecto sobre el cuál no han indagado mayormente los exégetas del radicalismo.

Desde el más humilde "peludista" de barrio -laburante o quinielero- hasta los estancieros aristocratizantes que conformaban el grupo "azul" del radicalismo, se abría también un abanico amplio que explica la política ambivalente practicada muchas veces por Don Hipólito. Sólo que Yrigoyen disimulaba los antagonismos de su frente nacional (chacareros, empleados, maestros, pobrerío de las provincias, e inclusive o sectores obreros y estancieros) hablando muy poco, escribiendo menos y apelando, cuando era inevitable expresarse, al lenguaje difuso de "Ia causa" contra "El régimen", las "patéticas miserabilidades" y las "efectividades conducentes". En ese Yrigoyen que no decía nada y en Perón que en extensos y periódicos discursos lo decía todo, se encierran las dos maneras de conducir el frente policlasista. Así se explica que apreciando los silencios del jefe radical o recurriendo a alguna cita siempre encontrable del jefe peronista hayan podido enfrentarse los radicales entre sí y también los peronistas entre sí, con posiciones antagónicas pero adjudicándose, en las respectivas polémicas, la exclusividad de la identidad radical o peronista.

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BONAPARTISMO Y “COMUNIDAD ORGANIZADA”

Ese juego pendular de Perón, esos giros imprevistos, esas oscilaciones que van de una política de conciliación a una de dureza, a veces en reducido lapso de tiempo, fue impugnado por la oposición liberal sindicándolo -desde esa perspectiva estrecha que se queda en la superficie de las cosas- de engaño, inescrupulosidad, oportunismo o arbitrariedad. No comprendían -no comprenden, algunos, todavía- que Perón se improvisó político para ocupar el vacío que dejaba el radicalismo claudicante y la izquierda alienada en los procesos y luchas lejanas, y aprendió a manejar las situaciones políticas colocándose, quizás sin saberlo él mismo, en la cresta de la ola de un movimiento polifacético y contradictorio. Un pragmático como él comenzó a cabalgar sobre la marcha, en el proceso mismo y logró ir sosteniendo su liderazgo, al mismo tiempo, sobre diversas fuerzas sociales que confluían contra la vieja Argentina agraria. Desde la Secretaría de Trabajo se convirtió en intérprete de los reclamos obreros, desde el GOU y la Secretaría de Guerra en portavoz y mandatario de la oficialidad nacionalista, en sus tratativas y gestiones para arreglar huelgas descubrió a empresarios como Miranda y Lagomarsino y más tarde a Gelbard y asumió su proyecto. Las circunstancias, a las que ayuda con su ductilidad y su rapidez de captación de hombres y situaciones, lo acostumbran a Perón a esa conducción pendular que llegará a manejar de manera esmerada y le permitirá años más tarde conducir al movimiento desde su remoto exilio.

Esta forma de ejercer el poder fue denominada "bonapartismo" por la Izquierda Nacional en el Nº 2 de "Frente Obrero" de octubre de 1945, estableciendo una analogía con la manera de gobernar de Luis Bonaparte según el análisis de Marx en "El dieciocho brumario de Luis Bonaparte". Con esta caracterización, los fundadores de la Izquierda Nacional señalaban que el poder no estaba en manos directamente de una clase social determinada, que Perón no era exclusivo líder de los trabajadores, ni tampoco expresaba a la burguesía nacional en el poder, sino que él y la burocracia que lo rodeaba, piloteaban vicariamente el proyecto nacional burgués. Es decir, sin ser sus representantes directos ni exclusivos, desarrollaban ese proyecto que la propia burguesía nacional era impotente para liderar, lo que daba a la política peronista caracteres muy específicos. Esta caracterización motivó polémicas, especialmente porque Perón no se elevaba -como Bonaparte- por sobre "todas las clases sociales" (aparentando gobernar para todas pero concretando el proyecto reaccionario de una de ellas) sino solamente sobre las clases que integraban el frente nacional" y asumiendo un proyecto progresista, diferencia emergida directamente de la condición semicolonial de la Argentina, distinta a la Francia capitalista del siglo pasado (la lucha de clases se desarrollaba entre la oligarquía y su aliado externo, con la complicidad de sectores de clase media, contra el movimiento nacional, aunque dentro de éste existían también contradicciones de clase secundarias entre empresarios y obreros). Hernández Arregui precisó la cuestión del "bonapartismo" al sostener que admitía ese rótulo -dada la manera peculiar de conducción del general- si se aceptaba que había bonapartismos reaccionarios como el de Bonaparte y bonapartismos históricamente progresivos, como el de Perón, cuya política de Liberación Nacional resultaba indudable. La discusión no es bizantina porque la singular naturaleza histórica del peronismo, el modo de conducción y la manera como los diversos componentes presionan sobre la dirección del frente, hará crisis más tarde y en condiciones históricas distintas colocará a los trabajadores frente a una dramática encrucijada. Perón, que se ha preocupado largamente por la conducción militar, desde sus funciones docentes en la Escuela Superior de Guerra, se entusiasma con la experiencia que está desarrollando. Los antagonismos entre los componentes del frente se diluyen bajo el arbitraje del líder, las coincidencias prevalecen sobre las disidencias, ese "caos" que es natural de las sociedades humanas, según gusta decir, se ordena bajo su conducción, la armonía impera sobre la lucha de clases dentro del frente. Y el General no trepida en elevar esa experiencia al plano de la teoría dándole fundamentos filosóficos de lo cual deduce que el justicialismo, a través de la "comunidad organizada", supera al liberalismo, "de índole egoísta" y al marxismo, "de esencia autoritaria".

Esta comunidad organizada cuyo trípode está dado por la CGT, la CGE y las Fuerzas Armadas, se refracta asimismo en la organización del Partido Justicialista: rama gremial, rama política y rama femenina. Los opositores verán aquí rasgos corporativos e intentarán vincularlos a la visita de Perón a la Italia de Mussolini o a las influencias ideológicas de algún nacionalista clerical cercano al presidente. Pero erran profundamente porque su mentalidad colonial les impide comprender que en Argentina y en general, en toda América Latina, la existencia de una cuestión nacional torna progresivo todo frente de clases oprimidas que promueva modernas relaciones de producción y crecimiento de las fuerzas productivas. Tampoco entienden que la razón profunda que permite ese pacto social -esa "conciliación entre capital y trabajo"- reside en la renta agraria diferencial que aceita los engranajes de la maquinaria productiva en esa Argentina del '50 permitiendo la redistribución de ingresos en favor de los obreros, sin afectar la acumulación del capital. Sin embargo, precisamente allí, en la renta diferencial, reside el secreto de la esfinge que permite iluminar los diversos aspectos del peronismo aparentemente incomprensibles. Por esa misma razón, cuando a partir de 1952/53 esa renta comience a estrecharse peligrosamente -por la disminución de los precios agropecuarios internacionales y la tendencia al autoabastecimiento de algunos países europeos- emergerán dificultades que cuestionarán seriamente el funcionamiento de esa "Nueva Argentina" nacida en 1945.

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EL ACHICAMIENTO DE LA RENTA AGRARIA DIFERENCIAL

Tal como hemos dicho, ese proceso de Liberación Nacional, bajo la forma de desarrollo de un capitalismo autónomo, descansaba fundamentalmente sobre la renta diferencial. Esa apreciable diferencia entre los costos de nuestra zona pampeana y de los otros países agropecuarios posibilita que estancieros y chacareros continúen produciendo aún cuando se les quite una importante parte del precio de sus exportaciones para financiar el crecimiento industrial y la justicia social. Por esta razón, la disminución de esa renta diferencial provoca graves dificultades para seguir implementando esa política que ha caracterizado al peronismo desde 1946. La renta diferencial sufre su primer achicamiento entre 1951 y 1952 como consecuencia de factores climáticos: la pampa húmeda padece dos sequías sucesivas de una magnitud jamás conocida en su historia. La caída de la producción agropecuaria y la situación apremiante de muchos productores impide someter los precios de exportación a importantes quitas, como en los últimos años. La traslación de ingresos del campo a las ciudades se reduce y mientras los industriales empiezan a encontrar dificultades para llevar adelante la acumulación del capital, también se desacelera el mejoramiento del salario real de los obreros. La "comunidad organizada" encuentra así sus primeras dificultades de funcionamiento.

Contemporáneamente, se perciben ya los efectos de la recomposición de la economía mundial de sus heridas de la Segunda Guerra, generando también una nueva disminución de la renta diferencial, ahora ya no a causa de factores coyunturales (climáticos) sino de causas que tienden a ser permanentes (mejoras tecnológicas producidas en países competidores mientras la parasitaria oligarquía argentina, siguiendo el consejo de Pinedo, se desentiende de invertir y mejorar; tendencia al autoabastecimiento de alimentos en varios países europeos; recomposición del control de los grandes consorcios internacionales sobre el mercado mundial comprimiendo los precios de los países del Tercer Mundo). Frente a estas dificultades, el gobierno reorienta su política económica mejorando precios agropecuarios (junto a la veda de carne y luego, la elaboración de un pan de inferior calidad para el consumo interno) e intenta estabilizar salarios y precios con medidas de corte monetarista. El plan económico de 1952 va dirigido a paliar los desajustes mencionados y difunde un lenguaje nuevo desde las altas esferas: austeridad, productividad, estabilización. Perón mismo se ocupa en un discurso de señalar el despilfarro de los argentinos, observable en la cantidad de alimentos que hay en los tarros de basura, convocando a ahorrar para consolidar una fuente de inversión nacional.

Los diarios -entre 1953 y 1955- ofrecen el rostro de un peronismo distinto a aquel de los primeros años. No se trata, sin embargo, como superficialmente explica Félix Luna, de que se hubiesen gastado las reservas acumuladas durante la Guerra en un irresponsable festín, pues esas reservas se emplearon, en su mayor parte, para reequipar al país que necesitaba motores, máquinas transportes, etc.- y también para recuperar los resortes económicos sin cuyo control resultaba imposible poner en marcha un intento de crecimiento autónomo de las fuerzas productivas (repatriación de la deuda externa para concluir con el drenaje de divisas por amortizaciones e intereses, pago parcial por la adquisición de los ferrocarriles). El cambio obedece a la disminución de esa superutilidad agraria que entre 1945 y 1952 era la bomba impulsora del desarrollo y parecía haber anulado la lucha de clases dentro del frente nacional. El peronismo intenta ahora proseguir su política tradicional de la "comunidad organizada" pero la base de sustentación se ha debilitado demasiado. Es urgente realizar una importante inversión en transportes y combustibles -algo retrasados respecto al crecimiento general- y al mismo tiempo, impulsar decisivamente la industria pesada que está en pañales. La industria metalúrgica, especialmente los electrodomésticos, así como la industria textil, han cubierto ya su expansión, pero es necesario asimismo renovar equipos. Por su parte, la CGT intensifica sus reclamos hacia 1954 protestando por las alzas de precios que deterioran el salario real, mientras los empresarios nacionales sostienen que la única solución consiste en aumentar la productividad obrera -disminuida, según ellos, por excesivas conquistas sociales-, es decir, reclaman la aplicación de las reglas clásicas de acumulación del capital: menor salario, mayor jornada, en buen romance, la plusvalía funcionando a pleno.

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UNIDAD DE CONDUCCIÓN Y BUROCRATIZACIÓN 

Unidad de conducción y burocratización Además, los obstáculos no sólo traban la marcha en el área económica sino que aparecen también en el plano político. La conducción vertical y la unidad de mando impuestas por el Gral. Perón favorecen la ejecutividad: las decisiones son inmediatas, como asimismo la implementación de las mismas para concretarlas. El mismo se burlará, más de una vez, de los amplios cuerpos colegiados donde se discute mucho y no se hace nada, de los proyectos enviados "a comisión", como así también de que "lo mejor para no hacer un cambio reside -no en oponerse sino en proponer otro- pues las interminables discusiones concluyen por esterilizar la propuesta.

