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DAVID PEÑA – (1862 – 1930)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace el 10 de julio de 1862, en Rosario (Santa Fe). Cursa en el Colegio Nacional rosarino y luego ingresa a la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Recibido de abogado, se desempeña como docente universitario y diplomático. Asimismo, ejerce el periodismo. En 1885, funda el periódico “Nueva Época”, en Santa Fe y colabora en “La Crónica”; “El Nacional” de Sarmiento y Miguel Cané; “Sudamérica” de Carlos Pellegrini y “El Orden y La Libertad”, de Manuel Bilbao. En 1904 funda en Buenos Aires el Diario Nuevo. También incursiona en el teatro: en 1883 estrena “¿Qué dirá la sociedad?” y luego “La lucha por la vida” en 1885. Luego escribe “Próspera” e “Inútil”, ambas en 1904; “Una loca”, en 1911; “Un cuerpo” en 1920; “Una mujer de teatro” en 1921; “La madre del Cardenal”, en 1923; “Un tigre del Chaco” y “El embrujo de Sevilla”, en 1926.
Lo más importante de su obra teatral son los grandes dramas históricos: “Facundo”, presentado en el teatro Argentino (1906); “Dorrego”, en el teatro de la Victoria, en 1909; “Liniers”, en el teatro Nuevo, en 1917 y “Alvear”, en el Smart, en 1924. Otras obras han permanecido inéditas: “Belgrano”, “Carrera” y “Urquiza”.

Formó parte de la Junta de Historia y Numismática Americana, y de la Academia de la Facultad de Filosofía y Letras.

Pero su principal aporte, lo da Peña en el replanteo histórico, en su tarea revisionista; especialmente con su obra “Juan Facundo Quiroga” (1906), donde sintetizó las conferencias pronunciadas en 1903 en la Facultad de Filosofía y Letras porteña. Allí reivindica a Facundo y en general a los caudillos populares, explicando que defienden a las masas provincianas ante el centralismo porteño. Con inteligencia –y con gran osadía, para la época- Peña cuestiona la simplificación sarmientina de “civilización o barbarie”. “Su Quiroga fue un golpe de piqueta a lo consagrado, a lo que parecía intangible, al “magister dixit” –señaló Octavio Amadeo, en 1934- Peña cometió esa irreverencia patriótica, exigió la revisión de muchos fallos”. Además, en 1911, el estreno de su obra teatral titulada “Dorrego” había constituido, otro avance con respecto a la historia oficial.

Asimismo, Peña asumió la defensa de Alberdi, lo cual significaba oponerse al odio que el mitrismo mantenía vivo respecto al gran tucumano. En 1911, publicó “La defensa de Alberdi” y en 1919, volvió sobre el tema “La traición de Alberdi: Viejo leit motiv”.

Como se comprende, la defensa de estos personajes execrados o descalificados por la Historia Oficial, significó críticas y represalias que fueron desplazando a Peña del escenario intelectual de la época, para marginarlo hacia el lugar de los réprobos.

Manuel Gálvez sostuvo: “A Peña se le consideraba un fracasado. ¿Por qué, con tantas y tan bellas cualidades, fracasó David Peña? ¿Fue culpa del ambiente, fue culpa suya?... Era, ante todo, un tremendo y persistente idealista. El idealismo es una virtud, pero si se pasa de la raya conviértese en un defecto, en cuanto incapacita para la lucha por la vida. Peña no creía en la maldad de los otros, ni dudaba de nadie”.

Sus trabajos reivindicando a Alberdi, así como su reivindicación de Facundo, le “valieron –señala Rodolfo Ortega Peña y Eduardo L. Duhalde- el cierre de las puertas de la cultura de la oligarquía, controlada entonces en forma total por los guardaespaldas de Mitre”.
Fallece, En Buenos Aires, el 9 de abril de 1930. (R. A. LOPA, LOS MALDITOS – T II, P 216, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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chumbita

SEVERO CHUMBITA (Aproximadamente 1820 - 1880)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Machigasta, el pueblo donde nació Don Severo Chumbita, junto con los demás pueblos del Valle de Arauco era el lugar donde la sangre amerindia se había conservado con mayor pureza en La Rioja. Él mismo era descendiente del pueblo Chumbita o Chumbicha, de donde deriva su apellido. Su familia lideró por años a los pueblos indios de Aimogasta, Severo Chumbita, continuaría así, la antigua tarea que sus antepasados realizaban desde antaño.
(…)
Si bien su causa era la causa federal, luchó contra el rusismo y tuvo por conductor al Gral. Peñaloza, de quien su padre era amigo, hasta que este fuera asesinado y decapitado por el mitrista Pablo Irrazábal. Su militancia en las filas del Chacho Peñaloza data de 1848, cuando la revolución del 2 de marzo contra el gobernador rosista Vicente Mota.

Luego de Pavón, el 17 de septiembre de 1861, y la deserción del caudillo Urquiza, único capaz de aunar las fuerzas federales de todo el país y llevarlas al triunfo, la situación de las provincias, en especial las del interior profundo, se tornaría muy grave: el centralismo porteño tenía ahora las manos libres para aplicar su programa liberal. Sin embargo había provincias, había hombres, había pueblos en ese interior, dispuestos a combatir hasta el final. El riojano era uno de esos pueblos.

El comandante Severo Chumbita era un rico estanciero, era olivicultor, como eran muchos otros paisanos. El grueso de la población de la zona vivía de la agricultura y el ganado. Como tantos otros caudillos, no tenía ambiciones políticas, más allá de que su lucha fuese política (sólo en una ocasión accedió a un cargo público: la jefatura de la Comandancia del Departamento de Arauco). Su liderazgo se debía tal vez a su mismo espíritu, que celoso de sus cosas, de su gente, de su tierra, que era todo lo que tenían, estaba resuelto a dar todo por ellas, incluso su vida. “Cada caudillo, cada montonero, defendiendo su provincia defendía su rancho, su familia y su tierra, que era el hogar de sus hijos y la tumba de sus padres”.

Al decir de Eduardo Gutiérrez esa “será la gran diferencia entre ellos y nosotros, que ellos serán verdugos pagos y nosotros soldados libres”. Se quería evitar el reemplazo de la vieja estructura económica orientada al mercado interno por otra que sólo beneficiaba a la Pampa Húmeda y marginaba al país interior. La defensa de esta economía regional, lo llevó varias veces al destierro y provocó su persecución y la de su familia. También por este motivo recibió el apoyo de los lugareños que siempre lo acompañaron en su lucha, que era la de ellos. En pocas horas podía juntar muchos hombres ya dispuestos a acompañarlo al combate y que, si caían en manos de los coroneles de Mitre y Sarmiento, preferían morir en la tortura a ser desleales. Como cuando el 20 de abril de 1862 el teniente coronel José Miguel Arredondo quemó el pueblo de Aimogasta ante la negativa de sus habitantes de delatar al ‘Chumba’.

En estas condiciones, el comandante Chumbita, ‘El Chumba’, tras eludir las fuerzas de Arredondo, participa en el sitio a la ciudad de La Rioja realizado el 28 de mayo de 1862 bajo las órdenes de Juan Gregorio Puebla y Carlos Ángel, y a comienzos de 1863 levanta en armas a Aimogasta y luego parte hacia Catamarca junto a Felipe Varela donde son derrotados en La Callecita. Tras esta acción se integran a las filas del General Peñaloza quien instala en el gobierno a Bernardo ‘Berna’ Carrizo, provocando la reacción enfurecida de los liberales: se designa a Sarmiento Director de Guerra y a Manuel Taboada encargado de las operaciones militares. Chumbita participa en las batallas de Quebrada de la Sébila, Arroyo Mal Paso, Lomas Blancas. Al tiempo que esto ocurría, los bienes de la familia Chumbita, y de tantos otros, eran robados, mediante robos legalizados por las autoridades militares nacionales. En Río Colorado vuelve a enfrentarse a las tropas nacionales, semanas después de asesinado el general Peñaloza, la ilusión de un régimen federal que contemple el progreso de todas las provincias comenzaba a agonizar. Chumbita y los demás se guardaban para tiempos mejores, evitando así el exterminio. La ocasión para volver a luchar apareció tras la declaración de guerra al Paraguay en mayo de 1865: la alianza con Brasil e Inglaterra contra Paraguay era muy impopular, y en el interior se realizó una cacería humana con el fin de reclutar tropas, pero el Chumba no aparecía.

El 10 de diciembre de 1866 Felipe Varela hacía conocer su proclama: “ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derecho”. Severo Chumbita, con sus fuerzas recuperadas se convierte en uno de los puntales de la revolución federal y americanista encabezada por Varela. Lo acompañan sus hijos Ambrosio y Antonio, los curas Francisco Aguilar y Félix Paibar. A comienzos de 1867 se levanta contra el gobernador San Román, en marzo toma la plaza de Tinogasta, el 10 de abril de 1867 participa en la batalla de ‘El pozo de Vargas’ dirigiendo la columna izquierda del ejército revolucionario, donde se decidió la suerte de la revolución varelista.

Por primera vez Severo Chumbita, tras esta terrible derrota, vio el destierro como única alternativa, se llevó con él a Chile a sus hijas adolescentes para evitar vejámenes (regresarían años después convertidas en maestras a trabajar como tales en su pueblo). Sus hijos permanecieron junto a Varela acompañándolo en su retirada a Bolivia. Cansado de esperar noticias de sus pagos, Chumba volvió a su tierra riojana donde se encontró con un profundo enfrentamiento entre los liberales, aprovechando la situación derrotó a sus tropas en El Salado a comienzos de 1868 y tomó Aimogasta. En 1869 al regresar a su tierra, el capitán Ambrosio Chumbita es atrapado, enjuiciado y el 10 de septiembre de 1870 condenado a muerte, aunque semanas huye a Chile; sin embargo el que cae detenido esta vez es su padre. Su detención dura tres años, y tras su liberación, en 1873, es desterrado.

Al final de su vida, un ex integrante del 6º Regimiento que comandaba Arredondo, contra el que combatió, convertido en presidente de la Nación, Julio A. Roca, lo invita a Buenos Aires a darle el grado de General para “resarcirlo de los desmanes que sufrió su hacienda”, invitación que agradece pero rechaza.
Muere poco tiempo después, en 1880, tras una vida de lucha y sacrificio. (F. Arcardini, Los Malditos, Vol. III, Pag. 268, E. Madres de Plaza de Mayo)

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JUAN BAUTISTA ALBERDI – (1810 – 1884)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en la Provincia de Tucumán, el 29 de agosto de 1810. Sus estudios en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, se debieron en gran medida al Gobernador de Tucumán, General Alejandro Heredia. Años después, en 1834, le dedicó al Coronel Alejandro Heredia su “Memoria Descriptiva sobre Tucumán” y al publicar en 1837 el “Fragmento Preliminar al estudio del derecho”, le testimonió su agradecimiento con una nueva dedicatoria.

Más tarde, para posibilitarle el estudio del Derecho en Estados Unidos, Heredia lo recomienda a Facundo Quiroga. “Facundo”, expresión de “la barbarie”, según Sarmiento, ayudó a Alberdi: “El general Quiroga, me acogió con mucha gracia… y muchas veces se entretuvo en largas conversaciones conmigo, ajenas del todo a la política. Yo no me cansaba de estudiar, de paso, a ese hombre extraordinario… me dio una orden para el Banco de Buenos Ayres, por toda la suma que debía servirme para trasladarme y residir un año en aquel país…”

En esa época, Alberdi no se manifiesta crítico de la política de Rosas. En su “Fragmento…” (1837) lo denomina “ilustre personaje”, “gran general”, “glorioso de Restaurador de las Leyes” y elogia la concepción de Rosas en cuanto a conformar la Confederación Argentina “en la idea de una soberanía nacional, que reúna las soberanías provinciales…” También exalta a Rosas por haber rechazado “los medios de gobierno practicados precedentemente en nuestro país”, porque “estos medios importados y desnudos de toda originalidad nacional, no podían tener aplicación en una sociedad cuyas condiciones normales de existencia diferían totalmente de aquellas a que se debían su origen exótica; que, por tanto, un sistema propio nos era indispensable”. Sin embargo, para no prestar juramento al régimen, a fines de 1838, pasa a Montevideo, dejando inconclusa su carrera, que culminará luego en Chile.

