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ÚLTIMA BATALLA PUBLICADA 12 DE AGOSTO DE 1869 - BATALLA DE PIRIBEBUY
 
ENERO

* SUBLEVACIÓN DE AREQUITO -* BATALLA DE GUAYABOS- * BATALLA DE PASTOS GRANDES- * SEGUNDO COMBATE DE SAN LORENZO - * BATALLA DE ARAPEY -

FEBRERO * 1° BATALLA DE CEPEDA - * COMBATE DE SAN LORENZO - * BATALLA DE CASEROS - * BATALLA DE JUNCAL - * BATALLA DE CHACABUCO - * BATALLA DE HUMAITÁ - * BATALLA DE SALTA - * BATALLA DE ITUZAINGÓ - * BATALLA DE EL ESPINILLO - * BATALLA DE CÚCUTA -
MARZO * CERRO CORÁ y el Asesinato de Solano López- * BATALLA DE CANCHA RAYADA -
ABRIL * BATALLA DE MAIPÚ - * COMBATE POZO DE VARGAS - * BATALLA DE BOMBONÁ -
MAYO * BATALLA DE ESTERO BELLACO - * LA GUERRA DEL CHACO - * BATALLA DE PICHINCHA (ECUADOR) - * BATALLA DE SIERRA CHICA - * BATALLA DE LAS PIEDRAS -
JUNIO * BATALLA DE ANGOSTURA DEL QUEBRACHO - * (1826) COMBATE DE LOS POZOS - * (1821) BATALLA DE CARABOBO -
JULIO * (1807) SEGUNDA INVASIÓN INGLESA - * (1827) BATALLA DE RINCÓN DE VALLADARES - * (1840) BATALLA DE SAUCE GRANDE - * (1866) BATALLA DE BOQUERÓN - * COMBATE DE ACAYAZUÁ - * BATALLA DE TAGUANES - * BATALLA DEL PANTANO DE VARGAS -
AGOSTO * BATALLA DE JUNÍN - * BATALLA DE PIRIBEBUY - * EL ÉXODO JUJEÑO - * BATALLA DE BOYACÁ -
SEPTIEMBRE * COMBATE DE LAS PIEDRAS - * BATALLA DE PAVÓN - * BATALLA DE CURUPAYTI- * BATALLA DE RODEO DEL MEDIO - * BATALLA DE TUCUMÁN -
OCTUBRE * BATALLA DE VILCAPUGIO- * 2° BATALLA DE CEPEDA- * ACCIÓN DE TAMBO NUEVO- * COMBATE DE "EL TALA"- * BATALLA DE CARUMBÉ -
NOVIEMBRE * GUERRA DE LA TRIPLE INFAMIA - DERROTA DE TUYU-CUÉ - * BATALLA DE LA CIUDADELA - * BATALLA DE SUIPACHA - * BATALLA DE AYOHUMA* BATALLA VUELTA DE OBLIGADO- *BATALLA DE EL PARÍ - *BATALLA DE SIPE-SIPE
DICIEMBRE * BATALLA DE ARAURE - * BATALLA DE ARROYO GRANDE - * BATALLA DE DON GONZALO - * BATALLA DE AYACUCHO - * COMBATE DE CAMPICHUELO - * COMBATE DE PUENTE DE NOGOYÁ - * BATALLA DE CAGANCHA -
 
 

E N E R O

1820 - SUBLEVACIÓN DEL EJÉRCITO DEL NORTE EN AREQUITO

El Motín de Arequito fue la sublevación del Ejército del Norte de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra la autoridad del Directorio, llevada a cabo en Arequito, Provincia de Santa Fe, Argentina, el 8 de enero de 1820, mediante la cual este se apartó de la guerra civil contra los federales e intentó retornar al frente norte para continuar el auxilio en la lucha contra los realistas del Alto Perú, y que tuvo como consecuencias la desintegración final del Directorio como resultado de su derrota en la Batalla de Cepeda, el comienzo de la Anarquía del Año XX y la extinción a largo plazo del propio Ejército del Norte.

El federalismo en el Río de la Plata

Producida la Revolución de Mayo, en Buenos Aires, la capital del Virreinato del Río de la Plata, los sucesivos gobiernos patrios surgidos desde ese entonces pretendieron gobernar todas las provincias que habían compuesto el territorio del antiguo virreinato esgrimiendo el argumento de que, al cesar el gobierno del rey de España, los derechos de este retrovertían al pueblo. Pero, a partir de la disolución de la Junta Grande, quedó claro que la pretensión de la Ciudad de Buenos Aires era gobernar al país a través de un centro unitario de poder, consultando lo menos posible a los demás pueblos (en la terminología de la época, “pueblos” se refiere a las ciudades, origen de la conformación política en la América española), continuando con la forma de gobierno central diseñada desde la época virreinal.

Las ciudades subalternas, en nombre de sus territorios, reclamaron insistentemente tener igual participación en el gobierno nacional y nombrar sus propios gobernantes. Durante años, los distintos gobiernos surgidos en Buenos Aires se esforzaron en sentido contrario: todos los gobernadores de las antiguas intendencias o provincias eran nombrados directamente por el gobierno central, y la representación de la ciudad de Buenos Aires siempre fue mayor que la de las demás en los cuerpos colegiados que se formaron. Por otro lado, varios de los gobiernos centrales de las provincias cayeron por golpes de estado organizados en Buenos Aires exclusivamente, y el gobierno nacional que siguió a cada uno fue, invariablemente, nombrado por el cabildo porteño.

La reacción de las provincias fue lenta, pero inevitable y provocó el desmembramiento de los territorios de las antiguas provincias.

La primera respuesta efectiva a la pretensión porteña de gobernarse por sí misma provino de la Banda Oriental, donde el caudillo José Artigas negó a la capital el derecho de gobernar a su provincia. En 1815, después de más de un año de guerra civil, logró dominar por completo la Provincia Oriental.

Su ejemplo fue seguido por la región del litoral, que hasta ese momento dependía directamente de Buenos Aires, comenzando por Entre Ríos, donde varios caudillos expulsaron a los gobernadores nombrados por el Directorio; el último, el más poderoso y más capaz de estos localistas fue Francisco Ramírez. Con cierto retraso, también la Provincia de Corrientes se separó de la obediencia al poder central.

El núcleo del problema se hallaba en la Provincia de Santa Fe, que se levantó contra la dominación porteña en 1815 y otra vez en 1816, bajo el mando de Mariano Vera, que luego fue sucedido por Estanislao López. El gobierno central se negó sistemáticamente a permitir que esa tenencia de gobierno se separara de su obediencia y se convirtiera en una provincia, ya que su territorio era paso obligado para las comunicaciones con las provincias del interior. No menos de cinco expediciones militares fueron lanzadas desde Buenos Aires para aplastar la resistencia santafesina, pero fracasaron sin excepción.

No sólo las provincias litorales se separaron de la obediencia al Directorio: Salta se dio un gobierno autónomo bajo el mando de Martín Miguel de Güemes, Cuyo se negó a que su gobernador José de San Martín fuera reemplazado, y Córdoba se dio su propio gobierno en la persona de José Javier Díaz, partidario de Artigas. Pero, por distintas razones, las relaciones con el gobierno porteño nunca fueron tan tirantes como las que tenían las provincias del litoral.

El Directorio nunca pensó que podía aceptar otra forma de relación con las demás provincias que la sumisión completa a la autoridad de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La idea del federalismo fue repetidamente enunciada por los líderes artiguistas, los gobernantes porteños los tomaron como enemigos internos, a los que llamaron "anarquistas" adjetivación dada en ese entonces aunque con una connotación de "desgobierno" o "desorden".

El Ejército del Norte y la Guerra Civil

El Ejército del Norte había sido formado para llevar adelante la guerra de independencia en el Alto Perú contra los realistas; pero, tras el tercer fracaso en Sipe Sipe, quedó debilitado y con una simple guarnición en Tucumán. En teoría, su misión era esperar hasta que las condiciones permitieran reiniciar la reconquista de las provincias altoperuanas.

Pero el Directorio decidió usarlo para aplastar las rebeliones internas: en 1816, una fracción del Ejército fue utilizada para reponer al teniente gobernador de La Rioja, y a principios del año siguiente, al de Santiago del Estero (el líder federal de ésta, Juan Francisco Borges, fue fusilado). Poco después, otra división del Ejército del Norte ayudó a deponer al gobernador cordobés y a sostener en el mando a sus sucesores unitarios.

En 1818, el director supremo Juan Martín de Pueyrredón decidió reconquistar Santa Fe con un doble ataque: mientras un ejército lo atacaba por el sur, desde el oeste avanzaría una división del Ejército del Norte. La iniciativa fracasó ante la rápida defensa de Estanislao López, que consiguió detener al jefe de la división llegada desde Córdoba, Juan Bautista Bustos, para después expulsar a los invasores del sur. Un segundo intento con características similares fue igualmente desbaratado a principios de 1819.

El grueso del Ejército del Norte fue establecido en Córdoba, para fastidio de muchos de sus miembros, muy lejos del enemigo realista. En abril, una paz firmada entre el gobierno de Buenos Aires y el de Santa Fe dio esperanzas de solución a los problemas internos, y los oficiales creyeron que volverían al frente norte.
La paz convenció solo a sus firmantes, pero ni Artigas, que se consideraba el superior de López, ni el Directorio quedaron conformes. El jefe oriental esperaba que el gobierno nacional se uniera a su guerra contra los portugueses, que habían invadido la Banda Oriental. Y el nuevo director supremo, José Rondeau, esperaba poder vencer a Santa Fe con ayuda de los mismos portugueses. Llamó en su ayuda al Ejército de los Andes, acantonado en Chile y Cuyo, pero San Martín se negó a obedecer. También ordenó al comandante del Ejército del Norte, Manuel Belgrano, quien sí obedeció al Directorio y, al mando del ejército, inició su marcha hacia el sur. Pero estaba enfermo, y poco después dejaba el mando en su segundo, Francisco Fernández de la Cruz, quien nombró jefe de estado mayor a Bustos.

Por orden de Artigas, Francisco Ramírez cruzó el río Paraná e invadió el norte de la Provincia de Buenos Aires, retirándose a continuación. Rondeau organizó su ejército en la capital y marchó a su encuentro, mientras ordenaba a Fernández de la Cruz unírsele en las cercanías de Pergamino. El 12 de diciembre de 1819 el Ejército del Norte abandonó su campamento en Pilar (Córdoba) y avanzó hacia la Provincia de Santa Fe. En la ciudad de Córdoba quedó una guarnición de 80 soldados del Regimiento de Granaderos de Infantería al mando del mayor Francisco Sayós. Esta fuerza se unió al partido artiguista cordobés y algunas montoneras atacaron el Fuerte del El Tío y a la pequeña fuerza de milicianos comandada por el coronel Juan Antonio Álvarez de Arenales, comandante general de armas de Córdoba, en la Villa del Rosario (entonces llamada Ranchos), cuando el ejército había andado pocas leguas de Pilar.

Desde Tucumán el comandante Felipe Heredia marchó con un destacamento de caballería para apoyar el movimiento federal. José María Paz fue enviado desde Fraile Muerto con un escuadrón a auxiliar a Arenales, pero al retirarse los montoneros, Paz retornó desde Calchines y alcanzó al resto del ejército el 7 de enero de 1820, poco antes de que acampara en Arequito, posta cercana al río Carcarañá. Durante el trayecto la fuerza sufrió la deserción de 11 soldados, por lo que Paz debió realizar marcha forzada y exhaustiva vigilancia para impedir el desbande de la mayoría de los soldados que eran santiagueños. Según el relato del entonces coronel Paz en sus Memorias, este se habría enterado por el capitán Juan Gualberto Echevarría del motín que se planeaba para esa noche. Paz reportó la deserción de sus hombres a Fernández de la Cruz, quien lo recriminó, por lo que se dirigió ofuscado a conferenciar con Bustos, decidido a participar del motín. Paz asegura en sus Memorias Póstumas que:

“Puedo asegurar con la más perfecta certeza, que no había la menor inteligencia, ni con los jefes federales, ni con la montonera santafesina; que tampoco entró ni por un momento en los cálculos de los revolucionarios, unirse á ellos ni hacer guerra ofensiva al Gobierno, ni á las tropas que podían sostenerlo; tan solo se proponían separarse de la cuestión civil y regresar á nuestras fronteras amenazadas por los enemigos de la independencia; al menos este fue el sentimiento general más ó menos modificado, de los revolucionarios de Arequito: si sus votos se vieron después frustrados, fue efecto de las circunstancias, y más que todo, de Bustos, que solo tenía en vista el gobierno de Córdoba, del que se apoderó para estacionarse definitivamente.
El 6 de enero una partida de 10 o 15 hombres al mando del sargento Torres del Regimiento de Dragones fue acuchillada por una montonera santafesina, luego de que la noche anterior hubieran logrado un pequeño éxito.”

El motín

La noche después de la llegada del ejército a la posta de Arequito, el coronel mayor Bustos, jefe interino del estado mayor general, apoyado por los coroneles Alejandro Heredia y José María Paz, dirigió la sublevación general de los cuerpos militares. Esa noche, el 8 de enero de 1820, Bustos dispuso que el servicio de vigilancia estuviera a cargo del 1° Escuadrón del Regimiento de Húsares de Tucumán, al mando del capitán Mariano Mendieta, que le era adicto.

En medio de la noche, los oficiales del Regimiento de Dragones de la Nación comandados por el mayor Giménez arrestaron a su jefe el coronel Cornelio Zelaya e iniciaron la sublevación, entregando la custodia del prisionero al teniente Hilario Basavilbaso del mismo regimiento. Al mismo tiempo era arrestado por el capitán Anselmo Acosta el coronel chileno Manuel Guillermo Pinto, jefe del Batallón N° 10 de Infantería. Parte del Regimiento N° 2 y el 1° Escuadrón del Regimiento de Húsares comandado por Paz, también tomaron las armas, siendo arrestado el coronel graduado Bruno Morón, jefe del N° 2, luego de que intentara ponerse al frente de sus tropas. El mayor Castro asumió la jefatura de la fracción sublevada del regimiento.

Los sublevados se trasladaron a corta distancia del campamento de Fernández de la Cruz (a 1.000 varas, u 8 cuadras) y formaron en posición de combate en espera del amanecer. Bustos se dirigió a la tienda de campaña de Fernández de la Cruz y lo despertó diciéndole Compañero, levántese que en el ejército hay gran movimiento, y luego se dirigió a incorporarse al grupo sublevado. Fernández de la Cruz reunió a los coroneles José León Domínguez, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Blas José Pico, Benito Martínez y Manuel Ramírez, y al amanecer envió un ayudante hacia los sublevados a preguntarles “Cuál era el significado de aquél movimiento y a órdenes de quién lo habían ejecutado,” intimándoles retornar a sus puestos. Esto lo hizo por consejo de los coroneles, quienes a excepción de Aráoz de Lamadrid se pronunciaron por no realizar acción alguna.

Los jefes sublevados respondieron que aquellos cuerpos no seguirían haciendo la guerra civil y que se separaban del ejército para regresar al frente norte. Explícitamente se declararon neutrales en el enfrentamiento entre los federales y el Directorio, para no ser acusados de haberse pasado al enemigo. Bustos tenía en ese momento 1.600 hombres, y Fernández de la Cruz, algo menos de 1.400. Con Fernández de la Cruz quedaron parte del Regimiento N° 2 de Infantería, los regimientos de infantería N° 3 y 9, comandados por Pico y por Domínguez, el 2° Escuadrón del Regimiento de Húsares de Tucumán (160 hombres) al mando de Aráoz de Lamadrid, y la artillería del Regimiento de Artillería de la Patria al mando de Ramírez.

Durante la mañana ambas fracciones realizaron negociaciones, Fernández de la Cruz pidió que se le devolviese las caballadas y boyadas de pastoreo que correspondían a la comisaría, el parque y a los cuerpos que lo obedecían, todas las cuales estaban en poder de la caballería sublevada. Bustos aceptó a condición de que se le entregara la mitad del armamento y municiones del parque y reses de consumo, lo que Fernández de la Cruz pareció aceptar en un principio y ambas fracciones se alejaron una legua. Una vez que las boyadas y caballadas pedidas fueron entregadas al general Fernández de la Cruz y los jefes arrestados fueron liberados y reunidos con este, al mediodía inició su marcha hacia el sur, sin haber entregado la parte del parque y la comisaría prometidas.

Bustos ordenó a Heredia perseguir con toda la caballería a su exjefe, y lo alcanzó cuando estaba ya rodeado por los federales de López a dos leguas de camino. Fernández de la Cruz envió al coronel Benito Martínez a preguntar por qué eran perseguidos, a lo que Heredia respondió que: “iba á exijir la parte del convoy que se había prometido, y sin la que no volvería,” retornando Martínez a su fracción. Las montoneras santafesinas atacaron a las avanzadas y la mayor parte del piquete de infantería montada desertó de sus filas y se unió a Heredia. Martínez regresó con la contestación de Fernández de la Cruz, diciendo que “el general Cruz se resignaba á todo, y que iba á contramarchar para volverse al campo, de donde acababa de salir.” Ambas columnas retornaron al punto de partida y ocuparon de nuevo sus posiciones, pero durante la noche el resto del Regimiento N° 2 y parte del Batallón N° 10 y de los regimientos N° 3 y 9, junto con parte de los artilleros, abandonaron el campo y se unieron a los sublevados. Durante la madrugada entre 300 y 400 montoneros atacaron el campo de Fernández de la Cruz, por lo que al amanecer Heredia envió al teniente Basavilbaso a amenazarlos con cargarlos si no cesaban sus ataques, expresándoles:

“que si continuaban, los cargaría; que en cuanto á lo demás, el ejército se abstendría de toda hostilidad, y que en prueba de ello, se había hecho el movimiento y separación de que eran testigos, y que hasta entonces no se habían podido ellos mismos explicar.”

Ante la explicación de Heredia, los montoneros santafesinos se retiraron a una legua y Fernández de la Cruz decidió entregar todo el ejército a Bustos. Inmediatamente después, toda la fuerza se reunió con Bustos, quien designó a Heredia como jefe del estado mayor general. Fernández de la Cruz y los jefes que lo acompañaban fueron puesto bajo una guardia que les garantizaba no ser apresados por las montoneras que los requerían. Antes de llegar a Córdoba fueron dejados en libertad de ir a donde quisiesen, por lo que la mayoría se dirigió a Tucumán, pero Fernández de la Cruz prefirió quedarse en Córdoba, hasta ser expulsado hacia Mendoza poco después junto con el exgobernador Manuel Antonio Castro.

Al día siguiente, Bustos inició el regreso a Córdoba, y el 12 de enero estaba en la posta de San José de la Esquina, cercano al límite con Córdoba. Desde allí escribió a López y a Rondeau, explicándoles las causas de lo ocurrido, y sus planes de regresar al norte. En una de esas cartas aclaraba que:

“... las armas de la Patria, distraídas del todo de su objeto principal, ya no se empleaban sino en derramar sangre de sus conciudadanos, de los mismos cuyo sudor y trabajo les aseguraba la subsistencia.”

Valoración del hecho histórico

El motín de Arequito gozó por mucho tiempo de muy mala fama. Los cronistas que escribieron sobre él, especialmente Lamadrid y Paz, lo tacharon de traición a la patria o de oscuro golpe destinado a colocar a Bustos en el gobierno cordobés, y nada más. Los historiadores clásicos de la segunda mitad del siglo XIX, comenzando por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López lo acusaron sin más de ambas cosas. Nadie se atrevió a defender a Bustos y a sus seguidores, y la derrota del Partido Federal en las guerras civiles llevó al triunfo a sus enemigos, con lo que este punto de vista fue el único que sobrevivió. La escuela historiográfica tradicional, formada por sucesores de Mitre, repitió el mismo punto de vista sin dudarlo. La consecuencia inmediata del motín de Arequito fue el surgimiento de la Anarquía del Año XX y la continuación de las guerras civiles en Argentina que se prolongaron por medio siglo demorándose, en casi igual tiempo, el proceso de formación del estado argentino.

Muchos años más tarde, la escuela del revisionismo histórico argentino a ver el motín de Arequito con otros ojos. Además, los historiadores cordobeses valoraron a sus primeros gobernadores autónomos, que habían apoyado o participado del mismo. A mediados del siglo XX, con el revisionismo histórico firmemente afianzado, y con el apogeo de la valoración histórica de San Martín (que también se había negado a participar en esa guerra civil), el Motín de Arequito fue visto como un paso importante en la formación de la Argentina.

En efecto: la sublevación del Ejército del Norte permitió a las provincias imponerse por primera vez al gobierno centralista de Buenos Aires, hizo desaparecer la Constitución Argentina de 1819, de carácter unitario, permitió la aparición del gobierno autónomo de la Provincia de Buenos Aires, igualó los derechos de todos los pueblos y abrió el camino para un entendimiento igualitario entre todas las provincias pero cuya resolución se reveló como muy difícil, como que todavía hubo otros 50 años de guerra civil en la Argentina para concluir con este conflicto.
El motín fue un acto de desobediencia castrense, pero desde el punto de sus causas y de sus resultados políticos, fue un paso hacia la democracia igualitaria de los pueblos, analizada desde el punto de vista de la forma de constitución del Estado argentino.

Publicado en Pensamiento Discepoleano

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10 DE ENERO DE 1815 - BATALLA DE GUAYABOS

Después de la reorganización del ejército por el coronel Soler el 16 de diciembre de 1814, la 1ª división del coronel Manuel Dorrego, antes de marchar hacia el Norte, permanece en San José algunos días dando descanso a sus tropas, reorganizándolas, proveyéndose de munición, caballos, etc., para estar en condiciones de emprender este nuevo avance, en situaciones tan difíciles como desventajosas, por el desconocimiento del terreno, y tener que actuar con una población completamente hostil, con tan pocos efectivos, entre los que había tantos europeos destinados, pues para esta campaña, se calculó con la cooperación de las tropas argentinas existentes sobre la margen derecha del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos.

El coronel Dorrego con su división partió de San José el 21 de diciembre a las 2 de la tarde, marchando por las cuchillas Grande del Oeste, acampando el día 27 en las puntas del arroyo del Perdido, próximo al paso de la Calera de Peralta.

Al día siguiente cruza el arroyo del Perdido y se dirige hacia el río Negro, por el paso de Vera, a pesar de la fuerte resistencia que le ofreció Lavalleja, jefe de la vanguardia de las fuerzas de Rivera (las fechas exactas y campamentos diarios hasta el río Negro son poco conocidos por haber perdido el coronel Dorrego el diario de marcha durante el combate de Guayabos (o también llamado combate de Arerunguá).  Tres leguas antes de llegar al paso de Vera, el coronel Dorrego destacó al teniente coronel Vargas, con ciento cincuenta hombres, para que marchara hasta Vegueló, y reconocer hasta las inmediaciones de Mercedes, pues según informes recogidos sobre la marcha, se decía que en este pueblo existían algunas fuertes partidas enemigas.  Se comprobó la inexactitud de esos informes, pero el reconocimiento no dejó de producir algunos beneficios, pues se recogieron de paso algunos caballos.

Otro destacamento con igual número de tropa se destacó hacia el paso de Yapeyú, situado sobre el mismo río Negro.

Este paso se encontraba ocupado por Artigas, con las milicias de Mercedes y Soriano, las que al ver llegar a los nuestros, abrieron un fuego vivo, el que fue contestado de inmediato, en un combate que duró, desde las dos de la tarde hasta muy entrada la noche, ocasión que aprovecharon las fuerzas adversarias para emprender la retirada.  Cuando supo el coronel Dorrego de la resistencia que ofrecían estas milicias al paso de los nuestros por Yapeyú, se dirigió con el resto de la división sobre el paso de Vera, donde también se trabaron en combate por la defensa del paso, pero fueron prontamente desalojados de su posición defensiva, franqueando el obstáculo el día 29, y por más que se trató de cortar la retirada a las milicias de Mercedes y Soriano que ofrecieron resistencia en Yapeyú y que se dirigían por el paso de los Cobres, ésta no pudo lograrse por su rápido alejamiento del lugar y otras circunstancias.

En este día (el 29) se tomaron dos carretas con familias y se interceptaron unos oficios de Artigas, Otorgués y Fructuoso Rivera, por los cuales, se enteró el coronel Dorrego del plan de operaciones del adversario, que consistía en retroceder con la mayor parte de sus fuerzas, para incorporarse con las de Blas Basualto (Blasito), en las proximidades del paso de Mercedes, más al norte de Belén, dejando en observaciones a la división de Fructuoso Rivera, las milicias de Mercedes, Soriano, Paysandú (Sandú), etc., y una parte de los Blandengues, con el propósito de hostilizar a la División Dorrego, hasta que ésta llegara a Belén.  El coronel Dorrego durante los días 27, 28, 29 y 30 y posteriormente lo hizo tres veces más, se dirigió al coronel Hortiguera, solicitándole que lo apoyara y auxiliara con su división en este trance, pero no obtuvo ninguna ayuda, pues dicho coronel avanzó desde San José hasta los Porongos, muy distante de donde se encontraba el coronel Dorrego, regresando después de Arerunguá, nuevamente al punto de partida, San José.

Como el día 30 no llegara el coronel Hortiguera, y el coronel Dorrego dudaba de que éste le fuera a prestar auxilio, le ordenó al teniente coronel Viera, que se le incorporara a la división, al mismo tiempo pidió al coronel Viamonte, que se encontraba en Concepción del Uruguay, desempeñando en esa fecha las funciones de teniente gobernador de la provincia de Entre Ríos, que lo auxiliara con quinientos caballos, y con ciento cincuenta hombres hijos del país, y de un cañón, a más de los cien hombres del comandante Viera, que se encontraban en Paysandú.  Durante cinco días consecutivos mandaba frecuentes chasques al coronel Viamonte reiterando su pedido, y recién cuando la división llegaba al Potrero de Queguay (31 de diciembre) recibió una contestación nada alentadora del coronel Viamonte, rehusando el auxilio bajo varias fútiles protestas, y a la vez le transmitía una orden que poseía del Supremo Gobierno, en que se le ordenaba, que los hijos del país que se encontraban a órdenes del coronel Valdenegro, podía disponerlos el coronel Dorrego en ausencia del coronel Soler.  De acuerdo con esta orden que tenía Viamonte, volvió Dorrego a despachar otros cuatro chasques sucesivamente, reiterando otra vez más, el auxilio de cien o ciento cincuenta hombres y de cuatrocientos caballos, sin haber logrado el envío ni siquiera de un solo hombre. La mala voluntad del coronel Viamonte influyó perjudicialmente sobre el éxito de esta campaña.

La división permaneció en el Potrero de Queguay, durante ocho días a la espera de los refuerzos solicitados, pero solamente se incorporó el teniente coronel Viera con cincuenta europeos, pues el cañón y los cien hombres más en auxilio que debía traer este jefe, quedaron en Paysandú, en espera de la orden de marcha que debía impartir el coronel Viamonte, y como no la dio, allí quedaron esos cien hombres, hasta después de ser batido Dorrego.  El coronel Valdenegro había hecho múltiples gestiones ante el coronel Viamonte para cruzar el río Uruguay, y concurrir en auxilio de Dorrego, pero Viamonte no se lo permitió, con diferentes pretextos y reproches inverosímiles y en esta situación, Dorrego resolvió avanzar a Arerunguá con la esperanza, de que Valdenegro que con sus fuerzas se encontraba en Entre Ríos, se le pudiera unir por el Salto.  Por otra parte, en el Potrero del Queguay, empezaba a escasear el pasto, y se estropeaban de los bazos las caballadas (mal del bazo).  Antes de iniciar la marcha, se mandaron a tres personas por distintos caminos, para informarse, si el adversario se encontraba en Arerunguá, los que al regresar informaron en igual tenor, de que no había persona alguna en esos parajes, pues las tropas enemigas se habían retirado por el camino de Mataojo hacia Mercedes.

Durante la permanencia en el Queguay a las puntas del Arerunguá o Cañada Honda, media legua distante del paso de los Guayabos, la 1ª división empleó tres días de marcha (días 8, 9 y 10 de enero de 1815) en recorrer esta distancia, y el teniente coronel Viera, que este día marchaba con treinta hombres al frente de la columna como vanguardia, comunicó que antes de llegar al paso de Guayabos, se encontraba una fuerza como de cincuenta hombres, pertenecientes al escuadrón de Lavalleja, que con el resto del efectivo de esta unidad, guarnecían los pasos de las picadas.  En el acto Dorrego pasó a reconocer al oponente, ordenando que las tropas que se encontraban acampadas en la Cañada Honda ensillase y marchasen hacia aquel punto.  Dorrego, desde una altura próxima al paso observó que en las colinas inmediatas del otro lado del obstáculo, se encontraban dos divisiones enemigas, sin lograr ver, las que se encontraban en el bajo detrás de las colinas.

Con las tropas de la vanguardia, acompañado de los tenientes coroneles Vargas y Viera, Dorrego hizo retroceder al escuadrón de Lavalleja, tanto en el paso como en los de las picadas, manteniéndolas en su poder hasta la llegada de la división, a eso de las 12.30 horas, la que llegó al lugar, a la hora y media más o menos desde que se le dio la orden de incorporación.

Como consecuencia de este primer encuentro, la división tuvo cuatro heridos, y la pérdida de algunos caballos, en cambio el adversario tuvo muchas más pérdidas, pues se presentaba a cuerpo descubierto y apelotonados.

Dorrego franqueó el paso con cuarenta Dragones de la Patria, haciendo replegar a las guerrillas sobre las divisiones que se encontraban formadas en las alturas de la loma, como a cuatro cuadras del paso, y en el siguiente orden: 400 blandengues al centro, con el caballo de la rienda, seguramente para combatir a pie, frente al paso había un corral de piedras, ocupado por unos 50 milicianos, en los costados los escuadrones de los capitanes Ledesma y Llanes a caballo, en el centro y a retaguardia, tenían también una pieza de a dos, servida por unos 60 a 80 negros y un esmeril, las milicias de Paysandú, Mercedes, y Soriano, en segunda línea a retaguardia del centro, pocos metros a retaguardia del escuadrón Llanes (flanco derecho del oponente), una compañía de blandengues a caballo, al reserva constituida por 300 blandengues pie a tierra y con el caballo del diestro, a órdenes del comandante Rufino Bauzá, se encontraba en una hondonada, a retaguardia y detrás del ala izquierda enemiga la que no fue vista, por estar bien oculta detrás de las primeras lomadas.

Después que la división cruzó el paso de Guayabos, Dorrego ordenó echar pie a tierra a la infantería dejando 50 criollos a caballo de reserva.  Formó su línea en el orden siguiente: los 200 hombres del Regimiento sobre el costado derecho; a continuación extendiéndose a la izquierda el Nº 3, la pieza de a 4, y los Granaderos de Infantería, sobre el ala izquierda, los Dragones de la Patria.  El capitán Julianes con 40 hombres del Nº 3 recibió la orden de apoderarse del corral, lo que realizó brillantemente, después de una reñida lucha, aunque con bastantes pérdidas por ambas partes.  La caballería enemiga del ala izquierda, trató de retomar el corral, pero el Regimiento con el teniente coronel Zapiola al frente, concurre en protección del valiente capitán Julianes, actitud que paraliza a la caballería enemiga, que se mantiene alejada a prudente distancia.  En seguida, Dorrego hizo avanzar toda la línea de frente, mandando una guerrilla de los Dragones de la Patria, para que el adversario no flanquease su línea en su ala izquierda, ya que la del oponente era más extensa, pues tenía como mil hombres desplegados en primera línea, y la división Dorrego, sólo contaba con setecientos en formación, y más de cien distribuidos entre los cuidadores de la caballada, custodia de las municiones y guardia en el paso.

Al avanzar la infantería de la 1ª división, retroceden los tiradores adversarios, dejando en descubierto al cañón y al esmeril los que abren fuego, conjuntamente con los tiradores que abren el fuego a una distancia de 180 metros.  El cañón de a 4 de la división, en el primer disparo se inutilizó enteramente “haciéndose mil pedazos toda la cureña”.  La infantería recibe la orden de hacer alto, y repeler por el fuego la agresión enemiga.  Sobre el ala izquierda (donde Dorrego previniendo un envolvimiento por parte del adversario, había mandado a 50 Dragones de la Patria para que actuaran en guerrilla) los Dragones paralizaron un ataque de parte de la caballería enemiga situada sobre el ala derecha, la que tuvo que retroceder al punto de partida al iniciar la carga.  A los primeros tiros de la infantería de la primera división, un sargento del Nº 3 con unos 60 hombres europeos, poniendo dos pañuelos blancos en las bayonetas, se pasaron al otro bando, y el sargento Ríos de los Granaderos de Infantería, ejecuta una acción igual acompañado por un grupo de unos 20 más de los mismos.

Al hacer unos amagos de carga por parte de la caballería enemiga, siendo aproximadamente las 16.30, el coronel Dorrego ordenó la carga a su caballería, pero la enemiga ejecuta intencionalmente una retirada, y nuestra caballería al llegar próxima al bajo, es sorprendida por un vivo fuego de los blandengues de Bauzá, que se encontraban en la hondonada próxima al lugar del combate, vacilan sorprendidos un instante, y son cargados por toda la caballería de Rivera, la que logran rechazar y perseguir un trecho a la nuestra.  Dorrego trató en vano de reanimar a las tropas y hasta él mismo cargó al frente de la reserva, pero no pudo restablecer el equilibrio de la situación, pues ya se había producido el entrevero con nuestra infantería y caballería, luchándose cuerpo a cuerpo con una desventaja numérica desproporcionada.  El valor personal de los jefes que al frente de pequeñas fracciones, cargan y logran contener a la caballería oriental, permiten a la infantería reorganizarse y romper nuevamente el fuego, obligando a los blandengues y milicianos orientales a retroceder hasta ponerse fuera del alcance del fusil, pero éstos se reorganizan, y echando pie a tierra, inician de nuevo el combate a pie, apoyados por el cañón y el esmeril.

La infantería debilitada por la deserción de los europeos pasados, que en el entrevero aumentaron en mayor proporción, y ya penetrado por el claro dejado en las filas por los pasados, se fue replegando a los pasos a las 6 de la tarde por orden del coronel, antes de que el oponente los hubiera ocupado, para continuar desde allí la lucha, pues Dorrego mantenía aún la esperanza, de que llegaran los refuerzos procedentes de Paysandú, que había solicitado con anterioridad insistentemente a Viamonte.  Mientras la infantería ya montada se dirigía a ocupar los pasos, el Regimiento y los Dragones de la Patria, tuvieron con sus guerrillas,  que impedir a la caballería adversaria, se precipitara sobre los pasos, lo que hubiera transformado a la retirada en un completo desbande.  El oponente se acercó a los pasos a eso de las siete de la noche, abriendo el fuego de fusilería, al mismo tiempo que usaba el cañón y el esmeril.  En el paso volvieron a pasarse otros europeos en número mayor de veinte.

No obstante, el adversario momentos antes de obscurecer, logró forzar los pasos, pero los nuestros se encontraban ya en línea de batalla en lo alto de una loma, esperando a que se reuniesen los aun dispersos.  Se designaron algunas guerrillas para contener al bando oponente, mientras el resto se dirigía al Potrero del Queguay, donde los jefes pudieron reunir durante el día 11 a cuatrocientos hombres, entre éstos muchos oficiales.  Ya entrada la noche del día 10 se oyó el toque de reunión en el campo adversario, y sólo algunas pocas partidas siguieron a las fuerzas argentinas, más con el propósito de aprehender a los oficiales que a combatir.

Desde el Potrero de Queguay, el coronel Dorrego con sus fuerzas, se dirigió a Paysandú, lugar al que llegó también Zapiola y el mayor Cortinas, trayendo a cuarenta hombres, con la esperanza de que algunos de los dispersos se hubieran incorporado a las otras dos divisiones, pues muchos tomaron por grupos la dirección de San José y Montevideo.

Dorrego apreció que las pérdidas del oponente, entre muertos y heridos, fue el triple de las propias, y que la mayor prueba la aducía, no sólo en las bajas, sino en el desorden y confusión que se produjo entre ellos durante el último ataque que llevaron ya de noche, que los dejó en tan mal estado, que no obstante saber el adversario, que la división patriota se encontraba casi de a pie y con pocos efectivos, no se animaron a perseguirlos ya que por el mal estado de sus cabalgaduras, tuvieron que marchar a pie, llevando sus caballos de las bridas hasta la llegada a Paysandú.

Las pérdidas propias no pudieron apreciarse en los primeros días sino aproximadamente, y así se habla de diecinueve heridos incluso el teniente Lima que marchaba en la columna, calculándose entre cincuenta a sesenta muertos.  Del Regimiento faltaban treinta y dos granaderos, y los alféreces Barros y Peña, del Nº 3 faltaban el teniente Paz, el alférez Pierez y 123 hombres, incluso los pasados.  De los Granaderos de Infantería, faltaban los capitanes Conge, Celis, los tenientes Martínez, Moreno y 103 hombres.  De los Dragones de la Patria, el capitán Lima y 60 de tropa.

El coronel Dorrego, terminaba el parte recomendando a los tenientes coroneles Zapiola, Vargas y Viera, sobre todo a Vargas, recalcando que durante la acción, desplegó un valor extraordinario.  Incluye en la recomendación al capitán Arias, teniente Suárez, Lavalle y al cadete Hidalgo, todos pertenecientes al Regimiento.  Del Nº 3, al comandante de guerrillas, capitán Julianes, al mayor Ibarrola y ayudante Virnes.  De Granaderos de Infantería, a los capitanes Conge, Celis y teniente Martín y al capitán Lima y teniente Lima de los Dragones de la Patria, así como al teniente Espinosa y alférez Mondragón del mismo Regimiento, terminando la recomendación en el ayudante Marcos Vergara, que durante la acción actuó como ayudante del coronel.

Sabedor Viamonte de que Dorrego había sido batido en Arerunguá, mandó al teniente coronel José Melián que pasase inmediatamente al Uruguay con 300 hombres para proteger a los dispersos lo que ejecutó situándose en Paysandú, donde recibió al teniente coronel Zapiola, algunos oficiales y parte de la tropa de su regimiento.  Igualmente fueron auxiliados Dorrego y el resto de la división, facilitándose los medios para que se trasladasen a Concepción del Uruguay.

Igualmente se dispuso el regreso del comandante Melián, y en conocimiento de que algunos caudillos artiguistas (Otorguéz y Basualdo) habían cruzado el Uruguay, Viamonte ordenó que el comandante Melián con 100 Dragones de la Patria, recién llegados de Buenos Aires, y los coroneles Valdenegro y Hortiguera con sus fuerzas, salieran a batir a tales caudillos, los que fueron completamente deshechos en el Rincón.

Las causas principales que se pueden atribuir a la derrota de Arerunguá, son específicamente dos: 1) a la falta de cooperación entre las diferentes divisiones que operaban con un mismo fin en el territorio uruguayo, y el de Entre Ríos, y 2) al número excesivo de tropa extranjera afectada a la división Dorrego, que apenas tuvieron una oportunidad, se pasaron al otro bando en la proporción de más del 30% del efectivo de esta división.

En la derrota sufrida por nuestras armas en aquella jornada, no intervinieron para nada las concepciones estratégicas de los caudillos orientales, según insinúan algunos historiadores del vecino país, sin tener en cuenta, que en ningún momento de la campaña, aquellos revelaron semejantes condiciones profesionales pues cada caudillo obraba independientemente, y a menudo, bajo la influencia divergente de rivalidades profundas, que también prevalecieron en las numerosas guerras civiles, que casi hasta nuestros días, han ensangrentado al estado cuña que creamos en Ituzaingó.

El Supremo Director, compenetrado de la actitud de Viamonte, al no prestar la cooperación mínima que le solicitó Dorrego, de acuerdo con las órdenes expresas y claras impartidas por el Ministro de Guerra, dispuso el 14 de enero de 1815 su relevo como teniente gobernador y jefe de las fuerzas de Entre Ríos, designando en su reemplazo, con carácter interino al coronel Eusebio Valdenegro.