Pero también es cierto que el liderazgo unipersonal, con férrea disciplina hacia abajo, concluye por eliminar a los más aptos y conformar una burocracia de obsecuentes. Jauretche comenta al respecto: "Recuerdo que una vez, en una reunión de ministros, Perón hizo una pregunta y yo los veo a los ministros que todos empiezan a pasarse la pelota, que nadie quiere dar su opinión: ¿Qué decís vos?, le dice uno al otro. ¿Y usted qué dice? Y se siguen pasando la pelota porque saben que Perón es un tipo rápido de imaginación, rapidísimo y que no aguanta mucho sin hablar, sin opinar. Entonces, Perón da su opinión. Es decir, han pasado los cinco minutos necesarios y Perón ya da su opinión. Entonces, uno lo mira al otro y le dice: fenómeno, pero te das cuenta como las ve todas, pero qué talento, qué genio, cómo las comprende... ¡Qué hijos de puta!, digo yo. Porque esa vez Perón tenía razón en sus conclusiones, pero si no hubiera sido así, si se hubiera equivocado, si la hubiera visto mal, igualmente habrían dicho lo mismo... Los adulones son una cosa terrible, porque destruyen, porque no ayudan, no informan y engañan..." Por esta razón, a través de esos años de gobierno se ha ido produciendo una selección al revés: importantes figuras políticas, de claro pensamiento y cristalina conducta, van siendo desplazados por los arribistas, los obsecuentes, los "pensionistas del poder" interesados sólo en los cargos y dispuestos a no disentir jamás, a no alertar, a no advertir posibles errores. "Hubo que resignarse a ser un espectador, donde se creyó ser actor de primera fila", señala Jauretche y a partir de su renuncia, en 1950, toma distancia del mundo político. "Me apena pensar todo lo que yo pude hacer en la formación de la conciencia nacional en el transcurso de esos diez años -escribe Raúl Scalabrini Ortiz-. Es claro que el gobierno de Perón hubiera sido constantemente hostigado por mí, para bien de Perón y del país. No le critico siquiera haberse rodeado de adulones. El hombre de gobierno necesita esa corte de lisonja para sostenerse, para confortarse, para continuar esa tremenda tarea de conducir al país entre las tremendas dificultades internas y externas. Pero debió haber dejado un resquicio, una trinchera, algo desde donde hubiéramos podido continuar adoctrinando y enseñando..." Al terminar sus mandatos como diputado y gobernador, respectivamente, en 1952, son apartados del gobierno John W. Cooke y Domingo A. Mercante. Juan José Hernández Arregui es víctima de denuncias maccartistas desde la derecha del peronismo. Asimismo, los mejores gremialistas van siendo reemplazados en la conducción de la CGT por burócratas rutinarios, sin otra preocupación que cumplir órdenes.
Perón mismo denuncia en un discurso que se encuentra rodeado de "adulones y alcahuetes" y que buena parte de la gente que solicita audiencias sólo termina proponiendo negocios, a veces de dudosa moralidad. Una gran soledad lo va rodeando al líder. En este sentido, el fallecimiento de Evita en 1952 ha resultado un golpe muy duro. Ella constituía el puente entre el líder y los trabajadores, el mecanismo a través del cual Perón permanecía en contacto con la realidad de lo que constituía "la columna vertebral del movimiento".

Pero, a partir de la desaparición de Evita, este vínculo se realiza a través de burócratas más dispuestos a dar informaciones agradables que a plantear los problemas existentes, a dar información veraz de lo que ocurre en las bases. Esa burocratización, en las altas esferas del poder, significa, para el peronismo, la pérdida de su dinamismo y combatividad de los primeros años. Ella se conjuga, asimismo, con las dificultades de índole económica, para colocar al General ante una grave crisis que exige definiciones rotundas para poder proseguir la marcha.

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EL PERONISMO EN LA ENCRUCIJADA 

Frente al peronismo gobernante se ofrecen entonces dos caminos. Uno de ellos consiste en profundizar el proceso de Liberación Nacional convirtiendo a los trabajadores en protagonistas cada vez más decisivos y recortando ingresos no sólo a la oligarquía sino incluso al reciente aliado: la burguesía nacional. Ésta ha aprovechado el apoyo estatal para impulsar sus industrias pero no se ha preocupado mayormente de la eficiencia de sus empresas protegidas de la competencia externa y favorecidas por créditos baratos y alto consumo popular. Por el contrario, su inconsciencia histórica la ha llevado a copiar pautas de consumo oligárquicas (primero, la quinta, después unos campitos y unas vacas que permitan acceder a la Sociedad Rural, más tarde el viaje a Europa y un auto para cada hijo porque "los chicos tienen cada uno sus compromisos"). Por eso, vez de continuar subsidiando su inconsciencia y su derroche, es necesario consolidar la franja de economía estatizada y desarrollar diversas formas de propiedad social (desde cooperativas hasta ensayos de autogestión o cogestión obrera). Asimismo captar capital de la única fuente existente -la oligarquía terrateniente- a través de diversas medidas, desde el impuesto a la renta normal potencial de la tierra, la absorción de la renta inmobiliaria y un fuerte gravamen a los gastos suntuarios, hasta la nacionalización de las estancias, transformando esa propiedad agraria en propiedad social y concretando la tecnificación y modernización que permita multiplicar la producción. Este camino significa convertir al peronismo, prácticamente, en un partido obrero pues su base social se reduciría esencialmente a los trabajadores e implica no sólo una audaz política nacionalista revolucionaria sino que al afectar a la propiedad privada adquiere perfiles socialista. Ya no se trataría entonces de la Liberación Nacional en el marco de la "comunidad organizada" sino de la clase trabajadora acaudillando la Liberación Nacional en el camino hacia el socialismo. La otra variante consiste lisa y llanamente en aprobar los reclamos de la CGE y fundamentar, desde ahora en adelante, la acumulación de capital en la exacción de plusvalía a los trabajadores. Sin embargo, dada la debilidad e inconsciencia histórica de este sector social, el modelo se combina con algún tipo de negociación que permita importantes inversiones de capital extranjero. La presencia imperialista resulta insoslayable en esta alternativa. Por un lado, porque la burguesía nacional se abastece de manera importante de insumos y tecnología importados, lo que la torna proclive a acuerdos con el imperialismo, aunque tema que éste pueda quedársele con porciones de mercado interno, y por otro lado, porque el apoyo de esa burguesía nacional al peronismo jamás se dio en bloque, con posibilidades de constituir una fuerte columna de apoyo al gobierno sino, por el contrario, de manera mediatizada, tanto por su estrechez de miras capitalistas como por su colonialismo mental, lo que la conduce, también, a munirse de un socio poderoso. En este caso, la posibilidad de perder apoyo en sectores obreros y esa debilidad de la burguesía nacional, constituye al imperialismo en actor demasiado protagónico que inevitablemente cuestionará la política de Liberación Nacional tendiendo a reemplazar ese proyecto por el de un capitalismo dependiente. Aquí también se agrieta Ia "comunidad organizada" pero la experiencia histórica de diversos, países indica que tras su empantanamiento -la revolución inconclusa o interrumpida- se precipita la claudicación.

Estos caminos que se bifurcan ante el gobierno peronista, ofrecen asimismo su correlación en el campo estrictamente político. En el primer caso, tarde o temprano, resulta indispensable abrir cauce en el frente nacional a una posición socialista. En el segundo, el frente nacional se irá diluyendo en una conciliación cada vez más estrecha con los partidos que expresan, en mayor o menor medida, los intereses imperialistas. Enfrentado a esa opción, el peronismo -entre 1953 y 1955- vacila en adoptar un rumbo.

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ENTRE LA CONCILIACIÓN Y LA REVOLUCIÓN

Durante ese período (1953-1955), el gobierno peronista no se decide a adoptar ningún camino definido. Navegando sin rumbo cierto, ensaya políticas propias de cada una de las alternativas posibles, respondiendo, en cada caso, a la diversa presión de los distintos componentes del frente. Esa ausencia de definición lo enreda en contradicciones paralizantes que favorecen las posibilidades del golpe oligárquico.

Por un lado, intenta provocar inversiones imperialistas que cubran, por lo menos transitoriamente, las necesidades de capital: así sanciona la Ley de Radicaciones Extranjeras garantizando el giro de utilidades al exterior hasta el 8% del capital invertido (esta ley adquiere contornos "nacionalistas" si se la compara con la adoptada años después por Martínez de Hoz, pero significa una involución respecto a la política peronista del '45); inicia negociaciones dirigidas a desmantelar el grupo de empresas DINIE para demostrar su genuino propósito capitalista y su aversión a las "aventuras estatistas"; concreta un acuerdo ad referéndum del Congreso con una subsidiaria de la Standard Oil para explotar petróleo; establece buenas relaciones con el Eximbank. Este giro de buena voluntad hacia el capital extranjero se expresa en las visitas de Milton Eisenhower y Henry Holland, hombres prominentes de la diplomacia yanqui. Al mismo tiempo, los reiterados llamados de Perón a gastar menos y producir más, coronados por el Congreso de la Productividad de 1955, del cual emerge la figura de Gelbard al frente de la CGE, revelan la intención de convertir el esfuerzo popular en la base del crecimiento. En la misma línea, se encuentran la política de austeridad en la administración y el congelamiento de salarios durante dos años. Pero, por otra parte, desde el gobierno aparecen manifestaciones nuevas que permitirían suponer la voluntad de profundizar la Liberación Nacional por carriles revolucionarios: por un lado, el propio Perón se constituye en impulsor de una agrupación de Izquierda Nacional (el Partido Socialista de la Revolución Nacional), dándole no sólo apoyo oficial sino otorgándole su espaldarazo personal en un artículo de "Democracia", bajo el seudónimo de "Descartes"; además, se acentúan los rumores acerca de la creación de "milicias obreras", como si hubiese decisión para concretar esa idea acariciada por Evita, de quien se recuerda que mandó adquirir armas en 1952 para la CGT. Asimismo, el peronismo acentúa política de unidad latinoamericana (convenio con Chile y negociaciones muy adelantadas con Brasil, frustradas por el suicidio de Vargas) que augura una enérgica política antiimperialista. Por otra parte, se produce el conflicto con la Iglesia -una Iglesia preconciliar cuya participación en el frente se verificó siempre desde la derecha- expresión de otro ribete izquierdizante. Ese enfrentamiento lleva a desprenderse de la influencia ideológica del nacionalismo de derecha con su carga de superstición y anticomunismo, abriendo cauce en la Universidad y en los medios de difusión a un desarrollo creciente de las ideas del nacionalismo popular y de la Izquierda Nacional. Asimismo, en esta época, Perón designa a Alejandro Leloir, de trayectoria yrigoyenista, cercano al forjismo, como Presidente del Partido y a John William Cooke, un nacionalista revolucionario, por entonces, como interventor del Justicialismo en el distrito Capital, lo que revela el propósito de desembarazarse de una burocracia asfixiante que el mismo General ha denunciado como "grupo de alcahuetes" que se ocupan solamente de "negociados y coimas". También por entonces Perón convoca a los trabajadores ferroviarios a proponer nuevas formas de conducción de la empresa, a modo de cogestión e incluso sugiere a otros gremialistas la posibilidad de que los sindicatos intervengan en el análisis de costos de las grandes empresas a fin de aplicar una justa política de precios.

Los desplazamientos a derecha e izquierda -tocando los límites extremos de "la comunidad organizada"- signan así el curso peronista de esos momentos cruciales. Esos desplazamientos resultan a menudo desconcertantes como ante el golpe armado por la United Fruit contra el gobierno revolucionario de Guatemala encabezado por Arbenz: el gobierno argentino, junto al mejicano, se niega a avalar la maniobra yanqui en la reunión de la OEA y luego, producido el golpe, da asilo a más de cien adictos a Arbenz... pero finalmente concluye poniendo presos en Villa Devoto a 29 exiliados. La conducción pendular opera ahora de manera menos gradual, inclinándose a peligrosos bandazos, a consecuencia de las mayores presiones originadas en que la base del "pacto social" -la renta diferencial- se ha reducido notoriamente. Atacado por la Iglesia en 1954 -pues ésta teme ahora la radícalización de las masas y pretende moderarlas con la creación del Partido Demócrata Cristiano- el gobierno responde frenéticamente no escatimando insulto a los pastores, hasta que la procesión de Corpus Christi -el 11 de junio- se constituye en el prólogo del infame bombardeo a Plaza de Mayo masacrando al pueblo ese nefasto 16 de junio de 1955. Sin embargo, el gobierno no adopta drásticas medidas represivas e incluso intenta aplacar los ánimos escamoteando información sobre los muertos. Ha sofocado el golpe, pero en vez de llevar a cabo una contraofensiva fulminante, atempera hasta que poco después propone la gran conciliación nacional. Es decir, se desplaza de una posición dura, expresada en la furibunda campaña periodística anticlerical, a una posición conciliadora que el propio Perón formula el 14 de julio anunciando que ha dejado de ser "el jefe de la revolución para ser el presidente de todos los argentinos". Ya antes, en 1953 había ofrecido sus brazos afectuosos a la oposición provocando la aceptación de Pinedo, aunque luego las tratativas se frustraron. Ahora también la "pacificación" es desechada por los partidos antiperonistas, pero este ofrecimiento del General debe ser recordado pues él lo reiterará en 1974. Es decir, si no se puede o no se quiere avanzar en una política nacionalista revolucionaria, se inician políticas conciliadoras pues se están reduciendo notoriamente las condiciones materiales necesarias como para repetir "la comunidad organizada" del '45.