En “El Nacional” de Montevideo, el 6 de marzo de 1839, publicó un artículo en que, según el jurista uruguayo Alberto Demicheli, está el génesis de las “Bases”. Luego, se trasladó a Chile donde publicó varias obras jurídicas: “Defensa del Mercurio” (1844), “De la magistratura y sus atribuciones en Chile” (1846), “Manual de ejecuciones y quiebras” (1848), “Extracto del juicio de imprenta formalizado ante el Juzgado de Valparaíso” (1850), “Alegatos presentados ante el Juzgado en lo Civil de Valparaíso” (1850).

En 1844, publica “Memoria sobre la Conveniencia y objetos de un congreso General Americano” intento de implantar un área de libre comercio. En esa época, también propone un Congreso Americano para estudiar las nuevas necesidades del continente y la posibilidad de formar una unión aduanera.      
Tras la caída del régimen, no le guardó a Rosas el rencor de otros proscriptos, al punto que el 17 de octubre de 1857 lo visitaría en Londres: “Anoche conocí a Rosas. Consentí encontrarme con él en casa de Mr. Dickson, por sus actuales circunstancias. Procesado sin discernimiento, ni derecho, quise protestar en cierto modo contra so, tratándole. Su actitud respetuosa a la Nación y a su gobierno nacional, me han hecho menos receloso hacia él… No había sacado plata de Buenos Aires, pero sí todos sus papeles históricos…” Diez años antes, en Chile, Alberdi había escrito: “Rosas no es un simple tirano a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de fierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano”.

En 1852, redacta, en Valparaíso, las “Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina”, obra fuertemente influenciada por “El Federalista”, de Hamilton. En la segunda edición, le incorpora el proyecto de Constitución Nacional, que serviría de modelo para la elaboración de la Constitución sancionada en Santa Fe al siguiente año.
Por entonces, dada la ruptura con Urquiza manifestada por Sarmiento en su Carta de Yungay, Alberdi entra en polémica con el sanjuanino. Las Cartas Quillotanas, de Alberdi antagonizando con las “Ciento y una” de Sarmiento muestran dos ópticas del país en un momento político de encrucijada.

En 1854, Alberdi publica “Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina”, exponiendo allí sus ideas económicas a favor del liberalismo y la división internacional del trabajo.
Sin embargo, a pesar de esta posición antiindustrialista, se constituye, desde Europa, en asesor de Urquiza, quien preside la Confederación, alertándolo una y otra vez contra el centralismo porteño expresado por Mitre. Al mismo tiempo, se desempeña como diplomático de la Confederación bregando para que la provincia de Buenos Aires no sea reconocida como estado independiente.

Cuando Mitre se hace cargo del poder dicta un decreto disponiendo la caducidad “de hecho y de derecho en su misión de los agentes diplomáticos acreditados por ese gobierno (la Confederación) cerca de las naciones extranjeras”. La misión de Alberdi había concluido, pese a lo cual permanece en Europa. Desde allí, manifiesta sus críticas al gobierno de Mitre y especialmente, cuando se inicia la Guerra de la Triple Alianza.
Alberdi es el más duro opositor a la guerra y el que ofrece, además, una interpretación de la misma desde una óptica latinoamericana, por encima de las fronteras de las patrias chicas. Escribe al respecto once folletos, entre los que se destacan: “Las disensiones de las Repúblicas del Plata y las maquinaciones del Brasil”, “Los intereses argentinos en la guerra del Paraguay con el Brasil” y “Crisis permanente en las repúblicas del Plata”.

En 1869, los reproduce y amplía en su libro “El Brasil ante la democracia de América”. La tesis central de Alberdi reside en que no se trata de una guerra entre países sino una guerra civil: la burguesía comercial porteña aliada a la burguesía comercial Montevideana y el Imperio del Brasil contra las provincias interiores de la Argentina (federales) y de la campaña oriental (blancos), aliados naturales del Paraguay. Para el oriental Venancio Flores, sostiene Alberdi, su principal enemigo son los blancos orientales; para Mitre, sus adversarios son las provincias del interior; para Pedro II, el enemigo en la república brasilera de Río Grande.

En carta al capitán paraguayo Gazcón Benitez, Alberdi expresa también esta posición: “Me interesa que el señor mariscal López conozca todo esto por intermedio de usted que es testigo inmediato de todo ello. El interés, en esto, como en mis escritos, no es personal ni privado. Se refiere del todo a la política venidera de nuestros dos países y a sus conveniencias mutuas y solidarias… Yo no quiero ni espero del señor mariscal empleos públicos ni dinero, ni condecoraciones, ni suscripciones de libros. Todo lo que quiero, me lo ha dado ya en parte: es hacer pedazos, con su grande y heroica resistencia, el orden de cosas que formaba la ruina de mi propio país y para lo venidero, todo lo que quiero es que él abrace una política tendiente a buscar en una liga estrecha con el nuevo orden de cosas que represente los verdaderos intereses argentinos, la seguridad y garantía respectiva de los dos países, contra las ambiciones tradicionales del Brasil y Buenos Aires, respecto de los países interiores en que hemos nacido él y yo” (carta del 28/6/68).

Esta opinión es la de las provincias interiores, donde se llega a festejar el triunfo paraguayo de Curupaití, como también lo es de Felipe Varela, en sus proclamas, como asimismo de López Jordán, de Olegario Andrade, de José y Rafael Hernández, de Telmo, el hijo del caudillo Estanislao López que se pasa a las fuerzas paraguayas, al igual que Waldino Urquiza, hijo de Don Justo. Pero, para el mitrismo, cuya patria es la provincia de Buenos Aires, Alberdi es un traidor y así lo considerará el diario “La Nación”.

En 1870, escribe “El Crimen de la Guerra”, obra donde sostuvo la inexistencia del llamado derecho de la guerra, y proclamó su esperanza de que alguna vez se constituyan los Estados Unidos de la Humanidad.
Durante muchos años Alberdi demoró una vuelta a Buenos Aires largamente añorada. Decía: “No temo las ideas de los Bartolos y Domingos, sino su puñal”.

En 1874 publicó un folleto titulado “Palabras de un ausente que explica a sus amigos del Plata los motivos de alejamiento”; su destierro se debía a la intolerancia de los liberales porteños, tan grande como la de rosas, o superior aún.

Elegido diputado por su provincia natal, decide regresar. Arriba al puerto de Buenos Aires, el 16 de setiembre de 1879, después de 41 años. Se incorpora al Congreso Nacional y allí encontró a Mitre, con quien intercambió un forma saludo, que fue más efusivo con Sarmiento.

Aprobada la ley de federalización de la ciudad de Buenos Aires y ya Roca en el poder, éste envía un proyecto al Congreso para la edición de las obras completas de Alberdi. Pero Mitre y “La Nación” descalifican el proyecto insistiendo en la conducta antiargentina de Alberdi durante la guerra contra el Paraguay: “Se trata de una reminiscencia federal… Alberdi ha sido el diplomático que ha comprometido la existencia de la nación Argentina… y el publicista que en la guerra más justa y fecunda que haya sostenido nuestro país, estuvo de parte del enemigo”.

Poco después, “La Nación” publica una carta de Alberdi a V. López y Planes, de 46 años atrás, donde había escrito maceta con “z”. David Peña recuerda que Alberdi le dijo: “Así, frente a mí, quisiera tener al General Mitre para preguntarle, mirándonos hasta el fondo de los ojos, en virtud de qué odio tan reconcentrado puede disculpar su persistente prolijidad de haber guardado la carta de un niño, escrita hace cincuenta años, para avergonzar a un anciano”. Los mitristas habrían de oponerse también al nombramiento de Alberdi como representante diplomático en París, negando al Presidente Roca el acuerdo del Senado.

En abril de 1881, escribe: “La República Argentina consolidada en 1880 con la ciudad de Buenos Aires por capital”, apoyando la capitalización de Buenos Aires.

El 8 de agosto de 1881, enfermo y amargado, Alberdi volvió a Europa. Roca lo nombró ministro en Chile, pero la enfermedad de Alberdi, agravada durante su viaje a Europa, le impediría ya definitivamente regresar.
Para remediar sus angustias económicas, el presidente Roca lo nombró Comisario de Inmigración y aún el Congreso le acordó una pensión.
El 19 de junio de 1884 murió en un suburbio de París. Después de su muerte, aparecen los “Escritos Póstumos”.

En 1912, se publica “Grandes y pequeños hombres del Plata” donde Alberdi lanza una formidable crítica al pensamiento histórico y político de Mitre y Sarmiento. Con este libro se constituye en uno de los primeros revisionistas de nuestra historia: allí caracteriza a la revolución de Mayo como democrática, integrando, junto con las americanas, el proceso revolucionario español iniciado el 2 de mayo de 1808, así también considera al ejército de los Andes como ejército aliado argentino-chileno, así como define a los caudillos federales como expresión de la democracia. La biografía de Belgrano, escrita por Mitre y el Facundo de Sarmiento reciben una crítica implacable de este intelectual que fue –en sus altos años- indudablemente uno de los pensadores más importantes del siglo XIX en la Argentina.
No resulta sorprendente, entonces, que sea el último prócer que tuvo su monumento en la Capital Federal (En la Plaza Constitución). El odio de sus enemigos lo había perseguido varias décadas más allá de la muerte. (RICARDO ALBERTO LOPA – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 169, Editorial Madres de Plaza de Mayo)

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RAFAEL HERNÁNDEZ – (1840-1903)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

“El hermano menor de Martín Fierro”, como lo llama su biógrafo Osvaldo Guglielmino (quien lo rescata en 1954 de más de medio siglo de injusto silenciamiento), había nacido en la Chacra de Pueyrredón, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, el primero de setiembre de 1840, es decir, seis años después que José Hernández, con quien supo compartir profundamente vida e ideales patrióticos.

Su madre muere en 1843 y su padre algunos años más tarde, en sus brazos, al caer fulminado por un rayo en pleno campo. Este hombre que “gozaba de gran renombre en el paisaje surero”, lo había iniciado, lo mismo que a José, en los secretos de la pampa, los hombres y las duras faenas camperas. Por eso, podrá decir Rafael, años más tarde: “Por asimilación, por cuna, soy hijo de gaucho, hermano de gaucho y he sido gaucho. He vivido años en los campamentos, en los desiertos y en los bosques, viéndolos padecer, pelear y morir, abnegados, sufridos, humildes, desinteresados y heroicos. Sin codicia por el lucro, sin exigencia de ascenso, sin ambición por la gloria. He compartido sus aspiraciones y sus alegrías. He confundido mi sangre con la suya en las batallas; me han admirado mil veces con sus oscuras hazañas; me han hecho gozar los encantos de la gloria; me han enseñado a afrontar la muerte con orgullo, por puro amor a la patria, por conquistar para todos la libertad”.

Rafael vuelve entonces a Buenos Aires a completar sus estudios en el Colegio Republicano Federal y después, en la Facultad de Ingeniería donde se recibe de Agrimensor Nacional. A partir allí, pocas veces se separará de su hermano, a quien lo unía, además del afecto fraternal, la admiración de quien conocía bien los valores y virtudes del futuro autor de “Martín Fierro”.

Durante los años de secesión de Buenos Aires, Rafael sigue a José hasta Paraná, sede de la Confederación, a cuyo ejército se incorporan ambos como oficiales. Destinados al batallón comandado por el Coronel Eusebio Palma, donde Rafael fue abanderado, luchan contra los secesionistas porteños en Cepeda y Pavón. Después de Pavón, en la represión de Cañada de Gómez, ambos salvan la vida “por milagro”.

En 1864, Rafael se traslada a la Banda Oriental uniéndose a la heroica defensa de Paysandú, sitiada por el mitrista uruguayo Venancio Flores, a quien apoyaba la escuadra brasileña de Tamandaré. Él es el único que logra escapar de la feroz represión de los vencedores.  Herido de bala en una pierna, burla la vigilancia enemiga (según algunos, disfrazado de vasco changador) y llega a la isla Caridad, donde se reencuentra con su hermano José y su amigo Carlos Guido y Spano, que habían intentado infructuosamente pasar a la ciudad sitiada.

Repuesto de sus heridas, se dedica a sus tareas de agrimensor, recorriendo las provincias, lo que le permite adquirir un panorama cabal de la situación social y política del país. Esa  experiencia la volcará después en largas charlas con su hermano. “El gaucho Martín Fierro”, sugiere Gugliermino, recoge muchas de esas impresiones y opiniones de Rafael.