El 19 de enero de 1815, en una comunicación que el Director Supremo hacía al coronel Valdenegro, disponía la suspensión de todas las operaciones militares en la Banda Oriental, con el consiguiente repliegue al Cuartel General,  de las tropas que operaban en dicha provincia, que no debían empeñar acción alguna, sin que una manifiesta ventaja prometiera un resultado feliz.  El coronel Soler tenía orden de replegarse sin demora hacia San José o las Caleras de García, dejando a las fuerzas de Entre Ríos y Corrientes bajo la dependencia del coronel Valdenegro, incluso las de Dorrego, con los restos de su división. (Fuente: Anschütz, Camilo – Historia del Regimiento de Granaderos a Caballo – Tomo I – Círculo Militar – Buenos Aires (1945)
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar)

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BATALLA DE PASTOS GRANDES - 12 DE ENERO DE 1869 

Despuntaban los primeros días del año 1869. La Guerra de la Triple Alianza, provocada para infligir una derrota categórica e histórica al poderoso Paraguay de don Francisco Solano López, promediaba ya sus cuatro años y medio de duración. Al tiempo que se desangraba para siempre el orgullo guaraní en los campos de batalla, en Argentina el general Felipe Varela, proveniente de la República de Bolivia, está decidido a jugarse una vez más por el federalismo criollo, muy a pesar de no disponer de un grueso número de gauchos milicianos como en la Batalla del Pozo de Vargas en abril de 1867. Su salud tampoco era una garantía para llevar a cabo semejante patriada: una maligna tuberculosis empieza tibiamente a manifestársele, pero nada aparenta detener a este honrado hombre argentino…

El caudillo Felipe Varela, aún a costa de su vida, quiere conjugar la teoría con la acción. Desde Potosí, el 1º de enero de 1868, redacta su famoso “Manifiesto a los Pueblos Americanos, sobre los Acontecimientos Políticos de la República Argentina, en los años de 1866 y 67”, donde resalta sus embestidas contra el centralismo porteño y, por ende, contra el gobierno de Bartolomé Mitre, al que acusa de no respetar la Constitución Nacional de 1853. “Combatiré hasta derramar mi última gota de sangre por mi bandera y los principios que ella ha simbolizado”, expresa el Quijote de los Andes, en una de sus tantas sentencias llenas de coraje y altruismo.

Su último derramamiento en suelo patrio lo hará el 12 de enero de 1869, cuando tiene lugar la Batalla de Pastos Grandes, en la provincia de Salta. Entonces ya ocupaba la presidencia de la nación Domingo Faustino Sarmiento, quien no duda en mandar cuantiosos refuerzos varias semanas antes del enfrentamiento, pues el Coronel Pedro Corvalán intercepta una carta de Varela que tenía instrucciones tácticas dirigidas a su viejo lugartenientes Santos Guayama, que presentaba batalla en la provincia de La Rioja. En la misiva quedaba al descubierto una inevitable entrada que harían las montoneras federales de Felipe Varela por la frontera salteña.

El Teniente Coronel Julio Argentino Roca se pondrá a la cabeza de los refuerzos provenientes de Jujuy y Salta, los cuales ayudarían a las tropas ya apostadas en las cercanías de Pastos Grandes bajo las órdenes del Coronel Corvalán.

Todo presagiaba un final ruinoso para el valiente caudillo Varela aquella jornada de enero de 1869. De hecho lo fue. El parte de la batalla arrojó 5 milicianos muertos y 54 prisioneros del lado del Quijote de los Andes. Varela se dio a la fuga, pues “con muy pocos hombres pudo escapar gracias a sus buenas cabalgaduras, en dirección a Antofagasta”. Apenas un puñado de sus mejores oficiales –el Coronel Rodríguez y el Mayor Quiroga, entre otros- lo acompañarán hasta el final de sus días, en tierra extranjera.

Al cruzar la Cordillera de los Andes rumbo a Chile para evitar una muerte segura, Felipe Varela pasa hambre y miseria, mientras su enfermedad lo va consumiendo de a poco. Diez días antes de su muerte, acaecida en junio de 1870, escribe una carta dirigida a su esposa y a su hijo Javier desde Copiapó. “Nada puedo mandar; dispénsenme, estoy pobre, no se agravien conmigo”, les suplica. (Portal www.revisionistas.com.ar)

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1846 - EL OLVIDADO SEGUNDO COMBATE DE SAN LORENZO 

Se conoce como Segundo Combate de San Lorenzo a la batalla ocurrida, dentro de la Guerra del Paraná, el 16 de enero de 1846, entre las fuerzas de la Confederación Argentina, al mando de Lucio Norberto Mansilla y parte de la escuadra Anglo-Francesa que mantenía bloqueado el acceso a los puertos sobre el río de la Plata y el río Paraná.

El combate se llevó adelante en las inmediaciones del Campo de la Gloria, lugar donde José de San Martín, en 1813, realizara el bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo.

Después de combatir con la escuadra anglo-francesa en la batalla del Paso del Tonelero el 9 de enero de 1846, Mansilla se dirigió hacia San Lorenzo donde ubicó 8 cañones ocultos entre la maleza, 250 carabineros y 100 infantes sobre las barrancas del río Paraná, esperando la llegada del convoy que continuaba navegando río arriba.

Al mediodía del 16 de enero aparecieron el vapor HMS Gorgon, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin y King, y dos goletas armadas, que trasportaban en total 37 cañones de grueso calibre e iban acompañados por 52 barcos mercantes.

Al llegar a San Lorenzo, la Expeditive y el Gorgon hicieron disparos a bala y metralla sobre la costa para intentar descubrir las fuerzas de Mansilla, que había ordenado a sus tropas permanecer ocultos en sus puestos.

Cuando todo el convoy se encontraba frente a la posición de las fuerzas argentinas, Mansilla ordenó abrir el fuego de las baterías comandadas por los capitánes José Serezo, Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray. El ataque fue certero y, en poco tiempo, los buques mercantes escaparon desmantelados hacia arroyos cercanos.

A las cuatro de la tarde el combate todavía continuaba cuando el viento de popa envió a las embarcaciones hacia el norte hasta aproximarse a la zona conocida como punta del Quebracho. Allí Mansilla reconcentró sus fuerzas y batalló hasta la caída de la tarde dejando el convoy aliado con importantes daños en los buques de guerra, con pérdidas considerables en las mercaderías y con 50 hombres fuera de combate. El contralmirante Inglefield, en su parte oficial al almirantazgo británico informó que;
Los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media; y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo.

Por su parte, las pérdidas del bando argentino fueron casi insignificantes.
Mansilla pudo decir que había tenido el honor de defender la bandera en el mismo lugar de San Lorenzo en que el propio San Martín guió la primera batalla de sus después famosos Granaderos a Caballo.

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FEBRERO

PRIMERA BATALLA DE CEPEDA – 1 DE FEBRERO DE 1820
La Batalla de Cepeda de 1820 marcó el fin del directorio y, con ello, la disolución del gobierno centralista porteño. A partir de allí, después de una serie de infructuosos proyectos de organización política entre algunas de las actuales provincias, se sucedió una larga etapa de 1 autonomías provinciales que sólo sería interrumpida entre 1825 y 1827 por un interregno centralista. Desde este momento, se fueron conformando las 14 provincias que integrarían la Argentina hasta las últimas décadas del siglo XIX: Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Salta, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Luis, San Juan, Mendoza, Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Jujuy (al separarse de Salta en 1834).

¿Qué fue la batalla de Cepeda de 1820?
La batalla de Cepeda fue una de las tantas batallas que sucedieron durante el período de guerra civil en Argentina, la cual se llevó a cabo el 1 de febrero de 1820 en la cañada del arroyo Cepeda, actual provincia de Buenos Aires, Argentina.

En ella se enfrentaron los bandos de unitarios y federales.
Los unitarios estaban bajo el mando de José Rondeau y defendían a la provincia de Buenos Aires. Los federales estaban conformados por la Unión de los Pueblos Libres (Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Misiones Guaraníes) y contaban con el apoyo de la Banda Oriental de Artigas (Actual Uruguay)
Entre otras causas, la batalla de Cepeda surgió a partir del descontento de las provincias del interior con respecto a las decisiones centralizadas por parte del gobierno de Buenos Aires.

Como resultado final, los federales vencieron a los unitarios, tomaron el poder y lograron la renuncia de José Rondeau, director de las Provincias Unidas del Río de La Plata.

Causas y consecuencias de la batalla de Cepeda de 1820

Causas
Entre las principales causas de la batalla de Cepeda de 1820 se destacan las siguientes:

  • El descontento de las provincias del interior por el centralismo que regía el Buenos Aires, a partir de cómo se gobernaban las Provincias Unidas del Río de La Plata.
  • La constitución de 1819 sancionada por el Congreso de Tucumán, la cual fomentaba el centralismo y restringía la autonomía de las provincias del interior.
  • El deseo de tener una propia autonomía gubernamental por parte de las provincias del interior.
  • La formación de la Liga Federal por José Artigas, quien nunca se vió representado por el centralismo y apoyaba al gobierno federal de las provincias.
  • La invasión de Portugal a la Banda Oriental, a partir de la cual Artigas acusó al gobierno de Buenos Aires de apoyar dicha invasión.

Consecuencias
Entre las principales consecuencias de la batalla de Cepeda de 1820 se destacan las siguientes:

  • La renuncia de José Rondeau como director supremo de las Provincias Unidas del Río de La Plata.
  • El Tratado del Pilar, en el cual Buenos Aires reconoció a las demás provincias como autónomas.
  • El Congreso de Tucumán cesó sus funciones, ya que ahora cada provincia poseería su propia autoridad.
  • Buenos Aires comenzó a aislarse del resto del país mientras las provincias se gobernaban a sí mismas.
  • El país quedó dividido y es en 1861, luego de la batalla de Pavón, cuando vuelve a unirse bajo una misma república.

Personajes principales de la batalla de Cepeda de 1820
Entre los personajes más destacados de la batalla de Cepeda de 1820 se encuentran los siguientes:

  • Francisco Ramírez (1786-1821): caudillo federal argentino, líder de la provincia de Entre Ríos, quien se enfrentó a los unitarios en la batalla.
  • Estanislao López (1786-1838): caudillo argentino, militar federal y gobernador de la provincia de Santa Fe entre los años 1818 y 1838.
  • José Gervasio Artigas (1764-1850): estadista y militar que participó en la guerra por la independencia de las provincias unidas del Río de La Plata, fue jefe de los Orientales y protector de los pueblos libres.
  • José Miguel Carrera (1785-1821): político y militar de Chile, conocido como uno de los padres de la patria chilena y uno de los primeros caudillos.
  • Pedro Campbell (1782-1832): militar y marino de origen irlandés, de ideología artiguista, que fue jefe de los federales en la provincia de Corrientes.
  • José Casimiro Rondeau (1775-1844): militar, político y director supremo de las provincias unidas del Río de La Plata, que participó además en las guerras por la independencia de Argentina y Uruguay.
  • Juan Ramón Nepomuceno González Balcarce (1773-1836): político argentino, militar y gobernador de la provincia de Bueno Aires, que participó en la guerra por la independencia de Argentina.
  • Martín Rodríguez (1771-1845): militar, político y gobernador de la provincia de Buenos Aires, que participó además en la guerra por la independencia y en la lucha contra las invasiones inglesas.
  • Gregorio Ignacio Perdriel (1785-1832): militar argentino que participó también en la guerra por la independencia.

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3 DE FEBRERO 1813 - COMBATE DE SAN LORENZO

El 28 de enero, el Triunvirato ordena al coronel San Martín que protegiese las costas del Paraná del desembarco realista. Los granaderos siguieron el avance de la flota enemiga que constaba de 11 naves y unos trescientos soldados. Las naves pasaron el pueblo de Rosario y fondearon frente al Monasterio de San Carlos, en San Lorenzo, aguas arriba. Los españoles bajaron a tierra, subieron las altas barrancas y se encontraron con los pacíficos frailes. Luego llegaron algunos paisanos al mando de Caledonio Escalada, comandante militar del Rosario, y, cuando los realistas volvían a embarcarse, intercambiaron algunos disparos de cañón. El dos de febrero por la noche llegan los granaderos de San Martín al convento y se ocultan en el patio, en silencio, sin encender fuegos. Desde la torre del convento, el Coronel vigilaba las señales de luces de las naves enemigas.

El 3 de febrero de 1813 un escuadrón español de 250 jinetes cruzaron el río Paraná para saquear San Lorenzo, y cuando se acercaban al templo fueron sorprendidos por los "Granaderos a Caballo", con don José de San Martín encabezando el ataque. En el violentísimo choque un balazo tumbó al caballo del coronel, quien quedó aplastado por el pesado corcel. Un soldado realista estuvo a punto de incrustarle su bayoneta a San Martín, pero recibió un lanzazo del granadero Juan Bautista Baigorria. Mientras tanto el zambo Juan Bautista Cabral liberó a San Martín del caballo que lo aplastaba. El combate continuó varios minutos, hasta que llegaron los refuerzos del capitán Justo Germán Bermúdez, lo que decidió la victoria para los patriotas. Los realistas huyeron dejando en el campo decenas de muertos, heridos y prisioneros.

Fue el único combate en territorio argentino que libraron tanto el Regimiento de Granaderos a Caballo como su creador, el entonces coronel José de San Martín.

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BATALLA DE JUNCAL - (días 8 y 9 de febrero de 1827)
La flota brasilera en los últimos días de 1826 se propuso ingresar al río Uruguay, cortando las comunicaciones entre la provincia de Entre Ríos y el ejército del general Alvear. Brown se adelantó a la maniobra y artilló la Isla Martín García. A continuación se instaló en la desembocadura del río Uruguay, desembarcando parte de sus hombres en Punta Gorda, en espera del regreso de la escuadra enemiga. Este se produjo el 8 y 9 de febrero, dándose inicio a la Batalla de Juncal, y el enfrentamiento naval de mayor importancia de la guerra.

El combate

Durante la guerra con Brasil, sobre las costas del río Uruguay, a una legua de la isla de Juncal, el almirante Guillermo Brown obtiene una brillante victoria sobre las fuerzas brasileñas comandadas por el almirante Jacinto Roque de Sena Pereira. Un año después de iniciado el bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra brasileña, se produce este nuevo choque entre la marina argentina y la brasileña y en el cual, el almirante Brown, no sólo derrota por completo a la tercera división de la armada imperial, sino que también incorpora todos sus barcos a su propia flota y obliga a la flota brasileña a retirarse de la rada de Buenos Aires, abandonando las posiciones desde las que podía impedir las comunicaciones y el abastecimiento desde Buenos Aires hacia el Ejército de Alvear, en campaña en territorio brasileño.

El almirante de de Sena Pereira, comandante en jefe de la escuadra brasileña que operaba en el Río de la Plata, estando en Paysandú (Banda Oriental), dando por terminada su misión, en vista de haberse marchado hacia Río Grande el ejército imperial, el 30 de diciembre de 1826, al mando de la tercera división de la armada imperial, compuesta de 17 buques, se internó en el río Uruguay, colocándose en posición que le permitía establecer contacto con el comandante Mariath, jefe de otra división naval brasileña, que se mantenía frente a Colonia del Sacramento.

Después de haber conseguido el permiso presidencial, la escuadra se dispuso a zarpar
El Almirante Brown propuso cortarle el paso primero y rendirla después, a cuyo efecto salió de balizas el 26 de enero, dirigiéndose hacia Martín García. Iban bajo su mando el bergantín “Balcarce”, las goletas “Sarandi”, “Maldonado”, “Guanaco”, “Unión” y “Pepa” y la zumaca “Uruguay”, mandadas respectivamente, por Francisco  Drumond, Santiago  Seguí, John Coe,  Carlos Silva , Tomas Espora , Granville , Shannon y Masón. A una legua de la isla de Juncal alcanzó a la escuadra brasileña y ambas flotas comenzaron entonces un recio cañoneo, pero un fuerte viento pampero puso fin al combate, obligando a los adversarios a maniobrar y a fondear a corta distancia uno del otro.

El resultado de estas acciones, interrumpidas por la borrasca, había quedado sin decisión a favor ni de uno ni de otro y al día siguiente, bajo un cielo oscuro y tormentoso se renovó la batalla con mayor ímpetu. Reiniciado el cañoneo, el 9 de febrero, los barcos brasileños de menor porte, se desconcertados por la confusión que les produjo un grosero error en el manejo de las banderolas de señales y quedaron, a pesar de sus esfuerzos, alejados de las acciones.

Tres veces durante el combate el almirante Sena Pereira intentó rehacer sus líneas, pero fracasó, hasta que al fin, disgustado por la torpeza de sus oficiales, renunció a dirigir la acción de conjunto y se lanzó a la lucha barco a barco.

Enseguida, el encuentro se transformó en un reñido y sangriento entrevero que se prolongó por espacio de cuatro horas. La goleta “Sarandí”, barco insignia del almirante BROWN, eficazmente secundada por las cañoneras, atacó una tras otra a varias unidades menores y coronó la jornada con la captura de tres de ellas, mientras las demás se desbandaban en la mayor confusión, hasta que finalmente, la nave capitana enemiga, el bergantín de catorce cañones, “Januario”, fue tomada al abordaje, cayendo sucesivamente en poder de los argentinos las goletas “Batioca”, “Oriental” y “Veteoba”, de ocho, once y cuatro cañones, respectivamente, más un queche-hospital.

 El resto de los buques de la escuadra brasileña  emprendió la fuga con escasa fortuna, pues tres de ellos, el “7 de Marzo”, el “Itapoca” y el “Libertad”, encallaron, siendo incendiados por sus propios tripulantes. Otros se entregaron a los entrerrianos en Gualeguaychú y dos se escaparon por el brazo llamado Gutiérrez, quedando prisioneros gran número de jefes y oficiales, entre ellos Sena Pereyra, quien herido por un golpe de metralla, entregó su espada a Francisco Seguí, héroe de la jornada.

Esta victoria quebrantó grandemente al enemigo, pues de los 17 buques que había empeñado en esta acción, 12 fueron apresados y 3 incendiados, lo que le permitió a Brown reforzarse poderosamente, dotándose con nuevas unidades de combate. Fueron tomados 352 prisioneros (sin contar 400 hombres que quedaron libres en Entre Ríos, pues las autoridades provinciales se negaron a entregarlos) y finalmente, la escuadra brasileña fue desalojada definitivamente de las posiciones desde las que podían impedir las comunicaciones y el abastecimiento desde Buenos Aires hacia el Ejército de Alvear, en campaña en territorio brasileño.

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(1817) BATALLA DE CHACABUCO

Librada por el Ejército de los Andes contra las huestes realistas

Este importante episodio de la Revolución Americana, es más que conocido ya que representa un verdadero hito en la campaña independentista del continente, pues no sólo constituye la victoria más resonante de las armas patriotas hasta ese momento sino que, además, marca el principio del fin de la dominación realista en Sudamérica.

Sin embargo y pese a que tal encuentro armado ha sido tratado por innumerables autores, hay uno de sus pasajes que no ha sido muy difundido, pese a que quedó estampado en las memorias y las obras de muchos de sus protagonistas directos quienes, por ventura, ya veteranos soldados de la guerra de independencia, no callaron un hecho de tanta importancia que da lugar a un análisis muy rico y extenso el que, por supuesto, no se agota en estas líneas.

Es que, pese a lo asegurado por la tradición sanmartiniana, en realidad la acción de la Cuesta de Chacabuco no se desenvolvió de la manera en que el Jefe del Ejército de los Andes la había planificado minuciosa y anticipadamente desde su “ínsula cuyana”.

Luego de cruzar las altas cumbres el Ejército fijó su cuartel general en la Cuesta de Chacabuco. Desde allí San Martín organizó sus fuerzas de ataque en dos divisiones: la más numerosa y con mayor poder de fuego, a las órdenes del Brigadier Miguel Estanislao Soler, que debería rodear y atacar por el flanco al enemigo, siendo la columna sobre la que recaía el mayor peso del combate y la que, según el plan sanmartiniano, decidiría la batalla.

Mientras, la otra división a las órdenes del general O’ Higgins, debía realizar operaciones de distracción, amagando el frente enemigo sin comprometer una acción directa, a fin de esperar que el ala del ejército al mando de Soler alcanzara el punto indicado, dando forma de esta manera a la acción envolvente estratégicamente diseñada por San Martín.

He aquí donde residía el éxito de la esperada victoria, según el plan presentado a la Junta de Guerra el 11 de febrero por la noche, momento en que el Capitán de los Andes, se encontraba seguro de la victoria. Por eso decidió adelantar dos días la batalla planificada para el 14 ya que, confiado en sus “muchachos”, esperaba demostrar que había llegado a América para dar su vida por la libertad e independencia.

Durante toda la madrugada del 12 ambas huestes iniciaron sus movimientos y preparativos para la acción y, al despuntar el alba, comenzaron las primeras escaramuzas.

Todo marchaba según lo planificado y San Martín observaba los movimientos de sus tropas desde el emplazamiento del Estado Mayor en lo alto de la Cuesta, cuando desde su catalejo pudo observar que un jinete trataba de subir la cuesta a todo galope para avisarle que, en el campo de batalla, las cosas se complicaban.

Fue informado por el Teniente Rufino Guido -el jinete que había llegado hasta él- del ataque de frente iniciado contra el grueso de las tropas enemigas y que había sido dispuesto por el brigadier O ‘Higgins con sus dos únicos batallones, desobedeciendo de esta manera las órdenes impartidas por el comandante en jefe y arriesgando toda la acción.

En efecto, repitiendo las arengas de Rancagua: “Soldados: Vivir con honor o morir con gloria, el Valiente siga, Columnas a la carga”, el héroe de Chile se lanzó al ataque, comandando sus columnas con arrojo y valor, pero sin considerar que la división de Soler aún no terminaba de rodear la cuesta según el plan acordado la noche anterior.

En este momento decisivo del combate San Martín se puso al frente de sus Granaderos y logró revertir todo el curso de la batalla, tal como lo explica el testimonio de Rufino Guido al decir: “Vimos llegar a nuestro General con la bandera de los Andes en la mano y a la Infantería que formaban en columnas de ataque los que, como el Regimiento (de Granaderos a Caballo), recibimos la orden de cargar al enemigo. Todos la cumplimos inflamados de valor y entusiasmo, tal era la confianza que teníamos en quien la ordenaba y, a pesar de la resistencia del enemigo, por sus fuegos al emprender nuestra carga, fue completamente derrotado, no pudiendo resistir sino muy poco tiempo la carga por su frente y el ataque simultáneo que recibía por su flanco izquierdo dado por el valiente Necochea de la división del general Soler”.

Estas líneas nos permiten ver cómo ante el peligro de sufrir una atroz derrota y al decir del General Espejo: “Al ver en tan inminente riesgo la obra que le costaba tantos sudores y desvelos, el pundonor, la responsabilidad, el despecho, quizás lo condujeron (al General San Martín) a la cabeza de los Granaderos, resuelto a triunfar o no sobrevivir si se consumaba el infortunio”, revirtiendo la situación para finalmente lograr la renombrada victoria de Chacabuco.

El lacónico parte elevado por San Martín al superior gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, no daba cuenta de este inconveniente ni de su participación en la batalla. Por el contrario, resaltaba el valor y la acción de los generales O'Higgins y Soler, como la de muchos otros oficiales, pero nada decía sobre él mismo, pese a ser el verdadero vencedor de Chacabuco al frente “de sus muchachos” como solía llamar a los Granaderos a Caballo.

Pero poco después al llegar el Capitán Manuel de Escalada a Mendoza, de paso a Buenos Aires, con el parte de la acción, éste informó a Toribio de Luzuriaga -Gobernador de esta provincia- que “El triunfo de tan gloriosa acción se ha debido al valor impertérrito de nuestro ínclito general, el Excmo. Señor don José de San Martín que, a la cabeza de dos escuadrones (fueron tres), derrotó y desbarató al fiero tirano de Chile”.

La noticia inquietó al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón quien, en carta a San Martín, le comunicaba su extrañeza acerca de por qué un militar de su experiencia se había arriesgado en batalla sabiendo que los altos oficiales, y en especial el máximo comandante, no debía tomar parte directamente en las acciones a fin de evitar que, en plena batalla, quedara descabezado el Ejército, salvo que algo muy grave determinara un accionar semejante.

Estos fueron los hechos en este inolvidable combate de la guerra de la Independencia, cuando nuevamente sobresalieron los dotes de estratega, político y militar de San Martín, como así también sus valores humanos.

A la par de su denuedo, profesionalismo, visión estratégica y valentía como soldado, debemos recalcar su visión política al comprender que en todo momento debía enaltecer la figura de su compañero O'Higgins a quien prefiguraba como el conductor del futuro Estado de Chile, como así también a los oficiales del Ejército de los Andes quienes lo secundarían en la gran campaña de liberación de estas repúblicas, pese a que ello significara callar su propia valía en la batalla y renunciar a la gloria de ser no sólo el artífice sino, además, el protagonista y conductor directo de la gran victoria de Chacabuco. (Juan Marcelo Calabria - Asociación Cultural Sanmartiniana “Mi Tebaida” - En Los Andes de Mendoza)

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BATALLA DE HUMAITÁ – 18 DE FEBRERO DE 1868
Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867- 1868.  La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires.  Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial.  Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.

Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe.  Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.

Sin el general en jefe todo resultaría fácil.  El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya.  Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco.  Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada.  En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando.  Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo.  Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.

El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado.  Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto.  El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse.  Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados.  Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería.  Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada.  Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya.  Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos.  Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio.  El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres.  El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí.  No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco.  Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra.  Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años.  Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número.  Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra.  Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”.  Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.

Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo.  Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple.  Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa.  Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.

El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco.  Pero se había rendido.  No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores.  Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico.  López declara traidor al defensor de Humaitá.

Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta.  Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos.  Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros.  No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente.  Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.

En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo.  Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo.  Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia.  Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia.  Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra.  Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria.  Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre.  En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir. (http://www.revisionistas.com.ar)

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BATALLA DE SALTA
20 de febrero 1813

Fue un enfrentamiento armado librado en Campo Castañares, hoy zona norte de la ciudad de Salta, norte de la República Argentina, en el curso de la Guerra de Independencia de la Argentina. El Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano y de Eustaquio Díaz Vélez como mayor general o segundo jefe, derrotó por segunda vez a las tropas realistas del brigadier Juan Pío Tristán, a las que había batido ya en septiembre anterior en la batalla de Tucumán. La rendición incondicional de los realistas garantizó el control del gobierno rioplatense sobre buena parte de los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata, aseguró la región y permitió a los patriotas recuperar, provisoriamente, el control del Alto Perú.

Concluido el combate y asegurada la victoria, Belgrano le envía al gobierno central la siguiente nota de notificación:

“Excelentísimo señor:
El Todopoderoso ha coronado con una completa victoria nuestros trabajos: arrollado con las bayonetas y los sables el ejército al mando de don Pío Tristán se ha rendido del modo que aparece de la adjunta capitulación: no puedo dar a V.E. una noticia exacta de los muertos y heridos ni tampoco de los nuestros, lo cual haré más despacio, diciendo únicamente por lo pronto que mi segundo, el mayor general Díaz Vélez, ha sido atravesado en un muslo de bala de fusil cuando ejercía sus funciones con el mayor denuedo conduciendo el ala derecha del ejército a la victoria en su desempeño; el del coronel Rodríguez, jefe del ala izquierda, y el de todos los demás comandantes de división, así de infantería como de caballería, e igualmente el de los oficiales de artillería y demás cuerpos del ejército, ha sido el más digno y propio de americanos libres que han jurado sostener la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata, debiendo repetir a V.E. lo que le dije en mi parte de 24 de septiembre pasado, que desde el último soldado hasta el jefe de mayor graduación e igualmente el paisanaje se han hecho acreedores a la atención de sus conciudadanos, y a las distinciones con que no dudo que V.E. sabrá premiarles.

Dios guarde a V.E. muchos años, 20 de febrero (a la noche) de 1813.”

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GUERRA CONTRA BRASIL - BATALLA DE ITUZAINGO - (20 DE FEBRERO DE 1827)
Durante el transcurso de la Guerra del Brasil, que enfrentaba a las Provincias Unidas del Río de la Plata y al Imperio del Brasil -siete días después del triunfo de las tropas argentinas del general Juan Lavalle frente a las fuerzas del general brasileño Bento Manuel Ribeiro en la batalla de Bacacay y cuatro después del triunfo del general republicano Lucio N. Mansilla en la batalla del Ombú, que dispersó con 350 hombres a caballo y 1800 efectivos de infantería a la caballería de Bento Ribeiro, elite de la tropa imperial

La batalla

Desde mediados de febrero los ejércitos en pugna se hallaron en contacto con sus patrullas avanzadas; los republicanos, si libraban batalla en la zona del Cacequy y no resultaban vencedores, quedarían atrapados entre los bañados del río Vaccacuhy, Ibicuhy y Santa María. El único ejército con que contaba en aquellos momentos la República podía quedar fuera de combate en una sola operación. Alvear decidió avanzar hacia el Paso del Rosario o Ituzaingó, sobre el río Santa María, a fin de asegurar la retirada en la eventualidad de una derrota. En ese movimiento ofreció el flanco izquierdo vulnerable; pero Barbacena tan sólo se movió en la noche del 18-19 de febrero, aunque estaba seguro de que Alvear trataba de franquear el Santa María.

Para aligerar la marcha, Alvear abandonó el equipo, hizo incendiar los archivos y el 19 a mediodía se halló en el Paso del Rosario; el escuadrón de coraceros al mando del coronel Anacleto Medina pasó el río crecido; el general Soler ordenó al coronel Iriarte que cruzase el río con la artillería, aunque la operación era casi imposible con el enemigo encima.

Comprobó Alvear la imposibilidad de franquear el río y resolvió librar batalla y jugar todas las cartas en ella; los coraceros de Medina repasaron el Santa María y se incorporaron al ejército.     

Descansaron las tropas hasta las 6 de la tarde. Alvear reunió junta de guerra y expuso su plan de contramarchar toda la noche en busca del enemigo, a fin de salir de la posición comprometida en que se hallaban y donde la derrota era segura y la retirada imposible.
Los jefes del ejército republicano estaban descontentos de la conducción del general en jefe. En el diario de la segunda división del segundo cuerpo, el coronel Brandsen escribe:

"Recibo en mi cuerpo la visita del general Mansilla, sofocado de todo cuanto ve; no puede resistir a abrirme su corazón; deplora la ignorancia del general en jefe sobre todo lo que es práctica de la ciencia militar. No sabe marchar, ni acampar, ni prever nada. Los caballos desaparecen a vista de ojo. La tropa está mal atendida. El general en jefe, a pesar de su ninguna experiencia, no consulta más que una voluntad y un capricho suyo. Confunde todas las ramas del servicio, paraliza el talento y la experiencia, y pone a cada paso en duda la existencia del ejército y del país. Estas ideas son comunes al general Soler. En mi corazón reconozco demasiado la justicia de ellos"... "Cada día la extraña conducta del general en jefe lo desacredita más en el ánimo de sus oficiales y soldados. La disciplina se sacude por la base; el mal contento es general"...

Un destacamento al mando del coronel Olazábal fue a posesionarse de las alturas que bordean el valle de Santa María; el 20 de febrero, poco después de medianoche, se puso en movimiento el ejército imperial; al aclarar el día, el marqués de Barbacena supo que el ejército republicano se encontraba al este del río Santa María y que se disponía al combate.

La lucha fue iniciada por el general Laguna con cargas sucesivas contra la caballería imperial del ala norte; sus efectos fueron tales que la infantería enemiga tuvo que detener la marcha contra la posición republicana, desde donde el quinto de cazadores y la artillería de Chilavert les causaban estragos.

Intentó el marqués de Barbacena una maniobra para desalojar a la vanguardia de Olazábal de las alturas hacerlo con que ocupaba; en el caso de tener éxito, el ejército republicano habría sido aniquilado seguramente. Alvear ordenó a Olazábal retener la posición y hacerse matar antes que abandonarla. La caballería republicana fue llegando entretanto al campo de la acción; los regimientos 1 y 2 se situaron a la izquierda del batallón número 5 y cargaron contra los batallones imperiales que avanzaban hacia la altura ocupada por Olazábal; esos regimientos republicanos se hallaban al mando de los coroneles Federico Brandsen y José María Paz; los imperiales resistieron bien el choque.

Poco después llegaron los regimientos 3 y 4 de caballería; se prolongó la línea de combate hacia el norte con el primero y se aseguró el ala y el flanco norte republicano con el segundo; el 16 de caballería y los coraceros de Medina reforzaron a los orientales.

Se produjeron momentos de vacilación en las filas imperiales; Alvear ordenó al primer cuerpo de Lavalleja que atacase a la vanguardia del brigadier Abreu y logró éxito con la cooperación del 8 de caballería. La vanguardia del barón de Cerro Largo fue dispersada y los jinetes republicanos llegaron hasta las bases de la infantería, que formó rápidamente el cuadro.

Continuó su avance la primera división imperial; Alvear ordenó al coronel Brandsen que cayese con el 1 de caballería sobre la infantería enemiga; la carga fue contenida y Brandsen fue acribillado por el fuego imperial; también fue rechazada otra embestida con el 2 de caballería a las órdenes del coronel Paz. Decidió entonces Alvear probar en la extrema izquierda lo que no había logrado en el ala derecha; allí se encontraba Juan Lavalle con el 4 de caballería y los colorados de Videla, en espera de órdenes.
Lavalle se lanzó contra la brigada ligera de Bento Gonqalvez, que fue dispersada y arrojada del campo, perseguida por la caballería republicana, que luego cambió de rumbo y atacó a la retaguardia imperial. Siguió el combate generalizado y a las dos de la tarde la situación fue ya francamente favorable a los republicanos; la caballería dominaba los flancos enemigos; el centro fue reforzado y la artillería de Iriarte llegó intacta al lugar de la lucha.

El marqués de Barbacena juzgó peligrosa la situación y procuró desprender la totalidad de sus fuerzas de infantería y retirarse hacia el este, débilmente perseguido por los republicanos.

Tal fue la batalla de Ituzaingó, sobre la cual se emitieron juicios diversos; Vicente Fidel López la compara desde el punto de vista estratégico con Chacabuco; para Adolfo Saldías es comparable a la de Maipú; el general Baldrich la considera un excelente triunfo táctico. Uno de los participantes, el entonces coronel José María Paz, en sus Memorias, asegura que allí no hubo previsión estratégica y que el éxito final fue debido más a las inspiraciones individuales del momento, para sacar provecho de los errores o debilidades del enemigo que a las disposiciones tácticas del general Alvear, pues no hubo ninguna. "Ituzaingó —dice Paz— pudiera llamarse la batalla de las desobediencias; allí todos mandábamos, todos combatimos y todos vencimos, guiados por nuestras propias inspiraciones".

Sin embargo, las órdenes dadas por Alvear a Olazábal para resistir a cualquier costo hasta que entrasen en acción todas las unidades retrasadas, fue una medida previsora que aseguró el resultado victorioso de la batalla.

Alvear fue relevado del mando del ejército de operaciones en julio de 1827, y Paz quedó interinamente al frente del mismo hasta que el 25 de diciembre asumió el mando el general Lavalleja. Hubo algunas otras acciones de menor significación: Camacuá, Potreros del Padre Filiberto, pero la actividad bélica fue eludida en lo posible por los imperiales, quedando reducida a golpes de mano contra partidas aisladas.

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1814 - BATALLA DEL ESPINILLO

La primera batalla de la guerra civil que dividiría al país entre unitarios y federales
La Batalla del Espinillo fue un enfrentamiento que tuvo lugar el 22 de febrero de 1814, librada entre entrerrianos y orientales contra porteños, en los campos del Arroyo Espinillo, Provincia de Entre Ríos. El lugar exacto del combate está ubicado a unos 25 km al este de la ciudad de Paraná.
 
Las fuerzas del Directorio, al mando de Eduardo Karlitz de Holmberg, son derrotadas por las fuerzas artiguistas al mando de José Eusebio Hereñú y a partir de entonces, en rápida sucesión, los territorios de Corrientes y Misiones, y los pueblos del interior de la Banda Oriental se pronunciaron a favor del federalismo propugnado por José Gervasio Artigas.
 
Fue la primera batalla de la guerra civil rioplatense, que dividiría al país entre unitarios y federales hasta 1875. El triunfo dio a los federales artiguistas el control del oeste de la Provincia de Entre Ríos. Rápidamente Entre Ríos, más Córdoba, y Santa Fe se unen a la Provincia oriental dando nacimiento a la Liga Federal.
 
La batalla de El Espinillo tiene, así, dos grandes razones para ser celebrada en nuestra provincia, como fecha patria entrerriana: por una parte, fue la primera batalla en que un ejército federal derrotara a uno unitario;  y por otra, a raíz de ella fue que los entrerrianos nos animamos a hacer lo que la lucha de Artigas nos reclamaba: liberarnos del yugo unitario porteño.

El 20 de enero de 1814 José Gervasio Artigas abandonó con más de 3.000 hombres el sitio de Montevideo en desacuerdo con la política del director supremo Gervasio Antonio de Posadas, luego de que la Asamblea del año XIII rechazara a los diputados orientales artiguistas, dirigiéndose hacia la Villa de Belén, cerca de la cual estableció su Cuartel General en los potreros de Arerunguá (Departamento de Salto).
 
Posadas respondió con un decreto del 11 de febrero, declarándolo traidor y enemigo de la patria, ofreciendo 6.000 pesos a quien lo entregara vivo o muerto. Por esas razones Artigas declaró la guerra al Directorio porteño.
 
El 20 de febrero de 1814 el comandante de la Villa de Paraná, teniente coronel Eusebio Hereñú reconoció a Artigas como Protector de los Pueblos Libres desconociendo la dependencia de la Tenencia de Gobierno de Santa Fe a la cual estaba sujeta Entre Ríos desde 1810 y estableció de hecho la autonomía de la provincia. Hereñú sustituyó a Andrés Pazos por José Gregorio González como alcalde de primer voto del Cabildo de Paraná.
 
Para frenar el avance de los federalistas y para capturar a Artigas, Posadas ordenó al coronel prusiano barón Eduardo Kaunitz de Holmberg que alistara 400 soldados con artillería en Santa Fe y pasara a Entre Ríos en donde debía reunirse con las tropas que pudiera alistar el recientemente nombrado (en enero) comandante de Entre Ríos, coronel Hilarión de la Quintana, éste se hallaba en Concepción del Uruguay.

Entre las instrucciones que recibió von Holmberg estaban:
 
El primer objeto de su comisión es apoderarse de todos modos y a cualquier costa de la persona de don José Artigas (...)
 
Luego que esté en disposición de hostilizar lo hará infatigablemente, cortando víveres, convoyes, estorbando la reunión de las familias y de gentes armadas o inermes, desmembrándole las que tenga reunidas ya por medios de dispersión, ya por premios que ofrecerá a los que lo abandonen y el de 6 mil pesos al que lo entregue vivo o muerto al citado Artigas (...)
 
Si llegara a apoderarse de éste o de las personas de Barreiro, Torgués o Texo, los hará fusilar (...)
 
Para que pueda proceder con la debida legalidad publicará el día 16, así en las divisiones militares como en los pueblos de Entre Ríos un bando en que se declare traidores a la Patria a Artigas y sus cómplices. El bando se remitirá oportunamente (...)
 
Ante el cruce del río Paraná por las fuerzas directoriales, el coronel artiguista Fernando Otorgués, desde Paysandú, cruzó el río Uruguay por el Paso de Vera y ocupó Concepción del Uruguay y Gualeguaychú, desalojando a Hilarión de la Quintana, marchando luego aceleradamente hacia la Villa de Paraná que fue ocupada por von Holmberg.
 
El 22 de febrero de 1814 la columna de Otorgués, junto con las fuerzas de Hereñú, secundado por el sargento mayor Juan León Sola, derrotaron a von Holmberg en El Espinillo. Otorgués respetó las vidas de von Holmberg y de la Quintana y luego los liberó.
 
A consecuencia de esta victoria, el 23 de abril se declaró la independencia de los pueblos de Entre Ríos y el Directorio inició negociaciones con Artigas, enviándole delegados que aceptaron los planteos federalistas pero fueron negados por Buenos Aires. (La Opinión Popular)

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28 DE FEBRERO DE 1813 - SIMÓN BOLÍVAR GANA LA BATALLA DE CÚCUTA
Cada 28 de febrero se celebra en Cúcuta la máxima fiesta patria “La Batalla de Cúcuta”, día en que el ejército de Simón Bolívar vence a las tropas invasoras españolas al mando del general Ramón Correa. El triunfo de la batalla de Cúcuta significó para Bolívar la suma de muchos que ya había obtenido, y la gesta que le permitiría liberar a Colombia y Venezuela del yugo español.

El apoyo de los civiles a Bolívar y su ejército

El historiador de la academia de Historia de Norte de Santander Mario Villamizar Suárez, cuenta que en la mañana del 28 de febrero: “arriba al costado occidental de Cúcuta, desde donde observa el valle deseado, territorio dominado por Correa, en la loma se avistan los dos comandantes contrincantes y de lejos se saludan con respeto militar (hoy llamada “Loma de Bolívar”), entablándose la contienda a las 9 de la mañana; el jovencito residente en Cúcuta, Eugenio Sosa, pasa la línea realista para ponerse a órdenes de Bolívar y con una burrica transporta en tinajas agua para los patriotas”.
El enfrentamiento duró hasta la una de la tarde, donde Bolívar y su ejército derrotaron a los invasores. Bolívar no persiguió al derrotado que corrió hacia La Grita en Venezuela.

