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JOSÉ FRANCISCO DE SAN MARTÍN  - (1777 ó 1778 – 1850)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL
El lector supone que seguramente que si alguien, en nuestra historia, está libre de ser considerado “maldito” ése debe ser el padre de la Patria.
Pues si el Padre de la Patria ha sido silenciado, excluido, deformado o vaciado, negándolo o presentándolo de un modo distinto a cómo fue, entonces, ¿de qué Patria estamos hablando?
Sin embargo… parece necesario reponerlo en su estatua, en su exacta dimensión, reemplazando a la figurita de Billiken que hasta ahora ha ocupado su lugar.

Podemos señalar algunos rasgos principales del San Martín que se viene enseñando en los colegios, en base a la biografía de Mitre, santificada por Levene, Ibañez, Astolfi y muchos otros, de la siguiente manera:

  1. Nace en Yapeyú, el 25 de febrero de 1778, de padres españoles. Habla castellano y se sobreentiende que es de raza blanca. A los cuatro años, pasa a Buenos Aires y luego, a los seis, marcha con su familia a España, donde ingresa al Real Seminario de Nobles de Madrid y se supone que allí cursa normalmente la escuela primaria.
  2. En 1789, ingresa al regimiento de Murcia como cadete y allí desarrolla una vida militar que no le debe haber provocado ninguna vinculación afectiva por España, pues en 1811 -¡Veintidós años después!- regresa a América para enfrentar al ejército español.
  3. Este regreso se habría producido porque, como dice Mitre, “ya había pagado con usura su deuda a la madre patria acompañándola en sus días de conflicto” o porque sintió “un llamado de la selva”, una atracción “ejercida por las fuerzas telúricas” desde su Yapeyú natal. (En un libro llamado “San Martín y la tercera invasión inglesa”, Juan Bautista Sejean argumenta que habiendo modelado su carácter y su cultura en España –y con 30 batallas, siendo ya veterano de guerra en 1811 –la única explicación de que regrese, siendo teniente coronel del Ejército español para enfrentar a los españoles, no son “las fuerzas telúricas” sino que lo sobornaron en Londres, adonde arribó después de partir desde Cádiz, rumbo al Plata, en 1811. Esta tesis, que no ha sido debidamente refutada por la Historia Liberal ni por la Historia Social, vendría a descubrirnos ¡que el Padre de la Patria fue “agente inglés”!)
  4. Lograda la confianza del gobierno, arma su regimiento de Granaderos a Caballo, recurriendo a los mejores hijos de la “gente decente” porteña.
  5. Con esa fuerza militar, derrota a los españoles en San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, liberando a las Provincias Unidas de la dominación hispánica. Se supone, según dice la canción patriótica, que en ese combate enarbolaba bandera argentina: “y en San Lorenzo, trémolo triunfal”.
  6. Luego de un breve período al mando del Ejército del Norte, consigue que lo nombre gobernador de Cuyo para preparar allí su fuerza militar. Es un argentino tan generoso que después de liberar a su patria ansía darle la libertad a dos países hermanos: Chile y Perú. Para levantar ‘ese ejército argentino’ recurre a las joyas donadas generosamente por las familias adineradas de Cuyo y al aporte que le brinda la clase aristocrática porteña.
  7. En 1816, San Martín se habría vuelto monárquico pues apoya el proyecto del rey Inca, presentado por Belgrano al Congreso de Tucumán.
  8. En enero de 1817, concreta la gesta de cruzar la cordillera (se da a entender que nadie la cruzó antes) para liberar al país hermano. Se supone que lo hizo enarbolando bandera argentina porque así lo indica la Marcha de la Bandera: “… la cima de los Andes escaló”.
  9. Los chilenos, derrotados en 1814 en Rancagua, se encontraban dominados nuevamente y no sabían qué hacer, salvo esperar a San Martín, quien triunfa en Chacabuco, pierde en Cancha Rayada y luego vuelve a triunfar en Maipú, consiguiendo la libertad de Chile, pero la generosidad argentina es tal que se niega a gobernar y el cede el poder a un chileno: O’Higgins.
  10. En 1819, dado que las montoneras de Ramírez y López, amenazaban a Bs.As., pretendiendo imponerle su “barbarie”, el Director Supremo le reclama a San Martín que venga con su ejército a defender a la ciudad puerto. San Martín aduce dificultades, su enfermedad, etc. y no regresa. Finalmente, se va a Chile a proseguir su campaña. Vicente Fidel López afirma que San Martín podía no regresar –renunciando o desertando- pero no podía “robarle” el ejército a los argentinos y a su gobierno legal llevándoselo a Chile.
  11. Muy enfermo, gravísimo, cruza en camilla la cordillera. Es un argentino tan obcecado y tan generoso que quiere liberar otro país y poco después se va al Perú, se supondría que enarbolando bandera argentina, pues todo lo hace con el Ejército de los Andes, que se supone financiado por las Provincias Unidas.
  12. En Perú, desarrolla una táctica asombrosa que le permite engañar a todos y evitando grandes batallas, ingresa a Lima donde declara la libertad de todo el Perú, otro país “de indios” y “negros”, liberado por los argentinos.
  13. Se supone que así habría seguido liberando pueblos –enfrentando al ejército español en el cual había peleado 22 años- pero quiso la mala fortuna que en su camino se cruzara Bolívar, un venezolano astuto, ambicioso, que como señala Mitre, respondía al proyecto colombiano de la expansión sobre toda América del Sur, quien le roba la gloria de continuar con su seguidilla de victorias. San Martín, porque era un Santo de la Espada, como señaló Ricardo Rojas, le dio una lección moral al retirarse de Guayaquil, yéndose a Chile, sacrificando sus laureles militares para evitar recelos con el venezolano.
  14. De Chile, se vino a Mendoza. Allí estuvo un tiempo y no se llegó a Buenos Aires donde agonizaba Remedios de Escalada, “su esposa y amiga”, como él escribiría luego en su lápida, quizás porque no se dio cuenta de la gravedad de la enfermedad que la aquejaba. Pasó luego a Buenos Aires y no quiso manchar su espada con sangre de hermanos, por lo cual decidió marcharse a Europa, llevándose a su hija, para educarla.
  15. Quedó allá en Europa, salvo un viaje realizado en 1828, donde llegó al Rio de la Plata pero no quiso desembarcar porque comprendió que la anarquía (en general, provocada por los caudillos “bárbaros e incivilizados”) reinaba en su patria.
  16. Ya estaba viejo y medio chocho, cuando en 1839, al producirse el bloqueo francés, le escribió a Rosas ofreciéndole sus servicios. De la misma manera, cuando la ateroesclerosis ya lo dominaba, en 1845, volvió a apoyar a Rosas y además le legó su espada, suceso sólo explicable debido a una reacción sentimental ante quien se enfrentaba a los invasores de su patria lejana, pero que no por ello dejaba de ser un tirano sanguinario.
  17. Muere poco después, provocando gran dolor a sus amigos, preferentemente liberales, quienes se encargarán luego de traer sus restos, que son colocados en la Catedral de Buenos Aires.
  18. Este guerrero que otorgó la libertad a tres países, también escribió unas máximas para su hija que sirven a todos los niños para educarse en los altos valores morales que necesita la patria para que las instituciones funcionen armoniosamente y la Argentina sea un país civilizado, blanco, respetuoso de los organismos internacionales de crédito, cumplidor en sus obligaciones de deuda externa y amigo de los grandes países, como Estados Unidos. El Instituto Sanmartiniano vela por su memoria.

Pero resulta que existe otro San Martín, que Mitre no ha tenido en cuenta al escribir su biografía. Veamos:

1) Nace en 1777 o 1778, sin conocerse exactamente día y mes, puesto que no se ha encontrado el documento que constate su nacimiento. Si bien integra la familia de Juan de San Martín, hoy parece discutible si es hijo legítimo de él y de Gregoria Matorras o es hijo de Don Diego de Alvear y la india Rosa Guarú, que habría sido entregado luego al cuidado de los San Martín. En ese caso, Rosa Guarú no sería solo el ama de cría sino la propia madre. Y también en ese caso, él no sería blanco, sino mestizo lo cual explicaría su tez bronceada, así como su cabello lacio y renegrido.

2) Trasladado a España con sus padres, no concurre al Real Seminario de Nobles, según lo han investigado varios historiadores españoles (“Vida española del General San Martín”) sino a una escuela común en Málaga donde, al ingresar a los 7 años y abandonarla a los 11, en que se incorpora como cadete al Murcia, no habría completado el ciclo primario sino que sólo habría aprobado cuarto grado.

3) Desde el ingreso al Murcia, a los 11 años, hasta su regreso al Rio de la Plata, a los 33 años, corren 22 años de influencia cultural española, que modela el carácter de José Francisco. En España aprende a leer y a escribir, a relacionarse con amigos, luego a tener su primera novia, a bailar, a pelear en 30 batallas, a escuchar leyendas, a adoptar costumbres, etc. Hoy sabemos –lo que no se sabía en época de Mitre- que ese hombre de 33 años que regresa a su patria natal, “hablando como un gallego” (según testimonio de los Oliver-Escalada), debía ser un español hecho y derecho.

4) Entonces, ¿cómo es posible que ese hombre –nacido en Yapeyú, pero modelada su personalidad en España- vuelva a América para pelear contra España? Nadie que combate 22 años, en 30 batallas, por una bandera, puede odiar a esa patria como para regresar a América para luchar contra ella, según sostiene la historia liberal. Y esto da pie a la tesis de J.B. Sejean, de que fue sobornado cuando, al salir de Cádiz, pasa a Londres, antes de viajar hacia su tierra natal.

5) Sólo existe una explicación: que la Revolución de Mayo tuvo inicialmente un carácter más democrático que separatista. No fue una revolución por odio a España (y escondido amor por los ingleses) como lo plantea Mitre sino que formó parte de la revolución española de 1818, y ésta, a su vez, obraba siguiendo el proceso iniciado en Francia en 1789, como lo sostuvo Alberdi. Esto explica lo que ahora se sabe: que French y Beruti ostentaban estampas con la cara de Fernando VII en los días de Mayo, que hubiese españoles integrando la Junta de Mayo (Matheu y Larrea), que la Primera Junta jura por el Rey Fernando, que la bandera española flamee en el Fuerte hasta 1814, que la independencia recién se declare en 1816, a causa de que en 1814 se restablece el absolutismo en España, cuando Fernando VII recupera el trono para virar fuertemente a la derecha y perseguir a los democráticos y anula las leyes progresistas dictadas en 1812. Entonces sí se explica que San Martín venga a continuar en América la lucha por la democracia, iniciada en Francia en 1789 y en España en 1808, y combata a los españoles absolutistas mientras en cambio se entiende con los españoles liberales (como ocurrirá en Perú, con La Serna). También se explica que sólo urja la declaración de la independencia a partir de 1814 y no antes. Luego, San Martín no es agente inglés (pues no sólo es enemigo a muerte de Rivadavia, que servía esos intereses, sino que se ofrece a Rosas y lo apoya, para luchar contra ingleses y franceses). Pero, si se cae la biografía de Belgrano –de Mitre- porque es incorrecta la caracterización de la revolución de Mayo y asimismo, también es incorrecta la biografía de Mitre sobre San Martín, se desmorona la historia mitrista. Es decir, por efecto dominó se caen Levene, Astolfi, Ibañez y toda la historiografía liberal, lo cual es grave. Pero evidentemente, resultaría aún más grave que el Padre de la Patria sea agente inglés.

6) Son muy escasos los aportes en soldados por parte de la burguesía comercial porteña al regimiento de granaderos. Se trata más bien de hombres del interior. San Martín pide que le envíen 300 guaraníes, desde la zona misionera.

7) No se usó bandera argentina en el combate de San Lorenzo, pues no existía aún.

8) Levanta el Ejército con el apoyo de los cuyanos y aplicando expropiaciones. El dinero de las joyas de las damas mendocinas se remite a Buenos Aires. Buenos Aires sólo ayuda desde agosto de 1816 hasta enero de 1817. San Martín crea el ejército “de la nada”, aplicando un plan semejante al que propugnaba Moreno (Plan de Operaciones), en 1810.

9) Sólo organizando el país como monarquía podía obtenerse el reconocimiento de otros países, en momentos en que volvía a imperar el absolutismo en Europa. En el Congreso de Tucumán, Anchorena se opone porque Belgrano y San Martín, al evitar a las dinastías europeas, propugnan el rey inca, que para la plutocracia porteña “es de casta color chocolate, andrajoso y borracho”, según discurso de Anchorena.

10) La bandera argentina tampoco cruzó los Andes, aunque para esa fecha (1817) ya había sido aprobada por el Congreso de Tucumán. San Martín enarbola la bandera del Ejército de los Andes precisamente porque se trata de un ejército aliado argentino-chileno. O’Higgins y Freire, jefes de columnas, son chilenos, así como gran parte de la tropa se halla nutrida por chilenos que huyeron después de Rancagua y se alistaron en un Ejército libertador hispanoamericano, por encima de las fronteras.

11) Precisamente, por esta causa San Martín no vuelve hacia Buenos Aires y de ahí “su desobediencia”. Su amigo, Tomás Guido, le advierte que si lo hiciera, todos los soldados chilenos desertarían de su ejército. San Martín sabe que formó el Ejército para una lucha hispanoamericana. Por eso, renuncia ante sus oficiales en Rancagua, en abril de 1820 y se hace elegir nuevamente, para reafirmar que ese ejército no depende de ningún gobierno, que es de “soberanía flotante” (así lo acepta Levene, en el único libro en que aborda el tema).

12) La campaña al Perú la financia el gobierno de Chile y ese ejército argentino-chileno, con apoyo de peruanos, enarbola bandera chilena, porque Chile le ha creado la escuadra, pero para San Martín es la continuación de una campaña por sobre las fronteras de las patrias chicas.

13) En el Perú, no se trata de táctica asombrosa, sino de las buenas relaciones de San Martín, un hispanoamericano democrático, liberal, con jefes españoles liberales, democráticos, como La Serna. No es Argentina la que libera al Perú, sino un ejército de la Patria Grande en Operaciones, semejante al que quiso formar el Che en Bolivia cuando lo asesinaron. San Martín tenía admiración por Bolívar y éste, por San Martín. Eran generales de una misma causa. Si Bolívar le robó la gloria, ¿por qué razón San Martín colgaba un retrato de Bolívar, en su dormitorio, frente a su cama, durante su estadía en Europa? ¿Era masoquista, acaso?

14) En Mendoza, le llega una carta de Estanislao López donde le avisa que si va a Buenos Aires le van a hacer consejo de Guerra por la desobediencia de 1819. La relación con su mujer no era tan armónica. En el Perú, el General mantuvo amores con Rosa Campusano. La familia de los Escalada lo odiaba. Él se va a Europa porque su tarea queda cumplida cuando Bolívar ingresa al Perú y ya está próxima la batalla final: Ayacucho.

15) Otra razón de su viaje a Europa es la persecución de Rivadavia quien le intercepta la correspondencia y le pone un espía en su finca de Mendoza, al tiempo que sus diarios lo hostigan. En 1825, San Martín, en Londres, lo quiere retar a duelo a Rivadavia. San Martín y O’Higgins coincidían en que Rivadavia era “innoble persona, malvado” (Según O’Higgins, era “el más grande criminal que ha nacido en Sudamérica”). Por eso, San Martín vuelve recién cuando gobierna Dorrego. Por eso también no desembarca cuando se entera que los rivadavianos han derrocado, asesinado a Dorrego y están otra vez en poder de la provincia de Buenos Aires.

16) Ricardo Rojas sostiene, en “El Santo de la espada”, la tesis de que San Martín le envía la espada a Rosas porque ya se encuentra “anciano y sentimental” (pág. 425), pero dos páginas después reconoce que “conservó hasta las horas extremas, su lúcida comprensión de los fenómenos sociales” (pág. 427).

17) Ni los gobiernos mitristas de la segregada Buenos Aires, ni el presidente Mitre ni Sarmiento se ocuparon de retornar los restos del General. Sólo lo hizo Avellaneda, cuando ya habían transcurrido 30 años de su muerte.

18) La enseñanza fundamental no son “las máximas a su hija”, acerca de las cuales probablemente nunca pensó que tendrían difusión y son propias de cualquier padre, sino cuando sostiene. “Seamos libres y lo demás no importa nada” y cuando señala la necesidad de la Gran Confederación Latinoamericana, política expresada en el tratado Perú – Colombia, de 1822. La otra gran lección está dada por su apoyo a la Confederación ante el bloqueo francés de 1838 y la intromisión de la escuadra anglofrancesa en el Paraná en 1845 y su acusación a los unitarios pues “no puedo concebir que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria… Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. (N. Galasso, Los Malditos, vol. II, pág. 154, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

VER LAS NOTAS DE N. GALASSO SOBRE EL PADRE DE LA PATRIA

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campusano

rosa campusano "la protectora"

(1798 - mediados siglo xix)

Nace en Guayaquil (Ecuador), en 1798. Desde su juventud, adhiere al proceso revolucionario desatado en América Latina. Al producirse la campaña libertadora al Perú, liderada por el General San Martín, “Rosita se hizo ardiente partidaria de la patria”, señala Ricardo Palma. En su casa de la calle Mercedes abre un salón literario-político adonde concurre la “juventud dorada” del campo revolucionario. Pero, asimismo, Rosa se convierte en valioso instrumento de la campaña sanmartiniana, llevando a cabo funciones de espía. Su belleza y gracia le permiten introducirse en las filas del ejército absolutista y allí obtiene información que luego transmite a San Martín.