En 1868, los hermanos Hernández están otra vez en Buenos Aires, luego de casi doce años de extrañamiento. Fundan, al año siguiente, el diario “El Río de la Plata”, adhiriendo a la figura de Adolfo Alsina. Meses después, al asumir Sarmiento la presidencia, José vuelve al destierro partiendo hacia Entre Ríos, donde López Jordán había vuelto a levantar a la montonera entrerriana. Rafael se queda en Buenos Aires y en junio de 1870 se casa con Anselma Serantes Pita, quien muere nueve años más tarde. Sus hijos y los de José, otra vez en el exilio, van a encontrar en Rafael a un padre abnegado y cariñoso.

Desatada la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires (consecuencia de la guerra del Paraguay), Rafael se destaca por los servicios prestados a la comunidad, que lo retribuye con la Cruz de Hierro y la Medalla de Oro del municipio. Hacia 1874, ya con su amigo Nicolás Avellaneda presidiendo la república, es designado Vocal del Departamento de Ingenieros de la provincia de Buenos Aires y encargado de la sección de Catastro y Geodesia del mismo departamento.

A partir de esos años, su actividad creadora se multiplica. En 1877 es uno de los impulsores del Club Industrial, esfuerzo aislado pero significativo “para realizar la grande obra de nuestra emancipación económica”. Su lucha por la industrialización es denodada y permanente: “Acabamos de escuchar la palabra autorizada del Presidente de la República en la Exposición de Mendoza, proclamando la necesidad de proteger directa e indirectamente las industrias, señalando su ausencia como causa ocasional en esta crisis y otras que no tardarán en sucederle, y la urgencia de emplear nuestro dinero en la explotación de las materias primas y sus transformaciones industriales”.

Refiriéndose a los productos alcohólicos de San Juan y Mendoza, reconoce que pueden proveer a la República y exclama: ¡Así debíamos ser con todo!”.

“Y la Provincia de Buenos Aires le contesta preparando su exposición en La Plata. Esto es emulación del patriotismo. Esto es progreso.”

Asimismo, reivindica la necesidad de una conciencia nacional para resolver nuestros problemas, abandonando la mentalidad colonial: “La yarda inglesa, la tonelada inglesa, como el barro inglés, como las explotaciones y errores a que nos han inducido los ingleses, mantienen su tradicional imperio sobre nosotros… porque somos dócil masa para tolerarlos. Blasonamos de altivos e independientes y nos dejamos fácilmente subyugar. Abandonando nuestras industrias, entregando nuestro capital, nos convertimos en una especie de Irlanda, en un feudo cuyo señor está en los bancos de Inglaterra”.

En otra oportunidad, señala: “Satisface nuestra vanidad ostentar a los ojos del europeo una ciudad rival de las mejores; nos arruinamos en pavimentos importados y en cuanto resplandece, deslumbra y suena, sin recordar que aún hay más de 50.000 argentinos de flecha y onda, desde el Tuí al Calihuá y el Ona que viven desnudos, ya en los huecos y en las ramas de los árboles, allá en los fondos de las selvas vírgenes, ya en cuevas sepultadas por la nieve entre los ventisqueros de inclementes rocas (…); que mientras nos inunda la luz eléctrica no les alcanza un rayo de luz moral; que muchas fuentes de riqueza se extinguen a nuestro alrededor porque la vialidad es tal que una botellas de vino Cafayate traído a esta capital paga veinte veces el flete que su similar inferior de Europa, o que una tonelada de carga descendiendo, aguas abajo, del alto Paraná hasta Corrientes paga dieciséis veces lo que cuesta, en equivalente recorrido, remontando el mismo Paraná desde esta capital a Corrientes. …Las iniciativas, los inventos, las empresas que vienen de afuera con desconocimiento de nuestros elementos y necesidades mediterráneas, pero explotando nuestra ostentación vanidosa, hallan preferente acogida por más problemático que su resultado sea; y mientras los campos piden centuplicar sus valores con ferrocarriles económicos, se invierten millones en túneles urbanos que no tardarán en bordearse de regias edificaciones, contrastando con nuestro estado interno. Pero lo que produce beneficio al país; los frigoríficos, las empresas de conservas, la producción de cereales, la exportación de ganados, los mercados consumidores de nuestros víveres secos, la industria porcina, la fabricación del Portland, la elaboración de cerveza con cebada del país y, en fin, tres o cuatro cosas solamente que podrían producir cincuenta millones al año, esas no merecen del pueblo ni de los gobiernos la menor atención a pesar de que, dicho sea en verdad, la prensa en general tiene siempre sus columnas al servicio de tan buenas causas”.

En 1869, funda una colonia agrícola con hijos del país: “San Carlos” en el partido de Bolívar. En el mismo sentido, fundará en Misiones las colonias “Candelaria” y “Santa Ana” y en Entre Ríos hará lo propio con la colonia “Hernandarias”, mientras en Buenos Aires traza los pueblos de Tres Arroyos, Bolívar, Pringles, Coronel Suárez y Pehuajó.

Incorporado al Senado provincial en 1887, es nombrado también presidente de la Municipalidad del barrio de Belgrano, en cuyo Establecimiento de Arboricultura construye caños de barro cocido para sustituir a los importados. Además, funda, cerca de Pehuajó, la colonia agrícola “Nueva Plata”, en homenaje a su hermano y forma parte del directorio del Ferrocarril Oeste, propiedad del estado provincial. “Algunos meses después –dirá el propio Hernández- quedó sellada la iniciativa del progreso local, con la rápida ejecución de la línea férrea desde 9 de Julio hasta Trenque – Lauquen, realizada a despecho de los fuertes trabajos que tenía preparados la Empresa “Ferrocarril a San Rafael”, que pretendía su concesión; y que, de no haberla vencido en la lucha, estaríamos todavía esperándola”.

Desde su banca, Rafael se opone infructuosamente al proyecto oficial de vender el Ferrocarril del Oeste a los ingleses. “Estamos en 1889 –dirá Raúl Scalabrini Ortiz-. La garra inglesa comienza a cerrarse sobre el país”.

Pero Rafael no ceja en sus realizaciones en beneficio de la patria. Durante su segundo mandato como senador, presenta el proyecto de creación de una casa de altos estudios en la capital provincial, la que comenzará a funcionar en 1896. La fundación de la Universidad de La Plata, atribuida falsa o erróneamente a Joaquín V. González, es uno de los tantos ejemplos del accionar empeñoso de Hernández a favor de la cultura y la soberanía del país, pero, además, del interesado silenciamiento y tergiversación que sufrió su figura. Incesantemente, multiplica sus proyectos: explotación de los yacimientos mineros de San Luis, La Rioja y Catamarca, del caolín en Córdoba, el desarrollo de la industria textil tomando como base plantas indígenas, evitando “importaciones del exterior por un valor de más de 10 millones de pesos oro”, fabricación de arpillera, impulso a las compañías de Seguros, fundando “La Previsora”, empresa que “vino a mitigar una sangría de oro que nos hacían las compañías extranjeras”, así como la conveniencia de fabricar cemento, que se importaba de Inglaterra a través del Sr. Bateman, “un legítimo inglés, y nosotros legítimos tributarios de su patria”.

Personalidad polifacética, mantuvo consecuencia en la defensa de las ideas nacionales y de progreso en los diversos ámbitos en que desarrolló su lucha: el periodismo, la polémica, la conferencia y los distintos cargos que desempeñó. Asimismo, dejó varias obras importantes que son testimonio de su preocupación por las cuestiones de la patria: “El Catastro”, “Transmisión telegráfica”, “Justicia criminal” (que es “Martín Fierro”, puesto en prosa, según Cutolo), “Cartas misioneras” (acerca del desarrollo de las riquezas de esa región), “Irrigación de la provincia”, “Armonías industriales”, “Pozos semisurgentes”, “Barro inglés diez millones” (sobre la fabricación de caños), “Materialismo y espiritualismo”, “Pehuajó”, “Patria y caridad”.

Durísima fue su lucha, enfrentando fuerzas y mitos del país semicolonial; su antimitrismo militante, la denuncia de las empresas de capital extranjero, especialmente inglesas y la propuesta de desarrollo industrial en base a nuestros recursos. Ello explica por qué lo acallaron y lo aislaron, impidiendo que sus ideas y propuestas perturbaran el orden del modelo agroexportador.

En sus últimos años, quizás decepcionado por la incomprensión de sus contemporáneos, especialmente aquellos con funciones de gobierno, su carácter fue desarrollando rasgos de misantropía y acritud. Era un hombre de la patria vieja, excéntrico y huraño, que no perdió jamás su empaque a lo toro, su estampa viril de gaucho viejo en un país cada vez más endeudado económica y culturalmente a Europa.

“Criollo de cepa pura –lo describe su asistente Albino Dardo López-, vestía levita verdosa y bombacha blanca, calzaba botín de elástico, boquiabiertos por el desgaste de las gomas, y tocaba su cabeza de melena cernida en caída sobre los hombros, con aludo y ordinario sombrero de paja. (…) En el bolsillo interior de la prenda aristocrática, a la altura del hombro izquierdo, relucía el cabo amarillo de una bayoneta antigua; y por bajo sus faldones, asomaba la boca hórrida de arcaico trabuco de bronce”.

Genio y figura de Rafael Hernández, patriota cabal a quien la mentalidad transoceánica de nuestras clases dominantes mantuvo durante décadas sepultado en el olvido. Toca a los argentinos del siglo XXI rescatar su notable figura, su acción y su pensamiento.

Fallece el 21 de marzo de 1903, en Buenos Aires y el mayor de los silencios se tiende sobre su nombre y su obra.   (J. C. JARA – LOS MALDITOS – TOMO II – PÁGINA 196, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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EMILIO DE ALVEAR – (1817-1885)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
Emilio de Alvear, “uno de los más incisivos y talentosos defensores del proteccionismo económico”, al decir del historiador Alfredo Terzaga, nació en Niteroi, Brasil, el 12 de octubre de 1817, durante el exilio de su padre, el general Carlos María de Alvear, en la corte de Río de Janeiro.

Estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires y completó sus estudios en Estados Unidos, donde su padre era ministro plenipotenciario de la Confederación Argentina. Allí Emilio se desempeñó como secretario de la Legación y es probable –como apunta Jorge B. Rivera- que durante esta época “haya tomado contacto con los escritos económicos de Alexander Hamilton, cuya impronta ‘proteccionista’ inspirará luego las teorías de Friedrich List durante su fecunda etapa americana (1825-1832)”. Además del ex Secretario del Tesoro norteamericano, de acuerdo a las tres cartas de las que hablaremos más adelante, evidencia haber leído a Mathew y Henry Carey, entre otros.

A la caída de Rosas, Emilio rehúsa el ofrecimiento de continuar su labor diplomática en París y regresa a Buenos Aires, donde se dedica al periodismo. Al mismo tiempo, aconsejado por su padre, se acerca a Urquiza y se integra al círculo de hombres de Paraná junto a José Hernández, Carlos Guido y Spano, Miguel Navarro Viola, Lucio V. Mansilla, Vicente G. Quesada y otros federales porteños. Mansilla lo describe así en esa época: “mucho despejo, audacia, mundo y barniz de buen tono. Sabe todo lo que ha visto y lo que ha oído de su padre el brigadier general, que conocía mucho nuestra revoluciones y la vida”.

Por esos años (1853 a 1859) escribió en “El Nacional Argentino” y en la “Revista de Paraná” y fue miembro de la legislatura de la Confederación en diversos períodos. Fue el primer ministro de relaciones exteriores del presidente Derqui, apartándose más tarde por no coincidir con algunos procedimientos de éste. En 1867, ante las elecciones de ese año, que a la postre darán la presidencia a Sarmiento, Alvear (como tantos otros federales, desde Alberdi a Laurindo Lapuente) brinda su apoyo al general Urquiza.