Antecedentes

La gesta comenzó cuando Bolívar venía realizando su campaña por el bajo Magdalena Colombiano, desalojando a los españoles que se hospedaban en los pueblos. Estando en Gamarra -Cesar, viajó a Ocaña.

A partir de la zona de Salazar-Gramalote, sus servicios de inteligencia son contactados por amigos de la heroína Mercedes Abrego, que le suministra datos sobre las fuerzas realistas, sus posiciones, efectivos, movimientos, que le fueron muy útiles al Libertador Bolívar para el diseño de su evolutiva estrategia que lo condujo al triunfo. Mercedes Ábrego fue quien informo a Bolívar de la presencia del general Correa en Cúcuta y de todos los daños que estaban haciendo los invasores.

Importancia de la victoria

El triunfo de Bolívar significó el principio de la libertad colombiana y venezolana y la caída del ejército español. Cúcuta era una ciudad estratégica y servía de corredor entre las tropas acantonadas en Caracas, para comunicarse con los militares que permanecían en Bogotá, con la expulsión de los soldados al mando del general Correa se perdió todo contacto y la resistencia criolla tomó auge.

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MARZO

1 DE MARZO 1870 - ASESINAN AL PRESIDENTE DE PARAGUAY FRANCISCO SOLANO LÓPEZ – “MARISCAL DE AMÉRICA”

“¡Muero con mi Patria!”

Con esa última frase en sus labios, el 1º de marzo de 1870, en Cerro-Corá, el Mariscal Francisco Solano López, herido, agotado y desangrado, medio ahogado, moribundo y anegada en sangre el agua inmunda del arroyo que, caído sentado, lo circundaba, recibió un tiro de Manlicher que le atravesó el corazón. Ahí quedó, muerto de espaldas, con los ojos abiertos y la mano crispada en la empuñadura de su espadín de oro –en cuya hoja se leía "Independencia o Muerte".

Las últimas palabras del Mariscal eran algo más que una metáfora: ya casi nada quedaba del Paraguay, toda su población masculina entre los 15 y 60 años había muerto bajo la metralla. Muchísimas mujeres y niños también, cuando no por las balas, por las terribles epidemias de cólera y fiebre amarilla, o simplemente sucumbieron de hambre. Por supuesto, tampoco quedaron ni altos hornos, ni industrias, ni fundiciones, ni inmensos campos plantados con yerba o tabaco, ni ciudad que no fuera saqueada. Apenas si un montón de ruinas cobijaba a los fantasmales trescientos mil ancianos, niños y mujeres sobrevivientes. Se condenó al país a pagar fortísimas indemnizaciones por “gastos de guerra”. Paraguay perdió prácticamente la mitad de su territorio, que pasó a formar parte de Brasil y de Argentina (las actuales provincias de Misiones y Formosa).

Cinco años antes, al comenzar la guerra de la Triple Alianza, el Paraguay de los López era un escándalo en América. El país era rico, ordenado y próspero, se bastaba a sí mismo y no traía nada de Inglaterra... Abastecía de yerba y tabaco a toda la región y su madera en Europa cotizaba alto. Veinte años había durado la presidencia del padre, don Carlos Antonio López, hasta su muerte en 1862, y desde entonces la del hijo Francisco Solano.

El Paraguay tenía 1.250.000 habitantes, la misma cantidad de la vecina Argentina de entonces (¡Se exterminó en la guerra nada menos que al 75% de la población!). El país era de los paraguayos. Ningún extranjero podía adquirir propiedades, ni especular en el comercio exterior. Y casi todas las tierras y bienes eran del Estado. La balanza comercial arrastraba un saldo ampliamente favorable, y carecía de deuda externa.

Contaba con el mejor ejército de Sudamérica. Tenía altos hornos y la fundición de Ibicuy fabricaba cañones y armas largas. Funcionaba el primer ferrocarril de Latinoamérica, un telégrafo y una poderosa flota mercante.
El nivel de la educación popular también era el primero del continente.

Además, Paraguay era un importante productor de algodón, materia prima que necesitaba el capitalismo inglés en su etapa de expansión imperialista para su industria textil, principal motor de su economía. El bloqueo al sur esclavista de la Confederación, que proveía de algodón a la industria inglesa, producido por la guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), hizo indispensable para los intereses británicos la destrucción de tal nación soberana.

Esos intereses manipularon al círculo de influencia del emperador del Brasil y al partido mitrista y la oligarquía porteña y montevideana, hasta promover el exterminio de todo un pueblo, que incluyó de paso a las montoneras argentinas.

Lo cierto es que la marcha final de siete meses de los últimos héroes paraguayos hacia Cerro-Corá, doscientas jornadas por el desierto, bajo el ardiente sol tropical, constituye una de las páginas más sórdidas pero también más gloriosas de la historia americana. Soldados abrazados por la fiebre o por las llagas y extenuados por el hambre, sin más prendas que un calzón, descalzos porque los zapatos, como el morrión y las correas del uniforme, han sido comidos después de ablandar el cuero con agua de los esteros. Todos están enfermos, todos escuálidos por el hambre, todos heridos sin cicatrizar. Pero nadie se queja. No se sabe adónde se va, pero se sigue mientras no sorprenda la muerte. Conduce la hueste espectral el presidente y mariscal de la guerra Francisco Solano. Si no ha podido dar el triunfo a los suyos, les ofrecerá a generaciones venideras el ejemplo tremendo de un heroísmo nunca igualado.

Cinco años después, el gran Paraguay de los López quedó hundido, con todo su pueblo, en los esteros guaraníes. Desde entonces el Foreing Office quedaría como dueño absoluto de la región y dejaría desarticulada, por lo menos durante un largo período que todavía sufrimos, la posibilidad de integrar en una sola nación a la Patria grande. La gran causa iniciada por Artigas en las primeras horas de la Revolución, continuada por San Martín y Bolívar al concretarse la Independencia, restaurada por la habilidad y energía de Juan Manuel de Rosas en los años del "sistema americano", y que tendría en el Gran Mariscal Francisco Solano López su adalid postrero.

El 1° de Marzo López se levanta más temprano que de costumbre. Sus ayudantes lo ven revolviendo sus pertenencias, como si estuviera dispuesto a partir; López distribuye algunos efectos personales, como pequeños obsequios, “como un recuerdo de su persona”.

Ese día amaneció húmedo y caluroso. La falta de noticias desde la vanguardia y la tardanza en regresar de los emisarios, le vaticinaban el final. La llegada de unas mujeres fugitivas se lo confirmaban: el Paso Tacuara había caído en poder del enemigo. Para verificar la noticia, López envía al Coronel Cándido Solís con diez hombres, que son sorprendidos y acuchillados, logrando escapar dos de ellos. Poco después comenzaban a sonar los cañonazos y a trepidar la fusilería.

Cuando López ve aparecer al enemigo, monta en el bayo que lo acompañara desde Paso Pucú, se pone al frente del resto de sus tropas, invitándoles a acompañarlo en su último sacrificio.

“Un poco más de doscientos hombres –describe O´Leary- armados en su mayor parte a sable y lanza, era todo lo que se había podido reunir, formando en las filas, como soldados, desde el anciano Vicepresidente Sánchez, hasta el último capellán. Esgrimiendo un espadín, en cuya hoja se leía su lema guerrero, su implacable lema, de “Vencer o Morir”, se puso en marcha, acaudillando aquel patético grupo, en el que se confundían los altos dignatarios del Estado con los representantes de la iglesia, los generales con la tropa y los más humildes ciudadanos con los jefes y oficiales del ejército, formando juntos un solo cuerpo, con una sola alma y un solo corazón…”.

El choque fue tremendo, pero como era de esperar ante la desigualdad de fuerzas, duró poco. Los paraguayos, acosados por todas partes fueron retrocediendo hacia una zona montuosa, a orillas del Aquidabán. López había visto caer a su lado al Coronel Luis Caminos y a sus últimos hombres. Rodeado por algunos jinetes brasileños que le intiman rendición, López, por toda respuesta, los atropella tratando de herirlos con su espada, pero fue detenido por el cabo Francisco Lacerda, conocido como “Chico Diabo”, que le destroza el vientre de un lanzazo mientras otro lo hiere en la cabeza con el sable, y un tercero le da un lanzazo mortal.

Acuden en ese momento el Capitán Francisco Argüello y el Alférez Chamorro, que se enfrentan a los brasileños mientras López se retira penosamente. Seguido por el Coronel Silvestre Aveiro, el Mayor Manuel Cabrera y el Alferez Ibarra, penetra en una angosta picada, cayendo del caballo al poco andar. Desde allí fue llevado a la barranca opuesta del Aquidabán, y a su pedido, lo dejaron solo.

Un nuevo acto de fidelidad sucedería: en esa circunstancia extrema en que se escudaba la aproximación de la soldadesca, se presenta ante López el Alférez Victoriano Silva, ofreciéndole su compañía y pidiendo el honor de morir en su defensa, pero López, agradeciéndole tan generoso gesto, le regala su látigo y le ordena retirarse. En ese momento supremo, apareció el General Cámara cruzando de a pie el arroyo, e intimándole rendición, recibe por respuesta una frase que quedaría para la posteridad: “Muero con mi Patria”

En ese momento “Aproximase un soldado del Batallón 9° -dice el historiador brasileño Borman- y el General le da orden de desarmar al Mariscal. El soldado lo agarra de los puños, teniendo lugar entonces una lucha. López procura conservar su espada, mas el soldado hace esfuerzos por tomarla: los contendores caen, se yerguen de nuevo, y la lucha continúa. Otro soldado que se aproxima, presencia aquella escena, aprovecha un momento en que el Dictador se desprende de su adversario, le apunta su arma, suena el tiro y la bala va derecho al corazón…”

Cuando llegó a Buenos Aires la noticia de la muerte de Francisco Solano López, Sarmiento mandó una banda de música a tocar serenatas ante la puerta de Bartolomé Mitre, y el mismo día le escribía a Mrs. Mann: “No crea que soy cruel. Es providencial que un tirano haya hecho morir a ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana” (J.M.Rosa, La guerra del Paraguay, p.323)

La confesión del crimen.
López fue ultimado “cuando ya estaba completamente derrotado y gravemente herido” de muerte. El crimen fue confesado por el propio General Cámara, vanagloriándose por lo hecho.

La barbarie
Consumado el crimen de López, se desata la barbarie. El propio López es despojado de todas sus ropas, y su cuerpo pisoteado y mutilado. La soldadesca baila alborozada sobre su cadáver. Arrastrado, es arrojado ante su familia, donde sus hijos pequeños cavan con las manos una improvisada sepultura.

Y mientras esto acontecía en el Aquidabán, comienza una feroz cacería. El hijo mayor de Solano, Coronel Juan Francisco López, “Panchito”, de 15 años, muere espada en mano intentando defenderse de un grupo brasileño: “¡Un coronel paraguayo no se rinde¡”.

Elisa Lynch cubrió el cuerpo sangrante de su hijo con su propio cuerpo, y espetándole a la soldadesca: “Esta es la civilización que han prometido” (Testimonios de la Guerra Grande. t.I,p.106)

Otro hijo de Solano López, José Félix López, de apenas once años, es sacrificado. El General Francisco Roa, rodeado de enemigos, es tomado prisionero y degollado inmediatamente. El propio Vicepresidente Sánchez, octogenario, se niega a rendirse y es ultimado a lanzazos. El Coronel Cnel. José María Aguiar, inválido por las heridas recibidas en Tuyutí, fue lanceado y degollado. Solo se salvaron algunos que alcanzaron a huir, o quienes estando en comisión, llegaron después de la masacre. Para mayor horror, fue incendiado el campo, donde perecieron los heridos.

 


Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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BATALLA DE CANCHA RAYADA – 19 de marzo de 1818

La batalla de Cancha Rayada, también conocida como sorpresa o desastre de Cancha Rayada (19 de marzo de 1818) fue una batalla de la Independencia de Chile, desarrollada en el marco del periodo independiente de la Patria Nueva, donde fueron derrotadas las fuerzas patriotas comandadas por José de San Martín en el encuentro sostenido con las fuerzas realistas en la ciudad de Talca. 

Sorpresa de Cancha Rayada

Tras haber sido derrotados en Chacabuco, los jefes españoles llegaron a la conclusión que la única esperanza que tenían era intentar una maniobra audaz, que sorprendiera a las tropas de San Martín.

Los realistas decidieron emprender una salida nocturna, el plan se llevaría a cabo en Cancha Rayada los españoles se dividieron en tres divisiones que avanzaron en silencio por la cerrada noche, guiándose por las fogatas patriotas que avanzaban al mando de O'Higgins y cuando estuvieron cerca de la línea de tiro, los españoles comenzaron a disparar.

Los soldados sorprendidos, comenzaron a correr desordenadamente para cualquier lado; O'Higgins resultó herido en el codo al caer muerto su caballo. Desde el cuartel general, San Martín comenzó a dar órdenes para emprender la retirada. 

Las Heras por su parte logró salvar más de 3500 hombres, animales, piezas de artillería y municiones y el 21 de marzo se reunió con el Libertador, quien lo felicitó públicamente por su comportamiento. El parte de la derrota que escribió San Martín decía:

"Acampado el ejército de mi mando en las inmediaciones de Talca, fue batido por el enemigo, y sufrió una dispersión casi general, que me obligó a retirarme. Me hallo reuniendo la tropa con feliz resultado, pues cuento ya 4.000 hombres desde Curicó a Pelequén. Espero muy luego juntar toda la fuerza y seguir mi retirada hasta Rancagua. Perdimos la artillería de los Andes, pero conservamos la de Chile".

En Cancharrayada murieron 120 patriotas, otros tantos fueron tomados prisioneros y se perdieron 22 piezas de artillería, y cuatro banderas.

El 24 de marzo, Bernardo O'Higgins llegó a Santiago y asumió el mando del poder ejecutivo. De inmediato se acuartelaron las milicias, se recuperó armamento y se compraron otros nuevos y se comenzó a fabricar municiones.
Al día siguiente llegó San Martín y dirigiéndose a la multitud que lo aclamaba dijo:

"¡Chilenos! Uno de aquellos acasos que no es dado al hombre evitar, hizo sufrir a nuestro ejército un contraste. Era natural que este golpe inesperado y la incertidumbre os hiciera vacilar; pero ya es tiempo de volver sobre vosotros mismos, y observar que el ejército de la patria se sostiene con gloria al frente al enemigo; que vuestros compañeros de armas se reúnen apresuradamente y que son inagotables los recursos del patriotismo. Los tiranos no han avanzado un punto de sus atrincheramientos. Yo dejo en marcha una fuerza de más de 4.000 hombres sin contar las milicias. La patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de honor de dar en breve un día de gloria a la América del Sur".

El 28 de marzo llegó al campamento la columna de Las Heras, quien fue felicitado en público nuevamente por el Libertador. A diez días de la derrota de Cancha Rayada, el ejército estaba reorganizado: constaba de nueve batallones, cinco chilenos y cuatro argentinos, con cerca de 4.000 plazas; tres regimientos de caballería, dos argentinos y uno chileno con más de 1.000 jinetes y 22 piezas de artillería, sumando un total de más de 5.000 hombres de línea.

La reconstrucción después de desastre de Cancha Rayada

En la derrota de Cancha Rayada, se perdió casi todo el parque y la artillería, a manos de los realistas.

Luego de la conmoción causada por el desastre, en una reunión de Estado Mayor, presidida por el Padre de la Patria, se oyó la voz del fraile capitán Luis Beltrán : "Perdimos una batalla, pero no la guerra. Tengo en mis depósitos municiones y armas suficientes para que en pocos días podamos transformar esta derrota en victoria", pero en su corazón sabía que no decía la verdad casi todo había caído en manos del enemigo; pero el cura forjador se tenía confianza y sólo necesitaba que no decayera el ánimo de sus camaradas. San Martín, aliviado, concluyó la reunión en estos términos:

"Con municiones y armas, vamos a hacer que la noche se les vuelva día". Fray Luis Beltrán salió a las corridas de la junta, encontró a su amigo, el coronel chileno Manuel Rodríguez y le pidió traer "todas las personas que puedan juntar. Necesito mil. Todos servirán, hombres, mujeres, niños. Pero los necesito ya".

Este oficial mandó dos batallones a recorrer las calles de Santiago y realizar una leva forzosa de toda persona que transitara, para trabajar en el improvisado taller del franciscano.

Ese mismo día, el fraile comenzó a reconstruir el diezmado parque del ejército.
Las mujeres cosían los cartuchos para la artillería; los niños confeccionaban los cartuchos de fusil; los hombres fundían armas, vituallas, balas y municiones; y realizaban las demás labores pesadas; siempre en turnos rotativos. La maestranza de Fray Luis Beltrán no se detenía nunca. En poco más de dos semanas, estuvieron listos veintidós cañones (incluía cinco reparados, salvados de Cancha Rayada), decenas de miles de cartuchos, y armas de todo tipo recompuestas.

Reconstrucción del desastre de Cancha Rayada

El desastre de Cancha Rayada puso a Beltrán en el más difícil trance: el parque se había perdido y solo 5 cañones fueron salvados en aquella tremenda noche. El incansable sacerdote-soldado recogió por todas partes tanto hierro, acero y demás metales que pudieran servir para la confección de armas y municiones, y otra vez los yunques y las fraguas resonaron armoniosamente: 93 hombres, 22 mujeres y 47 niños de 14 a 18 años, blancos y negros, de todas las esferas sociales, trabajaron afiebradamente para dotar a los futuros vencedores de Maipo de las armas con las que iban a derrotar a los audaces atacantes de Cancha Rayada.

Veintidós cañones, parque, pertrechos, proyectiles, etc., estuvieron listos en breves días, para contribuir poderosamente al glorioso triunfo de Maipo, el 5 de abril de 1818. Por los méritos que adquirió Beltrán por su actividad extraordinaria en aquellas memorables jornadas, y por su participación en aquella batalla decisiva, el gobierno de Chile lo condecoró con una medalla de plata; y el de Buenos Aires con un cordón de plata de honor, declarándolo al mismo tiempo “Heroico Defensor de la Nación”. (Todo Argentina)

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ABRIL

1818 - LA BATALLA DE MAIPÚ

La Batalla de Maipú fue un enfrentamiento armado decisivo dentro del contexto de la Guerra de Independencia de Chile, que tuvo lugar el 5 de abril de 1818, en el sector conocido como los Cerrillos del Maipo, al poniente de Santiago de Chile. Durante la misma se enfrentaron las fuerzas patriotas del Ejército Unido Libertador de Chile —formado por tropas argentinas del Ejército de los Andes y chilenas del Ejército de Chile— al mando del capitán general José de San Martín, contra el Ejército Real de Chile bajo las órdenes del general Mariano Osorio.

Acaecida la derrota patriota en la noche del 19 de marzo de 1818 en Cancha Rayada, las tropas revolucionarias dispersas intentan un reagrupamiento sobre la base de la retirada en orden ejecutada por la columna comandada por el coronel Las Heras y el general San Martín del campo de la derrota. Las tropas americanas emprenden el Camino Real hacia Santiago de Chile.
El hecho de armas acaeció al sur de Santiago de Chile distante aproximadamente a 10 km, en los llanos del río Maipo, allí San Martín organizó a su ejército en una posición elevada esperando el ataque español, el cual se colocó casi cara a cara en una posición elevada de la misma manera que la posición patriota.

La batalla de Maipú tuvo importantes consecuencias en diferentes campos. Militarmente se considera un ejemplo de estrategia y táctica por el aprovechamiento que se dio de los movimientos previos y posteriores a la batalla, el excelente empleo que se dio a las armas, y el uso de la reserva para atacar al enemigo por su punto más débil. Se ha comparado a la campaña de San Martín en Chile con la de Epaminondas; ambos ganaron dos grandes batallas decisivas y usando un orden oblicuo.

La batalla misma es comparada por sus consecuencias con las que tuvieron los triunfos patriotas en Boyacá (de manera inmediata) y Ayacucho (a largo plazo). Si Maipú hubiera acabado de otro modo imposibilitando que las otras dos sucedieran y además de que Chile no se independizara y el movimiento patriota quedara encerrado en Argentina y el Océano Pacífico no hubiera pasado al control patriota, imposibilitando las campañas de San Martín y Simón Bolívar en el Virreinato del Perú, donde habían 30.000 tropas realistas.

Además, Maipú quebró para siempre el nervio militar del ejército español en América, y llevó el desánimo a todos los que sostenían la causa del rey desde Méjico hasta el Perú, dando nuevo aliento a los independientes. Chacabuco había sido la revancha de Sipe-Sipe: Maipú, fue la precursora de todas las ventajas sucesivas. Tuvo además, el singular mérito de ser ganada por un ejército derrotado e inferior en número a los quince días de su derrota, ejemplo singular en la historia militar.

Los patriotas perdieron un 35% de sus fuerzas entre muertos y heridos. Los realistas sufrieron más de 1.500 muertos y 2.000 prisioneros, de los cuales 700 al mando del desertor patriota Ángel Espejo fueron capturados en el cerro Niebla por el coronel Manuel Rodríguez Erdoíza y sus Húsares de la Muerte en la última carga de caballería de la batalla. Además se capturaron grandes cantidades de municiones. Las estimaciones de la época cifran las pérdidas realistas, claramente exageradas, en 3.000 prisioneros, incluidos 190 oficiales, y 2.000 muertos, salvándose solo Osorio con 200 jinetes perseguidos de cerca por la caballería patriota. Osorio logró retirarse hasta Talcahuano con 600 sobrevivientes (aunque los historiadores Castedo y Encina dicen que de los seiscientos sobrevivientes las deserciones los redujeron a sólo noventa).
Los patriotas sufrieron la pérdida total, incluidos los oficiales, del Batallón de Negros de Mendoza, en tanto que los realistas pierden hasta el último hombre del Batallón Infante Don Carlos y el Batallón Burgos (que no sobrevivió a su 19a batalla).

El general chileno Bernardo O'Higgins, convaleciente de una gran herida (producto de la derrota aliada en Cancha Rayada), se presentó poco antes de terminado el último ataque contra los realistas y entusiasmados por la victoria San Martín y O'Higgins se abrazaron victoriosos en una escena que dio origen a un cuadro, el histórico abrazo conocido como El abrazo de Maipú, donde O'Higgins le dice a San Martín ¡Gloria al salvador de Chile! y San Martín le responde: "General, Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó al campo de batalla en ese estado. Gracias a esta batalla se aseguró la Independencia de Chile."

Varios días después, cuando llegó a Buenos Aires la noticia del triunfo del ejército en Maipú, se organizaron bailes y festejos y la gente iba de casa en casa felicitándose y abrazándose.

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BICENTENARIO DE LA BATALLA DE BOMBONÁ (BOLÍVAR EN ECUADOR)
La batalla de Bomboná, ocurrida el 7 de abril de 1822, fue una acción táctica y dirigida de forma magistral por el Libertador Simón Bolívar en Ecuador. Esta logra que los realistas de Pastos no salieran a defender Quito. Dándole la libertad al actual departamento de Nariño. Los que participaron en la batalla fueron el Coronel Antonio García y Velasco acompañado por 2000 hombres, y fue dirigida por el patriota Simón Bolívar quien enfrentó a su oponente al mando de 3000 soldados.

El actual departamento de Nariño presenció una de las batallas mas decisivas para poder obtener su libertad, ya que el jefe realista quien había tomado una posición defensiva en las alturas del Volcán esperaba a las tropas del libertador. Después de un reconocimiento del área Bolívar comprobó que la posición contraria era inabordable, ante ello Bolívar ordenó el Batallón Rifles, comandado por el General Manuel Valdés, atacaron a la derecha, mientras tanto el General Pedro león Torres atacaban frontalmente a las líneas defensivas enemigas.

Torres, cargó contra el centro, al mismo tiempo que Valdés se dirigía contra la derecha realista. Torres fue rechazado con grandes pérdidas; pero en cambio, el batallón Rifles, protegido por las sinuosidades del terreno y por la niebla, cumplió con éxito su cometido al tomar las alturas de la derecha contraria, lo cual le daba completo dominio de la posición.

Horas después tras un intenso combate donde se destacó el valor del ejército colombiano, sobre todo el de Pedro León Torres, quien con una carga contundente de caballería logra dispersar a los soldados realistas, se decidió la batalla a favor de los patriotas.

Las grandes bajas sufridas en el enfrentamiento paralizaron por unos días a Bolívar. Los planes de Bolívar era flanquear a Pastos y sorprender a los realistas en Guayaquil, paso los ríos Juanambú y Mayo pero los atajó el río Guaitara por estar muy crecido. Por este obstáculo no puede mas que marchar de frente contra los realistas que lo esperan atrincherados en Bomboná.

Lamentablemente Bolívar tuvo que alejarse al Peñol, combatiendo desesperadamente, Sucre le escribe participándole su entrada en Cuenca y de sus planes de ataque a Quito. A las tropas del libertador le llegan refuerzos de 400 hombres, y días mas tarde 400 hombres más, con lo que sus fuerzas volverían ascender a 2000.

Las aplastantes victorias de Sucre en Cuenca y quito evitan que Bolívar sea aplastado. Con esta maniobra los defensores fueron envueltos, y la victoria fue de bolívar, aunque a costa de muchas bajas, protegidos por la oscuridad de la noche. Esta batalla dejó como resultado 341 heridos y 116 muertos para el ejército libertador, y para los realistas el resultado fue de 250 muertos, heridos y prisioneros.

Esta batalla es considerada como una de las más sangrientas de la independencia, debido a las grandes e irreparables pérdidas que ocasionó a los contendientes, dándole un valor estratégico porque evitó que el Coronel Basilio García y sus tropas se desplazaran a Quito para auxiliar a Aymerich lo que quizás hubiera cambiado el resultado de la decisiva batalla de Pichincha.

Finalmente con las victorias de Bomboná y Pichincha se amplió el concepto de patria para Bolívar, pues la patria del libertador iba desde el Orinoco hasta el Pacífico, desde Panamá hasta lo más alto de los andes que englobó, a las actuales Repúblicas de Colombia, Ecuador y Venezuela.

Publicado en Pensamiento Discepoleano

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1867 - COMBATE POZO DE VARGAS

Lanzas contra fusiles

El 10 de abril de 1867, en torno al jagüel de Vargas, en el camino apenas saliendo de La Rioja a Catamarca, durante siete horas desde el mediodía hasta el anochecer, se libró la batalla más sangrienta de nuestras guerras civiles.

Los primeros días de abril el ejército “nacional” (mitrista) del Noroeste –reforzado con los veteranos del Paraguay y su brillante oficialidad y con los cañones Krupp y fusiles Albion y Brodlin que los buques ingleses habían descargado poco antes en el puerto de Buenos Aires- al mando del general liberal Antonio Taboada (del clan familiar unitario de ese apellido que dominó Santiago del Estero durante casi todo el siglo XIX), entró a la ciudad capital de La Rioja aprovechando la ausencia de su caudillo y obligó al coronel Felipe Varela a volver al sur para liberarla.

Al frente de los batallones de su montonera iban los famosos capitanes Santos Guayama, Severo Chumbita, Estanislao Medina y Sebastián Elizondo.

En plena marcha, el día 9 el caudillo invitó caballerescamente a Taboada “a decidir la suerte y el derecho de ambos ejércitos” en un combate fuera de la ciudad “a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea víctima de los horrores consiguientes a la guerra y el teatro de excesos que ni yo ni V.S. podremos evitar”. Pero el general no era ningún caballero y no respondió. Ubicó sus fuerzas en el Pozo de Vargas, una hondonada de donde se sacaba barro para ladrillos, en el camino por donde venían las montoneras.

El sitio fue elegido con habilidad porque Varela llegaría con sus gauchos al mediodía del 10, fatigados y sedientos por una marcha extenuante, a todo galope y sin descanso. Mientras, los “nacionales” habían destruido los jagüeles del camino, dejando solamente el de Vargas, a la entrada misma de la ciudad, a un par de kilómetros del centro. Taboada les dejará el pozo de agua como cebo, disimulando en su torno los cañones y rifles; sus soldados eran menos que los guerrilleros, pero la superioridad de armamento y posición era enorme.

En efecto, la montonera se arrojó sedienta sobre el pozo (“tres soldados sofocados por el calor, por el polvo y el cansancio expiraron de sed en el camino”), y fue recibida por el fuego del ejército de línea. Una tras otra durante siete horas se sucedieron las cargas de los gauchos a lanza seca contra la imbatible posición parapetada de los cañones y rifles de Taboada. En una de esas Varela, siempre el primero en cargar, cayó con su caballo muerto junto al pozo. Una de las tantas mujeres que seguían a su ejército –que hacían de enfermeras, cocineras del rancho y amantes, pero que también empuñaban la lanza con brazo fuerte y ánimo templado cuando las cosas apretaban- se arrojó con su caballo en medio de la refriega para salvar a su jefe. Se llamaba Dolores Díaz pero todos la conocían como “ la Tigra ”. En ancas de la Tigra el caudillo escapó a la muerte.

Dolorez Díaz, "La Tigra" acompañaría por poco tiempo a la montonera. Tuvo la mala suerte de caer prisionera de Taboada, que la trasladó a Brachal, un verdadero "campo de concentración" de Santiago del Estero. Nada más se sabe de "La Tigra".(JMR.Guerra del Paraguay.p.270)

Al atardecer de ese trágico día de otoño se dieron las últimas y desesperadas cargas, y con ellas se terminaron de hundir todas las esperanzas de un levantamiento federal del interior en favor de la nación paraguaya de Francisco Solano López y la “guerra de la Unión Americana ”. Con un puñado de sobrevivientes apenas, Felipe Varela dio la orden de retirada, diciendo –despechado- al volver las bridas: “¡Otra cosa sería / armas iguales!”.

La retirada se hizo en orden: Taboada no estaba tampoco en condiciones de perseguir a los vencidos. Pero del aguerrido y heroico ejército de 5.000 gauchos que llegaron sedientos al Pozo de Vargas al mediodía, apenas quedaban 180 hombres la noche de ese dramático 10 de abril de 1867. Los demás han muerto, fueron heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los citase, que resultó ser la villa de Jáchal. Pero Taboada también había pagado su precio: “La posición del ejército nacional –informa a Mitre- es muy crítica, después de haber perdido sus caballerías, o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La Rioja no se encontrará quien facilite cómo reponer sus pérdidas”. En efecto, como nadie le facilitaba alimentos ni caballos voluntariamente, saqueó la ciudad durante tres días.

Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Felipe Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, tan común entre los estancieros del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y los razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa. Aunque fuera una locura. Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de resolver entuertos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría por los llanos. Varela era estanciero en Guandacol y coronel de la nación con despachos firmados por Urquiza. Por quedarse con el Chacho Peñaloza (también general de la nación) se lo había borrado del cuadro de jefes. No le importó: siguió con la causa que entendía nacional, aunque los periódicos mitristas lo llamaran “bandolero”, igual que a Peñaloza.

La muerte del Chacho lo arrojó al exilio en Chile. Allí leyó dolido sobre la iniciación de la impopular Guerra del Paraguay.

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MAYO

BATALLA DE ESTERO BELLACO
 La Batalla de Estero Bellaco fue uno de los combates más sangrientos de la Triple Alianza, en esta batalla librada el 2 de mayo de 1866, el ejército paraguayo sufrió entre 1.300 y 2.300 bajas entre muertos, heridos y prisioneros.
Asimismo, 300 de sus hombres fueron tomados prisioneros por las tropas integrantes de la Triple Alianza: Argentina, Brasil y Uruguay. Los aliados perdieron cerca de 2.000 hombres, mayormente heridos y las tropas uruguayas del General Venancio Flores  fueron severamente diezmadas.

Guerra del Paraguay. Ha pasado más de un año desde la iniciación de la guerra, y los diarios porteños, transcurrido el primer momento de entusiasmo bélico, empiezan a burlarse de su frase “en seis meses en Asunción”.  Para descargarse, Mitre escribe dolorido al vicepresidente Marcos Paz: “¿Quién no sabe que los traidores alentaron al Paraguay a declararnos la guerra?  Si la mitad de Corrientes no hubiera traicionado la causa nacional armándose a favor del enemigo; si Entre Ríos no se hubiere sublevado dos veces; si casi todos los contingentes incompletos de las provincias no se hubieran sublevado al venir a cumplir con su deber; si una opinión simpática al enemigo no hubiera alentado la traición, ¿quién duda que la guerra estaría terminada ya?.

No puede darse confesión más acabada de la impopularidad de la guerra.  Contradiciendo sus proclamas henchidas de entusiasmo y retórica, acepta en carta particular que por lo menos la mitad de Corrientes, todo Entre Ríos y casi todo el interior “traicionaban” la guerra.  Buenos Aires, gobernada por su partido, no podía hacerlo y de allí exclusivamente llegaban contingentes de “voluntarios” que morirían heroica e inútilmente como en Pehuajó.

Las virtudes estratégicas de Mitre empiezan a desconcertar a los jefes aliados.  “Yo no sé que será de nosotros” escribe Venancio Flores a su esposa el 3 de Marzo, al día siguiente de un contraste que había costado “perder casi totalmente la División Oriental, y de veras que si a la crítica situación en que estamos se agrega la constante apatía del general Mitre, bien puede suceder que yendo por lana salgamos trasquilados”.

Luego del combate mantenido entre brasileños y paraguayos a raíz del intento de estos últimos de recuperar la isla ubicada frente a Itapirú, con gran pérdida de vidas para los atacantes que fueron valerosamente contenidos por los infantes del Imperio, se produjo la invasión por el Paso de la Patria.  

Penosa, muy penosamente, se desenvuelve el cruce del Paraná.  El terreno de la otra orilla está formado por esteros de los cuales emergen, a manera de islas, los potreros secos de Tuyutí y Paso Pucú.  Inexplicablemente para Mitre, el mariscal Francisco Solano López ha concentrado sus fuerzas en este último sitio, dejándole libre el avance al primero.  No quiere creer que podrá ser una trampa, no obstante las advertencias de sus compañeros de armas.  Todo su propósito en esos primeros meses de 1866 está en ocupar Tuyutí.  Ni se le ocurre –como planean los brasileños- una operación envolvente por el Chaco, que conduciría por mejor terreno hasta Asunción.

Solano López, al concentrar sus fuerzas en Paso Pacú le brindaba a Mitre el campo de Tuyutí, porque su plan estaba en encerrar allí a los ejércitos aliados para vencerlos en una batalla definitiva.  Grave error, pues teniendo frente suyo a un general como Mitre, no debió emplearse en una sola batalla, siempre aleatoria, sino desgastar al adversario en una lucha larga.  Pero Solano López aún no sabía quién era Mitre.

El 2 de mayo de 1866, el mariscal López ordenó un reconocimiento ofensivo al sur del Estero Bellaco, para imponerse de la ubicación del oponente.

Las fuerzas aliadas entraron en campo paraguayo, sin figurarse el peligro y los sinsabores que les esperaba.  El ejército adversario retrocedía sin hacer resistencia.  Todo vaticinaba un éxito próximo y seguro.  Siguiendo las huellas de las tropas de López, avanzaron por el camino real de Humaitá, hasta llegar, sin dificultad, al Estero Bellaco del Sud, en cuyas proximidades acampó la vanguardia, compuesta de cuatro batallones uruguayos, cuatro batallones brasileños, cuatro piezas de artillería, algunos regimientos de caballería riograndesa y doscientos jinetes de la escolta particular del general Flores.  Total, siete mil hombres de las tres armas.

La posición de las fuerzas de Flores era, como sigue, en aquel momento:

Los cuatro batallones brasileños citados estaban acampados detrás de una suave cuchilla.  El batallón 7º, que era el más avanzado, protegía las cuatro piezas del regimiento 1º de artillería.  A ochocientos metros a retaguardia estaban el 21 y 38 cuerpos de “Voluntarios da Patria”.  Los batallones uruguayos Veinticuatro de Abril, Florida, Independencia y Libertad ocupaban la izquierda de las tropas imperiales.

A las doce del día, cuando los aliados se entregaban a devorar el rancho, hicieron irrupción los paraguayos por los tres pasos del Estero, arrollando los puestos avanzados de la vanguardia.

El empuje de la caballería paraguaya sembró en un primer momento el desconcierto entre las fuerzas brasileñas y orientales, más, rehechos los batallones y regimientos y recibidos oportunos refuerzos, fue rechazada junto con los cuerpos de infantería comprometidos en la operación.

En efecto, cuando la vanguardia del ejército aliado había sido completamente derrotada, el coronel José Díaz, comandante de las tropas paraguayas, quiso ir más allá todavía.  En vez de ordenar en el acto la retirada, toda vez que el objetivo de la operación ya había sido cumplido, se empeñó en una imprudente persecución, sin pensar que se alejaba de su base, para estrellarse contra el grueso del ejército aliado.  Y hubo de soportar, con tropas fatigadas, la presión terrible de todo el poder del oponente en movimiento.

Al otro lado del Estero, Díaz hizo fracasar un movimiento envolvente de las tropas brasileñas, intentado por el Paso Sidra, rechazándolos dos veces a la bayoneta, obligándolos a huir.  

En el momento de mayor riesgo para las armas aliadas, un sargento del 1º de Caballería, Pedro Utural, “el Rigoletto del vivac, aquel bravo soldado que hacía reír en el descanso y temblar en la pelea”, picó las espuelas a su caballo y se dirigió hacia la carpa del jefe, teniente coronel Ignacio Segovia, que no se encontraba en ella pues había salido a dar órdenes para repeler el ataque.  Utural pensó que la gloriosa bandera y los estandartes del regimiento podían caer en manos del enemigo y empujó a su cansado “matungo” sobre la carpa, de modo que al caer, el paño cubriera las petacas donde se guardaban las enseñas.  Las lanzas y las balas paraguayas lo respetaron en aquella y en otras ocasiones, pero “una bala argentina” lo mató años más tarde en la batalla de Santa Rosa.

Segovia “estuvo muy brillante, no obstante que entre algunos no tiene fama de valiente”, acota Seeber, y agrega: “Entre nosotros, los que tienen un valor tranquilo y reflexivo no gozan del crédito de los matones y atrevidos, cuando en ellos ese desprecio por la vida suele estar en razón directa de su brutalidad, ignorancia o inconsciencia”.

El combate entre regimientos de caballería resultaba heroico y a la vez extraño.  Los hombres y las cabalgaduras peleaban exhaustos.  Los primeros se movían pesadamente, fatigados y mal comidos; las segundas verdaderos jamelgos, no sentían ya el efecto de las espuelas, ni siquiera de las inmensas “lloronas” que usaban los paraguayos sobre el talón desnudo.  Sin embargo, la muerte hacía su obra.  El sargento Froilán Leyría, de veinte años de edad, desplegaba un coraje sin límites y no daba cuartel a su lanza, empapada en la sangre de los adversarios.  Hasta que catorce heridas de arma blanca lo hicieron caer exánime: sin embargo, salvó la vida y con el tiempo llegó a teniente coronel.  Y el teniente Pelliza, del 1º de Caballería, que sufría un arresto al iniciarse la lucha y había pedido cambiar su encierro por un lugar en el sitio de mayor peligro, gritaba, en medio del polvo, el humo y el entrechocar de aceros, la consigna de su cuerpo: “Patria y bravura”.  Por su parte, el sargento Luna, de la misma unidad, que había tomado a punta de sable un estandarte paraguayo, lo ponía en manos del general en jefe, Bartolomé Mitre, quien lo ascendía a alférez sobre el campo de batalla.

En Estero Bellaco, los guardias nacionales de las provincias mostraron que ya estaban en condiciones de pelear codo a codo con los veteranos del Ejército de Línea.  El Regimiento Rosario y los batallones 1º de Corrientes, Tucumán y Catamarca, desplegaron impávidos y rompieron nutrido fuego de fusilería.  En seguida. Llegaron la primera y segunda división del Primer Cuerpo, que aceleraron la retirada de los paraguayos.  Sin embargo, la falta de caballos hizo imposible convertir el rechazo en completa y contundente victoria.

La noche puso término a la batalla. En esta lucha sangrienta los paraguayos sufrieron entre 1.300 y 2.300 bajas, de los cuales 300 fueron hechos prisioneros. Las bajas aliadas sumaron un poco más de 2.000 hombres (1.600 brasileños, 400 uruguayos y 61 argentinos).

El error de López en esta etapa de la guerra estuvo en replegar el grueso de sus tropas a Paso Pacú para arriesgar el todo por el todo en una sola batalla (que habría de ser Tuyutí, según su plan).  Una sola batalla puede ganarse o perderse por causas ajenas al mando en jefe o la calidad de las tropas, como sucedería precisamente en Tuyutí.  López suponía condiciones militares a Mitre, por lo menos dignas del prestigio pregonado en La Nación Argentina.  Cuando se dio cuenta, después de Curupaytí, con qué clase de estratega tenía que habérselas, era tarde para ganar la guerra.  También los brasileños habían comprendido los puntos que calzaba el General en Jefe; poco menos que exigirían más tarde su reemplazo por el duque de Caixas para que la guerra tuviese fin.