De estas funciones de confidente, pasa luego a tener un romance con el Gran Capitán. Palma sostiene que “San Martín no dio en Lima motivo de escándalo por aventuras mujeriegas…, antagónico – en esto – a su ministro Monteagudo y al Libertador Bolívar”. “Las relaciones del General San Martín, Protector del Perú, con la Campusano – agrega Palma – fueron de “tapadillo”, jamás se le vio en público con su querida pero, como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traducirse y la heroína quedó bautizada con el nombre de La Protectora”.

Varios autores coinciden en afirmar que Rosa fue la amante de San Martín, quien hacía ya bastante tiempo que no veía a su mujer, pues ella se había trasladado desde Mendoza a Buenos Aires, después de un conflicto suscitado en la pareja. Víctor Von Hagen sostiene que “Rosita Campusano era la querida del General”. Ricardo Rojas, a su vez, afirma que “Palma da a entender que existió intimidad amorosa entre ellos”. Y Ernesto Quesada manifiesta que por entonces “San Martín se hallaba interesado en galantear a la seductora Rosa Campusano”. Ricardo Palma llega a sostener que de ese amor nació un hijo “al que llamaban Protector”. Sin embargo, la hipocresía de la historia oficial la ha convertido a Rosita en una maldita, pues el silencio ha caído sobre su nombre.

La historiadora Florencia Grosso, en su libro “Remedios Escalada de San Martín. Su vida y su tiempo” se escandaliza ante la mera posibilidad de que José Francisco haya tenido en sus brazos a Rosita y rechaza espantada esta imagen pecaminosa, como si ella no pudiese compatibilizarse con la de libertar pueblos. Sostiene, entonces, que se trataba solo de “una amiga”, colocándole así un cinturón de castidad al sufrido general. La técnica resulta semejante a la que denunciaba Jauretche cuando decía que San Martín sólo apelando al opio lograba calmar sus dolores estomacales, pero que la historia oficial se lo ha prohibido, con lo cual el General continúa con sus dolores, mientras el opio se traslada precisamente a esa “historia boba” que provoca los bostezos de los alumnos. Del mismo modo ocurre en este caso: al expulsarla a Rosita de nuestra historia, a San Martín le han “eliminado” el amor en esa época de residencia en Lima, condenándolo a la soledad y la abstinencia sexual. Los servicios prestados por Rosa – en la lucha de liberación, se entiende, al igual que los de Manuela Sáenz – contribuyeron notablemente a conocer las intenciones y planes de los absolutistas y ambas mujeres fueron premiadas por San Martín, con la Orden del Sol, en 1822. Después de la entrevista con Bolívar, San Martín –como se sabe- regresa a Chile, luego a Mendoza y finalmente, pasa a Buenos Aires a retirar a su hija, para encaminarse hacia Europa. Rosa queda en el Perú y según Von Hagen le escribe a Manuela, una carta muy acongojada acerca del alejamiento del Gran Capitán. Tal es el silenciamiento caído sobre Rosa Campusano –para no enturbiar la imagen de esposo sufridamente fiel que le han otorgado a San Martín- que no se conoce con certeza la fecha de su muerte, la cual debió producirse a mediados del siglo XIX. (N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 82 – Ed. Madres Plaza de Mayo)

Fuente: pensamiento discepoleano

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JOSÉ FRANCISCO PLANES (1778 - ¿1850?)
LOS MALDITOS EXCLUÍDOS DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Buenos Aires, el 8 de abril de 1778. Es primo de Vicente López y Planes, el autor del himno nacional. Lucha contra la invasión inglesa en 1807 y luego se gradúa de doctor en leyes, en Córdoba. Estudia filosofía y luego tiene a su cargo cátedras de esa materia.

Es uno de los revolucionarios más fogosos en los días de Mayo. En el Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 es el único patriota que además de votar por la cesación del virrey Cisneros exige que se le haga juicio de residencia por la represión llevada a cabo, en 1809, en La Paz, sobre los revolucionarios altoperuanos. Ese juicio conduciría al ajusticiamiento del Virrey. Por esta razón, en su novela histórica “La Gran Semana de Mayo”, Vicente Fidel López le atribuye una carta, del 24 de mayo, cuando parecía consolidarse la “junta tramposa” con la presidencia de Cisneros, donde Planes sostiene: “… He tenido que asilarme en la casa de J. J. … El virrey Cisneros ha sabido que en el voto que di, agregué que deben ahorcarlo por los asesinatos de la ciudad de La Paz y desde que se ha visto restituido al mando, ha de procurar castigarme”. Por tradición oral queda registrado que en los momentos decisivos del día 25, Planes va junto a French, Berutti, Chiclana y el padre Grela, a exigir la entrega del poder y que el fiscal Leiva no lo deja entrar a la sala diciéndole: -No, amigo mío, usted es muy loco para este negocio… De común acuerdo con sus amigos, Planes se retira pero al rato- según Vicente Fidel López- se introduce en la sala y apostrofa a los cabildantes. Leiva le contesta: -Todavía no gobierna Rousseau, ni Tomás Paine, señor Planes. A lo cual Planes responde: “Es exacto, pero desde el 22 nos gobierna el pueblo”.

Más allá de la rigurosa textualidad del diálogo e incluso de los hechos, López define un perfil de Planes que debe ser verídico y que proviene seguramente de su padre, don Vicente.

La circunstancia de que el 25 de mayo haya pasado a la historia escolar como un episodio demasiado amable –sin puñales, ni trabucos, ni rispidez alguna- probablemente ha influido para que Planes, protagonista de primera línea en la revolución, haya sido “olvidado”.

Existen, además, otros datos que explican este silenciamiento. Los pocos autores que se refieren a él lo reconocen como un ardoroso morenista, probablemente la mano derecha del Secretario de la Junta. Tan es así que, desaparecido sospechosamente Moreno –el 4 de marzo de 1811, en alta mar- Planes se convierte en hombre clave de la Sociedad Patriótica, organizada por Monteagudo para nuclear a los morenistas. Así en 1811, se desempeña como presidente de esa Sociedad Patriótica que a partir de 1812 funcionará como la agrupación de superficie de la clandestina Logia Lautaro, organizada por San Martín.

Siempre silenciado, la escasa información existente permite, sin embargo, aseverar que está con los morenistas en la Asamblea del año XIII, oponiéndose más tarde al Director Supremo Alvear. Asimismo, fiel al ideario de Moreno, se constituye en duro opositor al gobierno manejado por Rivadavia y luego, aparece como dorreguista, posiciones que también explicarían su carácter de “maldito”.

En 1834, se desempeña como juez y en tal carácter ordena la detención de uno de los hombres más ricos de las Provincias Unidas –don Braulio Costa- quien había trampeado a Facundo Quiroga en un negocio de títulos. Esto ratifica su audacia para luchar en defensa de la verdad, aún contra enemigos muy poderosos. En su carácter de dorreguista, se define también contra Rosas.

Muere “pobre y oscuro”, según señala un cronista. Le adjudican haber dicho, poco antes de morir, que estaba contra Rivadavia y contra Rosas, “porque los desatinos de ese loco eran las causas de las maldades de este perverso”.

No era hombre de buscar éxito, ni fama, sino de batallar, con la lanza en ristre, contra los grandes poderes consagrados, como lo había hecho su admirado Don Quijote. Por esta razón, no parece correcto compartir la visión de Vicente F. López quien le achaca “descuido desgraciado en sus procederes, inercia invencible para el trabajo y poca seriedad en los hábitos de vida” para explicar que siendo “un jurista diestro y un humanista brillantísimo… con bellísimos talentos”, fuera retenido “siempre en situación subalterna”. Parece, más bien, que “la situación subalterna” –hasta el extremo de desconocérsele en los colegios y no figurar en la mayoría de los libros referidos a su época- proviene de su audacia y su consecuencia: con el Plan de Operaciones morenista, con el jacobinismo de Monteagudo, con el nacionalismo popular de Dorrego y en contra del liberalismo oligárquico de Rivadavia y del nacionalismo ganadero de Rosas.

N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 139 – Ed. Madres Plaza de Mayo - Fuente: pensamiento discepoleano

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JUANA MORO, “la emparedada de Salta”, MUJER Y REVOLUCIONARIA - (1785 – Aproximadamente 1875/1880)
UNA “MALDITA OLVIDADA” POR LA HISTORIA OFICIAL

Nace el 26 de marzo de 1785 en Jujuy.  A los 15 años se identifica con el movimiento revolucionario de Mayo. La versión tradicional asegura que ella y otras mujeres de Salta “sedujeron a los jefes militares, entre otros, el marqués de Yavi, y lograron, pocos días antes de la batalla de Salta, que abandonaran las filas del ejército y regresasen al Perú para luchar por la causa de la revolución”. No existen datos suficientes, pero este poder de persuasión probablemente haya sido favorecido por la naturaleza democrática y no inicialmente separatista respecto a España que algunos historiadores le reconocen ahora al movimiento de Mayo, lo cual permite explicar que militares españoles, de filiación ideológica liberal, alineados con la revolución democrática española iniciada el 2 de mayo de 1808, se manifestasen a favor de las revoluciones producidas en América entre 1809 y 1811. Esto no resta mérito a Juana Moro y sus amigas, sino que lo torna más verosímil.

Asimismo, explicaría la venganza que se toma el virrey Pezuela contra ella en 1815, pues Pezuela era del bando absolutista y luego sería desplazado por La Serna y otros oficiales liberales del ejército español. Efectivamente, después de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, Pezuela impone su dominio en el norte y la castiga encerrándola en su casa –ventanas y puertas tapiadas- para que muera de hambre y sed. Allí queda, sentenciada a muerte segura, cuando una vecina logra abrir un boquete a través del cual ella consigue fugarse. Después de este episodio, Juana pasa a ser conocida como “la emparedada de Salta”.

Anteriormente, en 1814, el gobernador Martínez de Hoz había tomado represalias contra ella por sus tareas como espía de los revolucionarios y había ordenado saquear su casa, llevándola detenida a Jujuy.

A pesar de estas persecuciones, Juana Moro no amengua sus ímpetus. De colaboradora de Belgrano pasa a convertirse en importantísimo apoyo de Güemes, corriendo graves peligros para acercarle información, a veces, vestida con la usanza coya, otras veces, con traje de soldado. Más tarde, presta servicios como espía al General Arenales.

En Salta y Jujuy era ampliamente conocida su posición revolucionaria y cuando Arenales derrota a los españoles y recupera Salta, el pueblo la pasea en triunfo por las calles de la capital de la provincia.
La enseñanza escolar no se ha detenido en esta figura legendaria, que apenas ha trascendido a través de alguna canción folklórica. Con respecto a su muerte, Cutolo señala que se carece de información aunque parece haber alcanzado una edad avanzada pues dicho investigador sostiene que existen pruebas de que aún vivía en 1874, es decir cercana a los 90 años.  (N. Galasso, Los Malditos, Vol. II, Pág 135, Ed Madres Plaza de Mayo)

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azurduyazurduy

juana azurduy (1780-1862)

El 12 de julio de 1780, en Toroca, una aldea cercana a Chuquisaca, nació Juana Azurduy. La familia tenía un buen pasar como propietarios e una importante hacienda en Toroca. Desde muy pequeña, Juana conoció las tareas rurales, y aprendió a hablar el quechua y el aymará. Desde esa época conoció escenas de opresión de los más pobres que la conmovieron, y nunca las olvidará a lo largo de su vida. Al poco tiempo de nacer su hermana Rosalía, falleció su madre y sin poder sobreponerse al duro golpe, sufrieron una nueva pérdida, la de Don Matías Azurduy. En esas circunstancias, sus tíos se hicieron cargo de la crianza de las niñas. El carácter de Juana era bastante rebelde, y su tía, para dominarla, la internó, a los 16 años, en el Convento de Santa Teresa. Allí, la joven organizaba reuniones clandestinas con las otras internas, y conoció por ejemplo, la historia de Tupac Amaru, Juana de Arco, San Ignacio de Loyola y otros, que despertaron su interés. Su estadía allí, como era previsible, fue breve, pues a los ocho meses la expulsaron.

Regresó a su tierra natal, y fue allí donde conoció a Manuel Ascencio Padilla, con quien se casó el 8 de marzo de 1805. Fue él quien le habló por primera vez de las ideas republicanas, de la libertad y la lucha por ella. Tuvieron cuatro hijos: Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes. Ellos gozaban de una buena posición económica y vivían en una casona del distrito de La Laguna. Cuando se produjeron los movimientos revolucionarios de Chuquisaca y La Paz, en 1809, Padilla estuvo del lado de la causa americana. Derrotada ésta, fue perseguido, y la familia entera tuvo que ocultarse. Juana permanecía con sus cuatro hijos en la finca familiar, pero en ocasión de hacerse una partida realista, salió, rebenque en mano, impidiéndoles el paso y defendiendo su propiedad.

Al año siguiente, la revolución que se produjo en Bs. As., el 25 de mayo de 1810, no contó con el apoyo de las ciudades del norte, a excepción de Tarija. Los revolucionarios se preparaban para marchar hacia allí, con la precariedad que suponía la falta de recursos y de apoyo local. Los esposos Padilla brindaron cuanto apoyo pudieron a las tropas de Buenos Aires: entregaron sus cosechas y recuas, y les brindaron alojamiento. Don Manuel se plegó al ejército en el tránsito hacia el norte. En ese momento, Juana sintió por primera vez ganas de acompañarlo pero los tabúes de la época hicieron que permaneciese con sus hijos en la hacienda.

Manuel Padilla organizó la resistencia patriota en la zona de Cochabamba: el 21 de febrero de 1812 venció en Pitantora, y su nombre comenzó a ser reconocido oficialmente. También participó en las batallas de Salta y Tucumán. Después, Padilla regresó al Alto Perú; su misión era reclutar altoperuanos. Recibió el apoyo de algunos caciques indígenas, y esta vez Juana, excelente amazona, dejó su hogar y se sumó a la lucha por la libertad. Aunque creía que esta actitud no sería bien vista, otras mujeres la imitaron y marcharon al ejército; la novedad ayudó a sumar fuerzas y el valeroso ejemplo cundió. En poco tiempo, el prestigio de Juana se incrementó; los soldados de Padilla veían en ella a la “unión de una madre y esposa ejemplar con la valerosa luchadora”, y los indios la quería: “Seguir a Doña Juana era seguir a la tierra”. En las Batallas de Vilcapugio y Ayohuma, el ejército de los Padilla tuvo la función de proteger la retirada de los revolucionarios, pues ellos conocían mejor que nadie el lugar. Después de estos fracasos los Padilla dominaron con autonomía todo el territorio ubicado entre el Río Grande y el Pilcomayo... En ese marco, los indios jugaron un lugar muy importante, pues eran “vigías”… El cacique Cumbay, dominador de toda la franja situada al este de Chuquisaca, celebró un pacto con Juana Azurduy, “la mujer guerrera”, y realizó una ceremonia en su honor. Lo mismo ocurrió con el cacique Juan Huallparrimachi, quien asumió la causa libertadora como una causa ancestral y se convirtió en aliado y fiel compañero de Juana, La Pachamama.

Juana había formado un nuevo cuerpo, “Los Húsares”, que combatieron guiados por su valentía y coraje. En medio de la lucha, Juana debió enfrentar, en abril de 1814, la muerte de sus dos hijos varones, que escapando de los realistas enfermaron de fiebre palúdica y disentería. Cuando Padilla llegó al Valle Segura, conoció la triste noticia. A partir de este momento, la lucha contra los españoles tomó más sentido para Juana, y desde ese episodio, fue impiadosa. Tratando de superar la pena, dejó a sus hijas al cuidado de una nativa y se marchó a combatir. Hasta ese momento, los Padilla siempre se habían mostrado piadosos con los prisioneros realistas; desde entonces persiguieron a los españoles fugitivos y les dieron muerte.