En 1869 retorna a la actividad pública: se incorpora a la Sociedad Rural Argentina y entre febrero y abril de 1870, publica en la revista de Vicente G. Quesada, bajo el título “Reforma Económica”, tres cartas o artículos en los que se adelanta al debate parlamentario que se va a producir pocos años más tarde (1875-76) en torno a la cuestión Proteccionismo o Libre Cambio. En dichas cartas, Alvear se pronuncia firmemente por la opción proteccionista. En la primera, luego de aclarar que no tiene pretensiones de literato ni de economista, se define en contra del “espíritu imprevisor y exageradamente liberal de nuestra legislación mercantil e industrial”, ya que “con el solo producto de nuestros ganados no podremos llegar nunca a ser una nación importante”. Lo que muchos años más tarde los técnicos de la CEPAL llamarán “deterioro en los términos del intercambio” ya está vislumbrado, menos científicamente tal vez, en este párrafo de Alvear: “si se considera que nuestras materias primas dependen todavía del consumo externo, y que ni aun después de cosechadas con el mayor esmero y felicidad podemos estar seguros de su precio cuya tarifa la da necesariamente el consumidor, tendremos que convenir en que de nada somos dueños ni aun del valor de los dos y únicos productos del país”.

Pese a no considerarse economista (o tal vez por eso mismo) Alvear tiene una muy clara percepción de los problemas económicos que aquejan al país: “Un pueblo que no es sino meramente pastor y cuya agricultura es embrionaria –se pregunta-, ¿es un pueblo del siglo en que vivimos?”. Y prosigue sus inquisiciones: “Sin agricultura, sin fábricas, sin talleres, sin industrias, sin oro, sin fierro, sin carbón y sin plata, sin marina, y sin ejército propio, ¿se puede creer seriamente que seamos una nación realmente independiente porque hemos ganado las batallas de Maipú y Chacabuco?”. La causa profunda de nuestras luchas civiles se desprende con nitidez de estos razonamientos. “Cuando desde el calzado hasta el sombrero, todo lo recibimos del extranjero -¿en qué consiste esa independencia sino es en el derecho de exterminarnos fraternalmente?”. Más adelante, Alvear la emprende contra el liberalismo económico a ultranza, desnacionalizador y enemigo de nuestro progreso: “Solo aquí el hijo de la tierra está en peores condiciones que el extranjero. Es verdad que solo aquí se ha tenido la peregrina idea de declarar que nuestros ríos interiores eran mares, y lo que se ha hecho clara y directamente con las aguas, se va haciendo paulatina e indirectamente con la tierra y sus hijos: son propiedad de la humanidad (…). Todas las libertades tienen sus límites racionales sin los cuales serían absorbentes, y degenerarían en el caos y la confusión. Esto mismo es aplicable a la libertad comercial”. Por ello Alvear abogará por una legislación protectora, una escala móvil de tarifas y un sistema de compensaciones graduales que permitan el desarrollo de nuestra propia industria. Después, sí, “cuando nuestra agricultura y fábricas estén a la altura de las de Inglaterra, entonces haremos como ella la propaganda del libre comercio y del libre cambio”. Alvear, como observamos, no se deja engañar por la mercadería ideológica europea importada por los liberales seguidores de Mitre. Y le queda lugar para hacer justicia con la experiencia paraguaya recientemente aniquilada por la “civilizadora” Triple Alianza. “El Paraguay en peores condiciones de gobierno, de clima y de topografía, se ha bastado a sí mismo durante cinco años de guerra tenaz y sin tregua. Los paraguayos tuvieron marina que ha peleado con honor, el Paraguay ha sucumbido; pero al menos cada disparo de cañón o fusil que resuena en sus montes marcando su agonía, es de pólvora, cañón y armas paraguayas. ¡Tienen con qué hacer sus honores fúnebres!... Entre nosotros el arma que nos mata, la que nos defiende, hasta el arma con que vencemos es extranjera; la espada de Ituzaingó que me ha legado mi padre lleva el escudo de Jorge II. ¡Cuánto daría yo porque ella fuese tan argentina como es el triunfo que simboliza!”.

José Hernández reeditará en su periódico “El Río de la Plata” esta primera carta de Alvear, la que es respondida desde el librecambismo más ortodoxo por Mariano Pelliza (“El Río de la plata”, 31 de marzo a 6 de abril de 1870) y por Nicomedes Antelo en los “Anales de la Sociedad Rural Argentina”. Es oportuno acotar aquí que la posición proteccionista fue, para historiadores como Chiaramonte, sólo un empeño pasajero, provocado por la crisis de sobreproducción lanar que se dará en esos años. Mucho de cierto hay en esa apreciación, pero no es aconsejable olvidar que aún en plena crisis las ideas librecambistas tuvieron mayoría de adeptos entre los sectores más poderosos de nuestra ganadería y del poder económico dominante, expresado en personajes como Norberto de la Riestra o Lucas González, fuertemente ligados a Inglaterra. Años después, con la aparición de las técnicas frigoríficas, la posibilidad de llevar a efecto las ideas de protección, sobre todo las más completas, como las propiciadas por Alvear, resultó directamente inviable.

En su segunda carta, fechada en Villa Olvido, el 4 de marzo de 1870, Alvear precisa aún más su postura, abogando por lo que hoy llamaríamos un “desarrollo autocentrado” de la economía. Considera que nuestras dificultades provienen “del error de tender nuestra vista a lejanas tierras y no querer detenerla en la nuestra, que es por donde debemos empezar”. La solución consiste para Alvear en proteger los productos de las provincias y el intercambio comercial entre ellas. “Disminuyamos –dice- los gastos de transportes, protegiendo la condensación de su volumen por su fabricación; esa disminución en los gastos será un aumento en el valor del producto y esto traerá la abundancia, que consiste en la mayor producción y el mayor consumo; con la variedad en el trabajo, mayor riqueza y con todos estos elementos juntos, los demás adelantos”. Al mismo tiempo, trascendiendo, como se ve, las meras disposiciones de alza de derechos aduaneros, propicia medidas que promuevan la educación fabril y agrícola, la descentralización del crédito, a favor de las provincias, y la intervención del gobierno nacional, es decir del Estado, en la explotación de las riquezas mineras hasta entonces dormidas en las entrañas de la tierra. “En una palabra –sostiene-, debemos reaccionar completamente del camino que llevamos, concentrando nuestras fuerzas al interior en vez de perder tiempo no queriendo ver sino el comercio exterior”.

Alvear tiene muy claro el uso que hacen las potencias de ciertos abalorios ideológicos. Por eso se pregunta: “si la libertad del comercio como la llaman los monopolistas es un principio tan natural como benéfico -¿por qué le ponen restricciones? ¿Por qué la misma Inglaterra que es su apóstol, protege todavía ciertos artículos como lo son la plata fabricada por ellos y algunas producciones literarias, que más (que) ninguna otra son propiedad del genio y no producción de localidades? (…) La verdad es, que la tal libertad es una verdadera protección acordada a las fábricas, porque se traduce en nuevos mercados para su mayor consumo. La Inglaterra impone al mundo libre sus telas y paños como le impone a la India el opio, en protección de sus intereses, no como libertad comercial”.

En su tercera y última carta Alvear aclara que su admiración por Estados Unidos abarca desde su independencia hasta la presidencia Jackson, no alcanzando a las últimas décadas en que se produce la expansión imperialista de ese país, el cual “marcha ya sobre la resbaladiza pendiente de Cartago y Roma”. Luego se encarga de responder algunas críticas. “A los que pretenden la completa emancipación de los gobiernos y dejan todo a la iniciativa individual”, les responde: “¿para qué quieren y sustentan gobiernos entonces? Tan exagerada es esa doctrina como la contraria de esperarlo todo de la iniciativa del poder”. A los enemigos de nuestro desarrollo industrial, manufacturero, les recuerda que “una nación que no produce sino materias primas no puede reclamar igualdad con las naciones que por la ciencia y las artes aumentan tanto el valor de esas materias y las devuelven como un impuesto a aquellos que consienten en hacerles tal servicio”. Y finalmente, a los partidarios de una “inmigración útil”, les indica que “el verdadero y seguro medio de obtenerla es proporcionarles aquí el trabajo que les pagamos fuera del país; supongamos que para proveer a nuestros dos millones de habitantes de todo lo que precisamos actualmente, desde el calzado hasta la harina, no se empleen en el exterior sino doscientas mil almas. ¿No sería mejor tenerlas aquí ocupadas en lo mismo aumentando nuestra población y consumo – y se puede dudar que ellas siguiesen al trabajo que las mantiene?”.

Alvear cierra esta última carta con cierta nota de escepticismo, “sabiendo de antemano que muy pocos leerán mi trabajo: primero porque cada uno tiene algo más importante que hacer; segundo porque vivimos en completa ilusión de felicidad y engrandecimiento, y principalmente porque mi nombre no es engrandecimiento, y principalmente porque mi nombre no es bastante caracterizado para llamar la atención”. Se consuela, sin embargo, pensando que se halla en buena compañía, ya que su pensamiento está en consonancia con el de hombres como Napoleón, Colbert y Thiers en Francia y republicanos como Washington, Jefferson y Hamilton en Estados Unidos.

Escaso en efecto fue el eco alcanzado por sus propuestas, las que sin embargo iban a ser retomadas y defendidas pocos años más tarde por los industrialistas agrupados en torno de Vicente Fidel López. (Ver “Los Malditos”, T.1; p. 192 y ss.)

Entretanto, en 1871, mientras el presidente Sarmiento abandonaba la ciudad precipitadamente, Alvear presidió la comisión popular para la lucha contra la fiebre amarilla y hacia 1878 lo encontramos formando parte de la legislatura porteña. En 1883 interviene en el debate de la ley de educación común, propiciando las posiciones católicas de Goyena y Achaval. “Fue un paladín culto de la religión católica”, dirá Udaondo.

Este notable cuestionador de los mitos económicos liberales murió en Buenos Aires el 21 de abril de 1885. Son exactas las palabras con que Rivera concluye su artículo: “Su nombre no es frecuente en los textos y memorias de la época, y él mismo admite, al despedirse de Quesada no ser ‘bastante caracterizado para llamar la atención’. Su decorosa fama de caballero porteño, al que algunos habrían tildado de rocín y chupandino, le alcanzó sin embargo para merecer –hacia 1876- algunas líneas en el repertorio biográfico de don José Domingo Cortés. Quizá no había elegido la confortable vereda del sol que mejor calienta” (J. C. JARA – LOS MALDITOS – TOMO III – PÁGINA 274, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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EDUARDO WILDE – (1844-1913)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Eduardo Wilde nace en Tupiza, hermana República de Bolivia, el 15 de junio de 1844, a pocos kilómetros de la frontera. Hijo de Coronel Diego Wilde, emigrado político y sobrino de Fortunata García, personaje que recupera la cabeza de Mario Avellaneda en la Plaza de Tucumán; torturado y muerto por orden de Oribe. La Gran Guerra civil acuna su niñez. Multifacético y librepensador positivista y progresista, nada de lo humano le sería ajeno. Fue el mayor sanitarista del siglo XIX; higienista precursor de la profilaxis; intuitivo, genial. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires lo recuerda con una cortadita de una cuadra –sí, una cuadra-, en el barrio de Monte Cristo.

A pesar de su impresionante currículo académico, fue un autodidacta que solo creyó en lo que vio, cuestionando toda versión oficial y revelada, para buscar el lado práctico y utilitario con pasión por la cosa pública, Ricardo Rojas lo encuadró en los prosistas a los que su vida pública les quitó tiempo material para ser grandes literatos. Fue un gran escritor, irónico, de temible pluma y quirúrgico estilo. Médico excepcional, pionero sanitarista, geómetra y gramático, autor de innumerables trabajos de medicina preventiva.

En 1863, Eduardo Wilde egresa del Colegio entrerriano de Concepción del Uruguay, fundado por Urquiza, becado como tantos jóvenes de la Confederación. Estudiante de medicina pobre y bohemio; ultraliberal y revolucionario en artes y política; adhiere al socialismo utópico.