En esta ocasión, el rechazo de la oposición conduce a Perón al discurso agitativo del 31 de agosto donde se compromete a seguir adelante con su política popular y amenaza con que "por cada uno de los nuestros que caiga, caerán cinco de los de ellos". De la pacificación a la guerra en pocas horas significa, para los opositores, una prueba de la falsedad de Perón o para otros, de su sicología ciclotímica. Pero solo es resultado directo de lo que ocurre debajo de las aguas: mientras la burguesía nacional presiona para conciliar intentando asegurar, por sobre todo, la continuidad capitalista y poner en caja a los obreros exigentes, éstos, confusamente, apuntan a trascender los límites en que se ha empantanado el peronismo presionando en el sentido de profundizar la Revolución. Ya los proyectos resultan demasiado antagónicos como para avanzar a través de una síntesis. Ya la indefinición se torna debilidad ante los problemas acuciantes sin resolver. Del frente del '45, casi nada queda, ahora que un importante sector de las Fuerzas Armadas, bajo la influencia del nacionalismo clerical, se desvincula del frente. Tampoco la burguesía nacional está dispuesta a seguir a Perón en sus "desvaríos" del 31 de agosto. Asimismo, sectores de clase media de modestos recursos también amainan sus entusiasmos por ese Perón que en momentos críticos distrae demasiado tiempo en el deporte. Aquel poderoso frente nacional del '45 ya no existe. Sólo la clase trabajadora permanece sosteniendo al gobierno. La oligarquía comprende el peligro que la acecha y la oportunidad que se le presenta. En ese escenario político, se produce el golpe militar del 16 de setiembre de 1955.

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LA REVOLUCIÓN NACIONAL INCONCLUSA 

El gobierno peronista ha sido derrocado porque el frente nacional ha entrado en disgregación. Sólo los trabajadores han golpeado las puertas de los cuarteles exigiendo armas para jugarse "la vida por Perón" en esos días tremendos de setiembre. Tanto la burguesía nacional como la Iglesia y buena parte de las Fuerzas Armadas han avizorado, con terror, "hordas rojas" en las plazas de la Argentina. Sin embargo, apoyándose en el sector leal de las Fuerzas Armadas -aún sin recurrir a la movilización y armamento de los obreros- el gobierno hubiera podido conjurar el golpe. Así surge de las memorias de los participantes (tanto de los hijos de Lonardi, como de los recuerdos de Bonifacio del Carril). Aramburu ha sido derrotado en el litoral; la insurrección de la Base Naval de Río Santiago está sofocada; Lonardi, en Córdoba, controla "apenas el metro cuadrado de suelo que pisa" mientras las fuerzas de Morelos, Iñíguez y Sosa Molina avanzan hacia Córdoba y Puerto Belgrano. Sólo la flota comandada por Isaac Rojas -y abastecida presumiblemente en alta mar por buques ingleses- se convierte en el reducto más difícil de sofocar, pero con ella solamente no es posible derrocar al gobierno. Campo de Mayo y otras unidades importantes continúan leales a dos días de iniciada la lucha, lo mismo que la casi totalidad de la aviación. Lagos se ha insurreccionado en Mendoza, pero uno de los regimientos lo hace cantando la Marcha Peronista suponiendo que va en ayuda del gobierno. En Santiago del Estero, cuando el Gral. Iñíguez se informa de la rendición, se desconcierta y estalla en un acceso de furia. ¿Por qué, entonces, Perón no reprime a los insurrectos? Él dirá, en primer término, que recordando el drama de la guerra civil española quiere, por sobre todo, "evitar el derramamiento de sangre entre hermanos" aunque era previsible, como ocurrió, que la sangre derramada, sería, en el caso de una derrota, la de sus propios militantes. Después, argumentará que su renuncia fue entregada a un grupo de generales, sólo para negociar una solución y que éstos lo traicionaron. Jauretche, por su parte, sostuvo que la egolatría de Perón lo llevó a considerar que el golpe militar era contra su persona y no contra el pueblo, ni contra el proceso de Liberación. Si hubiese sido así -comenta Jauretche- era correcto no derramar sangre por un hombre, pero el golpe oligárquico era contra el proceso de Liberación Nacional que el pueblo estaba desarrollando y por esta razón, era necesario combatir. Creemos, sin embargo, que existieron causas más profundas que condujeron a la renuncia del presidente y que ellas están dadas por esa encrucijada que vivió el peronismo, sin lograr resolverla, entre 1953 y 1955. Es cierto que Perón evidenciaba en esos años un gran cansancio y una gran soledad, como él mismo lo manifestara. A la desaparición de Evita y la pérdida del empuje de los primeros años, le siguió la conformación a su alrededor de una burocracia obsecuente y asfixiante. Lo que va de Mercante -rodeado del equipo forjista- a Aloe, blanco de los chistes de la oposición, es una distancia tan apreciable como la que se verifica en el campo gremial, desde Armando Cabo a Di Pietro, quien aconsejó paciencia en 1955 porque el gobierno de Lonardi prometía respetar las conquistas sociales. Lo que va del Perón que lanzaba fuertes invectivas contra la oligarquía ("Ias fuerzas vivas son los vivos de las fuerzas") o reivindicaba a la Revolución Rusa en el Ministerio de Guerra, allá por los cuarenta, al Perón demasiado absorbido por el deporte en 1954, señala también el agotamiento. Pero en lo profundo de los acontecimientos -más allá de factores personales- es más razonable suponer que el General comprendió que se encontraba ante límites infranqueables que la realidad oponía a sus propósitos. Ante la encrucijada, ante el camino que se bifurcaba, él no estaba dispuesto a optar: el peronismo no gobernaría sin expresar a esos obreros que lo habían rescatado aquel día glorioso del '45, pero tampoco daría un salto en el vacío profundizando trasformaciones económicas y sociales que lo llevarían, seguramente, demasiado lejos, por rumbos imprevisibles. Ante esa disyuntiva insoluble, era preferible apartarse en la plenitud de su prestigio, conservando la lealtad fervorosa de las masas, a desgastarse bajo presiones contradictorias a las cuales ya no podía -como antes- sintetizar en una política superadora. El retorno oligárquico del ’55 (proimperialismo, política antipopular, persecución a los sindicatos, intento de destrozar la memoria de aquellos años), deviene así directamente de la negativa de Perón a convertirse en títere de una burguesía traidora y un imperialismo rapaz, así como de su impotencia para dar una salida revolucionaria, dada la ideología expresada en la "comunidad organizada" como correlato del frente policlasista. Por esta razón, el proceso de Liberación Nacional se interrumpe, la Revolución queda inconclusa. La película deja de proyectarse hacia adelante mientras los más fervorosos gorilas del '55 pretenden incluso dar vuelta los carretes para regresar al 3 de junio de 1943. A partir de esta derrota, el peronismo inicia una experiencia nueva, con su líder desterrado, convertido su nombre en palabra impronunciable, con sus sindicatos intervenidos y sus delegados presos, con los trabajadores poniendo en marcha una heroica gesta: "la resistencia".

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Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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LA PATRIA: USADA, TERGIVERSADA, INCOMPRENDIDA...

Referirse a la patria en un país como la Argentina, cuya historia se halla recorrida por la cuestión nacional, obliga, aunque parezca asombroso, a varias aclaraciones para disipar equívocos. Tal ha sido el uso, abuso, vaciamiento y tergiversación de ese concepto.

En 1910 -bajo la égida conservadora- la legitimación del orden necesitaba loas a la patria formal -tema de efemérides- las que fueron entonadas por grandes vates como Leopoldo Lugones y Rubén Darío. En la semicolonia agroexportadora -que poco antes, en 1904, había sido presidida por el Dr. Manuel Quintana, abogado del Banco de Londres- ostentar la escarapela, cantar el himno y enarbolar la bandera eran exigencias insoslayables para encubrir la dependencia. La patria formal reemplazaba a la patria real sin industrias, sin minería, sin hidroelectricidad, sin explotación pesquera. Las principales decisiones se tomaban en el River Plate House de Londres donde se reunían los dueños de los ferrocarriles, los frigoríficos, las empresas de seguros, la flota mercante, los puertos y diversas empresas de servicios públicos. La clase dominante, usufructuaria del modelo agroexportador, acallaba los reclamos de la patria postergada, para lo cual celebraba a la civilización -expresada en capitales y mercaderías importadas- y denostaba a la población nativa -india, negra, mestiza, gaucha- por bárbara, abúlica, incapaz de todo progreso. Para ello, ajustó una maquinaria de difusión ideológica -tanto en la escuela como en los medios de difusión- que idolatraba la teoría de los costos comparativos de David Ricardo y la consiguiente división internacional del trabajo, silenciando el alerta de Carlos Pellegrini en 1876: “Nosotros somos y seremos, por mucho tiempo, si no ponemos remedio al mal, la granja de las grandes naciones manufactureras... Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto. Asimismo, la oligarquía vacuna fabricó una historia boba, legitimadora de la política predominante, donde los grandes patriotas eran, casualmente, amigos de los ingleses.”

De esta curiosa patria se hallaba ausente la soberanía. La minoría que detentaba el poder regenteaba a la semicolonia procurando cumplir con los deseos de su Majestad Británica, lo cual ocasionaba, entre otras cosas, un permanente abultamiento de la deuda externa. Pero no sólo había desaparecido la soberanía en tanto decisiones propias, sino también en cuanto las mayorías populares no podían expresar su voluntad, pues imperaba el fraude, ese fraude que pocos años después se adjetivaría sugestivamente como patriótico. La contradicción era evidente pues la patria -en su sentido equivalente a nación- como conjunto de hombres y mujeres que hablan un mismo idioma en un territorio continuo, tienen relaciones económicas entre ellos y poseen tradiciones culturales e históricas comunes, sólo puede expresarse a través de las mayorías populares. Así, pues, la patria, la verdadera patria se hallaba muda, sometida, expoliada y endeudada. Se manifestaba, sólo de tanto en tanto, a través de algún movimiento revolucionario como el de 1905 y se expresaba, además, pero en voz muy baja, en las coplas y leyendas que configuraban una identidad nacional no sólo en la patria chica sino también en la grande, latinoamericana, así como en sus recuerdos de gestas y luchas heroicas protagonizadas por hombres que decían, por ejemplo, Seamos libres, lo demás no importa nada o No puedo concebir que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria... Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer.

La circunstancia de que la identidad nacional de los argentinos se diluyese se vio favorecida por la inmensa masa inmigratoria que ingresó al país, no porque ella se negase a arraigar sino porque el conocimiento de la Argentina auténtica le pudo ser escamoteado: carente de tradición oral cayó en la fábula histórica; radicada en el litoral, ignoró al interior del país; atenta a Europa, no miró hacia América Latina. Mayor desencuentro aún se produjo -entre los inmigrantes- con la llegada de luchadores sociales, tanto anarquistas como socialistas, que venían impregnados del internacionalismo proletario y abominaban de la patria como obstáculo interpuesto por la burguesía para quebrar la hermandad de clase de todos los trabajadores del mundo. (Entre las singularidades de la Argentina estuvo precisamente ésta: tener socialistas antes de tener concentración obrera en industrias)

De tal modo, mientras en la semicolonia agroexportadora imperaba la patria formal recordada sólo en las efemérides escolares y militares, con discursos, fanfarrias y desfiles, la izquierda manifestaba su aversión a toda expresión patriótica como atentatoria del internacionalismo proletario. Sólo excepcionalmente algunos profetas solitarios procuraron enlazar las banderas de socialismo y patria. Así, por ejemplo, Manuel Ugarte proclamando, en 1912, la necesidad de un socialismo nacional, pero su voz fue acallada inmediatamente en un lamentable juego de pinzas entre la derecha oligárquica antinacional y la llamada izquierda internacionalista.
Dos décadas después, la patria sufrió una tergiversación mayor. Ante la importancia adquirida por los sectores medios -inmigrantes e hijos de inmigrantes confluyendo con el pobrerío del interior, en las llamadas chusmas irigoyenistas- desde los sectores reaccionarios brotó una reivindicación patriótica de contenido reaccionario, que vino a operar como un reaseguro del sistema. Si alguien osaba alejarse del internacionalismo proletario y asimismo denunciar el patriotismo formal con que el liberalismo oligárquico encubría la sumisión semicolonial, pisaría otra trampa y se metería en el callejón sin salida del nacionalismo. El autoritarismo uriburista instalado en el poder el 6 de setiembre de 1930 se calificó de nacionalista en tanto abominaba de los inmigrantes -resaca que nos envió Europa, según Lugones, uno de los mentores del golpe- y colocaba a la patria, allá lejos, en la tradición hispánica colonial de las botas, sotanas y chiripás. Este gobierno nacionalista, con olor a petróleo, tenía cuatro ministros -sobre un total de ocho- vinculados a la Standard Oil y había derrocado a un gobierno nacional y popular en las vísperas de la posible sanción de la ley de nacionalización petrolera. Reivindicar a la patria según esta versión pronorteamericana, sustentada en familias de abolengo del interior -Ibarguren, Padilla, etc.- consistía en reemplazar la constitución de 1853 por la Carta del Lavoro mussoliniana, hacer el saludo nazi en los desfiles de la Legión Cívica y si era posible, restaurar los abolengos, escudos nobiliarios y hasta la Inquisición de aquellos días anteriores al Mayo revolucionario.