La pena por la muerte de sus hermanos y la crueldad de la guerra, también afectó a las niñas. Para agosto de ese mismo año murió su hija Juliana unos días antes que su hermana Mercedes. Esta vez, la tristeza y la angustia, pudieron más que la fuerza de voluntad de los Padilla, quienes por un breve lapso interrumpieron la lucha. La tristeza por la muerte de sus hijos fue la única batalla que Juana Azurduy jamás pudo enfrentar. Cuando retomaron la lucha, otro golpe les pegó sin piedad: el 7 de agosto de 1814, los realistas, después de cuatro días de duro enfrentamiento, en el Cerro Carretas, ganaron el combate. Allí perdió la vida Huallparrimachi, a quien Padilla tenía casi como un hijo adoptivo. Ante esto, la pareja juró luchar hasta morir. En medio de la guerra, Juana tuvo que retirarse a orillas del Río Grande, pues iba a dar a luz a su hija Luisa. En esa oportunidad, Juana tras haber parido a su hija, y custodiada por un grupo de indios fieles, tuvo que luchar teniendo a su hija en brazos, y a caballo. Con coraje defendió los caudales del ejército revolucionario, y la vida de su propia hija. Luego la dejó al cuidado de la india Anastasia Mamani.

Poco después, cuando el ejército de Rondeau fue vencido en Sipe Sipe, los Padilla impidieron que Pezuela llevara a cabo su plan de entrar por la Quebrada de Humahuaca. El 9 de febrero de 1816, Juana asedió Chuquisaca. La lucha fue terrible, llegaron refuerzos españoles y la represión fue tremenda; ejecutaron a mujeres y niños. Los Padilla se reorganizaron, pero no pudieron con los realistas que los vencieron en el puesto de Villar, donde padilla recibió una descarga mortal, siendo luego degollado. En medio de su dolor, Juana sabía que era la única líder de su “republiqueta”. El 23 de octubre de 1816, en un hecho sin precedentes, el General Belgrano le envía una carta: “En testimonio de la gran satisfacción que han merecido de nuestro Supremo Gobierno, las acciones heroicas nada comunes a su sexo, le dirige por mi conducto el despacho de Teniente Coronel; doy a usted por mi parte los plácemes más sinceros y espero que serán un nuevo estímulo para que redoblando sus esfuerzos sirva usted de un modo enérgico a cuantos militan bajo los estandartes de la Nación”.

El nuevo grado le llegó con el aval del Congreso de Tucumán, Juana toleró que la cabeza de Padilla fuese exhibida por varios meses en la plaza pública: esto marcaba lo que su marido había significado para el enemigo. Pero el 15 de mayo de 1817, tomó por asalto La Laguna, y recuperó la cabeza de su esposo. Durante tres años Juana acompañó a Güemes en la lucha en el norte argentino. Cuando éste murió, en 1821, Juana regresó a buscar a su hija, que ya tenía seis años. En 1825, sin recursos, y sin el reconocimiento debido –más allá del grado militar- Juana estaba en Salta, sin medios para volver a su tierra natal. Después de mucho andar, llegó a Chuquisaca, donde ya se había declarado la independencia de Bolivia: Sucre le otorgó una pensión, pero los trámites para recuperar algo de su patrimonio fueron penosos… “Lo único que puedo dejarle a mi hija son mis lágrimas…” Los avatares de la vida política de Bolivia hicieron que según quien gobernase, se le pagara o no la pensión. Lo cierto es que terminó sus días en la pobreza, y en la soledad, pues su hija se había casado y el trabajo de su marido la obligó a alejarse de su madre. Doña Juana murió el 25 de mayo de 1862, cuando casi cumplía 82 años. Las autoridades fueron indiferentes al hecho pues estaban ocupadas en la celebración de la revolución de 1809. (C. Piantanida en Los Malditos, Vol. II, Pág. 73, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ GERVASIO ARTIGAS - (1764 - 1850)

UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

José Gervasio Artigas nació el 19 de junio de 1764 en la ciudad de Montevideo.
Pertenecía a una familia cuyo origen se vinculaba a los primeros fundadores de dicha ciudad. De joven estuvo abocado a las labores del campo, circunstancia que le dio un conocimiento pleno de la realidad socio-cultural de la campaña. Luego, ingresó al regimiento de Blandengues de la Frontera donde se convirtió en oficial.

Cuando acontecieron las invasiones inglesas (1806 y 1807) Artigas participó en la Reconquista de Buenos Aires. En 1811, desertó del bando español cuando el nuevo virrey del Río de la Plata Francisco Javier de Elío desconoció a la Junta revolucionaria porteña creada en mayo de 1810. El gobierno revolucionario de Buenos Aires lo designó Teniente Coronel y su misión era provocar levantamientos en la Banda Oriental contra los realistas. Para este objetivo contó con una fuerza militar obtenida gracias a su influencia en la campaña oriental. El 28 de febrero de 1811, se inicia la revolución en la Banda Oriental: el episodio se conoce como “El grito de Asencio”. Poco después, el 18 de mayo obtiene una resonante victoria en “Las Piedras”, lo cual permite a Rondeau establecer el sitio sobre Montevideo. Pero, en julio de ese año, penetran tropas portuguesas en la Banda Oriental.

En Buenos Aires, la contrarrevolución se expresa en el primer Triunvirato, el cual pacta un armisticio, en octubre, con el virrey Elío, abandonando a Artigas a su suerte.

Ya convertido en Jefe de los Orientales, Artigas decide cruzar el Uruguay y asentarse en el Ayuí. Alrededor de 5000 hombres lo siguen en ese “éxodo oriental” o caravana “de la redota”.

A fines de año, Artigas y su gente vuelven a la lucha, ahora colaborando con Sarratea, nombrado Jefe del Ejército en la Banda Oriental. Pero éste soborna a algunos jefes, por lo cual Artigas decide desobedecerlo. Ante esta actitud del caudillo oriental, Sarratea lo declara “traidor a la patria”.

La instalación del segundo Triunvirato en Buenos Aires (1812) posibilitó la apertura de la Asamblea del año XIII el 31 de enero de 1813. Artigas decide reconocerla y envía diputados, en representación de los pueblos orientales, munidos de una serie de instrucciones originadas en el Congreso de Tres Cruces (5 de abril de 1813) que expresaban el pensamiento emancipador del caudillo oriental. En ellas, Artigas proponía la independencia absoluta de España, un sistema de confederación con las provincias, un gobierno central, republicano y federal, libertades en lo civil y religioso y que la capital de las Provincias Unidas debía establecerse fuera de Buenos Aires. Sin embargo, los diputados orientales fueron rechazados por la Asamblea argumentando el incumplimiento de formalidades. La verdadera razón del rechazo radicaba en que las instrucciones de Artigas contrariaban los planes del grupo liderado por el General Alvear que dominaba la Asamblea y podían aliarse al grupo que respondía a San Martín. El rechazo de los diputados orientales derivó en una nueva ruptura de Artigas con Buenos Aires. La respuesta del Directorio porteño fue declararlo traidor (ahora, por segunda vez) y fijar 6.000 pesos por su cabeza.

La personalidad de Artigas crece por entonces y obtiene el apoyo no sólo de la Banda Oriental sino también de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba, constituyendo la Liga de los Pueblos Libres (1815). De esa liga Artigas fue su Protector y quien enarboló la lucha contra el centralismo de Buenos Aires cuyo puerto y comercio libre perjudicaban al resto de las provincias.

En esa época, Artigas alcanza su mayor poder como Protector de los Pueblos Libres, con sede en Purificación. Desarrolla, entonces, su programa revolucionario: entrega de tierras a los más desamparados (huérfanos, viudas, libertos, etc.) delimitando las extensiones para evitar la formación de latifundios, defensa de las producciones locales aplicando tarifas aduaneras a la importación de mercaderías extranjeras, liberación de los indios “pues deben acabarse los privilegios que nacen de la cuna”, apoyándolos para que elijan sus autoridades y se organicen democráticamente, libre navegación de los ríos para que se beneficien todas las provincias del litoral e instalación de diversos puertos, sistema republicano y federal. Asimismo, en carta a Bolívar, manifiesta su criterio de unificación de las patrias chicas.

Esta experiencia notablemente progresista se ve perturbada en 1815 por el ingreso de tropas portuguesas en el norte de la Banda oriental, dirigidas por el General Lecor. Esta invasión ha sido promovida por Manuel J. García, representante argentino en Río de Janeiro, en complicidad con el director supremo Pueyrredón, a quien Artigas protesta con vehemencia.

Hostigado por Buenos Aires y atacado por los portugueses, el caudillo oriental comprende la necesidad de transformar su guerra defensiva en guerra ofensiva. Así, el 1º de febrero de 1820 dos hombres de Artigas, los caudillos Estanislao López de Santa Fe y Francisco Ramírez de Entre Ríos, triunfan en la Batalla de Cepeda frente a las fuerzas directoriales porteñas, pero días más tarde Artigas, Jefe Supremo de los Pueblos Libres del Litoral, cae derrotado en Tacuarembó, el 29 de enero de 1820 ante los portugueses.

A la derrota sigue una decepción: López y Ramírez sin consultar con Artigas firman con Buenos Aires el Tratado de Pilar (23 de febrero de 1820). De esta manera la guerra de liberación oriental quedaba trunca.

El disgusto de Artigas lo decidió a enfrentar a Ramírez quien además tenía un compromiso secreto por el cual su ejército se reforzaría con armamentos y dinero de Buenos Aires. Artigas, en su enfrentamiento con Ramírez, sufrió una sucesión de fracasos hasta que finalmente es derrotado en Rincón de Ábalos el 24 de julio de 1820. Paraguay dio al héroe oriental un exilio de treinta años.

Fallece el 23 de setiembre de 1850. Cinco años después sus restos fueron repatriados.

La Historia Oficial, en la Argentina, juzgó siempre a Artigas un caudillo bárbaro, atrasado, despótico, descalificándolo con los epítetos más negativos. Esto no se produjo casualmente, por supuesto, sino que respondió a la necesidad de descalificar al hombre que propiciaba una política peligrosa para los sectores dominantes, en tanto reforma agraria, elevación del indio, proteccionismo industrial, democracia y unión latinoamericana. La saña contra Artigas, que se advierte tanto en la historia de Mitre como en la de Vicente Fidel López expresa una política y el propio Mitre lo reconoce cuando, en carta privada a Vicente F. López, le expresa: “Ambos hemos tenido las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente”.

Con el paso del tiempo –y ante la reivindicación del caudillo por parte de historiadores orientales- aquel viejo odio fue reemplazado con la deformación histórica: de caudillo bárbaro, Artigas pasó a ser “el fundador de la nacionalidad uruguaya”, en abierta contradicción con lo que Artigas sostuvo siempre: que la Banda Oriental integraba las Provincias Unidas siendo precisamente, la provincia oriental de las mismas, las cuales, además eran parte de la Patria Grande Hispanoamericana. (J.C.Navarro, Los Malditos, Vol. II, Pág. 69, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

VER SU PRIMERA PROCLAMA REVOLUCIONARIA DESDE MERCEDES EN ABRIL DE 1811

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DOÑA PETRONA SIMONINO DE SILVA
UNA MALDITA EXCLUIDA DE LA HISTORIA OFICIAL

Heroína de la batalla de la Vuelta de Obligado, del 20 de noviembre de 1845, donde las fuerzas de la Confederación enfrentaron la invasión de las escuadras inglesa y francesa, en las costas del río Paraná.

Pocos datos existen sobre esta mujer nacida en San Nicolás de los Arroyos, que cooperó con las fuerzas federales, a través de un comando de sanidad organizado con mujeres de la zona.

José María Rosa la recupera en su Historia Argentina como colaboradora importantísima en esta gesta criolla. Fermín Chávez, en su “Chacarera de Obligado” la recuerda de este modo: “Con aviso de tambores/ empezó la refalosa/ Ojos azules miraban/ las cadenas trabajosas… Doña Petrona de Silva/ llega con el agua fresca/ agua del río matrero/ que con la sangre se mezcla”. (N. Galasso – LOS MALDITOS – Vol. III – Pág. 254 – Ed. Madres de Plaza de Mayo)

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JOSÉ MIGUEL LANZA – (1779 - 1828)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en La Paz, en lo que hoy es Bolivia, en 1779. Desde su juventud, participa en las luchas populares del Alto Perú, convirtiéndose en uno de los guerrilleros más famosos de esa época.

En 1810, integra las fuerzas de Ortiz Ocampo. Interviene en las batallas de Cotagaita, Suipacha, Huaqui, Tucumán, Salta y Sipe Sipe, a las órdenes de González Balcarce, Belgrano y Rondeau. En varias oportunidades, practica guerra de guerrillas en la zona de Ayopaya, cercana a La Paz. Se une luego a las fuerzas de Güemes y entre 1816 y 1820 opera en el norte, cerrando el paso a los ejércitos realistas. En 1821, colabora en la segunda campaña de Arenales manteniendo el control de la provincia de La Paz, a través de numerosos encuentros.

Su nombre es pronunciado con respeto y temor por los jefes realistas, mientras para las tropas criollas se constituye en un héroe de leyenda por su intrepidez y su constancia en la lucha. Su fama se agiganta cuando, después de la sublevación de El Callao, logra salvar a un centenar de patriotas que estaban a punto de ser ejecutados por los absolutistas.

Entre 1823 y 1824, participa activamente contra el ejército enemigo, especialmente las tropas recalcitrantes de Olañeta, y aún después del triunfo de Ayacucho, que significa el término de la contienda emancipadora, continúa batallando; en enero de 1825, logra dominar La Paz, colaborando con las fuerzas de Sucre.

El 18 de abril de 1828, al intentar sofocar un motín producido en La Paz, recibe una descarga cerrada por parte de los insurrectos, que le provoca la muerte.

Sin descanso, había entregado su vida a la liberación de la Patria Grande, por encima de las fronteras de las patrias chicas, en un permanente derroche de heroísmo y generosidad. Después, las oligarquías se encargaron de olvidarlo, colocándolo a un lado de las ceremonias oficiales y las grandes pompas que dispensaron a muchos que condujeron a nuestros países a la nueva esclavitud de la dependencia. Buenos Aires apenas le ha dedicado una calle de diez cuadras, en una zona poco transitada, en camino hacia Nueva Pompeya.  (N. Galasso – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 123 – Ed. Madres Plaza de Mayo)

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VILTIPOCO, CURACA DE LOS OMAGUACAS (aprox. mitad S.XVI hasta finales del mismo)
(Monumento a los héroes de la Independencia, erigido en la colina de Santa Bárbara, frente a la Plaza Principal de Humahuaca, se accede luego de 103 escalones, inaugurado el 23 de Agosto de 1950. Se cree que el monumento en bronce representa la imagen de Pedro Socompa, indígena encargado de transmitir la noticia de la libertad; sin embargo muchos aseguran que más bien correspondería a Diego Viltipoco, cacique que ayudó a Belgrano en la lucha por la independencia. Ultipoco, Viltipoco o Piltipoco, fueron los tres nombres que usaron los españoles para citar al curaca de Purmamarca.)

Sabemos que la historia oficial se ha ocupado de silenciar, ocultar, invisibilizar a personajes que no han servido a los intereses de la clase dominante.
A veces resulta sorprendente todo el esfuerzo que han debido realizar para ocultar a quienes han tenido una actuación destacada, ya sea luchando contra los realistas o en las artes, tanto en las ciencias como en la defensa de los derechos sociales, y lo han hecho con hombres y con mujeres.

Mucho más sorprendente resulta cuando es casi imposible hallar un texto que hable de un personaje que es tan conocido por su pueblo, cuyo nombre ha llegado a nuestros días gracias a la tradición oral de los jujeños, particularmente por los habitantes de “La Quebrada de Humahuaca” y en especial por los descendientes de los pueblos originarios que habitaron la zona desde mucho tiempo antes de la llegada de los españoles.

Su nombre es Viltipoco, curaca(1) de Purmamarca. Los españoles usaron tres nombres para nombrarlo: Ultipoco, Viltipoco y Piltipoco (en algunos documentos realistas se lo menciona como Biltipoco).

Los nativos, durante la invasión española, creían en una instancia superior para las buenas personas; esta creencia ayudó a los evangelizadores cristianos a la consiguiente dominación española.
También fue providencial para los encomenderos que considerasen natural pagar tributo, ya que lo hacían desde antes que llegaran los españoles cuando fueron invadidos y dominados por los Incas.

Ante la despiadada dominación de los conquistadores, herido el orgullo nativo, se produjeron sublevaciones, la primera de ellas, en 1560, tuvo como caudillo a Juan Calchaquí, cacique de Tolombón.

La situación de los invasores llegó a ser muy comprometida frente a esos nativos cuando se volvieron hostiles, que se desplazaban rápidamente por el terreno que conocían a la perfección y que los atacaban con sus flechas terminadas en agudas puntas de cobre –material que habían aprendido a trabajar- atrincherados en sus pucarás(2) de piedra.

La superioridad en armamento finalizará con el triunfo de los españoles, aunque toda la región se mantendrá en estado de rebelión, lo que obligó, en 1588, al gobernador Ramírez de Velasco a recorrer los valles calchaquíes con un poderoso ejército en una cruenta campaña de “persuasión”.

Aun así no pudieron impedir que poco después estallara otra revuelta aún más vigorosa que las anteriores. En esta oportunidad, quien la dirigió, fue el curaca Viltipoco.