Como tantos jóvenes de su época, apoya a Adolfo Alsina y al Autonomismo. Combatió toda su vida al mitrismo “representa a la aristocracia del dinero, del capital, de las finanzas, del gran comercio, y la propiedad territorial, cuyos sentimientos serán todo lo que se quiera menos nacionales y patrióticos” (La República, Reflexiones políticas, Enero 30 de 1874)

El 6 de agosto de 1866 entierra a su padre, quien muere a causa de la fiebre amarilla adquirida en el gran genocidio paraguayo. Escribe en “El Pueblo”: -“Si en lugar de pensar en la guerra, nos hubiéramos puesto a pensar en el engrandecimiento del país, por medio de la industria y la agricultura, el comercio y la educación popular…”

En 1867, siendo encargado de los lazaretos, hace frente al cólera que explota en la ciudad, en las tropas aliadas en la Campaña, el Litoral y Rosario. En seis meses, la venganza de Francisco Solano López azota los ochenta partidos de la provincia y provoca quince mil muertes y consume 10.000.000 de pesos fuertes. Wilde afirma “la falta de higiene en la ciudad, el fango de sus arterias, la carencia de cloacas, la provisión de agua insuficiente e insalubre, los deshechos saladeriles, el relleno de la ciudad, hecho con desperdicios, la construcción deficiente de los retretes,… el hacinamiento en los conventillos… excelente caldo de cultivo para el tremendo mal”. Wilde contrae el cólera, pero benigno y se repone en Flores, escribiendo y estudiando. En 1868 es prácticamente interno en el Hospital General de Mujeres y en 1869 Sarmiento lo nombra cirujano del Hospital Militar. Allí refuerza sus conceptos antibélicos; curando mutilados que vuelven del frente. El 24 de Marzo de 1870 se gradúa con un brillante examen de tesis. “El Hipo” del que se hablará por años, por su estilo literario y las técnicas que detalla (en 1936 Enrique Finocchietto elogia el método propuesto por Wilde).

Es electo Convencional para la Reforma de la Constitución de la Provincia de buenos Aires.

Enero de 1871, húmedo y lluvioso. En las mochilas de las tropas desmovilizadas viaja el vector no autóctono de la fiebre amarilla.
Diecinueve mil muertos y la ciudad queda reducida a una población de sesenta mil almas. Wilde trabaja noche y día. No cobra por sus servicios. Es más, devuelve 5.000 pesos que le entrega una comisión popular. Como premio la Parroquia de Monserrat lo elige diputado para integrar las cámaras provinciales. En 1872, el gobierno nacional lo envía a negociar un convenio con Uruguay, Brasil y Paraguay.

En 1873 es médico de Sanidad del Puerto y docente de Anatomía en la Facultad de Medicina. En Febrero de 1874, elecciones legislativas previas a la sucesión de Sarmiento, desembocan en la creación del Partido Autonomista Nacional, que nuclea fuerzas provinciales, federales y antimitristas. Enfrentado a la gran prensa nacional y como respuesta a un insulto de Eduardo Costa escribe el 12 de abril de 1874, en “La República”, el formidable editorial “Los Descamisados” declaración de principios y embrión del Socialismo Nacional, “voz de los que no tienen voz y sólo cuentan con su fuerza de trabajo para enfrentar a los que les roban sus camisas. Los miserables a quienes queda como única fortuna su conciencia, los que forman el pueblo”. “Es el primer artículo periodístico aparecido en la prensa argentina referido a los desheredados en su propia patria, Wilde era como ellos”.

Avellaneda logra 145 electores y Mitre sólo 79. Wilde es diputado nacional y vicepresidente de la Cámara. Cercano al poder, adquiere responsabilidades: miembro académico de la Facultad de Ciencias Físico-Naturales y la Facultad de Medicina Vocal de la Comisión de Aguas Corrientes, Cloacas y Adoquinados, Catedrático de Medicina Legal y Toxicología, miembro de la comisión de Construcción del Hospital Militar Central, Profesor del Colegio de Construcción del Hospital Militar Central, Profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires. “La higiene pública es la higiene de los pobres”, afirma reiteradamente como concepto social.

Se acerca 1880 y el 12 de octubre, Roca Presidente. La derrota del puerto y federalización de Bs. As., amputan a la oligarquía bonaerense en la Capital, y sientan las bases del Estado Nacional. En los artículos periodísticos se define a favor de la industria y el proteccionismo.

Ahora, todo hay que hacer en la “paz y administración” –el 11 de febrero de 1882 es ministro de Justicia, Culto e Instrucción pública. El 10 de Abril abre el Congreso Pedagógico para sancionar una ley de Educación común. Tras numerosos debates y presiones, el 8 de julio de 1884 se promulga la Ley 1420, con las firmas de Roca y Wilde. En octubre de ese mismo año se sanciona la Ley 1565, para la creación del Registro Civil; ya que era imposible analizar la demografía con datos poco fiables e incompletos por falta de estadísticas oficiales, además de incluir el poder civil respecto del régimen de familias.
Eleva proyectos de ley de reformas al Código Penal, de Comercio y de Minería y el de Reformas a la Organización de los tribunales de la Capital.

Crea el observatorio Magnético Nacional y la Escuela Superior de Comercio, reorganiza la Academia Nacional de ciencias de Córdoba, reforma la Escuela de Sordomudos, crea el Museo Nacional de la Universidad de la Capital. El hospital de Buenos Aires, será el Hospital de Clínicas. Crea escuelas normales de ambos sexos e Institutos de Segunda Enseñanza. Establece colonias penales y cárceles correccionales para encausados y sentenciados. A los 41 años se casa con Guillermina Olivera César que lo acompañará hasta su muerte.

El 12 de octubre de 1886, Miguel Ángel Juárez Calman logra la presidencia por 168 votos contra 43; quien asume con el prestigio de una gestión progresista y exitosa como gobernador. Pero su apuesta al crecimiento económico, su aliento a la inmigración, facilidades crediticias y garantías estatales irresponsables, fuerte inversión en la obra pública basada en el endeudamiento y emisión monetaria, sumado al intento de armar su propio partido para aislar el laquismo, desembocan en la crisis de 1890.

Wilde ocuparía el Ministerio del Interior desde octubre 1886 hasta enero 1889. El gabinete tenía sólo cinco departamentos de Estado; por lo que Interior tenía competencia y jurisdicción sobre temas como inmigración, obras públicas, colonización y ferrocarriles.

En noviembre de 1886 reaparece el cólera. Desde 1872 propone proveer de agua corriente potable y abundante, eliminar las aguas servidas y cloacales y canalizar las precipitaciones fluviales causantes de frecuentes inundaciones. Mientras tanto, ordena medidas profilácticas y envía médicos a diferentes regiones con métodos higienistas y técnicas empíricas desarrolladas en forma autónoma. Funda el Instituto Microbiológico Pasteur y convoca al Primer Congreso Médico Argentino el 29 de enero de 1887. Amplía el Hospital San Roque e inaugura el Hospital Rivadavia, el Fernández y el Laboratorio Bacteriológico de la Asistencia Pública.

Vacuna preventivamente contra el carbuncio y decreta el servicio a domicilio en el municipio urbano. A pura intuición rodea de parques y jardines al Cementerio de la Recoleta, con una técnica autóctona que luego en el exilio la encontrará en Varsovia.

Establece la vacuna antivariólica, la Oficina química Municipal, y la cuestión cloacas. Sólo diremos que la fiebre amarilla en 1871 mueve a Sarmiento a confeccionar un proyecto al respecto.

Gestiona, promueve y logra la Ley de Matrimonio Civil el 2 de Noviembre de 1888. Diversos enfrentamientos con Juárez Celman culminan en el escándalo mendocino. El 18 de enero de 1889 renuncia a su ministerio. Entre 1889 y 1890 viaja por Europa, Rusia, Asia Menor y Norteamérica. Escribirá memorables páginas; siempre pensando en su lejano país. Todo lo compara y lo asimila y de todo extrae conclusiones. En 1896 recorre Europa, el norte de África, China y Japón.

En la segunda presidencia de Roca asume como Director Nacional de Higiene. Denuncia la pavorosa mortalidad infantil y defiende la lactancia materna como fuente de anticuerpos y defensas para el recién nacido. Aísla a los tuberculosos en salas especiales y baja el índice de infecciones hospitalarias. Intuitivo, empírico o vocacional, todo le sirve para el bien común. Supervisa el lazareto de coléricos, y combate la difteria. Asiste en Paraguay a los afectados por la peste bubónica, controlando el tránsito del Paraná y el Paraguay al crear estaciones de profilaxis en Rosario y en el puerto de Buenos Aires.

El 22 de enero de 1900 reglamenta la Ley Orgánica del Departamento Nacional de Higiene. La prensa mitrista, el establishment porteño y los intereses clericales minan su salud.

El 9 de febrero de 1900, Roca lo envía al exterior como Delegado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario con asiento en EEUU. Nunca volverá a su patria. Padece de albuminuria. En 1901 se presenta al Congreso Sanitario Internacional de La Habana y al Congreso Internacional de Bruselas para la Conferencia Internacional de la Sífilis y el Congreso Internacional de Higiene y Demografía. Lejos de su patria, lo invade la nostalgia y la depresión, la desazón del no reconocimiento. Roca ya no tiene poder y entrega el mando a Quintana, abogado de los intereses británicos en octubre de 1904. El futuro diplomático de Wilde es incierto. Vive de pequeñas rentas. Nunca aseguró su futuro, ni cobra jubilación. Colabora en periódicos y dicta conferencias y clases magistrales con las que sobrevive.

Avellaneda, Sarmiento, Goyena, Estrado, Lucio V. López, Del Valle, Alem, Pellegrini, Juárez Celman; todos muertos. Sólo quedan Roca y Lucio V. Mansilla, exiliado en París. La República oligárquica del Centenario reina en Bs.As.

Deprimido, angustiado, se refugia en Guillermina. Un inoperable cáncer de próstata lo transporta a su tan mencionado “mar infinito a transformarlo en átomos de carbono, oxígeno, hidrógeno, el elemento inmortal del organismo. Así la subsistencia de esos átomos en la duración infinita, esta sola inmortalidad en que yo creo”. Es el 4 de septiembre de 1913. Su cadáver quedará en Ixelles, hasta el 15 de mayo de 1923, cuando serán inhumados en la Recoleta.

Según Acerbi “la tenaz lucha de Eduardo Wilde contra la autocracia mitrista, las leyes laicas por él impulsadas y la irreverencia de sus juicios, le valieron la hostilidad y un ocultamiento deliberado y malicioso”.

Wilde reflexiona y argumenta con filoso raciocinio. Hay decenas de aforismos y conceptos suyos que adquieren una actualidad frente al poder y los intereses creados.

Sus obras completas constituyen 19 volúmenes entre los cuales se destaca además sus obras literarias “Prometeo y compañía”, “Tiempo perdido”, “Entre la niebla” y su cuento “Tini”. (G. PALMA – LOS MALDITOS – T. IV – Pág 275, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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EVARISTO FEDERICO CARRIEGO – (1828-1908)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Abuelo del poeta de igual nombre, este periodista nacido en Paraná el 16 de diciembre de 1828, constituye uno de los más formidables testigos de cargo contra la política localista y antinacional jugada por el porteñismo mitrista durante la segunda mitad del siglo XIX. Cursó estudios de Derecho en Córdoba y en 1859 lo encontramos redactando el diario “El Comercio”, de Rosario, y al año siguiente, “El Progreso”, de la misma ciudad. De regreso a Paraná continuó su labor periodística, publicando “La Patria Argentina” (1861) y “El Litoral” (1862). En ambos periódicos, contemporáneos a los hechos emergentes de la derrota de Pavón, se muestra no solo adverso a Mitre sino, en la línea de los federales disidentes, condenatorio de la política claudicante de Urquiza, La oposición al jefe entrerriano, también ejercida desde su banca de diputado provincial, se sustentaba en una fiel adscripción a los principios del federalismo provinciano. Carriego reprochaba a don Justo su abstención cada vez más marcada respecto a las luchas de los caudillos del Interior. “¿Por ventura el General Urquiza tiene enferma el alma de hastío y desaliento? ¿Acaso ya no es aquel hombre para quien no había nada poderoso que le estorbase el paso?”, escribía en las páginas de “El Paraná” en marzo de 1865, y lo instaba a levantarse contra Mitre, asegurándole: “Entre Ríos en masa lo sostendrá; Entre Ríos en masa se pondrá de pie para sostenerlo y hacer triunfar este pensamiento”. Pero la defección de Urquiza ya era definitiva y la política de Mitre, fiel a la estrategia británica y a los intereses de la burguesía comercial porteña, se enfangaría cada día más, culminando su trayectoria con la virtual destrucción del Paraguay en la inicua guerra de la Triple Alianza, a la que Carriego se opuso con todas sus fuerzas. En tal ocasión, abandonó su banca de diputado, a la que había llegado en representación del federalismo disidente, y desde el periodismo inició una campaña contra el reclutamiento de tropas entrerrianas. Tal actitud le valió la persecución y el involuntario exilio.