Sin embargo, ese proyecto no pudo imponerse. El liberalismo oligárquico expresado en el Gral. Justo se impuso a los devaneos fascistas del Gral. Uriburu y el fraude, por supuesto patriótico, devolvió a la vieja clase dominante al poder. El concepto de patria que ella sustentaba lo expresó, sin vacilaciones, el vicepresidente Julio A. Roca (hijo) en recordado discurso en el Club Argentino de Londres, el 10 de febrero de 1933: Así, ha podido decir un publicista, sin herir su celosa personalidad, que la República Argentina, por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vista económico, parte integrante del Imperio Británico. Ante la crisis económica mundial y ante el peligro de no poder vender sus vacas, la clase dominante se había decidido a llamar a las cosas por su nombre y a reconocer públicamente la condición vasalla, antes oculta.

Pero la crisis, al mismo tiempo, quebró el maquillaje a los ojos del pueblo y los forjistas dijeron dos años después: Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre. La reivindicación patriótica era aquí nacional y popular, totalmente ajena al enemigo nacionalista reaccionario. Los forjistas lo distinguían claramente: Para los nacionalistas, la patria es el rezo del hijo ante la tumba del padre. Para nosotros, la patria es el canto de la madre ante la cuna del hijo. Para ellos, la patria ya existió, en el pasado lejano. Para nosotros, es un sueño de futuro.

Incluso en algunos sectores de izquierda comenzó a replantearse la cuestión de la patria. Así, por ejemplo, en el Partido Socialista Obrero que hablaba de Liberación Nacional aunque se frustró poco después. También en una corriente del trotskismo -que luego constituiría el grupo Frente Obrero- desde donde explicaron que la verdad de Marx -los obreros no tienen patria- se limitaba a los países capitalistas cuya cuestión nacional había sido resuelta, como Francia e Inglaterra, pero que en el caso alemán -aún no unificada (en 1848) en un estado nacional- el mismo Marx había advertido la necesidad de que los socialistas peleasen junto a la burguesía contra la monarquía, entendiendo que esa revolución nacional sería preludio de una revolución obrera hacia el socialismo. Explicaron asimismo que al pasar el capitalismo a su etapa superior -el imperialismo- Lenin había advertido la importancia que adquiría la patria en los países coloniales y semicoloniales y que tanto él como Trotsky habían formulado la táctica socialista de participar en los movimientos nacionales de esos países, porque la cuestión patriótica era, en ellos, históricamente progresiva. Sin embargo, la casi totalidad de la izquierda tradicional no quiso o no pudo entender este replanteo y ello habría de llevarla, pocos años después, al desencuentro con los trabajadores..

Venían los tiempos del Perón o Braden y el movimiento popular asumió entonces, sin vacilaciones, la reivindicación de la patria, como aspiración de soberanía, que asoció, en su experiencia de avance, con crecimiento económico, pleno empleo, alta participación en el ingreso nacional, legislación social protectora, consolidación de una cultura propia. Más tarde, en 1973, nuevamente la cuestión nacional dividió las aguas. Se habló, entonces, de Liberación o dependencia.

Siempre la patria, pues. Hoy también, aunque con el correr de los años, la Historia -inagotable en la formulación de desafíos- parece alertarnos que la Patria Chica realizará su destino inevitablemente en la Patria Grande, lo cual significa reasumir el proyecto de San Martín y Bolívar, actualizándolo en función de las nuevas condiciones históricas.

Buenos Aires, julio 8 de 2003 Norberto Galasso Centro Cultural "E. S. Discépolo"

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PERONISMO E IZQUIERDISMO

NOTA ACLARATORIA: El texto que sigue fue probablemente publicado por única vez en el libro Perón, Jauretche y revisionismo cultural (Ediciones Temática S.R.L., Buenos Aires, 1985) de Osvaldo Guglielmino que fue quien descubrió este texto entre los papeles personales de don Arturo, que se pudieron investigar por especial autorización de Clara Iturraspe de Jauretche. Guglielmino no acierta a chequear ni la fecha ni el motivo del texto (posible artículo, apunte de libro). Por el contenido se puede colegir que es de los últimos tiempos de Jauretche y es claramente un escrito sin terminar [Texto de "Uchi" y de Félix Rodríguez-Trelles]

* * * * *

Mientras son claras y precisas las líneas que marcan el enfrentamiento entre los conservadores y todas las demás fuerzas reaccionarias que, bajo la enunciación genérica del liberalismo, se adscriben a la división internacional del trabajo y al mantenimiento de la situación colonial del país, no dando otras posibilidades de salida que las que resultan de la profundización de la colonización por la inversión extranjera y el permanente drenaje de las riquezas a través de esa inversión realmente supuesta, son más confusas las líneas que separan al proceso nacional argentino, iniciado por el Justicialismo, de la izquierda, aunque gran parte de la izquierda ha rectificado los errores de la generación interior que la llevaron a militar en la misma línea del liberalismo por oposición al Movimiento Nacional. Me estoy refiriendo a la época de la Unión Democrática.

En realidad, la configuración ideológica de la Unión Democrática frente al movimiento de masas que representó el peronismo, era simplemente una síntesis de un hecho histórico permanente en nuestro país. El enfrentamiento entre las bases propias de realización de la nación y sus posibilidades de creación cultural propia con la imposición, por encima de ellos, de una transferencia de los enunciados teóricos de todas las doctrinas colonizadoras. No interesa si estuvieron ellas a favor o en contra de la colonización o generadas en condiciones históricas que no eran las nuestras. No es el propósito de este trabajo profundizar en el tema, que ya está agotado.

Como ocurrió en la época del federalismo, como ocurrió con el irigoyenismo, como ocurrió con el peronismo en los momentos decisivos en que el país quiere expresar sus puntos de vista y realizaciones propias y no las elaboradas por la inteligencia europea, la intelligentzia argentina se alinea contra el país. La Unión Democrática es una reiteración de la actitud de la intelligentzia frente a Irigoyen, reiteración de la intelligentzia de los directorales que, en el fondo, no hacen más que repetir el esquema simplista de Civilización y Barbarie, partiendo del supuesto que lo autóctono es bárbaro y no tiene sentido constructivo ni representa una cultura, mientras la única posibilidad está en la transculturación, es decir, en la transferencia del pensamiento elaborado en las metrópolis. Y esto es común a la derecha y a la izquierda, común a todas las ideologías de transferencia.

En cambio, los movimientos populares generan un modo de pensar derivado de la praxis empírica, resultado de sus comprobaciones empíricas de duro aprendizaje, pero comprobaciones que le van construyendo sus posibilidades de realización. Única posibilidad, por otra parte, de obtener, junto con la liberación económica, la soberanía política y una justicia social auténtica.

Después de 1955 se ha producido una profunda transformación, y donde parecía producirse una profunda transformación en la comprensión de estos movimientos populares, era en la intelligentzia.

Una cosa característica de la juventud del 45 fue el fubismo. Se ha llamado fubismo esa actitud intelectual por la cual la izquierda asume posiciones tremendistas frente a la aparición del hecho nacional y popular. En vez de tratar de interpretarlo y comprenderlo lo niega básicamente en defensa de un esquema de cultura opuesto a la “barbarie”. Es decir, repite lo de Civilización y Barbarie y se alía entonces con la derecha. Es la alianza de la intelligentzia contra la “barbarie”. Porque se parte del supuesto sarmientino de que todo lo que no tiene el sello de lo europeo es bárbaro, y porque la intelligentzia no forma su pensamiento en función de la realidad contingente e inmediata, sino en función de teorías elaboradas en otros medios y en otras circunstancias que no hacen más que aplicar por encima de la realidad y tratando de desechar todo lo raigal.

Me interesa, refiriéndome a esa izquierda, señalar un proceso que se cumplió en algunos de sus sectores referente a la comprensión histórica del fenómeno peronista.

Prácticamente la izquierda comprendió, a los pocos años de la revolución del 55 y después de haber sido instrumento de la reacción liberal, que había sido eso, un juguete, y no había tenido capacidad para adecuarse a la realidad que había creado el Movimiento Justicialista. Con esto ha hecho una revisión histórica de su posición, tomando de nuevo la posición nacional. Pero no hay que engañarse ni creer que esto es muy profundo, porque lo único que hace la nueva izquierda, siempre alimentada por la formación cultural externa, por los maestros y los libros, es subestimar las realizaciones nacionales. Y su comprensión histórica llega nada más que a transferir el error a la generación de izquierda que la precedió, pero prosigue elaborando su pensamiento con los mismos métodos que la llevaron al desencuentro con el camino nacional. Transfiere a un partido, al Partido Comunista, lo que es una característica de toda la izquierda, característica que tampoco es exclusiva de una época, porque la misma actitud tuvo frente a Yrigoyen cuando las izquierdas actuaban en connivencia con las derechas.

La izquierda ha aceptado, por ejemplo, el revisionismo histórico, pero es un revisionismo muy particular porque supone que los acontecimientos históricos que se desarrollaron durante la época federal debieron desarrollarse según un esquema de país que ellos no reconstruyen. Por ejemplo, un libro graciosísimo de Milcíades Peña está destinado a demostrar que federales y unitarios eran propietarios de la tierra, es decir, destinado a demostrar que el mate tiene agujero. ¿Qué otra cosa que propietarios de la tierra podían ser los hombres de mando de esa época? A no ser que fuera posible la lucha de clases como ellos la esquematizan en este siglo; y una organización de las clases en un sistema de la propiedad de la tierra como ellos mismos señalan y en el que el proletariado estaba muy lejos de existir como tal.

Todas estas incomprensiones históricas son hijas del hecho de que no se abocan al estudio de la historia en función de lo ar­gentino sino en función de esquemas que ya tienen, y la clave da la asimilación de nuestra realidad económica -con respecto a la tierra en el siglo pasado- con el feudalismo europeo.

He considerado conveniente esta previa introducción para explicar algo que he dicho en un artículo periodístico reciente: que estoy harto y estamos hartos los peronistas, y en general todos los nacionales, de todos estos izquierdistas que vienen a descubrir ahora que nosotros tuvimos razón y que ellos o sus antecesores no la tuvieron. Pero enseguida nos vienen a dar consejos y orientación como si no se hubieran equivocado nunca. Yo no encuentro ninguna diferencia entre fugarse de la realidad argentina a Rusia, como fugarse a la realidad China o a la de Cuba, y proponer seriamente a los que están construyendo una Argentina real las realizaciones hechas en otros países y en otras circunstancias históricas y, además, las teorizaciones que ya han fracasado totalmente.

Lógicamente, contra una política nacional actúa en los países periféricos, en los países colonizados, el prestigio colonizador de las doctrinas. Se nos presenta al mundo actual como sometido a una alternativa sin otro término de solución: o el socialismo o el capitalismo. El socialismo es un modo implícito de eliminar al justicialismo como solución.

Yo vengo aquí precisamente a sostener que nosotros hemos inventado con nuestro Movimiento soluciones argentinas que no están en las doctrinas exteriores. Más aún: que el Justicialismo ha sido maestro de una forma de realización que yo no sé si vale para otros países, pero vale para nosotros. (Ya me parece ver la sonrisa del sabihondo profesional del marxismo, sin que ello sea un juicio sobre Marx, sino un juicio sobre los marxistas). Decirse marxista es una coquetería que le permite al ignorante cubrirse con una reputación de inteligente. Este individuo que hace ese juicio despectivo es el que habla del Tercer Mundo y habla del tercerismo. Yo tendría que recordarle en este momento que la expresión Tercer Mundo tiene un origen peronista. La Tercera Posición en materia internacional nació en la Argentina y fue enunciada por el general Perón antes que nadie hubiera usado la expresión Tercer Mundo. Y la expreso porque la Argentina de Perón estuvo bloqueada por el capitalismo y por el socialismo, es decir, por las dos técnicas, por las dos doctrinas y por las dos políticas, y marchó y fue creando su pensamiento precisamente porque supo ser tercera posición y porque esa tercera posición la obligó a liberarse de las coyundas del pensamiento ajeno e ir creando el propio por interpretación de la realidad, con el arbitrio de soluciones concretas para los hechos concretos que se le iban presentando.