No se sabe con certeza si Viltipoco estuvo como cacique de los omaguacas en la destrucción de San Francisco de Álava el 25 de mayo de 1575 (nombre del segundo intento -de tres- de fundar una población en tierras jujeñas) pero sí que en 1589 ya era cacique de los omaguacas, así se desprende de esta carta de Alonso Gómez de los Ríos "yo entré el año de ochenta y seis (1586) en esta provincia juntamente con Ramírez de Velazco, gobernador que fue de ella, a servir a su Majestad, como lo he hecho en todas las ocasiones que se han ofrecido del real servicio y en la conquista de los naturales, con mucho lustre de mi persona, sin haber recibido ayuda de la real caja, ni de otras cosas que las ciudades dan; y el año de ochenta y nueve (1589) volví a esta ciudad (Salta) con el gobernador Ramírez de Velazco, el cual teniendo noticia de que en el Valle de Omaguaca había cantidad de indios con el curaca Viltipoco que impedían el paso haciendo daño a los pasajeros con robos y hurtos y muertes, y habían despoblado Jujuy (Álava) con muerte de muchos españoles, pareciendo muy conveniente para la seguridad de esta ciudad enviar como envió al coronel Gonzalo Duarte con doce hombres, y a mí entre ellos y llegamos a Omaguaca donde estuvimos algunos días sin que pudiésemos ver al curaca del valle, y tomamos por medio buscarlo y hallado el curaca Viltipoco, tratamos con él cosas de importancia de que resultó el dar la paz, mediante la cual se pobló Jujuy"

Los Omaguacas, aunque formaban una etnia culturalmente homogénea, respondían a sus jefes locales. No existía una autoridad superior que unificase las jefaturas de los Tumbayas, los Tilcaras, los Uquías, etc.
Pero Viltipoco tuvo aparentemente el poder de reunirlas, para responder a un fin común: la guerra contra el invasor español. No solo logró tratos con los pequeños jefes, sino que también se alió a los diaguitas, a los chichas, a los apatamas y a los churumatos.

Desde Purmamarca, su pueblo, Viltipoco dirigió las operaciones. Su ejército llegó a contar con diez mil combatientes y llegaron a dominar gran parte del Tucumán, aislándolo del resto del virreinato del Perú y estuvo a punto de concretarse una alianza con los también bravíos “chiriguanos”, que fueron luego brutalmente “pacificados” por el virrey Toledo.

El padre Gaspar Monroy hizo esfuerzos para incorporarlo a la fe cristiana. Pedro Lozano, en su "Descripción Corográfica" narra un episodio entre el Padre Monroy y Viltipoco: "El cacique le ofrece un vaso de chicha al sacerdote y éste intenta rechazarlo por la (suciedad) que implicaba su fabricación, pero luego al ver que el indígena se ofendería, tomó el brebaje. Fue tal la alegría que sintió Viltipoco que a partir de aquí trocóse en otro hombre y se mostró más benigno".

La cristianización de Viltipoco (con el nombre de Diego) es un hecho que permanece incierto, al menos para los períodos anteriores a su contacto con el grupo de Francisco de Argañarás y Murguía. El Padre Monroy no habría logrado su total sumisión al nuevo orden creado. Todo lo contrario, sus acciones con otros caciques se veían perturbadas por la poderosa influencia de Viltipoco. Debe entenderse que era un cacique hábil y con capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias y por ello, no dispuesto a ceder su territorio y gente a los españoles.

En la probanza de méritos y servicios del fundador de Jujuy don Francisco de Argañarás, declara como testigo, el vecino y conquistador Pedro Díaz de Herrera y al referirse a Viltipoco a quien nombra Diego Viltipoco dice que este curaca preparaba un alzamiento de más de diez mil indios de guerra entre los cuales se contaban: diaguitas, chichas, omaguacas, churumatas, lules y apatamas, para asolar Jujuy, Salta, la villa de Nueva Madrid y La Rioja porque era "carnicero e cruel e que por su horden e yndustria auían acaescido las muertes que subcedieron en el dicho valle e provincia de Jujui y Salta e la Rioja... y hera tanta la fama del dicho capitán Viltipoco que hasta los yndios de chile respetauan y le embiauan presentes".

Sin embargo, se sabe que para 1593 Viltipoco mantenía relaciones con la Audiencia de Charcas, ofreciendo pagar su tributo en maíz.

La tercera fundación de Jujuy "San Salvador de Velasco en el Valle de Jujuy", y la vida de su fundador, el Teniente Gobernador Francisco de Argañarás y Murguía, están estrechamente ligadas al dominio en la Quebrada de Humahuaca. La instalación estratégica de la ciudad de españoles en la boca de la Quebrada sirvió de base de operaciones militares primero, civiles y religiosas después. Desde allí salió Argañarás el 22 de marzo de 1594 con una columna de 25 hombres y en una noche de abril cayó sobre Purmamarca y capturó a Viltipoco.

Una vez más, las traiciones de algunos capitanejos influenciables y el poderío de los conquistadores lograron imponerse. El jefe rebelde fue apresado y aunque no se lo mató para no irritar aún más a los “diaguitas”, se lo dejó morir en la oscura humedad de la cárcel luego de un prolongado martirologio.

En un escrito a la Audiencia de Charcas, Argañaraz afirmó: “Prendí a Biltipoco, principal tirano de los naturales y a todos sus capitanes, con cuya prisión y muerte está llana (la tierra) y los caminos seguros, porque los dichos yndios rresiven el sancto baptismo y doctrina xptiana y obedecen los mandamientos de buestra rreal justicia”.

Frente a la plaza de la localidad de Purmamarca se halla un algarrobo de más de 500 años. Debajo de ese algarrobo, en el siglo XVI, el cacique Viltipoco y otros jefes se conjuraron para resistir al español. La tradición oral nos dice que una de las estrategias urdidas por Viltipoco fue simular una conversión al cristianismo para acercarse al enemigo y estudiarlo antes de atacar.

También allí, bajo el mismo árbol, Viltipoco fue sorprendido mientras dormía, víctima de una traición. Hasta no hace mucho, una placa de bronce lo recordaba, hoy, lamentablemente, está desaparecida, y con ella, una parte de la historia de la zona. A la derecha del árbol se encuentra el bello, y motivo de atracción turística, Cerro de los Siete Colores.

El escultor argentino Ernesto Soto Avendaño realizó una escultura que se inauguró el 23 de agosto de 1950, emplazada en la colina Santa Bárbara en la ciudad de Humahuaca y que representa a las razas nativas y europeas. La obra se halla en la cima y hay que subir algo más de 100 escalones para llegar hasta ella. El lugar se eligió porque ha sido en esa ciudad de Humahuaca donde más batallas se libraron contra los españoles (14 en total).

Para los habitantes de la Quebrada, esa obra tiene en lo alto al cacique Viltipoco, figura emblemática en la lucha por la independencia.

El 28 de mayo de 1983 los miembros de la Asociación Purmamarca crean la Biblioteca Popular cuyo nombre recuerda al cacique de los Omaguacas.

Una hostería ubicada en el centro de la misma localidad y al pie del Cerro de los Siete Colores también lleva orgullosa el nombre de Viltipoco.

En la localidad de Uquía, ubicada a un costado de la ruta nacional N° 9, una calle a una cuadra del cementerio, lleva el nombre de Viltipoco.
También la localidad de Calilegua, sobre la ruta provincial N° 34, se lo recuerda con su nombre en una calle.
El poeta jujeño Jorge Calvetti (1916-2002), en el poema “Díptico de Viltipoco”, refiriéndose a sus últimos días de vida en prisión le canta estos versos:

“(…)
Yo pasaba brillando entre los cerros
y alcé veinte mil lanzas como un viento
que me iba a obedecer contra los blancos;
viví afilando mi odio y mi esperanza
de pie, como el rencor, todos mis años
y el cuero de una oveja me derrota!
Qué hacen mis dioses, dónde está mi fuerza,
dónde está Viltipoco, Viltipoco...!
(…)
Yo fui Curaca, Vindimai, Cacique,
hice la guerra contra el hombre blanco.
Atacama y los cerros de Humahuaca
miraban en mi escudo su esperanza.
Tuve cien leguas para ver mi gloria
y ahora estoy prisionero.
El Sol, que era mi Dios, y me ha olvidado
alumbra igual la dicha y la desgracia.
A todos llega el sol, pero mi sueño
es un Pueblo perdiéndose en la sombra.

El nombre y la historia de Viltipoco, no existe en los textos de historia argentina de las escuelas.
Solo la tradición oral de los lugareños, que mantienen vivo su recuerdo, y en algunos escasos portales de internet se lo puede encontrar. Él ha pasado a integrar la larga lista de personajes invisibilizados, uno más de los cientos de “malditos” de la historia oficial. (J. R. Orosco para Pensamiento Discepoleano)

(1) Curaca es una palabra de origen inca y significa “Señor de los pueblos”, eran los jefes o caciques de cada uno de los pueblos

(2) El término quichua pucará tenía para los incas el significado de fortaleza; construcciones militares defensivas construidas en piedra.

 Fuentes Consultadas:

  • Jorge Calvetti, “Díptico de Viltipoco”
  • “Nuestros paisanos los indios”, Carlos M. Sarasola, Editorial del Nuevo Extremo
  • Portal de la Provincia de Salta
  • Portal de Pueblos Originarios

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PEDRO JOSÉ AGRELO – “El Campomanes argentino” (1776 - 1846)
UN MALDITO EXCLUIDO DE LA HISTORIA OFICIAL

Nace en Bs.As., el 28 de junio de 1776. Rebelde y cuestionador desde muy joven, origina preocupación en maestros y familiares pues, registrado como alumno del Colegio Real de San Carlos, se fuga en cinco oportunidades. En 1804, trasladado a Chuquisaca, ingresa como seminarista con el propósito de convertirse en sacerdote, pero contrae matrimonio con la hija del fiscal de la Audiencia, otro hecho escandaloso pues el casamiento se produce contrariando la opinión de gente prestigiosa y de manera clandestina.

En 1810, ya con el título de abogado, regresa a Buenos Aires para adherir a la Revolución y según su propio relato, la primera persona que le saludó fue su gran amigo Mariano Moreno.

En 1811, se desempeña durante muy poco tiempo como redactor de “La Gaceta”. Fiel al ideario morenista, se incorpora a la Sociedad Patriótica, impulsada, por entonces, por Bernardo de Monteagudo. Como Juez sumariante, se expide con motivo de la conspiración Álzaga, con argumentos que determinan el fusilamiento. Junto a los otros patriotas que provienen del morenismo, participa en la Asamblea del año XIII.

En 1815, es desterrado “por la exaltación de ideas con que ha explicado constantemente sus sentimientos patrióticos”. A su regreso, en 1816 escribe en “La Crónica Argentina” y más tarde, funda “El abogado nacional”.

En 1817, permanece inquebrantable en la defensa de posiciones revolucionarias, uniéndose a French, Dorrego y Manuel Moreno para combatir a Pueyrredón, siendo deportado nuevamente.

Las ideas contestarias de Agrelo lo convierten en personaje molesto para la élite dominante. Sus posiciones escandalizan a la minoría reaccionaria y tan es así, que cuando logra reintroducirse en el país, nuevamente es detenido y posteriormente, confinado en la isla Martín García.

En 1820, se encuentra combatiendo otra vez a los directoriales desde su periódico “La ilustración política con la flor y nata de la filosofía”.

Luego pasa a colaborar con el gobierno de Entre Ríos presidido por Mansilla y “satirizó, con gracejo inimitable, las ideas monárquicas”. Más tarde, vuelve a Buenos Aires, donde ejerce como abogado y dicta clases de economía política.

En la época del 30, se define federal, lo cual resulta consecuente con su militancia junto a Dorrego, pero no rosista, siendo nuevamente encarcelado, ahora por el gobierno de Rosas. Luego se exilia en Montevideo, donde vive con su familia en extrema pobreza.

Como jusrisconsulto, publica varias obras, entre ellas, el “Memorial ajustado, sobre las relaciones entre la iglesia y el Estado”, en posición crítica a la institución religiosa, lo cual le valdrá el apodo de “El Campomanes argentino”. Luego, escribe sus “Memorias” para defenderse de los ataques sufridos, de las cuales sólo se conocen algunos fragmentos.

Para la gente sensata era “uno de esos hombres tremendos y excesivos, dotado de una actividad que se templaba a medida que más la usaba”. Probablemente, junto con French, haya sido quien mantuvo mayor lealtad al ideario revolucionario de Moreno. Y eso se lo hicieron pagar con creces.

“Pobre, ignorado aún de sus mismos amigos” – sostiene Florencio Varela – muere, en Montevideo, el 23 de julio de 1846, habiendo sido “una de las más importantes mentalidades del foro y la magistratura de Buenos Aires”. Otro autor señala: “Murió sacrificado por la entereza indomable de sus convicciones”. Es cierto que una calle lo recuerda, pero su lucha y sus ideas son desconocidas para la mayor parte de los argentinos. (N. Galasso – “Los Malditos” – Vol. II – Pág. 59 – Ed. Madres Plaza de Mayo)

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JOSEFA O PEPA, “La Federala” - (Aproximadamente 1790 - 1850)

Aguerrida mujer de profundas convicciones federales.
Participó desde muy joven en las batallas por la causa de la patria, plenamente consustanciada con los movimientos populares de su época. “Vivió en los campamentos, repartió el rancho, consoló a numerosos soldados en sus enfermedades y ayudó a otros a morir cristianamente” –según la define Vicente Cutolo.

En 1839, al producirse el levantamiento de los estancieros denominados “Libres del Sur”, Pepa participó en las fuerzas de Prudencio Rosas, que derrotaron a los insurrectos en Chascomús. Se sumó luego a las fuerzas federales entrerrianas que en 1840 enfrentaron la invasión de Lavalle, sostenido por los franceses, oportunidad en la que cayó prisionera, aunque logró fugar cuando ya había sido sentenciada a muerte. Más tarde, intervino en la batalla de Quebracho Herrado, en las filas federales conducidas por Oribe, donde recibió graves heridas, de las cuales se repuso residiendo un tiempo en Tucumán.

En 1844, revistaba como Alférez de caballería. Falleció pobre, casi sin recursos, no logrando la merecida recompensa por sus permanentes servicios y por la consecuencia de su lucha. Después de su muerte, cae en el olvido. (N. Galasso, Los Malditos, vol. III, pág. 252, ed. Madres Plaza de Mayo)

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MANUELA PEDRAZA (la Tucumanesa)
(Fines del XVIII – mediados del siglo XIX)

OTRA “MALDITA OLVIDADA” POR LA HISTORIA OFICIAL
Dice sobre ella N. Galasso, en Los Malditos, vol. II, pág. 138, ed. Madres de Plaza de Mayo
Nace en Tucumán. En agosto de 1806, combate duramente a los invasores ingleses, acompañando a su esposo. Él muere en la pelea y ella toma su fusil y da muerte al inglés que lo ha matado. Luego le arranca el fusil, que presenta, después, como trofeo a Liniers.

Por esta acción se le otorga el grado de subteniente de infantería. En el informe sobre su actuación, Liniers afirma:
“No debe omitirse el nombre de la mujer de un Cabo de Asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa (por la tierra de su nacimiento) que combatiendo al lado de su marido, con entereza sublime, mató a un soldado inglés, del que me presentó su fusil”.

En su canto a la Reconquista, el poeta negro Pantaleón Rivarola la recuerda de este modo:

A estos héroes generosos
una amazona se agrega
que, oculta en varonil traje,
triunfa de la gente inglesa
Manuela tiene por nombre
por Patria, Tucumanesa.

Como suele ocurrir, transcurrido el tiempo, los gobiernos carentes de posición nacional se olvidan de aquella Reconquista – para no perturbar las relaciones con su Graciosa Majestad Británica – y por ende, se olvidan también de quienes defendieron a la patria ante ese inicuo atropello. Así, de Manuela Pedraza poco se sabe, ni siquiera sus fechas de nacimiento y muerte, pero sí que cayó en la miseria y arrendaba una modesta pieza y que por falta de pago, le iniciaron, en dos oportunidades, juicio por desalojo.

Alguien se acordó de otorgarle su nombre a una calle, pero la mayoría de los argentinos desconoce el episodio heroico del que fue protagonista.

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MARÍA MAGDALENA DÁMASA GÜEMES (MACACHA) - (1787 – 1866)

Cristina Piantanida, en Los Malditos, vol II, pág 108, Ed Madres de Plaza de Mayo.

Nació el 11 de diciembre de 1787, en el seno de una familia prestigiosa de Salta.
Desde pequeña, “Macacha” mostró una especial predilección por su hermano Martín, con quien compartía juegos, cabalgatas, y luego, más adelante, el manejo político de la ciudad. A los cinco años, la niña aprendía a leer, enseñada por su padre, algo poco frecuente, ya que por entonces, se privilegiaba este tipo de educación para los valores.

El 24 de octubre de 1803, Macacha, contrajo matrimonio con Don Román Tejada Sánchez, integrante de las tropas salteñas, descendiente de los fundadores de esa ciudad, en la Iglesia matriz de Salta.