Fuentes:
De Marco, Miguel A. La Guerra del Paraguay.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
O’Leary, Juan E.  El Centauro de Ibicui
Portal www.revisionistas.com.ar
Rosa, José María.  La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas.
Toyos, Mayor (R) Sergio. La Guerra del Paraguay (1865 y 1870) – (Servicio Histórico del Ejército)
 www.revisionistas.com.ar

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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LA GUERRA DEL CHACO (1932-1935)
El conflicto armado más importante del Siglo XX en Indoamérica

El 10 de mayo de 1932 Paraguay declaró oficialmente la guerra contra Bolivia por el control del Chaco Boreal. El Chaco Boreal es un área de aproximadamente 500.000 kilómetros cuadrados, situada al norte del Río Pilcomayo, en la región del Gran Chaco, colindante entre Bolivia --lugar al cual perteneció durante el virreinato de Perú--, Argentina y Paraguay.  El motivo principal de esta guerra fue la supuesta creencia de que en dicho territorio había reservas de petróleo. Esto no se desmintió hasta años después y llamó la atención de países externos al conflicto, como Estados Unidos, que apoyó militar y económicamente a Paraguay, y Gran Bretaña a Bolivia.

Como siempre los imperios, instigando y fomentando guerras entre nuestros pueblos hermanos, con el mismo objetivo de siempre: dividir para seguir sometiendo a nuestros países y poder así continuar explotando nuestras riquezas naturales en sus beneficios.

LA GUERRA DEL CHACO (1933).
(Por Eduardo Galeano)

10 de mayo de 1932: Paraguay le declara la guerra a Bolivia

1933 Campos Jordán La Guerra del Chaco

Están en guerra Bolivia y el Paraguay. Los dos pueblos más pobres de América del Sur, lo que no tienen mar, los más vencidos y despojados, se aniquilan mutuamente por un pedazo de mapa. Escondidas entre los pliegues de ambas banderas, la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell disputan el posible petróleo del Chaco. Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpientes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en este mundo de espanto. Las mariposas se apiñan, desesperadas, sobre las pocas gotas de agua. Los bolivianos vienen de la heladera al horno: han sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a estos calcinados matorrales. Aquí mueren de bala, pero más mueren de sed. Nubes de moscas y mosquitos persiguen a los soldados, que agachan la cabeza y trotando embisten a través de la maraña, a marchas forzadas, contra las líneas enemigas. De un lado y del otro, el pueblo descalzo es la carne de cañón que paga los errores de los oficiales. Los esclavos del patrón feudal y del cura rural mueren de uniforme, al servicio de la imperial angurria. Habla uno de los soldados bolivianos que marcha hacia la muerte. No dice nada sobre la gloria, nada sobre la patria. Dice, resollando: - Maldita sea la hora en que nací hombre.

Céspedes

Contará Augusto Céspedes, del lado boliviano, la patética epopeya. Un pelotón de soldados empieza a excavar un pozo, a pico y pala en busca de agua. Ya se ha evaporado lo poco que llovió y no hay nada de agua por donde se mire o se ande. A los doce metros, los perseguidores del agua encuentran barro líquido. Pero después, a los trinta metros, a los cuarenta y cinco, la polea sube baldes de arena cada vez más seca. Los soldados continúan excavando, día tras día, atados al pozo, pozo adentro, boca de arena cada vez más honda, cada vez más muda; y cuando los paraguayos, también acosados por la sed, se lanzan al asalto, los bolivianos mueren defendiendo el pozo, como si tuviera agua.

Roa Bastos

Contará Augusto Roa Vastos, del lado paraguayo, la patética epopeya. También él hablará de los pozos convertidos en fosas, y del gentío de muertos, y de los vivos que sólo se distinguen de los muertos porque se mueven, pero se mueven como borrachos que han olvidado el camino de su casa. Él acompañara a los soldados perdidos, que no tienen ni una gota de agua para perder en lágrimas.

1935 Camino de Villamontes a Boyuibe Después de noventa mil muertos

Después de noventa mil muertos, acaba la guerra del Chaco. Tres años ha durado la guerra, desde que paraguayos y bolivianos cruzaron las primeras balas en un caserío llamado Masamaclay -que en lengua de indios significa lugar donde pelearon dos hermanos. Al mediodía llega al frente la noticia. Callan los cañones. Se incorporan los soldados, muy de a poco, y van emergiendo de las trincheras. Los haraposos fantasmas, ciegos de sol, caminan a los tumbos por campos de nadie hasta que quedan frente a frente el regimiento Santa Cruz, de Bolivia, y el regimiento Toledo, del Paraguay: los restos, los jirones. Las órdenes recién recibidas prohiben hablar con quien era enemigo hasta hace un rato. Solo está permitida la venia militar; y así se saludan. Pero alguien lanza el primer alarido y ya no hay quien pare la algarabía. Los soldados rompen la formación, arrojan las gorras y las armas al aire y corren en tropel, los paraguayos hacia los bolivianos, los bolivianos hacia los paraguayos, bien abiertos los brazos, gritando, cantando, llorando, y abrazándose ruedan por la arena caliente.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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1822 - BATALLA DE PICHINCHA (ECUADOR)
La batalla de Pichincha fue un conflicto armado, ocurrido el 24 de mayo de 1822, en las cercanías del volcán de Pichincha, actual República del Ecuador. Esta batalla fue la que selló la independencia del departamento de Quito, anteriormente llamado Real Audiencia de Quito del reino de España, por lo que impulsó a su vez la independencia del territorio actualmente conocido como Ecuador.

"Cuatrocientos cadáveres enemigos y doscientos nuestros han regado el campo de batalla… además tenemos 190 heridos de los españoles y 140 de los nuestros… Los cuerpos de todos han cumplido su deber: jefes y oficiales y tropas se disputaban la gloria del triunfo. En tanto, hago una particular memoria de la conducta del teniente ecuatoriano Abdón Calderón, que habiendo recibido sucesivamente cuatro heridas, no quiso retirarse del combate. Probablemente morirá, pero el Gobierno de la República sabrá recompensar a su familia los servicios de este oficial heroico."
Antonio José de Sucre, 1822

Dice la Enciclopedia de Historia:
En este conflicto armado se enfrentaron dos bandos:

El Ejército de la Gran Colombia: al mando de Antonio José de Sucre y Andrés de Santa Cruz.

El Ejército Realista: al mando de Melchor Aymerich, defendiendo los territorios colonizados de la Corona española.

La batalla se desarrolló en las laderas del volcán Pichincha, próximo a la población del mismo nombre, y fue ideada por el estratega y general Antonio José de Sucre, de origen venezolano, quien agrupó los batallones y soldados disponibles para organizar la batalla en contra de los españoles, dirigidos por Melchor Aymerich.

La conquista independentista de Quito logró la liberación de las provincias que pertenecían a la Real Audiencia de Quito, al mando de la Corona española. Así, a partir de estas, surgió la República del Ecuador.

Causas y consecuencias de la batalla de Pichincha

Causas
Entre las principales causas de la batalla de Pichincha podemos destacar:
El intento constante de emancipación de la Corona española por parte de ciudades como Quito, Guayaquil y Cuenca, que provocó reiterados conflictos políticos y militares entre patriotas y realistas.

El movimiento independistas a través de todo continente americano, dirigido por figuras como Simón Bolívar y José de San Martín, que motivó a los pobladores y soldados de muchas ciudades a promulgar las ideas libertadoras.

La Batalla de Boyacá, librada el 7 de agosto de 1819, que dio inicios a la independencia de territorios vecinos en el virreinato de Nueva Granada de España.

La ocupación de las tropas realistas en Quito fue el principal detonante de esta batalla por la independencia de la Gran Colombia.

Consecuencias

Entre las principales consecuencias de la batalla de Pichincha podemos destacar:

La capitulación firmada por el general español Melchor Aymerich y Antonio José de Sucre, en la cual las fuerzas españolas le entregaron las armas al ejército de la Gran Colombia y aceptaron la derrota.

Con la rendición del ejército realista español, los patriotas pudieron entrar victoriosos a Quito y en forma definitiva declararon la independencia.

Se anexó el departamento de Quito a la República de Colombia y de esta manera las ciudades vecinas continuaron emancipándose del dominio de la metrópoli.

Gran parte del material bélico de los realistas fue capturado, lo cual ayudó a continuar con la campaña de independencia.

Un total de 600 muertos: 400 de las fuerzas españolas y 200 del ejército de la Gran Colombia.

El ejército de la Gran Colombia pudo concentrarse en eliminar al ejército español del territorio, posibilitando de esta manera la Independencia de Perú. 

Importancia de la batalla de Pichincha

La batalla de Pichincha provocó la independencia de la ciudad más importante de Ecuador, Quito.
Por otro lado, significó la derrota de las fuerzas realistas y su rendición ante los independistas, junto con su debilitamiento. La batalla permitió que diferentes territorios vecinos fueran impulsados a lograr su independencia.

Personajes de la batalla de Pichincha
Los personajes destacados durante esta batalla fueron los siguientes:

Antonio José de Sucre (1975 – 1830): principal general del ejército de la Gran Colombia. Fue político, militar y prócer de la independencia de diversos países de América.

Andrés de Santa Cruz (1972 – 1865): junto con Sucre, fue uno de los generales al mando del ejército de la Gran Colombia. Destacado político y participante de los movimientos independentistas de América.

Melchor Aymerich (1754 – 1836): militar español al mando del ejército realista durante la batalla de Pichincha."

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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31 DE MAYO DE 1855 – BATALLA DE SIERRA CHICA

En Buenos Aires la juventud liberal lo despide con un banquete,(como corresponde), donde Mitre promete “exterminar a los bárbaros”. ¿Quién mejor que Mitre para darle un escarmiento a esos indios ignorantes que andaban maloneando en la campaña de Buenos Aires? ¿Acaso no había ido Rosas en 1833 hasta Choele Choel y Neuquén? Allá va entonces Mitre al frente de más de 900 hombres de infantería, caballería y dos piezas de artillería, pero al llegar a las proximidades de Sierra Chica, se topa con Catriel y Calfucurá al frente de 500 indios, que le aniquilan la infantería, le toman la artillería y le desbandan la caballería. El Tísico y el resto de la tropa que le quedaba, apenas pudo salvar el pellejo trepando a la Sierra Chica, inaccesible para la caballería. Los salvó la policía de Tandil que los socorrió y les abrió una vía de escape. (Se volvieron de a pie) Es curiosa la táctica de Mitre, que sale de Buenos Aires como “caballería” pero regresa como “infantería”.

No obstante esta derrota vergonzosa, Mitre llega a Buenos Aires donde es agasajado por Sarmiento en un banquete, (como corresponde), donde Mitre dice otra de sus frases célebres (como corresponde) “El desierto es inconquistable”

MITRE CUENTA LOS DETALLES DE LA BATALLA

Mitre disimuló públicamente esta derrota vergonzosa, aunque en los partes no pudo disimular, (porque siempre hay algunos testigos batilanas) y el 12 de junio le informa a Obligado: “Para ocultar la vergüenza de nuestra armas (la vergüenza de Mitre será) he debido decir que la fuerza de Calfucurá ascendía a 600, aun cuando toda ella no alcanzase a 500; así como he dicho que la División del Centro no pasaba de 600, aun cuando tuviese más de 900, dos piezas de artillería y 30 infantes el día que tuvo lugar su encuentro en el que Calfucurá debió quedar destruido…He dicho también que por falta de caballos, pero debo declarar a usted confidencialmente que ese día los tenia regulares…Hasta ahora sabíamos que era un buen partido un cristiano contra dos indios, pero he aquí que ha habido quien haya encontrado desventajoso entre dos cristianos contra un indio.” (Scobie. La lucha.p.132 / JMR.t.VI.p.151)

Leyendo cuidadosamente las palabras del parte, y tomadas como de quien vienen, podemos deducir que los indios eran 250, las tropas 1800, la infantería 60 y las piezas de artillería cuatro. Y con jefes como ese, un buen partido era por lo menos cuatro contra uno. Respecto a los caballos, efectivamente ese día los tenia regulares… ¡cuando los tenia faltantes era al día siguiente!

SIERRA CHICA - TRIUNFO GRANDE - (versión del Pueblo MapuChe por Avkin Pivke Mapu - Komunikación MapuChe)

Ni bien saltó de su caballo, el werken se dirigió a la ruka del toki.
Traía noticias inquietantes: del Kalfü bajaban los soldados... Se habían dividido en dos columnas. Muchos eran los winka, hasta 400 había contado el jinete, entre los que marchaban en dirección a las ruka de Kachul y Katriel. En la otra, eran más todavía y venían mandadas por un winka importante, porque iba rodeado de muchos jefes y recibía y mandaba mensajeros todo el tiempo.

El Toki escuchó todo lo que el werken tenía para decirle y al final, sonrió. El recién llegado todavía no había recuperado el ritmo de su respiración, cuando ya otros dos weichafe salían disparados, con mensajes para los demás lonko. Kalfükura reunió a su gente y la puso sobre aviso. Conocía muy bien al adversario que se le venía encima. El –por entonces- coronel Mitre, no experimentaba la misma seguridad.

Después de tres días de marcha, el ministro de Guerra de la provincia de Buenos Aires ordenó a su fracción de la pomposa División de Operaciones Sur, caer sobre las tolderías de Kachul y Katriel. Así lo hicieron las tropas porteñas, que rápidamente entraron en los dominios de los mapuche a sangre y fuego. No repararon que lo hacían con cierta facilidad... Muchos de ellos se consagraron a saquear cuidadosamente las ruka, como si el campo ya estuviera a su merced.

Era la distracción que los weichafe esperaban. Cuando vieron que los winka se dividían y se olvidaban del combate, cargaron contra los invasores. En breve, los soldados quedaron rodeados, ante la desesperación del futuro presidente de los argentinos. Sin posibilidades de continuar el ataque, los porteños se preocuparon por salvar el pellejo, hasta que la oscuridad piadosa les dio una mano y se acurrucaron en la Sierra Chica de Tapalqué. Pero lejos les quedaba el descanso, con tantas chuzas cerca. Aguardaban la llegada de la otra columna, que tenía órdenes de flanquear a los Mapuche. Pero de esta se encargó Kalfükura en persona. Cuando los soldados quisieron ver una polvareda del lado que debían llegar los refuerzos, no tardaron en toparse con una ingrata escena: los kalfukurache se desplegaban ante sus ojos, los herían con burlas hacia su hombría e invitaciones a pelear que no fueron correspondidas.

Escribió el jefe de los invasores, también político, historiador y periodista: “el número de indios que nos circundaba, sus alaridos salvajes y su ardor redobló en aquel momento, haciendo concebir la idea de un contraste. La prudencia aconsejaba la retirada; pero el deber aconsejaba la permanencia en el campo y fue esta la resolución que adopté, permaneciendo en la incertidumbre y sobre las armas toda la noche lluviosa, en que no cesaron un instante los alaridos de los bárbaros que nos circundaban”.

La victoria fue Mapuche. Como los españoles en Arauco tres siglos antes, los porteños dejaron las fogatas con suficiente leña para que ardieran el resto de la noche y se retiraron a pie, inclusive el señor ministro de Guerra... Toda su caballada dejaron los winka en Sierra Chica, además de 16 muertos y gran parte de su equipamiento. 234 de los invasores retornaron heridos al Kalfü.

El calendario marcaba 31 de Mayo de 1855. No sólo el Wallmapu permanecía indómito, además las fronteras con los winka volvieron a establecerse sobre las mismas líneas que regían antes de 1833, para segura desesperación de estancieros y políticos, entre ellos, Mitre.

Eran los tiempos de la unidad Mapuche. De la Confederación Salinera, como decían los diarios de Buenos Aires... De la independencia y autodeterminación de un Pueblo que quería seguir con su vida en libertad, y que encontró en Kalfükura precisa orientación. (Publicado en La Gazeta Federal)

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BATALLA DE LAS PIEDRAS – 18 DE MAYO DE 1811
Fue el primer triunfo de los revolucionarios sobre el poder español en América.
La Batalla de Las Piedras constituyó el mayor triunfo militar de José Artigas. La importancia de la victoria se observó en que:
      - influyó en el estado de ánimo de los revolucionarios
      - renovó sus fuerzas
      - les dio confianza en sí mismos
      - Artigas fue nombrado coronel por la Junta
      - otros oficiales que lucharon con él también fueron ascendidos

España había sido ocupada por los franceses, quienes habían tomado prisionero al rey Fernando VII y pretendían se reconociera a José Bonaparte, hermano de Napoleón como Rey de España. La ciudad de Buenos Aires, ante estos sucesos, se manifestó fiel al monarca español, y en mayo de 1810, se reunió un grupo de patricios porteños en una Junta de Gobierno dominada por criollos (hijos de padres españoles, nacidos en América), quienes ante el vacío de poder resultante de los hechos antes mencionados decidieron sustituir al Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. En el Río de la Plata, estos hechos son conocidos como la “Revolución de Mayo”. Lo que comenzó siendo una revuelta por los derechos sucesorios de Fernando VII como Rey de España, se transformaría en un par de años más en una lucha declarada por la independencia total.

En Montevideo, el gobernador Francisco Javier De Elío reconoció la autoridad del Consejo de Regencia (instalado en España para suplir la autoridad de Fernando VII), hecho por el cual fue nombrado Virrey, y Montevideo pasó a ser la capital del Virreinato del Río de la Plata.

José Artigas había sido hasta ese momento capitán de Blandengues en el ejército español, pero el 15 de febrero de 1811 abandonó dicho bando y viajó a Buenos Aires para ofrecer sus servicios a la Junta de Mayo. El caudillo conocía muy bien las necesidades e intereses de los habitantes del pueblo oriental, y en su cabalgata hacia la vecina orilla, se ganó el respeto y admiración de los pobladores de esta tierra.

En los primeros días de abril de 1811 Artigas desembarcó en la costa de Paysandú y se incorporó al contingente revolucionario y tras tomar el mando instaló su cuartel general en Mercedes, departamento de Soriano. El pueblo oriental en pleno (todos aquellos que habían reconocido a Artigas y que se oponían a la autoridad de los "godos", que era como llamaban a los españoles) se levantó en armas para luchar por la libertad. La primera acción revolucionaria fue el “Grito de Asencio”, el 28 de febrero de1811, realizada por Pedro José Viera  y  Venancio Benavídez, a orillas del arroyo Asencio (Soriano), episodio que se considera como comienzo de la Revolución Oriental.  No faltaba mucho tiempo para que se concretara en mayo el triunfo de las acciones patriotas. Artigas expresaba sus anhelos referentes a la libertad de los pueblos en frases como ésta: "La causa de los pueblos no admite, señores, la menor demora".

La Batalla de Las Piedras

Artigas había ido reuniendo las partidas sueltas de patriotas que se levantaban por todas partes, a fin de poder atacar a los españoles. Tres columnas de soldados orientales partieron desde diversos puntos del territorio, listos para la batalla y entusiasmados con la idea de libertad.  La primera de ellas al mando de José Artigas, salió de Mercedes. En segundo lugar partió Venancio Benavídez, y una tercera columna -dirigida por Manuel Francisco Artigas- salió de Maldonado, la que llegando a Pando, se encontró con una fuerza realista, pero Manuel Francisco evitó el combate y el 17 de mayo, se incorporó a las fuerzas de su hermano, acampadas en el Canelón Chico. Los españoles, al enterarse de este plan se vengaron saqueando la estancia de Artigas, en el Sauce, de la cual arrebataron unas 1.000 cabezas de ganado que fueron despachadas hacia Montevideo. Los patriotas comenzaron su avance sobre Montevideo, y a medida que marchaban, lucharon y triunfaron en varios pueblos como en San José y Colonia.

Elío, al saber el avance de los revolucionarios, envió contra los revolucionarios al capitán de fragata José Posadas, con un ejército de más de 1.200 hombres, quién se dirigió a Las Piedras con sus soldados para esperar al ejército de Artigas. Posadas llegó a Canelones el 12 de mayo, y allí tuvo que detenerse durante cuatro días a causa de las fuertes lluvias y fríos, que no le permitieron seguir su marcha. El Jefe de los Orientales tenía a sus órdenes unos 1.000 combatientes. Los dos ejércitos tenían paridad de fuerzas, pero en todo caso era una igualdad numérica, los dos ejércitos eran muy diferentes. Uno era un ejército que luego, con el tiempo, se llamó “Ejército Nuevo”, una nominación que surge de la historiografía y no del momento, es un nombre que consagra Agustín Verazza entre los historiadores uruguayos, que quería significar ese juntar fuerzas muy diversas en las que la profesionalidad no era lo que marcaba, sino el hecho de ser voluntarias y provenir de diversos orígenes. Con Artigas había muchísimos blandengues que se habían pasado, pero también había lo que se llamaba el "vecinaje alzado", gente que se levantaba en armas. También hubo tres grupos soldados(blandengues) que integraban el ejército español y se pasaron a favor de los criollos en plena batalla. Uno fue la caballería al mando de Rosales, después hubo un alférez que apellidado Tort que se pasó con los veinte soldados a su cargo, y el tercer grupo fue de 135 presidiarios, que estaban detenidos en la Ciudadela y les ofrecieron: "siguen presos o se animan a ir a pelear". Eligieron ir a pelear, y después cambiaron de bando.

El 18 de mayo, a las 11 de la mañana, empezó la batalla. Los realistas pelearon con bravura hasta casi la puesta del sol; pero, a pesar de sus esfuerzos, fueron arrollados por los orientales y obligados a rendirse. Las fuerzas artiguistas avanzaron en una primera instancia sobre los españoles y, luego de un tiroteo, Posadas y sus hombres retrocedieron hasta una zona elevada. Se diría que estaban ahora en ventaja, pues un punto elevado siempre resulta estratégico. Artigas avanzó entonces hacia la  posición española por la izquierda con la columna oriental de caballería al mando de Antonio Pérez y por la derecha, la columna comandada por Juan de León. En ese momento ordenó a la columna de su hermano, Manuel Francisco Artigas, que cercara a los españoles por la retaguardia. De esta manera, Posadas y su ejército quedaron encerrados y se rindieron.

La actitud de Artigas al finalizar el combate fue tolerante y compasiva. Según la Prof. Ana Ribeiro: "Había blandengues de los dos lados, había españoles de los dos lados, eso es una cosa que hay que tener presente, sobre todo cuando se habla de esa frase tan discutida y repetida, “clemencia para los vencidos”, porque el odio al español se generalizó más adelante, pero en ese momento, hasta quince días antes, todos estaban del mismo lado y eran vecinos y parientes y gente que compartía el territorio y un sentimiento de identidad". Artigas envió al padre Valentín Gómez, capellán voluntario del ejército revolucionario,  a recoger el sable que -como señal de rendición- Posadas había clavado en el piso y dar auxilio a los heridos.

La diferencia entre los españoles y los revolucionarios era el armamento: los españoles disponían de armas con las cuales no contaban los revolucionarios, que pelearon con unos pocos fusiles y dos cañones, pero sobre todo boleadoras, lanzas construidas con hojas de tijeras de esquilar atadas a las cañas tacuaras o ramas de árboles que empleaban como “picanas” para arrear al ganado.

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JUNIO

1846  -   BATALLA DE LA ANGOSTURA DEL QUEBRACHO

La Batalla del Quebracho (de Punta Quebracho o de la Angostura del Quebracho) contra la escuadra invasora anglo-francesa, ocurrió el 4 de junio de 1846, unos ocho meses después de la batalla de la Vuelta de Obligado. El lugar se encuentra a una legua al norte de  San Lorenzo; hoy cercanías de la  localidad de Puerto General San Martín, a 35 km. aguas arriba de Rosario, en la provincia de Santa Fe. Las naves anglo-francesas volvían hacia el Río de la Plata después de haber sido su campaña un total fracaso económico y militar, ocho meses después de haber forzado el paso hacia el norte en la Vuelta de Obligado.
 
El 2 de junio de 1846, las autoridades de Goya, Provincia de Corrientes, la que se encontraba enfrentada con la Confederación Argentina liderada por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas, ofrecieron una recepción y  baile de despedida  en honor de la flota Anglo-Francesa. Esta última partió con 95 navíos escoltados por 16 barcos de guerra británicos y franceses incluyendo el vapor HMS Gorgon totalizando 37 cañones.
 
El 4 de junio la avanzada de la flota compuesta por 12 navíos y 95 barcos mercantes llenos de mercaderías, trataron de forzar su paso a través del Paso Angostura del Quebracho.
 
Los primeros barcos de guerra aparecieron a las 10.30 de la mañana: el  HMS Firebrand, HMS Gorgon y el  HMS Alecto seguidos del San Martin, HMS Fanny y el Prócida, en la retaguardia la Corbeta Coquette y los Vapores Lizard y Harpy.
 
Las fuerzas confederadas del General Lucio Norberto Mansilla, tenían tres baterías con 17 cañones lideradas por el Coronel Manuel Virto, en el centro estaba el Teniente Coronel de Marina Juan Bautista Thorne con dos baterías y dos compañías de infantería y, en el otro lado, los Cuerpos de  Santa Fe, comandados por el Teniente Coronel Martín Isidoro de Santa Coloma y Lezica.
 
Aproximadamente a 300 metros del canal se encontraban agazapados, 750 hombres de la Confederación Argentina.
 
A las 10.45 hs el Ayudante Mayor de Marina Álvaro Alzogaray abrió  fuego sobre el HMS Gorgon con cohetes Congreve. Después de 2 horas de combate la flota Anglo-Francesa debió retroceder para cubrir a los mercantes restantes. El HMS Harpy fue seriamente dañado, también fueron hundidos dos barcos mercantes y otros 4 fueron incendiados para no ser capturados por las fuerzas de la Confederación. La flota Anglo-Francesa sufrió 60 bajas y las fuerzas de la Confederación tuvieron un solo hombre muerto y cuatro heridos entre ellos a Juan Bautista Thorne quien sufrió de una herida de metralla en su espalda.
 
Seis meses antes, contra los mismos invasores, el General Mansilla había recibido un cañonazo y prácticamente se lo dio por muerto (combate de la Vuelta de Obligado), sin embargo, a las pocas horas se levantó de su tienda y siguió luchando. Ahora en el Quebracho, volvía a la carga al grito de "Viva la soberana independencia argentina".
 
El encuentro del Quebracho, aparte de su enorme importancia militar y política, fue el sello definitivo del desastre económico-comercial de una empresa injusta y prepotente, llevada a cabo por quienes, seguros de su enorme superioridad material y atropellando sin consideraciones humanas ni jurídicas todos los derechos de la Confederación Argentina, se proponían un cuantioso dividendo.

Parte de Guerra del Paraná - Combate de Punta del Quebracho:
Fecha: 4 de junio de 1846.
Lugar: Río Paraná - Una legua al Norte de San Lorenzo - Prov. de Santa Fe.
Resultado: Victoria de la Confederación Argentina.
Beligerantes: Confederación Argentina - Reino Unido + Francia.
Comandantes: Gral. Lucio Norberto Mansilla + Tte. Cnel. de Marina Juan Bautista Thorne.
Fuerzas Argentinas en combate: 17 cañones + 600 infantes + 150 carabineros.
Bajas: 1 muerto - 2 heridos.
Fuerzas Invasoras Anglo francesas: 6 buques hundidos y 60 muertos.
 
Consecuencias:
Como resultado de esta acción se termina la invasión de las fuerzas navales anglo-francesas en el río Paraná, y poco después, el 13 de julio de 1846, Sir Samuel Thomas Hood, con plenos poderes de los gobiernos de Inglaterra y Francia, presenta humildemente ante Juan Manuel de Rosas el pedido de:
"el más honorable retiro posible de la intervención naval conjunta anglo francesa".
 
El gobierno argentino consigue de esta forma:
 
Poner fin al bloqueo naval de Francia e Inglaterra a los puertos argentinos y al Río de la Plata.
Recuperar la Flota Argentina capturada ilegalmente durante tratativas diplomáticas de los beligerantes frente a Montevideo.
Recuperar la Isla Martín García.
Recibir frente a Buenos Aires, un saludo de 21 cañonazos a la Bandera Argentina por parte de cada una de las Flotas invasoras.
El reconocimiento a la Soberanía de Argentina y a sus derechos exclusivos sobre la navegación de los ríos interiores.
 
Otras consecuencias:
El 13 de julio de 1846 arribó la misión de Thomas Samuel Hood abordo del navío HMS “Devastation” la cual acepto que nuestros ríos fueran sometidos a las reglamentaciones argentinas, aunque la tendencia europea de la época era permitir la libre navegación de todas las banderas tal el caso del río Rin, presentado en el Congreso de Viena de 1815.
 
A William Gore Ouseley y al barón francés Defaudis se les ordenó volver a Europa.
 
Los Almirantes Laine (Francia) e Inglefield (Inglaterra), fueron reemplazados por los Almirantes Lepredour y Herber, respectivamente.
 
En mayo de 1847 arribaron a la Argentina los comisionados conde Alexandre Joseph Colonna-Walewski (Francia) y  Lord Howden (Inglaterra) y el 14 de julio de 1847 cesó el bloqueo británico al Río de la Plata. Francia cesó el bloqueo el 16 de junio de 1848.
 
En noviembre de 1848 arribó a Buenos Aires el comisionado británico Southern. Las fuerzas británicas evacuaron la isla Martín García, devolvieron nuestros barcos capturados ilegalmente y rindieron homenaje a la bandera de la Confederación Argentina.
 
El Almirante británico Reynold arribo a bordo del HMS Southampton y devolvió nuestro Bergantín ARA  “25 de Mayo” el cual vino remolcado por el vapor HMS Harpy.
 
El 6 de marzo de 1849 se firmo el pacto Arana-Southern y en 1851 el Arana-Lepredour.
 
En 1851, los franceses devolvieron al Bergantín ARA Maipú.

(Del Portal Irizar.org)

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1826 – COMBATE DE LOS POZOS

Antededentes

El Combate de Los Pozos tuvo lugar el 11 de junio de 1826 en el Río de La Plata, frente a la ciudad de Buenos Aires en una zona de relativa mayor profundidad ( de allí el nombre de los Pozos) y a la vista desde la población, entre la Armada Argentina y una flota del Imperio de Brasil, venciendo la primera.

Situación anterior

En el año 1825, el Imperio del Brasil, que entonces ocupaba todo el territorio del Uruguay, alegando que las Provincias Unidas del Río de la Plata habían apoyado la expedición de los Treinta y Tres Orientales y alentaban a los uruguayos a liberarse de la ocupación brasileña, le declara el 10 de diciembre de ese año la guerra a las Provincias Unidas -a las cuales se había reintegrado el actual estado uruguayo durante el Congreso de Florida-.

El 21 de diciembre de 1825 una poderosa escuadra imperial al mando del Vicealmirante Rodrigo José Ferreyra de Lobo bloqueó Buenos Aires.

Entonces el gobierno llamó al Almirante Brown y el 12 de enero de 1826 le confirió, con el grado de coronel mayor, el mando de la escuadra integrada por muy escasas fuerzas: los bergantines General Balcarce y General Belgrano y una vieja lancha cañonera, la Correntina.

Demostró entonces Brown otra faceta brillante de su capacidad: la organización; 12 lanchas cañoneras fueron inmediatamente incorporadas y al poco tiempo se incrementó el número de buques mediante la adquisición de la fragata 25 de Mayo, los bergantines Congreso Nacional y República Argentina y las goletas Sarandí y Pepa. El Almirante izó su insignia en la fragata 25 de Mayo.

Las primeras acciones contra la flota brasileña tuvieron lugar el 9 de febrero de 1826. Durante el combate la fragata Itaparica, buque insignia del almirante brasileño, sufrió graves averías y muchas pérdidas de tripulantes.

El combate

El 10 de junio de 1826 una poderosa fuerza brasileña se presentó ante Buenos Aires, integrada por 31 barcos. Brown sólo disponía de 4 buques y 7 cañoneras, pero dirigiéndose a sus tripulantes los arenga con estas palabras:

Marinos y soldados de la República: ¿Véis esa gran montaña flotante? ¡Son los 31 buques enemigos! Pero no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la 25 de Mayo que será echada a pique antes que rendida. Camaradas: confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la Patria! Momentos después la nave capitana de Brown dio aquella consigna inmortal: "¡Fuego rasante, que el pueblo nos contempla!".

Poco antes de las dos de la tarde se empeñó la acción en toda la línea. Aumentó la angustiosa expectativa de la muchedumbre agolpada en la ribera con la presencia de otras naves que a toda vela acudían al lugar del combate. Era el comandante Leonardo Rosales que llegaba en ayuda del Almirante con la goleta Río de la Plata y lo mismo hacía Nicolás Jorge con el bergantín General Balcarce. Para facilitar la maniobra de estas dos naves Brown atacó con frágiles cañoneras a uno de los más poderosos buques brasileños, la fragata Nitcheroy y al despejarse el humo del combate se vio que la fuerza enemiga se retiraba. Brown ese día recibió del pueblo de Buenos Aires las pruebas más exaltadas de admiración y gratitud ante esta victoria argentina llamada Combate de Los Pozos.

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BATALLA DE CARABOBO - 24 DE JUNIO DE 1821
Choque armado entre fuerzas patriotas y realistas, que en 1821 aseguró la independencia de Venezuela y la consolidación de la Gran Colombia.

¿Qué fue la batalla de Carabobo?

La batalla de Carabobo fue uno de los principales hechos de armas de la guerra por la Independencia de Venezuela. Tuvo lugar el 24 de junio de 1821 y finalizó con un resonante triunfo patriota y el descalabro de las fuerzas enemigas.

En la batalla de Carabobo se enfrentaron dos bandos:

  • Ejército patriota: liderado por Simón Bolívar y José Antonio Páez, en representación de la Gran Colombia, que se había constituido en 1819, durante el Congreso de Angostura.
  • Ejército realista: liderado por el español Miguel de la Torre, que representaba al Imperio colonial español.

La guerra entre patriotas y realistas se había iniciado en 1811 y había cesado con la firma del Armisticio de Trujillo, en 1820. Este acuerdo estableció un cese de hostilidades durante 6 meses. Sin embargo, el pacto se rompió antes de lo previsto, ya que el 28 de enero de 1821 una sublevación patriota liberó Maracaibo y la unió a la Gran Colombia. Esto provocó la reacción de los realistas, que se movilizaron para atacar a los patriotas.
El choque entre ambas fuerzas tuvo lugar en la sabana de Carabobo y el contundente triunfo patriota permitió liberar definitivamente a Venezuela del dominio español.

Desarrollo de la batalla de Carabobo

Los realistas lograron reunir 4.000 soldados, divididos en 2.500 infantes y 1.500 jinetes. El bando patriota lo formaban unos 10.000 hombres, integrados por 7.000 infantes y 3.000 jinetes.

Antes de iniciarse la lucha, Bolívar dividió sus fuerzas en tres cuerpos:

  • El primero, comandado por José Antonio Páez, estaba integrado por los batallones Bravos de Apure y los Cazadores Británicos, además de 7 regimientos de caballería.
  • El segundo fue liderado por el general de división Manuel Cedeño, y estaba formado por los batallones Tiradores y Vargas, además de un escuadrón de caballería.
  • El tercero estuvo bajo las órdenes del Coronel Ambrosio Plaza y constituido por 4 batallones de infantería.

Bolívar se dio cuenta de que era muy arriesgado comprometer a todas sus fuerzas en un ataque frontal, por lo que optó por enviar a José Antonio Páez al norte, para atacar el flanco derecho realista, y de frente comisionó a Ambrosio Plaza.

El jefe realista, Miguel de la Torre, al observar estos movimientos dividió a sus hombres y envió hacia el norte la mitad de su ejército para enfrentarse a Páez.
Este tuvo que retroceder en un par de ocasiones, pero al ser apoyado por el batallón británico pudo rehacerse y poner en huida a las tropas realistas.

En la zona central la línea de combate permanecía estable, pero al retirarse los hombres que luchaban contra Páez se terminó quebrando.

La batalla concluyó con la retirada en desbandada del ejército realista, que fue perseguido por los patriotas hasta la ciudad de Valencia. Los realistas sobrevivientes se refugiaron tras las murallas de Puerto Cabello.

Causas y consecuencias de la batalla de Carabobo
Causas

Las principales causas de la batalla de Carabobo fueron las siguientes:

  • La firma del Acta de la Independencia, el 5 de julio de 1811, en la cual se estableció que Venezuela dejaba de pertenecer al Imperio español y se constituía como nación soberana e independiente.
  • La reacción de los funcionarios coloniales españoles, que rechazaron la Independencia de Venezuela y se organizaron para suprimir el movimiento independentista y recuperar el poder.
  • La proclamación por parte de Bolívar de la guerra a muerte a todos aquellos que se opusieran a la Independencia de Venezuela. Esta proclama tuvo lugar el 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable.
  • La ruptura de los términos del Armisticio de Trujillo, firmado entre el reino de España y Venezuela, en 1820.

Consecuencias

Entre las principales consecuencias de la batalla de Carabobo se pueden mencionar:

  • La aniquilación casi total del ejército español, que tuvo 3.000 bajas entre muertos, heridos y prisioneros. Los patriotas en cambio solo perdieron 300 hombres.
  • El fin del dominio español sobre el territorio de Venezuela, que aseguró así su independencia y su unión a la Gran Colombia.
  • El debilitamiento de la posición de los realistas en Hispanoamérica, ya que la derrota sufrida en Carabobo alentó la resistencia de los patriotas ecuatorianos, peruanos y alto peruanos.
  • El inicio de la Campaña de Occidente, una expedición militar comandada por Páez entre 1821 y 1823, tuvo como objetivo eliminar las fuerzas realistas que habían quedado dispersas en la costa caribeña de Colombia y el noroeste de Venezuela. Durante esta campaña tuvo lugar el combate naval del lago de Maracaibo y la toma de Puerto Cabello, últimos hechos de armas de la guerra de la independencia.
  • Bolívar pudo dar comienzo a la Campaña del Sur que buscaba liberar de la dominación española los territorios de Ecuador, Perú y Bolivia.

Protagonistas de la batalla de Carabobo

Entre los principales protagonistas de la batalla de Carabobo se encuentran los siguientes:

  • Simón Bolívar (1783–1830): patriota venezolano, que organizó y lideró al ejército patriota en la batalla.
  • Miguel de la Torre (1786–1843): militar y político español, mariscal de campo del ejército realista derrotado en la sabana de Carabobo.
  • José Antonio Páez (1790–1873): caudillo de los llanos venezolanos, que comandó los batallones de los Bravos de Apure y los de los voluntarios británicos e irlandeses.

Bibliografía:
- Esteves González, Edgar. Batallas de Venezuela, 1810-1824. Caracas, El Nacional. 2004.
- Izard, Miguel. El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela (1770-1830). Madrid, Tecnos. 1979
- Salcedo Bastardo, José Luis. Historia fundamental de Venezuela. Caracas, Ediciones de la Biblioteca. 2004.
Fuente: Enciclopedia de Historia.

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JULIO

EL 5 DE JULIO DE 1807 COMENZABA LA FÉRREA DEFENSA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
Entre el 5 y 7 de julio 1807 el Regimiento de Patricios encabezó la histórica defensa de la ciudad frente al segundo intento de los ingleses de ocupar ambas márgenes del Río de la Plata, con un número muy superior de tropas al que habían utilizado en 1806.

Luego de varios días de marcha entre arroyos, lagunas y lodazales, las tropas de avanzada de la infantería inglesa llegaron a los corrales de Miserere. Habían eludido el combate con tropas de Santiago de Liniers, emplazadas para presentar combate a campo abierto, y se dirigían al centro de la ciudad. Liniers alcanzó Miserere con algunas tropas y en un combate repentino y desordenado las fuerzas propias se replegaron, quedando los ingleses en posición de ventaja para acceder a la ciudad, las avanzadas bien ubicadas, con una inicial victoria y el grueso de las tropas avanzando.

El general inglés John Whitelocke empleó diez veces mas soldados que su antecesor Beresford. Buenos Aires, entonces, esperaba el momento de presentar combate a diez mil soldados ingleses de rojas casacas, tal vez la mejor infantería de aquellos años. Después del primer revés en Miserere los habitantes de la ciudad pensaban que todo estaba perdido.