Es curiosa la actitud de la izquierda: en cuanto intelligentzia reitera las actitudes de la izquierda para todos los gobiernos po­pulares. Los izquierdistas sonríen mefistofélicamente como dueños de toda la sabiduría. Uno los oye hablar de países sumergidos y países emergidos, pero se alarmarían si uno les dijera que la expresión también fue lanzada a la sociología y a la economía por el general Perón. Algunos comentan ya una nueva escuela, la de Grenoble -otro tipo de mentalidad colonial-. La escuela de Grenoble habla para eludir la alternativa socialismo-capitalismo, habla de desarrollo autónomo no capitalista, con lo cual incurre en el error de remitir ese desarrollo a una de las formas de la supuesta alternativa.

¿Tiene el mundo necesariamente como alternativa una de las dos fórmulas, capitalismo o socialismo?

Voy a hacer algunas afirmaciones que son adelantos, pero que deben ser juzgadas a posteriori de lo que voy a decir cuando me refiera al hecho de la realización argentina.

Las doctrinas económicas que todavía se debaten: el socialismo en sus diversas formas, y el capitalismo o, mejor dicho, el liberalismo como doctrina del capitalismo, son hijas de la economía de escasez. En cuanto se refirieran al hecho social se encontraban con la solución, en el sentido que la demanda crecía con relación a la producción a pesar de la incorporación del vapor a la producción, a pesar del maquinismo. Todas las crisis del siglo XIX son crisis de escasez. Es lógico que, en el fondo, esas doc­trinas no expresen sino más que modos de enfrentar el dramático pronóstico del malthusianismo. Las necesidades crecen en proporción geométrica y los recursos en proporción aritmética. El socialismo tiende a solucionar los males que surgen de la escasez por una mejor distribución de los bienes; el capitalismo, por la dura ley del más fuerte, es decir, por la supervivencia de los más aptos. A su vez, el catolicismo social tiende a realizar los propósitos distributivos del socialismo, pero no fundados en la mecánica de la lucha de clases sino en gracia divina basada en la caridad.

Pero el siglo XX tiene una característica muy particular que se acelera día por día y que por otra parte se puede ejemplificar prácticamente con el acceso de una nación al primer plano del mundo: el acceso de los Estados Unidos. Es la incorporación y la producción de la energía eléctrica y de las formas de producción en serie cuya figura cumbre ha sido Henry Ford. La producción en serie y la multiplicación de las fuentes productora de energía transformó aquella ley que determinaba que las crisis eran de escasez. Desde principios de siglo, casi podría decirse desde 1912, se produce aceleradamente un proceso de producción por la transformación de la técnica que ahora llega a una automación a límites insospechados, en función de la cual as crisis del siglo XIX han sido motivadas porque los estantes estaban vacíos, ahora las crisis se producen porque los estantes están llenos y no hay capacidad de compra en las masas.

Es decir que esta opción capitalismo-socialismo está un poco atrasada con relación a la transformación técnica del mundo, cayos efectos se notan en los aspectos sociales internacionales. Es en función de esto que Estados Unidos ha pasado al primer plano mundial, y es en función de esto que la URSS y China le disputan la dirección. Que uno haya llegado a eso por los caminos del socialismo, que el otro por los caminos del capitalismo, no quita que la nueva sociedad va a ser hija, no del capitalismo o socialismo, sino del hecho de la producción multiplicada y de las posibilidades de poner la capacidad de adquisición de las nasas en relación con esa producción multiplicada.

Están, pues, abiertas todas las hipótesis de solución. Pero yo prefiero remitirme a lo que aquí se ha hecho, y que es la cons­trucción de un desarrollo autónomo que no es capitalista ni es socialista. Esta política se realiza durante el gobierno del general Perón y bajo la dirección de Miguel Miranda.

Los peronistas ni siquiera tienen idea bien clara de las profundas innovaciones y transformaciones que se hicieron. Hablan más de los efectos que de las causas. Más aún: ese fenómeno que ya he mencionado de la intelligentzia y su soberbia y desprecio por lo nacional y la íntima conciencia de los peronistas en el sentido de que, en el fondo, ellos representan el proceso de barbarie frente a los intelectuales “civilizados”, los ha llevado a subestimarse y a no estimar sus propias realizaciones.

Teníamos una Argentina bloqueada por los dos imperios más grandes del mundo, aislada, y en ese momento estaba realizando su transformación de país agropecuario, destinado a producir materias primas baratas para la exportación, a país fundado en el mecanismo de su producción y su consumo interno y en el que empieza su primer desarrollo industrial.

¿Cuáles son las soluciones que va arbitrando el gobierno de Perón? La primera y fundamental es la nacionalización de la banca. Nacionalizar la banca supone ponerla al servicio de la política orientada por el Estado. Es decir, la banca no es un instrumento, el ahorro sí. El ahorro ha sido utilizado hasta ese mo­mento para la colonización, como ha ocurrido después del 55. Con la nacionalización del Banco Central, la nacionalización de los depósitos y la dirección impresa por el Banco peronista, los bancos se convierten en instrumento promotor del desarrollo.

Con la promoción del desarrollo va implícita otra cosa: las prioridades, es decir, qué es lo primero que se debe establecer, en qué sentido debemos desarrollarnos.

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LA LUCHA POR LA LIBERACIÓN NACIONAL

John William Cooke

Un clima de rebeldías individuales puede durar indefinidamente sin afectar al régimen que las provoca. Solamente cuando la rebeldía está coordinada y encauzada en un movimiento de liberación adquiere la eficacia necesaria para luchar con éxito. Al análisis de esa organización, a precisar dentro de lo posible sus límites humanos y doctrinarios y a fijar sus condiciones para su victoria eventual tiende este trabajo.

Si solamente se tratase de fijar un programa con destino a la fuerza política a la que pertenezco, la tarea sería más fácil y mis enfoques ganarían precisión: expondría con vistas a un movimiento unido en torno a una jefatura indiscutida, con un alto grado de disciplina y cohesión basadas en la comunidad ideológica y en motivaciones sentimentales. Pero, de la misma manera que declaro que no puede haber liberación sin el Peronismo, reconozco que tampoco podrá hacerla exclusivamente el Peronismo. La tarea requiere una movilización popular muy vasta, una gran política de masas orientada por un programa que sea, al mismo tiempo, inflexible en el mantenimiento de ciertos principios fundamentales y suficientemente amplio como para superar los particularismos ideológicos de sectores que coinciden en el propósito común.

Por eso, lo primero a considerar es cual sea ese propósito común. Si únicamente se buscase terminar con este gobierno que nos oprime y avergüenza, deberíamos actuar en común con casi todos los partidos del país que, con diferentes grados de agresividad, proclaman su oposición al mismo y buscan diversas formas de cambiar su política, desde las persuasivas hasta el cuartelazo. Si, en cambio, deseamos eliminar las posibilidades de que existan un gobierno semejante y una política semejante, entonces hay que prescindir de muchos aliados circunstanciales.

1 - La Cuestión nacional

Todo planteo para la lucha debe partir del conocimiento de nuestra situación de país semicolonial, integrante de un continente semicolonial. La crisis económica, política y social que los sirvientes de la oligarquía terrateniente argentina y de la Gran Bretaña crearon y desarrollaron hasta sus últimas consecuencias a partir de setiembre de 1955, se descarga en una "solución" a costa de las grandes masas populares. Para comprender el sentido criminal de la política Prebisch-Frigerio-Alsogaray hay que recordar que el futuro nacional depende de la superación de la contradicción económica, política y social entre la entidad nación -pueblo y la unidad oligárquico-imperialista. Esa contradicción en el orden económico, se manifiesta en las exigencias -cada ciclo crecientes- del desarrollo industrial y por las posibilidades -cada ciclo decrecientes- de una economía agropecuaria desarrollada para servir los intereses de la entente formada por el grupo de monopolistas de la tierra (explotadores de la renta de invernaderos de la provincia de Bs.As. y la llamada zona cerealera), el comercio importador de la Capital, los grupos industrializadores de la carne y la Gran Bretaña. El golpe reaccionario del 16 de setiembre fue un serio esfuerzo para restaurar el antiguo sistema de la entente. El imperialismo yanki y la gran burguesía industrial lo apoyaron, en definitiva, colocando por encima de toda otra consideración la necesidad de echar abajo un gobierno popular basamentado en la clase obrera.

En las elecciones de 1958 el equipo setembrino perdió el poder político, pero haciendo uso de la fuerza que conservaba presionó hasta lograr que el gobierno adoptase una línea de acción consecuente con las necesidades de la oligarquía. Algunos teóricos provenientes de la izquierda, partiendo de la tesis exacta de la decadencia del imperialismo, hicieron la apología de un plan de desarrollo económico bajo la hegemonía de los Estados Unidos. Desde sus posiciones burocráticas ignoraron que las concesiones al imperialismo estadounidense no impidieron nuevas concesiones a Gran Bretaña, por cuanto la Argentina es zona de "coexistencia" entre las potencias coloniales anglosajonas.

El actual equipo económico ha prescindido de la terminología seudoizquierdista y habla con una claridad que demuestra que no tiene, en ese sentido, mala conciencia: a diferencia del presidente y su primer elenco, no ha traicionado ninguna fe jurada, pues nunca simuló servir la causa popular.

El ingeniero Alsogaray acaba de afirmar que la prédica antiimperialista constituye una "pamplina", siguiendo en eso la línea de pensamiento de la gran prensa comercial. La clase dirigente argentina -tanto la que participa del gobierno como la que esta fuera de él o contra él- practica todas las astucias del "idealismo burgués". La verdad objetiva del imperialismo impidiendo el desarrollo armónico independiente de las veinte repúblicas latinoamericanas es algo que no debe difundirse ni comprenderse. Por lo tanto, niegan esa verdad. Desgraciadamente, el imperialismo está presente en la estructura política de América Latina, con sus veinte soberanías teóricas encubriendo la deformación geográfica y el infraconsumo. Cualquier política de liberación debe ser, por sobre todo, antiimperialista. La oligarquía nativa es un subproducto que solamente será eliminado cuando se liquide la influencia del imperialismo. La lucha, entonces, es de liberación nacional, para liberar el país y alcanzar su triunfo definitivo en el momento, aún lejano, en que América Latina constituya una unidad real y libre de la opresión de los grandes centros cíclicos.

La oligarquía intenta distraer la atención del pueblo de este núcleo central de la problemática americana, ya sea negando la existencia del imperialismo, ya sea superponiéndole otros que, con la ayuda de la maquinaria de propaganda, presenta como más urgentes o fundamentales. Es así como quiere desviar las energías de la liberación hablando de la defensa de Occidente, o de la supervivencia de valores culturales greco-latinos. De paso, puede arrojar la sospecha de comunista sobre cualquiera que persista en agitar las causas reales de la inferioridad americana.

No hay operación mental que pueda convencer a una masa alertada de que esos valores culturales, políticos y religiosos están identificados con posiciones prácticas en la lucha por la hegemonía mundial y el mantenimiento de los mercados. Si los franceses en Argelia o los ingleses en Kenia son los representantes de un orden ético-cultural, entonces la conclusión sería desear cuanto antes la quiebra de ese sistema y no la solidaridad con los "cruzados" de la civilización occidental. Los países imperialistas crean slogans espiritualistas para encubrir la expoliación colonial, pero los pueblos han alcanzado ya un alto grado de madurez y saben que la única división mundial auténtica en este siglo es la de países oprimidos y países opresores. Las masas latinoamericanas no pueden hacer causa común con los verdugos porque ellas también están en la lista de las víctimas.

El Peronismo planteó, por primera vez, la posibilidad de un antiimperialismo práctico desarrollado en medidas concretas que comprendían un sistema defensivo. Al antiimperialismo romántico y teórico en que tuvo que refugiarse la generación precursora de Ugarte, y al antiimperialismo parcial, inorgánico, sentimental de Yrigoyen, sigue un antiimperialismo práctico y formando parte de un sistema coherente apoyado en las masas desposeídas. Analizar si llegó hasta el límite de sus posibilidades en la contingencia histórica en la que le tocó actuar, es materia ajena a este trabajo. Mientras la idea esfumada y retórica del "mundo nuevo" que proclamó Yrigoyen atrajo a una parte magnífica de la juventud argentina que le dedicó, sin éxito, sus esfuerzos, las instituciones que manejaba la oligarquía y su propio partido la arrinconaron en el osario de las buenas intenciones. El antiimperialismo posterior a 1945 no solamente fue la primera realización amplia en el terreno práctico, sino que terminó con la servidumbre intelectual. Las enseñanzas de los maestros como Scalabrini Ortiz se incorporaran al lenguaje y a los objetivos del pueblo. La composición social del Peronismo dio la única base posible para la lucha efectiva: el proletariado y los trabajadores del campo.