En 1806, su hermano Martín Miguel, fue llamado para acudir a la ciudad de Buenos Aires, ocupada por la Invasión Inglesa. En noviembre de 1807, falleció el padre de ambos, y en 1809, cuando Macacha tenía veintidós años, nacía su hija Eulogia.

Conocidos los sucesos de mayo de 1810, la sociedad salteña, se dividió entre Patriotas y Realistas. En un principio, el Gobernador de entonces, de espíritu conservador, mantuvo una actitud ambivalente. En la casa de los Güemes, en cambio, comenzaron los preparativos en apoyo a Buenos Aires: Martín Miguel, con el grado de Teniente se alistó en las filas del Ejército Auxiliador del Norte, y propuso un Plan de Defensa contra la temida ofensiva realista desde el Alto Perú. Mientras él reunía cerca de sesenta voluntarios para formar una Partida gaucha. Macacha convirtió su casa en Taller de costura para vestir a los miembros de la Partida de Observación, junto con sus primas, Cesárea y Fortunata de la Corte. Según Vicente Nieto, del Perú, Güemes y sus gauchos eran una “verdadera pesadilla para los españoles”.

Macacha compartía los esfuerzos de la guerra, haciendo aportes en dinero, o como improvisada enfermera en los campos de batalla, asistiendo a los heridos de uno y otro bando. Asumió también arriesgadas tareas de espionaje, para obtener información para el ejército patriota, sobre todo después de la derrota de Huaqui, cuando los realistas invadieron la ciudad de Salta, hecho que se repetirá en ocho oportunidades entre 1814 y 1821.

En marzo de 1813, el capitán Tejada fue hecho prisionero por los realistas, en Potosí, donde permaneció cautivo durante un año, hasta que logró huir y volver a su hogar. En adelante combatirá en el ejército de Vanguardia, que comandaba su cuñado. Macacha visitaba los campamentos, hacía ropa y recorría las tropas a caballo, arengándolas.

Enérgica y generosa, cuando su hermano fue encumbrado en la Gobernación de la Provincia, el 5 de mayo de 1815, actúa como un verdadero Ministro sin cartera, en quien el caudillo deposita toda su confianza, y a quien consultará en los momentos más difíciles de su gestión.

También empleó su sagacidad para resolver los asuntos del corazón de su hermano: Martín estaba comprometido con una hija del Coronel Pedro José Saravia, pero simultáneamente, mantenía una relación con una viuda de la alta sociedad. Próximos a la fecha de la boda, el Coronel, le exigió “desterrar” a la dama en cuestión; Güemes se negó, por lo que el compromiso se deshizo, y la fama del caudillo se vio amenazada: Macacha tomó cartas en el asunto, y arregló un encuentro entre su hermano y su prima Carmen Puch, una de las mujeres más bellas de Salta, según cuentan las crónicas de la época. El nuevo enlace quedó establecido para el mes de junio.

En 1816, Macacha apareció como Mediadora en uno de los conflictos más graves de su hermano Martín Miguel: El General Rondeau, por considerar que prohijaban el “relajamiento y la indisciplina” de la Tropa, separó al caudillo. Güemes, seguro de que la derrota de las fuerzas patriotas era inminente y decidido a defender Salta del inevitable avance realista, se apoderó de quinientos fusiles del Parque de Reserva del Ejército para armar sus partidas. El desastre de Sipe Sipe, de noviembre de 1815, le dio la razón. Rondeau se replegó e intimó al Gobernador a que acatase su autoridad, devolviera las armas e incorporarse a sus hombres al ejército regular. La negativa de Güemes llevó a la lucha civil. El 13 de marzo de 1816, tres mil quinientos soldados veteranos tomaron la ciudad de Salta, pero tres días después, aislados, buscaron refugio en la Hacienda de Tejada, el esposo de Macacha. Derrotado en su táctica ofensiva, Rondeau recurrió a la intervención de Apolinario de Figueroa, quien, gracias a la habilidad y talento político de Macacha, consiguió una entrevista con Güemes. De esta manera, se firmó la Paz de los Cerillos, el 22 de marzo de 1816. Rondeau volvió a Jujuy y Güemes, con el apoyo de Macacha, quedó al frente de la provincia.

Con la independencia, el caudillo recibió todo el respaldo de Pueyrredón y San Martín. Ella continuó como Consejera de su hermano, que por entonces gobernaba con puño de acero, ante la permanente ofensiva realista. Su misión era cuidar la frontera Norte, mientras San Martín iniciaba su expedición libertadora desde Mendoza.

Tras años de guerra, la provincia estaba virtualmente “arruinada”, la asistencia del gobierno central era casi nula. Güemes debió recurrir a altos impuestos, actitud que le restó apoyo. En 1819, se produjo la primera conspiración, a cargo de Facundo de Zuviría, la cual fue vencida por la eficaz policía del caudillo. Macacha, logró intermediar pues los conspiradores fueron hechos prisioneros: logró la benevolencia de su hermano, salvándoles la vida. Macacha se convirtió así, en un elemento de moderación en este difícil período, pues a ella recurrían los perseguidos políticos, en busca de asilo y clemencia.

En los primeros meses de 1819, el Congreso sancionó la primera Constitución, la cual fue apoyada por Güemes, quien la aceptó, a pesar de su carácter unitario, pues creía que sería un elemento esencial para lograr la unidad de las provincias. El Cabildo salteño prestó juramento a dicha Constitución: Los opositores se organizaron en un Partido conocido como Patria Nueva, dominado por Zuviría, Juan Marcos Zorrilla, Dámaso de Uriburu, Mariano Benítez y José de Gurruchaga. José Ignacio Gorriti y Macacha, en respuesta, fundaron la Patria Vieja, rescatando la figura del Caudillo salteño.

Güemes, se había comprometido a apoyar a San Martín, y solicitó más tropa a las demás provincias, pero en su paso por Tucumán, el Gobernador Bernabé Aráoz las retiene, y el caudillo se vio obligado a bajar a ese lugar. Aprovechando las circunstancias, el 24 de mayo de 1821, los opositores se apoderaron del gobierno en Salta y organizaron la resistencia contra él. Los sublevados intentaron acercar a Gorriti, pero éste prefirió aguardar el regreso de Güemes. Recuperado el control, el caudillo ordenó el saqueo de las tiendas y casas de los conspiradores. La suerte de Güemes estaba echada; por el norte, los realistas; y desde Tucumán, Aráoz y varios más, apoyaron a las tropas españolas para sacarse al Caudillo de encima. Momentos antes de la emboscada que terminará con la muerte de Don Martín Miguel de Güemes, el 17 de junio, Macacha le había hecho saber que uno de los paisanos había visto a los realistas cerca del centro de Salta. El aviso no tuvo éxito, y herido por una partida enemiga, Güemes murió poco después en su campamento. Tras estos acontecimientos, se arregló una tregua, y Salta se dio su primera Constitución, por la cual fue electo gobernador Don Antonio Fernández Cornejo.

En adelante, Macacha, volcará todas sus energías a la organización de la Patria Vieja, el partido “Güemista”. La ausencia de su hermano fue un hecho muy difícil de aceptar para esta luchadora. Fue, según sus propias palabras, uno de los mayores dolores de su vida.

En contacto permanente con las tropas gauchas, que la habían bautizado “Madre del Pobrerío), a comienzos de 1821, se propuso sublevarlas. Para debilitar la influencia del Gobernador Cornejo hizo correr la voz de que éste pensaba eliminar a los Saravia y su familia, por haber sido colaboradores y amigos de los Güemes. El ardid le dio resultado: El Jefe de la conspiración del 24 de mayo, Saturnino Saravia, se declaró partidario de la Patria Vieja, argumntando “que había sido arrastrado a esta situación por los acontecimientos…”. Ante el pedido de renuncia que le exigió el Ejército, el Gobernador contraatacó y tomó prisioneros a Macacha, su esposo, su madre, otros hermanos de ella, y demás implicados. El gauchaje enardecido, que sentía adoración por las mujeres de la familia Güemes, saqueó la ciudad el 22 de setiembre de 1821, en uno de los hechos más cruentos que vivió Salta, conocido como la Revolución de las mujeres.

Fernández Cornejo huyó, y Macacha y sus partidarios consiguieron que la Sala de Representantes de la Provincia designara nuevo Gobernador a José Ignacio Gorriti, amigo íntimo y colaborador fiel del desaparecido caudillo.

Reimplantado el orden, hubo un período de relativa estabilidad, pero, cercano al 24 de mayo de 1822, los miembros de la Patria Nueva, se aprestaban a celebrar el aniversario de la revuelta que había depuesto a Güemes, en tanto, sus oponentes, iban a festejar el 31, fecha en que el caudillo había hecho su entrada triunfal en Salta, desbaratando la conjura. Sólo la intervención de Macacha y su madre, Doña Magdalena, pudo detener una nueva ola de violencia. A partir de aquí, ambas participarán de las sucesivas revueltas internas. Así, en la revuelta Federal de febrero de 1826, contra el Gobernador Álvarez de Arenales, Macacha intervino junto a su primo, Manuel Puch. Después de la derrota de Arenales en Chicoana, el “güemismo” se impuso y colocó al frente de la gobernación a Gorriti. Seis años después, Macacha, se declaró partidaria del sistema Federal, manteniendo una asidua correspondencia con el caudillo riojano Facundo Quiroga.

En 1836, participó en el acto de repudio al ex gobernador José Antonio Fernández Cornejo, y colaboró en la llegada del General Felipe Heredia, a la gobernación de la provincia, aliado de Juan Manuel de Rosas.

Hacia 1840, la Guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana dejó exhaustas a las provincias del Norte, y la propaganda de los miembros de la “Nueva Generación”, como los tucumanos Juan Bautista Alberdi y Marco Avellaneda, las alentaron a desconocer la autoridad de Rosas. El 24 de septiembre se formó la Liga del Norte: Macacha fue la invitada de honor al Baile que celebraron los miembros de la Liga en casa de la Familia Ugarriza y Moldes. Presente en el acto, el General Juan Lavalle, invitó a la “legendaria” Macacha a danzar juntos la Pieza con que se inauguró dicha Fiesta.

Desde entonces, se retiró a la vida familiar, a disfrutar de la compañía de su nieto, Virgilio Tedín, quien se convertirá en Jurisconsulto y Magistrado de gran prestigio. Anciana, a los 79 años, la mujer que había intervenido en los momentos más importantes de la historia de su provincia, falleció en la ciudad de Salta, el 7 de Junio de 1866.

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RAMÓN RODRÍGUEZ

(1792 – 1866)

Nacido en Buenos Aires, ingresó, en la adolescencia, a la carrera de las armas. Participó en numerosas batallas en la guerra contra el absolutismo, destacándose en el Ejército del Norte. Desempeñó interinamente las funciones de Jefe del Estado Mayor en la guerra contra el Brasil, y fue ayudante del general Soler en la brillante victoria lograda en Ituzaingo. Colaboró en tareas militares con Dorrego y luego con Rosas.
Sobresalió por su valentía en la lucha de la Vuelta de Obligado, en 1845, contra la intervención de la flota anglo-francesa. Allí comandó el regimiento de Patricios de Buenos Aires y por dos veces consecutivas rechazó a las tropas extranjeras en su intento de desembarco. Fermín Chavez lo ha recordado en su “Chacarera de Obligado”:
“Allá está Ramón Rodríguez/ con su fusil entre el pasto/ para aporrear tantos gringos/ las balas no dan abasto”.
Fue premiado por su ejemplar comportamiento –señala Cutolo- y recuerda que el almirante B. J. Sullivan “le dedicó una luminosa página por su actuación y heroicidad”. Asimismo, tomó parte en las acciones de El Quebracho, desarrolladas poco después contra las flotas extranjeras.
En sus últimos años, desempeñó diversas funciones burocráticas en el área de defensa.
Falleció en Buenos Aires, el 18 de noviembre de 1866.

N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. III – Pág. 253 – Ed. Madres Plaza de Mayo

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chapanay

martina chapanay "La montonera del zonda"

(1800-1874)

Nace en Valle del Zonda, provincia de San Juan. Es hija de un caudillo huarpe de ese nombre y de una cautiva blanca. Desde corta edad, aprende a orientarse en los valles y montañas, así como luego a montar y domar caballos, manejar el arco y las boleadoras. Realiza todas estas tareas a la par de los hombres y así también, aprende a pelear, convirtiéndose en protagonista de historias de leyenda donde sobresale por su audacia y valentía. A partir de 1822, se habría incorporado a la montonera enrolándose en el ejército de Facundo Quiroga y participando en las batallas que da el caudillo riojano. Después del asesinato del Tigre de los Llanos, ella vuelve a la comunidad durante cierto tiempo, pero la política del centralismo porteño, que esquilma a los habitantes de las provincias, la conduce de nuevo a la pelea, ahora sumándose a las fuerzas del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez. Mantiene así su militancia federal, participando en la batalla de Angaco y en el Sitio a San Juan. En 1859, Benavídez es asesinado por los liberales sanjuaninos, amigos de Sarmiento. Ella se repliega para luego acercarse a la montonera de Ángel Vicente Peñaloza, El Chacho, destacándose nuevamente por su brío y valentía. (…) Por tercera vez, su jefe, esta vez El Chacho, muere asesinado, y en este caso degollado, por las llamadas fuerzas de “la civilización”. Martina regresa a Valle Fértil, la zona de sus antepasados y ahí reside hasta su fallecimiento en 1874, en la localidad de Mogna, donde una cruz de madera indica el lugar en que fue sepultada. Sus hazañas innumerables y heroicas han dejado un recuerdo imborrable en la memoria colectiva del pueblo cuyano. Su imagen de mujer valiente, entregada a defender a las familias más pobres y a reivindicar los derechos de esas provincias empobrecidas, perdura en el oeste del país, aunque los libros, las academias y los colegios no hacen referencia alguna a su existencia, tal el caso de la Gran Enciclopedia Argentina, de Santillán y la Enciclopedia Visual de Argentina, de la A a la Z, editada por Clarín. Excepcionalmente se la menciona y en esos casos, se la considera –al igual que a Felipe Varela- como “integrante de bandas de forajidos y salteadores”, precio que paga por su militancia en el federalismo provinciano, ignorado o vituperado por la casi totalidad de los historiadores.

NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 84 Ediciones Madres de Plaza de Mayo -

Publicado en: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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cespedes

martina céspedes, "la mayora" - aprox. 1762 - aprox. 1830

UNA MALDITA "OLVIDADA" POR LA HISTORIA OFICIAL

Nacida en Buenos Aires. Se destacó en las invasiones inglesas. Viuda con tres hijas, regenteaba una posada en la calle Humberto I, en el barrio de San Telmo. Al producirse la segunda invasión, en 1807, capturó a doce soldados ingleses, engañándolos como que les daba hospitalidad y tomándolos prisioneros uno por uno. El virrey Liniers le otorgó el grado de sargento mayor del ejército con uniforme y sueldo. Desde ese día se la conoció como “la Mayora”. En 1825 participó en la celebración de fiestas patrias (y en la celebración de Corpus Christie) junto al gobernador Las Heras y otros héroes de la independencia. No se conoce la fecha de su muerte pero se presume que fue hacia 1830. (N. Galasso, Los Malditos, vol. III, pág. 244, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

* * * * * * * * * * * * *

(En Humberto I al 300 una placa recuerda que en ese sitio vivió ella. A medida que los soldados ingresaban, las cuatro mujeres los desarmaban y ataban, dejándolos en distintas habitaciones. Al día siguiente, ya firmada la capitulación, Martina se presentó ante Liniers, contándole lo sucedido; éste la premió otorgándole el grado de sargento mayor, derecho a uso de uniforme y goce de sueldo. De los doce prisioneros la Céspedes entregó solo a once; el duodécimo quedó como botín de su hija Pepa Céspedes. Esta y el inglés se habían enamorado y terminaron casándose.)

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fotobustos

JUAN BAUTISTA BUSTOS (1779 - 1861)

 

Nace en la estancia de San José, en el valle de Punilla, el 29 de agosto de 1779. Cuando llega a la edad en que es necesario ganarse la vida, se dedica a la actividad mercantil. Tales intereses son, seguramente, los que le imponen el traslado a Buenos aires por 1805. Allí le sorprende la primera Invasión Inglesa. Ya su ocupación preponderante no será el comercio. Bustos se incorpora al cuerpo de Arribeños donde, desde el 8 de octubre, se desempeña con el grado de capitán. Cumple un papel lúcido en la defensa e intervendrá en todo acontecimiento de alguna importancia que se produzca en lo sucesivo. Así se le ve actuar en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y signar la petición del 25. En la nueva reestructuración militar, es ascendido a teniente coronel. Así queda ligado el destino de Bustos a la Revolución.