Pero el compromiso y la previsión de Liniers en la organización de las tropas, el impulso que daban los jefes de los batallones, como el coronel Cornelio de Saavedra, y la avanzada instrucción con que contaba el Regimiento de Patricios, serían aspectos que le darían fuerza a la defensa. Pero existieron dos factores definitivos en el combate planteado por la ciudad: Todos sus habitantes se comprometieron y participaron, y segundo, el alcalde de primer voto, Martín de Álzaga, planteó un combate dentro de la ciudad, convirtiendo cada esquina anterior a la Plaza en una trinchera reforzada, y la Plaza Mayor en una fortaleza, defendida desde la calle y desde los techos y ventanas. En las calles que convergían hacia la plaza se levantaron barricadas protegidas por cañones y cientos de fusileros

El 5 de julio, Withelocke ordenó el avance de sus tropas divididas en 13 columnas. Convergían desde el norte y el sur en una maniobra envolvente sobre la Plaza Mayor. El pueblo de Buenos Aires, aprovechando el trazado de sus calles en ángulo recto, resistió heroicamente. Los hombres y los soldados operando fusiles y cañones en la calle. Los ancianos, mujeres y niños, ayudados por los esclavos de cada familia, convirtieron cada casa en una fuerte trinchera de combate, arrojando todo tipo de objetos desde las azoteas y ventanas. Los historiadores hablan incluso de líquidos hirviendo, que bien podría haber sido aceite, agua o grasa animal, disponible siempre para la cocina.

Al avanzar contra la primera barricada que cubría el ingreso a la plaza, los ingleses sufrieron decenas de bajas, y así sucesivamente en cada barricada, y en cada ola de casacas rojas que avanzaba. En minutos los muertos se contaban por cientos. El combate se extendió entonces a las calles y las casas, cobrando en ellos una importancia destacada el accionar de algunas mujeres, mereciendo algunos reconocimientos militares por parte de los jefes de la defensa. Tal es el caso de Martina Céspedes, quien con ayuda de sus tres hijas, y proveyéndolos de una bebida alcohólica, redujo a 12 soldados ingleses, siendo nombrada luego por Liniers sargento mayor con sueldo y uniforme. O Manuela Pedraza, quien había ganado en la invasiones de 1806 el grado de alférez.

Al terminar el día, con miles de bajas, las tropas inglesas no habían podido ingresar al punto fuerte de la ciudad. Whitelock había llevado 10000 hombres, realmente un impresionante número de combatientes, pero Liniers había logrado organizar y armar casi 7000 entre milicias y tropas formales. Aprovechando el conocimiento del lugar, la fortificación, la participación popular con su fervor y su duro hostigamiento al avance inglés, y la correcta elección del lugar del combate decisivo, el 5 de julio había resultado de una dureza extrema para las tropas invasoras.

El comandante inglés rechazó la intimación de rendición, pero al ver que el espíritu, la actitud y la fortificación de los locales no disminuían, el día 7 de julio decidió firmar el tratado que ponía fin a la acción armada y se rindió ante Santiago de Liniers. En el transcurso de la Defensa, los ingleses habían perdido unos 2.500 hombres, entre muertos, heridos y prisioneros, y los defensores unos 1.600. (Argentina.gob.ar)

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BATALLA RINCÓN DE VALLADARES - 5 DE JULIO DE 1827
(BATALLA ENTRE FACUNDO QUIROGA Y ARAOZ DE LAMADRID)

Un violento entrevero de vanguardias, producido en la madrugada del 4 de junio de 1827, cerca de Vinará, anuncia que los ejércitos de Quiroga y Lamadrid se aproximan para librar combate.

En este lugar, una avanzada unitaria a las órdenes del coronel Helguera permanece desprevenidamente a la espera de que sus bombeadores le anuncien la proximidad del enemigo, cuando caen sobre ella los jinetes de la vanguardia riojana, encabezados por el comandante Frontanel. El ataque es tan sorpresivo y tan violento que las tropas de Helguera se desbandan y huyen hacia Tucumán, abandonando todos sus elementos.

Al tener conocimiento de este primer éxito, Facundo, que avanza con el grueso de sus fuerzas, acompañado por el gobernador Ibarra, acelera su marcha. Mientras tanto, en Tucumán, el coronel Lamadrid, aún convaleciente de una operación de cirugía menor, mantiene todas sus tropas en disposición de dirigirse al lugar en que las necesite, con la sola excepción de una fuerte división destinada para ocupar la retaguardia de los enemigos.

Quiroga cruza el río Chico el 5 de julio, y al día siguiente se encuentra sobre el pueblo de Santa Bárbara, al frente de 200 hombres de caballería. Enterado de este movimiento, Lamadrid abandona la ciudad para ir a esperarlo en las inmediaciones del campo de la Ciudadela, con 1.500 hombres de caballería, 200 cívicos y 4 piezas de artillería. El jefe unitario está aún débil, debido a la extracción de un pequeño tumor, y deben ayudarlo para que monte a caballo. No obstante, reina gran optimismo entre la población tucumana. Cuando se reciben informes de que Quiroga está en Rincón de Valladares, junto al rancherío de Concepción, ese optimismo es tal, entre los unitarios, que el propio Lamadrid dice, años más tarde, al recordarlo:

"Todos los individuos del comercio, representantes y vecinos de Tucumán, salieron a presenciar nuestro triunfo, que yo consideraba seguro; se colocaron a espaldas de mi línea, de espectadores "

Quiroga forma su línea de batalla, colocando sobre su ala izquierda los 600 santiagueños con que Ibarra concurre a la pelea, y permanece a la expectativa, sin hacer un solo movimiento, dispuesto a sacar provecho de la rapidez con que puede desplazarse, tan pronto como las circunstancias se lo aconsejen.

Lamadrid, cuyo principal enemigo es la enfermedad que padece, ordena que el coronel Matute, con sus granaderos colombianos, cargue sobre las tropas de Ibarra, después de que su artillería "ablande el frente enemigo", recomendándole no perseguir a los dispersos, sino hacer alto y esperar nuevas órdenes. Facundo, al ver llegar la carga de los colombianos, le ordena a Ibarra que no ofrezca lucha y que se retire violentamente, tratando de que Matute se empeñe en una persecución indiscríminada. Lo que el riojano busca es alejar del centro del combate a las tropas más aguerridas de Lamadrid. Y lo consigue, porque Matute cae en. la trampa.

"Ablandada" la línea quirogana por la artillería de los cívicos de Tucumán, y aparentemente puestos en fuga los santiagueños de Ibarra, el combate está resuelto a favor de los unitarios. Pero Quiroga, que en este momento aciago, lejos de perder la calma observa atentamente las alternativas del campo de batalla, advierte cierta vacilación en el ala izquierda de Lamadrid y carga violentamente sobre ella. Es un golpe aconsejado por la desesperación, un golpe de audacia. Mas este golpe de audacia basta para cambiar la suerte de la lucha, al acobardarse los jefes tucumanos, como el propio Lamadrid lo reconoce: "Paz, que ve correrse por entre el monte a la izquierda la caballería de Quiroga, vuelve caras; síguele Helguera con todas sus milicias y llévanme por delante mi reserva y me dejan solo con los infantes y mi artillería".

A pesar de este desastre, Lamadrid reúne un pequeño número de jinetes y logra pasar por entre las líneas enemigas, para ir a reunirse con Matute. No lo encuentra, le envía propios con la orden de que regrese y éstos lo informan de una novedad que no espera: Matute ha sido derrotado por Quiroga. Pero, ¿cómo pudo ser derrotado el hombre cuyas tropas acaban de desaparecer persiguiendo a los santiagueños de Ibarra? ¿Qué ha ocurrido en el campo de batalla? Algo muy simple, y muy adecuado a la genialidad de Facundo, que permanece quieto en sus posiciones, a la espera de que regresen los colombianos a quienes ha jurado escarmentar. Es el propio enemigo de Quiroga quien así lo manifiesta y reconoce:

"Cerrada ya la oración había regresado Matute al campo de batalla, dando vivas a la patria y a mí, juzgándose dueño del campo, y lo reciben los infantes de Quiroga con una descarga, pues mis cívicos habían acabado las municiones de sus dos piezas de artillería y perdido más de las tres cuartas partes de su fuerza, y sólo así se le habían entregado poco antes de que llegase Matute. Tuvo, pues, que repasar el Manantial y dirigirse al punto con algunas pérdidas".

Al caer la noche, la situación se mantiene indecisa. Facundo, al ver que el enemigo se concentra a cierta distancia de él, con el propósito de reorganizarse, forma su nueva línea de batalla en la ceja de un monte, reúne a los prisioneros que ha tomado y ordena que uno de ellos se desnude, colocándose un taparrabos. Lo mantiene así durante la noche, y al amanecer, cuando Lamadrid comienza a formar nuevamente su línea de batalla frente a él, le envía el prisionero con la siguiente orden:

"Marche usted y diga a su gobernador, que si da un simple paso adelante o me dispara un solo tiro, fusilo a todos los prisíoneros, que usted ve cómo quedan".
La respuesta de Lamadrid no se hace esperar:

"Puse a Quiroga un oficio diciéndole que si él atentaba contra la vida de uno solo de mis prisioneros, no daría yo cuartel a más de cientode los suyos, entre oficiales y tropas que yo tenía en mi poder".

Lamadrid cuenta con poder reorganizar sus tropas sobre los colombianos de Matute, pero éstos se niegan a volver a la carga después de haber sufrido el rigor de los llaneros de Quiroga. Por fin, convencido de que acaba de ser nuevamente derrotado por Quiroga en el Rincón de Valladares, Lamadrid huye hacia el norte. Mientras, seguro de su triunfo, Facundo entra en Tucumán, donde reúne a la Junta de Representantes, para hablar de cuestiones económicas, a las que siempre se muestra afecto. Se trata de establecer el monto de las reparaciones y de deslindar responsabilidades. En realidad, el provocador es él, que llega procedente de La Rioja a invadir la provincia de Tucumán. Pero desde que el enemigo está inerme, le exige que pague, mediante la acusación de haber iniciado la contienda, por lo menos parte de los gastos de su ejército, "que en manera alguna deben soportar ni el pueblo ni el gobierno de La Rioja". El mismo fija esas reparaciones en la suma de 24.000 pesos. La exigencia es aceptada en principio, pero no se cumple con ella. Entonces Facundo se dirige a la Junta en términos conminatorios:

"He sabido por varios miembros de la Honorable Junta, que Vuestra Excelencia ha hecho comprender al pueblo, que no debe contribuir en nada para cubrir los 24.000 pesos que reclamé como parte de los gastos que me ocasionó la injusta guerra declarada contra mí por esta provincia, por el órgano de sus representantes, y que, con este motivo, algunos que habían subscripto se han retraído; de lo que resulta que V. E. con su genio activo ha podido, a poca costa, oponerse a que yo me reembolse de la pequeña parte que les pido de los grandes gastos y perjuicios que he experimentado, pero ¡por Dios vivo!, si no me satisface antes de las dos horas de este día, me haré pagar, no la suma de 24.000, pesos, sino todos los gastos que he hecho y todas las pérdidas que he sufrido en mis negocios. Cuidado, pues, no haya equivocación. Las generosidades tienen sus límites, y no me falta disposición para castigar del modo más ejemplar el orgullo y osadía de este país rebelde, que mira con desprecio la generosa tolerancia con que ha sido tratado, aunque sin merecer la más mínima consideración. V. E. puede, si lo considera conveniente, hacer saber esto a la Junta, en la inteligencia de que, pasada la hora ya mencionada, sin haber recibido la pequeña suma que pido, empezaré a hacer sent':r inmediatamente los estragos de la guerra. Dios guarde a V. E. muchos años. Juan Facundo Quiroga".

Tucumán paga en el acto. Y huelgan los comentarios.

Fuentes: - Castagnino Leonardo Juan Manuel de Rosas. La ley y el orden / - Newton; Jorge. Facundo Quiroga. Aventura y Leyenda.p.91.103 / - Paz, Jose María. Memorias. / - La Madrid, Gregorio Aráoz de. Memorias / - La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

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BATALLA DE SAUCE GRANDE 
(cerca de Paraná, Argentina, 16 de julio de 1840)

La Batalla de Sauce Grande fue un enfrentamiento ocurrido durante el largo período de las guerras civiles argentinas, entre las fuerzas del gobernador de la Provincia de Entre Ríos, general Pascual Echagüe, y el ejército de la Provincia de Corrientes, al mando del general Juan Lavalle. En el ejército de Echagüe formaban poderosos refuerzos enviados por el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, y muchos oficiales del Partido Blanco de la vecina República Oriental del Uruguay, entre ellos el general Manuel Oribe. En las fuerzas de Lavalle figuraban algunos refuerzos llegados desde  Montevideo y la mayoría de sus oficiales eran miembros del Partido Unitario, exiliados desde tiempo atrás por su oposición a la política de Rosas.

La batalla se saldó con una victoria de las fuerzas de Echagüe, aunque ésta no fue total y permitió retirarse al enemigo en relativo orden.

En 1839 estalló una guerra civil en la Confederación Argentina, entre los partidarios de Rosas y varios grupos opositores, genéricamente identificados con el partido unitario. La intención de los revolucionarios era obligar a Rosas a sancionar una constitución, que cada grupo creía que lo favorecería en detrimento de los demás. Por su parte, Rosas culpaba a la "manía" de intentar sancionar una constitución por las guerras civiles – y, de paso, aprovechaba la inexistencia de la misma para dominar el país y apoderarse de los ingresos de la Aduana de Buenos Aires, la principal fuente de ingresos públicos del estado.

Los principales núcleos de resistencia contra Rosas eran tres: en primer lugar, la República Oriental del Uruguay, en donde el presidente Fructuoso Rivera protegía a los emigrados unitarios y daba una base de operaciones a la escuadra francesa, que apoyaba todas esas revueltas. En segundo lugar, la mayor parte de las provincias del noroeste se habían organizado en la llamada Coalición del Norte, y se preparaba para enfrentar a Rosas y a sus aliados. Por último, estaba la Provincia de Corrientes, en donde el gobernador Pedro Ferré puso al general unitario Juan Lavalle al frente del ejército provincial.

En la tarde del 15 de julio, Lavalle ordenó bombardear las posiciones de la artillería enemiga, y quedó convencido de haberla obligado a evacuar sus posiciones; al día siguiente se enteraría de que eso no había ocurrido. Ese mismo día, llegó a Punta Gorda un buque, llevando a bordo al general José María Paz y al doctor Salvador María del Carril. Lavalle les prohibió acercarse al ejército.

Al mediodía del 16 de julio – después de pasar varias horas en completa inacción debido a una densa niebla – las columnas de Lavalle avanzaron hacia el enemigo. En vez de desplegarse en alas, como era la costumbre en esa época, avanzaron en columnas: primero la caballería de Niceto Vega, seguida de las de Prudencio Torres, Manuel Rico y Manuel Vicente Ramírez. A un costado de éstas, separadas por el arroyo Sauce Grande, marchaba la infantería, al mando del coronel Pedro José Díaz. Más a la derecha aún marchaban dos baterías de 4 piezas cada una. Por detrás esperaba para marchar la reserva, al mando de José María Vilela. Lavalle ocupaba una posición entre la división Vega y la de Díaz, acompañado por su jefe de estado mayor, general Iriarte.

El ejército federal esperaba en sus posiciones, inexpugnables por varios de sus lados, debido a las barrancas de los arroyos. La infantería estaba al mando del general Manuel Oribe, el expresidente uruguayo, la artillería bajo el mando del marino Juan Bautista Thorne, y por detrás dos alas de caballería, comandados por Justo José de Urquiza y Servando Gómez. El jefe de estado mayor era el general Eugenio Garzón.

Toda la batalla se combatió en parcelas aisladas entre sí por zanjones; el ejército que debía avanzar – el de Lavalle – llevaba la peor parte hasta que lograba cruzar cada barranca. Pero después la batalla se decidía por la valentía de los soldados y por la pericia de los jefes.

La división Vega se desplazó hacia la derecha, pero fue detenida y arrollada por la de Urquiza. El mismo Vega fue herido de cierta gravedad, y el teniente coronel Zacarías Álvarez, su segundo, resultó muerto.

La infantería unitaria avanzó hasta que fue detenida por la artillería enemiga. En esa posición, expuesta al cañoneo, esperó que la artillería de su ejército acabara con la enemiga, confiando en el daño que había producido el cañoneo del día anterior. Pero, justamente por ese cañoneo, pronto la artillería del teniente coronel Luis Manterola se quedó sin municiones. La infantería quedó desprotegida, y la artillería federal la destrozó sin piedad.

Lavalle ordenó entonces retirada, ordenando a las divisiones de caballería de reserva que cerraran el paso a la caballería federal. No obstante, esta vez fue Echagüe quien no supo o no pudo aprovechar la ventaja: la caballería federal ni siquiera comenzó una persecución a las tropas enemigas.

Lavalle trasladó su ejército hasta Punta Gorda, donde se puso bajo la protección de los cañones de la flota francesa. En ella había llegado el general José María Paz, un jefe especialmente capaz. Pero ambos generales tenían una opinión exageradamente alta de sí mismos, de modo que hubiera sido imposible que colaboraran mutuamente. Lavalle envió a Paz junto al general Ramírez a Corrientes, para que explicara a Ferré su posición y le pidiera nuevos auxilios.

Sin esperar respuesta, Lavalle embarcó su ejército en la flota francesa y abandonó Entre Ríos. Tanto los líderes federales como todos los unitarios creyeron que se retiraría hacia Corrientes. O que, tal vez, intentaría atacar Santa Fe.

Pero, en un movimiento audaz, Lavalle se trasladó por medio de barcos franceses hacia San Pedro, en la Provincia de Buenos Aires. La guerra cambió desde entonces de escenario, y se prolongó por dos años más.

El último cuerpo del ejército de Lavalle, la división de Núñez, intentó retroceder hacia el río Uruguay. Pero fue alcanzado por la caballería de Urquiza y de Gómez en Arroyo del Animal, cerca de Gualeguay, y completamente derrotada.
Por su parte, Ferré, enfurecido, lanzó una proclama violenta contra Lavalle:

"Lavalle… os ha abandonado, desertando con el ejército de ésta, a quien ha sorprendido y engañado. ¿Lo creéis, correntinos? Ese hombre a quien recibisteis con el abrazo de amigo, y a quien prodigasteis vuestra confianza y elementos, retribuye hoy vuestra lealtad y generosidad con la más negra de las traiciones. Correntinos: ha llegado el caso de redoblar nuestros esfuerzos. La causa de la libertad, que habéis jurado defender, no depende de la defección de un malvado; nos sobran medios de vencer y lo haremos, sin que el nombre de él manche nuestras glorias en lo sucesivo. Armémonos y la victoria será nuestra. Mañana marcha a campaña y os aguarda en su cuartel general vuestro compatriota Pedro Ferré."

Poco más tarde, puso al frente de su nuevo ejército provincial al general Paz. Este mantendría en armas a Corrientes hasta fines de 1842, más de un año que lo que lograría Lavalle.

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BATALLA DE BOQUERÓN DEL SAUCE (1866)
También conocida como batalla de Boquerón de Pirís, batalla de Punta Ñaró o batalla de Sauce―, fue una serie de combates que se dieron los días 16, 17 y 18 de julio de 1866  durante la Guerra del Paraguay.
Los tres días de la batalla fueron de épicas proporciones, comparables cada uno de ellos a la batalla de Estero Bellaco, que se había llevado a cabo meses antes

Las tropas del coronel paraguayo Elizardo Aquino derrotaron a las de León de Palleja en feroces duelos. Ambos líderes cayeron muertos en esta batalla. Las bajas en ambos bandos fueron considerables, cerca de 5000 bajas aliadas contra casi 3000 de los paraguayos. En esta batalla las tropas uruguayas quedaron prácticamente exterminadas como una fuerza considerable y luego de ella, solo participarían algunos pequeños batallones expedicionarios

Antecedentes

La Guerra del Paraguay se desató, según la visión tradicional paraguaya y el revisionismo argentino, luego de que el Imperio del Brasil invadiera al Uruguay  para ayudar a la revuelta de Venancio Flores (quien era abastecido militarmente y apoyado por Bartolomé Mitre). Francisco Solano López, mariscal presidente del Paraguay, en contra del intervencionismo de Argentina y Brasil en los asuntos del Plata, respondiendo al pedido de auxilio de sus aliados del Partido Blanco Uruguayo y considerando que la independencia de su país corría peligro, pues pensaba que todo era un plan para atacar posteriormente al Paraguay, declaró guerra a los gobiernos de la alianza.

La versión tradicional porteña y brasileña enfatiza en la política agresiva y poco diplomática del gobierno paraguayo, liderado por una dinastía tiránica representada por Francisco Solano López.

Combate en Punta Ñaró y Boquerón del Sauce

Los días 16 y 17 de julio de 1866, tropas paraguayas lideradas por el coronel Elizardo Aquino se enfrentaron en escaramuzas en los montes y esteros de Punta Ñaró y Boquerón del Sauce a los ejércitos de la Triple Alianza. Varias bajas por ambos bandos se dieron en las grescas.

Bartolomé Mitre, comandante en jefe de las tropas aliadas, ordenó atacar a la plaza fuerte enemiga que se hallaba atrincherada en la zona y encomendó al experimentado mercenario español León de Palleja para derrotar a las defensas paraguayas. La orden de Mitre era de «tomar a toda costa las baterías del enemigo».

Las tropas de la alianza estaban compuestas casi en su totalidad, en esta acción, por los uruguayos leales a Venancio Flores y las tropas mercenarias de Palleja. Unos batallones brasileños y argentinos se acoplaron a la operación, por orden de Mitre y avanzaron hasta el frente.  El plan de Palleja era atrevido pero factible: las tropas brasileñas y argentinas avanzarían frontalmente para retener al enemigo en su trinchera, mientras los uruguayos rodearían la posición por el flanco más débil lanzando una carga sorpresa a la bayoneta. Los defensores guaraníes eran ligeramente superiores en número, pero el ataque era atrevido y prometedor.

 Sin embargo, Elizardo Aquino, quien era conocido como el «León de la Vanguardia» por su osadía y por encontrarse siempre «muy al frente de sus tropas» se percató del plan de los aliados e hizo apuntar todos los cañones, sin cambiarlos de posición, hacia el «flanco débil» paraguayo en dirección oeste, cruzando de lado a lado en complicados tiros el frente de batalla.

El 18 de julio se lanzó el ataque e inicialmente, los argentinos y uruguayos consiguieron avanzar hasta el punto de flanquear casi totalmente la posición paraguaya, ubicándose en una pequeña depresión que los ponía a cubierto. Los artilleros paraguayos, dada la complicada posición en que se encontraban, no pudieron inicialmente cumplir la idea defensiva de Aquino. Pero en la zona frontal del ataque, los brasileños y argentinos daban la sorpresa y avanzaban, ante el desconcierto paraguayo. Solo allí los artilleros guaraníes lograron hacer dianas deteniendo la maniobra de flanqueo de los uruguayos. La posición paraguaya era desesperante. Había riesgo de ser rodeados. Es allí cuando el coronel Aquino ordena una carga frontal de caballería contra las tropas argentinas y brasileñas que ya habían ganado demasiado terreno. Con los batallones 6, 7 y 8 inicia un contraataque que pone en retirada, inicialmente a los argentinos y luego a los brasileños.

El desconcierto en ese instante era total. Palleja intenta reorganizar el frente, pero no lo consigue. Aquino, no obstante, sube a un caballo que encontró cerca y grita a sus tropas: «Voy a matar a unos negros con mis propias manos» y luego mató de un sablazo a un afrodescendiente brasileño que encontró en su camino.

Se lanza a la carga con sus hombres y causan devastación en las tropas en retirada. Alcanzan la trinchera principal aliada, donde se encontraba Palleja, quien fue herido de muerte en el lugar tras luchar con su espada contra dos jinetes paraguayos y luego se lanza tras las indefensas tropas uruguayas que fueron abandonadas por sus compañeros argentinos y brasileños. Es allí cuando Aquino recibe un disparo en el vientre por parte de un brasileño herido que quedó atrás. Cae de su caballo. Pero sus tropas continúan la contraofensiva y arrasan a los uruguayos, que quedaron abandonados por sus compañeros, dejando a casi ninguno vivo.

Soldados uruguayos arrastran a su jefe, el mercenario español José Pons de Ojeda ―que se hacía llamar León de Palleja―, caído en la batalla de Boquerón.
El cadáver de Palleja sería trasladado en angarillas por sus soldados uruguayos, quienes lo apreciaban mucho, hasta un lugar cercano donde, en evento solemne, lo enterraron.
Tres días después, Elizardo Aquino fallecería en Paso Pucú, obteniendo antes de morir el ascenso al rango de general. (Wikipedia)

Publicado en Pensamiento Discepoleano

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AGOSTO

1824 - SIMÓN BOLÍVAR Y LA BATALLA DE JUNÍN

Esta batalla formó parte de la gesta emancipadora dirigida por el Libertador Simón Bolívar por la independencia de las naciones de la América meridional.

La Batalla de Junín se libró el 6 de agosto de 1824, en las pampas cercanas al lago Junín, en la cordillera central peruana. Fue el penúltimo enfrentamiento armado entre el Ejército patriota y el realista, por la independencia de América del Sur.

El general José de San Martín había proclamado a Perú un país libre e independiente tres años antes, a pesar de ello el Ejército español permanecía pernoctando en los alrededores del lago Junín, por lo que los patriotas marcharon hacia allí para librar al territorio del dominio imperial.

¿Quiénes lideraron esta batalla?

Del lado patriota comandaba Simón Bolívar, Libertador y en ese momento presidente de la Gran Colombia.
El general José de Canterac dirigía las fuerzas de la corona española.

¿Cuántos hombres lo integraban?

Los españoles se encontraban divididos en dos grandes tropas en las tierras altas del Cuzco. Al mando del general De Canterac había seis mil soldados y 1.200 jinetes, y bajo las órdenes del general Jerónimo Valdez había unos 14.000 soldados.
Los patriotas tenían entre siete u ocho mil soldados y unos 1.300 jinetes, en su mayoría originarios de Colombia, Argentina, Perú y Chile. Entre ellos se puede mencionar a los Húsares del Perú, al mando del argentino Isidoro Suárez, y a los Húsares de Colombia, encabezados por el venezolano José Laurencio Silva.

¿Cómo fue el enfrentamiento?

Bolívar aprovechó que sus enemigos estaban divididos para emprender el ataque. Los jinetes del Ejército español atacaron a la vanguardia de los patriotas con golpes de sables y los llaneros venezolanos respondieron con sus lanzas.
Al anochecer, el general de Canterac se retiró ante la posibilidad de intensificar la pelea en la difícil llanura. La batalla no duró más de una hora por lo que la victoria obtenida por los patriotas fue relativamente rápida y la mayor parte de ambas milicias no tuvo que intervenir en el combate.

¿Cuántas pérdidas dejó?

La baja por parte de los realistas fue de unos 364 soldados y una centena de prisioneros, lo que pudo haber originado la pérdida de hasta tres mil soldados por enfermedad o deserción.
Por parte de los americanos, al menos unas 45 personas fallecieron y una centena fueron heridos.

¿Qué significa esta victoria para la historia de América Latina?

Este triunfo preparó el escenario que se generaría más adelante en la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, donde Antonio José de Sucre se enfrentaría por última vez al Ejército español y consolidaría el cese del dominio español con la independencia de América del Sur.

"Soldados, vais a completar la obra más grande que el cielo ha podido encargar a los hombres... El Perú y la América entera aguardan de vosotros la paz, hija de la victoria. ¡Vosotros sois invencibles!”.
Simón Bolívar

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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BATALLA DE PIRIBEBUY - 12 de Agosto de 1869
Guerra del Paraguay - Guerra de la Triple Infamia

Llegado a Pirayú el 25 de Mayo, recién a fines de Julio, luego de dos meses de meditación, el Conde D'Eu, Príncipe Gastón María de Orleans, yerno del Emperador Pedro II, a cargo de las tropas aliadas, tomó la determinación de ir contra el Mariscal Francisco Solano López. Parecía dispuesto a realizar un avance frontal, tan difícil como audaz.

La presencia próxima del caudillo paraguayo, gravitando sobre su ánimo, le indujo después a pensar en operaciones menos arriesgadas. Y quedó convenido un movimiento envolvente, que amenazara la retaguardia de los paraguayos.

Por eso, el Conde D’Eu operaría sobre la izquierda de su oponente, a la cabeza de una poderosa columna que, haciendo un gran rodeo, iría por Paraguarí, Sapucay, Valenzuela e Itacurubí sobre Piribebuy y Ascurra. Los generales Emilio Mitre y José Antonio da Silva Guimaraes operarían al mismo tiempo sobre la derecha de los paraguayos, por los pasos de Altos y Atyrá, para salir en Tobatí y cortarles la retirada.

En Pirayú quedarían las fuerzas necesarias para amenazar el frente paraguayo y disimular el vasto movimiento proyectado.

El 28 de Julio se dio comienzo a la ejecución de este plan. Ese día partió por delante la vanguardia comandada por el general Juan Manuel Mena Barreto. En pos de ella avanzaron el mariscal Osorio, al frente del primer cuerpo del ejército imperial, el mariscal Polydoro da Fonseca Quintanilla Jordao, con el segundo cuerpo, y el Conde D’Eu con el resto de las tropas.

Eran más de 20.000 hombres de las tres armas, con poderosa artillería.

La plaza de Piribebuy estaba defendida por 1.600 hombres y doce cañones, a las órdenes del comandante Pedro Pablo Caballero.

El 10 de Agosto tomaron posición los aliados en torno del baluarte paraguayo, emplazando cincuenta y tres cañones en las alturas que lo dominaban. En todo el día siguiente continuó la reconcentración de las fuerzas aliadas y los preparativos del asalto.

La resistencia de los paraguayos fue tan tenaz como heroica. Los aliados varias veces rechazados, volvieron a la carga, hasta conseguir abrir una brecha en las trincheras, cuando las mujeres habían sustituido a los soldados paraguayos muertos y cargaban sus cañones, ya sin proyectiles, con frutas de coco, piedras, vidrios y arena.

La matanza fue espantosa. El cauce del arroyo Piribebuy quedó colmado de cadáveres.

El sangriento Conde de D’Eu vengó las pérdidas sufridas mandando degollar al comandante Caballero, al mayor Mariano López y a numerosos prisioneros y heridos. Y para completar su horrenda barbarie, mandó incendiar el Hospital de Sangre “manteniendo en su interior los enfermos – en su mayoría jóvenes y niños. El hospital en llamas quedó cercado por las tropas brasilera que, cumpliendo las órdenes de ese loco príncipe, empujaban a punta de bayoneta adentro de las llamas los enfermos que milagrosamente intentaban salir de la fogata. No se conoce en la historia de América del Sur por lo menos, ningún crimen de guerra más hediondo que ese” (Juan José Chiavenato. Genocidio Americano. La guerra del Paraguay. Carlos Schauman Editor, Asunción, 1984).

Refiere el sargento mayor Hilario Amarilla, ex jefe de la artillería en Piribebuy, que a eso de medio día del 12 de Agosto de 1869, momentos después de la toma de la plaza, se presentó un oficial paraguayo ante el conde d'Eu. Dicho oficial era de arrogante presencia, joven esbelto, rubio y de maneras correctas. El conde le interrogó, y como le informara con conocimiento de los sucesos del bombardeo y asalto que acababan de consumarse, siguió conversando con él. En circunstancia que el desconocido oficial le comunicaba que el hospital militar repleto de heridos estaba ardiendo, y se hacía necesario hacer retirar a los enfermos para que no perecieran quemados, llega un jefe brasilero y da parte al generalísimo imperial, de que el comandante de la plaza, Caballero, no era habido ni entre los vivos ni entre los muertos. Al oír esto el militar paraguayo dijo: "El comandante Caballero, jefe de la plaza, soy yo", y el príncipe Gastón de Orléans le volvió la espalda. Fue inmediatamente llevado de allí y pasado por las armas. (Testimonios de La Guerra Grande, t.II, p.103)

Así se inició la última campaña de la guerra, la llamada “Campaña de las Cordilleras”, fecunda en notas pavorosas, en la que el Conde D’Eu no se cansó de llenar de oprobio la bandera confiada a sus manos mercenarias. (La Gazeta Federal)

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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EL ÉXODO JUJEÑO
(23 de agosto de 1812)

La derrota de Huaqui echó por tierra las esperanzas norteñas de un fácil triunfo por el norte. Los hombres salvados del desastre son recibidos por Pueyrredón en Jujuy y bajan lentamente hasta Salta. En Yatasto los encuentra Belgrano, el nuevo jefe, quien recibe los 8O0 hombres, reliquia del Ejército del Norte, sin armas, desmoralizados, incapaces al parecer de luchar, otra vez, contra los hombres de Goyeneche.

“La deserción es escandalosa – escribe al gobierno - y lo peor es que no bastan los remedios para convencerla, pues ni la muerte misma la evita: esto me hace afirmar más y más en mi concepto de que no se conoce en parte alguna el interés de la patria, y que sólo se ha de sostener por fuerza interior y exteriormente".

La tarea que debe realizar es agotadora: reorganizar los cuadros, disciplinar los soldados, abastecer el ejército, dar ánimos a la población, crear, solo, en un puesto donde la improvisación puede ser fatal para todos, un ejército armónico, disciplinado, apto para luchar contra los aguerridos regimientos que comandan los españoles. Se vuelve, entonces, ordenancista al extremo. Su rigor, su inflexibilidad, su intolerancia para cualquier falta del servicio, le enajenan la popularidad entre la mayoría, pero salvan a todos y con ello a la Patria.

El general convoca a todos los ciudadanos entre 16 y 35 años y forma un cuerpo de caballería -los "Patriotas Decididos"-, que pone a las órdenes de Díaz Vélez. Dentro de las rígidas normas que establece en su ejército, se forman hombres que ilustrarán las armas argentinas: Manuel Dorrego, José María Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Cornelio Zelaya, Lorenzo Lugones. Son jóvenes entusiastas en cuyas almas arde la llama inextinguible de un patriotismo exaltado.

Goyeneche permanece, mientras tanto, detenido en el Norte por la insurrección cochabambina. Hasta Jujuy se dirige, entonces, Belgrano y en la vieja ciudad celebra, en 1812, el 25 de mayo. Por segunda vez presenta al pueblo y a los soldados la bandera de su creación, que es bendecida al término del tedéum por el deán de la Iglesia Matriz don Juan Ignacio de Gorriti.

Nuevamente el gobierno lo reprende por su actitud; Belgrano dolorido, responde en una nota: "La bandera la he recogido y la desharé...". Otras preocupaciones se suman: el estado sanitario de las tropas es deficiente, el paludismo hace estragos, los efectivos del ejército no aumentan en la cantidad que las circunstancias requieren, y Goyeneche, libre ya su retaguardia, se dispone a entrar en territorio argentino por la puerta grande de Humahuaca.

En agosto de 1812 se produce la invasión del ejército español, compuesto de 3.000 hombres, a las órdenes del general Pío Tristán, primo de Goyeneche y como él, natural de Arequipa. El 23 de agosto de 1812, dispuesta ya la retirada, lanza Belgrano su famosa proclama a los pueblos del norte: "Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad... Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres...”

Quienes no cumplan la orden serán fusilados, y sus haciendas y muebles quemados. Las clases populares se pliegan al éxodo sin necesidad de compulsión. No ocurre lo mismo con la clase principal. Algunos consiguen esconderse en espera de Tristán; otros deciden obedecer a Belgrano e irse con los bienes que pueden salvar, para lo cual Belgrano les facilita carretas.

Finalmente todo Jujuy responde heroicamente al llamado patriótico. Y como en los viejos éxodos de la historia, todo un pueblo marcha con sus soldados - hijos de su seno - guiados por quien, sabedor de que esa es su hora de gloria, va sereno, hacia el campo de las Carreras, donde el drama ha de resolverse luego de treinta días de incertidumbre y duelo. La gente debía llevarse todo lo que podía ser transportado en carretas, mulas y en caballos. Y así lo hizo. Los pobladores siguieron a Belgrano cargando muebles, enseres y arreando el ganado en tropel.

Los voluntarios de Díaz Vélez, que habían ido a Humahuaca a vigilar la entrada de Tristán y volvieron con la noticia de la inminente invasión, ellos serán los encargados de cuidar la retaguardia.

El repliegue debe hacerse precipitadamente por la proximidad del enemigo. En cinco jornadas se cubren 250 kilómetros. (Recuérdese que para la misma época Napoleón aconsejaba que sus ejércitos no marchen más de diez kilómetros por día). Suponiendo que, al encontrar Jujuy abandonado, Tristán se dirigirá a Salta, Belgrano ordena hacer alto recién en las márgenes del río Pasaje, adonde llega en la madrugada del 29 de agosto.

Cuando el ejército español llegó a las inmediaciones, encontró campo raso. Las llamas habían devorado las cosechas y en las calles de la ciudad ardían aquellos objetos que no pudieron ser transportados. Todo era desolación y desierto. El éxodo llegó hasta Tucumán, donde Belgrano decidió hacer pie firme.

El 3 de septiembre el ejército patriota se halla sobre el río de Las Piedras, cuando los Patriotas Decididos son atacados por la vanguardia realista, produciéndose una escaramuza. El cuerpo patriota se reúne con el grueso y Belgrano, que espera una oportunidad favorable, despliega al ejército en la margen del río haciendo abrir el fuego de la artillería para despejar el frente. Los patriotas persiguen a los españoles, tomando quince o veinte prisioneros y matando otros tantos. Una partida de paisanos al mando del capitán Esteban Figueroa logra apresar al jefe enemigo, coronel Huici, al portaestandarte Negreiros y a un capellán. Son las cuatro de la tarde y la victoriosa partida inicia una marcha forzada con sus prisioneros, huyendo del resto de los adversarios. A las doce de la noche están ya en Tucumán, donde se encuentra el grueso del ejército.

Me estoy yendo
(de Mochita Herrera)

Volví triste pa' mi rancho
Por esta orden que es fría
Que me obliga a dejar
Lo que tengo y más quería.

Alcé mi pobre cosecha
Y preparé el ganado,
Con mi mama alterada
Y los hijos asustados.

Suelta en llanto, mi mujer
En quedarse amenazó
Pero al vernos ya lejos,
Su fiel caballo apuró.

Cuando me cruce con otros
Como yo tan angustiados,
Mi pena se hizo grande
Pa' este pecho truncado.

Mi rancho quedó atrás,
Y mis ojos voy cerrando
Pa' no ver como el fuego
Mi vida esta quemando.

Yo no sé pa' donde vamos
Y no sé si volveremos,
Solo sé que me ahogo
Por saber lo que perdemos.

En silencio todos marchan
Pero sollozos se siente,
Los animales arriados
Confundidos con la gente.

Ya nos apuran el paso,
Ta' cerca el enemigo,
Y queda el Xibi-Xibi
Como único testigo.

El general parece frío
Pero una lágrima le vi
Por que esta batalla
La debemos peliar así.

Ahora ya lo entiendo
Que no podemos quedar
Por que una tierra libre
Los hijos deben heredar.
Colaboración de Oscar J. Planell Zanone – Oscar A. Turone - Agrupación Patricios Reservistas.

Publicado en: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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SEPTIEMBRE

3 DE SEPTIEMBRE DE 1812 – COMBATE DE LAS PIEDRAS
El Combate de Las Piedras se produjo a orillas del río de las Piedras, en la actual Provincia de Salta, Argentina, el 3 de septiembre de 1812 durante la Guerra de Independencia de la Argentina.
La retaguardia había partido el 21 de agosto de Humahuaca y el 23 se encontraba en los arrabales de la ciudad de Jujuy. Desde allí marcharía cubriendo con sus guerrillas el "camino de Las Postas" hacia Campo Santo y luego por Cabeza del Buey enfilarían hacia Metán. Las tropas realistas al mando de los coroneles Llanos y Huici, asediaban permanentemente a la retaguardia, la que tenía órdenes de no comprometer un combate. Sin embargo, fueron alcanzados y se trabó un intenso tiroteo por ambos bandos. Reforzados los realistas pusieron en fuga la tropa patriota.

El Gral. Belgrano recibió la noticia el 3 de septiembre e inmediatamente hizo formar en batalla, con la colaboración de dos pequeñas piezas de artillería y contraatacó con dos columnas de infanterías a ordenes de los capitanes Carlos Forest y Miguel Aráoz; al centro formó la caballería al mando del Capitán Gregorio Aráoz de La Madrid; la reserva estaba a cargo de los Jefes Díaz Vélez y Juan Ramón Balcarce. Tras un breve pero intenso tiroteo los realistas huyeron tomándoseles 25 prisioneros, quedando 20 muertos en el campo. Este pequeño combate se conoce como "Combate de Las Piedras" y sirvió para levantar la moral de las tropas. El Coronel Huici que se había adelantado hasta la localidad de Trancas, cayó prisionero y fue de inmediato trasladado a Tucumán.