Tan profundo fue el cambio, que el principal partido opositor, la Unión Cívica Radical, no pudo persistir en su programa y en su lenguaje pre-Peronista: en su seno triunfó la línea yrigoyenista. Aunque su formulación tenía semejanzas con la del Peronismo eso no implicó, sin embargo, que se hubiese producido una aceptación real de los nuevos puntos de vista: el programa, en realidad, estaba "arrinconado en un folleto", como tuvo que reconocer el propio Lebensohn.

En estos momentos en que los partidos políticos intentan especular con la gran masa proscrita, en muchos documentos y discursos aparece el problema imperialista. Pero se ve que es un lenguaje postizo para atraer incautos.

La lucha por la liberación parte, entonces, de la determinación del enemigo real: el imperialismo, que actúa a través de la oligarquía nativa y de los engranajes políticos, económicos y culturales a su servicio.

En primer plano aparecen, indisolublemente unidas, la cuestión nacional y la cuestión social. Una no puede resolverse sin la otra.

2 - El carácter revolucionario de la lucha

Si tomamos como punto de partida que la liberación no se consigue derrotando al grupo gobernante sino terminando con la dominación imperialista -y no otra puede ser la conclusión después de desarrollarse el temario del Congreso para la Liberación Nacional- se perfila, con bastante nitidez, el carácter de la lucha en que estamos empeñados. El gobierno al proscribir la fuerza política mayoritaria ha cerrado el camino para las soluciones electorales. El procedimiento desmiente en los hechos las declamaciones democráticas de la oligarquía gobernante, pero responde a la férrea lógica interna que preside sus acciones.

El régimen establecido por la Constitución de 1853 constituye la aplicación local del sistema de instituciones del capitalismo, entonces en pleno ascenso. Se debilita al Estado con el argumento de garantizar la libertad y la igualdad de los ciudadanos, pero al mismo tiempo para excluirlo de toda intervención en el terreno de los hechos económicos donde la burguesía ha reemplazado las formas feudales. Las multitudes populares no pueden ejercer los derechos que teóricamente les otorgan las Constituciones, salvo en una sola dirección la que favorece el control del estado por parte de la clase pudiente. Cuando, como sucedió en Francia en 1848 y 1870, el pueblo reclama por el despojo, el propio Estado se encarga de reprimirlo inmisericordemente.

Este proceso, perfectamente estudiado desde muchos ángulos, adquiere características peculiares en América Latina. La República Argentina toma de la Constitución de Filadelfia - que fue una Constitución estudiada y sancionada por ricos- todo el mecanismo que asegura la mínima participación popular en el manejo del Estado: elección indirecta de presidente y senadores, frenos y controles, poder judicial, etc. Los comentaristas y redactores de la Constitución norteamericana fueron bien explícitos en el sentido de que ellos concebían la democracia como un gobierno de las élites. La oligarquía, consecuente con los puntos de vista que ha sostenido a través del grupo rivadaviano, trasplanta esos principios e instituciones. Si, como sucedió a veces, el sistema amenazaba dar resultados adversos a los previstos, entonces la clase dirigente hace trampas: veta candidatos (como sucedió después del año 30) o recurre al fraude electoral; a partir de 1955, impide que el Partido Peronista concurra al comicio.

La primera línea de defensa de la casta dominante está ubicada en el sistema del 53, que otorga libertades políticas a cambio del respeto por la organización que permite el mantenimiento de las desigualdades sociales. Cuando esa línea es rebasada, está la segunda línea del fraude, cuya característica moderna consiste en la calificación apriorística de cuáles fuerzas son democráticas y cuáles no. Esto es, como he dicho, lógico. Una clase dominante no abandona sus ventajas ni siquiera por consecuencia con sus propios principios políticos. Es otro caso de idealismo burgués: se defiende la “Libertad” como idea platónica y desencarnada, pero en el terreno vulgar de la práctica se desconoce la condición de libres a los que ponen en peligro los privilegios. La oligarquía no solamente es dueña de las cosas: también es dueña de las palabras. "Libertad", "democracia", "moral" figurarán cuantas veces sea necesario en un decreto que dé el zarpazo a las libertades civiles argentinas. La democracia y la libertad se definen a partir del mundo de valores liberal burgués; por lo tanto, cualquier tentativa de sustituir la explotación económica por sistemas más justos de distribución de la renta nacional está al margen de la convivencia. El Estado debe ser indefenso frente a los poderes del dinero y despiadado en la represión de los rebeldes.

En los grandes países industriales el régimen liberal funcionó sin mayores perturbaciones durante muchos años porque la prosperidad general, obtenida mediante el desarrollo de las fuerzas productivas y la expansión imperialista, permitía una mejora constante de los niveles de vida. Eso explica el carácter reformista de muchos partidos obreros en Europa, que se beneficiaban con parte de los ingresos provenientes de la depredación colonial.

En los países coloniales como la república Argentina, donde un alto porcentaje de lo producido nacional se desvía hacia las capitales financieras, el régimen liberal sólo sirve a la oligarquía, cuyo enriquecimiento es el resultado de su comunidad de intereses con el imperialismo, mientras el país y el pueblo se empobrecen. Ese orden de injusticia permanente impuesta a través del sistema es propiciado por una serie de estratos que lo defiende: desde la prensa comercial, los grupos profesorales, los intelectuales cipayos, la masonería, hasta los partidos políticos llamados "tradicionales". Una parte de la pequeña burguesía siempre se alinea con la opresión, ya sea porque cree ejercer una parte del poder social, ya sea por influencia de la propaganda que masivamente se descarga sobre ella desde hace un siglo.

Las clases dirigentes y parte de la pequeña burguesía del país colonial adoptan los esquemas mentales impuestos por el país dominante, y ello por varias razones: porque sus intereses están vinculados a los del imperialismo; porque se consideran parte integrante del mundo cultural al que esas ideas responden, mundo del cual creen participar merced a su sedicente superioridad intelectual sobre el resto de la población; porque se encandilan con el relumbrón del pensamiento europeo o norteamericano, sin entrar a considerar que responden a contingencias que son en muchos aspectos antitéticas de los intereses nacionales.

Los parias de la India, intocables de última categoría, son los primeros en creer que una maldición los oprime y los hace inferiores al resto de los demás mortales; por eso viven una existencia semibestial, aniquilada en ellos toda esperanza de mejoramiento. El mismo proceso intelectual se opera en un país colonial, que acepta un sistema de castas económicas en las que le corresponde un peldaño inferior de la escala. Pero este caso es aún peor, porque el paria se resigna pasivamente a lo que cree una fatalidad ineludible, mientras que la mentalidad colonial no se limita a proclamar lo inevitable de su servidumbre: declara, además, que es conveniente y que de ella provienen infinitas venturas.

Las fuerzas que actualmente gobiernan son liberales. No son, aunque traten de confundir los términos, democráticas. La oligarquía ya está en su segunda línea de defensa, pues debe defender al liberalismo aún a costa de medidas antidemocráticas. No pueden coexistir pacíficamente un movimiento de liberación nacional y las instituciones liberales, que son una estructura jurídica que protege un sistema determinado de organización económica para beneficio del capitalismo extranjero y nativo.

El liberalismo ha sido elevado a la categoría de verdad eterna por los poderes del privilegio, envolviéndolo en el incienso de la retórica idealista. Pero un sistema jurídico-económico es simplemente "una elección humana convertida en situación". Es contingente y determinado histórica y geográficamente. Las soluciones al drama nacional exigen la caducidad de estas estructuras, lo que constituye una revolución.

No somos fuerzas del desorden, porque el orden que combatimos se identifica con intereses y privilegios y el orden al que aspiramos no puede instaurarse dentro del régimen liberal por dos razones: 1ª porque el esquema liberal excluye la revolución, que es una modificación del status quo existente; 2ª porque el régimen liberal es el instrumento de la opresión y el problema nacional implica la liquidación de la oligarquía como clase y la libertad frente al imperialismo.

La oligarquía apoyada por instituciones superadas por las circunstancias históricas, impone una tiranía que debe ser derribada junto con todas sus estructuras. La lucha por la liberación es, por lo tanto, revolucionaria, así como nacional y social.

3 - Los partidos políticos como tales están excluidos del Frente de Liberación 

Concretadas las características de la lucha y su profundidad como proceso de transformación, queda limitada también la extensión del agrupamiento de fuerzas que la llevaran a cabo. Si es una guerra "contra" el régimen, no podemos contar con los que combaten al gobierno "dentro" del régimen. Combatimos contra el sistema y no contra una de sus variantes.

Los partidos políticos por más violentamente opositores que se demuestren, integran la misma situación que denuncian, forman parte de ella. Son rebeldes tolerados, aunque ahora adopten el lenguaje de las fuerzas populares y quieran nutrirse de ellas. Con eso, distraen hacia escaramuzas sin importancia las tropas que deben concentrarse para la batalla central.

Los partidos no buscan la destrucción de las estructuras económicosociales, sino que las defenderán contra el pueblo, como lo han hecho siempre. Si ahora se sienten repugnados por las proscripciones, hay que recordar que esa táctica se inicio con la tiranía militar, a la cual prestaron su apoyo incondicional, reservando algunas críticas anodinas para asuntos no fundamentales.

Integraron la Junta Consultiva, ese mamarracho que los propios tiranuelos militares despreciaban y sólo tenían en cuenta cuando se expedía como ellos querían, y allí intercambiaron sonrisas, zalamerías y bromas de solterona con el vicepresidente de facto, por sobre el cadáver de los argentinos fusilados por defender sus convicciones. En el seno de ese organismo dieron una inicial lección de fervor democrático, expulsando a los primeros que se manifestaron en desacuerdo con el golpe de palacio del 11 de noviembre.

La entrega al imperialismo no comenzó con Frondizi-Frigerio sino con los militares setembrinos. Pero entonces, los partidos nada dijeron. Ahora protestan contra el plan económico con sospechoso fervor de recién llegados al antiimperialismo y pretendiendo que el pueblo se olvide de que participaron en la revolución del año 30, que durante la "década infame" consintieron la entrega, culminando con la Unión Democrática bradenista y, diez años más tarde, con el festín de la revancha oligárquica.

Esos partidos son amorfos, vacíos de contenido. Lo cual no es una característica local sino fenómeno común en América latina. Son el producto de cien años de deformación colonial, en cuya órbita giran dócilmente.

El Partido Conservador -con su diversa nomenclatura- es tradicionalmente el representante directo del privilegio. Los conservadores son coherentes en el pensamiento y en la acción, actúan con total solidaridad de clase y aceptan con displicente cinismo cuanto convenga a sus intereses. La oligarquía conservadora del pasado tenía, dentro de su nefasta trayectoria, cierta grandeza y elegancia. La actual sólo ha conservado la rapacidad. El prurito de un conservador es considerarse "correligionario" de Churchill, de Eden y de McMillan (así como los socialistas se consideran "correligionarios" de Gaitskell y Bevan), de acuerdo con la modalidad extranjerizante de ver las cosas argentinas como reflejo de lo europeo. Eso lo convierte en un imitador simiesco, en un "guarango". Del conservador británico es un sirviente fiel, hábil para el manejo de los intereses coloniales. El inglés permanece fiel al sistema de democracia parlamentaria que le aseguró durante tres siglos el predominio económico del mundo. El argentino, después de copiar servilmente las instituciones anglosajonas, las desvirtuó sistemáticamente mediante el fraude, elevando el delito a forma de acción política.

Pero la oligarquía no actúa exclusivamente a través de los conservadores, sino que encuentra defensores -conscientes e inconscientes- en las demás agrupaciones políticas. Decir que el radicalismo es igual a los partidos conservadores sería incurrir en una simplificación demasiado grosera e ignorar, maliciosamente, el papel cumplido por la UCR en la historia política del país. Pero, a esta altura del desarrollo nacional, hace mucho que ha dejado de ser una fuerza de progreso para convertirse en el pilar de la ideología liberal-burguesa y en un engranaje del sistema opresor. Con esto no estoy calificando a cada radical, ni siquiera a cada dirigente. Pero la política es una ciencia objetiva y un arte objetivo: ya sea que cada uno de ellos crea o no que la nebulosa retórica radical tiene alguna relación con la solución de los problemas nacionales, lo objetivo es que el Partido Radical viene luchando desde años atrás contra los intereses populares. Tal vez en esa fuerza política más que en las otras, el "idealismo liberal" haga prosélitos sinceros que actúan, en el mejor de los casos, como auxiliares de los verdugos.