Designado en 1818 comandante del regimiento Nº 2, parte a incorporarse al Ejército Auxiliar del Norte. Poco después, sin dejar de ser hombre de orden, Bustos se enfrentará al sistema directorial apartándose de él. Es sabido que el orden directorial concibió un concreto plan defensivo-ofensivo para detener la avanzada de los federales y acabar definitivamente con ellos. Consistió el mismo en concentrar los dos grandes ejércitos –el de los Andes y el del Norte- para cumplir aquellos objetivos. Pero el 8 de enero de 1820, el Ejército Auxiliar del Norte se pronuncia en Arequito tras la prudente y acertada consigna de volver al teatro de la guerra contra el godo y no intervenir en la guerra civil. Desde la posta de los Desmochados, su nuevo general en jefe, Bustos, da la orden de volver a internarse en la provincia de Córdoba. Nadie ignora que también San Martín desobedeció la orden, salvando así la Independencia Americana. San Martín y Bustos provocan, con sus respectivas actitudes, la caída del sistema directorial; ni uno ni otro ignoran la trascendencia de las mismas. Y si no dudan en su realización, es porque el primero sabe que en ello va el destino de la Independencia de América y, el segundo, el futuro de las Provincias Unidas. Bustos propugna la reorganización del país bajo la forma federal. El primer documento en que Bustos plantea concretamente la necesidad de reorganización general es la circular de 3 de febrero de 1820 convocando a un congreso que realizaría sus primeras sesiones en Córdoba “… Las facciones que se han alternado en Buenos Aires desde el 25 de Mayo de 1810 arrebatándose el gobierno las unas a las otras se creyeron sucesoras legítimas del trono español respecto de nosotros, y con un derecho ilimitado para mandarnos sin escuchar jamás nuestra voluntad…”. El párrafo implica, como se habrá advertido, un enunciado implícito de la igualdad de todas las provincias. Es evidente que partiendo de esa igualdad habrá de sostener la idea federal. Es más explícito, en todo sentido, cuando dice: “Es necesidad que todos nos apuremos a cimentar el nuevo sistema federal, que es el único adaptable a las presentes circunstancias y al que la mayor parte de estas provincias ha tendido continuamente”.

Una de las facultades del congreso reorganizador resulta, por tanto, el dictado de la constitución. Cuando se dicta en Córdoba el Reglamento Provisorio, ello no ha acontecido todavía porque el congreso no se había reunido. Más como a comienzos de 1821, se piensa que está cerca la hora de su instalación, aquél así lo dispone. Despréndese del texto del Reglamento Provisorio que el gobierno nacional quedará a cargo de tres poderes. El poder ejecutivo nacional será unipersonal. El poder legislativo nacional estará integrado por representantes de las provincias. Si se propiciara una Confederación de Estados, es indudable que se hubiera establecido igual número de representantes por cada entidad integradora, pero se sabe que el Reglamento Provisorio expresa que los representantes de Córdoba serán tantos como pueda sostener su erario, siempre que no exceda de uno por cada 15.000 habitantes.

Por definición del sistema propiciado, es claro que las provincias deben tener su constitución, más las mismas no podrán perjudicar derecho de otras provincias ni los generales del Estado. Se explica así, la atribución reservada al poder legislativo federal de revisar las constituciones provinciales. El proyecto de Córdoba reconoce, pues, la existencia de la Nación y luego, delimita la esfera del poder federal y del poder provincial. Pero la cerrada obstinación de la burguesía comercial porteña conduce a una Constitución unitaria (1826), centralista, donde los gobernadores de provincias serían designados, no por el pueblo de las mismas, sino por el poder central. Ella ocasiona la frustración del intento constitucional y enciende de nuevo la guerra civil.

Posteriormente, ya caído Rivadavia y bajo el gobierno de Dorrego, Bustos inicia nuevas tratativas dirigidas a lograr un entendimiento para sancionar la Constitución bajo el régimen federal. Sin embargo, nuevamente el grupo unitario –al derrocar y fusilar a Dorrego- frustra el acuerdo ya muy avanzado. Estos lineamientos generales en materia constitucional son los que han de adoptarse, en 1853, al sancionarse finalmente la Constitución Cabe mencionar, asimismo, que la historia liberal ha deformado profundamente la personalidad y la gestión de Bustos, al considerarlo “uno de los caudillos bárbaros”, llegando Mitre a calificarlo de este modo: “el tristemente célebre coronel Bustos… tipo bastardo que a la cabeza de las tropas… traicionó la causa del orden y pactó con la anarquía, inaugurando una nueva escuela de caudillaje”. Por el contrario, su gestión gubernativa fue una de las más progresistas de su época, como lo ha demostrado Denis Conles Tizado en su libro “Juan Bautista Bustos, provincia y nación”: “Por su obra de gobierno, Bustos debe ocupar el primer lugar entre los hombres de la historia provincial: protección a la producción local, organización del sistema de rentas públicas, reorganización del servicio de correos, levantamiento de un censo provincial, protección a la mujer campesina, Junta Protectora de Escuelas, con fuerte impulso a la enseñanza gratuita, paz con las comunidades indígenas, libertad de imprenta, Academia de Jurisprudencia, etc.” Falleció en Santa Fe, el 18 de setiembre de 1830.

RICARDO ALBERTO LOPA – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 77 – Ediciones Madres de Plaza de Mayo

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vicentedupuy

VICENTE DUPUY (1774 - 1843)

 

Nació en Buenos Aires, el 22 de enero de 1774. Se destacó en la lucha contra las invasiones inglesas y luego se constituyó, en los días de mayo de 1810, en uno de los principales “chisperos”, junto a French y Beruti. Su definición morenista lo condujo a colaborar con French en el regimiento Estrella, del cual fue capitán. Coherente con su posición popular e hispanoamericanista, pasó luego a colaborar con San Martín en la gestación del Ejército de los Andes. Por su participación en la lucha libertadora fue condecorado como Legionario de la Legión de Mérito de Chile. Fue gobernador de San Luis, desarrollando una labor progresista: para dar agua a la zona hizo construir una acequia muy importante, a la cual el Directorio bautizó como Dupuyllana, en su homenaje. Siendo gobernador de esa provincia se produjo la sublevación de los realistas encarcelados después del triunfo de San Martín en Maipú, procediendo enérgicamente: fusiló a buena parte de los sublevados. Ello le trajo inconvenientes y un juicio posterior. Dupuy adujo, en su defensa, que no hizo más que cumplir las órdenes de San Martín que le llegaban desde Chile, pero el episodio le significó fuertes críticas por parte de sus enemigos, a tal punto que Diego Luis Molinari lo califica como “el más odiado y sanguinario de los tenientes de San Martín”.

Sin embargo, sus relaciones con el Gran Capitán no se deterioran a tal punto que se reincorpora al ejército sanmartiniano que realiza la expedición al Perú, en 1821. Allí juega un rol importante y es condecorado con la Orden del Sol del Perú. Regresa a Buenos Aires, en 1824, al disolverse el Ejército de los Andes. Aquí parece haber corrido la misma suerte de desprestigio y encono que sufriera el General San Martín. Retirado de la fuerza armada, sus últimos años estuvieron marcados por el mayor olvido y silenciamiento, como así también por la mayor pobreza. Falleció el 18 de enero de 1843. Las revistas infantiles que han incorporado a French y Beruti, limitando su fervor revolucionario a la repartija de cintas celestes y blancas –y no a estampas del rey Fernando VII como sucedió en la verdadera historia- han dejado en el olvido a Dupuy, seguramente por morenista y sanmartiniano.

N. GALASSO – LOS MALDITOS – VOL. IV – Pág. 257 Editorial Madres de Plaza de Mayo - Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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alvarezprado

ÁLVAREZ PRADO, MANUEL (1785 – 1836)

 

Nace en Tilcara, provincia de Jujuy, el 3 de octubre de 1785. Adhiere a la revolución de 1810 y defiende el norte ante la invasión de Pezuela, en 1813. Si bien los realistas ocupan la zona de Salta y Jujuy, los guerrilleros de Álvarez Prado le infligen permanentes golpes, les cortan las comunicaciones, atacan sus campamentos en riesgosos operativos nocturnos, debilitándolos. Se incorpora luego a las fuerza de Rondeau, pero juzga que la lucha debe darse a través de la guerra de partidas o de guerrillas.

En ella, se destaca por su audacia y por su conocimiento del terreno que le permite atacar y desaparecer, teniendo en jaque permanente al enemigo. En agosto de 1814, asesta un fuerte golpe al ejército de Pezuela, en Hornillos. El General San Martín le brinda toda su confianza y está seguro que mientras en el norte operen las fuerzas de Güemes y de Álvarez Prado está cerrado el camino a las tropas realistas.

En una nueva invasión mandada por Olañeta, en 1817, vuelve a destacarse su acción guerrillera, no dando tregua al enemigo, según lo informa Güemes en sus despachos al General Belgrano. Se convierte así en uno de los héroes de la “guerra gaucha”, que el Director Supremo Posadas prefiere llamar guerra “de patriotas campesinos”.

Al no poder avanzar, Olañeta busca una tregua con el único propósito de sobornar a Álvarez Prado, “ofreciéndole honores y riqueza a cambio de su defección”. Pero él se mantiene inquebrantable y rechaza toda propuesta.

En 1818, el Director Supremo lo designa Comandante del Primer escuadrón de Gauchos de la Quebrada de Humahuaca. Poco después enfrentado a fuerzas muy superiores conducidas por Canterac y Olañeta, se resiste bravamente pero cae malherido. Lo conducen prisionero a Tupiza donde permanece diez meses en la cárcel, pero logra fugarse y nuclear nuevamente a su gente para continuar la lucha.

En Humahuaca, enfrenta nuevamente a Olañeta, quien vuelve a tentarlo ofreciéndole dinero y cargos, pero él rechaza la propuesta, reiniciando la lucha, en la cual vuelve a quedar malherido. En 1823, lo ascienden a Coronel, continuando su tenaz pelea por la libertad de la patria, siempre al frente de la Quebrada. Lograda la independencia en 1824, con el triunfo de Ayacucho, permanece un tiempo más en la milicia, pero en 1827, al fallecer su esposa, solicita el retiro para ocuparse de sus hijos.

Respetado por su gente como una figura emblemática de la revolución, vive sus últimos años en Tilcara, donde fallece el 29 de abril de 1836. Sin embargo, en los textos escolares sólo incidentalmente aparece alguna referencia a este heroico e incorruptible guerrillero, que fue uno de los sostenes principales de la campaña libertadora de San Martín, conteniendo a las fuerzas realistas en el norte del territorio argentino. (N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 61 – Ed. Madres Plaza de Mayo)

Fuente: pensamiento discepoleano

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ALZOGARAY, ÁLVARO (1809 - 1879)

 

No se trata de quien la mayoría recordamos con aquella desgraciada expresión de “hay que pasar el invierno”, sino su bisabuelo. Esta es una breve reseña de su extensa lucha por la soberanía y la independencia nacional. (…)

En 1826 Guillermo Brown lo toma cuando todavía no había cumplido los 17 años como su secretario (…) Asiste a todos los combates navales importantes de la guerra: el ataque a Colonia, el duelo entre las naves 25 de Mayo y la Nichteroy, en los combates de Los Pozos, Quilmes, Juncal y Monte Santiago. (…)

en 1831 es transferido al Ejército. (…) en 1840 regresa a la marina con el grado de teniente y en mayo de 1841 arma la corbeta 25 de Mayo y en 1843 la goleta-bergantín Republicano, naves que Rosas pone al mando de Brown (…).

Participa en varios hechos: combate del canal de Santa Lucía, ataque y toma de la Isla de las Ratas y otros. (…) por su arrojo, captura el bergantín Cagancha en diciembre de 1841, sorprende y captura a numerosos oficiales y soldados en Maldonado con sólo cuatro hombres y un bote. (…)

Sin embargo, será en la batalla de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, combatiendo bajo las órdenes del general Lucio Mansilla en la que se destacará como nunca nuestro héroe. En ella tuvo a su cargo la batería de vanguardia Restaurador, instalada con mucho esfuerzo en una loma de 20 metros de altura. Seis cañones de bronce y 80 artilleros novatos era con todo lo que contaba. Tras la batalla el general Mansilla lo destaca como “… intrépido y sereno guerrero”.

Meses después, en abril de 1846 rinde un pailebote inglés al cual personalmente le arranca la bandera británica y la reemplaza por la nacional, y se destaca nuevamente en los combates del Quebracho. (…) A diferencia de algunos miembros de su familia que lo sucedieron, cuyos principios están en las antípodas del proyecto nacional que este marino defendió a lo largo de su vida, la de Alzogaray es otra de las figuras de enorme importancia a la que aún no se le ha dado reconocimiento merecido. Ello se relaciona con que fue uno de los protagonistas de la Batalla de Obligado, uno de los acontecimientos más importantes ocurridos durante el gobierno de Rosas, que al igual que muchos otros sería invisibilizado por la historiografía liberal.

Extracto del trabajo de Judith Lestingi y Fernando Arcardini en el Tomo III, página 239 de LOS MALDITOS – Ediciones Madres de Plaza de Mayo

Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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french

DOMINGO FRENCH
(1774 - 1825)

La revista “Billiken” fijó en las mentes infantiles de millones de argentinos la imagen de un French repartidor de cintas blancas y celestes en una plaza de Mayo con paraguas, aquel 25 de mayo de 1810. Nada más –o muy poco- agregaron los textos escolares sobre ese dibujo acerca de quién era French, antes, durante y después de la revolución. ¿Se trata simplemente de un olvido o de uno de los tantos ‘vaciamientos’ históricos para ocultar modelos que puedan resultar peligrosos?

¿Qué opinaba la clase dominante de aquel entonces acerca de French?
A este respecto, existe un documento contundente: en “La Gaceta Mercantil”, en 1826, el señor Manuel de Arroyo y Pinedo destila veneno contra el repartidor de cintas (nada menos que alguien de las familias Arroyo y Pinedo, especialmente esta última de donde provendrá Federico Pinedo, ministro de Hacienda en la Década infame y solícito defensor del capital extranjero). Dicho señor afirma lo siguiente: “Domingo French, a quien yo llamo de los Morenos; French, vuelvo a decir, ingrato por excelencia, cobarde sin compasión, inepto, inmoral, hombre de todos los partidos y consecuente con ninguno, hombre, en fin, que ha muerto sin merecer la compasión de nadie; French, repito, olvidándose de sus compromisos y halagando las pasiones de Moreno, a quien él llamaba ‘el Sabiecito del Sur’, se ve, por este hecho, coronel del regimiento de América, como que convenía a llenar las ideas de Moreno”
Desnudado el odio de clase que explica el silenciamiento, reconstruyamos brevemente quién era y qué hizo Domingo French.

Nace en Buenos Aires, el 21 de noviembre de 1774. “Su situación económica no debía ser muy desahogada, porque comenzó a ganarse la vida como asalariado del Convento de ‘La Merced’ y en 1802 consiguió, en la Administración de Correos, el puesto estable de ‘cartero único’; empleo que le reportaba un estipendio de ‘medio real y lo mismo, dos, por cada pliego o carta entregada a su respectivo destinatario en propia mano o a domicilio”. Es decir, tenía a su cargo repartir la correspondencia por toda la ciudad que si bien era pequeña, ofrecía subidas y bajadas, baches, zanjas y barro los días de lluvia, se supone que con mayores dificultades que las que ofrece ahora. Caminando y caminando –como dice el poeta- French cumplía su tarea y significativamente se contactaba con mucha gente. El cansancio de sus pies, para alcanzar un salario gratificante, se compensaba con amistades y relaciones diversas, útiles más tarde cuando sobrevinieron épocas de cambio.
Ya en la lucha contra la invasión inglesa, evidenciaría que potencialmente estaba preparado para repartir algo más que cartas: “Teniente y Capitán de Húsares a raíz de la Reconquista, Sargento Mayor, después de la Defensa, cabecilla con prestigio entre los milicianos criollos, capitaneó a los amigos que sacaron a Pueyrredón del cuartel de Patricios para ocultarlo en casa de don Cornelio Zelaya y embarcarlo, posteriormente, en un navío… que lo condujo a Río de Janeiro”.

Por supuesto, el 22 de mayo vota en el Cabildo Abierto por la cesación del virrey y en esos días, junto con Beruti, Dupuy, Donado y otros activistas, se pone en comunicación con Moreno, quien les resulta el hombre de mayor claridad y audacia política entre los revolucionarios. A partir de allí, es un morenita convencido, cuya admiración por el joven abogado lo lleva a apodarlo “El Sabiecito del Sur”.

En los decisivos días de mayo –según “Relato de un testigo”- “French, el del Correo y Beruti, el de las Cayas, habían ocupado la Plaza al frente de bastante porción de encapotados con cintas blancas al sombrero y casaca, en señal de unión entre americanos y europeos y el retrato de nuestro amado monarca en el cintillo del sombrero, del que vestían a todo el que pasaba por allí”. Llegado el 25, compone el grupo que prorrumpe tumultuosamente en el Cabildo y con las armas en la mano, arranca a los cabildantes la aceptación de una Junta Popular para reemplazar a Cisneros. Allí, firma el acta, con los nombres de los integrantes de la Junta, “por mí y en nombre de seiscientos”. Esto significa que mientras Moreno es el político que formula el plan de la Revolución, sus hombres, sus militantes, sus activistas, movilizan al pueblo para concretar la efectiva toma del poder, ocupando el Cabildo: “Plan de lucha”, “ocupación”, “chisperos”, “manolos”, “legión infernal”, “grupos piqueteros”, como se quiera llamarlos.