Allí comenzaba a operarse el milagro. Un ejercito que volvía a sentir el orgullo de combatir bajo el mando de un jefe despojado de soberbia y conciente del sacrificio que la Revolución significaba para el pueblo. En el parte enviado a Buenos Aires se magnificaba el combate, sin ánimo de vanagloria, tan solo para infundir optimismo y recrear esperanzas.

La idea de resistir iba tomando forma, pero la situación objetiva era extremadamente comprometida. Una nueva derrota, más allá de exponerlo al General a una grave sanción, dejaría las provincias del noroeste en manos enemigas, y ello, ponía en riesgo cierto al territorio. En comunicación al Gobierno le advertía:

"Vuestra Excelencia debe persuadirse que cuanto más nos alejemos más difícil ha de ser recuperar lo perdido, y también más trabajoso para contener la tropa sosteniendo la retirada con honor y no exponernos a una total dispersión y pérdida de esto que se llama ejército, pues debe saber cuanto cuesta y debe costar hacer una retirada con gente bisoña en la mayor parte hostilizada por el enemigo por dos días de diferencia". Mientras esto sucedía, ordenó abandonar el "Camino de Las Postas" para dirigirse por el "Camino de las Carretas" hacia Santiago del Estero y Córdoba. De esta forma seguía en cumplimiento de lo ordenado.

Tras consultar con sus oficiales y evaluar las posibilidades, el Gral. Belgrano le ordenó al Cnel. Juan Ramón Balcarce adelantarse hasta la ciudad de San Miguel de Tucumán y proceder a organizar su defensa. Todos estaban dispuestos a defender la posición hasta las últimas consecuencias. De proseguir la marcha la deserción, el desánimo y la insubordinación hubieran cundido. Por ello el Gral. Belgrano había enviado despachos a Buenos Aires considerando tal posibilidad, recibiendo las contestaciones siempre del mismo tenor: continuar con la retirada.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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1861 - LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA ES "DERROTADA" EN PAVÓN

En la parte culminante de la guerra entre Buenos Aires y la Confederación Argentina, se enfrentaron nuevamente Urquiza y Mitre.

El combate fue confuso, porque cuando las tropas de Mitre parecían derrotadas, el clarín de la reserva de Urquiza toca a retirada y éste, sin prestar atención a nada ni a nadie, vuelve grupas y comienza su regreso a Entre Ríos dejando el campo al jefe vencido.

Este hecho nunca quedó muy claro; muchos historiadores hablan de algún entendimiento previo entre Urquiza y Mitre, gestado en la noche anterior por intermedio de Yatemon, un misterioso norteamericano de la confianza de Urquiza.

"Ganó (Urquiza) la batalla de Pavón y le regaló a Buenos Aires la victoria, yéndose a su casa y dejando el campo de batalla en manos de los vencidos.
Capitaneó al Brasil para sacudir el ascendiente tiránico de Buenos Aires: hoy se pone a las órdenes de los dos, contra los países interiores.
Trabajó por la causa de las provincias: hoy trabaja contra ellas, por la causa de Buenos Aires.
Representó el nacionalismo argentino: hoy es el brazo zurdo del localismo de Buenos Aires contra la República Argentina.
En el convenio, en la reforma de la Constitución, en la triple, alianza, Urquiza firmó lo que escribió Buenos Aires por la pluma de Victorica".
 (Juan Bautista Alberdi)

Según el historiador José María Rosa: “Urquiza se había arreglado con los mitristas por agentes norteamericanos y masones, comprometiéndose a perder la batalla de Pavón. A cambio de eso le dejarían el gobierno de Entre Ríos.

Derqui ingenuamente intentará la resistencia. El grueso del ejército federal está intacto y lo pone a las órdenes de Juan Saa, mientras espera el regreso de Urquiza. Lo cree enfermo y le escribe deseándole "un pronto restablecimiento para que vuelva cuanto antes o ponerse al frente de las tropas". Pero Urquiza no vuelve, no quiere volver. A cuarenta días de la batalla, el 27 de octubre, el inocente Derqui todavía escribe al sensitivo guerrero interesándose por su salud y rogándole que “tome el mando“.

Se anuncia la gran victoria, aunque Mitre no puede mover a los suyos de la estancia de Palacios porque no tiene caballada. Sarmiento, desde Buenos Aires, le escribe el 20 de setiembre: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos“ (Archivo Mitre, tomo IX, pág. 363). Para Urquiza quiere medidas radicales: "o Southampton o la horca”. En Southampton pasaba su ancianidad, pobre pero jamás amargado, Juan Manuel de Rosas.

Ni uno ni otro. Urquiza no será un prófugo. Quedará en Entre Ríos y no perderá el gobierno de esa provincia. Derqui, Pedenera, Saa, el Chacho Peñaloza, Virasoro, Juan Pablo López, esperan que vuelva Urquiza de Entre Ríos y en una sola carga desbarate las atemorizadas tropas mitristas. Por toda la República, de Rosario al Norte, vibra el grito ¡Viva Urquiza! en desafío a los oligarcas: todos llevan al pecho la roja divisa federal con el dístico “Defendemos la ley federal jurada. Son traidores quienes la combaten". Urquiza tiene trece provincias consigo y un partido que es todo, o casi todo, en la República. Se lo espera con impaciencia. Derqui suponiendo que es el obstáculo para el regreso del general, opta por eliminarse de la escena y en un buque inglés se va silenciosamente a Montevideo, renunciando la presidencia. Lo reemplaza Pedernera, que tiene toda la confianza de Urquiza. Pero Urquiza no viene.

Entonces las divisiones mitristas a las órdenes de Sandes, Iseas, Irrazabal Flores, Paunero, Arredondo (todos jefes extranjeros) entran implacables en el interior a cumplir el consejo de Sarmiento. Hombre encontrado con la divisa federal es degollado; si no lo llevan es mandado a un cantón de fronteras a pelear con los indios. No importa que tenga hijos y mujer, es gaucho, y debe ser eliminado del mapa político. Todo el país debe "civilizarse“.

Venancio Flores, antiguo presidente uruguayo, a las órdenes de los porteños, sorprende en Cañada de Gómez el 22 de noviembre al grueso del ejército federal que sigue esperando órdenes de Urquiza. Ahí están sin saber a quién obedecer, ni qué hacer. Flores pasa tranquilamente a degüello a la mayoría e incorpora a los otros a sus filas. Nuestras guerras civiles no se habían distinguido por su lenidad precisamente, pero ahora se colma la medida. Hasta Gelly y Obes, ministro de Guerra de Mitre, se estremece con la hecatombe: "El suceso de la Cañada de Gómez – informa – es uno de los hechos de armas que aterrorizan al vencedor... Este suceso es la segunda edición de Villamayor, corregida y aumentada“ (en Villamayor, Mitre había hecho fusilar al coronel Gerónimo Costa y sus compañeros por el sólo delito de ser federales).

Esa limpieza de criollo que hace el ejército de la Libertad entre 1861 y 1862 es la página más negra de nuestra historia, no por desconocida menos real. Debe ponerse el país "a un mismo color" eliminando a los federales. Como los incorporados por Flores desertan en la primera ocasión, en adelante no habrá más incorporaciones: degüellos, nada más que degüellos. Y los ejecutores materiales tampoco son criollos: se buscan mafiosos traídos de Sicilia: ”En la matanza de la Cañada de Gómez – escribe José María Roxas y Patrón a Juan Manuel de Rosas - los italianos hicieron despertar en la otra vida a muchos que, cansados de los trabajos del día, dormían profundamente“ (A. Saldías: La evolución republicana, pág. 406).

Sarmiento expresa: “Los gauchos son bípedos implumes de tan infame condición, que nada se gana con tratarlos mejor". Los pobres criollos que caen en manos de los libertadores, solo pueden exclamar ¡Viva Urquiza! al sentir el filo de la cuchilla. Algunos consiguen disparar al monte a hacer una vida de animales bravíos.

Seguirá la matanza en Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, mientras se oiga el ¡Viva Urquiza! en alguna pulpería o se vea la roja cinta de la infamia. Que viva Urquiza mientras mueren los federales. Y Urquiza vive tranquilo en su palacio San José de Entre Ríos. Dentro de poco hará votar por Mitre en las elecciones de presidente.

"Pavón no es solo una victoria militar – escribe Mitre o su ministro de Guerra – es sobre todo el triunfo de la civilización sobre los elementos de la barbarie".

La disparada

Chocan cerca de la estancia de Palacios, junto al arroyo Pavón en la provincia de Santa Fe, los ejércitos de Urquiza y Mitre. A Urquiza, a pesar de Caseros, lo rodea el pueblo entero; Mitre representa la oligarquía porteña. Aquél es un militar de experiencia, éste ha sido derrotado hasta por los indios en Sierra Chica. El resultado no parece dudoso, y todos suponen que pasará como en Cepeda, en octubre de 1859, cuando el ejército federal derrotó a los libertadores.

Parece que va a ser así. La caballería de Mitre se desbanda. Ceden su izquierda y su derecha ante las cargas federales. Apenas si el centro mantiene una débil resistencia que no puede prolongarse, y Mitre como Aramburu en Curuzú Cuatiá, emprende la fuga. Hasta qué le llega un parte famoso: "¡No dispare, general, que ha ganado!". Y Mitre vuelve a recoger los laureles de su primera – y única – victoria militar.

¿Que ha pasado? .. Inexplicablemente Urquiza cedió la victoria. Lentamente, al tranco de sus caballos para que nadie dude que la retirada es voluntaria, ha hecho retroceder a los invictos jinetes entrerrianos. Inútilmente los generales Virasoro y López Jordán, en partes que fechan "en el campo de la victoria" le demuestran el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de Urquiza. ¡si nunca ha habido triunfo más completo! Pero Urquiza sigue su retirada, se embarca en Rosario para Diamante, y ya no volverá de Entre Ríos.

¿Qué pasó en Pavón?.. Un misterioso norteamericano de apellido Yateman fue y vino entre uno y otro campamento la noche anterior a la batalla concertando un arreglo. Urquiza quedó montado en su caballo, “clavado como una estaca” en un bajo, hasta que estuvo definida la batalla a su favor, para tocar luego retirada y volverse al tranco a Entre Ríos, en una actitud que sus generales no podían entender.

Nada tiene que ver lo que dice Urquiza en el parte de batalla, que abandonó la lucha "enfermo y disgustado al extremo por el encarnizado combate“. El parte de Urquiza no nombra a Yateman y un arreglo previo, pero sin embargo confiesa: “V.E. puede apreciar en la sinceridad de esta relación las causas independientes de mi voluntad que han obligado mi retirada y mi presencia en Entre Ríos, que no será inútil para asegurar le éxito de la campaña y el afianzamiento de nuestras instituciones.”

El misterio de Pavón finalmente quedará develado el 29 de septiembre de 1868 por boca del propio Mitre, cuando en un banquete de la masonería, recordando la tenida del 21 de julio de 1860 (anterior a Pavón) dirá en su discurso “Cuando nos alejamos de las puertas del templo, nuestras espadas salieron de la vaina para cruzarse en los campos de batalla, pero aún sobre esa desgracia y esa matanza, el genio invisible batió de nuevo sus alas…". Fue el mismo “genio invisible” que dirigió la matanza del gauchaje federal de las provincias y el mismo “genio invisible” que armó el genocidio del Paraguay.

Cabe recordar que la tenida secreta del Supremo Consejo de Masónica del 21 de julio de 1860, es la que otorga el Grado 33 a Mitre, Urquiza, Sarmiento y Juan Gelly y Obes; El Gran Comendador era José Roque Pérez. Nótese la actuación directa que tuvieron en la guerra del Paraguay todos ellos, incluido Roque Pérez que representó a Sarmiento en la ceremonia de instalación del gobierno títere en Asunción, luego de la guerra. (JMR.Hist.Arg. / A.G.Mellid. Proceso a los falsificadores de la Historia. t.I.p.335 y A.Lapas. La masonería en la Argentina”.)

“Esta vez también el general Urquiza supo dar la victoria a las armas de la Confederación, en los campos de Pavón. Pero no obstante eso, el general victorioso, en magnifico gesto de autosacrificio y renunciamiento se retiró a Entre Ríos dejando el campo de batalla a las fuerzas opuestas comandadas por Mitre, convencido que esa era la única manera de terminar con las disidencias y obtener la meta ideal de la pacificación definitiva” (A.Lappas. La Masonería Argentina.p.384) “Magnifico gesto” el de Urquiza para obtener la “pacificación” con la sangre de los gauchos. (L.Castagnino, La Gazeta Federal)

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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1866 - BATALLA DE CURUPAYTI
(otra batalla que Mitre NO ganó)

El 22 de septiembre de 1866, Bartolomé Mitre, general en jefe de la Triple Alianza, ordenó el asalto a la formidable posición fortificada enemiga de Curupaytí con 9.000 soldados argentinos y 8.000 brasileños, la flor y nata del ejército, el apoyo del cañoneo de la escuadra imperial y la cooperación de las fuerzas orientales de Venancio Flores. De toda la guerra del Paraguay ésta es la primera batalla planeada por Mitre y también la primera (y única) dirigida directamente por él. Necesitado de un triunfo para levantar su alicaído prestigio militar (prestigio imaginativo y literario) Mitre decidió tomar Curupayty, pero una vez más demostraría su impericia militar.

Estudioso de las “estrategias europeas”, Mitre decidió entonces una estrategia inobjetable (según su punto de vista): un ataque frontal a bayoneta con los 17.000 hombres, y luego simular una retirada para que el enemigo salga en persecución, para más tarde dar media vuelta y batirlos fuera de la fortaleza. Lo que no tuvo en cuenta Mitre, era, en primer lugar, el terreno fangoso tras tres días de lluvia que separaba su posición del enemigo, y en segundo lugar, que los paraguayos se manejaban por instinto (o talvez hayan leído los mismos libros de estrategia), porque en vez de salir a perseguir a los atacantes, se quedaron mirando como estos desandaban el pantano con gran esfuerzo. El ejército de Mitre tuvo que recorrer por tercera vez el pantano lleno de cadáveres de su propio ejercito, para desalojar la “fortificación”, lo que terminó en una tragedia: murieron 10.000 argentinos y brasileros y 92 paraguayos.

La iniciativa del ataque fue directamente del propio Mitre, según informe que le envía a Julián Martínez, Ministro interino de Guerra, donde le decía haber ordenado el ataque “sobre las líneas de fortificación de Curupayty, artilladas por cincuenta y seis piezas y guarnecida pro catorce batallones”… “un total de más de dieciocho mil hombres” (Mitre a Martínez. Cuartel de Curuzú, 24 de septiembre de 1866. Partes oficiales – AGM.t.II.p.333)

El ataque al frente terrestre de Curupaytí se iniciaría con un bombardeo de la escuadra de modo de inutilizar sus defensas y ahuyentar las fuerzas de la trinchera. Después seguiría el ataque de las fuerzas de tierra. El ataque estaba previsto para la madrugada del día 17 de setiembre de 1866, pero se postergó por el mal tiempo reinante. Se realizó recién el día 22.

A las 7 de la mañana, la escuadra brasileña se movió para tomar la posición dispuesta por el almirante Tamandaré a fin de iniciar el bombardeo. Entre los navíos había cuatro nuevos acorazados a vapor. El fuego de la escuadra se prolongó hasta el mediodía sin resultados apreciables. Las cubiertas del terreno impedían a los artilleros efectuar correctamente sus tiros. El duelo de artillería duró cuatro horas y los paraguayos contestaban al fuego de la escuadra logrando mantener a los buques alejados de las fortificaciones.

La escuadra brasileña “arrojó cerca de cinco mil bombas” (según Thompson) que de todos modos no arrojó el resultado previsto por el optimista comandante Tamandaré, que el día anterior había dado seguridades del caso:

“Amanhá descangalharé tudo isto en duas horas” (Thompsom, Jorge.”La guerra del Paraguay”. Impr. Americana. Buenos Aires 1869)
Al mediodía, el almirante Tamandaré suspendió el fuego contra la fortificación del frente terrestre y se concentró sobre el frente fluvial. Comenzó entonces el ataque terrestre cuya dirección estaba a cargo del general Mitre.

El mariscal Francisco Solano López destinó a su mejor hombre de guerra, el general José Díaz, vencedor de Estero Bellaco y Boquerón , que preparó en poco tiempo la defensa del campo, cortando árboles de "abatíes" dispuestos por sus enormes raíces para dentro, ocultando unas 50 bocas de fuego.

Cumpliendo con el plan previsto por Mitre, los Aliados se lanzaron con brío impresionante sobre las trincheras paraguayas, pero sufrieron una marcha pesada por el terreno fangoso bajo el fuego de la artillería paraguaya, hasta estrellarse contra las defensas de "abatíes" que el “genio” de Mitre no había previsto.

Las dos columnas centrales, encargadas del ataque principal sufrieron desde el primer momento un fuego intensísimo de la artillería paraguaya mientras su marcha se veía entorpecida por el terreno fangoso por los tres dias anteriores de lluvia y las malezas. Lograron salvar los obstáculos mediante el uso de fajinas y escalas que llevaban para tal fin y se lanzaron al asalto de la trinchera principal, pero se encontraron con una laguna y una inabordable barrera de malezales que les hizo imposible continuar su avanzada.

En esta marcha, sufrieron pérdidas enormes.

La tercera columna, al mando del coronel Rivas siguió avanzando a pesar de los obstáculos, pero su ataque fracasó y los pocos hombres que lograron penetrar en la posición fueron prácticamente ultimados. La cuarta columna, al mando del coronel Martínez, también fue detenida al borde de la laguna y la línea de malezales.
El combate se sostenía tenazmente sin que los asaltantes lograran el menor éxito sobre las tropas paraguayas.

Según parte del propio Mitre, “fue contenido el ímpetu del ataque por la línea de abatíes que se componía de gruesos árboles enterrados por los troncos, y que en más de treinta varas obstruían el acceso a la trinchera…fue necesario reforzar el ataque con la segunda línea de reservas parciales, comprometiendo en las dos columnas de ataque central veinticuatro batallones”…”las líneas de abatíes no han sido forzadas nunca en asalto franco, ni aun por las primeras tropas del mundo” (Mitre a Martínez. Cuartel de Curuzú, 24 de septiembre de 1866. Partes oficiales) lo que demuestra la imprevisón de Mitre de no reconocer el terreno previamente...salvo que pretendiera realizar una hazaña mayor “que las primeras tropas del mundo”.

El heroísmo y sacrificio de las tropas aliadas, no fue suficiente para vencer ni la “línea de abatíes” ni “la impericia de Mitre”. El propio general en jefe lo admite en sus partes:
“En esas circunstancias, habiéndonos puesto de acuerdo con el barón de Porto Alegre, y viendo que no era posible forzar ventajosamente la línea de abatíes, para llevar el asalto general sino comprometiendo nuestras últimas reservas y que una vez dominada la trinchera no se obtendrían los frutos de tal actora parcial desde que no se conservasen tropas suficientes para penetrar en orden el interior de las líneas y hacer frente allí a las reservas del enemigo, acordamos mandar replegar simultáneamente y en orden las columnas comprometidas en el ataque” (Ibidem)

Menos mal que “acordaron mandar replegar” porque casi exterminan su propio ejercito, atropellando una “línea de abatíes”, como el Quijote lo hiciera contra los molinos de viento.

“...los infantes volvieron a la carga en el campo fangoso obstruido de cadáveres, agotados por el peso de sus armas. Protegidos en sus trincheras, los paraguayos hacían estragos que los aliados no contestaban porque no vían al enemigo.” Mitre embriagado del mismo optimism enfermizo y heroico de Cepeda, ordenaba avanzar, avanzar y avanzar siempre. La hecatombe hubiera seguido por la noche si Porto Alegre, respetuosa pero firmemente, no se impusiera y ordenase la retirada.” (J.M.R.Hist.Arg. t.VII.p.166) El propio Mitre, aunque escatimando las cifras, da cuenta del desastre sufrido:

“Nuestras pérdidas han sido considerables y sensibles…las computo en tres mil (en realidad fueron tres veces más) entre muertos y heridos” ...” Por parte del ejercito argentino se comprometieron diez y siete batallones en el asalto, cayendo muertos o heridos la mayor parte de los jefes que los condujeron” (Ibidem) También da parte del desastre el hermano del general en jefe, general Emilio Mitre, que comandaba el 2° Cuerpo en el asalto:

“V.E. sabe los prodigios de inaudito valor que los cuerpos todos del ejército hicieron en esta jornada. Es pues, inoficioso que el que firma haga de ellos elogios tan justamente merecidos. Basta dejar establecido que de los tres Batallones de este 2° Cuerpo que cargaron sobre la trinchera, solo ha quedado en aptitud de combatir una tercera parte de cada uno de ellos, para probar el denuedo y la bravura de que se hallaban animados, y dieron sangrientas pruebas Cuando a las tres de la tarde, próximamente, ordenó usted la retirada, estos tres bizarros cuerpos se retiraron en el mayor orden posible, a pesar de estar ya muertos de o heridos sus jefes y oficiales” (Del general Emilio Mitre al al General en jefe de los Ejércitos Aliados, Brigadier General D. Bartolomé Mitre. Campamento de Curuzú, 27 de setiembre de 1866. Partes oficiales – AGM.tII.p.334)

No cabe duda alguna de “los prodigios de inaudito valor” y del “denuedo y la bravura de que se hallaban animados” aquellos miles de soldados y oficiales que iban al seguro sacrificio contra una "línea de abatíes", sin rebelarse para linchar a sus comandantes que los mandaban a una muerte inútil e inevitable.

Mitre, embriagado de heroísmo, ordenaba avanzar, avanzar siempre, hasta que el marqués de Souza, respetuosa pero firmemente le advirtió que aquello iba a ser la derrota “mais grave de esta guerra”, y que seguir el heroico ataque, morirían todos los atacantes sin llegar a las trincheras paraguayas. Por fin se dio el toque de retirada.

La retirada se efectuó a las 17 hs. y el ejército aliado estaba de regreso en Curuzú, cuando los paraguayos salieron entonces de sus trincheras para recoger el botín abandonado por el asaltante, desnudar a los muertos y ultimar a los heridos graves.

D´Amico comenta: “Cuando Mitre se encontró con esa defensa (los abatíes) no se le ocurrió nada y mandó a atacar con ataque franco, a pesar de saber, dice en su parte, que esa posición era intomable cargándola a pecho descubierto. El resultado no podía ser dudoso. Los soldados argentinos sembraron el campo de cadáveres, llegaron la zanja, soportaron un momento de fuego a boca de jarro de los paraguayos que ellos no veían y tuvieron que retroceder sombrando otra vez de cadáveres el campo de batalla” (JMR.p.251)

En la crónica que hace el paraguayo general Resquín afirma que “cuando las fuerzas del ejército aliado se retiraron en completa derrota, dejaron en el campo de más de ochomil cadáveres e innumerables heridos, sin contar los que pudieron recoger”. Las bajas paraguayas las sitúa en “un jefe, tres oficiales y diecinueve hombres de tropa muertos, alcanzando los heridos a siete oficiales y setenta y dos hombre de tropa” (Resquín, Datos históricos. p. 80-81) Es decir, 92 bajas paraguayas contra alrededor de 10.000 bajas aliadas.

Las cifras del contrate demuestran la improvisación e impericia de Mitre, contra la efectiva defensa comandada por don José Díaz , que fue ganando sus galones de general a lo largo de las hazañas producto de su inteligencia, serenidad y valor.

El emperador de Brasil, pidió el reemplazo del general en jefe, bajo excusa de los levantamientos de rebeldía en montoneras producidas en las provincias del interior, que se pronunciaban por intermedio de Felipe Varela contra la Guerra del Paraguay y del propio Mitre y su política hacia las provincias interiores.

En Buenos Aires, Martín Piñeiro informa a Sarmiento la muerte en esa batalla de su hijo Dominguito: “Solo Mitre ha podido hacer perecer a tanto argentino…no se pregunta quien murió sino quien vive...causa lastima salir a la calle”. “El desastre brutal que reveló la incapacidad del general en jefe (Mitre) que solo por su parte oficial hubiera sido fusilado por un consejo de guerra.”(Revista del Museo Histórico Sarmiento II-III)

En la sangrienta batalla de Curupaytí el impacto de un casco de granada le destrozó la mano derecha a un ciudadano argentino alistado hacía unos meses como voluntario. Evacuado a Corrientes, la amenaza de la gangrena obligó a amputarle el brazo por encima del codo. Se trataba de un joven dibujante y cronista de 26 años, teniente segundo del ejército, que se llamaba Cándido López. Menos de un año después cumplió su promesa de enviarle al médico que le amputó el brazo un óleo suyo fruto de una prodigiosa reeducación de su mano izquierda. El sería, a través de sus cuadros, el documentalista histórico de la Guerra de la Triple Alianza. (Castagnino L. Guerra del Paraguay. La Tripe Alianza contra los paises del Plata)

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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BATALLA DE RODEO DEL MEDIO – 24 DE SEPTIEMBRE DE 1841

Rodeo del Medio no fue una batalla cualquiera, dice el ingeniero agrónomo José Luis Burba en una nota fechada el 10 de marzo de 2018, en el Periódico Los Andes.

Agrega que:

"Mendoza es una de las provincias argentinas con más hitos históricos, dignos de promover un verdadero plan de turismo temático. Sin embargo, no hace los suficientes méritos para lograrlo.

Todas las batallas ocurridas en el territorio nacional por los ideales para forjar un país fueron importantes, para unos o para otros. El solo hecho que se pierdan vidas de hombres comprometidos con sus pensamientos las hacen importantes, pero algunas son un hito en el camino y otras son el fin del camino o al menos de una etapa de éste.

La Batalla de Rodeo del Medio, que se llevó a cabo el 24 de setiembre de 1841, fue un combate feroz entre el ejército "federal" de Ángel Pacheco, que defendía la provincia de Mendoza, y el "unitario" dirigido por Gregorio Aráoz de Lamadrid, que avanzaba desde Tucumán.

El significado histórico que se debe resaltar es que la Batalla de Rodeo del Medio ganada por los "federales" fue el final de la Coalición del Norte y la última de las luchas entre estas facciones por una década.

Ésta garantizó a Rosas el dominio del territorio hasta la Batalla de Caseros en 1852.

De allí resalta la importancia geopolítica de la misma para promover su conocimiento en el ámbito del turismo histórico de la provincia.

El lugar donde murieron muchos argentinos (400 unitarios y 18 federales), y que significó tanto para nuestra historia, tenga un "recordatorio" tan pobre y olvidado, (que tan sólo es mantenido "dignamente" por los alumnos de una escuela cercana al mando de un buen maestro), es por lo menos motivo de sentir vergüenza ajena.

Hoy el "monumento" (un corral desvencijado de 20 m x 5,50 metros), es prácticamente imposible de encontrar, y mucho menos de motivar a alguien para visitarlo.

Lo peor de todo es que las autoridades con responsabilidad sobre el lugar histórico son lo suficientemente desaprensivas como para que algún viajero encuentre el sitio.

Seguir estas instrucciones sería una verdadera aventura, ya que a su vez las señales viales para arribar al lugar son escasas y confusas.

Las páginas Web informativas oficiales, al referirse a cómo llegar al predio, están llenas de inexactitudes, tanto de la descripción de la épica como de la ubicación.

Pocos podrán llegar al lugar con esas indicaciones, y hasta es mejor que no lo hagan para no sentir vergüenza ajena.

Por otra parte, la Junta de Estudios Históricos de Mendoza Filial Maipú, en 2014, promociona el lugar en internet diciendo: “Sobre esos terrenos, en el presente convertidos en vergeles merced al trabajo tesonero del hombre, ha quedado la cruz como testimonio indicativo a vecinos y viajeros de uno de los más crueles enfrentamientos sostenidos en el trayecto de las contiendas civiles en nuestro país”.

Por resolución oficial, la entidad precedentemente citada tiene la responsabilidad del cuidado y conservación del sitio, el cual se encuentra convenientemente acondicionado con sus puentes, senderos y jardines que sirven a las anuales evocaciones que allí se realizan.

La cruz que se conserva como "motivo recordatorio" es mejor que la olviden, ya que es una falta de respeto.

Lejos de estar convenientemente acondicionado por "vergeles" con "senderos, jardines y puentes", el espacio, es un corral con síntomas de abandono, sin jardines."

* * * * * * * * *

Nosotros nos permitimos pensar que en estos dos años y un par de meses desde que la nota fue publicada, es casi seguro que el actual gobernador y el anterior no han de haber hecho absolutamente nada. Tal vez nos equivoquemos pero pensando en las experiencias de los gobiernos PRO (en este caso radicales alineados en JxC) no les interesa hacer nada que no sean sucios negocios como se hicieron en Mendoza y probablemente se sigan haciendo. Eso sí que lo hacen bien, obteniendo ganancias que nunca son para beneficio de los ciudadanos comunes, incluidos, por supuesto, sus propios votantes.

La historia no les interesa, y bien que lo demostró el lider MM, como no les interesa y no la conocen lo mejor es olvidar el pasado, un interés de clase para que perdamos la memoria y que ellos, teniendo como tienen todos los medios a su favor, nos la cuenten como mejor les sirve a sus propósitos ruines. El conocimiento de la historia oficial es la única que les interesa que se difunda en las escuelas, la otra historia, la historia de los pueblos, la verdadera historia, esa, según sus pretensiones, debe seguir oculta. Por eso y por ningún otro motivo es que desde este espacio, insistimos tanto con recuperar esa otra historia: la nuestra, nacional y popular.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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BATALLA DE TUCUMÁN - 24 Y 25 DE SEPTIEMBRE DE 1812

LA DESOBEDIENCIA DE BELGRANO

La tarde del 25 de Mayo, Belgrano hace jurar la bandera en Jujuy, pero la Junta (Rivadavia) le reprocha “…la reparación de tamaño desorden (la jura de la Bandera)…” (ya se lo habían reprochado en Rosario).

El ejército de Belgrano ante el avance de los españoles, inicia el éxodo del pueblo Jujeño hacia Tucumán, donde decide resistir apoyado por el entusiasmo de la gente. ”Sin más armas que unas lanzas improvisadas, sin uniforme, ni otra montura que la silla y los guardamontes. No tenían disciplina ni tiempo de aprender al voces de mando, pero les sobraba entusiasmo...”

Rivadavia lo increpa para que se retire a Córdoba pero Belgrano escribe: “Algo es preciso aventurar y ésta es la ocasión de hacerlo; voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desagraciado me encerraré en la plaza hasta concluir con honor…..”.

Todavía el 29 insistía Rivadavia en la Retirada: “Así lo ordena y manda este Gobierno por última vez…..la falta de cumplimiento de ella le deberá a V.S. los más graves cargos de responsabilidad” (J.M.Rosa. Historia Argentina)

Finalmente hace frente y derrota a los realistas que deberán retirarse con grandes pérdidas de hombres y equipos militares. (¡qué patriota Rivadavia !...menos mal que teníamos algunos patriotas “desobedientes”)

LA BATALLA DE TUCUMÁN – 24 DE SEPTIEMBRE DE 1812
Durante su marcha a Tucumán ha recibido Belgrano una nueva y perentoria orden del Triunvirato para que se retire sobre Córdoba definitivamente, dejando en consecuencia libradas a su propia suerte las provincias del noroeste. Pero el general contesta que está decidido a presentar batalla porque lo estima indispensable. Por eso mismo, se encarga de incitar al pueblo tucumano para obtener su apoyo. Lo consigue, y para ello cuenta con la ayuda de algunas viejas familias patricias. Los poderosos Aráoz, virtuales dueños de la ciudad, vinculados a su ejército por dos de sus familiares Díaz Vélez, cuya madre es Aráoz, y el joven teniente Gregorio Aráoz de La Madrid, volcarán todo su prestigio y ascendiente en la causa patriota.

Antes de su arribo, Belgrano ha ordenado desde Encrucijada a Juan Ramón Balcarce que se adelante a Tucumán para conseguir refuerzos y convocar a las milicias para reclutar un cuerpo de caballería; éste se halla en pleno entrenamiento cuando llega Belgrano con el grueso del ejército. Sin más armas que unas lanzas improvisadas, sin uniformes y con los guardamontes que habrían de hacerse famosos, Balcarce consigue organizar una fuerza de cuatrocientos hombres, punto de partida de la famosa caballería gaucha que hará su aparición por vez primera en una batalla campal, en Tucumán.

El gobierno insiste, en sus oficios a Belgrano, en que éste debe retirarse hasta Córdoba. Belgrano quiso cumplir con el gobierno y ordenó la retirada del ejército al sur. Pero no pudo hacerlo mucho tiempo: no consiguió resistirse a los tucumanos que le pidieron defendiera su ciudad. Así, entre el 13 y el 24 de Septiembre, Belgrano se multiplica para organizar la defensa. Con el ejército de Tristán a la vista, escribe el 24: “Algo es preciso aventurar y ésta es la ocasión de hacerlo; voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza hasta concluir con honor.”.

El día anterior el ejército ha salido de la ciudad a la que regresa por la noche. Pero a la madrugada del 24 inicia los movimientos para ocupar la posici6n de la víspera. El encuentro no tarda en producirse en un paraje llamado “Campo de las Carreras” (conocido también como Campo de la Tablada o La Ciudadela, actual Plaza Belgrano). Los patriotas atacan casi de sorpresa, pero Tristán alcanza a desmontar su artillería y formar su línea de combate.

La carga de caballería gaucha, a los gritos y haciendo sonar sus guardamontes, desconcierta y quiebra la izquierda de los realistas, mientras en el otro flanco - donde está Belgrano - los patriotas son arrollados.

La lucha se desarrolla en medio de un tremendo desorden, aumentado por la oscuridad provocada por una inmensa manga de langostas y la caballería de ambos ejércitos combate en entreveros furiosos. Díaz Vélez y Dorrego encuentran abandonado el parque de Tristán con treinta y nueve carretas cargadas de armas y municiones, y junto con los prisioneros que toman y los cañones que pueden arrastrar, corren a encerrarse en la, ciudad. La confusión es tal que, cuando Belgrano intenta un movimiento, se cruza con el coronel Moldes, quien le pregunta:

- ¿Dónde va usted, mi general?

- A buscar la gente de la izquierda, Moldes.

- Pero estamos cortados, mi General.

- Entonces, vayamos en procura de la caballería.

Cuando Paz se encuentra con ellos, se halla Belgrano acompañado por Moldes, sus ayudantes y algunos pocos hombres más. Ni el general ni sus compañeros saben el éxito de la acción e ignoran si la plaza ha sido tomada por el enemigo o sí se conserva en manos de los patriotas. A la noticia de la aparición del general, empiezan a reunirse muchos de los innumerables dispersos de caballería que cubren el campo. A uno de los primeros en aparecer pregunta el general:
- ¿Qué hay? ¿Qué sabe usted de la plaza?

- Nosotros hemos vencido al enemigo que hemos tenido al frente.

Pocos momentos después, se presenta Balcarce con algunos oficiales y veinte hombres de tropa, gritando ¡Viva la Patria!, y manifestando la más grande alegría por la victoria conseguida. Se aproxima a felicitar al general Belgrano, quien a su vez le pregunta:

- Pero, ¿qué hay? ¿En qué se funda usted para proclamar la victoria?

- Nosotros hemos triunfado del enemigo que teníamos al frente, y juzgo que en todas partes habrá sucedido lo mismo: queda ese campo cubierto de cadáveres y despojos.

Hasta ese momento nada se sabe de la infantería, ni de la plaza. Al atardecer se entera Belgrano de la suerte corrida por el resto del ejército.

Mientras tanto, Tristán consigue reorganizar a los suyos. Se encuentra dueño del campo de batalla que ha sido abandonado por los patriotas, pero ha perdido el parque y la mayor parte de los cañones. Se dirige entonces a la ciudad e intima rendición a Díaz Vélez con la amenaza de incendiarla. Se le responde que, en tal caso, se degollarán los prisioneros, entre los cuales figuran cuatro coroneles. Durante toda la noche permanece Tristán junto a la ciudad, sin atreverse a cumplir su amenaza.

El 25 por la mañana encuentra que Belgrano, con alguna tropa, está a retaguardia. Su situación es comprometida. Belgrano le intima rendición “en nombre de la fraternidad americana”. Sin aceptarla y sin combatir, Tristán se retira lentamente esa misma noche por el camino de Salta, dejando 453 muertos, 687 prisioneros, 13 cañones, 358 fusiles y todo el parque, compuesto de 39 carretas con 70 cajas de municiones y 87 tiendas de campaña. Sus pérdidas de armas dejan al ejército patriota provisto para toda la campaña. Las bajas patrióticas, por otra parte, son escasas: 65 muertos y 187 heridos. Belgrano, esperando la rendición de Tristán, no lo persigue y sólo encomienda a Díaz Vélez que "pique su retaguardia" con 600 hombres.

Durante la persecución, se entablan varios combates con resultados dispares. Zelaya realiza un ataque poco afortunado contra Jujuy. Díaz Vélez ocupa Salta momentáneamente. De todos modos, al regresar a Tucumán a fines de octubre, trae sesenta nuevos prisioneros y 80 rescatados al enemigo. Sus fuerzas se incorporan a la columna que marcha detrás de la procesión con que se honra a la Virgen de las Mercedes, que Belgrano nombra Generala del Ejército porque precisamente la victoria de Tucumán se ha verificado en el día de su advocación. El general en jefe se separa de su bastón de mando y lo coloca en los brazos de la imagen, en el transcurso de la solemne procesión que se realiza por las calles tucumanas.

Vicente Fidel López llama a Tucumán “la más criolla de cuantas batallas se han dado en territorio argentino”. Faltó prudencia, previsión, disciplina, orden y no se supieron aprovechar las ventajas; pero en cambio hubo coraje, arrogancia, viveza, generosidad... y se ganó.

El 24 de setiembre Belgrano salvó a la Patria en la batalla de Tucumán. La salvó no solamente porque el ejército español fue derrotado, sino –y principalmente– porque al llegar la noticia a Buenos Aires el pueblo se lanzó a la calle clamando contra el Triunvirato. Entonces los granaderos montados de San Martín, los artilleros de Pinto y los arribeños de Ocampo hicieron saber al gobierno que había cesado, y se convocaría una asamblea para votar la figura con que deben aparecer las Provincias Unidas en el gran teatro de las naciones. Ese fue el propósito de la revolución del 8 de octubre de 1812 y de la asamblea convocada para enero del 13. (La Gazeta Federal)

Reproducido por: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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OCTUBRE

1° DE OCTUBRE DE 1813 "BATALLA DE VILCAPUGIO"

Después de la Batalla de Salta, la reorganización del ejército, la reparación del material y la incorporación de nuevos reclutas para cubrir las bajas producidas demoraron a Belgrano en Salta casi dos meses. Concluidos los preparativos, avanzó hasta Jujuy, en dirección a Potosí, que fue ocupada en los primeros días de mayo. Al entrar a la ciudad, las calles estaban adornadas con arcos triunfales y una muchedumbre aclamó a los soldados del ejército patriota.

Potosí fue una de las ciudades del Alto Perú menos accesible al espíritu de la revolución. Era un centro minero de gran importancia y asiento de un Banco de Rescates o Casa de Moneda, prevalecía en ella una aristocracia de terratenientes, explotadores del mineral de plata, y de funcionarios reales, veedores, ensayadores y demás categorías del rubro bancario y minero, ligada a los intereses metropolitanos.

Con la llegada del ejército patriota se había producido un cambio de opinión, debido a múltiples causas: difusión de las ideas separatistas que eran apoyadas por esa aristocracia, el odio que inspiraban los chapetones, impotencia probable de España para recobrar su imperio colonial, política de capitulación y también debido al temor que inspiraban los soldados del ejército patriota.

Belgrano se esforzó en borrar la pésima impresión que había causado el ejército patriota cuando había entrado en el Alto Perú al mando de Castelli en 1810, por los excesos cometidos en esa oportunidad. Para ello controló con mano firme la disciplina militar. Un bando militar que se publicó en el ejército disponía en uno de sus artículos: "Se respetarán los usos, costumbres y aun preocupaciones de los pueblos; el que se burlare de ellos, con acciones, palabras y aun con gestos será pasado por las armas”. Antes de llegar el general Belgrano, el bando y sus efectos le precedían, para lograr el apoyo de la población al ejército patriota.

Se preocupó también de remontar sus efectivos; y por ello le ordenó al coronel Zelaya que fuera a Cochabamba, con orden de formar allí un nuevo regimiento de caballería. Entretanto el general Pezuela, que había reemplazado a Goyeneche, reorganizaba en Oruro el ejército realista y reforzaba su armamento con 10 piezas de artillería que le remitió el virrey del Perú. El 7 de agosto se hallaba en Ancacato, 23 leguas al norte de Potosí, con una fuerza de 4.000 hombres y 18 piezas de artillería.