Emigrado a Buenos Aires, este “paladín de la prensa militante” –como lo define Floriano Zapata- publicó un virulento folleto contra Urquiza. No es de extrañar, entonces, que en abril de 1870, producido el ajusticiamiento del señor de San José, adhiriera desde Buenos Aires a la patriada jordanista. Dos años más tarde comenzó a publicar el diario “La Política”, de línea autonomista. En 1877, producida la derrota de López Jordán hace esta descripción de su provincia desde el periódico “El Porteño”:

“Sometido a las condiciones brutales de la conquista. Entre Ríos ha sido realmente devorado en estos últimos siete años.
“Su despoblación y su ruina son el proceso de las intervenciones armadas.
“Cuatro mil emigrados de Entre Ríos han ido a pedir hospitalidad a un pueblo extranjero.
“Centenares de ciudadanos que no tuvieron otro delito que el de defender la autonomía de su provincia, han sido condenados a engrosar las filas de los cuerpos de línea.
“Pillos, que nunca sirvieron para otra cosa que para instrumentos del despotismo, ocupan y deshonran los más altos puestos de la administración pública.
“La victoria los sorprendió con el traje de esclavos, y apresuráronse a disfrazarse con el ropaje de ‘liberales’.
“Porque solo con este disfraz es permitido robar, encarcelar, proscribir y hasta fusilar prisioneros de guerra sin forma de proceso”.
Adversario tenaz de Mitre y sus seguidores –y contendor permanente del diario La Nación-, Carriego continuó su labor periodística redactando “Los castigos” y “Las Provincias”, de filiación roquista. En este último, en su edición del 9 de diciembre de 1880, hace esta fiel descripción del partido liberal:
“Surgido del seno de un inmenso trastorno político, ni supo ser consecuente con el pomposo nombre que él se dio, ni adquirir influencia moral fuera de la acción enervada del poder público.
“Sucesos felices mostraron luego que era lo que la libertad tenía derecho a esperar de él.
“La guerra del interior fue su estreno sangriento.
“Allí hizo él ver cómo se podría hacer una revolución en nombre de los principios, renegando de la verdad, de la moral y de la justicia.
“Aquella guerra de bandería tuvo para el partido mitrista los incentivos de una venganza política.
“Las depredaciones de los Procónsules; el incendio y el pillaje de poblaciones inermes; las chusmas riojanas transportadas de un campamento a otro; la sangre de prisioneros rendidos, bárbaramente derramada por Sandes; el asesinato vil y cobarde de Peñaloza; las proscripciones de Córdoba y de Mendoza; los martirios del Brachio; todo esto, y algo más, fue su alimento.
“¿Protestará alguna vez el partido liberal contra tales hechos?
“Ahí está su prensa, la prensa de entonces, para mostrar con qué especie de salvaje fruición contaba día a día aquellos horrores de que no hay ejemplo en nuestras luchas domésticas. Ni una sola palabra a favor de las víctimas cruelmente sacrificadas a las pasiones políticas”.
En el mismo periódico, pocas semanas más tarde retrataba de esta manera el redivivo perfil del jefe de aquel partido:
“Don Bartolomé Mitre es uno de esos hombres para quienes no hay otro público que la posteridad, a la cual difieren el juicio de sus hechos.
“Y es así, con este silencio sistemado, que ha conseguido mantener su personalidad a cierta distancia como para que ésta tuviera la ilusión de la perspectiva.
“Lo que explica el fenómeno de una popularidad persistente, no obstante el ridículo.
“Con la mitad de los reveses que D. Bartolomé Mitre ha sufrido, otro hombre cualquiera estaría ya condenado a un perpetuo olvido.
“Pero él ha saltado como la pelota de goma, mientras más fuerte ha sido el golpe que ha recibido.
“¿Quién hubiera creído, que después de la rebelión de 1874, que empezó por una palabra quijotesca y terminó por una escena de sainete, había de esta otra vez en aptitud  de amenazar la paz pública?”

En 1885 se publican las “Cartas políticas del Dr. Evaristo Carriego al Presidente de la República”. Este era a la sazón el general Roca, a cuya política inicial Carriego había adherido pero de la que se desligará en 1884, al fundar el diario “Los Tiempos. Desde sus páginas va a fustigar la política personalista del presidente y la obsecuencia de sus seguidores. Pero también ejercerá la fiscalía periodística contra los abusos, tolerados por el estado municipal, de grandes empresas, como las de gas y “tranways” y, sobre todo, se lamentará del estado de postración política en que se hallaba el país. Radicado en Córdoba por razones de salud, funda allí el diario “La Constitución”, donde lo sorprenden los hechos de 1890. Enemigo de esa revolución, a la que califica de “motín de cuartel”, ve en ella la continuidad de la “escuela de desorden” fundada por Mitre.

“Los discípulos, tan ineptos y tan desafortunados como el maestro, tuvieron también que deponer las armas”, afirma. En esos días se enzarza también en una enconada polémica con diarios católicos cordobeses, defendiendo las medidas secularizadoras de Roca y Juárez Celman. “Lo que atrajo siempre la desventura de los pueblos –dirá-, fue su sumisión incondicional a la corte romana”.

Este liberal nacional y consecuente republicano, escritor de barricada y profundo conocedor de los clásicos, suele estar ausente de las historias del periodismo argentino pese a que su labor en ese campo fue una de las más notables del siglo XIX. En 1895, en Santa Fe, su correligionario y amigo Floriano Zapata recogió en libro algunos de sus escritos periodísticos, con un título premonitorio: “Páginas olvidadas”.

Carriego publicó también una “Autobiografía”, donde describe su intensa actuación política y periodística. Falleció en Buenos Aires el primer día de 1908. Como bien dice Eduardo Luis Duhalde: “un siglo después, casi ningún argentino sabe de su existencia, tras su efectiva lapidación histórica”. (J.C. Jara, Los Malditos, T III, pág. 263, Ed Madres de Plaza de Mayo)

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DOLORES DÍAZ (“La Tigra”) - (Aproximadamente 1820 - 1880)

UNA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

Fue una de las figuras más relevantes de la montonera en La Rioja y Catamarca. Acompañó a Felipe Varela en sus luchas por la causa del interior, convirtiéndose en su compañera, relación de la cual nació un hijo, de quien la tradición oral refiere que era muy parecido al caudillo. Intervenía en las batallas con heroísmo y fiereza sin igual, lo que le valió el apodo de “La Tigra”.

En Pozo de Vargas, donde la montonera de Varela enfrenta a las fuerzas mitristas conducidas por Taboada, la tradición recuerda que fue ella quien salvó al caudillo, en peligro de muerte, en medio de la pelea. Pero Dolores quedó prisionera de las fuerzas mitristas. En Santiago del Estero, bajo la dominación de los Taboada, Dolores sufrió toda clase de humillaciones, penurias y tormentos.

Después de la derrota, Varela se vio obligado a exilarse en Bolivia y desde allí le escribió a fray Mamerto Esquiú, solicitándole que intercediera para lograr la libertad de su mujer. Esta gestión del sacerdote generó, en 1868, el pedido de un juez federal de La Rioja, quien le reclamó a Taboada la liberación de Dolores. La respuesta del jefe santiagueño estuvo cargada de juicios peyorativos para La Tigra: “Sabedor de que la Dolores Días y sus compañeros de la hez de la población de La Rioja eran, puede decirse, el alma de la montonera, con cuyos robos y saqueos traficaban, contribuyendo con su consejo y su palabra a fomentar los hábitos perversos de los gauchos que formaban la montonera de Varela, resolví extrañarla de la provincia”, confinándola a la frontera de Santiago del Estero.

Poco después, en mayo de 1868, pudo regresar a La Rioja, donde fue recibida con fervor por el pueblo que sabía de sus grandes luchas y sufrimientos. Allí donde sobrevivió y cuidó a su hijo, trabajando horas y horas en su telar, para fabricar mantas y ponchos. Pobre y tomado por la tisis, Varela ya nada podía hacer por ella y en junio de 1870, Dolores se entera de que el caudillo ha fallecido en Chile, en la más horrenda soledad de un pueblito cercano a Copiapó.

Muere pocos años después, pero los datos, tanto de su nacimiento como de su muerte, son desconocidos por la historia de esa Patria por la cual ella jugó su vida tantas veces. (N. Galasso, Los Malditos, vol. IV, pág. 270, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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VICTORIA ROMERO DE PEÑALOZA (1800-1870)

Nace en Tama, localidad de La Rioja. Aunque se desconocen la mayor parte de los datos acerca de su niñez y adolescencia, algunos historiadores sostienen que provenía de una familia que poseía importantes bienes. En 1822, une su destino a Ángel Vicente Peñaloza, el caudillo popular apodado “El Chacho”. A partir de ese momento, comparte con él su lucha indoblegable contra la dictadura de la oligarquía porteña, en defensa de las provincias del noroeste arrasadas por el librecambio y la usurpación de las rentas aduaneras. Junto a él combate, en sucesivos enfrentamientos. La esposa del Chacho venía con frecuencia al campamento y al combate – señala Eduardo Gutiérrez – a compartir con su marido y sus tropas los peligros y las vicisitudes. Entonces el entusiasmo de aquella buena gente llegaba a su último límite y solo pensaban en declarar su lealtad a “La Chacha” – como la llamaban – hasta la muerte.

Desde 1842, su figura se hace legendaria cuando, en medio de la batalla del Manantial, “viendo a su marido acorralado, se lanzó en su ayuda”. José Hernández, en su “Vida del Chacho” sostiene que el caudillo estuvo a punto de morir y logró salvarse gracias al “arrojo e intrepidez de su mujer quien, viendo el peligro en que se hallaba, reúne a unos cuantos soldados y poniéndose a su frente se precipita sobre los que atacaban a Peñaloza, con una decisión que habría honrado a cualquier guerrero”. El Chacho salvó su vida, pero ella recibió un sablazo que le causó una herida desde la frente hasta la boca. Esa cicatriz, en plena cara, quedó como prueba de su heroísmo, aunque ella la ocultaba generalmente con un manto. En la memoria colectiva quedó desde entonces esta copla:

"Doña Victoria Romero
si usted quiere que le cuente
se vino de Tucumán
con una herida en la frente."

El 12 de noviembre de 1863, doña Victoria vive su día más triste cuado El Chacho es ultimado – y luego degollado – por la partida mitrista al mando del coronel Irrazábal. Ella desesperada se arroja contra los asesinos, pero nada puede hacer. Tomada prisionera, es liberada tiempo después, pero la despojan de todos sus bienes, en su mayor parte bienes propios que provenían de su familia.

El 12 de agosto de 1864, “la Vito”, como también la llamaban, le envía una carta a Urquiza, contándole sus desgracias y solicitándole ayuda, creyendo aún que el Supremo Entrerriano podría interesarse por la suerte de los caudillos del interior y su gente. Allí sostiene: “… la intriga, el perjurio y la traición han hecho que desaparezca (el Chacho Peñaloza) del modo más afrentoso y sin piedad, dándole una muerte a usanza de turco, de hombres sin civilización, sin religión; para castigo la muerte era lo bastante, pero no despedazar a un hombre como lo hace un león; el pulso tiembla, señor General: haber presenciado y visto por mis propios ojos descuartizar a mi marido, dejando en la orfandad a mi familia y a mí en la última miseria, siendo yo la befa y el ludibrio de los que antes recibieron de mi marido y de mí, todas las consideraciones y servicios que estaban a nuestros alcances. Me han quitado derechos de estancia, hacienda, menaje y todo cuanto hemos poseído; los últimos restos me quitan por perjuicios que dicen haber inferido la gente que mandaba mi marido, me exigen pruebas y documentos de haber tenido yo algo; me tomaron dos cargas de petacas por mandato del señor coronel Arredondo, donde estaban todos mis papeles, testamentos, hijuelas, donaciones y cuanto a mí me pertenecía. Se me volvió la ropa mía de vestir, de donde resultó que no tengo como acreditar ni los dos mil pesos que V.E. tuvo a bien donarme, por hacerme gracias y buena obra, por lo que suplico a V.E. se digne informar sobre esto al Juez de esta ciudad, para que a cuenta de esto me deje parte del menaje de la casa, siquiera por esta cantidad que expreso”.