Establecido el nuevo gobierno, French es designado coronel. Se le encomienda la formación de un regimiento de infantería –obviamente decisión de Moreno, Secretario de Guerra- con el cual institucionalizar la fuerza popular que había actuado en la plaza en los sucesos de Mayo. Ignacio Núñez señala que se integra esa fuerza “con los amigos que actuaron con French en la Plaza de Mayo, lo cual evidencia el propósito de Moreno de contar con fuerza militar propia frente a la preponderancia de Saavedra, el jefe de Patricios. Ese regimiento se llama ‘América’ o ‘de la Estrella’, porque su uniforme ostenta una estrella roja”.

Al estallar la contrarrevolución, dirigida por Liniers, en Córdoba, Moreno envía a este regimiento con su jefe, French y con un vocal de la Junta, Castelli, para sofocar el intento. “French marchó a Córdoba… Apresado Liniers y sus compañeros, todos –a excepción del Obispo Orellana- fueron fusilados en Cabeza de Tigre, siendo French quien dio la voz de fuego al piquete de ejecución y quien descargó, con su pistola, el tiro de gracia en la sien del héroe de la Reconquista que se estaba desangrando en el suelo”. French es, por tanto, el brazo ejecutor de Moreno.

Producida la renuncia de Moreno, el 18 de diciembre de 1810, French “intentó con su regimiento derrocar a Saavedra” pero no logra su objetivo. Luego, al consolidarse el saavedrismo con el movimiento del 5 y 6 de abril de 1811, es desterrado a Patagones. Esta sanción no debe sorprender pues la vanguardia revolucionaria del 25 de mayo sufre destierro al producirse la contrarrevolución de 1811: Azcuénaga y Posadas a Mendoza, Larrea a San Juan, Rodríguez Peña y Vieytes a San Luis; Beruti, Donado y Cardoso a Patagones. A su vez, Castelli es enjuiciado, Alberti muere de un infarto después de una discusión defendiendo a Moreno y éste ha muerto el 4 de marzo, en alta mar, presumiblemente envenenado, mientras Belgrano también ha caído en desgracia.

Tiempo después, French recupera sus derechos y participa con su regimiento en el sitio y toma de Montevideo, pero luego sostiene un fuerte disenso con el Director Supremo, Gervasio Antonio de Posadas y es desterrado nuevamente, pudiendo regresar sólo al fin del gobierno de Alvear, en 1815, época en que se le da destino en el Ejército del Norte.
El espíritu morenista de French se ratifica, al poco tiempo, cuando se une a Dorrego y a un grupo de federales para impugnar la política del Director Supremo Pueyrredón, quien no sólo ha aceptado –o promovido- la invasión a Lecor a la Banda Oriental con el propósito de aplastar a Artigas, sino que además, interviene en las negociaciones dirigidas a entronizar un monarca en el Plata.

Con motivo de esta oposición, es nuevamente desterrado, permaneciendo casi dos años en Estados Unidos. Evidentemente, frustrado el proyecto de Moreno no había lugar en el escenario político para sus continuadores consecuentes, en esa época donde los directoriales ya están anticipando el predominio de Rivadavia y García que acaecerá en la década del veinte.
En 1819, regresa del destierro e interviene junto con Soler en la batalla de Cañada de la Cruz donde son derrotados. Poco después, al asumir Martín Rodríguez como gobernador, le ofrece el cargo de Comandante del Resguardo de Mar y Tierra, pero no acepta.

En esa época, su salud ya está quebrantada. El 4 de junio de 1825, fallece en Buenos Aires. Sus sucesivos destierros resultan de su enfrentamiento con la oligarquía porteña, en sus distintas expresiones, desde Saavedra a Pueyrredón, es decir de su consecuencia al proyecto del Sabiecito del Sur. Arroyo y Pinedo conocía bien esta trayectoria de French y de ahí su vituperio, que devino, luego, en esa exquisita complicidad con que operan las Academias, los colegios y los medios de prensa para silenciar o deformar la lucha de un revolucionario.

NORBERTO GALASSO - LOS MALDITOS - VOLUMEN II - PÁGINA 97 - Ediciones Madres de Plaza de Mayo

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ANDRESITO ARTIGAS (ANDRÉS GUACURARÍ) (1778 - ¿1821?)

Andrés Guacurarí nació en el año 1778 en el pueblo misionero de San Borja, Santo Tomé. Huérfano de padre, fue educado por el cura párroco del pueblo donde pasó su infancia, y con el mismo sacerdote, aprendió a leer y a escribir. Desde su nacimiento, convivió con la cultura que heredó de sus mayores: los guaraníes.

El sentido de pertenencia a un territorio y a ser “una nación”, en el sentido más puro del concepto, fue notable en Andresito. La identidad guaraní se había forjado gracias al sufrimiento de ese pueblo que no había dudado en levantarse contra los portugueses, después de aquel lamentable Tratado de Permuta, de 1750, que dividió a “las Misiones” de la forma más cruel. Otra característica de esa identidad fue la “conciencia de una dignidad y un modo de ser: la conciencia de una identidad frente al otro”, y el sentido de “ser junto al otro una sola realidad”. Según Esteban Ángel Snihur, hoy diríamos “diversidad en la integración”.

Para 1811, Belgrano había puesto a la región bajo la protección de Paraguay: La zona quedó reducida sólo al departamento de Yapeyú, compuesto por los pueblos de Santo Tomé, La Cruz y Yapeyú, más sus estancias, capillas y parroquias. Los portugueses aprovechando el estado de desprotección en que se hallaba la Banda Occidental del Río Uruguay, cruzaron el río, y comenzaron a asolar el territorio. En esas circunstancias, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata nombró Gobernador de Misiones al Comandante Don José Gervasio Artigas, el cual se abocó inmediatamente a la tarea de organizar militarmente a la población misionera para expulsar a los portugueses. De esta manera, el federalismo artiguista se arraigó con su prédica en la población misionera.

Andresito estaba plenamente identificado con el artiguismo, en el cual veía que se tenía en cuenta, en su real magnitud, el proyecto misionero dentro del Gran Proyecto Americano. Fue el mismo Artigas quien designó a Andrés Guacurarí, su hijo adoptivo –a quien dio su apellido- Gobernador y Comandante General de Misiones.

Andresito, desde su posición de Jefe de las misioneras, se planteó un Proyecto de reconstrucción territorial de la desmembrada provincia de Misiones.
Después de formar su ejército de naturales, en su cuartel general de Yapeyú, de disciplinarlo y armarlo con maestría, se puso en movimiento, a mediados de 1815, sobre Candelaria, que toma después de tres horas de combate, ocupando a continuación, las reducciones de Lorenzo, Santa Ana, San Ignacio Miní y Corpus.

Los actuales límites del país fueron llevados hasta el río Paraná, gracias a la valentía de Andresito, que arrojó al invasor, incorporando así ese pedazo de suelo argentino a la Patria.

Cumplida esa hazaña, establece su cuartel general en Santo Tomé. Pero el sueño de Andrés era otro, la conquista de las Misiones Orientales. Después de proclamar a estas poblaciones para que no fueran gobernadas sino por autoridades guaraníes, de agitar la opinión pública, cruzó el río Uruguay a la altura de Itaquí y comenzó su campaña de liberación.

Transcurría el año de 1816, cuando en el mes de septiembre, atacó la escasa guarnición de Itaquí, derrotándola completamente. El jefe de esa guarnición se había retirado al lugar denominado San Juan Viejo, donde falleció. Por orden del Brigadier Francisco das Chagas Santos, el capitán Braga con trescientos hombres atacó a Andrés en Rincón de la Cruz y a pesar de su valentía fue derrotado por Andresito.
De esta forma Andrés, avanzó hacia San Borja y se presentó allí el día 21 de septiembre poniendo sitio a la plaza.

El Brigadier Chagas se encerró en el pueblo con cuatrocientos hombres bien armados y catorce cañones pero sin agua y alimentos. El 3 de octubre de 1816, con la noticia de la llegada de fuerzas portuguesas, Andrés inició el combate en un bañado cerca del pueblo. La lucha fue despareja; el indio luchando con armas precarias, sin disciplina militar, con su coraje y valor; y por el otro lado, el portugués con su ejército disciplinado y provistos de armas modernas.

La lucha fue feroz, las fuerzas de Andrés fueron abatidas y dispersadas, los restos de su ejército pasaron el río Uruguay y llegaron a Santo Tomé con su jefe.
Andrés volvió después de la derrota y reorganizó su ejército. Para entonces, el Marqués de Alegrete dio la orden de destruir las Misiones Occidentales y capturar a sus habitantes para repartirlos entre los pueblos de las Misiones Orientales.

El Brigadier Francisco das Chagas Santos, el 17 de enero de 1817, cruzó el río Uruguay con mil hombres y cinco cañones. Tomó el pueblo de La Cruz y, desde allí ordenó la destrucción de Yapeyú, que se cumplió a medias en primer término, ya que Andrés defendió al pueblo, pero sin embargo, a causa de la llegada del grueso de las fuerzas de Chagas debió retirarse, acontecimiento que ocurrió el 13 de febrero del año 1817.

El Brigadier Chagas de inmediato destruyó La Cruz y luego se dirigió a Santo Tomé donde convirtió al pueblo en llamas, saqueando sus moradas, asesinando a sus habitantes, llevando la desolación y la muerte, dejando al pueblo reducido a escombros. Las demás reducciones fueron también destruídas. Cumplida la misión, Chagas regresó a San Borja.

Una vez que se retiraron las fuerzas portuguesas, los indios volvieron a sus hogares deshechos y juraron vengarse. Aprovechando Andrés esta circunstancia, reclutó gente en la costa occidental del Iberá y estableció su cuartel general en Apóstoles. Sabiendo de esto, Chagas resolvió atacarlo en su cuartel, cruzó el río Uruguay e inició las hostilidades. Andresito lo derrotó completamente por lo que cruzó nuevamente el Uruguay dirigiéndose a San Borja. Después de la victoria del 2 de julio de 1817 el caudillo guaraní quedó dueño y señor de las Misiones Occidentales.

Chagas nuevamente atravesó el río Uruguay y atacó San Carlos donde estaba el cuartel general de Andresito. El jefe portugués se apoderó del pueblo citado el 31 de marzo. A duras penas Andrés pudo escapar el 2 de abril de 1818 luego de una encarnizada lucha. Chagas ya dueño de la situación arrasó al pueblo y luego incendió Apóstoles el 7 de abril, regresando luego a San Borja.
Andrés reorganizó sus tropas en la Tranquera de Loreto, disponiendo de dos mil indios que guiados por Lázaro Yaguaca acamparon en las lomas de Caa Catí. El 14 de julio de 1818 comenzó la batalla contra las fuerzas del Mayor Francisco Casado, enviado por el Gobernador de Corrientes, Mayor José Francisco Vedoya. El ejército indio tenía órdenes de simular ataques y retrocesos, con el objeto de agotar las municiones del enemigo, y ante una violenta arremetida de Casado, los indios huyeron en aparente dispersión. Andrés reforzó su ejército con la división del Jefe Guaraní Pantaleón Sotelo y atacó a Francisco Vedoya en Las Saladas, la derrota de éste fue total y huyó juntamente con Casado hacia Corrientes. En su fuga, a su paso por San Antonio de Mburucuyá, cometieron un tremendo ultraje con las mujeres de los soldados guaraníes, les arrebataron sus hijos pequeños, que fueron llevados en su huida a Buenos Aires, para repartirlos como esclavos entre las familias porteñas. Por lo cual Andrés informó al Comandante de Marina, D. Pedro Cambell lo ocurrido agregando que huían de Corrientes por el Río Paraná y pidiéndole que los atajara frente a Goya y mandara a los indiecitos sin tardanza a San Antonio de Mburucuyá para evitar que se prolongue el desconsuelo de sus madres.

Los escuadrones guaraníes, dueños de la situación, pararon a más de un kilómetro de la capital. Andrés se quitó el sable del cinto y caminó hacia el centro de la ciudad, acompañado por Juan Bautista Méndez, por los capitanes guaraníes Dolores Riveros y Juan Asencio Abiaré, y por el capellán de su ejército Fray Tomás Félix. Entró en la Iglesia de la Cruz de los Milagros y postrado a los pies del santuario permaneció un instante orando para después dirigirse a la Iglesia Matriz, donde hizo oficiar un Tedeum. Durante la ocupación de Corrientes sus tropas posiblemente cometieron algunos atropellos que él ignoró.

Su sueño de liberación de las Misiones Orientales lo llevó de nuevo a su tierra, después de entregar el gobierno de la Provincia a Juan Bautista Méndez y al frente de su ejército que denominó Ejército Guaraní Occidental, pasó el río Uruguay por los saltos de San Isidro que se hallaban al sur de Concepción y tomó sin dificultades el pueblo de San Nicolás en las Misiones Orientales. En conocimiento de ello, Chagas se dirigió hacia donde se hallaba su eterno enemigo y lo atacó el día 9 de mayo de 1819. Los soldados de Andresito se atrincheraron entre los edificios y los atacantes bombardearon la plaza. Como las fuerzas sitiadas no daban señales de vida, el ejército de Chagas atacó, pero cuando sus soldados se aproximaban, fueron recibidos por una lluvia de balas que arrasó con ellos. Chagas que estuvo a punto de caer en manos del enemigo, se retiró, reorganizó sus fuerzas y continuó vigilando los movimientos del Ejército Guaraní.

Después de la brillante victoria de San Nicolás, el Comandante Andrés Guacurari, cometió el error de dividir sus fuerzas y se internó en las Misiones Orientales buscando contacto con el ejército de Artigas y al no conseguir su objetivo, retrocedió quedando reducido a sus solas fuerzas. Fue entonces sorprendido en el paso de Itacurubí, donde resultó derrotado, y dispersadas sus fuerzas, trataron de cruzar el Uruguay, consiguiéndolo sólo en parte. Pero Andrés fue hecho prisionero –el 24 de junio de 1819- al pretender pasar el río por San Lucas. Allí fue aprehendido por el sargento Joaquín Santiago.
Cuando cayó prisionero de los portugueses, se cerró una etapa crucial de la lucha que por más de cuatro años sostuvieron los guaraníes misioneros, tratando de mantener la integridad territorial e institucional de los quince pueblos entre el Paraná y el Uruguay, y recuperar los siete orientales.
Enviado a Porto Alegre, al poco tiempo –el 30 de septiembre- Andresito fue embarcado a bordo de la zumaca “Catharina”, conjuntamente con su consejero y compañero, el franciscano fray Acevedo –quien había caído prisionero el 5 de junio cerca del pueblo de Rocha-, para ser remitidos a Río de Janeiro y confinados en esa plaza.
A fines de 1819, debe haber sido destinado junto con fray Acevedo a la Fortaleza de Santa Cruz, donde ya se encontraban Manuel Artigas y Otorgues; pero al poco tiempo fue trasladado al Fuerte de la Lague, inhóspito islote rocoso enclavado en la entrada de la Bahía de Guanabara, donde permaneció un año y cuatro meses en prisión incomunicado. Es evidente que la natural rebeldía del caudillo guaraní había contribuido a que, con respecto a él, se tomaran providencias más estrictas que con los demás prisioneros.

A principios de 1821, consolidado en la Banda Oriental el triunfo de las fuerzas lusitanas que habían comandado Lecor, Curado y Viana, a más de haber desaparecido del escenario político-militar el caudillo oriental José Artigas, exiliado en el Paraguay, las condiciones a las que estaban sometidos los prisioneros fueron  cambiando poco a poco, y paulatinamente fueron liberados y pudieron regresar a sus hogares.

Esa liberación fue merced tanto a la intervención de los funcionario portugueses interesados en obtener su concurso, como así también por gestiones realizadas por el ministro español ante la Corte de Río de Janeiro, el Conde de Casa Flores, tratando de ganarse para la causa española a Otorgues, Fray Acevedo y el propio Andrés Artigas, entre los más conocidos.

Lamentablemente, Andresito no pudo cumplir con su sueño de regresar al terruño natal. Días antes del 17 de junio, fecha en la que debía embarcarse con el padre Fray José Acevedo y otros oficiales y soldados liberados, con destino a Arroyo de la China, a raíz de una riña mantenida con soldados ingleses, fue nuevamente encarcelado. El Conde de Casa Flores realizó nuevamente gestiones para obtener su libertad, pero esta vez sin mayor entusiasmo, pues creía que los artiguistas, por más que habían jurado la constitución española, lo habían hecho únicamente para lograr ser liberados. Si bien la autoridad portuguesa se comprometió a considerar el pedido, no hay constancia de los resultados, y la tradición nos indica que el caudillo guaraní falleció tiempo después, en el lugar de su último confinamiento: la Isla de Cobras. Existe, sin embargo, una versión de que habría logrado pasar a Montevideo y habría fallecido en esa ciudad, poco tiempo después.