El Partido Socialista forma, junto con los conservadores, la columna vertebral de la política colonialista. Cuando gravitaban en el movimiento obrero lo encausaron hacia la mansedumbre reformista, desviándolo de sus verdaderos objetivos como clase y enfrentándolo con las medidas que defendían la soberanía nacional. Ahora son los teóricos de los que el "Barrio Norte" entiende por “progresismo”: por eso el asfalto los vota sin temor a que comprometan el orden social. Antiguamente, muchos jóvenes de familias no proletarias se hacían anarquistas o socialistas para luego, con los años, evolucionar hacia los partidos conservadores. El Partido Socialista actual les ahorra esa peregrinación.

Los programas que cada partido enuncia, son formulaciones que solamente tienen valor en la medida en que se traduzcan en el orden de los hechos políticos. Todos los partidos aparecen como objetivamente son, cuando confluyen a la Unión Democrática. La Unión Democrática es algo más que un caso circunstancial de acción política promiscua: es una posición ideológica proimperialista, seudo democrática, extranjerizante, que señala la uniformidad real de los partidos por encima de los rótulos y enunciados diferenciadores. Las palabras-clave de la ideología liberal -"libertad", "democracia", etc.- hacen de mágico conjuro cada vez que hay que convocar bajo banderas extranjeras. Entonces los conservadores marchan con los radicales, las izquierdas con las derechas, suprimidas automáticamente las barreras doctrinarias artificiales. Así, fueron belicistas cuando las dos guerras mundiales, antiyrigoyenistas en el 28 y en el 30, bradenistas en el 46, golpistas en el 55.

Cuando en diciembre de 1956 centenares de hombres y mujeres esperaban en la cárcel un acto de justicia que los devolviese a sus hogares, uno de los máximos representantes del conservadorismo hablo por radio para demostrar, mediante invocaciones patrióticas y citas del evangelio, que no debía concederse amnistía. Un dirigente demócrata progresista afirmó que las cárceles del país no estaban pobladas por presos políticos sino por delincuentes comunes. También sostuvo que el imperialismo no existía: eso le valió la critica de la juventud de su partido, la que, a su vez, fue llamada al orden por el comité central que se solidarizó con el orador revanchista.

Los socialistas, que todos sabemos que son mansos y maleables, se caracterizaron por el histerismo feminoide con que reclamaron más persecución.

La tiranía setembrina pudo encarcelar, torturar, fusilar y robar sin que los partidos políticos protestasen. No fue simplemente por oportunismo y cobardía, sino porque forman parte de la unión sagrada oligárquico-imperialista contra el pueblo y la patria. Desde la Junta Consultiva, los últimos trastos de cambalache político jugaban a representar al pueblo y servían a la revolución de los ricos contra los pobres.

Este inventario de infamias podría prolongarse durante muchas páginas, y no tiene por fin reavivar agravios sino demostrar el odio general de los partidos políticos por el movimiento popular. La adhesión a la oligarquía y la ferocidad contra lo popular es el punto de coincidencia.

Para la oligarquía, todo lo sucedido entre 1945 y 1955 fue un gran error, producto de la falta de educación del pueblo. A las masas no hay que darles libertad, sino educarlas para que en una etapa posterior sepan utilizar su libertad votando por los partidos del orden. Es la tesis común a las fuerzas de opresión. "Gleba electoral" dice un documento de las UCR-P, refiriéndose a la ciudadanía que los repudia sistemáticamente. Intelectuales y políticos quisieron imponer al pueblo una mentalidad de vencidos, apoyándose en teorías del resentimiento y del posterior sentimiento de culpa. Esa creación psicoanalítica, tan cara a los norteamericanos para explicar la actitud actual de los alemanes después del apoyo al hitlerismo, se trasladó a nuestra tierra junto con las leyes de "desnazificación". Borges expuso en conferencia la tesis que nos presentaba como un pueblo derrotado -lo que en verdad éramos- y con complejo de culpa, lo que era una creación de literatura fantástica. Américo Ghioldi desarrolló el tema, y aunque es un pequeño burgués positivista, no tuvo inconvenientes en citar a Jaspers, el filosofo de lo trascendente. Lo que no es extraño pues Jaspers coincide en que la masa es amorfa, vacía, irresponsable, con un bajo nivel de conciencia. La reconciliación del positivismo con el espiritualismo, del socialista con el defensor de la sociedad jerarquizada se realiza sin dificultades porque, en definitiva, ambos defienden lo mismo: las élites del poder económico contra la masa, tan ignorante que no vota por los socialistas.

Seria muy fácil seguir agregando razones para demostrar que los partidos políticos tradicionales no forman parte del Frente de Liberación, por la sencilla razón de que están en la trinchera enemiga. No desean terminar con la opresión, sino cambiar la mentalidad de los oprimidos.

Pero aún en el seno de esos partidos repercute el grito angustiado de la nación en cadenas, y muchos abandonaron sus filas para venir a juntarse con los luchadores de la gesta nacionallibertadora.

4 - La composición del Frente de Liberación Nacional no puede ser un acuerdo de partidos

Un Frente de Liberación Nacional no puede, pues, surgir de un acuerdo entre partidos. En esto es preciso destacar, la diferencia que separa nuestra concepción de la tesis comunista sobre la necesidad de un "gobierno de coalición democrática".

La opinión comunista es lógica desde el punto de vista de ellos. Razones diversas indican que no es previsible un triunfo más o menos inmediato del Partido Comunista en nuestro país, y siendo ese el único camino que admiten para solucionar integralmente los problemas, buscan crearse las mejores condiciones para actuar hasta que cumplan las etapas que consideran han de culminar con el triunfo mundial de su ideología. Por lo tanto, defienden con empeño el estado de derecho liberal burgués, cuya real vigencia daría libertad de acción a todas las fuerzas políticas.

Al mismo tiempo, el comunismo busca otros dos objetivos: 1) influir en el gobierno, a través de sus representantes en la coalición; 2) debilitar el Estado liberal burgués, mediante la atomización de la representación política. En febrero de 1956, Rodolfo Ghioldi propició el gobierno parlamentario, y dentro de ese orden de ideas está la consigna del gobierno "de coalición democrática".

La oligarquía también desea la representación proporcional, porque sabe que sobre la anarquía política y los mosaicos en que se divida la representación política, pueden influir los poderes económicos, que nunca actúan anarquizados.

El Frente de Liberación Nacional debe desentenderse de los detalles que se refieren a la forma en que se divida el poder político, por cuanto va al cambio de las estructuras. Busca la toma del poder para iniciar el proceso de emancipación nacional frente al imperialismo y la sustitución del régimen social por otras estructuras, donde la clase trabajadora tenga participación directa en las decisiones de gobierno.

5 - El reformismo

Participar -aunque ello fuese posible- en el régimen que deseamos combatir sería adoptar el reformismo y abandonar la vía revolucionaria. El reformismo constituye la defensa de las instituciones que han caducado. Cuando esas instituciones entran en contradicción con la realidad social, cuando las nuevas fuerzas que aspiran al poder hacen valer imperiosamente sus reclamos, el reformismo cumple la doble función de frenar la dinámica dentro del campo revolucionario y de ofrecer paliativos para la situación en crisis. Pero el reformismo no es un elemento de la nueva organización social, sino un engranaje del orden de cosas que ha entrado en descomposición. Es una demostración más de que el hecho revolucionario es imprescindible, y aunque a veces pueda demorarlo, no lo evita, porque la coyuntura revolucionaria permanece sin modificar. Un país pobre debe superar sus problemas a costa del sacrificio común, que solamente puede lograrse cuando el sistema distributivo está orientado hacia el bien común.

6 - El Peronismo y el Frente de Liberación.

En la Argentina el advenimiento del Peronismo no solamente significó mayores salarios visibles e invisibles, mejores condiciones de trabajo, sino también una transferencia del poder social hacia los grupos inferiores de la escala social capitalista. La coyuntura actual indica que el programa no puede limitarse a esas conquistas, sino que debe instaurar un nuevo orden social que supere al de la Constitución de 1853 y también al de la Constitución de 1949.

Eso no implica, como podría deducirse apresuradamente, que el Frente de Liberación Nacional constituya una superación del Peronismo. Por el contrario, el peronismo es parte insustituible y fundamental del Movimiento.

El Peronismo constituyó una revolución auténtica tanto en lo político como en lo económico y social. Creer que sus realizaciones consistieron -como sostienen algunos teorizantes de la oligarquía- en el aprovechamiento de las divisas acumuladas para crear una transitoria euforia económica de la cual se hizo participar a la clase obrera mediante la legislación del trabajo, implica desconocer el problema. En primer lugar, podría mencionarse que después de la otra guerra también hubo una acumulación de divisas, y sería bueno que los críticos del Peronismo estudien en qué forma se dilapidaron esas divisas, sin promover la industrialización del país ni mejorar el nivel de vida de los obreros. Pero las transformaciones operadas durante el gobierno de Perón fueron de fondo, pues se crearon mecanismos que aseguraban el control de la moneda, del crédito y del comercio exterior, mientras se fortalecía la central de trabajadores y se le daba participación en las decisiones políticas y de gobierno. A partir del reconocimiento del carácter trascendental de esas realizaciones del Peronismo, postulamos que los nuevos problemas creados en el país y en el mundo requieren que ese espíritu revolucionario abandone toda complaciente contemplación del pasado para pasar a formas de acción y contenido programático que enfrenten la realidad dramática de esta nueva etapa.

El programa revolucionario de 1945 no puede ser el programa revolucionario de 1959, ni los métodos operativos tampoco pueden ser los mismos. En 1945, Perón dijo: "Empieza el gobierno de las masas populares". Él sabe, mejor que nadie, que la vigencia del Movimiento está dada no por el apego a formas cristalizadas en un período dado, sino en su dinámica revolucionaria, que lo afirma como movimiento nacional-libertador.

7 - La clase trabajadora

Al analizar el papel de la clase trabajadora en el Frente de Liberación, debe partirse del hecho concreto de que la lucha de clases existe y no se trata, como sostiene la reacción, de un invento comunista. El marxismo ha analizado el problema, pero no lo ha creado, porque la lucha de clases no es una teoría sino un hecho. Esto, que ha sido reconocido por la extrema derecha más esclarecida de los países europeos, constituye una herejía para la oligarquía argentina que, siempre "idealista", sostiene que la lucha de clases es producto de la prédica de los demagogos y los comunistas, y no una resultante del régimen social. Algunos pequeños maccarthys infiltrados en el movimiento popular difunden estos puntos de vista, contribuyendo a sembrar el divisionismo.

La lucha de clases no es un problema de sentimientos ni de ideas. Es algo concreto, resultante de la estructura económica. Por lo tanto, querer solucionar los problemas de ella derivados por medio de fórmulas conciliadoras es creer en la magia negra y ser tan reaccionario como los que niegan su existencia.

Hay que ir a la modificación de la estructura que provoca la lucha de clases y la opresión de la clase proletarizada. Esto no es un planteo comunista, sino un planteo real del problema nacional. Dentro de las actuales estructuras no hay posibilidad de emancipación. Los terratenientes dependen de los intereses de Gran Bretaña. La burguesía industrial, en su mayor parte, está subordinada o deseando subordinarse al imperialismo y se apoya en él para acentuar su predomino interno. Como clase carece de empuje, y lejos de afirmarse como clase nacional -para lo cual contó con el impulso que dio el gobierno de Perón al desarrollo industrial- pactó sistemáticamente con la oligarquía vacuna y con las fuerzas colonialistas. La liberación nacional y la revolución social no son dos asuntos independientes o paralelos, sino un solo problema indivisible.

El estadío económico de nuestro país rechaza como utópica la solución de la dictadura del proletariado. Reducirse a la clase trabajadora sería asegurar la derrota del Frente de Liberación, reducirlo y paralizarlo en concesión a planteos teóricos o a infantilismos revolucionarios. Los trabajadores del campo, los estudiantes, la pequeña burguesía, parte de la burguesía industrial no dependiente del imperialismo son parte del Frente de Liberación. El proletariado tendrá papel fundamental como clase combativa y cohesionada, será el eje sobre el cual se apoyarán todas las fuerzas nacionales, la primera avanzada y el último baluarte de las reivindicaciones nacionales.