Belgrano contaba con el apoyo de la población indígena, que acababa de asegurarse en una entrevista con el cacique Cumbia. El plan de Belgrano consistía en atacar al ejército realista: por el frente, con el grueso de su ejército; y por el flanco izquierdo, con un cuerpo de caballería, organizado en Cochabamba por el coronel Zelaya; mientras el caudillo Baltasar Cárdenas promovía una vasta insurrección de las indiadas a su retaguardia.

El 5 de septiembre partió de Potosí al frente de su ejército, con un efectivo de 3.500 hombres y 14 piezas de artillería. El enemigo permanecía concentrado en Condo, cuatro leguas al oeste. Belgrano proseguía su marcha en dirección al lugar denominado Lagunillas. El 27 todo el ejército se hallaba en la pampa de Vilcapugio.

El destacamento de observación puesto por Pezuela en Pequereque, bajo las órdenes del coronel Castro, para vigilar el camino de Oruro, chocó de pronto con la indiada de Cárdenas, que fue fácilmente dispersada. Cayeron en poder de Castro los papeles del vencido y, con ellos, varias cartas de Belgrano en que se detallaba el plan. Advertido así Pezuela del peligro en que se hallaba, tomó una resolución audaz, anticipándose al movimiento del enemigo y, dirigiéndose a su encuentro, lo atacó en Vilcapugio el 1 de octubre de 1813. El centro y la izquierda de la línea realista fueron destrozados, pero la derecha resistió bravamente bajo las órdenes de los coroneles Picoaga y Olañeta.

Dispuso entonces el mayor general del ejército patriota que el regimiento primero de Patricios que, bajo las órdenes del coronel Perdriel, se hallaba de reserva, corriese en auxilio del ala izquierda y atacase a la bayoneta. La falta de resolución de ese jefe malogró la maniobra; y el regimiento primero de Patricios, envuelto en la dispersión, cedió al pánico, desbandándose.

A las once y media de la mañana Pezuela consideraba perdida la batalla. Sin embargo la casualidad le depararía la victoria. Si bien él no tenía un plan de operaciones y Belgrano tenía un plan concertado e inteligentemente puesto en obra, las heroicas muertes del coronel Álvarez, del mayor Beldón y del capitán Villegas, dejaron su izquierda sin jefes de autoridad en el momento crítico del combate.

Ante la dispersión inevitable de su ejército, Belgrano evidenció su arrojo y serenidad. Desmontó en uno de los cerros situados a retaguardia, en el campo de batalla; tomó en sus manos una bandera, reunió una parte de los dispersos y comenzó a tocar llamada. A los pocos momentos contaba en derredor suyo 200 hombres y una pieza de artillería.

Belgrano se mantuvo en esa eminencia por espacio de tres horas, en la esperanza de que un refuerzo del ala derecha ya dispersa, o quizás el arribo del coronel Zelaya con la caballería de Cochabamba, le permitiesen restablecer el combate. El enemigo, dos veces rechazado en sus asaltos, se hallaba al pie de la cuesta ya prudente distancia, sin atreverse a atacarlos nuevamente. Esperaba refuerzos para intentar el desalojo de aquel reducido grupo de vencidos.

A las dos de la tarde, rodeado de 500 hombres y convencido de la inutilidad de la espera, Belgrano dispuso que el mayor general Díaz Vélez se dirigiese a Potosí, para reunir allí los dispersos que iban en esa dirección; mientras él se dirigía a Cochabamba, buscando la incorporación de Zelaya. Era su propósito amenazar la retaguardia del enemigo. Arengó con estas palabras a sus soldados en el momento de ponerse en marcha:

“Soldados: Con que al fin hemos perdido después de haber peleado tanto?, la victoria nos ha engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aún flamea la bandera de la Patria”. (La Gazeta Federal)

Reproducido por: Pensamiento Discepoleano

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cepeda

23 de octubre de 1859 - 2° BATALLA DE CEPEDA

Si no fuera por la sangre derramada por los pobres gauchos que entregaban su vida tal vez sin saber los motivos, los próximos episodios de la lucha de federales y porteños, en lugar de capítulos de la historia, bien podrían formar parte de una especie de miniserie tragicómica, apta para todo público. 

Hacía tiempo que ambos bandos, divididos, se miraban con ganas, pero ante la falta de apoyo externo, ninguno de los dos se animaban. 

Urquiza mientras tanto negociaba con Solano López, de Paraguay, para que le facilitara algunos vapores que le permitieran cruzar el Paraná, a cambio de reconocerle la soberanía paraguaya sobre el Chaco, pero el desconfiado Supremo quería primero “el reconocimiento” y después “los vapores”. Para cuando Urquiza le mandó a Luis José Peña con autorización para el reconocimiento, los porteños ya lo habían sitiado a Urquiza en Paraná y López le negó los vapores: “Urquiza está perdido. Se ha dejado sitiar en su propia capital y es imposible que reaccione. Todos sus planes han fracasado. Yo no he tratado con semejante gobierno. Los vapores que había ofrecido son ya inútiles, no los entrego” le hace saber López a Peña. 

Urquiza, enfurecido, quiso tomarse la revancha con López, y de paso ganarse el apoyo inglés. López descubrió el complot de James Canstatt (Oriental de origen inglés) para asesinar a Solano López, y lo mandó preso. El cónsul Henderson de Asunción salió en defensa de “la libertad del súbdito ingles” pero López, que no era de arriar con el poncho, le contestó que “el ciudadano oriental Santiago Constatt estaba sometido como todo habitante, a las leyes del país”.

Urquiza vio entonces la oportunidad de vengarse de Solano López (su compadre) y de paso agarrarse de alguna tabla para seguir flotando, y le ofreció todo el apoyo a los ingleses: “si a consecuencia de la ofensiva conducta del gobierno del Paraguay, el gobierno inglés cree necesario enviar una expedición a la capital de esa república (Paraguay), Su Excelencia (Urquiza) no solo consideraría favorablemente tal procedimiento, sino que ofrecería todas las facilidades que estuviesen en su poder, tal como abastecer las fuerzas con carne y provisiones (¿un negocito?), permitir depósitos de carbón, etc. y hasta proporcionaría hombres y caballos si fuera necesario”, (los ingleses libras esterlinas y nosotros la sangre de los gauchos) agregando “que haría un gran servicio a la causa de la civilización obligando al presidente López a cambiar su política exclusivista por una más liberal (...)” (¡Flor de compadre tenía López!) Es de hacer notar que Urquiza ofrecía fácilmente “hombres y caballos” pero nunca un peso de su incalculable fortuna personal. Como los ingleses “ni le contestaron”, Urquiza se quedó en Paraná, encerrado en su casa, como loco malo, y sin atender a nadie. 

La Confederación estaba construyendo una flotilla en Montevideo, financiada con fondos del barón de Mauá (el brasilero financista de Caseros, testaferro de Rothschild y virtual dueño de Uruguay). Por su parte Bs.As., que había artillado Martín García para cortarles el paso a la Confederación, les mandó dos naves a bloquearles el puerto de Paraná para que Urquiza no pudiera cruzar el río con su ejército, acantonado en Paraná. Con los federales encerrados en Entre Ríos la guerra estaba ganada sin pelear, y bastaba que Bs.As. mandara los bomberos a Santa Fe y dejarlo a Urquiza que se entendiera en su Mesopotamia. 

El jefe militar natural de Bs.As., bien podría haber sido el experimentado general Hornos, pero los mitristas preferían darle a Mitre la oportunidad de una gloria militar (que nunca tuvo) que le sirviera de pedestal para sus ambiciones políticas. El argumento era que había que remplazar los militares “intuitivos” por militares “científicos” , en este caso el coronel artillero Mitre, que se había leído todos los libros de estrategia francesa. Al conocer estos argumentos para darle el mando a Mitre, el general Hornos, al mejor estilo de los geniales monólogos de Tato Bores, comentaría irónicamente: “Si el general en jefe quiere ganarle a Urquiza a la europea, acabaremos disparando a la criolla”. (Cárcano, JMR.t.VI. p. 267) Los hechos, bien pronto le darían la razón Hornos. 

Encerrado entonces Urquiza en Paraná sin medios para cruzar el río, el ejército porteño al mando del militar científico Mitre, con la orden del ministro de guerra (Obligado) avanzó “a la mayor brevedad posible” hasta San Nicolás, donde estableció su base. Era tal la euforia y confianza porteña, que Vélez Sársfield le encargó a Mitre “el caballo en que entre triunfante en Rosario para usarlo yo en esta primavera y verano” 

Mitre se demoró inexplicablemente en San Nicolás, (tal vez armando su escritorio para redactar los partes de la próxima victoria, o repasando sus tácticas de guerra francesas) hasta que un hecho inesperado vino a cambiar la situación; en el vapor Pinto, una de las dos naves que bloqueaban Paraná, se produjo el levantamiento de un sargento y de un cabo que entregó a los federales la nave con toda la oficialidad. El otro vapor escapó a Bs.As. tiroteado desde las batería de Rosario. Urquiza entonces rebautizó el vapor “9 de julio” y lo incorporó a la flotilla que desde Montevideo logró forzar a duras penas el paso de Martín García y remontar el Guazú. Tenía entonces Urquiza los medios para cruzar el río. 

En el ínterin aparecería también como actor de reparto el representante norteamericano Yancey, que en agradecimiento de la mano que le dio anteriormente Urquiza en su entredicho con Paraguay, se ofrece como mediador. Hace varios viajes entre Rosario y Bs.As. sin conseguir nada de los porteños que se sentían fuertes con Urquiza del otro lado del Paraná y un militar “científico” en la orilla opuesta. 

Con la flotilla, Urquiza pasa el río con 10.000 hombres, con el cintillo punzó de Rosas, aunque levemente cambiado el texto por “Defendemos la ley federal jurada. Son traidores quienes la combaten” que sonaba un poco más “civilizada” que aquella de “Viva la Santa Federación. Mueran los Salvajes Unitarios”

Mitre, que buscaba un escenario digno de sus futuras glorias, se traslada bordeando el arroyo del Medio hasta el campo de Cepeda, con un ejército que, si bien con menos caballería, doblaba al de Urquiza en infantería, cañones y armamento. (El mayor ejército, descartando el de Caseros) Se establece entonces en Cepeda, dondeRamírez y López  vencieron a Rondeau en 1820, que le pareció adecuado a su trayectoria histórica futura “Aquí fue la cuna del caudillaje, aquí será su tumba” diría Mitre pomposamente.. 

Disparando a la criolla

Mientras repasaba sus lecciones de estrategia francesas, mandó a la caballería que “vichara” el ejército enemigo, aunque sin dar batalla. Allá fueron Hornos y Flores con 4.000 jinetes, pero al encontrarse sorpresivamente con el ejército federal se desbandaron inmediatamente a los cuatro vientos. La caballería porteña “despareció como el humo. Sin combatir” dirá el parte de batalla en palabras del propio Mitre. Se cumplía entonces la profecía de Hornos: “Si el general en jefe quiere ganarle a Urquiza a la europea, acabaremos disparando a la criolla” 

Mientras tanto Mitre, que ya se había decidido por la táctica francesa del “orden oblicuo”, formó sus tropas en el campo de Cepeda en esa formación defensiva: “ya verán esos gauchos ignorantes – habrá pensado el tísico – lo que es enfrentarse con una técnica “científica”. Atrás suyo puso la caballería que Hornos había alcanzado a salvar “disparando a la criolla”. 

Urquiza, que había avanzado apresuradamente sin esperar el parque de municiones atrasado, se encontró de pronto frente al “orden oblicuo” del ejercito porteño, sin poder atacarlo sin municiones. Se quedaron todo el día mirándose, desorientado tal vez Urquiza (como había previsto Mitre) ante la nueva táctica porteña, sin entender porque no aprovechaba Mitre la oportunidad. Es que Mitre, no podía atacar sin romper “el orden oblicuo”... “a Mitre no se le ocurre nada en el campo de batalla” diría D’Amico, oficial porteño. 

¡Victoria...Victoria!

Cuando a media tarde llegó el parque federal, Urquiza avanzó su ejército, pero en vez de hacerlo de frente, (tal vez en un gesto de caballerosidad, por no romperle las filas a Mitre) lo hizo por ambos flancos, rodeando al ejército porteño. Mitre, que vio el Campo despejado, desenvainó su espada y al grito de “¡Victoria, Victoria!” avanzó hacia donde suponía estaba el ejército federal. Pero no tenía en frente ni el ejército federal y ni siquiera molinos de viento con quien pelear, de manera que al llegar la noche, decidió acampar. Estaba completamente rodeado por los federales. 

Mitre no tenía idea de lo que había pasado: “recorriendo la línea la saludé vencedora en el campo de batalla” dirá, y entre vivas a Bs.As cantaron el Himno Nacional. Mientras tanto Urquiza, instalado en la propia carpa que Mitre dejó en Cepeda, y tal vez desorientado todavía por el “orden oblicuo”, se preguntaba que había hecho “el farsante general en jefe, cuya impericia se había puesto de manifiesto desde el primer momento” (Urquiza) 

La "heroica retirada"

Conesa y Adolfo Alsina, mostrándole al "tísico" los fogones federales, apenas logran convencerlo que estaban vencidos y completamente rodeados por una fuerza sumamente superior. 

En consejo de oficiales lograron convencerlo a Mitre de que al menos dejara escabullirse en la noche a Conesa con 2.000 infantes, que recorrieron las 16 leguas que los separaba de San Nicolás en solo 15 horas, menos de la mitad de las 36 horas que empleara Rondeau en su disparada de 1820. 

Mitre con su verborragia habitual la llamaría “la heroica retirada”. Algo de razón tenía: recorrer esa distancia a pie, de noche y a campo traviesa, vadeando arroyos y lodazales, arrastrando 10 cañones, y a un promedio de 5,3 km/h., era una verdadera proeza, digna de laureles en otro tipo de competencias.

Mitre, que todavía no se convencía de la derrota, o no quería convencerse, pidió "la lapicera de escribir partes de victoria" y le comunicó a Obligado, en San Nicolás, que a pesar de la “cobarde dispersión de la caballería" había “aniquilado al enemigo” y se retiraba “con la infantería y artillería en completo orden” (por supuesto no le decía nada de todo lo que había dejado atrás: todo el parque casi completo en el campo de Cepeda, incluido 5 cañones al vadear el arroyo del Medio) 

El siguiente desorientado fue Obligado, que totalmente confundido con los victoriosos partes adelantados por Mitre, lo esperaba como triunfador en San Nicolás con las fanfarrias, pero al ver llegar las maltratadas tropas y enterarse un poco más, se quedó “como pollo que lo cambian de patio”.

Decidieron entonces embarcar las tropas a Bs.As. y Mitre, aun no vuelto a la realidad, redactaba otro parte de batalla “No había conseguido un triunfo completo” pero lograba “salvar en el Campo de batalla el honor de nuestras armas y las legiones que el pueblo me confió en el día del peligro devolviendo a Buenos Aires todos sus hijos cubiertos de gloria” Nunca se supo a qué honor ni a que gloria se refería. Como para confiarle “los hijos en los días de peligro”!!! 

Lo que tampoco nunca se supo, es porque Urquiza no aprovechó la fácil ocasión de coparle totalmente todo el ejército, incluido a Mitre, y lo dejó escapar. Tal vez prefería que sigan los mitristas en Bs.As. antes que surja un federal que le hiciera sombra, o tal vez, prefería dejarlo escapar para vencer fácilmente en la próxima batalla al “farsante general en jefe” (soldado que huye sirve para otra batalla) 

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24 OCTUBRE DE 1813 - ACCIÓN DE TAMBO NUEVO

La Sorpresa de Tambo Nuevo, conocida como "Hazaña de los Tres Sargentos" fue una exitosa acción de caballería llevada a cabo por una partida de Dragones del Ejército del Norte entre el 23 y el 25 de octubre de 1813, en el curso de la Segunda expedición auxiliadora al Alto Perú durante la guerra de la Independencia argentina. Los jinetes incursionaron en primer lugar el cuartel general del coronel realista Saturnino Castro en Yocalla, para luego atacar el puesto avanzado de Tambo Nuevo.

Después de la derrota del general Manuel Belgrano en Vilcapugio, el 1 de octubre de 1813, el grueso del Ejército del Norte se retiró hacia el este, acampando tras varios días de marchas forzadas en Macha. Las pérdidas en hombres y material habían sido considerables, sobre todo en lo que hace a la artillería. No obstante, Belgrano comenzó a reforzar sus desmoralizadas y exhaustas tropas con el apoyo de patriotas locales que se sumaron a sus filas y le proveyeron vituallas.

Pese a su reciente victoria, la situación de los realistas distaba de ser mejor. El general Joaquin de la Pezuela había perdido más de 200 hombres en Vilcapugio, junto con un buen número de mulas y caballos, único medio de transporte viable en el terreno escarpado del altiplano. Una parte del ejército de Belgrano se retiró a la villa de Potosí, bajo el mando del general Eustoquio Díaz Vélez. A mediados de octubre, Potosí se hallaba asediada desde el norte por un escuadrón realista, comandado por el coronel Saturnino Castro, quien se había apoderado del pueblo de Yocalla. El camino entre las fuerzas de Díaz Vélez y las de Belgrano estaba controlado por el enemigo.

Lamadrid sabía que Castro, cuyos informantes locales lo tenían al tanto de los movimientos de su partida, había dispuesto que una compañía le preparase una emboscada en la posta de Tambo Nuevo, un puerto de montaña ubicado a unos 25 km al norte de Yocalla. En la noche del 24, La Madrid y sus hombres escalaron una cuesta detrás de la posta. A la cabeza iban tres soldados como exploración avanzada. Ellos fueron los primeros en llegar a la posición realista. Allí se toparon con un rancho de adobe donde pastaban 50 caballos, mientras que otro rancho estaba custodiado por un centinela. Entre los tres dominaron al custodio y penetraron en el edificio, donde sorprendieron a otros diez hombres durmiendo. Los once fueron tomados prisioneros, aunque más tarde uno de ellos -un sargento- logró escabullirse y dar la alarma. El resto de la sorprendida compañía, pensando que estaban siendo atacados por fuerzas superiores, permanecieron dentro de su refugio, a la vez que intercambiaban disparos con los atacantes.

En sus "Memorias", Gregorio Aráoz de Lamadrid lo relata de la siguiente forma: “Llega la hora señalada y se me presentan los bomberos (espías) con la noticia de haber dejado (los realistas) en Tambo Nuevo una compañía como de 40 a 50 infantes…. En el acto de recibir esta noticia mandé montar a caballo a mis 14 hombres, incluso el baqueano Reynaga, y… me dirigí a sorprender la compañía, pues ésta venía seguramente (como lo afirmaron después los prisioneros) a tomarme la espalda por la quebrada…. Emprendí mi marcha, en efecto, en esta dirección, mandando por delante a Gómez, Albarracín y Salazar, con los indios que acababan de llegar con la noticia, en clase de descubridores. Seguía mi marcha en este orden, con mi baqueano Reynaga a mi lado, y habían pasado ya algunas horas, cuando se me presenta Albarracín avisándome de parte de Mariano Gómez, que encabezaba la descubierta, que venía en marcha conduciendo prisionera a la guardia (realista). Gustosamente sorprendido con esta noticia pregunté… ¿Cómo han obrado ustedes ese prodigio? Continuando mi marcha, me refiere Albarracín que, al asomar los tres hombres el portezuelo de Tambo Nuevo, habiendo señalado el baqueano el rancho en que estaba colocada la guardia….. aproximándose Gómez al momento, le propuso a sus dos compañeros si se animaban a echarse con él sobre aquella guardia que dormía, y cuyos fusiles se descubrían arrimados a la pared con la luz de la lámpara: habiéndole contestado ellos que sí, se precipitan los tres con los dos indios que los guiaban, sobre la puerta del rancho, y que desmontado Gómez en la puerta con sable en mano, dio el grito de “ninguno se mueva”, a cuyo tiempo, abrazándose de los 11 fusiles que estaban arrimados, se los alcanzó a los dos indios; que enseguida hizo salir y formar afuera a los 11 hombres y los echó por delante, habiéndose colocado el exponente a la cabeza, Salazar al centro y Gómez ocupó la retaguardia, suponiéndose oficial y haciendo marchar a los dos indios con los fusiles por delante. Mientras Albarracín me informaba de todo esto, presentóseme Gómez con sus diez prisioneros (ocho soldados y dos cabos), diciéndome que el sargento que mandaba esta guardia, se le había escapado tirándose cerro abajo al descender por un desfiladero, y que no había querido perseguirlo por temor de exponerse a que pudiesen fugar los demás…”.

Al amanecer, La Madrid inició el regreso a Macha con los 10 prisioneros y las armas capturadas. Los tres soldados fueron ascendidos a sargentos por Belgrano, con el título honorífico de Sargentos de Tambo Nuevo.

La incursión tuvo el efecto inesperado de obligar a los realistas a levantar su asedio a Potosí. Castro, convencido de que su escuadrón estaba siendo acechado por una fuerza combinada de 200 soldados, decidió retirarse a Condo, cuartel general de Pezuela. Su retirada permitió a las tropas del general Díaz Vélez reunirse con el ejército de Belgrano en Macha. La caballería de La Madrid, una vez despejado el camino de enemigos, alcanzó el sitio donde había tenido lugar la Batalla de Vilcapugio, donde halló los cuerpos sin vida de varios camaradas, a los que dió cristiana sepultura. En ese lugar erigió dos picas, donde clavó las cabezas de los realistas ejecutados por Belgrano. Un cartel fue colocado en las picas con la leyenda por perjuros.

Fuentes: - Lamadrid, Gregorio Aráoz de. Memorias - La Gazeta Federal - Reproducido por: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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1826 - COMBATE DE "EL TALA"

Fue un combate ocurrido durante las guerras civiles , entre las tropas del caudillo riojano Juan Facundo Quiroga y el gobernador de Tucumán, Gregorio Aráoz de Lamadrid, el 27 de octubre de 1826, que se saldó con una victoria de Quiroga.

El coronel Lamadrid había sido enviado al norte argentino a reclutar tropas para la guerra del Brasil, pero aprovechó las primeras que reunió para deponer al gobernador tucumano Javier López y ocupar la gobernación de su provincia natal. Poco después tomó parte en una pequeña guerra civil local en la vecina provincia de Catamarca, asegurando el triunfo para el contendiente del partido unitario.

Poco antes, el conflicto interno había sido pacificado gracias a la intervención de Facundo Quiroga, que había salido de garante de un arreglo pacífico entre las partes; pero la intervención de Lamadrid violó ese arreglo, y Quiroga buscó recomponer el equilibrio, interviniendo en la guerra civil. Tras varias idas y venidas de ambos vecinos, Quiroga logró el triunfo para el candidato federal y, para evitar nuevas intromisiones, invadió Tucumán para derrotar al ejército de Lamadrid.

Por otro lado, el presidente Bernardino Rivadavia, que no era reconocido en todo el país ni mucho menos, encargó a Lamadrid deponer a los gobernadores que se negaban a reconocerlo,​ entre ellos los de Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero. Quiroga comprometió al gobernador de esta última, Juan Felipe Ibarra, pero éste sufrió una invasión desde Salta por el coronel Francisco Bedoya y 1.200 tucumanos y salteños, ​que le impidió participar, viendosé obligado a llevar a cabo una campaña de tierra arrasada que logró hacer retroceder al enemigo.

Apenas entrado Quiroga en la provincia de Tucumán, le salió al encuentro Lamadrid con sus tropas, en el paraje de El Tala. El encuentro pareció comenzar con una rápida victoria del tucumano, pero una veloz recuperación de Quiroga desorientó a los hombres de Lamadrid.​ Para empeorar las cosas, Lamadrid estaba enfermo de indigestión.

Lamadrid fue seriamente herido en la batalla, y sus hombres huyeron. Creyéndolo muerto, los soldados de Quiroga desnudaron el cuerpo del jefe enemigo, pero cuando el jefe riojano lo buscó para darle sepultura, no encontró el cadáver. Lamadrid logró esconderse y refugiarse en Tucumán algunas semanas más tarde, donde logró reasumir el gobierno para una revancha. Las heridas de Lamadrid quedaron como terribles cicatrices en su cara, y la pérdida de la mitad de una oreja, características que harían inconfundible la figura del jefe unitario en el futuro.

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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NOVIEMBRE

1867 - GUERRA DE LA TRIPLE INFAMIA CONTRA EL PARAGUAY - DERROTA DE TUYU-CUÉ

Ante las seguidillas de derrotas y desastres militares provocadas por la congénita impericia del “farsante general” (Así lo llamó Urquiza a Mitre, comentando la batalla de Cepeda: “el farsante general en jefe, cuya impericia se había puesto de manifiesto desde el primer momento”), los brasileros piden su reemplazo por Caxias. Se llegó a un acuerdo: la escuadra brasilera se manejaría por su cuenta, Caxias tendría a cargo la ofensiva, y Mitre estaría a cargo de la reserva y los depósitos de Tuyuty.

El 3 de Noviembre ocurre el ataque de Tuyú-Cué (también llamada segunda batalla de Tuyuty). 8.000 paraguayos acometen contra 50.000 aliados: 

"La batalla fue tremenda - escribe Blanco Fombona -, aunque los paraguayos eran menos de la sexta parte del enemigo, Mitre quedó en derrota. El campamento fue incendiado. Artillería, municiones de guerra y boca, mulas, tiendas, carros, todo cayó en poder de los paraguayos. Mitre perdió hasta su correspondencia. Aquella derrota y aquella carrera son indefendibles, pues de su inmenso ejército, atacado sólo por una legión de héroes, había tenido Mitre apenas 2.000 bajas" 

"El grumete" (llamó Carlos Saavedra Lamas a Mitre) se refugió en su antiguo campamento de Tuyuty. La operación había sido para apoderarse de las armas brasileñas puestas bajo la custodia de Mitre: los paraguayos se retiraron apenas cumplida y eso le permitiría a Mitre, acordándose de Pavón (1861), atribuirse la victoria. Pero "ya le fue imposible a Mitre, de todo punto imposible, seguir al frente del ejército - comenta Blanco Fombona -; nada podía sostener su autoridad".

“Aquella derrota y aquella carrera son indefendibles, pues de su inmenso ejército, atacado solo por una legión de héroes, había tenido Mitre dos mil bajas...ya le fue imposilbe a Mitre desde todo punto de vista, seguir al frente del ejército. Nada podía sostener su autoridad” (cit.por JMR t.VII.p.198)

En Enero de 1868 lo obligaron a volverse a Buenos Aires pretextando la muerte del vicepresidente Marcos Paz. Sería recibido en triunfo por sus partidarios, pues el diario La Nación Argentina batía palmas al descalabro de Tuyú-Cué y a su "héroe". Diría Mitre su acostumbrada frase heroica, como al llegar a Buenos Aires después de la disparada de Cepeda, exclamó impertérrito: "Aquí os traigo intactas vuestras legiones", y tras la corrida que le dio Calfulcurá en Sierra Chica, aseguraría que el "desierto es inconquistable". Ahora cubriría sus "laureles" de Tuyú-Cué con otra frase de circunstancias: "Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa campaña a recibir la merecida ovación que el pueblo les consagre, podrá el comercio ver inscriptas en sus banderas los grandes principios que los apóstoles del librecambio han proclamado para mayor gloria y felicidad de los hombres". 

Habíamos aniquilado - o contribuido a aniquilar - a un pueblo hermano, para enseñarle las ventajas que en economía política tiene el librecambio. Hacíamos una guerra aniquiladora para quitarle lo que ganaba una tejedora de ñanduty, y dárselo a las hilanderías de Manchester o Birmingham. (Gazeta Federal, L.Castagnino)

Para reproducir citar la fuente Pensamiento Discepoleano

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4 de Noviembre de 1831 - BATALLA DE LA CIUDADELA

El 10 de mayo de 1831, un certero tiro de bolas del soldado Ceballos, de las tropas santafecinas de Estanislao López, convierte en prisionero al general Paz. Los chasques cruzan las pampas con la rapidez del rayo llevando tan extraordinaria noticia. La táctica militar ha caído vencida por la habilidad gaucha. Rosas se impone de tan fausta nueva en Pavón, mientras vigila el adiestramiento de sus tropas; Facundo se entera en Mendoza. Los emigrados de Montevideo reciben la noticia con estupor; pero si bien se desalientan al principio, pronto se reaniman; les sobran generales valientes, pero no tenían uno solo con cabeza, que era lo que en grado eminente tenía Paz. Los hechos posteriores lo probarían.

Quiroga no se alegra de la prisión de Paz: lo priva del gusto del desquite de Tablada, ya que Oncativo no fue batalla, sino sorpresa con mucho de traición. Con todo, hay que terminar con el ejército unitario que está todavía con las armas en las manos en las provincias del norte. Comunica a Rosas y a López su decisión de ir a buscar a Lamadrid que has sucedido en el mando a Paz. El jefe unitario ha instalado sus cuarteles en Tucumán, y allá va el general Quiroga, que ha pacificado las provincias de Cuyo, Salta y Catamarca.

No lleva ahora la pequeña División con que salió para la campaña de Cuyo, sino un ejército de las tres armas con regimientos bien disciplinados como el de Auxiliares, Defensores de la Libertad y Los Andes. Lleva buena artillería, numerosa infantería y jefes prestigiosos como su primo don Pantaleón Argañaraz, don Faustino Beatriz Soria, don Manuel del Castillo, don Nazario Benavidez y don Martín Yanzón, además del coronel Ruiz Huidobro y el comandante don Prudencio Torres.

El general Lamadrid, en cambio, víctima de su carácter alocado y arbitrario sufre la deserción de sus mejores jefes, como Deheza, que aspiraba al mando supremo del ejército, de Pedernera y de su gran enemigo el ex gobernador don Javier López que defecciona en el primer combate. Tan alocado es Lamadrid que ha escrito a Facundo, el 21 de marzo de 1831 –estando a las órdenes de Paz- proponiéndole aliarse contra Estanislao López. Además, no puede entenderse con el general don Rudecindo Alvarado, verdadero jefe legal de las fuerzas unitarias. Y así, mientras el ejército de Lamadrid se disloca, Facundo avanza sobre Tucumán a marchas forzadas. Pero Alvarado y Lamadrid, cada cual por su lado, sin orden ni concierto, procuran evitar la lucha, apelando al recurso de escribir cartas proponiendo treguas y hasta la paz.

Inclinado siempre a la conciliación, el general Quiroga detiene su marcha. Las negociaciones se entablan seriamente con el general Alvarado, y en principio tienen éxito. Facundo envía al campamento del jefe unitario de los Barrialitos a su agente Latorre. Y así se firma. El 19 de setiembre de 1831, un armisticio por 15 días.

Ya la concordia tan anhelada parece un hecho. Facundo escribe sobre tan feliz suceso a Estanislao López y a Rosas, congratulándose de lo que él califica de triunfo. Pero cuando más entusiasmado está Facundo con el acontecimiento, llega hasta él un chasque de La Rioja anunciándole que el general Acha –el que con el comandante Escribano el año 1828 entregaron a Lavalle el coronel Dorrego- había invadido aquella provincia en son de guerra. Quiroga, Ibarra y López protestan ante Alvarado, quien ignora, en realidad lo que ocurre. Pocos días después, Quiroga recibe otro chasque anunciándole que Acha ha tomado prisionero al capitán Juan de Dios Melián, ayudante de Facundo, y lo ha fusilado sin forma alguna de proceso. Luego se completa la información, con Melián han sido fusilados los ocho soldados que lo acompañaban.

Facundo no tiene más contemplaciones, ni quiere tener ningún trato con los unitarios. A sangre y fuego hay que tratarlos, y la guerra ya nomás, debe ser sin cuartel. Todo ataque ha de iniciarse con el toque de “a degüello”. ¿Quieren rigor? Lo tendrán.

En la madrugada inicia la marcha al frente de su ejército de 4.000 hombres bien armados y mejor disciplinados. En cuanto al general Acha, el entregador Acha, el traidor Acha y el asesino Acha, como con tal repetición lo nombra, en cuanto se lo tome habrá que pasarlo por las armas.

Lamadrid espera a Facundo en la Ciudadela, en las puertas de la ciudad de Tucumán. El 4 de noviembre se avistan los dos ejércitos. Algunas partidas se tirotean. El valiente capitán Soria persigue a una partida de Lamadrid, ésta se “pierde” en un monte de arbustos; Soria detiene la persecución. Llamado frente a Facundo se explica: paró porque no pudo penetrar entre los árboles. ¿Y cómo pudo penetrar la partida perseguida? “Comandante Argañaraz: fusile a este capitán delante de la tropa”. El rigor no se debe emplear solamente con los enemigos.

Formada la tropa en orden de batalla, Facundo lanza su proclama: Soldados, no hay otro punto de reunión que el campo de batalla. Allí nos debemos encontrar todos ¡todos! De pie o caídos, vencedores o muertos.

Momentos después la artillería de Lamadrid dirigida por el notable artillero Arengreen, comienza a vomitar fuego. En ambos campos redoblan los tambores, hiende el aire las notas de los clarines tocando “al ataque” y “a degüello”, y ocho mil hombres armados se ponen en movimiento. Las alas de caballería, de uno y otro bando, respingan, se abren, y los cascos golpean furiosamente la tierra como si las castigaran. El comandante Angel Vicente Peñaloza, seguido de sus gauchos, repite sus hazañas de enlazar a todo galope los cañones enemigos y llevarlos a la rastra hasta su campo, lo que obliga a Arengreen a poner guardias de infantería en cada batería. Facundo y Lamadrid son dos titanes, imposibles de aventajar en valor, ganando la delantera a sus propios escuadrones, con lanza el uno y sable el otro, y abriendo claros terribles a su alrededor. El valiente y temerario Pantaleón Argañaraz se une con Prudencio Torres y acometen hasta junto mismo a Lamadrid, que ya tiene tres heridas graves. El coronel Ruiz Huidobro, ya no es el elegante oficial de pañuelo perfumado y manos pulidas, sino que es un terrible sableador, aventajando a todos los de su División en el peligro.

Aleccionado por lo que había ocurrido en La Tablada, Facundo no sólo llevó numerosa infantería, sino que antes de iniciarse el combate, se dirigió con un trompa de órdenes hacia el campo enemigo, y ya en su peligrosa aproximación, inspeccionó directamente la formación de Lamadrid. Cuando las balas picaban las patas mismas de su caballo, volvió grupas y dirigió los regimientos con exacta precisión hasta los puntos vitales del enemigo. A las dos horas de combatir, el ejército de Lamadrid perdió toda formación y comenzó a desbandarse. Sólo su jefe, rodeado de un fuerte escuadrón de caballería quedó haciendo frente en un costado del campo de batalla, mientras en su retaguardia, Barcala procuraba hacer pie firme con sus infantes. Todo fue inútil: la derrota lo destruyó todo.

Del encarnizamiento de la lucha daba muestras la gran cantidad de muertos y heridos. En algunos lugares del campo los cadáveres están encimados, entreverados los de los dos bandos. Los heridos dejan oír sus ayes, mientras unos se arrastran en busca de agua, de alivio, de una mano piadosa que los socorra. Allá, a lo lejos, se oyen aún tiroteos de partidas que no se entregan, galopes de caballos de jinetes que huyen, clarines que suenan con toques de victoria y redobles de tambores que dan desahogo al “tamborero”.

Facundo da las últimas órdenes para que se ponga todo en regla: se atienda a los heridos, improvisándose en carretas, tiendas, y en algunos ranchos, en la forma usual, entonces, se recogen las armas y se atiende la necesidad de la tropa. Al día siguiente Facundo se dirige a la ciudad, donde tiene muchos amigos, por sus vinculaciones comerciales y por haber concurrido allí numerosas veces.

Apenas llega a la ciudad y aún no ha podido descansar de las fatigas del viaje que ha hecho desde Mendoza a Tucumán, y de las de la batalla, cuando se le presenta el coronel Ruiz Huidobro, muy acicalado, perfumado y de elegante uniforme, acompañado de una dama. Es la señora esposa del general Lamadrid, portadora de una carta de su esposo para Facundo. La señora toma asiento en un sofá y Facundo de pie, lee la carta: “Excmo. Señor general don Juan Facundo Quiroga. General: No habiendo tenido en mi vida otro interés que el de servir a mi patria, hice por ella cuanto juzgué conveniente a su salvación y a mi honor hasta la una de la tarde del día 4, que la cobardía de mi caballería y el arrojo de Vd. destruyeron la brillante infantería que estaba a mis órdenes. Desde ese momento en que Vd. quedó dueño del campo y de la suerte de la República como de mi familia, envainé mi espada para no sacarla más en esta desastroza guerra civil, pues todo esfuerzo en adelante sería más que temerario, criminal. En esta firme resolución me retiro del territorio de la República, íntimamente persuadido de que la generosidad de un guerrero valiente como es Vd. sabrá dispensar todas las consideraciones que se merece la familia de un soldado que nada ha reservado en servicio de su patria y que le ha dado algunas glorias. He sabido que mi señora fue conducida al Cabildo en la mañana del 5 y separada de mis hijos, pero no puedo persuadirme de que su magnitud lo consienta, no habiéndose extendido jamás la guerra, por nuestra parte, a las familias. Recuerde Vd. general, que a mi entrada en San Juan yo no tomé providencia alguna contra su señora. Ruego a Vd. general, no quiera marchitar las glorias de que está Vd. cubierto conservando en prisión a una señora digna de compasión y que se servirá Vd. concederle el pasaporte para que marche a mi alcance, etc.”

Facundo se ha puesto sumamente serio. Explica a la señora de Lamadrid que su detención, hechas con todas las consideraciones debidas a una señora, obedece al solo fin de preguntarle si sabe algo de los dineros que su esposo ha extraído de los tapados de Facundo, de La Rioja, pero que ella es completamente ajena a los hechos de su esposo.

Inmediatamente Facundo extiende un salvoconducto para la señora de Lamadrid. Luego dicta a su secretario la siguiente carta en respuesta de la que ha recibido: “Señor General don Gregorio Aráoz de Lamadrid. Tucumán, 24 de noviembre de 1831. General: Desde que oí resonar su nombre por mil acciones heroicas que Vd. hizo contra los enemigos de nuestra independencia, me mereció el aprecio más distinguido, y ésta ha sido la causa o fundamento principal para que viniéramos a ser los más mortales enemigos, de lo cual voy a hacer a Vd. una exacta explicación. Cuando en julio de 1826 fui invitado por los muy malos y bajos Bustos e Ibarra para derribar al déspota Presidente don Bernardino Rivadavia, los desprecié, porque no los consideré capaces de hacer oposición con provecho al poder del Presidente, pero habiéndome asegurado el edecán del finado Bustos, coronel don Manuel Castillo (que fue uno de los enviados) que Vd. estaba de acuerdo en este negocio, y que era más interesado en él, no trepidé un momento en decidirme a arrostrar todo compromiso contando únicamente con su espada para esperar un desenlace feliz. Pero ¡cuán terrible fue mi chasco cuando vi que los partidos de La Rioja, Córdoba y Santiago del Estero que depusieron al gobernador de Catamarca don Manuel Antonio Gutiérrez, fueron repelidos por las fuerzas que Vd. mandó bajo las órdenes de su primo don José Ignacio Helguero!.

Desde entonces ya conocí que era Vd. demasiado injusto y que procedía como un malvado, poniéndose de parte del Presidente para atacar a los pueblos que no querían reconocer su autoridad, cuando yo fui el más interesado en no atacarle, como se nos ordenaba por la circular del gobierno del General Las Heras creyendo que Vd. se uniría a nosotros para encabezar la oposición contra el gobierno de Buenos Aires”.

Me viene Vd. ahora recomendando a su familia, como si yo necesitase de sus recomendaciones para haberla considerado como lo he hecho; agregando en dicha su carta, las consideraciones que dice prestó a la mía en San Juan, así como a mi señora madre en Los Llanos, pero sin acordarse de la pesada cadena que hizo arrastrar a dicha mi anciana madre en La Rioja, ni de que mi familia fue desterrada a Coquimbo o Copiapó por sólo libertarla de los tormentos que Vd. le preparaba en La Rioja, para cuyo solo efecto la había reclamado del gobierno de San Juan, quien por solo salvarla de las tropelías que Vd. le preparaba, se vio precisado a alejarla”.

General, hay algo más. Hallándose una noche en Buenos Aires varios generales reunidos, y entre ellos Juan Manuel de Rosas, en casa de don Braulio Costa, en la cual yo paraba, uno de ellos dijo que Vd. no había prestado jamás un servicio a la patria, y no pudiendo mi alma sufrir tal injusticia, les dije: ¿Cuál de Vds. fue el terror y espanto (en Bolivia) de los enemigos de nuestra independencia? ¿No fue el mismo que dicen Vds. no haber prestado un servicio a la patria? Dígase que ahora anda errante, que ha abrazado mala causa y que obra como el mayor de los malvados, pero no se le niegue que prestó servicios muy importantes en la guerra de nuestra independencia, ¡como ninguno de Vds. lo ha hecho! ¡Todos callaron y ninguno halló que contestarme”.