Triste final para quien, por casi un lustro, supo defender sin claudicar la integridad territorial de su provincia, buscando que sus connaturales gozaran de los mismos derechos y libertades que los demás americanos. Tanto su muerte, lo mismo que las circunstancias de su nacimiento, son interrogantes aun no desentrañados. Pero, a pesar de su silenciamiento, su mensaje ha perdurado: “Ea, pues, compaisanos míos, levantad el sagrado grito de la libertad, destruid la tiranía y gustad el deleitable néctar que os ofrezco con las veras del corazón que lo traigo deshecho por vuestro amor”.

CRISTINA PIANTANIDA – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 62
Editorial Madres de Plaza de Mayo - Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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MARÍA REMEDIOS DEL VALLE - (“LA CAPITANA” o “LA MADRE DE LA PATRIA”)

(último tercio del siglo XVIII - 1847)

En Buenos Aires nace María Remedios, sin conocerse exactamente la fecha y allí crece sufriendo una triple discriminación: Por ser pueblo, por ser mujer y por pertenecer a la raza negra. Sin embargo, su rebeldía puede más, hasta encontrar su propio camino en la lucha heroica por su patria. Adhiere, junto a su esposo y sus hijos, a la Revolución de Mayo y poco después, se integra al Ejército del Norte, participando en las batallas de El Desaguadero, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Por su comportamiento, el General Belgrano la designa “Capitana del Ejército”. Los soldados la llamaban “la madre de la patria”. Acompaña luego a las huestes de Arenales y Güemes, asistiendo a la muerte de su marido y de sus hijos, sin abandonar su temple. Tomada prisionera por las fuerzas absolutistas, es azotada durante 9 días, pero logra fugar para reincorporarse luego a las fuerzas patriotas. La trayectoria de esta “coronela negra” constituye un ejemplo de lucha, pues habiendo sido herida en seis oportunidades, no amengua sus ímpetus en la lucha contra el enemigo absolutista. Años después – en 1827 – se encuentra en Buenos aires, en la Plaza de la Recoba o en el atrio de San Francisco, pidiendo limosna. Planteado su caso en la Legislatura, se resuelve ratificarle el cargo de Capitán de Infantería, pasando así a percibir un sueldo, que le permite abandonar la mendicidad. En 1829, es ascendida a Sargenta Mayor de Caballería. Luego, Rosas, en un decreto del 16 de abril de 1835, la incorpora a la Plana Mayor Activa del Ejército, con jerarquía y sueldo, como modo de aliviar su situación económica. En esa oportunidad, como reconocimiento, le da su apellido y pasa a llamarse Remedios Rosas. Fallece el 8 de noviembre de 1847. Un periódico de la época informa: “Baja. El mayor de caballería Doña Remedios Rosas, falleció”. (Norberto Galasso – Los Malditos – Tomo II – Página 86, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)

Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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FRANCISCO MARIANO DE ORMA - (1777 – 1841)

Nacido en Santander, en 1777, es uno de los tantos españoles que participó en el movimiento de Mayo.
Ya había peleado, en 1806 y 1807, con motivo de las invasiones inglesas, en el escuadrón de Húsares comandado por Pueyrredón.

En la semana de mayo de 1810 tuvo activa participación, como uno de los agitadores, “chisperos” o “manolos” que incitaban a deponer al virrey Cisneros. El día 22, en el Cabildo Abierto, Orma votó en el mismo sentido que French. Junto con éste y con Buenaventura Arzac constituyó un pequeño grupo caracterizado por su espíritu revolucionario, jugando un rol importante en esos días críticos, totalmente adheridos a la causa de Mariano Moreno.

Luego de la frustrada conspiración de Alzaga, Orma, al igual que otros españoles adictos a la revolución, solicito el título de “ciudadano americano del estado de las provincias Unidas del Río de la Plata”, que le fue concedido.

Luego, siguió revistiendo en las fuerzas armadas, alcanzando el grado de capitán comandante, en 1816 y luego, de Teniente coronel de caballería, en 1817. En esa época, elaboró un plan defensivo para Buenos Aires. Años después, asumió la posición “federal” y en la primera época de Rosas, parece haber sido “lomo negro”, por lo que tuvo que emigrar a Montevideo. Allí, falleció, olvidado, el primero de octubre de 1841.
Son pocos los historiadores que lo recuerdan, no obstante su activa participación en esos años decisivos de la Patria.

N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. III – Pág. 250 – Ed. Madres Plaza de Mayo - Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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JUAN MANUEL DE ROSAS – (1793 – 1877)

Nació en Buenos Aires, en el seno de una familia patricia de viejo arraigo en la sociedad colonial, un 30 de marzo de 1793. Era hijo de León Ortiz de Rosas, administrador de las estancias del rey y capitán de su ejército. Su madre, Agustina López de Osorno, pertenecía a una familia de estancieros de la campaña bonaerense.
Precisamente en una de las estancias de la familia materna pasó su infancia –“El Rincón de López”- donde aprendió diferentes actividades relacionadas con la vida rural.

Ésta fue un constante alternar entre el campo y la ciudad donde realizó sus estudios en la escuela de Francisco Argerich.
Siendo un adolescente, en 1806, participó de la reconquista de Buenos Aires demostrando, según Liniers, “una bravura digna de la causa que defendía”. En cambio, en 1810, se mantuvo al margen. En 1819, sostenía: “Los tiempos actuales no son los de quietud y tranquilidad que precedieron al 25 de mayo. Entonces, la subordinación estaba bien puesta, las guardias protegían las líneas, sobraban recursos… Había unión”.

En 1813, contrae matrimonio con Encarnación Ezcurra, quien con el tiempo se convertiría en una pieza clave para el desempeño político de su esposo.
Desde muy joven, su carácter impetuoso, lo llevó a separarse de su familia, alejamiento que ratificó al quitarse el “Ortiz” de su apellido. Por su cuenta, realizó aquello que había aprendido desde su infancia, en los campos de sus padres: es decir, negocios rurales. Más tarde, formalizó una sociedad con Juan Nepomuceno Terrero, dedicado a la actividad ganadera y saladeril. En poco tiempo, logró hacer una considerable fortuna.

En 1815, la sociedad Rosas–Terrero, conjuntamente con Luis Dorrego, establecieron el saladero “Las higueritas” en las proximidades de Quilmes. Al tiempo, adquirieron en la guardia del Monte, la estancia “Los Cerrillos”, el establecimiento más importante de los que tuvo Rosas.

La dedicación a las actividades rurales lo puso en contacto con toda la problemática propia de la campaña. Cosechó adeptos entre sus pares estancieros a los que representó ante el gobierno, pero también entre la peonada, gauchos, indios y vagabundos, a los cuales supo dirigir y administrar para cumplir sus objetivos. Afirmaba: “… hacía falta hacerme gaucho como ellos,… protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin no ahorrar trabajos ni medios para adquirir más su concepto”.

En 1820, los acontecimientos políticos permitieron la participación de Rosas en defensa del orden y la paz. Consolidado el gobierno de Martín Rodríguez gracias al respaldo de los hacendados –y de los Colorados del Monte, del propio Rosas –se dedicó a cumplir con las exigencias de los sectores rurales. Esta alianza habría de hacer crisis cuando el gobierno pasa a ser manejado por dos ministros (Rivadavia y Manuel García), que lo convierten en representante de la burguesía comercial de Buenos Aires.

Producida la renuncia de Rivadavia en 1827, los federales de Buenos Aires llevaron al coronel Manuel Dorrego como gobernador de la ahora provincia autónoma. Rosas fue nombrado comandante de la campaña y como tal organizó fuertes. La frontera se extendió mediante negociaciones de paz con los indígenas. Llegó a organizar un verdadero plan de colonización que incluía la integración de las poblaciones indias y la transformación de los fortines en centros de población y producción, intentando civilizar y transformar el desierto pacíficamente.

El derrocamiento de Dorrego y su posterior fusilamiento por parte de Lavalle, crearon las condiciones para que Rosas volviera a incursionar en la política. Ante la fuerte represión contra los federales bonaerenses, encabeza la rebelión masiva de la campaña. Lavalle debe pactar estableciéndose un gobierno provisional, a cargo de Viamonte. El 8 de diciembre de 1829, asume como gobernador Juan Manuel de Rosas con “la plenitud de facultades y libertad de acción que hoy más que nunca exigen las circunstancias”. Se convertía así en el único sostén del orden político y social con adhesión de los sectores populares y rurales. Con el transcurso del tiempo iría aumentando la confianza puesta en él por el resto de las provincias. Su gobierno tuvo como principal objetivo lograr la unificación política.

Finalizado su mandato le fue propuesto de parte de sus seguidores cumplir con un nuevo período frente a la gobernación, cuestión que rechazó en varias ocasiones.
En cambio, se dedicó a realizar una campaña al desierto, con el propósito de alejar la amenaza que representaba el indígena en la frontera de la campaña bonaerense.
La revolución acaudillada por su esposa, favoreció su regreso al poder. El 7 de marzo de 1835, la Legislatura de Buenos Aires lo designó como gobernador de la provincia por cinco años, otorgándole la suma del poder político con objeto de sostener y defender la causa Nacional de la Federación.

Permaneció 17 años en el poder. Durante ese período, contó con el apoyo de los sectores populares de la provincia de Buenos Aires e inclusive, de la ciudad puerto. Los acontecimientos fundamentales de esa época son: 1) la defensa de la Confederación frente a dos intervenciones extranjeras (el bloqueo francés de 1834/40 y la intromisión de la escuadra anglo francesa en el Paraná, en 1845, concluyendo el conflicto recién en 1850). En ambas ocasiones, Rosas defendió la soberanía y recibió el apoyo de San Martín, desde Europa. 2) Ley de Aduanas: dictada en 1835, establecía recargos aduaneros para los artículos importados, política económica dirigida a establecer una alianza con las provincias interiores. 3) Reprimió severamente la acción de los unitarios, especialmente los provenientes del grupo rivadaviano, partidarios de la “libre importación” y del acercamiento a Europa, donde creían ver “la civilización” en oposición a “la barbarie” local. En lo ideológico, Rosas sostuvo la defensa del nacionalismo y del tradicionalismo.

La corriente historiográfica rosista lo considera un caudillo nacional, que cohesionó a las Provincias Unidas y expresó a los sectores populares de su época. Para la historiografía liberal es simplemente un tirano, que acumuló violencias y mantuvo al país en el atraso. La corriente historiográfica federal-provinciana lo reivindica en tanto defensor de la soberanía pero le critica: a) que la Ley de Aduanas fue aplicada por escaso tiempo, b) que las rentas aduaneras siguieron en manos de la provincia de Buenos aires y que al negarse al Congreso Constituyente donde se nacionalizaría el puerto, Rosas defendía al centralismo porteño en perjuicio de las provincias interiores, aunque a través de una política más tolerable que la rivadaviana (Esto explica que caudillos populares como El Chacho Peñaloza y Felipe Varela se levantaran en armas, varias veces, contra Rosas), c) que cerrar los ríos era una política correcta frente a los países extranjeros, pero no para las provincias del litoral, a las cuales se tornaba así subsidiarias de la provincia de Buenos Aires, (Esto explica el apoyo del litoral a Urquiza cuando éste se pronuncia contra el Restaurador), d) que en materia agraria, los enfiteutas de la era rivadaviana se quedaron con las tierras y hubo una entrega a los sectores cercanos al poder, que consolidó el poder de los ganaderos, especialmente el de los Anchorena, de cuyos campos fue administrador el propio Rosas. (En su biografía de Rosas, Manuel Gálvez insiste en que el mayor sustento de este gobierno estaba en las clases altas, indicando las familias ganaderas que lo apoyaban) e) que en materia de comercio, no afectó el poder de los comerciantes ingleses de Buenos Aires, lo cual explica que éstos lo apoyasen.

Derrotado en Caseros, Rosas mantendrá una conducta irreprochable durante su largo exilio en tierra británica. Confiscados sus bienes, debió apelar a la ayuda de algunos amigos (Urquiza, la viuda de Facundo, entre otros) para poder subsistir, al tiempo que trabajaba una pequeña chacra con sus propias manos.

Fallece el 14 de marzo de 1877. En Buenos Aires, deniegan el permiso a sus familiares para un funeral recordatorio. Los llamados “nobles odios” de que hablaba Mitre continuaban vigentes. Y su execración se difundió a través de libros de lectura, suplementos culturales, academias, etc. La oligarquía liberal, consolidada en el poder después de Pavón, para justificar su alianza con el capital inglés, tuvo necesidad de convertir en “demonio” y “expresión de atraso” a quien se había atrevido resistir la prepotencia de su Majestad Británica.

El General San Martín, en cambio, valoraba su política: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de La América del Sud le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido, al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de La República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

Ernesto Palacio señala: “Los episodios de la intervención anglo-francesa en el Río de La Plata, constituyen por la acción del Restaurador y su pueblo, una de las páginas más gloriosas de la historia argentina. En esos años, se decidió realmente nuestro destino y se afianzó de tal modo que las defecciones posteriores no lograron borrar todas sus consecuencias. En el dilema de ser una factoría extranjera o una nación libre, optamos por lo segundo, que era el camino del sacrificio y del honor. Y ello por obra de un jefe con sentido de la grandeza y de un pueblo que lo comprendió y lo sostuvo”. Esta audacia sería suficiente como para tanta denigración que cayó durante décadas sobre la figura de Don Juan Manuel. (N.N.Novick, Los Malditos, Vol. II, Pág. 149, Ed. Madres de Plaza de Mayo)

Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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JOSÉ ANTONIO CABRERA - (1768 - 1820)

Sobrino del deán Funes y descendiente del fundador de Córdoba, nació en esta ciudad el 28 de noviembre de 1768.
Se licenció en jurisprudencia a los 30 años. Estallada la revolución en Buenos Aires, adhirió a ella con la vehemencia que caracterizaría todas sus acciones.
Se desempeñó como alcalde de primer voto, luego fue presidente de la Junta local y más tarde procurador del Cabildo.

En un viaje a Montevideo conoció a Artigas, de cuyas ideas federativas se mostró fervoroso partidario. Por eso el gobernador Ortiz de Ocampo –hombre del Directorio- lo envía en 1814 a buscar un arreglo con el caudillo oriental que había exigido su renuncia. Las tratativas no tuvieron éxito y el gobernador fue depuesto. Cabrera –enemigo jurado del centralismo porteño- participó en primera fila del movimiento destituyente.

A partir de entonces, según afirma Mitre, Córdoba se convierte en el “cuartel general” del artiguismo, es decir de la resistencia provincial a la hegemonía política y económica de la ciudad puerto. La política librecambista que venía arruinando las economías del interior desde los tiempos del primer Triunvirato, más el férreo control de las rentas de aduana ejercido por Buenos Aires, habían convertido a ésta en auténtica continuadora del absolutismo virreinal. En la dialéctica histórica de Alberdi era el Estado metrópoli (Buenos Aires) oprimiendo al país vasallo (las provincias).

Fiel representante de estas últimas, Cabrera integra en 1815 la primera legislatura provincial y poco después es designado para representar a Córdoba en la Asamblea de los Pueblos Libres o Congreso de Oriente convocado por Artigas en Arroyo de la China (hoy Concepción del Uruguay).

Será uno de los enviados del jefe oriental para negociar con el Director Supremo Ignacio Álvarez Thomas. Su misión resulta infructuosa y termina encarcelado.
De nuevo en Córdoba, en enero de 1816 es elegido diputado al Congreso de Tucumán que a la postre declararía la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica. Fue el único diputado que no votó por Pueyrredón como Director Supremo. Pese a ello sirvió de nexo para que éste se entrevistara en Córdoba con San Martín, donde se decidió el apoyo directorial a la campaña libertadora del Gran Capitán. Regresó a Tucumán, a tiempo para firmar el acta de la independencia el 9 de julio de 1816.

Cuando se decide el traslado del congreso a Buenos Aires, Cabrera es uno de los que se oponen por considerar que la maniobra tenía como objetivo proclamar una constitución de carácter unitario o llegar a un acuerdo con la casa de Braganza para coronar un monarca portugués. Acusado de conspiración fue separado del cuerpo. Regresó a Córdoba donde apoyó al grupo federal de su provincia liderado por el coronel José Javier Díaz y Juan Pablo Bulnes, luego enfrentados entre sí.
Retirado de la política, falleció en Córdoba el 15 de abril de 1820, el mismo año de la derrota final de Artigas.

JUAN CARLOS JARA – LOS MALDITOS – VOLUMEN IV – PÁGINA 256
Ediciones Madres de Plaza de Mayo - Fuente: https://pensamientodiscepoleano.com.ar/index.html

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