Así, en plena miseria, transcurren los últimos años de “la Chacha”. Urquiza ya es una sombra o como dirá Alberdi, “el jefe traidor del Partido Federal” y se dedica a sus negocios, olvidándose de la suerte de los pueblos del interior. Ella se hunde entonces en el olvido y los historiadores han señalado que se desconoce inclusive la fecha de su fallecimiento. (N.Galasso, Los Malditos, Vol.II, Pág. 227, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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FELIPE VARELA – (1821-1870)

La historia escolar no dedica atención alguna a Felipe Varela. Los pocos libros que lo menciona lo tachan de “facineroso”, expresión de “la barbarie”. Pero el folklore lo recuerda para sepultarlo históricamente: “Felipe Varela matando viene y se va”. No lo juzgan, pues, como un político, ni proviene de la dramática situación de los pueblos del noroeste, expoliados por la oligarquía porteña sino simplemente se trata de un facineroso o un sanguinario.

Felipe Varela nace, en 1821, en Huaycama, pueblecito del departamento de Valle Viejo, provincia de Catamarca. Su niñez y adolescencia transcurren en Catamarca y La Rioja. En 1840, contrae matrimonio y pasa a residir, con su esposa, en Guandacol.

En esa época, participa de la montonera liderada por Ángel Vicente Peñaloza, “El Chacho”, quien se insurrecciona contra Rosas, integrando la Coalición del Norte. Al ser derrotado por las fuerzas rosistas, El Chacho y Varela se exilian en Chile.

Entre 1840 y 1855, Varela integra el ejército chileno, llegando al grado de capitán. Se presume que en 1842 y 1845 acompaña a El Chacho en sus dos nuevas intentonas contra Rosas.

También se conjetura que allí, en Chile, toma contacto con Juan B. Alberdi y el sacerdote Castro Boedo, pues comparte su posición antiunitaria, antirrosista, antimitrista, urquicista y latinoamericana. Es decir, al igual que El Chacho, Varela sustenta un federalismo provinciano que reivindica el triunfo de Caseros sobre el centralismo porteño.

En 1855, reingresa al país para incorporarse al ejército de la Confederación Urquicista, en momentos en que Buenos Aires se halla segregada bajo la influencia del mitrismo. A fines del 55, es designado teniente coronel en el Regimiento número 7 de Caballería de Línea y enviado a Río Cuarto. Poco tiempo después, reside en Línea y enviado a Río Cuarto. Poco tiempo después, reside en La Rioja y luego le dan destino a San Juan.

Se cree que participa en 1859 en la batalla de Cepeda, donde Urquiza derrota a las fuerzas bonaerenses conducidas por Mitre. Poco después, al producirse el alzamiento liberal en San Juan, acompaña a Juan Saá en la misión de sofocar a los insurrectos. En setiembre de 1861, participa en las fuerzas de la Confederación al producirse el enfrentamiento con el ejército mitrista, en Pavón.

Producida la defección de Urquiza, en Pavón, Varela vuelve junto a El Chacho desempeñándose como jefe de policía en La Rioja.
Poco después, Mitre, ya encaramado en el poder, lanza la represión contra las provincias interiores, la casi totalidad de las cuales le son desafectas. El Chacho y Varela confían en que Urquiza insurreccionará al litoral contra la política de Mitre, pero el entrerriano promete sin intención de cumplir compromiso alguno. En junio de 1863, los montoneros son derrotados por Paunero y Sandes, en Las Playas. Varela, gravemente herido logra escapar. Ha convenido en encontrarse con El Chacho, en Jagüel, pero el 12 de noviembre de 1863 su jefe es asesinado y degollado, colgándose su cabeza de una pica en Olta. Sin fuerzas y sin recursos materiales para reorganizar la montonera, Varela vuelve a exiliarse, permaneciendo en Chile hasta mayo de 1865.

Allí, se vincula l comité de “Unión Americana” de Copiapó, donde refuerza su concepción en pro de la Patria Grande. Desde Chile, le escribe varias cartas a Urquiza, solicitándole recursos para reorganizar su fuerza y lo incita a ponerse a la cabeza del antimitrismo de todo el país, pero el general entrerriano calla. Finalmente, Varela decide viajar a Entre Ríos, en momentos en que estalla la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Contrariamente a su esperanza, Urquiza declara que acompañará la decisión del presidente Mitre e intenta movilizar sus hombres, pero éstos se le rebelan en los desbandes de Basualdo y Toledo. Circulan versiones en el sentido de que Varela y López Jordán habrían incitado al gauchaje a desertar, pero no ha podido probarse esa imputación. Frente a la actitud de Urquiza, Varela decide, regresar a Chile.

Poco después, estalla la “revolución de los colorados” en Cuyo y entonces, el 9 de noviembre de 1866, cruza la cordillera con un pequeño contingente de 40 hombres. El 6 de diciembre lanza una proclama convocando a todas las huestes montoneras a sumarse “para defender el pabellón nacional… que ha sido vilmente enlodado por el general Mitre”. En esa proclama sostiene: “Los pueblos se conmovían, se agitaban tumultuosa pero sordamente, llorando su libertad perdida… El General Mitre, entre tanto, redoblaba su presión y su energía, infundiendo el terror y el pánico donde quiera, lanceando por centenares a ciudadanos pacíficos y cometiendo toda clase de excesos en las personas de aquellos que creía no partidarios de su política… Entonces, creí un deber mío, como soldado de la libertad, unir mis esfuerzos a los de mis compatriotas, invitándolos a empuñar la espada para combatir el tirano… Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón y sin conciencia. Cincuenta mil víctimas hermanas, sacrificadas sin causa justificable, dan testimonio flagrante de la triste e insoportable situación que atravesamos. ¡Atrás los usurpadores de las rentas y derechos de las provincias!... ¡Soldados federales! Nuestro programa es la práctica de la constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas”.

La revolución de los colorados logra mantenerse durante unos meses, pero el primero de abril de 1867 las fuerzas de Juan Saá y Juan de Dios Videla son derrotadas en el paso de San Ignacio. Por su parte, Varela, dispuesto a enfrentar a las fuerzas mitristas lideradas por Taboada, dirige sus fuerzas a la estancia Las Mesillas, donde le han informado que encontrará agua suficiente para refrescar a su tropa y a sus caballos, pero la información es falsa y no tiene otra alternativa que dar combate, con hombres insolados y caballos sedientos, contra fuerzas mucho mayores de las que él ha calculado. Ese fatídico 10 de abril de 1867, el caudillo montonero es derrotado en Pozo de Vargas. La tradición popular recuerda ese hecho, de este modo:

Vidita de mi vida
Pozo de Vargas
la guerra se ha perdido
por falta de agua.

O mejor aún, explicando la diferencia de armamento:

Lanzas contra fusiles
pobre Varela
qué bien pelean sus tropas
en la humareda.

La tradición oral recoge asimismo este recuerdo: una bandera roja y blanca, rasgada y manchada de sangre, queda sobre el campo de batalla: “¡Federación o muerte! ¡Viva el General Urquiza! ¡Mueran los negreros que la combaten! ¡Viva la Unión Americana!.”
Derrotado, Varela repliega sus fuerzas, pero sin embargo, al poco tiempo logra reorganizarlas y en agosto de 1867 reaparece nuevamente, provocando la ira de Mitre quien protesta ante Chile y Bolivia por los apoyos dados al caudillo catamarqueño de la Unión Americana.
Varela por su parte, derrota al coronel José Frías y logra sitiar Salta. Antes de entrar en la ciudad, “el facineroso y snagriento” Varela intima al gobernador Sixto Ovejero para que se rinda evitando la lucha dentro de la ciudad que provocaría muchas víctimas. El gobernador se niega y el 10 de octubre de 1867, Varela y sus fuerzas ingresan en la ciudad, naciendo así la leyenda negra de la toma de Salta:

Mañana del 10 de octubre
de sangre por culpa de él

Ante fuerzas mayores que lo cercan, Varela se retira a Jujuy y desde allí ingresa a territorio boliviano. Solicita asilo: “Le hablo a usted con la claridad del hombre que defiende los derechos de Sud América…” Pero, poco después, este caudillo, casi sin recursos y con apenas 200 hombres, vuelve a la lucha: el primero de enero de 1868 lanza un nuevo Manifiesto donde se define “como todo argentino de corazón y sobre todo los que no somos hijos de la capital, que hemos estado siempre del lado del Paraguay en la guerra que por debilitarnos, por desarmarnos, por arruinarnos, le ha llevado Mitre a fuerza de intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la nación entera, a excepción de la egoísta Buenos Aires”.
La montonera derrotada reaparece una y otra vez, como por milagro, pues el apoyo popular la reorganiza cuando se dispersa y le infunde nuevos bríos ante las derrotas.
Pero el 12 de enero de 1869, Varela es derrotado por las fuerzas centralistas al mando de Pedro Corvalán en Salinas de Pastos Grandes… debiendo regresar a Bolivia. Luego pasa Chile y desde Copiapó le escribe a su compañera: “Nada puedo mandar, dispénseme, estoy pobre, no se agravien conmigo…”
Ya está tomado por la tuberculosis. Su salud decae. Los últimos meses permanece postrado, casi sin recursos.

El 7 de junio de 1870 fallece. Al día siguiente, es enterrado en el cementerio de Tierra Amarilla, pequeña aldea cercana a Copiapó, en el norte chileno. El cónsul argentino en esa ciudad, le comunica al embajador: “Este caudillo de triste memoria para la república ha muerto en la última miseria, legando solo sus fatales antecedentes a su desgraciada familia”. Los textos escolares y las canciones folklóricas bendecidos por la clase dominante, harán el resto.

Norberto Galasso, Los Malditos, Vol. II, pag. 232
Ediciones Madres de Plaza de Mayo

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JOSÉ HERNÁNDEZ – (1834 – 1886)

Nacido el 10 de noviembre de 1834, en la chacra de Pueyrredón (hoy partido de San Martín) vivió sus años de infancia y adolescencia en el campo bonaerense. “Allí, en Camarones y Laguna de los Padres se hizo gaucho”, como diría su hermano Rafael, y tal vez allí, también, comenzó a formarse en su alma el magno poema nacional que daría a la imprenta en 1872. Pero antes y después de eso, su vida fue una lucha permanente, con la pluma y con la espada, en defensa de sus ideales de político revolucionario.
Sin embargo, la historia oficial ha dejado en el “olvido” al Hernández político. La razón radica en su militancia, de sostenida beligerancia contra Mitre y sus acólitos. Así pelea contra la oligarquía porteña, armas en la mano, en Cepeda (1859) y Pavón (1861).

En 1863, al producirse el asesinato del “Chacho” Peñaloza, publica, en el diario “El Argentino” de Paraná una vigorosa condena a los responsables y en general, al partido liberal mitrista, sus enemigos cosmopolitas y “civilizados” sostenedores de la estructura semicolonial del país. “Los salvajes unitarios están de fiesta” –dice en la encendida prosa de Vida del Chacho- “El partido federal tiene un nuevo mártir. El partido unitario tiene un crimen más que escribir en las páginas de sus horrendos crímenes”.
Ese partido federal por el que peleó Hernández toda su vida no debe, empero, confundirse con el partido rosista de Buenos Aires, más “criollo” que el unitario pero en definitiva tan localista como éste. Hernández fue federal, pero federal provinciano. Por eso militó en el urquicismo primero y en el jordanismo después. Por eso fue antirosista y, más aún, antimitrista y enemigo jurado de Sarmiento.

Acerca de la presidencia de Mitre, Hernández lanzó violentas críticas, considerándola una calamidad para el pueblo argentino. Entre esos enjuiciamientos, pueden reproducirse los siguientes párrafos: “La administración del general Mitre fue una administración de guerra. Sus hechos culminantes, las sangrientas batallas que enlutaron la patria. En vano es que busquemos en ese pasado luctuoso un rayo de luz, una iniciativa progresista, una idea feliz. La tarea encomendada a la administración pasada era una tarea de reorganización, y en vez de emprenderla, coadyuvó eficazmente a la obra siniestra de la disolución nacional (…) Así es que en vez de acometer las gloriosas empresas del trabajo y de la paz, agitóse en las tinieblas el genio del mal, preparando los elementos que debían envolver a la república en lutos y en ruinas. La tea del incendio alumbró con sus rojizos resplandores todos los ámbitos del territorio argentino (…) Los pueblos atropellados en sus derechos, en su seguridad, en su vida, se sublevaron movidos por el instinto de conservación, y los Procónsules del poder sofocando sus libertades, ahogaban en sangre aquellos movimientos de insurrección contra la arbitrariedad y el despotismo prepotentes. La ley marcial, si no decretada, regía de hecho aquellas poblaciones, abandonadas a la saña y el desbordamiento de autoridades tiránicas impuestas por la ley de la victoria”.