Pero aún hay algo más: cuando a consecuencia de la revolución de Brizuela en Los Llanos, cuando Vd. se marchaba para Córdoba, fue agarrado el pérfido descubridor de mis tapados, Carvallo, le encontraron en el bolsillo una esquela de Vd. en que le decía: “No me de Vd. cuenta del monto del último tapado sin antes haberme separado de doscientas a trescientas onzas, pues, yo de pura delicadeza no he tomado un solo peso de los dos anteriores, porque al fin esta cantidad que mando reservar ha de servir para todo cuanto se ofrezca, como sirve siempre cuando yo tengo para dar a los servidores de la patria”. Dicha su esquela no faltó entre mis jefes quien quisiera dar a la prensa en San Juan, y no quise yo permitirlo, a pesar de no haber entregado Vd. sino cuarenta y tantos mil pesos de los noventa y tres mil que se me extrajeron de Los Llanos; de que infiero que Vd. “por pura delicadeza” se sorbió la mayor parte….. ¡Bien que también estoy persuadido que los confidentes que Vd. tuvo se quedaron con la mayor parte por la ninguna precaución que Vd. tuvo en ese negocio.

Su familia, sin embargo, ha sido despachada a reunirse con Vd., por haberlo ella solicitado, desdeñando los ofrecimientos que le hice.

¡Adiós, General, hasta que nos podamos juntar para que uno de los dos desaparezca, porque esta es la resolución inalterable de su enemigo. Juan Facundo Quiroga”.

Carta serena y altiva al mismo tiempo, expresión varonil e hidalga de Facundo. Allá el sableador famoso quedaría, rumbo a Chile, repitiendo estos conceptos y esta acusación del caudillo riojano. Más tarde en cartas a Facundo, él tratará de justificarse y negar los cargos, pero los testigos son muchos en su contra, y nunca en su vida volverá a mentar el asunto. Representante del llamado partido de la ilustración y de la civilización, se ha portado como un vándalo en la provincia conquistada, y ahora, sobre derrotado en el campo de batalla, debe esconder el rubor de su felonía echada en cara por el que ellos tildan de representante de la barbarie. (Fuente: Revisionistas <la otra historia de los argentinos>)

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BATALLA DE SUIPACHA - 7 DE NOVIEMBRE DE 1810

La batalla de Suipacha fue un enfrentamiento ocurrido el 7 de noviembre de 1810 entre las fuerzas del Ejército del Norte enviadas por la Primera Junta de gobierno de Buenos Aires durante la primera expedición auxiliadora al Alto Perú y las fuerzas realistas españolas. Fue el primer triunfo de los ejércitos argentinos en la guerra de independencia.

La batalla se produjo a 25 km de Tupiza, en la población de Suipacha, a orillas del río homónimo en la provincia Sud Chichas del Departamento de Potosí en la actual Bolivia, entonces Intendencia de Potosí.
Después del desfavorable combate de Cotagaita ocurrido el 27 de octubre, las fuerzas revolucionarias se vieron obligadas a retirarse en dirección a Tupiza sin ser perseguidas por los realistas. El 5 de noviembre las fuerzas realistas comenzaron la marcha hacia Tupiza, luego de recibir a Nieto con 100 veteranos de los Granaderos Provinciales de La Plata provenientes de Chuquisaca y a Basagoytía con 350 hombres de las milicias de Puno y de Arequipa, por lo que al día siguiente Balcarce desalojó ese pueblo, que fue ocupado al día siguiente por 1.200 realistas, y se situó en Nazareno el 6 de noviembre, ubicado sobre el río Suipacha frente a la población de Suipacha, en donde recibió por la noche un refuerzo de 200 hombres provenientes de Jujuy con dos piezas de artillería, junto con municiones y la paga de las tropas. Córdoba había recibido informes falsos sobre la moral combativa de las fuerzas de González Balcarce, convenciéndose de que marchaban descontentos y mal armados y por lo tanto sería relativamente fácil dispersarlos, tampoco se había enterado de la llegada de refuerzos con municiones y cañones.

El Ejército del Norte tenía inferioridad numérica, 800 realistas con 4 cañones contra 600 patriotas con 2 cañones. Formaban parte del ejército realista de observación los veteranos del Real Borbón y del Cuerpo de Voluntarios del Rey, éste al mando del capitán José Fernando de Fontaneda, que habían partido de Buenos Aires en 1809 para reprimir las sublevaciones del Alto Perú y que luego formaron el Batallón Fernando VII.

Cuando el 7 de noviembre la vanguardia realista tomó contacto visual con las tropas de Balcarce, éste había ocultado gran parte de su infantería y artillería entre los cerros y quebradas vecinas.

Situados frente a frente sin atacarse hasta las 3 de la tarde, González Balcarce se impacientó e ideó un plan para forzar a Córdoba a atacarlo, para eso hizo adelantar 200 hombres sobre la playa del río y con dos cañones abrió fuego, lo que dio inicio al enfrentamiento cuando Córdoba destacó algunas fuerzas de guerrilla. González Balcarce desplegó más tropas y Córdoba envió batallones para reforzar a sus guerrillas abandonando sus posiciones seguras. González Balcarce ordenó simular una retirada en aparente desorden, haciendo caer en la trampa a Córdoba, quien dio la orden de perseguirlos con todas sus tropas hasta las proximidades de la quebrada de Choroya. Allí las fuerzas de González Balcarce que en apariencia huían, giraron para enfrentarlos, mientras las tropas de infantería y la artillería que estaban ocultas entre los cerros aparecieron bruscamente, emboscando a los realistas, quienes se dieron a la fuga arrojando banderas, armas y municiones, siendo perseguidos por tres leguas.

La batalla duró media hora y concluyó con una fácil victoria para los revolucionarios ya que los realistas abandonaron el campo de batalla en fuga, dejando la artillería. Fueron tomados 150 prisioneros realistas. La aparición de indígenas para observar la batalla desde los cerros hizo pensar a Nieto que se trataban de fuerzas de refuerzo y se precipitó en fuga sin esperar el resultado de la batalla.

En la batalla, junto con las tropas provenientes de Buenos Aires (275 combatientes), participaron, salteños, jujeños, oranenses, tarijeños, cinteños y la Caballeria chicheña de Tupiza, comandada por el coronel Pedro Arraya. Martín Miguel de Güemes, quien estaba al frente de los salteños fue posteriormente a la batalla (ya en Potosí) despojado de su rango militar por desavenencias con Castelli y devuelto a Salta, mientras que sus tropas fueron incorporadas al Ejército del Norte. Las evidencias históricas señalan a Güemes como el ejecutante de las acciones de Suipacha, sin embargo Castelli no lo menciona en el parte de batalla.
El ejército realista que luchó en Suipacha sufrió una completa derrota, perdió sus 4 cañones, sus tiendas de campaña, armas, municiones, 10.000 pesos en plata, víveres y se desintegró por completo.

El triunfo de Suipacha tuvo un fuerte efecto moral, los jefes realistas del Alto Perú perdieron todo su prestigio, que se vio reflejado en el pronunciamiento de las ciudades de Potosí el 10 de noviembre apresando a su gobernador Paula Sanz, Chuquisaca, La Paz y Cochabamba (en donde Esteban Arze consiguió el triunfo de Aroma el 14 de noviembre) en favor de la Junta de Buenos Aires, ciudad en donde produjo una euforia generalizada.

En el momento de la batalla Juan José Castelli se hallaba en Yavi, desde donde el 8 de noviembre informó a la Junta sobre la victoria, redactando dos días después en Tupiza el parte completo, llevado a Buenos Aires por el mayor de patricios Roque Tollo.

“Exmo Señor.
Son las dos de la mañana, y media hora hace, que llegan dos ayudantes del ejército, Rojas y Saravia, con el capitán Tollo, dándome de orden del mayor general Balcarce, el parte del resultado feliz para nuestras armas del ataque, que dieron los enemigos sobre la retirada de los nuestros de Tupiza a Suipacha, donde se fijaba el cuartel general, con cuatro piezas de artillería, habiéndose destacado una fuerza de más de mil hombres, al mando de don José Córdoba. Se alistaron ayer a las tres de la tarde, y nuestra gente les esperó gallardamente, operó la artillería mandada por Villanueva y Giles, que acababan de llegar con las piezas, municiones, caudal para pago de la gente, y tres divisiones que venían a mi vanguardia; obró la mosquetería y cargó la caballería, poniendo en fuga vergonzosa el resto de las que no quedaron tendidas en los cerros. Han perdido toda la artillería y municiones, banderas, armamentos, mulas, monturas, mochilas y demás, pidiendo clemencia, que mandé no se les diese. Siguen los nuestros la derrota hasta alcanzar los montados, y entre ellos el general Córdoba; y es probable que reforzado Balcarse siga hasta Cotagaita a atacar, y tomar los de la reserva, y franquear el paso para Potosí. Luego que tenga más circunstanciadas noticias reiteraré mi parte para satisfacción de vuestra excelencia bastando decirle, que tengo en mi poder parte de los despojos del atolondrado ejército de los rebeldes, que sus banderas están en presa, que no contamos más que un oficial y seis heridos nuestros, y que no se sabe de nuestra tropa entrando las de Tarija, cual es la que mejor se ha portado.
Circulo estos avisos a las ciudades por medio de sus jefes, para que celebren los triunfos de la patria y glorias de la lealtad.
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Yavi 8 de noviembre a las dos de la mañana de 1810.
Excelentísimo señor doctor Juan José Castelli.
Excelentísima Junta Gubernativa de estas provincias.”
Una de las dos banderas tomadas fue enviada a Buenos Aires con una nota de Castelli que decía:
“A fin de que V. E. la destine a la sala del rey D. Fernando, con las que adornan su retrato”

La Junta autorizó a todos los comandantes victoriosos en Suipacha, a llevar en el brazo derecho un distintivo con la inscripción:
“La patria a los vencedores de Tupiza”

Cumpliendo órdenes de Buenos Aires y como castigo por la represión de 1809 en las rebeliones de Chuquisaca y La Paz, los jefes realistas José de Córdoba, Vicente Nieto y Francisco de Paula Sanz fueron capturados en Potosí y ejecutados. A González Balcarce le valió los galones de brigadier y la confianza para avanzar hacia el río Desaguadero, límite del virreinato en la época colonial.

Una calle del centro de Buenos Aires recuerda la batalla.

La Gazeta Federal - Reproducido por:pensamiento discepoleano

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14 DE NOVIEMBRE DE 1813 - BATALLA DE AYOHUMA

Derrota de Belgrano ante el general español Pezuela, quien lo atacó por sorpresa. Apenas un mes y medio atrás había utilizado una táctica parecida en Vilcapugio, también con éxito. Pese al heroísmo desplegado por los patriotas, el triunfo español fue absoluto. Belgrano tuvo 500 muertos y heridos, y otros tantos prisioneros, además de perder todo el armamento y equipos. El mismo Belgrano escribiría sobre la superioridad técnica del general español.

La poderosa artillería del enemigo fue decisiva.  Los realistas, que tuvieron 500 bajas en la acción, no persiguieron al ejército patriota por el desgaste físico producido en el combate.

El General Belgrano se retiró hasta Tucumán, en donde el 30 de enero de 1814 entregó el mando del ejército al Coronel San Martín, que renunció en abril por razones de salud y fue reemplazado en julio por el Coronel Rondeau. San Martín concibió allí la idea de su Plan Continental.

La victoria de Tucumán salvó la Revolución y la de Salta afianzó la situación militar y política. Las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma anularon esas ventajas e impidieron también alcanzar los objetivos propuestos para esta campaña.

Durante el combate de Ayohuma, una mujer negra, llamada María y sus dos hijas, que acompañaban al ejército patriota argentino asistieron a los heridos en medio del combate. A estas mujeres se las recuerda con el nombre de “Las Niñas de Ayohuma”.

Una Niña de Ayohuma mendigando en Buenos Aires

Deambulando por la Plaza de la Victoria, o en los atrios de San Francisco, San Ignacio o Santo Domingo, podía verse en 1827 a una anciana mendiga, de tez morena; al pasar a su lado, se la oía pedir limosna con voz cascada y débil. Se alimentaba con los restos de comida y el pan que le daban en los conventos.  Llamábase esta mendiga María Remedios del Valle.

Cierto día acertó a pasar a su lado el general Juan José Viamonte. Este, después de mirarla detenidamente, le preguntó su nombre. Al oírlo se volvió a sus acompañantes: “Esta es ‘La Capitana’, dijo, ‘La Madre de la Patria’, la misma que nos acompañó al Alto Perú. Se trata de una verdadera heroína”. Y cuántas veces la anciana había golpeado a la puerta de la casa del general pidiendo verlo, para ser sistemáticamente despedida por los criados!

Viamonte no la olvidó. Cuando fue elegido diputado a la Sala de Representantes presentó ante ésta, el 25 de setiembre de 1827, una solicitud de pensión por los servicios prestados en la guerra de la Independencia”. La Comisión de Peticiones recomendó a la Sala se aprobara el siguiente proyecto de decreto: “Por ahora y desde esta fecha la suplicante gozará del sueldo de Capitán de Infantería, y devuélvase el expediente para que ocurriendo al P. E. tenga esta resolución su debido cumplimiento”. Pero la presidencia de la sala pospuso la consideración del proyecto a la de otros asuntos que parecían más urgentes.

El 18 de febrero de 1828, Viamonte consiguió que se llevara el proyecto a la consideración de la Legislatura. Leída que fue la solicitud, algunos diputados pidieron mayores informes y, además, alegaron que la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires no tenía facultad para otorgar recompensas por servicios prestados a la Nación.

Entonces se levantó el general Viamonte y expresó: “Yo no hubiera tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiese visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en el Alto Perú y la reconozco ahora aquí, cuando vive pidiendo limosna… Esta mujer es realmente una benemérita. Ha seguido al ejército de la Patria desde el año 1810, y no hay acción en el Perú en la que no se haya encontrado. Es bien digna de ser atendida porque presenta su cuerpo lleno de heridas de bala, y lleno también de las cicatrices por los azotes recibidos de los enemigos, y no se debe permitir que deba mendigar como lo hace”.

La Sala se conmovió ante la declaración de Viamonte, y otro diputado se alzó exclamando: “¡Esa infeliz mujer es una heroína! Y si no fuera por su condición de humilde se habría hecho célebre en todo el mundo”. Por su parte, el representante García Valdéz refutó la objeción sobre las atribuciones afirmando que la Provincia pasaría por cruel e insensible si esperaba a que la Nación se organizase para premiar esos servicios.

Entonces tomó la palabra el doctor Tomás de Anchorena, quien había sido secretario del general Belgrano en la campaña del Alto Perú. “Esta mujer –expresó- participaba en todas las acciones con tal valentía que era la admiración del general, de los oficiales y de toda la tropa. Era la única persona de su sexo a quien el riguroso Belgrano permitía seguir la campaña del ejército, cuando eran tantas las que lo intentaban. Ella era el paño de lágrimas, sin el menor interés, de jefes y oficiales. Todos la elogiaban por su caridad, por los cuidados que prodigaba a los heridos y mutilados, y por su voluntad esforzada de atender a todos los que sufrían. Su misma humildad es lo que más la recomienda”.

La Sala resolvió reconocerle el sueldo correspondiente al grado de Capitán de Infantería, a abonársele desde la fecha en que inició su solicitud ante el Gobierno. Asimismo, dispuso nombrar una comisión que redactase y publicase una biografía de “La Capitana” y diseñase los planos y estableciese el presupuesto de un monumento que habría de erigírsele.

Pero María nunca cobró un centavo, ni tuvo biografía ni monumento. El expediente que contiene el decreto aprobado por unanimidad quedó sepultado en alguna pila de papeles y nunca fue despachado. La heroína siguió mendigando y murió en la miseria.

Al menos una Niña de Ayohuma tiene nombre: María Remedios del Valle y un rango figurativo: La Capitana. Pero, cruel destino, fue una mendiga más en el Buenos Aires que ajeno a su entrega, le dio la espalda. Sea este recuerdo una flor para su memoria. (Fuente: Revisionistas.com.ar)

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20 DE NOVIEMBRE DE 1845 - BATALLA "VUELTA DE OBLIGADO" - DÍA DE LA SOBERANÍA NACIONAL

"En marzo de 1845, cuando Urquiza derrota a Rivera en India Muerta, el triunfo federal parece definitivo, por lo cual las grandes potencias deciden intervenir; bloquean el puerto de Buenos Aires en septiembre e ingresan por el río Paraná, en noviembre de ese año violando nuestra soberanía.
Sin atemorizarse, aunque se trata de las dos escuadras más fuertes del mundo, Rosas dispone la defensa. Para ello, cruza el río con cadenas y hunde embarcaciones en su lecho de modo tal que los barcos extranjeros se encuentren trabados en su avance, para descargarle, con baterías instaladas en la costa, todo el poder de fuego de que se disponga. "Gaucho ladino ese Rosas / ponerle al río cadenas" escribirá el historiador y poeta Fermín Chávez.

(...) la Vuelta de Obligado, episodio que durante largos años fue olvidado en los colegios. Allí pelearon, entre otros, Mansilla, el padre del escritor; Quiroga, el hijo de Facundo; Thorne, que quedó sordo por el estallido de una granada y también Alzogaray, antepasado de quien fuera el economista liberal y político de la derecha, el ingeniero Álvaro Alsogaray. "La Vuelta" fue una derrota, pues los invasores lograron pasar, después de quebrar las cadenas y desembarcar con fuerzas muy superiores a las criollas, pero fue ejemplo de heroísmo en defensa de la soberanía. (...) Pero si bien lograron pasar, se encontraron con nuevos ataques en San Lorenzo y Tonelero, por lo cual finalmente debieron regresar sin cumplir su objetivo mercantil. San Martín, en una nueva carta a Rosas, condena la intervención: 'injustísima agresión y abuso de la fuerza que en el día emplean Francia y la Inglaterra contra nuestro país'." (Extracto del Tomo I de Historia Argentina de Norberto Galasso, Editorial Colihue, página 321)

El Dr. Sabino O´Donnell, a quienes algunos consideran nuestro primer cronista de guerra, deja un valioso testimonio sobre el combate:
“Hoy he visto lo que es un valiente. Empezó el fuego a las 9 y media y duró hasta las 5 y media de la tarde en las baterías, y continúa ahora entre el monte de Obligado el fuego de fusil (son las 11 de la noche). Mi tío ha permanecido entre los merlones de las baterías y entre las lluvias de balas y la metralla de 120 cañones enemigos.
Desmontada ya nuestra artillería, apagados completamente sus fuegos, el enemigo hizo señas de desembarcar; entonces mi tío se puso personalmente al frente de la infantería y marchaba a impedir el desembarco, cuando cayó herido por el golpe de metralla; sin embargo se disputó el terreno con honor, y se salvó toda la artillería volante.
Nuestra pérdida puede aproximarse a trescientos valientes entre muertos, heridos y contusos; la del enemigo puede decirse que es doblemente mayor; han echado al agua montones de cadáveres (...)
Esta es una batalla muy gloriosa para nuestro país. Nos hemos defendido con bizarría y heroicidad” (La Gazeta Federal)

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CRISTINA INAUGURA UN MONUMENTO EN EL LUGAR DE LA BATALLA REIVINDICANDO "EL DÍA DE LA SOBERANÍA NACIONAL" DECRETANDO UN NUEVO FERIADO

En 2010, en un marco imponente, con buques de la Armada y la Prefectura en el río y gran cantidad de gente, Cristina Fernández de Kirchner inauguró en San Pedro el monumento a los caídos en la batalla de la Vuelta de Obligado reivindicando la gesta que la historia mitrista intentó quitarle la trascendencia que tuvo y formalizó la conmemoración del Día de la Soberanía como un nuevo feriado nacional.
Celebrar el Día de la Soberanía es "cumplir con una deuda histórica porque se ocultaron deliberadamente durante dos siglos luchas contra otros colonialismos que aún subsisten, por ejemplo en las Malvinas", aseguró la Presidenta luego de descubrir el Monumento.

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21 DE NOVIEMBRE DE 1816 – BATALLA DE “EL PARÍ” (Santa Cruz de la Sierra – Alto Perú)

La Batalla de El Parí que sucedió el 21 de noviembre de 1816, es considerada, en relación al número de sobrevivientes, como la batalla más sangrienta de toda la Guerra de Independencia Hispanoamericana y de América en general, ya que de aproximadamente tres mil combatientes, sólo doscientos hombres sobrevivieron en el ejército realista y unos trescientos cincuenta de las fuerzas patriotas, después de siete horas de cruento combate.

El general Joaquín de la Pezuela —que había tomado Cochabamba en diciembre de 1815, después de la batalla de Viluma— dispuso que el coronel Francisco Javier Aguilera se dirigiera a Santa Cruz, diseñando personalmente todo un plan de invasión, a la vez que le asignaba recursos especiales e instrucciones precisas, según cuenta en sus memorias:
“Me hacían conocer que mientras los rebeldes poseyesen a Vallegrande y las provincias de Santa Cruz, era muy expuesta la conservación de las demás y sus respectivas guarniciones.” Pezuela

Aguilera partió el 6 de diciembre de 1815, pero ya en Vallegrande recibió instrucciones de enfrentar al líder guerrillero Manuel Ascensio Padilla, a quien venció y mató en setiembre de 1816. Retornó y luego de vencer los obstáculos que se le puso en Vallegrande, salió con sus disciplinadas y veteranas tropas hacia Santa Cruz de la Sierra.

Warnes necesitó entonces avivar más el patriotismo, recurrió entonces a un expediente que había de darle los mejores resultados. En discursos pronunciados en las calles y proclamas que mando distribuir profusamente, hizo ver al pueblo que se acercaba una invasión de tropas realistas procedentes del occidente, a quienes titulaba de naturales enemigos, y de que era llegado el momento de defender la propia tierra a costa de cualquier sacrificio (Sanabria). Meses antes había recibido copia del Acta de Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, firmada el 9 de julio en Tucumán, enviada a Santa Cruz por el general Manuel Belgrano.

FUERZAS ENEMIGAS

Según fuentes antiguas, componían las veteranas fuerzas de Aguilera un total de 1600 hombres. Gran parte de ellas habían peleado contra los ejércitos de Napoleón y venían de derrotar al caudillo Padilla en El Villar. El Batallón Fernando VII, de 500 plazas; otros 500 infantes del Talaveras, formado de presidiarios españoles y gente forajida; dos escuadrones cochabambinos de caballería que sumaban 500 jinetes, y dos piezas de artillería con 50 soldados cada una. Las investigaciones actualizadas modifican el número de jinetes y agregan 200 auxiliares en la infantería, manteniendo el número total de 1.600 hombres.

El Ejército Patriota se componía de poco más de 1200 hombres distribuidos en las tres armas: la caballería al mando del coronel Mercado, la infantería al mando del comandante Saturnino Salazar y el comandante Rocha dirigía la artillería. En la infantería destacan los batallones Pardos Libres y Voluntarios de Santa Cruz, y una parte de la fusilería estaba integrada por unos 300 jóvenes criollos de lo más selecto de la juventud cruceña.

Como se peleaba en las puertas de la ciudad, tanto el heroísmo como la carnicería eran inminentes; la ciudad ya había experimentado antes el ingreso intermitente del ejército realista, acompañado de saqueos y fusilamientos. Por ambas razones había que exterminar al enemigo a costa de cualquier sacrificio. Los cruceños no sólo lucharían por la Libertad de la Patria Grande en términos ideológicos, sino por la Patria claramente visible y amada, que estaba a pocos metros de las arenas del Pari, en sus hogares. Se peleaba, pues, para no dejar a sus familias en manos de los invasores extranjeros y forajidos, que llegaron bajo la bandera española.

Ambos ejércitos, victoriosos en anteriores batallas y con jefes de gran talla, tenían sus ventajas: la diferencia numérica y experiencia “profesional” eran favorables a los realistas, mientras que la caballería y la “preciosa artillería” daban ventaja a los patriotas. También pesaban el respaldo de la corona de un lado y el respaldo de la ciudad y su Cabildo del otro. 

LA BATALLA

Después de las acciones previas de aproximación, el despliegue de ambos ejércitos se concentró en la loma llamada "San José" y sus proximidades, donde hoy se encuentra el monumento a José Manuel Mercado. Desde allí se produjo la encarnizada batalla extendiéndose hacia el río Pari, al noroeste, en la actual Plaza de El Pari. Duró desde las 11 de la mañana hasta caer la noche.

Después de los fuegos de artillería y las acciones de seguridad con cazadores, Mercado atacó a la caballería enemiga, que fue interceptada y embestida, derrotándola y persiguiéndola.

Mientras tanto Warnes, atacaba a la infantería e iba torciendo la balanza hacia su favor en el Pari. Luego dirigió a sus tropas sobre la línea de fuego, pero un disparo cañón derribó al caballo de Warnes, quedando el caudillo con su pierna aprisionada. Este incidente fue aprovechado por un grupo de "talaverinos" que mató a Warnes a tiros y bayoneta, produciéndose el desconcierto de los patriotas tras la muerte de su comandante.

El comandante Salazar logró reorganizar la infantería y continuó la pelea. Después de más de siete horas de encarnizada lucha, con innumerables bajas de uno y otro lado, no quedaba más que un puñado de hombres, el campo yacía lleno de soldados muertos, algunos desmembrados, con sus caballos muertos. La Caballería retornó al Pari al final de la tarde, pero ya no habían condiciones para arremeter.

Al caer la noche cesó la batalla, y se escuchaban disparos y gritos intermitentes. Los patriotas se reagruparon, pero la falta del líder impidió la reorganización. Entonces decidieron hacer la resistencia desde Saipurú, (provincia Cordillera). Los realistas organizaron un reducto en el campo del Pari y allí quedaron durante cuarenta y seis horas, hasta que tomaron contacto con sus partidarios y decidieron entrar a la ciudad para consolidar una victoria pírrica. El coronel Aguilera expuso en una picota la cabeza de Warnes, en la esquina sudeste de la Plaza de Armas de Santa Cruz de la Sierra, su ciudad natal.

El lugar donde cayó el coronel Warnes fue señalado en 1916 con el levantamiento de una plaza que se denominó, mediante ordenanza municipal, Plaza El Parí; en la actualidad, ésta es también llamada "plazuela Fátima" debido a la iglesia aledaña. Está ubicada en la intersección de la Av. Grigota con la Av. 26 de Febrero, (2º anillo), en Santa Cruz de la Sierra.

Historiadores bolivianos y argentinos, en el marco del Bicentenario, han valorado la acción como un triunfo estratégico para la causa de la Patria, en el contexto sudamericano, por haberse exterminado un poderoso ejército invasor a costa de la inmolación de las fuerzas patriotas.

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1815 - LA BATALLA DE SIPE-SIPE DONDE SE PIERDE EL ALTO PERÚ 

La batalla Sipe Sipe (o de Viluma) fue un enfrentamiento entre las fuerzas realistas el 29 de noviembre de 1815, y las fuerzas de las Provincias Unidas del Río de la Plata y cuya derrota representó para las Provincias Unidas la pérdida del Alto Perú.

Situación de las fuerzas de Rondeau

Las fuerzas del Ejército del Norte que estuvieron a cargo de José de San Martín, fueron traspasadas a cargo de José Rondeau, ya que el primero invocó razones de salud para ser relevado del mando del ejército. En opinión de muchos San Martín, que preveía el resultado de la campaña, abandonó su puesto con aquella excusa para salvar su reputación.

Al momento que las tropas preparaban para iniciar la tercera campaña al Alto Perú, luego de dos anteriores derrotas, el general Carlos María de Alvear fue designado para reemplazante de Rondeau. Los oficiales del ejército del norte se sublevaron, y le comunicaron a Rondeau que sólo iban a acatar sus órdenes, mas no las de Alvear y lo instaron a iniciar la campaña; Rondeau en rebeldía ordenó el comienzo de la operación.

Martín Miguel de Güemes, enemistado con Rondeau, abandonó las filas del ejército junto con sus gauchos y se retiró hacia Salta, llevándose consigo el parque del ejército que se encontraba en Jujuy. Fue el momento crítico de la campaña, porque los gauchos habían sido los ojos y oídos del ejército de Rondeau. En aquella ocasión fue cuando Martín Rodriguez intentó increparlo con su famosa frase: "¡Usted es un comandante de gauchos!", que quedó en la historia militar de la independencia argentina

Situación de las fuerzas de Pezuela

El general Joaquín de la Pezuela, a cargo de las fuerzas realistas, luego de algunos reveses retiró sus fuerzas hasta el poblado de Challapata, abandonando ciudades importantes que fueron ocupadas por las fuerzas de Rondeau, quien se apoderó de Potosí y Chuquisaca.

La situación de debilidad del ejército realista en el Alto Perú debido a la prolongación de sus líneas de comunicaciones con el Virreynato peruano cambia con el arribo del refuerzo de una División al mando de Ramírez y con la llegada de tropas desde Chile al Alto Perú: el segundo batallón de Talavera, y el batallón de Cazadores de Chile que se fusiona al de Voluntarios de Castro, y este último que se integra en el ejército de Pezuela. Pezuela organiza entonces la contraofensiva contra Rondeau.

La batalla

Rondeau se pone en marcha y en su retirada hacia Cochabamba se refugió en la pampa de Sipe-Sipe en las cercanías de esa ciudad. Allí fue alcanzado por las fuerzas realistas de Pezuela el 28 de noviembre de 1815, donde se enfrentaron contando las fuerzas de Rondeau con 3.000 a 3.500 hombres, y con 9 piezas de artillería, en tanto que las realistas 4.100 hombres y 20 piezas de artillería.

Rondeau había confiado su formación en una posición que daba la espalda a la cuesta de los macizos de Viluma, que él consideró imposible de transitar por el ejército enemigo. Pero Pezuela atacó precisamente por allí, desde donde sus fuerzas descendieron "como gatos" para alcanzar campo de batalla. Formando su línea a la derecha del ejército de Rondeau forzándole a cambiar de posición y destrozando de pasada el regimiento de Dragones al mando de coronel Cornelio Zelaya. El cambio de posiciones del Ejército del Norte le fue fatal, resultando el encuentro la derrota más grave —después de la Batalla de Guaqui— sufrida por las tropas independentistas en la guerra de la emancipación de los españoles.

La segregación del Alto Perú

Con esta derrota la provincia del Alto Perú se perdió definitivamente para las Provincias Unidas. Poco tiempo después por esta batalla Joaquín de la Pezuela sería nombrado Marqués de Viluma por Fernando VII.

Los restos del ejército auxiliador de José Rondeau, que sufrió más de 1.000 bajas y la pérdida de toda su artillería, continuaron su marcha sin detenerse, pasando por Potosí y Humahuaca, hasta alcanzar Tucumán en las Provincias Unidas. En esos momentos Buenos Aires estaba amenazada por la anarquía y la guerra civil. Desde España había partido una expedición de más de 10.000 hombres nominalmente para el Río de la Plata. Pero su verdadero destino sería el mar Caribe con el objetivo de pacificar la Costa firme y recuperar la vital plaza fuerte de Cartagena de Indias.

Subsecuentemente la situación del Alto Perú, que se mantiene incorporado al virreynato peruano, permitió en el año 1825 que entrase en la órbita de Bolívar, con su decisiva influencia para la creación de Bolivia. (La Gazeta Federal)

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DICIEMBRE

BATALLA DE AYACUCHO - 9 DE DICIEMBRE DE 1824

La batalla que pone fin al dominio imperial de España en nuestra América

Eduardo L. Colombres Mármol, en "La batalla de Ayacucho en la gestación de la Patria Grande", Universidad de Buenos Aires, 1974, págs. 12-28 dice lo siguiente:
"Como todo acontecimiento, también el que ahora conmemoramos tiene sus antecedentes, que forman el marco dentro del cual se desarrolla. (...)

La campaña libertadora, jalonada de triunfos y reveses, de optimismos y desalientos, pero siempre iluminada por la segura esperanza del éxito final, lleva ya bastantes años de penurias y desastres. Las tropas están diezmadas por luchas y enfermedades, y los pueblos, empobrecidos por sus dolorosas consecuencias.

Estamos en 1822. San Martín, siente el peso de su responsabilidad por tantos sufrimientos y angustias. Comprende que es necesario acelerar las operaciones y coronarlas, cuanto antes, con un triunfo definitivo. Se perfila así su futura cita con el Libertador del Norte.

Bolívar, por su parte, entusiasmado con los triunfos obtenidos por San Martín, ansía que llegue el momento de conocer, personalmente, al gran caudillo argentino, estrechar su mano y manifestarle su admiración, idéntica a la que siente éste, por él. Y el momento tan esperado llega al fin; cuando ambos jefes realizan su anhelada entrevista. (...)

Es sabido que el “misterio” de aquellas conversaciones quedó plenamente descifrado, con las cartas escritas por San Martín a Bolívar desde Lima, luego de la entrevista, y con las que escribió, después, a Miller en 1827 y a Castilla en 1848, mediante las cuales queda comprobada su tentativa de convencer a Bolívar, de que sólo la reunión de sus ejércitos podría igualar el poderío de los realistas, a fin de librar contra ellos la batalla final. Y que de no hacerse esto, la lucha se prolongaría por tiempo indefinido, causando la ruina de los pueblos. (...)

Desdichadamente, la lucha se extendió hasta Ayacucho y aún después de Ayacucho, es decir, hasta tres años y cuatro meses luego del retiro de San Martín, cuando el último español, el brigadier José Ramón Rodil, rindió la fortaleza de El Callao en 1826. (...)

Lo cierto es que, autoeliminado San Martín del teatro de la guerra, mediante un renunciamiento sin par en la historia, Bolívar penetró con su ejército en el Perú, un año después.

En el capítulo “Última fase de la guerra de la Independencia” del libro “The Liberators”, editado en Londres en 1969, dice la escritora inglesa Irene Nicholson, lo siguiente: “En los días del retiro de San Martín era vitalmente necesaria la unidad de los hispanoamericanos, porque los realistas todavía no estaban plenamente derrotados.

Después del encuentro de los dos Libertadores, Bolívar se vio forzado a una posición defensiva; y, a pesar de… que luego fue investido de la suprema autoridad militar de 1824, cuando pudo reorganizar el Ejército…

En esta ocasión, contaba con la asistencia del general Miller, que había prestado –hasta 1822- leales servicios a San Martín…”

Con todo, no era fácil la empresa y su victoriosa coronación, pues, los realistas dominaban a Lima y El Callao, puntos importantes que habían recuperado y mantenían como fortalezas inexpugnables. Se requería, pues, atraerlos hacia otros escenarios, bien alejados de aquella capital, así como de su puerto y también del Alto Perú, donde Olañeta comandaba fuerzas nada despreciables. (…)

En noviembre de 1824 se acercaba el final, y Bolívar creyó necesario dirigir unos sabios consejos a Sucre. Fueron los siguientes: “…es preciso tener una extraordinaria circunspección y sumo tino en las operaciones para no librar la batalla… sin tener una absoluta seguridad de un suceso victorioso… Hay que tener en cuenta –agrega- que el genio de San Martín nos hace falta y sólo ahora comprendo por qué se dio el paso, para no entorpecer la libertad que con tanto sacrificio había conseguido para tres pueblos… Esa lección de táctica y de prudencia que nos ha legado este gran General –le dice finalmente Bolívar a Sucre- no la deje de tomar en cuenta V.S. para conseguir la victoria”.

Esta carta revela la hombría de bien del Libertador de Colombia y su nunca desmentida admiración por San Martín. Fue remitida a Sucre dos años después de la partida de San Martín del Perú, y un mes antes de la Batalla de Ayacucho. (…)

En aquellos momentos de negra incertidumbre, a nadie puede extrañar que Bolívar pensara en la capacidad organizadora de San Martín y sintiera la falta de colaboración que el genio militar del argentino podría prestarle. Porque no hay nada más poderoso que los reveses de la vida, ni más dura maestra que la fatalidad, para abatir a los grandes hombres y hacerles recordar a sus pares en la gloria. Y aquellas eran horas fatales para Bolívar. En medio de tan tremenda circunstancia, aproximábase la hora definitiva.

La llanura, que se extiende desde el pie del Condor Kanqui hasta el valle o pampa de Ayacucho, iba a ser el escenario donde, por última vez, chocarían en campo abierto los dos bandos que, durante catorce años de luchas heroicas, habían ensangrentado el suelo de la América del Sur.

El Virrey de La Serna consideraba inminente su victoria, pues había ya acorralado a Sucre en la hondonada, cuyas alturas dominaba en toda su extensión. Sus fuerzas ascendían a 9.300 hombres, frente a los 5.780 que componían el “Ejército Libertador”. De éstos, 4.500 eran colombianos, venezolanos y ecuatorianos, y 1.200, peruanos.

Estos últimos estaban mandados, en parte, por jefes argentinos. Cabe citar entre ellos a José de Olavarría, a Juan Isidro Quesada, a José María Plaza, a Eustaquio Frías, a Juan F. Pedernera, a Francisco Aldao, a Román A. Deheza, a Juan Pringles y a Cecilio Lucero. Al frente de los Húsares de Junín estaba el coronel Manuel Isidoro Suárez y del Regimiento de Granaderos a Caballo de Buenos Aires, el coronel Alejo Bruix, quien comandaba los últimos ochenta, de los cuatro mil que cruzaron los Andes con San Martín.

Catorce generales españoles y un virrey, quien, por primera vez en la historia, se ponía a la cabeza de tropas combatientes, comandaban las fuerzas realistas formadas por oficiales españoles y reclutas peruanos.

Por haber actuado tanto generales, de un lado como de otro, la batalla de Ayacucho fue llamada también en América, “la batalla de los Generales”, (…).

Tan seguro estaba de La Serna del triunfo, que su principal preocupación en la víspera, fue distribuir armas a los indígenas e instruirlos para que no dejasen escapar ni a un solo fugitivo de las tropas patriotas, que ya imaginaba huyendo a la desbandada por los montes vecinos en la más aplastante derrota, porque pensaba liquidar allí mismo en Ayacucho, la última resistencia de los insurrectos.

Cumpliendo con la noble inclinación de las costumbres de la guerra caballeresca, los oficiales de ambos ejércitos, desataron sus espadas y fueron al terreno intermedio para conversar y despedirse antes de dar la batalla. Muchos de ellos eran amigos de otro tiempo y hasta hermanos carnales. Abrazáronse allá a la vista de los ejércitos, sin disimular sus lágrimas de ternura.

Por después, bajó de la montaña, el general Juan Antonio Monet, el español arrogante y lujoso, peinada como a tornasol la barba castaña –como dice Leopoldo Lugones- para prevenir a Córdoba, el insurrecto, que va a empezar el combate.

Al amanecer del jueves 9 de diciembre de 1824, Sucre recorrió a caballo la línea del Ejército proclamando a los soldados, en alta voz: “De los esfuerzos de este día depende la suerte de la América del Sud”.

A las diez de la mañana los fuegos de las guerrillas y algunos cañonazos disparados de parte a parte dieron la primera señal del comienzo de las hostilidades.
Poco después se inició la sangrienta lucha, en la que había más que una opción: vencer o morir.

El Virrey de La Serna marchaba a pie, a la cabeza del centro de su ejército.

El encarnizado encuentro no tardó en producirse.

Favoreció –sin duda- a las armas republicanas la audacia el éxito del joven y valiente general colombiano, José María Córdoba, quien cargó sobre la división del general Gerónimo Valdez, la que fue destrozada, no obstante la tenaz resistencia opuesta.

Así fue cómo la balanza de la Providencia inclinó su fiel en favor de los que bregaron por una esperanza, que en ese momento parecía inalcanzable.

En algo más de tres horas de reñido combate, en el que hubo 2.110 muertos entre ambos bandos, y en que surgieron heroísmos legendarios por igual, el general Sucre –con más de 2.000 prisioneros- era ya dueño de la más estupenda victoria, la más dudosa al iniciarse la contienda y la más ansiosamente esperada de todas las batallas de la independencia.

No debe sorprender que haya habido tantas bajas, por cuanto Ayacucho significa en lengua quechua: el “Rincón de los muertos”, etimología que viene de la gran mortandad que hubo, en una batalla, cuando los incas conquistaron el país.

(…)

En la honrosa Capitulación, se estableció que los españoles que querían retornar a su patria, lo harían a expensas del Perú. Este compromiso se cumplió al pie de la letra. Todos los generales realistas optaron por embarcarse, no obstante que se les ofreció el mismo grado en el ejército peruano, actitud generosa opuesta al estigma de “guerra o muerte”. (El Historiador, F.Pigna)

Reproducido por Pensamiento Discepoleano

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