Los trabajadores argentinos están maduros para ello. Desde 1955 se les han tendido todas las trampas ideológicas y prácticas para eliminarlos como fuerza. Tanto la tiranía militar como el gobierno actual los han querido reducir al apoliticismo, encerrándolos en el círculo de hierro de la lucha por salarios y condiciones de trabajo. Al mismo tiempo, la oligarquía se asegura contra cualquier vía de escape proscribiendo a los partidos que agrupan a la gran mayoría de la clase obrera. Aparentemente están reducidos a la impotencia: los sindicatos, privados de tomar posición frente a los problemas nacionales; los obreros, impedidos de votar por los partidos que los interpretan. La clase dirigente cuenta con haberlos confinado a la mansedumbre gremial y a la opción entre las diversas fracciones reaccionarias que disputan el poder político.

Los trabajadores han eludido una y otra trampa. La primera insistiendo en los planteos políticos nacionales, aunque para ello deban llenar las cárceles de todo el país. Los trece puntos del MOU son una prueba de cómo el proletariado encara su responsabilidad frente al drama del país. En cuanto a la proscripción política, no hace más que acelerar el proceso revolucionario, descartando las débiles tesis reformistas de los triunfos parciales dentro del régimen de explotación. Al cerrarles los caminos comiciales la oligarquía gobernante pone de manifiesto que la democracia no esta identificada con el liberalismo sino todo lo contrario.

8 - Los estudiantes

La juventud universitaria ha tomado rápidamente las posiciones que le aseguran un rol preponderante en la campaña emancipadora. La solidaridad obrero-estudiantil que en algún momento fue slogan de propaganda que no disimulaba el profundo divorcio entre el pueblo y el movimiento estudiantil, es ahora una realidad. El proceso no ha sido fácil, porque toda una retórica aparentemente revolucionaria e izquierdista servía , muchas veces, para determinar actitudes que eran, en la práctica, profundamente reaccionarias. No es esta la oportunidad de examinar las causas de este fenómeno -estimulado por las torpezas de la burocracia peronista pero interesa destacar que al cumplirse el plan Prebisch-Alsogaray caen destruidas, junto con la soberanía y la riqueza nacional, los esquemas ideológicos artificiales. Quedan los intereses y los conflictos al desnudo, cobrando máxima intensidad. El agrupamiento ficticio, las postulaciones supuestamente progresistas desaparecen ante el dramatismo de los hechos. El estudiantado va, progresivamente, plegándose a las fuerzas del pueblo, que necesita de él.

9 - La cuestión del ejército

Un filosofo afirmó que "los hombres aman en silencio las verdades peligrosas". El tema de las fuerzas armadas argentinas es una verdad peligrosa, que pocas veces se toca con plena sinceridad. Siendo el ejército un factor de poder, protagonista de tres golpes en el término de treinta años, un político tiene siempre la precaución de no cortar los puentes. Si lo critica se apresura a añadir alguna frase aclaratoria de que no combate a la institución ni a muchos de sus oficiales, sino a los directos responsables de la acción incriminada. También se deja a salvo la opinión de que dicha acción evidentemente no puede representar el sentir de la mayoría de los integrantes del Ejército, etc. Nunca falta la referencia a los méritos del pasado y a los grandes jefes, ni los consabidos votos por una rectificación que se reconoce como poco menos que inminente.

Un análisis de las formas que tomará la lucha del pueblo por la liberación nacional no puede eludir el tema del ejército, ni presentarlo con moños y cintitas que disimulen el pensamiento. Las fuerzas armadas no son una categoría ideal, rodeadas de determinados atributos que forman parte de su esencia. Son instituciones humanas, que actúan para bien o para mal, de acuerdo con los hombres que circunstancialmente están al frente de ellas. El ejército argentino no es mejor ni peor que los hombres que lo componen. Los méritos y la tradición heroica, tienen importancia actual solo en cuanto marquen una línea de conducta que se mantenga. Si afirmo que desde 1955 el ejército es la guardia pretoriana de la oligarquía, el brazo armado del privilegio económico, no estoy cometiendo una irreverencia ni tengo que aclarar que no me estoy refiriendo al ejército de San Martín. Si hablo de los asesinos, estoy pensando en Quaranta y no en Baldrich, en Aramburu y no en Savio, en Osorio Arana y no en Mosconi. Es decir contemplo al ejército objetivamente y mi juicio alcanza sólo su actuación durante la etapa mencionada. De la misma manera que los tribunales de honor que se ensañaron con los jefes de la era peronista, no intentaban infamar a la institución sino a esos jefes.

El ejército puede ser instrumento de liberación o de esclavitud. No hay ningún determinismo histórico -ni siquiera de clase- que pueda anticiparnos la respuesta para un período dado. Juzgar a todos los militares argentinos por las acciones de algunos jefes es injusto; también lo es circunscribir a esos jefes la responsabilidad, y máxime cuando hace años que estamos acostumbrados a ver que las guarniciones actúan como soviets que formulan planteos y fuerzan decisiones.
Hay ciertos factores determinantes de una actitud nacionalista en los Ejércitos sudamericanos, factores que van desde el peso de la tradición en las guerras emancipadoras, hasta la necesidad de fomentar la industria pesada. Pero el Ejército argentino hace tiempo que está enfrentado al pueblo y a los intereses nacionales. Contaminado con la deformación idealista del aparato de propaganda oligárquico imperialista, considera la patria como algo descarnado de la realidad, independiente del hombre argentino. La patria está en las arengas, en las formas exteriores del culto castrense. Los millones de hombres y mujeres que sufren y trabajan son masa ineducada, o enemigos potenciales, cuando no comunistas agazapados para destruir los valores espirituales de la Nación.

¿Hasta cuándo persistirá este equívoco, este trágico divorcio entre pueblo y fuerzas armadas? Formular la pregunta es ya insinuar la esperanza de una rectificación en la conducta antipopular de las instituciones militares. Cosa que no ocurrirá porque en forma más o menos caprichosa cambien de modo de pensar sus oficiales superiores. Dejando de lado el pequeño núcleo que comparte con la oligarquía el desprecio por el pueblo, es posible que una parte importante de la oficialidad imponga otros rumbos, pero solamente cuando comprendan que la soberanía nacional no consiste en mantener el status quo actual sino en quebrarlo participando activamente en la lucha antiimperialista. Cuando vean que esa tarea no es función de las élites del poder sino de todas las fuerzas nacionales. Es decir, cuando vean que la cuestión nacional no tiene solución sin resolverse revolucionariamente la cuestión social. Cualquier política que se aparte de este planteo se vuelve, automáticamente, antinacionalista, porque identifica la patria con los intereses de un pequeño sector privilegiado y antinacional. Tal vez ya estén pensando que por algo es que sus bayonetas siempre están apuntando al pecho de sus hermanos.

Una cosa es esperar que las fuerzas armadas -al menos el sector con sentido nacional integren, en algún momento, el Frente de Liberación Nacional, y otra muy diferente propiciar el golpe militar. Los grupos que luchan por el poder dentro del régimen imperante cultivan los contactos cuarteleros y, quien más quien menos, han depositado su confianza en tal o cual hombre de espada. Muchos militantes de los movimientos populares también confían en golpes salvadores. El "golpismo" es una psicosis perfectamente explicable en momentos de angustia. Ofrece soluciones fáciles y rápidas, cambios fulminantes que se abren de la noche a la mañana.

Hay en el ambiente golpes paralelos y golpes coincidentes, golpes organizados por animales fabulosos y multicolores y golpes preparados por sigilosas hermandades castrenses. Tal vez alguno de ellos encierre el secreto de alivios bienhechores.

El gobierno de Frondizi ha vivido en la zozobra de una serie de conspiraciones, mediante las cuales el sector reaccionario le ha dictado una política que contradice su programa electoral. Un nuevo golpe que pusiese término a este estado de cosas gozaría del beneplácito general. Pero, cualesquiera sean las probabilidades de que eso suceda, el golpismo debe ser desterrado como forma de lucha en un Frente de Liberación. Distrae energías de los esfuerzos fundamentales, alienta esperanzas siempre postergadas, ofrece engañosos atajos que paralizan la actividad más larga, más penosa y más complicada de la rebelión popular.

10 - El programa revolucionario

Las formas de la lucha surgirán de los propios acontecimientos como respuesta a los obstáculos que oponga el enemigo. Desde las acciones cuidadosamente planificadas hasta aquellas que surjan de la iniciativa y el ingenio de la masa. El imperialismo no es invencible, como pretenden los pusilánimes y los que carecen de sentido heroico de la vida. La historia no conoce fatalismos, porque es el producto de la voluntad humana. Y un pueblo dispuesto a luchar por su liberación tiene inagotables reservas de energía. Al agruparse en un Frente Nacional de Liberación ubica a sus enemigos y a sus amigos, y determina los objetivos mediatos e inmediatos. Las fuerzas de represión se anarquizan en la medida en que el frente de Liberación se coordina y cobra empuje hasta volverse invencible.

Los esfuerzos parciales serán destruidos uno a uno. Una fracción, por más bien intencionada que fuere, que tomase el poder, seria luego impotente frente al problema argentino. El imperialismo exacerbaría los conflictos y armaría el brazo de los cipayos. La maquinaria montada desde 1955 resistiría con la inercia y el sabotaje.

Las fórmulas intermedias de un grupo -militar o no- buscando transacciones con el pueblo e intentando conciliaciones imposibles en el terreno económico estarían condenadas al fracaso. Una política semejante tendría algún sentido en épocas de expansión, en que el producto nacional permite márgenes de mejoramiento en el nivel de vida de las clases explotadas sin alterar sustancialmente las estructuras de explotación.

Sobre el pueblo recaerá el peso de la liberación, donde el peronismo y la clase obrera tomarán decididamente el papel que les asigna la historia. El pueblo será también el que cumpla el programa revolucionario antes y después de tomar el poder, sabiendo que será el beneficiario directo de los progresos y participante directo en la planificación y en la conducción del gobierno.

A la política de abandono del control del comercio exterior y del sistema bancario, hay que oponer una política de nacionalizaciones, actualizada y aplicada directamente a la actual realidad. A la política de desarrollo industrial bajo la hegemonía del imperialismo, debemos oponer una política de desarrollo armónico sobre la base del desarrollo industrial independiente.

La oligarquía terrateniente es el enemigo jurado del pueblo y de la nación. Debemos levantar con audacia revolucionaria un gran programa de reforma agraria, que en los hechos signifique la expropiación de la oligarquía parasitaria y su eliminación como clase.

Frente a la política de sometimiento al imperialismo occidental, debemos reivindicar la política de tercera posición, solidaria con los pueblos oprimidos de todo el mundo, y mantenernos alejados de los bloques alineados para la guerra fría o la guerra caliente.

Un plan así solo puede ser defendido por el pueblo y cumplido por el pueblo. Ningún partido, ninguna clase, ningún grupo puede por si solo encarar los gigantescos escollos técnicos y operativos que presentaría.

Cualquier Movimiento de Liberación que intente cumplir ese programa será atacado desde adentro y desde afuera. Las internacionales del imperialismo lo señalaran como antidemocrático y como totalitario. Seguramente hasta afirmaran que es comunista.

Pero destruir a la oligarquía es, en realidad, defender la nación. Cambiar las estructuras liberal burguesas por otras que aseguren el justo reparto del producto social, significa dar contenido nacional a la revolución haciendo de la patria la tierra. Romper las ligaduras imperialistas implica restaurar una unidad real y encarnada en la tierra y en el hombre de una soberanía en plenitud.

El liberalismo no es un hecho natural, como dicen los reaccionarios, sino un hecho histórico. Al combatirlo no se entra en pugna con ningún valor ético ni religioso, sino con los armazones ideológicos erigidos por los privilegiados para defender su condición de tales. El régimen liberal debe ser desalojado por la violencia porque se mantiene por la violencia. Se mantiene por una violencia clasista, persecutoria, revanchista. La violencia del hecho revolucionario popular no es revanchista ni se ejerce contra las ideas y los hombres sino contra los obstáculos que impiden la plena libertad del hombre y la plena soberanía de la nación.

El liberalismo invoca elementos idealistas para subsistir, pero es en realidad una filosofía tan materialista como el marxismo, porque esta basado en el mantenimiento de situaciones que son estrictamente económicas. Ataca al materialismo comunista, pero glorifica su propio materialismo basado en el incentivo de la ganancia y en la explotación del capital.

La revolución del Frente de Liberación Nacional es por su esencia humanista, porque entronca con las más puras tradiciones de la patria, porque concibe a la nación y a Latinoamérica viviendo en total soberanía y porque concibe un hombre libre en una tierra libre.

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