Durante la presidencia de Sarmiento, Hernández no sólo escribe el Martín Fierro, denunciando el drama social de los gauchos perseguidos y despojados por la política mitrista, sino que se suma a la montonera liderada por López Jordán. Derrotados, deben exiliarse (1871), pero dos años más tarde vuelven a ingresar en Entre Ríos convocando a derrocar al gobierno. La respuesta de Sarmiento consiste en un proyecto enviado al Congreso poniendo a precio la cabeza de los insurrectos; 100.000 pesos fuertes la de López Jordán, 1000 pesos para los demás jefes insurrectos, entre los cuales está Hernández.

Exiliado ahora en Montevideo, convierte al diario “La Patria” en una trinchera antimitrista, oponiéndose a la candidatura de Bartolomé Mitre, para las elecciones de 1874. De allí salen los artículos más violentos que se hayan escrito contra Don Bartolo en el marco de las luchas políticas: “… Un hombre que estaba destinado a ser tristemente célebre, apareció ejerciendo una influencia funesta en los destinos del país. Ese hombre era D. Bartolomé Mitre. Para la República Argentina, para la República Oriental, para el Paraguay, fue una especie de lotería fúnebre, una bolilla negra, que desde el día de su aparición en la escena ha venido presagiando desgracias y amasando su fortuna política con las lágrimas y con la sangre de millares de víctimas… Aquellos fueron tres años de devastación, de incendio, de sangre (1862-1865) (…) en que la República vio estremecida los más sangrientos horrores, los suplicios más crueles y las vejaciones más inauditas,… Al fin reinó en toda la República el silencio de las tumbas… El es el último de los grandes malvados (…) Mitre ha sido un cometa de sangre, un flagelo devastador, un elemento de corrupción, de desquicio y dan testimonio de su existencia los huérfanos, las viudas y los inválidos”.

Hernández regresa al país bajo el gobierno de Avellaneda y juega un rol importante cuando, en 1880, cristaliza la nacionalización de la Aduana de Buenos Aires núcleo central de nuestras guerras civiles durante el siglo XIX. Allí va a estar, defendiendo la federalización de la ciudad puerto en célebre debate parlamentario con Alem.

En los años posteriores, se liga al Partido Autonomista nacional y desempeña diversas funciones, entre otras, una diputación y una senaduría en la provincia de Buenos Aires.

Hernández fallece el 21 de octubre de 1886, a los 52 años, en Belgrano.
Es imposible explicar la historia personal de Hernández, enigma inescrutable para muchos, si no entendemos que la suya fue la parábola del federalismo provinciano desde la caída de Rosas hasta la federalización de Buenos Aires en el 80. Y más aún si desgajamos su obra escrita de su itinerario de político militante y comprometido que cuando vio cerrada la posibilidad de emprender la crítica de las armas, empuñó las armas de la crítica (y la poesía) y produjo, con “Martín Fierro”, el más genial alegato en defensa de la “barbarie” criolla frente a la “civilización” importada y enajenante de los adocenados intelectuales europeístas.

Sobre esta obra, que refleja el arquetipo gaucho ultimado por la burguesía comercial porteña, se han derramado una larga serie de infundios, hijos en su mayoría del odio político que habita con demasiada frecuencia en la “república platónica de las letras”. Una de esas falacias proviene de Lugones (redescubridor del poema para elite culta), quien crea, en 1913, el mito de un Hernández mediocre, creador inconsciente de una obra genial. Carlos Alberto Leumann, en sus documentados trabajos de “El poeta creador” demuestra que no se trató de la obra espontánea y repentista de un mero payador tocado momentáneamente por la gracia, sino labor de estudio y larga preparación.
Por su parte, en su injustamente célebre “Muerte y trasfiguración de Martín Fierro”, Ezequiel Martínez Estrada inaugura otra forma de detracción hernandiana: elogiar la Ida y criticar la Vuelta, expresión de rebeldía gaucha la primera y de oportunista acomodamiento a las circunstancias, la segunda. Si es que existe diferencia entre las dos partes del poema, asunto a debatir, ella está claramente explicada por las modificaciones profundas en la situación política y social: el ocaso de las luchas montoneras, la escalada inmigratoria, el boom agrícola y vacuno, a lo que debe sumarse que en 1880, con el advenimiento del general Roca y la federalización de Buenos Aires, se ponía fin a un siglo de guerra civil o como dirá Fray Mocho “se había extinguido la última chispa de aquel incendio que, comenzando en la Plaza de la Victoria, se propagó por toda la República”.

Finalmente, Jorge Luis Borges, siguiendo la línea de los anteriores, descontextualiza el drama social de Fierro definiéndolo como un mero personaje de ficción, un simple cuchillero de 1870. Abundan los escritos hernandianos, empero, que explican con lujo de detalles las peripecias de su personaje como síntesis poética de la tragedia de toda una clase social.
Por último, también a Borges se debe la calumnia de considerar a “Martín Fierro” –publicado en diciembre de 1872- un plagio de “Los tres gauchos orientales” que el uruguayo Antonio Lussich había dado a la imprenta en junio del mismo año. Sin embargo, el erudito cometió un pequeño desliz: comparar la primera edición de Fierro con una muy posterior –corregida- del poema de Lussich. Si hubiese confrontado las dos primeras ediciones de ambas obras, habría advertido que fue a la inversa. Lussich, confeso admirador de Hernández, tomó dichos y expresiones del Martín Fierro que agregó a ediciones posteriores de “Los tres gauchos orientales”.
(J.C.Jara, Los Malditos, Vol. II, Pag. 191, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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GERMÁN AVÉ-LALLEMANT – (1835-1910)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Verdadero precursor del marxismo e introductor del “socialismo científico” en la Argentina. Luego de haber abandonado muy joven su Alemania natal, munido de su título de ingeniero especializado en metalurgia y minería, se radicó en la ciudad de BsAs en 1868. Al igual que otros célebres científicos y naturalistas alemanes como Hermann Burmeister y Otto Krause, el joven Avé-Lallemant cayó subyugado por nuestro país en el que decidió radicarse definitivamente desempeñando tareas como geólogo, agrimensor, profesor y estadígrafo. El gobierno de Sarmiento lo contrató y le encargó realizar el trazado del camino que debía unir BsAs con el pueblo de San José de Flores. Su condición de ingeniero en minas lo llevó a instalarse, en 1870, en la ciudad de San Luis. Como afirma Fermín Chávez comenzó allí “a acriollarse, tanto que se puso de novio con la señorita Enriqueta Lucio Lucero, cuyos ascendientes tuvieron parte del dominio sobre la mina de oro del Cerro La Carolina, lo que posibilitó que el ingeniero emprendiera una explotación en dicha reserva mineral”. Fue el primero en introducir la dinamita en la minería argentina, en 1875.

En San Luis sus primeros trabajos fueron muy importantes: en 1872, realizó un plano topográfico de la ciudad y diez años después, en 1882, elaboró el primer mapa de la provincia. De ese mismo año data su primer libro Memoria descriptiva de la provincia de San Luis donde volcó toda la acumulación de conocimientos de esos años de trabajo. Allí ya despuntan sus primeras críticas al orden social oligárquico cuando describe la espantosa miseria de su provincia aunque estas críticas fueron moderadas y constructivas y bien podían haber sido recogidas por los sectores más modernizantes de la élite oligárquica, cosa que no sucedió. En cambio, en la edición del libro –hecha por cuenta y orden del autor- en 1888, apela ya al clásico lenguaje marxista y explica, con más críticas que sugerencias, los pasos que ha dado en esos seis años la formación económico- social argentina en el “camino del desarrollo de la organización capitalista de la producción”.

En 1890 viaja a BsAs para hacerse cargo de la redacción del periódico El Obrero y, aunque debe volver a San Luis por cuestiones laborales en febrero de 1891, seguirá enviando desde allí regularmente sus colaboraciones hasta 1892, año en que el periódico deja de publicarse. Los principales aportes del ingeniero al periódico estarán relacionados con la caracterización del sistema económico-social argentino desde la matriz de pensamiento de Carlos Marx y el análisis crítico de la coyuntura relacionado con aquella caracterización y, por ende, la utilización categorías marxistas. A tono con el “marxismo ortodoxo” de la época y siguiendo la propia interpretación del Marx joven, Avé-Lallemant ve al capital extranjero como un factor de civilización para un país como La Argentina, en tanto sirve para barrer con las estructuras económicas arcaicas y las relaciones serviles. Sigue el ejemplo propuesto por Marx sobre el mismo papel desempeñado por el ferrocarril británico en la India. Era lógico, dado el momento en que le tocó vivir, que realizara esta lectura de Marx en clave evolucionista y entendiendo la historia como realización del progreso bajo la égida del paradigma cientificista de Kautsky con el que, por otra parte, se escribía regularmente desde 1894.

Es por eso también errónea su apreciación del imperialismo –al que, sin embargo, critica por la violencia, la usura y los enormes estragos que hace en los pueblos que oprime- ya que el no comprender el carácter dependiente del capitalismo argentino lo lleva a ver el fenómeno imperialista como “progresivo” y “civilizador” adhiriendo, por ejemplo, al panamericanismo de Washington.
También en 1890, se transformó en colaborador regular del semanario socialista Vorwarts creado por los inmigrantes alemanes. Durante más de quince años escribirá allí notas científicas, económicas, sociales, culturales y políticas.
Se opone con dureza al anarquismo al que critica por su intento –romántico y valeroso, pero inútil- de modificar el orden social desconociendo el materialismo dialéctico y apelando a conceptos etéreos como “justicia” y “moral” en lugar de emprender el estudio de la economía política.
La influencia creciente de la retórica anarquista en el movimiento obrero será para él, el resultado del desconocimiento de las leyes históricas y la consecuencia del atraso de las fuerzas productivas de los países de donde eran originarios mayoritariamente los ácratas, España e Italia.
Sin embargo, lo más destacable de su trayectoria es que, a pesar de su marxismo ortodoxo y su acercamiento al reformismo del PS, el ingeniero tendrá una visión totalmente diferente del radicalismo al que apoyará en tanto movimiento nacional-democrático.
Su gran objetivo era unir la pequeña burguesía urbana con el campesino explotado por los terratenientes. Mucho lo entusiasmaba el carácter popular del radicalismo, aunque siempre su idea era apoyarlo pero manteniendo un programa proletario.

En 1896 se vincula al semanario La Agricultura, órgano de la burguesía agraria, donde se opone a las políticas de colonización e insistirá con sus planteos sobre la necesidad de incorporar el capital extranjero para la modernización del agro argentino. Ese mismo año es candidato a diputado por el Partido Socialista y allí se volverán a manifestar las diferencias por las ópticas diversas frente a la cuestión nacional. Mientras la conducción justista seguía planteando una actitud anti frentista que la llevará a aislarse del frente nacional transformándose en el ala izquierda de la oligarquía aliada al imperialismo, Lallemant definirá, correctamente, las tareas a realizar por un socialista en un país semicolonial cuando afirma: “El Partido Radical es hoy el elemento revolucionario de la República Argentina, nacido de la crisis económica y encargado de transformar nuestras instituciones políticas en formas estrictamente ajustadas a los intereses capitalistas, aunque en sus filas milita, sobre todo, la inmensa mayoría de la pequeña burguesía (…) como portador del capitalismo puro, el radicalismo instintivamente adivina su enemigo a muerte… el socialismo, en que él adivina a su futuro domador y que siente levantarse tras de él. Si los radicales nos temen y nos miran de reojo, a nosotros nos es muy simpática su lucha a favor de la democracia, aunque no sea más que de la democracia burguesa. Nosotros somos los partidarios más decididos de la democracia, aunque no participamos de sus ilusiones”. Aún en 1903 continuaba su militancia socialismo como secretario del Centro Socialista de Mendoza. Muere de un derrame cerebral en 1910. (M. AUGUSTO MOLOCZNIK – LOS MALDITOS – TOMO III – PÁGINA 258 Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

Fuente: pensamiento discepoleano

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